John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 26 de agosto de 2012

LA SORPRESA DE LOS CLÁSICOS

 
En su ensayo "Por qué leer los clásicos", publicado póstumamente en 1991 junto con otros textos, Italo Calvino recogía una serie de razones que en su opinión avalan la vigencia de esas obras que se conocen como "clásicos" y hacen recomendable su lectura. Todo lo que en él dice resulta de lo más pertinente, expuesto además con una claridad que lo hace accesible a todo el mundo. No voy por tanto a detenerme en comentarlo, porque no hay nada mejor que leerlo directamente. Sin embargo, releyendo este texto -convertido a su vez en un clásico y, por ello digno de ser leído en más de una ocasión- me ha llamado la atención un aspecto al que anteriormente no había dado mucha importancia.  Se trata de lo siguiente: la lectura de un clásico, a la que usualmente accedemos lastrados por un bagaje previo de expectativas debidas a lo que sabemos sobre la obra y su autor, sobre su influencia en obras posteriores, a lo que otros nos han contado acerca de ella, debería ser siempre una sopresa. El propio Calvino cita el ejemplo de Michel Butor quien, siendo profesor en una universidad americana se hartó un día de oír hablar del ciclo de los Rougon-Macquart de Zola y se empeñó en leerlo entero. Descubrió entonces que era totalmente distinto de lo que creía y dedicó incluso un ensayo a describir el fabuloso árbol genealógico en torno al que se estructura la obra. Me ha recordado esta anécdota la de un conocido mío que, a pesar de ser persona muy culta, a una edad bastante avanzada no había leído nunca el Quijote. Inevitablemente, se había topado con fragmentos, citados aquí y allá, y había leído mucho acerca de ese libro, pero como les ocurre a tantos otros, nunca había sentido el impulso de leerlo, porque creía ya saberlo todo sobre él. Cuando por fin, en un momento en que disponía del tiempo y la serenidad necesarias, emprendió la lectura, quedó atónito: resultó que ese libro, que siempre había mirado con cierto temor reverencial, era sumamente divertido. ¡Que se reía leyéndolo!  Por eso dice Calvino, con mucha razón que "no puedo recomendar suficientemente la lectura directa del propio texto, dejando de lado biografías críticas, comentarios e interpretaciones siempre que sea posible. Las escuelas y universidades deberían ayudarnos a entender que ningún libro que habla de otro libro puede decir más que el libro en cuestión. [el subrayado es mío] En lugar de ello, hacen todo lo posible por hacernos pensar lo contrario."  Volviendo la vista atrás, puedo recordar yo también una serie de ocasiones en que he tenido una experiencia parecida: el libro que yo creía que era se ha revelado como muy distinto, porque el clásico tiene la facultad de decirnos siempre algo nuevo, fresco e inesperado. Algo que sólo cada lector individual puede desentrañar y que no puede ser sustituido por ningún estudio crítico, por brillante que éste sea.
Propuesta para este final de un tórrido verano: en espera de que lleguen las lluvias, déjese sorprender por un clásico. Ese que tanta pereza le dio siempre empezar, ese que todos sus amigos piensan que ya ha leído. Seguro que será una sorpresa muy grata.

 

martes, 21 de agosto de 2012

LAS PEORES FRASES DE INICIO

No hay manual del escritor que no subraye la importancia de una buena frase inicial. Creo que todos nos sabemos de memoria alguna frase inicial, como la de "La heroica ciudad dormía la siesta..." o "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un mosntruoso insecto" (excluyo deliberadamente aquello de "En un lugar de la Mancha...", que les suena hasta a los que nunca han leído un libro). Incluso hay juegos basados en ello. Claro que si el resto de la obra no está a la altura, la frase inicial no sirve de gran cosa, no importa cuanto se haya esforzado el escritor en ella. Pero muy a menudo va todo de la mano e, igual que una buena novela tiene un buen comienzo, una mala delata ya su calidad desde las primeras líneas.
Los americanos, tan dados a inventarse competiciones de todo tipo, tienen también una competición de primeras líneas. No se trata, sin embargo, de elegir las mejores frases iniciales, sino las peores. Patrocinado por el departamento de Inglés de la californiana San Jose State University, el concurso lleva el nombre de Bulwer-Lytton  el otrora popularísimo autor victoriano que entre otras muchas obras escribió novelas históricas como Los últimos días de Pompeya (un auténtico temazo, el de la erupción del Vesubio, eso hay que reconocérselo). Salvo por las adaptaciones al cine de esta obra -ha habido varias-, casi nadie recuerda la obra de este ilustre victoriano.


Si alguien no lo remedia, parece que por lo que realmente va a pasar a la posteridad, al menos en el ámbito anglosajón, es por las primeras líneas de su novela de 1839, Paul Clifford, que comienza así:

“It was a dark and stormy night; the rain fell in torrents — except at occasional intervals, when it was checked by a violent gust of wind which swept up the streets (for it is in London that our scene lies), rattling along the housetops, and fiercely agitating the scanty flame of the lamps that struggled against the darkness.”

[Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), repiqueteando en los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.]

Un inicio exagerado y lleno de redundancias, pero en verdad no peor que tantos otros. Sólo que esas primeras palabras son las que adoptó el creador de los Peanuts, Charles M. Schulz, como inicio de la novela que Snoopy escribe sin cesar en su máquina (y nunca llega más allá...). Eso, más que otra cosa, fue lo que inmortalizó esta frase.


Por si a alguien le interesa y quiere echar unas risas, acaban de anunciarse los ganadores de la edición de 2012 de este concurso. Sin embargo, a mi modo de ver el concurso presenta un fallo esencial: se trata de frases creadas expresamente para participar en él, de modo que el autor sólo tiene que exprimirse el cerebro durante unas pocas líneas. El mérito de verdad -si es que se puede llamar así- consiste en mantener ese nivel de prosa ridícula a lo largo de toda una novela... Duro, pero no imposible. No me gusta señalar, pero a la vista están tantos ejemplos que corren por ahí.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿HAY QUE APRENDER IDIOMAS?


Hace unos meses, Lawrence Summers, quien fuera presidente de la Universidad de Harvard, escribió un polémico artículo en el New York Times en el que, entre otras cosas, apuntaba que quizá hoy en día no era necesario plantearse el estudio de idiomas a nivel universitario. Concretamente, decía lo siguiente:
 
La emergencia del inglés como lengua global, junto con el rápido progreso de la traducción automática y la fragmentación de las lenguas habladas alrededor del mundo, hacen dudar de que la sustancial inversión que se precisa para hablar una lengua extranjera sea universalmente rentable. Aunque los beneficios que el dominio de otra lengua reporta son indiscutibles, ese dominio se hará cada vez menos esencial para hacer negocios en Asia, tratar a pacientes en África o resolver conflictos en Oriente Medio.

Una periodista de la revista New Yoker tuvo la idea de preguntarles a tres grandes traductores americanos -David Bellos, Arthur Goldhammer y Lydia Davis- qué opinaban de ello. Como era de esperar, todos ellos estuvieron en desacuerdo con él y rebatieron de forma inteligente sus argumentos. Dejo aquí el enlace para quien quiera informarse debidamente. La visión del señor Summers parece, como mínimo, un tanto limitada: desde su punto de vista, la principal justificación del aprendizaje de una lengua estriba en su utilidad como herramienta para trabajar, hacer negocios o política. Pero una lengua es mucho más que eso. Cada lengua es una forma de ver el mundo, expresión de una cultura, de una historia, de una sensibilidad. Con el aprendizaje de cada nueva lengua, nuestra vida se enriquece de un modo incomparable, resulta más rica, más variada, más profunda. Esto es algo que saben todos los que han hecho el esfuerzo de dominar una lengua distinta de su lengua nativa -y aún más los que ya son bi- o trilingües desde pequeños- y que ignoran en cambio los que se aferran al monolingüismo. Por muy buenas que sean las traducciones (lamentablemente, no siempre lo son), siempre se pierde algo. Cuando nos expresamos en una lengua determinada, recurrimos no sólo a su vocabulario y su gramática, sino a todo un mundo de referencias externas, un entramado complejísimo de significados y significantes que sólo tienen sentido en y para esa lengua, y que es imposible trasladar a otra, por más que se busque la equivalencia más próxima.



Si para la lengua hablada esto puede resultar un cierto obstáculo, esta limitación resulta penosamente evidente en las obras literarias. El que haya leído a Flaubert, a Thomas Mann o a Faulkner en traducción y luego en su versión original entenderá a qué me refiero. Si uno ha pasado por una experiencia así, parece justificado todo el esfuerzo que se emplee en aprender un idioma: la recompensa es enorme. Sin duda no es cuantificable en términos puramente económicos (¿será por eso que nuestros políticos no hablan idiomas?), pues es una satisfacción que -como todas las cosas valiosas- no tiene precio.
Personalmente, me gustaría saber muchos más idiomas de los que ya sé, y dominar los que sé aún mejor. Si ya me gusta la poesía de Wislawa Szymborska en español, sólo puedo imaginar lo maravilloso que debe ser leerla en su lengua original. Para mí, al menos, eso es motivo suficiente para responder que sí, que estudiar idiomas vale la pena.

martes, 7 de agosto de 2012

¿SON CAROS LOS LIBROS?


Durante las pasadas semanas, los invitados que han pasado por este blog han tenido la amabilidad de mostrarnos sus bibliotecas. Aunque ninguno las ha cuantificado exactamente, se ha hecho evidente que todos ellos poseían una cantidad notable de libros. ¿Son muchos? ¿Son pocos? Todo depende de con qué se compare. Indudablemente, siguen existiendo muchos hogares en los que hay más televisiones que libros. Pero hoy en día, para los grandes lectores es normal, y casi inevitable, tener cientos (más bien miles) de libros en su biblioteca personal. Con tanta abundancia, a menudo olvidamos que no siempre ha sido así. Nos quejamos de que los libros son caros -¿comparados con qué? unas cuantas cañas de cerveza te salen más caras-, pero lo cierto es que posiblemente nunca en la historia los lectores hayamos tenido a nuestro alcance tanta variedad de libros a precios tan asequibles.
Sin necesidad de remontarnos a los códices medievales, carísimos de producir (había que matar muchos animales para conseguir el pergamino, por no hablar de todas las larguísimas tareas que erna precisas hasta conseguir un solo códice), aún en tiempos de la imprenta los libros siguieron siendo un lujo durante varios siglos. De modo que hasta los lectores más apasionados podían atesorar sólo unos pocos. Recordemos, sin ir más lejos, que un lector tan ávido como el hidalgo Alonso Quijano, que  según nos cuenta Cervantes llegó a trastornarse por tanta lectura, tenía en su nutrida biblioteca algo más de cien libros. Y eso ya les pareció al licenciado y al ama una barbaridad:

Pidió las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dió de muy buena gana. Entraron dentro todos, y el ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vió, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo: tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten en pena de la que les queremos dar echándolos del mundo. Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego. No, dijo la sobrina, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores, mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero de ellos, y pegarles fuego, y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

La quema de libros de Don Quijote.
Grabado de Fernando Selama


Por supuesto que los avances de la imprenta trajeron consigo andando el tiempo una rebaja de precios. Pero aún así, las bibliotecas de varios miles de volúmenes siguieron siendo durante mucho tiempo cosa de ricos o de estudiosos. Una biblioteca de cuarenta mil volúmenes, como la que dejó al morir Menéndez y Pelayo, seguía siendo en 1912 una cosa extraordinaria. Durante el siglo XX, a medida que el proceso de fabricación del libro se fue haciendo menos artesanal -con inventos como la linotipia, la imprenta offset o la rotativa- su precio se fue abaratando, hasta llegar a la definitiva popularización de precios que se produjo gracias el libro de bolsillo. Y de ahí sólo hay un salto hasta las colecciones de quiosco que -aunque dejen que desear por lo que respecta a calidad- ofrecen los libros a precios realmente reventados. Así, cualquier lector habitual con un poder adquisitivo medio llega a hacerse a lo largo de su vida, sin mucho esfuerzo, con una biblioteca que hubiera vuelto loco de verdad a Alonso Quijano. Y al propio Cervantes, quizás.
De modo que nos quejamos porque los libros son caros. Pues miren, no sé. Más cara es la ignorancia.

lunes, 30 de julio de 2012

LIBROS PARA LIGAR



Como sea que el calor y el ambiente generalizado de vacaciones -aunque yo ni estoy de vacaciones ni sé si  voy a hacerlas este año- invitan a la frivolidad más que a los asuntos serios, se me ha ocurrido detenerme en un artículo de la Paris Review escrito en respuesta a la petición de un lector que solicita consejo sobre qué libro llevar consigo a una cita. Es ésta una petición tan difícil de complacer -el fracaso está casi asegurado- como aquella tan habitual (y tan odiosa) de "recomiéndame un libro", que obliga, si se quiere responder con un mínimo de rigor, a lanzarse previamente a una verdadera encuesta sobre la persona en cuestión, sus gustos lectores, sus intereses, su historia personal... al cabo de la cual casi hubiera resultado más rentable escribir un libro para ella que recomendárselo.
Volviendo al asunto de qué libro llevar a una cita, lo primero que habría que poner en duda es la propia idea de presentarse en una cita con un libro. Huelga decir que si lo que uno pretende es simplemente un polvo, lo del libro no parece muy buena idea. Bueno, quizás una novela erótica dejaría claro por dónde van los tiros... Pero en fin, para esta encuesta supondremos que se trata de una cita que pretende cierta continuidad y algo más de profundización en la relación. En ese caso, el libro puede tener varias funciones:
a) impresionar al otro y dejar patente que uno tiene cierto nivel cultural
b) servir de comodín para entablar conversación
c) como filtro para descartar a personas con gustos diametralmente opuestos a los tuyos.
En el primer supuesto, casi cualquier libro de los llamados "clásicos" sirve. Eso sí, hay que procurar que no sea de los de lectura obligada en el instituto, porque se vería demasiado que hemos echado mano de esa estantería que teníamos olvidada  desde nuestros años de estudiantes (descartado el Quijote, desde luego). Conviene asimismo que el ejemplar se vea leído, pero no desvencijado; y de ninguna manera debe ser nuevo de trinca. Lo hayamos leído o no -aconsejo lo primero, no vaya a ser que el otro sí lo haya leído y nos ponga en evidencia- hemos de poder hablar con razonable soltura sobre su contenido y sobre el autor. Mi consejo: alguno de los grandes autores rusos. Por ejemplo, Anna Karénina es una buena opción, más romántica que Guerra y paz (aunque esta última puede resultar más "masculina" si el que la lleva es un hombre). O bien, si uno quiere darle un sesgo más serio y profundo, Los hermanos Karamazov. Desventaja: el notable peso y volumen de estas obras, que no las hace muy indicadas para llevar en el bolsillo del abrigo o en el bolso. Alternativa: alguna de las muchas selecciones de cuentos de Chéjov.

Con una cubierta tan bonita como ésta,
es difícil no triunfar
Vayamos al apartado b). Aquí yo me sumo al consejo que parece mayoritario: llevar una obra menor de algún escritor muy conocido. Resulta un excelente trampolín para lanzar una conversación, porque es muy probable que la otra persona, por poco lectora que sea, haya leído alguna obra suya, y en ese caso podremos quedar al mismo tiempo como cultos y originales, pues leemos lo que no lee la mayoría. La lista sería muy extensa, pero para limitarnos a autores contemporáneos, yo recomendaría algo de Murakami o de Paul Auster. De este último, mejor optar por alguna de sus primeras obras, más desconocidas y mejores que algunas más recientes (a mi modo de ver), como La invención de la soledad, por ejemplo.


El apartado c) es el más claro, pero sólo es apto para personas que tengan grandes filias y fobias. Supongamos que eres un friki de la ciencia-ficción y no podrías soportar relacionarte sentimentalmente con alguien que la detesta. La prueba de fuego, claro, consiste en llevar bajo el brazo una de tus novelas favoritas. Si produce una mirada de incomprensión, malo, pero hay esperanza. Quizás puedes ganar un nuevo adepto para tu secta. Si la reacción es de horror... está claro, el filtro ha funcionado, esa persona no te conviene. Existe una variante más arriesgada que es lo que llamaríamos el "efecto inverso". Consiste en presentarse con una novela que realmente detestas. Cuál elegir va a gustos, desde luego. Pensaba yo esta mañana en el autobús viendo a una chica enfrascada en la lectura de un Federico Moccia (uno de tantos, me da la impresión de que todos sus libros se llaman igual) que relacionarme con un fan de este escritor sería para mí una dura prueba. Vaya, que en mi caso funcionaría como filtro inverso. Como aquellas personas de cuyo gusto cinematográfico estamos tan alejados que basta que nos recomienden una película para que la tachemos al instante de nuestra lista.
En fin, o sé si estos consejos libresco-festivos servirán a alguien, pero recuerden que superada la prueba del libro aún queda todo lo demás, que no es poco. ¡Mucha suerte!

lunes, 23 de julio de 2012

UNA BIBLIOTECA SAQUEADA

Allí donde haya valiosos volúmenes, seguro que acecha un ladrón de libros. Al fin y al cabo, los libros suelen ser más fáciles de sustraer que otras obras de arte: menos vigilados que los cuadros, por regla general, y mucho menos que las joyas, pueden sin embargo alcanzar un valor considerable, si uno sabe a quién vendérselos. Al contrario que los ladrones de bancos, que suelen actuar en grupo y de manera organizada, los ladrones de libros actúan comúnmente en solitario. De ahí que resulte tan notable el caso recientemente destapado en Nápoles (¿dónde sino?), en que una biblioteca fue saqueada por su propio director, con la connivencia de algunas altas autoridades. Y hay más. Pasen y vean.

La hermosa Biblioteca dei Girolamini, Nápoles

La Biblioteca dei Girolamini es la más antigua de Nápoles. Anexa al monasterio del mismo nombre, perteneciente a los padres oratorianos, y abierta al público ya en 1586, alberga -al menos, hasta el reciente saqueo- una riquísima colección de obras raras de los siglos XV y XVI, amén de una notable colección de manuscritos musicales y todas las primeras ediciones de la obras de Giambattista Vico, que fue quien asesoró a los monjes en la adquisición de parte de los títulos más valiosos y a quien está dedicada una sala de lectura de dicha biblioteca. No sólo sus fondos son valiosísimos, sino que también el edificio es un monumento de la arquitectura barroca. A raíz del terremoto de 1980, la biblioteca sufrió algunos daños e inició un lamentable declive, que obligó a cerrarla al público. Recientemente, fue nombrado un nuevo director, Marino Massimo de Caro, nombramiento que suscitó cierta perplejidad en círculos entendidos. Su misión, se suponía, era llevar a cabo las reformas necesarias para que la biblioteca, remozada y modernizada, pudiera de nuevo ser utilizada por los lectores. Sin embargo, las crecientes sospechas de que en lugar de cumplir con ella estaba dedicándose a realizar un verdadero saqueo culminó el pasado mes de abril con un registro sorpresa por parte de los carabinieri, que pudieron constatar no sólo el estado caótico en que se hallaban los fondos, sino la ausencia de más de 1.500 -y me temo que el recuento no está completo-  de los libros más valiosos. Ulteriores investigaciones les condujeron a un almacén cerca de Verona, perteneciente a De Caro, donde en efecto hallaron un par de cientos de los libros sustraídos. Algunos otros, se ha podido comprobar, han acabado en casas de subastas extranjeras. Las pistas llevaron también a la policía hasta el despacho romano de un senador, Marcello dell'Utri, que no pudo ser registrado, debido a la condición parlamentaria de éste. Por su parte, el conservador de la biblioteca, el padre Sandro Marzano, se empeñaba en achacarlo todo a robos ocurridos en años anteriores (que, curiosamente, no habían sido denunciados). Todo hace pensar que detrás de este saqueo hay algo más que un simple afán de enriquecimiento del director. Los ladrones de libros, por lo visto, no siempre actúan solos. Aunque, sabiendo cómo funcionan la política y la justicia italianas, lo más probable es que nunca se saque el agua clara. Confiemos -sé que es mucho confiar- en que algún día esa hermosa biblioteca pueda recobrar su esplendor y retomar las funciones para las que fue creada.


martes, 17 de julio de 2012

MI BIBLIOTECA (y VIIII): AUSENCIAS

Llegamos al final de esta serie dedicada a las bibliotecas de invitados. Como colofón, le toca ahora a la anfitriona el turno de retratar su biblioteca. Ha sido un placer acoger en mi blog a todas estas historias de bibliotecas. Puedo decir que mi curiosidad bibliómana ha quedado plenamente satisfecha, y espero que también la de los visitantes. Una vez más, mi agradecimiento a todos los que han participado, por su generosidad y su entusiasmo.

¡Cuidado! Leer puede ser mortal...

Supongo que sería ridículo decir que no creo tener una biblioteca. Sólo hay que entrar en mi casa y ver las paredes tapizadas de libros. Por todas partes: libros en el recibidor, libros en el salón, libros en los pasillos, en el dormitorio, en la cocina… por no hablar de la habitación que llamamos indistintamente “el estudio” o “la biblioteca”, que haciendo honor a su nombre está por completo forrada de libros. ¿No tienes una biblioteca? Venga ya, ¿y esto qué es? Bueno, vale, muchos libros. Muchísimos, si se quiere (siendo alérgica a este tipo de recuentos y estadísticas, nunca he querido saber la cifra exacta). Si alguien insiste, siempre digo que “más de mil y menos de veinte mil”, para dejarlo en una confortable zona de vaguedad. 
Pero es que para mí la idea de “tener una biblioteca” implica una determinada voluntariedad, una sistemática. Algo de lo que carece por completo la acumulación de libros que pueblan mi casa. Que, además, no son todos míos, aunque a estas alturas sería casi imposible señalar con certeza quién es el propietario de cada uno. Para mí una biblioteca es, sobre todo, un artefacto mental, el empeño de poseer unos libros determinados, seleccionados por su mérito (literario o de prestigio), o por sus características físicas (entraríamos ahí en el terreno de la bibliofilia). Subrayo el término poseer porque si algo me caracteriza como acumuladora de libros (obsérvese que evito decir “dueña de una biblioteca”) es mi tendencia a compartirlos. Una tendencia que con el paso de los años ha revelado ser devastadora, porque en la actualidad, la mitad de las veces que busco un libro –un libro que me consta que tengo─, no está. Es más, si repaso las estanterías puedo constatar que faltan muchos de mis libros preferidos. En cambio, los que menos me interesan, esos que he adquirido porque me los han regalado (el haber trabajado en el mundo editorial tiene eso, que te acaban llenando de libros que a menudo te importan bien poco) siguen ahí. Y hay ausencias que me dejan atónita. ¿Cómo explicar que haya en mi estantería un Vargas Llosa que considero menor como Travesuras de la niña mala y no esté La ciudad y los perros? Uf, suspiro de alivio porque al menos sí que están los dos volúmenes de Conversación en la Catedral, esos de la edición de 1969 que recuperé de la biblioteca paterna. Me hago el firme propósito de no volver a prestar ni un libro, propósito que sin duda olvidaré en cuanto me encuentre con un lector entusiasta. 


De Tolstói a Wodehouse, faltan más de los que están

Eventualmente, desde luego, puede ocurrir que alguno de estos libros faltantes esté en otro lugar de la casa. Porque, aunque la colocación de los libros sigue un orden bastante claro, una vez alguien coge el libro de la estantería, no hay ninguna seguridad de que lo devueva a su lugar exacto. En esencia, los libros están distribuidos por temáticas, con tendencia a que cada habitación -o cada pared- albergue una distinta. En algunos casos la adscripción es lógica (los libros de cocina, en la cocina), mientras que en otros es totalmente arbitraria (en el comedor hay toda una estantería dedicada a la poesía, mientras que en el recibidor campan a sus anchas las biografías y la ciencia ficción; el dormitorio está reservado a las novelas policiacas: no quieran ver en ello ninguna doble intención). Aunque hace años solía separarlos también por idiomas, me di cuenta de que no era práctico, porque al cabo del tiempo no podía recordar en qué idioma leí determinado libro, de modo que ahora están todos juntos, por orden alfabético de autor. Seamos cosmopolitas. Una de las "secciones" a la que le tengo mayor cariño es la de libros de arte y de fotografía: esos sí que no se los dejo a nadie (bueno, también hay que decir que la gente no suele pedírtelos).

Los libros de arte (parte de ellos)

En realidad, añoro las bibliotecas perdidas, esas que han ido jalonando mi vida y en las que me he formado como lectora. Los volúmenes encuadernados en gris de Wodehouse en la biblioteca de mi abuela, los libros rojos de Guillermo Brown en la casa de mi infancia, que sucedieron a la enciclopedia El mundo de los niños, cuyos primeros volúmenes acabaron por completo descuajaringados de tanto ser leídos y releídos, las novelas policiacas de la casa de veraneo, o las ediciones baratas de esa casa de la playa donde descubrí a "El Zorro"... Aún recuerdo el peculiar olor a humedad de aquellos libritos de papel amarilleado. Esos centenares de libros que se han perdido en la nebulosa del pasado son los que componen mi verdadera biblioteca. Ausentes en lo físico, ciertamente, pero todos ellos ocupan en mi mente un lugar muy real. Porque de los libros leídos no sólo dejan huella las historias que cuentan, sino también los propios volúmenes que sostuvimos entre las manos con tanta devoción. Una verdadera biblioteca mental, una selva de libros por la que podría perfectamente encontrar mi camino sin tener que lamentar, a diferencia de lo que ocurre con la biblioteca física, ninguna ausencia. Todos están ahí. Para siempre.