John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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martes, 2 de junio de 2015

NOCIONES DE ETIQUETA PARA LECTORES


En estos días se suceden las Ferias del Libro en diversos lugares de nuestra geografía, con lo que ello implica de sesiones de firmas y fiestas literarias. Es muy posible, pues, encontrarse en la comprometida situación de tener que tratar con algún escritor. Parece sencillo, ¿verdad? Error. Si no quieres meter la pata, si no quieres granjearte el odio eterno de tu autor favorito, será mejor que tengas en cuenta ciertas normas de etiqueta.

Para las firmas de libros
  • El libro en cuestión debería ser un ejemplar nuevo y recién comprado, a ser posible en la misma caseta o librería donde se produce el evento. Traer consigo de casa el ejemplar ya ajado de la primera novela del escritor, con la excusa de que "es uno de mis libros favoritos" puede  resultar enternecedor para el autor (aunque, créanme, lo que él quiere de verdad es que le compren su nueva novela), pero el librero te echará miradas de odio, o incluso alguna maldición. Uno de los casos más extremos de esta falta de modales lectores que he podido presenciar fue el de una señora que, un día de Sant Jordi, se presentó en la caseta donde firmaba Eduardo Mendoza con un carrito en el que llevaba la práctica totalidad de sus novelas, que según dijo llevaba años coleccionando. Él es un santo y creo que las firmó, pero deberían haber visto las miradas del librero y los improperios de las personas que estaban detrás en la cola.
  • Lo que nos lleva al punto siguiente: se trata de que el autor estampe su firma y una dedicatoria, no de que escriba páginas y páginas. Resulta de mala educación quejarse de que la dedicatoria que le hizo a Fulanito era más larga.
  • Tampoco es de recibo quejarse de la letra del autor. Preguntas como "¿Aquí qué pone?" al recibir el libro dedicado están de más. Es verdad que quizás este escritor tiene una letra infame, pero afortunadamente sus libros no los escribe a mano.
  • Los autores están muy agradecidos de que les pidas autógrafos y, sobre todo, de que alguien compre su libro (viven o pretenden vivir de ello, no hay que olvidarlo). Eso no quiere decir que tengan intención de convertirse en tu mejor amigo. No aproveches para explicarles tu vida, ni les enseñes fotos de tu gato. Para eso tienes Facebook.



Conversación con autores

Vamos a partir de la base de que, si se da el caso de que entablas conversación con un escritor, sabes con certeza de quién se trata. Porque el ego de los artistas es muy frágil y lo peor que puedes hacer es confundirlos con otro. Que te pases el rato ensalzando las novelas del autor X, para descubrir luego que él no es X, sino Y, puede resultar devastador para ambos. No digamos si el escritor en cuestión detesta la obra de X. Bien, pues suponiendo que has conseguido ponerle el nombre correcto a esa cara, hay algunas cosas que debes evitar:
  • Hablar de la competencia (o sea, cualquier otro escritor que no sea él mismo). Aunque sea mal.
  • Hablarle de una novela que escribiste hace años y tienes en un cajón. Al escritor eso no le interesa nada. Además, si sospecha que sólo te has acercado a él para intentar que él te recomiende a su editor, puedes estar seguro de que te pondrá en su lista negra particular.
  • Decirle acerca de su libro (que no has leído) que es "interesante". Lo siguiente que te preguntará es qué exactamente te pareció interesante y estarás perdido. Marcel Proust solía quejarse de que la gente que le hablaba de sus libros solían cometer continuamente errores que probaban que, o bien los habían olvidado, o nunca los habían leído. Una técnica bastante buena para salir del atolladero es decir que acabas de comprar su novela y la tienes como próxima lectura.
  • Preguntarle qué tal van las ventas. Tanto si van bien como si ha vendido cuatro ejemplares, habrás metido la pata. En este último caso, es evidente por qué. ¿Y si el libro es un éxito? Probablemente no le parezca éxito suficiente. Puedes estar seguro de que guarda algún resentimiento para con el distribuidor o con el encargado de marketing, que procederá a contarte con todo detalle.
Si sigues estas normas con atención, saldrás airoso de casi todas las situaciones. Ahora ya puedes encaminarte a la Feria del Libro más próxima y ¡a triunfar!

domingo, 22 de marzo de 2015

UNA PRIMERA EDICIÓN

Aún ando medio turulata (me encanta la palabra, con su sabor antiguo, como de TBO) por el impacto que me ha producido un diálogo pillado por casualidad. No se trata de un diálogo cualquiera, sino de un fragmento de una película de Hollywood. Protagonizada por Jennifer Lopez. Y en la que aparecen libros (bueno, un libro, enseguida comprenderán por qué no creo que figuren más). ¿A que solo la idea resulta ya chocante? Hasta ahora -y tendrán que esforzarse mucho para superarlo- es mi candidato preferido a disparate del año. Según me ha parecido entender, la cosa va de que Jennifer es cortejada por un jovencito que quiere deslumbrarla con su cultura. Para ello, aparece de improviso en su casa con un regalo muy original: un libro. Más o menos, el diálogo dice así:
--¡Oh! La Ilíada. ¡Y es una primera edición! Ha debido costarte muy caro...
(Jovencito, intentando quitarle importancia al asunto): 
--No, qué va. Lo compré en un mercadillo por un dólar.
¿Una primera edición de La Ilíada? Firmada por su autor, imagino... ¿Pero qué clase de guionistas y/o asesores tiene esta gente? Los principales culpables, por supuesto, la guionista, Barbara Curry (que dice haber estudiado derecho, pero a quien el paso por la Universidad no parece haberle aprovechado mucho) y el director, Rob Cohen. Pero también todos los demás, del primero al último: ¿se gastan millones en una película, en la que participan cientos de personas, y entre todos no hay nadie capaz de decirles que eso es un disparate colosal? Para mayor recochineo, he podido averiguar que se supone que Jennifer (a quien en el tráiler correspondiente vemos todo el rato corriendo por el bosque, con ropa ajustada y marcando músculo) es nada menos que ¡profesora de clásicas! Otro cero para quien sea que haya hecho el casting. desde luego. Pero, ya que estamos en el terreno del humor más delirante, creo que a ese diálogo le falta una coletilla:
--¡Oh! La Ilíada. ¡Y es una primera edición! ¡Qué ilusión me hace, no lo había leído!
Claro que si la táctica el jovencito en cuestión para ligar consiste en regalarle un ejemplar de La Ilíada a una profesora de clásicas, este chico promete. ¡Y qué fiera esta Jennifer, que sin abrir el libro ni nada, adivina que se trata de una primera edición, por supuesto en inglés!

Sospecho que el libro que lleva este joven (Ryan Guzman es el nombre del actor)
es La Ilíada en cuestión. Nadie diría que tiene varios milenios de antigüedad, ¿verdad?
Ah, ¿que el original no era en inglés, sino en griego? ¡Malditos griegos! ¡Qué ganas de complicarlo todo!
 

domingo, 18 de enero de 2015

ESCRITORES, EDITORES Y HUMOR


Como sin duda saben mis lectores, la prestigiosa revista The New Yorker publica, además de interesantes reportajes, críticas, ensayos y alguna de la mejor ficción americana, unas cuantas viñetas humorísticas en cada número. Igual que sus artículos, su humor tiene un sello especial, característico, que se ha hecho justamente famoso. Digamos que, aunque sus dibujantes son muy diversos, el humor que destilan estas viñetas se ajusta siempre a un mismo modelo. Bob Mankoff es el encargado de elegir las viñetas que se publicarán entre las más de mil que reciben cada semana (un verdadero trabajo de analista de humor, tal como él se autodefine en este divertido -cómo no- vídeo en el que explica cómo realiza esta labor).  El criterio de selección no consiste en determinar si una viñeta es o no graciosa -algunas incluso lo son demasiado-, sino si son adecuadas para el contexto y si responden al tipo de humor de la revista. ¿Y en qué consiste el humor de The New Yorker? Como dice Mankoff, en el humor siempre ha de haber algo de incongruencia, de contraste: unir dos cosas que normalmente no van juntas. Los chistes, además, se ríen siempre de algo o de alguien. Pero en The New Yorker el objetivo no es el otro, el diferente, sino los propios lectores. Es decir, las viñetas de The New Yorker deben ser autorreflexivas, reflejar en clave humorística alguna de las características de los lectores de la revista: sus obsesiones, su narcisismo, sus fobias, sus filias...
 
Dado el perfil de su público -que se supone compuesto por gente culta y leída-, no es extraño que muchas de estas viñetas se dirijan a las personas que están en contacto con el mundo de los libros: escritores, editores, libreros, lectores. Para los que habitamos ese mismo universo, las viñetas que tratan de ellos -ahora recogidas en un volumen por Libros del Asteroide- son especialmente graciosas.

Los escritores

 
 "¿Si ya lo he terminado? ¿Para qué querría terminarlo?"
 
[Eso, ¿para qué? A veces, casi es mejor...]

Los editores


"Algo de texto, Ted, danos solo algo de texto y nuestra gente
 de marketing se encargará del resto."
 
[La verdad, más que un chiste, juraría que esto procede de un micrófono oculto en alguna oficina editorial.]

Los lectores (en los tiempos del Kindle)

 
"Me cansé de tener a Moby Dick burlándose de mí desde la estantería,
así que lo metí en mi Kindle y no he vuelto a pensar en él." 
 
[Quitándole la parte irónica, lo cierto es que los libros que van al Kindle se olvidan mucho más fácilmente que los que tienen una presencia física. A veces, hasta temo que un día adquiriré dos veces el mismo libro electrónico. "Out of sight, out of mind", ya lo dicen los ingleses.]
 

Y hasta los libreros


"Tenemos el calendario del libro, libretas del libro, el audiolibro, el DVD de la película basada en el libro, pero no tenemos el libro."
 
[Cierto, quizás es que tal libro en realidad nunca existió. Se me ocurren algunas obras candidatas a ello...]

 
No son viñetas que te hagan reír a carcajadas, pero si que provocan una sonrisa de reconocimiento y un cosquilleo interior en cualquiera que sea la zona del cerebro que rige nuestra apreciación del humor. Nada más sano que reírse de uno mismo o ver caricaturizadas algunas de las manías que nos afligen, ya sea a nosotros o a algunos de los tipos humanos que tenemos cerca.

[Por cierto, la misma editorial ha publicado otras recopilaciones de viñetas: La oficina en The New Yorker y El dinero en The New Yorker.]
 
 
 

lunes, 12 de enero de 2015

MUJERES ATRIBULADAS


Es muy cierto que la lectura nos permite vivir otras vidas. También, cuando nos vemos ante determinados acontecimientos, el haber leído nos da la oportunidad de confrontar nuestra experiencia con otras similares. En su mayoría ficticias, es verdad, pero ya sabemos que la mentira de la ficción muy a menudo resulta más auténtica que la vida real. Ni siquiera es necesario que haya una coincidencia total de situaciones: tal personaje nos recuerda a alguien que conocemos, o  algo que nos ha pasado es calcado a cierta situación sobre la que leímos hace tiempo. Hasta el punto de llegar a preguntarnos quién copia a quién. (Por no mencionar que en este trasvase entre realidad y ficción se producen a veces extrañas coincidencias. Sé de un novelista que imaginó el viaje de un barco que tenía un percance al llegar a cierta ensenada. Todo inventado. Pues bien, tiempo después supo de un barco de nombre muy parecido al que había imaginado que embarrancó precisamente en el mismo lugar que él señalaba en su novela. ¿Casualidad? Quién sabe.) Por mi parte, desde hace un tiempo tengo insistentemente la sensación de haberme convertido en el personaje que retrata la autora británica E. M. Delafield en su divertidísimo Diario de una dama de provincias. Salvando, claro, las distancias de que yo no vivo en un pueblo inglés en los años treinta, ni tengo dos hijos pequeños, ni he de vérmelas con una presuntuosa e insufrible lady B. Pero eso no son más que minucias. Porque la verdad es que me siento tan atribulada como ella, rodeada por desastres domésticos que resulta imposible prever -por más que una lo intente- y, por supuesto, que tienen difícil solución. Y, abra por donde abra el libro, puedo sentirme identificada con los sentimientos de su protagonista:
8 de marzo. La cocinera transige y dice que se quedará mientras me convenga. Me siento inclinada a contestar que, en ese caso, más vale que se vaya preparando para una vida entera a mi lado, pero me contengo, como es natural. Paso un día agotador en Plymouth persiguiendo criadas imaginarias. Me encuentro con lady B., para quien las dificultades con el servicio doméstico sencillamente no existen.

Ciertamente, el servicio doméstico tal como lo entiende la señora Delafield pasó a la historia, pero cuando una se ha pasado las vacaciones cocinando, fregando y planchando camisas resulta muy fácil ponerse en el pellejo de su heroína.



28 de febrero. Advierto, muy contenta, la aparición de una gran mata de azafranes de primavera junto a la verja de la entrada. Me gustaría referirme a ellos de manera juguetona y adorable, y trato de imaginar que soy la protagonista de Elizabeth y su jardín alemán, pero me veo interrumpida por la cocinera, quien me anuncia que ha llegado el pescadero, pero que solo trae bacalao y abadejo, y que como el abadejo no está muy fresco por cómo huele, ¿qué me parece el bacalao? He reparado muchas veces en que la vida es así. 

En efecto, una querría ser etérea y espiritual, pero cuando la lavadora se empeña en perder agua y la cafetera, tras hacer unos ruidos siniestros, decide rendirse y entregar su alma, es muy difícil centrar los pensamientos en las esferas más elevadas del espíritu. (¿Hay algo más deprimente que empezar el día sin una buena taza de café que llevarse a los labios?)

1 de septiembre. Tarjeta de la estación que anuncia la llegada de un paquete que, adivino al instante, contiene los bulbos y la mezcla de fibra vegetal, musgo y turba. Le sugiero a Robert que los recoja esta tarde, pero no da muestra de entusiasmo y dice que le irá mejor mañana, cuando vaya a buscar a Robin y a su amigo del colegio. (Recordatorio: Una diferencia pronunciada entre los dos sexos es la tendencia masculina a postergar prácticamente todo con la excepción de sentarse a comer e irse a la cama. Me gustaría comprar una de esas chapitas pintadas con la máxima "Hazlo ahora mismo" a la venta en tantas papelerías de segunda, pero, cuando lo pienso bien, comprendo que no fomentaría la armonía doméstica y abandono la idea.)



Algunos podrán pensar que se trata de un comentario sexista, pero les aseguro que yo -que debo convivir con tres especímenes del género masculino- estoy por completo del lado de nuestra dama de provincias.

Definitivamente, a varias décadas y unos miles de kilómetros de distancia, la señora Delafield parece haber reflejado muy bien mi propio estado de ánimo. Tan real me parece, que estoy por proponerle un intercambio. Estoy del todo dispuesta a lidiar con sus cocineras despechadas y sus esposas de vicario pelmazas si ella acepta a cambio vérselas con mis tribulaciones cotidianas. ¿Hace?






 

 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

VOCACIÓN Y OFICIO

 
 
Existe un dicho -de atribución dudosa- que reza algo así como "Ten cuidado con lo que deseas, porque lo podrías conseguir". Hasta que uno no tiene cierta experiencia vital, no se entiende bien la gran verdad que encierra. A primera vista, parece paradójico, si deseas algo y lo consigues, ¿no es estupendo? Pues no, porque la distancia entre deseo y realidad es enorme. Las cosas nunca son como las imaginábamos: el príncipe azul no es tan príncipe ni tan azul (a veces, resulta ser más bien una rana), la casa soñada tiene goteras y unos vecinos que arman un escándalo insoportable, el trabajo ideal se revela como monótono, o estresante, o viene con un jefe insoportable, o...
Si, cuando tenía quince años y mi mayor felicidad era pasarme el día con la nariz metida en un libro (lo sigue siendo, en esto no he cambiado), me hubieran dicho que toda mi vida profesional transcurriría rodeada, de un modo u otro, de ellos, habría saltado de alegría. ¡Mi mayor sueño, convertido en realidad! Bien, no diré que no tenga sus cosas buenas -en cualquier caso, es preferible a muchos otros trabajos-, pero ahora sé por experiencia que también en el mundo de los libros hay zonas oscuras, rincones de máximo aburrimiento, codazos, envidias, pozos de olvido y sapos que tragar.
 
Algo parecido le ocurrió a George Orwell cuando se metió a librero. Lo cuenta en un artículo titulado "Recuerdos de una librería", publicado en 1936 en la revista Fortnightly:

"Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].
La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas."

¡Pobre Orwell! Del paraíso a los clientes paranoicos y las moscardas muertas. Tengo para mí que no debe ser tan terrible ser librero, aunque seguro que los pobres tienen que aguantar lo suyo. Véase, como muestra, el libro Weird things customers say in bookshops, que recoge anécdotas a cual más hilarante.
Pero, en cuanto a deseos cumplidos y funestos, no conozco nada más estremecedor que el relato de W.W. Jacobs "La pata de mono". Le enseña a uno a tener mucho cuidado con lo que quiere alcanzar.



[La cita de Orwell está sacada del interesante blog Calle del orco, donde pueden encontrar muchas más.]


miércoles, 8 de octubre de 2014

ACTITUDES LECTORAS

 
"Mujer leyendo a la luz de las velas", Peter Ilsted (1908)
 
¿Hace falta adoptar una actitud -mental o incluso física- especial para leer determinados libros? ¿Es necesario aproximarse a la Divina Comedia con actitud reverente, respetuosa? ¿Leer Drácula sólo en noches sin luna y a la luz de las velas (si hay por ahí una puerta que chirría o un maderamen que cruje, aún mejor)? ¿Doctor Zhivago en medio de una tormenta de nieve? Evidentemente, la respuesta es "no". Es cierto, sin embargo, que los clásicos  -antiguos o modernos-, esos libros de los que sabemos tantas cosas aún antes de haber leído una sola línea, pueden predisponer al lector. Por desgracia, de ellos nos hemos formado una impresión anterior a la lectura, que nos hace esperar un tono determinado, que condiciona de algún modo lo que creemos que ese libro nos hará sentir. Digo por desgracia porque la lectura de los clásicos es siempre una sorpresa, y muy a menudo la idea que nos habíamos hecho a priori no puede estar más lejos del efecto que causa sobre nosotros.
Sin embargo, hay que reconocer que eso de leer cada libro en un entorno o con una actitud que corresponda a su contenido no deja de ser atractiva. Pues es verdad que algunas obras nos absorben de tal modo, crean tal sensación de autenticidad, que rápidamente creemos que la realidad es la de dentro del libro y no la de fuera.
Jugando un poco con este concepto (y con un divertido espíritu transgresor), el fotógrafo y artista Pierre Beteille ha realizado una serie de autorretratos leyendo libros que ilustran muy bien  esa dinámica lector/libro de la que hablamos. Vean algunas muestras. Seguro que les hacen sonreír.
 

 


 
 
(Pueden ver más aquí.)
 

jueves, 2 de octubre de 2014

HUMOR Y TRAGEDIA, DE LA MANO

Charles Chaplin, en "La quimera del oro". Una tragedia cómica
Resulta curioso que en un país con una literatura como la española, con tanta tradición en tomarse las tragedias con ironía -desde la novela picaresca hasta el esperpento- se aprecie tan poco esa misma postura cuando proviene de otras literaturas. Y si esas mezclas vienen sazonadas de algo que tenga que ver con el sexo y la muerte, más difícil todavía. Es verdad que una película como La quimera del oro o un libro como La conjura de los necios son popularísimos (prueba de ello es que la entrada que le dediqué a este último hace tiempo es de lejos la más visitada de este blog), pero sospecho que es porque en ellos la parte dura está sepultada bajo una sólida capa de humor. Cuando el humor y lo trágico corren parejos, es otra cosa. Por caminos que resultaría complicado detallar, me han venido a la mente dos autores que me da la impresión que casi nadie conoce  aquí (aunque su obra sí ha sido traducida), americanos ambos, que cultivan una literatura en la que se mezcla sin complejos la tragedia con el sexo, el humor ácido o la irreverencia. En esta categoría, me doy cuenta ahora, podrían entrar más; por ejemplo, Joseph Heller con su Trampa 22. Pero, bueno, yo quiero mencionar a esos dos que leí en su momento y que me sorprendieron por lo hábilmente que escondían su descarnado fondo tras un velo de humor en ocasiones grotesco, en ocasiones incluso escatológico.
Los autores en cuestión son J.P. Donleavy y James Kirkwood, Jr. Del primero, podría hablar de la que se considera su mejor obra, The Ginger Man (El hombre de mazapán), pero confieso que su héroe, el borracho, mujeriego y bastante rastrero Sebastian Dangerfield no es demasiado santo de mi devoción; para humor negro, prefiero el de Cuento de hadas en Nueva York. Basta con leer lo que dice la contraportada para darse cuenta de por dónde van los tiros:
"Cornelius Christian regresa a Nueva York después de una prolongada estancia en Europa. Durante el viaje por mar muere su joven mujer. Para sufragar los gastos del entierro, el perplejo héroe se ve obligado a trabajar en la funeraria de Clarance Vine, árbitro de la elegancia mortuoria. Allí conoce a la señorita Mus y a Fanny Sourpuss, la bella viuda de un viejo millonario... A partir de entonces se inicia una serie de acontecimientos hilarantes; un vértigo de frustraciones, miedos, crueldades y encuentros eróticos que coinciden con impulsos de muerte"
O sea, abstenerse espíritus débiles o timoratos. Eros y Tánatos en estado puro.

La otra novela tragicómica que recuerdo con vividez es aún menos conocida: P.D.: Tu gato está muerto, de James Kirkwood, Jr. A lo mejor a alguien le suena la obra de teatro o la película (Por cierto, tu gato ha muerto, en la versión castellana) que se hicieron basándose en esta novela, pero también lo dudo (sobre todo, porque son bastante antiguas ambas).




Su protagonista, también, empieza sumido en la desesperación:

"Es Nochevieja en Nueva York. Tu mejor amigo murió en septiembre, te han robado dos veces, tu novia está a punto de dejarte, te has quedado sin trabajo... y te encuentras un ladrón en tu casa."
A partir de ahí, se suceden las situaciones complicadas, cómicas y un desenlace inesperado. Por cierto, Kirkwood se hizo famoso no tanto por esta obra -a pesar de su gran éxito en Estados Unidos-, sino por ser coautor del famoso musical A Chorus Line.

Kirkwood murió en 1989 y no sé si alguien le recuerda. Donleavy, por su parte, se hizo irlandés de adopción y ahora vive en una hermosa mansión con varias hectáreas de terreno, convertido en una especie de gentleman farmer. Hay que decir que no sólo vive de sus ingresos como escritor, sino que en un golpe de astucia -y después de muchos años de batallas legales- consiguió hacerse con el fondo del que fuera su primer editor, Olympia Press, una curiosa empresa editorial que, junto a pornografía pura y dura, se atrevió a publicar en los años cuarenta y cincuenta las obras de autores hoy consagrados que nadie había querido. Según el New York Times Book Review (1958):
"Tres cuartas partes de los libros que publica esta editorial son simple pornografía, el cuarto restante son libros 'buenos' o incluso 'magistrales'."
Entre los libros que Maurice Girodias, el propietario, consideraba sus libros 'buenos'  estaban nada menos que Lolita, de Nabokov, The Ginger Man, de Donleavy, Molloy y Watt, de Samuel Beckett y varios títulos de Jean Genet.


J.P. Donleavy (Foto: Kenneth O'Halloran)

martes, 11 de febrero de 2014

¿ERES MONÓGAMO O POLÍGAMO?



Si eres bibliófago, la lectura es, más que una pasión, una absoluta necesidad vital. Para entendernos, no es equiparable al sexo -porque sin sexo podemos vivir, al menos un tiempo-, sino más bien a la comida: un día de ayuno es muy duro, pero dos... mejor ni pensar en ello. Aunque como a la vez anudamos con los libros que pasan por nuestras manos -y cerebros, y estómagos (o el órgano que sea que digiere lo leído y lo incorpora a nuestras células de forma indeleble)- unas relaciones que tienen bastante de físicas y/o simbióticas, es posible que el símil del sexo sí que sea al fin y al cabo válido. Todo esto viene a cuento de que 1) se acerca esa espantosa fecha, cumbre del cursilismo, San Valentín y, aunque no quería hablar de ella, se ve que tantos anuncios de colonias y corazones por doquier se filtran insidiosamente en mi mente y 2) hablando de pasión por la lectura, una de las preguntas más frecuentes a que hemos de enfrentarnos los sufridos lectores es la de "¿pero cómo puedes leer varios libros a la vez?"
Así que, aprovechando la ocasión, vamos a confesarlo: sí, somos polígamos. La monogamia tiene sus virtudes, sin duda. Como dicen los monógamos, uno se concentra más, está más pendiente de ese único libro que lee. Claro que, en cuestión de libros, la fidelidad sólo dura un tiempo; lo normal es que cuando se acaba una relación (un libro) se inicie otro. Pero una tiene la sospecha de que los monógamos en lectura tienden a ser como los monógamos sucesivos en el sexo: las nuevas parejas suelen parecerse mucho a las anteriores. Nada que ver con los placeres y la variedad de la poligamia.
 

En cuestión de libros, la poligamia es un gran sistema. Porque la lectura que puede resultar agradable en un momento dado, se hace indigerible en otro. Así, en determinados momentos del día puede apetecer sumergirse en una novela llena de acción y pasión,  mientras que en otras ocasiones lo que el cuerpo nos pide es ejercitar la mente con un ensayo, o tal vez saborear un poema, o deleitarse con un cómic... Nada de esto es incompatible. Ni tampoco una cosa es mejor que la otra; sólo diferente. Es más, resulta muy conveniente para la salud mental de todo lector avezado que se acostumbre a llevar una dieta variada. Aunque, igual que sucede con la poligamia, es inevitable que se establezcan categorías. Por lo común, hay una "lectura principal" -ese es el libro que uno suele mencionar cuando le preguntan "¿qué estás leyendo ahora?", no es cuestión de recitarle al desprevenido interlocutor toda la lista- y una serie de lecturas "de apoyo", que se van alternando de acuerdo al tiempo disponible, a los intereses, a las ocasiones... Algunos de estos secundarios consiguen hacer méritos para saltar el escalón superior y se convierten, al menos por un tiempo, en "primera esposa". Otros, en cambio, languidecen en un rincón, recordados sólo de tarde en tarde. Los más desgraciados (ocurre pocas veces, pero ya se sabe que hay quien hace méritos para eso) consiguen incluso ser repudiados. Pero siempre hay otro que ocupa su lugar.
Por si la inmensa diversidad de libros a nuestro alcance no fuese suficiente, el panorama de la poligamia lectora se ha enriquecido recientemente con una innovación: el soporte digital. Mejor dicho, los soportes. Ahora ya no basta con tener libros diseminados estratégicamente por diferentes partes de la casa, sino que hemos suplementado nuestra voracidad lectora con aquellos textos que moran en el Kindle, la Tablet o -para casos de emergencia- en el teléfono móvil.
De modo que, se lo ruego, no me hablen de amor eterno. Lo mío, decididamente, es la poligamia.
 

jueves, 19 de diciembre de 2013

HUMOR NAVIDEÑO Y NEOYORQUINO

Antes de desaparecer unos días del universo bloguero para entregarme a inevitables actividades navideñas como enviar felicitaciones, empaquetar regalos y preparar copiosas comidas para un número mayor de comensales del que desearía, quiero intentar alegrarles las fiestas con un poco de humor navideño. La revista The New Yorker es justamente famosa por la cantidad y calidad de sus viñetas humorísticas. De hecho, cuando apareció, en 1925, era una revista humorística: "Los jóvenes neoyorquinos estaban hambrientos de cultura, pero no de la cultura seria y solemne del siglo XIX. El humor representaba una rebelión, y una liberación. Si eras un genio, lo demostrabas siendo divertido". Dan testimonio de que a lo largo de los años han sido capaces de no perder el sentido del humor estas viñetas con las que les deseo a todos unas muy felices (y, a ser posible, divertidas) Navidades.  (Comprenderán que no he podido evitar que alguna de ellas tenga elementos literarios además de los propios de la estación.)

Edgar Allan Poe devuelve un regalo de Navidad:
"Sólo sabe una palabra"

Isla de Pascua

"Permítame que le refresque la memoria. Era la noche antes de Navidad y
en toda la casa no se movía ni un alma hasta que usted hizo aterrizar
un trineo, tirado por renos, sobe el hogar del demandante,
causando numeroso daños en el tejado y la chimenea."

"¡Cámara! ¡Acción! ¡Navidad!"

[Si han quedado con ganas de ver más humor neoyorquino y de paso quieren hacer o hacerse un regalo que arrancará sonrisas, Libros del Asteroide ha publicado dos recopilaciones temáticas de viñetas de esta revista: El dinero en The New Yorker y La oficina en The New Yorker.]

miércoles, 23 de octubre de 2013

VANITAS

Vanitas, de Simon Renard de Saint-André (1613-1677)
No quiere llegar el otoño, no. Sin embargo, estamos en ese momento del año en que, a pesar del persistente bochorno y de que los árboles no hayan perdido aún sus hojas, el espíritu se vuelve hacia la contemplación de lo que se acaba, de la mortalidad, en suma. Comoquiera que los humanos nos resistimos a creer que todo tiene un final, incluso nosotros mismos, es necesario el recordatorio, que tanta fortuna ha hecho en las artes y en las letras ("Nuestras vidas son los ríos..."). Puesto que, igual que la llegada del otoño, ese final puede demorarse, pero no eludirse, nos empeñamos en buscar otras formas de inmortalidad. Y así perseguimos esa quimera, la fama, tan gloriosa pero tan esquiva.
Alberto Manguel, en uno de los deliciosos artículos que componen su libro El sueño del Rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo (todo mi agradecimiento a El niño vampiro que tuvo la amabilidad de regalármelo) habla precisamente sobre la ambición de los escritores. Se vale para ello del cuento que escribió Max Beerbohm sobre un poeta llamado Enoch Soames. Decepcionado por haber vendido sólo tres ejemplares de su libro Fungoides (entre nosotros, un título poco afortunado; un plus de crueldad de Beerbohm para con su criatura de ficción), Soames hace un pacto con el Diablo: le vende su alma a cambio de que le permita viajar en el tiempo cien años adelante y comprobar en la Biblioteca Británica qué dice la posteridad acerca de su obra. Por supuesto -el relato, como ya habrán adivinado, es a su manera una vanitas-, Soames comprueba que su obra no está registrada en esa biblioteca y que la única mención de su nombre es como un personaje imaginario, inventado por el humorista inglés Max Beerbohm. Aunque escueta, la referencia dice de él que se trata de "un poeta de tercera fila". Ni siquiera como personaje de ficción le permite la notoriedad. Hasta aquí, Beerbohm se ha reído de su criatura y, de paso, del afán de fama de los escritores.
 
Enoch Soames, visto por
Max Beerbohm
Pero la ficción tiene una manera insidiosa de hacerse real. O quizás es que jugar con el demonio es peligroso, ya que suele tomarse su venganza. Nos cuenta Manguel que el 3 de junio de 1997 -cien años después de la fecha citada en el cuento de Beerbohm- "un grupo de personas se reunió en la Sala de Lectura de la Biblioteca Británica para recibir a Enoch Soames, el poeta. No apareció, lo cual quizá no fuera inesperado". Según otras fuentes, no sabemos hasta qué punto dignas de crédito, las personas allí presentes -entre ellas una californiana de Malibu llamada Sally que había viajado hasta Londres a propósito para el gran día- pudieron ver que exactamente a la hora indicada aparecía un personaje vestido a la usanza del siglo XIX que pedía consultar los catálogos y al cabo de poco desaparecía misteriosamente. ¿Invención? ¿realidad? Según cuenta un artículo publicado en The Atlantic, esa supuesta visión no fue sino un truco ideado por un mago llamado Teller, que su vez se había sentido impresionado por la historia de Soames cuando, treinta y cuatro años antes, su profesor de literatura les había leído el relato en clase. Cuando el profesor  terminó su lectura diciendo: "Me pregunto cuántos Enoch Soames aparecerán ese día", Teller sintió que le habían encomendado una misión. Como buen mago, Teller por supuesto nunca ha reconocido explícitamente su papel en esa "aparición". Por otra parte, también puede ser que el episodio sea totalmente inventado, pues no he podido localizar el testimonio de nadie que fuese testigo presencial del mismo. A excepción de Teller, claro. No estoy muy segura de si esta anécdota sirve como vanitas, es decir, como aviso cautelar de que todo tiene un final, o todo lo contrario. Pues lo cierto es que Enoch Soames ha logrado burlar a su autor y ganar, por derecho propio, la fama.

lunes, 30 de septiembre de 2013

PACKS LITERARIOS

 
Seguro que ustedes, como yo, reciben constantemente ofertas de packs que prometen experiencias diversas, desde relajarse en un spa recibiendo masajes con nombres exóticos hasta pasar un par de días visitando bodegas y haciendo catas de vinos. (Hay alguna otra que me pone los pelos de punta, como conducir un Ferrari o iniciarse en los secretos del trial, que no quiero ni mencionar. Pagaría por no  hacer ninguna de estas dos cosas.) El lema de estas nuevas modalidades de ocio parece ser: "importa más la experiencia que el lugar" y "a cada cual según sus gustos". Bien pues, veamos: ¿no les parece que estos señores de la industria del ocio dejan de lado a un segmento de la población? ¿dónde están los packs para bibliómanos? Es indudable que ahí hay un nicho de mercado -como ellos dicen- sin cubrir. Y no crean que no hay posibilidades. Un par de autodefinidas "bibliohólicas" británicas han dado con una fórmula sumamente atractiva, que permitiría ofrecer a estas gentes letraheridas unas experiencias adaptadas a sus gustos (¡ay!, tan peculiares). Así, han ideado una serie de packs temáticos, adaptados a diferentes tipos de lectores que deseen desconectar durante unos días del mundo "real" (eso es según se mire, por supuesto) y dedicarse a su pasatiempo preferido. Vean algunas de sus ingeniosas sugerencias:
 
 
 Pack Jane Austen: 2 noches. Incluye un ejemplar de una Novela Clásica que Siempre Has Deseado Leer, dos comidas y dos refrigerios ligeros por día. Té ilimitado. Incluye un suave albornoz lleno de migas de galletas. Habitación equipada con proyector con video de Colin Firth.
 
 
Pack Tolstoi: 7 días. Incluye ejemplar de un Clásico Larguísimo y un par de lecturas ligeras para cuando no puedas más de descifrar letra pequeña y notas a pie de página. 3 comidas y un tentempié a medianoche por día. Café, té y cigarrillos ilimitados (si no fumas, seguramente lo harás para cuando acabes). Incluye una visita diaria de un viejo profesor no demasiado pesado con el que comentar tu lectura. Habitación equipada de máquina de aplausos que se activa cada vez que completas cien páginas. Opcional: masaje a cargo de atractiva señorita victoriana.
 
 
Pack Agatha Christie: 7 noches. A elegir entre compartimento de tren o cabina de barco. Incluye 20 novela de Christie elegidas al azar, un monóculo, un anciano vecino de habitación metomentodo, un grito en la noche y un masajista/criado/conserje interpretado por la misma persona.  La habitación contiene una serpiente venenosa oculta, un frasco de veneno, una pistola humeante, manchas de sangre y la sensación de ser vigilado. (Existe una versión más económica en la que se han arrancado las últimas páginas de las novelas.)
 
 
Pack Harry Potter: 7 noches. Incluye colección completa de las novelas de Harry Potter, una capa (invisibilidad no garantizada) y un mayordomo personal disfrazado de elfo. No le dé sus calcetines bajo ningún concepto. Incluye comidas en el refectorio comunal (con otros participantes del mismo pack), así como café té y cerveza de mantequilla ilimitados. Opcional: terrorífica aparición nocturna del Innombrable. Este pack existe también en versión Tolkien.
 
Todos los huéspedes deben atenerse a las siguientes reglas:
 
1) A la llegada, hay que entregar en recepción todos los aparatos electrónicos.
2) Los huéspedes pueden disfrutar de paseos por el jardín, sentarse en las cómodas butacas de la terraza o sumergirse en el jacuzzi exterior. Sin embargo, está prohibido utilizar ninguna de estas facilidades sin ir provisto de un libro.
3) Observamos una estricta regla de "no spoilers". En caso de que algún huésped revele a los otros detalles que estropeen su experiencia de lectura, será confinado en un desván polvoriento, donde deberá jugar a Angry Birds durante un tiempo equivalente a la gravedad de su delito.
4) Es obligatorio respetar la privacidad de los demás huéspedes, Quienes incumplan esta norma, serán encerrados en la suite "Naranja mecánica", cuyas características preferimos no divulgar.
 
Le aseguramos que en nuestro establecimiento no oirá jamás la frase "Me gustaría tener tiempo para leer".
 
No me digan que no se apuntarían a alguno de estos packs. ¡Ah, unas vacaciones dedicadas sólo a leer, leer y leer! Señores de la industria turística, ¿a qué esperan? Por aquí hay más de un futuro cliente de este tipo de productos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

JANE AUSTEN, CHESTERTON Y P.D. JAMES

G.K. Chesterton
Dice el gran G. K. Chesterton, en un artículo titulado "Sobre la reescritura de novelas como relatos detectivescos o de misterio" que "cualquier novela famosa, sobre todo si es tranquila y doméstica, podría reescribirse en forma de relato detectivesco". Imagina entonces que podrían existir obras como Crimen en Cranford -¡lo mucho que hubiesen disfrutado las señoritas de ese tranquilo pueblo inglés con un verdadero crimen!-, y que Persuasión sería un buen título para una novela de asesinatos, aunque a su parecer la novela de Jane Austen que ofrece más posibilidades para este cambio de género es Orgullo y prejuicio: "...está clarísimo. Lady Catherine de Bourgh muere asesinada. Nadie podría precederla socialmente en esta ocasión social (...) Las primeras sospechas recaen necesariamente en el señor Darcy, una figura sombría, siniestra, solitaria e impopular por sus hábitos poco sociables y por su inhumana arrogancia". Otros personajes de esta novela dan también mucho juego para el relato detectivesco: "Podrían idearse escenas muy eficaces con el interrogatorio policial del señor Bennet, cuyas sardónicas respuestas dejan al detective lleno de dudas sobre si el señor Bennet quiere decir que cometió el asesinato o que está sinceramente arrepentido de su negligencia por no haberlo cometido". Resulta muy probable que P.D. James, que es una persona culta y leída, conociera este ensayo de Chesterton e incluso, ¿por qué no? que decidiera tomarle la palabra y explorar las posibilidades que él apunta. Aunque me ha extrañado que ninguno de los críticos que se han ocupado de La muerte llega a Pemberley, la nueva novela de P.D. James que retoma los personajes de Orgullo y prejuicio, haya mencionado esta más que notable coincidencia (¡ni siquiera el New York Times!; decididamente, los críticos cada vez hacen peor sus deberes).  
La escritora inglesa, creadora del detective -y gran aficionado a la poesía- Adam Dalgliesh, no sigue sin embargo el camino apuntado por Chesterton. En su novela, es cierto, retoma a los personajes de Austen, pero varios años después de lo narrado en Orgullo y prejuicio. Elizabeth y Darcy están felizmente casados y han sido padres de dos hijos, cuando en sus vidas irrumpe de nuevo la alocada Lydia y su poco recomendable esposo, Wickham. ¡Problemas en el horizonte! A pesar de lo prometedor del inicio para cualquier lector de Austen que se hubiera quedado con las ganas de saber algo más acerca de esta singular pareja  -es bien sabido que los personajes que se saltan las normas siempre resultan más atractivos que los que las obedecen-, esta incursión detectivesca en la materia austeniana no está a la altura de las expectativas. Que, me temo, eran bastante altas. El misterio es ciertamente intrigante, pero la investigación se arrastra a paso de tortuga y el final ... bueno, de eso no voy a decir nada. Y, aunque James ha logrado recrear con bastante exactitud el lenguaje del siglo XIX, el humor y la chispa que caracterizan a Jane Austen están más bien ausentes. La maternidad, por su parte, parece haber convertido a la anteriormente chispeante elizabeth en una matrona sólo interesada por el bienestar de su esposo e hijos y por respetar las formas sociales. En conjunto, una cierta decepción. No dejo de preguntarme por qué la señora James no haría caso a Chesterton. O por qué Chesterton no seguiría su propia sugerencia y se encargaría él mismo de transformar esta "novela tranquila y doméstica" en una trepidante y divertida novela de asesinatos. Creo que a él, al menos, no le hubiese fallado la ironía.
Quien esté interesado en leer entero el artículo de Chesterton, lo encontrará incluido en el volumen Cómo escribir relatos policíacos, una miscelánea de reseñas, prólogos y ensayos varios publicados en diversos lugares por el escritor británico. No es, desengáñense, un manual para iniciarse en el género detectivesco, pero como todos los textos de Chesterton, rebosa ingenio y humor.

martes, 21 de agosto de 2012

LAS PEORES FRASES DE INICIO

No hay manual del escritor que no subraye la importancia de una buena frase inicial. Creo que todos nos sabemos de memoria alguna frase inicial, como la de "La heroica ciudad dormía la siesta..." o "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un mosntruoso insecto" (excluyo deliberadamente aquello de "En un lugar de la Mancha...", que les suena hasta a los que nunca han leído un libro). Incluso hay juegos basados en ello. Claro que si el resto de la obra no está a la altura, la frase inicial no sirve de gran cosa, no importa cuanto se haya esforzado el escritor en ella. Pero muy a menudo va todo de la mano e, igual que una buena novela tiene un buen comienzo, una mala delata ya su calidad desde las primeras líneas.
Los americanos, tan dados a inventarse competiciones de todo tipo, tienen también una competición de primeras líneas. No se trata, sin embargo, de elegir las mejores frases iniciales, sino las peores. Patrocinado por el departamento de Inglés de la californiana San Jose State University, el concurso lleva el nombre de Bulwer-Lytton  el otrora popularísimo autor victoriano que entre otras muchas obras escribió novelas históricas como Los últimos días de Pompeya (un auténtico temazo, el de la erupción del Vesubio, eso hay que reconocérselo). Salvo por las adaptaciones al cine de esta obra -ha habido varias-, casi nadie recuerda la obra de este ilustre victoriano.


Si alguien no lo remedia, parece que por lo que realmente va a pasar a la posteridad, al menos en el ámbito anglosajón, es por las primeras líneas de su novela de 1839, Paul Clifford, que comienza así:

It was a dark and stormy night; the rain fell in torrents — except at occasional intervals, when it was checked by a violent gust of wind which swept up the streets (for it is in London that our scene lies), rattling along the housetops, and fiercely agitating the scanty flame of the lamps that struggled against the darkness.”

[Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), repiqueteando en los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.]

Un inicio exagerado y lleno de redundancias, pero en verdad no peor que tantos otros. Sólo que esas primeras palabras son las que adoptó el creador de los Peanuts, Charles M. Schulz, como inicio de la novela que Snoopy escribe sin cesar en su máquina (y nunca llega más allá...). Eso, más que otra cosa, fue lo que inmortalizó esta frase.


Por si a alguien le interesa y quiere echar unas risas, acaban de anunciarse los ganadores de la edición de 2012 de este concurso. Sin embargo, a mi modo de ver el concurso presenta un fallo esencial: se trata de frases creadas expresamente para participar en él, de modo que el autor sólo tiene que exprimirse el cerebro durante unas pocas líneas. El mérito de verdad -si es que se puede llamar así- consiste en mantener ese nivel de prosa ridícula a lo largo de toda una novela... Duro, pero no imposible. No me gusta señalar, pero a la vista están tantos ejemplos que corren por ahí.

viernes, 22 de junio de 2012

LIBROS QUE (ME) HACEN REÍR


Visto que la situación política y económica no sólo no lleva camino de mejorar, sino que cada día resulta más agobiante, algo habrá que hacer para no dejarse arrastrar por esta marea negra. Al fin y al cabo, luce el sol (mucho, incluso), estamos en esos larguísimos días del solsticio de verano, e incluso en la ciudad tengo desde hace unos días el placer de oír los trinos de los pájaros, entre ellos los bellísimos cantos de un petirrojo. (Conste que no he llegado a verlo, pero youtube me ratificó en que esos sonidos eran en efecto de este ave. Es un misterio lo que hacía entre tanto asfalto.) Unido a esto, ¿qué mejor antídoto contra la depresión ambiental que un buen libro? A ser posible, uno que sea divertido. Así que me he puesto a recordar los libros que me han hecho reír. Pero reír de verdad, a carcajadas incontenibles, de esas que hace que tu familia o vecinos de tren o autobús -estos últimos casos son los que más embarazo producen- te miren asombrados. Aquí va pues una lista de los libros que me hacen reír. Soy consciente de que hay que subrayar el pronombre personal: me hacen reír a mí, lo que no quiere decir que a todo el mundo le vayan a hacer la misma gracia. El sentido del humor es algo muy personal y, como se puede constatar fácilmente, no muy bien repartido.


Richmal Crompton, Las aventuras de Guillermo Brown-Cualquiera de los numerosos títulos que componen esta añeja serie de novelas sobre un terrible niño inglés y sus igualmente incorregibles amigos, conocidos con el sobrenombre de "Los proscritos", es capaz de hacerme soltar la carcajada no una, sino varias veces. Era así cuando los leí y releí por primera vez, en mi infancia, y siguen manteniendo la misma magia. Doy fe porque he hecho la prueba: hace poco, haciendo orden en unas estanterías, no pude contener el impulso de abrir uno de los volúmenes y empezar a leer. Las carcjadas atrajeron primero al gato y sucesivamente al resto de la familia, que no entendían qué ocurría.

John Kennedy Toole, La conjura de los necios-Ya hablé de este libro en un post anterior. Un clásico imprescindible. Baste decir que, cuando quiero animarme, releo la carta que Ignatius envía al Sr. Abelman. Sencillamente desternillante.

Lord Emsworth y su cerda premiada
P.G. Wodehouse, Ola de crímenes en el castillo de Blandings-De nuevo un autor del que podría recomendar casi cualquier cosa como lectura hilarante. Pero esta narración contiene todos los ingredientes del mejor Wodehouse: Jeeves, Bertie Wooster, Lord Emsworth e incluso sus cerdos premiados. Una mezcla irresistible.

David Lodge, Intercambios-La primera de sus novelas "de campus", donde Lodge demuestra, una vez más, que el mundo académico -que tan en serio suele tomarse a sí mismo- puede ser una fuente de hilaridad incontenible. Inefable el personaje de Morris Zapp, con el que el autor (o sus lectores) se encariñó tanto que lo recuperó en novelas posteriores.

Ilustración de Nicholas Bentley para Antrobus
(via Strange Library)

Lawrence Durrell, Antrobus-También hablé en otra ocasión de este libro, que es probablemente lo que más me gusta de Durrell, junto con sus libros de viajes. (Lo siento, no soy tan fan de su Cuarteto de Alejandría ni del Quinteto de Aviñón, aunque todo el mundo los considera más "literarios". Sea lo que sea eso.) Las tribulaciones de dos solteronas británicas que deciden publicar un periódico en inglés en un país balcánico son, entre otros episodios, tronchantes.

Sí, ya lo han visto, resulta que todos los autores que he citado son aglosajones. No es que la literatura de otras nacinalidades no tenga sus escritores humorísticos. Sin ir más lejos, me gustan mucho algunos autores del siglo XX español como Fernández Flórez o Jardiel Poncela. Pero, aunque en ocasiones hayan logrado arrancarme alguna carcajada, por lo general la cosa se queda en sonrisa, o en simple regocijo intelectual.
La risa es la mejor terapia. Para casi todo.

domingo, 29 de enero de 2012

HUMOR JUDÍO


Mordejay no acaba de entender por qué su vecino polaco había enviado a su hijo a estudiar a un seminario.
-Le he enviado -le explicó el vecino- porque se puede hacer cura.
-Vale, ¿y qué? -siguió sin entender Mordejay.
-Luego puede hacerse cardenal.
-Vale ¿y qué?
-Un buen día puede llegar a papa.
 -Vale ¿y qué?
El vecino se puso furioso:
-¿Pero no te das cuenta? ¡Puede llegar a papa! ¿Qué más quieres? ¿Que se haga Dios?
-¿Por qué no? -repuso Mordejay-. Un chico de los nuestros se hizo.


Nada hay más sano que la capacidad de reírse de todo. El sentido del humor, aplicado con inteligencia, permite superar incluso las situaciones más apuradas, y nos impide caer en el lamento vano y la autocompasión. Los judíos han tenido a lo largo de la Historia numerosas oportunidades de ponerlo a prueba y quizás por eso el humor judío es tan agudo, tan refinado. Angel Wagenstein, en El Pentateuco de Isaac, nos proporciona una magistral demostración de cómo es posible hablar de asuntos muy serios sin olvidar nunca el humor. Es más, quizá hay asuntos tan serios que sólo así pueden digerirse . Wagenstein, nacido en Bulgaria en 1922 en una familia de origen sefardí, que como tantos de sus correligionarios probó el exilio, la militancia antifascista, la prisión e incluso una condena a muerte (de la que le salvó la oportuna entrada del Ejército Rojo en Bulgaria en 1944), inicia con esta obra un trilogía en la que pretende plasmar el destino de los judíos en la Europa del siglo XX. He leído muchos libros que tratan el tema del Holocausto, la mayoría de ellos terribles, conmovedores, pero nunca uno tan serio y tan divertido a la vez. Narra las tribulaciones de Isaac Blumenfeld, un judío natural del shtetl de Kolodetz, un asentamiento judío situado en esa zona del Este de Europa tan castigada por la política que se pasó gran parte del siglo XX cambiando de manos y de dominadores. Una situación llena de absurdos, como absurda -y criminal- es la política que les impone cada poco tiempo una nueva patria, una nueva religión, una nueva ideología.  Isaac no pretende luchar contra ello, se conforma apenas con sobrevivir. Y créanme que no le resulta fácil. La suya es una historia trágica, pero llena de humanidad, ternura y humor. Estoy deseando leer las otras dos novelas que conforman la trilogía, Lejos de Toledo y Adiós a Shanghai.