John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 22 de febrero de 2015

LA VIDA ÍNTIMA DE LOS LIBROS

 
 
Si es usted de los que no creen que los libros tengan vida propia, es inútil que siga leyendo este artículo. Lo que sigue le parecerá tan descabellado como la existencia de hombrecillos verdes en Marte. En mi caso, sin embargo, a pesar de que reacciono con robusto escepticismo frente a cualquier fenómeno pretendidamente paranormal -bastante perpleja me suele dejar la realidad para sumarle más elementos incomprensibles-, el largo y prolongado trato con miles de volúmenes casi ha hecho de mí una conversa. O sea, que estoy más que dispuesta a creer a cualquier colega bibliómano que afirme que sus libros se esconden, o se reproducen con alevosía, o cualquier otra actividad más propia de gnomos de cuento que de objetos inanimados. (Por otra parte, siempre tuve debilidad por aquel cuento de los hermanos Grimm en que unos aplicados enanitos acudían cada noche a terminar el trabajo inacabado de un pobre zapatero -¿o era sastre?-. No me ha sucedido aún cosa semejante, pero no pierdo la esperanza.) De modo que cuando alguien que por su oficio ha vivido durante años enterrado entre libros, y dedicado durante toda la jornada laboral a leer, leer y leer, elabora una teoría acerca de la vida íntima de los libros, no puedo sino aplaudir su sagacidad al descubrir lo que otros apenas intuíamos. Por si aún no lo han adivinado -calculo que a estas alturas del artículo ya sólo quedan algunos maníacos de la lectura, que deberían poder acertarlo; el resto habrá huido a parajes menos fantasiosos-, estoy hablando de Bernard Pivot, conductor y alma del mítico programa de libros Apostrophes y del que le siguió, Bouillon de culture.
 
Bernard Pivot

 
En un libro en el que da cuenta de su experiencia en los dos programas anteriormente citados, Pivot tiene la bondad de responder -desde su dilatada experiencia y su intimidad con los libros- a algunas de las preguntas que los bibliómanos nos planteamos:
 
¿Se reproducen los libros entre ellos? Sí, por supuesto. Si no, ¿cómo explicar la presencia, en especial en pilas de libros descartados o en armarios cuya oscuridad favorece a los audaces, de obras desconocidas? ¿Quién no se ha encontrado de repente con un libro entre las manos cuyo título no le evoca ningún recuerdo? Casos así sólo pueden explicarse a través de la reproducción. [...] En mi opinión, las frases, los párrafos e incluso capítulos enteros se hartan de pertenecer a un libro que no les gusta o en el cual se sienten superfluos o torpemente utilizados. Optan entonces por elegir la libertad y abandonan el volumen. Ninguna frase ha querido abandonar nunca Madame Bovary o Viaje al fin de la noche, eso está claro. Cada palabra se siente bien e indispensable allí. [...] Pero hay muchos libros en que las palabras se aburren mortalmente. Las más valientes deciden, solas o en grupo, largarse. [...] De lo dicho anteriormente puede concluirse que, cuantos más libros mediocres o inútiles haya en una biblioteca o una librería, mayores serán los riesgos de reproducción. Las obras maestras, de las cuales las palabras se niegan a escapar, carecen en cambio de descendencia.
 
¿Tienen los libros, como usted o yo, humores? ¡Claro! ¡Cualquiera es capaz de darse cuenta cuando un biblioteca está de mal humor. Abatidos, grises, los libros tienen aspecto contrariado. [..] De hecho, cuando están de malas, se esconden, se vuelven esquivos, no están donde la mano había creído encontrarlos.  Esta busca, desplaza, se pone nerviosa y no encuentra. O, si lo encuentra, el libro se le escapa y cae. Cree entonces ser torpe, cuando es él que se ha tirado voluntariamente. [...] Por el contrario, si su disposición es buena, si están de buen humor, los libros facilitan las búsquedas, Sabemos incluso de algunos que tienen la gentileza de abrirse ellos mismos por la página en que se había subrayado la cita esperada y otros, verdaderamente amables, que proporcionan espontáneamente, muy deprisa, dos o tres frases interesantes que no esperábamos encontrar allí.
 
¿Los libros pueden moverse solos? Sí. La prueba es que algunos cambian ellos solos de lugar en la estantería, no los encontramos donde los habíamos puesto y su desplazamiento altera el orden alfabético. Por lo general, lo que explica estas incongruentes dislocaciones  son peleas de vecindad [...] algunos no admiten estar adosados a volúmenes notoriamente mediocres  o a autores que les parecen indignos de cohabitar con el nombre que lleva impresa su cubierta. [...] Resulta patente que hay libros que, sin haber sido prestados ni robados, desaparecen de las bibliotecas y abandonan por sus propios medios el apartamento o la casa donde se alojaban. Estas fugas, poco frecuentes, y que prueban la autonomía de movimiento de los libros, se deben bien a violentas disputas de vecindad, bien a humillaciones insoportables. Un libro puede sentirse humillado si nadie lo abre nunca, si ha sido relegado a una estantería inaccesible donde la mirada del propietario-lector no se ha posado en él desde hace años, si el polvo se acumula sobre él...
Sí, sí y sí. Aunque mi cohabitación con los libros no haya sido probablemente tan intensa como la de Pivot, mi experiencia de años trajinando con ellos me demuestra a todas luces que sus respuestas dan en el clavo. No, señores, no es que veamos fantasmas, es que no es tan raro que los libros cobren vida. Y, a cambio de todas las horas felices que nos proporcionan, es nuestra misión como bibliómanos procurar que estén lo más cómodos y felices posible. De no ser así, ya lo saben, hay riesgo de fuga.

(Foto: shieldsofpapaer.com)
 

martes, 17 de febrero de 2015

LOS MISTERIOS DE LA FAMA LITERARIA

La fama, esa diosa volátil (foto de Oclisé)

Mi entrada de la semana pasada suscitó un cierto debate con alguno de los comentaristas, algo que es siempre estimulante cuando proviene de gente que te lee con atención y con criterio (como es el caso).
Tal vez por casualidad -aunque no creo en este tipo de casualidades, más bien es que cuando te interesa un asunto ejerces como de imán para todo lo relacionado con él- he leído en el Los Angeles Book Review un artículo que saca a relucir el tema de los misteriosos vaivenes de la fama literaria, tomando como ejemplo a un autor americano poco leído aquí, David Goodis, un caso que me parece ilustra a la perfección lo variable  -también imprevisible y sujeta a modas y mercados-  que es la valoración que reciben los escritores por parte de crítica y público. El inicio no puede ser más certero:
"La oscuridad literaria es una bestia curiosa. ¿Por qué algunos escritores son descubiertos y mantienen su fama, mientras que otros, quizás igualmente buenos, posiblemente aún mejores, siguen en la sombra o saltan a la fama sólo por un breve periodo para regresar luego al olvido? ¿Dónde está la clave? ¿Es el talento, la perseverancia, la gestión astuta, el devenir de los tiempos o la pura y simple suerte? Y el proceso por el cual los escritores olvidados son redescubiertos puede ser aún más extraño."
El de Goodis es uno más de esos casos curiosos: un escritor popular en los Estados Unidos durante las décadas de 1940 y 1950 por sus novelas negras, que conoció también un gran éxito de ventas en Francia. Aunque allí, al contrario que en su país -donde nunca se le consideró mucho más allá de la "pulp fiction"-, se puso de moda en los círculos intelectuales. Baste decir que François Truffaut llevó al cine una de sus novelas, Tirez sur le pianiste y Jean-Luc Godard le dio su nombre a un personaje de sus películas. En España, que yo sepa, nunca despuntó. Recuerdo vagamente haber leído alguna de sus novelas, quizás Al caer la noche o Viernes 13, que publicó Bruguera con unas cubiertas que hacían honor a su origen "pulp". O sea, que aquí, ni ventas, ni admiración. Pero eso no es tan raro. No sólo la fama de los escritores va y viene, sino que según el país su cotización sube o baja.
 



Recordemos también el caso de Sándor Marái, cuya novela El último encuentro salió en Destino a principios de los años cincuenta bajo el título de A la luz de los candelabros y pasó desapercibida. Durante la década de los treinta, Marái había alcanzado bastante fama en Centroeuropa, pero el eco no había llegado hasta aquí, ni mucho menos al otro lado del Atlántico. En su país, la guerra y luego el comunismo lograron que su obra quedase relegada al olvido, y algo parecido sucedió en el resto de países. Sólo después de su muerte (se suicidó en 1989, poco antes de que el comunismo que le había obligado a exilarse quedase disuelto por la Historia) la editorial italiana Adelphi tuvo la idea de reeditarlo. (A su vez, Roberto Calasso, el director de Adelphi, había encontrado sus obras en el catálogo de un editor francés que publicaba "maestros europeos olvidados"). Fue este un redescubrimiento con efecto "bola de nieve": uno tras otro, todos los países europeos se sumaron a él y casi de la noche a la mañana Marái se convirtió en uno de los autores mejor considerados, cuyas obras se reimprimían de forma constante. Esta vez, hasta los americanos se rindieron a él (hay que decir que el autor pasó sus últimos años en San Diego, California, sin que ningún editor manifestase interés por él).

Encuentro entre Thomas Mann y Sándor Marái en 1935.
Ambos acabarían en el exilio

Entonces, ¿hay alguna conclusión que se pueda sacar de esto? Seguramente, no. La cotización de los autores es imprevisible y, claramente, no tiene mucho que ver con su calidad. O con lo que su época entiende por "calidad literaria", que es también un concepto variable.
Aunque yo sí extraería de aquí una máxima, dedicada a los escritores: "Escribe lo que te apetece escribir, no lo que crees que pide el público."

lunes, 9 de febrero de 2015

LA LITERATURA, LA EDICIÓN, EL COMERCIO


Se quejan algunos conocidos míos que escriben -algunos incluso publican, aunque con escasa fortuna- de que ciertas obras que a su juicio son de ínfima calidad figuren en lo alto de las listas de bestsellers. Todo es relativo. Escritores que hace veinte o treinta años vendían (literalmente) millones de ejemplares han desaparecido hoy por completo de la memoria colectiva. ¿Alguien recuerda a Harold Robbins? Entre 1948 y 1997, llegó a vender 750 millones de libros en 32 lenguas (sí, a mí también me parece que a esta cifra le sobra al menos un cero, pero eso dice Wikipedia). Hoy, dudo mucho que puedan encontrar alguna de sus obras, a no ser en alguna polvorienta librería de lance. ¿Qué joven de hoy ha leído Juan Salvador Gaviota? Esta fabulilla simplona sobre una gaviota con cualidades humanas se convirtió en el libro de cabecera de los adolescentes de principios de los setenta, con las consiguientes ventas estratosféricas. Supongo que su lugar lo ocupan hoy, más o menos, las repetitivas obras de Paulo Coelho, e imagino que ellas también caerán en el olvido así que pasen un par de decenios. Precisamente el ejemplo de Richard Bach es el que emplea Rafael Chirbes en un artículo -incluido en el volumen titulado Por cuenta propia- en el que habla de sus relaciones con la literatura, con su editor y con el montaje comercial de la edición. Y lo resume con una frase que habría que poner en letras bien grandes ante todos los que se lamentan del escaso criterio del mercado:
"Ninguna editorial, por poderosa que sea, puede sostener indefinidamente un mal libro."
Publicarlo sí, por supuesto -hay ejemplos a porrillo- y también lanzar las inanidades más absolutas al estrellato de las grandes ventas (una combinación de oportunidad, técnicas de marketing y potencia comercial pueden hacer milagros). Pero el tiempo todo lo nivela. En este terreno, me gusta recordar que, hasta finales del XIX, Stendhal era un "escritor de escritores", poco apreciado por el público y que Henry James -hoy en el olimpo de los grandes- se lamentaba en sus cartas a sus editores de lo magro de las liquidaciones, que arrojaban ventas de mil o dos mil ejemplares a lo sumo.
Como dice Chirbes, lo más llamativo de la literatura, ese arte que puede practicarse sin más instrumentos que un lápiz y un papel, es su durabilidad. Un arte que exhibe "junto a su fragilidad, una correosa dureza [...] capaz de permanecer cataléptica durante decenios y de resucitar repentinamente con un vigor juvenil". Las ciudades, las obras arquitectónicas, hechas de piedra y cemento, se derrumban y desaparecen. Pero hoy seguimos viendo las murallas de Troya ante las cuales Aquiles exhibe el cadáver de Héctor, y que hace siglos quedaron reducidas a escombros, en las palabras de Homero o, retomando el ejemplo que cita Chirbes
"sabemos del viejo Moscú, o de la Alexanderplatz berlinesa de antes de la Segunda Guerra Mundial, por las novelas de Tolstói o de Döblin, y no por lo que ha quedado de las obras que hicieron príncipes, arquitectos y albañiles."
Así que yo les digo a mis conocidos aspirantes a escritores que no se obsesionen con las ventas, ni por supuesto con la fama. En el campo de la literatura -estamos hablando de literatura, no de entretenimento, que juega en otra liga- las consideraciones puramente comerciales son malas consejeras. Como dice Chirbes, "el único escalafón de un escritor es la calidad, algo que poco o nada tiene que ver con las ventas".  
 
 
 


domingo, 1 de febrero de 2015

COSAS QUE ECHAS DE MENOS SIN DARTE CUENTA

 
 
Cumples sin queja con tu rutina habitual. Das por bueno lo que haces y lo que ves cada día, lo que te rodea durante tus horas de vigilia (el sueño, los sueños, son capítulo aparte). Todo encaja, todo parece tener sentido. Hasta que de repente, por un azar cualquiera, algo cambia. Y sólo entonces te das cuenta de qué es lo que te falta. Lo que tanto echas de menos, sin ser consciente de ello. Ahora que lo piensas, ves ese gran agujero, que parece atraerte a su interior. Te preguntas cómo no te habías dado cuenta antes, cómo has podido vivir hasta ahora como si esa ausencia no fuese importante.
Seguramente estas iluminaciones -si se pueden llamar así-, estos ramalazos de consciencia, son distintos para cada persona. Tal vez ocurren cada tanto, tal vez son sólo incidentes aislados. Pero tengo la impresión de que cualquier ser humano pensante ha pasado alguna vez por esta situación.
He aquí tres cosas que echo de menos (aunque de vez en cuando haga como que no):
 
  • El silencio. Me refiero al silencio de verdad, no a la simple ausencia de ruidos. Ese silencio que se podría cortar con un cuchillo. Ese silencio en el que casi puedes oír tus pensamientos (porque no hay nada más que escuchar). Un silencio que no existe en la ciudad, ni casi en ningún lugar habitado. Cuando puedes despertarte en mitad de la noche y es como si hubiese sido absorbida por un agujero negro. No hay sonidos. De ningún tipo. No sabes que lo necesitas hasta que lo experimentas (¿cómo podrías?). Pero desde ese momento, sabes que no te será posible conformarte con menos.
  • Dormir bajo un árbol. Caer en el sueño es maravilloso, ese instante en que la conciencia se desvanece. Una cama mullida, unas sábanas limpias y tirantes cuando uno está agotado son una experiencia placentera. Pero hay algo mejor: sestear bajo un árbol. No sé qué hay en la presencia protectora de las ramas sobre tu cabeza, en esa sombra bienhechora, en el leve susurro de las hojas... Ningún sueño es más reparador, más seguro.
 

  • Leer un libro viejo. Inmersos en el (absurdo) debate de si libro electrónico o libro en papel, perdemos de vista que no todos los libros son lo mismo. Te acostumbras -por inercia, por rutina-  a considerarlos ante todo por su contenido: "He leído la nueva novela de tal, o he de consultar el ensayo de cual..." Sólo el día en que casualmente cae en tus manos un libro viejo eres capaz de percibir ese leve escalofrío: el papel algo amarillento, ablandado por  el uso, el suave olor que desprende (ahora sabemos que es químicamente parecido a la vainilla), la cubierta de tacto fino, de tanto ser manoseada. Algo que otros han leído antes que tú y de lo que han extraído significados seguramente distintos. Algo a la vez personal y colectivo. Algo que  importa por lo que dice, pero también por lo que es. El inmenso placer de leer un libro viejo.



Quizás es verdad que se puede vivir sin ellas. Pero, ¡qué felicidad cuando las recupero!

sábado, 24 de enero de 2015

SOMOS MEMORIA

 
 
¿Qué somos sin memoria? Nada, un cuerpo animado, capaz de llevar a cabo las funciones primarias y poco más. La memoria nos constituye, nos hace humanos, capaces de relacionarnos con nuestro entorno, capaces de aprender (sin recuerdo no hay aprendizaje), capaces de reconocer objetos y personas, capaces de amar y de odiar. Pero nuestra memoria no es infalible, no es ni siquiera muy fiable, en la mayoría de las ocasiones. A veces recordamos demasiado poco, a veces lo que creemos recordar no es lo que sucedió en realidad. Como dice Oliver Sacks:
Parece que no hay en la mente o el cerebro ningún mecanismo que asegure la verdad o, al menos, el carácter verídico, de nuestros recuerdos. No tenemos acceso directo a la verdad histórica, y lo que sentimos o afirmamos que es la verdad depende tanto de nuestro imaginación como de nuestros sentidos (como Helen Keller observó con fundamento). No forma de que los sucesos del mundo puedan ser transmitidos directamente o grabados en nuestro cerebro; los experimentamos y los construimos de una manera altamente subjetiva, que de entrada es diferente para cada individuo, y cada vez que son recordados se reinterpretan o se vuelven a experimentar de un modo distinto.
 Porque el funcionamiento de la memoria es (aún) misterioso. El propio Sacks cuenta en algunos de sus siempre amenos libros -como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero- algunas peculiaridades de esta facultad tan necesaria como desconocida.
Si dejamos de recordar, si -como les ocurre a los enfermos de Alzheimer- nuestra memoria se desvanece, es como si nuestro "yo" se hubiese apagado. La literatura -que tanto debe apoyarse en la memoria para existir- ha plasmado a menudo de los efectos devastadores de este fenómeno. Como hace Paco Roca en su Arrugas, un cómic tierno y desgarrador a la vez. O Alice Munro, en el famoso cuento "Lejos de ella", que llevó al cine Sarah Polley (magistral Julie Christie).
 
 

 
Aún así, aún sabiendo la escasa fiabilidad de los recuerdos, sigo leyendo con gusto libros de memorias. Muy consciente de que es muy posible que en ellas haya más de recreación que de verdad. ¿Cómo podría ser de otro modo?  El banal ejercicio de rememorar un acontecimiento determinado junto a otra persona que también lo vivió demuestra, casi indefectiblemente, que cada uno recuerda algo distinto. Cada cual reconstruye su propia historia como una narración, ordena los elementos, elimina aquellos que estorban, magnifica los que concuerdan con su versión. Es decir, todos somos memorialistas de nosotros mismos. Pero algunos poseen el don de hacer esa narración tan fascinante y vívida que estamos dispuestos a jurar que se trata de la pura verdad. Y si no lo es, desearíamos que lo hubiese sido. ¿Alguien puede creer que Nabokov -por muy niño prodigio que fuese, que sin duda lo era- era capaz de recordar con todo detalle cosas sucedidas cuando tenía tres años? Sin embargo, pocas lecturas hay más deliciosas que su Habla, memoria, esas memorias atípicas y nostálgicas que son al mismo tiempo todo un monumento literario. He encontrado alguna vez personas que decían "no tener ganas" de leer a Nabokov (quizás escandalizadas, sin razón,  por su Lolita). A todas ellas -y, de paso, a todos aquellos que aún no conozcan este libro- les digo que Habla, memoria es un deleite, goce literario en estado puro. Reivindicación de la memoria que somos. Sólo que Nabokov lo dice mejor:  
 
“Soy feliz testigo del supremo logro de la memoria, que es el de la magistral utilización que hace de las armonías innatas cuando recoge en sus repliegues las tonalidades suspendidas y errantes del pasado”.

Nabokov, ejerciendo de entomólogo.
También de eso habla en su libro.
  

domingo, 18 de enero de 2015

ESCRITORES, EDITORES Y HUMOR


Como sin duda saben mis lectores, la prestigiosa revista The New Yorker publica, además de interesantes reportajes, críticas, ensayos y alguna de la mejor ficción americana, unas cuantas viñetas humorísticas en cada número. Igual que sus artículos, su humor tiene un sello especial, característico, que se ha hecho justamente famoso. Digamos que, aunque sus dibujantes son muy diversos, el humor que destilan estas viñetas se ajusta siempre a un mismo modelo. Bob Mankoff es el encargado de elegir las viñetas que se publicarán entre las más de mil que reciben cada semana (un verdadero trabajo de analista de humor, tal como él se autodefine en este divertido -cómo no- vídeo en el que explica cómo realiza esta labor).  El criterio de selección no consiste en determinar si una viñeta es o no graciosa -algunas incluso lo son demasiado-, sino si son adecuadas para el contexto y si responden al tipo de humor de la revista. ¿Y en qué consiste el humor de The New Yorker? Como dice Mankoff, en el humor siempre ha de haber algo de incongruencia, de contraste: unir dos cosas que normalmente no van juntas. Los chistes, además, se ríen siempre de algo o de alguien. Pero en The New Yorker el objetivo no es el otro, el diferente, sino los propios lectores. Es decir, las viñetas de The New Yorker deben ser autorreflexivas, reflejar en clave humorística alguna de las características de los lectores de la revista: sus obsesiones, su narcisismo, sus fobias, sus filias...
 
Dado el perfil de su público -que se supone compuesto por gente culta y leída-, no es extraño que muchas de estas viñetas se dirijan a las personas que están en contacto con el mundo de los libros: escritores, editores, libreros, lectores. Para los que habitamos ese mismo universo, las viñetas que tratan de ellos -ahora recogidas en un volumen por Libros del Asteroide- son especialmente graciosas.

Los escritores

 
 "¿Si ya lo he terminado? ¿Para qué querría terminarlo?"
 
[Eso, ¿para qué? A veces, casi es mejor...]

Los editores


"Algo de texto, Ted, danos solo algo de texto y nuestra gente
 de marketing se encargará del resto."
 
[La verdad, más que un chiste, juraría que esto procede de un micrófono oculto en alguna oficina editorial.]

Los lectores (en los tiempos del Kindle)

 
"Me cansé de tener a Moby Dick burlándose de mí desde la estantería,
así que lo metí en mi Kindle y no he vuelto a pensar en él." 
 
[Quitándole la parte irónica, lo cierto es que los libros que van al Kindle se olvidan mucho más fácilmente que los que tienen una presencia física. A veces, hasta temo que un día adquiriré dos veces el mismo libro electrónico. "Out of sight, out of mind", ya lo dicen los ingleses.]
 

Y hasta los libreros


"Tenemos el calendario del libro, libretas del libro, el audiolibro, el DVD de la película basada en el libro, pero no tenemos el libro."
 
[Cierto, quizás es que tal libro en realidad nunca existió. Se me ocurren algunas obras candidatas a ello...]

 
No son viñetas que te hagan reír a carcajadas, pero si que provocan una sonrisa de reconocimiento y un cosquilleo interior en cualquiera que sea la zona del cerebro que rige nuestra apreciación del humor. Nada más sano que reírse de uno mismo o ver caricaturizadas algunas de las manías que nos afligen, ya sea a nosotros o a algunos de los tipos humanos que tenemos cerca.

[Por cierto, la misma editorial ha publicado otras recopilaciones de viñetas: La oficina en The New Yorker y El dinero en The New Yorker.]
 
 
 

lunes, 12 de enero de 2015

MUJERES ATRIBULADAS


Es muy cierto que la lectura nos permite vivir otras vidas. También, cuando nos vemos ante determinados acontecimientos, el haber leído nos da la oportunidad de confrontar nuestra experiencia con otras similares. En su mayoría ficticias, es verdad, pero ya sabemos que la mentira de la ficción muy a menudo resulta más auténtica que la vida real. Ni siquiera es necesario que haya una coincidencia total de situaciones: tal personaje nos recuerda a alguien que conocemos, o  algo que nos ha pasado es calcado a cierta situación sobre la que leímos hace tiempo. Hasta el punto de llegar a preguntarnos quién copia a quién. (Por no mencionar que en este trasvase entre realidad y ficción se producen a veces extrañas coincidencias. Sé de un novelista que imaginó el viaje de un barco que tenía un percance al llegar a cierta ensenada. Todo inventado. Pues bien, tiempo después supo de un barco de nombre muy parecido al que había imaginado que embarrancó precisamente en el mismo lugar que él señalaba en su novela. ¿Casualidad? Quién sabe.) Por mi parte, desde hace un tiempo tengo insistentemente la sensación de haberme convertido en el personaje que retrata la autora británica E. M. Delafield en su divertidísimo Diario de una dama de provincias. Salvando, claro, las distancias de que yo no vivo en un pueblo inglés en los años treinta, ni tengo dos hijos pequeños, ni he de vérmelas con una presuntuosa e insufrible lady B. Pero eso no son más que minucias. Porque la verdad es que me siento tan atribulada como ella, rodeada por desastres domésticos que resulta imposible prever -por más que una lo intente- y, por supuesto, que tienen difícil solución. Y, abra por donde abra el libro, puedo sentirme identificada con los sentimientos de su protagonista:
8 de marzo. La cocinera transige y dice que se quedará mientras me convenga. Me siento inclinada a contestar que, en ese caso, más vale que se vaya preparando para una vida entera a mi lado, pero me contengo, como es natural. Paso un día agotador en Plymouth persiguiendo criadas imaginarias. Me encuentro con lady B., para quien las dificultades con el servicio doméstico sencillamente no existen.

Ciertamente, el servicio doméstico tal como lo entiende la señora Delafield pasó a la historia, pero cuando una se ha pasado las vacaciones cocinando, fregando y planchando camisas resulta muy fácil ponerse en el pellejo de su heroína.



28 de febrero. Advierto, muy contenta, la aparición de una gran mata de azafranes de primavera junto a la verja de la entrada. Me gustaría referirme a ellos de manera juguetona y adorable, y trato de imaginar que soy la protagonista de Elizabeth y su jardín alemán, pero me veo interrumpida por la cocinera, quien me anuncia que ha llegado el pescadero, pero que solo trae bacalao y abadejo, y que como el abadejo no está muy fresco por cómo huele, ¿qué me parece el bacalao? He reparado muchas veces en que la vida es así. 

En efecto, una querría ser etérea y espiritual, pero cuando la lavadora se empeña en perder agua y la cafetera, tras hacer unos ruidos siniestros, decide rendirse y entregar su alma, es muy difícil centrar los pensamientos en las esferas más elevadas del espíritu. (¿Hay algo más deprimente que empezar el día sin una buena taza de café que llevarse a los labios?)

1 de septiembre. Tarjeta de la estación que anuncia la llegada de un paquete que, adivino al instante, contiene los bulbos y la mezcla de fibra vegetal, musgo y turba. Le sugiero a Robert que los recoja esta tarde, pero no da muestra de entusiasmo y dice que le irá mejor mañana, cuando vaya a buscar a Robin y a su amigo del colegio. (Recordatorio: Una diferencia pronunciada entre los dos sexos es la tendencia masculina a postergar prácticamente todo con la excepción de sentarse a comer e irse a la cama. Me gustaría comprar una de esas chapitas pintadas con la máxima "Hazlo ahora mismo" a la venta en tantas papelerías de segunda, pero, cuando lo pienso bien, comprendo que no fomentaría la armonía doméstica y abandono la idea.)



Algunos podrán pensar que se trata de un comentario sexista, pero les aseguro que yo -que debo convivir con tres especímenes del género masculino- estoy por completo del lado de nuestra dama de provincias.

Definitivamente, a varias décadas y unos miles de kilómetros de distancia, la señora Delafield parece haber reflejado muy bien mi propio estado de ánimo. Tan real me parece, que estoy por proponerle un intercambio. Estoy del todo dispuesta a lidiar con sus cocineras despechadas y sus esposas de vicario pelmazas si ella acepta a cambio vérselas con mis tribulaciones cotidianas. ¿Hace?