miércoles 1 de febrero de 2012

APRENDER A LEER


Con ser una las habilidades que nos parecen imprescindibles, leer es también una habilidad que se adquiere sólo a través de un cierto esfuerzo, que precisa un aprendizaje. En la alfabetizada Europa*   -otra cosa sería en el Tercer Mundo- ya casi nadie recuerda cómo era vivir sin saber leer. ¿Se imaginan que todas esas puertas, todos esos mundos que le debemos a la literatura hubiesen permanecido cerradas? ¿Un mundo sin letras, o donde las letras no quieran decir nada? Estremecedor. El capítulo inicial del libro de Charles Dantzig, ¿Por qué leer? (mi agradecimiento a Librosfera por el enlace), con su reivindicación de la lectura como pasión, me ha transportado a mis propios inicios lectores. Como Dantzig, yo también iba a una escuela que creía que a los niños no hay que enseñarles a leer demasiado pronto. Como él, también molestaba constatemente a mis padres preguntando una y otra vez qué querían decir esos signos, impaciente por poder descifrarlos. Más allá de algunas imágenes de la cartilla donde aprendíamos a juntar letras (que seguía la vida cotidiana de un niño y una niña, eso aún lo sé; resultaba frustrante porque era todo muy elemental, las palabras debían ser necesariamente cortas) y del viejo y paciente profesor que nos guiaba en esa labor, mi recuerdo más vívido sobre el aprendizaje de la lectura corresponde al momento en que pude abrir un libro yo sola y entender lo que decía. ¡Pura magia! A partir de entonces, empezó una carrera frenética por devorar todo lo que había a mi alcance, una carrera que sigue hasta hoy. Aún puedo verme perfectamente en el salón de mi casa, escondida detrás del sillón orejero -no es que me impidieran leer, pero a los adultos suele inquietarles que los niños pasen muchas horas sumergidos en esa actividad, como cuenta muy bien Dantzig; de ahí que yo necesitase practicarla con cierto disimulo-  leyendo en voz baja hasta quedarme con la garganta seca. Como todos los niños, en aquellos comienzos no había aprendido aún el arte de la lectura silenciosa, eso vendría después. Como vendrían tantos descubrimientos maravillosos, tantos libros a los que les debo saber, emoción, reflexión. Pero nunca nada comparable a aquel deslumbramiento de mis primeras lecturas.

*Nos parece muy natural, pero de vez en cuando conviene recordar que en España a principios del siglo XIX sólo un 10% -sí, han leído bien- de la población sabía leer y escribir.

domingo 29 de enero de 2012

HUMOR JUDÍO


Mordejay no acaba de entender por qué su vecino polaco había enviado a su hijo a estudiar a un seminario.
-Le he enviado -le explicó el vecino- porque se puede hacer cura.
-Vale, ¿y qué? -siguió sin entender Mordejay.
-Luego puede hacerse cardenal.
-Vale ¿y qué?
-Un buen día puede llegar a papa.
 -Vale ¿y qué?
El vecino se puso furioso:
-¿Pero no te das cuenta? ¡Puede llegar a papa! ¿Qué más quieres? ¿Que se haga Dios?
-¿Por qué no? -repuso Mordejay-. Un chico de los nuestros se hizo.


Nada hay más sano que la capacidad de reírse de todo. El sentido del humor, aplicado con inteligencia, permite superar incluso las situaciones más apuradas, y nos impide caer en el lamento vano y la autocompasión. Los judíos han tenido a lo largo de la Historia numerosas oportunidades de ponerlo a prueba y quizás por eso el humor judío es tan agudo, tan refinado. Angel Wagenstein, en El Pentateuco de Isaac, nos proporciona una magistral demostración de cómo es posible hablar de asuntos muy serios sin olvidar nunca el humor. Es más, quizá hay asuntos tan serios que sólo así pueden digerirse . Wagenstein, nacido en Bulgaria en 1922 en una familia de origen sefardí, que como tantos de sus correligionarios probó el exilio, la militancia antifascista, la prisión e incluso una condena a muerte (de la que le salvó la oportuna entrada del Ejército Rojo en Bulgaria en 1944), inicia con esta obra un trilogía en la que pretende plasmar el destino de los judíos en la Europa del siglo XX. He leído muchos libros que tratan el tema del Holocausto, la mayoría de ellos terribles, conmovedores, pero nunca uno tan serio y tan divertido a la vez. Narra las tribulaciones de Isaac Blumenfeld, un judío natural del shtetl de Kolodetz, un asentamiento judío situado en esa zona del Este de Europa tan castigada por la política que se pasó gran parte del siglo XX cambiando de manos y de dominadores. Una situación llena de absurdos, como absurda -y criminal- es la política que les impone cada poco tiempo una nueva patria, una nueva religión, una nueva ideología.  Isaac no pretende luchar contra ello, se conforma apenas con sobrevivir. Y créanme que no le resulta fácil. La suya es una historia trágica, pero llena de humanidad, ternura y humor. Estoy deseando leer las otras dos novelas que conforman la trilogía, Lejos de Toledo y Adiós a Shanghai.

martes 24 de enero de 2012

TRADICIONES PARA FANS LITERARIOS


Hay libros que nos gustan, otros nos apasionan, otros nos marcan y se convierten en nuestro libro favorito. Entonces, fácilmente, nos convertimos en fans. Los fans no se conforman con que les guste un autor, o un libro. Necesitan algo más. Como los auténticos enamorados, sienten el impulso de manifestar su pasión mediante algún gesto externo. Los hay que se disfrazan como su autor favorito, o como sus personajes, otros ponen en práctica algún pasaje de su obra. Una declaración pública de amor.
Al menos, mientras puedan. Este año ha pasado el 19 de enero -aniversario de la muerte de Edgaar Allan Poe- y, por tercera vez desde que hace sesenta años se iniciara la tradición, ha fallado a su cita con la tumba de Poe el "Poe Toaster". Esta misteriosa figura solía visitar la tumba, se servía una copa de coñac que apuraba a la salud del escritor y se marchaba dejando tras de si el resto de la botella y tres rosas rojas. A veces, acompañadas de un nota críptica. En Baltimore se convirtió en una tradición acechar la llegada de esta figura, que no se ha llegado a saber con certeza quién era, aunque se rumorea -dado lo longevo de la costumbre- que debió pasar de padre a hijo. Ahora, es posible que se haya interrumpido definitivamente.
Lo de visitar las tumbas de los autores es un clásico entre los fans literarios, y muchos gustan de dejar algo en recuerdo, ya sea una marca con lápiz de labios, como en la tumba de Oscar Wilde en París (hasta que le pusieron un cristal protector, porque la piedra estaba resultando erosionada por el lápiz labial) o una piedra, como en la tumba de Walter Benjamin en Portbou, o incluso un bolígrafo en la de Sylvia Plath.


No todas son tradiciones necrófilas, sin embargo. Hay también fans que van más allá y se disfrazan de su autor favorito, como los de Hemingway, que incluso tienen una sociedad dedicada a esto, la Hemingway Look Alike Society y celebran concursos en los que, cómo no, corre el alcohol (a juzgar por las fotos). O, si son fans declarados de Douglas Adams, celebran el Día de la toalla (por cierto, es el 25 de mayo, por si alguien quiere apuntárselo), que comporta acarrear consigo una toalla durante toda esa jornada. Cosas más raras hay. Mientras todas estas actividades están abiertas al público que quiera adherirse a ellas -nadie te hace un examen para saber si eres un fan auténtico o no-, también las hay restringidas, como las de los Baker Street Irregulars, una sociedad en la que sólo se puede participar por rigurosa invitación, y en la que se reúnen los más eminentes sherlockianos para, suponemos, comer (¿quizá disfrazados de Sherlock?) y hablar de temas concernientes al famoso detective británico. Aunque, aparte de las comidas y reuniones sólo para miembros, existen también otras actividades  que admiten a no-socios.
Demostraciones de amor. Literario, por supuesto.

viernes 20 de enero de 2012

EL LENGUAJE DEL BIBLIÓFILO


Ronald Searle, el dibujante inglés recientemente fallecido, era también un apasionado coleccionista de libros. Como cualquiera que se haya pasado horas y más horas recorriendo los catálogos de los libreros, tuvo que aprender a descifrar el curioso lenguaje de la bibliofilia que, en inglés como en castellano, no es siempre lo que parece a primera vista. Con su fino sentido del humor y su personal estilo, le dedicó un libro, Slightly Foxed- but still desirable, (literalmente, algo así como "algo usado, pero aún deseable") un glosario visual -y muy divertido- de estos términos a menudo confusos. Como han conseguido hacerme reír en unos días bastante complicados, no me resisto a compartir su ingenio con mis lectores, empezando por el texto de contra:

Como todo bibliófilo sabe, incluso los menos recalcitrantes, la mayoría de los catálogos de librería están escritos en un lenguaje paralelo destinado a confundir a todos menos a los más enterados, que hace que los misterios de la piedra Rosetta o del Linear B parezcan algo salido de Enid Blyton. Huérfano de la información que atesoran los profesionales, el perplejo pero determinado comprador de libros no tiene otra alternativa que adentrarse desarmado y sin preparación en un campo de minas cuyas peligrosas complejidades por regla general sólo son desveladas cuando llega el paquete de libros ansiosamente esperados y su dañado contenido revela su engañoso esplendor... Pero no todo está perdido. ¡La ayuda está cerca! Después de toda una vida recorriendo las páginas, a menudo impresas con tinta venenosa, de innumerables catálogos, Ronald Searle se ha convertido en un experto en descodificar esas esotéricas, poéticas y generalmente vagas descripciones.  Ahora, mientras se lame las heridas, publica las averiguaciones ganadas con tanto esfuerzo en esta novedosa guía ilustrada, pensada para hacer fracasar de una vez por todas las maquinaciones de los taimados libreros.

Me temo que las viñetas que reproduzco a continuación no tienen mucho sentido si no se conoce la terminología bibliófila en cuestión, pero de todos modos son unos dibujos graciosísimos. Valen la pena.

A little dog-eared, but otherwise acceptable copy
Tail-edge shaved
Cracked but holding
Name on fly

domingo 15 de enero de 2012

EXPERIENCIAS LECTORAS


Leer nos abre las puertas a infinidad de mundos que no son el nuestro y nos permite vivir -por persona interpuesta- aventuras que probablemente nunca estarán a nuestro alcance. Amplía nuestros horizontes, educa nuestra sensibilidad, nos enriquece como personas. Pero la lectura, la experiencia lectora, no consiste sólo en lo que descubrimos en las páginas de los libros, ni en las imágenes que se van formando en nuestra mente a medida que vamos descifrando esos símbolos convencionales que llamamos escritura. Además del libro que leemos en un momento dado, e inseparable de él, está el entorno en que lo leemos, el momento de nuestra vida en que accedemos a su contenido, incluso la estación del año en que devoramos esa novela, o el olor peculiar de la habitación en que lo hicimos. Todo un universo de estímulos -sensoriales, emocionales- que forman parte inextricable de la experiencia lectora. Y que nos acompañarán de por vida -al menos en el caso de aquellas lecturas que han resultado memorables-, de modo que cada libro evocará no sólo la historia en él contenida, sino las circunstacias que rodearon su lectura e incluso a la persona que éramos cuando lo leímos. Para mí, los primeros Tintines van asociados a mi cama de niña y al sarampión que fue el motivo de que me los regalasen, mientras que las aventuras de Guillermo Brown evocan las naranjas -mucho más aromáticas y jugosas en mi recuerdo que las que puedo comer ahora- que solía tomar mientras las leía (me temo que sus páginas acabaron mostrando indelebles churretones de jugo amarillento). La Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, por su parte, tiene en mi mente el color del sofá azul donde lo leí, y la languidez de unos días en que la universidad estaba en huelga y no había exámenes que preparar; La hoguera de las vanidades es el sol entrando por la ventana y el olor a hospital de la habitación donde nació mi hijo y Un buen partido evoca un caluroso verano en el campo y las esquilas de las ovejas que cada tarde pasaban por delante del jardín para ir a recogerse a su aprisco.  Así, la mención casual de un libro casi olvidado puede convertirse en un auténtico viaje en el tiempo. Sin duda, cada lector podría reconstruir su biografía a través de las lecturas que le han acompañado a lo largo de la vida. Y es que leer es mucho más que entrar en las historias ajenas, la experiencia lectora colabora a construir nuestra propia historia.

martes 10 de enero de 2012

EL AUTÉNTICO RATÓN PÉREZ


Placa que figura en el nº 8 de la calle del Arenal, en Madrid
Vivimos en un mundo de referencias, donde lo habitual es que las informaciones nos lleguen de segunda tercera o cuarta mano, desgastadas, desvirtuadas y reducidas a su mínima expresión por tanto salto de uno a otro transmisor. No sé si por deformación profesional o por efecto de mi natural curiosidad, yo siempre he sido, en cambio, partidaria de acudir a las fuentes. Y puedo dar fe de que de este modo he descubierto infinidad de datos interesantes. Así pues, pasada la primera sorpresa al comprobar que del en su tiempo popularísimo padre Coloma lo único que ha conseguido filtrarse hasta nuestro siglo XXI es que se trata del inventor de un ratón que se lleva los dientes, y tras comprobar que ninguno de mis comentaristas -por lo general verdaderos pozos de ciencia- sabía más que yo del asunto, he optado por acudir al original. Ha sido un viaje de lo más interesante. Para el que quiera emularme, aquí dejo un enlace al facsímil de la verdadera historia del Ratón Pérez, según el padre Coloma. Para lectores más apresurados, resumiré algunos aspectos que me han llamado la atención de esta lectura. Está claro que la historia de este ratón es deudora de la tradición de cuentos populares, porque en ella se encuentran muchos de los motivos tradicionales que han recogido los folkloristas de todas las épocas: príncipes bondadosos, animales antropomorfos, transformaciones mágicas y, desde luego, una moraleja. Dice así: este era el rey Buby I, gran amigo de los ratones, que empezó a reinar a los seis años, bajo la tutela de su madre, una señora "prudente y cristiana". Hay en la corte gran conmoción cuando al rey niño se le empieza a mover un diente -aquí divertido detalle de época: dudan si "telegrafiar a Charcot", por si la cosa se complica- y finalmente resuelven sacárselo.Como ya hicieran todos los niños desde el principio de los tiempos, se decide que lo pondrá debajo de la almohada para que se lo lleve el ratón Pérez (me hace pensar esto que la tradición respecto al ratón "de los dientes" debía existir ya, y no ser una invención de Coloma). Total, que cuando llega el tal Pérez ambos entablan grata conversación, y éste sugiere a Buby que le acompañe a recoger el diente de otro niño, el pobre Gilito.


 Así que Pérez convierte al niño en ratón y ambos se van de correrías por ahí. La primera parada es en casa del propio Pérez, una caja de galletas ubicada en la confitería Prats, donde Buby tiene el placer de conocer a su mujer e hijas. La vida familiar de Pérez es el perfecto retrato de la familia de la alta burguesía: tienen una institutriz inglesa, bordan, tocan el arpa y toman el té "en primorosas cáscaras de alubias" (esta escena tiene mucha gracia, es un verdadero retrato de época). También hay un hijo un tanto golfo, que se juega los cuartos al poker en Jockey (nada menos) y practica el lawn-tennis y el polo. Luego, acompañados por un pelotón de ratones para evitar los ataques del gato Don Gaiferos, visitan la casa del pobre Gilito. Aquí entramos de pleno en el terreno sentimental, que prepara la conclusión moralizante: Buby queda conmovido por la espantosa miseria en que vive el pobre Gilito, y jura no descansar hasta lograr que en su reino no hayan niños que sufran estas penurias. El ratón le deja una monedita de oro a Gilito a cambio del diente. Por su parte, el rey, al despertar, encuentra bajo su almohada no una moneda sino todo un Toisón de Oro con brillantes (para eso es rey, faltaría más). Pero el rey sigue traumatizado pensando en los niños pobres y no quiere saber nada de regalos. Cuando le confía su zozobra a su madre ésta (recuerden que era "prudente y cristiana") no le dice que entregue el toisón a los pobres, ni que mejore sus condiciones de vida o que instituya de una vez la Seguridad Social, sino que le convence de que él es el "hermano mayor" y que está ahí para velar por ellos (se entiende que desde el palacio y adornado con las joyas propias de su cargo). La solución a todos los problemas, al parecer -así finaliza el cuento, al menos- consiste en rezar un padrenuestro cuando las cosas van mal. Toma moraleja. Si es cierto, como se dice, que el cuento iba dedicado al rey Alfonso XIII niño, se explica que con semejantes consejeros el país fuera como fue. Eso sí, el cuento da para hacer unas risas.


lunes 9 de enero de 2012

PEQUEÑECES


El buscador Google anima hoy su página de entrada con uno de sus ya habituales googledoodles, dedicado esta vez a conmemorar el aniversario de Luis Coloma y del personaje que inventó, el famoso Ratoncito Pérez. Estoy segura de que a mucha gente este escritor no le sonará de nada y la mayoría creerán que se trata de un simpático autor de libros infantiles. Sin embargo,  hace cincuenta años era uno de los autores más populares en nuestro país, y no por sus libros para niños. Es decir, que no voy a hablar del ratoncito Pérez (de eso ya se ocupan otros blogueros, con mucha más gracia), sino de su autor. Yo lo descubrí en la biblioteca de mi abuela, en un volumen austero, encuadernado en cuero, que citaba en el lomo el nombre del autor como P. Coloma; pues así era conocido, Padre Coloma, por su condición de jesuita. La obra en cuestión era Pequeñeces, sin duda la más famosa y polémica de este escritor metido a cura (o viceversa, resulta difícil deslindar uno de otro, de tanta moralina como impregna sus obras: él mismo decía que le resultaba imposible "deslindar al escritor del misionero").  ¿Que porqué la leí? Muy fácil, porque leía todo lo que caía en mis manos, y a esas alturas supongo que ya habría dado buena cuenta del resto de volúmenes que adornaban las estanterías durante las tardes que pasaba en casa de mi abuela. La verdad es que de esta novela sólo tengo un vago recuerdo, pero sí sé que me dejó profundamente desconcertada. Supongo que, perteneciendo ya a otra generación y contando con una educación laica, el mundo que retrataba y sus problemáticas (pequeñas, mezquinas, raras...) me resultó simplemente tan remoto como el planeta Marte. Escrita como crítica a la alta sociedad madrileña de la Restauración -que Coloma conocía muy bien- Pequeñeces levantó un gran escándalo en su momento y resultó un colosal éxito editorial. Su mensaje profundamente moralizante sería recuperado y reivindicado, cómo no, en los años que siguieron a 1939, esas décadas oscuras. Entonces, hubo que tragarse no sólo los libros del padre Coloma, sino también las películas que se filmaron a partir de ellos. Pequeñeces, desde luego, dirigida por Juan de Orduña e interpretada por Aurora Bautista (1950), pero también Jeromín (1953), con Jaime Blanch como Juan de Austria y nada menos que Adolfo Marsillach como Felipe II. Pura recuperación de las esencias patrias. En fin, a tenor de sus repartos y de algunas fotos, es posible que las películas no estuviesen tan mal (lo ignoro, ya que no las he visto). Pero, los que conocemos un poco quién era Luis Coloma y su obra, no nos dejaremos enredar tan fácilmente por un doodle de un gracioso ratón. Su inventor era bastante menos simpático.