John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 30 de enero de 2020

ADIÓS AL REINO UNIDO


Los que hemos crecido con las travesuras de Guillermo Brown -por no hablar de las aventuras de los Cinco o los internados de Enid Byton-, y hemos alimentado nuestra juventud de autores tan diversos como Dickens, Jane Austen y Thackeray, o Virginia Woolf, Wodehouse -¡los buenos ratos que he llegado a pasar con Jeeves!- y Edward Gibbon, estamos hoy de duelo. Ya sé que lo del Brexit no es más que política (pero tampoco menos: la política importa), y que hay muchos millones de británicos que quisieran seguir siendo europeos, pero el hecho es que va ganando la facción que aspira a que Gran Bretaña vuelva a su "espléndido aislamiento". El tiempo dirá si esta iniciativa les trae algo positivo o si solo sirve para que comprueben que ya no son -como en tiempos de la reina Victoria- cabeza de un Imperio, reyes de los mares y superiores en riqueza al resto de Europa, y tal vez del mundo. 


Por supuesto, el Brexit no va a suponer que dejemos de leer a autores británicos, pero quién sabe si los libros producidos allí se volverán más caros (a estas alturas nadie puede decir a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias del divorcio). Lo que probablemente ocurrirá es que viajar al Reino Unido resultará, si no más difícil (que también), sin duda más antipático: los europeos ya no tendremos trato de iguales, sino que seremos considerados personas ajenas, mirados con suspicacia. Cruzar la frontera volverá a ser un trance poco agradable y desde luego una barrera comparado con la facilidad con que pasamos de Francia a Italia o a Alemania. Es inevitable ver en muchos de los discursos y actitudes de los brexiteros reminiscencias de esa arrogancia imperialista que llevó a Cecil Rhodes (siniestro personaje) a decir que: "Somo el pueblo mejor del mundo, con los ideales más altos de honradez y justicia y libertad y paz, y cuantas más partes del mundo habitemos, mejor será para la humanidad". Con lo de "habitar" se refería a "dominar", sin duda. 

Los acantilados de Dover se van alejando

No, Boris Johnson y sus secuaces no van a lograr que deje de amar la lengua inglesa y su literatura, pero sí han conseguido que sienta que el Canal de la Mancha  -¡que ahora se puede cruzar cómodamente sin bajar del coche!- se ha vuelto más ancho. Por eso hoy es un día triste. Igual que hicieron los parlamentarios europeos en la despedida, dan ganas de cantar el "Auld Lang Syne". Volved, británicos, os esperamos.  


jueves, 12 de diciembre de 2019

SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN, EN LIBROS

La capacidad que tiene la gente para inventarse continuamente nuevos retos y memes lectores me deja maravillada. Creo que apenas pasa un día en que, navegando por la red, no me tope con alguno. Todos mis respetos para quienes se apasionan por estos entretenimientos, pero yo nunca les hago caso, me temo que soy poco competitiva y muy poco gregaria. Tampoco veo cómo participar en uno de esos retos -libros escritos el año que naciste, libros que empiecen cada uno por una letra del alfabeto, o cuyos autores provengan cada uno de un país distinto o ves a saber qué otra rebuscada condición- podría resultarme provechoso. Es verdad que tal vez por este intricado vericueto descubriría autores u obras interesantes; sin embargo, prefiero con mucho mi brújula interior para orientarme en el laberinto de los libros. 
A pesar de esta declaración de intenciones, debo confesar que hoy por primera vez uno de estos retos me ha llamado la atención. Ante todo, porque su funcionamiento es tan personal y aleatorio como mi propio método para saltar de libro en libro; además, no implica leer nuevos libros, sino hablar de los que ya se han leído (dado que mi ritmo de lecturas sigue tan activo como siempre, es difícilmente factible añadirle títulos impuestos por otros). Y, por si fuera poco, demanda cierto ingenio, lo que nunca va mal. Les explico. El jueguecito -meme, se dice ahora- se llama "Seis grados de separación". Supongo que conocen esa famosa teoría, recordarán que postula que cualquiera de nosotros está conectado a cualquier otra persona en el mundo por una cadena que no tiene más que cinco intermediarios. No me voy a extender aquí en discutir si eso tiene alguna credibilidad, el asunto es que las conexiones que se establecen pueden llegar a ser tan extravagantes y fantasiosas (del tipo: una vez frecuenté el mismo restaurante que Fulanito quien a su vez había trabajado en la misma empresa de Menganito, etc.) que todo está permitido.


Trasladado a las lecturas, el sistema funciona de un modo algo distinto. El iniciador de la cadena propone un libro -suficientemente conocido- y, a partir de ahí, todos los participantes van estableciendo conexiones -distintas para cada uno- que les permiten saltar a otros libros, y así hasta los seis grados de separación. Por citar el ejemplo en que me baso, del blog Stuck in a Book, el juego comienza con Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen. Puesto que la localidad que le da título está en la costa, eso da pie para saltar a novelas ambientadas junto al mar; en su caso, The Fortnigt in September, de R. C. Sherriff. Y de septiembre, a otras novelas en cuyo título figuran meses, como Silence in October, de Jens Christian Grondahl; esta, a su vez, es narrada por un personaje sin nombre, lo que nos lleva a The Pumpkin Eater, de Penelope Mortimer; y de una autora llamada Penelope, a una tocaya: At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. En fin, ya ven el mecanismo (sigan el enlace si quieren ver a dónde va a parar esta serie).


La propuesta me ha parecido lo bastante atractiva como para sugerirme otras vías de conexión. Por atenerme al título inicial, como Sanditon suele publicarse acompañada de otra breve novela de Austen, Los Watson, salto inevitablemente al Watson más conocido de la literatura inglesa, el de Conan Doyle. Y, concretamente, por elegir una de sus aventuras, a El sabueso de los Baskerville. De ahí, está claro, paso a otro Baskerville literario, el Guillermo de El nombre de la rosa de Umberto Eco (una novela, por otra parte, muy holmesiana). Recordarán que el narrador de esta historia que mezcla teología e investigación detectivesca es Adso de Melk, por la famosa abadía situada junto al Danubio. Lo que nos lleva a la obra danubiana por excelencia, El Danubio, de Claudio Magris. Magris estaba casado con otra magnífica escritora, Marisa Madieri. Así pues, su preciosa novela, Verde agua, es la siguiente parada de este itinerario (y, burla burlando, ya llevamos cuatro).  Desde aquí, me siento tentada de seguir la via triestina -donde se sitúa la novela de Madieri-, dado lo muy llena de escritores que ha estado siempre esa ciudad adriática (Stendhal, Casanova, Joyce, Italo Svevo, y me dejo un montón). Pero no, creo que tomaremos otra derivación y dejaremos que la imaginación flote sobre el Mediterráneo hasta llegar a La forma del agua, de Andrea Camilleri, la novela donde aparece por primera vez su Montalbano. Un título que no debe confundirse con la película del mismo nombre de Guillermo del Toro, cuyo argumento a su vez tiene mucho en común con La señora Caliban, de Rachel Ingalls. Y con esta verdadera joyita literaria hemos completado nuestros seis grados de separación y hemos transitado de una autora inglesa de principios del XIX a una escritora americana que falleció este mismo año. Sin duda, un bonito viaje literario y una forma divertida de repasar lecturas. 

martes, 12 de noviembre de 2019

TESTAMENTO DE JUVENTUD



Confío en que disculparán el pequeño retraso con que publico esta entrada, pues mi intención era hacerla coincidir con el 11 de noviembre, Día del Armisticio de esa Gran Guerra de 1914-1918 que aún perdura en la memoria europea (y mira que ha habido derramamiento de sangre y atrocidades después). 
Como los habituales de este blog saben, no hago reseñas de libros, sino que hablo sobre libros (y lectura), que es algo distinto. En esta ocasión, sin embargo, voy a desviarme de esta norma para recomendarles un libro publicado originalmente en 1933, pero que hasta hace muy poco, inexplicablemente, no había sido traducido al castellano. Se trata de Testamento de juventud, de Vera Brittain, una de las más conmovedoras memorias de lo que supuso esa guerra para toda una generación de jóvenes -y no sólo de combatientes- que en aquellos años se encontraban en la flor de la vida. Desde estas páginas, había clamado en más de una ocasión para que alguien se decidiera a publicarlas en lengua española, algo que por fin dos pequeñas editoriales -Errata Naturae y Periférica- han emprendido. Bravo por ellas, pues. 


Sobre el libro, estoy segura -a menos que el público de aquí sea totalmente insensible, algo que a veces casi tiendo a creer-, van a llover reseñas elogiosas, de modo que me abstendré de abundar en lo mismo. No se lo pierdan, no puedo decir más. En cambio, les hablaré sobre otros asuntos relacionados con su escritura y con la autora, en la esperanza de que eso anime a algunos a seguir leyéndola. Mark Bostridge, autor de una biografía de Brittain, se hace eco de la gran expectación que levantaron estas memorias en su momento, tanto que la primera edición de 3.000 ejemplares se agotó en un día. El libro se convirtió muy pronto en un best seller, para ser arrinconado después de la Segunda Guerra Mundial (lógico, había otros horrores más recientes). Bostridge cuenta cómo fue su primer contacto con esta obra: mientras trabajaba como ayudante de la hija de Vera, Shirley Williams -reputada política, miembro del parlamento británico y cofundadora del SPD (Social Democratic Party)-, se topó con un ejemplar de la primitiva edición de Gollancz, en cuya primera página había una foto de Uppingham School, donde tres de los amigos de Vera se habían educado, que databa de 1914. El libro perteneció a uno de los profesores de dicha institución y la foto llevaba la inscripción al dorso: "Conocí a estos chicos". Igual que los amigos de Vera, es de suponer que muchos otros exalumnos de este docente no regresaron nunca de los campos de batalla.

Uppingham School
Vera Brittain haría diversos intentos de escribir acerca de la guerra. Ya en 1917 comenzó una novela sobre este tema, que acabaría por desechar. Varios borradores más demuestran que durante la década siguiente intentó aproximarse a él desde la ficción, sin quedar satisfecha del resultado. Solo a través del testimonio autobiográfico, basado en sus diarios de la época y en las cartas que intercambió con su hermano, su novio y otros amigos, lograría por fin transmitir el horror y el sufrimiento de la guerra, así como su inutilidad. 
"Nada de lo que he leído en los diarios, ni siquiera las descripciones más vívidas y desgarradoras, me han hecho comprender la guerra como lo han hecho tus cartas." Esto le decía Vera a su futuro prometido, Roland Leighton, en abril de 1915, poco después de que este partiera para el frente. Las cartas de este, junto con otras muchas, formarían el núcleo de sus memorias. Sin embargo, por problemas con los derechos, Vera se vería obligada a omitir pasajes o a parafrasearlos. Tras la recuperación de Testamento de juventud a finales de los años setenta por Virago Press -se cuenta que su editora, Carmen Calil, decidió publicarla tras leer el libro durante un viaje en avión y acabar llorando-, y una vez convertido en un clásico indiscutible de las obras acerca de la Gran Guerra, se publicarían tanto los diarios que llevó Vera entre 1913 y 1917 como una recopilación de las cartas originales que cita en ella, titulada Letters from a Lost Generation
En 1968, cincuentenario del Armisticio, Vera regresó por primera vez a Uppingham, el alma mater de su hermano y sus amigos muertos. Hasta entonces no lo había hecho, argumentando que "hay allí demasiados fantasmas para mí". En esa ocasión, pronunció un conmovedor discurso, cuyas palabras me permito citar, como las más adecuadas para cerrar este artículo:
¿Que es lo más inmediato que me trae a la memoria esta fecha, 4 de agosto de 1914? [..] Las enormes cifras de los caídos en la guerra y del gasto bélico se diluyen en una fantasmagoría de escenas y sonidos humanos. En su lugar, pienso en nombres, lugares y personas y oigo, por encima de todo, el eco de la voz risueña de un chico en un campo de deportes durante aquel verano dorado.
Y gradualmente la voz se convierte en una entre muchas: el sonido del coro de Uppingham School mientras se aproxima a la capilla el Día de los Discursos en julio de 1914, cantando el himno conmemorativo […] En las voces de aquellos chicos había una cualidad conmovedora, como si estuvieran cantando su propio réquiem: y para muchos de ellos fue así.


viernes, 11 de octubre de 2019

HAMBRE DE LIBROS


Vivimos en una época de abundancia. Nunca antes, en el curso de la historia humana -y, más concretamente, en la de la literatura- ha resultado tan fácil y tan barato rodearse de libros. Bibliotecas públicas, librerías de segunda mano y el vasto universo de internet hacen que cualquiera  pueda estar siempre bien surtido de material de lectura. Claro que esto no ha sido siempre así. Antes de la imprenta, los libros manuscritos eran escasos y carísimos, y sus dueños los custodiaban como los tesoros que eran. Después, paulatinamente, se fueron abaratando, pero pasarían siglos hasta que los libros estuviesen al alcance de las clases medias y bajas. En ediciones no tan bonitas ni duraderas, quizás -de quiosco, de bolsillo-, pero a un coste asequible para todos los bolsillos. Y para los que no tienen ni esas pocas monedas, ahí está la red de bibliotecas públicas. Damos por sentada esta copiosidad, igual que los supermercados abarrotados de comestibles para todos los gustos nos parecen de lo más normal. Hoy, en los países desarrollados, los lectores solo hemos de preocuparnos por elegir el libro que leeremos a continuación, nunca por si pasaremos hambre de libros. (A veces, movidos por nuestra voracidad, corremos el peligro de darnos un atracón.)
Cuesta, pues, imaginarse lo que puede representar para un lector vivir sin libros, verse de repente -por unas u otras circunstancias- privado de ellos. La sola idea, a mí, me produce escalofríos. Por eso he encontrado tan emocionantes dos de los testimonios que recoge Patrick Kurp en su blog Anecdotal Evidence. Ambos, casualidad o no, proceden de autores polacos. El primero es Josef Czapski, conocido ante todo como pintor, pero también por sus textos autobiográficos -recogidos en el libro En tierra inhumana- de su cautiverio en campos y cárceles soviéticas. 


Recluido en el campo de Griazowietz, en condiciones sumamente precarias, junto con los escasos oficiales polacos que se salvaron -no se sabe bien por qué- de la matanza de Katyn, Czapski y sus compañeros organizaron una serie de conferencias culturales. Un bibliófilo de Lvov les hablaba de la historia del libro; un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia, sobre arquitectura; un reputado viajero y alpinista, sobre América del Sur; Czapski, por su parte, charlaba sobre la pintura y la literatura francesas (había vivido más de diez años en París) y, en especial, sobre Proust. Es conmovedor leer cómo relata las circunstancias en que se dictaban esas conferencias:

"Yo pensaba entonces emocionado en Proust, en su cuarto sobrecalentado de paredes de corcho, que se habría sorprendido mucho y quizás emocionado al saber que, veinticinco años después de su muerte, unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, que a menudo llegaba a los 40º bajo cero, escuchaban con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de ese mundo de preciosos descubrimientos psicológicos y de belleza literaria. [...] Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos de Proust y Delacroix me parecen las horas más felices."

Aquella gente trabajaba en condiciones durísimas, no tenía apenas comida, y mucho menos libros, pero el recuerdo de unos libros leídos con pasión les permitía seguir sintiéndose humanos. Si les interesa acceder a este documento, las charlas de Czapski están publicadas en el libro Proust contra la decadencia. 

Jerzy Stempowski

El otro polaco hambriento de libros es Jerzy Stempowski, aunque su ayuno no resultó tan prolongado como el de Czapski. Relata Stempowski en un ensayo titulado "La biblioteca del contrabandista" cómo, poco después de la invasión de Polonia por los nazis, pasó un tiempo en un sanatorio en algún remoto lugar de los Cárpatos, enfermo de neumonía. Cuando le dieron el alta, se hizo amigo de unos contrabandistas que le ofrecieron refugio en uno de sus escondrijos. Uno de ellos, sabedor de su condición de intelectual, le dijo "Acostumbrado a leer toda la vida, te pondrás muy triste si no tienes libros". Y poco después apareció con un saco de libros que había conseguido quién sabe dónde y que contenía tesoros como las Bucólicas de Virgilio, una buena edición de Horacio, otra de las Metamorfosis, varias obras en español (entre ellas, Gracián), unos cuantos volúmenes de Walter Scott, Orgullo y prejuicio y algunos de los poetas románticos ingleses. "La mejor lectura para un largo invierno". 
Puedo imaginar bien el alborozo del escritor polaco -que, por cierto, hablaba numerosas lenguas, de ahí que no le hiciese ascos a ninguno de los libros que le proporcionó su amigo contrabandista- ante este regalo, seguramente el mejor que podían hacerle.   
La próxima vez que me acometa la sensación de que tengo demasiados libros, intentaré pensar en estas dos historias y recordar que soy una privilegiada. Ojalá nunca tenga que pasar hambre de libros. 
  

jueves, 19 de septiembre de 2019

LIBROS CONGELADOS


Cuando alguien habla de la destrucción de libros, suele implicar que los han quemado. Las quemas de libros han sido populares desde hace siglos entre censores y dictadores de pelajes diversos. Imagino que tendrá que ver con la idea del fuego purificador, o con la espectacularidad -desde luego, incomparable- de una buena hoguera. Sin embargo, el peor enemigo de los libros no es el fuego, ni mucho menos. A lo que más temen los editores -con sus almacenes saturados por miles de volúmenes- y los bibliotecarios no es al fuego, sino a la humedad. De hecho, quemar un libro no es tan fácil como parece. Sí, el papel arde bien, pero en forma de bloque compacto, menos; y si ese bloque está cubierto por en unas sólidas tapas de cartón, la cosa se pone aún más difícil. No les digo que lo prueben, porque destruir libros -o intentarlo- por cualquier medio está muy feo, pero creo que pueden imaginárselo. En cambio, basta una simple gotera para arruinar cientos de libros. Porque después del agua viene el moho, y eso sí que no tiene remedio. Igual que sucede con las hojas en los bosques de donde procede, el libro mojado acaba por pudrirse. Así, para los libros, más temibles que los incendios pueden ser las mangueras de los bomberos que acuden a extinguirlos. ¿Qué ocurre, entonces, si una biblioteca se quema? Les contaré la fascinante historia del incendio, y posterior reconstrucción, de la Herzogin-Anna-Amalia-Bibliothek -así de largo es el nombre- en Weimar para ilustrarlo.


Aunque la biblioteca en  cuestión fue fundada en 1681 por el duque Guillermo Ernesto de Sajonia, su actual ubicación, y la maravillosa sala rococó por la que es famosa (aparte de por su fondo bibliográfico) se deben a la duquesa Ana Amalia quien, convertida en regente a la temprana muerte de su esposo en 1758, se erigió en mecenas de las letras y las artes y, junto a su hijo Carlos Augusto, que la sucedió, transformaron a su corte de Weimar en polo de atracción de la flor y nata intelectual de la época. Todo el que era alguien entre los siglos XVIII y principios del XIX pasó por allí: Goethe, Schiller, Herder, Bach, Hegel y muchos más. Ana Amalia -gran amante de la literatura y de la música- favoreció con fondos especiales a esta biblioteca, que en 1998 fue declarada Patrimonio de la Humanidad, igual que otros edificios del Weimar clásico. 


Sin embargo, en la noche del 2 de septiembre de 2004 se produjo una catástrofe: el tejado del edificio que aloja la biblioteca se incendió y las llamas devoraron a su paso no solo la hermosa sala rococó, sino también miles de volúmenes. A pesar de los esfuerzos tanto de los bomberos como de los simples ciudadanos de Weimar (que organizaron una cadena humana para ir rescatando libros, se dice que el propio director se internó entre las llamas y salió con una valiosísima Biblia de Lutero en las manos), se calcula que unos 50.000 ejemplares y partituras antiguas se perdieron para siempre. Otros 28.000 ejemplares consiguieron salvarse y el resto, unos 62.000, presentaban daños diversos, tanto por efecto de las llamas como por el agua usada para acabar con ellas. ¿Qué hacer con varias toneladas de libros chamuscados y empapados? ¿Habría alguna esperanza de recuperarlos? De inmediato, empezó la tarea de salvar estos tesoros amenazados. Los responsables de este rescate dieron con una idea novedosa y -tal como se demostró- muy eficaz: congelar los libros. Evidentemente, con eso no basta para recuperarlos, pero ese proceso impide que el moho haga presa en ellos y los mantiene a salvo mientras esperan que les llegue el turno de ser cuidadosamente restaurados. Restauración que se viene realizando empleando técnicas sofisticadas -y desarrolladas algunas por primera vez- y que aún dura, dada la enorme cantidad de volúmenes implicados y el coste de todo ello. Quien quiera saber más al respecto, puede recurrir a este vídeo:




Por su parte, la biblioteca en sí fue reconstruida con todo el mimo posible y se reabrió el 24 de octubre de 2007 -tan solo tres años después del incendio que la destruyó- coincidiendo con el aniversario de Ana Amalia. Hoy, su aspecto es tan esplendoroso como lo fue en vida de su mecenas. (Las fotos que ilustran este artículo, tomadas in situ hace pocos días, lo demuestran). Uno de los elementos que se pudo rescatar del fuego y que ahora vuelve a ocupar su lugar en ella es un enorme busto de Goethe, inaugurado para el ochenta cumpleaños del autor, que fue durante largos años director de la biblioteca, hasta su muerte en 1832.




¿Congelar los libros como si de un filete de merluza se tratase? Pues resulta una técnica útil y no sólo para evitar los daños de la humedad, sino también para librarse de los molestos parásitos come-libros que son otra de las plagas que amenazan a los volúmenes antiguos. La Biblioteca Beinecke de libros raros, que guarda numerosos tesoros bibliográficos, la probó hace un tiempo con tanto éxito que hoy en día congela durante tres días todas sus nuevas adquisiciones, asegurándose de este modo que están libres de insectos o larvas. 
Si un día se despistan y meten su libro en el congelador en lugar de en la estantería -cosas más extrañas se han visto-, estén tranquilos: congelar los libros los preserva a las mil maravillas. 



sábado, 31 de agosto de 2019

LIBROS CONTAGIOSOS

(Ilustración de István Orosz)

Que la capacidad de los libros para difundir ideas los convierte en factores de contagio de formas de pensamiento consideradas peligrosas es cosa sabida -y temida- desde hace siglos. Diferentes formas de atajar este contagio, desde los rigores de la Inquisición a la censura previa, llegando a la quema de aquellos libros considerados más nocivos, han intentado ponerle remedio a lo largo de la historia, por lo general sin mucho éxito (parece inevitable que lo prohibido se convierta automáticamente en algo codiciado). Pero existe igualmente el miedo a que el libro, en tanto que objeto físico, sea causante de enfermedades, por creerlo portador de gérmenes. O sea, que a saber por qué manos ha pasado ese libro antes y qué miasmas malignas se hayan podido impregnar en él. (Dejamos de lado el caso del libro envenenado a propósito, del que tanto partido sacó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Y no digo más para no hacer un spoiler a los pocos que aún no hayan leído la novela ni -más raro aún- visto la película.)
Los primeros atisbos de este temor al contagio a través de los libros proceden de épocas teñidas por la ignorancia y el miedo: ante las plagas y pestes que asolaban Europa -cuyo verdadero origen era por entonces desconocido- se sospechaba de todo. Habla Daniel Defoe, en su Diario del año de la peste, de que los aterrorizados habitantes de Londres recurrían, en su zozobra, a la lectura de almanaques y predicciones astrológicas, unos opúsculos que -según el ficticio narrador de la historia- resultaban peligrosos porque "agitan y desordenan los cuerpos de sus lectores, haciendo así más probable que adquieran la enfermedad". Los más precavidos trataban sus páginas con pólvora, vinagre y perfumes, además de leerlas con guantes, persuadidos de que así mantenían a raya el peligro.



Tal como nos informa el libro de Annika Mann, Reading Contagion: The Hazards of Reading in the Age of Print, durante el siglo XVIII es cuando aparece por primera vez el concepto del peligro de contagio a través de los libros. Richard Mead -médico del rey Jorge II- afirma en uno de sus escritos que durante una plaga el peligro mayor de contagio proviene de aquellos mercancías "que retienen la infección, como algodón, cáñamo, papel y libros" entre otras. Objetos todos ellos que están en contacto con el cuerpo humano y son suficientemente porosos para absorber sustancias infecciosas. Esta ansiedad se vería reflejada en diversos autores de la época y -tras apaciguarse un poco con los progresos en higiene pública y medicina del XIX-, rebrotaría hacia finales de siglo con la proliferación de las bibliotecas públicas. A pesar de que no fue posible obtener ninguna evidencia médica concluyente de que se produjesen contagios a través de libros infectados, la cuestión flotaba en el ambiente. De hecho, en la década de 1880, se produce lo que en Estados Unidos llegó a llamarse el "gran pánico de los libros". Coincidiendo con una epidemia de viruela -este tipo de pandemias cusan reacciones de pánico que a menudo no atienden a razones- se empezó a exigir que las bibliotecas desinfectasen de algún modo los libros tras su préstamo (muchas de ellas recurrieron al vapor), mientras que en Gran Bretaña se producía un acalorado debate entre varias publicaciones acerca de este asunto, debate que quedó zanjado por la revista Library al abogar esta por la destrucción de todos aquellos libros que hubiesen estado en manos de personas infectadas. Como parte de este "pánico al libro contagioso", en Londres la Public Health Act de 1891 establecía multas de hasta cinco libras para todo aquel portador de una enfermedad infecciosa que prestase a propósito un libro a otra persona (lo que deja en el aire la espinosa cuestión de hasta qué punto el infectado prestaba a libro a mala fe o no). También se dio gran publicidad, en 1895, al fallecimiento de una bibliotecaria americana, Jessie Allen, en 1895, que se achacó a una tuberculosis que se suponía había contraído a través de la manipulación de libros. Resulta cuanto menos extraño que este sea el único caso documentado de muerte entre bibliotecarios. Si realmente los libros fuesen tan contagiosos, ¿no debería presentar este sufrido gremio un altísimo índice de mortalidad?



En fin, que esta ola de pánico a los libros contagiosos alcanzó su auge hacia final de siglo, para declinar hacia 1910, dado que -a pesar del incremento de las bibliotecas públicas- la evidencia no demostraba un aumento de contagios ni muertes entre sus usuarios, ni aún menos entre sus empleados. La gente empezó a preguntarse por qué manejar libros debería ser más arriesgado sanitariamente que manipular papel moneda, por ejemplo. Es evidente que bacterias y microbios están presentes en todos ellos, igual que en numerosos objetos que manejamos a diario. La conclusión que podemos sacar de este episodio es que el miedo al contagio a través de los libros nació de una combinación de las nuevas teorías acerca de la transmisión de las enfermedades y el desagrado de ciertas élites por la proliferación del préstamo público, que ponía todo tipo de libros -y, por tanto, de ideas- al alcance de cualquiera.
Sin embargo, hay ideas que calan hondo. Hace poco, al recomendarle a una persona que se quejaba de no encontrar determinado libro que lo sacase de una biblioteca pública me dijo, textualmente, que le daba asco llevarse a casa libros que "no sabía quién habría tocado antes". De ahí a acusarlos de contagiar enfermedades no hay más que un paso.


miércoles, 10 de julio de 2019

ELOGIO DE LA LENTITUD


Sí, todos quisiéramos ir con menos prisas, que nuestras jornadas fuese más pausadas, con tiempo para hacer las cosas a conciencia... Pero por lo general la vida cotidiana nos arrastra -cuando no nos arrolla-, y allá vamos, dejándonos llevar por la corriente, consumiendo horas y días a toda velocidad, como si estos fuesen inagotables y nosotros, eternos. Hasta que sucede lo inesperado. Una enfermedad, un accidente, nuestro o de algún ser querido, que nos frena en seco. A partir de ahí, todo adquiere otra dimensión, el tiempo cobra un nuevo significado, se vuelve más lento y también más valioso. Lo banal, lo cotidiano que hasta ahora resolvíamos automáticamente, sin pensar, cobra nuevos perfiles. Cada día que pasa -esos días que antes engullíamos ávidamente, como sorbos de agua que se tragan sin pensar-,  se convierte en un hito: un día más, o un día menos. Sea como sea, una muesca en el nuevo calendario que hemos tenido que establecer. 


En mi caso, un absurdo accidente -¿acaso no lo son todos ?- me ha privado durante unas semanas del uso del brazo derecho. Nada muy grave, por fortuna, pero sí un percance doloroso y muy incómodo que ha trastocado todos mis planes, por no hablar de mi día a día. De repente, he tenido que reajustar  mi rutina y mis movimientos. Mi mano izquierda, absolutamente inútil en la vida normal, ha pasado a ser la protagonista de todas mis acciones. La torpeza con que ahora ejecuto el gesto más banal, desde peinarme hasta empuñar un tenedor, ha ralentizado cada uno de ellos. Ahora, como los niños pequeños, debo aprender a manejarme en mi entorno y adquirir de nuevo -o al menos intentarlo- todas aquellas destrezas que dominaba desde hacía décadas. Aparte de la inicial exasperación que  provoca, este comenzar casi desde cero resulta un buen ejercicio. La lentitud, la deliberación con que debes enfrentarte a cada nuevo reto hacen que aprecies cada pequeño logro. Igual que cuando aprendes a tocar un instrumento musical, o te inicias en un nuevo deporte, hacerlo todo con la izquierda pone a prueba la coordinación entre tu cerebro y tus miembros: sabes qué es lo que deberías hacer, la dificultad está en lograr que tus músculos y tus dedos te obedezcan. No me cabe duda de que, gracias a este brazo roto, estoy creando infinidad de nuevas rutas en mi cerebro, y las sinapsis deben de estar funcionando a todo tren. Parece -a la vista está- que casi domino ya el arte de escribir en el ordenador con una sola mano. Decidida a exprimir al máximo mis capacidades, me he embarcado asimismo en la tarea de aprender a escribir con la izquierda. Por ahora, el resultado no es muy brillante, pero no está tan mal si uno recuerda las innumerables horas de su infancia que pasó trazando una a una las letras del alfabeto. Está claro que solo la práctica da la maestría.  


Si la caligrafía, hasta cierto punto, es representativa de la personalidad, cuando contemplo mis torpes letras -tan diferentes de mi escritura diestra- me pregunto si no anidará en mi interior un ser distinto. ¿Tal vez este ejercicio hará aflorar en mi un nuevo personaje? Permanezcan atentos a estas páginas, quién sabe si no habrá alguna sorpresa.
Mientras tanto, a falta de las fallidas vacaciones británicas que  ha habido que cancelar, procuro saborear la lentitud de los días. Un tiempo alargado que invita a leer a Proust, y que me trae a la memoria una novela del alemán Sten Nadolny, El descubrimiento de la lentitud, cuyo héroe -el explorador ártico John Franklin-, percibe el tiempo de un modo distinto al resto de sus compañeros. Tiempo lento de lecturas pausadas.