John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL ARTE DE LA SOLAPA

(Foto Ángel Manso/La Voz de Galicia)

Entras en una librería. Como tú, hay varias personas más mirando las mesas de novedades. Todos, más o menos, hacen lo mismo: deambulan parándose aquí y allá cuando un libro les llama la atención, quizás porque conocen a su autor, les suena el título o, simplemente, porque la cubierta les ha parecido atractiva. El siguiente paso es cogerlo y leer el texto de solapa -hoy en día, más bien "texto de contra", porque la mayoría de editores ha optado por ubicar ahí los textos explicativos acerca del contenido, dejando para la solapa, si la hay, la biografía del autor- y sólo si este último les ha interesado lo suficiente se deciden a hojearlo. Con pocas variaciones, éste es el camino por el que el futuro lector accede al libro. Queda claro que el texto de solapa es importantísimo, una pieza clave no sólo de la mercadotecnia editorial, sino ante todo de la comunicación entre el editor y el lector. Pero ¡qué pocos textos de solapa cumplen bien su cometido! Los hay largos y enrevesados, cuya lectura deja exhausto y hace que sólo los más osados persistan en el empeño de leer la obra; otros, por el contrario, tan lacónicos que le dejan a uno sin saber de qué va el libro. Otros más -no es tan frecuente en el ámbito hispano, pero sí en el francés, por ejemplo- se limitan a reproducir un párrafo del libro; bien elegidas, y para la obra adecuada, esas breves líneas pueden despertar el apetito del lector, pero en muchas ocasiones sólo provocan perplejidad: se queda uno sin saber de qué va eso, si estamos ante una historia tremebunda, un romance o las divagaciones de un intelectual de la Rive Gauche.
 
Para muestra, una solapa críptica
al más puro estilo francés
 
Esto, si hemos tenido suerte. Si no, puede ser que caigamos en algo peor, ya sea la solapa llena de tópicos -"Una vigorosa novela de acción y amor" (copia textual de la solapa del último Premio Planeta), "No podrás dejarla", "Un explosivo cóctel de suspense y terror"- o la que directamente destripa medio argumento.  Y es que, por desgracia, se está perdiendo (¿se ha perdido ya?) el arte de la solapa. Roberto Calasso, gran editor y escritor a su vez, trazó en el prólogo a su libro Cien cartas a un desconocido -un precioso título que contiene una recopilación de solapas de los libros publicadas por su editorial, Adelphi- las líneas principales de lo que debe ser una solapa:
"En esa estrecha jaula retórica [la que ofrece la solapa], menos esplendente pero no menos severa de la que puede ofrecer un soneto, se trataba de decir pocas palabras eficaces, como cuando se presenta un amigo a un amigo. Superando ese leve embarazo que existe en todas las presentaciones, incluso, y sobre todo, entre amigos. Respetando, al mismo tiempo, las reglas de la buena educación, que imponen no subrayar los defectos del amigo presentado. También existía, en todo esto, un desafío: se sabe que el arte del elogio preciso no es menos difícil que el de la crítica inclemente. Se sabe, también, que el número de adjetivos adecuados para elogiar a los escritores es infinitamente menor que el de los adjetivos disponibles para alabar a Alá. El carácter repetitivo y las limitaciones son parte de nuestra naturaleza. Después de todo, nunca conseguiremos variar demasiado los movimientos que hacemos para levantarnos de la cama."
Para Calasso, que durante muchos años escribió los textos de solapa de todos los libros que publicaba, esas líneas eran "la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que le han llevado a escoger un libro determinado". Es decir, un diálogo entre el editor y el lector. Más que vender un producto, lo importante para él es explicarle al lector por qué ha elegido, entre los cientos de posibilidades que se ofrecían, publicar ese libro y no otro. Porque, para un verdadero editor, cada libro es una muestra del propio gusto literario, en cada obra se retrata, así sea en pequeña medida. Y confía en encontrar entre el público lectores que sientan lo mismo que él.
Parece de cajón que la solapa de un libro la debe escribir aquella persona que ha apostado por él, que lo ha leído atentamente, que ha colaborado a que vea la luz. Mas ¡ay! estamos lejos de este ideal. Hoy en día las más de las veces la elaboración de la solapa se le encarga a algún redactor. Que, si es profesional y le dan el tiempo suficiente, es posible que se lea el libro. Si no, ni siquiera eso: se conformará con recoger algunas directrices del departamento de marketing y en espigar cuatro frases de un informe de lectura. Por eso, tantas veces, al terminar la lectura de una novela me he preguntado: el autor de la solapa ¿habrá leído el mismo libro que yo?

 
 
 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LEER EN TIEMPOS DE AFLICCIÓN



Evitamos pensar en ello, pero la muerte es una realidad de la que resulta imposible escapar. La idea de nuestra propia mortalidad es difícil de digerir, pero al fin y al cabo, una vez desapareces -cuando te conviertes "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada", como decía Góngora- qué más da todo. Lo verdaderamente duro es la muerte de los demás, de aquellos a quienes amas. Nada, ni la enfermedad más larga, ni el diagnóstico más sombrío, te prepara nunca para eso. Te enfrentas entonces al abismo, a un inmenso vacío imposible de llenar. Este dolor, este largo proceso de duelo es además totalmente individual, incomunicable. Es un camino que sólo tú puedes hacer. Como dice Julian Barnes "es banal y a la vez único". Cuando Barnes perdió a su mujer, Pat, hace unos años, quedó devastado. Llegó a pensar en el suicidio. Afortunadamente, recordó a tiempo que si él también moría, morirían con él los recuerdos de la vida conjunta de ambos, del amor, de la complicidad. Debía vivir, pues, para que ella siguiera viva, aunque fuese sólo en su memoria. Y para escribir un libro como Niveles de vida, una obra sobre el dolor y la pérdida estremecedora y memorable..
 
 

"Si ella estaba en algún sitio era dentro de mí, interiorizada. Esto era normal. Y era igualmente normal- e irrefutable- que no podía matarme porque entonces también la mataría a ella. Moriría por segunda vez, y mis luminosos recuerdos de ella se perderían en la bañera enrojecida. De este modo, al final (o, por el momento, al menos) quedó zanjado el asunto. Y también la cuestión más amplia, pero relacionada: ¿cómo voy a vivir? Debo vivir como ella habría querido que viviera."

Tal como dice Barnes, los amigos pueden tener la mejor voluntad del mundo, pero a menudo no son la solución. Unos son demasiado solícitos, otros se empeñan en rehuir hablar del fallecido,  otros se muestran demasiado prácticos ("Te conviene hacer esto o lo otro"). Y el afligido no sabe lo que quiere o necesita, pero sí sabe lo que no. En palabras de otro doliente, C.S. Lewis: 

“Percibo cómo los demás, cuando se aproximan a mí, intentan decidir si me 'dirán algo sobre eso' o no. Odio que lo hagan, y odio que no lo hagan."


 
Para momentos así están las lecturas donde otro ser humano, con un dolor seguramente muy distinto y en una época también distinta, ha volcado su trayectoria por "los trópicos de la aflicción". Como lo hace Julian Barnes, como lo hizo C.S. Lewis en Una pena en observación, o Joan Didion en El año del pensamiento mágico. Lecturas que ayudan, que acompañan. Escritores que tienen el don -valiosísimo para los que se debaten en un dolor que cuesta explicar- de darle voz a la pérdida. De darnos la mano para atravesar ese territorio oscuro y desconocido.
 
"La aflicción resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que llegamos a él."

 
 

Una vez más, leer puede ser la salvación.


 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

VOCACIÓN Y OFICIO

 
 
Existe un dicho -de atribución dudosa- que reza algo así como "Ten cuidado con lo que deseas, porque lo podrías conseguir". Hasta que uno no tiene cierta experiencia vital, no se entiende bien la gran verdad que encierra. A primera vista, parece paradójico, si deseas algo y lo consigues, ¿no es estupendo? Pues no, porque la distancia entre deseo y realidad es enorme. Las cosas nunca son como las imaginábamos: el príncipe azul no es tan príncipe ni tan azul (a veces, resulta ser más bien una rana), la casa soñada tiene goteras y unos vecinos que arman un escándalo insoportable, el trabajo ideal se revela como monótono, o estresante, o viene con un jefe insoportable, o...
Si, cuando tenía quince años y mi mayor felicidad era pasarme el día con la nariz metida en un libro (lo sigue siendo, en esto no he cambiado), me hubieran dicho que toda mi vida profesional transcurriría rodeada, de un modo u otro, de ellos, habría saltado de alegría. ¡Mi mayor sueño, convertido en realidad! Bien, no diré que no tenga sus cosas buenas -en cualquier caso, es preferible a muchos otros trabajos-, pero ahora sé por experiencia que también en el mundo de los libros hay zonas oscuras, rincones de máximo aburrimiento, codazos, envidias, pozos de olvido y sapos que tragar.
 
Algo parecido le ocurrió a George Orwell cuando se metió a librero. Lo cuenta en un artículo titulado "Recuerdos de una librería", publicado en 1936 en la revista Fortnightly:

"Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].
La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas."

¡Pobre Orwell! Del paraíso a los clientes paranoicos y las moscardas muertas. Tengo para mí que no debe ser tan terrible ser librero, aunque seguro que los pobres tienen que aguantar lo suyo. Véase, como muestra, el libro Weird things customers say in bookshops, que recoge anécdotas a cual más hilarante.
Pero, en cuanto a deseos cumplidos y funestos, no conozco nada más estremecedor que el relato de W.W. Jacobs "La pata de mono". Le enseña a uno a tener mucho cuidado con lo que quiere alcanzar.



[La cita de Orwell está sacada del interesante blog Calle del orco, donde pueden encontrar muchas más.]


martes, 4 de noviembre de 2014

APRENDIENDO DE LOS LIBROS


Libros = cultura.
Toda la sabiduría está en los libros.
Leer es siempre provechoso.
Para aprender algo, nada hay como un buen libro...
Podría seguir citando frases en apoyo de la idea de que leer es aprender. Muy ciertas todas ellas, sin duda. Pero, ¿verdad que tanta sabiduría y tanta solemnidad producen un cierto sarpullido? Pues claro que todos los libros enseñan algo. Incluso los que no lo pretenden. Es más, a veces los que no tienen ninguna intención didáctica son los que resultan más informativos. En realidad, la idea de que sólo se aprende de las obras "sesudas", morales o didácticas es del todo errónea. Hay temas por los que yo nunca me interesaría, es decir, nunca se me ocurriría coger un tratado que hablase de ellos y que, sin embargo, si me los suministran bien envueltos en una historia bien contada, llegan a fascinarme. O, en el peor de los casos, a no molestarme en absoluto.
Para que lo entiendan, nada mejor que un par de ejemplos.
 


Los caballos y el mundo de las carreras
Verán, creo que sólo he montado dos veces en mi vida en uno de estos animales, y la segunda de ellas fue medio por obligación, por acompañar a mis hijos. En ambos casos se trataba de animales mansísimos que no iban más que al paso; en ambos casos, me pareció que eran unos bichos muy altos y la experiencia me hizo sentir de lo más insegura. Vaya, que el mundo de los equinos no está hecho para mí. Sin embargo, resulta que sé mucho de jockeys, de carreras y de purasangres. Y todo gracias Dick Francis, un señor inglés que escribe (escribía, ya murió) unos espléndidos thrillers que transcurren en ese entorno. Francis tiene además una historia personal digna de una novela. Sirvió en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, se convirtió luego en jockey profesional, ganó numerosas carreras y llegó a ser jockey para la Reina Madre durante varios años; en 1956, cuando montaba uno de sus caballos en el Grand National, el animal cayó inexplicablemente cuando Francis estaba a punto de ganar la carrera. Tras este fracaso, dejó la profesión para dedicarse a escribir. Y, casi de entrada, se convirtió en escritor de éxito. Durante 38 años, produjo una novela por año, unos thrillers llenos de acción y de detalles interesantes sobre la profesión de sus protagonistas (a menudo jockeys, pero también fotógrafos, expertos en gemología u otras especialidades). Por supuesto, no todos son igual de buenos, y todos responden a una fórmula bastante simple y previsible. Pero son invariablemente entretenidos y dinámicos. A lo largo de los años, he leído una buena parte de su obra y he aprendido de paso cosas que, encima, han tenido una utilidad inesperada. Como mis conocimientos acerca de los whiskies y su destilado, perfectos para ciertas reuniones sociales en que no hay mucho que decir. Todos ellos sacados íntegramente de una de las novelas de Francis, claro, pues no bebo whisky y en mi vida he visitado una destilería. Y, por supuesto, los caballos y su mundo no tienen secretos para mí.
 



La navegación a vela en la época de las guerras napoleónicas
Imagínense un título así. ¿Lo verían interesante? Si son apasionados de los veleros, quizás sí. Si, como yo, sólo han navegado de pasajero, ocasionalmente, y en barquitos de recreo, probablemente no. Hasta que descubrí a Patrick O'Brian, mi conocimiento de los veleros era de lo más rudimentario. Pero leí el primero -creo recordar que el "gancho" fue una crítica que decía que sus diálogos recordaban a los de Jane Austen- y quedé fascinada, aun cuando la mitad de lo que se decía (estaba, como todos, plagado de términos náuticos) me resultó incomprensible. Ahora, gracias a la portentosa serie de Aubrey y Maturin -al contrario de lo que suele ocurrir, la película es sorprendentemente buena, pero créanme si les digo que las novelas son mejores aún- he ampliado mucho mis horizontes náuticos. Sigo sin saber navegar, pero soy muy consciente de la importancia del trinquete, sé lo que es navegar de bolina o fachear y que la cangreja no es un animal marino, sino una vela que se iza en el palo de mesana. Esto y muchas cosas más, como que en un combate naval de la época, la mayor parte de las heridas se producían no a consecuencia de las balas de plomo, sino de las astillas que volaban por todas partes cuando estas impactaban en el barco. Leer a O'Brian, además de un goce literario, equivale a leer ese tratado de navegación del que hablábamos. Pasándolo, desde luego, mucho mejor.
 
Es necesario desechar la idea de que el aprendizaje sólo es válido si implica esfuerzo y aburrimiento. Cualquier buena novela nos hace aprender más sobre la naturaleza humana, la vida o la historia que muchas enciclopedias. Y, encima, es un placer. ¿Se puede pedir más?
 



martes, 28 de octubre de 2014

LIBROS QUE NO EXISTEN

Como ocurre con los libros, en el vasto mundo de los gadgets de temática literaria, esa inagotable fuente de tentaciones pensadas para locos de los libros (para los que aún no hayan caído en sus redes, un par de muestras aquí y aquí; pero no digan luego que no les avisé), una cosa lleva a otra. La primera vez que vi este anuncio, pensé por un momento que hacía referencia a libros que de verdad existen.



En realidad, el asunto va de que cada cual puede elegir el título y el autor que quiere poner en la taza, una propuesta que tiene muchas posibilidades. Pero bueno, bibliómana como es una, lo que captó mi atención fue ese Perdido en la biblioteca (Lost in the Library).  "Quiero leer ese libro", pensé. "¿Será un relato de  intriga? (alguien se pierde en una biblioteca laberíntica, y de paso descubre un cadáver o un misterio...) ¿De terror? (como el anterior, pero en este caso oye pisadas misteriosas, se siente seguida, quizás aparece un fantasma, o un loco con un hacha...) ¿Un ensayo sobre los placeres de perderse en una biblioteca en sentido figurado? ¿Un novela romántica? (chica amante de la lectura encuentra a su hombre ideal en la biblioteca, por improbable que eso pueda parecer) ¿Un tratado sobre libros perdidos? (el "lost" inglés tanto podría aplicarse a personas como a cosas)." Ya saben que el cerebro funciona a toda velocidad; todas estas opciones pasaron por el mío en los segundos que tardé en comprender mi error. 
Lo cierto es que hay libros que no existen, pero que desearíamos vivamente leer. Son, de algún modo, libros imaginados, que esperan en algún limbo libresco a que llegue el escritor adecuado para rescatarlos de allí. A veces se trata de un tema o un personaje que nos llama la atención ("Alguien debería escribir sobre esto", "¿Por qué Fulanito no dejó unas memorias?").  Otras veces, sabemos que en algún momento esa obra existió, pero los libros tienen la manía de desaparecer del mercado con insólita rapidez y a veces ni con ayuda de los buscadores de obras de segunda mano (como Iberlibro) es posible recuperar un ejemplar. O sólo existe en alguna lengua exótica que somos incapaces de leer (confesaré que sólo aprendo idiomas por el placer de ampliar mi lista de lecturas). 
A veces, sin embargo, alguno de estos libros "inexistentes" se materializan. Es lo que ocurrió hace poco, con gran alegría por mi parte, con Mal encuentro a la luz de la luna, de W. Stanley Moss, que relata uno de esos episodios heroicos e improbables que suceden en todas las guerras, concretamente el secuestro de un general alemán en Creta por un par de oficiales del Servicio Secreto británico y un pequeño grupo de resistentes. 




Sabía de su existencia por uno de sus protagonistas, Patrick Leigh Fermor, que cuando en alguna entrevista le preguntaban por qué no relataba esa prodigiosa aventura, se limitaba a decir que ya lo había hecho su amigo. Para entonces el libro era inencontrable, salvo quizás en alguna biblioteca del Reino Unido. Hoy, supongo que aprovechando la creciente popularidad de Leigh Fermor en nuestro país, por fin El Acantilado se ha decidido a cumplir ese deseo tantas veces frustrado de sus admiradores. Mi más profundo agradecimiento. Sin embargo, la imaginación siempre supera a la realidad. No me malinterpreten, el libro -como dice Leigh Fermor en su postfacio- "está escrito de forma concisa y amena" y es una lectura muy recomendable para fans de la Segunda Guerra Mundial. Sólo que, de tanto imaginarlo, había adquirido proporciones míticas. Y ya sabemos que los mitos, cuando bajan a tierra, pierden grandeza. 
A pesar de ello, seguiré persiguiendo esos libros que no existen. O que sólo existen en mi imaginación, que al fin y al cabo no es tan mal sitio. 

martes, 21 de octubre de 2014

OÍR VOCES


En un conocido cuento de John Cheever, "El enorme receptor de radio" -¿no lo han leído? ¿a qué esperan?, todo Cheever es una pura delicia- una pareja que vive en un edificio de apartamentos en Nueva York se compra un receptor de radio que, misteriosamente, les permite sintonizar lo que hablan en los demás pisos. Su vida, así, se puebla de voces, de fragmentos de conversaciones ajenas.
Es un poco como cuando uno está en una cafetería, en un restaurante, y pilla al vuelo retazos de lo que hablan en las mesas contiguas:

-Se lo he dicho mil veces, pero no le da la gana...
-Lo que tienes que hacer es mandarme ese documento, basta con que lo firmes...
-Sí, es muy fácil; picas la cebolla bien fina, la sofríes un poco y luego...



Cada hilo, una posible historia. Hay escritores que dicen "oír" en su interior las voces de los personajes que ellos luego se limitan a trasladar al papel. Es difícil saber hasta qué punto es cierto -¿quizás un trastorno psicológico?- o es simplemente producto de su poderosa imaginación. Dickens, por ejemplo, solía decir que él no inventaba, que los personajes se le aparecían y le dictaban sus diálogos. En los cientos de lecturas dramatizadas que dio a lo largo de su vida -en las que él representaba con asombroso realismo a todos los personajes de sus novelas- pudo demostrar un increíble talento dramático. ¿O deberíamos llamarlo "posesión"?
 
Decía F. Scott Fitzgerald que los escritores "son un montón de gente que hace todo lo posible por parecer una sola persona".  Sus personajes los habitan. Mientras que Sam Shepard afirmaba que
"Hay escritores que hablan de la dificultad de 'descubrir una voz propia'. Para mí, eso no fue nunca un problema. Había tantas voces que no sabía por dónde empezar."

O sea que los personajes, esas criaturas producto de la mente enfebrecida de un escritor, cobran vida. Nada más nacer, luchan por liberarse, se mueven, hablan. Si caen en unas manos competentes, nos encontramos con seres como Emma Bovary, Anna Karénina o Sherlock Holmes. ¿Alguien les negaría el derecho a la vida? Como lectores, si el escritor ha logrado plasmar adecuadamente al personaje, no sólo captamos lo que dice, sino que también podemos oír el tono de su voz: roncas e insinuantes unas, agudas y chillonas otras, las de más allá tal vez graves o cantarinas...

Incluso hay veces en que estas supuestas alucinaciones auditivas son reales. Cuentan que en cierta ocasión el escritor británico Evelyn Waugh padeció un episodio especialmente desagradable de estas alucinaciones durante un viaje por mar, a cusa de la mezcla de medicamentos y cantidades ingentes de alcohol. Como los buenos escritores nunca desaprovechan nada, se apresuró a trasladar la experiencia a una novela, La prueba de Gilbert Pinfold (1957), en la que un escritor católico de mediana edad intenta superar su depresión a base de un cóctel de bromuro, cloral y crème de menthe (no se me ocurre un licor más asqueroso para emborracharse). Acaba mal, claro.

 
 Aunque quién sabe si ese episodio fue un caso aislado. En cierta ocasión, al ser preguntada por el genio literario de su marido, la esposa de Waugh respondió: "No inventa, sólo edita".

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA SOLEDAD DEL LECTOR




Dice un gran lector, Alberto Manguel:
«Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera. Los libros que atraviesan nuestras vidas son, para cada uno de nosotros, maravillosamente diversos».
La lectura no sólo es un acto singular, sino necesariamente solitario. Al leer, te encierras en un mundo aparte, donde únicamente estás tú y los seres de ficción en cuya historia te encuentras sumergido. No existe, para un lector, felicidad comparable a la de poder participar por unas horas de esos universos que para él son tan (o más) reales que la vida. Maravilloso. Sin embargo, en el mundo que queda fuera de las páginas de los libros -me resisto a llamarlo "el mundo real", porque hay mundos ficticios que son mucho más verdaderos que ese caos que nos rodea-, los grandes lectores, los enfermos de la lectura, gentes que antes dejaríamos de comer que de leer, que nos sentimos desnudos si no tenemos un libro cerca, nos sentimos a menudo raros. 
La cosa empieza casi en la infancia, cuando se manifiestan los primeros síntomas de nuestra manía lectora. Cuando resulta evidente que prefieres pasar la tarde enfrascada en las aventuras de Tintín que jugando al escondite, empiezas a advertir -porque los lectores, contrariamente a lo que algunos suponen, solemos ser grandes observadores, otra cosa es que nos guste lo que vemos- que tus coetáneos te miran con cierta desconfianza. Una actitud que no hace más que agravarse a medida que pasan los años y tú pasas más y más horas devorando libros en cualquier biblioteca. Pero a nadie le gusta sentirse un bicho raro, de modo que haces lo posible por ser como los demás. Ahí, inevitablemente, comienza una vida de fingimiento. No dejas de leer, claro, eso sería impensable, pero procuras que no se note. O no tanto. Si alguno de tus compañeros de clase menciona que durante las vacaciones ha leído "un" libro, te abstienes de hacer comparaciones con los diez que has leído tú y te interesas por saber qué le ha parecido (lo más probable es que sea una birria que tú ya leíste hace tiempo y no te gustó, pero también te abstienes de decirlo). Disimulas. Como disimulas en la adolescencia cuando te gusta un chico: evitas cuidadosamente sacar el tema de la lectura. Sospechas, estás casi segura, que tu faceta lectora te restaría muchos puntos de atractivo. Claro que para entonces ya has leído Madame Bovary, Cien años de soledad y bastantes novelas más que te han enseñado sobre las relaciones entre hombres y mujeres cosas que esos chicos "normales", tan amantes del deporte y de las motos, probablemente ignoran. Juegas con ventaja, pero tampoco eso puedes decirlo en público.
Alguna vez, muy de tanto en tanto, te parece encontrar a alguno de tu especie. Si es así, bastan pocas palabras para reconocerse; como si de contraseñas se tratara, intercambiáis algunos nombres clave. Lo mismo que si fueseis exploradores que atraviesan territorio hostil, sentís un inmenso alivio al poder compartir experiencias. Quizás os sentáis durante un par de horas junto a una fogata y repasáis rutas y caminos, dónde se puede encontrar agua fresca, dónde comida, qué zonas más vale no pisar... Todo esto en sentido figurado, claro. En la vida real, lo más cerca de un tigre que has estado es leyendo a Kipling. Pero estos momentos de compañerismo, aunque placenteros, son escasos. El mundo, hay que reconocerlo, no está hecho para los lectores. 


"Doctor Livingstone, supongo."

Tampoco los lectores estamos hechos para este mundo. Porque el nuestro, ese que hemos construido a partir de los miles de otros universos que hemos pisado a lo largo de tantos años de lecturas, es mucho más rico, con más colores, más matices. Hemos pisado todo los continentes y hemos visto lo mejor y lo peor. Aunque parezca que nos aislamos, no estamos solos: nos acompaña una multitud. Leyendo, no vivimos una vida, sino muchas.