John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 17 de mayo de 2016

ESCRITORES, AGENTES, EDITORES

       "Me gustaría que se decidiese, señor Dickens. ¿Era el mejor de los tiempos o era el peor de los tiempos? Difícilmente puede haber sido ambas cosas."
(Handelsman, The New Yorker)
 
Las complejas, y a veces tensas, relaciones que los escritores mantienen con sus editores y con sus agentes han llegado a convertirse casi en un tópico del que echan mano el cine, el teatro y alguna que otra novela, ya sea recurriendo a la imagen del editor que persigue (infructuosamente) al autor (que pasa el tiempo bebiendo o ligando junto a la piscina, como ocurría en un anuncio que circuló hace algún tiempo) para que entregue de una vez su manuscrito -por el que se supone que le habrá pagado un jugoso anticipo-, o a la otra cara de la moneda: autor pobre como una rata que le da la lata a su editor para que le adelante unos dinerillos con los que poder terminar la que será, sin duda, una obra colosal, incomparable, definitiva... Otro tópico frecuente es el agente rapaz, que maneja a los editores a su antojo, al tiempo que trata con mano de hierro a sus autores. O que es capaz de recurrir a todo tipo de estratagemas, desde el engaño a la extorsión, para conseguir un contrato para sus representados. Posiblemente existan o hayan existido en la vida real ejemplos de todos estos tipos humanos. La realidad, claro, suele ser más prosaica.
 
 
"Quisiéramos publicarlo, no hacer nada para promocionarlo y ver cómo desaparece de las estanterías en menos de un mes."
(David Sipress, The New Yorker) 
 
 
Algunos escritores han retratado estos estereotipos, o se han mofado de ellos, entre los cuales se encuentra Arnold Bennett -de quien nos hemos ocupado otras veces en este blog-, que en su libro de ensayos Books and Persons incluye estos párrafos sobre el agente literario (en 1908 nada menos, ya ven que la cosa viene de lejos):


"El autor se empeña en emplear a un Tremendo Granuja llamado agente literario, y el pobre corderillo inocente del editor sale trasquilado de sus encuentros con este canalla. Me han hablado de un editor, quien hasta ahora solía contar con los servicios de veinte jardineros en su casa de campo, que se ha visto obligado a reducir a su personal de horticultura a sólo dieciocho [...] Estoy dispuesto a ofrecer 50 libras por el nombre y la dirección de un agente literario capaz de ganarle por la mano a un editor. Conozco a numerosos editores y agentes, y aunque a menudo he conocido editores que se han aprovechado de algún agente, nunca he sabido de ningún agente literario que haya embaucado a un editor. Un agente así es muy necesario. Llevo años buscándolo. Sé de muchísimos autores que se unirían a mí para enriquecer a un agente así. Los editores no dejan de hablar de él. Casi cada vez que entro en el despacho de un editor me dicen que ese agente acaba de irse (con los bolsillos llenos de dinero ilícito). Me irrita mucho no haber llegado a encontrármelo nunca."
 

Mientras que, en 1922, Lawton Mackall habla en uno de sus cuentos de otro tipo de agente. Por cierto, Mackall abre el volumen de relatos en que se encuentra éste dando las gracias a su dentista, su sastre, su estanquero y su verdulero, con los que "aunque no han corregido las pruebas" de su libro, ha contraído una gran deuda durante su escritura. El relato en cuestión, titulado "Lucy, la agente literaria" traza el retrato de la agente que sabe bien lo que quiere y cómo conseguirlo. En este caso, el editor intenta por todos los medios rechazar la publicación de los textos del autor que ella representa; unos textos que no ha leído:


"Ethridge (ese el nombre del editor) nunca leía nada que pudiese evitar leer. Era uno de esos editores de éxito que publican gracias a que pertenecen a los mejores clubs y asisten a las fiestas adecuadas. Dedicarse a la lectura de manuscritos no era su estilo. "
 
Lucy sabe que no los ha leído y primero intenta avergonzarle para que lo reconozca, para luego alabar las cualidades de su autor:

“--¿Quieres decir que no has oído hablar de él? Pero, mi querido Ethridge! Dewar (el autor) es un hombre acomodado, vive en su finca de Maryland y escribe relatos entre cacería y cacería. Tiene mucho talento.
Omitió añadir, sin embargo, que Dewar le había ofrecido dejar que se quedase con el dinero que pagasen por sus cuentos, suponiendo que ella lograse que fuesen publicados."
 
Cuando estas artimañas no dan resultado, Lucy recurre a otros métodos:
 
"--Le diré qué vamos a hacer. Cenemos en mi estudio esta noche --continuó Lucy--. Será mucho más satisfactorio hablar sobre este asunto sensatamente, sin interrupciones.
De modo que él accedió, y ella también.
A la hora del desayuno ya habían decidido que la serie de Perth Dewar se compondría de diez relatos, incluyendo cuatro que aún no había escrito."
 


Ilustración de Lauren Stout para el libro de Lawton Mackall

Creo que hoy, como hace un siglo, muchos autores siguen buscando a ese agente que despluma a los editores, porque la mayoría de escritores -me consta- obtienen muy poco a cambio de las horas que pasan escribiendo. Pero no crean tampoco que todos los editores son como los que pinta el retrato malintencionado: muchos -me consta también- tienen que hacer malabarismos para llegar a final de mes. Por si eso fuera poco, se leen los manuscritos de sus autores. Y les aseguro que no todos son obras maestras... pero no caigamos en el estereotipo.
 
[Los textos aquí citados proceden del artículo de Dan Piepenbring en The Paris Review, "The Literary Agent of Yore, Unspeakable Rascal!"] 

viernes, 6 de mayo de 2016

LECTURA EXTREMA

(Foto: www.beeclimb.com)
 
Hace años, la gente que sentía ganas de hacer deporte se calzaba unas zapatillas y echaba a correr por el parque más cercano. Como no había demasiadas posibilidades de compararse con otros corredores -a no ser los amigos o los que trotaban al lado de uno-, había escasa presión en cuanto a tiempos o marcas a alcanzar. Uno corría, se ponía más o menos en forma y eso era todo. Pero las cosas han cambiado y la presión, propia y ajena, ha aumentado, de manera que ahora ya pocos se conforman con ser corredores (también ha cambiado el nombre: ahora se les llama runners). No, hay que superarse continuamente: correr la milla, la media maratón, la maratón...; o incrementar la dificultad del asunto con modalidades más duras como el cross-country o el triatlón. Y así, en todo. Ha llegado la hora de los deportes extremos. El más difícil todavía: barranquismo, la escalada en solo, el ironman...
Este afán competitivo parece estar, lenta e insidiosamente, trasladándose también a la lectura. Cuando lo máximo que se hacía era comentar los últimos libros leídos con un pariente o amigo, no había posibilidad ni ganas de medirse con los demás. Como mucho, observaciones del tipo "Fulanito parece que los devora", "El lento de Menganito ha tardado más de un mes en terminar esta novela", "De este verano no pasa que lea por fin la obra de X." Pero, como en el deporte, parece que no basta. En los blogs literarios florecen los retos de lectura, que cuentan con numerosas adhesiones entusiastas, desde los que funcionan por cantidad (50 libros en un año) hasta los que proponen lecturas de lo más diverso (como el reto de BookRiot para 2016, que incluye "leer el primer libro de una serie escrita por una persona de color" o "una autobiografía culinaria"). Y también surgen, cada vez en mayor cantidad, libros que dan cuenta de cómo su autor ha vivido uno de estos episodios de "lectura extrema". Pues no de otra manera deberían denominarse empeños como el de A. J. Jacobs, que se leyó los 23 volúmenes de la Encyclopedia Britannica, o Ammon Shea, que se leyó todo el Oxford English Dictionary (y dejó asimismo documentada la experiencia).
 
 
 
 
 
La lectura extrema no requiere sólo ser capaz de consumir -¿digerir?- grandes cantidades de texto, se trata de idear listas de lecturas poco comunes, a realizar dentro de un plazo de tiempo determinado. Algo, en cualquier caso, que se salga de los patrones de lectura corrientes y molientes y que suponga una cierta constricción. Así, Christopher Beha restringió su dieta lectora durante un año a la colección Harvard Classics, mientras que otros prometen limitarse a novelas del XIX, o a libros de género. ¿Más difícil todavía? Phyllis Rose, autora entre otras de una popular biografía de Virginia Woolf, es una de las personas que se han embarcado en una aventura de lectura extrema. En su caso -tal como relata en el libro que relata su experiencia (parece que buena parte de estas aventuras extremas, ya sea en el deporte o en la lectura, se llevan a cabo con la intención de hacerlas públicas), The Shelf- decidió leer todos los libros de una estantería determinada de la New York Society Library, concretamente el de los autores LEQ-LES. ¿De dónde sale esta peregrina idea?
 
 
Sala de la New York Society Library
 
Según cuenta la autora, con ocasión de haber ido a esta biblioteca en busca de un libro concreto -que no encontró- se dio cuenta de que en cambio contenía cientos de libros y autores de los que nunca había oído hablar (precisemos que se hallaba en el departamento de novelas y que dicha biblioteca, la más antigua de la ciudad, es conocida por su amplio fondo de clásicos). Eso le hizo pensar que sería interesante explorar más en profundidad sus fondos pero, en lugar de hacer como todo el mundo, es decir, picotear aquí y allí, optó por una lectura extrema: leyendo todos los libros contenidos en ese preciso estante se aseguraba, dice, de que "Nadie en la historia del mundo habría leído exactamente esa serie de novelas". Asoma así la obsesión por el récord, por hacer algo -por absurdo que sea, como ocurre con buena parte de los récords contenidos en el Libro Guiness- que nunca se haya hecho antes. Dado que la señora Rose es una escritora de demostrada solvencia, no me cabe duda de que, pese a la arbitrariedad de la empresa, la narración de sus aventuras lectoras será amena. Tal vez incluso algún arriesgado lector se anime a emularla; al fin y al cabo, si de experiencias únicas se trata, seguro que nadie ha leído tampoco el estante LET-LIB, ni los que le anteceden o le siguen...
Personalmente -y conste que me parece muy bien que cada cual lea lo que le quiera en el orden en que le venga en gana- me resultan un poco inquietantes estas nuevas modalidades lectoras. Siempre he pensado que gran parte de la dicha lectora se encuentra en la ausencia de normas, en transitar de uno a otro libro dejándose llevar por el humor del momento, el lugar o la compañía; en dejar que un libro recomiende a otro y en alternar dulce y salado.
De otro modo, impulsados por el afán de la lectura extrema, por hacer lo que nunca nadie ha hecho antes, acabaremos leyendo hasta el listín telefónico. Ah no, que eso ya no existe... Bueno, pero el esforzado señor Shea, si no lo ha leído entero, al menos ha logrado escribir un libro sobre él.
 
 
 
 
 

viernes, 29 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LA MANCHA



Como todos saben ya sin duda, se conmemora este año el 400 aniversario de la muerte de don Miguel de Cervantes  (o Cerbantes, como firmaba él) Saavedra. Magno acontecimiento y ocasión singular para homenajear a este genio de las letras. Vaya por delante que yo creo poco en los fastos oficiales y, en mi opinión, la mejor manera de pagar tributo a un autor es simplemente leer y apreciar su obra, que constituye su legado inmortal. Pero en fin, que nunca es malo lo que sea que contribuya -de un modo u otro- a acercarnos a un gran escritor. Para conmemorarlo debidamente, nos hemos apresurado a montar eso que tanto gusta y tan bien suena, una Comisión Nacional, llena de presidencias de honor y vicepresidencias, que sin duda se ha estrujado las meninges para sacarse de la manga todo tipo de actividades con sabor cervantino. Movida por la curiosidad -y también, porqué no decirlo, un tanto escamada por ciertas celebraciones vistas hasta ahora, como la que tuvo lugar en el Congreso de los diputados, que me pareció rozaba el ridículo-,  me he tomado la molestia de leerme el programa de actividades, y bucear un poco por su web (de diseño cuidado y limpio, se agradece).  
Ciertamente, el programa de actividades es amplio y abarca diferentes ámbitos. Nada menos que 68 páginas que reúnen más de cien actividades (aunque yo no las he contado, la verdad). Hay, por supuesto, muchas iniciativas interesantes, tanto en exposiciones -a destacar la que visité recientemente en la Biblioteca Nacional- como en artes escénicas o música. Para mi gusto, se abusa de esa moda que amenaza con convertirse en una plaga, esas lecturas continuadas de El Quijote que  abundan por todos lados. Este año, parece que se va a leer por todo el orbe, de Malasia a Camerún. Rizando el rizo, en Australia se han inventado una modalidad que va más allá, y que el programa de actividades describe así:
 
Dinero para leer. Dentro del proyecto del colectivo mmmm.tv,  Dinero para leer consiste en ofrecer una ayuda a un ciudadano australiano por leerse El Quijote íntegro, cumpliendo un horario laboral, frente a una cámara web que retransmitirá en todo momento el proceso de lectura. Las solicitudes de la ayuda se harán a través de la página web de la embajada, rellenando un cuestionario en el que los solicitantes habrán de responder a las preguntas: «¿Por qué motivos te leerías el “Quijote”?» y «¿Por cuánto dinero te leerías El Quijote?».
 
 Me pregunto cuánta gente se habrá presentado y cuánto habrán pedido por leerlo. No sé yo si que te paguen por leer se puede llamar estrictamente "fomento de la lectura"... En fin, que hay de todo y para todos los gustos, desde un concurso de grafiti cervantinos a otras actividades creativas, como el Ínsula Barataria Paca Project, una intervención urbana consistente (dice textualmente el programa) "en la construcción efímera de estructuras arquitectónicas mediante pacas de paja con distintos tratamientos, formas y funcionalidades", aunque la relación que eso pueda tener con don Miguel sea bastante tenue. Y todo huele un poco a improvisación, como el que en el programa figuren tantas actividades con la mención de "fechas por determinar". Es de temer que algunas de ellas no lleguen a materializarse y puedo dar fe de que al menos es así en un caso, y no menor. Casualmente, hoy Radio Nacional ha tenido la idea de emitir el musical de Mitch Leigh, con libreto de Dale Wasserman, El hombre de la Mancha, del que todos recordamos el ya clásico tema "El sueño imposible".
 
 
 
 
Sin duda este año cervantino era una ocasión de oro para hacer una reposición de esta obra en nuestros escenarios. Lo primero que he hecho es comprobarlo. Y sí, figura en el programa, del que se dice que "se estrenará en el Gran Teatro del Liceo en agosto de 2016". Lamentablemente, de eso nada. La web de Stage Entertainment, la productora que debía llevarlo a escena, comunica que han debido cancelar el proyecto por falta de interés. 
 
Otra ausencia que me parece llamativa, sobre todo teniendo en cuenta que en la citada Comisión Nacional figuran vocales de todas las comunidades autónomas, es que en alguna las actividades cervantinas programadas son iguales a cero. El mapa interactivo que nos facilita la citada web permite constatar  que ni en Galicia, en Euskadi, en Navarra, Cantabria, ni en La Rioja hay al parecer actos previstos (¿o no tienen la entidad suficiente como para aparecer reseñados?). En Barcelona -recordemos, ciudad cervantina- lo único que figura en el mapa es una "Edición especial de las obras de Miguel de Cervantes" a cargo de la colección Austral. Triste, la verdad.
 
En fin, si bien me parece que un país tiene el deber de honrar a sus literatos, creo que a don Miguel, a quien la fama y la fortuna le fueron tan esquivas, no le extrañaría tanto ver cómo son hoy las cosas.
 
 

jueves, 21 de abril de 2016

EL ARTE DE LA DEDICATORIA


Dice el DRAE sobre el verbo "dedicar", en su segunda acepción, que es: "Dirigir a alguien, como obsequio, un objeto cualquiera, y principalmente una obra literaria o artística." Se acercan días de libros en la calle y de escritores firmando. "¿Puede dedicarme su libro?" Junto a la satisfacción de contar con un lector, el apuro de cómo dedicárselo. Pues si conviene que los lectores respeten ciertas normas antes de lanzarse a la búsqueda de firmas, también los autores han de cuidar de estar a la altura de las expectativas de su público. Los más, salen del paso empleando una fórmula que no comprometa a nada: "A Fulanito, con afecto" -aunque es la primera vez que ve a Fulanito, y no ha tenido tiempo material de crear ningún vínculo afectivo con él-, o algo así. Más peliaguda se pone la cosa si el autor ha tenido cierto roce social previo con el solicitante de dedicatoria. Tal vez este conocido se sienta agraviado si recibe la misma dedicatoria que el lector totalmente desconocido, pero ¿cómo calibrar con exactitud el grado de amistad que les une? ¿Es lícito dedicarlo "A mi amigo Fulanito" si el tal amigo es simplemente el novio fugaz de una amiga, con el que no hemos cruzado más de tres o cuatro frases en nuestra vida? Otras veces es el propio lector el que le dicta prácticamente la dedicatoria al autor: "Dedíqueselo a mi hija Mariví, en el día de su cumpleaños. Porque cumpla muchos más." ¿No sería más lógico que fuese el comprador del libro -y quien lo ofrecerá como regalo- el que inscriba una dedicatoria así? Algunos afortunados escritores poseen habilidad no sólo con las palabras, sino también con el lápiz, y salen del paso trazando algún ingenioso dibujo junto a su firma. Suele llevar algo más de tiempo, pero seguro que les pone en menos compromisos.
La versión más cutre de todo esto se da en ciertos casos de autores megabestsellers, a quienes  para intentar contentar la demanda de sus fans, los editores hacen firmar un buen número de ejemplares a ciegas, que luego se ponen a la venta con ese "plus".

Claro que, aparte de estas dedicatorias de ocasión están las otras, las que ya vienen impresas. También aquí hay diversas escuelas a la hora de resolverlas. Como sabemos, en tiempos antiguos la dedicatoria no era más que una forma de adulación al mecenas que había costeado la impresión de la obra o había ayudado económicamente al creador. Así, Cervantes dedica su Quijote al Duque de Béjar, en unos términos que -con cuatro siglos de por medio- se nos antojan chocantes. ¿Quién se acuerda hoy de ese duque, a quien humildemente Cervantes "con el acatamiento que debo a tanta grandeza" le suplica protección para su inmortal obra? En nuestra época, las dedicatorias suelen ser mucho más cortas y de índole privada. El escritor dedica su obra a sus padres, a su mujer, a algún amor que quiere mantener más o menos anónimo y que solo cita por sus iniciales... Dedicatorias sin duda muy sentidas, pero bastante aburridas, por más que a veces proporcionen interesantes atisbos en la intimidad del escritor. Y luego están las dedicatorias reivindicativas, como la de Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz:



"A C. Wright Mills,

verdadera voz de Norteamérica, amigo

y compañero en la lucha de Latinoamérica."


Dedicatorias que son declaraciones de principios, como la de Juan Ramón Jiménez, "A la minoría, siempre". Y, algunas veces, dedicatorias más ingeniosas, que nos dicen algo tanto del autor como de la intención de su obra.


"Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo: hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fuesen suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues mi dedicatoria:

A LEON WERTH,

cuando era niño
  

Es, como ya habrán adivinado, la sentida dedicatoria con que Saint-Exupéry comienza El principito (1943). Creo que es importante recordar la fecha en que fue escrita, porque la mención al hambre y el frío que pasaba Léon Werth no es gratuita. De hecho, en Francia esta obra solo se llegó a publicar a partir de 1946, una vez acabada la guerra.


miércoles, 13 de abril de 2016

LA FICCIÓN, ESA MÁQUINA DEL TIEMPO

Barracas en e barrio de La Perona hacia 1960
 
La ficción es una poderosa herramienta para conocer la realidad. Nunca falta quien traza una firme línea divisoria entre "lo auténtico" y lo inventado", pero sospecho que se trata de personas cuya experiencia en cuanto a lecturas de ficción es muy escasa. Los grandes lectores saben bien que para conocer el mundo, presente y pasado, para conocer a las personas y saber lo que pasa dentro de esas cabezas cuyo contenido nos está vedado, no hay nada mejor que la ficción. Sí, eso que en apariencia no existe -porque es fruto de la imaginación de alguien- es paradójicamente lo más cercano a una experiencia real que podemos tener.
Dos hechos que se me han presentado unidos por la casualidad me sirven para reafirmarme en este convencimiento.  Se trata de lo siguiente: en el Palau de la Virreina de Barcelona se ha inaugurado hace poco una exposición -compuesta básicamente por fotografías y documentos audiovisuales- que sigue la construcción de la ciudad moderna. Lleva por título Barcelona. La metrópolis en la era de la fotografía (1860-2004). Entre los diversos vídeos de diferentes épocas que se ofrecen al visitante, uno de los más impactantes es el que muestra las miserables condiciones de vida de los miles de inmigrantes que, expulsados de sus tierras por la miseria, acudieron a la gran ciudad durante las décadas de 1950 y 1960 en busca de trabajo y pan. Seguro que nos suena esa música -hacinamiento, barracas, crecimiento descontrolado de barriadas sin ningún servicio...-, pero otra cosa es ponerle caras. Poco antes de verlo, había releído para un club de lectura la novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa -que, por cierto, ahora se reedita en una nueva versión que incluye algunos pasajes tachados por la censura-, una novela que habla precisamente de ese mundo de la periferia, de los barrios humildes y los jóvenes que sueñan con salir de ellos algún día. Uno y otro -el documental y la novela- son visiones gemelas de una misma realidad; sólo que el de Marsé parece más auténtico.
 
 
 
 
En la novela de Marsé nadie sonríe a la cámara y gracias a la ficción tenemos el privilegio de asistir a todo aquello que los personajes hacen precisamente cuando nadie les ve. Tal vez lo que más me ha sorprendido de esta nueva lectura es darme cuenta de la inmensa fuerza poética que anima el lenguaje de Marsé, con imágenes absolutamente certeras e inolvidables, como esta descripción de una de las chicas del barrio (tan distinta de la rubia y etérea Teresa):
 
"La Rosa siempre le había inquietado, sobre todo por algo ingrato que había en su boca, como un amago de codicia; boca amarga y sin color, gruesa, dura como un músculo. Tenía turbios ojos de humo y hombros lechosos, llenos de pecas. En traje de baño mostraba un cuerpo bonito, de cintura insospechadamente grácil, pero demasiado fofo, blando, con esa blancura viscosa de las patatas peladas."
 
Uno siente muy cercana la Barcelona de los cincuenta gracias a esa máquina del tiempo que es la ficción. Y, si se quiere comprender aún mejor esos años oscuros, recomiendo vivamente otra novela, que incomprensiblemente ha desaparecido del radar de la atención del público, igual que su autor, Luis Romero: La noria. La obra fue Premio Nadal en 1952 y relata un día de la vida de la ciudad, a través de una serie de personajes cuyas vidas se cruzan en algún momento. Me temo que no existe una edición en el mercado, pero harían bien en reeditarla, porque es todo un mosaico humano y un impagable retrato de una época, que se diría brotado de alguna de las fotos de Català-Roca.
 
 
Frances Català-Roca, La Vía Layetana, entre
las calles Junqueras y Condal
 
 
 
 

miércoles, 6 de abril de 2016

LAS EDADES DE LA LECTURA



¿Son los libros que leímos hace años realmente como creemos que son? Como el libro está ahí, aparentemente inmutable, con sus letras, sus líneas, sus párrafos, sus páginas... los lectores tendemos a creer que siempre es el mismo libro, no importa cuándo lo hayamos leído o lo pensemos leer. Olvidamos, claro, que no hay libro si no hay lector: todas esas letras, líneas, párrafos, etc. no son nada sin la experiencia del lector que los capta, los comprende y los filtra de acuerdo a su entendimiento. No hay un libro, hay tantos libros como lectores. Por si fuera poco, los propios lectores no son siempre el mismo lector, de ahí las inmensas sorpresas que a menudo deparan las relecturas. Créanme, no es lo mismo leer Guerra y paz a los dieciséis que a los cuarenta y seis años.
Recientemente, tuve una experiencia que corroboró este extremo: leyendo la reseña hecha por un bloguero amigo de uno de los libros que marcaron mi juventud, El corazón es un cazador solitario, me di cuenta de que buena parte de lo que contaba no me sonaba en absoluto. Con asombro y cierto horror, descubrí que mi yo lector de entonces sólo había registrado una parte de la historia. Por supuesto, la que a mí en esos momentos de mi vida mi importaba; el resto, se había esfumado de mi recuerdo porque -sospecho- nunca le presté mucha atención.
Esto me ha llevado a reflexionar acerca de cómo en cada etapa de la vida se lee de una manera distinta. Generalizando, diría que puedo distinguir tres grandes etapas lectoras:


 
 1. La niñez. Magia y fascinación.
Como los primeros amores, las primeras lecturas son lo más maravilloso que a uno le puede suceder. En esta etapa de descubrimiento -¡hay otros mundos!- la frontera entre lo real y lo ficticio es tenue. Lo que uno busca es la fascinación de la novedad, la aventura, lo desconocido. Todo es creíble, todo parece posible. No hay barreras entre lector e historia: "somos" alternativamente el Gato con Botas, la Cenicienta o Robinson Crusoe. Seguramente la lectura de la infancia es la que más se ajusta a la idea de "perderse en las páginas de un libro". Lectura inmersiva.



En un orfanato, Lübeck (detalle), de Gotthard Kuehl
 2. Adolescencia y juventud. Modelos y respuestas.
Si en los primeros años leemos olvidándonos de todo, los muchos interrogantes que suscita la adolescencia, esa edad en que todo -empezando por el propio cuerpo- parece volverse extraño y hasta peligroso, incitan a buscar respuestas en la lectura. Los libros, así, se convierten en posibles modelos, claves para entender el mundo y para entenderse a uno mismo, pautas de conducta para tratar con los demás.  Durante esta etapa, leemos sobre todo buscando un reflejo, una imagen que poder aplicar a nuestra vida. No es raro pues que a los adolescentes les gusten los libros que tratan de adolescentes tan desorientados como ellos -véase El guardián entre el centeno-, o el absoluto éxito de la novela romántica entre las jovencitas, que parecen responder -cierto que de manera idealizada y poco realista, como uno comprueba más adelante- al gran interrogante de qué es el amor y cómo conseguirlo. Durante estos años de exploración intelectual y afectiva, la lectura funciona como una especie de mapa en el que vamos buscando pistas.
 

A Good Read, Sally Strand
 3. Madurez. Análisis y disfrute.
Una vez han pasado las turbulencias -cierto que algunas personas nunca las dejan atrás, y por eso quedan varadas en la lectura-búsqueda; tal vez eso explique el tirón de los libros de autoayuda-, una mayor estabilidad nos permite también leer de otro modo. Ya no nos buscamos a nosotros mismos, sino que somos capaces de buscar al otro. Es decir, comprendemos al fin que detrás de la historia que nos cuenta cada libro hay un autor y una intención. Que esa intención puede ser muy simple, pero también muy compleja. Que pueden haber distintos niveles de interpretación. Que uno se puede dejar arrastrar por el encanto de una historia, pero también mirarla desde cierta distancia y analizar cómo está hecha, compararla con otras. Estas operaciones, además, enriquecen nuestra capacidad analítica y nos enseñan a establecer categorías, a disfrutar de la obra bien hecha. Una mayor experiencia de la vida y de las personas hace que nos maravillemos cuando lo que el libro refleja parece ser la vida misma, y resultemos defraudados cuando los personajes parecen estar hechos de cartón piedra. Sabemos qué es lo que nos gusta pero también porqué nos gusta. Podemos ser testigos y cómplices a la vez.

Diría que estas etapas son ineludibles, pero también positivas. Parte del proceso de crecer, de aprender, de vivir. Un adolescente nunca podrá leer Crimen y castigo como un adulto y si a los cuarenta años se te caen de las manos los libros de Enid Blyton que devoraste de joven la culpa no es de ellos: es que tú ya no buscas en ellos un modelo de comportamiento. Por eso los buenos libros, entre ellos los clásicos, lo son porque tienen algo para cualquier edad.
 

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La tradición de los huevos de Pascua se remonta a tiempos muy antiguos
y tiene que ver con el huevo como símbolo de (re)nacimiento
 
En la lectura, como en la vida, se puede pecar por acción o por omisión. En el primer caso, está claro lo que ocurre: engañados por los cantos de sirena de la publicidad, o haciendo caso a la recomendación de alguien de cuyo criterio debimos desconfiar, caemos en manos de algún libro horrible, que nos hace maldecir el tiempo empleado en leerlo. El pecado por omisión es precisamente lo contrario, y tal vez resulte más lamentable aún que el anterior: nos abstenemos de leer determinado libro simplemente porque el tema no parece atractivo, privándonos así durante meses o años de un goce que debimos descubrir mucho antes. Como si el "tema", o lo que de este se dice en el texto de solapa y en las reseñas, tuviese alguna importancia; deberíamos ponernos en algún lugar bien visible un cartel muy grande que dijera "En literatura, lo importante es el cómo, no el qué". Yo no soy mucho de pecar por acción -con los años, he aprendido a hacer oídos sordos a según qué medios y personas-, pero me temo que tiendo a pecar por omisión. Últimamente, me ha pasado  (vamos a confesarlo abiertamente, aprovechando que estamos en días de penitencia) con dos autores de primera fila y he cometido con ambos omisiones injustificables. El primero de ellos es Javier Cercas: durante varios años, evité Anatomía de un asesinato por el prejuicio -tonto, como todos- de que "ya estoy un poco harta de oír hablar del 23 F"; por supuesto, cuando por fin lo leí descubrí que era un relato apasionante, que debía haber leído mucho antes. Encima,  he tropezado dos veces con la misma piedra, porque lo mismo me ha sucedido con Las leyes de la frontera: después de hacerle el vacío durante mucho tiempo, lo he devorado estas vacaciones. ¿Es una historia, como parece, de quinquis de los setenta? Pues sí y no. Como todas las buenas historias, es más que eso.  
 
 
Emmanuel Carrère (Foto: www,latercera.com)
 
 
Con el segundo autor, Emmanuel Carrère, la omisión ha sido más leve, porque ha durado menos, aunque también de Limónov pensé en un primer momento que no me iba a interesar la historia de un delincuente ruso (me interesó, y mucho) y me ha llevado bastantes semanas superar mi reticencia a tomar entre manos su última obra El Reino, por aquello de que el tema me parecía poco atractivo. Error, claro. Léanlo, no digo más.
Al principio de El Reino, Carrère cuenta que participó en la fase inicial de la escritura del guión de la serie Les Revenants porque encontró fascinante la premisa de la que partía: en un pueblo de los Alpes franceses, una serie de personas fallecidas regresa a sus hogares, no como zombis vengativos, ni como espíritus, sino como seres normales, que se ponen a prepararse un bocadillo en la cocina, o intentan entrar en la casa que habitaron años atrás (y se encuentran, con estupor, que la llave no encaja en la cerradura). Por supuesto, esto crea situaciones insólitas e interesantes, y de eso va la serie (al igual que me he sumergido en la lectura de Carrère, me he precipitado a ver la serie, que por ahora me tiene angustiada e intrigada a partes iguales; esperemos sólo que no lo estropeen con los trucos gastados de siempre).
 
 
 
 
Regresar de entre los muertos es imposible, todos lo sabemos, pero al mismo tiempo es lo que desearíamos, tal vez no tanto para nosotros mismos, sino para aquellos que amamos y nos han dejado. La idea germinal de Les Revenants me recuerda poderosamente a la de uno de mis relatos favoritos de Crónicas marcianas -del que ya hablé en un post anterior-, "La tercera expedición". Por muy inverosímil que parezca el concepto de la resurrección, ¿alguien se resistiría a acoger en su casa a la hija, el esposo, el hermano o el padre que perdió? Creo que yo, como les ocurre a los astronautas de Bradbury, tampoco sabría negarme. Fuesen cuales fuesen las consecuencias. En cualquier caso, ni El Reino ni Les Revenants tratan de resurrección, sino de todo lo que viene después.  Definitivamente, no es el qué, es el cómo.