John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 21 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Las Ramblas, el día de Sant Jordi (Foto Revista Rambla)

Que haya un Día del Libro es, en sí, algo bueno. Aunque, en vista de que actualmente casi todo tiene "su" día -las enfermedades raras, los gatos, la alfabetización, el alzheimer, el turismo, los humedales y hasta el orgullo zombi (juro que no me invento nada de esto)- la importancia relativa de tener un día dedicado ha bajado bastantes puntos. Bueno, pues se supone que el Día del Libro (así, con mayúsculas, parece que impone más) es el día en que todo el mundo se pone a pensar intensamente en libros e incluso, con suerte, se compra alguno. Hasta aquí, nada que objetar. Claro que los lectores pensamos en libros cada día del año, y nos los compramos con harta frecuencia también, pero tal como dicen las encuestas, hay un porcentaje muy elevado de gente que no lo hace y tal vez necesitan que se lo recuerden al menos un día al año. Solo que, siendo como son las cosas, lo que acaba sucediendo es que durante los días precedentes al Día en cuestión editores, libreros y medios de comunicación en general nos bombardean con recomendaciones. Lo que hay que leer, lo que hay comprar, la última novedad de Ese-Escritor-Tan-Famoso, el Nuevo-Joven-Valor, el Thriller-Que-No-Podrás-Soltar... Un ruido de mil demonios. No es extraño, entonces, que esos no-lectores habituales a los que en teoría se dirige todo el montaje acaben mareados y decidan comprarse -suponiendo que hayan logrado vencer su natural resistencia a la palabra impresa- los libros que más se vocean. Que, por otra parte, son los que, por obra de la mercadotecnia, encontrarán mayoritariamente en los puestos con que se engalanan las ciudades -y Barcelona en especial- el 23 de abril.
Una frase atribuida a W. H. Auden dice "Algunos libros son inmerecidamente olvidados; ninguno es inmerecidamente recordado". Entre la avalancha de novedades que no se cansan de hacer promesas vanas a sus futuros lectores, podemos encontrar por fortuna algunos libros que son mejor que nuevos: son resucitados. Sin ánimo de entrar a competir con el coro de voces recomendadoras, me gustaría señalar que vale la pena fijarse en esos libros que pasaron sin dejar apenas huella y que ahora emergen de nuevo. Ellos son los que han vencido al tiempo y al olvido. Sus autores, en su mayoría ya fallecidos, tal vez no hayan podido verlo, pero si han logrado regresar desde las arenas del tiempo, es que sin duda tienen algo de lo que otros carecen. Para este Día del Libro de 2017, me permito pues recomendarles a tres autoras resucitadas con todo merecimiento:




Carson McCullers. Piensen en el Sur de Estados Unidos. Piensen en pasiones reprimidas, calor pegajoso, personajes estrafalarios. Y algunos de los títulos más evocadores de la literatura. Como La balada del café triste, Reflejos en un ojo dorado o El corazón es un cazador solitario. ¿Alguien puede superar esto?



Natalia Ginzburg. Aunque tal vez no lo sepan, se trata de una de las grandes voces literarias italianas del siglo XX, a la altura de Calvino o Moravia. Solo que la Ginzburg era mujer y judía. Y escribía sobre temas considerados "menores": la familia, la vida cotidiana, la intimidad... Empiecen por Léxico familiar y comprenderán por qué su prosa ha perdurado y parece más actual que nunca.




Rosamond Lehmann. Quizás no estemos aquí ante una grande-grande, pero sí ante una novelista cuyas obras están llenas de encanto. En ellas retrata además una época casi mítica, la de las clases altas de la Inglaterra de entreguerras. No hay que olvidar que ella era amiga del grupo de Bloomsbury y se movía en el mismo círculo que las hermanas Mitford (aunque se odiaban mutuamente). La novela ahora recuperada, Invitación al baile presenta ese mundo en todo su esplendor. Ahora solo falta que alguien se decida a resucitar otra de sus obras más relevantes, Dusty Answer (que, si no me equivoco se tradujo ya hace años con el título de La arboleda sonora).

Aprovechando que este año el Día del Libro ha caído tan cerca de la Pascua, y además en domingo ¿por qué no convertirlo en un Domingo de Resurrección? Les sugiero que hagan oídos sordos a los cantos de sirena de las novedades, libros que al fin y al cabo casi nadie ha leído aún y obligan a fiarse de las afirmaciones -siempre exageradas- de sus ansiosos editores. Láncense en cambio a estas lecturas resucitadas, que vienen avaladas por décadas de persistencia. Seguro que no les defraudarán.


domingo, 2 de abril de 2017

DEL BLOG AL LIBRO



Estoy recibiendo estos días muchas felicitaciones por la publicación de El síndrome del lector, el libro surgido de este blog. Me siento, cómo no, agradecidísima. Pero creo que debo a mis lectores más que agradecimiento. Algo de eso he intentado explicar en mi prefacio:

"Cuando se me ocurrió la idea de abrir un blog, lo hice pensando en que me gustaría compartir con otros lectores como yo algunas de mis reflexiones y experiencias. No se trataba, lo tuve muy claro, de hacer reseñas de libros, ni de explicar lo que me había gustado y lo que no. Eso, con mayor o menor fortuna, podía comentarlo con personas de mi entorno. Lo que echaba de menos -y lo que buscaba en este salto a la red- era encontrar almas gemelas que vibrasen del mismo modo que yo con la mera cercanía de la letra impresa, lectores voraces y todoterreno de esos cuya máxima felicidad se encierra entre las páginas de un libro. [...] Gracias a Notas para lectores curiosos he podido constatar que no estaba sola en mis manías de lectora impenitente, que mis filias y tal vez alguna de mis fobias tocaban también de cerca a otras personas. Lectores cuya existencia de otro modo seguiría ignorando, bibliópatas de todo pelaje y de todas las edades, que residen a cientos o miles de kilómetros de mí. Pero que me son muy cercanos.
El blog también ha tenido consecuencias inesperadas. Entre comentario y comentario, entrada y entrada, algunos de mis seguidores se han convertido en verdaderos amigos. La mayoría han aportado opiniones enriquecedoras y unos cuantos incluso han aceptado mi invitación a colaborar. Mi mundo de lectora ha ampliado sus horizontes. Y, sobre todo, ahora sé que alguien está al otro lado, escuchándome."

Lo que más valoro, lo que ha conseguido que, año tras año, siguiese publicando, buscando temas, rompiéndome a veces la cabeza para dar con el dato curioso, la reflexión original (o eso pretendía), la forma amena, ha sido únicamente la idea de que hay "ahí fuera" una serie de personas que comparten mis inquietudes y que merecen que yo les dedique mi tiempo y mi esfuerzo. Escribir un blog es, en este sentido, mucho más gratificante que escribir un libro. En el blog, la respuesta de los lectores es inmediata, cualquier idea puede dar lugar a una conversación, a un intercambio. De los lectores del libro, de si les ha gustado más o menos lo que les has contado, apenas llegas a saber algo, y en todo caso con bastante retraso: un comentario en Goodreads, un encuentro casual, alguien que te traslada lo que dijo el amigo de un amigo... Lo sé de buena tinta, porque en mi otra vida -la no virtual ni bloguera- he publicado un par de obras. De las que estoy contenta, pero que no me han aportado ni de lejos tantas satisfacciones. Al final, por muy íntima que sea a veces la escritura, todos escribimos para que nos lean. En alguna ocasión he citado una frase que me parece muy hermosa y muy cierta de Siri Hustvedt:


Siri Hustvedt (Foto Aschehoug)
"Leer es una forma de escucha que modifica al lector"
A esto, tras haber pasado por esta experiencia, yo apostillaría que escribir un blog es asimismo una forma de escucha, que modifica al escritor. La simple idea de que esas personas a las que aprecia a menudo sin conocerlas están al otro lado de la pantalla, receptivas, atentas y dispuestas a hacer comentarios, acaba convirtiendo al bloguero en un mejor escritor. Porque le escuchan. Y sus lectores le enseñan a escucharse a sí mismo.
Así que gracias a todos por seguirme, por comentar, por animarme. Hay algo de vosotros en cada artículo.  


viernes, 24 de marzo de 2017

EL SÍNDROME DEL LECTOR


Es ciertamente paradójico que un blog dedicado a los lectores voraces, a aquellas personas que aman los libros, las bibliotecas, la letra impresa y el papel solo exista en un soporte digital, virtual, o sea, que carezca precisamente de esa materialidad que tanto apreciamos en los libros. Luego está el asunto de que, después de seis años y más de cuatrocientas entradas, pocos de los nuevos lectores tendrán la paciencia de volver atrás para leerlas todas. Y los comprendo muy bien, ¿quién tiene tiempo para eso? Claro que no todos merecen ser recordadas, pero hojeando (debiera decir clicando, más bien, puesto que no hay hojas físicas) entradas antiguas a veces me asaltaba el sentimiento de que algunas seguían teniendo interés. Con esa intención, la de salvaguardar del olvido digital unos cuantos artículos, contados, empecé hace un tiempo a recopilarlos. Al principio, mi intención no iba más allá de hacer con ellos un PDF y colgarlo en el blog, para quien quisiera un compendio rápido de su contenido. Sin embargo, algunos amigos a quienes les hablé de este proyecto me insistieron en que era una lástima que este destilado del blog no tuviera existencia en papel y me animaron a que lo publicase. Gracias a ellos, pues, emprendí, en principio con poco convencimiento, la búsqueda de editor. Comencé -por aquello de que siempre conviene poner las miras bien altas, que para bajarlas siempre hay tiempo- por el sello que más admiro entre los que se ocupan del peculiar género de los "libros sobre libros": Trama Editorial. Un catálogo en el que figuran editores como Diane Athill, Giulio Einaudi y Jean-Jacques Pauvert o autores/lectores como Robert Darnton y Bernard Pivot es, para un bibliómano, algo así como la tierra prometida. Para mi monumental sorpresa -y grandísimo deleite- no solo aceptaron mi propuesta de inmediato, sin que ¡resultó que hasta conocían mi blog! El resto, lector, es historia.


Una pequeña muestra del catálogo de Trama Editorial


Es así como hemos llegado hasta aquí y hoy nos encontramos en vísperas de que El síndrome del lector se distribuya en librerías. ¿Por qué no haber conservado el título del blog?, se preguntarán tal vez. Es que este Síndrome no es simplemente una recopilación de entradas blogueras. Los artículos, además de rigurosamente seleccionados (apenas cincuenta), han sido revisados -a veces casi rescritos- y ordenados en varias categorías temáticas. Creo que, de este modo, conforman un libro que podrán leer también los que no sepan nada del blog y se acerquen a él movidos únicamente por un interés de lector letraherido. Pero, en fin, hay que dejar que las obras hablen por sí mismas.
Como les digo, me siento afortunada de haber encontrado un excelente editor para mi pequeño libro, y aún más de tener un prologuista de lujo como Lorenzo Silva, que con una enorme generosidad no dudó un instante en aceptar la petición de presentarlo en sociedad. Mi gratitud a todos ellos, así como a todos los lectores que a lo largo de estos años han pasado por aquí, han leído y han comentado. Son ustedes, cómplices en la lectura, los que han mantenido vivo este blog.
¡Espero que se reconozcan, al menos un poco, en este Síndrome del lector!


martes, 14 de marzo de 2017

RECUERDOS DE LECTURA


"Ah, sí, ese libro ya lo he leído. Fue en..." Y comienza el viaje en el tiempo, torbellino de imágenes y de momentos. Dicen que lo importante de un libro es su contenido, pero si pretendemos evocar lo leído es imposible desvincularlo del cuándo, el dónde y el cómo. Proust, que era un maestro en esto de hacer memoria, tiene un bello volumen, Sobre la lectura, que retrata magistralmente el fenómeno:

"Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venia a invitarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a llevar y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capítulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más precioso para nosotros, que aquello que leíamos entonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo."



Los que no somos Proust, y carecemos de esa extraordinaria capacidad para evocar memorias, ¿cómo recordamos nuestras lecturas? De ciertos libros, resulta que lo he olvidado todo: sin duda no eran memorables, o no lo fueron para mí.  De otros, me resulta difícil recordar el título, y sin embargo mantengo fresco en la memoria tal o cual personaje. A veces, sé muy bien cómo era el volumen en cuestión -"una cubierta verdosa", "un libro en tapa dura", "papel amarillento"-, pero otros rasgos de lo que narraba se me han difuminado. (Un olvido especialmente grave, pero muy frecuente, cuando se trata de novelas policiacas. Tengo tendencia a olvidar quién era el asesino, lo que tal vez me permitiría volver a leerlas con la misma expectación que la primera vez.)
Los libros que nos han impresionado profundamente suelen permanecer fijados en la memoria. Son los hitos de tu itinerario lector. Otras veces su permanencia no es debida a los méritos del autor, sino a que, justamente, lo leíste en un momento muy especial. Porque fue tu lectura de cabecera durante aquel viaje tan maravilloso, porque lo llevabas en la mano el día que conociste a X, porque lo tenías a medias cuando te dieron esa mala noticia (y nunca llegaste a terminarlo, era demasiado doloroso)...
Si los seres humanos como especie somos memoria -tal vez es precisamente la memoria lo que nos hace humanos-, la identidad de los lectores está inextricablemente unida a los miles de argumentos, de personajes, de imágenes, de tipografías, al tacto de las cubiertas y el olor de las páginas, a la luz que caía sobre ellas, a los sonidos que te rodeaban -los tañidos de las campanas de que evoca Proust en su libro-, al sillón que te cobijó o a la mano que te arrancó de tu ensueño lector. Vida y lectura, inseparables.

sábado, 4 de marzo de 2017

POESÍA EN EL CINE



Como todos los internautas que tienen a bien pasarse por estas páginas saben bien, este blog habla ante todo de lectura y de libros. Es -esa fue siempre mi intención al menos- un espacio para frikis de la lectura. Aunque es evidente que ni mi vida ni (probablemente) la de mis lectores se compone exclusivamente de lectura. Hay otros muchos campos que me interesan, y a los que dedico parte de mis horas libres, como el arte, la música o el cine, intereses que no suelen tener cabida aquí. Sin embargo, de vez en cuando surge esa rara conjunción, una afortunada simbiosis entre dos de ellos. Y en casos así, tan singulares como infrecuentes, creo que está justificado que los lectores curiosos que conforman el público de este blog tengan noticia de ello.
El cine es por lo general un buen lugar para este tipo de confluencias. Pero ojo: hay infinidad de películas que tienen como protagonista a un artista o a un escritor, pero muy pocas que sepan retratar de forma realista cómo se desarrolla la actividad creadora, ni cuál es el lugar de la literatura en su vida. Así, topamos a menudo con el tópico del genio poseído por alguna musa, que sumido en el afán creador olvida todo lo demás (por supuesto, ni trabaja ni come, aunque a menudo bebe, si se trata de alcohol) o con el escritor famosísimo que, ¡milagro!, no parece dedicarse nunca a la escritura, ocupado como está en líos amorosos a ser posible complicados.  


En Before Sunset, Ethan Hawke es un escritor... que hace poco más
que firmar libros. Nos encanta asistir a sus largas conversaciones con
Julie Delpy, pero la verdad es que podría ganarse la vida de cualquier otra cosa.

Por eso mismo, hay que saludar con alborozo una película que, por una vez, muestra a un creador modesto, sencillo y desconocido, que es capaz de compaginar su escritura con una vida, en apariencia, trivial. Que es capaz de infundir en las monótonas actividades cotidianas de su protagonista un profundo sentido poético, y de trasladárselo al espectador. Estoy hablando, por si no lo han adivinado aún, de la espléndida Paterson, la obra más reciente de Jim Jarmusch. Lectores todos: si aún no la han visto, apresúrense a verla. Eso sí, sepan que no hay acción ni persecuciones, no hay dramas tremebundos ni amores imposibles, no hay paisajes impactantes ni mansiones que quiten el hipo. No vayan a verla, se lo ruego, con una bolsa de palomitas. Déjense seducir por el encanto de la película, por el sutil humor de sus situaciones, por los poemas que escribe ese tal Paterson, conductor de autobús de profesión. Un film para paladear y para disfrutar. Por una película así no tengo reparo en saltarme mis propias normas y, por una vez (bueno, alguna  otra también), hablar de cine. Por todo esto y porque en ella aparece uno de los poemas que más me gustan de William Carlos Williams. Como aperitivo, ahí va, en versión original y traducida:

This is just to say

I have eaten
the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold

Solo para decirte

que me he comido
las ciruelas
que había
en la nevera

y que
probablemente
guardabas
para el desayuno

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías

(Versión castellana de Matilde Horne y Carlos Manzano)


Jim Jarmusch (Foto Chrysoula Artemis)
A películas como esta no les dan el Oscar. Pero si por mi fuera, lo tendría.

viernes, 17 de febrero de 2017

MI LIBRERÍA IDEAL

Hatchard's, en Londres

Las redes sociales nos bombardean con listas de todo tipo, la mayoría de ellas absurdas, algunas curiosas y otras más o menos interesantes (según sean los intereses de cada cual, claro). Como bibliómana que soy,  no tengo otro remedio que fijarme en todas aquellas que se refieren al mundo de los libros: las bibliotecas más hermosas, los 10 mejores libros de tal o cual tema/género (ya que estamos, aprovecho para confesar que yo misma incurro a veces en la confección de listas de este tipo, sólo tienen que ir a la web de El Buscalibros si quieren verlas), las librerías más espectaculares o más pintorescas de tal ciudad/tal país/el mundo mundial... No negaré que me guste ver hermosas bibliotecas -aunque muchas aparecen en estas listas más por lo valioso u original de su arquitectura que por su contenido libresco- y por supuesto una agradece que las librerías se encuentren en locales bien iluminados y con una bonita arquitectura. Pero, francamente, no es eso lo que yo le pido a una librería. Se habla mucho de "la muerte de las librerías", de que la compra online está acabando con las librerías físicas. Pero si yo sigo frecuentando librerías, y comprando en ellas, es porque me ofrecen algunos alicientes que internet no es capaz de imitar.
Ante todo, vaya por delante que para mí un "comercio que vende libros" no es automáticamente una librería. Demasiado a menudo algún conocido se queja de que ha ido a buscar tal o cual título en la librería de XXX (póngase aquí el nombre de alguno de esos almacenes de libros que tanto despachan a Proust como unas zapatillas de deporte o un pintalabios) y ha tenido que salir sin él. Mi respuesta, invariablemente, es "Es que eso no es una librería, es un lugar donde venden libros". Una diferencia sutil, pero esencial. Una librería vende libros, faltaría más, pero eso no basta para que uno se cuelgue el cartel de librería. Así pues, ¿qué requisitos debe reunir mi librería ideal? Posiblemente no todos los lectores compartan mis gustos y mis manías, de modo que lo que sigue debe considerarse como una particular carta a los reyes de una lectora voraz.




El más importante: debe ayudarme a hacer descubrimientos. Para mí, eso no quiere decir simplemente exponer en lugar bien visible las últimas novedades editoriales. Eso se da por supuesto. Además, aunque es imposible estar al tanto de todo, si uno sigue unas cuantas revistas literarias y vigila lo que se cuece en las editoriales (algo muy sencillo en estos tiempos de Facebook e Instagram), puede estar razonablemente informado de qué es lo último de tal autor relevante, o de qué nuevos talentos parece que despuntan en el panorama literario. La buena librería -debería decir mejor "el buen librero", en este oficio que depende tanto del criterio personal- debería ayudarme a descubrir lo que yo ignoro que existe o, más importante aún, ayudarme a establecer vínculos entre libros aparentemente inconexos. Más que concentrarse en vender libros, la librería debería hacer propuestas de lectura; cuanto más variadas, mejor. Un magnífico ejemplo de esto podría ser la librería Compagnie de París y sus escaparates temáticos: el librero ofrece al lector un variado ramillete de libros en torno a un tema, que va cambiando cada mes. Allí hay de todo: ensayo, ficción, autores clásico, autores oscuros. De repente, te ves rodeado de obras en las que nunca hubieses pensado a priori y es inevitable que al menos algunas despierten tu curiosidad.


Un escaparate dedicado nada menos que al silencio. Irresistible.

A lo mejor nunca habías pensado en ese tema, pero te parece atractivo; o se trata de un tema que siempre te ha interesado, y te sientes agradecidísima de que alguien haya rebuscado por ti en los catálogos y te ofrezca un ramillete de propuestas. En cualquier caso, un librero capaz de ofrecerme libros que de otro modo hubiesen caído fuera de mi radio de atención tiene garantizada mi gratitud eterna.
También una organización clara, pero no rígida, es muy loable. Si busco un libro concreto, me gusta poder encontrarlo por mis propios medios -sin tener que pedir socorro a nadie-, pero me gusta también que me sorprendan un poco. Digamos, por poner un ejemplo, que dentro de la sección de Biografías hayan establecido un apartado dedicado a obras en torno al Holocausto. Eso me permitirá encontrar lo que busco y tal vez encontrar algo que no sabía que buscaba.
Otro requisito que le hace ganar puntos en mi consideración a una librería es que ofrezca libros tanto nuevos como viejos. Sé que los libreros no tienen ninguna culpa en ello, pero los editores tienen la manía de no reeditar infinidad de obras relevantes. La única manera, entonces, de disponer de un fondo suficientemente rico es recurrir a los libros de segunda mano. A mi modo de ver, eso tiene la ventaja adicional de ofrecer una variedad de diseños, encuadernaciones y texturas (¡y precios!) que sin duda todo bibliómano agradece. Y es asimismo un aliciente para la compra: mientras que de un libro reciente sabemos que, si alguien compra ese ejemplar antes que nosotros, siempre se puede pedir otro, del libro viejo siempre queda la duda de si podremos volver a encontrarlo, por lo que hay que apresurarse a hacerse con él.
Naturalmente, es estupendo si la librería cuenta con algún sillón donde sentarse y hojear los libros, o tal vez un agradable café donde restaurar energías o quedar con un amigo lector. Las actividades como presentaciones, talleres y demás son un motivo para dejarse caer por allí y desde luego ayuda si los libreros son simpáticos y saben su oficio. Aunque, si he de ser sincera, yo a la librería voy por los libros. Lo demás son bonitos añadidos, pero puedo pasar sin ellos si encuentro todo lo demás.
Por suerte para mí, esta librería ideal existe. Es más, tanto en mi propia ciudad como en otras que he visitado, he podido encontrar libreros que saben cómo hacer su trabajo, que es nada más y nada menos que seducir al lector. Sedúzcanme. Si saben hacerlo bien, soy toda suya.

domingo, 5 de febrero de 2017

REFUGIADOS



La literatura no es un lugar donde perderse, es un lugar donde encontrar. A los que pasamos buena parte del tiempo con la nariz metida en un libro se nos acusa a veces de evadirnos, de no estar en contacto con la realidad. Pero sucede lo contrario: gracias a las historias que leemos -historias reales o ficticias, qué mas da- somos capaces de vivir en la piel de otros y de compartir experiencias muy distintas a las nuestras, ya tengan lugar a varios siglos de distancia u hoy mismo, a sólo unos kilómetros de los confortables sofás donde pasamos la tarde leyendo. Así, podemos empatizar con los sentimientos de personas cuya trayectoria vital es tal vez muy distinta a la nuestra. Sabemos que esos "otros" que pueblan los libros podríamos fácilmente ser nosotros.
En momentos como el actual, en que la extrema injusticia se alía perversamente con la ceguera -o la locura- colectiva, quiero creer (déjenme al menos ese magro consuelo) que la literatura es capaz de enseñarnos algo.
Los libros de historia hablan mucho de batallas, de tratados políticos, de estrategias y de alianzas. No tanto (a veces muy poco) de lo que les sucede a las personas corrientes, ni del paisaje después de la matanza. Mientras que la guerra, aunque cruel, tiene su aspecto épico, heroico, las secuelas de la guerra son un tema poco grato. Para los que las sufren, porque preferirían pasar página cuanto antes. Ya que han sobrevivido, buscan mejorar su situación, no permanecer anclados en ella. Para los testigos, porque las pobres gentes que malviven en sótanos o agujeros, los niños harapientos bajo la nieve o las madres de familia que se prostituyen por un pedazo de pan que llevar a casa no son un espectáculo edificante. Y cuando se acaba de pasar una guerra, lo que el público pide son historias que les levanten la moral. No es extraño, por ejemplo, que sobre la inmensa zona devastada que era la Europa de 1944 se haya escrito bastante poco; casi nada, si lo comparamos con los centenares de volúmenes dedicados a la guerra que le dio origen. Una de las obras más esclarecedores en este sentido es Europa en ruinas, una recopilación de testimonios presenciales de los años 1945-1948. Hans Magnus Enzensberger, su seleccionador, justifica en su prólogo la escasez de artículos y estudios contemporáneos sobre el tema: “No solo había quedado devastado el entorno físico, sino también la capacidad de percepción” de los europeos. Hoy, esa incapacidad para tender la mano al que lo necesita, de conmovernos de verdad -que quiere decir hacer algo al respecto- parece haberse apoderado de todo el mundo occidental. Así, que, modestamente, quiero recordar algunos de esos fragmentos escritos en el pasado que nos hablan también del más inmediato presente:




Dice Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:
“El drama de los sin derechos no es que se vean privados de su vida, de su libertad y de la búsqueda de la felicidad, o que carezcan de igualdad ante la ley y de libertad de opinión -fórmulas que se acuñaron para resolver problemas dentro de comunidades determinadas- sino que ya no pertenecen a ninguna comunidad […] Su problema no es que no sean iguales ante la ley, sino que para ellos no hay ley.”

(A Arendt, de orígenes judíos, le fue retirada la nacionalidad alemana por los nazis en 1937 y fue apátrida hasta 1951, en que consiguió la nacionalidad estadounidense.)

Keith Lowe, en Continente salvaje, resume así la situación de los desplazados en Europa en 1945:

"Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. [...] Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos."





Marisa Madieri, por su parte,  recuerda en Verde agua su primera impresión al entrar en el Silos, un antiguo depósito de cereales en el que alojaron a las familias italianas expulsadas de Fiume.


"Entrar en el Silos era como entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio. De los box se elevaban vapores de cocción y olores disparatados, que se unían hasta formar uno intenso, característico, indescriptible, una mezcla dulzona y rancia de olor a sopa, a coles, a fritos, a sudor y a hospital. De día, viendo de la intensa luz exterior, no resultaba fácil acostumbrarse a la débil luz artificial del interior. Sólo al cabo de un rato se distinguían los perfiles de cada box y se daba uno cuenta de la disposición compleja y articulada del tenebroso poblado estratificado y de incesante ir y venir de personas que se movían por sus calles y por sus encrucijadas."



En Nápoles 1944, Norman Lewis cuenta sus experiencias cuando, como miembro del Servicio de Inteligencia británico estuvo destacado en la ciudad devastada:

"Es asombroso presenciar las luchas de esta ciudad tan destrozada, con tanta hambre, tan despojada de todo cuanto justifica la existencia de una ciudad, para adaptarse al hundimiento en unas condicions que parecen de la edad de las tinieblas. La gente acampa como beduinos en desiertos de ladrillo. Escasean los alimentos y el agua y no hay sal ni jabón.  Muchos napolitanos han perdido en los bombardeos cuanto tenían, incluida casi toda la ropa, y he visto por las calles extraños atuendos, como por ejemplo a un hombre con un viejo esmoquin, pantalones bombachos y botas militares y a algunas mujeres con prendas de encaje que podrían haber confeccionado con cortinas."



Nápoles, 1944. Con unos pocos cambios, podría ser Aleppo, 2017

Françoise Frenkel, una judía polaca que fue detenida al intentar cruzar ilegalmente la frontera franco-suiza en 1941, reproduce en su libro de memorias Rien où poser sa tête su conversación con uno de los gendarmes que la custodiaban:

"   --Yo no había visto judíos nunca antes. Son gente como los demás. Pero los que pasan por aquí pretenden cruzar la frontera sin pedir ni siquiera visado. Así que les devolvemos al lugar de donde venían. Y vuelven a intentarlo. Son tozudos como mulas. Entonces los detenemos y los encarcelamos. Desde hace unos meses, todo esto nos da mucho trabajo. Nunca antes habíamos tenido tanto... compréndalo, los judíos tanto nos dan, pero que se queden donde estaban. Con su manía de venir a la frontera, nos obligan a estar movilizados día y noche. Lo digo sin rencor, señora.  
     Tamaña ignorancia rayaba en la inconsciencia. Ni siquiera intenté explicarle los hechos. No hubiese servido de nada."


Basta con sustituir unas situaciones por otras y resulta fácil acercarse al drama que vive ahora mucha gente que, como los europeos hace pocas décadas, se encuentran de pronto despojados de todo y  obligados a dejar su hogar. Que los hijos y nietos de los refugiados de entonces no sean capaces de una mínima empatía con estas personas debería ser un bochorno para todos nosotros. Tan ricos, tan cultos, tan miserables.