John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 16 de diciembre de 2014

RESCATA UN LIBRO POR NAVIDAD


Instalación de José Ignacio Díaz de Rábago, a partir de libros desechados de bibliotecas

Se supone que las Navidades son esa época del año en que uno se siente lleno de buenos deseos. Hora de hacer el bien y de ayudar al prójimo (la prueba, los continuos asaltos que sufrimos por la calle y en nuestros hogares para que contribuyamos a las más diversas causas). Hay obras benéficas para todos los gustos: ayudar a los ancianos, a los niños, a los afectados por un tifón, a los que padecen enfermedades raras, a los animales... de modo que, si son lectores y el espíritu navideño ha calado en ustedes, ¿por qué no rescatar un libro? Encima, no les costará ni un céntimo. Y el beneficio obtenido puede ser enorme.
He de decirles que yo misma lo ignoraba todo acerca de esta "operación rescate" hasta hace muy poco. Gracias al blog de una simpática bibliotecaria he podido saber que, ante la escasez de espacio, muchas bibliotecas se ven obligadas a hacer limpiezas periódicas. Y que el criterio empleado para eliminar (eufemismo para mandarlos al vertedero o a la destrucción) los volúmenes sobrantes es ni más ni menos el tiempo que hace que ese ejemplar no se presta. Ergo, cuanto más tiempo lleva un libro sin ser pedido en préstamo, más posibilidades tiene de acabar en la basura. Así, es inevitable que se pierdan obras fuera de circulación por el simple pecado de que el autor ya no está de moda -¿es preciso recordar que muchos autores hoy respetados perdieron durante años el favor del público, para ser recuperados tiempo después con honores?-, de que el tema es minoritario, o cualquier otro motivo banal. Muchas veces, incluso, el problema es de comunicación. No se pide un libro porque nadie nos ha hablado de él, y no se habla de él porque, como no está en el mercado, casi nadie lo ha leído. Un pez que se muerde la cola. Bien, pues algunos bibliotecarios heroicos se lanzan a la tarea de rescatar estos libros condenados, y piden en préstamo aquellos ejemplares que más olvidados están en sus estanterías.
Creo, queridos bibliómanos, que esta es una empresa que merece que todos nos volquemos en ella. De modo que les propongo que estas Navidades rescaten un libro: vayan a su biblioteca y pidan en préstamo a uno de estos pobres olvidados. Por si les da pereza, se lo voy a poner aún más fácil. Sin romperme la cabeza, he podido detectar unas cuantas obras realmente notables que hace años que están desaparecidas del mercado y que sólo se pueden encontrar en bibliotecas o -con suerte- en alguna librería de segunda mano. Ahí van mis sugerencias, todas calurosamente recomendadas:
 
 
 
 
Jürgen Thorwald-El siglo de los cirujanos
Un "must" para aficionados a la historia de la medicina, y para médicos, por supuesto. Después de leer esta amenísima historia de la cirugía y de saber cómo eran hace un siglo o dos los teatros de operaciones, cómo se descubrió la anestesia o conocer el difícil camino de la introducción de la asepsia, uno está más contento que nunca de vivir en el siglo XXI. Yo lo pondría como lectura obligatoria de cultura general. (Por cierto, este es uno de esos libros tan solicitados, que uno puede ganarse sus buenos dinerillos vendiendo su ejemplar de segunda mano, vean la cotización en Iberlibro.)


 
 
Henry Miller-Los libros en mi vida
Resulta  del todo incomprensible que una obra de un autor tan conocido como Miller esté requetagotada desde hace tanto tiempo. Por no estar, ni siquiera está entre los fondos de las Bibliotecas de Barcelona y provincia (¿quizás ya ha sucumbido al celo destructor?), de modo que ya lo saben los lectores barceloneses: este no es un libro que puedan rescatar. Aunque sí se lo recomiendo como lectura, pues se puede conseguir de segunda mano por un precio muy razonable.


 

Maxim Gorki-Días de infancia
Primer volumen de una autobiografía de las más impactantes que he leído, es otro caso incomprensible de desaparición del mercado de un libro que debería ser de esos clásicos de fondo que nunca pasan de moda. (Me ha gustado ilustrarlo con la cubierta de esta vieja edición: como verán, está dentro de la colección "Joyas literarias", que es lo que es.)




Shirley Jackson-La lotería
Por fortuna, esta autora, tan interesante y tan poco conocida en nuestro país, empieza a ser recuperada. Sin embargo, nadie se ha atrevido aún a rescatar este volumen que contiene los mejores relatos de Jackson, entre ellos "La lotería", que en Estados Unidos es de lectura obligada en muchos colegios. Rescátenlo ustedes si lo encuentran (que no es nada fácil, parecería que a esta obra se la ha tragado la tierra) en la biblioteca. Y no dejen de leerlo. (¿Alguien puede resistirse a un subtítulo como "Aventuras del amante diablo"?)

Hagan su buena obra de esta Navidad, rescaten un libro. No sólo harán un gran favor a la cultura, sino que seguramente descubrirán alguna joya escondida. Ya me contarán.

[Y una sugerencia para los esforzados bibliotecarios: ¿por qué no elaborar una lista de esos libros tan poco pedidos y que, sin embargo, merecerían una oportunidad? Los lectores, seguro, lo agradecerían.]

jueves, 11 de diciembre de 2014

LIBROS TRANSPORTABLES

 
 
Los humanos tendemos a creer que lo hemos inventado todo. Parecería que ninguna generación anterior a la nuestra sabía cómo organizarse, cómo hacerse la vida más fácil, cómo comportarse. Y cuanto más lejos miramos en el tiempo, más se acentúa esta sensación de superioridad. ¿El siglo XIX? Unos pacatos. ¿El Renacimiento? Mucho arte, pero seguro que no se bañaban cada día. ¿La Edad Media? Eso ya es de risa, tiempos de oscurantismo e ignorancia... Sólo que si bajamos por un instante de nuestra atalaya, en cuanto nos aproximamos con la mente un poco abierta al pasado, todas estas presunciones empiezan a desmoronarse.
Los libros, por ejemplo. Pobrecillos los antiguos, que no conocían el libro de bolsillo, esa invención democratizadora del siglo XX que le permite a una echarse un volumen tranquilamente en el bolso para leer durante un viaje. Pero acerquémonos un poco más. Tal como revela el Daily Mail, la Universidad de Leeds ha descubierto entre sus volúmenes preciosos un "libro de libros". Encargado en 1617 por un acaudalado miembro del Parlamento, William Hakewill, como regalo para un amigo, el artefacto consiste en un libro tamaño folio, encuadernado en cuero, que al ser abierto revela ser una caja de madera dividida en estantes que contienen cincuenta libritos encuadernados en vitela con letras y cantos dorados. En la cubierta, exhiben un ángel leyendo un pergamino que reza "Gloria Deo". Vean qué belleza.




Una auténtica biblioteca ambulante. Que debió triunfar, porque el mismo personaje se hizo hacer tres más iguales a ésta en los años siguientes. Los pequeños libritos, impresos tan primorosamente como encuadernados contienen todo lo que una persona amante de la cultura clásica podía necesitar, e incluía un práctico y bello índice, para facilitar aún más las cosas: teología y filosofía, historia y poesía. Cicerón, Séneca, César, Suetonio, Virgilio, Horacio...




Muchas horas de lectura, suficiente para cualquier viaje, incluso los de la época, que se prologaban bastante más que los actuales.
Cierto que ahora podemos cargar todo esto en nuestro Kindle e ir más ligeros. Pero no me negarán que en cuanto a belleza los jacobitas nos llevan la delantera.
En el mismo artículo citado, los responsables de la biblioteca donde se aloja hacen notar que el "libro de libros" en cuestión no es mucho mayor que un iPad (me temo que, oportunamente, omiten mencionar que es algo más pesado). Lo que sí llama la atención es lo mucho que recuerda esta mini-estantería a la estantería virtual de Apple.





No somos tan originales como creemos, no.

martes, 2 de diciembre de 2014

LOS LIBROS COBRAN VIDA

 
 Hace muchos años, cuando empezaba a construirme lo que se llama "una biblioteca" (un empeño que en verdad creo no haber culminado nunca, por más que mi casa esté tapizada de libros), me molestaba bastante que me pidieran algún libro en préstamo. Ya sabemos que hay pocas probabilidades de que ese libro regrese a tus manos. En efecto, muchos de esos libros prestados tan "a contracorazón", como dice la expresión francesa que mejor refleja una situación así (sientes la falta del libro como si de un ser querido se tratase), no los volví a ver jamás. Por supuesto, otros ocuparon su lugar. Pero, al contrario de lo que sucede con los hijos, uno no quiere a todos sus libros por igual. Están los favoritos -aquel libro que has releído tantas veces que  ya forma parte de ti, ese otro que es tan bello que su presencia te enamora, o el pequeño y humilde que te inspira ternura precisamente por eso-, los despreciados -a veces porque su contenido te ha decepcionado; otras, porque te recuerdan un momento doloroso, o te los regaló alguien a quien ya no quieres; o, simplemente, porque la cubierta es feísima, el papel malo y la letra fea y chiquitaja, un horror-, y entre medio una gran masa de libros anodinos, en los que no piensas nunca, a no ser que alguna remota casualidad los traiga a primera línea. Quiero decir con esto que los libros, una vez pasan a ser tuyos, adquieren rápidamente cualidades humanas. Y me refiero al objeto libro en su totalidad: a su contenido, pero también a su apariencia física, a su autor tanto como al diseño tipográfico. Como las personas, los hay con un corazón de oro bajo una apariencia poco agraciada, junto a bellezas cautivadoras sin alma. Cuanto más tiempo han convivido contigo los libros, más responsable te sientes de ellos y más humanos te parecen. Son como amigos -a  veces íntimos, a veces simples conocidos- a los que te has habituado a ver cada día.  
 
 
 
Por eso cuesta tanto deshacerse de ellos -bueno, a veces has hecho un sacrificio y has prescindido de los más antipáticos, al fin y al cabo nunca te cayeron muy bien-, por más que las dobles filas o las pilas por los rincones te hagan la vida difícil. Aún peor, en el caso de los más amados incluso has llegado a pensar quién se hará cargo de ellos el día que faltes. Aunque la experiencia te dice que las bibliotecas se dispersan y el futuro de tus libros, cuando no estés para velar por ellos, se anuncia bastante negro.
Por eso, porque me parece sentir el latido de sus corazoncitos, todos guardando fila en sus estantes, he tomado una decisión. Voy a sacarlos a pasear. La mayoría, pobrecillos, se pasan ahí los años, muertos de asco, sin que nadie les haga caso. Para uno que sale a veces de su agujero, a fin de ser releído o consultado, otros cientos languidecen sin que un alma los abra o los acaricie. Como todos los planes, tiene sus peligros: quién sabe si, una vez vean el mundo que hay más allá, querrán volver a mi biblioteca. Pero voy a arriesgarme. Ellos, los libros, lo merecen.
Ya les contaré qué tal me va.
  
No, no es esto lo que tengo yo en mente...
 [Continuará.]

miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL ARTE DE LA SOLAPA

(Foto Ángel Manso/La Voz de Galicia)

Entras en una librería. Como tú, hay varias personas más mirando las mesas de novedades. Todos, más o menos, hacen lo mismo: deambulan parándose aquí y allá cuando un libro les llama la atención, quizás porque conocen a su autor, les suena el título o, simplemente, porque la cubierta les ha parecido atractiva. El siguiente paso es cogerlo y leer el texto de solapa -hoy en día, más bien "texto de contra", porque la mayoría de editores ha optado por ubicar ahí los textos explicativos acerca del contenido, dejando para la solapa, si la hay, la biografía del autor- y sólo si este último les ha interesado lo suficiente se deciden a hojearlo. Con pocas variaciones, éste es el camino por el que el futuro lector accede al libro. Queda claro que el texto de solapa es importantísimo, una pieza clave no sólo de la mercadotecnia editorial, sino ante todo de la comunicación entre el editor y el lector. Pero ¡qué pocos textos de solapa cumplen bien su cometido! Los hay largos y enrevesados, cuya lectura deja exhausto y hace que sólo los más osados persistan en el empeño de leer la obra; otros, por el contrario, tan lacónicos que le dejan a uno sin saber de qué va el libro. Otros más -no es tan frecuente en el ámbito hispano, pero sí en el francés, por ejemplo- se limitan a reproducir un párrafo del libro; bien elegidas, y para la obra adecuada, esas breves líneas pueden despertar el apetito del lector, pero en muchas ocasiones sólo provocan perplejidad: se queda uno sin saber de qué va eso, si estamos ante una historia tremebunda, un romance o las divagaciones de un intelectual de la Rive Gauche.
 
Para muestra, una solapa críptica
al más puro estilo francés
 
Esto, si hemos tenido suerte. Si no, puede ser que caigamos en algo peor, ya sea la solapa llena de tópicos -"Una vigorosa novela de acción y amor" (copia textual de la solapa del último Premio Planeta), "No podrás dejarla", "Un explosivo cóctel de suspense y terror"- o la que directamente destripa medio argumento.  Y es que, por desgracia, se está perdiendo (¿se ha perdido ya?) el arte de la solapa. Roberto Calasso, gran editor y escritor a su vez, trazó en el prólogo a su libro Cien cartas a un desconocido -un precioso título que contiene una recopilación de solapas de los libros publicadas por su editorial, Adelphi- las líneas principales de lo que debe ser una solapa:
"En esa estrecha jaula retórica [la que ofrece la solapa], menos esplendente pero no menos severa de la que puede ofrecer un soneto, se trataba de decir pocas palabras eficaces, como cuando se presenta un amigo a un amigo. Superando ese leve embarazo que existe en todas las presentaciones, incluso, y sobre todo, entre amigos. Respetando, al mismo tiempo, las reglas de la buena educación, que imponen no subrayar los defectos del amigo presentado. También existía, en todo esto, un desafío: se sabe que el arte del elogio preciso no es menos difícil que el de la crítica inclemente. Se sabe, también, que el número de adjetivos adecuados para elogiar a los escritores es infinitamente menor que el de los adjetivos disponibles para alabar a Alá. El carácter repetitivo y las limitaciones son parte de nuestra naturaleza. Después de todo, nunca conseguiremos variar demasiado los movimientos que hacemos para levantarnos de la cama."
Para Calasso, que durante muchos años escribió los textos de solapa de todos los libros que publicaba, esas líneas eran "la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que le han llevado a escoger un libro determinado". Es decir, un diálogo entre el editor y el lector. Más que vender un producto, lo importante para él es explicarle al lector por qué ha elegido, entre los cientos de posibilidades que se ofrecían, publicar ese libro y no otro. Porque, para un verdadero editor, cada libro es una muestra del propio gusto literario, en cada obra se retrata, así sea en pequeña medida. Y confía en encontrar entre el público lectores que sientan lo mismo que él.
Parece de cajón que la solapa de un libro la debe escribir aquella persona que ha apostado por él, que lo ha leído atentamente, que ha colaborado a que vea la luz. Mas ¡ay! estamos lejos de este ideal. Hoy en día las más de las veces la elaboración de la solapa se le encarga a algún redactor. Que, si es profesional y le dan el tiempo suficiente, es posible que se lea el libro. Si no, ni siquiera eso: se conformará con recoger algunas directrices del departamento de marketing y en espigar cuatro frases de un informe de lectura. Por eso, tantas veces, al terminar la lectura de una novela me he preguntado: el autor de la solapa ¿habrá leído el mismo libro que yo?

 
 
 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

LEER EN TIEMPOS DE AFLICCIÓN



Evitamos pensar en ello, pero la muerte es una realidad de la que resulta imposible escapar. La idea de nuestra propia mortalidad es difícil de digerir, pero al fin y al cabo, una vez desapareces -cuando te conviertes "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada", como decía Góngora- qué más da todo. Lo verdaderamente duro es la muerte de los demás, de aquellos a quienes amas. Nada, ni la enfermedad más larga, ni el diagnóstico más sombrío, te prepara nunca para eso. Te enfrentas entonces al abismo, a un inmenso vacío imposible de llenar. Este dolor, este largo proceso de duelo es además totalmente individual, incomunicable. Es un camino que sólo tú puedes hacer. Como dice Julian Barnes "es banal y a la vez único". Cuando Barnes perdió a su mujer, Pat, hace unos años, quedó devastado. Llegó a pensar en el suicidio. Afortunadamente, recordó a tiempo que si él también moría, morirían con él los recuerdos de la vida conjunta de ambos, del amor, de la complicidad. Debía vivir, pues, para que ella siguiera viva, aunque fuese sólo en su memoria. Y para escribir un libro como Niveles de vida, una obra sobre el dolor y la pérdida estremecedora y memorable..
 
 

"Si ella estaba en algún sitio era dentro de mí, interiorizada. Esto era normal. Y era igualmente normal- e irrefutable- que no podía matarme porque entonces también la mataría a ella. Moriría por segunda vez, y mis luminosos recuerdos de ella se perderían en la bañera enrojecida. De este modo, al final (o, por el momento, al menos) quedó zanjado el asunto. Y también la cuestión más amplia, pero relacionada: ¿cómo voy a vivir? Debo vivir como ella habría querido que viviera."

Tal como dice Barnes, los amigos pueden tener la mejor voluntad del mundo, pero a menudo no son la solución. Unos son demasiado solícitos, otros se empeñan en rehuir hablar del fallecido,  otros se muestran demasiado prácticos ("Te conviene hacer esto o lo otro"). Y el afligido no sabe lo que quiere o necesita, pero sí sabe lo que no. En palabras de otro doliente, C.S. Lewis: 

“Percibo cómo los demás, cuando se aproximan a mí, intentan decidir si me 'dirán algo sobre eso' o no. Odio que lo hagan, y odio que no lo hagan."


 
Para momentos así están las lecturas donde otro ser humano, con un dolor seguramente muy distinto y en una época también distinta, ha volcado su trayectoria por "los trópicos de la aflicción". Como lo hace Julian Barnes, como lo hizo C.S. Lewis en Una pena en observación, o Joan Didion en El año del pensamiento mágico. Lecturas que ayudan, que acompañan. Escritores que tienen el don -valiosísimo para los que se debaten en un dolor que cuesta explicar- de darle voz a la pérdida. De darnos la mano para atravesar ese territorio oscuro y desconocido.
 
"La aflicción resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que llegamos a él."

 
 

Una vez más, leer puede ser la salvación.


 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

VOCACIÓN Y OFICIO

 
 
Existe un dicho -de atribución dudosa- que reza algo así como "Ten cuidado con lo que deseas, porque lo podrías conseguir". Hasta que uno no tiene cierta experiencia vital, no se entiende bien la gran verdad que encierra. A primera vista, parece paradójico, si deseas algo y lo consigues, ¿no es estupendo? Pues no, porque la distancia entre deseo y realidad es enorme. Las cosas nunca son como las imaginábamos: el príncipe azul no es tan príncipe ni tan azul (a veces, resulta ser más bien una rana), la casa soñada tiene goteras y unos vecinos que arman un escándalo insoportable, el trabajo ideal se revela como monótono, o estresante, o viene con un jefe insoportable, o...
Si, cuando tenía quince años y mi mayor felicidad era pasarme el día con la nariz metida en un libro (lo sigue siendo, en esto no he cambiado), me hubieran dicho que toda mi vida profesional transcurriría rodeada, de un modo u otro, de ellos, habría saltado de alegría. ¡Mi mayor sueño, convertido en realidad! Bien, no diré que no tenga sus cosas buenas -en cualquier caso, es preferible a muchos otros trabajos-, pero ahora sé por experiencia que también en el mundo de los libros hay zonas oscuras, rincones de máximo aburrimiento, codazos, envidias, pozos de olvido y sapos que tragar.
 
Algo parecido le ocurrió a George Orwell cuando se metió a librero. Lo cuenta en un artículo titulado "Recuerdos de una librería", publicado en 1936 en la revista Fortnightly:

"Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].
La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas."

¡Pobre Orwell! Del paraíso a los clientes paranoicos y las moscardas muertas. Tengo para mí que no debe ser tan terrible ser librero, aunque seguro que los pobres tienen que aguantar lo suyo. Véase, como muestra, el libro Weird things customers say in bookshops, que recoge anécdotas a cual más hilarante.
Pero, en cuanto a deseos cumplidos y funestos, no conozco nada más estremecedor que el relato de W.W. Jacobs "La pata de mono". Le enseña a uno a tener mucho cuidado con lo que quiere alcanzar.



[La cita de Orwell está sacada del interesante blog Calle del orco, donde pueden encontrar muchas más.]


martes, 4 de noviembre de 2014

APRENDIENDO DE LOS LIBROS


Libros = cultura.
Toda la sabiduría está en los libros.
Leer es siempre provechoso.
Para aprender algo, nada hay como un buen libro...
Podría seguir citando frases en apoyo de la idea de que leer es aprender. Muy ciertas todas ellas, sin duda. Pero, ¿verdad que tanta sabiduría y tanta solemnidad producen un cierto sarpullido? Pues claro que todos los libros enseñan algo. Incluso los que no lo pretenden. Es más, a veces los que no tienen ninguna intención didáctica son los que resultan más informativos. En realidad, la idea de que sólo se aprende de las obras "sesudas", morales o didácticas es del todo errónea. Hay temas por los que yo nunca me interesaría, es decir, nunca se me ocurriría coger un tratado que hablase de ellos y que, sin embargo, si me los suministran bien envueltos en una historia bien contada, llegan a fascinarme. O, en el peor de los casos, a no molestarme en absoluto.
Para que lo entiendan, nada mejor que un par de ejemplos.
 


Los caballos y el mundo de las carreras
Verán, creo que sólo he montado dos veces en mi vida en uno de estos animales, y la segunda de ellas fue medio por obligación, por acompañar a mis hijos. En ambos casos se trataba de animales mansísimos que no iban más que al paso; en ambos casos, me pareció que eran unos bichos muy altos y la experiencia me hizo sentir de lo más insegura. Vaya, que el mundo de los equinos no está hecho para mí. Sin embargo, resulta que sé mucho de jockeys, de carreras y de purasangres. Y todo gracias Dick Francis, un señor inglés que escribe (escribía, ya murió) unos espléndidos thrillers que transcurren en ese entorno. Francis tiene además una historia personal digna de una novela. Sirvió en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, se convirtió luego en jockey profesional, ganó numerosas carreras y llegó a ser jockey para la Reina Madre durante varios años; en 1956, cuando montaba uno de sus caballos en el Grand National, el animal cayó inexplicablemente cuando Francis estaba a punto de ganar la carrera. Tras este fracaso, dejó la profesión para dedicarse a escribir. Y, casi de entrada, se convirtió en escritor de éxito. Durante 38 años, produjo una novela por año, unos thrillers llenos de acción y de detalles interesantes sobre la profesión de sus protagonistas (a menudo jockeys, pero también fotógrafos, expertos en gemología u otras especialidades). Por supuesto, no todos son igual de buenos, y todos responden a una fórmula bastante simple y previsible. Pero son invariablemente entretenidos y dinámicos. A lo largo de los años, he leído una buena parte de su obra y he aprendido de paso cosas que, encima, han tenido una utilidad inesperada. Como mis conocimientos acerca de los whiskies y su destilado, perfectos para ciertas reuniones sociales en que no hay mucho que decir. Todos ellos sacados íntegramente de una de las novelas de Francis, claro, pues no bebo whisky y en mi vida he visitado una destilería. Y, por supuesto, los caballos y su mundo no tienen secretos para mí.
 



La navegación a vela en la época de las guerras napoleónicas
Imagínense un título así. ¿Lo verían interesante? Si son apasionados de los veleros, quizás sí. Si, como yo, sólo han navegado de pasajero, ocasionalmente, y en barquitos de recreo, probablemente no. Hasta que descubrí a Patrick O'Brian, mi conocimiento de los veleros era de lo más rudimentario. Pero leí el primero -creo recordar que el "gancho" fue una crítica que decía que sus diálogos recordaban a los de Jane Austen- y quedé fascinada, aun cuando la mitad de lo que se decía (estaba, como todos, plagado de términos náuticos) me resultó incomprensible. Ahora, gracias a la portentosa serie de Aubrey y Maturin -al contrario de lo que suele ocurrir, la película es sorprendentemente buena, pero créanme si les digo que las novelas son mejores aún- he ampliado mucho mis horizontes náuticos. Sigo sin saber navegar, pero soy muy consciente de la importancia del trinquete, sé lo que es navegar de bolina o fachear y que la cangreja no es un animal marino, sino una vela que se iza en el palo de mesana. Esto y muchas cosas más, como que en un combate naval de la época, la mayor parte de las heridas se producían no a consecuencia de las balas de plomo, sino de las astillas que volaban por todas partes cuando estas impactaban en el barco. Leer a O'Brian, además de un goce literario, equivale a leer ese tratado de navegación del que hablábamos. Pasándolo, desde luego, mucho mejor.
 
Es necesario desechar la idea de que el aprendizaje sólo es válido si implica esfuerzo y aburrimiento. Cualquier buena novela nos hace aprender más sobre la naturaleza humana, la vida o la historia que muchas enciclopedias. Y, encima, es un placer. ¿Se puede pedir más?