John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

sábado, 19 de julio de 2014

PERSONAJES LITERARIOS, REUTILIZADOS

 
 
Uno de los aspectos más curiosos de la bibliopatía es constatar cómo la fiebre por uno u otro género va y viene de acuerdo a leyes insondables. Como todos los afectados por esta incurable enfermedad, soy bastante omnívora en cuanto a lecturas; pero mientras hay temporadas en que alterno géneros en rápida sucesión -o en plan lectura simultánea, que también-, hay períodos de sequía por lo que respecta a algún género. O todo lo contrario, meses en que mi dieta lectora se centra casi en exclusiva en uno determinado. Ahora, por ejemplo, después de casi todo un invierno sin abrir ni una novela policiaca, llevo un par de semanas encadenando novelas del género negro. Y la fruición con que las estoy devorando augura, creo, un verano lleno de crímenes...
Quizás a consecuencia esta renovada fiebre policiaca, parece que estoy más atenta a cualquier noticia que se refiera al género, más abierta que de costumbre a recibir sugerencias de otras posibles lecturas en la misma línea. He detectado, por ejemplo -fíjense hasta qué punto me estoy mimetizando con lo que leo, que hasta al escribir me convierto en investigadora-, entre las próximas novedades del mercado anglosajón unas cuantas obras que tienen como denominador común un detective que es un personaje literario. Como Esther Greenwood, la protagonista de La campana de cristal (The Bell Jar), de Sylvia Plath. El título -The Hell Jar-, un juego de palabras facilón, no es muy prometedor. Pero vaya, todos los lectores de Plath sabemos que Esther es una chica lista y no hay nada extraño en que se ponga a hacer cábalas en torno a la muerte de uno de los internos del hospital psiquiátrico a donde la lleva su depresión. Seguro que la adrenalina producida por la persecución de un asesino contribuye a hacer que se sienta mejor.


 

Otro remix policiaco-literario concierne nada menos que a Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus. Habrá que ver si el autor de este pastiche copia también el estilo del autor francés. Por lo que cuentan, Meursault es tan agudo en sus observaciones detectivescas que acaba convertido en consultor de la policía colonial argelina.
 
 
La gran Maggie Smith en la versión cinematográfica
de la novela de Forster
 
Y de Argelia, a Roma, de la mano de uno de los personajes  de E. M. Forster, la Charlotte Bartlett de Una habitación con vistas. El título anunciado tiene su gracia, porque emplea un lenguaje que podría muy bien ser el de la propia Charlotte: Charlotte Bartlett and the Mystery of the Slightly but Unacceptably Delayed Train (Charlotte Bartlett y el misterio del tren ligera pero inaceptablemente retrasado). Todo muy victoriano, como ven.
Por motivos bien distintos, estas tres novelas despiertan mi curiosidad lectora. Sin embargo, debo confesar que no estoy muy segura de que no sean un espejismo de la autora de la web donde las he visto mencionadas, puesto que no incluye ni sus autores ni enlace alguno a más información respecto a ellas.
 Pero la idea de reciclar personajes ajenos y convertirlos en investigadores no es de ahora. Sin esforzarme mucho, puedo recordar una serie que retomaba a Jane Eyre -The Jane Eyre Chronicles, de Joanna Campbell- y a Rochester, su ya marido, como (improbables) detectives. Y, en ese pozo sin fondo que son los derivados holmesianos, otra en la que la resuelta Mrs Hudson era la verdadera detective, manipulando astutamente a sus inquilinos Sherlock y Watson. (Por supuesto, el propio Watson se ha convertido más de una vez en protagonista .)
Quien dice personajes, dice autores reciclados en pesquisidores: desde Jane Austen al españolísimo Francisco de Rojas (en las excelentes novelas de Luis García Jambrina), está claro que el territorio policiaco es amplio y permite todo tipo de licencias (no me cabe duda de que mis lectores encontrarán más ejemplos de ello).


 
  
No puedo finalizar este recorrido literario-criminal sin mencionar una de mis novelas detectivescas favoritas: Hamlet, venganza, de Michael Innes. No sólo estamos ante un clásico del género, sino ante un misterio que rebosa literatura por los cuatro costados. Por un lado, los crímenes están basados en obas de shakespeare. Además, con deliciosa ironía, Innes -seudónimo de un ilustre profesor y crítico literario, J.I.M. Stewart- hace que su detective, Appleby, comente sus descubrimientos con Giles Gott, un académico con interesantes ideas sobre Shakespeare, que a su vez escribe novelas policiacas con seudónimo. Si buscan todos los ingredientes de una novela detectivesca muy british, aderezados con referencias literarias a raudales, ésta es sin duda su novela.




 

viernes, 11 de julio de 2014

PLUMA Y PINCEL

En el terreno artístico, no es corriente que quien es sobresaliente en un campo -por ejemplo, en la pintura- lo sea en otro -por ejemplo en la música, o en la literatura-. Quién sabe porqué, quizás es que para destacar en cualquier arte son necesarias muchas horas de trabajo, y si ya cuesta encontrar tiempo para volcarse en una, no digamos en dos. Pero quien posee inclinaciones artísticas a menudo se siente tentado de emprender otras disciplinas. Aunque sea sólo como hobby.  
Encontramos así pintores que escriben (me viene a la mente Miguel Ángel, que escribía poemas, seguro que hay más). Pero lo que se da con mayor frecuencia son escritores que pintan. Mejor o peor, con mayor o menor asiduidad. Algunos, incluso, francamente bien. Aunque sigan considerándose, por encima de todo, escritores.
 
 
Goethe, Paisaje costero italiano
Goethe, muy aficionado al dibujo, gustaba de ilustrar lo que encontraba en sus viajes.
 
 
 
 
 
Menos sereno que el alemán, como buen romántico a Victor Hugo le iban más los paisajes dramáticos e incluso alucinatorios.



William Blake, Ilustración para la "Divina Comedia"
Otro romántico, William Blake, es casi tan reputado por sus obras pictóricas como por sus poemas.




 Jean Cocteau, un artista con muchas facetas, pasaba de la escritura al cine y de éste a la pintura aparentemente con igual facilidad.



Aldous Huxley, "La siesta de Maria Nys Huxley"
 
Al británico Aldous Huxley tampoco se le daba mal andar con el pincel.





Su colega alemán Hermann Hesse era un gran aficionado a la pintura. De hecho, lo que comenzó como terapia durante un periodo depresivo, se convirtió pronto en una verdadera pasión:

"De toda esa desolación, que a menudo se tornaba insufrible, encontré mi propia manera de escapar a través de algo que no había hecho antes: empecé a dibujar y a pintar. Si mis obras tienen algún valor objetivo no tiene importancia; para mí, es una nueva forma de sumergirme en el solaz del arte, algo que con la escritura apenas conseguía ya."


Federico García Lorca, "El beso" (1925)

Federico García Lorca fue otro artista polifacético. Además de la poesía y el teatro, se interesaba por la música y el dibujo. Parece que llegó a decirle a un amigo (Juan Marinello): "Soy mucho mejor pintor que poeta, sólo que me ha dado por hacer versos". 





Las acuarelas de Henry Miller, como sus libros, están llenas de color y alegría de vivir.

Sin duda la mayoría encontraron así otra vía para plasmar su mundo creativo. Lo importante, ya saben, no es el medio, sino la mirada del artista para captar el mundo.

[elaborado con información de la web Melville House.]

viernes, 4 de julio de 2014

EL CONSUELO DE LAS RELECTURAS

 
Foto http://www.dazeofmylife.com/
 
Con tantísimos libros que hay por leer ahí fuera, podría parecer una pérdida de tiempo dedicarse a la relectura. Si se mira desde una óptica puramente mercantilista -el libro como un objeto del que extraigo algo, que me aporta un valor- una sola lectura debería bastar. Sin embargo, nuestra relación con los libros es mucho más compleja, más emocional, más personal. Y si los libros no cambian, nosotros sí. Por eso, el mismo libro leído a los quince años o a los treinta genera una experiencia de lectura completamente distinta. Naturalmente, conocemos ya la historia, no nos sorprendemos si tal personaje muere, o sabemos desde el principio cómo se resolverá determinado misterio. Pero no se emprende la relectura de una obra para devorar la historia que nos narra, sino para contemplarla con otros ojos, los de nuestro yo actual. O bien para intentar recuperar, a través de la repetición de la experiencia, algo de la persona que fuimos.
Por muchos libros que se amontonen en mi pila de "pendientes", hay momentos -por regla general momentos de aflicción, de hastío, esos días en que nada parece tener sabor ni olor- en que lo único que me satisface es volver a algún viejo libro ya leído. Inexplicablemente -pero en circunstancias así no hay explicación racional que valga-, en casos así mi radar libresco no suele llevarme a los grandes clásicos, sino a novelas de género -románticas, policiacas-, o a viejos favoritos, lo que sea, pero han de ser, ante todo, lecturas que en su momento resultaron satisfactorias. En todos los sentidos, el equivalente literario de una tarrina de helado de chocolate.
 
 
Anne Fadiman -los que me siguen conocen bien mi compenetración con esta señora- es la editora de una selección de artículos -Rereadings- dedicada precisamente a estas relecturas, una recopilación en la que diecisiete autores revisitan libros que en su momento les causaron impresión. En su prólogo, ella explica muy bien esta necesidad de volver a los libros que nos gustaron.
"Si un libro que leíste de joven es un amante, ese mismo libro, releído más tarde, es un amigo: 'el mejor amigo', como escribió el artista victoriano William James Linton, 'al que no alejarás de ti ni se sentirá ofendido/no importa cuánto lo hayas olvidado, pero que regresará cuando le llames/con la antigua amistad'. Esto puede parecer una degradación, pero después de todo cuando necesitas consuelo sueles volverte hacia los viejos amigos, no hacia los viejos amantes. El cansancio, la pena y la enfermedad piden familiaridad, no innovación. Cuando estás en cama con gripe, no te dices "Vaya, nunca antes he probado la comida afgana. ¡Voy a pedir comida para llevar, y que sea bien especiada!" Lo que deseas es un buen caldo de pollo. Del mismo modo, lo más probable es que se te antoje un libro que conoces bien, quizás uno algo infantil que te permita una reconfortante regresión."
Una sensación que también describe perfectamente una de las contribuyentes a esta antología, Allegra Goodman, cuando relata la siguiente anécdota sobre una de sus relecturas de Orgullo y prejuicio:
"Acababa de volver del funeral de mi madre. Tenía veintinueve años y nunca me había sentido tan vieja. Mi madre había muerto de cáncer cerebral con cincuenta y un años recién cumplidos. [...] La lluvia cayó torrencial esa primera noche y siguió cayendo al día siguiente. Hacía demasiado malo para sacar al bebé de paseo, de modo que jugaba en el suelo mientas yo escuchaba la lluvia. Repiqueteaba en la claraboya de la escalera y tamborileaba sobre el tejado, y comencé a releer Orgullo y prejuicio. Lo leí lentamente y de manera acrítica, echada en nuestro nuevo sofá azul en nuestra nueva y escasamente amueblada casa de la ciudad. Lo leí porque a mi madre le había encantado Jane Austen y porque releerlo como consuelo era algo que ella hubiera hecho. Lo leí porque mi madre era como Jane Austen en su ingenio, su amor por la ironía y su concisión. Mi madre era lista como Austen, y ocurrente; florecía en las situaciones profesionales complicadas. Y, como Austen, mi madre murió joven sin terminar su trabajo."
Me ha hecho pensar en mi madre, y en su pasión por los libros. Nada nos consuela de ciertas pérdidas. Pero si algo puede mitigarlas, sin duda es un buen libro.



lunes, 30 de junio de 2014

LEÍDO EN LAS PAREDES

Realmente, no es necesario ir con la vista fija en un libro.

Hasta el lector más empedernido debe cerrar de vez en cuando sus libros y salir a la calle, aunque sea sólo para ir al supermercado. También los bibliómanos hemos de comer. Sin embargo, un paseo por la ciudad no es necesariamente una excursión lejos de la literatura. Si uno lleva los ojos bien abiertos -y los lectores somos por definición buenos observadores, acostumbrados como estamos a descubrir las sutilezas encerradas en un texto-, se da cuenta de que la ciudad está llena de palabras. Las paredes hablan. Las hay zafias, groseras o mal escritas (¡esas faltas de ortografía que claman desde los muros por un corrector!), pero también hay pintadas -grafiti, en lenguaje cool- llenas de ingenio. Incluso las hay extremadamente literarias. Por si sus lecturas les retienen más de la cuenta en casa, ahí van algunas muestras de la literatura que se puede encontrar allá fuera.

-Un clásico: los versos de los grandes poetas desbordan el papel para instalarse en los muros.



Pablo Neruda





-Hay frases de escritores que se han convertido en armas políticas.

(Flickr: inju)

(Flickr: risager)

-En ocasiones, es simplemente la belleza o la sabiduría que destilan esos fragmentos literarios lo que los hace indelebles.



eskimeyenkitaplar.com

-O bien se trata de autores desconocidos o anónimos, pero eso no anula el encanto de sus palabras.







-Las referencias literarias tampoco faltan.




 
-Aunque a veces, más allá de las palabras, encontramos la figura del propio escritor. ¿Lo reconocen?


(Foto Tatevik Vardanyan)

Salgan, salgan de casa. La literatura les espera por todas partes.

domingo, 22 de junio de 2014

VAMPIROS BIBLIÓMANOS


El vampiro según F. W. Murnau

Entre las décadas de 1720-1740, una fiebre vampírica se abatió sobre Europa. Primero en el folclore y las baladas populares y más adelante a través de la literatura culta, los no-muertos comenzaron a perturbar el sueño y la imaginación de los vivos. Desde que, unos años más adelante (1897), el irlandés Bram Stoker reuniese en su genial Drácula los elementos más destacados de este personaje mítico, el mundo (el literario, al menos) he venido padeciendo sucesivas oleadas de invasiones vampíricas. Ha habido vampiros para todos los gustos, desde los más canónicos -con capa y colmillos afilados- a los vampiros mutantes del Soy leyenda de Richard Matheson (que no soportan el sol, pero no beben sangre... aparte de dominar el mundo) o los vampiros alienígenas de Brian Lumley. Progresivamente, los vampiros han pasado de ser "el otro",  representación de lo ultraterrenal y lo maligno, a humanizarse cada vez más. Hasta convertirse -los pobres, quién se lo hubiera dicho al sanguinario Vlad, el Empalador, que ahora dicen que está enterrado en una iglesia de Nápoles- en los seres francamente sexuados y enamoradizos de las series para adolescentes (que devoraron igualmente millones de adultos).
Entre unos y otros, la variedad de tipos vampíricos es inmensa. El cine -adaptando muchas de estas novelas y con algunas películas originales- ha contribuido no poco a su popularidad. ¿Quién no recuerda con cierto estremecimiento la siniestra figura de Christopher Lee?  ¿o, en el otro extremo del espectro -sabrán disculparme el chiste-, los divertidos vampiros de la familia Monster? Ahora, Jim Jarmusch, uno de los directores más personales del cine independiente americano, ha hecho una película de vampiros. Pero son unos vampiros muy, muy bibliómanos. Hablando de Jarmusch, su amigo Tom Waits dijo hace un tiempo que «La clave, creo, para Jim, es que se quedó canoso cuando tenía 15 años... Como resultado, siempre se sintió como un inmigrante en el mundo adolescente. Ha sido un inmigrante -un benévolo y fascinado extranjero- desde entonces. Y todas sus películas son sobre eso.» Desde luego, esta Only Lovers Left Alive (Sólo los amantes sobreviven) lo es.


Tilda Swinton, crepuscular y rodeada de libros

Extraños en un mundo donde no tienen cabida, estos melancólicos vampiros enamorados de la belleza, de la literatura y de la naturaleza resultan increíblemente atractivos para todos los que, aún sin pertenecer a la estirpe de los no-muertos, nos sentimos ofendidos por la grosería y la fealdad que tan a menudo nos rodea. Desde el momento en que la etérea Tilda Swinton llena su maleta no de ropa, sino de libros de todas las épocas y culturas, la película me ganó por completo. Y la cosa no hizo más que mejorar: el vampiro Adam (la pareja lleva los bíblicos nombres de Adam e Eve) colecciona instrumentos musicales antiguos, compone música funeraria y detesta los horrendos amasijos de cables con que la torpeza de las compañías eléctricas salpica nuestras paredes (yo también he estado a menudo tentada de fotografiar alguna de esas ofensivas cajas de electricidad para denunciarlos... pero ¿quién me haría caso?); ambos llaman a las plantas y animales por sus nombres latinos, aman lo antiguo  y beben sangre -comprada de extranjis- de unas delicadas copitas de cristal tallado. La casa de Adam luce toda una pared  tapizada de retratos de escritores y músicos: Blake, Poe, Marlowe...

Vampiros modernos, leen en el avión, aunque
sólo en vuelos nocturnos

Precisamente  Christopher Marlowe es el mentor de Eve. Es un vampiro, por supuesto, ¿o cómo se creían ustedes que se explica su misteriosa muerte? Los que estén al tanto de las múltiples controversias sobre la autoría de las obras de Shakespeare -más sobre esto aquí- comprenderán que esta condición vampírica lo convierte en un firme candidato, ya que la principal objeción que le ponían -que murió antes de que viesen la luz algunas de las principales obras shakesperianas- queda borrada de un plumazo.
La elegía por los tiempos pasados y la decadencia recorren la obra. Eve, rodeada de sus libros, vive en Tánger, una ciudad que conoció momentos de gloria, ahora pasados, mientras que Adam, con sus instrumentos musicales, se esconde de sus fans en una mansión decadente en el aún más decadente Detroit. Los paseos nocturnos de ambos por la antigua capital del coche de América constituyen algunos de los más bellos pasajes de la película.
En resumen, que me he quedado con ganas de volverla a ver con más calma, pues a pesar de las enormes ventajas de la sala de cine, en muchos momentos hubiese querido detener la imagen: para ver cuáles son los libros que Eve se lleva de viaje, para detallar los retratos que cuelgan en casa de Adam, para admirar con calma las ruinas de Detroit... Como dice la joven y deslenguada hermana de Eve, Ava, es posible que estos vampiros sean un poco snobs. Pero qué difícil debe ser resistir a la tentación de coleccionar cosas hermosas cuando uno se sabe inmortal...

 


miércoles, 18 de junio de 2014

MI BIBLIOTECA (2.7): DEL CAOS AL ORDEN

Samedimanche, la dueña de esta biblioteca, es la propietaria del blog Maelström y lectora ecléctica. Me consta además que es una chica laboriosa, que con cuatro cabos de lana o cuatro retales es capaz de cualquier cosa. Como MacGyver, pero en apañado, vaya.
Llegamos con esta entrega -que aparece aquí con cierto retraso por motivos que más adelante se explican- al final de esta segunda serie de "Mi biblioteca". Espero que este nuevo recorrido por bibliotecas ajenas haya satisfecho la curiosidad malsana de los lectores bibliómanos que por aquí pasan. Gracias a todos los blogueros y comentaristas por su generosa participación.

 
¡Qué alegría me dio Elena el día que me propuso compartir mi biblioteca en su maravilloso blog!
¿Qué puede alegrar más a un lector que compartir el vicio con otros tantos sospechosos de su calaña?
Lástima que la oferta llegase en un momento especialmente cruel para “la habitación de los libros” (es que siempre me ha dado cosica llamarla “biblioteca” porque también está el ordenador, la bici estática y las guitarras y amplificadores de mi Santo...y no será una Biblioteca hasta que sea un cuarto exclusivo. Llamadme snob...). Justo acabamos la remodelación de la cocina que, como la hemos hecho con estas manitas, se ha transformado en una obra faraónica que ha dejado mi universo doméstico patas arriba y lleno, llenísimo, de polvo.
 
El caos...
 
Como comprenderéis, no podía presentaros a mis niños con semejante aspecto... pero no he podido evitar retratar el caos y, luego, el orden. Bueno, orden relativo, porque es muy mío. A un ladrón de libros lo despistaría, pero para mí está claro como el agua y lógico como Spock.
 

...y el orden.
 
De arriba a abajo y de izquierda a derecha, los libros se despliegan desde el cine y la música a los libros de arte y los estudios de género, pasando por las escritoras y sus biografías, para enlazar las victorianas con los victorianos, continuar por el misterio decimonónico y el terror, el policiaco y el resto. En “el resto” encontramos todos aquellos libros que no encajan en ninguna de las categorías anteriores. Los cómics están colocados donde corresponden a su temática (From Hell está con los libros sobre Jack el Destripador, por ejemplo) y, además, hay algunas carpetas y objetos relacionados en cada sector. Un poco así, pero a mí me funciona.
Pero esta habitación no es el único rincón de la casa en la que se desparraman los libros: el salón y el baño acostumbran a acoger revistas y libros sin orden ni concierto, sólo porque pasaban por allí.
Los libros prestados o pendientes de devolución sí tienen un lugar adjudicado en un mueble del salón para no despistarme pero, curiosamente, en mi mesita de noche no hay ningún libro porque tengo la costumbre de arrastrar conmigo lo que esté leyendo en ese momento, al metro, a los restaurantes o a la cama.
Tampoco tengo un rincón para los libros pendientes de leer. Lo tuve, pero empezó a estresarme cuando se volvió amenazante como un Gremlin en una piscina, así que opté por insertarlos en el que sería su lugar de reposo pero poniéndoles un post it en el lomo. Conforme aumentaban los post-it me fui volviendo loca y me parecía que cada libro no leído me sacaba la lengua con desprecio. Fuera post it. Ahora, si no recuerdo que tengo tal libro por leer es que no es el momento de leerlo. Como comprenderéis, a veces me llevo sorpresas muy agradables al redescubrir alguna de estas lecturas pospuestas entre las estanterías.
 
Las estanterías de Narnia

Lo que me lleva al tema estantería. Yo creo que la madera de mis estanterías viene de Narnia o algo así porque, por más libros que saco, siempre quedan justos. Precisamente, aprovechando la limpieza a fondo que ha conllevado la obra, me he deshecho -con gran dolor de mi corazón, pero es que ya me decidí a no poner ni una sola estantería más- de un buen número de libros, llevándolos a librerías de 2ª mano y otras donaciones igualmente humanitarias (¿Vosotros podéis dejar un libro en la basura? A mí se me enrampa la mano y echo espumarajos por la boca... ¡es imposible!). Juro que han salido más de los que han entrado y aún así he tenido que estrujar toda mi capacidad de jugar al Tetris para que cupiesen todos... los libros no se crean ni se destruyen, simplemente se modifican. Eso, o vivo en plena biblioteca del Triángulo de las Bermudas.
 

jueves, 12 de junio de 2014

HAZAÑAS BÉLICAS



Como no tengo hermanos mayores, de pequeña mis juegos -y mis primeras lecturas- giraron siempre en torno a universos domésticos o fantásticos: casas de muñecas, cocinitas, hadas, cuentos tradicionales (Grimm, Perrault y demás)... Salvo el ocasional lobo de Caperucita o el ogro que amenazaba a Pulgarcito y sus hermanos, la violencia y la guerra no existían ahí. Este mundo "masculino" hizo su aparición más tarde, cuando mis hermanos pequeños entraron en escena.
Creo que mi contacto inicial con las guerras del siglo XX proviene de las historias de Hazañas bélicas, que desde el primer momento me parecieron fascinantes. Como todos los niños de mi época, yo leía tebeos como el Tiovivo, el DDT o el propio TBO (aunque éste ya me daba la sensación de algo antiguo). Las aventuras retratadas en Hazañas bélicas hacían que las inocentes peripecias de las Hermanas Gilda, Rompetechos o Carpanta palidecieran a su lado.
Aunque me zampaba sin hacer ascos todos los cómics que mis hermanos -grandes consumidores de este género- iban adquiriendo (no en vano es una lectora compulsiva), tuve siempre muy claro que los superhéroes de Marvel eran ficciones más o menos descabelladas, mientras que esas historias de guerra, imaginaba yo, podían perfectamente haber sido tomadas de la vida real. Además, estas publicaciones fueron en cierto modo mi primera lección de historia del siglo XX: en los planes de estudio de entonces -vivía Franco, claro- rara vez llegábamos a dar las décadas más cercanas a nosotros. Terreno resbaladizo, sin duda. De hecho, mientras recuerdo bien haber aprendido sobre la Reconquista, sobre Colón e incluso bastante de griegos y romanos, no puedo evocar ni un solo pasaje de la guerra civil o de alguna de las guerras mundiales procedente de los manuales de historia que manejábamos por entonces.
Tal como las recuerdo, en las aventuras creadas por Boixcar y sus seguidores abundaba el heroísmo y siempre había una cierta moral. Por supuesto, los "buenos" acababan ganando y los "malos", ya fuesen crueles nazis o retorcidos asiáticos, se llevaban su merecido. Por cierto que hoy sin duda se considerarían de lo más incorrecto: los valientes americanos que luchaban en las junglas del Pacífico solían proferir exclamaciones del tipo "¡Muere, mono amarillo!" antes de rematar a sus oponentes.
 
 
Aunque desde entonces he leído infinidad de obras en torno a esos conflictos bélicos, y como es lógico mi visión de cómo transcurrieron las cosas se ha modificado notablemente, de algún modo la huella de esos primeros cómics permanece, porque mis escasas incursiones en lo que hoy se llama novela gráfica -el cómic ha subido mucho de categoría, en todos los sentidos- se orientan siempre a historias de guerra. Pero su tono es muy distinto.
Tomemos como ejemplo las dos últimas que he leído:  Los surcos del azar, de Paco Roca y Yo, René Tardi. Prisionero en Stalag IIB, de Jacques Tardi. Ambas me han parecido excelentes.  Y las dos están llenas de realismo, porque se basan en historias reales de personas concretas, que o bien contaron de viva voz o bien escribieron sus recuerdos.
 
Páginas de Paco Roca
 
Ambas, a diferencia de las hazañas bélicas a antaño, tienen un sesgo antimilitarista. Miguel Ruiz, el protagonista de la obra de Roca, fue sin duda un héroe -aunque a pesar suyo-, obligado por las circunstancias tras la derrota del ejército republicano español a luchar en diversos frentes de la guerra europea. René Tardi, el padre del dibujante, relata por su parte los años de cautiverio en Pomerania, tras la caída de Francia en 1940.
 
 
 
En ambas historias está lo que raras veces cuentan los libros de historia, los pequeños detalles que marcan a los individuos, muy poco heroicos a veces: los trapicheos para conseguir un poco de comida; el hacinamiento -ya sea en un barco de refugiados o en un vagón de ganado-; los piojos; los que se aprovechan de los demás. Pero también pequeños actos de bondad que son un rayo de esperanza: el miliciano que presta su capote para proteger de la lluvia incesante a una mujer enferma; la chica que compra una caja de melocotones para  mitigar de sed de los judíos encerrados en unos vagones aparcados bajo el inclemente sol de verano...
A diferencia de las que leía de niña, no hay en estas obras demasiadas batallas. Pero sí un buen retrato del género humano. Para lo bueno y para lo malo.