John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 22 de marzo de 2015

UNA PRIMERA EDICIÓN

Aún ando medio turulata (me encanta la palabra, con su sabor antiguo, como de TBO) por el impacto que me ha producido un diálogo pillado por casualidad. No se trata de un diálogo cualquiera, sino de un fragmento de una película de Hollywood. Protagonizada por Jennifer Lopez. Y en la que aparecen libros (bueno, un libro, enseguida comprenderán por qué no creo que figuren más). ¿A que solo la idea resulta ya chocante? Hasta ahora -y tendrán que esforzarse mucho para superarlo- es mi candidato preferido a disparate del año. Según me ha parecido entender, la cosa va de que Jennifer es cortejada por un jovencito que quiere deslumbrarla con su cultura. Para ello, aparece de improviso en su casa con un regalo muy original: un libro. Más o menos, el diálogo dice así:
--¡Oh! La Ilíada. ¡Y es una primera edición! Ha debido costarte muy caro...
(Jovencito, intentando quitarle importancia al asunto): 
--No, qué va. Lo compré en un mercadillo por un dólar.
¿Una primera edición de La Ilíada? Firmada por su autor, imagino... ¿Pero qué clase de guionistas y/o asesores tiene esta gente? Los principales culpables, por supuesto, la guionista, Barbara Curry (que dice haber estudiado derecho, pero a quien el paso por la Universidad no parece haberle aprovechado mucho) y el director, Rob Cohen. Pero también todos los demás, del primero al último: ¿se gastan millones en una película, en la que participan cientos de personas, y entre todos no hay nadie capaz de decirles que eso es un disparate colosal? Para mayor recochineo, he podido averiguar que se supone que Jennifer (a quien en el tráiler correspondiente vemos todo el rato corriendo por el bosque, con ropa ajustada y marcando músculo) es nada menos que ¡profesora de clásicas! Otro cero para quien sea que haya hecho el casting. desde luego. Pero, ya que estamos en el terreno del humor más delirante, creo que a ese diálogo le falta una coletilla:
--¡Oh! La Ilíada. ¡Y es una primera edición! ¡Qué ilusión me hace, no lo había leído!
Claro que si la táctica el jovencito en cuestión para ligar consiste en regalarle un ejemplar de La Ilíada a una profesora de clásicas, este chico promete. ¡Y qué fiera esta Jennifer, que sin abrir el libro ni nada, adivina que se trata de una primera edición, por supuesto en inglés!

Sospecho que el libro que lleva este joven (Ryan Guzman es el nombre del actor)
es La Ilíada en cuestión. Nadie diría que tiene varios milenios de antigüedad, ¿verdad?
Ah, ¿que el original no era en inglés, sino en griego? ¡Malditos griegos! ¡Qué ganas de complicarlo todo!
 

lunes, 16 de marzo de 2015

CEGUERA LITERARIA

Los antiguos ya tenían su propia lista:
Las siete maravillas del mundo
 
¡Cómo nos gustan las listas! Automáticamente, parece que una lista de "Las diez mejores canciones" o "Los 100 lugares que has de ver antes de morir" nos da la clave para lograr esa aspiración -siempre latente, siempre inalcanzable- de no perdernos nada importante, de encontrar, entre la miríada de ofertas que el mundo nos brinda, las que harán nuestra vida más completa. Por supuesto, todas esas listas parten de una falacia inicial (lo que invalida en último término su propuesta): nadie, ni siquiera el o los compiladores de la lista en cuestión, ha podido comparar la totalidad de los elementos -sean piezas musicales, películas, libros o lugares hermosos- y, por lo tanto, su elección siempre deja de lado una parte de ellos. Además, está el aspecto -nada menor- del gusto personal o, mejor dicho, de la "ceguera involuntaria" que inevitablemente aflige a todo aquel que emprenda la tarea de elaborar una de estas listas. Hablo de ceguera, pero también podría denominarlo "orejeras"; el caso es que todos contemplamos el mundo desde un lugar determinado, inmersos en una cultura concreta, y pertenecemos a un género y a una clase social que nos condicionan. Por más que tratemos de adoptar una postura objetiva, cualquier selección estará contaminada por esta mirada selectiva.
Tomemos por ejemplo la lista propuesta por Jorge Luis Borges que sirvió de base para la colección "Biblioteca personal". Resulta -vaya por dios- que todas las obras que en ella figuran fueron escritas por hombres. Para contrarrestarla, la web openculture ha elaborado una lista alternativa en la que todas las autoras son mujeres. Como ejercicio seguramente tiene su interés. Sin embargo, ni una ni otra pueden considerarse como el canon definitivo de "lo que hay que leer", como tampoco lo es el Canon occidental de Harold Bloom. (Aunque al menos Borges dejaba muy claro que los libros seleccionados respondían a su criterio personal; Bloom hace lo mismo, pero quiere persuadirnos de que, si no lo compartimos, somos nosotros quienes estamos equivocados.)
 
 
 
Claro que si descendemos más al detalle, comprobaremos que en ambas listas hay mayoría de autores anglosajones (la de Borges, como es lógico, incluye un porcentaje mayor de autores españoles e hispanoamericanos). Si esta misma lista se la pedimos a un crítico literario chino, apuesto a que el resultado sería muy distinto.
Todos padecemos, en mayor o menor medida de ceguera literaria, incluso si estamos convencidos de nuestras amplitudes de miras  (o quizá sobre todo si lo estamos). Para probarlo, nada mejor que aplicarse uno mismo la vara de medir: he tomado al azar tres estantes de mi biblioteca y he hecho un recuento. Veamos el resultado. De un total de 105 libros, hay
 
  • 24 escritos por mujeres (23%). (No está mal; no llegamos a la paridad, pero muchos siglos de cultura masculina juegan en contra.)
  • 59 de autores españoles o hispanoamericanos (56%). (Esto ha sido en cierto modo una sorpresa. Si me lo hubiesen preguntado antes, habría dicho que este porcentaje no iba más allá del 30 o 35%.)
  • Entre los autores extranjeros, abrumadora mayoría de anglosajones. He contado sólo 4 italianos (muy extraño, no leo tanta literatura italiana), 3 franceses, 3 alemanes y 2 rusos. Luego hay alguna rareza suelta, como un israelí y un checo.
Se trata de una muestra aleatoria y, por tanto, es posible que de haber practicado el recuento en otros estantes, estos números hubiesen sido distintos. Pero, salvo que hubiese topado -orden alfabético manda- con la estantería de Galdós (del que debo tener más de diez libros), las hermanas Brontë o Zola (soy muy fan de Zola), no creo que hubiese habido diferencias sustanciales. Hay que rendirse a la evidencia: mi biblioteca demuestra a las claras que ignoro todo cuanto se cuece en la literatura asiática o africana. Por no mencionar que una buena parte de Europa está clamorosamente infrarrepresentada. No me queda otro remedio que autodiagnosticarme ceguera literaria. Al menos, soy consciente de ella y no se me ocurrirá hacer una lista canónica.
Desconfíen de aquellos que dicen haberlo "leído todo". No hay tal. 

 

miércoles, 11 de marzo de 2015

TIGRE Y LOBO: UNA HISTORIA DE AMOR

Leonard y Virginia Woolf en 1926

En el amplio mundo de los y las (muchas) fans de Virgina Woolf, Leonard, su marido, suele ser una especie de sombra. Se sabe de su devoción por Virginia, de la intensa complicidad que los unió durante su matrimonio. La propia Virginia reconoció, en la desgarradora carta que escribió antes de internarse en el río Ouse, que "Toda la felicidad de mi vida te la debo a ti".


La carta de despedida de Virginia

Sin embargo, casi nadie se pregunta qué paso luego con Leonard. Porque, si bien ella murió en 1942, él la sobreviviría hasta 1969. Y eso son muchos años. Él siguió, por supuesto, ocupándose de su legado, así como de llevar las riendas de la editorial que fundara el matrimonio, The Hogarth Press. Lo que empezara como una pequeña prensa artesanal había ido creciendo y, desde 1938, Virginia se había desvinculado de ella para dejarla en manos de su marido y de su socio, el editor John Lehmann. A partir de 1946, la Hogarth Press se unió a otra editorial con mayor peso, Chatto & Windus. Tras la muerte de Virginia, Leonard se mudó a Victoria Square, donde tendría como vecinos a una pareja de amigos: Ian y Trekkie Parsons. Esta última, una artista vital y de arraigadas convicciones feministas, había ilustrado varios de los libros publicados por los Woolf; su marido llegaría a ser director de Chatto & Windus y colega por tanto de Leonard. Por esa época, Leonard tenía 61 años y Trekkie 39. Él le pidió que se divorciase y se casase con él, pero en lugar de eso Trekkie decidió compartir su vida con ambos hombres. Durante los siguientes veinticinco años, ella  acompañó a Leonard en todos sus viajes, y solían pasar los fines de semana juntos en su casa de Sussex. El inusual trío funcionó perfectamente, o al menos ninguno de los tres manifestó quejas. Cuando Trekkie y Leonard no estaban juntos, intercambiaban cartas y notas de forma continua. Una correspondencia llena de cariño, en la que él la llamaba "Tiger" (no olvidemos que "Woolf" en inglés suena muy parecido a "lobo"). Tigre y lobo.



De acuerdo con su biógrafa, Victoria Glendinning, la relación entre ambos, aunque extremadamente afectiva, nunca llegó a ser sexual. (Tengo la impresión de que sobre Leonard y el sexo se podría escribir todo un tratado.) Pero Trekkie cumplió para Leonard durante muchos años un papel semejante al de una esposa y no cabe duda del amor que los unía. "Conocerte y amarte ha sido lo mejor que me ha ocurrido en la vida", le escribió Leonard. Cuando él murió, en 1969, le dejó su casa de campo, Monk House, a su "queridísima Tigre", quien la donó a la Universidad de Sussex.


El salón de Monk House

 

domingo, 1 de marzo de 2015

DESCUBRIENDO A RAYMOND CARVER


 
Todos los americanos de determinada edad recuerdan con exactitud dónde estaban cuando supieron la noticia del asesinato de Kennedy. O, si son más jóvenes, qué hacían el 11 de septiembre de 2001. Aquí, cualquiera que tuviera edad de razonar en esa época recuerda lo mismo sobre el asalto al Congreso del 23-F de 1983. Igual que ciertos acontecimientos históricos detienen el tiempo y nos sirven para realizar una foto fija que inmortaliza aquel instante, mientras que el resto de los que le precedieron y le siguieron han caído irremisiblemente en el olvido, existen algunos libros, algunos autores (muy pocos), cuyo descubrimiento nos deslumbra de tal modo que podemos recordar perfectamente en qué momento y en qué circunstancias los leímos por primera vez.
Quizás este tipo de epifanías -como diría James Joyce- sean más frecuentes en la adolescencia, cuando todo es nuevo y todo provoca asombro. También es cuando la mayoría de los lectores suelen acceder a los grandes maestros de la literatura (aunque estas revelaciones no tienen porqué coincidir con grandes nombres). A medida que crecemos como lectores, que conocemos más y más autores y maneras de escribir, la sorpresa y el gozo del descubrimiento pierden su filo. Por eso mismo,  las revelaciones que experimentamos como adultos nos deslumbran aún más. Seguro que cualquier lector puede citar alguna, aunque probablemente no más de dos o tres, porque son raras.
Por mi parte, recuerdo como si fuera hoy el día que descubrí a Raymond Carver. Tengo ahora mismo en la mano la publicación que fue responsable: un número de la revista Granta de 1983, titulado Dirty Realism. New Writing from America.
 
 
 
Lo compré, lo sé aún muy bien, en una Feria del Libro de Madrid, junto con uno o dos números más de la revista; eran todos ellos números atrasados, porque recuerdo que estaban de oferta. Corría el año 1985 o 1986. No sabía yo en aquel momento -tampoco lo debían de saber sus editores- que con el tiempo este número adquiriría dimensiones casi míticas. Si repaso el índice, encuentro lo que parece una nómina de grandes autores americanos de finales del siglo XX: Richard Ford, Jayne Anne Phillips, Raymond Carver, Bobbie Ann Mason, Tobias Wolff... Sé que leí la revista de cabo a rabo, y sin duda todas las ficciones causaron su impresión. Pero Raymond Carver me dejo, casi literalmente, sin aliento. Recuerdo haber pensado "nunca he leído nada igual, nadie escribe así". Y era cierto. Carver. como hacen todos los grandes escritores, me desveló una nueva forma de contemplar la realidad.
En su introducción, dice el editor Bill Buford:
Parece que una nueva ficción está emergiendo de América, y es una ficción de un tipo peculiar y persistente. No sólo no se parece a nada de lo que hoy se escribe en Gran Bretaña, sino que es considerablemente diferente de lo que por regla general se supone que es la ficción americana. No es heroica ni tiene visos de grandeza: la ambiciones épicas de Norman Mailer o de Saul Bellow resultan, por contraste, hinchadas, extrañas, incluso falsas. No es conscientemente experimental, como tantos de los escritos -etiquetados según los casos como "posmodernos", "poscontemporáneos" o "deconstruccionistas"- que se publicaron en la década de los sesenta y los setenta. La obra de John Barth, William Gaddis o Thomas Pynchon parece pretenciosa comparada con ella. No es una ficción que pretenda hacer una vasta afirmación histórica.[...] 
Se trata de un curioso realismo sucio, que refleja la cara oculta de la vida contemporánea, pero es un realismo tan estilizado y particularizado -tan insistentemente informado por una ironía inquietante y a veces elusiva- que hace que las novelas realistas más tradicionales, digamos las de Updike o Styron, parezcan ornamentadas, incluso barrocas comparadas con él. [...] Es, como Frank Kermode ha observado acerca de Raymond Carver en particular, una "ficción tan sobria en sus formas que se necesita un tiempo para darse cuenta de hasta qué punto incluso el esbozo en apariencia más leve representa la totalidad de una cultura y de una condición moral".
Han transcurrido más de treinta años y el "realismo sucio" ha pasado a ser una corriente literaria más de las que informaron los últimos años del siglo XX. Todo el mundo ha podido reconocer la grandeza de Carver, muchos le imitaron y muchos otros, después, intentaron alejarse de su estilo. Pero su magisterio permanece. Hoy, Carver vuelve a estar de moda gracias a una oscarizada película, Birdman, en la que un actor en horas bajas decide poner en escena una obra basada en una de sus inmortales historias. Ojalá que el brillo de Hollywood consiga que mucha gente que tal vez nunca le ha leído descubra de nuevo a Carver y quede de nuevo maravillada por él.
 
Riggan Thompson, el ficticio actor que encarna Michael Keaton,
empeñado en representar una versión teatral de
"De qué hablamos cuando hablamos del amor" de Carver
 
 

domingo, 22 de febrero de 2015

LA VIDA ÍNTIMA DE LOS LIBROS

 
 
Si es usted de los que no creen que los libros tengan vida propia, es inútil que siga leyendo este artículo. Lo que sigue le parecerá tan descabellado como la existencia de hombrecillos verdes en Marte. En mi caso, sin embargo, a pesar de que reacciono con robusto escepticismo frente a cualquier fenómeno pretendidamente paranormal -bastante perpleja me suele dejar la realidad para sumarle más elementos incomprensibles-, el largo y prolongado trato con miles de volúmenes casi ha hecho de mí una conversa. O sea, que estoy más que dispuesta a creer a cualquier colega bibliómano que afirme que sus libros se esconden, o se reproducen con alevosía, o cualquier otra actividad más propia de gnomos de cuento que de objetos inanimados. (Por otra parte, siempre tuve debilidad por aquel cuento de los hermanos Grimm en que unos aplicados enanitos acudían cada noche a terminar el trabajo inacabado de un pobre zapatero -¿o era sastre?-. No me ha sucedido aún cosa semejante, pero no pierdo la esperanza.) De modo que cuando alguien que por su oficio ha vivido durante años enterrado entre libros, y dedicado durante toda la jornada laboral a leer, leer y leer, elabora una teoría acerca de la vida íntima de los libros, no puedo sino aplaudir su sagacidad al descubrir lo que otros apenas intuíamos. Por si aún no lo han adivinado -calculo que a estas alturas del artículo ya sólo quedan algunos maníacos de la lectura, que deberían poder acertarlo; el resto habrá huido a parajes menos fantasiosos-, estoy hablando de Bernard Pivot, conductor y alma del mítico programa de libros Apostrophes y del que le siguió, Bouillon de culture.
 
Bernard Pivot

 
En un libro en el que da cuenta de su experiencia en los dos programas anteriormente citados, Pivot tiene la bondad de responder -desde su dilatada experiencia y su intimidad con los libros- a algunas de las preguntas que los bibliómanos nos planteamos:
 
¿Se reproducen los libros entre ellos? Sí, por supuesto. Si no, ¿cómo explicar la presencia, en especial en pilas de libros descartados o en armarios cuya oscuridad favorece a los audaces, de obras desconocidas? ¿Quién no se ha encontrado de repente con un libro entre las manos cuyo título no le evoca ningún recuerdo? Casos así sólo pueden explicarse a través de la reproducción. [...] En mi opinión, las frases, los párrafos e incluso capítulos enteros se hartan de pertenecer a un libro que no les gusta o en el cual se sienten superfluos o torpemente utilizados. Optan entonces por elegir la libertad y abandonan el volumen. Ninguna frase ha querido abandonar nunca Madame Bovary o Viaje al fin de la noche, eso está claro. Cada palabra se siente bien e indispensable allí. [...] Pero hay muchos libros en que las palabras se aburren mortalmente. Las más valientes deciden, solas o en grupo, largarse. [...] De lo dicho anteriormente puede concluirse que, cuantos más libros mediocres o inútiles haya en una biblioteca o una librería, mayores serán los riesgos de reproducción. Las obras maestras, de las cuales las palabras se niegan a escapar, carecen en cambio de descendencia.
 
¿Tienen los libros, como usted o yo, humores? ¡Claro! ¡Cualquiera es capaz de darse cuenta cuando un biblioteca está de mal humor. Abatidos, grises, los libros tienen aspecto contrariado. [..] De hecho, cuando están de malas, se esconden, se vuelven esquivos, no están donde la mano había creído encontrarlos.  Esta busca, desplaza, se pone nerviosa y no encuentra. O, si lo encuentra, el libro se le escapa y cae. Cree entonces ser torpe, cuando es él que se ha tirado voluntariamente. [...] Por el contrario, si su disposición es buena, si están de buen humor, los libros facilitan las búsquedas, Sabemos incluso de algunos que tienen la gentileza de abrirse ellos mismos por la página en que se había subrayado la cita esperada y otros, verdaderamente amables, que proporcionan espontáneamente, muy deprisa, dos o tres frases interesantes que no esperábamos encontrar allí.
 
¿Los libros pueden moverse solos? Sí. La prueba es que algunos cambian ellos solos de lugar en la estantería, no los encontramos donde los habíamos puesto y su desplazamiento altera el orden alfabético. Por lo general, lo que explica estas incongruentes dislocaciones  son peleas de vecindad [...] algunos no admiten estar adosados a volúmenes notoriamente mediocres  o a autores que les parecen indignos de cohabitar con el nombre que lleva impresa su cubierta. [...] Resulta patente que hay libros que, sin haber sido prestados ni robados, desaparecen de las bibliotecas y abandonan por sus propios medios el apartamento o la casa donde se alojaban. Estas fugas, poco frecuentes, y que prueban la autonomía de movimiento de los libros, se deben bien a violentas disputas de vecindad, bien a humillaciones insoportables. Un libro puede sentirse humillado si nadie lo abre nunca, si ha sido relegado a una estantería inaccesible donde la mirada del propietario-lector no se ha posado en él desde hace años, si el polvo se acumula sobre él...
Sí, sí y sí. Aunque mi cohabitación con los libros no haya sido probablemente tan intensa como la de Pivot, mi experiencia de años trajinando con ellos me demuestra a todas luces que sus respuestas dan en el clavo. No, señores, no es que veamos fantasmas, es que no es tan raro que los libros cobren vida. Y, a cambio de todas las horas felices que nos proporcionan, es nuestra misión como bibliómanos procurar que estén lo más cómodos y felices posible. De no ser así, ya lo saben, hay riesgo de fuga.

(Foto: shieldsofpapaer.com)
 

martes, 17 de febrero de 2015

LOS MISTERIOS DE LA FAMA LITERARIA

La fama, esa diosa volátil (foto de Oclisé)

Mi entrada de la semana pasada suscitó un cierto debate con alguno de los comentaristas, algo que es siempre estimulante cuando proviene de gente que te lee con atención y con criterio (como es el caso).
Tal vez por casualidad -aunque no creo en este tipo de casualidades, más bien es que cuando te interesa un asunto ejerces como de imán para todo lo relacionado con él- he leído en el Los Angeles Book Review un artículo que saca a relucir el tema de los misteriosos vaivenes de la fama literaria, tomando como ejemplo a un autor americano poco leído aquí, David Goodis, un caso que me parece ilustra a la perfección lo variable  -también imprevisible y sujeta a modas y mercados-  que es la valoración que reciben los escritores por parte de crítica y público. El inicio no puede ser más certero:
"La oscuridad literaria es una bestia curiosa. ¿Por qué algunos escritores son descubiertos y mantienen su fama, mientras que otros, quizás igualmente buenos, posiblemente aún mejores, siguen en la sombra o saltan a la fama sólo por un breve periodo para regresar luego al olvido? ¿Dónde está la clave? ¿Es el talento, la perseverancia, la gestión astuta, el devenir de los tiempos o la pura y simple suerte? Y el proceso por el cual los escritores olvidados son redescubiertos puede ser aún más extraño."
El de Goodis es uno más de esos casos curiosos: un escritor popular en los Estados Unidos durante las décadas de 1940 y 1950 por sus novelas negras, que conoció también un gran éxito de ventas en Francia. Aunque allí, al contrario que en su país -donde nunca se le consideró mucho más allá de la "pulp fiction"-, se puso de moda en los círculos intelectuales. Baste decir que François Truffaut llevó al cine una de sus novelas, Tirez sur le pianiste y Jean-Luc Godard le dio su nombre a un personaje de sus películas. En España, que yo sepa, nunca despuntó. Recuerdo vagamente haber leído alguna de sus novelas, quizás Al caer la noche o Viernes 13, que publicó Bruguera con unas cubiertas que hacían honor a su origen "pulp". O sea, que aquí, ni ventas, ni admiración. Pero eso no es tan raro. No sólo la fama de los escritores va y viene, sino que según el país su cotización sube o baja.
 



Recordemos también el caso de Sándor Marái, cuya novela El último encuentro salió en Destino a principios de los años cincuenta bajo el título de A la luz de los candelabros y pasó desapercibida. Durante la década de los treinta, Marái había alcanzado bastante fama en Centroeuropa, pero el eco no había llegado hasta aquí, ni mucho menos al otro lado del Atlántico. En su país, la guerra y luego el comunismo lograron que su obra quedase relegada al olvido, y algo parecido sucedió en el resto de países. Sólo después de su muerte (se suicidó en 1989, poco antes de que el comunismo que le había obligado a exilarse quedase disuelto por la Historia) la editorial italiana Adelphi tuvo la idea de reeditarlo. (A su vez, Roberto Calasso, el director de Adelphi, había encontrado sus obras en el catálogo de un editor francés que publicaba "maestros europeos olvidados"). Fue este un redescubrimiento con efecto "bola de nieve": uno tras otro, todos los países europeos se sumaron a él y casi de la noche a la mañana Marái se convirtió en uno de los autores mejor considerados, cuyas obras se reimprimían de forma constante. Esta vez, hasta los americanos se rindieron a él (hay que decir que el autor pasó sus últimos años en San Diego, California, sin que ningún editor manifestase interés por él).

Encuentro entre Thomas Mann y Sándor Marái en 1935.
Ambos acabarían en el exilio

Entonces, ¿hay alguna conclusión que se pueda sacar de esto? Seguramente, no. La cotización de los autores es imprevisible y, claramente, no tiene mucho que ver con su calidad. O con lo que su época entiende por "calidad literaria", que es también un concepto variable.
Aunque yo sí extraería de aquí una máxima, dedicada a los escritores: "Escribe lo que te apetece escribir, no lo que crees que pide el público."

lunes, 9 de febrero de 2015

LA LITERATURA, LA EDICIÓN, EL COMERCIO


Se quejan algunos conocidos míos que escriben -algunos incluso publican, aunque con escasa fortuna- de que ciertas obras que a su juicio son de ínfima calidad figuren en lo alto de las listas de bestsellers. Todo es relativo. Escritores que hace veinte o treinta años vendían (literalmente) millones de ejemplares han desaparecido hoy por completo de la memoria colectiva. ¿Alguien recuerda a Harold Robbins? Entre 1948 y 1997, llegó a vender 750 millones de libros en 32 lenguas (sí, a mí también me parece que a esta cifra le sobra al menos un cero, pero eso dice Wikipedia). Hoy, dudo mucho que puedan encontrar alguna de sus obras, a no ser en alguna polvorienta librería de lance. ¿Qué joven de hoy ha leído Juan Salvador Gaviota? Esta fabulilla simplona sobre una gaviota con cualidades humanas se convirtió en el libro de cabecera de los adolescentes de principios de los setenta, con las consiguientes ventas estratosféricas. Supongo que su lugar lo ocupan hoy, más o menos, las repetitivas obras de Paulo Coelho, e imagino que ellas también caerán en el olvido así que pasen un par de decenios. Precisamente el ejemplo de Richard Bach es el que emplea Rafael Chirbes en un artículo -incluido en el volumen titulado Por cuenta propia- en el que habla de sus relaciones con la literatura, con su editor y con el montaje comercial de la edición. Y lo resume con una frase que habría que poner en letras bien grandes ante todos los que se lamentan del escaso criterio del mercado:
"Ninguna editorial, por poderosa que sea, puede sostener indefinidamente un mal libro."
Publicarlo sí, por supuesto -hay ejemplos a porrillo- y también lanzar las inanidades más absolutas al estrellato de las grandes ventas (una combinación de oportunidad, técnicas de marketing y potencia comercial pueden hacer milagros). Pero el tiempo todo lo nivela. En este terreno, me gusta recordar que, hasta finales del XIX, Stendhal era un "escritor de escritores", poco apreciado por el público y que Henry James -hoy en el olimpo de los grandes- se lamentaba en sus cartas a sus editores de lo magro de las liquidaciones, que arrojaban ventas de mil o dos mil ejemplares a lo sumo.
Como dice Chirbes, lo más llamativo de la literatura, ese arte que puede practicarse sin más instrumentos que un lápiz y un papel, es su durabilidad. Un arte que exhibe "junto a su fragilidad, una correosa dureza [...] capaz de permanecer cataléptica durante decenios y de resucitar repentinamente con un vigor juvenil". Las ciudades, las obras arquitectónicas, hechas de piedra y cemento, se derrumban y desaparecen. Pero hoy seguimos viendo las murallas de Troya ante las cuales Aquiles exhibe el cadáver de Héctor, y que hace siglos quedaron reducidas a escombros, en las palabras de Homero o, retomando el ejemplo que cita Chirbes
"sabemos del viejo Moscú, o de la Alexanderplatz berlinesa de antes de la Segunda Guerra Mundial, por las novelas de Tolstói o de Döblin, y no por lo que ha quedado de las obras que hicieron príncipes, arquitectos y albañiles."
Así que yo les digo a mis conocidos aspirantes a escritores que no se obsesionen con las ventas, ni por supuesto con la fama. En el campo de la literatura -estamos hablando de literatura, no de entretenimento, que juega en otra liga- las consideraciones puramente comerciales son malas consejeras. Como dice Chirbes, "el único escalafón de un escritor es la calidad, algo que poco o nada tiene que ver con las ventas".