John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 29 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LA MANCHA



Como todos saben ya sin duda, se conmemora este año el 400 aniversario de la muerte de don Miguel de Cervantes  (o Cerbantes, como firmaba él) Saavedra. Magno acontecimiento y ocasión singular para homenajear a este genio de las letras. Vaya por delante que yo creo poco en los fastos oficiales y, en mi opinión, la mejor manera de pagar tributo a un autor es simplemente leer y apreciar su obra, que constituye su legado inmortal. Pero en fin, que nunca es malo lo que sea que contribuya -de un modo u otro- a acercarnos a un gran escritor. Para conmemorarlo debidamente, nos hemos apresurado a montar eso que tanto gusta y tan bien suena, una Comisión Nacional, llena de presidencias de honor y vicepresidencias, que sin duda se ha estrujado las meninges para sacarse de la manga todo tipo de actividades con sabor cervantino. Movida por la curiosidad -y también, porqué no decirlo, un tanto escamada por ciertas celebraciones vistas hasta ahora, como la que tuvo lugar en el Congreso de los diputados, que me pareció rozaba el ridículo-,  me he tomado la molestia de leerme el programa de actividades, y bucear un poco por su web (de diseño cuidado y limpio, se agradece).  
Ciertamente, el programa de actividades es amplio y abarca diferentes ámbitos. Nada menos que 68 páginas que reúnen más de cien actividades (aunque yo no las he contado, la verdad). Hay, por supuesto, muchas iniciativas interesantes, tanto en exposiciones -a destacar la que visité recientemente en la Biblioteca Nacional- como en artes escénicas o música. Para mi gusto, se abusa de esa moda que amenaza con convertirse en una plaga, esas lecturas continuadas de El Quijote que  abundan por todos lados. Este año, parece que se va a leer por todo el orbe, de Malasia a Camerún. Rizando el rizo, en Australia se han inventado una modalidad que va más allá, y que el programa de actividades describe así:
 
Dinero para leer. Dentro del proyecto del colectivo mmmm.tv,  Dinero para leer consiste en ofrecer una ayuda a un ciudadano australiano por leerse El Quijote íntegro, cumpliendo un horario laboral, frente a una cámara web que retransmitirá en todo momento el proceso de lectura. Las solicitudes de la ayuda se harán a través de la página web de la embajada, rellenando un cuestionario en el que los solicitantes habrán de responder a las preguntas: «¿Por qué motivos te leerías el “Quijote”?» y «¿Por cuánto dinero te leerías El Quijote?».
 
 Me pregunto cuánta gente se habrá presentado y cuánto habrán pedido por leerlo. No sé yo si que te paguen por leer se puede llamar estrictamente "fomento de la lectura"... En fin, que hay de todo y para todos los gustos, desde un concurso de grafiti cervantinos a otras actividades creativas, como el Ínsula Barataria Paca Project, una intervención urbana consistente (dice textualmente el programa) "en la construcción efímera de estructuras arquitectónicas mediante pacas de paja con distintos tratamientos, formas y funcionalidades", aunque la relación que eso pueda tener con don Miguel sea bastante tenue. Y todo huele un poco a improvisación, como el que en el programa figuren tantas actividades con la mención de "fechas por determinar". Es de temer que algunas de ellas no lleguen a materializarse y puedo dar fe de que al menos es así en un caso, y no menor. Casualmente, hoy Radio Nacional ha tenido la idea de emitir el musical de Mitch Leigh, con libreto de Dale Wasserman, El hombre de la Mancha, del que todos recordamos el ya clásico tema "El sueño imposible".
 
 
 
 
Sin duda este año cervantino era una ocasión de oro para hacer una reposición de esta obra en nuestros escenarios. Lo primero que he hecho es comprobarlo. Y sí, figura en el programa, del que se dice que "se estrenará en el Gran Teatro del Liceo en agosto de 2016". Lamentablemente, de eso nada. La web de Stage Entertainment, la productora que debía llevarlo a escena, comunica que han debido cancelar el proyecto por falta de interés. 
 
Otra ausencia que me parece llamativa, sobre todo teniendo en cuenta que en la citada Comisión Nacional figuran vocales de todas las comunidades autónomas, es que en alguna las actividades cervantinas programadas son iguales a cero. El mapa interactivo que nos facilita la citada web permite constatar  que ni en Galicia, en Euskadi, en Navarra, Cantabria, ni en La Rioja hay al parecer actos previstos (¿o no tienen la entidad suficiente como para aparecer reseñados?). En Barcelona -recordemos, ciudad cervantina- lo único que figura en el mapa es una "Edición especial de las obras de Miguel de Cervantes" a cargo de la colección Austral. Triste, la verdad.
 
En fin, si bien me parece que un país tiene el deber de honrar a sus literatos, creo que a don Miguel, a quien la fama y la fortuna le fueron tan esquivas, no le extrañaría tanto ver cómo son hoy las cosas.
 
 

jueves, 21 de abril de 2016

EL ARTE DE LA DEDICATORIA


Dice el DRAE sobre el verbo "dedicar", en su segunda acepción, que es: "Dirigir a alguien, como obsequio, un objeto cualquiera, y principalmente una obra literaria o artística." Se acercan días de libros en la calle y de escritores firmando. "¿Puede dedicarme su libro?" Junto a la satisfacción de contar con un lector, el apuro de cómo dedicárselo. Pues si conviene que los lectores respeten ciertas normas antes de lanzarse a la búsqueda de firmas, también los autores han de cuidar de estar a la altura de las expectativas de su público. Los más, salen del paso empleando una fórmula que no comprometa a nada: "A Fulanito, con afecto" -aunque es la primera vez que ve a Fulanito, y no ha tenido tiempo material de crear ningún vínculo afectivo con él-, o algo así. Más peliaguda se pone la cosa si el autor ha tenido cierto roce social previo con el solicitante de dedicatoria. Tal vez este conocido se sienta agraviado si recibe la misma dedicatoria que el lector totalmente desconocido, pero ¿cómo calibrar con exactitud el grado de amistad que les une? ¿Es lícito dedicarlo "A mi amigo Fulanito" si el tal amigo es simplemente el novio fugaz de una amiga, con el que no hemos cruzado más de tres o cuatro frases en nuestra vida? Otras veces es el propio lector el que le dicta prácticamente la dedicatoria al autor: "Dedíqueselo a mi hija Mariví, en el día de su cumpleaños. Porque cumpla muchos más." ¿No sería más lógico que fuese el comprador del libro -y quien lo ofrecerá como regalo- el que inscriba una dedicatoria así? Algunos afortunados escritores poseen habilidad no sólo con las palabras, sino también con el lápiz, y salen del paso trazando algún ingenioso dibujo junto a su firma. Suele llevar algo más de tiempo, pero seguro que les pone en menos compromisos.
La versión más cutre de todo esto se da en ciertos casos de autores megabestsellers, a quienes  para intentar contentar la demanda de sus fans, los editores hacen firmar un buen número de ejemplares a ciegas, que luego se ponen a la venta con ese "plus".

Claro que, aparte de estas dedicatorias de ocasión están las otras, las que ya vienen impresas. También aquí hay diversas escuelas a la hora de resolverlas. Como sabemos, en tiempos antiguos la dedicatoria no era más que una forma de adulación al mecenas que había costeado la impresión de la obra o había ayudado económicamente al creador. Así, Cervantes dedica su Quijote al Duque de Béjar, en unos términos que -con cuatro siglos de por medio- se nos antojan chocantes. ¿Quién se acuerda hoy de ese duque, a quien humildemente Cervantes "con el acatamiento que debo a tanta grandeza" le suplica protección para su inmortal obra? En nuestra época, las dedicatorias suelen ser mucho más cortas y de índole privada. El escritor dedica su obra a sus padres, a su mujer, a algún amor que quiere mantener más o menos anónimo y que solo cita por sus iniciales... Dedicatorias sin duda muy sentidas, pero bastante aburridas, por más que a veces proporcionen interesantes atisbos en la intimidad del escritor. Y luego están las dedicatorias reivindicativas, como la de Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz:



"A C. Wright Mills,

verdadera voz de Norteamérica, amigo

y compañero en la lucha de Latinoamérica."


Dedicatorias que son declaraciones de principios, como la de Juan Ramón Jiménez, "A la minoría, siempre". Y, algunas veces, dedicatorias más ingeniosas, que nos dicen algo tanto del autor como de la intención de su obra.


"Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo: hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fuesen suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues mi dedicatoria:

A LEON WERTH,

cuando era niño
  

Es, como ya habrán adivinado, la sentida dedicatoria con que Saint-Exupéry comienza El principito (1943). Creo que es importante recordar la fecha en que fue escrita, porque la mención al hambre y el frío que pasaba Léon Werth no es gratuita. De hecho, en Francia esta obra solo se llegó a publicar a partir de 1946, una vez acabada la guerra.


miércoles, 13 de abril de 2016

LA FICCIÓN, ESA MÁQUINA DEL TIEMPO

Barracas en e barrio de La Perona hacia 1960
 
La ficción es una poderosa herramienta para conocer la realidad. Nunca falta quien traza una firme línea divisoria entre "lo auténtico" y lo inventado", pero sospecho que se trata de personas cuya experiencia en cuanto a lecturas de ficción es muy escasa. Los grandes lectores saben bien que para conocer el mundo, presente y pasado, para conocer a las personas y saber lo que pasa dentro de esas cabezas cuyo contenido nos está vedado, no hay nada mejor que la ficción. Sí, eso que en apariencia no existe -porque es fruto de la imaginación de alguien- es paradójicamente lo más cercano a una experiencia real que podemos tener.
Dos hechos que se me han presentado unidos por la casualidad me sirven para reafirmarme en este convencimiento.  Se trata de lo siguiente: en el Palau de la Virreina de Barcelona se ha inaugurado hace poco una exposición -compuesta básicamente por fotografías y documentos audiovisuales- que sigue la construcción de la ciudad moderna. Lleva por título Barcelona. La metrópolis en la era de la fotografía (1860-2004). Entre los diversos vídeos de diferentes épocas que se ofrecen al visitante, uno de los más impactantes es el que muestra las miserables condiciones de vida de los miles de inmigrantes que, expulsados de sus tierras por la miseria, acudieron a la gran ciudad durante las décadas de 1950 y 1960 en busca de trabajo y pan. Seguro que nos suena esa música -hacinamiento, barracas, crecimiento descontrolado de barriadas sin ningún servicio...-, pero otra cosa es ponerle caras. Poco antes de verlo, había releído para un club de lectura la novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa -que, por cierto, ahora se reedita en una nueva versión que incluye algunos pasajes tachados por la censura-, una novela que habla precisamente de ese mundo de la periferia, de los barrios humildes y los jóvenes que sueñan con salir de ellos algún día. Uno y otro -el documental y la novela- son visiones gemelas de una misma realidad; sólo que el de Marsé parece más auténtico.
 
 
 
 
En la novela de Marsé nadie sonríe a la cámara y gracias a la ficción tenemos el privilegio de asistir a todo aquello que los personajes hacen precisamente cuando nadie les ve. Tal vez lo que más me ha sorprendido de esta nueva lectura es darme cuenta de la inmensa fuerza poética que anima el lenguaje de Marsé, con imágenes absolutamente certeras e inolvidables, como esta descripción de una de las chicas del barrio (tan distinta de la rubia y etérea Teresa):
 
"La Rosa siempre le había inquietado, sobre todo por algo ingrato que había en su boca, como un amago de codicia; boca amarga y sin color, gruesa, dura como un músculo. Tenía turbios ojos de humo y hombros lechosos, llenos de pecas. En traje de baño mostraba un cuerpo bonito, de cintura insospechadamente grácil, pero demasiado fofo, blando, con esa blancura viscosa de las patatas peladas."
 
Uno siente muy cercana la Barcelona de los cincuenta gracias a esa máquina del tiempo que es la ficción. Y, si se quiere comprender aún mejor esos años oscuros, recomiendo vivamente otra novela, que incomprensiblemente ha desaparecido del radar de la atención del público, igual que su autor, Luis Romero: La noria. La obra fue Premio Nadal en 1952 y relata un día de la vida de la ciudad, a través de una serie de personajes cuyas vidas se cruzan en algún momento. Me temo que no existe una edición en el mercado, pero harían bien en reeditarla, porque es todo un mosaico humano y un impagable retrato de una época, que se diría brotado de alguna de las fotos de Català-Roca.
 
 
Frances Català-Roca, La Vía Layetana, entre
las calles Junqueras y Condal
 
 
 
 

miércoles, 6 de abril de 2016

LAS EDADES DE LA LECTURA



¿Son los libros que leímos hace años realmente como creemos que son? Como el libro está ahí, aparentemente inmutable, con sus letras, sus líneas, sus párrafos, sus páginas... los lectores tendemos a creer que siempre es el mismo libro, no importa cuándo lo hayamos leído o lo pensemos leer. Olvidamos, claro, que no hay libro si no hay lector: todas esas letras, líneas, párrafos, etc. no son nada sin la experiencia del lector que los capta, los comprende y los filtra de acuerdo a su entendimiento. No hay un libro, hay tantos libros como lectores. Por si fuera poco, los propios lectores no son siempre el mismo lector, de ahí las inmensas sorpresas que a menudo deparan las relecturas. Créanme, no es lo mismo leer Guerra y paz a los dieciséis que a los cuarenta y seis años.
Recientemente, tuve una experiencia que corroboró este extremo: leyendo la reseña hecha por un bloguero amigo de uno de los libros que marcaron mi juventud, El corazón es un cazador solitario, me di cuenta de que buena parte de lo que contaba no me sonaba en absoluto. Con asombro y cierto horror, descubrí que mi yo lector de entonces sólo había registrado una parte de la historia. Por supuesto, la que a mí en esos momentos de mi vida mi importaba; el resto, se había esfumado de mi recuerdo porque -sospecho- nunca le presté mucha atención.
Esto me ha llevado a reflexionar acerca de cómo en cada etapa de la vida se lee de una manera distinta. Generalizando, diría que puedo distinguir tres grandes etapas lectoras:


 
 1. La niñez. Magia y fascinación.
Como los primeros amores, las primeras lecturas son lo más maravilloso que a uno le puede suceder. En esta etapa de descubrimiento -¡hay otros mundos!- la frontera entre lo real y lo ficticio es tenue. Lo que uno busca es la fascinación de la novedad, la aventura, lo desconocido. Todo es creíble, todo parece posible. No hay barreras entre lector e historia: "somos" alternativamente el Gato con Botas, la Cenicienta o Robinson Crusoe. Seguramente la lectura de la infancia es la que más se ajusta a la idea de "perderse en las páginas de un libro". Lectura inmersiva.



En un orfanato, Lübeck (detalle), de Gotthard Kuehl
 2. Adolescencia y juventud. Modelos y respuestas.
Si en los primeros años leemos olvidándonos de todo, los muchos interrogantes que suscita la adolescencia, esa edad en que todo -empezando por el propio cuerpo- parece volverse extraño y hasta peligroso, incitan a buscar respuestas en la lectura. Los libros, así, se convierten en posibles modelos, claves para entender el mundo y para entenderse a uno mismo, pautas de conducta para tratar con los demás.  Durante esta etapa, leemos sobre todo buscando un reflejo, una imagen que poder aplicar a nuestra vida. No es raro pues que a los adolescentes les gusten los libros que tratan de adolescentes tan desorientados como ellos -véase El guardián entre el centeno-, o el absoluto éxito de la novela romántica entre las jovencitas, que parecen responder -cierto que de manera idealizada y poco realista, como uno comprueba más adelante- al gran interrogante de qué es el amor y cómo conseguirlo. Durante estos años de exploración intelectual y afectiva, la lectura funciona como una especie de mapa en el que vamos buscando pistas.
 

A Good Read, Sally Strand
 3. Madurez. Análisis y disfrute.
Una vez han pasado las turbulencias -cierto que algunas personas nunca las dejan atrás, y por eso quedan varadas en la lectura-búsqueda; tal vez eso explique el tirón de los libros de autoayuda-, una mayor estabilidad nos permite también leer de otro modo. Ya no nos buscamos a nosotros mismos, sino que somos capaces de buscar al otro. Es decir, comprendemos al fin que detrás de la historia que nos cuenta cada libro hay un autor y una intención. Que esa intención puede ser muy simple, pero también muy compleja. Que pueden haber distintos niveles de interpretación. Que uno se puede dejar arrastrar por el encanto de una historia, pero también mirarla desde cierta distancia y analizar cómo está hecha, compararla con otras. Estas operaciones, además, enriquecen nuestra capacidad analítica y nos enseñan a establecer categorías, a disfrutar de la obra bien hecha. Una mayor experiencia de la vida y de las personas hace que nos maravillemos cuando lo que el libro refleja parece ser la vida misma, y resultemos defraudados cuando los personajes parecen estar hechos de cartón piedra. Sabemos qué es lo que nos gusta pero también porqué nos gusta. Podemos ser testigos y cómplices a la vez.

Diría que estas etapas son ineludibles, pero también positivas. Parte del proceso de crecer, de aprender, de vivir. Un adolescente nunca podrá leer Crimen y castigo como un adulto y si a los cuarenta años se te caen de las manos los libros de Enid Blyton que devoraste de joven la culpa no es de ellos: es que tú ya no buscas en ellos un modelo de comportamiento. Por eso los buenos libros, entre ellos los clásicos, lo son porque tienen algo para cualquier edad.
 

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La tradición de los huevos de Pascua se remonta a tiempos muy antiguos
y tiene que ver con el huevo como símbolo de (re)nacimiento
 
En la lectura, como en la vida, se puede pecar por acción o por omisión. En el primer caso, está claro lo que ocurre: engañados por los cantos de sirena de la publicidad, o haciendo caso a la recomendación de alguien de cuyo criterio debimos desconfiar, caemos en manos de algún libro horrible, que nos hace maldecir el tiempo empleado en leerlo. El pecado por omisión es precisamente lo contrario, y tal vez resulte más lamentable aún que el anterior: nos abstenemos de leer determinado libro simplemente porque el tema no parece atractivo, privándonos así durante meses o años de un goce que debimos descubrir mucho antes. Como si el "tema", o lo que de este se dice en el texto de solapa y en las reseñas, tuviese alguna importancia; deberíamos ponernos en algún lugar bien visible un cartel muy grande que dijera "En literatura, lo importante es el cómo, no el qué". Yo no soy mucho de pecar por acción -con los años, he aprendido a hacer oídos sordos a según qué medios y personas-, pero me temo que tiendo a pecar por omisión. Últimamente, me ha pasado  (vamos a confesarlo abiertamente, aprovechando que estamos en días de penitencia) con dos autores de primera fila y he cometido con ambos omisiones injustificables. El primero de ellos es Javier Cercas: durante varios años, evité Anatomía de un asesinato por el prejuicio -tonto, como todos- de que "ya estoy un poco harta de oír hablar del 23 F"; por supuesto, cuando por fin lo leí descubrí que era un relato apasionante, que debía haber leído mucho antes. Encima,  he tropezado dos veces con la misma piedra, porque lo mismo me ha sucedido con Las leyes de la frontera: después de hacerle el vacío durante mucho tiempo, lo he devorado estas vacaciones. ¿Es una historia, como parece, de quinquis de los setenta? Pues sí y no. Como todas las buenas historias, es más que eso.  
 
 
Emmanuel Carrère (Foto: www,latercera.com)
 
 
Con el segundo autor, Emmanuel Carrère, la omisión ha sido más leve, porque ha durado menos, aunque también de Limónov pensé en un primer momento que no me iba a interesar la historia de un delincuente ruso (me interesó, y mucho) y me ha llevado bastantes semanas superar mi reticencia a tomar entre manos su última obra El Reino, por aquello de que el tema me parecía poco atractivo. Error, claro. Léanlo, no digo más.
Al principio de El Reino, Carrère cuenta que participó en la fase inicial de la escritura del guión de la serie Les Revenants porque encontró fascinante la premisa de la que partía: en un pueblo de los Alpes franceses, una serie de personas fallecidas regresa a sus hogares, no como zombis vengativos, ni como espíritus, sino como seres normales, que se ponen a prepararse un bocadillo en la cocina, o intentan entrar en la casa que habitaron años atrás (y se encuentran, con estupor, que la llave no encaja en la cerradura). Por supuesto, esto crea situaciones insólitas e interesantes, y de eso va la serie (al igual que me he sumergido en la lectura de Carrère, me he precipitado a ver la serie, que por ahora me tiene angustiada e intrigada a partes iguales; esperemos sólo que no lo estropeen con los trucos gastados de siempre).
 
 
 
 
Regresar de entre los muertos es imposible, todos lo sabemos, pero al mismo tiempo es lo que desearíamos, tal vez no tanto para nosotros mismos, sino para aquellos que amamos y nos han dejado. La idea germinal de Les Revenants me recuerda poderosamente a la de uno de mis relatos favoritos de Crónicas marcianas -del que ya hablé en un post anterior-, "La tercera expedición". Por muy inverosímil que parezca el concepto de la resurrección, ¿alguien se resistiría a acoger en su casa a la hija, el esposo, el hermano o el padre que perdió? Creo que yo, como les ocurre a los astronautas de Bradbury, tampoco sabría negarme. Fuesen cuales fuesen las consecuencias. En cualquier caso, ni El Reino ni Les Revenants tratan de resurrección, sino de todo lo que viene después.  Definitivamente, no es el qué, es el cómo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

UMBERTO ECO Y LA TIPOGRAFÍA

Fotograma de la película de Jean-Pierre Annaud basada en El nombre de la rosa.
Guillermo de Baskerville (sen Connery), investigando en la biblioteca.
 
Con ocasión del reciente y lamentado fallecimiento de Umberto Eco, numerosos artículos han evocado su obra más conocida, El nombre de la rosa -aunque él aseveraba que de toda su producción, lo único que perduraría sería el manual sobre Cómo se hace una tesis-, citando una y otra vez los referentes literarios de algunos de sus personajes, especialmente del monje Jorge de Burgos (trasunto de Jorge Luis Borges, una referencia de lo más transparente) y de Guillermo de Baskerville, compuesto según se dice de Sherlock Holmes (el nombre de Baskerville evocaría el famoso relato de Conan Doyle "El perro de los Baskerville") y Guillermo de Occam (el propio Eco admite en sus Apostillas a "El nombre de la rosa" que "al principio decidí que el detective fuese el propio Occam, pero después renuncié porque la persona del Venerabilis Inceptor me inspira antipatía").
 
John Baskerville
 
Curiosamente, nadie cita como inspiración para nombrar a este detective medieval a otro personaje que a mí -será por mi formación- siempre me viene a la cabeza cuando oigo este nombre: John Baskerville. Cualquiera que se haya movido entre imprentas conoce la tipografía Baskerville, clásica, elegante e intemporal. Garamond, Bodoni, Caslon, Baskerville... todos ellos tipógrafos eminentes que diseñaron tipos que en su mayoría -a veces con ligeras variantes- han perdurado varios siglos. Me resulta sorprendente que a nadie se le haya ocurrido mencionar esta posible conexión. Máxime cuando Eco era un gran conocedor del mundo del libro y la bibliofilia: entre sus obras se cuenta un tratado sobre estos temas, La memoria vegetale e altri scritti di bibliofilia, incomprensiblemente no traducido al español.
 
 


 
Por si fuera poco, resulta que no es esta la única vez en que Eco recurre a un insigne tipógrafo para dar nombre a alguno de sus personajes: lo hace también en El péndulo de Foucault, donde además elabora una prolongada broma metaliteraria (¿o se debería decir metatipográfica?). Los tres personajes principales de esta novela -Casaubon, Belbo y Diotallevi- trabajan para la Garamond, pretendidamente una editorial seria, que a su vez alberga otra editorial más oscura y mucho más lucrativa, la Manuzio, que comercia con autores autofinanciados (AAF), cuya vanidad y deseos de verse publicados explota sin rubor. El dueño de estas empresas, el señor Garamond, es un personaje diabólico, que resultará estar detrás de algunos de los hechos principales del libro. Aquí, hay, por supuesto, un guiño al lector avisado: tanto Claude Garamond (1499-1562) como Aldo Manuzio (1450-1515) son dos de las figuras más notables de la historia de la imprenta en Europa. Casaubon, por cierto, es igualmente un nombre de resonancias bibliófilas: Isaac Casaubon (1559-1614) fue un erudito clásico, filólogo y bibliotecario.
Tal vez me paso de lista o quiero ver lo que no hay -asemejándome así a los propios personajes de Eco, tan a menudo envueltos en construir teorías de la conspiración-, pero teniendo en cuenta los antecedentes de Eco y su trayectoria literaria, me cuesta no creer que Guillermo de Baskerville no sea -también- un homenaje al distinguido tipógrafo inglés, que era además un insigne ilustrado, una de esas figuras que seguro hacían las delicias del escritor italiano.
Por cierto, si quieren saber más de  tipógrafos y tipografía, recomiendo la web Unostiposduros y, con referencia a Baskerville, muy especialmente el trabajo de José Ramón Penela sobre él.
 

martes, 8 de marzo de 2016

EUROPA, ¿EUROPA?

¡Cuánto más fácil parece ser estremecerse ante los sufrimientos de gentes que vivieron muchos años atrás -aunque no tantos...- que ante los de aquellos que llaman a nuestras puertas hoy mismo! Uno se pregunta de qué sirve la Historia, si alguna vez aprendemos de ella. Se diría que no. Hace sesenta años, Europa vivía una grave crisis de refugiados, después de sobrevivir a una guerra atroz. Las instituciones europeas se crearon -o al menos eso creíamos- con la intención de evitar dramas humanos como aquel. Sin embargo, nada ha cambiado. Los mismo cuyos padres lo vivieron en carne propia, cierran la puerta a los hombres, mujeres y niños que huyen de la guerra y la destrucción. Europa, una vergüenza.
Lean, lean estos testimonios de testigos presenciales y verán si no les parece estar contemplando los telediarios de hoy mismo.
 
 
Refugiados alemanes, Saarbrücken, 1945
"¡Desechos humanos! Mujeres que habían perdido a sus maridos e hijos, hombres que habían perdido a sus mujeres; hombres y mujeres que habían perdido sus hogares y a sus hijos; familias que habían perdido enormes granjas y fincas, tiendas, destilerías, fábricas, molinos, mansiones. También había niños pequeños que vagaban solos, cargando con un hatillo, llevando una patética etiqueta pegada. Sus madres habían sido separadas de ellos por algún motivo, o bien habían muerto y habían sido enterradas por otras personas desplazadas en algún punto al borde del camino."
 (William Byford-Jones, un oficial del ejército británico destacado en Alemania en 1945, citado por Tony Judt en Postguerra)

"Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. [...] En otros momentos, les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania."

(Keith Lowe, Continente salvaje)


Refugiados, 2015

"En la estación de ferrocarril: Hay refugiados tendidos en todos los escalones y uno tiene la impresión de que no levantarían la vista ni aunque sucediera un milagro en medio de la plaza; tan seguros están de que no sucederá ninguno. Se les podría decir que más allá del Cáucaso hay un país que los acogerá y entonces ellos reunirían sus pertenencias sin fe ninguna. Su vida es sólo una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; sólo la vida sin esperanza continúa adherida a ellos, como un espectro, como un animal invisible y famélico que los arrastra por las estaciones de tren tiroteadas, noche y día, bajo el sol y la lluvia; respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros, con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno, como si quisieran retornar a él."

(Max Frisch, "Frankfurt, mayo de 1946", recogido en Europa en ruinas)





"Los médicos que han informado a los periodistas extranjeros sobre los hábitos alimenticios de estas familias explican que lo que cocinan en esas cacerolas es indescriptible. En realidad no es indescriptible, del mismo modo que toda su existencia no es indescriptible. Esa carne sin nombre que consiguen de una u otra manera o las verduras sucias que han sacado de Dios sabe dónde no son indescriptibles, son extraordinariamente repugnantes, pero lo repugnante no es indescriptible, tan solo es repugnante. Del mismo modo se puede refutar a aquellos que dicen que los sufrimientos que los niños deben soportar en esos sótanos son indescriptibles. Si uno quiere, se pueden describir maravillosamente: el que está de pie junto a la estufa con el agua hasta los tobillos simplemente lo deja estar, se dirige a la cama donde están los niños que tosen y les ordena que se larguen a la escuela inmediatamente. Hay humo, frío y hambres en ese sótano, y los niños, que han dormido completamente vestidos, ponen los pies en el agua, que casi les llega a la caña de sus botas agujereadas y atraviesan el pasillo oscuro del sótano en el que hay gente durmiendo, las oscura escaleras arriba, donde también hay gente durmiendo, y salen fuera al otoño alemán húmedo y frío."

(Stig Dagerman, "Alemania, otoño de 1946", recogido en Europa en ruinas)