John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 11 de octubre de 2019

HAMBRE DE LIBROS


Vivimos en una época de abundancia. Nunca antes, en el curso de la historia humana -y, más concretamente, en la de la literatura- ha resultado tan fácil y tan barato rodearse de libros. Bibliotecas públicas, librerías de segunda mano y el vasto universo de internet hacen que cualquiera  pueda estar siempre bien surtido de material de lectura. Claro que esto no ha sido siempre así. Antes de la imprenta, los libros manuscritos eran escasos y carísimos, y sus dueños los custodiaban como los tesoros que eran. Después, paulatinamente, se fueron abaratando, pero pasarían siglos hasta que los libros estuviesen al alcance de las clases medias y bajas. En ediciones no tan bonitas ni duraderas, quizás -de quiosco, de bolsillo-, pero a un coste asequible para todos los bolsillos. Y para los que no tienen ni esas pocas monedas, ahí está la red de bibliotecas públicas. Damos por sentada esta copiosidad, igual que los supermercados abarrotados de comestibles para todos los gustos nos parecen de lo más normal. Hoy, en los países desarrollados, los lectores solo hemos de preocuparnos por elegir el libro que leeremos a continuación, nunca por si pasaremos hambre de libros. (A veces, movidos por nuestra voracidad, corremos el peligro de darnos un atracón.)
Cuesta, pues, imaginarse lo que puede representar para un lector vivir sin libros, verse de repente -por unas u otras circunstancias- privado de ellos. La sola idea, a mí, me produce escalofríos. Por eso he encontrado tan emocionantes dos de los testimonios que recoge Patrick Kurp en su blog Anecdotal Evidence. Ambos, casualidad o no, proceden de autores polacos. El primero es Josef Czapski, conocido ante todo como pintor, pero también por sus textos autobiográficos -recogidos en el libro En tierra inhumana- de su cautiverio en campos y cárceles soviéticas. 


Recluido en el campo de Griazowietz, en condiciones sumamente precarias, junto con los escasos oficiales polacos que se salvaron -no se sabe bien por qué- de la matanza de Katyn, Czapski y sus compañeros organizaron una serie de conferencias culturales. Un bibliófilo de Lvov les hablaba de la historia del libro; un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia, sobre arquitectura; un reputado viajero y alpinista, sobre América del Sur; Czapski, por su parte, charlaba sobre la pintura y la literatura francesas (había vivido más de diez años en París) y, en especial, sobre Proust. Es conmovedor leer cómo relata las circunstancias en que se dictaban esas conferencias:

"Yo pensaba entonces emocionado en Proust, en su cuarto sobrecalentado de paredes de corcho, que se habría sorprendido mucho y quizás emocionado al saber que, veinticinco años después de su muerte, unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, que a menudo llegaba a los 40º bajo cero, escuchaban con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de ese mundo de preciosos descubrimientos psicológicos y de belleza literaria. [...] Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos de Proust y Delacroix me parecen las horas más felices."

Aquella gente trabajaba en condiciones durísimas, no tenía apenas comida, y mucho menos libros, pero el recuerdo de unos libros leídos con pasión les permitía seguir sintiéndose humanos. Si les interesa acceder a este documento, las charlas de Czapski están publicadas en el libro Proust contra la decadencia. 

Jerzy Stempowski

El otro polaco hambriento de libros es Jerzy Stempowski, aunque su ayuno no resultó tan prolongado como el de Czapski. Relata Stempowski en un ensayo titulado "La biblioteca del contrabandista" cómo, poco después de la invasión de Polonia por los nazis, pasó un tiempo en un sanatorio en algún remoto lugar de los Cárpatos, enfermo de neumonía. Cuando le dieron el alta, se hizo amigo de unos contrabandistas que le ofrecieron refugio en uno de sus escondrijos. Uno de ellos, sabedor de su condición de intelectual, le dijo "Acostumbrado a leer toda la vida, te pondrás muy triste si no tienes libros". Y poco después apareció con un saco de libros que había conseguido quién sabe dónde y que contenía tesoros como las Bucólicas de Virgilio, una buena edición de Horacio, otra de las Metamorfosis, varias obras en español (entre ellas, Gracián), unos cuantos volúmenes de Walter Scott, Orgullo y prejuicio y algunos de los poetas románticos ingleses. "La mejor lectura para un largo invierno". 
Puedo imaginar bien el alborozo del escritor polaco -que, por cierto, hablaba numerosas lenguas, de ahí que no le hiciese ascos a ninguno de los libros que le proporcionó su amigo contrabandista- ante este regalo, seguramente el mejor que podían hacerle.   
La próxima vez que me acometa la sensación de que tengo demasiados libros, intentaré pensar en estas dos historias y recordar que soy una privilegiada. Ojalá nunca tenga que pasar hambre de libros. 
  

jueves, 19 de septiembre de 2019

LIBROS CONGELADOS


Cuando alguien habla de la destrucción de libros, suele implicar que los han quemado. Las quemas de libros han sido populares desde hace siglos entre censores y dictadores de pelajes diversos. Imagino que tendrá que ver con la idea del fuego purificador, o con la espectacularidad -desde luego, incomparable- de una buena hoguera. Sin embargo, el peor enemigo de los libros no es el fuego, ni mucho menos. A lo que más temen los editores -con sus almacenes saturados por miles de volúmenes- y los bibliotecarios no es al fuego, sino a la humedad. De hecho, quemar un libro no es tan fácil como parece. Sí, el papel arde bien, pero en forma de bloque compacto, menos; y si ese bloque está cubierto por en unas sólidas tapas de cartón, la cosa se pone aún más difícil. No les digo que lo prueben, porque destruir libros -o intentarlo- por cualquier medio esta muy feo, pero creo que pueden imaginárselo. En cambio, basta una simple gotera para arruinar cientos de libros. Porque después del agua viene el moho, y eso sí que no tiene remedio. Igual que sucede con las hojas en los bosques de donde procede, el libro mojado acaba por pudrirse. Así, para los libros, más temibles que los incendios pueden ser las mangueras de los bomberos que acuden a extinguirlos. ¿Qué ocurre, entonces, si una biblioteca se quema? Les contaré la fascinante historia del incendio, y posterior reconstrucción, de la Herzogin-Anna-Amalia-Bibliothek -así de largo es el nombre- en Weimar para ilustrarlo.


Aunque la biblioteca en  cuestión fue fundada en 1681 por el duque Guillermo Ernesto de Sajonia, su actual ubicación, y la maravillosa sala rococó por la que es famosa (aparte de por su fondo bibliográfico) se deben a la duquesa Ana Amalia quien, convertida en regente a la temprana muerte de su esposo en 1758, se erigió en mecenas de las letras y las artes y, junto a su hijo Carlos Augusto, que la sucedió, transformaron a su corte de Weimar en polo de atracción de la flor y nata intelectual de la época. Todo el que era alguien entre los siglos XVIII y principios del XIX pasó por allí: Goethe, Schiller, Herder, Bach, Hegel y muchos más. Ana Amalia -gran amante de la literatura y de la música- favoreció con fondos especiales a esta biblioteca, que en 1998 fue declarada Patrimonio de la Humanidad, igual que otros edificios del Weimar clásico. 


Sin embargo, en la noche del 2 de septiembre de 2004 se produjo una catástrofe: el tejado del edificio que aloja la biblioteca se incendió y las llamas devoraron a su paso no solo la hermosa sala rococó, sino también miles de volúmenes. A pesar de los esfuerzos tanto de los bomberos como de los simples ciudadanos de Weimar (que organizaron una cadena humana para ir rescatando libros, se dice que el propio director se internó entre las llamas y salió con una valiosísima Biblia de Lutero en las manos), se calcula que unos 50.000 ejemplares y partituras antiguas se perdieron para siempre. Otros 28.000 ejemplares consiguieron salvarse y el resto, unos 62.000, presentaban daños diversos, tanto por efecto de las llamas como por el agua usada para acabar con ellas. ¿Qué hacer con varias toneladas de libros chamuscados y empapados? ¿Habría alguna esperanza de recuperarlos? De inmediato, empezó la tarea de salvar estos tesoros amenazados. Los responsables de este rescate dieron con una idea novedosa y -tal como se demostró- muy eficaz: congelar los libros. Evidentemente, con eso no basta para recuperarlos, pero ese proceso impide que el moho haga presa en ellos y los mantiene a salvo mientras esperan que les llegue el turno de ser cuidadosamente restaurados. Restauración que se viene realizando empleando técnicas sofisticadas -y desarrolladas algunas por primera vez- y que aún dura, dada la enorme cantidad de volúmenes implicados y el coste de todo ello. Quien quiera saber más al respecto, puede recurrir a este vídeo:




Por su parte, la biblioteca en sí fue reconstruida con todo el mimo posible y se reabrió el 24 de octubre de 2007 -tan solo tres años después del incendio que la destruyó- coincidiendo con el aniversario de Ana Amalia. Hoy, su aspecto es tan esplendoroso como lo fue en vida de su mecenas. (Las fotos que ilustran este artículo, tomadas in situ hace pocos días, lo demuestran). Uno de los elementos que se pudo rescatar del fuego y que ahora vuelve a ocupar su lugar en ella es un enorme busto de Goethe, inaugurado para el ochenta cumpleaños del autor, que fue durante largos años director de la biblioteca, hasta su muerte en 1832.




¿Congelar los libros como si de un filete de merluza se tratase? Pues resulta una técnica útil y no sólo para evitar los daños de la humedad, sino también para librarse de los molestos parásitos come-libros que son otra de las plagas que amenazan a los volúmenes antiguos. La Biblioteca Beinecke de libros raros, que guarda numerosos tesoros bibliográficos, la probó hace un tiempo con tanto éxito que hoy en día congela durante tres días todas sus nuevas adquisiciones, asegurándose de este modo que están libres de insectos o larvas. 
Si un día se despistan y meten su libro en el congelador en lugar de en la estantería -cosas más extrañas se han visto-, estén tranquilos: congelar los libros los preserva a las mil maravillas. 



sábado, 31 de agosto de 2019

LIBROS CONTAGIOSOS

(Ilustración de István Orosz)

Que la capacidad de los libros para difundir ideas los convierte en factores de contagio de formas de pensamiento consideradas peligrosas es cosa sabida -y temida- desde hace siglos. Diferentes formas de atajar este contagio, desde los rigores de la Inquisición a la censura previa, llegando a la quema de aquellos libros considerados más nocivos, han intentado ponerle remedio a lo largo de la historia, por lo general sin mucho éxito (parece inevitable que lo prohibido se convierta automáticamente en algo codiciado). Pero existe igualmente el miedo a que el libro, en tanto que objeto físico, sea causante de enfermedades, por creerlo portador de gérmenes. O sea, que a saber por qué manos ha pasado ese libro antes y qué miasmas malignas se hayan podido impregnar en él. (Dejamos de lado el caso del libro envenenado a propósito, del que tanto partido sacó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Y no digo más para no hacer un spoiler a los pocos que aún no hayan leído la novela ni -más raro aún- visto la película.)
Los primeros atisbos de este temor al contagio a través de los libros proceden de épocas teñidas por la ignorancia y el miedo: ante las plagas y pestes que asolaban Europa -cuyo verdadero origen era por entonces desconocido- se sospechaba de todo. Habla Daniel Defoe, en su Diario del año de la peste, de que los aterrorizados habitantes de Londres recurrían, en su zozobra, a la lectura de almanaques y predicciones astrológicas, unos opúsculos que -según el ficticio narrador de la historia- resultaban peligrosos porque "agitan y desordenan los cuerpos de sus lectores, haciendo así más probable que adquieran la enfermedad". Los más precavidos trataban sus páginas con pólvora, vinagre y perfumes, además de leerlas con guantes, persuadidos de que así mantenían a raya el peligro.



Tal como nos informa el libro de Annika Mann, Reading Contagion: The Hazards of Reading in the Age of Print, durante el siglo XVIII es cuando aparece por primera vez el concepto del peligro de contagio a través de los libros. Richard Mead -médico del rey Jorge II- afirma en uno de sus escritos que durante una plaga el peligro mayor de contagio proviene de aquellos mercancías "que retienen la infección, como algodón, cáñamo, papel y libros" entre otras. Objetos todos ellos que están en contacto con el cuerpo humano y son suficientemente porosos para absorber sustancias infecciosas. Esta ansiedad se vería reflejada en diversos autores de la época y -tras apaciguarse un poco con los progresos en higiene pública y medicina del XIX-, rebrotaría hacia finales de siglo con la proliferación de las bibliotecas públicas. A pesar de que no fue posible obtener ninguna evidencia médica concluyente de que se produjesen contagios a través de libros infectados, la cuestión flotaba en el ambiente. De hecho, en la década de 1880, se produce lo que en Estados Unidos llegó a llamarse el "gran pánico de los libros". Coincidiendo con una epidemia de viruela -este tipo de pandemias cusan reacciones de pánico que a menudo no atienden a razones- se empezó a exigir que las bibliotecas desinfectasen de algún modo los libros tras su préstamo (muchas de ellas recurrieron al vapor), mientras que en Gran Bretaña se producía un acalorado debate entre varias publicaciones acerca de este asunto, debate que quedó zanjado por la revista Library al abogar esta por la destrucción de todos aquellos libros que hubiesen estado en manos de personas infectadas. Como parte de este "pánico al libro contagioso", en Londres la Public Health Act de 1891 establecía multas de hasta cinco libras para todo aquel portador de una enfermedad infecciosa que prestase a propósito un libro a otra persona (lo que deja en el aire la espinosa cuestión de hasta qué punto el infectado prestaba a libro a mala fe o no). También se dio gran publicidad, en 1895, al fallecimiento de una bibliotecaria americana, Jessie Allen, en 1895, que se achacó a una tuberculosis que se suponía había contraído a través de la manipulación de libros. Resulta cuanto menos extraño que este sea el único caso documentado de muerte entre bibliotecarios. Si realmente los libros fuesen tan contagiosos, ¿no debería presentar este sufrido gremio un altísimo índice de mortalidad?



En fin, que esta ola de pánico a los libros contagiosos alcanzó su auge hacia final de siglo, para declinar hacia 1910, dado que -a pesar del incremento de las bibliotecas públicas- la evidencia no demostraba un aumento de contagios ni muertes entre sus usuarios, ni aún menos entre sus empleados. La gente empezó a preguntarse por qué manejar libros debería ser más arriesgado sanitariamente que manipular papel moneda, por ejemplo. Es evidente que bacterias y microbios están presentes en todos ellos, igual que en numerosos objetos que manejamos a diario. La conclusión que podemos sacar de este episodio es que el miedo al contagio a través de los libros nació de una combinación de las nuevas teorías acerca de la transmisión de las enfermedades y el desagrado de ciertas élites por la proliferación del préstamo público, que ponía todo tipo de libros -y, por tanto, de ideas- al alcance de cualquiera.
Sin embargo, hay ideas que calan hondo. Hace poco, al recomendarle a una persona que se quejaba de no encontrar determinado libro que lo sacase de una biblioteca pública me dijo, textualmente, que le daba asco llevarse a casa libros que "no sabía quién habría tocado antes". De ahí a acusarlos de contagiar enfermedades no hay más que un paso.


miércoles, 10 de julio de 2019

ELOGIO DE LA LENTITUD


Sí, todos quisiéramos ir con menos prisas, que nuestras jornadas fuese más pausadas, con tiempo para hacer las cosas a conciencia... Pero por lo general la vida cotidiana nos arrastra -cuando no nos arrolla-, y allá vamos, dejándonos llevar por la corriente, consumiendo horas y días a toda velocidad, como si estos fuesen inagotables y nosotros, eternos. Hasta que sucede lo inesperado. Una enfermedad, un accidente, nuestro o de algún ser querido, que nos frena en seco. A partir de ahí, todo adquiere otra dimensión, el tiempo cobra un nuevo significado, se vuelve más lento y también más valioso. Lo banal, lo cotidiano que hasta ahora resolvíamos automáticamente, sin pensar, cobra nuevos perfiles. Cada día que pasa -esos días que antes engullíamos ávidamente, como sorbos de agua que se tragan sin pensar-,  se convierte en un hito: un día más, o un día menos. Sea como sea, una muesca en el nuevo calendario que hemos tenido que establecer. 


En mi caso, un absurdo accidente -¿acaso no lo son todos ?- me ha privado durante unas semanas del uso del brazo derecho. Nada muy grave, por fortuna, pero sí un percance doloroso y muy incómodo que ha trastocado todos mis planes, por no hablar de mi día a día. De repente, he tenido que reajustar  mi rutina y mis movimientos. Mi mano izquierda, absolutamente inútil en la vida normal, ha pasado a ser la protagonista de todas mis acciones. La torpeza con que ahora ejecuto el gesto más banal, desde peinarme hasta empuñar un tenedor, ha ralentizado cada uno de ellos. Ahora, como los niños pequeños, debo aprender a manejarme en mi entorno y adquirir de nuevo -o al menos intentarlo- todas aquellas destrezas que dominaba desde hacía décadas. Aparte de la inicial exasperación que  provoca, este comenzar casi desde cero resulta un buen ejercicio. La lentitud, la deliberación con que debes enfrentarte a cada nuevo reto hacen que aprecies cada pequeño logro. Igual que cuando aprendes a tocar un instrumento musical, o te inicias en un nuevo deporte, hacerlo todo con la izquierda pone a prueba la coordinación entre tu cerebro y tus miembros: sabes qué es lo que deberías hacer, la dificultad está en lograr que tus músculos y tus dedos te obedezcan. No me cabe duda de que, gracias a este brazo roto, estoy creando infinidad de nuevas rutas en mi cerebro, y las sinapsis deben de estar funcionando a todo tren. Parece -a la vista está- que casi domino ya el arte de escribir en el ordenador con una sola mano. Decidida a exprimir al máximo mis capacidades, me he embarcado asimismo en la tarea de aprender a escribir con la izquierda. Por ahora, el resultado no es muy brillante, pero no está tan mal si uno recuerda las innumerables horas de su infancia que pasó trazando una a una las letras del alfabeto. Está claro que solo la práctica da la maestría.  


Si la caligrafía, hasta cierto punto, es representativa de la personalidad, cuando contemplo mis torpes letras -tan diferentes de mi escritura diestra- me pregunto si no anidará en mi interior un ser distinto. ¿Tal vez este ejercicio hará aflorar en mi un nuevo personaje? Permanezcan atentos a estas páginas, quién sabe si no habrá alguna sorpresa.
Mientras tanto, a falta de las fallidas vacaciones británicas que  ha habido que cancelar, procuro saborear la lentitud de los días. Un tiempo alargado que invita a leer a Proust, y que me trae a la memoria una novela del alemán Sten Nadolny, El descubrimiento de la lentitud, cuyo héroe -el explorador ártico John Franklin-, percibe el tiempo de un modo distinto al resto de sus compañeros. Tiempo lento de lecturas pausadas.

     

sábado, 1 de junio de 2019

JARDINES DE NOVELA



Hay un momento de la primavera en que, incluso en la ciudad, la primavera parece ganarle la partida al asfalto. Hasta para los urbanitas que vivimos rodeados de cemento y tubos de escape, mayo es un mes con aroma a rosas y a tilos en flor. Un mes iluminado por el verde lujuriante de los árboles que estrenan follaje y del césped recién renovado. Este instante de gloria -¡ay!- dura muy poco. En cuanto se instala el calor, las flores se marchitan, la hierba queda agostada y las hojas de los plátanos amarillean, sedientas, y caen, en un polvoriento anticipo del otoño.
Está comprobado que el contacto con la naturaleza, los jardines y parques, es beneficioso, no sólo para el cuerpo, sino también para el alma. En palabras de Oliver Sacks: "No puedo precisar cómo ejerce la naturaleza sus efectos calmantes y organizativos sobre nuestro cerebro, pero he podido ver en mis pacientes los poderes restauradores y curativos de la naturaleza y de los jardines, incluso sobre lo que padecían trastornos neurológicos profundos. En muchos casos, los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicación".
Lamentablemente, salvo por algunas fugaces impresiones de verdor, los ciudadanos encerrados en nuestros bloques de piedra y ladrillo hemos de conformarnos con sucedáneos del jardín: documentales, láminas botánicas, libros... 


En cierto modo, tengo la impresión de que los jardines literarios son más frondosos, más fragantes y gratamente sombreados que los reales. Claro que, no siendo la feliz poseedora de un jardín de verdad, carezco de autoridad para determinarlo. Pero siglos de tradición literaria me respaldan: el locus amoenus de los clásicos forma parte de ese jardín ideal, lugar propicio para el descanso y el goce de los sentidos. Gonzalo de Berceo se regocija de que
La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árbores de temprados savores,
resfrescáronme todo
lo mismo que Garcilaso, que nos regala unos versos en los que el discurrir del agua y el trino de los pájaros casi traspasan la página
Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
 Aunque la tradición también dicta que estos excelsos placeres que nos brinda la naturaleza sean raros, y pronto se disipen. Todo edén tiene su serpiente y al sol y los cánticos de las aves les sucederá, inevitablemente, el gélido invierno. Igualmente seductor es el hechizo de los jardines en la novela. Me vienen a la mente dos jardines novelescos en especial: el de Vana respuesta, de Rosamond Lehmann y El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett. Supongo que el asociarlos deriva de que ambos son jardines ocultos, donde no parecen regir las leyes del mundo exterior, y de que para las protagonistas de estas dos novelas -dos jóvenes, tampoco es casualidad que se trate en cierto modo de novelas de formación- son un territorio casi mágico del que, cada cual a su manera, saldrán transformadas. 


Pero, mientras que la novela de Hodgson Burnett alcanzó una gran popularidad y hoy se considera un clásico para todos los públicos, la de Rosamond Lehmann, publicada en 1927, fue tachada de influencia corruptora para la juventud. Leída hoy, su contenido "escandaloso" suena francamente leve, tal vez incluso trasnochado, pero sigue rezumando la melancolía de los amores imposibles. Para los fans de Expiación -entre los que me cuento- resultará evidente la concomitancia entre la atmósfera de esta obra y la de McEwan, sin duda deliberada por parte del autor inglés, quien la menciona específicamente en la ficticia carta de rechazo que recibe Briony para su relato "Dos figuras en una fuente" (en la versión española, figura el título inglés de esta novela, Dusty Answer). 



En cuanto a El jardín secreto, si no la han leído, no dejen de hacerlo; como tantas otras obras, la etiqueta de "novela para jóvenes" no le hace justicia (una vez más, insisto en que los libros denominados "para niños" no son solo para niños: la buena literatura es para todas las edades). Es deliciosa. 
Gracias a estos y otros artificios librescos, incluso desde esa butaca que mira a un triste bloque de pisos es posible pasear por los jardines de novela, oler las flores y escuchar el canto de los pájaros.



viernes, 10 de mayo de 2019

NOMBRAR LAS EMOCIONES



Comunicar las emociones, hacer que el otro entienda lo que bulle en tu interior, lo que te mueve o  el motivo de tu abatimiento, no es empresa fácil. El lenguaje, a pesar de su enorme riqueza -a menudo no somos capaces de dar uso a todos sus matices- resulta muchas veces insuficiente para expresar lo que sentimos. Por otro lado, no todos los estados emocionales cuentan con un correlato léxico que los defina. Así, nos convertimos en prisioneros del lenguaje, lo que no tiene nombre no se puede transmitir. De ahí que la lengua -todas las lenguas- se encuentre constantemente en evolución. Nuevos términos para designar nuevas realidades, nuevos significados para palabras antiguas. Normalmente, la evolución del lenguaje es una empresa colectiva: por ejemplo, alguien, por lo general anónimo, empieza a utilizar una palabra ya conocida de forma novedosa, ese uso hace fortuna y poco a poco se va incorporando al léxico habitual. Al final, todo es cuestión de que el suficiente número de personas encuentren ese término -o esa nueva acepción del término- práctico y útil y lo acaben adoptando.
Pero les voy a hablar hoy de un caso peculiar, un inventor de palabras, John Koenig, cuya labor he conocido gracias a la web Open Culture (una web siempre llena de cosas interesantes). Koenig lleva años compilando y difundiendo -a través de su blog y a través de vídeos que cuelga en YouTube- un diccionario para aquellas emociones que aún no tienen nombre. Según su propia definición de esta actividad, se dedica a "encontrar huecos en el lenguaje de las emociones y a tratar de llenarlos". Para ello, suele echar mano de raíces lingüísticas provenientes de diversas lenguas: tanto del griego antiguo como del alemán, del polaco o del francés e incluso del japonés. El proyecto -que pronto se convertirá en un libro- se titula Dictionary of Obscure Sorrows. 



Revisando las palabras que forman esta compilación, algunas en efecto me han parecido corresponder a sensaciones o emociones que hasta ahora era imposible plasmar con un solo término. Por ejemplo:

-Dès vu: la conciencia de que lo que estás viviendo se convertirá en un recuerdo. Juega aquí con el concepto de déjà vu, pero su sentido no es el mismo. Es cierto que en determinados momentos de la vida, mientras se desarrolla un acontecimiento, o al contemplar una imagen, somos conscientes de que esto se grabará en nuestra memoria.   

-Anemoia: nostalgia de un tiempo que nunca has conocido. Creo que todos guardamos en nuestro interior la nostalgia de alguna época histórica que nos hubiese gustado conocer. 



-Zenosyne: la sensación de que las cosas van cada vez más rápido. Nos sucede a todos a medida que transcurren los años: el tiempo se acelera. Para conocer mejor este fenómeno, que tiene raíces fisiológicas, recomiendo el libro de Douwe Draaisma Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores. Coincido en que era muy necesaria una palabra que lo definiese, así igual nos hubiésemos ahorrado títulos tan largos.

-Zielschmerz: Una palabra que me encanta y que define el temor de llegar a conseguir lo que quieres. ¿Saben esa sensación de, por un lado, desear que suceda algo difícilmente alcanzable, pero al mismo tiempo pensar con cierto temor en lo que realmente ocurriría si ese suceso improbable se materializase? Pues eso, Zielschmerz

Buceando en su archivo,  he podido encontrar palabras que parecían dar realmente en el clavo, mientras que otras designan emociones tan tenues o tan desconocidas para mí, que no les veo el sentido. Pero compruebo con satisfacción que entre las definiciones acuñadas por el señor Koenig hay al menos una que nos toca de cerca a los bibliómanos. Es Vellichor, un bonito término, que designa ese anhelo que nos invade cuando visitamos una librería de segunda mano, que suele teñirse de nostalgia al pensar en todas las manos por las que han pasado esos volúmenes. La palabra en cuestión, aunque bastante nueva, ya ha comenzado a popularizarse y, como  es propio de la lengua, su significado está en evolución. 



Quizá, ya que Koenig está embarcado en la noble tarea de denominar emociones, deberíamos sugerirle algunas relacionadas con los libros y la lectura que -hasta donde yo sé- aún no han encontrado expresión. ¿Qué me dicen de esa irritación que se siente cuando, sumergida en la lectura, alguien o algo te saca de tu abstracción? ¿O de la sensación de afinidad instantánea que nos invade cuando encontramos a una persona que comparte nuestros gustos literarios? ¿Y el sentimiento de ser un alien venido de otro planeta que sufrimos en una reunión llena de gente que, si se nos ocurre mencionar a nuestro autor favorito, no saben de qué les hablamos? Como ven, queda aún mucho territorio emocional y libresco por nombrar. Señor Koenig, esperamos sus aportaciones.  

sábado, 6 de abril de 2019

CONFESIONES DE UNA LECTORA


¡Albricias! Este blog está de celebración por partida doble. Por un lado, porque este mes cumplimos nada menos que NUEVE años. Increíble, ¿no? En estos años, gracias al blog, he escrito mucho y por placer, he hecho numerosos amigos, me han invitado a charlas, parte de lo publicado aquí se ha convertido en un libro... Cuando en 2010 empecé, tentativa y dubitativamente, a subir unos brevísimos textos -sin imágenes, además, porque por aquel entonces no había aprendido cómo- nunca hubiese creído que llegaría hasta aquí. Gracias, ante todo, a tantos lectores que han tenido la bondad de pasarse por aquí y de dejar sus comentarios. El corazón del blog, eso lo tengo claro, no es su administrador, sino sus lectores. El segundo motivo de celebración tiene, en cierto modo, algo que ver con el primero. Aquí nos gustan, lo saben bien los que acostumbran a leernos, los libros sobre libros. No podría ser de otro modo, pues los asiduos de este blog somos adictos a la lectura y todo lo que hable del mundo de los libros nos interesa. He hablado repetidamente en estas páginas -lo pueden ver aquí, aquí y aquí, por ejemplo- del que sin duda es uno de mis ensayos favoritos sobre este tema, el ameno y agudísimo Ex Libris. Confesiones de una lectora de Anne Fadiman. Lamentablemente, este libro estaba agotado desde hace años y nadie se decidía a reeditarlo. Algo incomprensible, porque ni siquiera de segunda mano era posible hacerse ya con un ejemplar. Ahora, al fin, ha vuelto a ver la luz de nuevo, de la mano de una nueva, pequeña y  valiente editorial madrileña, Alfabeto. Tienen toda mi gratitud. Espero y deseo que esta obra, de lectura imprescindible para enfermos de los libros -no se curarán, ni falta que les hace, pero lo pasarán muy bien- tenga una muy exitosa segunda vida en librerías. Por mi parte, haré cuanto pueda para que sea así.


Anne Fadiman pertenece a una familia de biblioadictos -su padre era el reputado editor y escritor Clifton Fadiman, quien entre otras cosas fue director de la sección de crítica literaria del New Yorker- y ella lleva la afición a los libros en los genes. También es una persona ingeniosa, lo que demuestra en los breves ensayos que forman esta obra, donde disecciona con certeza y fina ironía todas las manías que comparten los afligidos por esta enfermedad libresca. No me cabe dudad de que todos ustedes, bibliómanos, se verán reflejados en ellas. Cómprenlo, léanlo, no se arrepentirán.
Y ya que estamos, aprovecho para reivindicar -no por primera vez- que alguien (tal vez los propios editores de Alfabeto) se decida a traducir el otro libro de "ensayos familiares" de esta autora -ella los llama así- At Large and At Small, un compendio delicioso donde tanto es capaz de disertar sobre la caza de mariposas como sobre su gusto -desmedido- por los helados o las curas (a menudo literarias) para el insomnio. Tal como dicen sus editores, "combina humor y erudición". ¿Se puede pedir algo mejor? Sólo puedo decir que es de los libros que nunca presto, porque guardo mi ejemplar como oro en paño.