John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PÚRPURA IMPERIAL

 
La pasión por la lectura y una notable afición por la historia dan como resultado que me haya sentido atraída desde bastante pronto por las lecturas históricas, entre ellas por supuesto las del género conocido como "novela histórica" (por más que en ese saco caben últimamente obras que tienen poco tanto de los primero como de lo segundo). En su momento -hace mucho de eso- devoré con emoción varias entregas de las aventuras de La pimpinela escarlata, así como las correspondientes obras de Dumas o Miguel Strogoff. Más adelante, avatares de mi vida profesional me llevaron a tener que leer -no siempre, hay que confesarlo, con el mismo agrado que en mis incursiones juveniles en el género- mucha novela histórica. Por supuesto, con algunas disfruté enormemente. Robert Graves, Marguerite Yourcenar o Mary Renault (una verdadera lástima que su insuperable trilogía sobre Alejandro Magno esté tan mal traducida al español) me introdujeron con todos los honores en la recreación del mundo clásico. También pude darme cuenta de que demasiados autores se limitaban a parafrasear, con mayor o menor acierto, a los historiadores romanos. Si Suetonio o Plutarco levantasen la cabeza, se harían cruces de lo muy rapiñadas que han sido sus obras.
 
 
Al final, tantas lecturas sobre temas parecidos desembocan en una especie de empacho. Y ya se sabe que el mejor remedio para eso es el ayuno. En los últimos tiempos, pues, sólo muy de vez en cuando he tomado una de esas novelas para leer por placer, fuera del ámbito profesional. Creía sinceramente que ya conocía todos los trucos del oficio. Así que, cuando cayó en mis manos el Augustus (El hijo de César, en la versión española) de John Williams -el autor de la excelente Stoner- dude durante un tiempo antes de ponerme a ello. Me imaginaba otro calco de las Vidas de los Césares y, en cualquier caso, tengo un conocimiento suficientemente amplio de esa etapa de la historia romana como para necesitar que me la refrescasen. Pero el verano es largo y Augustus viajaba conmigo, de modo que acabó cayendo. Ha sido, de largo, la mejor lectura que he hecho estos meses. Williams maneja en esta obra un tema muy distinto del de Stoner -nada que ver la historia de un oscuro profesor de universidad americano con la trepidante vida de uno de los dueños del mundo antiguo-, pero demuestra ser tan hábil examinando el alma humana en uno como en otro caso. La historia de Octavio Augusto no nos la cuenta él -no estamos ante unas falsas memorias como las de Yo, Claudio-, ni tampoco un narrador omnisciente, sino que está hecha de retazos de cartas, de diarios, de edictos... todo tipo de documentos escritos (aparentemente) tanto por sus amigos como por sus enemigos, que dan como resultado un retrato lleno de matices que nos explica de modo totalmente plausible cómo un joven patricio de diecinueve años llega a convertirse en emperador de una potencia mundial. Lo más novedoso, lo que más se agradece, es que el centro de interés de la novela no está en los grandes hechos, en las batallas ganadas o en las rencillas políticas -aunque sea inevitable hablar de todo ello- sino en los tipos humanos que la habitan. Se sale de su lectura con la impresión de haberse codeado con todos esos personajes togados y de comprender qué era lo que motivaba sus acciones.
 
 
  
En resumen, diría que El hijo de César es esa cosa tan rara: una novela histórica para gente que no lee novela histórica. Que, por cierto, fue galardonada con el National Book Award el año de su publicación, un premio que han obtenido autores como Philip Roth, Saul Bellow o Thornton Wilder, entre otros. Calidad de la buena.

viernes, 5 de septiembre de 2014

CON LA HISTORIA EN LOS TALONES

Moltkebrücke en Berlín (Foto Erich Hermes, Deutsch Evern)

Aunque cualquier lugar que haya sido habitado por el hombre tiene sin duda una historia detrás, hay países, regiones, ciudades donde la huella de la historia se percibe con mayor claridad. En pocos lugares lo percibo mejor que en Alemania. La Alemania de hoy -próspera, ordenada, floreciente- puede engañar a simple vista, pero a nada que se levante un poco la alfombra emergen las sombras del pasado. Me refiero ante todo a la historia más inmediata, el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Aunque a veces la catástrofe más reciente haga olvidar a otras más antiguas: durante la Guerra de los Treinta Años, el territorio que hoy constituye Alemania quedó absolutamente devastado. No sólo se produjo una destrucción total de las poblaciones (el ejército sueco solito arrasó 1.500 pueblos y 18.000 villas), sino que el hambre, la guerra y las enfermedades acabaron con buena parte de la población, que se estima que en 1620 era de 16 millones y para el final de la guerra sólo de 10.
O sea, encontrar restos auténticamente medievales en Alemania es poco menos que milagroso: los pocos que no habían sucumbido antes, quedaron sin duda aplastados bajo las bombas aliadas. 
Sea como fuere, nada ayuda más a percibir ese pulso oculto de la Historia que acompañar las visitas turísticas de determinadas lecturas. Por ejemplo, recuerdo mi última estancia en Berlín -hace ya algunos años-, que compaginé con la lectura del excelente Berlín: la caída de Antony Beevor. Imposible evitar un escalofrío cuando, al cruzar alguno de los numerosos puentes de la ciudad, comprobaba una y otra vez que todos fueron destruidos durante la guerra (los alemanes, pueblo minucioso, amablemente ofrecen la fecha de la destrucción y la de su reconstrucción, a menudo años más tarde, en cada puente). ¿Cómo se vive en una ciudad machacada por las bombas, en la que poco a poco se interrumpe el suministro de agua, el de electricidad, en la que no hay comida ni modo de desplazarse para buscarla... ? Para amantes de las emociones fuertes sobre este tema, existe otro libro muy recomendable, Europa en ruinas, una recopilación de testimonios presenciales de los años 1945-48
Así que esos pueblecitos tan preciosos son sólo una cara de la historia. La más halagüeña. O, a veces, impostada. Hannover, por ejemplo, tiene un bonito centro "histórico", con un par de calles flanqueadas por casas aparentemente antiguas. Que sí, son antiguas, pero no son de Hannover.


 Lo cierto es que el núcleo de la ciudad sufrió una destrucción prácticamente total durante la guerra, de modo que para la reconstrucción tuvieron que recurrir a traer las fachadas de casas de poblaciones cercanas que habían sobrevivido mejor al desastre. Sobre esos bombardeos , su desarrollo, sus consecuencias y, en último extremo, su necesidad (¿de verdad hacía falta tanta destrucción de bienes y vidas?), conviene leer El incendio, Alemania bajo el bombardeo 1940-45, de Jörg Friedrich. Un libro que causó verdadera conmoción en Alemania en el momento de su publicación. Con motivo. 
O, menos documentado, pero más literario, Sobre la historia natural de la destrucción, de W. G. Sebald

A veces, estos oscuros rastros de la Historia pueden incluso arruinarte la experiencia. Citaré al respecto una anécdota personal. Hace un tiempo pasé unos días en un idílico hotelito campestre cercano a la costa báltica de Polonia.  Es ese territorio que anteriormente formó parte de Alemania, y de donde procede de hecho el núcleo duro de la aristocracia prusiana, los Junkers. El hotel en cuestión era la casa señorial de uno de estos señores, remodelada.


Como pueden ver, un lugar hermoso. Era un placer desayunar en la terraza que daba a la parte de atrás, con vistas al pequeño lago donde nadaban unos cuantos cisnes y pasear por los bosques que circundaban la finca. 


Hasta que en uno de esos paseos di con las tumbas. Eran tres lápidas. Todas de mujeres, todas muertas el mismo día de 1944. Una mayor -la madre o la suegra-, dos jóvenes. No resultaba difícil imaginar la secuencia de los hechos: el avance inexorable del Ejército Rojo, precedido por las historias (ciertas) de violaciones y crueldad; el terror de las tres mujeres que permanecían en la casa señorial, quién sabe si ya viudas de un oficial, o sin noticias de sus hombres en algún lejano frente. Según el personal que cuidaba del hotel -que por supuesto no tenían nada que ver con la aristocrática familia original-, las tres se suicidaron, espantadas ante lo que les esperaba. Quiero creer que fue así, porque en efecto parece una muerte más clemente que la alternativa. Pero a partir de entonces el recuerdo de esas muertes y de esos momentos de terror que habían tenido lugar entre las mismas paredes que habitábamos con tanta despreocupación me arruinaron las vacaciones.


miércoles, 13 de agosto de 2014

¿PARA QUÉ LEER POESÍA?



Joan Margarit (Sanaüja, Lérida,1938) es uno de los grandes poetas contemporáneos en lengua catalana; y castellana, pues él mismo se define como poeta bilingüe. Además de poeta -o quizás a causa de, creo que ambas cosas van de la mano- es una persona con una extraordinaria lucidez, cuyas opiniones sobre el arte y la vida vale la pena conocer, porque son como rayos certeros que iluminan lo que tocan. Recientemente he leído una entrevista suya en la revista digital catorze.cat, donde, al hilo de las preguntas, desgrana una serie de cuestiones que me parece interesante reproducir aquí, pues las palabras de Margarit refutan (o confirman) ciertos lugares comunes en torno a la lectura y la poesía [en negrita mi titular, el lugar común, en cursiva lo que Margarit dice]:

-No hay tiempo para escribir
Decir que no tienes tiempo es una mentira flagrante. Si le preguntas a alguien cuántas citas de amor ha dejado de hacer en su vida por falta de tiempo, te contestará que ninguna. [...] La poesía siempre ha sido una prioridad en mi vida y siempre he encontrado tiempo para dedicarle. Durante los momentos difíciles, aún más. Cuando hacía de arquitecto también pensaba en ella todo el día, en la poesía. Entonces tenía que organizarme para tener tiempo de escribir, pero es fácil organizarte bien en torno a una cosa que deseas mucho.

-Siempre estamos a tiempo de aprender
Dicen que siempre estamos a tiempo de aprender, pero no es cierto. La época del aprendizaje puro y duro acaba muy pronto, hacia los veinte años. De joven eres una esponja, después cada vez absorbes menos cosas. [...] Se trata de sacar partido de las cosas que ya sabes.

-Las lecturas de infancia son las que nos marcan
Desde luego, porque de joven no sólo lees. Creas mitos, creas maneras de vivir, creas un concepto de pasado... Estás haciendo un montón de cosas, por eso puedes vivir de ellas más tarde. Las Veinte mil leguas de viaje submarino que leíste cuando tenías diez años no se acaban nunca. La inteligencia de la persona madura es saber ir rascando para ver qué hay detrás de aquellas lecturas.

-¿Se puede definir la poesía?
No, no se puede definir, no hay recetas. Una cosa es poesía si, cuando la lees, dices "este soy yo". Y lo que te dice te sorprende. [...] Una buena poesía necesita un buen lector. La poesía la puede leer todo el mundo, pero requiere más esfuerzo que la lectura de un diario. Aquí no se regala nada: si quieres sacarle más partido, has de hacer más esfuerzo. 

-De esto ya me ocuparé cuando lo necesite
¿Cuál es la característica de todo aquello que te protege un poco de la intemperie moral? [habla del arte, la música, la poesía...] Tiene una característica muy cabrona: has de llegar preparado al momento en que necesitas aferrarte a ello, que no sabes cuándo será. Tú no puedes decir "se ha muerto mi hija, que me traigan a Brahms, que empezaré a estudiármelo". No: ya has de conocerlo y has de haberlo escuchado. Lo has de tener a punto por si acaso, y así cuando te haga falta sabrás qué es lo que te puede servir. Habrás de estar a punto para saber si te conviene recurrir a Maragall o a Thomas Hardy. La poesía es una de las seis o siete herramientas (o cinco u ocho, pero no son setenta y tres) que nos protegen de la intemperie moral.

 -Qué angustia saber que nunca podré leerlo todo
No hace falta leerlo todo. Las cosas buenas que aprendes se van sedimentando, y te ayudan en la siguiente etapa vital. Puedes leer aquello que te permita sacarle más rendimiento. Así se te endulzará la angustia. Lo importante no es leer mucho sino leer bien.


¿Para qué leer poesía, pues? Porque nos protege de la intemperie moral, porque es una herramienta para la vida. Como dice Margarit en un poema de su libro Casa de Misericordia:

La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.


Aquí dejo también una entrevista con Joan Margarit en TVE. Siempre vale la pena escucharle. Y, sobre todo, leerle.



sábado, 2 de agosto de 2014

LA MALETA DEL BIBLIÓMANO

Empieza agosto y soy de los pocos barceloneses que aún no han emprendido el éxodo veraniego. La ciudad, más vacía y más tranquila que nunca, es uno de los mejores lugares para estar. Más aún en este verano, en que apenas molesta el calor y el bochorno ocasional queda pronto mitigado por ocasionales chaparrones. Una delicia. Pero al final de este paréntesis ciudadano-estival asoma el momento de partir hacia otros lugares. Y con ello la inquietante pregunta de siempre: ¿qué me llevo?
Lo que me desazona, por supuesto, no es pensar en la ropa -cualquier duda al respecto queda pronto solucionada por una consulta a la previsión del tiempo en internet-, sino algo más esencial, y mucho más difícil de acertar: ¿qué libros poner en la maleta? Esta es quizá la cuestión que más tiempo consume de mis preparativos de viaje.
 
 
 
El verano es el tiempo de la lectura por excelencia, cuando es posible pasar horas devorando un libro tras otro sin sensación de culpa, sin sentir esa vocecilla que te dice que más te valdría estar haciendo otras cosas más urgentes, más necesarias o más provechosas. (La tal vocecilla, obviamente, no es una lectora compulsiva como yo. Los adictos a la lectura saben bien que no hay nada más necesario y provechoso que sumergirse en un buen libro.) Me siento plenamente identificada con un reciente artículo de Zadie Smith, cuando dice que:
 
"Lo que describo es una condición que podría denominarse 'síndrome del lector patológico'. Mi adquisición y digestión de libros es, para ser sinceros, absurda. Cómprate un Kindle, me aconsejaba todo el mundo hace unos años. Sin embargo, heme aquí haciendo la maleta para un breve vuelo entre Londres y Belfast, con mi Kindle, ciertamente, pero también con cuatro o cinco libros embutidos en el equipaje de mano, por si acaso. Por si acaso resulta que volamos a través de una arruga en el tiempo en la que una hora se expande para convertirse en infinita."
 Suscribo cada una de sus palabras. Uno de los motivos por los que no me gusta viajar en coche es porque me parece una pérdida de tiempo; incluso en las raras ocasiones en que viajo detrás, como pasajero, y no como copiloto, no puedo leer sin marearme. ¿Qué gracia tiene malgastar varias horas que podrían haberse dedicado a la lectura en mirar por la ventanilla? Ahora bien, a la hora de hacer el equipaje, hay que distinguir entre los libros que se van a leer durante el trayecto y los libros para consumir durante la estancia vacacional. Sobre los primeros, si el viaje es en avión, resulta más crucial que nunca  -como sabiamente hace Zadie Smith- aprovisionarse en abundancia; todos sabemos de los caprichosos retrasos que sufren las aeronaves y pocas perspectivas hay peores que verse apretujada en un cilindro metálico con varias decenas de desconocidos y sin un mal libro que llevarse a la boca. Mi receta para estos casos es tener siempre a mano una novela de intriga o acción, una de esas que enganchan y no te sueltan. (Recientemente, uno de los últimos de John Grisham -Sycamore Row- me salvó literalmente de la claustrofobia cuando nos tuvieron más de una hora dentro del avión esperando para despegar.) Eso sí, hay que elegir muy bien -sólo autores de confianza- y no escatimar. En el peor de los casos, se puede sobrevivir a una escala imprevista sin ropa de repuesto, pero no sin libro de repuesto.



En cuanto a los segundos, los libros para leer en el lugar a donde nos dirigimos, eso plantea aún más problemas. ¿Cuántos llevar y de qué tipo? Respecto al equipaje, muchos viajeros avezados dan el siguiente consejo: "pon la mitad de ropa que habías previsto y el doble de dinero". Por lo que se refiere a los libros, mi experiencia me dice que conviene llevar más de los que calculamos leer (siempre cabe la posibilidad de que llueva algún día y, ¡oh felicidad! tengamos la perfecta excusa para no movernos del sillón junto a la pila de libros), pero dejando un margen para las lecturas sobrevenidas, "de circunstancias". ¿Que qué es eso? A no ser que vayamos cada verano al mismo sitio y ocupemos la misma casa, los lugares desconocidos plantean tentaciones librescas: la historia de la zona, un libro que hemos visto en cualquier escaparate y nos ha llamado la atención, un personaje local del que querríamos saber más... por no hablar de que es la situación idónea para practicar la lectura in situ. La otra fuente -a menudo maravillosa- de lecturas sobrevenidas se da cuando nos alojamos en casa de otros (ya sea alquilada, de amigos o de parientes). Casas que, en mayor o menor número, suelen albergar libros. Y pocas cosas hay más fascinantes para un bibliómano que hurgar en bibliotecas ajenas. Puede ocurrir -no sería la primera vez que me pasa- que los libros tan cuidosamente seleccionados en casa y que con tanto esfuerzo se han acarreado a través de cientos de kilómetros queden olvidados en la maleta, en favor de esos recién hallados. Que quizás no sean mejores, pero que cuentan con el irresistible atractivo de la novedad. Y de que tenemos un tiempo limitado para saborearlos. O sea, sigo sin tener claro qué libros debo llevarme, pero sospecho que regresaré con más lecturas de las previstas.

sábado, 19 de julio de 2014

PERSONAJES LITERARIOS, REUTILIZADOS

 
 
Uno de los aspectos más curiosos de la bibliopatía es constatar cómo la fiebre por uno u otro género va y viene de acuerdo a leyes insondables. Como todos los afectados por esta incurable enfermedad, soy bastante omnívora en cuanto a lecturas; pero mientras hay temporadas en que alterno géneros en rápida sucesión -o en plan lectura simultánea, que también-, hay períodos de sequía por lo que respecta a algún género. O todo lo contrario, meses en que mi dieta lectora se centra casi en exclusiva en uno determinado. Ahora, por ejemplo, después de casi todo un invierno sin abrir ni una novela policiaca, llevo un par de semanas encadenando novelas del género negro. Y la fruición con que las estoy devorando augura, creo, un verano lleno de crímenes...
Quizás a consecuencia esta renovada fiebre policiaca, parece que estoy más atenta a cualquier noticia que se refiera al género, más abierta que de costumbre a recibir sugerencias de otras posibles lecturas en la misma línea. He detectado, por ejemplo -fíjense hasta qué punto me estoy mimetizando con lo que leo, que hasta al escribir me convierto en investigadora-, entre las próximas novedades del mercado anglosajón unas cuantas obras que tienen como denominador común un detective que es un personaje literario. Como Esther Greenwood, la protagonista de La campana de cristal (The Bell Jar), de Sylvia Plath. El título -The Hell Jar-, un juego de palabras facilón, no es muy prometedor. Pero vaya, todos los lectores de Plath sabemos que Esther es una chica lista y no hay nada extraño en que se ponga a hacer cábalas en torno a la muerte de uno de los internos del hospital psiquiátrico a donde la lleva su depresión. Seguro que la adrenalina producida por la persecución de un asesino contribuye a hacer que se sienta mejor.


 

Otro remix policiaco-literario concierne nada menos que a Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus. Habrá que ver si el autor de este pastiche copia también el estilo del autor francés. Por lo que cuentan, Meursault es tan agudo en sus observaciones detectivescas que acaba convertido en consultor de la policía colonial argelina.
 
 
La gran Maggie Smith en la versión cinematográfica
de la novela de Forster
 
Y de Argelia, a Roma, de la mano de uno de los personajes  de E. M. Forster, la Charlotte Bartlett de Una habitación con vistas. El título anunciado tiene su gracia, porque emplea un lenguaje que podría muy bien ser el de la propia Charlotte: Charlotte Bartlett and the Mystery of the Slightly but Unacceptably Delayed Train (Charlotte Bartlett y el misterio del tren ligera pero inaceptablemente retrasado). Todo muy victoriano, como ven.
Por motivos bien distintos, estas tres novelas despiertan mi curiosidad lectora. Sin embargo, debo confesar que no estoy muy segura de que no sean un espejismo de la autora de la web donde las he visto mencionadas, puesto que no incluye ni sus autores ni enlace alguno a más información respecto a ellas.
 Pero la idea de reciclar personajes ajenos y convertirlos en investigadores no es de ahora. Sin esforzarme mucho, puedo recordar una serie que retomaba a Jane Eyre -The Jane Eyre Chronicles, de Joanna Campbell- y a Rochester, su ya marido, como (improbables) detectives. Y, en ese pozo sin fondo que son los derivados holmesianos, otra en la que la resuelta Mrs Hudson era la verdadera detective, manipulando astutamente a sus inquilinos Sherlock y Watson. (Por supuesto, el propio Watson se ha convertido más de una vez en protagonista .)
Quien dice personajes, dice autores reciclados en pesquisidores: desde Jane Austen al españolísimo Francisco de Rojas (en las excelentes novelas de Luis García Jambrina), está claro que el territorio policiaco es amplio y permite todo tipo de licencias (no me cabe duda de que mis lectores encontrarán más ejemplos de ello).


 
  
No puedo finalizar este recorrido literario-criminal sin mencionar una de mis novelas detectivescas favoritas: Hamlet, venganza, de Michael Innes. No sólo estamos ante un clásico del género, sino ante un misterio que rebosa literatura por los cuatro costados. Por un lado, los crímenes están basados en obas de shakespeare. Además, con deliciosa ironía, Innes -seudónimo de un ilustre profesor y crítico literario, J.I.M. Stewart- hace que su detective, Appleby, comente sus descubrimientos con Giles Gott, un académico con interesantes ideas sobre Shakespeare, que a su vez escribe novelas policiacas con seudónimo. Si buscan todos los ingredientes de una novela detectivesca muy british, aderezados con referencias literarias a raudales, ésta es sin duda su novela.




 

viernes, 11 de julio de 2014

PLUMA Y PINCEL

En el terreno artístico, no es corriente que quien es sobresaliente en un campo -por ejemplo, en la pintura- lo sea en otro -por ejemplo en la música, o en la literatura-. Quién sabe porqué, quizás es que para destacar en cualquier arte son necesarias muchas horas de trabajo, y si ya cuesta encontrar tiempo para volcarse en una, no digamos en dos. Pero quien posee inclinaciones artísticas a menudo se siente tentado de emprender otras disciplinas. Aunque sea sólo como hobby.  
Encontramos así pintores que escriben (me viene a la mente Miguel Ángel, que escribía poemas, seguro que hay más). Pero lo que se da con mayor frecuencia son escritores que pintan. Mejor o peor, con mayor o menor asiduidad. Algunos, incluso, francamente bien. Aunque sigan considerándose, por encima de todo, escritores.
 
 
Goethe, Paisaje costero italiano
Goethe, muy aficionado al dibujo, gustaba de ilustrar lo que encontraba en sus viajes.
 
 
 
 
 
Menos sereno que el alemán, como buen romántico a Victor Hugo le iban más los paisajes dramáticos e incluso alucinatorios.



William Blake, Ilustración para la "Divina Comedia"
Otro romántico, William Blake, es casi tan reputado por sus obras pictóricas como por sus poemas.




 Jean Cocteau, un artista con muchas facetas, pasaba de la escritura al cine y de éste a la pintura aparentemente con igual facilidad.



Aldous Huxley, "La siesta de Maria Nys Huxley"
 
Al británico Aldous Huxley tampoco se le daba mal andar con el pincel.





Su colega alemán Hermann Hesse era un gran aficionado a la pintura. De hecho, lo que comenzó como terapia durante un periodo depresivo, se convirtió pronto en una verdadera pasión:

"De toda esa desolación, que a menudo se tornaba insufrible, encontré mi propia manera de escapar a través de algo que no había hecho antes: empecé a dibujar y a pintar. Si mis obras tienen algún valor objetivo no tiene importancia; para mí, es una nueva forma de sumergirme en el solaz del arte, algo que con la escritura apenas conseguía ya."


Federico García Lorca, "El beso" (1925)

Federico García Lorca fue otro artista polifacético. Además de la poesía y el teatro, se interesaba por la música y el dibujo. Parece que llegó a decirle a un amigo (Juan Marinello): "Soy mucho mejor pintor que poeta, sólo que me ha dado por hacer versos". 





Las acuarelas de Henry Miller, como sus libros, están llenas de color y alegría de vivir.

Sin duda la mayoría encontraron así otra vía para plasmar su mundo creativo. Lo importante, ya saben, no es el medio, sino la mirada del artista para captar el mundo.

[elaborado con información de la web Melville House.]

viernes, 4 de julio de 2014

EL CONSUELO DE LAS RELECTURAS

 
Foto http://www.dazeofmylife.com/
 
Con tantísimos libros que hay por leer ahí fuera, podría parecer una pérdida de tiempo dedicarse a la relectura. Si se mira desde una óptica puramente mercantilista -el libro como un objeto del que extraigo algo, que me aporta un valor- una sola lectura debería bastar. Sin embargo, nuestra relación con los libros es mucho más compleja, más emocional, más personal. Y si los libros no cambian, nosotros sí. Por eso, el mismo libro leído a los quince años o a los treinta genera una experiencia de lectura completamente distinta. Naturalmente, conocemos ya la historia, no nos sorprendemos si tal personaje muere, o sabemos desde el principio cómo se resolverá determinado misterio. Pero no se emprende la relectura de una obra para devorar la historia que nos narra, sino para contemplarla con otros ojos, los de nuestro yo actual. O bien para intentar recuperar, a través de la repetición de la experiencia, algo de la persona que fuimos.
Por muchos libros que se amontonen en mi pila de "pendientes", hay momentos -por regla general momentos de aflicción, de hastío, esos días en que nada parece tener sabor ni olor- en que lo único que me satisface es volver a algún viejo libro ya leído. Inexplicablemente -pero en circunstancias así no hay explicación racional que valga-, en casos así mi radar libresco no suele llevarme a los grandes clásicos, sino a novelas de género -románticas, policiacas-, o a viejos favoritos, lo que sea, pero han de ser, ante todo, lecturas que en su momento resultaron satisfactorias. En todos los sentidos, el equivalente literario de una tarrina de helado de chocolate.
 
 
Anne Fadiman -los que me siguen conocen bien mi compenetración con esta señora- es la editora de una selección de artículos -Rereadings- dedicada precisamente a estas relecturas, una recopilación en la que diecisiete autores revisitan libros que en su momento les causaron impresión. En su prólogo, ella explica muy bien esta necesidad de volver a los libros que nos gustaron.
"Si un libro que leíste de joven es un amante, ese mismo libro, releído más tarde, es un amigo: 'el mejor amigo', como escribió el artista victoriano William James Linton, 'al que no alejarás de ti ni se sentirá ofendido/no importa cuánto lo hayas olvidado, pero que regresará cuando le llames/con la antigua amistad'. Esto puede parecer una degradación, pero después de todo cuando necesitas consuelo sueles volverte hacia los viejos amigos, no hacia los viejos amantes. El cansancio, la pena y la enfermedad piden familiaridad, no innovación. Cuando estás en cama con gripe, no te dices "Vaya, nunca antes he probado la comida afgana. ¡Voy a pedir comida para llevar, y que sea bien especiada!" Lo que deseas es un buen caldo de pollo. Del mismo modo, lo más probable es que se te antoje un libro que conoces bien, quizás uno algo infantil que te permita una reconfortante regresión."
Una sensación que también describe perfectamente una de las contribuyentes a esta antología, Allegra Goodman, cuando relata la siguiente anécdota sobre una de sus relecturas de Orgullo y prejuicio:
"Acababa de volver del funeral de mi madre. Tenía veintinueve años y nunca me había sentido tan vieja. Mi madre había muerto de cáncer cerebral con cincuenta y un años recién cumplidos. [...] La lluvia cayó torrencial esa primera noche y siguió cayendo al día siguiente. Hacía demasiado malo para sacar al bebé de paseo, de modo que jugaba en el suelo mientas yo escuchaba la lluvia. Repiqueteaba en la claraboya de la escalera y tamborileaba sobre el tejado, y comencé a releer Orgullo y prejuicio. Lo leí lentamente y de manera acrítica, echada en nuestro nuevo sofá azul en nuestra nueva y escasamente amueblada casa de la ciudad. Lo leí porque a mi madre le había encantado Jane Austen y porque releerlo como consuelo era algo que ella hubiera hecho. Lo leí porque mi madre era como Jane Austen en su ingenio, su amor por la ironía y su concisión. Mi madre era lista como Austen, y ocurrente; florecía en las situaciones profesionales complicadas. Y, como Austen, mi madre murió joven sin terminar su trabajo."
Me ha hecho pensar en mi madre, y en su pasión por los libros. Nada nos consuela de ciertas pérdidas. Pero si algo puede mitigarlas, sin duda es un buen libro.