John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 28 de junio de 2020

ADIÓS, BELÉN

Para Belén, a quien le gustaba el color rojo, una rosa con nombre literario: Rabelais

Este blog está hoy de luto. Este espacio para el intercambio de ideas y curiosidades acerca de libros, lectura y lectores se siente un poco huérfano con la pérdida de Belén Bermejo, editora, paseante, fotógrafa y ávida y atenta lectora, que falleció ayer en Madrid a los 51 años. 
Uno de los mayores beneficios que te aporta un blog son las personas que conoces gracias a él. Yo me considero afortunada de que estas Notas me hayan permitido encontrar a Belén. La conocí ante todo virtualmente, en los albores de mi blog, cuando descubrí -o tal vez ella me descubrió a mí, no lo sé- su blog La amena biblioteca de Redfield Hall (que, aunque ella lo abandonó allá por 2014, sigue vivo en internet). Por aquel entonces yo, absolutamente novata en estas lides, me inquietaba por las pocas visitas y comentarios que recibía: Belén -o su avatar, la Bibliotecaria de Redfield Hall- tuvo la amabilidad de elogiar alguna de mis entradas y de incluir mi blog en su lista de seguidos. Tal vez sin sus palabras de ánimo yo no hubiese seguido adelante. Ella era así, generosa, vitalista, enamorada del mundo los libros. 



El ficticio Redfield Hall, sede de la Amena Biblioteca

Aunque solo llegué a encontrarme con ella una o dos veces en persona, durante todos estos años la he seguido -y nos hemos comunicado ocasionalmente- por las redes. Siempre atenta a la vida cultural, su hilo de Twitter era una verdadera mina para detectar artículos y noticias interesantes. Pero Belén no solo era una excelente editora y lectora, también sabía mirar, ¡y cómo! Con sus maravillosas fotografías nos enseñó a apreciar aquello que hay de extraordinario y poético en el paisaje cotidiano, la belleza de lo pequeño, de lo no solemos ver porque lo tenemos demasiado cerca. Fotos singulares y bellísimas de lugares que están a nuestro alcance, pero que hasta ella los supo mirar no fuimos capaces de descubrir. Les recomiendo que buceen en su página de Instagram, o mejor, que se compren su libro Microgeografías de Madrid (a ser posible en una librería física, que a ella tanto le gustaban). Además, los beneficios van destinados al servicio de oncología del Hospital de la Princesa, pues siempre defendió con uñas y dientes la sanidad pública.





Sé que la voy a echar de menos cada día: sus fotos, sus comentarios, sus recomendaciones. Ha sido un privilegio conocerla y que nos abriera generosamente la puerta a su forma de mirar el mundo, que ahora ya es también un poco la nuestra. 
Adiós, Belén, hasta siempre. 

miércoles, 17 de junio de 2020

ESOS LIBROS QUE NO SE VEN


Hace un par de semanas dejé de lado un libro al poco de comenzarlo, acuciada por otras urgencias. Como saben, cada libro tiene su momento, y tuve claro que este requería un reposo del que por aquel entonces no disponía. Ahora, cuando por fin estoy en situación de retomarlo, no aparece por ningún lado. Durante un buen rato, voy de aquí para allá rebuscando entre montones de libros, mirando con desconfianza las estanterías -¿será que lo guardé para más adelante?-, levantando fajos de papeles, apartando revistas. Nada. Hasta que de repente, se hace la luz: ¡era un libro electrónico! Vuelve a mi memoria que me hice con él aprovechando una oferta de Amazon, casi irresistible, porque ese título estaba en una de mis listas de "libros recomendados por alguien que quiero leer". Localizo mi Kindle -un aparato casi vetusto (cualquier cacharro tecnológico que tenga más de ocho años, como el mío, lo es), pero que me resisto a cambiar, puesto que funciona a la perfección- dispuesta a sumergirme en la lectura cuando, ¡ay!, me sale un aviso de que la batería está bajo mínimos y debería cargarlo.


Esto, real como la vida misma, me ha sucedido hoy, pero podría citar decenas de situaciones similares. Los libros electrónicos -seguramente lo he dicho ya alguna vez- son como fantasmas. No tienen grosor, ni peso, ni páginas, ni -casi- cubierta (esa imagen que aparece cuando se inicia la lectura y luego ya no se vuelve a ver, porque el libro se abre en la última página leída, es tan pasajera que se diría fantasmagórica también). Con estos libros fantasmales es imposible emplear la estrategia habitual de todo bibliómano: por muy bien ordenada que se tenga la librería -y no siempre es el caso- lo que queda fijado en nuestro motor de búsqueda interno es el color, el volumen, el tamaño de cada libro y por ellos nos regimos cuando andamos a la caza de un libro determinado ("Sé que tenía un lomo azul con letras grandes" o "Era un volumen finito, de color amarillo"). Con el libro electrónico, desaparecen todos los puntos de referencia. Lo que no se ve, deja poca huella en la memoria. O, como mínimo, otro tipo de huella, más etérea, menos corporal. Las veces en que he leído un libro memorable en formato electrónico, luego, al recordarlo -esos momentos en que a uno le vienen a la cabeza determinados pasajes-, me ha resultado imposible rescatar la página con la imaginación. Carezco de referencias espaciales, del recuerdo del tacto o del color del papel. Así, se convierte en una evocación descafeinada. Fantasmal.


No me malinterpreten. Valoro mucho ciertos aspectos de la edición electrónica. La comodidad, por supuesto. La inmediatez, claro (entre otras cosas, durante este confinamiento llevo varios libros descargados de la biblioteca pública online, a los que de otro modo hubiese sido imposible acceder). Pero, por mucho que me esfuerce, esos textos sobre la pantalla son solo pálidos trasuntos del libro verdadero, el que pesa y huele y cruje. el que nunca hay que recargar, porque su tecnología es simple y, posiblemente, insuperable.
Además, contemplar los libros y estar rodeada por ellos en su formato físico me produce una sensación de bienestar inigualable. ¿Qué hay mejor que una habitación forrada de libros? Una se encuentra en conversación muda y constante con ellos. Podría sin duda tener esa misma cantidad de obras metidas en un dispositivo electrónico, pero estarían mudas, enjauladas. Y mis paredes lucirían tristes y desnudas.
Voy a ver si por fin tengo el Kindle recargado y puedo comenzar de una vez esa lectura aplazada. Nada de esto me hubiese sucedido con un libro de papel. O tal vez el problema es que no soy lo bastante metódica a la hora de enchufar el aparato...

miércoles, 20 de mayo de 2020

DIEZ AÑOS ESCRIBIENDO


Estos tiempos curiosos que estamos viviendo, que nos han catapultado a todos fuera de nuestra vida habitual (quién sabe si volverá), son sin duda los culpables de que conmemore con un mes de retraso un importante aniversario: ¡señoras, señores, este blog ha cumplido 10 años! Ahora tocaría una parrafada diciendo todo aquello de que nunca pensé que llegaría tan lejos, de comentar las muchas satisfacciones que me ha procurado el blog y de dar las gracias a mis fieles lectores. Todo es cierto, pero considérenlo hecho y no me extiendo más. Además, seguro que ya lo he dicho en algún otro lugar
La efemérides me deja, debo confesarlo, un regusto agridulce. En los últimos tiempos, he visto cerrarse muchos de los blogs que seguía desde hace años; tal vez esta forma de comunicación tiene una vida limitada, o quizás el ritmo acelerado con que surgen nuevos estímulos y nuevas plataformas (Twitter, Instagram..) lo fagocita todo. Yo, aunque a paso más lento, sigo resistiendo. Hasta ahora, cada vez que he sentido la tentación de bajar la persiana -o, simplemente, dejar que el blog muera de inanición-, convencida de que no tengo nada más que decir, me he despertado un día con una idea que me bailaba por la cabeza, componiendo frases casi a mi pesar. Y, de nuevo, me he sentado a escribir un post. Que, luego, no siempre ha resultado tratar de lo que yo pensaba que trataría. 
Y es que escribir tiene esa facultad: ordena tu pensamiento y te lleva por caminos insospechados. Una vez le oí decir al escritor Antonio Orejudo que él, cada vez que hay un tema sobre el que no sabe muy bien qué pensar, escribe un artículo, y solo entonces se da cuenta de cuál es su opinión al respecto. Algo parecido sucede también con el blog, y seguramente es eso lo que motiva que los blogueros irreductibles sigamos al pie del cañón. 

Ilya Kulikov, El escritor E. N. Chirikov en su mesa de trabajo (1904)

Mirando atrás -un aniversario redondo como esto lo hace casi inevitable- me doy cuenta de que en estos diez años han cambiado muchas cosas, tanto en mi vida personal como profesional. Algunas cosas han ido a mejor, otras, a peor. Lo más estable, lo único que ha permanecido inamovible, es este blog. Una verdadera hazaña en esta época de incertidumbre. Como ocurre en todas las disciplinas, los inicios fueron titubeantes (y bastante malos, me temo): no tenía claro acerca de qué quería realmente escribir ni cómo quería hacerlo. Pero a fuerza de práctica todo se fue resolviendo y, poco a poco,  los textos adoptaron un tono común y aprendí a acotar una serie de temas. Aprendí también que no pasaba nada por hacer caso omiso de las recomendaciones de los gurús del marketing: entendí que lo que me importaba no era la cantidad de seguidores -esa obsesión de las redes-, sino su calidad. Además, con el tiempo he comprendido que soy fatal prediciendo el interés del público: los textos que más me han costado, los que consideraba más interesantes, no recibían apenas visitas, ni generaban comentarios; en cambio, aquellos artículos que he subido casi con reticencia, pensando que no valían gran cosa, han conocido a menudo un éxito inesperado. De modo que hace ya tiempo que he renunciado a buscar el aplauso del público. Escribo lo que me apetece, sobre aquello que me llama la atención o mi curiosidad. Tengo una línea, pero me la salto cuando me da la gana. Por ejemplo, siempre insisto en que no hago reseñas, pero si hay un libro que me ha gustado, hablo de él y lo recomiendo. Solo así, supongo, es posible pasarse diez años escribiendo sobre lectura y lectores, sin -en apariencia- agotar el tema. Lograr que encima haya gente que me lea me parece rizar el rizo. 
En fin, como suele ocurrir, planeaba hablarles de una cosa y he acabado hablando de otra. Les doy las gracias por haber llegado hasta aquí conmigo. Intentaré seguir acudiendo a la llamada del blog.


lunes, 20 de abril de 2020

LAS METÁFORAS DE LA ENFERMEDAD


Ignoro si hay algún ser superior que dirija esto, pero ocasiones como la actual invitan a pensar que sí debe de haberlo. O, al menos, que existe algún tipo de fuerza que de vez en cuando pone a la Humanidad en su sitio. Cuando -arrogantes y estúpidos como somos- nos creemos que estamos por encima de las leyes naturales, que con nuestra brillante inteligencia y nuestros avances técnicos lo tenemos todo dominado, zas, viene algo que nos da una lección de humildad. Como este virus, del cual nadie sabe gran cosa, pero que ha logrado desbaratar nuestra vida cotidiana y nuestra economía. Si seremos ignorantes que médicos y científicos andan medio locos investigando el coronavirus, pero varios meses después de su detección ni siquiera sabemos si haber pasado por la enfermedad otorga o no inmunidad efectiva contra ella. 
Nada nuevo. Cargamos a nuestras espaldas una larga historia de ignorancia respecto a epidemias y enfermedades. Empezando por las diversas oleadas de peste que asolaron Europa en siglos pasados (especial mención a la del siglo XIV, que se calcula que acabó con un tercio de la población), y cuya responsabilidad se atribuyó a causas de lo más variado: aire emponzoñado, brujería, castigo divino...  Cuando lo cierto es que el culpable de la peste bubónica fue una bacteria, la Yersinia pestis. Otro agente diminuto, otra bacteria, resultó ser causante del cólera -una enfermedad presente aún hoy en zonas subdesarrolladas-, pero pasaron siglos antes de que a alguien se le ocurriese asociar las aguas contaminadas con los brotes de esta enfermedad. Y ¿qué decir del azote del siglo XIX, la tuberculosis, esa "muerte blanca" que se cebaba en los jóvenes? Dado que hasta 1882 no se descubriría la microbacteria que la causaba -el bacilo de Koch, bautizado en nombre del científico que logró aislarlo-, ni se era consciente de su alto poder de contagio, familias enteras fueron víctima de la enfermedad (como las Brontë). 


Siempre que los humanos ignoramos la verdadera causa de algo, nos empecinamos en encontrar un culpable. Así, la tuberculosis se achacaba a la propia naturaleza de los enfermos, ya sea porque eran personas de naturaleza débil, que no deseaban vivir, o -por el contrario- que albergaban violentas pasiones que los consumían por dentro. ¿Contradictorio? Qué más da. Está la literatura llena de personajes cuya "naturaleza consuntiva" -y no el haberse contagiado de un bacilo- las hacía padecer la enfermedad. Para muestra, la Margarita Gautier que protagoniza La dama de las camelias -o su versión operística, la Violetta de La Traviata-, cuya muerte, más que a la tuberculosis, parece deberse a una vida llena de pasiones y excesos. Tal como apunta Susan Sontag en su interesante ensayo La enfermedad y sus metáforas: "se creía que la tuberculosis era una patología de la energía. Contraer la tuberculosis era un signo de vitalidad deficiente o malgastada".

Sarah Bernhardt como Marguerite Gautier
Y es que las enfermedades que escapan a nuestra comprensión se han prestado siempre a adquirir otros significados, convirtiéndose en un rico territorio metafórico. Voy a citar un ejemplo que me gusta especialmente, por sus ecos literarias. Se trata de la malaria. El nombre de esta enfermedad lo dice todo: procede del italiano mal aria, o sea, aire malo, porque se creía que era debida al aire contaminado que producían las zonas pantanosas. No iban tan desencaminados, sólo que el culpable no es el aire de los pantanos, sino el mosquito Anopheles, que con su picadura transmite el parásito que la causa. Pero como los mosquitos se reproducen con alegría en los terrenos pantanosos y suelen picar con preferencia al atardecer o por la noche, en ciertas zonas italianas, hasta bien entrado el siglo XIX, se aconsejaba no salir a esas horas, porque -se decía- era cuando se emanaban los vapores perniciosos. La malaria, entonces, se convertía en el azote de los amantes clandestinos, aficionados a los encuentros furtivos, cuya lujuria recibía así justo castigo. Hay un delicioso y terrible relato de Henry James, Daisy Miller, que lo ilustra a la perfección. La Daisy Miller del título es una hermosa joven americana de viaje por Europa, una muchacha alegre y casquivana, que a pesar de las advertencias se empeña en visitar el Coliseo por la noche -tan romántico- acompañada de un apuesto italiano. Por supuesto, contrae la malaria y muere. James deja que los lectores saquen la moraleja correspondiente. Pero, más de cuarenta años después (cuando ya se había identificado al verdadero agente de la malaria), Edith Wharton retomó este asunto en su relato Fiebre romana, en el que dos turistas anglosajonas rememoran sus años de juventud en Roma. También por aquel entonces una de ellas visitó el Coliseo al atardecer -"¿No recuerdas haber ido a visitar algunas ruinas una tarde, justo al ponerse el sol, y haber cogido frío? Se supone que habías ido a contemplar la salida de la luna", le dice una a la otra-, solo que en este caso la enfermedad que contrajo resulta no haber sido malaria precisamente. Y no quiero desvelar más, pero es un giro muy satisfactorio, y tal vez un homenaje de Wharton a su admirado Henry James.


Está aun por ver qué metáforas desarrollaremos para explicarnos la pandemia actual y cómo se reflejarán estos tiempos inciertos en la literatura. Tal vez, igual que nos ocurre ahora a nosotros cuando evocamos la superstición que rodeaba a la peste en la Edad Media, a nuestros descendientes les parecerá estúpido nuestro comportamiento frente a esta moderna plaga. 
Solo nos queda aprender del pasado, ser humildes y creer en la ciencia. 

miércoles, 1 de abril de 2020

EL TIEMPO INMÓVIL


Barcelona, desierta
Estos días no tiene una ganas de escribir sobre nada. Cuando todo esto empezó, pensé en hacer un diario del coronavirus, al fin y al cabo nos encontramos ante un acontecimiento insólito que está alterando millones de vidas y podría ser interesante documentar cómo lo vivo, pero confieso que la situación me ha superado. Primero, la preocupación tanto por asuntos básicos, como el abastecimiento o la protección (imposible hacerse con mascarillas, guantes o termómetros, así que habrá que enfrentarse al virus a cuerpo gentil y que Dios nos ayude), como por personas cercanas, que hacía imposible concentrarse en nada más. Luego, a medida que han ido pasando los días y todo se iba haciendo más y más sombrío, cada vez resultaba menos atractivo pensar en escribir sobre ello. ¡Si lo que una realmente necesita es olvidarse por unos momentos de esta realidad teñida de distopia! Por fortuna, he podido retomar una parte de mi trabajo (online, desde luego), lo que al menos me proporciona un objetivo en estas semanas sin horizonte. La otra parte, me temo, no va a volver hasta dentro de muchos meses, si es que alguna vez lo hace.  Como tantas otras cosas que solo ahora empezamos a añorar. 
Evidentemente, intento no pensar en el viaje que he tenido que anular, ni en las vacaciones que están también en la cuerda floja. Quién sabe cuándo y cómo podremos salir de aquí. Por ahora, los planes se reducen a no hacer planes. 
Durante estos días, me vienen a menudo a la cabeza pasajes de determinadas memorias, en su mayoría leídas hace tiempo, que describían situaciones que en su momento me pareció  imposible llegar a vivir, y con las que ahora, de repente, me identifico bastante (salvando las distancias). Como la preocupación constante por cómo y dónde conseguir determinados alimentos, o las pequeñas pero irritantes incomodidades cotidianas -desde no poder ir a la peluquería hasta cómo reponer unos zapatos rotos- que pueblan las páginas de tantas obras inglesas ambientadas en tiempo de guerra. A menor escala, porque aquello duró años y nosotros llevamos poco más de dos semanas de cerrojazo, empezamos a advertir la mordedura de  inquietudes similares. Y, sobre todo, la persistente impresión de que esto es el preludio de otros muchos cambios, de que casi nada va a ser igual. 
Buceando en mi biblioteca, recupero un par de fragmentos que de algún modo se podrían aplicar a la experiencia actual. El primero, tomado del segundo volumen de las memorias de Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, corresponde al 30 de junio de 1940.



Durante estas tres semanas, yo no estaba en ninguna parte; había grandes acontecimientos colectivos con una angustia fisiológica particular, quisiera volver a ser una persona con un pasado y un porvenir. Quizá en París lo logre. [...] París está extraordinariamente vacío, mucho más que en septiembre; es un poco el mismo cielo, la misma dulzura en el aire, la misma tranquilidad; hay colas ante las pocas tiendas de alimentación que aún quedan abiertas y se ven algunos alemanes; pero la verdadera diferencia es otra. En septiembre, algo comenzaba, era temible, pero apasionadamente interesante. Ahora, se acabó, el tiempo está absolutamente estancado ante mí, inmóvil durante años, me pudriré.  


El segundo, más o menos de la misma época, narra las vivencias de la señora Miniver, en la novela homónima de Jan Struther. (Otro libro de esos que no entiendo por qué no se recupera en España, la última edición data del año 1946).



No me he olvidado de todas las demás tragedias que pasan inadvertidas, aquellas que la marea se ha llevado por delante en las grandes ciudades: el pequeño librero, el tapicero del barrio, el dueño del garaje, el hombre que vende grabados antiguos, la mujer que vende pasteles caseros. No es posible olvidar a estas personas: hasta el momento, constituyen la mayor lista de bajas de esta guerra, y ni siquiera tienen el consuelo de la gloria.  
El tiempo inmóvil, las pequeñas tragedias que quedan ocultadas por la enormidad de los números... Como de costumbre, los libros sirven para iluminar la realidad. La de entonces y la de ahora.

miércoles, 11 de marzo de 2020

LECTURAS PARA TIEMPOS DE VIRUS


Vivimos momentos de incertidumbre y zozobra. Un microorganismo ha obligado a algunos gobiernos a tomar decisiones inéditas, como confinar en sus casas a millones de personas, prohibir los viajes o cerrar escuelas. Por más que se hagan sensatos llamamientos a la calma, la gente, como colectivo, entra en pánico. Acuden en masa a los supermercados y llenan sus carros de kilos de pasta, legumbres, latas, galletas, agua  y papel higiénico (que probablemente les durará para el resto del año), como si se enfrentasen al Apocalipsis. Aunque, caso de ser realmente así, resultarían aniquilados antes de haber podido dar cuenta de todas esas provisiones. Pero no importa: ya se sabe que el miedo es irracional.
El virus, sin duda, es malo y es innegable que ha causado y causará aún muchas muertes. Hay que procurar protegerse frente a él y evitar en la medida de lo posible el contagio. Sin embargo, la situación tiene también su lado bueno. ¿Que nos vemos obligados a permanecer encerrados en casa? Quizás suponga algunos inconvenientes, pero en principio parece el sueño de todo lector. ¡Estar de baja y con todo el tiempo del mundo para leer, leer y leer! Lo que me extraña es no ver colas en todas las librerías. Porque lo que realmente debería darnos miedo es la perspectiva de estar confinados sin nada que leer. 
Seguro que podemos aprovechar para devorar aquel tocho de mil páginas que siempre dejábamos "para las vacaciones". O releer alguno de esos clásicos de largo aliento que no se agotan con la primera lectura. Hay donde elegir, de El Quijote a Proust, pasando por Moby Dick.


A la hora de seleccionar lecturas para el confinamiento, se diría que hay tendencia a buscar obras en que los personajes pasen por situaciones similares a la actual. Parece que en Francia se han disparado las ventas de La peste, de Albert Camus. Y en Italia hay gente que se reúne -¿pero no era que había que mantener las distancias?- para leer en voz alta el Decamerón, como si fuesen florentinos huyendo de la peste. Supongo que, ante la incertidumbre, resulta reconfortante saber de otros que se enfrentaron (y sobrevivieron) a pandemias mucho más graves y mortíferas que la actual. Bien, pues si quieren leer sobre plagas, epidemias y otros azotes de la humanidad, ahí van algunas recomendaciones:

-Connie Willis, El libro del día del juicio final. Un viaje a los tiempos de la peste negra. (Eso sí fue una pandemia) Entretenidísimo, pero también escalofriante. En comparación, les hará sentirse bien, seguro.

-Barbara Tuchman, Un espejo lejano. El calamitoso siglo XIV, viene a ser la versión ensayística, aunque igualmente entretenida- del anterior. Y nos muestra cómo, de aquel desastre, emergió el mundo moderno.

-Richard Matheson, Soy leyenda. Si tanto realismo te da un poco de repelús, nada mejor que recurrir a la ficción especulativa. ¿Y si fueses el último superviviente de una guerra bacteriológica?

-Daniel Defoe, Diario del año de la peste. A pesar de su título, este no es un auténtico diario, pues en 1655, cuando una epidemia de peste asoló Londres, Defoe era un niño. Pero recrea con acierto las memorias de un superviviente de la catástrofe.

-Richard Preston, Zona caliente. En forma de thriller, Preston nos lleva a una epidemia que nos rozó mucho más de cerca: el ébola. ¡Y esa sí que daba miedo de verdad!

-José Saramago, Ensayo sobre la ceguera. Para los más literarios, aquí no hay virus, pero sí una misteriosa enfermedad, con ingredientes metafóricos.

-Laura Spinney, El jinete pálido. Dejo para el final el libro que seguramente nos toca más de cerca, pues trata de la epidemia de gripe de 1918, un virus pariente cercano del que nos afecta ahora, y sigue su rastro mortífero a través de todo el mundo.

Ninguno de estos libros es para pusilánimes. Aunque seguro que, cuando hayan terminado esta inmersión en el mundo de las epidemias, contemplan la actual con mayor ecuanimidad.
¡Cuídense mucho y lean!

martes, 25 de febrero de 2020

LECTURA REPARADORA

Carl Vilhelm Hosloe, Sleeping Woman

Los grandes lectores solemos tener algo de misántropos o, como mínimo, de reclusos: necesariamente, pasamos muchas horas leyendo, lo que nos hace aislarnos y evitar el bullicio de la gente, tan poco adecuado para concentrarse en un libro. Tal vez generalizo en exceso, tal vez esto nos sucede solo a unos cuantos y hay por ahí una cantidad ingente de ávidos lectores que al mismo tiempo son seres tremendamente sociables y se pasan la vida de fiesta en fiesta. Así que me limitaré a hablar de lo que me pasa a mí (y a unos cuantos más). La imagen más certera que me viene a la cabeza para definir lo que me ocurre cuando debo enfrentarme a una situación en que me encuentro rodeada de gente es  -cómo no- una referencia literaria: ¿recuerdan a los dementores de la saga de Harry Potter? ¿cómo son capaces de absorber la energía positiva, los sentimientos y los recuerdos felices de cualquiera al que se acerquen? Pues algo muy parecido siento yo al regresar de cualquier reunión multitudinaria (debo aclarar que, para mí, lo multitudinario empieza cuando me las he de ver con más de tres personas a la vez). 


Horas y horas de lectura no me fatigan, al contrario, parecen recargar mi motor interno. En cambio, una hora de intercambio social -y, si es con desconocidos, aún peor- hace que regrese a mi casa sintiéndome como si me hubiese atropellado un camión, o -por seguir con la imagen- como si me hubiesen arrojado en medio de una cuadrilla de dementores. Ignoro si un temperamento retraído es lo que me abocó a la lectura, o si el haber pasado buena parte de mi infancia y adolescencia sumergida en los libros arruinó para siempre mis habilidades sociales. En cualquier caso, a estas alturas ya no hay mucho que pueda hacer para remediarlo. Tampoco, dicha sea la verdad, siento demasiada necesidad de hacerlo.
Comprenderán mi alegría y mi plena identificación al encontrarme en una de mis más recientes -y más gozosas- lecturas, los Diarios de Iñaki Uriarte, con el siguiente pensamiento:

Tras cinco horas de parloteo en una reunión de unas diez personas, vuelvo a casa. Me tumbo en el sofá y abro un libro. Qué descanso, qué orden, qué puntos, qué comas, qué comillas.
Imposible expresar mejor el inmenso alivio que representa, tras una ordalía semejante -¡cinco horas, agotador!-, regresar a una actividad tan reparadora como la lectura. La sensación de bienestar que le invade a uno al abrir las páginas de un libro, donde únicamente hay que relacionarse con lo que nos cuenta un escritor que está lejos, que tal vez ya no forme parte del mundo de los vivos, pero que sigue hablando solo para nosotros, en íntima confidencia. Ahora sé además que estos diarios son el tipo de lectura a la que volver de tanto en tanto, cada vez que sea preciso recuperarme de alguno de los estragos producidos en mi espíritu por una prolongada exposición al mundo exterior. Sin lugar a dudas, lectura reparadora.