John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

sábado, 6 de abril de 2019

CONFESIONES DE UNA LECTORA


¡Albricias! Este blog está de celebración por partida doble. Por un lado, porque este mes cumplimos nada menos que NUEVE años. Increíble, ¿no? En estos años, gracias al blog, he escrito mucho y por placer, he hecho numerosos amigos, me han invitado a charlas, parte de lo publicado aquí se ha convertido en un libro... Cuando en 2010 empecé, tentativa y dubitativamente, a subir unos brevísimos textos -sin imágenes, además, porque por aquel entonces no había aprendido cómo- nunca hubiese creído que llegaría hasta aquí. Gracias, ante todo, a tantos lectores que han tenido la bondad de pasarse por aquí y de dejar sus comentarios. El corazón del blog, eso lo tengo claro, no es su administrador, sino sus lectores. El segundo motivo de celebración tiene, en cierto modo, algo que ver con el primero. Aquí nos gustan, lo saben bien los que acostumbran a leernos, los libros sobre libros. No podría ser de otro modo, pues los asiduos de este blog somos adictos a la lectura y todo lo que hable del mundo de los libros nos interesa. He hablado repetidamente en estas páginas -lo pueden ver aquí, aquí y aquí, por ejemplo- del que sin duda es uno de mis ensayos favoritos sobre este tema, el ameno y agudísimo Ex Libris. Confesiones de una lectora de Anne Fadiman. Lamentablemente, este libro estaba agotado desde hace años y nadie se decidía a reeditarlo. Algo incomprensible, porque ni siquiera de segunda mano era posible hacerse ya con un ejemplar. Ahora, al fin, ha vuelto a ver la luz de nuevo, de la mano de una nueva, pequeña y  valiente editorial madrileña, Alfabeto. Tienen toda mi gratitud. Espero y deseo que esta obra, de lectura imprescindible para enfermos de los libros -no se curarán, ni falta que les hace, pero lo pasarán muy bien- tenga una muy exitosa segunda vida en librerías. Por mi parte, haré cuanto pueda para que sea así.


Anne Fadiman pertenece a una familia de biblioadictos -su padre era el reputado editor y escritor Clifton Fadiman, quien entre otras cosas fue director de la sección de crítica literaria del New Yorker- y ella lleva la afición a los libros en los genes. También es una persona ingeniosa, lo que demuestra en los breves ensayos que forman esta obra, donde disecciona con certeza y fina ironía todas las manías que comparten los afligidos por esta enfermedad libresca. No me cabe dudad de que todos ustedes, bibliómanos, se verán reflejados en ellas. Cómprenlo, léanlo, no se arrepentirán.
Y ya que estamos, aprovecho para reivindicar -no por primera vez- que alguien (tal vez los propios editores de Alfabeto) se decida a traducir el otro libro de "ensayos familiares" de esta autora -ella los llama así- At Large and At Small, un compendio delicioso donde tanto es capaz de disertar sobre la caza de mariposas como sobre su gusto -desmedido- por los helados o las curas (a menudo literarias) para el insomnio. Tal como dicen sus editores, "combina humor y erudición". ¿Se puede pedir algo mejor? Sólo puedo decir que es de los libros que nunca presto, porque guardo mi ejemplar como oro en paño.



miércoles, 6 de marzo de 2019

EL TIEMPO Y LA LECTURA


Es frecuente encontrarse, tanto en los medios como en la vida real, con personas que dicen no leer por carecer de tiempo para ello. O que lamentan que el tiempo que pueden dedicar a la lectura sea tan reducido: "Me gustaría leer más, pero ¿de dónde sacar el tiempo?". Sin embargo, quienes esto manifiestan no suelen ser esclavos en una mina de sal, sujetos con cadenas y vigilados por feroces capataces (un supuesto que justificaría la imposibilidad de dedicar ni un minuto a la lectura; además, dudo que en las minas abunde el material literario), sino urbanitas muy ocupados -o eso dicen- que no tienen reparo en dedicar varias horas al día a consultar sus móviles, a menudo innecesariamente y para cosas sin relevancia, y a mandar mensajes y fotos igualmente irrelevantes. "Conchi, estoy a punto de llegar" o una ristra de emoticonos para indicar lo mucho que te ha gustado esa irresistible foto de un gatito que te ha mandado tu prima no pueden considerarse como mensajes de alta prioridad. Y, no obstante, con estos y otros parecidos se consumen sin remordimiento minutos muy valiosos.

Quienes afirman no tener tiempo para leer, lo que están diciendo en realidad es que leer no es una de sus prioridades. Que, en su escala de valores, la lectura se encuentra por debajo de muchas otras actividades con las que llenan sus días. Que prefieren -consciente o inconscientemente- dedicarse a otras cosas y sólo recurren a la lectura cuando las han agotado. He de deciros, atareados amigos que argumentáis que os falta tiempo para leer, que uno siempre encuentra tiempo para lo que estima vital. Salvo en situaciones extremas, uno siempre tiene tiempo para comer, para lavarse, para hablar con su pareja... (aunque tal vez es una mala comparación, está lleno de gente que se queja de no tener tiempo para conversar en familia, cuando lo que quieren decir probablemente es que no hay nada de qué hablar). Si uno considera que la lectura, como nos ocurre a los verdaderos apasionados del asunto, forma parte de esas necesidades vitales, el tiempo nunca falta. Como decía Arnold Bennett -en su divertido al tiempo que útil ensayo Cómo vivir con veinticuatro horas al día-, el tiempo es la más preciada de las posesiones, una que nadie puede quitarte y con la que puedes hacer lo que te dé la gana. Tanto el noble como el mendigo disponen cada día de las mismas veinticuatro horas, para gastar según su criterio. Es obvio que esos lectores fallidos carecen precisamente de eso, de criterio, de la voluntad de buscar tiempo debajo de las piedras para algo que se supone consideran importante.





Además, el concepto de lectura de ciertas personas -sí, esas que dicen amar la lectura pero no ven nunca el momento de dedicarse a ella- consiste en una especie de imagen ideal: muchas horas por delante, una casa silenciosa, un sofá cómodo... En fin, condiciones que, seamos sinceros, se dan raras veces. Si esperas a que se reúnan todos estos factores para abrir un libro, entonces es comprensible que no leas apenas. Los auténticos lectores aprovechan cualquier resquicio para abrir un libro, y no tienen empacho en hacerlo en las situaciones más diversas. El otro día, en la radio, alguien contaba que, en su familia, cuando llegaba la hora de comer cada cual sacaba su libro y de este modo las comidas transcurrían en armoniosa compañía, todos enfrascados en sus lecturas. Lo pillé al vuelo y lamento no saber quién era el que lo contaba, pero tiene todas mis simpatías. (Personalmente, considero leer mientras como, o desayuno, uno de los placeres fundamentales de la vida.) Otra lectora decía por ahí que ella había llegado a leer hasta en una boda (aunque no durante el servicio religioso, subrayaba). No se me había ocurrido, lo confieso, pero al próximo enlace al que me inviten pienso ir provista (discretamente) de un libro. Seguro que puedo aprovechar algun momento tonto para leer unas páginas.

Hasta con el pretexto de sacarle el polvo a
los libros se pueden leer unas páginas


  

viernes, 8 de febrero de 2019

Y TÚ ¿QUÉ SUBRAYAS?


No entra en mi ánimo dar nuevas alas a la vieja controversia de si es lícito o no subrayar los libros. Sabemos ya de sobra que siempre existirá la facción "Subrayar, no", que considera casi un sacrilegio estropear las páginas impresas con antiestéticos trazos de lápiz o -dios no lo permita- bolígrafo, facción enfrentada a la de "Subrayar, sí", que cree firmemente que los libros están para ser llenados de subrayados, notas y comentarios, y que esas señales de haber sido leídos, y leídos a fondo, son las marcas que distinguen la biblioteca de un buen lector. Lo otro, afirman -conste que no estoy más que haciéndome eco de las razones de los partidarios de esta opción- son bibliotecas de coleccionista, con libros de mírame-y-no-me-toques que, al contrario que sus garrapateados ejemplares, son libros carentes de vida. Los lectores habituales suelen ubicarse en uno u otro campo, y los hay también que se quedan a medio camino -aunque, ya lo saben, los tibios y equidistantes acaban recibiendo por todos lados-, optando por subrayar ciertos libros y otros no. En mi caso, por ejemplo, rara vez subrayo una novela (a no ser que la esté empleando con alguna finalidad didáctica), pero me tomo la libertad de subrayar los ensayos siempre que me parece necesario. Claro que ocurre en ocasiones que no subrayo porque estoy leyendo en algún lugar donde no tengo a mano un lápiz o donde es incómodo hacerlo (ejercer el arte del subrayado en determinados trenes es garantía casi segura de que las líneas van moverse como borrachas por la página). La alternativa entonces es doblar esquinas, una actividad que de nuevo cuenta con detractores y valedores. 
Pero todo esto era antes de la llegada del libro electrónico. Una sus grandes ventajas, a decir de sus promotores, es que se puede subrayar sin necesidad de lápiz -ni de desfigurar el libro porque, evidentemente, el libro físico no existe- y que además es posible acceder a los fragmentos resaltados con suma facilidad, pues se presentan todos juntos. Sin duda hay que saludar estas características como un avance, una más de las comodidades que ofrece el libro virtual. (Sobre sus desventajas, como la condición fantasmal de estos ingenios, he hablado en otras ocasiones.) 



No obstante, hay -al menos en los Kindle- una característica en los libros electrónicos que me parece entre curiosa e inquietante. Se trata de lo que llaman el "subrayado social". Consiste en que es posible ver qué pasajes han subrayado otros lectores y cuántos de ellos lo han hecho. Así, una está tan tranquila leyendo una novela y de repente, zas, en la pantalla aparecen varias líneas marcadas, con una pequeña referencia que indica "subrayado x veces". No sé a ustedes, pero a mí esta función tiende a dejarme entre atónita y desconcertada. Atónita, porque en demasiadas ocasiones el subrayado busca destacar unas frases del todo anodinas, trilladas, sin ningún interés. Desconcertada porque, si resulta que hay varias decenas de lectores que han coincidido en fijarse precisamente en esas frases, ¿no querrá decir que soy yo la que falla? ¿La que es incapaz de ver la inmensa sabiduría que sin duda encierran? Sé que es posible desactivar esta opción y darse a la lectura solitaria. He estado a punto de hacerlo en más de una ocasión, pero confieso que siempre me he retenido porque -por mucho que algunas tonterías me irriten- me divierte ver que la gente subraya frases como "Una vida dedicada a los perros le hace a una indiferente ante el estado de su hogar", "Aunque hacía tiempo que se había acostumbrado a ser pobre, no podía olvidar lo agradable que resultaba ser rica", "La verdad se encuentra en los libros de contabilidad" o, incluso, "--¡No, el maldito cobarde está en el frente! --dijo ella indignada" (tres usuarios han subrayado esta última frase, lo que me resulta del todo inescrutable). Sólo espero que, en compensación por los sobresaltos y cábalas que me suscitan estos subrayados, "ellos" -aludo por supuesto a esos otros lectores anónimos que a su vez verán los míos- quedarán aún más estupefactos con los míos. 
Por lo que a subrayar libros se refiere, tengo la impresión de que hemos entrado en un mundo nuevo, que va más allá de la polémica acerca de si subrayar o no. Antes, al menos, tus subrayados quedaban en la intimidad. Como mucho, los veía algún amigo al que le prestabas el libro. (O tu biógrafo, si lograbas alcanzar la categoría de eminencia biografiable.) Ahora estamos en la era del "yo subrayo mejor que tú" o "subrayar por vanidad". La verdad, no sé si reírme o preocuparme. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

DESEOS LIBRESCOS 2019




Gracias a la prodigiosa producción editorial de nuestro país, los libros que una no ha leído (aún), en lugar de reducirse en número, aumentan y aumentan de forma imparable. Vértigo daría, de no ser porque una buena parte de esas novedades que tan encarnizadamente compiten entre sí por la benevolencia del lector son de poco interés para mí. (Por el bien de sus autores y de sus editores, confío en que habrá algún público para ellos, entre el que yo no me encuentro; al fin y al cabo, mis gustos son bastante raros.) Por eso, a la hora de seleccionar lecturas, confieso que mi mirada tiende a dirigirse al pasado en vez de al presente. Como dijo G. K. Chesterton, para ensalzar la lectura de los clásicos:

"Ser simplemente moderno es condenarse a la absoluta estrechez de miras; igual que gastarse el último penique que uno posee en el modelo de sombrero más reciente es condenarse a estar pasado de moda. El camino que conduce a los siglos pasados está sembrado de modernos muertos."
A menudo, hojear los suplementos literarios me produce desazón, voy pasando páginas sin encontrar nada que me atraiga (o quizás lo que no me atrae es la forma en que hablan de los libros: la crítica literaria, incluso las simples reseñas, deberían aspirar a algo más que resumir un argumento).  A pesar de ello, mantengo un ojo bien abierto ante lo que se va publicando, porque entre tanta morralla siempre hay libros que merecen atención. Y, ¡oh, alegría! hay también editores que -sin descuidar lo que de notable pueda aportar la producción actual- son capaces de rebuscar en los desvanes del pasado y rescatar joyitas literarias que habían quedado sepultadas por el alud de "lo moderno" (por emplear la terminología de Chesterton). En este sentido, 2018 me ha procurado algunas satisfacciones:  
-Tras la publicación de sus Cuentos escogidos  en 2015, Shirley Jackson ha encontrado  por fin favor entre nuestro público y estos últimos años se han ido editando sus principales obras, entre las que están La lotería, Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House (de la que ahora hay también una serie) y Déjame que te cuente (un compendio de cuentos y ensayos. No me cabe duda de que estas obras le procurarán un buen número de admiradores. Mi felicidad sería perfecta si se animaran a traducir también su obra autobiográfica Life Among the Savages (contrariamente a lo que podría parecer, no es un tratado de antropología, es que el apellido de su marido era Savage). 



-Editorial Minúscula ha rescatado la que para mi gusto es una de las mejores novelas cortas americanas  del siglo XX: La señora Caliban, de Rachel Ingalls.  Los amantes de las historias realistas, no se dejen amilanar por quienes hablan de ella como un cruce entre King Kong y La bella y la bestia, es una historia de amor maravillosa.



Hace cuatro años -¡nada menos!-, en fechas como estas, me hacía eco de mis deseos de que se recuperasen algunos libros notables desaparecidos del mercado tiempo ha. Entre ellos estaba El siglo de los cirujanos, de Jürgen Thorwald, que entretanto ha renacido de la mano de Ariel. 






Sin embargo, otros de mis deseos librescos aún no han visto la luz. Aprovechando que estas son épocas de buenos deseos para el año entrante, repito algunos de ellos, a ver si esta vez los hados editoriales me hacen caso:

-Los libros en mi vida, de Henry Miller. Tan inencontrable que ni siquiera en las bibliotecas de la provincia de Barcelona tienen un ejemplar. Un libro, como se pueden imaginar, para amantes de los libros, esos bichos raros. Muy personal, muy Miller, y una delicia. 




-Otro clasicazo de ausencia inexplicable, porque lo tiene todo para gustar: guerra, amor, historia... Testament of Youth, de Vera Brittain. ¡Si hasta hay una película! Pues ni por esas... 




-Por último, y ya sé que esto es sólo para fans acérrimos, pero también es uno de los libros que más me han gustado este último año (¿el que más?): The Brontës. A Life in Letters, una impecable edición de Juliet Barker. La familia Brontë en sus propias palabras, en una selección de cartas magnífica, que se lee como una novela. 





Pues eso, a esperar que los Reyes Magos, los hados del Nuevo Año o quien sea cumpla estos deseos librescos. En cualquier caso, les deseo un feliz y muy literario 2019.


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sábado, 15 de diciembre de 2018

CESTAS DE NAVIDAD LIBRESCAS

Así de abigarrados eran los árboles de Navidad
de mi infancia. Sin exceso, hubiese sido menos Navidad.

Guardo muchos recuerdos de las Navidades de mi infancia: el olor del abeto que poníamos en un rincón del comedor -que acababa alfombrado de agujas de pino- y sus deslumbrantes cascadas de guirnaldas (adornos sin duda chillones y desmesurados, pero la época era así); la ilusión inmensa de los paquetes sin abrir (como la fantasía siempre es mejor que la realidad, una vez abiertos nunca contenían exactamente lo que una había deseado); ir a la misa del gallo con mis padres, cuyo principal aliciente era que me permitiesen permanecer despierta hasta horas inauditas y -guinda final de la noche- tomar un "resopón" al regresar a casa; el pintoresco -al menos para mí- desfile de carteros, barrenderos y basureros pidiendo el aguinaldo, con sus correspondientes estampitas (que diría que incluso por aquel entonces ya resultaban "vintage"); y, entre muchas otras maravillas, las cestas de Navidad. Hubo una época en que se mandaban muchísimas cestas. No era necesario ser nadie demasiado importante, tengo la impresión de que bastaba con ocupar cualquier carguito o contar con un puñado de clientes más o menos agradecidos para que al llegar estas fechas a uno le colmasen de obsequios. Claro que cestas las había de todas las categorías y tamaños. Las más decepcionantes, para los niños de la casa, eran las aburridas cajas de vino o champán. Estas nos parecían despreciables. Luego estaban las cestas de medio pelo, que por lo general intentaban disimular con grandes lazos y adornos de espumillón que solo contenían una o dos botellas y -quizás- un turrón y una caja de barquillos. Nos preguntábamos por qué se habrían molestado siquiera. Porque las cestas buenas, buenas, las que hacían que los niños pasásemos toda la tarde saltando excitados a su alrededor (porque, por supuesto, no se podían deshacer hasta la llegada de su destinatario, mi padre) eran las que llevaban un jamón. (Me temo que el entusiasmo me ha llevado a pluralizar, lo cierto es que de estas nunca recibimos más de una, y hasta diría que alguna Navidad llegó a fallar.) Desmontar la cesta, ir descubriendo o desenvolviendo lo que contenía -aparte de los consabidos turrones y polvorones, había cosas que nos parecían el colmo del exotismo, aunque luego no le gustaban a nadie, como las frutas confitadas- era una de las experiencias cumbre de las navidades.




Pero todo eso quedó atrás. Hace ya años que se acabó esa abundancia, ese derroche festivo. Últimamente, escasean hasta los lotes para los empleados, embutidos en sus humildes cajas de cartón. (Y miren, yo que me alegro, porque hay que ver lo que pesaban y lo incómodo que era tener que acarrearlos a casa. Luego encima el vino era malejo y los turrones, de mazapán o de alguno de esos sabores que todo el mundo rechaza.) Aunque observo que, tímidamente, hay quienes intentan recuperar esa tradición, yendo más allá de la consabida cesta llena de cosas de comer y beber -que además se ha convertido en un asunto espinoso, ahora que en cada familia parece haber al menos un vegano, un celíaco y alguien con alergias varias- para sustituirla por otros obsequios. Sin ir más lejos, en la peluquería de mi barrio sortean entre sus clientes una cestas con... productos de peluquería, cómo no: acondicionadores, champús, un secador, una plancha para el pelo, cosas así. Todo para su cabeza, señora. 



Una iniciativa parecida han tenido, conjuntamente, los editores de varios sellos y los propietarios de la librería Tipos infames de Madrid. Como en esta última, además de comprar libros, se pueden degustar vinos, ofrecen una cesta que conjuga ambos. Basta con gastarse un mínimo de 45 euros en libros -eso está hecho, con un par de tomos que te lleves a casa ya lo tienes- para entrar en el sorteo. La idea me parece excelente, el único inconveniente es que se trate de un sorteo, de los que sé por (larga) experiencia que nunca me tocan. Pero me permite fantasear con la noción de que algún día llegue a mi casa una cesta como las de antes, cubierta de lazos y oropeles (las cestas deberían ser canónicas o no ser), de la que saldrían no chorizos ni latas de espárragos -conste que tampoco les haría ascos- sino libros y más libros. Si, encima, resulta que el anónimo benefactor ha acertado con mis gustos lectores, creo que no podría pedir una Navidad mejor. ¿Alguien se anima?


miércoles, 28 de noviembre de 2018

LECTURA DESNATADA


La lectura es un acto neurológicamente complejo, no inscrito por defecto en nuestros circuitos cerebrales, como sí lo están otras facultades humanas, por ejemplo el habla. Saber descifrar los signos escritos requiere un largo adiestramiento, y si por casualidad cambiamos de alfabeto -lo sabe bien todo el que haya estudiado japonés o árabe-, hay que empezar de nuevo. Como dice Maryanne Wolf -investigadora de UCLA- en un reciente artículo publicado en The Guardian, para adquirir esta habilidad los humanos debimos desarrollar, hace unos seis mil años, un nuevo circuito cerebral. Inicialmente un mecanismo muy simple, capaz de descodificar información básica -como el número de cabras que uno había vendido- esta habilidad se fue sofisticando hasta llegar a nuestro elaborado cerebro lector actual. Las investigaciones llevadas a cabo por Wolf muestran que el cerebro lector contribuye al desarrollo de algunos de nuestros procesos intelectuales y afectivos más importante: conocimiento internalizado, razonamiento analógico, inferencia, así como perspectiva, empatía y análisis crítico. Puesto que la mayoría de occidentales estamos alfabetizados desde pequeños y hemos incorporado la lectura a nuestra vida cotidiana, se nos pasa por alto que cada vez que abrimos un libro vamos no sólo a informarnos o a distraernos, sino que estamos llevando a cabo un proceso que involucra muchas otras áreas de nuestro conocimiento.  



Sin embargo, todos sabemos, por experiencia, que el soporte sobre el que leemos afecta a la calidad de la lectura: no se perciben -ni se comprenden, por tanto- de manera igual unas notas garrapateadas sobre un papel cualquiera que el mismo texto impreso en un libro impreso; los que estamos habituados a leer manuscritos (aunque casi nadie escribe ya a mano, la versión no publicada de cualquier obra se sigue llamando así) somos muy conscientes de que esas páginas en formato A4 recién salidas de la impresora tienen menos poder de convicción que los pliegos bien editados y encuadernados en que aspiran a convertirse. Aunque numerosas investigaciones no hubiesen demostrado ya que se lee distinto en pantalla que sobre papel, la experiencia nos dice fehacientemente que no leemos igual en el móvil que en un libro de bolsillo, que leer las noticias en una Tablet o en el periódico en papel es una experiencia distinta. A estas alturas del siglo XXI casi todo el mundo se ha percatado de que recuerda mejor lo que ha leído según sea el soporte en el que lo ha hecho, incluso si no sabemos exactamente por qué. Las investigaciones citadas por Wolf apuntan que al leer en pantalla solemos llevar a cabo lo que los anglosajones llaman "skim reading", es decir, "lectura superficial" o "desnatada" (que me gusta más como idea; ahora que todo es desnatado o light o sin gluten, ¿qué más adecuado que desnatar la lectura también?). Parece que en lugar de leer palabra por palabra y línea por línea, tenemos tendencia a seguir un recorrido en forma de F o de Z por la pantalla, saltando de aquí allá en busca de palabras o expresiones clave que nos den una idea de su contenido. Por citar lo que dice el artículo: "Cuando el cerebro lector lee de esta forma superficial (desnatada), se reduce el tiempo que dedica a los procesos lectores profundos. En otras palabras, no tenemos tiempo para captar la complejidad, entender los sentimientos que quiere expresar el autor o percibir su belleza, y el lector no tiene tiempo de generar sus propios pensamientos a partir de lo leído." 



Una de las consecuencias tal vez más preocupantes de esta nueva modalidad de lectura, inevitablemente cada vez más extendida, dicen, es muchos estudiantes evitan apuntarse a cursos de literatura del XIX y XX porque, acostumbrados a la lectura desnatada,  no tienen la paciencia necesaria para leer esos textos "tan densos" ni, por supuesto, de analizarlos. ¿Será ese -me pregunto- uno de los motivos del declive de las filologías en la Universidad?
No nos queda sino confiar en que, igual que alguna vez esperamos que pase la moda de lo desnatado en la comida -ya se oyen voces que dicen que hay que volver a lo entero-, en la lectura se imponga también la sensatez y comprendamos que hay lugar y momento para todo: para leer desnatadamente en pantalla y para lanzarse hasta las profundidades de un texto en papel. Por mi parte, por si acaso, cuando voy al súper me paso un buen rato ante las neveras, averiguando qué yogures son los que conservan toda su nata. Esos son los buenos. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA GRAN GUERRA: CIEN AÑOS


Hoy es de esos días en que la importancia de la fecha se impone sobre todo lo demás. No importa que haga un día radiante y casi primaveral, en vez de la bruma lluviosa que sería más adecuada; ni que los caminos estén secos en lugar de embarrados, muy distintos del lodazal de Verdún: hoy hace cien años desde que terminó la Gran Guerra -la llamada a acabar con todas la guerras, que luego se reveló como simple primer capítulo de un horror que no estamos seguros de que no vaya a repetirse- y resulta imposible hablar de otra cosa. 
Sus muertos hace tiempo que son polvo; sus lisiados y sus huérfanos han desaparecido ya todos, o casi. Aún así, la memoria de tanta sangre persiste en las sociedades que vieron cómo toda una generación de jóvenes era conducida al matadero. En cada pueblecito francés, por pequeño que sea, hay un monumento a los caídos de la Gran Guerra, sus "enfants", como los llaman con devoción las placas que recuerdan sus nombres. Siempre que viajo por Francia, me detengo a leerlos, dedicando unos segundos a esos jóvenes que dejaron bruscamente de tener un futuro. 






¿Qué otro rastro queda, cuando incluso para sus familias no son más que una foto en sepia en algún álbum olvidado? Seguramente ha llegado el momento de salir al encuentro de ese ejército de espectros, que nos hablan desde las trincheras del Somme, desde los campos de Flandes, desde los Dardanelos o desde las Dolomitas. La literatura es la que rescata a todos estos muertos, los hace vivir de nuevo y muestra a las generaciones que no lo vivieron el absurdo de tanta matanza. Lo que sigue no pretende ser un recuento completo, simplemente unas cuantas sugerencias de lectura,  según me vienen a la memoria, para rendirles homenaje:

-Los que estuvieron allí:  No hay, ya lo sabemos, nada mejor que la experiencia de primera mano.  Quienes lucharon en los frentes, cuidaron a los heridos o guardaron la retaguardia, nos han dejado testimonio de cómo lo vivieron. Robert Graves, en Adiós a todo eso, sin lugar a dudas una de las mejores memorias de la guerra de trincheras; Ernst Jünger, con Tempestades de acero (aunque a mí me hiele la sangre a veces su aparente impasibilidad) o Erich Maria Remarque, que en Sin novedad en el frente se sirve de la ficción para meterse en la piel de un soldado. La guerra no sólo truncó las vidas de los caídos, sino también la de las novias o esposas que les esperaban en casa. Como la de Vera Brittain, que en su Testament of Youth (incomprensiblemente, no hay versión española) deja una de las memorias más conmovedoras de una generación devastada por la guerra. Quizás menos literarios, pero no menos verídicos, son los testimonios -diarios, cartas- recogidos por el sueco Peter Englund en La belleza y el dolor de la batalla.




-Los que dicen los historiadores: Hay numerosos estudios de la Gran Guerra, que detallan sus causas -para un análisis implacable de la torpeza política que llevó a ella, véase el Sonámbulos de Christopher Clark o el intenso y ameno Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (que, por cierto, recibió el Premio Pulitzer)- y no pretendo de ningún modo conocerlos todos. Me limito a recomendar una de los últimas, y tal vez una de los más extensas, monografías sobre este tema: 1914-1918, de David Stevenson, o 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, un historiador que sabe mucho de conflictos bélicos. 

-La verdad de la ficción: Si la ficción, como dice Vargas Llosa en su ensayo sobre Victor Hugo, es "la verdad de las mentiras", no cabe duda de que una de las vías mejores para recuperar el pasado es la ficción. De entre las innumerables novelas que se ocupan de la guerra o sus consecuencias, rescato algunas. Sin duda hay muchas más que merecerían ser mencionadas -y seguro que se me ocurre otra media docena en cuanto publique este post-, pero me limito a hablarles de tres: Regeneración, de Pat Barker -una espléndida escritora que debería ser más conocida-, que nos lleva a un hospital psiquiátrico en 1917, porque a veces las peores heridas no son las que se ven; Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaître, que a través de un humor muy negro nos recuerda que siempre hay quien saca tajada del sufrimiento ajeno; y El regreso del soldado, de Rebecca West, centrada en las secuelas de la guerra, tanto para los que regresan como para quienes les reciben a su vuelta al hogar. 

De esta también hubo película, 
con Glenda Jackson y Julie Christie

Si Quevedo, gracias a los libros "vivía en conversación con los difuntos," y "escuchaba con sus ojos a los muertos",  a nosotros ellos también nos permiten mantener vivo el recuerdo de la Gran Guerra, cien años después.