John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

sábado, 14 de enero de 2017

CURIOSOS HALLAZGOS EN LA BIBLIOTECA


Sucede a veces que uno se deja cosas dentro de los libros. Yo, hasta ahora, por "cosas" entendía lo que más o menos se están figurando, normalmente aquellos elementos que hemos usado como puntos de libro a falta de algo mejor -billetes de metro, tarjetas de visita, postales, fotos...), o bien  (posibilidad mucho más sugerente) algún documento que uno ha querido esconder a ojos ajenos, como una carta de amor comprometedora, ese poema tonto que escribió una vez y que, releído, le sumió en la más absoluta vergüenza (pero no tuvo el valor de romper), una nota con la combinación de la caja fuerte... Hay gente incluso que guarda fajos de billetes en algún grueso volumen. (Esto último sólo lo recomiendo si se dispone de una biblioteca decididamente vasta, porque no hay ladrón con paciencia para abrir más de 5.000 volúmenes; claro que si se opta por esta solución como alternativa al congelador -me dicen que últimamente a la gente le ha dado por ahí, personalmente a mí no me va mucho lo de recuperar los billetes de banco con olor a palitos de merluza- también conviene tener buena memoria y recordar dónde se ha guardado, o la broma puede salirle cara.) Todo esto está muy bien cuando los libros son los de la propia biblioteca, pero resulta que muchas personas tienen la costumbre de dejarse cosas también en los libros que alquilan en la biblioteca. ¿A quién no le ha ocurrido encontrar en ellos algún legado del lector que le ha precedido? En mi caso al menos, estos hallazgos siempre han sido triviales: una entrada de cine, una lista de la compra, un abono de metro (caducado, por supuesto). Fruslerías. Sin embargo, parece que los profesionales, es decir, los bibliotecarios, encuentran objetos mucho más diversos. Esto lo sé gracias a una encuesta llevada a cabo por la revista Tin House con motivo de la próxima publicación de una novela cuya trama precisamente va de una esposa que le escribe cartas a su marido y luego las esconde en los libros de su biblioteca (no he tenido el gusto de leerla, pero me da cierta mala espina, ¿es que a esta señora no se le había ocurrido la posibilidad de hablar con su marido? ¿o acaso esperaba que el marido tuviese poderes paranormales y acertase en qué libro escondía las cartas?). En fin, decía que estos señores les han preguntado a una serie de bibliotecarios qué era lo más raro que se habían encontrado dentro de un libro y las respuestas son sorprendentes y, según como se mire, preocupantes. Lo que más me ha llamado la atención, porque nunca se me hubiese ocurrido, es la frecuencia con que mencionan cosas de comer: rodajas de mortadela, lonchas de bacon, patatas fritas, galletas, ¡una gamba cocida! o, incluso:

Un taco mejicano, perfectamente conservado y prensado, como si fuese una flor, en el centro de un libro. Era tan delgado que era imposible saber que estaba ahí sin abrir el libro.  (respuesta de una bibliotecaria de Bartow County, Georgia)
Digo yo que el taco estaría tan estupendamente conservado, pero el libro debía de haber sufrido lo suyo en el proceso.



La verdad, ni cuando era una niña se me pasó por la cabeza la posibilidad de emplear el relleno de mi bocadillo como punto de libro. ¿Y no sería preferible comerse la patata frita que usarla para recordar el capítulo en que dejaste la lectura? (Respuesta: si era una de esas patatas de comida rápida, blanduchas y con sabor a grasa mala, tal vez no.) En cuanto a la gamba, eso sí escapa totalmente de mi comprensión.

Del resto de respuestas, hay que destacar también una divertida anécdota del hallazgo de un billete de cien dólares dentro de un libro. Cuando la bibliotecaria llamó a casa de la última persona que lo había tomado prestado, una mujer, limitándose a preguntar si "tal vez se había dejado algo en un libro", el marido (que es quien respondió al teléfono) contestó enseguida: "¿Otra vez ha estado usando billetes como puntos de libro?". Si para esta señora se había convertido en costumbre, las lecturas debían de salirle bastante caras.

Aunque también hay lectores concienzudos, como el de una biblioteca canadiense que devolvió un libro con treinta años de retraso, pero con una amable nota de disculpa en su interior y varios billetes para pagar la multa correspondiente al tiempo transcurrido.


Sea como fuere, a partir de ahora, prometo que seré muy cauta al abrir cualquier libro que proceda de la biblioteca. Quién sabe lo que puede acechar en su interior.

(Animo a los bibliotecarios que se pasen por aquí a dejar constancia de sus experiencias en esto de los hallazgos dentro de libros. Estoy segura de que tendrán más de una anécdota que contar.)


domingo, 8 de enero de 2017

LIBROS 2016


Bien, por fin la primera entrada de 2017. Entre viajes y festividades, llevaba tiempo sin acercarme al blog. Poniéndome al día de lo que cuentan mis blogs amigos, caigo en la cuenta de que la mayoría se han descolgado ya con la casi ineludible lista de lecturas del 2016, "lo mejor del año", o similar. Ya lo he dicho alguna vez -empiezo a sospechar que lo repito cada año-, mi reticencia a llevar un control de lo que leo hace que este tipo de recopilaciones anuales resulten un problema, porque soy incapaz de recordar con exactitud cuándo leí cada cosa. También es culpa del tiempo, que se acelera con la edad -no es figuración mía, lean sino el interesante ensayo de Douwe Draaisma Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores-, haciendo aún más difícil situar los libros en un momento concreto del arco temporal. Está claro, pues, que mi lista no será exhaustiva, ni posiblemente tampoco completa, pero creo que vale la pena citar unas cuantas lecturas que -da igual cuándo- han destacado lo suficiente sobre las demás como para dejar huella en mi recuerdo:
 
Creo que este es un de los libros más citados y más elogiados a lo largo de 2016.  Yo también llegué a él atraída por las constantes recomendaciones  y -al contrario de otros muchos de infausta memoria- no me defraudó. Los relatos de Lucia Berlin tienen algo original, algo salvaje, de alguien que ha vivido intensamente y ha sabido plasmarlo con rabiosa sinceridad. Es una de esas lecturas que no dejan indiferente y que, desde luego, perduran en el recuerdo. Con todo merecimiento, uno de mis libros de 2016.
 
Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout
Por algún motivo (ideas que a una se le meten en la cabeza), asociaba el nombre de esta autora con novelas de esas relamidas y nunca había sentido curiosidad por leerla. Sin embargo, un día me topé por pura casualidad con un capítulo (ni siquiera era el primero) de la serie que lleva el mismo título -protagonizada por la inmensa Frances McDormand- y quedé deslumbrada (aprovecho para recomendar la serie al mismo tiempo que la novela, no sé decir cuál de las dos es mejor). La lectura de la novela en que se basa no hizo más que aumentar mi admiración por la autora, que a partir de ahora forma parte de mi lista de escritores a seguir atentamente. De hecho, ya tengo su Me llamo Lucy Barton en la recámara.
 
Morir en primavera, de Ralf Rothmann
Otro encuentro casual, o quizás no tanto, dada mi afición a los libros que giran en torno a la Segunda Guerra Mundial. Aún así, últimamente andaba yo un tanto harta de productos de segunda clase que se venden aprovechando el tirón del tema bélico. Supongo que lo primero que me gustó es el título, que no puede ser más adecuado. Porque en este libro hay mucha muerte, muchas cosas desagradables, pero, en medio de tanto horror, hay también momentos de calidez y de belleza.
 
La gente del Abismo, de Jack London
¿Qué puede importarnos en 2017 un reportaje sobre los desheredados del Londres de 1901? Bueno, pues para comprobar que, a más de un siglo de distancia, hay muchas cosas que no hemos logrado cambiar. Tal vez ciertas prácticas que menciona London -que se hizo pasar por uno de esos indigentes y vivió como ellos durante un tiempo para escribir su reportaje- han caído en desuso y la miseria no es tan visible, ni tan profunda (¿o sí?), pero el ojo implacable de London sabe poner al descubierto los mecanismo del capitalismo, tan perversos hoy como ayer.
 
Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie
La lectura del opúsculo Todos deberíamos ser feministas me abrió el apetito por la obra de esta escritora nigeriana. Un libro que dice mucho sobre las diferencias culturales, sobre el racismo flagrante y el oculto (ese que todos creemos haber superado), sobre la dificultad de adaptarse a otra cultura y la dificultad de ser mujer.
 
Por último, no puedo evitar incluir en esta lista de libros un cuerpo extraño, una película:
 
 
 
Paterson, de Jim Jarmusch
Aparentemente, la película cuenta una semana en la vida de un conductor de autobús que escribe poesía y que tiene una novia y un perro. La novia pinta y hace muffins, el chico escribe en todos los ratos que le deja libre su oficio de conductor. Nada más. Con estos mimbres, Jarmusch hace una película bellísima, tierna, divertida y, sobre todo, poética. No esperen acción, tiros, ni persecuciones. Pero yo salí del cine con una sonrisa de felicidad que me duró varios días. Que no es poco en los tiempos que corren.
 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

(RE)LEER

Miquel Pairolí (Foto: el Periódico/Click Art)

El diario digital catorze.cat publicaba hace poco un artículo del escritor catalán Miquel Pairolí (1955-2011) que habla de la relectura. Señala este periodista y novelista unos cuantos aspectos dignos de reflexión sobre esta actividad lectora y, suponiendo que a algunos de los visitantes de este blog pueda interesarles también, he optado por traducir varios fragmentos, a los que les he añadido mis comentarios.
Alguien dijo que leer es releer. Me parece que no, que una acción y la otra son sustancialmente distintas y que ambas tienen cualidades y condiciones propias.

No se trata sólo de la distancia que media entre el descubrimiento de un buen libro, que puede provocar sorpresa o emoción, y la familiaridad de la relectura, sino que, dependiendo del tiempo transcurrido entre una y otra lectura, la impresión que nos produce es distinta.
 Puesto que leer es vivir, releer es volver a vivir, y no se trata de un ejercicio inocente. No podemos abordar de nuevo a los 40 años un texto que leímos cuando teníamos 18 sin que la vida y la experiencia contaminen las páginas. El lector ya no es el mismo y por tanto el libro también nos parece distinto.
Dan ganas de subrayar esto: la lectura y la vida son inseparables. Y nuestras lecturas son parte muy importante de nuestra experiencia vital. Tal como explica más adelante Pairolí, a medida que nos adentramos en la relectura, vamos recordando cómo era nuestra vida cuando leímos ese libro por primera vez y van aflorando memorias no sólo de la historia narrada, sino también de nuestra propia historia.
Entonces, cuando ha pasado tanto tiempo, ¿hemos de hablar de relectura o simplemente de lectura? Depende de la memoria de cada cual, pero en muchos casos quien regresa a La cartuja de Parma veinte años después de haberla leído por primera vez no sólo es otra persona, sino que además conserva únicamente una atmósfera, impresiones y escasos detalles de la historia de Fabrizio y de la Sanseverina. Y no hace falta decir que fue el propio Stendhal quien subrayó la importancia de los detalles en literatura. Por lo tanto, aquí no habría que hablar de relectura sino simplemente de lectura.
Es curioso, pero me sucedió exactamente eso y precisamente con esta misma novela. Leí La cartuja hacia los veinte años y nunca había vuelto a ella. En mi memoria -y sospecho que incluso lo debí de citar alguna vez, fiándome de ella- la novela daba comienzo con la escena del campo de batalla de Waterloo, por el que Fabrizio ronda como alma en pena, sin tener ni idea de qué es lo que está pasando en realidad. Bien, pues, cuando no hace mucho lo tuve de nuevo en mis manos, para consultar ese pasaje, me di cuenta de que mi recuerdo se había "comido" los capítulos iniciales, y que en la famosa escena de la batalla pasaban a la vez más y menos cosas de las que yo recordaba. En resumen, que "mi" Cartuja no era del todo la de Stendhal, sino más bien una fabricación propia que yo me había construido a mi gusto en el recuerdo.


El campo de batalla de Waterloo

Cuando la mano envejecida recupera del estante de la biblioteca aquel libro que dejó la mano joven, nunca se sabe qué puede pasar. Se puede reencontrar el placer, ciertamente, bajo una forma u otra, ya sea únicamente el placer de la memoria o el placer de la literatura o ambos, pero también se expone uno a sufrir un disgusto.

William Hazlitt, el eximio ensayista inglés, era de la misma opinión. Según él, releer las obras que uno admiró en su juventud puede resultar una decepción: "El sabor intenso y delicioso, el suave aroma, ha desaparecido y sólo quedan el tallo, la cáscara y la vaina de la literatura." Una postura muy extrema, la de Hazlitt. Sin duda algunas obras pierden brillo con la distancia, pero otras cobran mayor profundidad, porque nuestra experiencia como lectores nos hace capaces de ver en ellas significados que antes se nos escaparon. 
Aunque no pierdas la ilusión de leer, a partir de cierta edad da la impresión de que las mejores fiestas del lector ya son parte del pasado que, de una manera u otra, la mayoría de libros siempre te evocan otros libros.
Muy cierto, pero ser capaces de establecer conexiones entre obras distintas, de diferentes autores y épocas, es parte del placer de habitar el mundo de la ficción. Si antes nuestra actitud era la del descubridor que se adentra en una terra incognita, que continuamente se maravilla ante los nuevos descubrimientos que va haciendo, ahora somos los colonos de ese territorio, empeñados en hacerlo fructificar y sacar de él los mejores rendimientos. Pues, pase el tiempo que pase entre lectura y lectura, lo esencial, las palabras, siguen allí.
Las palabras aun están allí, en la misma disposición precisa y eficaz en que fueron ordenadas por el autor y, si tenemos suerte, volverán a decirnos alguna cosa, pero será una cosa distinta; nos volveremos a emocionar, pero tal vez en otros pasajes, en otros detalles, por otros motivos.
El texto siempre es el mismo, somos nosotros los que hemos cambiado. Los libros seguirán ahí, en espera de otros lectores que los lean y los (re)lean.

jueves, 1 de diciembre de 2016

REGALAR UN LIBRO



Vaya por delante que la avalancha de anuncios que, anticipándose en muchas semanas a las fiestas navideñas, nos invitan machaconamente a comprar, regalar y ante todo consumir, cuanto más mejor, consiguen producirme tal hastío que si por mí fuera, no pisaría un establecimiento comercial en lo que resta de año. El regalo, la dádiva, el gesto desinteresado que es muestra de aprecio, de amor, de amistad no parecen tener nada en común con la fiebre consumista que nos rodea por estas fechas. Para tener valor (recuerden que valor y precio son conceptos distintos), el regalo no ha de buscar contrapartida, ni constituir una obligación. Se regala pensando en darle placer a la persona obsequiada, en proporcionarle, al menos, un rato de felicidad. En este sentido, un libro es el regalo perfecto. Parafraseando lo que decía Julio Cortázar en su  "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj", cuando regalas un libro no regalas un objeto de cartón y papel impreso, sino las horas dichosas que esa lectura brindará a su receptor. No regalas el prestigio de la marca (renombre del autor, premios que le han otorgado), ni el mayor o menor lujo de la encuadernación, regalas algo mucho más valioso: una máquina de generar sentimientos y reflexiones. Por eso, es un error regalar libros que uno no ha leído, porque es degradar al libro a mercancía: has elegido un libro como podrías haber elegido una baratija cualquiera. (Tal como van las cosas, los libros no son especialmente caros; si alguien quiere parecer rumboso, mejor hará comprando un perfume.)


(Vanessa Bell, Amaryllis and Henrietta, 1952)

Regalar un libro es invitar al otro a compartir las emociones que su lectura ha provocado en ti. Es crear un vínculo, una complicidad que con suerte perdurará a través de los años. Nunca olvidas a la persona que te ha regalado un libro que ha sido importante en tu vida. Suelo regalar sólo libros que me han gustado especialmente, que pienso que otros deben también disfrutar y, a menudo, me produce envidia pensar que quien los recibe tiene aun por delante la revelación de la primera lectura. Sobre la importancia de regalar libros habla Robert Macfarlane -viejo conocido de estas páginas, y él mismo un autor que es muy recomendable regalar- en un bello ensayo publicado en la web Lithub y titulado "The Gifts of Reading are Many" (Los regalos de la lectura son numerosos). En él habla de la conmoción que supuso para él recibir el regalo de un libro cuyo título -como en un bucle- es El tiempo de los regalos, el primer volumen de la trilogía de Patrick Leigh Fermor en la que cuenta su portentoso viaje a pie a través de Europa. Si no lo conocen aun, recomiendo vivamente que pidan a alguien que se lo regale, o regálenselo ustedes mismos.* Se harán un inmenso favor. Como dice Macfarlane:

Las consecuencias de un regalo son inciertas en el momento de hacerlo, pero el solo hecho de que haya sido dado libremente lo reviste de un gran potencial, que actuará positivamente sobre el receptor. A causa de la gratitud que experimentamos, y dado que por definición el regalo es una dádiva que se entrega sin obligación alguna, nos inclinamos a aceptarlo con espíritu abierto y con entusiasmo. [...]
 No todos los libros recibidos como regalo son transformadores, desde luego. A veces lo único que el libro le causa al lector es un corte en el dedo. Pero como consecuencia de haber recibido tantos libros extraordinarios a lo largo de los años, ahora yo por mi parte suelo regalar tantos como puedo. Cumpleaños, Navidades... doy libros y casi sólo libros como regalo. Una o dos veces al año, invito a mis alumnos en Cambridge a mi estudio y les dejo escoger dos o tres libros a cada uno de entre los 50 o 60 que he diseminado por el suelo. El placer que les produce escogerlos y su incredulidad ante la idea de que sean gratis me recuerda cuán valiosos eran para mí los libros cuando era estudiante.
No existe, creo, satisfacción mayor que oír de boca de un amigo que le ha encantado el libro que le regalaste. Entonces es cuando el hecho de regalar un libro cobra toda su significación: tú, el dador, sientes como si el regalo te lo hubiesen hecho a ti. Porque, por fortuna, un libro es mucho más que un simple regalo. 

*Inexplicablemente, en estos momentos la edición española de este libro esta fuera de circulación (salvo en formato electrónico), y su precio de segunda mano ha alcanzado cotas notables. ¿Habrá algún valiente editor que se decida a recuperarlo? Venga, sean tan amables y hágannos este regalo.



viernes, 18 de noviembre de 2016

DORMIR ENTRE LIBROS

 
Dudo que haya algún bibliómano al que no le guste dormir rodeado de libros. Están, por supuesto, los amontonados en la mesita de noche -unas pilas que pueden llegar a convertirse en verdaderos Everest. (Aprovecho para mencionar que siempre pongo mala nota a los hoteles en cuya mesita de noche a duras penas cabe un libro. Señores hoteleros, deberían pensar en la gente que lee en la cama.) Ciertamente, hay dormitorios enanos, en los que no cabe una estantería, y también hay quien prefiere el look minimalista y las habitaciones que parecen un monasterio zen, pero si uno tiene -como me pasa a mí- la casa llena de libros, es inevitable que también el dormitorio tenga su librería en cualquier cacho de pared que quede libre.
Una de las razones por las que, Brexit o no Brexit, el Reino Unido va a seguir siendo uno de mis destinos favoritos es porque  -más que ningún otro país que yo conozca- entienden bien esta necesidad bibliómana de rodearse de libros en todas las situaciones posibles. Recientemente, he descubierto unos cuantos lugares que me temo requerirán una nueva visita a ese bendito país. (Y gracias ante todo a Slightly Foxed, que me puso sobre la pista.) Lugares que combinan alojamiento y biblioteca para mayor deleite de sus huéspedes. El primero es la Gladstone Library. Recordarán ustedes a William Gladstone, eminente político inglés del siglo XIX, que fue en cuatro ocasiones Primer Ministro. La reina Victoria -con quien siempre tuvo malas relaciones- le creía loco, aunque tal vez se debía a que era un gran lector. En sus 88 años de vida llegó a leer unos 20.000 libros (lo sabemos porque los anotaba en su diario) y solía pasar horas reordenando su enorme biblioteca, que llegó a albergar 30.000 ejemplares. Consciente de la importancia de acercar la lectura a todo el mundo, hacia el final de su vida Gladstone constituyó una fundación que se haría cargo de su biblioteca y la abriría al público, en especial a las personas que no disponían de medios para acceder a la cultura. Desde el principio, pues, fue una "biblioteca residencial", que acogía a estudiantes y académicos que deseaban consultar sus fondos. Hoy, modernizada y con sus instalaciones puestas al día, es también un confortable hotelito, que tiene el no desdeñable añadido de ofrecer a sus huéspedes una impresionante biblioteca con más de 250.000 ejemplares a su disposición, aunque ellos se definen en su web como "a funny little library in North Wales". La afición británica por el "understatement", sin duda.  Nos informan también de que ofrecen descuentos "para el clero y los estudiantes". Es lo que faltaba para sentirme transportada a una novela de Anthony Trollope


El edificio que alberga la biblioteca

Por muy apetecible que resulte explorar el norte de Gales, lo cierto es que el destino más frecuente, y obvio, cuando se viaja al Reino Unido es su capital. Si uno desea evitar la impersonalidad de los hoteles y al mismo tiempo aprecia los servicios que tal vez no encuentre en una habitación de Airb&b, Londres ofrece la opción de los clubs privados. El que probablemente sea el más nuevo entre ellos se llama Library y está situado en Covent Garden, en el meollo del territorio teatral londinense. Haciendo honor a su nombre, combina las comodidades de un club tradicional con eventos culturales y librescos. Pero, a juzgar por su web, me temo que requiere que sus miembros no sólo sean librescos, sino que deben tener el bolsillo (muy) bien provisto.  Todo muy chic y cool, para mi gusto. Si se prefiere una opción con más solera, recomiendo hacerse socio del University Women's Club, una joya situada en pleno Mayfair. Su biblioteca, además de bien nutrida, es preciosa, igual que sus salones.



No es exactamente dormir rodeado de libros, pero sí con una biblioteca a dos pasos de tu habitación, lo que resulta muy reconfortante. ¡Y un avance notable respecto a cualquier hotel, donde como mucho encuentras una Biblia en la mesita de noche y una máquina expendedora de refrescos en el hall!
La última de las recomendaciones de Slightly Foxed no implica alojamiento, pero es muy, muy libresca. Se trata de la London Library. Tal vez no sea tan famosa como la British Library, pero no le va a la zaga. Fundada en 1841, ofrece 15 millas de estanterías abiertas al público, aparte de un fondo con más de un millón de referencias. Además de cómodas salas para leer y escribir sin ser molestado (¿quizás incluso dar una cabezadita?).


London Library (foto Philip Vile)


Esta biblioteca cuenta entre sus fondos con algunas joyas que le ponen a una los dientes largos. Sin ir más lejos, una primera edición (1850) de David Copperfield, así de bonita:



Su única desventaja: el acceso no es gratuito, se requiere ser socio para disfrutar de estas maravillas.
Consolémonos: dormir, y soñar, no cuesta nada.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LIBROS QUE PIENSO LEER ALGÚN DÍA (TAL VEZ MUY LEJANO)

 
Los japoneses tienen un término específico, tsundoku, para designar la compra de libros que no vas a leer (la lengua japonesa, al parecer, es capaz de acuñar palabras para designar estados o condiciones que nosotros los occidentales ni imaginamos, como hikikomori, esos chicos que se encierran en su habitación, prescindiendo de todo contacto con el exterior). Sin embargo -tal vez por mi desconocimiento del japonés- a mí me parece más sugerente en este caso una expresión propuesta por Juan Tallón en uno de sus brillantes artículos: "el pasillo de la muerte": 
"Algunos los compraste tal vez con los ojos, siguiendo un impulso precipitado y caprichoso, o quizá realmente ansioso por leerlos, pero entremedias sucedió algo imprevisto, o no pasó nada, y ese fue el problema, y el libro quedó flotando en una especie de espacio exterior, lejísimos, libre de gravedad, buscando un cuerpo con el que chocar.
Juntos, muy distintos unos de otros, todos esos ejemplares conviven en el pasillo de la muerte, por llamarlo así. Los volúmenes no dialogan entre sí. Tampoco se relacionan apenas con su dueño, que hace mucho tiempo que dejó de reparar en ellos. Solo de vez en cuando, casi por accidente, se queda mirando algún título, y se dice "esto tendría que leerlo un día", o peor, "debería deshacerme de esta porquería". Pero va posponiendo sus promesas, como todo en la vida."
Todos los bibliómanos tenemos algún "pasillo de la muerte" en nuestra biblioteca, aunque quizás no adopte  esa forma tan poética, a lo mejor es sólo una estantería, una pila o un rincón (bien pensado, "rincón de la muerte" suena también bastante atractivo). Yo distingo entre aquellos libros que compro con el propósito de leerlos, pero que por cualquier motivo permanecen criando polvo en la pila de pendientes durante meses y meses, hasta que algún día acabo por reconocer que no, no los voy a leer en el futuro próximo (ni siendo muy generosa con la distancia que me separa de ese futuro), y aquellos que compro porque siento que he de tenerlos: una nueva edición o traducción de un clásico imprescindible que ya conozco, una obra de esas que "deberías haber leído ya" y que conviene no tener muy lejos por si de repente te ves fulminada por una enfermedad que te impide trabajar o moverte, pero no leer y leer sin descanso (a estas alturas de mi vida, empiezo a sospechar que esas enfermedades no existen; siempre que algo me ha postrado en la cama, el dolor o la fiebre han hecho inviable tan idílico plan).
 
 
 
 
Al final, los libros de ambas categorías acaban un día u otro archivados en la biblioteca general, donde comparten estantería con otros congéneres más afortunados que sí han sido leídos. Así pues, no dispongo de ningún "pasillo de la muerte", aunque la idea está empezando a gustarme. Me evitaría la leve sensación de incomodidad que experimento cuando paso la mirada por las paredes tapizadas de libros de mi biblioteca, esos reproches que parecen salir, como dardos, de unos lomos que -al contrario que sus compañeros- no me evocan ningún recuerdo. Señales de vida, recordatorios de todos los mundos de ficción que aguardan allí agazapados a que me decida a abrirlos. A medida que voy recorriendo con la vista los autores y títulos, cada uno de aquellos volúmenes adquiere un tinte emocional propio: libros que me emocionaron, libros que me dejaron indiferente, libros que detesté (me pregunto por qué no me he deshecho aún de ellos), libros que he releído una y otra vez, libros que apenas son un vago recuerdo, libros que no puedo recordar cómo acaban, libros que contienen personajes inolvidables (casi los veo salir de las páginas)... y, cada tanto, un lomo que no me dice nada, enigmático, frío, cerrado. 
 
 
¿Sería mejor eliminar estos convidados de piedra y desterrarlos a alguna región oscura desde la que no pudiesen lanzarme sus maleficios? ¿O estoy siendo injusta y sólo me piden, pobrecillos, una oportunidad? Tranquilos, les digo, ya os llegará vuestra hora. Sólo tenéis que esforzaros un poco, abombar vuestro lomo para que sobresalga entre el resto, hacer que vuestro título brille tentadoramente, lanzar irresistibles cantos de sirena que atraigan mi atención la próxima ocasión que ande por ahí a la caza de lecturas.
No sé, en verdad, si alguna vez llegaré a leer todos esos volúmenes que ahora me miran, con muda desaprobación, desde mi biblioteca. Pero, como dice Alberto Manguel, "no tengo sentimientos de culpabilidad respecto de los libros que no he leído aún y que quizás no lea nunca; sé que mis libros tienen una paciencia ilimitada y me esperarán hasta el fin de mis días".
 

lunes, 24 de octubre de 2016

EL ORDEN DE LOS LIBROS

  
Tal como dice Georges Perec un divertido artículo titulado "Notas breves sobre el arte y la manera de ordenar los libros" (contenido en el volumen Pensar, clasificar), "Toda biblioteca responde a una doble necesidad, que a menudo es también una doble manía: la de conservar determinadas cosas (libros) y la de ordenarlos de determinadas maneras". Este último extremo, es decir, dónde, cómo y en qué orden colocar los libros que vamos acumulando incansablemente, constituye una de las obsesiones de todo bibliómano. Perec menciona diversas maneras posibles de conferir un orden a los libros (orden alfabético, por países, por fechas de adquisición o de publicación, por géneros, por idiomas, por colecciones...), pero acaba concluyendo que ninguno de ellos es satisfactorio por sí solo y que, en la práctica, la mayoría de bibliotecas se ordenan por una combinación de estos sistemas. Algo que los lectores de este blog han podido comprobar de forma fehaciente husmeando en las bibliotecas de los blogueros que amablemente se ofrecieron a exhibir sus libros y su orden en este rincón libresco. Por más que hayamos optado por uno u otro de los posibles sistemas, a todo bibliómano le llega el momento de replantearse si debería revisarlo, sobre todo a medida que nuestros intereses lectores van experimentando nuevas derivaciones. De repente te encuentras con que tu colección de novela policiaca ha crecido alarmantemente y te preguntas si no deberías crear alguna subdivisión, algún agrupamiento nuevo que contribuyese a clasificar mejor ese océano. O tus libros de arte desarrollan un nuevo apéndice de fotografía que amenaza con ahogar a Matisse, Velázquez y compañía... ¿No sería oportuno crear una sección dedicada a ellos? Por no hablar del caso, realmente peliagudo, en que hay que hacer sitio a otra biblioteca, ya sea porque se comparte el espacio disponible con un nuevo compañero de piso o una nueva pareja, sea porque se han heredado libros de algún pariente fallecido o un amigo que ha emigrado a otras tierras. Motivo de alegría -¡más libros donde elegir!-, pero al mismo tiempo un auténtico rompecabezas. Lo más probable es que la biblioteca que se incorpora venga con su propio orden, que inevitablemente diferirá del tuyo. Pactos, cesiones y componendas son inevitables.
 
 
 
Reordenar la biblioteca es siempre una tarea ardua y exigente: se requiere mucha energía física y mental para llevarla a buen puerto. Llegados aquí, permítanme un consejo, basado en algunas amargas experiencias propias: calculen siempre el doble del tiempo previsto -lo más probable es que uno no pueda resistir la tentación de hojear algunos de los volúmenes que pasan por sus manos- y, sobre todo, nunca, nunca dejen el trabajo a medias. Se corre el serio peligro de tardar semanas o meses en volver a reunir las energías necesarias para acometerlo de nuevo. Además, la visión de una biblioteca a medio (des)montar resulta una de las cosas más descorazonadora que existen.
Pero, para un bibliómano, peor que todo esto son los absurdos sistemas ideados por estilistas, decoradores y especies similares que por regla general contemplan el libro como simple elemento de adorno. La idea de tener que aplicar algunas de sus sugerencias a nuestra biblioteca resulta simplemente escalofriante Puesto que estamos cerca de Halloween, ahí van algunas muestras (tomadas de la web Nightlife), para que experimenten unos instantes de terror:
 
 

En artísticas pilas, formando una figura. Muy decorativo, sin duda, pero ¿guardarán esos libros algún tipo de orden? ¿Tal vez los de la cabeza son obras de pensamiento y los de la zona de la boca, libros sobre oratoria? Me temo que no hay tal... Por no hablar de las pilas caóticas del suelo. Como para encontrar algo.



 Una variante de lo anterior: que hay un espacio hueco, pues se apilan los libros. Lo importante es crear un "efecto", los libros tienen aquí un papel similar al de los cuadros o los espejos. Aunque, desde luego, llenar la chimenea de libros es más recomendable que quemarlos.
 
 
 
 
El que hizo esto estaba pensando en algo así como "mezclar colores y texturas" y le importaba un rábano que los elementos que manejaba fuesen libros. Debió de decidir que los lomos, todos distintos, le arruinaban la composición, mientras que los cortes, con esa sutil gama de colores marfil y tostados, resultaban mucho más decorativos. Las velas le dan el toque absurdo final: no parece muy buena idea encenderlas, a no ser que se quiera acabar con los libros perdidos de cera y chamuscados.
 
 
 
 
Y, por fin, una versión ligeramente menos perversa que las anteriores  -al menos podemos ver los lomos de los libros y saber sus títulos-, pero igualmente enloquecedora a efectos de encontrar lo que uno busca: ¡por colores! Algo que sólo me parece tolerable para algunas colecciones emblemáticas, como la amarilla de Anagrama o los lomos naranja de los antiguos Penguin, ahora reeditados en colección limitada.
 
Adaptando la famosa frase de John Waters: “If you go home with somebody, and they don't have books, don't fuck 'em!", si yo me topo con alguno de estos arreglos, seguro que no hay plan...