Luis Marsans

Luis Marsans
Cuadro de Luis Marsans (detalle)

jueves, 17 de abril de 2014

MI BIBLIOTECA (2.3): LIBROS, TÉ Y VIAJES

Desde su blog Junto a una taza de té, la siempre viajera María suele hablarnos de historias, de libros, de flores y, por supuesto, de tardes compartidas con una taza de ese delicioso brebaje. Su biblioteca es un fiel reflejo de sus pasiones.



Elena hace unos días me pidió que hablara sobre la biblioteca que tengo en casa… lo primero quiero agradecerle que me haya pedido mostrarla y hablar sobre ella.

Hace más o menos un año que me he mudado, y algunos de mis libros andan aún en cajas… porque sigo pensando que aquí no me detendré mucho tiempo… pero he de decir que la mayoría están ya colocados… algunos en lugares especiales, como la vitrina, para que cojan menos polvo.

Mi biblioteca es compartida… hay también libros de mi compañero de viaje, y disentimos a la hora de colocarlos. De momento andan mezclados, aunque los suyos (que son menos) están en lugares más concretos y con un orden más formal. También he decir, que los libros pasaron un tiempo a llamarse "nuestros", así que ambos nos hemos enriquecido...

¿Cómo ordeno los libros? Es algo que me pregunto mucho, pero os puedo decir que mi forma de ordenarlos la elige de algún modo el propio libro. No están seleccionados por orden alfabético, ni en un único lugar de la casa… y os aseguro, que sé donde está cada uno de ellos.

Por poner el ejemplo más claro para hacerme entender… en la vitrina guardo los "imprescindibles" o los que necesitan más cuidado por el paso del tiempo. Virginia Woolf está allí… tras el cristal están las Olas, o el Faro… el Fin de un viaje (su primer libro publicado), pero a Virginia no me gusta dejarla en un solo lugar, así que si subes a la habitación también hay un ejemplar suyo sobre algunos ensayos… pero no quedándome tranquila, también está más accesible en otros rincones de la casa. Es decir, hay algunas/os escritoras/os que están en espacios concretos de la casa, en un estante… y sé que están allí, como pasa con Shackleton o con Liv Arnensen (que está en la sección de viajes y aventuras).

Pero, como digo, con algunos/as escritores/as suelo permitir que visiten diferentes estancias de la casa...Jane Austen o con las hermanas Brontë… ellas están dispersas. 


Helene Hanff vive en la vitrina. Aún no tengo tanto material de ella como para hacer que viaje por la casa… Además, y sin interferir en este orden peculiar, tengo apartados de jardinería, de viajes, de cocina, de cuentos, de historias sobre mi trabajo, de música, de fantasía…

Luego están aquéllos que no saben muy bien dónde quedarse y de cuando en cuando los muevo un poquito para que conozcan otras zonas, o incluso intercambien conversación con otros libros…

Puede que lleguen a estar "hablando" Tolkien con C.S. Lewis de nuevo… o puede que Benedetti le susurre algo a Chesterton al oído…



De momento, ésta es mi forma de proceder a la hora de colocarlos… pero no sé si perdurará. Tengo claro que soy bastante anárquica a la hora de ordenarlos… y creo que eso no cambiará.

Hay libros que necesito que estén muy cerca, por si hay algún momento que, sin lugar a dudas, requiera de sus palabra. Eso sí… por muy desperdigados que estén por la casa, cada uno tiene su lugar.

miércoles, 9 de abril de 2014

MI BIBLIOTECA (2.2): UN LUGAR MUY VIVO

Sin asomo de arrepentimiento, Gonzalo Muro, que desde su blog Confieso que he leído nos trae regularmente sabrosas reseñas, nos habla de su biblioteca, de sus lecturas, de su familia... e incluso de algún libro que anda buscando sin éxito desde hace años. Se diría que los libros tienen vida propia.

La esquina libresca

Generalmente entendemos por biblioteca el lugar en el que se colocan los libros y, por extensión, el conjunto de libros en ella conservados. Es una definición elemental pero con la que no me siento especialmente cómodo. Trataré, por tanto, de exponer mi propia noción de biblioteca, a la fuerza personal y provocadora. Si de niños se nos decía que el mejor amigo era un libro, la biblioteca debería ser, simple regla de tres, un bar atestado de amigos. 
Mi biblioteca tiene algo de ese trasiego y desorganizado trabajo que se respira en los bares de toda la vida, los de clientela fija que ha trabado amistad recíproca y en los que los recién llegados son mirados con circunspección hasta que se tornan en habituales. 
Me explico y voy entrando en materia. No me atrevería a decir que mi biblioteca carezca de orden, tan solo que éste resulta del azar. Por mucho que en cada mudanza los libros se coloquen con ciertos criterios convencionales (determinadas editoriales, algunos autores favoritos, ciertas temáticas recurrentes e, inevitablemente, altura y fondo de algunos volúmenes especialmente desproporcionados), a los pocos meses apenas nada pervive de aquel ordenamiento ideal. 
Y es que la biblioteca no es un depósito de cadáveres sino un lugar muy vivo que suelo frecuentar con ojeadas casuales para sacar un libro del que me he acordado a lo largo del día o del que he oído hablar casualmente. Lo tomo, paso páginas al azar, me demoro un tiempo con él en las manos o, tal vez, vuelvo a releer capítulos enteros. Finalmente regresará a la biblioteca pero, con toda probabilidad, lo hará a un lugar diferente. 
Pero lo más frecuente es que, al tomar un libro, uno repare en el que tiene al lado o dos posiciones a derecha o izquierda y tenga el impulso de cogerlo igualmente y llevarlos por un tiempo a la mesilla de noche, a la mesa del salón o a cualquier otro lugar que permita disfrutar nuevamente del viejo amigo reencontrado, lo que supone que la biblioteca está en mutación permanente. 
La falta de metodología en la clasificación supone un interesante experimento que favorece la libre asociación. Vuelvo a sentarme a escribir estas líneas después de revisar algunos estantes. ¿Habría algún motivo que llevara a que La toma del poder por los nazis y El Pentateuco de Isaac hayan terminado uno junto a otro, portada sobre contraportada? ¿Qué interesantes asociaciones evoca la yuxtaposición de El mundo según Garp y Lamentaciones de un prepucio? ¿Ha sido acaso la lógica geográfica la que unió Berlín Alexanderplatz y La Praga de Kafka, o tal vez la coincidencia del tiempo histórico relatado o, simplemente, que los últimos días felices de Kafka fueron los disfrutados en la capital alemana?
Indagar en estas íntimas conexiones puede ser una buena forma de pasar el tiempo pero, por encima de todo, nos obliga a conocer mejor nuestros libros, a darle un sentido a lo que leemos y al motivo que nos lleva a escoger esas lecturas y no otras. 

El paraíso de los elefantes
 La biblioteca es el resultado de un largo periplo acumulativo que va dejando estratos como los revelados en las excavaciones arqueológicas y que nos sirve para explicar cómo hemos ido cambiando con el tiempo. ¿Por qué durante los estudios las novelas parecían frívolas y actualmente los ensayos tienden a convertirse en una rareza?¿Cuándo fue la última vez que compré un libro de poesía?¿Cómo es posible que tenga más libros de teatro que asistencias a representaciones?
Mi biblioteca me interroga de este modo insolente cada vez que me acerco a ella. Pero ya no se lo tengo en cuenta porque su origen es algo callejero y mestizo. En ella se entremezclan ediciones baratas, colecciones entregadas por un precio irrisorio junto a un periódico, algunos volúmenes con un poco más de lustre y ninguna joya bibliográfica. Pero a mis ojos, como a los de un padre, todos los libros son iguales (aún sabiendo que no lo son) y todos -bueno, casi todos- me han hecho disfrutar enormemente. 
Así, pese a tener la extraordinaria versión de Galaxia Gutenberg de las Obras Completas de Kafka, sigo abriendo con placer la versión de Laurent, publicada en España por la editorial Teorema pese a conocer sus trampas, su origen en una traducción de una traducción, su más que discutible criterio cronológico y otras tantas faltas. Pero gracias a ella llegué a Kafka, y en muestra de agradecimiento, a ella sigo recurriendo con frecuencia. Más aún, algunos textos sólo me resultan reconocibles en la traducción de esta edición innoble. 
Pero mi biblioteca, tal y como la describo, no solo es fuente de placer. Por desgracia, cuando hay necesidad de buscar un libro concreto, se echa de menos un criterio más claro, un orden alfabético o similar, algo simple pero eficaz. Así, en los últimos dos años he iniciado diversas exploraciones con el fin de localizar la biografía de John Lennon escrita por Philip Norman y la de Tolstoi escrita por Mauricio Wiesenthal (El viejo León) sin el menor éxito. He sopesado el posible robo por parte de familia, amigos o empleada del hogar pero, la verdad, aún no he logrado encontrar un móvil común que explique ambas desapariciones. Tal vez si tuviera un estante reservado exclusivamente a los grandes maestros de la novela detectivesca u otro para los relatos de los grandes exploradores del pasado, podría reiniciar con mejor fortuna la búsqueda. 
Precisamente estas tristes desapariciones me han llevado recientemente a tomar una drástica decisión: los libros por leer se relegan a una estantería menor, un mueble reservado para películas y otros objetos que uno acumula en la vida. Sólo tras su lectura pasan del limbo al paraíso libresco. 


Pero allí donde se reúnen dos o más libros terminan por aplicarse las mismas leyes eternas de la biblioteca. Así, paso largas temporadas ponderando la evidente conexión entre Los amores de un bibliómano y su inmediato vecino, Leer Lolita en Teherán, nuevamente leo hojas sueltas de una biografía sobre Stefan Zweig mientras hago y rehago mi lista de próximos libros a leer. Dicho sea de paso, una promesa que suelo incumplir con infidelidades de última hora. 
Pero peor aún es el recuerdo de los libros que sabes robados a ciencia cierta, ante tus propias narices. Es el caso de la edición de La isla del tesoro de Tus Libros (Anaya) que aún sigue sembrando disputa familiar con mi hermano y que, espero que al leer estas líneas, recapacite y reconozca que nadie en su sano juicio renunciaría con catorce años a tal monumento de las letras y que, aún si lo hubiera hecho, sólo la estupidez propia de esa edad explicaría una donación que, a todas luces, es nula. Conste que para ese ejemplar sí guardo un lugar en mi biblioteca, justo al lado de la primera y segunda parte de Robinson Crusoe
Dejemos a la familia y volvamos a los libros. ¿Cuántas lentejas se pueden contar en un kilo de lentejas? Carezco de referencias ciertas y tanto me da quinientas que mil doscientas. Aventurar una cifra de los libros atesorados es tan inapropiado como inconveniente enumerar las antiguas amantes como argumento para una nueva conquista. Lo cierto es que el número es lo suficientemente amplio como para comprar dos veces el mismo libro y llegar a leerlo hasta casi completarlo sin percatarme de que lo que parecía un leve déjà vu no era sino una muestra de senilidad precoz. 
Pero la biblioteca encierra en su interior el germen de su destrucción. Los libros se convierten en un problema de espacio público. Se amontonan sin mesura. Uno no puede evitar comprar para leer en verano, para cuando se jubile o por si llega el caso en que la historia de los maragatos le resulte lo suficientemente atractiva como para devorarla con apasionamiento. Pero, forzoso es reconocerlo, las leyes físicas tienden a poner puertas al campo bibliófilo. 
Por esta razón, entre otras muchas, soy un ferviente defensor de los libros digitales, al menos en tanto el precio de la vivienda no baje. Aunque me precio de reconocer determinados libros por su olor y tacto (aquel fue el día en que mi mujer se dio cuenta de que algo andaba definitivamente mal en mi cabeza) lo cierto es que, por encima de todo, aprecio el contenido. 
Ahora ya puedo acumular sin miedo todos esos libros que sé que no podré leer, y a nadie debo rendir cuentas. El único espacio que ocupo es el de un disco duro y un dispositivo de lectura. ¿Tiene sentido tener tres traducciones diferentes al inglés de la Odisea? Ninguno. Pero, ¿alguien podría resistirse a comprobar el modo en que los ingleses veían esta obra antes de pretender convertirse en los herederos de la Grecia Clásica, durante la consolidación de su Imperio y con posterioridad a su caída? Yo no, aunque anticipo que sólo llegaré a comparar las primeras líneas, si llega el caso. 


Libros en lista de espera

Por otro lado, la biblioteca digital permite acabar definitivamente con el problema del orden. Más aún, se acabaron los esfuerzos por localizar un libro concreto o un pasaje determinado. Todo sencillo y limpio. 
Demasiado sencillo y demasiado limpio. Me apena que mi hijo que no disfrutará de horas y horas husmeando sus propios libros, estornudando por el polvo acumulado o jurando en arameo cuando al sacar un libro otro nos cae en la cabeza. Nunca alcanzará la gloria de localizar finalmente El viejo León (aún confío en rescatarlo de su cautiverio). 
Pero yo me refugio en mi biblioteca, en el sentido que aún tiene para mí, pese a que poco a poco también lo va perdiendo. Estos libros me acompañaron hasta hoy, como mis mejores amigos, y lo seguirán haciendo. Pronto serán embalados para una nueva mudanza y no habrá consejo decorativo que me detenga a la hora de reabrir mi viejo bar, tan concurrido o más que siempre. Y aunque quizá con el tiempo lo visite menos, que nadie lo dude, jamás colgaré el cartel de Se traspasa.

jueves, 3 de abril de 2014

MI BIBLIOTECA (2.1): UN REFLEJO DE SU DUEÑA

La biblioteca que inaugura esta segunda temporada es la de lammermoor, una voraz lectora asturiana que desde su blog De libro en libro... nos acerca a sus lecturas y a los numerosos retos en que participa. Además, también cocina.

 Los libros siempre han formado parte de mi vida;  en  casa, siempre los ha habido.  Estaban ahí, a mano, sin importar  quien fuera el dueño de ellos.  No me preocupaba que las Leyendas de la alhambra de Irving o El laberinto Español  de Gerald Brenan fueran de mi hermana; estaban a mi disposición si quería leerlos. En cuanto a Tristana, no importaba quién fuera el dueño, pues esa pierna ortopédica de la portada me desazonaba demasiado (aún lo hace cuando pienso en ella).
No sé si por coincidencia o a consecuencia del ingreso en la universidad se  despertó en mí  el afán posesivo, quería tener mis propios libros, claramente establecidos frente a los del resto de la familia.   Recuerdo el número exacto que quería llegar a conseguir: CIEN. Me parecía que poseer cien libros era ya tener una biblioteca importante. . Así fue como nació; con los manuales y  libros  para las diferentes asignaturas y también algunos libros de la biblioteca familiar que había ido “trasladando” a mi habitación.   A ellos se sumaban  los que compraba, pocos y en ediciones de bolsillo, bastante peores que las de ahora. Otra forma de abastecerme eran las colecciones de quiosco, ya se tratara de Agatha Christie o de García Márquez.   Mis compras están marcadas más por la casualidad que la causalidad. Fruto de la primera son las adquisiciones de El antropólogo inocente, recomendado por mi librera cuando hablábamos de libros divertidos. Si en la portada de La buena letra no figurara el cuadro de los Acuchilladores de parquet, que había visto recientemente en una exposición, no hubiera comprado el libro ni descubierto a Chirbes.  La casualidad también adoptó forma de desconocido que, acercándose a mí en una librería madrileña, me recomendó  Tierra desacostumbrada. Por supuesto, lo compré.  A la hora de comprarlos me sirven desde los  puestos dominicales de El Fontán, a las diversas librerías que frecuento, pasando por Amazon cuando quiero libros no publicados en España, a las mesas de oportunidades de El Corte Inglés (allí conseguí una estupenda edición de La Regenta por un precio irrisorio). Incluso he comprado en la  sección de libros del Carrefour –Frankenstein y  Drácula  (en ediciones de bolsillo bastante malejas) salieron de allí.
Hace ya tiempo que dejé de preocuparme del número de libros  que poseo, aunque siendo como soy a lectora empedernida no me parecen demasiados. Eso se debe a que muchas de mis lecturas provienen de la biblioteca  o  me los prestan. Además, desde hace unos años, procuro comprar únicamente los libros que realmente quiero tener  y de vez en cuando me deshago de los que no tengo interés en conservar.  



Carezco de una habitación destinada a librería; en realidad, ni siquiera tengo un mueble al que  poder llamar así con propiedad.  En su lugar, cuento con unas estanterías tipo “móntelo usted mismo”, que iban a ser provisionales y se han convertido en definitivas (no son las billy, odio Ikea); unas baldas para aprovechar un hueco del pasillo y una pequeña estantería en el dormitorio que además de contener parte de mis libros policiacos y literatura extranjera disimulan un pilar de la pared. 
Esto me da pie para hablaros de mi sistema de organizar los libros, que  es en realidad una condena. La literatura extranjera y la policiaca van ordenadas primero por países y luego por autores (es un alivio que aún no me haya dado por ordenar a estos alfabéticamente). Dentro de la hispánica, primero los españoles, por épocas, y la hispanoamericana por países. La historia, por edades. Siempre me juro a mí misma que, la próxima vez, colocaré el libro donde haya sitio pero nunca lo cumplo. Prueba de ello es que, cuando por fin conseguí que mi hermana me trajera de Lisboa una estantería que le había encargado, coloqué en ella a todos los autores norteamericanos.

 Contrasta esta compulsión clasificatoria con la libertad con la que luego los libros campan a sus anchas por casa. Un par de ellos en la mesilla de noche mientras otro reposa en la mesa del despacho, junto al ordenador y dos o tres andan desperdigados por el salón. Además, otros se han ido de viaje, prestados -no tengo inconveniente en hacerlo, que para eso son los libros, para ser leídos.

Una vez mi hermana se refirió a mi biblioteca como peculiar; cuando le pregunté que quería decir, respondió que era personal, que me reflejaba. Supongo que esa es la razón por la que nos gusta tanto curiosear en las bibliotecas ajenas; nos permite hacernos una idea de sus dueños.


lunes, 31 de marzo de 2014

MI BIBLIOTECA: SEGUNDA TEMPORADA


 Tan maleados estamos por el abuso de series, que aplicamos el concepto de "temporada" a cualquier cosa. Incluso a una serie de entradas de un blog, como aquí. Mis disculpas, pero estoy segura de que todos lo han entendido.
Hace un tiempo, espoleada por esa irreprimible curiosidad lectora que es la marca de identidad de este blog, se me ocurrió pedirles a una serie de amables compañeros blogueros que contribuyesen con una entrada sobre sus bibliotecas personales. Me movía, ya imaginarán, el voyeurismo libresco. Ese que hace que cuando uno llega a cualquier casa se le vayan los ojos no hacia las figuras de Lladró, sino hacia los libros de las estanterías (aunque lo normal es que las figuritas excluyan lo otro, y viceversa). Como sin duda saben los visitantes asiduos -y para los que no, aquí va un enlace- la serie tuvo un gran éxito. Tanto, que cada vez que he tenido ocasión de hablar en vivo y en directo con uno de mis lectores ha salido con la pregunta: "¿No van a haber más posts sobre bibliotecas?". Acto seguido, nueve veces de cada diez la conversación derivaba hacia las variedades de ordenación bibliotecaria de cada cual, las estrategias para ganar espacio, los lugares más extraños donde cada cual guarda los libros... En fin, esos temas sobre los cuales los bibliómanos podríamos disertar durante horas. Bien, pues ese momento ha llegado. De nuevo he reclutado a un entusiasta contingente de blogueros librómanos para que hagan lo que sin duda más les gusta: hablar de su biblioteca.
 
Esto es sólo un anuncio. Permanezcan atentos a este blog, que en un par de días se iniciará la segunda temporada.

 

miércoles, 26 de marzo de 2014

LOS TIEMPOS DE LA LECTURA


En una entrevista al escritor portugués Gonçalo M. Tavares encuentro estos párrafos que me hacen detenerme y pensar:
"Para mí, cualquier lectura tiene dos momentos y el esencial tal vez sea aquel en que no estás encima de las palabras, aquel en el que no estás físicamente leyendo. Cuando suspendes la lectura, levantas la cabeza del texto y estás pensando en algo a partir de lo que acabas de leer. Eso es lo esencial de la lectura para mí. Eso es algo que diferencia claramente la literatura y el cine. Cuando estas viendo una película, la cinta no se detiene, está siempre avanzando y no puedes apartar la vista de la pantalla porque te pierdes. Con la lectura no pasa eso porque la frase siguiente está esperando por ti. Cuando leo lo hago siempre con un lápiz en la mano.
La lectura tiene un tiempo individual muy distinto de otros tiempos, como el de la televisión o el que comentaba del cine. Una persona puede demorarse unas horas, o días, o incluso años en leer un libro que a otra persona le lleva un tiempo completamente distinto. La duración de lectura de un libro es muy personal. Sin embargo, cuando nos dicen que tal película dura una hora y media, se nos está diciendo que durante ese tiempo concreto somos receptores. Por el contrario, la lectura no es una recepción. La lectura no es pasividad, es actividad. La lectura es una actividad que requiere esfuerzo. Yo no soy capaz de leer cuando estoy fatigado. No me gusta nada la idea de que leer es un pasatiempo. No es consumir algo sino un espacio de humanidad, de reflexión, de cambio…
A veces se utiliza como un elogio el hecho de leer de un tirón, pasando una hoja detrás de otra a toda velocidad. Para mí eso no es un elogio. Me gusta la idea de que la lectura obliga a interrumpir la propia lectura." 
La entrevista se titula "Leer no es un pasatiempo". Estoy plenamente de acuerdo. Como dice Tavares, la lectura no es una recepción, no es pasiva. En cualquier lectura, buena parte del trabajo lo hace el lector. Y esto lo reconocen los escritores:

Joseph Conrad
"El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector."
 
Paul Auster
"Siempre me han gustado los libros en que el lector se convierte en un participante del desarrollo de la historia, donde no es sólo un observador distante."


 Cada lector aporta a la lectura parte de su individualidad. Por eso, cada lectura es única. Seguramente, no soy una lectora tan atenta ni tan profunda como Tavares. Confieso que no siempre leo con un lápiz en la mano. A veces, es cierto, leo para distraerme (¿cómo calificar sino la lectura de thrillers o novelas románticas?). A veces, incluso, leo libros de un tirón; rápido, rápido, porque quiero saber qué pasa en la siguiente página, que peligros o qué pruebas aguardan a los protagonistas. Pero no es una simple manera de llenar el tiempo, "no es un pasatiempo", no señor. Al cerrar el libro, sé que he pasado por una experiencia, me he involucrado -más o menos, según sea de convincente el escritor; ahí también él debe hacer su parte- en esas vidas que son las mías. Y que en realidad no existen, aunque durante unas horas he preferido creer otra cosa. A veces, esos personajes se han materializado de tal manera en mi mente (y seguro que de un modo totalmente diferente de lo que lo han hecho en la mente de otros lectores) que que son reales. Lo son para mí. Otras veces, es el estilo el que me cautiva: saboreo una frase, una imagen, soy capaz de ver un paisaje, la esquina de una calle... Esa es una lectura de tiempo lento, donde, como dice Tavares, "levantas la cabeza del texto" y piensas.
Estos tiempos diferentes, individuales, son lo que no comprenden los partidarios de la lectura en diagonal ni los inventores de una nueva aplicación, Spritz, que promete una lectura ultrarrápida jugando con la velocidad de reconocimiento del ojo humano. Alguien debería decirles que el tiempo de la lectura no se mide en minutos ni en segundos. Que cada libro y cada lector requiere su propio tiempo.
 

miércoles, 19 de marzo de 2014

FINALES ABRUPTOS

 
 
Por naturaleza, los seres humanos tendemos a ordenar el mundo, en el intento de darle un sentido (a estas alturas, aún no sabemos si lo tiene). La historiografía, por ejemplo, no hace otra cosa que intentar poner en orden una serie de acontecimientos y darles un hilo narrativo, para que del amasijo de fechas y datos se pueda extraer alguna conclusión. Este mismo afán ordenador es el que guía a los compiladores de listas: tomar del caos que es la vida una serie de elementos y agruparlos por algún tipo de criterio que haga resaltar lo que tienen en común, por peregrina o débil que pueda ser esa conexión. Nos gustan las listas. Umberto Eco, gran amante él mismo de las listas, le dedicó todo un libro a este afán clasificador, El vértigo de las listas (un libro que luego resulta que habla más del arte y de la cultura occidentales que de las listas propiamente dichas, pero siendo Eco quien es, se lo perdonamos). Internet, cómo no, está lleno de listas. De hecho, los gurús que hablan sobre cómo aumentar el tráfico de tu blog aconsejan indefectiblemente ponerles a las entradas títulos que denoten una lista: "5 cosas que te harán ser más feliz", "12 pasos para conseguir una silueta de ensueño" y zarandajas por el estilo. Por supuesto, estos títulos me resultan más atrayentes que aquellos que no prometen una lista; por supuesto también, no les hago ningún caso (no es tanto que no necesite ser feliz o lograr una silueta de ensueño, sino que tengo serias dudas de que una lista pueda ayudarme a lograr ninguna de las dos cosas). Pero si la lista va de elementos literarios, ¡eso es harina de otro costal! Yo misma, lo confieso, he caído alguna vez en la tentación de elaborar alguna.
La que he pensado compartir hoy con ustedes no es de mi cosecha, sino gentileza del blog de Publishers Weekly, y lleva por título "12 libros que terminan a mitad de frase".
 

 
¿Qué qué tienen en común estos libros? Pues, en realidad, no demasiado. A excepción, claro, de que su última frase queda en suspenso. Pero los motivos son varios, como lo es el carácter de cada una de estas obras. Un par de advertencias preliminares: 1) No reproduzco los 12 títulos, sino sólo los que a mí me resultan más familiares, lo mismo que a mis lectores (espero); he añadido en cambio alguno que los editores americanos habían ignorado. 2) Si a partir de aquí continúan leyendo, asuman el riesgo; no se quejen luego de que les he fastidiado el final.
 
 
-Franz Kafka, El castillo
 
 
 No es que Kafka pretendiese darle ese final abrupto a esta obra, sino que quedó inacabada debido a la muerte del autor. Aunque en una carta fechada en 1922 le había dicho a Max Brod que abandonaba el libro, parece que tenía previsto que al final K. viviese y acabase muriendo en el pueblo.
 
 
-Nikolai Gógol, Almas muertas
 
 
 
Gran interrogante. ¿Qué pretendía Gógol al finalizar así su gran obra?:
"Os invito a reflexionar sobre vuestro deber con más atención, así como la obligación de vuestro servicio terrenal, porque todos tenemos sólo una vaga idea de lo que es ahora y casi..."
Almas muertas debía ser la primera parte de una trilogía con la que Gógol pretendía imitar la Divina Comedia de Dante. La especialista en literaturas eslavas Susanne Fusso argumenta que Gógol cortó deliberadamente la primera parte a media frase para ver si esto creaba mayores expectativas sobre la segunda (que nunca llegó a publicarse).

-Dickens, Casa desolada


En este caso, un final abrupto que es parte de un final feliz. Esther, aunque desfigurada, ha conseguido casarse con su amado y es dichosa con él. Al finalizar la novela, la conversación entre ambos se interrumpe, pero no hemos de pensar que Esther deja a medias la frase porque su esposo la ha acallado con un beso, quizás.

-Jonathan Safran Foer, Todo está iluminado


 La carta de del abuelo de Alex con que finaliza la novela se puede entender también como una nota de  suicidio: "caminaré silenciosamente, y abriré la puerta en la oscuridad y " Aquí, la frase se quiebra porque, suponemos, quien la escribe ha llevado a cabo sus designios.

-Manuel Puig, Boquitas pintadas


En una obra que tiene mucho de puzzle, no es extraño que el final sea también fragmentario: las cartas que hablan de una historia de amor dolorosa se desparraman antes de arder en una lluvia de retazo de frases. Ecos entrecortados de lo que fue o pareció ser una vez...

Si dejamos aparte las obras de literatura experimental (como alguna obra de Beckett, o el Finnegans Wake de Joyce, por ejemplo), en las que el final abrupto se justifica por la propia naturaleza del discurso, la interrupción de la frase final aparece a menudo en novelas cuyo narrador va a morir: la frase queda inacabada porque la muerte le ha llegado antes de que pudiera terminarla. Sé que en cuanto ponga punto final a esta entrada, se iluminará en mi mente en título de algún libro en que ocurre precisamente esto, y que está revoloteando por ahí hace rato, aunque no consigo capturarlo.
Quizás debo yo también dejar  



 

jueves, 13 de marzo de 2014

¿QUÉ LEEN LOS PERSONAJES DE FICCIÓN?

Los escritores son -deben serlo por necesidad- grandes lectores. Y en sus historias, a veces, aparecen personajes que leen. Libros dentro de libros. A su vez, el hecho de que un personaje lea un libro determinado, estimula a los lectores de libro-marco -es decir, la obra dentro de la cual aparece ese personaje, sé que esto empieza a ser lioso- a leer también el libro en cuestión.  Pero no siempre sabemos con exactitud lo que leen los personajes de ficción. A veces, el autor se limita a presentarnos a sus criaturas con la nariz siempre entre libros, sin especificar mucho. Flaubert, sin ir más lejos, nos informa de la afición de Emma Bovary por las novelas; menciona alguna de pasada, como Paul et Virginie y nos dice también que leyó a Sue, a Balzac y a George Sand, pero no se demora en sus lecturas tal como se demora en otros aspectos de su vida. Otras veces, sin embargo, el libro-dentro-del-libro se erige en motivo central. Es lo que ocurre, por ejemplo, con La señora Dalloway en Las horas de Michael Cunningham. O con Los tres mosqueteros en El Club Dumas. Por cierto, que Joyce se adelantó a Pérez-Reverte en esto (¡como en tantas otras cosas!): en su Retrato del artista adolescente, Stephen Dedalus también lee a Dumas con fruición, concretamente El conde de Montecristo.  

Nicole Kidman caracterizada como Virginia en
Las horas
 
¿Qué sucede cuando un libro pasa a la pantalla? A priori, el efecto de una lectura determinada es menos vistoso en imágenes que sobre el papel. Ya no hay libro-dentro-del-libro, sino libro-en pantalla, que tiene mucho menos encanto. Aún así, tal como nos informaba un artículo aparecido en The Guardian, en el cine (y la TV) persisten algunos personajes influenciados por sus lecturas.  He aquí algunos de los ejemplos que proponen:

-La vie d'Adèle.
En esta preciosa película, basada en una novela gráfica, Adèle ama la lectura. Cuando la conocemos, está fascinada con La vie de Marianne (es evidente el nexo entre el título de este libro y el de la propia película). Todo empieza en clase, donde se habla de esta novela de Marivaux que están leyendo. Al hilo de sus páginas, el profesor hace que los alumnos reflexionen sobre el enamoramiento y sobre la impresión de predestinación que a veces se siente al conocer a alguien. De la literatura, al encuentro del amor. Eso es precisamente, lo que le ocurrirá a ella.



-Matilda
La heroína de la novela homónima de Roald Dahl es una auténtica devoradora de libros. Al principio, una de sus lecturas preferidas es El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett.. Pero pronto se atreve con libros "de mayores" como Grandes esperanzas. Y de ahí a otros grandes clásicos, como las obras de Kipling, Faulkner o Hemingway. No todos aparecen en pantalla, claro, pero Matilda deja bien claro que le gusta leer.



-The Wire
¿Quién diría que en esta serie ambientada en los barrios marginales de Baltimore y el mundo de la droga y la delincuencia se lee? Ciertamente, la lectura no es lo primero que salta a la vista. Pero D'Angelo Barksdale es capaz de hacer un lúcido análisis del libro que ha leído en prisión, El gran Gatsby: "Lo que quiere decir es que el pasado siempre va con nosotros. De dónde venimos, lo que nos sucede, cómo nos sucede... toda esta mierda es importante", les explica a sus compañeros, menos perspicaces que él. No cabe duda de que también D'Angelo ha aprendido algo de su contacto con la lectura. Aunque demasiado tarde. Irónicamente, D'Angelo será asesinado en una de las dependencias de la biblioteca.