John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

sábado, 15 de diciembre de 2018

CESTAS DE NAVIDAD LIBRESCAS

Así de abigarrados eran los árboles de Navidad
de mi infancia. Sin exceso, hubiese sido menos Navidad.

Guardo muchos recuerdos de las Navidades de mi infancia: el olor del abeto que poníamos en un rincón del comedor -que acababa alfombrado de agujas de pino- y sus deslumbrantes cascadas de guirnaldas (adornos sin duda chillones y desmesurados, pero la época era así); la ilusión inmensa de los paquetes sin abrir (como la fantasía siempre es mejor que la realidad, una vez abiertos nunca contenían exactamente lo que una había deseado); ir a la misa del gallo con mis padres, cuyo principal aliciente era que me permitiesen permanecer despierta hasta horas inauditas y -guinda final de la noche- tomar un "resopón" al regresar a casa; el pintoresco -al menos para mí- desfile de carteros, barrenderos y basureros pidiendo el aguinaldo, con sus correspondientes estampitas (que diría que incluso por aquel entonces ya resultaban "vintage"); y, entre muchas otras maravillas, las cestas de Navidad. Hubo una época en que se mandaban muchísimas cestas. No era necesario ser nadie demasiado importante, tengo la impresión de que bastaba con ocupar cualquier carguito o contar con un puñado de clientes más o menos agradecidos para que al llegar estas fechas a uno le colmasen de obsequios. Claro que cestas las había de todas las categorías y tamaños. Las más decepcionantes, para los niños de la casa, eran las aburridas cajas de vino o champán. Estas nos parecían despreciables. Luego estaban las cestas de medio pelo, que por lo general intentaban disimular con grandes lazos y adornos de espumillón que solo contenían una o dos botellas y -quizás- un turrón y una caja de barquillos. Nos preguntábamos por qué se habrían molestado siquiera. Porque las cestas buenas, buenas, las que hacían que los niños pasásemos toda la tarde saltando excitados a su alrededor (porque, por supuesto, no se podían deshacer hasta la llegada de su destinatario, mi padre) eran las que llevaban un jamón. (Me temo que el entusiasmo me ha llevado a pluralizar, lo cierto es que de estas nunca recibimos más de una, y hasta diría que alguna Navidad llegó a fallar.) Desmontar la cesta, ir descubriendo o desenvolviendo lo que contenía -aparte de los consabidos turrones y polvorones, había cosas que nos parecían el colmo del exotismo, aunque luego no le gustaban a nadie, como las frutas confitadas- era una de las experiencias cumbre de las navidades.




Pero todo eso quedó atrás. Hace ya años que se acabó esa abundancia, ese derroche festivo. Últimamente, escasean hasta los lotes para los empleados, embutidos en sus humildes cajas de cartón. (Y miren, yo que me alegro, porque hay que ver lo que pesaban y lo incómodo que era tener que acarrearlos a casa. Luego encima el vino era malejo y los turrones, de mazapán o de alguno de esos sabores que todo el mundo rechaza.) Aunque observo que, tímidamente, hay quienes intentan recuperar esa tradición, yendo más allá de la consabida cesta llena de cosas de comer y beber -que además se ha convertido en un asunto espinoso, ahora que en cada familia parece haber al menos un vegano, un celíaco y alguien con alergias varias- para sustituirla por otros obsequios. Sin ir más lejos, en la peluquería de mi barrio sortean entre sus clientes una cestas con... productos de peluquería, cómo no: acondicionadores, champús, un secador, una plancha para el pelo, cosas así. Todo para su cabeza, señora. 



Una iniciativa parecida han tenido, conjuntamente, los editores de varios sellos y los propietarios de la librería Tipos infames de Madrid. Como en esta última, además de comprar libros, se pueden degustar vinos, ofrecen una cesta que conjuga ambos. Basta con gastarse un mínimo de 45 euros en libros -eso está hecho, con un par de tomos que te lleves a casa ya lo tienes- para entrar en el sorteo. La idea me parece excelente, el único inconveniente es que se trate de un sorteo, de los que sé por (larga) experiencia que nunca me tocan. Pero me permite fantasear con la noción de que algún día llegue a mi casa una cesta como las de antes, cubierta de lazos y oropeles (las cestas deberían ser canónicas o no ser), de la que saldrían no chorizos ni latas de espárragos -conste que tampoco les haría ascos- sino libros y más libros. Si, encima, resulta que el anónimo benefactor ha acertado con mis gustos lectores, creo que no podría pedir una Navidad mejor. ¿Alguien se anima?


miércoles, 28 de noviembre de 2018

LECTURA DESNATADA


La lectura es un acto neurológicamente complejo, no inscrito por defecto en nuestros circuitos cerebrales, como sí lo están otras facultades humanas, por ejemplo el habla. Saber descifrar los signos escritos requiere un largo adiestramiento, y si por casualidad cambiamos de alfabeto -lo sabe bien todo el que haya estudiado japonés o árabe-, hay que empezar de nuevo. Como dice Maryanne Wolf -investigadora de UCLA- en un reciente artículo publicado en The Guardian, para adquirir esta habilidad los humanos debimos desarrollar, hace unos seis mil años, un nuevo circuito cerebral. Inicialmente un mecanismo muy simple, capaz de descodificar información básica -como el número de cabras que uno había vendido- esta habilidad se fue sofisticando hasta llegar a nuestro elaborado cerebro lector actual. Las investigaciones llevadas a cabo por Wolf muestran que el cerebro lector contribuye al desarrollo de algunos de nuestros procesos intelectuales y afectivos más importante: conocimiento internalizado, razonamiento analógico, inferencia, así como perspectiva, empatía y análisis crítico. Puesto que la mayoría de occidentales estamos alfabetizados desde pequeños y hemos incorporado la lectura a nuestra vida cotidiana, se nos pasa por alto que cada vez que abrimos un libro vamos no sólo a informarnos o a distraernos, sino que estamos llevando a cabo un proceso que involucra muchas otras áreas de nuestro conocimiento.  



Sin embargo, todos sabemos, por experiencia, que el soporte sobre el que leemos afecta a la calidad de la lectura: no se perciben -ni se comprenden, por tanto- de manera igual unas notas garrapateadas sobre un papel cualquiera que el mismo texto impreso en un libro impreso; los que estamos habituados a leer manuscritos (aunque casi nadie escribe ya a mano, la versión no publicada de cualquier obra se sigue llamando así) somos muy conscientes de que esas páginas en formato A4 recién salidas de la impresora tienen menos poder de convicción que los pliegos bien editados y encuadernados en que aspiran a convertirse. Aunque numerosas investigaciones no hubiesen demostrado ya que se lee distinto en pantalla que sobre papel, la experiencia nos dice fehacientemente que no leemos igual en el móvil que en un libro de bolsillo, que leer las noticias en una Tablet o en el periódico en papel es una experiencia distinta. A estas alturas del siglo XXI casi todo el mundo se ha percatado de que recuerda mejor lo que ha leído según sea el soporte en el que lo ha hecho, incluso si no sabemos exactamente por qué. Las investigaciones citadas por Wolf apuntan que al leer en pantalla solemos llevar a cabo lo que los anglosajones llaman "skim reading", es decir, "lectura superficial" o "desnatada" (que me gusta más como idea; ahora que todo es desnatado o light o sin gluten, ¿qué más adecuado que desnatar la lectura también?). Parece que en lugar de leer palabra por palabra y línea por línea, tenemos tendencia a seguir un recorrido en forma de F o de Z por la pantalla, saltando de aquí allá en busca de palabras o expresiones clave que nos den una idea de su contenido. Por citar lo que dice el artículo: "Cuando el cerebro lector lee de esta forma superficial (desnatada), se reduce el tiempo que dedica a los procesos lectores profundos. En otras palabras, no tenemos tiempo para captar la complejidad, entender los sentimientos que quiere expresar el autor o percibir su belleza, y el lector no tiene tiempo de generar sus propios pensamientos a partir de lo leído." 



Una de las consecuencias tal vez más preocupantes de esta nueva modalidad de lectura, inevitablemente cada vez más extendida, dicen, es muchos estudiantes evitan apuntarse a cursos de literatura del XIX y XX porque, acostumbrados a la lectura desnatada,  no tienen la paciencia necesaria para leer esos textos "tan densos" ni, por supuesto, de analizarlos. ¿Será ese -me pregunto- uno de los motivos del declive de las filologías en la Universidad?
No nos queda sino confiar en que, igual que alguna vez esperamos que pase la moda de lo desnatado en la comida -ya se oyen voces que dicen que hay que volver a lo entero-, en la lectura se imponga también la sensatez y comprendamos que hay lugar y momento para todo: para leer desnatadamente en pantalla y para lanzarse hasta las profundidades de un texto en papel. Por mi parte, por si acaso, cuando voy al súper me paso un buen rato ante las neveras, averiguando qué yogures son los que conservan toda su nata. Esos son los buenos. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA GRAN GUERRA: CIEN AÑOS


Hoy es de esos días en que la importancia de la fecha se impone sobre todo lo demás. No importa que haga un día radiante y casi primaveral, en vez de la bruma lluviosa que sería más adecuada; ni que los caminos estén secos en lugar de embarrados, muy distintos del lodazal de Verdún: hoy hace cien años desde que terminó la Gran Guerra -la llamada a acabar con todas la guerras, que luego se reveló como simple primer capítulo de un horror que no estamos seguros de que no vaya a repetirse- y resulta imposible hablar de otra cosa. 
Sus muertos hace tiempo que son polvo; sus lisiados y sus huérfanos han desaparecido ya todos, o casi. Aún así, la memoria de tanta sangre persiste en las sociedades que vieron cómo toda una generación de jóvenes era conducida al matadero. En cada pueblecito francés, por pequeño que sea, hay un monumento a los caídos de la Gran Guerra, sus "enfants", como los llaman con devoción las placas que recuerdan sus nombres. Siempre que viajo por Francia, me detengo a leerlos, dedicando unos segundos a esos jóvenes que dejaron bruscamente de tener un futuro. 






¿Qué otro rastro queda, cuando incluso para sus familias no son más que una foto en sepia en algún álbum olvidado? Seguramente ha llegado el momento de salir al encuentro de ese ejército de espectros, que nos hablan desde las trincheras del Somme, desde los campos de Flandes, desde los Dardanelos o desde las Dolomitas. La literatura es la que rescata a todos estos muertos, los hace vivir de nuevo y muestra a las generaciones que no lo vivieron el absurdo de tanta matanza. Lo que sigue no pretende ser un recuento completo, simplemente unas cuantas sugerencias de lectura,  según me vienen a la memoria, para rendirles homenaje:

-Los que estuvieron allí:  No hay, ya lo sabemos, nada mejor que la experiencia de primera mano.  Quienes lucharon en los frentes, cuidaron a los heridos o guardaron la retaguardia, nos han dejado testimonio de cómo lo vivieron. Robert Graves, en Adiós a todo eso, sin lugar a dudas una de las mejores memorias de la guerra de trincheras; Ernst Jünger, con Tempestades de acero (aunque a mí me hiele la sangre a veces su aparente impasibilidad) o Erich Maria Remarque, que en Sin novedad en el frente se sirve de la ficción para meterse en la piel de un soldado. La guerra no sólo truncó las vidas de los caídos, sino también la de las novias o esposas que les esperaban en casa. Como la de Vera Brittain, que en su Testament of Youth (incomprensiblemente, no hay versión española) deja una de las memorias más conmovedoras de una generación devastada por la guerra. Quizás menos literarios, pero no menos verídicos, son los testimonios -diarios, cartas- recogidos por el sueco Peter Englund en La belleza y el dolor de la batalla.




-Los que dicen los historiadores: Hay numerosos estudios de la Gran Guerra, que detallan sus causas -para un análisis implacable de la torpeza política que llevó a ella, véase el Sonámbulos de Christopher Clark o el intenso y ameno Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (que, por cierto, recibió el Premio Pulitzer)- y no pretendo de ningún modo conocerlos todos. Me limito a recomendar una de los últimas, y tal vez una de los más extensas, monografías sobre este tema: 1914-1918, de David Stevenson, o 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, un historiador que sabe mucho de conflictos bélicos. 

-La verdad de la ficción: Si la ficción, como dice Vargas Llosa en su ensayo sobre Victor Hugo, es "la verdad de las mentiras", no cabe duda de que una de las vías mejores para recuperar el pasado es la ficción. De entre las innumerables novelas que se ocupan de la guerra o sus consecuencias, rescato algunas. Sin duda hay muchas más que merecerían ser mencionadas -y seguro que se me ocurre otra media docena en cuanto publique este post-, pero me limito a hablarles de tres: Regeneración, de Pat Barker -una espléndida escritora que debería ser más conocida-, que nos lleva a un hospital psiquiátrico en 1917, porque a veces las peores heridas no son las que se ven; Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaître, que a través de un humor muy negro nos recuerda que siempre hay quien saca tajada del sufrimiento ajeno; y El regreso del soldado, de Rebecca West, centrada en las secuelas de la guerra, tanto para los que regresan como para quienes les reciben a su vuelta al hogar. 

De esta también hubo película, 
con Glenda Jackson y Julie Christie

Si Quevedo, gracias a los libros "vivía en conversación con los difuntos," y "escuchaba con sus ojos a los muertos",  a nosotros ellos también nos permiten mantener vivo el recuerdo de la Gran Guerra, cien años después. 

domingo, 28 de octubre de 2018

TENER LOS LIBROS A MANO


El único inconveniente de los libros -y no estoy del todo segura de que lo sea- es que ocupan lugar. Tienen volumen y peso, "cuerpo", lo que hace que en cuanto te descuidas llenen estanterías y más estanterías. Si no los tienes sólo de adorno, es decir, si tienes por costumbre leerlos, habrás comprobado que poseen además la irritante costumbre de desparramarse por ahí y aparecer en los lugares menos previsibles, por más que te esfuerces en mantener un orden (sobre el orden de las bibliotecas se ha escrito mucho, también aquí, aunque sin llegar a ninguna conclusión definitiva). Algunos lectores -entre los que me cuento- solemos alternar además diversas lecturas al mismo tiempo, lo que hace que el desbarajuste de libros que andan de acá para allá aumente: tienes una pila de libros junto al sillón, pero el que quieres en ese momento está en el despacho; o has olvidado que el que creías haber puesto en la estantería de "libros pendientes de leer" te lo llevaste ayer para leer en la cama; cuando estás segura de tener determinada obra de un autor -recuerdas incluso en qué balda y junto a qué otros libros estaba-, resulta que en la última reordenación ese libro fue a parar a otra parte de la casa (porque, claro, tienes estanterías en todas las habitaciones, y no siempre es fácil seguirles el rastro). Así, reanudar una lectura a menudo implica diversos viajes y no poco ejercicio de memoria. Para colmo de males, el libro electrónico no ha hecho más que agravar esta confusión: al menos, los libros en papel tienen una apariencia física, dejan huella, mientras que los electrónicos son fantasmas inasibles, que moran en un difuso éter. Confieso que más de una vez me he devanado los sesos tratando de localizar un libro que estaba segura de tener, para comprobar tras mucho buscar y rebuscar que sí, en efecto era mío, pero estaba oculto en mi dispositivo electrónico. A fuer de sincera diré que, a veces, estos aparatos se me antojan más sepulturas de libros que contenedores de ellos: una vez están allí dentro, desaparecen de la faz del mundo y sólo pueden ser invocados, como espectros, mediante un acto de voluntad.

Como fantasmas entre los libros con peso y volumen, 
los libro electrónicos son etéreos

Comoquiera que sea, organizar este gran número de libros en lectura, recién leídos o a punto de serlo es todo un reto. La estantería de "libros pendientes de lectura" -que son simplemente las últimas adquisiciones que una tiene la intención de leer- es una necesidad, aunque son precisas podas periódicas para evitar que crezca con desmesura (los libros que una adquiere tienden a ser siempre muchos más que los que alcanza a leer en un plazo razonable). Lo es también la pila de la mesita de noche, así como otras pilas diversas que se van formando en lugares estratégicos de la casa (fundamentalmente, en todos aquellos sitios donde una se sienta a leer).


¿Habrá forma de racionalizar tanto trajín? Ciertas almas lectoras, sin duda afligidas por el mismo problema, parecen haber dado con una solución que me parece brillante: el carro portalibros. Sí, esos carros que están en todas las bibliotecas públicas, que permiten guardar un número importante de libros y transportarlos sin dificultad. ¿Por qué no adaptar esa idea para uso doméstico? La web Bookriot tiene algunas sugerencias al respecto, cuyo único inconveniente es que las mas bonitas, para mi gusto, son también las más onerosas. Pero ya me veo a mí misma empujando alegremente un carrito de esos por la casa, con todos los libros que están más o menos en danza por fin a mano. 



Tal vez -seguro, más bien- nunca llegue a poseer una de esas bibliotecas de ensueño, con doble piso y escaleras móviles, pero ¿por qué no aspirar a un carrito portalibros? Si no garantiza que logre tener los libros a mano, ¡siempre puedo usarlo como un lugar más donde almacenarlos!

lunes, 8 de octubre de 2018

LOS ESCRITORES Y LA MUERTE


Tal vez sea que -por fin- ha llegado el otoño y con él se barrunta cercano el día de Difuntos, de tantas resonancias literarias. O tal vez simplemente se deba a que hace pocos días leí un artículo en el que se mencionaba la trágica muerte de J. G. Farrell, un autor británico hoy injustamente olvidado (como verán, sigo con mis incursiones en la revista Slightly Foxed, una mina de hallazgos para estas cosas), lo que me ha hecho pensar en otros escritores que encontraron un final inusual. Todos morimos, eso es inevitable, pero se diría que la muerte impresiona más si se produce de determinada manera, como si lo esencial no fuese que, sea como sea, uno deja de existir. Sin duda cada día se producen en el mundo muertes por causas inauditas, absurdas incluso. No obstante, hay que reconocer que hay algo de justicia poética en que un escritor, que pertenece a un gremio dedicado -en parte, al menos- a idear muertes ajenas, tenga una muerte digna de una novela. Recapitulando, me viene a la memoria unos cuantos.

Empecemos por el propio Farrell, que salió de su casa en el oeste de la costa de Irlanda un día de agosto de 1979, en un momento de su vida en que había declarado ser feliz tras varios años de sufrir adversidades, dispuesto a pescar desde su roca favorita. Allí fue arrastrado por una enorme ola, preludio de una tormenta que en los días siguientes hundiría varios barcos. Su cuerpo no se encontró hasta un mes después. Un trágico episodio que recuerda a otro ahogado ilustre anterior en varias décadas, el poeta Percy Bysshe Shelley, que pereció cuando una inesperada tormenta hundió su barco mientras atravesaba el golfo de La Spezia. En el más puro estilo romántico, la tragedia parece haber rodeado a Shelley y su entorno, pues su hijo mayor (fruto de su matrimonio con Harriet, quien a su vez había suicidado), murió fulminado por un rayo en 1826.

El funeral de Shelley, por Louis Édouard Fournier

Los fenómenos atmosféricos fueron también los responsables de la muerte del escritor austrohúngaro  Ödön von Hórvath, cuyo fallecimiento es posiblemente uno de los peores casos de mala suerte que conozco: exiliado en París, una noche de junio una terrible tormenta le pilló en la calle; von Hórvath se refugió bajo un árbol en los Campos Elíseos, con tan mala fortuna que éste, alcanzado por un rayo, se partió y le cayó encima, causándole la muerte. 

Aunque, ¿por qué conformarse con una simple tormenta, si uno puede sucumbir ante la violencia de un volcán? Es lo que le sucedió a Plinio el Viejo, que murió a causa de la erupción del Vesubio, se cree que asfixiado por los gases. Según cuentan -poseemos el testimonio de su sobrino Plinio el Joven-,  a pesar de que se hallaba a bordo de un barco y podía haber escapado, se empeñó en acercarse a la costa para contemplar más de cerca ese fenómeno -no en vano era autor de una monumental Historia Natural - y para intentar socorrer a sus amigos. 

Y luego, cómo no, están las muertes misteriosas, esas que no se sabe si sucedieron o no. En torno a la de Christopher Marlowe, el brillante pero pendenciero dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, que se dice falleció en 1593 de una puñalada en el ojo durante una pelea, se ha fabricado toda una leyenda, que dice que su muerte fue fingida, un simple subterfugio para eludir la persecución de la justicia. La teoría más ingeniosa que recuerdo al respecto es la que sostiene Jim Jarmusch en su película Sólo los amantes sobreviven. Prefiero no desvelar en qué consiste, sólo les diré que es una película que todo amante de la literatura debería ver, así que si aún no lo han hecho, ¿a qué esperan?
De Pushkin, que murió a consecuencia de las heridas recibidas en un duelo, solo podemos decir que en cierto modo se lo buscó. Aunque se dice -posiblemente para incrementar el aura heroica del personaje- que le había manipulado el arma para que no pudiera defenderse.

Todas estas muertes, al fin, tienen un sesgo trágico que les da cierta dignidad. Pero, ¿y lo triste que resulta pasar al otro mundo por un accidente banal? Son esas cosas que pueden arruinar fácilmente la reputación de un escritor. Así, sus adeptos prefieren decir que Tennessee Williams falleció por una sobredosis de barbitúricos -es cierto que hacía generoso uso de ellos- antes que admitir lo que decía el
informe forense: que se atragantó con el tapón de un medicamente que sin duda abrió con los dientes. O la muerte, notablemente poco poética, del poeta sueco Dan Andersson, que murió intoxicado en un hotel de Estocolmo, envenenado por el producto contra las chinches que la empresa había utilizado sin tomar las debidas medidas de precaución. Seguro que cualquiera de ellos habría sido capaz de imaginar una muerte mucho más honrosa en cualquiera de sus obras.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LEER EN LIBRERÍAS


Creo que sólo en Inglaterra podría prosperar la idea -original, aunque a priori se diría descabellada- de publicar una revista (¡en papel, ¡en estos días!) dedicada a escribir acerca de libros olvidados que valen la pena, muchos de ellos agotados tiempo ha. Pero ahí está, el invento se llama Slightly Foxed (título precioso e intraducible, que alude a la condición algo rozada de los libros antiguos), se publica trimestralmente, y está a punto de llegar a su número 60 con buena salud. Catorce años, nada menos.
Para celebrarlo, me he hecho con varios números de su archivo histórico, que seleccioné en principio guiándome por aquellos cuyo índice prometía artículos sobre algún autor que me interesaba, pero que una vez leídos en su integridad han revelado muchos otros descubrimientos interesantes (era de esperar, no en vano es ese el objetivo de la revista). 
Entre ellos, he encontrado en el número 35 (otoño de 2012) un divertido artículo de Oliver Pritchett dedicado al arte de husmear, es decir, a qué se debe hacer y qué no en cuanto a reglas de etiqueta cuando uno anda hurgando por librerías. Comoquiera que sé que mis amables lectores suelen formar parte del gremio de husmeadores librescos, me he permitido compartirlo con ustedes. 
Ante todo, en esa situación lo primero es recordar siempre que, como husmeador, uno forma parte del ambiente general de la librería (de hecho, añado yo, las librerías deberían tener siempre en nómina a unos cuantos de estos husmeadores, que prestan vida a su establecimiento y evitan la inquietante sensación de vacío: nadie quiere comprar en una librería en la que no hay nadie escudriñando lomos u hojeando libros). Pritchett distingue dos posibles posturas para dedicarse a esta amena actividad: la Despreocupada y la Devocional. En la primera, uno apoya su peso sobre una de las piernas y se apoya decorativamente en, por ejemplo, la sección alfabética de Ficción extranjera, con el codo derecho descansando sobre un estante mientras sostiene el libro que está hojeando con la mano izquierda. En la postura Devocional, en cambio, uno permanece de pie, sin apoyarse, sosteniendo el volumen con ambas manos, como si de un libro de oraciones se tratase. (No es propio de husmeadores con experiencia murmurar mientras se lee, eso denota poca pericia lectora o, tal vez, algún preocupante trastorno.)

Aquí, el husmeador retratado por Daniel Macklin

Una de las reglas a cumplir estrictamente es no sentarse nunca en el suelo, y menos rodeado de objetos como mochilas, bolsas del Corte Inglés o bolsas de patatas a medio comer. Recuerden que no estamos en un aeropuerto; en una librería que se precie, solo a los niños les está permitido sentarse en el suelo (a ser posible, en la sección infantil). 
El husmeador debe también mostrar cierta consideración hacia el propietario de la librería. Es decir, hay algunos límites en cuanto al tiempo que uno puede permanecer ahí hojeando (más bien, leyendo, seamos sinceros) un libro. Al fin y al cabo, se supone que su intención es catar la obra, no devorarla entera. Según Pritchett, el tiempo máximo tolerado para ficción sería de una hora y diez minutos, mientras que para no-ficción es de 44 minutos (desconozco cómo ha llegado a conclusión tan exacta, pero la daremos por buena; ignoro qué opinarán de ello los libreros). Si, como ocurre a veces, a pesar de haber husmeado largamente, uno decide no comprar nada, se sugiere que como acto de cortesía se adquiera al menos una postal o una libretita para tomar apuntes. En casos así, el colmo de la mala educación es llevarse alguno de los puntos de libro gratuitos que a veces se encuentran en el mostrador. 
Apunta nuestro autor que existen personajes que, igual que otros van de tapeo de bar en bar -él lo llama pub crawl, claro, pero así se entiende mejor- consiguen leerse novelas enteras a base de consumirlas por capítulos en diferentes librerías. Cae por su peso que, si uno se topa luego en el bar con uno de estos tipos humanos, sin duda muy leídos, no son de los que te invitan a una caña. 
Otra cosa que, definitivamente, no es de recibo, es utilizar la librería como uno haría con una biblioteca pública, es decir, emplear los diccionarios para consultar una duda puntual, o los libros de cocina para apuntarse subrepticiamente una receta (aquel pollo con especias exóticas con el que sin duda deslumbrará a los amigos que ha invitado el sábado). Aunque según cuenta Pritchett, algún filosófico librero le ha confesado que hay gente que le pregunta si le puede prestar un bolígrafo precisamente para eso. 
Pero desde el advenimiento de las librerías-café, las preguntas de etiqueta para husmeadores se multiplican: ¿es aceptable comerse una madalena mientras uno está enfrascado leyendo a Proust? ¿seguro que la tensión causada por el último Ian Rankin no va provocar que derrames el café sobre la página 49? A pesar de que los libreros suelen hacer gala de bastante tolerancia con los clientes que se llevan libros a la cafetería, aconsejaríamos a los husmeadores que pasen por caja antes de sentarse a degustar su capuccino acompañado de lectura. Piensa que al siguiente husmeador no le haría ninguna gracia encontrarse con los rastos grasientos de tu bocata de jamón en el ejemplar de Anna Karenina

(Ilustración: Robert Evans)
(Por cierto, sería mi sueño poder hacer una revista como Slightly Foxed, hablando de todos esos libros maravillosos que, inexplicablemente, han ido desapareciendo del mercado, para dejar paso a una marabunta de novedades en su mayoría insulsas. ¿Algún socio capitalista dispuesto a perder hasta las pestañas?) 

sábado, 25 de agosto de 2018

CÓMO NO ARRUINARSE COMPRANDO LIBROS

Soy consciente de que a muchos de los seguidores de este blog este artículo  les resultará superfluo. La mayoría son tan adictos a la lectura que, o bien no les importa en absoluto dedicar buena parte de su presupuesto a adquirir libros, o bien -como yo- hace tiempo que han desarrollado, por pura necesidad (¿hay algún verdadero lector que pueda vivir sin nutrirse constantemente de nuevas lecturas?), las estrategias que les expongo a continuación para que la incesante adquisición de libros no les suponga una sangría económica. Sin embargo, una y otra vez me encuentro con personas que dicen no comprar libros por lo caro que resulta, o que me piden consejo acerca de cómo hacerse con ellos a buen precio. (A modo de acotación diré que me sigue alucinando cómo algunos conocidos míos de amplios posibles, que no pestañean cuando han de rascarse el bolsillo para comprar cualquier chuchería, no se lo piensan ni un minuto cuando se trata pedirme en préstamo un ejemplar de El Lazarillo de Tormes u otro clásico que les haya caído en suerte a sus hijos comentar en el colegio. ¡Dios les libre de gastarse diez euros -o menos- en alguna de las numerosas ediciones escolares que abundan de estas obras!)  Aunque debo insistir en que los libros no son caros -piensen únicamente en lo que cuesta salir de copas una noche-, también es cierto que los bibliómanos, de no andar con cuidado, corremos el serio peligro de encontrarnos sin fondos cada vez que visitamos una librería. Si el precio de los libros les hace sufrir, no hay motivo para que cunda el pánico, existen muchas maneras de leer sin arruinarse. Aquí van algunas:

El método principal y el mejor, porque sale gratis: la biblioteca pública. Por suerte, hoy en día -al menos en España, en especial en las ciudades grandes o medianas- disfrutamos de una amplia red de bibliotecas. Aún hoy, cada vez que visito una me parece un milagro tener tantos miles de libros a mi absoluta disposición y sin necesidad de desembolsar ni un céntimo. Las bibliotecas son -y no es extraño- uno de los equipamientos públicos mejor valorados por sus usuarios. Por si esto fuera poco -aparte de la absoluta maravilla de poder tomar prestados libros, cómics y música, de disponer de un espacio cómodo y climatizado para sumergirse durante horas en la lectura, de las decenas de actividades culturales que organizan- es que su oferta no se limita a los libros que exhiben sus estanterías: sepan que es posible pedir casi cualquier libro de otras bibliotecas, lo que amplía enormemente el catálogo a nuestra disposición, y que te lo traen en pocos días (pagando, sólo a veces, un precio simbólico).  Hay gente -ves a saber por qué extraña inhibición- a la que aún le cuesta un esfuerzo entrar en una biblioteca. Adelante, no me sean tímidos, úsenlas y disfruten. Ya nunca más tendrán excusa para decir que no leen porque van mal de dinero. Las bibliotecas, como dice Borges, son lo más parecido a la idea del paraíso.


Biblioteca Jaume Fuster, Barcelona (Foto J. Casañas)

Ahora bien, si son ustedes de los que no se conforman con tomar el libro en préstamo y prefieren poseer el ejemplar que leen, la solución perfecta para bolsillos menguados son las librerías de segunda mano. Las hay de diversos tipos; por un lado, están las librerías de viejo clásicas, las que son como cuevas de Aladino, llenas hasta los topes de estanterías rebosantes. De estas ya van quedando menos, pero aún hay suficientes como para encontrar abundante material de lectura.  En Barcelona -el ejemplo que tengo más a mano- subsisten algunas de las históricas de la calle Aribau, como la Maldá o la Studio. También se pueden conseguir libros a precio de ganga los domingos por la mañana en el Mercat de Sant Antoni (vale la pena visitarlo ahora que acaban de remodelarlo). En Madrid, están las famosas -y casi centenarias- casetas de la Cuesta de Moyano, por las siempre es provechoso darse una vuelta. Y no me cabe la menor duda de que casi cualquier ciudad de cierto tamaño cuenta con alguno de estos útiles establecimientos. Sólo hace falta paciencia para buscar y rebuscar. 



Pero, además de estos lugares emblemáticos, hemos podido asistir en los últimos tiempos al surgimiento de librerías de segunda mano "de nueva generación": bien iluminadas, con estanterías bien rotuladas y ordenadas, y libros marcados a precios fijos (lo que ayuda a controlar el presupuesto). Me refiero, sobre todo, a la cadena Re-read, presente en varias ciudades de la península. Dentro del universo del libro de ocasión existen asimismo otras modalidades, como las de Llibre solidari o Aida Books, cuyos fondos proceden en su mayoría de donaciones desinteresadas y lo que recaudan se destina a iniciativas solidarias. (Casi en el último eslabón de esta cadena, aunque con una oferta muy aleatoria y menguada, es posible recurrir a los Puntos verdes, donde a menudo instalan pequeñas librerías con los libros que la gente ha llevado allí para tirar y uno puede llevarse gratis.)  Para los que deseen aunar lectura con intercambio y -por qué no- un cierto aroma aventurero, está la alternativa del Bookcrossing: se trata de hacerse con uno de los libros que los participantes "liberan" (en todo tipo de lugares, desde bibliotecas a charcuterías). Eso sí, la gracia está en liberarlo de nuevo una vez leído, para que otros puedan beneficiarse a su vez de su lectura.




Si en lugar de andar husmeando por estanterías -placer bastante irresistible, diría yo, pero esto va a gustos- son ustedes más de quedarse en casa esperando que les llueva del cielo la lectura adecuada, sepan que a estas alturas muchas de las librerías de segunda mano tienen su propia web, desde donde es posible consultar y adquirir libros sin moverse del sillón. Aunque si de comprar por internet se trata, la web que se lleva la palma en cuanto a libros es Iberlibro.  Su gigantesca base de datos -que conecta las de cientos de librerías tanto españolas como extranjeras- permite encontrar casi cualquier cosa que uno busque. Ideal, por lo tanto, para dar con aquel título descatalogado o ese otro que uno leyó muchos años atrás y aún recuerda con nostalgia. El servicio suele ser muy bueno pero, para evitar chascos, un par de consejos: antes de darle al "comprar" fíjense bien en los gastos de envío, que pueden subir bastante si el libro procede de allende los mares, por ejemplo; y conviene estar atentos también a la puntuación que la librería vendedora ha recibido de otros compradores (en forma de estrellitas, como es habitual).  Puedo dar fe de que llevo años comprando por este sistema a plena satisfacción.
Si alguien se atreve a decirles que leer es un vicio caro, aquí tienen argumentos para desmontárselo. Verán cómo, por el precio de un par de cañas, pueden hacerse con muchas horas de grata lectura. Sin arruinarse.