John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 7 de julio de 2015

LEER POR PROCURACIÓN

(Foto: books-cupcakes.tumblr.com)

Siendo como es la lectura una actividad solitaria, puede ser también un importante nexo de unión. Con otros mundos, otras mentalidades, otras épocas, por supuesto. Con el universo interior del autor, cómo no. Y también con otros lectores como nosotros mismos, pues comentar una lectura es el complemento perfecto de haberla leído. Hay gente -hablamos de ello en otra ocasión- que utiliza los libros como gancho para ligar. (Aunque de estos, algunos ni siquiera los han leído.) Hay parejas muy lectoras cuya relación está cimentada sobre las lecturas compartidas, sobre el placer de intercambiar opiniones y pasajes favoritos. Y luego están las lecturas por procuración. ¿En qué consiste este curioso proceso?
Cuando quien te acompaña -ya sea cónyuge, novio/a o amigo/a del alma- es otro lector apasionado, te es dado vivir a través de él (o ella) todas las fases de la lectura: la anticipación de un libro que ansía desde hace tiempo, sus primeras impresiones, el avance más o menos rápido a través de sus páginas -y la pasión o decepción que genera-, así como conocer de primera mano qué le ha parecido el final, cómo se siente después de haber leído esa obra y si ha estado a la altura de sus expectativas. Casi, casi, como si tú mismo hubieses sido el lector. Así, ocurre que hay parejas que tienen gustos lectores distintos -uno es apasionado de la gran novela americana, el otro se inclina por las biografías; uno lee clásicos del XIX, otro novela gráfica o divulgación científica- y casi nunca uno leeré lo que el otro ha leído. Pero el resultado de su puesta en común de la experiencia lectora es que cada uno cree saber a la perfección cómo es lo que el otro ha leído. Por una especie de ósmosis, cada cual absorbe las lecturas del otro.
 
(Ilustración de flapperdoodle)
 
Ahora bien, ¿si he leído por procuración una novela, puedo decir que la he leído? Bueno, Pierre Bayard hacía todo un arte del no-leer libros en su Cómo hablar de los libros que no se han leído, demostrando que incluso la cultura literaria del hombre más letrado no está hecha sólo de lecturas; también de malentendidos, invenciones, libros olvidados, referencias cruzadas, vistazos más o menos eficaces, y reivindicando la importancia de los comentarios críticos escuchados como eco, de la conversación literaria. La lectura por procuración forma parte de este entramado de no-verdaderas-lecturas que, al fin, conforman una suerte de universo lector paralelo.
Está lo que hemos leído y recordamos, lo que leímos alguna vez, pero hemos olvidado, y lo que nunca leímos, pero de lo cual sabemos mucho. Al final, los grandes lectores tenemos a veces problemas para diferenciar una experiencia de lectura de otra.
Eso sí, procuramos no salir nunca con no-lectores. Como decía tan sabiamente John Waters:
“If you go home with somebody, and they don't have books, don't fuck 'em!”
Pues eso.
 
 
 
  

lunes, 29 de junio de 2015

HOTELES LITERARIOS



El verano invita a hacer la maleta y tomar el portante. Cambiar de aires y de rutina. Sustituir las estancias familiares -ya muy vistas- por una habitación de hotel. ¡Hay que ver lo sugerentes y novelescos que resultan los hoteles! Durante unos días, se comparte una cierta intimidad con perfectos desconocidos, ellos también de paso. Te topas con ellos en el ascensor, en el desayuno -estos seguro que salieron de fiesta ayer, mira qué mala cara traen-, en el mostrador de recepción, intercambias algún saludo, haces cábalas sobre las relaciones que los unen y sobre su procedencia. No sabéis nada unos de otros, pero estáis condenados a veros a menudo. La situación perfecta para imaginar complicadas historias, o quién sabe si para vivirlas...

Es lógico que los hoteles se hayan convertido en el escenario preferido de tantas tramas literarias. Lo primero que viene a mi mente es la imagen del lujoso y decadente hotel del Lido, donde el pobre Von Aschenbach era incapaz de sacarle los ojos de encima al bellísimo Tadzio. Thomas Mann -que imagino frecuentaría estos establecimientos- supo hacer buen uso de ellos (La montaña mágica, de hecho, es una variante, en la que el hotel se ha convertido en un sanatorio de montaña). 




Un ambiente parecido -aunque menos lujoso-encontramos en los cuentos que componen el volumen de Katherine Mansfield En un balneario alemán. Además de diseccionar con un ojo agudísimo los tipos humanos que pueblan esa modesta pensión -los posibles de la Mansfield no estaban a la altura de los del patricio Mann-, la autora aprovecha estos relatos de claro trasfondo autobiogràfico para reírse un rato de los alemanes. Y eso, justo antes de la Gran Guerra...



De estos encuentros fortuitos, con desconocidos que quizás no volvamos a ver, nacen a veces insólitas confidencias. Como la historia que le cuenta en una pensión de la Riviera una señora entrada en años al narrador de Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Por supuesto, los hoteles no dan pie sólo a relaciones más o menos turbias entre sus huéspedes, sino a veces a asuntos más truculentos. De esto sabía mucho la gran dama del crimen británica, Agatha Christie. Aparte de poblar casas solariegas y tranquilos pueblecitos ingleses, sus asesinos actúan también en hoteles, ya sea locales -como en En el hotel Bertram- o extranjeros -como en Misterio en el Caribe-. 
Arnold Bennett, por su parte, llevó su afición por la vida de hotel hasta dedicarles no una, sino dos novelas -El Gran Hotel Babilonia e Imperial Hotel-, ambas inspiradas en un hotel real, el Savoy de Londres, del que Bennett era asiduo. Porque -pensaría el bueno de Arnold- pudiéndose alojar en un hotel tan excelente como el Savoy, ¿quién querría salir de él? (Por cierto, si alguien desea saber más sobre este autor tan injustamente relegado y sus obras, varios blogueros nos ocupamos de él aquí.)
No todos los hoteles, sin embargo, son tan cómodos como el Savoy. Sin duda algo de esto debió de padecer E. M. Forster, que arranca su inolvidable Una habitación con vistas con las quejas de unas turistas ingleses acerca de las habitaciones de la Pension Bertolini en Florencia.

Pero me doy cuenta de que nos estamos adentrando en pleno territorio nostálgico. Ninguno de estos hoteles, ni el lujoso Savoy, ni las sencillas pensiones alemanas, tiene mucho que ver con la asepsia y funcionalidad de las cadenas hoteleras de hoy en día. A la hora de decidir un destino, tal vez sea preferible guardar la maleta, cerrar la página de Tripadvisor, y encaminarse a la librería, donde los hoteles que se nos ofrecen son infinitamente más interesantes.

(Soy consciente de que en esta relación de hoteles literarios faltan muchos que merecerían aparecer aquí. Quien lo desee, encontrará más sugerencias en el blog de Bibliomanías y otros desvaríos, a quien agradezco la idea para confeccionar este post. ¡E invito a mis lectores a aportar también sus "hoteles literarios"!)


lunes, 22 de junio de 2015

ENAMORARSE, VERSIÓN LIBRO

 
 
Hay libros que nos entretienen; nos gustan y volvemos las páginas con agrado, pero si surge otro pasatiempo más interesante, no dudamos en dejarlo de lado para dedicarnos a otros asuntos. Otros son muy emocionantes, llenos de tensión y suspense: los leemos a toda velocidad, pendientes casi únicamente de ver cómo acaba la cosa, esperando llegar a los casi seguros fuegos artificiales o el inesperado giro final. Sin embargo a veces, pocas veces (casi tan pocas como en la vida real), resulta que nos enamoramos de un libro. ¿Que cómo lo sabemos? Muy sencillo: experimentamos todos los síntomas característicos del enamoramiento.
 
-No hay suficientes horas al día para estar con él: si es un día laborable, por supuesto estás deseando llegar a casa para darte a la lectura; quizás hasta inventas alguna excusa para salir antes. Cada minuto que pasas sin estar sumergida en su historia te parece un minuto perdido. Si es día de fiesta, te encierras con él a cal y canto, con cartel de "no molestar" incluido. Ni las fiestas más apetecibles ni las obligaciones familiares resultan suficientemente poderosos para sustraerse a su influjo.
 
-Placer y dolor. Al mismo tiempo, como ocurre con esos amores que tienen fecha de caducidad (quizás él -o ella- está a punto de mudarse a otro país) y por eso mismo son más urgentes e intensos, sabes que no puede durar: cada página que lees es una fuente de felicidad, pero también un paso más hacia el final, hacia ese fatídico instante en que ya no habrá más amor, porque habrás acabado el libro.
 
-No hay otro igual. Aunque sabes que no eres el primero, alimentas la ilusión de ser el auténtico lector: el único que realmente ha sabido extraer de sus páginas todo cuanto hay en él de interesante y bello. Quieres creer que la historia se abre para ti como nunca antes lo ha hecho para nadie.
 
Sir John Lavery, Miss Auras, The Red Book
(1907)
 
 
-Sólo sabes que eres feliz. Cuando estás con él, se te olvidan todos los problemas y el resto del mundo desaparece de tu vista. No concibes mayor felicidad que pasar unas horas en su compañía.
 
-El cosquilleo de la anticipación: si leerlo es un placer, pensar en que pronto vas a estar leyéndolo es casi igual de placentero. Siempre que no estás absorta en la historia, estás anticipando el anhelado momento en que por fin podrás abrir sus páginas y zambullirte en él.
 
-Perdura en el recuerdo. Cuando lo terminas (sí, es inevitable que llegue ese día), si el libro ha sido fiel a su promesa -por desgracia los hay que te dejan colgada, igual que hay amados que parecen príncipes y resultan ranas-, te queda un maravilloso recuerdo. De esas memorias que iluminan los momentos sombríos, que llevas para siempre contigo como un tesoro. En esto, el enamoramiento libresco suele superar al de la vida real: no hay rupturas desagradables, no hay recriminaciones ni traición. Pasan los años y el libro sigue ahí, siempre igual a sí mismo. Con una enorme ventaja: siempre puedes retornar a él. 
 
 
 
 
 

martes, 16 de junio de 2015

MEMORIAS DE INFANCIA

 
¿No lo he dicho nunca? (O sí, y no lo recuerdo: más de cuatrocientas entradas son las suficientes como para olvidarlo.) Tengo debilidad por las memorias de infancia. Convencida como estoy de que el niño es el padre del hombre (léase "niña", "madre" y "mujer" donde proceda, no me sean picajosos), lo que más me llama la atención de cualquier autobiografía son los capítulos dedicados a la infancia del autor. Parecería que bucear en la infancia tiene algo de búsqueda del tesoro y de catarsis, y ahí se suele notar que el escritor no ha tenido inconveniente en sacar a la luz todo lo que ha podido encontrar; por lo general, a medida que quien narra se adentra en su edad adulta, empiezan las ocultaciones, los disimulos -"no, mejor no hablo de esa relación tan dolorosa"; "pasemos de largo de aquella temporada"; "más vale que no diga lo mucho que odiaba a Fulanito o me ganaré su enemistad"-, las ganas, en suma, de quedar bien ante el lector. Me viene a la cabeza un ejemplo muy claro: el de Simone de Beauvoir. El primer volumen de su autobiografía, Memorias de una joven formal, tiene todo el acento de la veracidad y todo el encanto de un retrato de época. Los siguientes, van decreciendo en credibilidad y en interés; el último, Final de cuentas, es poco más que un resumen de sus idas y venidas y un catálogo de nombres más o menos famosos; vemos sobre todo el oropel exterior de su autora, la imagen de intelectual editada para el consumo del público. 
 
 
 
Suelo quedarme, pues, con la parte dedicada a la infancia, no importa si es en forma de memoria o levemente ficcionalizada: en este tipo de relatos se trasluce siempre el auténtico niño que hay detrás. Por eso me he llevado una alegría al saber que la editorial Nordica ha reeditado un clásico inglés de las memorias de infancia, Sidra con Rosie, de Laurie Lee. Lee retrata en ellas, a través de una serie de viñetas sensuales y evocadoras, su años infantiles en un pueblecito de los Cotswolds, en un mundo rural gobernado por los ritmos de la naturaleza y los placeres sencillos.
"Me bajaron de la carreta de mudanzas a la edad de tres año; y en aquel punto, con una sensación de desconcierto y terror, se inició mi vida en la aldea. Estaba de pie en medio de la hierba de junio, que era más alta que yo, y lloraba. Nunca había estado tan cerca de la hierba. Se alzaba sobre mí y me rodeaba por todas partes, las hojas tatuadas con atigradas rayas de luz de sol. Era hierba afilada como un cuchillo, oscura y de un verde malévolo, espesa como una selva y llena de saltamontes que cantaban y cotorreaban y saltaban por el aire como monos" 
Esto ocurrió "el verano del último año de la Primera Guerra Mundial", cuando la madre de Lee y sus hijos fueron a recalar en una casita situada en medio de un prado y cerca de un lago (el padre los había abandonado y ya no regresaría, aunque ella nunca perdió la esperanza). A partir de ahí, asistiremos al sucederse de las estaciones, a los juegos infantiles y a un desfile de personajes locales, vagabundos, o ancianas llenas de manías que componen un delicioso mosaico de tipos humanos. Durante años, la vida de Laurie se circunscribió a ese pequeño mundo, donde sólo importaban las cosechas y los animales y donde cualquier pequeño suceso de la comunidad se sabía de inmediato. Hasta que sus hermanas empezaron a traer pretendientes a casa, y luego a marcharse:
"Las chicas iban a casarse; el hacendado Jones había muerto. Los autobuses iban y venían y las ciudades quedaban cada vez más cerca. Empezamos a ignorar el valle y a volvernos hacia el mundo, cuyos placeres eran más anónimos y más apetitosos."
Ese mundo que él conoció cambiaría irremediablemente. Más tarde, un día de verano, el propio Laurie haría el petate, para ir a luchar muy lejos, a España, con las Brigadas Internacionales. Pero eso ya es otra historia.
 

 

lunes, 8 de junio de 2015

¿HAY QUE TERMINAR LOS LIBROS?


Tim Parks
Los artículos de Tim Parks en la New York Review of Books, siempre inteligentes, animan a pensar acerca de temas relacionados con los libros y la lectura, algo que como ustedes saben es la especialidad de este blog. (Por si no les suena: aunque apenas publicado en España, el británico Parks es autor de varias novelas y unos cuantos libros de no-ficción, la mayoría en torno a temas italianos, pues reside en ese país desde hace treinta años.) El que ha inspirado esta entrada lleva el sugerente título de "Why finish books?" (¿Por qué terminar los libros?), una pregunta que automáticamente induce a quien la lee a elaborar su propia respuesta. 
Pero, antes de ponernos a elucubrar sobre ello, veamos lo que dice Parks al respecto:

"¿Necesitamos terminarlos? ¿Un buen libro es por definición aquel que conseguimos terminar? ¿O hay ocasiones en que decidimos abandonar el libro antes del final, incluso sólo hacia la mitad, y a pesar de ello encontramos que es bueno, excelente quizás, nos alegramos de haber leído lo que leímos, pero no hemos sentido la necesidad de terminarlo? Hago esta pregunta porque es algo que me sucede cada vez con mayor frecuencia. ¿Es la edad, sabiduría, senilidad? Empiezo un libro. Lo estoy disfrutando mucho, y entonces llega un punto en que siento que ya tengo suficiente. No es que haya dejado de gustarme. No me aburre, ni siquiera creo que sea largo en exceso. Sólo que ya no siento el deseo de seguir disfrutándolo. En ese caso, ¿puedo decir que lo he leído? ¿Puedo recomendárselo a otros y hablar de él como un libro notable?"

Por supuesto, Parks excluye de esta categoría los libros malos. O, mejor dicho, los libros que nos han parecido malos (porque este es un concepto tremendamente subjetivo). Seguir leyendo un libro que nos aburre o nos repele resulta absurdo. Como ya proponía Daniel Pennac en su famoso decálogo, todo lector debería sentirse con derecho a no terminar un libro. Pero Parks va un paso más allá y elabora el porqué de este abandono del libro.
 
Como dice Parks, el final no es siempre lo importante. Algunas novelas que son claramente "de trama", en las que uno saborea el diseño de este tejido literario, resultan estropeadas por un mal final o tal vez es que preferimos construir nosotros el final, temerosos de que el verdadero defraude nuestras expectativas. Por mi parte, son innumerables los casos en que, a llegar a la última página de un libro, me siento defraudada no por el estilo, ni por la historia, sino porque el escritor no ha sido capaz de concluir de una manera satisfactoria todos esos hilos narrativos que tan bien había ido entrelazando. Otras veces, era tan obvio que se nos preparaba una sorpresa final, que he optado por dejarla en el aire. Eso me ocurrió, por ejemplo con  El último encuentro de Sándor Marai. Simplemente, decidí dar por concluida la lectura dos páginas antes del final.
Me veo reflejada en estas palabras de Parks:
 
"Una vez ha quedado establecida la estructura y la pelota de la narración está en juego, la necesidad de un final es sólo una desafortunada carga, un estorbo, el deplorable cierre de tantas  posibilidades."



Nos recuerda asimismo que hay autores, como Beckett o Thomas Bernhard, donde la meta final de la narración no tiene demasiada importancia. De algún modo, ciertas obras casi están invitando al lector a apearse del tren cuando les apetezca.
 
"Me parece que estos escritores, al sugerir que más allá de cierto punto el libro puede terminar en cualquier lugar, dan legitimidad a la idea de que el lector puede elegir él mismo dónde retirarse, sin desmerecer en nada la experiencia."

Michel de Montaigne

 
Luego están, añado yo, esos libros que por su densidad requieren una lectura pausada, de esas que se emprenden y se dejan en repetidas ocasiones. Sería el caso de El Danubio de Claudio Magris o de los Ensayos de Montaigne. Libros que uno puede estar retomando durante años antes de terminarlos. Y, si no los llega a terminar, tampoco es grave: habrá salido tan enriquecido de la experiencia que no lo echará de menos.
 
En conclusión: no es necesario terminar un libro, sino haber disfrutado con la lectura.
 

martes, 2 de junio de 2015

NOCIONES DE ETIQUETA PARA LECTORES


En estos días se suceden las Ferias del Libro en diversos lugares de nuestra geografía, con lo que ello implica de sesiones de firmas y fiestas literarias. Es muy posible, pues, encontrarse en la comprometida situación de tener que tratar con algún escritor. Parece sencillo, ¿verdad? Error. Si no quieres meter la pata, si no quieres granjearte el odio eterno de tu autor favorito, será mejor que tengas en cuenta ciertas normas de etiqueta.

Para las firmas de libros
  • El libro en cuestión debería ser un ejemplar nuevo y recién comprado, a ser posible en la misma caseta o librería donde se produce el evento. Traer consigo de casa el ejemplar ya ajado de la primera novela del escritor, con la excusa de que "es uno de mis libros favoritos" puede  resultar enternecedor para el autor (aunque, créanme, lo que él quiere de verdad es que le compren su nueva novela), pero el librero te echará miradas de odio, o incluso alguna maldición. Uno de los casos más extremos de esta falta de modales lectores que he podido presenciar fue el de una señora que, un día de Sant Jordi, se presentó en la caseta donde firmaba Eduardo Mendoza con un carrito en el que llevaba la práctica totalidad de sus novelas, que según dijo llevaba años coleccionando. Él es un santo y creo que las firmó, pero deberían haber visto las miradas del librero y los improperios de las personas que estaban detrás en la cola.
  • Lo que nos lleva al punto siguiente: se trata de que el autor estampe su firma y una dedicatoria, no de que escriba páginas y páginas. Resulta de mala educación quejarse de que la dedicatoria que le hizo a Fulanito era más larga.
  • Tampoco es de recibo quejarse de la letra del autor. Preguntas como "¿Aquí qué pone?" al recibir el libro dedicado están de más. Es verdad que quizás este escritor tiene una letra infame, pero afortunadamente sus libros no los escribe a mano.
  • Los autores están muy agradecidos de que les pidas autógrafos y, sobre todo, de que alguien compre su libro (viven o pretenden vivir de ello, no hay que olvidarlo). Eso no quiere decir que tengan intención de convertirse en tu mejor amigo. No aproveches para explicarles tu vida, ni les enseñes fotos de tu gato. Para eso tienes Facebook.



Conversación con autores

Vamos a partir de la base de que, si se da el caso de que entablas conversación con un escritor, sabes con certeza de quién se trata. Porque el ego de los artistas es muy frágil y lo peor que puedes hacer es confundirlos con otro. Que te pases el rato ensalzando las novelas del autor X, para descubrir luego que él no es X, sino Y, puede resultar devastador para ambos. No digamos si el escritor en cuestión detesta la obra de X. Bien, pues suponiendo que has conseguido ponerle el nombre correcto a esa cara, hay algunas cosas que debes evitar:
  • Hablar de la competencia (o sea, cualquier otro escritor que no sea él mismo). Aunque sea mal.
  • Hablarle de una novela que escribiste hace años y tienes en un cajón. Al escritor eso no le interesa nada. Además, si sospecha que sólo te has acercado a él para intentar que él te recomiende a su editor, puedes estar seguro de que te pondrá en su lista negra particular.
  • Decirle acerca de su libro (que no has leído) que es "interesante". Lo siguiente que te preguntará es qué exactamente te pareció interesante y estarás perdido. Marcel Proust solía quejarse de que la gente que le hablaba de sus libros solían cometer continuamente errores que probaban que, o bien los habían olvidado, o nunca los habían leído. Una técnica bastante buena para salir del atolladero es decir que acabas de comprar su novela y la tienes como próxima lectura.
  • Preguntarle qué tal van las ventas. Tanto si van bien como si ha vendido cuatro ejemplares, habrás metido la pata. En este último caso, es evidente por qué. ¿Y si el libro es un éxito? Probablemente no le parezca éxito suficiente. Puedes estar seguro de que guarda algún resentimiento para con el distribuidor o con el encargado de marketing, que procederá a contarte con todo detalle.
Si sigues estas normas con atención, saldrás airoso de casi todas las situaciones. Ahora ya puedes encaminarte a la Feria del Libro más próxima y ¡a triunfar!

lunes, 25 de mayo de 2015

BIBLIOMANÍA EXTREMA



Aunque muchos de los visitantes de este blog seguramente son lectores contumaces y ávidos compradores de libros -ambas facetas suelen ir unidas-, y aunque más de uno y de dos se han lamentado, al hablar de sus bibliotecas, de que su excesivo afán acumulador de libros les crea ciertos problemas domésticos, es bastante probable (o eso espero, al menos) que no hayan alcanzado el grado de bibliomanía extrema, aquel que convierte al simple amante de los libros en un ser que sólo vive para coleccionarlos.
Esta "bibliomanía extrema" fue estudiada y definida por uno de los afectados por esta manía, Thomas Frognall Dibdin, como "fatal enfermedad". Precisamente, el tratado que este autor dedica al asunto, Bibliomania, está planteado como  un diálogo con uno de los bibliómanos más extremos de la época, Richard Heber. Según nos cuenta Jack El-Hai en un artículo aparecido en Wonders & Marvels, Heber  -nacido hacia 1773 e hijo de un clérigo acaudalado- manifestó tempranamente su inclinación bibliómana. Durante su periodo de estudiante en Oxford, sus habitaciones estaban llenas de volúmenes antiguos y raros, y su afición por las subastas de rarezas bibliográficas le llevó a contraer elevadas deudas. Mas no fue hasta la muerte de su padre, del cual Heber heredó una cuantiosa fortuna, que nuestro bibliómano pudo dedicarse de lleno al coleccionismo. Hay que destacar que, contrariamente a otros bibliófilos, Heber sí solía leer al menos algunos de los volúmenes que adquiría. De hecho, solía decir que de cada obra era recomendable adquirir tres ejemplares: "uno para la biblioteca de tu casa en el campo,  otro para leerlo y un tercero para prestárselo a las amistades". (Una medida muy sensata, dicho sea de paso, que evita el enojoso trance de tener que perseguir a tus conocidos, o lamentarse por la pérdida de tus obras más queridas.)
 
Retrato de Richard Heber por John Harris,
National Portrair Gallery
 
Tal era la pasión adquisitiva de nuestro coleccionista que sus allegados la comparaban con la adicción al opio o a la bebida. Por lo que de él se cuenta, valoraba la calidad, pero también la cantidad, porque se dice que más de una vez adquirió lotes de miles de libros. Aparte de viajar incansablemente en busca de más libros que añadir a su vasta colección -recorrió media Europa, dejando aquí y allí notables depósitos con sus adquisiciones-  a Heber le dio tiempo de ser miembro del Parlamento y uno de los fundadores del Atheneaeum Club (al que pertenecerían personalidades del mundo político y cultural como Dickens, Conrad, Conan Doyle o Winston Churchill). De su vida amorosa sólo se sabe que una vez cortejó a una dama, también ella bibliófila, con el propósito de unir ambas bibliotecas -¿qué otro si no?-, pero la cosa no cuajó y Heber murió soltero en 1833.
Acerca de la mansión londinense que albergaba la biblioteca de Heber, Thomas Dibdin dijo: "Nunca había visto habitaciones, armarios, pasajes y pasillos tan repletos, tan atestados de libros... Las pilas de volúmenes llegaban hasta el techo, mientras que el suelo estaba sembrado de ellos." El propio Dibdin estimó que allí podía haber unos 105.000 ejemplares, sin contar los que Heber guardaba en otras varias casas que poseía, diseminadas por Inglaterra, Francia y Holanda. Tras su fallecimiento, como suele pasar, su biblioteca se vendió, en una subasta épica que duró 216 días. En cualquier caso, muchos menos de los que le llevó a Heber hacerse con los libros.
Nota: la próxima vez que pienses "en esta casa ya no caben más libros", consolarse pensando que el caso de Heber era mucho más grave. No, aún no hemos llegado a la bibliomanía extrema.