John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 8 de febrero de 2019

Y TÚ ¿QUÉ SUBRAYAS?


No entra en mi ánimo dar nuevas alas a la vieja controversia de si es lícito o no subrayar los libros. Sabemos ya de sobra que siempre existirá la facción "Subrayar, no", que considera casi un sacrilegio estropear las páginas impresas con antiestéticos trazos de lápiz o -dios no lo permita- bolígrafo, facción enfrentada a la de "Subrayar, sí", que cree firmemente que los libros están para ser llenados de subrayados, notas y comentarios, y que esas señales de haber sido leídos, y leídos a fondo, son las marcas que distinguen la biblioteca de un buen lector. Lo otro, afirman -conste que no estoy más que haciéndome eco de las razones de los partidarios de esta opción- son bibliotecas de coleccionista, con libros de mírame-y-no-me-toques que, al contrario que sus garrapateados ejemplares, son libros carentes de vida. Los lectores habituales suelen ubicarse en uno u otro campo, y los hay también que se quedan a medio camino -aunque, ya lo saben, los tibios y equidistantes acaban recibiendo por todos lados-, optando por subrayar ciertos libros y otros no. En mi caso, por ejemplo, rara vez subrayo una novela (a no ser que la esté empleando con alguna finalidad didáctica), pero me tomo la libertad de subrayar los ensayos siempre que me parece necesario. Claro que ocurre en ocasiones que no subrayo porque estoy leyendo en algún lugar donde no tengo a mano un lápiz o donde es incómodo hacerlo (ejercer el arte del subrayado en determinados trenes es garantía casi segura de que las líneas van moverse como borrachas por la página). La alternativa entonces es doblar esquinas, una actividad que de nuevo cuenta con detractores y valedores. 
Pero todo esto era antes de la llegada del libro electrónico. Una sus grandes ventajas, a decir de sus promotores, es que se puede subrayar sin necesidad de lápiz -ni de desfigurar el libro porque, evidentemente, el libro físico no existe- y que además es posible acceder a los fragmentos resaltados con suma facilidad, pues se presentan todos juntos. Sin duda hay que saludar estas características como un avance, una más de las comodidades que ofrece el libro virtual. (Sobre sus desventajas, como la condición fantasmal de estos ingenios, he hablado en otras ocasiones.) 



No obstante, hay -al menos en los Kindle- una característica en los libros electrónicos que me parece entre curiosa e inquietante. Se trata de lo que llaman el "subrayado social". Consiste en que es posible ver qué pasajes han subrayado otros lectores y cuántos de ellos lo han hecho. Así, una está tan tranquila leyendo una novela y de repente, zas, en la pantalla aparecen varias líneas marcadas, con una pequeña referencia que indica "subrayado x veces". No sé a ustedes, pero a mí esta función tiende a dejarme entre atónita y desconcertada. Atónita, porque en demasiadas ocasiones el subrayado busca destacar unas frases del todo anodinas, trilladas, sin ningún interés. Desconcertada porque, si resulta que hay varias decenas de lectores que han coincidido en fijarse precisamente en esas frases, ¿no querrá decir que soy yo la que falla? ¿La que es incapaz de ver la inmensa sabiduría que sin duda encierran? Sé que es posible desactivar esta opción y darse a la lectura solitaria. He estado a punto de hacerlo en más de una ocasión, pero confieso que siempre me he retenido porque -por mucho que algunas tonterías me irriten- me divierte ver que la gente subraya frases como "Una vida dedicada a los perros le hace a una indiferente ante el estado de su hogar", "Aunque hacía tiempo que se había acostumbrado a ser pobre, no podía olvidar lo agradable que resultaba ser rica", "La verdad se encuentra en los libros de contabilidad" o, incluso, "--¡No, el maldito cobarde está en el frente! --dijo ella indignada" (tres usuarios han subrayado esta última frase, lo que me resulta del todo inescrutable). Sólo espero que, en compensación por los sobresaltos y cábalas que me suscitan estos subrayados, "ellos" -aludo por supuesto a esos otros lectores anónimos que a su vez verán los míos- quedarán aún más estupefactos con los míos. 
Por lo que a subrayar libros se refiere, tengo la impresión de que hemos entrado en un mundo nuevo, que va más allá de la polémica acerca de si subrayar o no. Antes, al menos, tus subrayados quedaban en la intimidad. Como mucho, los veía algún amigo al que le prestabas el libro. (O tu biógrafo, si lograbas alcanzar la categoría de eminencia biografiable.) Ahora estamos en la era del "yo subrayo mejor que tú" o "subrayar por vanidad". La verdad, no sé si reírme o preocuparme. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

DESEOS LIBRESCOS 2019




Gracias a la prodigiosa producción editorial de nuestro país, los libros que una no ha leído (aún), en lugar de reducirse en número, aumentan y aumentan de forma imparable. Vértigo daría, de no ser porque una buena parte de esas novedades que tan encarnizadamente compiten entre sí por la benevolencia del lector son de poco interés para mí. (Por el bien de sus autores y de sus editores, confío en que habrá algún público para ellos, entre el que yo no me encuentro; al fin y al cabo, mis gustos son bastante raros.) Por eso, a la hora de seleccionar lecturas, confieso que mi mirada tiende a dirigirse al pasado en vez de al presente. Como dijo G. K. Chesterton, para ensalzar la lectura de los clásicos:

"Ser simplemente moderno es condenarse a la absoluta estrechez de miras; igual que gastarse el último penique que uno posee en el modelo de sombrero más reciente es condenarse a estar pasado de moda. El camino que conduce a los siglos pasados está sembrado de modernos muertos."
A menudo, hojear los suplementos literarios me produce desazón, voy pasando páginas sin encontrar nada que me atraiga (o quizás lo que no me atrae es la forma en que hablan de los libros: la crítica literaria, incluso las simples reseñas, deberían aspirar a algo más que resumir un argumento).  A pesar de ello, mantengo un ojo bien abierto ante lo que se va publicando, porque entre tanta morralla siempre hay libros que merecen atención. Y, ¡oh, alegría! hay también editores que -sin descuidar lo que de notable pueda aportar la producción actual- son capaces de rebuscar en los desvanes del pasado y rescatar joyitas literarias que habían quedado sepultadas por el alud de "lo moderno" (por emplear la terminología de Chesterton). En este sentido, 2018 me ha procurado algunas satisfacciones:  
-Tras la publicación de sus Cuentos escogidos  en 2015, Shirley Jackson ha encontrado  por fin favor entre nuestro público y estos últimos años se han ido editando sus principales obras, entre las que están La lotería, Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House (de la que ahora hay también una serie) y Déjame que te cuente (un compendio de cuentos y ensayos. No me cabe duda de que estas obras le procurarán un buen número de admiradores. Mi felicidad sería perfecta si se animaran a traducir también su obra autobiográfica Life Among the Savages (contrariamente a lo que podría parecer, no es un tratado de antropología, es que el apellido de su marido era Savage). 



-Editorial Minúscula ha rescatado la que para mi gusto es una de las mejores novelas cortas americanas  del siglo XX: La señora Caliban, de Rachel Ingalls.  Los amantes de las historias realistas, no se dejen amilanar por quienes hablan de ella como un cruce entre King Kong y La bella y la bestia, es una historia de amor maravillosa.



Hace cuatro años -¡nada menos!-, en fechas como estas, me hacía eco de mis deseos de que se recuperasen algunos libros notables desaparecidos del mercado tiempo ha. Entre ellos estaba El siglo de los cirujanos, de Jürgen Thorwald, que entretanto ha renacido de la mano de Ariel. 






Sin embargo, otros de mis deseos librescos aún no han visto la luz. Aprovechando que estas son épocas de buenos deseos para el año entrante, repito algunos de ellos, a ver si esta vez los hados editoriales me hacen caso:

-Los libros en mi vida, de Henry Miller. Tan inencontrable que ni siquiera en las bibliotecas de la provincia de Barcelona tienen un ejemplar. Un libro, como se pueden imaginar, para amantes de los libros, esos bichos raros. Muy personal, muy Miller, y una delicia. 




-Otro clasicazo de ausencia inexplicable, porque lo tiene todo para gustar: guerra, amor, historia... Testament of Youth, de Vera Brittain. ¡Si hasta hay una película! Pues ni por esas... 




-Por último, y ya sé que esto es sólo para fans acérrimos, pero también es uno de los libros que más me han gustado este último año (¿el que más?): The Brontës. A Life in Letters, una impecable edición de Juliet Barker. La familia Brontë en sus propias palabras, en una selección de cartas magnífica, que se lee como una novela. 





Pues eso, a esperar que los Reyes Magos, los hados del Nuevo Año o quien sea cumpla estos deseos librescos. En cualquier caso, les deseo un feliz y muy literario 2019.


-

sábado, 15 de diciembre de 2018

CESTAS DE NAVIDAD LIBRESCAS

Así de abigarrados eran los árboles de Navidad
de mi infancia. Sin exceso, hubiese sido menos Navidad.

Guardo muchos recuerdos de las Navidades de mi infancia: el olor del abeto que poníamos en un rincón del comedor -que acababa alfombrado de agujas de pino- y sus deslumbrantes cascadas de guirnaldas (adornos sin duda chillones y desmesurados, pero la época era así); la ilusión inmensa de los paquetes sin abrir (como la fantasía siempre es mejor que la realidad, una vez abiertos nunca contenían exactamente lo que una había deseado); ir a la misa del gallo con mis padres, cuyo principal aliciente era que me permitiesen permanecer despierta hasta horas inauditas y -guinda final de la noche- tomar un "resopón" al regresar a casa; el pintoresco -al menos para mí- desfile de carteros, barrenderos y basureros pidiendo el aguinaldo, con sus correspondientes estampitas (que diría que incluso por aquel entonces ya resultaban "vintage"); y, entre muchas otras maravillas, las cestas de Navidad. Hubo una época en que se mandaban muchísimas cestas. No era necesario ser nadie demasiado importante, tengo la impresión de que bastaba con ocupar cualquier carguito o contar con un puñado de clientes más o menos agradecidos para que al llegar estas fechas a uno le colmasen de obsequios. Claro que cestas las había de todas las categorías y tamaños. Las más decepcionantes, para los niños de la casa, eran las aburridas cajas de vino o champán. Estas nos parecían despreciables. Luego estaban las cestas de medio pelo, que por lo general intentaban disimular con grandes lazos y adornos de espumillón que solo contenían una o dos botellas y -quizás- un turrón y una caja de barquillos. Nos preguntábamos por qué se habrían molestado siquiera. Porque las cestas buenas, buenas, las que hacían que los niños pasásemos toda la tarde saltando excitados a su alrededor (porque, por supuesto, no se podían deshacer hasta la llegada de su destinatario, mi padre) eran las que llevaban un jamón. (Me temo que el entusiasmo me ha llevado a pluralizar, lo cierto es que de estas nunca recibimos más de una, y hasta diría que alguna Navidad llegó a fallar.) Desmontar la cesta, ir descubriendo o desenvolviendo lo que contenía -aparte de los consabidos turrones y polvorones, había cosas que nos parecían el colmo del exotismo, aunque luego no le gustaban a nadie, como las frutas confitadas- era una de las experiencias cumbre de las navidades.




Pero todo eso quedó atrás. Hace ya años que se acabó esa abundancia, ese derroche festivo. Últimamente, escasean hasta los lotes para los empleados, embutidos en sus humildes cajas de cartón. (Y miren, yo que me alegro, porque hay que ver lo que pesaban y lo incómodo que era tener que acarrearlos a casa. Luego encima el vino era malejo y los turrones, de mazapán o de alguno de esos sabores que todo el mundo rechaza.) Aunque observo que, tímidamente, hay quienes intentan recuperar esa tradición, yendo más allá de la consabida cesta llena de cosas de comer y beber -que además se ha convertido en un asunto espinoso, ahora que en cada familia parece haber al menos un vegano, un celíaco y alguien con alergias varias- para sustituirla por otros obsequios. Sin ir más lejos, en la peluquería de mi barrio sortean entre sus clientes una cestas con... productos de peluquería, cómo no: acondicionadores, champús, un secador, una plancha para el pelo, cosas así. Todo para su cabeza, señora. 



Una iniciativa parecida han tenido, conjuntamente, los editores de varios sellos y los propietarios de la librería Tipos infames de Madrid. Como en esta última, además de comprar libros, se pueden degustar vinos, ofrecen una cesta que conjuga ambos. Basta con gastarse un mínimo de 45 euros en libros -eso está hecho, con un par de tomos que te lleves a casa ya lo tienes- para entrar en el sorteo. La idea me parece excelente, el único inconveniente es que se trate de un sorteo, de los que sé por (larga) experiencia que nunca me tocan. Pero me permite fantasear con la noción de que algún día llegue a mi casa una cesta como las de antes, cubierta de lazos y oropeles (las cestas deberían ser canónicas o no ser), de la que saldrían no chorizos ni latas de espárragos -conste que tampoco les haría ascos- sino libros y más libros. Si, encima, resulta que el anónimo benefactor ha acertado con mis gustos lectores, creo que no podría pedir una Navidad mejor. ¿Alguien se anima?


miércoles, 28 de noviembre de 2018

LECTURA DESNATADA


La lectura es un acto neurológicamente complejo, no inscrito por defecto en nuestros circuitos cerebrales, como sí lo están otras facultades humanas, por ejemplo el habla. Saber descifrar los signos escritos requiere un largo adiestramiento, y si por casualidad cambiamos de alfabeto -lo sabe bien todo el que haya estudiado japonés o árabe-, hay que empezar de nuevo. Como dice Maryanne Wolf -investigadora de UCLA- en un reciente artículo publicado en The Guardian, para adquirir esta habilidad los humanos debimos desarrollar, hace unos seis mil años, un nuevo circuito cerebral. Inicialmente un mecanismo muy simple, capaz de descodificar información básica -como el número de cabras que uno había vendido- esta habilidad se fue sofisticando hasta llegar a nuestro elaborado cerebro lector actual. Las investigaciones llevadas a cabo por Wolf muestran que el cerebro lector contribuye al desarrollo de algunos de nuestros procesos intelectuales y afectivos más importante: conocimiento internalizado, razonamiento analógico, inferencia, así como perspectiva, empatía y análisis crítico. Puesto que la mayoría de occidentales estamos alfabetizados desde pequeños y hemos incorporado la lectura a nuestra vida cotidiana, se nos pasa por alto que cada vez que abrimos un libro vamos no sólo a informarnos o a distraernos, sino que estamos llevando a cabo un proceso que involucra muchas otras áreas de nuestro conocimiento.  



Sin embargo, todos sabemos, por experiencia, que el soporte sobre el que leemos afecta a la calidad de la lectura: no se perciben -ni se comprenden, por tanto- de manera igual unas notas garrapateadas sobre un papel cualquiera que el mismo texto impreso en un libro impreso; los que estamos habituados a leer manuscritos (aunque casi nadie escribe ya a mano, la versión no publicada de cualquier obra se sigue llamando así) somos muy conscientes de que esas páginas en formato A4 recién salidas de la impresora tienen menos poder de convicción que los pliegos bien editados y encuadernados en que aspiran a convertirse. Aunque numerosas investigaciones no hubiesen demostrado ya que se lee distinto en pantalla que sobre papel, la experiencia nos dice fehacientemente que no leemos igual en el móvil que en un libro de bolsillo, que leer las noticias en una Tablet o en el periódico en papel es una experiencia distinta. A estas alturas del siglo XXI casi todo el mundo se ha percatado de que recuerda mejor lo que ha leído según sea el soporte en el que lo ha hecho, incluso si no sabemos exactamente por qué. Las investigaciones citadas por Wolf apuntan que al leer en pantalla solemos llevar a cabo lo que los anglosajones llaman "skim reading", es decir, "lectura superficial" o "desnatada" (que me gusta más como idea; ahora que todo es desnatado o light o sin gluten, ¿qué más adecuado que desnatar la lectura también?). Parece que en lugar de leer palabra por palabra y línea por línea, tenemos tendencia a seguir un recorrido en forma de F o de Z por la pantalla, saltando de aquí allá en busca de palabras o expresiones clave que nos den una idea de su contenido. Por citar lo que dice el artículo: "Cuando el cerebro lector lee de esta forma superficial (desnatada), se reduce el tiempo que dedica a los procesos lectores profundos. En otras palabras, no tenemos tiempo para captar la complejidad, entender los sentimientos que quiere expresar el autor o percibir su belleza, y el lector no tiene tiempo de generar sus propios pensamientos a partir de lo leído." 



Una de las consecuencias tal vez más preocupantes de esta nueva modalidad de lectura, inevitablemente cada vez más extendida, dicen, es muchos estudiantes evitan apuntarse a cursos de literatura del XIX y XX porque, acostumbrados a la lectura desnatada,  no tienen la paciencia necesaria para leer esos textos "tan densos" ni, por supuesto, de analizarlos. ¿Será ese -me pregunto- uno de los motivos del declive de las filologías en la Universidad?
No nos queda sino confiar en que, igual que alguna vez esperamos que pase la moda de lo desnatado en la comida -ya se oyen voces que dicen que hay que volver a lo entero-, en la lectura se imponga también la sensatez y comprendamos que hay lugar y momento para todo: para leer desnatadamente en pantalla y para lanzarse hasta las profundidades de un texto en papel. Por mi parte, por si acaso, cuando voy al súper me paso un buen rato ante las neveras, averiguando qué yogures son los que conservan toda su nata. Esos son los buenos. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA GRAN GUERRA: CIEN AÑOS


Hoy es de esos días en que la importancia de la fecha se impone sobre todo lo demás. No importa que haga un día radiante y casi primaveral, en vez de la bruma lluviosa que sería más adecuada; ni que los caminos estén secos en lugar de embarrados, muy distintos del lodazal de Verdún: hoy hace cien años desde que terminó la Gran Guerra -la llamada a acabar con todas la guerras, que luego se reveló como simple primer capítulo de un horror que no estamos seguros de que no vaya a repetirse- y resulta imposible hablar de otra cosa. 
Sus muertos hace tiempo que son polvo; sus lisiados y sus huérfanos han desaparecido ya todos, o casi. Aún así, la memoria de tanta sangre persiste en las sociedades que vieron cómo toda una generación de jóvenes era conducida al matadero. En cada pueblecito francés, por pequeño que sea, hay un monumento a los caídos de la Gran Guerra, sus "enfants", como los llaman con devoción las placas que recuerdan sus nombres. Siempre que viajo por Francia, me detengo a leerlos, dedicando unos segundos a esos jóvenes que dejaron bruscamente de tener un futuro. 






¿Qué otro rastro queda, cuando incluso para sus familias no son más que una foto en sepia en algún álbum olvidado? Seguramente ha llegado el momento de salir al encuentro de ese ejército de espectros, que nos hablan desde las trincheras del Somme, desde los campos de Flandes, desde los Dardanelos o desde las Dolomitas. La literatura es la que rescata a todos estos muertos, los hace vivir de nuevo y muestra a las generaciones que no lo vivieron el absurdo de tanta matanza. Lo que sigue no pretende ser un recuento completo, simplemente unas cuantas sugerencias de lectura,  según me vienen a la memoria, para rendirles homenaje:

-Los que estuvieron allí:  No hay, ya lo sabemos, nada mejor que la experiencia de primera mano.  Quienes lucharon en los frentes, cuidaron a los heridos o guardaron la retaguardia, nos han dejado testimonio de cómo lo vivieron. Robert Graves, en Adiós a todo eso, sin lugar a dudas una de las mejores memorias de la guerra de trincheras; Ernst Jünger, con Tempestades de acero (aunque a mí me hiele la sangre a veces su aparente impasibilidad) o Erich Maria Remarque, que en Sin novedad en el frente se sirve de la ficción para meterse en la piel de un soldado. La guerra no sólo truncó las vidas de los caídos, sino también la de las novias o esposas que les esperaban en casa. Como la de Vera Brittain, que en su Testament of Youth (incomprensiblemente, no hay versión española) deja una de las memorias más conmovedoras de una generación devastada por la guerra. Quizás menos literarios, pero no menos verídicos, son los testimonios -diarios, cartas- recogidos por el sueco Peter Englund en La belleza y el dolor de la batalla.




-Los que dicen los historiadores: Hay numerosos estudios de la Gran Guerra, que detallan sus causas -para un análisis implacable de la torpeza política que llevó a ella, véase el Sonámbulos de Christopher Clark o el intenso y ameno Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (que, por cierto, recibió el Premio Pulitzer)- y no pretendo de ningún modo conocerlos todos. Me limito a recomendar una de los últimas, y tal vez una de los más extensas, monografías sobre este tema: 1914-1918, de David Stevenson, o 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, un historiador que sabe mucho de conflictos bélicos. 

-La verdad de la ficción: Si la ficción, como dice Vargas Llosa en su ensayo sobre Victor Hugo, es "la verdad de las mentiras", no cabe duda de que una de las vías mejores para recuperar el pasado es la ficción. De entre las innumerables novelas que se ocupan de la guerra o sus consecuencias, rescato algunas. Sin duda hay muchas más que merecerían ser mencionadas -y seguro que se me ocurre otra media docena en cuanto publique este post-, pero me limito a hablarles de tres: Regeneración, de Pat Barker -una espléndida escritora que debería ser más conocida-, que nos lleva a un hospital psiquiátrico en 1917, porque a veces las peores heridas no son las que se ven; Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaître, que a través de un humor muy negro nos recuerda que siempre hay quien saca tajada del sufrimiento ajeno; y El regreso del soldado, de Rebecca West, centrada en las secuelas de la guerra, tanto para los que regresan como para quienes les reciben a su vuelta al hogar. 

De esta también hubo película, 
con Glenda Jackson y Julie Christie

Si Quevedo, gracias a los libros "vivía en conversación con los difuntos," y "escuchaba con sus ojos a los muertos",  a nosotros ellos también nos permiten mantener vivo el recuerdo de la Gran Guerra, cien años después. 

domingo, 28 de octubre de 2018

TENER LOS LIBROS A MANO


El único inconveniente de los libros -y no estoy del todo segura de que lo sea- es que ocupan lugar. Tienen volumen y peso, "cuerpo", lo que hace que en cuanto te descuidas llenen estanterías y más estanterías. Si no los tienes sólo de adorno, es decir, si tienes por costumbre leerlos, habrás comprobado que poseen además la irritante costumbre de desparramarse por ahí y aparecer en los lugares menos previsibles, por más que te esfuerces en mantener un orden (sobre el orden de las bibliotecas se ha escrito mucho, también aquí, aunque sin llegar a ninguna conclusión definitiva). Algunos lectores -entre los que me cuento- solemos alternar además diversas lecturas al mismo tiempo, lo que hace que el desbarajuste de libros que andan de acá para allá aumente: tienes una pila de libros junto al sillón, pero el que quieres en ese momento está en el despacho; o has olvidado que el que creías haber puesto en la estantería de "libros pendientes de leer" te lo llevaste ayer para leer en la cama; cuando estás segura de tener determinada obra de un autor -recuerdas incluso en qué balda y junto a qué otros libros estaba-, resulta que en la última reordenación ese libro fue a parar a otra parte de la casa (porque, claro, tienes estanterías en todas las habitaciones, y no siempre es fácil seguirles el rastro). Así, reanudar una lectura a menudo implica diversos viajes y no poco ejercicio de memoria. Para colmo de males, el libro electrónico no ha hecho más que agravar esta confusión: al menos, los libros en papel tienen una apariencia física, dejan huella, mientras que los electrónicos son fantasmas inasibles, que moran en un difuso éter. Confieso que más de una vez me he devanado los sesos tratando de localizar un libro que estaba segura de tener, para comprobar tras mucho buscar y rebuscar que sí, en efecto era mío, pero estaba oculto en mi dispositivo electrónico. A fuer de sincera diré que, a veces, estos aparatos se me antojan más sepulturas de libros que contenedores de ellos: una vez están allí dentro, desaparecen de la faz del mundo y sólo pueden ser invocados, como espectros, mediante un acto de voluntad.

Como fantasmas entre los libros con peso y volumen, 
los libro electrónicos son etéreos

Comoquiera que sea, organizar este gran número de libros en lectura, recién leídos o a punto de serlo es todo un reto. La estantería de "libros pendientes de lectura" -que son simplemente las últimas adquisiciones que una tiene la intención de leer- es una necesidad, aunque son precisas podas periódicas para evitar que crezca con desmesura (los libros que una adquiere tienden a ser siempre muchos más que los que alcanza a leer en un plazo razonable). Lo es también la pila de la mesita de noche, así como otras pilas diversas que se van formando en lugares estratégicos de la casa (fundamentalmente, en todos aquellos sitios donde una se sienta a leer).


¿Habrá forma de racionalizar tanto trajín? Ciertas almas lectoras, sin duda afligidas por el mismo problema, parecen haber dado con una solución que me parece brillante: el carro portalibros. Sí, esos carros que están en todas las bibliotecas públicas, que permiten guardar un número importante de libros y transportarlos sin dificultad. ¿Por qué no adaptar esa idea para uso doméstico? La web Bookriot tiene algunas sugerencias al respecto, cuyo único inconveniente es que las mas bonitas, para mi gusto, son también las más onerosas. Pero ya me veo a mí misma empujando alegremente un carrito de esos por la casa, con todos los libros que están más o menos en danza por fin a mano. 



Tal vez -seguro, más bien- nunca llegue a poseer una de esas bibliotecas de ensueño, con doble piso y escaleras móviles, pero ¿por qué no aspirar a un carrito portalibros? Si no garantiza que logre tener los libros a mano, ¡siempre puedo usarlo como un lugar más donde almacenarlos!

lunes, 8 de octubre de 2018

LOS ESCRITORES Y LA MUERTE


Tal vez sea que -por fin- ha llegado el otoño y con él se barrunta cercano el día de Difuntos, de tantas resonancias literarias. O tal vez simplemente se deba a que hace pocos días leí un artículo en el que se mencionaba la trágica muerte de J. G. Farrell, un autor británico hoy injustamente olvidado (como verán, sigo con mis incursiones en la revista Slightly Foxed, una mina de hallazgos para estas cosas), lo que me ha hecho pensar en otros escritores que encontraron un final inusual. Todos morimos, eso es inevitable, pero se diría que la muerte impresiona más si se produce de determinada manera, como si lo esencial no fuese que, sea como sea, uno deja de existir. Sin duda cada día se producen en el mundo muertes por causas inauditas, absurdas incluso. No obstante, hay que reconocer que hay algo de justicia poética en que un escritor, que pertenece a un gremio dedicado -en parte, al menos- a idear muertes ajenas, tenga una muerte digna de una novela. Recapitulando, me viene a la memoria unos cuantos.

Empecemos por el propio Farrell, que salió de su casa en el oeste de la costa de Irlanda un día de agosto de 1979, en un momento de su vida en que había declarado ser feliz tras varios años de sufrir adversidades, dispuesto a pescar desde su roca favorita. Allí fue arrastrado por una enorme ola, preludio de una tormenta que en los días siguientes hundiría varios barcos. Su cuerpo no se encontró hasta un mes después. Un trágico episodio que recuerda a otro ahogado ilustre anterior en varias décadas, el poeta Percy Bysshe Shelley, que pereció cuando una inesperada tormenta hundió su barco mientras atravesaba el golfo de La Spezia. En el más puro estilo romántico, la tragedia parece haber rodeado a Shelley y su entorno, pues su hijo mayor (fruto de su matrimonio con Harriet, quien a su vez había suicidado), murió fulminado por un rayo en 1826.

El funeral de Shelley, por Louis Édouard Fournier

Los fenómenos atmosféricos fueron también los responsables de la muerte del escritor austrohúngaro  Ödön von Hórvath, cuyo fallecimiento es posiblemente uno de los peores casos de mala suerte que conozco: exiliado en París, una noche de junio una terrible tormenta le pilló en la calle; von Hórvath se refugió bajo un árbol en los Campos Elíseos, con tan mala fortuna que éste, alcanzado por un rayo, se partió y le cayó encima, causándole la muerte. 

Aunque, ¿por qué conformarse con una simple tormenta, si uno puede sucumbir ante la violencia de un volcán? Es lo que le sucedió a Plinio el Viejo, que murió a causa de la erupción del Vesubio, se cree que asfixiado por los gases. Según cuentan -poseemos el testimonio de su sobrino Plinio el Joven-,  a pesar de que se hallaba a bordo de un barco y podía haber escapado, se empeñó en acercarse a la costa para contemplar más de cerca ese fenómeno -no en vano era autor de una monumental Historia Natural - y para intentar socorrer a sus amigos. 

Y luego, cómo no, están las muertes misteriosas, esas que no se sabe si sucedieron o no. En torno a la de Christopher Marlowe, el brillante pero pendenciero dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, que se dice falleció en 1593 de una puñalada en el ojo durante una pelea, se ha fabricado toda una leyenda, que dice que su muerte fue fingida, un simple subterfugio para eludir la persecución de la justicia. La teoría más ingeniosa que recuerdo al respecto es la que sostiene Jim Jarmusch en su película Sólo los amantes sobreviven. Prefiero no desvelar en qué consiste, sólo les diré que es una película que todo amante de la literatura debería ver, así que si aún no lo han hecho, ¿a qué esperan?
De Pushkin, que murió a consecuencia de las heridas recibidas en un duelo, solo podemos decir que en cierto modo se lo buscó. Aunque se dice -posiblemente para incrementar el aura heroica del personaje- que le había manipulado el arma para que no pudiera defenderse.

Todas estas muertes, al fin, tienen un sesgo trágico que les da cierta dignidad. Pero, ¿y lo triste que resulta pasar al otro mundo por un accidente banal? Son esas cosas que pueden arruinar fácilmente la reputación de un escritor. Así, sus adeptos prefieren decir que Tennessee Williams falleció por una sobredosis de barbitúricos -es cierto que hacía generoso uso de ellos- antes que admitir lo que decía el
informe forense: que se atragantó con el tapón de un medicamente que sin duda abrió con los dientes. O la muerte, notablemente poco poética, del poeta sueco Dan Andersson, que murió intoxicado en un hotel de Estocolmo, envenenado por el producto contra las chinches que la empresa había utilizado sin tomar las debidas medidas de precaución. Seguro que cualquiera de ellos habría sido capaz de imaginar una muerte mucho más honrosa en cualquiera de sus obras.