John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 17 de febrero de 2017

MI LIBRERÍA IDEAL

Hatchard's, en Londres

Las redes sociales nos bombardean con listas de todo tipo, la mayoría de ellas absurdas, algunas curiosas y otras más o menos interesantes (según sean los intereses de cada cual, claro). Como bibliómana que soy,  no tengo otro remedio que fijarme en todas aquellas que se refieren al mundo de los libros: las bibliotecas más hermosas, los 10 mejores libros de tal o cual tema/género (ya que estamos, aprovecho para confesar que yo misma incurro a veces en la confección de listas de este tipo, sólo tienen que ir a la web de El Buscalibros si quieren verlas), las librerías más espectaculares o más pintorescas de tal ciudad/tal país/el mundo mundial... No negaré que me guste ver hermosas bibliotecas -aunque muchas aparecen en estas listas más por lo valioso u original de su arquitectura que por su contenido libresco- y por supuesto una agradece que las librerías se encuentren en locales bien iluminados y con una bonita arquitectura. Pero, francamente, no es eso lo que yo le pido a una librería. Se habla mucho de "la muerte de las librerías", de que la compra online está acabando con las librerías físicas. Pero si yo sigo frecuentando librerías, y comprando en ellas, es porque me ofrecen algunos alicientes que internet no es capaz de imitar.
Ante todo, vaya por delante que para mí un "comercio que vende libros" no es automáticamente una librería. Demasiado a menudo algún conocido se queja de que ha ido a buscar tal o cual título en la librería de XXX (póngase aquí el nombre de alguno de esos almacenes de libros que tanto despachan a Proust como unas zapatillas de deporte o un pintalabios) y ha tenido que salir sin él. Mi respuesta, invariablemente, es "Es que eso no es una librería, es un lugar donde venden libros". Una diferencia sutil, pero esencial. Una librería vende libros, faltaría más, pero eso no basta para que uno se cuelgue el cartel de librería. Así pues, ¿qué requisitos debe reunir mi librería ideal? Posiblemente no todos los lectores compartan mis gustos y mis manías, de modo que lo que sigue debe considerarse como una particular carta a los reyes de una lectora voraz.




El más importante: debe ayudarme a hacer descubrimientos. Para mí, eso no quiere decir simplemente exponer en lugar bien visible las últimas novedades editoriales. Eso se da por supuesto. Además, aunque es imposible estar al tanto de todo, si uno sigue unas cuantas revistas literarias y vigila lo que se cuece en las editoriales (algo muy sencillo en estos tiempos de Facebook e Instagram), puede estar razonablemente informado de qué es lo último de tal autor relevante, o de qué nuevos talentos parece que despuntan en el panorama literario. La buena librería -debería decir mejor "el buen librero", en este oficio que depende tanto del criterio personal- debería ayudarme a descubrir lo que yo ignoro que existe o, más importante aún, ayudarme a establecer vínculos entre libros aparentemente inconexos. Más que concentrarse en vender libros, la librería debería hacer propuestas de lectura; cuanto más variadas, mejor. Un magnífico ejemplo de esto podría ser la librería Compagnie de París y sus escaparates temáticos: el librero ofrece al lector un variado ramillete de libros en torno a un tema, que va cambiando cada mes. Allí hay de todo: ensayo, ficción, autores clásico, autores oscuros. De repente, te ves rodeado de obras en las que nunca hubieses pensado a priori y es inevitable que al menos algunas despierten tu curiosidad.


Un escaparate dedicado nada menos que al silencio. Irresistible.

A lo mejor nunca habías pensado en ese tema, pero te parece atractivo; o se trata de un tema que siempre te ha interesado, y te sientes agradecidísima de que alguien haya rebuscado por ti en los catálogos y te ofrezca un ramillete de propuestas. En cualquier caso, un librero capaz de ofrecerme libros que de otro modo hubiesen caído fuera de mi radio de atención tiene garantizada mi gratitud eterna.
También una organización clara, pero no rígida, es muy loable. Si busco un libro concreto, me gusta poder encontrarlo por mis propios medios -sin tener que pedir socorro a nadie-, pero me gusta también que me sorprendan un poco. Digamos, por poner un ejemplo, que dentro de la sección de Biografías hayan establecido un apartado dedicado a obras en torno al Holocausto. Eso me permitirá encontrar lo que busco y tal vez encontrar algo que no sabía que buscaba.
Otro requisito que le hace ganar puntos en mi consideración a una librería es que ofrezca libros tanto nuevos como viejos. Sé que los libreros no tienen ninguna culpa en ello, pero los editores tienen la manía de no reeditar infinidad de obras relevantes. La única manera, entonces, de disponer de un fondo suficientemente rico es recurrir a los libros de segunda mano. A mi modo de ver, eso tiene la ventaja adicional de ofrecer una variedad de diseños, encuadernaciones y texturas (¡y precios!) que sin duda todo bibliómano agradece. Y es asimismo un aliciente para la compra: mientras que de un libro reciente sabemos que, si alguien compra ese ejemplar antes que nosotros, siempre se puede pedir otro, del libro viejo siempre queda la duda de si podremos volver a encontrarlo, por lo que hay que apresurarse a hacerse con él.
Naturalmente, es estupendo si la librería cuenta con algún sillón donde sentarse y hojear los libros, o tal vez un agradable café donde restaurar energías o quedar con un amigo lector. Las actividades como presentaciones, talleres y demás son un motivo para dejarse caer por allí y desde luego ayuda si los libreros son simpáticos y saben su oficio. Aunque, si he de ser sincera, yo a la librería voy por los libros. Lo demás son bonitos añadidos, pero puedo pasar sin ellos si encuentro todo lo demás.
Por suerte para mí, esta librería ideal existe. Es más, tanto en mi propia ciudad como en otras que he visitado, he podido encontrar libreros que saben cómo hacer su trabajo, que es nada más y nada menos que seducir al lector. Sedúzcanme. Si saben hacerlo bien, soy toda suya.

domingo, 5 de febrero de 2017

REFUGIADOS



La literatura no es un lugar donde perderse, es un lugar donde encontrar. A los que pasamos buena parte del tiempo con la nariz metida en un libro se nos acusa a veces de evadirnos, de no estar en contacto con la realidad. Pero sucede lo contrario: gracias a las historias que leemos -historias reales o ficticias, qué mas da- somos capaces de vivir en la piel de otros y de compartir experiencias muy distintas a las nuestras, ya tengan lugar a varios siglos de distancia u hoy mismo, a sólo unos kilómetros de los confortables sofás donde pasamos la tarde leyendo. Así, podemos empatizar con los sentimientos de personas cuya trayectoria vital es tal vez muy distinta a la nuestra. Sabemos que esos "otros" que pueblan los libros podríamos fácilmente ser nosotros.
En momentos como el actual, en que la extrema injusticia se alía perversamente con la ceguera -o la locura- colectiva, quiero creer (déjenme al menos ese magro consuelo) que la literatura es capaz de enseñarnos algo.
Los libros de historia hablan mucho de batallas, de tratados políticos, de estrategias y de alianzas. No tanto (a veces muy poco) de lo que les sucede a las personas corrientes, ni del paisaje después de la matanza. Mientras que la guerra, aunque cruel, tiene su aspecto épico, heroico, las secuelas de la guerra son un tema poco grato. Para los que las sufren, porque preferirían pasar página cuanto antes. Ya que han sobrevivido, buscan mejorar su situación, no permanecer anclados en ella. Para los testigos, porque las pobres gentes que malviven en sótanos o agujeros, los niños harapientos bajo la nieve o las madres de familia que se prostituyen por un pedazo de pan que llevar a casa no son un espectáculo edificante. Y cuando se acaba de pasar una guerra, lo que el público pide son historias que les levanten la moral. No es extraño, por ejemplo, que sobre la inmensa zona devastada que era la Europa de 1944 se haya escrito bastante poco; casi nada, si lo comparamos con los centenares de volúmenes dedicados a la guerra que le dio origen. Una de las obras más esclarecedores en este sentido es Europa en ruinas, una recopilación de testimonios presenciales de los años 1945-1948. Hans Magnus Enzensberger, su seleccionador, justifica en su prólogo la escasez de artículos y estudios contemporáneos sobre el tema: “No solo había quedado devastado el entorno físico, sino también la capacidad de percepción” de los europeos. Hoy, esa incapacidad para tender la mano al que lo necesita, de conmovernos de verdad -que quiere decir hacer algo al respecto- parece haberse apoderado de todo el mundo occidental. Así, que, modestamente, quiero recordar algunos de esos fragmentos escritos en el pasado que nos hablan también del más inmediato presente:




Dice Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:
“El drama de los sin derechos no es que se vean privados de su vida, de su libertad y de la búsqueda de la felicidad, o que carezcan de igualdad ante la ley y de libertad de opinión -fórmulas que se acuñaron para resolver problemas dentro de comunidades determinadas- sino que ya no pertenecen a ninguna comunidad […] Su problema no es que no sean iguales ante la ley, sino que para ellos no hay ley.”

(A Arendt, de orígenes judíos, le fue retirada la nacionalidad alemana por los nazis en 1937 y fue apátrida hasta 1951, en que consiguió la nacionalidad estadounidense.)

Keith Lowe, en Continente salvaje, resume así la situación de los desplazados en Europa en 1945:

"Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. [...] Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos."





Marisa Madieri, por su parte,  recuerda en Verde agua su primera impresión al entrar en el Silos, un antiguo depósito de cereales en el que alojaron a las familias italianas expulsadas de Fiume.


"Entrar en el Silos era como entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio. De los box se elevaban vapores de cocción y olores disparatados, que se unían hasta formar uno intenso, característico, indescriptible, una mezcla dulzona y rancia de olor a sopa, a coles, a fritos, a sudor y a hospital. De día, viendo de la intensa luz exterior, no resultaba fácil acostumbrarse a la débil luz artificial del interior. Sólo al cabo de un rato se distinguían los perfiles de cada box y se daba uno cuenta de la disposición compleja y articulada del tenebroso poblado estratificado y de incesante ir y venir de personas que se movían por sus calles y por sus encrucijadas."



En Nápoles 1944, Norman Lewis cuenta sus experiencias cuando, como miembro del Servicio de Inteligencia británico estuvo destacado en la ciudad devastada:

"Es asombroso presenciar las luchas de esta ciudad tan destrozada, con tanta hambre, tan despojada de todo cuanto justifica la existencia de una ciudad, para adaptarse al hundimiento en unas condicions que parecen de la edad de las tinieblas. La gente acampa como beduinos en desiertos de ladrillo. Escasean los alimentos y el agua y no hay sal ni jabón.  Muchos napolitanos han perdido en los bombardeos cuanto tenían, incluida casi toda la ropa, y he visto por las calles extraños atuendos, como por ejemplo a un hombre con un viejo esmoquin, pantalones bombachos y botas militares y a algunas mujeres con prendas de encaje que podrían haber confeccionado con cortinas."



Nápoles, 1944. Con unos pocos cambios, podría ser Aleppo, 2017

Françoise Frenkel, una judía polaca que fue detenida al intentar cruzar ilegalmente la frontera franco-suiza en 1941, reproduce en su libro de memorias Rien où poser sa tête su conversación con uno de los gendarmes que la custodiaban:

"   --Yo no había visto judíos nunca antes. Son gente como los demás. Pero los que pasan por aquí pretenden cruzar la frontera sin pedir ni siquiera visado. Así que les devolvemos al lugar de donde venían. Y vuelven a intentarlo. Son tozudos como mulas. Entonces los detenemos y los encarcelamos. Desde hace unos meses, todo esto nos da mucho trabajo. Nunca antes habíamos tenido tanto... compréndalo, los judíos tanto nos dan, pero que se queden donde estaban. Con su manía de venir a la frontera, nos obligan a estar movilizados día y noche. Lo digo sin rencor, señora.  
     Tamaña ignorancia rayaba en la inconsciencia. Ni siquiera intenté explicarle los hechos. No hubiese servido de nada."


Basta con sustituir unas situaciones por otras y resulta fácil acercarse al drama que vive ahora mucha gente que, como los europeos hace pocas décadas, se encuentran de pronto despojados de todo y  obligados a dejar su hogar. Que los hijos y nietos de los refugiados de entonces no sean capaces de una mínima empatía con estas personas debería ser un bochorno para todos nosotros. Tan ricos, tan cultos, tan miserables.

sábado, 14 de enero de 2017

CURIOSOS HALLAZGOS EN LA BIBLIOTECA


Sucede a veces que uno se deja cosas dentro de los libros. Yo, hasta ahora, por "cosas" entendía lo que más o menos se están figurando, normalmente aquellos elementos que hemos usado como puntos de libro a falta de algo mejor -billetes de metro, tarjetas de visita, postales, fotos...), o bien  (posibilidad mucho más sugerente) algún documento que uno ha querido esconder a ojos ajenos, como una carta de amor comprometedora, ese poema tonto que escribió una vez y que, releído, le sumió en la más absoluta vergüenza (pero no tuvo el valor de romper), una nota con la combinación de la caja fuerte... Hay gente incluso que guarda fajos de billetes en algún grueso volumen. (Esto último sólo lo recomiendo si se dispone de una biblioteca decididamente vasta, porque no hay ladrón con paciencia para abrir más de 5.000 volúmenes; claro que si se opta por esta solución como alternativa al congelador -me dicen que últimamente a la gente le ha dado por ahí, personalmente a mí no me va mucho lo de recuperar los billetes de banco con olor a palitos de merluza- también conviene tener buena memoria y recordar dónde se ha guardado, o la broma puede salirle cara.) Todo esto está muy bien cuando los libros son los de la propia biblioteca, pero resulta que muchas personas tienen la costumbre de dejarse cosas también en los libros que alquilan en la biblioteca. ¿A quién no le ha ocurrido encontrar en ellos algún legado del lector que le ha precedido? En mi caso al menos, estos hallazgos siempre han sido triviales: una entrada de cine, una lista de la compra, un abono de metro (caducado, por supuesto). Fruslerías. Sin embargo, parece que los profesionales, es decir, los bibliotecarios, encuentran objetos mucho más diversos. Esto lo sé gracias a una encuesta llevada a cabo por la revista Tin House con motivo de la próxima publicación de una novela cuya trama precisamente va de una esposa que le escribe cartas a su marido y luego las esconde en los libros de su biblioteca (no he tenido el gusto de leerla, pero me da cierta mala espina, ¿es que a esta señora no se le había ocurrido la posibilidad de hablar con su marido? ¿o acaso esperaba que el marido tuviese poderes paranormales y acertase en qué libro escondía las cartas?). En fin, decía que estos señores les han preguntado a una serie de bibliotecarios qué era lo más raro que se habían encontrado dentro de un libro y las respuestas son sorprendentes y, según como se mire, preocupantes. Lo que más me ha llamado la atención, porque nunca se me hubiese ocurrido, es la frecuencia con que mencionan cosas de comer: rodajas de mortadela, lonchas de bacon, patatas fritas, galletas, ¡una gamba cocida! o, incluso:

Un taco mejicano, perfectamente conservado y prensado, como si fuese una flor, en el centro de un libro. Era tan delgado que era imposible saber que estaba ahí sin abrir el libro.  (respuesta de una bibliotecaria de Bartow County, Georgia)
Digo yo que el taco estaría tan estupendamente conservado, pero el libro debía de haber sufrido lo suyo en el proceso.



La verdad, ni cuando era una niña se me pasó por la cabeza la posibilidad de emplear el relleno de mi bocadillo como punto de libro. ¿Y no sería preferible comerse la patata frita que usarla para recordar el capítulo en que dejaste la lectura? (Respuesta: si era una de esas patatas de comida rápida, blanduchas y con sabor a grasa mala, tal vez no.) En cuanto a la gamba, eso sí escapa totalmente de mi comprensión.

Del resto de respuestas, hay que destacar también una divertida anécdota del hallazgo de un billete de cien dólares dentro de un libro. Cuando la bibliotecaria llamó a casa de la última persona que lo había tomado prestado, una mujer, limitándose a preguntar si "tal vez se había dejado algo en un libro", el marido (que es quien respondió al teléfono) contestó enseguida: "¿Otra vez ha estado usando billetes como puntos de libro?". Si para esta señora se había convertido en costumbre, las lecturas debían de salirle bastante caras.

Aunque también hay lectores concienzudos, como el de una biblioteca canadiense que devolvió un libro con treinta años de retraso, pero con una amable nota de disculpa en su interior y varios billetes para pagar la multa correspondiente al tiempo transcurrido.


Sea como fuere, a partir de ahora, prometo que seré muy cauta al abrir cualquier libro que proceda de la biblioteca. Quién sabe lo que puede acechar en su interior.

(Animo a los bibliotecarios que se pasen por aquí a dejar constancia de sus experiencias en esto de los hallazgos dentro de libros. Estoy segura de que tendrán más de una anécdota que contar.)


domingo, 8 de enero de 2017

LIBROS 2016


Bien, por fin la primera entrada de 2017. Entre viajes y festividades, llevaba tiempo sin acercarme al blog. Poniéndome al día de lo que cuentan mis blogs amigos, caigo en la cuenta de que la mayoría se han descolgado ya con la casi ineludible lista de lecturas del 2016, "lo mejor del año", o similar. Ya lo he dicho alguna vez -empiezo a sospechar que lo repito cada año-, mi reticencia a llevar un control de lo que leo hace que este tipo de recopilaciones anuales resulten un problema, porque soy incapaz de recordar con exactitud cuándo leí cada cosa. También es culpa del tiempo, que se acelera con la edad -no es figuración mía, lean sino el interesante ensayo de Douwe Draaisma Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores-, haciendo aún más difícil situar los libros en un momento concreto del arco temporal. Está claro, pues, que mi lista no será exhaustiva, ni posiblemente tampoco completa, pero creo que vale la pena citar unas cuantas lecturas que -da igual cuándo- han destacado lo suficiente sobre las demás como para dejar huella en mi recuerdo:
 
Creo que este es un de los libros más citados y más elogiados a lo largo de 2016.  Yo también llegué a él atraída por las constantes recomendaciones  y -al contrario de otros muchos de infausta memoria- no me defraudó. Los relatos de Lucia Berlin tienen algo original, algo salvaje, de alguien que ha vivido intensamente y ha sabido plasmarlo con rabiosa sinceridad. Es una de esas lecturas que no dejan indiferente y que, desde luego, perduran en el recuerdo. Con todo merecimiento, uno de mis libros de 2016.
 
Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout
Por algún motivo (ideas que a una se le meten en la cabeza), asociaba el nombre de esta autora con novelas de esas relamidas y nunca había sentido curiosidad por leerla. Sin embargo, un día me topé por pura casualidad con un capítulo (ni siquiera era el primero) de la serie que lleva el mismo título -protagonizada por la inmensa Frances McDormand- y quedé deslumbrada (aprovecho para recomendar la serie al mismo tiempo que la novela, no sé decir cuál de las dos es mejor). La lectura de la novela en que se basa no hizo más que aumentar mi admiración por la autora, que a partir de ahora forma parte de mi lista de escritores a seguir atentamente. De hecho, ya tengo su Me llamo Lucy Barton en la recámara.
 
Morir en primavera, de Ralf Rothmann
Otro encuentro casual, o quizás no tanto, dada mi afición a los libros que giran en torno a la Segunda Guerra Mundial. Aún así, últimamente andaba yo un tanto harta de productos de segunda clase que se venden aprovechando el tirón del tema bélico. Supongo que lo primero que me gustó es el título, que no puede ser más adecuado. Porque en este libro hay mucha muerte, muchas cosas desagradables, pero, en medio de tanto horror, hay también momentos de calidez y de belleza.
 
La gente del Abismo, de Jack London
¿Qué puede importarnos en 2017 un reportaje sobre los desheredados del Londres de 1901? Bueno, pues para comprobar que, a más de un siglo de distancia, hay muchas cosas que no hemos logrado cambiar. Tal vez ciertas prácticas que menciona London -que se hizo pasar por uno de esos indigentes y vivió como ellos durante un tiempo para escribir su reportaje- han caído en desuso y la miseria no es tan visible, ni tan profunda (¿o sí?), pero el ojo implacable de London sabe poner al descubierto los mecanismo del capitalismo, tan perversos hoy como ayer.
 
Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie
La lectura del opúsculo Todos deberíamos ser feministas me abrió el apetito por la obra de esta escritora nigeriana. Un libro que dice mucho sobre las diferencias culturales, sobre el racismo flagrante y el oculto (ese que todos creemos haber superado), sobre la dificultad de adaptarse a otra cultura y la dificultad de ser mujer.
 
Por último, no puedo evitar incluir en esta lista de libros un cuerpo extraño, una película:
 
 
 
Paterson, de Jim Jarmusch
Aparentemente, la película cuenta una semana en la vida de un conductor de autobús que escribe poesía y que tiene una novia y un perro. La novia pinta y hace muffins, el chico escribe en todos los ratos que le deja libre su oficio de conductor. Nada más. Con estos mimbres, Jarmusch hace una película bellísima, tierna, divertida y, sobre todo, poética. No esperen acción, tiros, ni persecuciones. Pero yo salí del cine con una sonrisa de felicidad que me duró varios días. Que no es poco en los tiempos que corren.
 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

(RE)LEER

Miquel Pairolí (Foto: el Periódico/Click Art)

El diario digital catorze.cat publicaba hace poco un artículo del escritor catalán Miquel Pairolí (1955-2011) que habla de la relectura. Señala este periodista y novelista unos cuantos aspectos dignos de reflexión sobre esta actividad lectora y, suponiendo que a algunos de los visitantes de este blog pueda interesarles también, he optado por traducir varios fragmentos, a los que les he añadido mis comentarios.
Alguien dijo que leer es releer. Me parece que no, que una acción y la otra son sustancialmente distintas y que ambas tienen cualidades y condiciones propias.

No se trata sólo de la distancia que media entre el descubrimiento de un buen libro, que puede provocar sorpresa o emoción, y la familiaridad de la relectura, sino que, dependiendo del tiempo transcurrido entre una y otra lectura, la impresión que nos produce es distinta.
 Puesto que leer es vivir, releer es volver a vivir, y no se trata de un ejercicio inocente. No podemos abordar de nuevo a los 40 años un texto que leímos cuando teníamos 18 sin que la vida y la experiencia contaminen las páginas. El lector ya no es el mismo y por tanto el libro también nos parece distinto.
Dan ganas de subrayar esto: la lectura y la vida son inseparables. Y nuestras lecturas son parte muy importante de nuestra experiencia vital. Tal como explica más adelante Pairolí, a medida que nos adentramos en la relectura, vamos recordando cómo era nuestra vida cuando leímos ese libro por primera vez y van aflorando memorias no sólo de la historia narrada, sino también de nuestra propia historia.
Entonces, cuando ha pasado tanto tiempo, ¿hemos de hablar de relectura o simplemente de lectura? Depende de la memoria de cada cual, pero en muchos casos quien regresa a La cartuja de Parma veinte años después de haberla leído por primera vez no sólo es otra persona, sino que además conserva únicamente una atmósfera, impresiones y escasos detalles de la historia de Fabrizio y de la Sanseverina. Y no hace falta decir que fue el propio Stendhal quien subrayó la importancia de los detalles en literatura. Por lo tanto, aquí no habría que hablar de relectura sino simplemente de lectura.
Es curioso, pero me sucedió exactamente eso y precisamente con esta misma novela. Leí La cartuja hacia los veinte años y nunca había vuelto a ella. En mi memoria -y sospecho que incluso lo debí de citar alguna vez, fiándome de ella- la novela daba comienzo con la escena del campo de batalla de Waterloo, por el que Fabrizio ronda como alma en pena, sin tener ni idea de qué es lo que está pasando en realidad. Bien, pues, cuando no hace mucho lo tuve de nuevo en mis manos, para consultar ese pasaje, me di cuenta de que mi recuerdo se había "comido" los capítulos iniciales, y que en la famosa escena de la batalla pasaban a la vez más y menos cosas de las que yo recordaba. En resumen, que "mi" Cartuja no era del todo la de Stendhal, sino más bien una fabricación propia que yo me había construido a mi gusto en el recuerdo.


El campo de batalla de Waterloo

Cuando la mano envejecida recupera del estante de la biblioteca aquel libro que dejó la mano joven, nunca se sabe qué puede pasar. Se puede reencontrar el placer, ciertamente, bajo una forma u otra, ya sea únicamente el placer de la memoria o el placer de la literatura o ambos, pero también se expone uno a sufrir un disgusto.

William Hazlitt, el eximio ensayista inglés, era de la misma opinión. Según él, releer las obras que uno admiró en su juventud puede resultar una decepción: "El sabor intenso y delicioso, el suave aroma, ha desaparecido y sólo quedan el tallo, la cáscara y la vaina de la literatura." Una postura muy extrema, la de Hazlitt. Sin duda algunas obras pierden brillo con la distancia, pero otras cobran mayor profundidad, porque nuestra experiencia como lectores nos hace capaces de ver en ellas significados que antes se nos escaparon. 
Aunque no pierdas la ilusión de leer, a partir de cierta edad da la impresión de que las mejores fiestas del lector ya son parte del pasado que, de una manera u otra, la mayoría de libros siempre te evocan otros libros.
Muy cierto, pero ser capaces de establecer conexiones entre obras distintas, de diferentes autores y épocas, es parte del placer de habitar el mundo de la ficción. Si antes nuestra actitud era la del descubridor que se adentra en una terra incognita, que continuamente se maravilla ante los nuevos descubrimientos que va haciendo, ahora somos los colonos de ese territorio, empeñados en hacerlo fructificar y sacar de él los mejores rendimientos. Pues, pase el tiempo que pase entre lectura y lectura, lo esencial, las palabras, siguen allí.
Las palabras aun están allí, en la misma disposición precisa y eficaz en que fueron ordenadas por el autor y, si tenemos suerte, volverán a decirnos alguna cosa, pero será una cosa distinta; nos volveremos a emocionar, pero tal vez en otros pasajes, en otros detalles, por otros motivos.
El texto siempre es el mismo, somos nosotros los que hemos cambiado. Los libros seguirán ahí, en espera de otros lectores que los lean y los (re)lean.

jueves, 1 de diciembre de 2016

REGALAR UN LIBRO



Vaya por delante que la avalancha de anuncios que, anticipándose en muchas semanas a las fiestas navideñas, nos invitan machaconamente a comprar, regalar y ante todo consumir, cuanto más mejor, consiguen producirme tal hastío que si por mí fuera, no pisaría un establecimiento comercial en lo que resta de año. El regalo, la dádiva, el gesto desinteresado que es muestra de aprecio, de amor, de amistad no parecen tener nada en común con la fiebre consumista que nos rodea por estas fechas. Para tener valor (recuerden que valor y precio son conceptos distintos), el regalo no ha de buscar contrapartida, ni constituir una obligación. Se regala pensando en darle placer a la persona obsequiada, en proporcionarle, al menos, un rato de felicidad. En este sentido, un libro es el regalo perfecto. Parafraseando lo que decía Julio Cortázar en su  "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj", cuando regalas un libro no regalas un objeto de cartón y papel impreso, sino las horas dichosas que esa lectura brindará a su receptor. No regalas el prestigio de la marca (renombre del autor, premios que le han otorgado), ni el mayor o menor lujo de la encuadernación, regalas algo mucho más valioso: una máquina de generar sentimientos y reflexiones. Por eso, es un error regalar libros que uno no ha leído, porque es degradar al libro a mercancía: has elegido un libro como podrías haber elegido una baratija cualquiera. (Tal como van las cosas, los libros no son especialmente caros; si alguien quiere parecer rumboso, mejor hará comprando un perfume.)


(Vanessa Bell, Amaryllis and Henrietta, 1952)

Regalar un libro es invitar al otro a compartir las emociones que su lectura ha provocado en ti. Es crear un vínculo, una complicidad que con suerte perdurará a través de los años. Nunca olvidas a la persona que te ha regalado un libro que ha sido importante en tu vida. Suelo regalar sólo libros que me han gustado especialmente, que pienso que otros deben también disfrutar y, a menudo, me produce envidia pensar que quien los recibe tiene aun por delante la revelación de la primera lectura. Sobre la importancia de regalar libros habla Robert Macfarlane -viejo conocido de estas páginas, y él mismo un autor que es muy recomendable regalar- en un bello ensayo publicado en la web Lithub y titulado "The Gifts of Reading are Many" (Los regalos de la lectura son numerosos). En él habla de la conmoción que supuso para él recibir el regalo de un libro cuyo título -como en un bucle- es El tiempo de los regalos, el primer volumen de la trilogía de Patrick Leigh Fermor en la que cuenta su portentoso viaje a pie a través de Europa. Si no lo conocen aun, recomiendo vivamente que pidan a alguien que se lo regale, o regálenselo ustedes mismos.* Se harán un inmenso favor. Como dice Macfarlane:

Las consecuencias de un regalo son inciertas en el momento de hacerlo, pero el solo hecho de que haya sido dado libremente lo reviste de un gran potencial, que actuará positivamente sobre el receptor. A causa de la gratitud que experimentamos, y dado que por definición el regalo es una dádiva que se entrega sin obligación alguna, nos inclinamos a aceptarlo con espíritu abierto y con entusiasmo. [...]
 No todos los libros recibidos como regalo son transformadores, desde luego. A veces lo único que el libro le causa al lector es un corte en el dedo. Pero como consecuencia de haber recibido tantos libros extraordinarios a lo largo de los años, ahora yo por mi parte suelo regalar tantos como puedo. Cumpleaños, Navidades... doy libros y casi sólo libros como regalo. Una o dos veces al año, invito a mis alumnos en Cambridge a mi estudio y les dejo escoger dos o tres libros a cada uno de entre los 50 o 60 que he diseminado por el suelo. El placer que les produce escogerlos y su incredulidad ante la idea de que sean gratis me recuerda cuán valiosos eran para mí los libros cuando era estudiante.
No existe, creo, satisfacción mayor que oír de boca de un amigo que le ha encantado el libro que le regalaste. Entonces es cuando el hecho de regalar un libro cobra toda su significación: tú, el dador, sientes como si el regalo te lo hubiesen hecho a ti. Porque, por fortuna, un libro es mucho más que un simple regalo. 

*Inexplicablemente, en estos momentos la edición española de este libro esta fuera de circulación (salvo en formato electrónico), y su precio de segunda mano ha alcanzado cotas notables. ¿Habrá algún valiente editor que se decida a recuperarlo? Venga, sean tan amables y hágannos este regalo.



viernes, 18 de noviembre de 2016

DORMIR ENTRE LIBROS

 
Dudo que haya algún bibliómano al que no le guste dormir rodeado de libros. Están, por supuesto, los amontonados en la mesita de noche -unas pilas que pueden llegar a convertirse en verdaderos Everest. (Aprovecho para mencionar que siempre pongo mala nota a los hoteles en cuya mesita de noche a duras penas cabe un libro. Señores hoteleros, deberían pensar en la gente que lee en la cama.) Ciertamente, hay dormitorios enanos, en los que no cabe una estantería, y también hay quien prefiere el look minimalista y las habitaciones que parecen un monasterio zen, pero si uno tiene -como me pasa a mí- la casa llena de libros, es inevitable que también el dormitorio tenga su librería en cualquier cacho de pared que quede libre.
Una de las razones por las que, Brexit o no Brexit, el Reino Unido va a seguir siendo uno de mis destinos favoritos es porque  -más que ningún otro país que yo conozca- entienden bien esta necesidad bibliómana de rodearse de libros en todas las situaciones posibles. Recientemente, he descubierto unos cuantos lugares que me temo requerirán una nueva visita a ese bendito país. (Y gracias ante todo a Slightly Foxed, que me puso sobre la pista.) Lugares que combinan alojamiento y biblioteca para mayor deleite de sus huéspedes. El primero es la Gladstone Library. Recordarán ustedes a William Gladstone, eminente político inglés del siglo XIX, que fue en cuatro ocasiones Primer Ministro. La reina Victoria -con quien siempre tuvo malas relaciones- le creía loco, aunque tal vez se debía a que era un gran lector. En sus 88 años de vida llegó a leer unos 20.000 libros (lo sabemos porque los anotaba en su diario) y solía pasar horas reordenando su enorme biblioteca, que llegó a albergar 30.000 ejemplares. Consciente de la importancia de acercar la lectura a todo el mundo, hacia el final de su vida Gladstone constituyó una fundación que se haría cargo de su biblioteca y la abriría al público, en especial a las personas que no disponían de medios para acceder a la cultura. Desde el principio, pues, fue una "biblioteca residencial", que acogía a estudiantes y académicos que deseaban consultar sus fondos. Hoy, modernizada y con sus instalaciones puestas al día, es también un confortable hotelito, que tiene el no desdeñable añadido de ofrecer a sus huéspedes una impresionante biblioteca con más de 250.000 ejemplares a su disposición, aunque ellos se definen en su web como "a funny little library in North Wales". La afición británica por el "understatement", sin duda.  Nos informan también de que ofrecen descuentos "para el clero y los estudiantes". Es lo que faltaba para sentirme transportada a una novela de Anthony Trollope


El edificio que alberga la biblioteca

Por muy apetecible que resulte explorar el norte de Gales, lo cierto es que el destino más frecuente, y obvio, cuando se viaja al Reino Unido es su capital. Si uno desea evitar la impersonalidad de los hoteles y al mismo tiempo aprecia los servicios que tal vez no encuentre en una habitación de Airb&b, Londres ofrece la opción de los clubs privados. El que probablemente sea el más nuevo entre ellos se llama Library y está situado en Covent Garden, en el meollo del territorio teatral londinense. Haciendo honor a su nombre, combina las comodidades de un club tradicional con eventos culturales y librescos. Pero, a juzgar por su web, me temo que requiere que sus miembros no sólo sean librescos, sino que deben tener el bolsillo (muy) bien provisto.  Todo muy chic y cool, para mi gusto. Si se prefiere una opción con más solera, recomiendo hacerse socio del University Women's Club, una joya situada en pleno Mayfair. Su biblioteca, además de bien nutrida, es preciosa, igual que sus salones.



No es exactamente dormir rodeado de libros, pero sí con una biblioteca a dos pasos de tu habitación, lo que resulta muy reconfortante. ¡Y un avance notable respecto a cualquier hotel, donde como mucho encuentras una Biblia en la mesita de noche y una máquina expendedora de refrescos en el hall!
La última de las recomendaciones de Slightly Foxed no implica alojamiento, pero es muy, muy libresca. Se trata de la London Library. Tal vez no sea tan famosa como la British Library, pero no le va a la zaga. Fundada en 1841, ofrece 15 millas de estanterías abiertas al público, aparte de un fondo con más de un millón de referencias. Además de cómodas salas para leer y escribir sin ser molestado (¿quizás incluso dar una cabezadita?).


London Library (foto Philip Vile)


Esta biblioteca cuenta entre sus fondos con algunas joyas que le ponen a una los dientes largos. Sin ir más lejos, una primera edición (1850) de David Copperfield, así de bonita:



Su única desventaja: el acceso no es gratuito, se requiere ser socio para disfrutar de estas maravillas.
Consolémonos: dormir, y soñar, no cuesta nada.