John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 30 de mayo de 2018

FANTASMAS EN LOS LIBROS

Ulises intenta, vanamente, atrapar el espíritu de su madre
(Jan Styka, 1902; gracias a El infierno de Barbusse por la ilustración)

Las apariciones de seres fantasmagóricos en las obras de ficción son tan antiguas como la propia literatura, si no más. El propio Ulises hace una visita al reino de los muertos, donde le es dado contemplar el espíritu de su madre, quien le confirma que una vez destruido el cuerpo "sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela por un lado y por otro". Estos espíritus de la Odisea, sin embargo, se hallan confinados en el Hades. Pero la idea de que el alma, en su levedad, puede escapar de los condicionantes de tiempo y espacio a los que estamos atados los mortales es demasiado atractiva como para no ser utilizada. Las leyendas que se cuentan al amor de la lumbre atemorizan desde hace siglos a sus oyentes con historias de muertos que, convertidos en fantasmas, rondan a los vivos exigiendo tal vez venganza, tal vez simplemente volver a una vida que dejaron demasiado pronto. El teatro -basta recordar el fantasma del padre de Hamlet- hizo buen uso de estos seres, que podían aparecer y desvanecerse a voluntad. La novela gótica, tan amante de lo siniestro, de lo oculto, de causar escalofríos, no se quedó atrás. Difícil encontrar una que se precie que no recurriese a ellos. El viento que azota los páramos de Yorkshire envuelve a los fantasmas de Cumbres borrascosas, igual que el desván del internado belga que acoge a la inocente Lucy Snowe de Villette esconde -¿tal vez?- a una monja fantasmal.  

En Villette, la obra de Charlotte Brontë, la protagonista
 ve -o cree ver- el fantasma de una monja


Dickens, poco crédulo en su vida privada -aunque se sintiese atraído por esos fenómenos, curiosidad que le llevó a hacerse socio del London Ghost Club, una de las primeras sociedades para la investigación de lo paranormal, fundada en 1862- comprendía muy bien el interés del público por aquellos seres y escribió uno de los cuentos de fantasmas más famosos -y menos terroríficos, dicho sea de paso- de su época, el Cuento de Navidad en que el avaro Scrooge es atormentado por los fantasmas hasta que decide enmendarse. Dickens no podía evitar ponerle a todo su granito de humor y hasta sus fantasmas tienen un lado cómico.




La popularidad de estas historias, que los victorianos y eduardianos devoraban con fruición, podría parecer paradójica a la luz de los avances tecnológicos de la época. Pero a la vez estos avances -que  los más ignorantes debían de considerar casi mágicos- reforzaban la creencia en mundos paralelos: si era posible, a través de unos golpecitos (código Morse) comunicarse con lugares remotos, ¿por qué no iba a ser posible (como proponían las hermanas Fox, inventoras del espiritismo), comunicarse del mismo modo con los seres del más allá? Si uno puede llevar en el bolsillo el retrato de alguien que vive a miles de kilómetros de distancia, ¿por qué no debería ser factible fotografiar los espíritus de los difuntos? Hoy, tal vez, la creencia en fantasmas es menos común, como menos ubicuas son sus apariciones literarias, aunque eso no sea obstáculo para que muchos lectores sigamos devorando con entusiasmo las inquietantes historias de Sheridan Le Fanu o de M. R. James
Aparte de estos fantasmas, fruto de la imaginación de sus autores, los amantes de los libros viejos creemos en otros, que nos parece palpar entre las páginas amarilleadas de los volúmenes antiguos: como dice Jordi Llavina en un artículo, "poseer un viejo libro significa también mantener relación con el fantasma de sus antiguos propietarios". Son estos unos fantasmas benéficos, que sin duda agradecen que alguien vivo comparta esa lectura que ellos disfrutaron años atrás. Abrir un libro antiguo, tocar las hojas que palparon antes que nosotros los dedos de una señora con crinolina o un caballero de largos mostachos nos proporciona un vínculo con ellos. Se diría que estos lectores ya desaparecidos nos tienden la mano desde el más allá. Decididamente, los fantasmas existen, y están en los libros.  

jueves, 10 de mayo de 2018

¿QUÉ LEES?

(Foto: Rosario Leotta)
Un episodio habitual. Estás tan feliz, sumergida en tu novela, ajena a lo que te rodea, cuando llega alguien y te pregunta: "¿Qué lees?" Casi te parece oir un estrépito de cristales rotos. Tu burbuja ha estallado, te han sacado violentamente del mundo de la ficción para hacerte aterrizar en la áspera realidad. Ahora viene lo peor: responder a la pregunta. A regañadientes -"regañadientes", qué bonita palabra, te dan ganas de morderle en la yugular al preguntón- intentas primero una evasiva -"Nada, una cosa de trabajo"-, confiando en que se conformará con ella. Pero no has sido lo bastante rápida, no has podido ocultar el título y el autor. Preguntas en cascada -"¿Pero no habías leído esta novela?" "Y su obra anterior, ¿te gustó?", "¿No te recuerda mucho a tal otro libro?"-, que contestas lo más lacónicamente posible, tratando al mismo tiempo de no sonar (del todo) desagradable. Al final, tu interlocutor, sin duda cansado de jugar al frontón contra la pared con que te proteges, abandona. O tal vez eres tú la que se va, agarrando bien fuerte el libro contra tu pecho. No sabes bien si lo proteges a él o te proteges a ti. Sientes que la intimidad que habíais establecido el libro y tú ha sido vulnerada. 
El acto de la lectura, esas horas en que el libro te transporta a otras regiones, en que dialogas intensamente con él, es íntimo y privado. Mientras dura, nada hay más importante. Puedes escuchar música mientras cocinas o conduces, pero para la lectura necesitas toda tu atención. No sólo interviene en ella la vista, sino también todos los demás sentidos, atentos a recrear, imaginariamente, los cantos de los pájaros en un jardín, el tacto de la seda de un vestido, los olores de la calle en que transcurre la historia. (Por eso soy tan reticente a los audiolibros. A no ser que les dediques suficiente atención -y entonces, ¿cuál es la ventaja respecto al libro de papel, si no puedes compaginarlo con otras actividades?-, vas a perderte parte de los detalles. Y la clave de las buenas historias está en ellos.)

(Foto: Marc Coetse)
No tengo inconveniente en hablar largo y tendido acerca de los libros que ya leído. Mi relación con ellos ya ha pasado, ya ha quedado establecida y soporta que se la contemple con ecuanimidad, que se la compare con otras, que se la critique, si es necesario. Pero hablar de un libro mientras lo estoy leyendo -y más si es durante el acto de la lectura- me parece una grosería. Como espiar a una pareja de amantes, o -no nos pongamos en exceso líricos- interrumpir una conversación ajena. En esa fase, el libro y yo nos estamos conociendo: él va desgranando su historia,  revelando poco a poco sus recovecos; yo le tomo la temperatura, aprendo a apreciar su tono, me voy haciendo amiga (o no) de sus personajes. No sé aún si congeniaremos. Si será un arrebato pasajero, una amistad para siempre o un "si te he visto, no me acuerdo". Sin embargo, todas las relaciones merecen respeto y a todas hay que dejarles su parcela de privacidad para que se desarrollen.
Es cierto, sentimos curiosidad por saber lo que leen los demás. La visión de otro ser humano con un libro entre las manos despierta en casi todo el mundo el reflejo de averiguar de qué libro se trata. La curiosidad es lícita, pero quien osa interrumpir a un lector merecería ser castigado. La próxima vez, recuerden: miren (con discreción), pero nunca pregunten "¿Qué lees?".

Interrumpir a estos niños enfrascados en su lectura
debería ser delito


jueves, 26 de abril de 2018

EDUARDO MENDOZA, IMPRESCINDIBLE



Como los lectores que frecuentan este blog saben bien, aquí nuestro vicio es la palabra impresa. Hablamos (casi) siempre de libros y de lectura. No es que no apreciemos la música o las artes visuales, todo lo contrario. Pero he de confesar que suelo preferir un artículo que reseña una novela antes que esa misma reseña en formato vídeo, lo mismo que antes leería la propia novela que la escucharía en un audiolibro. Sin despreciar estos otros medios, mi primera inclinación es por lo escrito. Me temo que, entre las cerca de quinientas entradas con que cuenta a día de hoy este blog -que, por cierto, cumplió nada menos que ocho años el pasado 20 de abril- encontrarán muy pocas en las que se mencionen productos audiovisuales. No obstante, los hados, que seguramente conocen mi escasa afición a ver televisión, decidieron -no me cabe duda- llevarme la contraria. Y pusieron en mi camino, en una de esas noches en que una enciende el aparato con intención de apagarlo enseguida, o de buscar una serie o película concreta, un espléndido documental de Emili Manzano sobre Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Mendoza. Si el nombre de Mendoza -un escritor que cuenta con toda mi admiración- fue en el primer momento lo que detuvo mi gesto (ya casi iniciado) de cambiar de canal, el contenido del programa consiguió mantenerme clavada frente a la pantalla durante los 58 minutos de su duración.
Yo les dejo aquí el enlace, recomendándoles vivamente que vayan corriendo a la web de RTVE y vean el documental entero, porque sólo estará disponible (al menos eso advierten ellos mismos) hasta el próximo 8 de mayo. ¿Por qué deben verlo? Respuesta obvia: porque Mendoza es un gran escritor y Manzano un muy buen realizador. Pero, mas allá de esto, porque entre los dos logran contar muy bien cómo se forja un escritor, ya que el documental se centra en los inicios de Mendoza, y nos deja -lamentando que no haya más- tras la publicación de su primera y fulgurante novela, La verdad sobre el caso Savolta


Entre las muchas cosas interesantes que revela este documental se encuentra la historia de la censura previa por la que pasó la novela. Por si alguien no está al corriente, incluso en aquellos tardíos años del franquismo -se publicó en 1975- los libros se sometían a censura. Se suponía que este trámite era voluntario; pero es que, de no someterse a él y obtener así el placet de los censores, los editores se arriesgaban a que, una vez en la calle, la obra fuese prohibida y secuestrada, con el consiguiente quebranto económico. La novela de Mendoza, por avatares editoriales que se explican en el documental, pasó dos veces por manos de los censores. El primero -del que, con su habitual benevolencia, Mendoza dice que "debió de hacer una lectura apresurada"-  opina de ella que es "un novelón estúpido y confuso", sin pies ni cabeza, "escrita por un escritor que no sabe escribir" y lo que le importa es sobre todo que no hay escenas de sexo o referencias políticas que deban ser podadas. Recomendó, eso sí, que se cambiase el título original, que era Los soldados de Cataluña. Un verdadero ejemplo de lector con anteojeras. Sin embargo, unos meses más tarde, un segundo censor hace un diagnóstico absolutamente certero de ella: "El verdadero protagonista de la novela es la ciudad y su compleja humanidad (...) A la trama detectivesca, basada en una rica descripción de los personajes, se suma una buena dosis de humor e ironía, con lo que llega a rozar los límites de la tragicomedia clásica". Curiosamente, este censor dice de la novela casi lo mismo que dirán sus primeros críticos, que la encontrarán magistral (obtuvo el Premio de la Crítica en el año de su publicación). Los censores eran anónimos y sólo sabemos de estos dos que uno era el lector número seis y el otro el lector número cuatro. Pero resulta muy sorprendente ver cómo difieren la opinión de uno y de otro. Parece que, incluso en una tarea como la de censor -que yo siempre me imagino como llevada a cabo por unos señores adustos, tal vez con sotana- había cabida para todo tipo de lectores. Incluso buenos lectores.
Confío en que esta pequeña muestra les haya despertado el apetito. Hay mucho más. Corran, vayan y vean el documental. Incluso si, como yo, son más de libros.

viernes, 6 de abril de 2018

BIBLIOMANCIA


Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida como sortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben). Cuenta su biógrafo, Aelio Espartano, que la profecía que obtuvo rezaba:

¿Quién es aquél que a lo lejos, ornado con ramos de olivo,
lleva objetos sacros?
Conozco el cabello y las barbas canosas del rey Romano
que con sus leyes la primera ciudad fundará,
desde la pequeña Cures y un pobre terruño
enviado a un imperio enorme.
                                            (Eneida, 6, 808-812)

Adriano interpretó -esta vez con acierto- que le estaba reservado un cargo de poder, y poco después era adoptado por Trajano. Esta vez, al menos, Virgilio obró su magia.

El emperador Adriano

Pero tanto Homero como Virgilio eran paganos, y con el establecimiento del cristianismo como religión oficial, la Iglesia no veía con buenos ojos considerar que poseían poderes adivinatorios: eso, en todo caso, sería potestad de las Sagradas escrituras. Y así surgieron las sortes sanctorum, que tenían como fundamento la Biblia. Aunque, dado que antes de  la invención de la imprenta eran raras las Biblias en un solo volumen, para estas sortes solía emplearse alguno de sus libros, generalmente Salmos, Profetas o los Evangelios. Así, en el siglo VII, el emperador Heraclio convocó tres días de ayuno público antes de consultar mediante estas sortes si debía avanzar o retroceder ante los persas. Al parecer, la respuesta fue tan poco comprometida que entendió que debía invernar con su ejército en Albania. (Desde la distancia que nos separa, es inevitable preguntarse qué necesidad había de obligar a todo el mundo a ayunar durante tres días, si el que pedía el consejo era él. Meterse con la dieta de la gente ha sido una manía recurrente a lo largo de la historia.) Ya en la Edad Media, un joven Francisco de Asís que había decidido prescindir de todos los bienes materiales, se resistía sin embargo a abandonar del todo los libros (algo que le honra, decimos); en esa tesitura, recurrió a los Evangelios para que le iluminasen. La respuesta que le dio el evangelio de Marcos (4:11) fue:
A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas
Francisco, Dios sabe porqué, interpretó que no debía tampoco tener libros.

Empeñados en pintarlo con libros. ¿Será que no hizo caso a Marcos?

En fin, que como ven la creencia en que ciertos libros tienen el poder de guiarnos en cualesquiera circunstancias ha tenido una larga vida. Y, como era de esperar, ha sido también utilizado literariamente. Los que hayan leído La piedra lunar, de Wilkie Collins, sin duda recordarán a un simpático personaje, el mayordomo Mr. Betteredge, cuyo libro de cabecera es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, una obra de la que está convencido que posee poderes adivinatorios. Esto da lugar a varias anécdotas realmente graciosas a lo largo de un libro que -a pesar del descabellado argumento que lo sustenta- sigue siendo de deliciosa lectura.

Sustos y misterios en La piedra lunar

Así pues, hay margen para creer que los libros son algo más que páginas y tinta (o bits digitales). Enseñan, divierten, y también son capaces de guiar en momentos de tribulación. Aprovechando que estoy releyendo estos días a Homero, de la mano de la loable iniciativa de El infierno de Barbusse, me dispongo a intentarlo a mi vez. ¿Qué me indicará mi Odisea? Esperemos que el divino Homero no me sugiera que renuncie a los libros. En eso, seguro, no le voy a obedecer.  


martes, 13 de marzo de 2018

LOS ESCRITORES COMO PERSONAJES DE FICCIÓN

Jack London, escritor y hombre de acción
Leía el otro día una entrevista a un escritor en que este se quejaba de que echaba de menos las novelas escritas por autores que ejercían, o habían ejercido, algún otro oficio- además del de escribir-, como Joseph Conrad (que fue capitán de la marina mercante), Jack London (que hizo literalmente de todo: marinero, buscador de oro, vagabundo y mil más) o Franz Kafka (que compaginó la escritura con su empleo en una compañía de seguros). Su argumento iba de este modo: como los escritores suelen acabar escribiendo de lo que conocen, desde que la escritura se ha profesionalizado no paran de aparecer novelas cuyo protagonista es un escritor que, como es natural, poco hace aparte de escribir. Un oficio a priori poco interesante para construir una ficción a su alrededor. Así, tenemos multitud de novelas con un héroe que se limita a luchar contra el miedo a la página en blanco, o a buscar inspiración de diversas maneras, o que -de esto se quejaba sobre todo el entrevistado- no hace otra cosa que permanecer sentado frente a su mesa de trabajo mirando la pared y elucubrando sobre asuntos que, finalmente, al lector le importan un bledo. Es posible que lleve algo de razón, aunque hay escritores que le han sacado un notable partido a estos, en principio, poco auspiciosos personajes. Sin ir más lejos, Stephen King, quien ha mostrado siempre una marcada preferencia por los personajes-escritores. ¿Quién no recuerda al Jack Torrance de El resplandor o al Paul Sheldon de Misery? En su caso, no se puede decir que no les haya sacado partido, porque ambas novelas (además de otros relatos que el lector curioso encontrará reseñados aquí) proporcionan abundantes escalofríos y tensión sin límite.

Así se ha de ver el pobre escritor de Misery, torturado por
su admiradora.

Aunque una cosa es inventarse un personaje de profesión escritor y otra -un paso más allá- tomar a un escritor de verdad (preferiblemente muerto, me temo que la susceptibilidad de los aún vivos no soportaría este tratamiento) y convertirlo en personaje de tu novela. ¿Se puede hacer? Pues sí, se puede. Los escritores que suelen merecer este tratamiento son, hasta donde yo sé, figuras de culto. Es decir, el autor que toma a un compañero de oficio y lo incluye en su novela (y más si es como protagonista) es porque quiere hacerle un homenaje; esto no excluye que se permita deslizar alguna crítica. Nadie es perfecto, ni siquiera los escritores. Por citar un ejemplo famoso, Michael Cunningham utiliza a Virginia Woolf como personaje y eje vertebrador de Las horas. Además, si uno elige a un autor con un estilo marcadamente personal, puede permitirse -en plan lucimiento- imitar incluso su estilo. (Si se hace bien, es un guiño al lector avisado; si no, el asunto puede llevar a la catástrofe. Están avisados.) Uno de los autores que parecen haber conocido más reencarnaciones novelescas es Henry James. Es cierto que entra dentro de los autores de culto -creánme, nunca critiquen a James ante un jamesiano de pro-, pero quién diría que alguien con una vida tan poco novelesca podía ser un personaje de novela. Pues tanto Cólm Toibin, con The Master, como David Lodge, con ¡El autor, el autor! (hablé de esta espléndida obra en otro lugar), le han dedicado novelas.

Henry James
A estas se les ha añadido, recientemente, otra muy recomendable novela "jamesiana", La mecanógrafa de Henry James, de Michiel Heyns. James no es exactamente el protagonista, pero sí la figura central en torno a la que pivotan los demás personajes. Heyns, con una habilidad diabólica, no sólo se permite reproducir el habla jamesiana, sino que -más difícil todavía- hace que la mecanógrafa en cuestión -ella misma gran admiradora del autor- intente imitar el estilo de James, y lo haga, por supuesto, muy mal. Los buenos cantantes suelen decir que una de las cosas más difíciles que hay es desafinar a propósito; imitar mal (a propósito, como en este caso) el estilo de un maestro debe ser igualmente difícil. Heyns ha salido airoso de esta prueba, igual que del reto que supone hurgar en la vida privada de un personaje famoso. No sé, en cambio, si sobrevivirá a la furia que sin duda atraerá sobre él el retrato que hace de otra escritora, la insigne Edith Wharton. Muy divertido, pero no especialmente respetuoso, se lo advierto.
Volviendo a lo que decíamos el principio: ¿son o no son los escritores unos buenos personajes de ficción? A la luz de estos ejemplos, parece claro que, si caen en buenas manos, pueden ser extraordinarios. La habilidad, como se puede comprobar, está en el que escribe, no en su sujeto.

lunes, 26 de febrero de 2018

BIBLIOMEMORIAS


Se diría que en esta era de selfies y de airear las intimidades en las redes sociales, el escritor cada vez tiene menos inconveniente en revelarse ante sus lectores. Desde hace ya unos cuantos años el yo del autor va colonizando todos los géneros. Está claro: la autoficción ha llegado para quedarse. Novelas y relatos de grandes ventas como los de Rachel Cusk, Karl Ove Knausgard o Lucia Berlin se mueven en este territorio. Más cerca de nosotros, las obras de Javier Cercas tienen a menudo un innegable contenido autobiográfico. Los libros de viajes, por supuesto, ya llevaban incluida la experiencia del autor desde el principio, pero es que ahora hasta las biografías tienden a mezclar alegremente la vida del biografiado con los avatares del biógrafo mientras anda empeñado en investigar a su sujeto. Y no es que tenga nada en contra: el resultado es a veces espléndido, como demuestra Richard Holmes en su maravilloso Huellas. Tras los pasos de los románticos, o el Limónov de  Emmanuel Carrère.  Era inevitable, pues, que esta tendencia llegase también a los libros sobre libros. En tiempos pasados, el que quería dejar huella de sus lecturas hacía una reseña; si se trataba de un crítico o un novelista de cierto peso, estos artículos se reunían a veces en un volumen. La distancia con la que el reseñista trata los libros es desde luego variable: desde los que intentan emitir una opinión lo más objetiva y fundamentada posible hasta los que incluyen reflexiones personales. Pero un volumen de reseñas es una cosa y las bibliomemorias, otra distinta. Permítanme que tome prestada la definición de este género que hizo Joan Didion (otra insigne cultivadora de la autoficción) en un artículo publicado en 2014. Según ella, la bibliomemoria vendría a ser “una subespecie de literatura que combina la crítica y la biografía con el tono íntimo y confesional de la autobiografía". En los útlimos tiempos, los anglosajones, que nunca han tenido demasiado empacho en desnudar su vida privada en público (tradicionalmente, los autores meridionales han sido menos proclives a dejar memorias, diarios o autobiografías) se han lanzado a esta nueva modalidad literaria que, para deleite de los aficionados a los libros, explora la relación simbiótica entre vida y lectura.


Así pues, en las librerías empiezan a abundar obras que hablan de lecturas, de cómo los autores han las han percibido y de cómo esos libros se han entremezclado con su vida. Tal como dice Alberto Manguel en Mientras embalo mi biblioteca, "Mi biblioteca constituye una especie de autobiografía con múltiples niveles, en la que cada libro conserva el momento en que lo leí por primera vez".  A veces estas bibliomemorias surgen de un incidente particular en la vida  de uno, como pueda ser el tener que trasladar la biblioteca, o una enfermedad (propia o ajena; Will Schwalbe, en The End of Your Life Bookclub, detalla cómo leer libros juntos le acercó a su madre durante su enfermedad terminal). En otras ocasiones, surge de algún tipo de reto personal: The Year of Reading Proust, de Phyllis Rose (que también es una insigne biógrafa) da cuenta del año que pasó leyendo el ciclo proustiano, y de lo que esta lectura le aportó; por su parte, Rebecca Mead, con My Life in Middlemarch, toma la obra de George Eliot (y su obsesión con ella) como centro de su libro. O, curiosamente, de una catástrofe libresca: tras un divorcio, Rick Gekoski se encontró con que su biblioteca se quedaba en casa de su exmujer (que, por supuesto, no tenía intención de dejarle recuperar ninguno de los volúmenes). Pero, como reflexiona en Outside of a Dog: A Bibliomemoir, e dio cuenta de que los libros físicos no eran imprescindibles, pues "soy inconcebible sin mis libros. No me los pueden quitar, están dentro de mí, son lo que soy". Así que dedica esta bibliomemoria a contarnos qué libros han hecho de él la persona que hoy es y cómo lo han hecho.




Me viene a veces a la cabeza este género cuando observo los retos de lectura que proponen algunos blogs. Francamente, no siento demasiado interés por saber quién ha alcanzado la meta fijada en el reto, me gustaría mucho más conocer cómo esas lecturas han condicionado su vida. Pues es innegable que leer nos cambia.  
Sospecho que la fascinación que me producen las bibliomemorias es análoga a la curiosidad que siento cuando veo a alguien leyendo en el metro, o al impulso que me lleva, cuando entro en una casa desconocida, a husmear en su biblioteca. Si las lecturas nos forman -de eso no tenemos la más mínima duda-, saber qué libros ha leído una persona es un gran paso para empezar a conocerla. Y las bibliomemorias subrayan otra verdad incontestable: cada lector hace suyo el libro a su modo. Esas páginas impresas, siempre iguales mientras están cerradas, adquieren una nueva identidad con cada nuevo lector. Larga vida, pues, a las bibliomemorias. Ahora solo falta que lleguen al mercado en español, ya sea porque los editores se decidan a traducir alguna de las muchas que abundan en otros territorios, o porque los autores locales se lancen a escribirlas. ¿A qué esperan, bibliomemorialistas?

lunes, 5 de febrero de 2018

LOS TRENES Y LA LECTURA



Una de las mayores ventajas de viajar en tren es que nos brinda un rato propicio a la relajación y a olvidarnos del resto del mundo (o así era, al menos, antes del advenimiento de los móviles). Mientras nos hallamos en tránsito, ni aquí ni allí, cómodamente arrellanados en nuestra butaca, podemos decidir en qué vamos a emplear ese espacio de tiempo vacío: dormitar, admirar el paisaje, hacer crucigramas o sumirnos en la lectura. Diríase que la alternativa de darle palique a los otros viajeros, ese recurso tan utilizado en las novelas, ha caído en desuso, junto con la tradicional fiambrera y chorizo del pueblo que ya nadie lleva consigo. Es más, ahora que tantas de nuestras ciudades están unidas por cómodos y raudos AVE, corremos el riesgo de llegar a nuestro destino sin haber podido terminar el crucigrama. 
Antes de la era del ferrocarril -un par de fechas para que se sitúen: en Gran Bretaña, la primera línea regular de pasajeros, entre Liverpool y Manchester, se inauguró en 1830; en España, el primer trayecto en tren (Barcelona-Mataró) se realizó en 1848- tanto confort era impensable. Los coches de caballos, las diligencias o las tartanas, el transporte terrestre más habitual, transitaban por caminos irregulares y, a menudo, en muy mal estado, de modo que los sufridos viajeros, zarandeados durante todo el trayecto, se conformaban con no llegar del todo molidos. Por supuesto, nada de leer durante el viaje, el bamboleo lo hacía inviable. El ferrocarril, pues, abrió nuevos horizontes. No sólo trajo una inusitada libertad de movimientos -el duque de Wellington manifestó su preocupación de que los trenes "animarían a las clases bajas a deambular sin objetivo fijo por todo el país"; ¡si nos viera ahora!-, sino que inauguró una nueva tendencia: leer en el tren. George Routledge, un editor con mucha vista, decidió explotar este filón creando una "Railway Library", libros baratos, de tapa blanda, que se podían adquirir a precios módicos en las propias estaciones (los quioscos donde se vendían eran propiedad de otro emprendedor comerciante, W. H. Smith, que con ellos puso los cimientos de un imperio en la venta de libros que ha perdurado hasta nuestros días).

El dibujo de la portada no deja lugar a dudas.
Ahí está todo: las vías, el tren, e incluso el quiosco



Con el tiempo, la presentación de estos volúmenes se fue 
sofisticando. Este último es de 1893.

Una idea brillante, que conquistó de inmediato al público. Al principio se limitaba a ofrecer novelas ya populares -sólo que a precios asequibles-, como las de Bulwer-Lytton (¿recuerdan Los últimos días de Pompeya?), pero el éxito pronto le llevó a ampliar su selección. En las estaciones se podía encontrar de todo, desde los poemas de Lord Byron hasta ediciones baratas de Shakespeare, junto a novelitas románticas o góticas. Durante un periodo de cincuenta años, se publicaron más de mil doscientos títulos en este formato. A las novelas tradicionales se les añadieron las selecciones de textos creadas específicamente para leer en el tren, como The Railway Anecdote Book (aparecido en 1850) o las Selections in Prose and Verse and Readings for Railways, de Leigh Hunt (1854). Además, la popularización del ferrocarril trajo consigo otro tipo de publicaciones, menos previsibles. Para disfrutar de la libertad que proporcionaba este nuevo medio de transporte, los viajeros debían aceptar una limitación: había que atenerse a unos horarios. Los de las diligencias eran, por necesidad, aproximados. Era imposible saber exactamente cuánto iba a durar el trayecto y, así, los folletos que los anunciaban estaban llenos de vaguedades como "el viaje dura unos dos días" o "la llegada será, Dios mediante, antes de la puesta del sol"... Con los trenes, en cambio, los horarios fijos se volvieron esenciales. Como esencial era que todas las localidades emplearan los mismos parámetros temporales, cosa que antes no sucedía: cada localidad se regía por la hora solar, que variaba según ésta se encontrase más al este o al oeste. Finalmente, hubo que llegar al acuerdo de que todos los trenes adoptarían el horario de Londres (aunque hasta 1884 no se pactó en una conferencia internacional en Washington que el de Greenwich se convertiría en el meridiano cero). En consecuencia, para que los viajeros estuviesen avisados y supiesen a qué atenerse, comenzaron a aparecer horarios de trenes impresos. En 1840 se publicaron los primeros y, pocos años después, casi todos los hogares de clase media disponían de un ejemplar del famoso Bradshaw's.




La importancia de estas relaciones de horarios queda patente en la frecuencia con que las novelas de la época hacen referencia a ellos. Si leen con atención el Drácula de Bram Stoker (publicado en 1897), verán como Mina Harker -paradigma de la mujer moderna- es admirada por sus compañeros por su conocimiento de dichos horarios, cuyo estudio le permite además resolver algunos de los problemas de la trama. El doctor Watson, el ayudante de Sherlock Holmes, también es un buen conocedor de estos horarios y ambos investigadores utilizan con frecuencia el tren para realizar sus pesquisas.
Desde entonces, la relación de los trenes con la literatura ha sido siempre abundante. Sin rompernos la cabeza, podemos citar al menos una docena de obras que transcurren en un tren o en las que los trenes juegan un papel relevante, desde Extraños en un tren de Patricia Highsmith a Humo de Turgénev; de Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, a El viejo expreso de la Patagonia, de Paul Theroux, sin olvidar, claro, a Anna Karénina. El tren nos transporta, así, en más de un sentido. ¿Habrá algo más libresco que leer una novela sobre trenes en un tren?