John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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jueves, 1 de enero de 2015

2014: LIBROS QUE SALIERON A MI ENCUENTRO


 
Finalizado el año, a todos nos da por hacer balance. En el caso de los blogueros bibliómanos, es casi inevitable hacer un recuento de las lecturas del año, de los libros que más han gustado, de los descubrimientos literarios o -si el año se ha dado particularmente mal- de las decepciones librescas. Me resulta muy entretenido fisgar en las largas listas de los demás pero, como ya dije en ocasiones anteriores, soy malísima para llevar este tipo de cuentas, de modo que ni sé a ciencia cierta cuántos libros he leído durante el año ni -por lo que se refiere a los que recuerdo- soy capaz de situar con precisión en qué momento lo hice. Es verdad que algunos, los menos, han ido saliendo en este blog, aunque eso no quiere decir que no haya leído otras muchas obras que me gustaron y no encontré el tiempo o el pretexto para traerlas por aquí. 
Así, desecho por imposible la idea de hacer una lista o una selección. Pero, rebuscando en mi memoria, se me ocurre que sí vale la pena mencionar ciertos libros que llegaron a mí por caminos inesperados. Porque está muy bien hacerte con la obra más reciente de un autor que admiras o comprarte esa novela que tanto te han recomendado. Satisfacción casi asegurada. Ideal. Sin embargo, aún mejor es cuando salta la sorpresa, cuando ese libro que coges por casualidad, distraídamente y sin mayores expectativas, resulta ser una lectura estupenda. Y, aunque no sean frecuentes, algunas de esas han habido en 2014. Libros que no busqué, sino que salieron a mi encuentro.
 
 
Estaba en la biblioteca buscando algo muy concreto, que por supuesto no encontré (¿por qué será que ese libro que uno necesita siempre parece estar prestado?). Acabé llevándome este por dos razones. La primera, banal, porque estaba en el mismo estante donde debería haber estado la obra que buscaba y me gustó el título; la segunda, más sólida, porque soy gran admiradora del Vargas Llosa crítico literario (también del novelista, aunque no de todas sus novelas por igual, algunas me han decepcionado bastante). Iba con prisas y ni siquiera me paré a leer de qué iba (la portada hubiera podido darme algún indicio, pero debía estar torpe ese día y no hice la conexión). De modo que mi deleite fue doble cuando, al comenzar su lectura advertí que era ni más menos que un análisis de Los miserables de Victor Hugo. Un gran escritor hablando de otro gran escritor, y diseccionando los mecanismos que hacen su novela tan irresistible. Me pareció, más que un estudio crítico notable -que lo es- uno de los más perceptivos análisis de cómo crear un mundo ficticio. De esos libros que todo aspirante a escritor debería leer.
 
 
A principios de julio, durante una breve escapada a Madrid, andaba yo deambulando por la plaza de Santa Bárbara cuando me encontré con una pequeña pero coqueta y estupenda librería de viejo. Me gustó tanto que, entretenida en husmear su variado e interesante fondo (a pesar de las reducidas dimensiones del local, toda una proeza), un poco más y llego tarde a mi cita. Muchas cosas me tentaban, pero como no era cosa de ir cargada, opté por comprar un solo libro, algo para leer en el tren de vuelta. A ciegas, me decidí por Los imperfeccionistas -de nuevo creo que me dejé llevar por el título- y resultó ser la elección ideal. Seguramente, de haber trabajado yo alguna vez en un periódico, lo hubiese disfrutado aún más, porque parece lleno de guiños internos que sin duda hacen las delicias de la profesión. Es algo así como la historia de un diario -trasunto del ya legendario International Herald Tribune- y de la variada fauna que trabaja en su redacción. Una novela ágil, divertida y llena de tipos humanos curiosos y de anécdotas (con el aliciente añadido de que da la impresión de que muchas de ellas deben basarse en hechos reales).
 
 
 
Seguro que se trata de un prejuicio estúpido, pero suelo desconfiar de los libros escritos a cuatro manos. Por eso, aunque es verdad que había oído hablar bien de Rosa Ribas, este libro no estaba para nada en mi lista de lecturas. El caso es que uno de esos domingos los libreros locales montaron una mini-feria del libro en una de las plazas de mi barrio. Me acerqué por allí más que nada por husmear y de hecho estaba sobre todo interesada en ver si encontraba algo para mí en el tenderete de la librería inglesa.  Pero mira por dónde este libro estaba muy a la vista en el tenderete de al lado, entre una serie de volúmenes al tentador precio de 2 euros y acabé por dejarme tentar. Acierto total (y un prejuicio más que queda desmontado). Me encantó la sugestiva recreación de la Barcelona de los años cincuenta -en la que quise ver ecos del Nada de Carmen Laforet-, que una de las investigadoras sea una filóloga y que la resolución del caso gire en torno al uso del lenguaje. Una atractiva combinación que me ganó del todo.
 
 
Sospecho que estos libros, que no busqué, me estaban esperando. Espero que este 2015 me depare al menos otros tantos afortunados encuentros. Y lo mismo les deseo a todos mis lectores. ¡Que tengan un buen año de lecturas!

viernes, 11 de julio de 2014

PLUMA Y PINCEL

En el terreno artístico, no es corriente que quien es sobresaliente en un campo -por ejemplo, en la pintura- lo sea en otro -por ejemplo en la música, o en la literatura-. Quién sabe porqué, quizás es que para destacar en cualquier arte son necesarias muchas horas de trabajo, y si ya cuesta encontrar tiempo para volcarse en una, no digamos en dos. Pero quien posee inclinaciones artísticas a menudo se siente tentado de emprender otras disciplinas. Aunque sea sólo como hobby.  
Encontramos así pintores que escriben (me viene a la mente Miguel Ángel, que escribía poemas, seguro que hay más). Pero lo que se da con mayor frecuencia son escritores que pintan. Mejor o peor, con mayor o menor asiduidad. Algunos, incluso, francamente bien. Aunque sigan considerándose, por encima de todo, escritores.
 
 
Goethe, Paisaje costero italiano
Goethe, muy aficionado al dibujo, gustaba de ilustrar lo que encontraba en sus viajes.
 
 
 
 
 
Menos sereno que el alemán, como buen romántico a Victor Hugo le iban más los paisajes dramáticos e incluso alucinatorios.



William Blake, Ilustración para la "Divina Comedia"
Otro romántico, William Blake, es casi tan reputado por sus obras pictóricas como por sus poemas.




 Jean Cocteau, un artista con muchas facetas, pasaba de la escritura al cine y de éste a la pintura aparentemente con igual facilidad.



Aldous Huxley, "La siesta de Maria Nys Huxley"
 
Al británico Aldous Huxley tampoco se le daba mal andar con el pincel.





Su colega alemán Hermann Hesse era un gran aficionado a la pintura. De hecho, lo que comenzó como terapia durante un periodo depresivo, se convirtió pronto en una verdadera pasión:

"De toda esa desolación, que a menudo se tornaba insufrible, encontré mi propia manera de escapar a través de algo que no había hecho antes: empecé a dibujar y a pintar. Si mis obras tienen algún valor objetivo no tiene importancia; para mí, es una nueva forma de sumergirme en el solaz del arte, algo que con la escritura apenas conseguía ya."


Federico García Lorca, "El beso" (1925)

Federico García Lorca fue otro artista polifacético. Además de la poesía y el teatro, se interesaba por la música y el dibujo. Parece que llegó a decirle a un amigo (Juan Marinello): "Soy mucho mejor pintor que poeta, sólo que me ha dado por hacer versos". 





Las acuarelas de Henry Miller, como sus libros, están llenas de color y alegría de vivir.

Sin duda la mayoría encontraron así otra vía para plasmar su mundo creativo. Lo importante, ya saben, no es el medio, sino la mirada del artista para captar el mundo.

[elaborado con información de la web Melville House.]

martes, 28 de enero de 2014

AUTORES Y NARRADORES


Permítanme que comience con una obviedad: los libros inteligentes hacen pensar. Avivan el seso, por emplear la expresión consagrada por Jorge Manrique. Hay libros que producen en el lector la grata impresión de que las sinapsis entre sus neuronas funcionan a una velocidad y por unos circuitos inusuales. A menudo descubre uno en este tipo de obras frases  o párrafos que producen el efecto de un descubrimiento: vislumbramos un territorio nuevo que antes estaba oculto a nuestros ojos; otras veces, no es tanto la novedad de la idea como la claridad con que está expresada lo que despierta nuestro entusiasmo: ya lo habíamos pensado, ya lo sabíamos, pero no hubiéramos sido capaces de formularlo de este modo.
La lectura del ensayo de Mario Vargas Llosa sobre Los Miserables de Victor Hugo -La tentación de lo imposible, del que ya hablé hace poco aquí mismo-  está siendo para mí uno de esos libros llenos de este tipo de descubrimientos. Veamos por ejemplo esta perfecta definición de la función del narrador:

" El narrador de una novela no es nunca el autor, aunque tome su nombre y use su biografía. [...] La invención primera que lleva a cabo el autor de una novela es siempre el narrador, sea éste un narrador impersonal que narra desde una tercera persona o un narrador-personaje, implicado en la acción, que relata desde un yo. Este personaje es siempre el más delicado de crear, pues de la oportunidad con que este maestro de ceremonias salga o entre en la historia, del lugar y momento en que se coloque para narrar, del nivel de realidad que elija para referir un episodio, de los datos que ofrezca u oculte, y del tiempo que dedique a cada persona, hecho, sitio, dependerá exclusivamente la verdad o la mentira, la riqueza o pobreza de lo que cuente.
[...]
El narrador no es nunca el autor porque éste es un hombre libre y aquél se mueve dentro de las reglas y límites que éste le fija. El autor puede elegir, con soberanía envidiable, la naturaleza de las reglas; el narrador sólo puede moverse dentro de ellas y su existencia, su ser, son estas reglas hechas lenguaje."


El narrador no es el autor. Obvio, ¿verdad? Pero de tan evidente, la mayoría de la gente lo olvida e incluso los propios autores muchas veces no son conscientes de ese "personaje" que están creando en su narrador. Vargas Llosa habla en este caso de la novela, donde esta invención es más deliberada. Pero, continuando con su impecable razonamiento, ¿no ocurre lo mismo en cualquier texto literario? Por supuesto en la autobiografía, ese género que juega al escondite más que ningún otro. ¿O acaso creían que el "yo" que narra El mundo de ayer. Memorias de un europeo es  realmente su autor, Stefan Zweig? Conste que cito estas memorias al azar, porque me parecen un texto literario excelente. Pero su verdad es sólo en parte la verdad del autor: el narrador  tras el que éste se ha ocultado tiene como misión abrir unas puertas y cerrar otras, iluminar unos episodios y callar otros. Zweig maneja a su narrador con maestría y por eso los lectores creemos aún más en la veracidad de lo narrado. Pero no es la verdad, sino una visión de la verdad. Es distinto.

Zweig se disculpa ante una señorita
por no poder acudir a la cita que ésta
le proponía. ¿Habla el autor o el narrador?
 
Sin ir más lejos, lo mismo ocurre en este blog. Esa voz que les cuenta acerca de sus lecturas y de sus andanzas librescas no es -siento defraudarles- la autora, sino su narradora. Aunque ella finja lo contrario -pues el primer deber de todo narrador que se precie es conseguir credibilidad ante sus lectores-, es sólo un instrumento de su autora. Que, como cualquier escritor, maneja los hilos y muestra sólo lo que desea. No se fíen de ella, se lo advierto. ¿Quién sabe qué oscuros secretos esconde?

martes, 21 de enero de 2014

LAS COINCIDENCIAS Y LA LECTURA

Victor Hugo
Una de las cosas buenas de no tener un programa de lecturas, ni una lista -al menos, no una establecida como tal, aunque sí infinidad de libros en el montón de "pendientes"- es la libertad de dejarse llevar por impulsos, pálpitos y coincidencias. Como cualquiera con una mínima curiosidad intelectual sabe bien, un libro lleva a otro. Tal novela te sumerge en, digamos, un país del que lo ignoras todo; inevitablemente, a continuación sientes ganas de ampliar tus conocimientos sobre ese territorio que tanto te ha fascinado. En una biografía de determinado personaje hace una aparición fugaz algún otro carácter que llama tu atención; te quedas con el radar puesto y -oh casualidad- a los pocos días ves por ahí un libro que trata sobre él. Por supuesto, tienes que leerlo. Y así sucesivamente: las lecturas van siguiendo unos meandros a menudo intrigantes. De la manera más inesperada, surgen conexiones entre lo que has leído aquí y allí.
Apenas me había internado en el interesante y perspicaz ensayo -como todas sus obras de crítica literaria- que Mario Vargas Llosa le dedica a Los Miserables, titulado La tentación de lo imposible, cuando caí en la cuenta de me encontraba ante una casualidad que me parece casi mágica (conste que soy de un racionalismo feroz, casi impermeable a cualquier sospecha de intervención sobrenatural): resulta que dos de los gigantes absolutos de las letras del siglo XIX francés -y por extensión, europeo-, Alexandre Dumas y Victor Hugo son hijos de generales de Napoleón. No me digan que no causa asombro.
 
 
Del padre del primero, el "tercer Alexandre Dumas" y de su colorida y accidentada vida hablé en este mismo foro al referirme a la biografía de Tom Reiss, The Black Count: hijo de una esclava negra y de un terrateniente francés, brillante espadachín y cortesano, fue también un combatiente audaz que ganó importantes batallas para Napoleón, para caer luego en desgracia y sufrir injusta prisión durante varios años, lo que le conduciría a una temprana muerte. Del segundo, Léopold Hugo, confieso que no había oído hablar nunca. Lo que no deja de ser curioso, puesto que acompañó a José I a España, donde entre otros cargos ocupó el de gobernador de las provincias centrales y persiguió de forma implacable a los guerrilleros de El Empecinado. De esta vinculación con España le viene a su famoso hijo Victor su conocimiento de nuestro país. De hecho, Victor Hugo estudió durante un tiempo en un colegio regentado por padres escolapios en la calle Hortaleza de Madrid. Nos dice Vargas Llosa que "en este tétrico internado, afirmaría más tarde, pasó frío, hambre y tuvo muchas peleas con sus compañeros. Pero en esos meses aprendió cosas sobre España y la lengua española que lo acompañaron el resto de su vida y fertilizaron de manera notable su inventiva". Más adelante, utilizaría la lengua española para camuflar ante ojos ajenos las detalladas notas que llevaba sobre sus proezas sexuales. De tal palo, tal astilla, supongo. Porque Léopold tampoco era un prodigio de castidad. De él he podido saber que se trajo a España desde Nápoles a su amante, Catherine Thomas, con quien se exhibía públicamente en el Paseo del Prado (algo que provocó las recriminaciones de José Bonaparte).
 
 
En cualquier caso, con sus similitudes y sus diferencias -los destinos de ambos generales fueron distintos-, todo esto da pie para concluir que tanto Dumas como Hugo han de deberle parte de su brío, de su fecunda imaginación y de su mirada sobre el mundo a estos dos padres que, ellos sí, vivieron en persona los lances que sus descendientes recrearían sobre el papel.
Por supuesto, era inevitable que de aquí saliesen más lecturas. Estoy pues ahora dedicada a explorar la fascinante época que produjo a personajes tan singulares. Empezando por uno que no luchó de forma abierta en el campo de batalla, sino solapadamente, en la sombra, en la política y la diplomacia: Joseph Fouché, magistralmente revivido por la pluma de Stefan Zweig. Promete ser sólo la primera de muchas lecturas interesantes.