John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 21 de noviembre de 2017

POSTURAS PARA LEER

(Ilustración de David Hettinger)

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra. 
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)

Audrey también intentó adoptar la postura perfecta, 
pero vean lo que pasó... No diré nada de las gafas de sol.

Pero, es verdad, según sean las circunstancias, adoptamos posturas de lectura distintas. No lees igual en la biblioteca que en el metro o en el salón de tu casa. Una intrépida lector adepta de la metodología científica ha intentado comprobar empíricamente qué postura le permitía pasar más tiempo leyendo. Anoto a continuación algunos de los resultados que obtuvo:

-La mejor posición; sentada en un banco del parque. Tiempo de lectura: 48 min, 6 s. Observa además que le resulta agradable el ruido de fondo y el aire libre. Aunque tiene sus desventajas, que también anota: hay días en que hace frío, los bancos no son demasiado confortables, hay insectos y una paloma la miraba de forma rara (y digo yo, ¿seguro que estaba concentrada leyendo? ¿cómo se dio cuenta entonces de cómo la miraba la paloma? Esto me hace dudar de la validez científica del experimento).



-La que más le ha sorprendido, positivamente: de pie. 27 min, 24 s. Se veía un poco rara, pero la postura le permitía caminar y comer o beber mientras leía (esto último no lo veo, faltan manos).

-La peor: sentada con las piernas cruzadas: 11 min, 9 s. Y me parece mucho. A menos que seas un yogui, esta postura no permite alargar demasiado la lectura.

Aunque menciona también las diversas formas de leer tumbado en la cama (o en la hierba del parque, a pesar de las palomas aviesas esta chica muestra una afición notable por leer al aire libre), sospecho que su investigación en este terreno no ha ahondado demasiado. Pues para mí -todo esto es muy personal, es preciso reconocerlo- la postura perfecta es reclinada (pero no echada del todo) en la cama, en un sillón o en el sofá. Al contrario de lo que afirman los expertos, encuentro que esa relajación del cuerpo permite que mi mente vuele mucho más fácilmente a la historia que tengo entre manos y favorece mi inmersión en la lectura. Dejo de pensar en que tengo brazos o piernas, en mi riego sanguíneo y en si guardo la distancia ideal (por supuesto, eso requiere que no haya palomas merodeando por ahí y mirando de refilón) para perderme en el libro. Que es de lo que, en definitiva, se trata.
Porque, igual que la mejor postura para dormir es aquella que facilita la desconexión con el mundo de los despiertos, la mejor postura para leer es, para cada uno, la que le ayuda a olvidar su entorno por unos minutos o unas horas, para entregarse por completo a la lectura.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

DESHOJANDO LIBROS


Amo los libros. Vivo rodeada de ellos. Ver un libro estropeado, con las tapas arrancadas, o las páginas alabeadas por la humedad, me produce desazón, como si el libro estuviese lisiado, enfermo, necesitado de cuidados y cariño. Y ya no digamos la idea de que alguien arranque las hojas de un libro. Me parece una falta de respeto lindante con la tortura. Sin embargo... resulta que he leído un cuento sobre alguien que destripa libros y me ha gustado. Incluso diría que he encontrado algo inspirador en ello. Que no cunda el pánico. No me voy a poner a arrancar hojas como una posesa, sin duda seguiré cuidando de mis libros lo mejor que sé, pero la literatura tiene eso: planta una semilla en tu cabeza, y nunca se sabe a dónde puede llevarte. Déjenme que les cuente. Todo es culpa de una escritora llamada Ali Smith. Escocesa, por más señas. Que escribe unos cuentos y unas novelas que te dejan, ¿cómo decirlo?.. lo cierto es que nunca son lo que esperas. En una antología recientemente publicada, Amor libre, hay un relato, que lleva por título "Lectura del día" que no puede dejar indiferente a ningún bibliómano. Su protagonista, Melissa, es una joven que tiene el piso lleno de libros. (Empieza bien, ¿verdad?) La autora nos dice que en su piso hay:
"Libros y libros, libros de libros desplazándose imperceptiblemente de noche mientras los cimientos del bloque de pisos reformado hacían estremecerse al edificio. Libros los unos contra los otros, tan juntos que las cubiertas de varios de ellos se habían pegado; de haber querido sacar Villette de Charlotte Brontë (Penguin) para releerlo, por ejemplo, Melissa lo habría encontrado pegado de un lado a Shirley (Penguin) y del otro a un ejemplar de 1933 de Testament of Youth de Vera Brittain (Gollancz), firmado por la autora, que había encontrado por cincuenta peniques en el mercadillo de una biblioteca pública."
(Hasta aquí, nada raro; el bibliómano se siente plenamente identificado. Piensa, incluso, qué libros de su propia estantería se quedarían enganchados unos a otros.) Pero un buen día Melissa parece hartarse de todo: deja a su novio, no va a trabajar, deja de pagar las facturas y, por último, empieza a desparramar los libros por todo el piso. (Mal síntoma, piensa el bibliómano.) Y luego, desaparece. Su amiga Austen (un nombre perfecto para la amiga de una amante de los libros), va a su piso y lo encuentra así:
"los libros, los libros, la niña de sus ojos, se veían rarísimos en esas dos estancias, tan desordenados, tirados por el suelo o apilados al azar, inmensos huecos en las estanterías, pared arriba, libros tumbados, inclinados, hasta libros desperdigados por el baño y todo."
(En efecto, algo va muy mal, corrobora nuestro avezado lector.)   
Mientras, en algún otro lugar, Melissa ha emprendido una peculiar campaña de lectura. Una lectura que consiste en ir arrancando las hojas de los libros que va leyendo, dejando que vuelen por ahí, Sistemáticamente, relee sus libros favoritos y los deshoja. La lista es larga y dolorosa. Pero ella solo siente alivio. Como cuando, sentada sobre la lápida de un cementerio, deshoja nada menos que a Joyce:
"Dublineses lo había releído, disfrutándolo inmensamente, arrancando las páginas según las iba terminando y dejándolas caer mientras caminaba o estaba sentada. Nunca había disfrutado tanto la lectura de «Los muertos», descubrió Melissa mientras, al borde de las lágrimas, arrancaba la última página, la página sobre la nieve, y la dejó caer."
(¡Ah! aquí el bibliómano siente nacer una llamita en su interior: recuerda ese último párrafo magistral de "Los muertos" en el que cae la nieve  sobre Dublín, y sobre la tumba de Michael Furey, muerto hace tantos años. La nieve "reposaba espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas". Cae sobre el universo, "sobre todos los vivos y sobre los muertos". Derramar las hojas de "Los muertos" sobre la lápida de un cementerio nevado le parece súbitamente una buena idea.) A veces, esas hojas las encuentra gente corriente, que va por la calle, o en el autobús. Y, también a veces, esas briznas de literatura tienen efectos inesperados. Como le ocurre a la mujer que encuentra el fragmento de un poema enganchado a su zapato de tacón: 
"Las palabras que había pinchado con el tacón le parecieron preciosas, y dobló el papel y lo metió en un escondrijo secreto, debajo del forro del cajón del maquillaje. No le contó a nadie que las había encontrado."
 (Sembrar literatura, piensa el bibliómano. Tal vez, tal vez, deshojar libros no esté tan mal.) No voy a revelarles lo que ocurre al final, ya bastante les he adelantado. Léanlo, se lo recomiendo. Solo les diré que, paradójicamente, esta joven que deshoja libros transmite un inmenso amor por ellos. (El bibliómano, sonriente, manifiesta su aprobación.)

Ali Smith. Por supuesto, rodeada de libros.
(Foto New Statesman)


domingo, 29 de octubre de 2017

LA SEGUNDA NOVELA


Escribir una novela es un trabajo largo y complejo. Conseguir, además, publicarla, más difícil todavía. Basta con preguntar a los miles de escritores que con sus manuscritos -metafóricamente- bajo el brazo, llaman en vano a las puertas de los editores. Cuando, al fin, uno de estos escritores noveles ve por primera vez su novela en forma de libro siente que ha alcanzado su meta. ¡Ha comenzado su carrera literaria! Sin embargo, la ruta hacia la gloria y la fama está plagada de obstáculos. Las primeras novelas, a menudo, pasan desapercibidas. ¿Quién se fija en un nombre desconocido cuando hay tanto escritor famoso compitiendo por la atención del público? Ese, no cabe duda, es el primer tropiezo. (Para saber más sobre las dificultades a las que se enfrentan los escritores que empiezan, recomiendo un delicioso libro sobre el fracaso editorial, que lleva el paradójico título de Éxito). Pero supongamos que -por uno de esos golpes de fortuna que ocurren a veces, o porque realmente se trata de una obra excepcional- esa primera novela que asoma tímidamente al mercado se convierte en un éxito. ¿Podemos decir entonces que el camino de su autor se ha allanado? Ni mucho menos. Triunfar con una primera novela es -o puede serlo, hay numerosos casos documentados- un regalo envenenado. Con un listón tan alto, ¿cómo cumplir con las expectativas creadas? Los hay que nunca lo consiguen y, tras un fulgurante comienzo, decepcionan a su público con las sucesivas novelas. O que se quedan tan paralizados por el temor al fracaso, que nunca más escriben o sólo lo hacen tras muchos años de silencio. Véase lo ocurrido con Arundhati Roy, cuya segunda novela ha tardado nada menos que veinte años en ver la luz. El pánico, a veces, demuestra ser infundado: Marylinne Robinson obtuvo en 1994 el Premio Pulitzer por su novela Vida hogareña; hasta 24 años más tarde no publicaría la segunda, Gilead, que, lejos de decepcionar... ¡recibió de nuevo este mismo galardón! La segunda novela, pues, es traicionera. Puede ser tu consagración, pero también la tumba de tus ambiciones. 
Conscientes de la inmensa dificultad de revalidar con una segunda novela el talento que apuntaba en la primera, en Gran Bretaña crearon hace ya algunos años un premio, el Encore Award -patrocinado por la Royal Society of Literature-, específico para segundas novelas. Según rezan sus bases, está pensado para premiar a "aquellos escritores que hayan igualado o superado el nivel de un debut excelente o que hayan sido capaces de recuperarse de un inicio poco prometedor". Como es de esperar, los contendientes cada año no son demasiados. Se publican infinidad de novelas, pero sólo un puñado de ellas son precisamente segundas novelas que cumplan con los requisitos de este galardón. Entre los premiados, hay nombres que no sólo han demostrado su valía con una segunda novela, sino que han continuado creciendo como escritores con sus sucesivas obras: Ali Smith (2002), Anne Enright (2001) o Colm Tóibin (1993) son algunos ejemplos de ello. 

Siete años después de recibir el premio Encore
por su segunda novela, Anne Enright obtuvo el
prestigioso Booker Prize

Stephen Fry, en su discurso de presentación del premio, supo poner el dedo en la llaga al decir que:
"El problema de la segunda novela es que, comparada con la primera, no cuesta nada escribirla. Si escribí mi primera novela en un mes y tardé dos años en completar la segunda, ¿cuál escribí más deprisa? La segunda, por supuesto. Escribir la primera me llevó 23 años y en ella está contenida la experiencia, el dolor, la ira, el amor, la esperanza, la invención cómica y el desespero de toda una vida. La segunda novela es un acto de escritura profesional. Por eso es tanto más difícil" 
Seguro que están ustedes dándole vueltas al asunto, intentando recordar qué segundas novelas dignas de las primeras conocen. Voy a ayudarles un poco, porque hay segundas novelas realmente deslumbrantes. Por ejemplo, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen (que siguió a Sentido y sensibilidad); Oliver Twist, de Charles Dickens (precedida por Los papeles del club Pickwick) o el Ulises, de James Joyce (la primera novela de Joyce fue Retrato del artista adolescente). No está mal para ser unas segundonas. 

domingo, 15 de octubre de 2017

NAPOLEÓN Y LA LECTURA

El emperador en su estudio, por Jacques Louis David

Lamentablemente, parece que vivimos una época de gobernantes poco amantes de las letras, cuando no casi alérgicos a ellas. El actual presidente de los Estados Unidos -cuyo nombre prefiero no pronunciar- dice no haber leído ningún libro en los últimos años. Falta de tiempo, argumenta. Por supuesto que todos los lectores sabemos que esa no es una excusa válida. Además, muchos otros ocupantes del cargo han cultivado la lectura. Sin ánimo de comparar a ese personaje con gentes cuya estatura intelectual y política le convierten en un pigmeo, quizás le daría qué pensar  -aunque puede que tampoco tenga tiempo para reflexionar- el que figuras de tal relevancia histórica como Alejandro Magno o Napoleón fuesen grandes lectores. Del primero, es verdad, lo que se sabe está envuelto en brumas -dado que no se conserva ningún testimonio directo de contemporáneos suyos-, pero resulta plausible que Aristóteles, su maestro, le inculcase el amor por la lectura. La leyenda dice, al menos, que su autor de cabecera era Homero y que tenía siempre un ejemplar de La Ilíada cerca. De Napoleón poseemos mucha más documentación y no cabe duda de que era un ávido lector. No solo eso, también valoraba el aspecto físico del libro: el papel, la buena encuadernación, las bibliotecas... Como le sucede a la mayoría de los infectados por el virus de la lectura, la afición le venía de lejos. Según cuenta la amena obrita de Antoine Guillois, Les Bibliothèques particulières de l'empereur Napoleón (París, 1900), ya en su juventud devoró todas las obras contenidas en la biblioteca familiar de Ajaccio, y entre ellas sentía predilección por las Vidas de Plutarco y -cómo no- por Homero. Más adelante, se aficionó a Rousseau -cuyas obras pedía a un librero de Ginebra- y leyó, entre muchos otros autores, a Mme. de Staël y a Francis Bacon. Cuando, ya encumbrado al cargo de cónsul, se instaló con Josefina en la Malmaison, se hizo construir allí una hermosa biblioteca, donde reunió más de cinco mil ejemplares, sobre todo obras de historia y de filosofía, y que era su lugar de trabajo preferido. 

Biblioteca del Château de la Malmaison

Como era costumbre, hizo encuadernar todos los volúmenes en cuero, con las iniciales B y P entrelazadas en el lomo (de Bonaparte-La Pagerie, que era el nombre de la familia de Josefina) y "Malmaison " en letras doradas en la tapa. Algunos de ellos participaron, en el equipaje del general, de la campaña de Egipto. Por desgracia, esta biblioteca se dispersó, vendida en subasta en 1827, a la muerte de Eugène Beauharnais. (¡Qué no daría una por tocar alguno de estos libros, ya no digamos por poseerlo!) 
No contento con llevar consigo libros durante sus desplazamientos, le interesaba estar informado sobre las nuevas publicaciones. Así, durante la campaña de Jena, le ordenó a su secretario que redactase la siguiente misiva:
"El emperador se queja de que no recibe novedades de París. Sin embargo, le sería usted fácil enviarnos cada día dos o tres volúmenes, con el correo que sale a las ocho de la mañana."
Y es que acostumbraba a entretener los viajes y las campañas leyendo; su berlina estaba dispuesta de modo que facilitase la lectura. Cuando un libro no le gustaba, Napoleón tenía la costumbre de tirarlo por la ventanilla, de modo que podríamos decir que fue dejando un rastro de libros por Europa. Tal era su avidez lectora que hasta llegó a idear una "biblioteca de viaje" que contuviese los libros que consideraba imprescindibles y a establecer las medidas y el tipo de encuadernación que debían tener. Estos libros iban protegidos en una caja de madera, para facilitar su transporte:




Como se puede observar, la propia caja tiene forma de libro, conformando así un falso libro con muchos libros dentro. No satisfecho con este arreglo, en 1808 le dio las siguientes instrucciones a su bibliotecario:
"El Emperador desea formar una biblioteca de viaje de mil volúmenes en formato de doceavo, impresos en tipografía Didot. Es intención de Su Majestad que dichas obras se impriman para su uso personal y, para economizar espacio, no deben llevar márgenes. Deben tener entre quinientas y seiscientas páginas, y estar encuadernadas con cubiertas lo más flexibles posible. Deberá haber cuarenta obras sobre religión, cuarenta obras dramáticas, cuarenta volúmenes de épica y sesenta de otras poesías, cien novelas y sesenta volúmenes de historia, siendo el resto memorias históricas de todas las épocas."
Finalmente, este proyecto no llegó a materializarse, pero ser el bibliotecario de Napoleón no era ninguna sinecura. El emperador no sólo leía enormemente, sino que era exigente con lo que leía. Así, en una ocasión le escribe a Barbier, su bibliotecario, quejándose de que las novelas que le manda son detestables:
 "Van directas de la valija del correo a la chimenea. No nos envíe más porquerías de estas... Mande los menos versos que pueda, a menos que sean de nuestros grandes poetas."
Las peticiones Napoleón son constantes, uno se imagina al pobre Barbier corriendo de aquí para allá intentando satisfacerlas. Pero no todo son lecturas para distraerse, el emperador las emplea también para preparar concienzudamente sus campañas. Cuando está preparando la invasión de Rusia, solicita:
" Las obras más adecuadas para conocer la topografía de Rusia y sobre todo de Lituania [...] Debería asimismo disponer de todo lo que tengamos en francés sobre las campañas de Carlos XII en Polonia y Rusia."
Y, en mayo de 1812, reclama "un Montaigne en pequeño formato, que sería bueno incluir en la pequeña biblioteca de viaje". Esta biblioteca de campaña -hélàs!- ardió en su mayor parte durante la retirada de Rusia y el resto cayó en poder de los rusos. 
En momentos de zozobra como los presentes, una desearía que sus gobernantes fuesen capaces de ampliar sus horizontes y leyesen un poco más a Montaigne. Si no lo hacen, no será por falta de espacio, pues hoy todos los libros que acarreaba Napoleón caben en un Kindle. ¿O aducirán falta de tiempo, como ese otro?  Tal para cual.  

lunes, 2 de octubre de 2017

PROUST, ESE PRECURSOR



Hace un tiempo, la revelación de que existía un tráfico de reseñas favorables en Amazon -es decir, que había quien vendía, y quien compraba, esas opiniones positivas, que se suponen auténticas y no influenciables- causó un pequeño escandalo. Aparte de la obvia inmoralidad del engaño, destinado a engrosar las ventas del autor que se las agenciaba, mucha gente pensó que se trataba de una artimaña destinada a salvar del desastre a novelas que, de otro modo, no hubiesen tenido aceptación por parte del público. Cosa de escritores mediocres, vaya. Porque -según reza una opinión muy extendida- los grandes escritores no necesitan recurrir a estos expedientes. Dejemos por ahora de lado que el calificativo de "grande" solo se conquista después de una trayectoria creativa por lo general larga; nadie puede predecir cuál de los miles de escritores que hoy comienzan su carrera llegará a despuntar y cuál caerá rápidamente en el olvido. Hay quien piensa, en todo caso, que el escritor debe mantenerse alejado de los intereses comerciales. Que una cosa es el arte y otra el comercio. Algo que no tiene ningún sentido, porque los escritores -salvo algún bicho raro- lo que quieren es que les lea cuanta más gente, mejor. Y si ellos están convencidos de que su obra es buena, es justo que hagan lo posible por ampliar su público. ¿Llegando hasta el extremo de comprar criticas favorables? Sin duda, eso es ir demasiado lejos. Mas he aquí que resulta que eso es precisamente lo que hizo el gran -aquí sí no dudamos en aplicarle este adjetivo- Marcel Proust. Era cosa sabida que Proust tuvo que costear de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, al ser esta novela rechazada por los responsables de Gallimard  (quienes luego entonarían el mea culpa y se convertirían en los editores de toda su obra).

El ejemplar de Proust que sale ahora a subasta
(Foto Thomas Samson/APF)

Pero el escritor poseía muchos contactos y logró que otro reputado editor, Bernard Grasset, se la publicase, corriendo él con todos los gastos. Dado que tenía fortuna personal, eso no debió de constituir un grave problema. Es más, su presupuesto, sea cual fuese, le dio para hacer también una tirada muy reducida de lujo de la obra, impresa en papel japón, de la cual existen hoy solo cuatro ejemplares (un quinto, informa Le Monde, desapareció durante la ocupación nazi). Uno de ellos, precisamente, saldrá el mes próximo a subasta, y Sotheby's estima que puede alcanzar un precio de entre 400.000 y 6000.000 €. Una nadería. Al mismo tiempo, según informa igualmente The Guardian, lo que ha salido a la luz son unas cartas de Proust al editor de Grasset, Louis Brun, que revelan que el primero no tuvo reparo en pagar por conseguir que algunos periódicos publicasen reseñas elogiosas de su obra, redactadas por algún amigo -por ejemplo, el pintor Jacques Émile Blanche- o por él mismo (estas últimas se las mandaba a Brun, intermediario en dichas operaciones, escritas a máquina, para que no quedase rastro de su caligrafía). Unas reseñas que no eran lo que se dice modestas en su apreciación del libro: se trataría, dice, de "una pequeña obra maestra", capaz de "barrer como un soplo de viento los soporíferos vapores" del resto de novelas. Proust, ya lo ven, no pecaba de modestia. Movido por su fe en las bondades de su obra -o en la eficacia de la propaganda- pagó 300 francos (calcula el periódico británico que equivaldrían a unas 900 libras actuales) para conseguir que la novela saliese mencionada en la primera página de Le Figaro y una suma aún mayor (660 francos) por una larga reseña que apareció en Le Journal des Débats. A su manera, era un precursor. Hoy, las editoriales les asignan a sus novedades un presupuesto de marketing, sabedoras de que, no importa cuál sea su calidad literaria, cualquier libro se beneficia de una buena visibilidad.
Malo es engañar a los lectores intentando darles gato por liebre. Pero igualmente malo es menospreciar a los escritores que se esfuerzan por llegar a su público.

Retrato de Marcel Proust por Jacques-Émile Blanche


lunes, 18 de septiembre de 2017

LO QUE VALE JANE AUSTEN


Entretenidos como hemos estado estas últimas semanas con las vacaciones, los viajes y la política doméstica (esta última, ¡ay!, más entretenida que nunca), casi se nos ha pasado por alto una relevante  novedad económico-literaria: el Banco de Inglaterra presentó el pasado 18 de julio un nuevo billete de 10 libras con la efigie de Jane Austen, que ha entrado efectivamente en circulación hace pocos días. Como saben bien todos los que pasan por aquí, este blog es muy austeniano (vean algunos ejemplos aquí, aquí y aquí), y de buena gana haríamos una escapada a Gran Bretaña para poder pagar alguna de las inevitables compras librescas con un billete adornado por esta escritora, También, por supuesto, nos alegra que por fin los billetes de banco conmemoren a alguna mujer, y dado que esta es además escritora, aún nos parece mejor. Hay quien piensa que el papel moneda está en vías de desaparición, y que será sustituido pronto por el plástico de las tarjetas o, un paso más allá, por los pagos a través del móvil. Hasta los propios billetes, por más que se sigan llamando papel-moneda, se fabrican cada vez más con sustancias que nada tienen que ver con el papel. Concretamente, el de Jane Austen está hecho a base de un polímero (o sea, lo que la gente de la calle llama plástico), y es la primera vez que el Banco de Inglaterra prescinde del algodón para fabricar uno de sus billetes. Una siempre hubiese dicho que la escritora era más de algodón que de plástico, pero desde que andan liados con el Brexit, los ingleses parecen haber perdido un poco el norte. 
Pero la controversia del plástico es de índole muy menor, comparada con algunas otras objeciones que ha levantado este nuevo billete. En él, como habrán podido observar, aparece un primer plano de la escritora, acompañado, en segundo término, por su figura de cuerpo entero en el acto de escribir y una vista de Godmersham Park, la mansión que poseían los parientes ricos de Jane. Hay además una cita procedente de una de sus obras más populares, Orgullo y prejuicio, que dice "I declare after all there is no enjoyment like reading!" (algo así como "¡Después de todo, he de reconocer que no hay mayor placer que el de la lectura!"). Bien, pues todos estos elementos han provocado controversia -según informa amablemente The New York Review of Books-, empezando por la dichosa frase, que pronuncia uno de los personajes más esnobs de esta novela, Caroline Bingley, mientras bosteza y deja de lado el libro, que solo ha tomado para intentar provocar el interés de Mr. Darcy. Es decir, una muestra de la sutil y justamente famosa ironía de Jane Austen. Ciertamente, es una frase que exalta la lectura -si se lee fuera de contexto-, pero si se conoce su procedencia, resulta que es todo lo contrario. Raro. La imagen de la escritora también ha sufrido una manipulación parecida: basada en el que se supone único retrato auténtico de la novelista, un dibujo de su hermana Cassandra, es una versión "embellecida" de la escritora que la rejuvenece y hermosea sus rasgos. Basta comparar el dibujo original con el del billete para darse cuenta de lo poco que tiene que ver uno con otro.  


Jane Austen, dibujada por su hermana Cassandra

Por último, por más que se intente asociar a la novelista con la mansión de Godmersham Park, ese nunca fue su hogar, sino el de su hermano Edward (que, como recordarán los que conozcan la biografía de Austen, fue adoptado por unos parientes ricos). Jane pasó alguna temporada allí, pero siempre de visita. Igual que la propia Jane, las moradas de sus heroínas suelen ser mucho más modestas y, cuando habitan una mansión -como la Fanny de Mansfield Park (se dice que para esa mansión Austen se basó en la casa de su hermano)-, lo hacen como parientes pobres, como intrusas o visitantes ocasionales. Signo de los tiempos, Godmersham Park es hoy propiedad de una asociación de ópticos. Muy poco inspirador, me temo.

Godmersham Park (foto Paul Anthony Moore)

Pero tal vez no debiéramos quejarnos tanto por las supuestas manipulaciones de nuestra Jane. Al otro lado del mismo billete está la reina de Inglaterra, cuyo retrato parece haber quedado congelado en el tiempo. Si a la propia Isabel II la pintan tan rozagante como si acabase de subir al trono, cuando lleva más de 65 años en él (superando a la longeva reina Victoria), ¿por qué debería ser menos una simple novelista?



jueves, 31 de agosto de 2017

LEER EN LA CAMA

Georg Pauli, Lectura nocturna (1884)

Cada cual tiene sus pequeños ritos y manías para propiciar el sueño. Hay quien necesita que la cama esté orientada de una forma determinada, quien escucha la radio, los fanáticos de la oscuridad completa, que usan hasta antifaz... Los lectores no concebimos la posibilidad de dormir si antes no hemos leído unas cuantas páginas; pueden ser muy pocas, si el cansancio aprieta y el libro se te cae literalmente de las manos, o muchísimas, si el libro es tan apasionante que resulta imposible dejarlo. (¡Esas noches en que te dan las dos y las tres y a cada capítulo te prometes que será el último!) Pero poco o mucho, dormir sin antes haber leído parece -o me lo parece a mí al menos- una aberración. Lo primero que hago, cuando llego a un hotel o a cualquier nueva habitación donde haya de pernoctar, es colocar mi libro en la mesilla: una promesa que anticipa los agradables momentos en que la lectura abre la puerta del sueño.
Lo de leer en la cama es una actividad relativamente nueva, como recordaba hace poco un artículo en The Atlantic. Disponer de la privacidad de una habitación dedicada solo al sueño es algo reciente. Hasta hace poco, los pobres desde luego no podían permitirse ese lujo, pues se hacía la vida en una o dos habitaciones. En 1837, un testigo describía así las viviendas de una pequeña aldea francesa, según se recoge en la Historia de la vida privada:
En el mismo reducto se preparan los alimentos, se amontonan los residuos que sirven de comida a los animales y se almacenan los aperos de labranza: en un rincón se encuentra el fregadero y en otro las camas; a un lado se cuelgan las ropas, y al otro las carnes en salazón; allí fermentan la leche y el pan... 
Aun quedaba un buen trecho para llegar a los dormitorios actuales, reductos de intimidad, donde cada miembro de la familia puede aislarse de los demás. Aunque durante bastante tiempo leer en la cama suponía un riesgo: cuando la única iluminación disponible eran las velas, cualquier despiste podía causar un incendio. Así, por ejemplo, sucumbió lord Walsingham, sobre cuyo trágico fin informaba The Spectator en 1831 de forma bastante truculenta:
Este miércoles, lord Walsingham ardió hasta la muerte en su cama; y su esposa resultó tan gravemente herida al intentar saltar por la ventana del dormitorio para escapar a las llamas que expiró, entre grandes sufrimientos, dos horas después. [...] Cuando las llamas se extinguieron en parte, los sirvientes y policías se dirigieron a las habitaciones de lord Walsingham, donde encontraron sus restos casi por completo destruidos, con manos y pies literalmente convertidos en cenizas, sólo la cabeza y el esqueleto del cuerpo presentaban aún alguna apariencia humana. 
Se supone que su señoría, mientras leía en la cama, se quedó dormido con la vela demasiado cerca de las colgaduras del dosel. Los periódicos de la época aprovecharon para recordar a su público los peligros de esta lectura nocturna. Al buen cristiano, concluían, debería bastarle con rezar sus oraciones antes de dormir. 


Creerán ustedes tal vez que la llegada de la luz eléctrica alejó de nosotros, los lectores nocturnos, esos peligros. Están equivocados: en 1908, la prestigiosa publicación médica The Lancet advertía de los peligros para la vista que podía implicar la lectura en la cama. Según el profesor Feilchenfeldt, de Berlín, una iluminación inadecuada y la costumbre de leer de lado con un ojo fijo en el libro y otro medio oculto por la almohada, podía causar graves daños oculares. A la vista de esto, The Guardian recomienda instalar alguna iluminación suficientemente brillante junto a la cama o detrás de ella, así como leer con la cabeza apoyada en una almohada bien firme. Y da algunas pautas de cómo debería ser el libro ideal para leer en la cama:
El libro ideal para la cama debe poder abrirse del todo; debe tener cubiertas rígidas, para impedir que las páginas se doblen, y un formato pequeño, por la misma razón; debe estar impreso en un papel fino, que no fatigue la mano; el tipo de letra ha de ser grande y los márgenes, anchos, en especial en los bordes externos.
Consejos todos ellos muy razonables, que los lectores nocturnos a menudo no podemos seguir, ya que uno no suele elegir el libro por sus características ergonómicas, sino por su contenido. Aunque cualquiera que haya intentado leer Anna Karénina o algún otro tomazo de más de novecientas páginas en la cama recordará sin duda el ahogo que, al cabo de un rato, se experimenta, de tanto tener  su peso apoyado sobre el diafragma. No me consta que se hayan producido muertes por asfixia entre los lectores por este motivo, pero personalmente, después de varias experiencias de este tipo, he optado por dejar los "ladrillos" para las horas diurnas. 
En cualquier caso, con el libro ideal o sin él, pocas cosas hay más placenteras que anticipar ese momento en que uno puede por fin arrebujarse en las sábanas, apoyar la cabeza -a ser posible- en un par de almohadones y sumergirse en la lectura, dejando que el sueño acuda. O luchando contra él. 


lunes, 21 de agosto de 2017

EVOCANDO DUNQUERQUE


Los calores veraniegos animan a encerrarse por un par de horas en las salas de cine, esos lugares mágicos donde uno se sumerge de verdad en las películas -si tiene la prudencia de evitar los cines "palomiteros"-, sin distracciones, mensajes de WhatsApp ni ruidos del vecindario y con una pantalla y un sonido a la altura de la obra que se va a contemplar. Ciertamente, la última película de Christopher Nolan, Dunquerque, merece ser vista en estas condiciones, porque sus recreaciones de los combates aéreos y las tragedias en el mar son de lo más espectacular. Aunque pasé un rato de lo más distraído, personalmente, sin dejar de reconocer la habilidad técnica de su director y apreciar que recurra a diferentes lapsos temporales para narrar la historia, hubiera agradecido un guión un poco más sólido detrás. ¿Dónde están los guionistas de la edad dorada de Hollywood? Esta película me ha llevado a evocar otra descripción -literaria, en este caso- de esa famosa retirada, la que hace Ian McEwan en su novela Expiación. Si uno quiere sentir en toda su crudeza lo que debió significar estar acorralado en esas playas, con los alemanes pisándole los talones, la lectura de las páginas que McEwan le dedica es inexcusable. Ya puestos, recomiendo leer la novela entera, sin lugar a dudas una de las mejoras obras de este escritor británico.
El estreno de la película de Nolan ha propiciado otras recuperaciones interesantes en torno a este episodio bélico, como la de las memorias de Anthony Rhodes, Sword of Bone.

Rhodes (1916-2004) fue un gentleman ilustrado, apasionado por el arte y la literatura, que escribió novelas, libros de viajes, biografías y las mencionadas memorias de guerra -aparecidas en 1942, muy poco después de vivida la experiencia- que, según reza su obituario en The Independent, son "un clásico de la literatura de la Segunda Guerra Mundial". Los críticos comparan su tono con el de Evelyn Waugh, pues Rhodes hace buen uso de la ironía inglesa. No he tenido aún oportunidad de leer estas memorias, pero sí me ha llamado la atención el fragmento que ofrecen sus editores, Sightly Foxed -por cierto, bibliómanos anglófilos, no deberían perderse las cuidadas publicaciones de este sello editorial-, en el que Rhodes relata primero la conferencia de oficiales en que se les comunicó que el ejército inglés iba a ser evacuado de Francia. La escena, tal como él la reproduce, está a la altura del mejor guionista:
Nos concedió unos momentos para que se acallase el sorprendente efecto de sus noticias.
-Vamos a hacer algo esencialmente británico; me atrevo a decir que sólo los británicos se atreverían a llevar a cabo un plan tan descabellado. Esperemos que resulte tan exitoso como la última vez que alguien intentó algo parecido: sir John Moore en La Coruña.
[Nota aclaratoria para mis lectores: recordarán sin duda que Moore fue herido mortalmente durante la batalla que precedió a la evacuación, en 1809, y está enterrado en tierra española. Es cierto que en aquella ocasión el ejército inglés fue evacuado, contra todo pronóstico, pero no sé si citar a Moore como precedente elevaría mucho los ánimos de los presentes.]
-No les puedo decir mucho al respecto -continuó- porque no se han hecho planes. Ni siquiera estamos seguros de que haya barcos en la costa para evacuarnos. Simplemente, hemos de correr el riesgo. Lo único que puedo decirles con certeza es que lucharemos duramente en la retaguardia durante todo el tiempo. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta en qué orden se están aproximando a la costa las divisiones británicas. Avanzadillas de cada división se adelantarán para preparar nuestro recibimiento en Inglaterra - al llegar a este punto se rió- si es que llegamos.

Las instrucciones eran que debían dejarlo todo atrás, destruyendo previamente cualquier armamento o equipo. En el caso de Rhodes, sus pertenencias incluían un número considerable de libros:

Entre todo el trajín y la conmoción que siguió, encontré el modo de guardar mis libros en un armario ropero. Eran el resultado de ocho meses de exploraciones en las librerías de viejo de París y de Lille. Me producía cierta desazón pensar que algún soldado alemán o francés los utilizaría tal vez para encender el fuego. [..] Encima de ellos, puse una educada notita en francés y en alemán en la que le rogaba al nuevo dueño que los tratase con cuidado, diciéndole que confiaba en que disfrutaría mucho de su lectura; finalmente, le pedía que viniese a visitarme a mi dirección de Londres después de la guerra (trayendo consigo los libros, por supuesto). 

Me encantaría saber qué ocurrió con esos libros abandonados y si la educada nota de Rhodes -tan británica- dio algún fruto. Posiblemente, no, y como tantas otras cosas desaparecieron en el torbellino de la guerra. De todos modos, esta preocupación por sus libros en momentos en que se está jugando la  vida retrata bien el tipo de personaje que era Rhodes.
A veces, hay historias de guerra que son más apasionantes que las batallas. 
    

sábado, 15 de julio de 2017

LIBROS POR TODAS PARTES

El desaparecido bar Crystal City, en la calle Balmes de Barcelona
Hace años había en Barcelona un bar que se hizo célebre por poseer una rara peculiaridad: era un bar-librería. El sitio en cuestión se llamaba Crystal City y era frecuentado, como es natural, por intelectuales, editores, estudiantes y gentes de ese pelaje. Por aquel entonces -según mis fuentes, el bar inició su andadura a finales de los cincuenta, pero al parecer su tuvo su apogeo entre finales de los sesenta y los setenta- los bares eran bares y las librerías, librerías. A nadie se le pasaba por la cabeza ir a comprar un libro a los primeros ni pedir un cortado en las segundas. De ahí la rareza, que hacía de Crystal City algo único en su especie. Hoy, en cambio, muchas librerías se han reconvertido en híbridos de cafetería-restaurante-vinería o qué sé yo qué otra exótica combinación más. Es una transformación que sin duda ha venido propiciada por el descenso de ventas de libros; los libreros se han visto empujados a buscar actividades complementarias que, al tiempo que generan ingresos, atraen a los clientes a su local. No tengo nada que objetar, más bien al contrario, resulta ciertamente agradable quedar con un amigo para tomar un café o una copa en una librería y, de paso, echarles un ojo a las últimas novedades editoriales. Lo que me inquieta, sin embargo, es la creciente presencia de libros en todo tipo de establecimientos. Y lo más preocupante es que, en su mayor parte, no se trata de libros para su venta, ni siquiera para ser leídos. Proliferan los libros como telón de fondo o elemento decorativo: los hoteles con pretensiones incorporan salones-biblioteca, los restaurantes se decoran como salones particulares, incluyendo estanterías con libros, incluso se pueden encontrar remedos de biblioteca en lugares donde, a priori, estos no vienen a cuento.

Un lujoso hotel en Zúrich donde libros y vino se mezclan
sin complejos

El muy chic hotel Montalembert, en París, junto a la editorial
Gallimard, presume de libros de la NRF en sus estanterías

Mi último hallazgo ha sido una panadería revestida de libros. ¿Acaso los clientes se pondrán a hojear alguno mientras esperan a que les corten el pan de molde?

Forn La llibreria, en Barcelona
De repente, los libros, históricamente relegados a las bibliotecas o las librerías privadas, salen a la luz. Todo lo que tiene forma o apariencia de libro adquiere una pátina de prestigio. Los lugares públicos presumen de esculturas no ya de próceres, como antaño, sino de lectores, o de libros.

Read reader, escultura de Terry Allen en el campus
de la Texas Tech
Hasta hay a quien se le ha ocurrido hacer bancos para sentarse en forma de libro (con pinta de no ser muy cómodos, todo hay que decirlo).


Cuanto más se extiende esta moda, más me inquieto. Es sabido que, cuando a un personaje del mundo de la cultura empiezan a lloverle los premios y los homenajes, es que suele estar en las últimas. Vean si no cuántos de ellos fallecieron al poco de lograr esos galardones que en sus tiempos de madurez creativa les resultaron esquivos. No puedo evitar sentir algo parecido con respecto al libro. Esta ubicuidad libresca, este reivindicar a troche y moche el libro -me disculparán, pero los lectores de raza siempre hemos sido más bien discretos, nos gusta escondernos en lugares recónditos para darnos a la lectura- me suena peligrosamente al fin de una era. No creo en absoluto que el libro en papel vaya a desaparecer de la noche a la mañana, como auguraban hace pocos años algunos cenizos, pero percibo en la sensibilidad pública señales de cambio. Hacia dónde, lo ignoro.
Sólo sé que se acerca peligrosamente el momento en que hasta la pollería de la esquina estará decorada con libros. Cuando lleguemos a este punto, sabré que estamos perdidos.





domingo, 2 de julio de 2017

PALABRAS, PALABRAS

 Foto: Diomari Madulara en Unsplash

De no existir las palabras, no podríamos estructurar nuestro pensamiento, ni tal vez pensar. Nos expresamos con palabras, nos relacionamos con los demás a través de palabras. Pronunciamos miles de ellas cada día. Pero, por lo general, se les dedica poca atención. Están ahí y las usamos, como usamos una cuchara, una pala, un destornillador. Para la mayoría de la gente, son puramente funcionales. No piensan en la absoluta maravilla que es que esos grupos de sonidos -o de garabatos, si se trata de escribir- sean capaces de nombrar el mundo, de tratar de asuntos tan diversos como la receta del gazpacho o la física cuántica, de agruparse de maneras siempre distintas y, a veces, novedosas. Empleamos -incluso los que escribimos- muchas menos palabras de las que conocemos. El acervo lingüístico de cada persona está compuesto por miles de palabras cuyo significado sabe, pero que no forman parte de su vocabulario habitual. Están ahí dormidas, por así decirlo, en espera de que un hallazgo casual, o la necesidad de expresar algo que se sale de lo cotidiano, las saque a la palestra. Recuperar una de estas palabras que sabemos que sabemos, pero que raras veces hemos oído o usado, puede ser como ver de repente un relámpago en el cielo: casi podemos sentir el cosquilleo de las neuronas cuando su significado se abre paso a través de ellas. Hace poco, tuve uno de estos momentos-revelación, al oír -nada menos que por la radio- mencionar la palabra "nigérrimo" (que, como sin duda saben, es el superlativo irregular -más próximo a la forma latina- de "negro"). Seguramente hacía años y años que no aparecía en mi horizonte lingüístico, y sin embargo, ahí estaba, con todo su vigor, reluciente de negrura y de vitalidad. Fue como un fogonazo. Estoy convencida de que sacar a pasear palabras poco usadas es uno de los favores más grandes que se le pueden hacer al lenguaje y, de paso, a nuestro intelecto.
Por suerte, aparte de ese repositorio personal de palabras que atesora cada uno, hay unos lugares donde todas ellas se conservan, debidamente explicadas y categorizadas, para que no se pierdan: los diccionarios. He empleado el verbo "atesorar" con toda intención, pues cada una de las palabras es importante, nombra o expresa algo único. No en vano los primeros diccionarios solían llamarse "thesaurus", tesoros de la lengua.



Pero, ¿quién hace los diccionarios?
La inmensa mayoría de la gente no piensa para nada en el diccionario que utiliza: simplemente es, como el universo. Para un grupo de personas, el diccionario le fue otorgado a la humanidad ex coeli, un tomo de verdad y sabiduría, santificado y encuadernado en cuero, tan infalible como Dios. Para otro grupo de personas, el diccionario es algo que adquirió en una librería de saldo, un libro de bolsillo marcado a un dólar, porque le parecía que un adulto debe poseer un diccionario. Ninguno de los dos grupos se da cuenta de que su diccionario es un documento humano, compilado, revisado y puesto al día por personas reales, vivas, desgarbadas. 
Quien habla así es una de esas personas, Kory Stamper, una lexicógrafa que trabaja para el Merriam-Webster, los editores de diccionarios más antiguos de Estados Unidos. Su trabajo como el de cualquier lexicógrafo, consiste en recopilar palabras, definir su significado, su usos, su parentesco, sus límites, en qué medida se aproximan o difieren de otras en apariencia similares.
Para ser un lexicógrafo, has de ser capaz de sentarte con una palabra y todos sus muchos, complejos usos y reducirlos a una definición de dos líneas que sea a un tiempo lo suficientemente amplia para abarcar la inmensa mayoría de los usos escritos de la palabra y lo suficientemente estrecha para comunicar lo que es puramente específico de esa palabra.
Una tarea delicada, inmensa y que no tiene fin, pues el lenguaje se transforma incesantemente; cada vez que alguien emplea una palabra, está potencialmente ampliando o restringiendo su significado.
La lexicografia se mueve tan lentamente que los científicos la clasifican como un sólido. Cuando terminas de definir, tienes que revisar; cuando terminas de revisar, has de corregir; cuando terminas de corregir, has de corregir de nuevo porque han habido cambios y hemos de asegurarnos de que no hay errores. Cuando por fin el diccionario llega al público, no hay grandes fiestas ni celebraciones [...] Estamos ya trabajando en la próxima actualización del diccionario , porque el lenguaje ha evolucionado. Nunca hay tregua. Un diccionario se ha quedado obsoleto un minuto después de estar terminado.
¿Alguna vez pensamos en esta cualidad plástica y viva del lenguaje cuando hablamos o escribimos? Fascinante. Como lo es leer diccionarios; en verdad, es difícil resistirse a la fascinación de las palabras: una mera consulta aboca a menudo a la palabra de al lado, y a la otra y a la otra...
Para mí, el diccionario de la lengua castellana, mi libro de consulta infalible, el que constituye una lectura más placentera es sin duda el de María Moliner. Un diccionario cercano, que trasluce en todas sus definiciones el amor por las palabras y por el lenguaje. No en vano es el diccionario de una bibliotecaria, de una persona que anduvo siempre entre libros. Que nos recuerda que las palabras están vivas, y que detrás del diccionario también hay personas que estuvieron vivas alguna vez.

María Moliner, trabajando como siempre en su diccionario



lunes, 19 de junio de 2017

ELOGIO DE LAS NOTAS A PIE DE PÁGINA

(Dibujo de Dave Carpenter)

Una de las convenciones que hemos aceptado casi desde que se inventó el códice -o sea, desde que abandonamos los rollos de papiro para pasarnos a lo que hoy conocemos como "libro"- es que la obra literaria como tal se circunscribe a la caja de texto (1) y que todo lo que hay fuera de ella -los números de página, las cabezas explicativas, las notas al pie- son meros complementos, ayudas a la lectura; sin duda útiles y tal vez hasta necesarios, pero en último término prescindibles. El texto es lo que se supone ha salido de forma directa de la pluma del autor. Lo demás son indicaciones, aclaraciones, señales para navegar por el libro sin perder el rumbo. Las novelas, se dice, no precisan de aditamentos. Si lo que relatan es lo suficientemente fascinante, como mucho el lector necesita que las páginas estén numeradas, igual que los capítulos (si los hay). Todo lo demás, aparentemente, sobra. Es cierto que, cuando uno está sumergido en una novela, las notas al pie parecen inoportunas, pues quiebran la ilusión de que estamos viviendo dentro de sus páginas y nos hacen regresar de golpe a la realidad, donde no somos más que lectores participando vicariamente de las vidas de otros. Aunque tampoco esto es rigurosamente cierto -ya se sabe que todas las normas estan ahí para que alguien las contravenga-, porque ciertos novelistas han hecho todo un arte de las notas a pie de página, y sus novelas no pueden/deben leerse sin incluirlas. Me refiero, por citar sólo algunos ilustres ejemplos, al Tristam Shandy de Laurence Sterne, a Samuel Beckett o a David Foster Wallace, todos ellos aficionados a las notas.


David Foster Wallace. ¿Pensando quizás en añadir una nota?

Pero, dejando aparte casos puntuales, se puede afirmar con bastante seguridad que los novelistas son poco propensos a las notas. Y los editores, aún menos. Ante la pregunta de algún escritor novato de si puede incluir notas explicativas en su relato, la respuesta suele ser una negativa  rotunda, aunque diplomática.
Caso muy distinto es el del ensayo. Los ensayos piden a gritos ser complementados con toda suerte de aparato: notas, índices temáticos, bibliografías... Hay que demostrar que lo que allí se afirma está convenientemente documentado. Por supuesto, cuanto más académico el ensayo, más notas suele incluir. Tradicionalmente, las monografías académicas llevan las notas a pie de página. Con frecuencia, muchas. Por eso, quizás, hay entre los editores la obsesión de que un texto con notas al pie asusta al lector común y corriente, haciéndole pensar que lo que tiene delante es un ensayo sesudo y, probablemente, fuera de su alcance. Así, cuanto más se aleja la temática y contenido de un ensayo del ámbito universitario para pretender conquistar al público general, más se acentúa la tendencia a relegar las notas al final del capítulo, o al final del libro. No sea que el lector se espante. (Por supuesto, esta discusión no tiene sentido si el soporte del libro en cuestión es digital y no físico: en el libro digital los enlaces permiten saltar con un clic o una pulsación del dedo a la nota y regresar luego al texto con igual prontitud.) Sin embargo, sospecho que lo que en realidad se pretende con esta maniobra es eliminar las notas al pie del radar del lector. Al fin y al cabo, parecen estar pensando los editores, ¿a quién le importa eso? Y me parece un error mayúsculo, porque las notas no sirven únicamente para dar referencias bibliográficas: las notas fundamentan lo que el autor afirma en el texto, pero sirven también para complementar aspectos que tal vez no tenían cabida en el discurso, y que aún así son de cierto interés. A los lectores mínimamente concienzudos les gusta poder enterarse con sólo bajar la vista hacia la parte inferior de la página de la procedencia de tal o cual cita, de la complicada historia de la publicación del libro referenciado, de que tal información la obtuvo el autor del colega X durante un congreso, o incluso de detalles más jugosos que no se ha atrevido a incluir en el texto, pero que abren nuevas perspectivas. Sin embargo, si cada vez que divisa una llamada de nota el lector curioso se ve obligado a cerrar la página en que estaba -sin olvidar poner una señal, o marcarla con el dedo, so pena de irritarse aún mas al perder el punto- para ir al final del libro a rebuscar entre la lista de notas el número correspondiente, la lectura se convierte en una tarea extremadamente fatigosa.




Me he encontrado no hace mucho en esta situación al leer un ensayo por lo demás apasionante y ameno. Me refiero a La España vacía, de Sergio del Molino. Una y otra vez, he tenido que efectuar la complicada operación de buscar la nota y he maldecido para mis adentros a los editores que, junto con el acierto de publicar esta obra -que recomiendo sin reservas, a pesar de los malabarismos que me ha obligado a hacer-, no han tenido la osadía suficiente para ubicar las notas donde el lector pueda encontrarlas sin esfuerzo: a pie de página. O tal vez tienen ellos razón y de haberlo hecho así hubiesen vendido muchos menos ejemplares. Pero después de esta experiencia, estoy tentada de poner en marcha un grupo de presión de lectores a favor de las notas al pie. En sus manifestaciones, por supuesto, las pancartas irán debidamente anotadas.

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1. Un término que procede de la tipografía antigua, cuando los tipos de madera o metal que componen la página se colocaban dentro de una caja de madera. (Como ven, hasta las entradas de blog precisan a veces de notas a pie de página.)



martes, 13 de junio de 2017

LIBROS Y FERIAS



En castellano, el término "feria" tiene un doble sentido. Por un lado, es un lugar donde se exponen productos para vender, generalmente en un día o días señalados; se emplea para mercados de todo tipo, desde ferias de ganado a ferias tecnológicas. Por otro, remite a un evento más festivo. Como dice el diccionario de la RAE, una feria es también un "Conjunto de instalaciones recreativas, como carruseles, circos, casetas de tiro al blanco, etc., y de puestos de venta de dulces y de chucherías, que, con ocasión de determinadas fiestas, se montan en las poblaciones". Algunas veces, las ferias tienen un poco de ambas cosas: los avispados negociantes aprovechan la afluencia de público para ofrecer diversiones, comida y bebida, además de las mercancías que son el objetivo del evento. Por lo que se refiere a los libros, Ferias del Libro hay muchas, repartidas por toda nuestra geografía. En general, se llevan a cabo aprovechando la llegada del buen tiempo, que permite poner tenderetes al aire libre, en lugares de paseo donde la gente, además de tomar el fresco o sentarse en un chiringuito a beber unas cañas, puede detenerse a hojear los libros allí expuestos y, quién sabe, incluso comprarlos.  Por su tamaño y su variedad, la Feria del Libro de Madrid es una de las más notables y representativas, además de una de las más antiguas, ya ha superado los tres cuartos de siglo de existencia. Y por estar ubicada en el Retiro, claro, un lugar maravilloso donde siempre apetece perderse un rato.


Así lucía la Feria del Libro en 1933

En Barcelona, Sant Jordi es un día multitudinario y lleno de vitalidad, donde los libros, lejos de quedarse en un territorio delimitado, invaden todo el centro de la ciudad. Y el público, ese día, deja sus tranquilos barrios para callejear por ese núcleo, donde pronto no cabe un alfiler (si han intentado un 23 de abril bajar por las Ramblas, sabrán lo que es eso). Sin embargo, los tenderetes de Sant Jordi, en su mayoría, tienen todos los mismos libros: el último bestseller, el último engendro de un presentador de televisión o de un político (que ellos no han escrito, por supuesto). Como ese día todo aquel que no pisa una librería en su vida acude al reclamo de la tradición y se siente obligado a adquirir un libro -sin más criterio que "lo que suena"-, los libreros intentan captar a este público tan heterogéneo. "Lo que suena", "lo que se lleva" acaba dominando la selección. La Feria de Madrid, en cambio, tiene varias ventajas. No hay rosas, de acuerdo. (En cierto modo, menos mal, porque el calor de los junios madrileños no les sentaría demasiado bien.) Pero hay casetas de librerías, de editoriales, de distribuidoras. Incluso de organismos de esos que, en la vida cotidiana, uno sabe que existen, pero no se topa nunca con ellos. Como el Boletín Oficial del Estado, o el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (por cierto, no dejen de visitar la caseta de este último: hay verdaderos tesoros, que raramente se encuentran en librerías convencionales). Además -y en eso es casi el reverso de Sant Jordi- los editores aprovechan para traer su fondo. Si llevas todo el año buscando un libro de un pequeño editor que distribuye poco y mal, aquí es el lugar y el momento para encontrarlo. Mucha gente aparece en la Feria con un papel arrugado donde tiene esa lista de libros esquivos que espera hallar por fin. Y aún hay más y mejor: te atenderá personal experto, libreros o editores que conocen a fondo lo que publican, con quienes se puede hablar alegremente de si el último libro de tal autor es mejor que el primero, o pedirles consejo sobre un autor finlandés del que nada sabes, pero cuyo nombre te suena tan bien. No sólo es posible deambular, hojear, leer los textos de contra, pasar de una caseta dedicada al esoterismo a otra especializada en literatura militar o en novelas del XIX, sino que -a menudo- tienes ocasión de conocer a los editores que, el resto del año, están sentados en sus despachos, pero que no quieren perderse esta cita primaveral con sus lectores. También hay, no podía faltar, una nutrida representación de autores, firmando o intentando que les pidan una firmita. Ocasión perfecta para comprobar que los escritores son de carne y hueso, e incluso a veces simpáticos. ¿Puede algún bibliómano resistirse a tantos atractivos juntos? No, rotundamente, no.


En la Feria, tras el mostrador

Este año, esta bloguera ha tenido el honor de estar, por una vez, al otro lado del mostrador, firmando y departiendo con sus lectores. ¡Una experiencia memorable! Mi agradecimiento a mi editor, que se prestó a organizarlo, y a la Librería Pasajes, que me acogió una tarde. La Feria de Madrid ya acabó, pero vuelve el año próximo. Mientras, tenemos las librerías. Para los lectores, comprar libros es una actividad de todo el año.


La caseta de Trama Editorial, con El síndrome del lector bien visible




viernes, 2 de junio de 2017

ESCRIBIR CON SEUDÓNIMO

(Foto: Luciano Ribas)

Esconderse. Fingir. Sortear prohibiciones. Desconcertar al público. Usar una voz distinta. Cambiar de identidad. Ser otro.
Son muchos y diversos los motivos que llevan a escribir bajo seudónimo. Históricamente, el seudónimo ha sido el disfraz idóneo para sortear la censura, o la desaprobación social. Mujeres que adoptaban un nombre masculino para presentarse ante el mundo y que sus obras fuesen tenidas en cuenta, como las dos "George", George Eliot y George Sand, en la vida real respectivamente Mary Ann Evans y Aurore Dupin (o Dudevant, según optemos por su nombre de soltera o de casada: en países como Francia o Inglaterra, donde las mujeres pierden su apellido al casarse para adoptar el del esposo, tal vez el seudónimo era simplemente un cambio de identidad más). O, mas tímidamente, se escondían bajo el genérico "a Lady", como hizo Jane Austen al publicar su primera novela, Sense and Sensibility.



Este deseo de esquivar la mirada severa del público, de que no piensen mal de uno por haber escrito nada menos que ¡una novela! no es privativo, sin embargo, del sexo femenino. Walter Scott, cuando ya era conocido y alabado por sus compatriotas como poeta -la popularidad de su poema narrativo La dama del lago traspasó fronteras, hasta el punto de que Schubert puso música a algunos fragmentos; el célebre Ave María, tan socorrido en bodas y otros festejos, procede precisamente de esa obra, aunque la letra original no se ha mantenido- no se atrevió a publicar su primera novela histórica, Waverley, bajo su propio nombre. (Forma parte de las curiosidades de la historia de la literatura el que se considerase admirable que un jurista como era Scott hubiese pergeñado un poema sobre desdichados amores junto a un lago escocés en el siglo XVI y sin embargo se viese como impropio que escribiese obras en prosa que trataban igualmente de amores y batallas en un trasfondo histórico.) De modo que esta primera incursión suya en el género salió anónimamente, sin autor, pero como su éxito hizo inevitable que le siguiesen otras de tema parecido, éstas aparecieron firmadas por "El autor de Waverley". Si no es exactamente un seudónimo, se le parece mucho. A pesar de que la obra fue muy aplaudida, y que varios críticos vieron en ella la mano inequívoca de Scott, éste se empeñó en mantener la ficción sobre su autoría durante muchos años. Tal vez es que le había tomado gusto a jugar al escondite.
Porque otra de las cualidades del seudónimo es que permite a los autores sortear esos compartimientos en que el público tiende a colocarlos. Si es usted un escritor con varias novelas alabadas por la crítica sesuda, salir de repente con una novela policiaco-humorística podría desconcertar a su público. O tal vez enajenárselo. Esto es lo que debió de pensar Julian Barnes, que en la década de los ochenta publicó varias novelas protagonizadas por un detective bisexual bajo el seudónimo de Dan Kavanagh. Las novelas -doy fe de ello, porque he leído un par- son realmente divertidas. Y me consta que escribir en un registro tan alejado del suyo habitual resultó liberador para él. Como dijo en una entrevista:

"Liberador en el sentido de que podía permitirme cualquier fantasía de violencia que se me ocurriese. Odio a los gatos, pero en una novela Julian Barnes como mucho le daría un empujoncito a uno para sacármelo del regazo. Sin embargo, dame un seudónimo y para cuando acabe el primer capítulo ya lo habré asado en la barbacoa."

Esta es la foto que aparece en la web de Dan Kavanagh.
Ciertamente, un autor elusivo

Su ejemplo ha sido seguido luego por varios colegas, entre ellos el premiado John Banville, que publica sus novelas policiacas bajo el nombre Benjamin Black, o la propia J. K. Rowling, que para liberarse del corsé harrypotteriano firmó sus novelas policiacas como Robert Galbraith.
Y con esto estamos donde quería llegar desde el principio: el seudónimo a veces sirve no tanto para ocultarse, como para dejar que asome otra faceta de uno mismo. Como sin duda saben los amables lectores que hayan leído mi libro, El síndrome del lector -o al menos le hayan echado un vistazo-, este blog aparece también bajo seudónimo. Eso es algo que parece desconcertar a muchos de mis conocidos, que no entienden el motivo -"Si no te metes con nadie, ni es algo de lo que tengas que avergonzarte, ¿por qué"- (pero no es para ellos que escribo esto, de modo que me importa poco su opinión). La explicación, si es que necesaria alguna, es muy sencilla: Elena Rius me permite centrarme en mi yo lector, dejando de lado todas las demás personalidades que una se ve abocada a adoptar en el curso de su vida profesional y familiar. Aquí no soy madre, ni profesora, ni editora, ni traductora, ni trapecista (eso  último tampoco me atrevería a serlo). Nada más que una lectora que les cuenta cosas sobre libros a otros lectores. Quizás debería hacerme una tarjeta de visita: Elena Rius, lectora.



De todos modos, si alguien quiere conocer cómo es la autora de este blog, ésta se materializará, en todas sus personalidades, los próximos días 9 y 10 de junio en la Feria del Libro de Madrid. Los lectores curiosos quedan cordialmente invitados a pasarse por allí.

[Viernes 9 de junio, a partir de las 18:30, en Librería Pasajes, caseta 143. Sábado 10, a partir de las 12 en Trama Editorial, caseta 195.]