John F. Peto

John F. Peto
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lunes, 26 de febrero de 2018

BIBLIOMEMORIAS


Se diría que en esta era de selfies y de airear las intimidades en las redes sociales, el escritor cada vez tiene menos inconveniente en revelarse ante sus lectores. Desde hace ya unos cuantos años el yo del autor va colonizando todos los géneros. Está claro: la autoficción ha llegado para quedarse. Novelas y relatos de grandes ventas como los de Rachel Cusk, Karl Ove Knausgard o Lucia Berlin se mueven en este territorio. Más cerca de nosotros, las obras de Javier Cercas tienen a menudo un innegable contenido autobiográfico. Los libros de viajes, por supuesto, ya llevaban incluida la experiencia del autor desde el principio, pero es que ahora hasta las biografías tienden a mezclar alegremente la vida del biografiado con los avatares del biógrafo mientras anda empeñado en investigar a su sujeto. Y no es que tenga nada en contra: el resultado es a veces espléndido, como demuestra Richard Holmes en su maravilloso Huellas. Tras los pasos de los románticos, o el Limónov de  Emmanuel Carrère.  Era inevitable, pues, que esta tendencia llegase también a los libros sobre libros. En tiempos pasados, el que quería dejar huella de sus lecturas hacía una reseña; si se trataba de un crítico o un novelista de cierto peso, estos artículos se reunían a veces en un volumen. La distancia con la que el reseñista trata los libros es desde luego variable: desde los que intentan emitir una opinión lo más objetiva y fundamentada posible hasta los que incluyen reflexiones personales. Pero un volumen de reseñas es una cosa y las bibliomemorias, otra distinta. Permítanme que tome prestada la definición de este género que hizo Joan Didion (otra insigne cultivadora de la autoficción) en un artículo publicado en 2014. Según ella, la bibliomemoria vendría a ser “una subespecie de literatura que combina la crítica y la biografía con el tono íntimo y confesional de la autobiografía". En los útlimos tiempos, los anglosajones, que nunca han tenido demasiado empacho en desnudar su vida privada en público (tradicionalmente, los autores meridionales han sido menos proclives a dejar memorias, diarios o autobiografías) se han lanzado a esta nueva modalidad literaria que, para deleite de los aficionados a los libros, explora la relación simbiótica entre vida y lectura.


Así pues, en las librerías empiezan a abundar obras que hablan de lecturas, de cómo los autores han las han percibido y de cómo esos libros se han entremezclado con su vida. Tal como dice Alberto Manguel en Mientras embalo mi biblioteca, "Mi biblioteca constituye una especie de autobiografía con múltiples niveles, en la que cada libro conserva el momento en que lo leí por primera vez".  A veces estas bibliomemorias surgen de un incidente particular en la vida  de uno, como pueda ser el tener que trasladar la biblioteca, o una enfermedad (propia o ajena; Will Schwalbe, en The End of Your Life Bookclub, detalla cómo leer libros juntos le acercó a su madre durante su enfermedad terminal). En otras ocasiones, surge de algún tipo de reto personal: The Year of Reading Proust, de Phyllis Rose (que también es una insigne biógrafa) da cuenta del año que pasó leyendo el ciclo proustiano, y de lo que esta lectura le aportó; por su parte, Rebecca Mead, con My Life in Middlemarch, toma la obra de George Eliot (y su obsesión con ella) como centro de su libro. O, curiosamente, de una catástrofe libresca: tras un divorcio, Rick Gekoski se encontró con que su biblioteca se quedaba en casa de su exmujer (que, por supuesto, no tenía intención de dejarle recuperar ninguno de los volúmenes). Pero, como reflexiona en Outside of a Dog: A Bibliomemoir, e dio cuenta de que los libros físicos no eran imprescindibles, pues "soy inconcebible sin mis libros. No me los pueden quitar, están dentro de mí, son lo que soy". Así que dedica esta bibliomemoria a contarnos qué libros han hecho de él la persona que hoy es y cómo lo han hecho.




Me viene a veces a la cabeza este género cuando observo los retos de lectura que proponen algunos blogs. Francamente, no siento demasiado interés por saber quién ha alcanzado la meta fijada en el reto, me gustaría mucho más conocer cómo esas lecturas han condicionado su vida. Pues es innegable que leer nos cambia.  
Sospecho que la fascinación que me producen las bibliomemorias es análoga a la curiosidad que siento cuando veo a alguien leyendo en el metro, o al impulso que me lleva, cuando entro en una casa desconocida, a husmear en su biblioteca. Si las lecturas nos forman -de eso no tenemos la más mínima duda-, saber qué libros ha leído una persona es un gran paso para empezar a conocerla. Y las bibliomemorias subrayan otra verdad incontestable: cada lector hace suyo el libro a su modo. Esas páginas impresas, siempre iguales mientras están cerradas, adquieren una nueva identidad con cada nuevo lector. Larga vida, pues, a las bibliomemorias. Ahora solo falta que lleguen al mercado en español, ya sea porque los editores se decidan a traducir alguna de las muchas que abundan en otros territorios, o porque los autores locales se lancen a escribirlas. ¿A qué esperan, bibliomemorialistas?

sábado, 5 de noviembre de 2016

LIBROS QUE PIENSO LEER ALGÚN DÍA (TAL VEZ MUY LEJANO)

 
Los japoneses tienen un término específico, tsundoku, para designar la compra de libros que no vas a leer (la lengua japonesa, al parecer, es capaz de acuñar palabras para designar estados o condiciones que nosotros los occidentales ni imaginamos, como hikikomori, esos chicos que se encierran en su habitación, prescindiendo de todo contacto con el exterior). Sin embargo -tal vez por mi desconocimiento del japonés- a mí me parece más sugerente en este caso una expresión propuesta por Juan Tallón en uno de sus brillantes artículos: "el pasillo de la muerte": 
"Algunos los compraste tal vez con los ojos, siguiendo un impulso precipitado y caprichoso, o quizá realmente ansioso por leerlos, pero entremedias sucedió algo imprevisto, o no pasó nada, y ese fue el problema, y el libro quedó flotando en una especie de espacio exterior, lejísimos, libre de gravedad, buscando un cuerpo con el que chocar.
Juntos, muy distintos unos de otros, todos esos ejemplares conviven en el pasillo de la muerte, por llamarlo así. Los volúmenes no dialogan entre sí. Tampoco se relacionan apenas con su dueño, que hace mucho tiempo que dejó de reparar en ellos. Solo de vez en cuando, casi por accidente, se queda mirando algún título, y se dice "esto tendría que leerlo un día", o peor, "debería deshacerme de esta porquería". Pero va posponiendo sus promesas, como todo en la vida."
Todos los bibliómanos tenemos algún "pasillo de la muerte" en nuestra biblioteca, aunque quizás no adopte  esa forma tan poética, a lo mejor es sólo una estantería, una pila o un rincón (bien pensado, "rincón de la muerte" suena también bastante atractivo). Yo distingo entre aquellos libros que compro con el propósito de leerlos, pero que por cualquier motivo permanecen criando polvo en la pila de pendientes durante meses y meses, hasta que algún día acabo por reconocer que no, no los voy a leer en el futuro próximo (ni siendo muy generosa con la distancia que me separa de ese futuro), y aquellos que compro porque siento que he de tenerlos: una nueva edición o traducción de un clásico imprescindible que ya conozco, una obra de esas que "deberías haber leído ya" y que conviene no tener muy lejos por si de repente te ves fulminada por una enfermedad que te impide trabajar o moverte, pero no leer y leer sin descanso (a estas alturas de mi vida, empiezo a sospechar que esas enfermedades no existen; siempre que algo me ha postrado en la cama, el dolor o la fiebre han hecho inviable tan idílico plan).
 
 
 
 
Al final, los libros de ambas categorías acaban un día u otro archivados en la biblioteca general, donde comparten estantería con otros congéneres más afortunados que sí han sido leídos. Así pues, no dispongo de ningún "pasillo de la muerte", aunque la idea está empezando a gustarme. Me evitaría la leve sensación de incomodidad que experimento cuando paso la mirada por las paredes tapizadas de libros de mi biblioteca, esos reproches que parecen salir, como dardos, de unos lomos que -al contrario que sus compañeros- no me evocan ningún recuerdo. Señales de vida, recordatorios de todos los mundos de ficción que aguardan allí agazapados a que me decida a abrirlos. A medida que voy recorriendo con la vista los autores y títulos, cada uno de aquellos volúmenes adquiere un tinte emocional propio: libros que me emocionaron, libros que me dejaron indiferente, libros que detesté (me pregunto por qué no me he deshecho aún de ellos), libros que he releído una y otra vez, libros que apenas son un vago recuerdo, libros que no puedo recordar cómo acaban, libros que contienen personajes inolvidables (casi los veo salir de las páginas)... y, cada tanto, un lomo que no me dice nada, enigmático, frío, cerrado. 
 
 
¿Sería mejor eliminar estos convidados de piedra y desterrarlos a alguna región oscura desde la que no pudiesen lanzarme sus maleficios? ¿O estoy siendo injusta y sólo me piden, pobrecillos, una oportunidad? Tranquilos, les digo, ya os llegará vuestra hora. Sólo tenéis que esforzaros un poco, abombar vuestro lomo para que sobresalga entre el resto, hacer que vuestro título brille tentadoramente, lanzar irresistibles cantos de sirena que atraigan mi atención la próxima ocasión que ande por ahí a la caza de lecturas.
No sé, en verdad, si alguna vez llegaré a leer todos esos volúmenes que ahora me miran, con muda desaprobación, desde mi biblioteca. Pero, como dice Alberto Manguel, "no tengo sentimientos de culpabilidad respecto de los libros que no he leído aún y que quizás no lea nunca; sé que mis libros tienen una paciencia ilimitada y me esperarán hasta el fin de mis días".
 

martes, 27 de octubre de 2015

BIBLIOTECAS FÍSICAS, BIBLIOTECAS MENTALES

 
Uno no se siente nunca solo si tiene un libro cerca. Si no se trata de un único libro, sino de toda una biblioteca, el solaz y el placer se ven multiplicados. Por fortuna, además, los grandes lectores contamos no sólo con nuestra biblioteca física, sino que tenemos a nuestro alcance también una nutrida biblioteca mental: la biblioteca de la memoria. Y los libros allí almacenados no coinciden exactamente con los libros materiales que hemos leído, sino que son una versión interpretada, editada, parcialmente olvidada, compuesta de varios libros juntos, en suma, transformada por cada lector de manera absolutamente única. Como dice Alberto Manguel refiriéndose a "su" Quijote:
"Todas las ediciones de Don Quijote publicadas hasta la fecha en todos los idiomas se pueden coleccionar -y se coleccionan, por ejemplo en la biblioteca del Instituto Cervantes en Madrid-. Pero mis propios Don Quijote, los que corresponden a cada una de mis diversas lecturas, los que inventó mi memoria y editó mi olvido, sólo encuentran lugar en la biblioteca de mi mente"
Así, los lectores tenemos el poder de incorporar los personajes que nos han resultado fascinantes a nuestro imaginario propio, de hacerlos figurar tal vez en nuestros ensueños o en nuestras pesadillas; podemos soñar haber vivido los lances y aventuras que sólo existen en la página, o darles otro final, más acorde a nuestro gusto.  Al contrario de lo que ocurre con la biblioteca física, la biblioteca mental no tiene límites. O sí: los de nuestra memoria y nuestra capacidad de seguir asociando, imaginando y creando a partir de lo que otros inventaron una vez.
Lamentamos a veces que, al fallecer algún insigne erudito, su biblioteca se disperse. Pero igualmente grave es que, con la muerte de cada lector, desaparece también su biblioteca mental, esa amalgama de experiencias lectoras que ha ido atesorando y filtrando durante toda su vida. Quién sabe: tal vez en un futuro tecnológico, alguien encuentre la manera de conservar esas memorias librescas. Entretanto, nos queda el consuelo de seguir hablando de los libros que leímos y de los que nos gustaría leer.
 
 
Sarah Bryant, Reading after lunch
 
Hemos hablado a menudo en este blog sobre el placer que siente el verdadero lector al poseer libros, al acumularlos y ordenarlos, al contemplar su biblioteca -más grande o más pequeña-, compuesta de aquellos ejemplares que ha leído ya y que quizás nunca llegará a releer, pero también de otros que no ha leído aún y que confía en poder leer algún día. Gracias a la generosa colaboración de otros blogueros, hemos podido pasearnos  -en dos series de artículos- por las bibliotecas de otros lectores, que nos han revelado sus manías y sus cuitas, sus filias y sus fobias de orgullosos propietarios de una biblioteca propia. Resulta obvio que la comunidad libresca disfruta de estas incursiones en territorios ajenos, porque más de uno me ha preguntado si habría una nueva serie de artículos. Pues bien, por fin puedo responderles afirmativamente: está en el horno una nueva serie de "Mi biblioteca", que confío será del agrado de todos mis curiosos lectores. Permanezcan pues atentos a esta pantalla, en breve comenzará a publicarse.
 
 

lunes, 24 de agosto de 2015

LEER EN PÚBLICO


 
 
Igual que, a salvo  en la intimidad del hogar, uno se permite actos que la educación y el decoro le impiden llevar a cabo en público, también hay libros con los que uno preferiría no ser visto. O no al menos por desconocidos. Y es que leer en público, incluso el mero hecho de llevar bajo el brazo un libro determinado, nos define a ojos de los demás. Lo explica muy bien Alberto Manguel:
"Una prima lejana tenía muy en cuenta que los libros pueden funcionar como emblemas, como signos de alianza, y siempre elegía el libro que llevaba de viaje con el mismo cuidado con que escogía su bolso de mano. No viajaba con Romain Rolland porque pensaba que le hacía parecer demasiado pretenciosa, ni con Agatha Christie porque le hacía parecer demasiado vulgar. Camus era adecuado para un viaje breve, Cronin para los largos; una novela policiaca de Vera Caspary o Ellery Queen estaba bien para un fin de semana en el campo; y una novela de Graham Greene para viajes en barco o en avión."
 
Por supuesto, no es concebible emprender un viaje -sea este largo o corto- sin haberse provisto de alguna lectura. Pero, tal como muestra el delicioso ejemplo de la prima de Manguel, hay que ser prudente al elegirla. Un paso en falso y puede que hayamos de sufrir durante todo el trayecto la mirada de desprecio del hipster que se sienta a nuestro lado, que seguramente considera que leer a Galdós es  de lo más anticuado. (Aunque, por otro lado, entra dentro de lo probable que no sepa quién es este señor.) El mismo impulso que nos lleva a juzgar a los demás por la ropa que llevan, o por su peinado, hace que les encuadremos en determinada categoría de acuerdo con el libro que van leyendo.
Así que a veces los lectores debemos, como la previsora prima, ejercer cierta censura sobre nuestros gustos para no ser tachados de cursis, o de esnobs o de cualquier otro adjetivo del cual no creemos ser merecedores. Recuerdo perfectamente un viaje en avión en compañía de un colega de trabajo que se me hizo eterno porque el libro que llevaba en mi bolso -mi lectura de esos días, que ardía en deseos de reanudar- era la Anábasis de Jenofonte. Durante la hora y media que duró el vuelo, estuve debatiéndome entre las ganas de sacarlo y enfrascarme en su lectura -que, además, me hubiese permitido ahorrarme la anodina conversación de mi compañero- y las pocas ganas de responder las preguntas que anticipaba si lo hacía -¿qué es eso que lees? ¿de qué va? ¿griegos antiguos?-, que además me temía que desembocarían en una mirada de incomprensión. (Sí, ya sé, hubiese debido aclararle que no es más que una apasionante novela de aventuras, el relato de un grupo de mercenarios que, fracasados en su misión y aislados en territorio enemigo, intentan por todos los medios regresar a su casa. Una trama digna de Hollywood.)


 
 
Por otro lado, no hay cosa más entretenida que intentar adivinar algo de las personas que leen en público a través del libro que sostienen entre las manos. A menudo, el personaje y su libro entran dentro de lo previsible. Parafraseando a Manguel, podríamos decir que el emblema responde a lo que son. Pero, de vez en cuando, uno descubre una pieza que no encaja: un señor canoso y trajeado que va leyendo una novela gráfica, una chica rapada y llena de tatuajes que lee a Jane Austen... Rarezas que resultan refrescantes entre el mar de bestsellers de ayer y de hoy que devoran la mayoría. Aunque... tal vez los estemos juzgando mal. ¿Quién dice que esa chica que parece tan interesada en La catedral del mar no es en realidad, en privado, fiel lectora de Jonathan Franzen?

 

miércoles, 15 de octubre de 2014

LA SOLEDAD DEL LECTOR




Dice un gran lector, Alberto Manguel:
«Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera. Los libros que atraviesan nuestras vidas son, para cada uno de nosotros, maravillosamente diversos».
La lectura no sólo es un acto singular, sino necesariamente solitario. Al leer, te encierras en un mundo aparte, donde únicamente estás tú y los seres de ficción en cuya historia te encuentras sumergido. No existe, para un lector, felicidad comparable a la de poder participar por unas horas de esos universos que para él son tan (o más) reales que la vida. Maravilloso. Sin embargo, en el mundo que queda fuera de las páginas de los libros -me resisto a llamarlo "el mundo real", porque hay mundos ficticios que son mucho más verdaderos que ese caos que nos rodea-, los grandes lectores, los enfermos de la lectura, gentes que antes dejaríamos de comer que de leer, que nos sentimos desnudos si no tenemos un libro cerca, nos sentimos a menudo raros. 
La cosa empieza casi en la infancia, cuando se manifiestan los primeros síntomas de nuestra manía lectora. Cuando resulta evidente que prefieres pasar la tarde enfrascada en las aventuras de Tintín que jugando al escondite, empiezas a advertir -porque los lectores, contrariamente a lo que algunos suponen, solemos ser grandes observadores, otra cosa es que nos guste lo que vemos- que tus coetáneos te miran con cierta desconfianza. Una actitud que no hace más que agravarse a medida que pasan los años y tú pasas más y más horas devorando libros en cualquier biblioteca. Pero a nadie le gusta sentirse un bicho raro, de modo que haces lo posible por ser como los demás. Ahí, inevitablemente, comienza una vida de fingimiento. No dejas de leer, claro, eso sería impensable, pero procuras que no se note. O no tanto. Si alguno de tus compañeros de clase menciona que durante las vacaciones ha leído "un" libro, te abstienes de hacer comparaciones con los diez que has leído tú y te interesas por saber qué le ha parecido (lo más probable es que sea una birria que tú ya leíste hace tiempo y no te gustó, pero también te abstienes de decirlo). Disimulas. Como disimulas en la adolescencia cuando te gusta un chico: evitas cuidadosamente sacar el tema de la lectura. Sospechas, estás casi segura, que tu faceta lectora te restaría muchos puntos de atractivo. Claro que para entonces ya has leído Madame Bovary, Cien años de soledad y bastantes novelas más que te han enseñado sobre las relaciones entre hombres y mujeres cosas que esos chicos "normales", tan amantes del deporte y de las motos, probablemente ignoran. Juegas con ventaja, pero tampoco eso puedes decirlo en público.
Alguna vez, muy de tanto en tanto, te parece encontrar a alguno de tu especie. Si es así, bastan pocas palabras para reconocerse; como si de contraseñas se tratara, intercambiáis algunos nombres clave. Lo mismo que si fueseis exploradores que atraviesan territorio hostil, sentís un inmenso alivio al poder compartir experiencias. Quizás os sentáis durante un par de horas junto a una fogata y repasáis rutas y caminos, dónde se puede encontrar agua fresca, dónde comida, qué zonas más vale no pisar... Todo esto en sentido figurado, claro. En la vida real, lo más cerca de un tigre que has estado es leyendo a Kipling. Pero estos momentos de compañerismo, aunque placenteros, son escasos. El mundo, hay que reconocerlo, no está hecho para los lectores. 


"Doctor Livingstone, supongo."

Tampoco los lectores estamos hechos para este mundo. Porque el nuestro, ese que hemos construido a partir de los miles de otros universos que hemos pisado a lo largo de tantos años de lecturas, es mucho más rico, con más colores, más matices. Hemos pisado todo los continentes y hemos visto lo mejor y lo peor. Aunque parezca que nos aislamos, no estamos solos: nos acompaña una multitud. Leyendo, no vivimos una vida, sino muchas.