John F. Peto

John F. Peto
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jueves, 12 de diciembre de 2019

SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN, EN LIBROS

La capacidad que tiene la gente para inventarse continuamente nuevos retos y memes lectores me deja maravillada. Creo que apenas pasa un día en que, navegando por la red, no me tope con alguno. Todos mis respetos para quienes se apasionan por estos entretenimientos, pero yo nunca les hago caso, me temo que soy poco competitiva y muy poco gregaria. Tampoco veo cómo participar en uno de esos retos -libros escritos el año que naciste, libros que empiecen cada uno por una letra del alfabeto, o cuyos autores provengan cada uno de un país distinto o ves a saber qué otra rebuscada condición- podría resultarme provechoso. Es verdad que tal vez por este intricado vericueto descubriría autores u obras interesantes; sin embargo, prefiero con mucho mi brújula interior para orientarme en el laberinto de los libros. 
A pesar de esta declaración de intenciones, debo confesar que hoy por primera vez uno de estos retos me ha llamado la atención. Ante todo, porque su funcionamiento es tan personal y aleatorio como mi propio método para saltar de libro en libro; además, no implica leer nuevos libros, sino hablar de los que ya se han leído (dado que mi ritmo de lecturas sigue tan activo como siempre, es difícilmente factible añadirle títulos impuestos por otros). Y, por si fuera poco, demanda cierto ingenio, lo que nunca va mal. Les explico. El jueguecito -meme, se dice ahora- se llama "Seis grados de separación". Supongo que conocen esa famosa teoría, recordarán que postula que cualquiera de nosotros está conectado a cualquier otra persona en el mundo por una cadena que no tiene más que cinco intermediarios. No me voy a extender aquí en discutir si eso tiene alguna credibilidad, el asunto es que las conexiones que se establecen pueden llegar a ser tan extravagantes y fantasiosas (del tipo: una vez frecuenté el mismo restaurante que Fulanito quien a su vez había trabajado en la misma empresa de Menganito, etc.) que todo está permitido.


Trasladado a las lecturas, el sistema funciona de un modo algo distinto. El iniciador de la cadena propone un libro -suficientemente conocido- y, a partir de ahí, todos los participantes van estableciendo conexiones -distintas para cada uno- que les permiten saltar a otros libros, y así hasta los seis grados de separación. Por citar el ejemplo en que me baso, del blog Stuck in a Book, el juego comienza con Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen. Puesto que la localidad que le da título está en la costa, eso da pie para saltar a novelas ambientadas junto al mar; en su caso, The Fortnigt in September, de R. C. Sherriff. Y de septiembre, a otras novelas en cuyo título figuran meses, como Silence in October, de Jens Christian Grondahl; esta, a su vez, es narrada por un personaje sin nombre, lo que nos lleva a The Pumpkin Eater, de Penelope Mortimer; y de una autora llamada Penelope, a una tocaya: At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. En fin, ya ven el mecanismo (sigan el enlace si quieren ver a dónde va a parar esta serie).


La propuesta me ha parecido lo bastante atractiva como para sugerirme otras vías de conexión. Por atenerme al título inicial, como Sanditon suele publicarse acompañada de otra breve novela de Austen, Los Watson, salto inevitablemente al Watson más conocido de la literatura inglesa, el de Conan Doyle. Y, concretamente, por elegir una de sus aventuras, a El sabueso de los Baskerville. De ahí, está claro, paso a otro Baskerville literario, el Guillermo de El nombre de la rosa de Umberto Eco (una novela, por otra parte, muy holmesiana). Recordarán que el narrador de esta historia que mezcla teología e investigación detectivesca es Adso de Melk, por la famosa abadía situada junto al Danubio. Lo que nos lleva a la obra danubiana por excelencia, El Danubio, de Claudio Magris. Magris estaba casado con otra magnífica escritora, Marisa Madieri. Así pues, su preciosa novela, Verde agua, es la siguiente parada de este itinerario (y, burla burlando, ya llevamos cuatro).  Desde aquí, me siento tentada de seguir la via triestina -donde se sitúa la novela de Madieri-, dado lo muy llena de escritores que ha estado siempre esa ciudad adriática (Stendhal, Casanova, Joyce, Italo Svevo, y me dejo un montón). Pero no, creo que tomaremos otra derivación y dejaremos que la imaginación flote sobre el Mediterráneo hasta llegar a La forma del agua, de Andrea Camilleri, la novela donde aparece por primera vez su Montalbano. Un título que no debe confundirse con la película del mismo nombre de Guillermo del Toro, cuyo argumento a su vez tiene mucho en común con La señora Caliban, de Rachel Ingalls. Y con esta verdadera joyita literaria hemos completado nuestros seis grados de separación y hemos transitado de una autora inglesa de principios del XIX a una escritora americana que falleció este mismo año. Sin duda, un bonito viaje literario y una forma divertida de repasar lecturas. 

domingo, 28 de agosto de 2011

IMPRESIONES DANUBIANAS


El Danubio, en Budapest

De vuelta, muy a mi pesar, de mis vacaciones. Poco a poco, espero ir retomando mi blog, que estos días andaba descuidado, porque aunque las nuevas tecnologías ayudan, mi condición itinerante dificultaba cualquier cosa que fuese más allá de asomarse de vez en cuando y leer las nuevas entradas de los blogs amigos y sus comentarios. Regreso con un montón de impresiones, imágenes e ideas, que no sé si alcanzarán a plasmarse aquí. Me va a faltar tanto tiempo como espacio, porque no es cuestión de aburrir a los lectores con el relato pormenorizado de mis viajes. El de este año ha sido un recorrido peculiar. Parte del mismo venía impuesto por un compromiso familiar que debía llevarnos al sudeste de Alemania. Por una feliz coincidencia, la ruta obligada pasaba por un par de ciudades a orillas del Danubio y a partir de ahí no fue difícil convertir el viaje en un recorrido danubiano, al menos por la sección del Danubio que atraviesa Alemania. Adoro los grandes ríos europeos -tan distintos de esos hilillos de agua a los que aquí tomamos por ríos-, esas corrientes poderosas que surcan las grandes llanuras haciendo meandros, nexos de unión física y cultural. Entre ellos el Danubio ocupa un lugar destacado, algo lógico ya que con sus más de 2.800 kms es el segundo río más largo de Europa, después del Volga. Desde que, hace unos años, lo recorrí en barco desde Budapest a Bratislava, me quedaron ganas de reencontrarme con él, y ésta ha sido -medio por casualidad- la ocasión perfecta. Con el recuerdo muy presente tanto del libro de Claudio Magris como del relato de las andanzas de Patrick Leigh Fermor por esos lares, he visitado tantos rincones del río como me ha sido posible y me deleitado con sus paisajes, con las ciudades que han crecido a sus orillas y con la cultura que el río ha contribuido a difundir. Porque el río ha servido varias veces de frontera entre civilizaciones. Durante el Imperio romano actuaba como barrera de las tribus bárbaras del Norte y servía al mismo tiempo como ruta para abastecer a las guarniciones allí destacadas. Siglos después, los turcos utilizaron esta misma ruta para invadir Europa, hasta llegar a la puertas de Viena, donde fueron derrotados en 1529. A partir de entonces, y durante un par de siglos, el Danubio se convertiría de nuevo en frontera política y cultural entre Oriente y Occidente. Por esta zona abundan las iglesias con campanarios rematados por cúpulas en forma de cebolla, ecos sin duda de esa mezcla de civilizaciones.
La abadía de Metten
El río nace, de manera bastante modesta, en Donaueschingen. Al menos, esa es la fuente que el conde de Fürstenberg oficializó al canalizar el manantial que recorría una zona pantanosa y construir junto a él su palacio. No todo el mundo está de acuerdo en que el Danubio parta realmente de aquí - o en que a esta corriente ya se le pueda dar el nombre de este río-, pero ahí queda eso para la Historia.

La fuente del Danubio en Donaueschingen
Y la estatua alegórica que la corona

Pronto va sumando aportaciones de otras corrientes y se hace más y más grande y a partir de Ulm ya es navegable. De hecho, gracias a la conexión con el canal Main/Danubio, es posible alcanzar el Mar del Norte, a través del Rin. Toda una arteria navegable que recorre Europa. Para cuando llega a Ingolstadt ya es un señor río.
El Danubio, a su paso por Ingolstadt
En Deggendorf se le une el Isar, en Regensburg -la romana Ratisbona, nombre que se ha conservado en la versión castellana de esta ciudad cuya silueta está dominada por las dos torres de su espléndida catedral- el Regen y por fin, en su última parada en tierras germanas, en Passau, las aguas verdosas del Danubio -no es azul por aquí, por más que lo dijera Johann Strauss- se mezclan con las casi negras del pequeño Ilz, que viene de los bosques de Bohemia, y con las mucho más turbias y blanquecinas del Inn. Ver cómo se entrecruzan estas tres corrientes y el juego de colores que producen sus aguas es un espectáculo que vale la pena. En la otra orilla de este Danubio aumentado se vislumbran ya tierras austríacas.

Passau: a la izquierda el Inn, a la derecha, el Danubio
Claro que "la ciudad de los tres ríos", como la llaman en las guías turísticas en un alarde de originalidad, ha tenido que pagar más de una vez el peaje de estar rodeada de tanta agua: en la pared de su ayuntamiento se pueden ver las marcas de hasta donde llegó el agua en las sucesivas inundaciones que afectaron a la ciudad, la más reciente de ellas en 2002.
Esta ciudad, con un precioso centro barroco, alberga en su catedral el órgano más grande de Europa, con más de 17.000 tubos. Cada día a las 12 es posible asistir a un pequeño concierto en el que se hace evidente la potencia y diversidad de registros de este prodigioso instrumento.

El órgano de la catedral de Passau
La biblioteca de Passau
Casi mejor que la iglesia barroca y su órgano es la adyacente residencia del obispo -los obispos de Passau fueron hasta bien entrado el siglo XIX los amos y señores de Passau y su región, lo que les permitió alcanzar una prosperidad que se refleja en este edificio-, con su escalinata y su biblioteca rococó. Una preciosidad. Para los latinos, más acostumbrados a la severidad e incluso el dramatismo de nuestros santos barrocos, resulta chocante contemplar esos putti regordetes y juguetones que adornan tanto edificios oficiales como iglesias, esos rosas, blancos y dorados y tantísima luz. Una forma mucho más alegre de contemplar la vida y la religión.


Detalle del remate de la puerta que da acceso a la biblioteca