John F. Peto

John F. Peto
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martes, 20 de agosto de 2013

REMEMORANDO LECTURAS VERANIEGAS


No sé si ha sido el aroma de los pinos o la visión casual de algunas cubiertas antiguas, pero  estos días pasados un flash de memoria me ha transportado a lecturas veraniegas de hace muchos años. En concreto, a las que fui descubriendo en la casa de verano de mis abuelos, en las breves temporadas que pasábamos allí durante mi infancia. Con la perspectiva que da el tiempo, tengo la impresión de que en aquella casa junto al mar, que sólo se habitaba en época estival, se debían acumular los libros "menores", lecturas de circunstancias en ediciones baratas que se consideraban indignas de ocupar un lugar en la casa de invierno, mucho más sólida y solemne. También, quizás, encontrasen allí refugio las lecturas juveniles de mi abuela, puesto que había numerosos volúmenes de una publicación llamada "La novela semanal", que años después he sabido que gozó de gran popularidad durante los años veinte. Esas estanterías, relegadas además a una habitación de paso, ejercían sobre mí una fascinación múltiple. Por un lado, el hecho indiscutible -aunque no manifestado de modo claro- de que mis padres creían que no eran libros dignos de atención: creo que nunca les vi tomar ninguno de esos volúmenes e incluso, al pillarme con uno de ellos entre las manos, me habían sugerido que leyese otra cosa. Sistema infalible para conseguir que me volcase con pasión en devorar todo lo posible en los escasos días de nuestra estancia. Por otro lado, los propios libros, con sus cubiertas desteñidas y adornadas con ilustraciones tan distintas de las de los ejemplares que estaba habituada a manejar, contribuían a acrecentar mi curiosidad. (Ahora, pensando con mi vena bibliófila, lamento que no se hayan conservado esos ejemplares. La casa ha pasado desde entonces a otras manos y quién sabe en qué basurero terminarían.)
 
 
Por último, las propias lecturas justificaron en muchos casos la atención que les dedicaba. Recuerdo en especial, por la huella que dejaron, un par de ellas, llenas de emoción y aventura en entornos para mí exóticos: La pimpinela escarlata, de la Baronesa Orczy (en aquel entonces no podía evitar yo pensar que dicha baronesa tendría algo que ver con los nobles retratados en sus páginas; por supuesto, luego supe que no había nada de eso), las fascinantes aventuras de un noble que, convenientemente disfrazado, durante la Revolución Francesa salva a otros de la guillotina y la serie de El Coyote, de José Mallorquí, otro héroe enmascarado que -esta vez en tierras más cálidas y lejanas- se dedicaba igualmente a derrotar el mal arrostrando grandes peligros (no recuerdo cuántos de los volúmenes de dicha serie llegué a leer, pero creo que en esa biblioteca no habría más de tres o cuatro).
 
 
Posiblemente tuvieran razón mis padres al pensar que no era esta literatura de altos vuelos, ni especialmente educativa. Excepto en un sentido muy importante: en crear un insaciable apetito por las aventuras y los enredos que narraban, y avivar de ese modo la pasión lectora que en adelante me consumiría.
Recuerdos así me reafirman en mi idea de que no hay géneros menores, sólo lecturas que alientan el amor por la ficción, ese otro país en el que somos tan felices.

viernes, 15 de febrero de 2013

PULP FICTION


Como es sabido, el término pulp fiction da nombre no sólo una estupenda película de Quentin Tarantino -no me canso de ver la escena del twist entre John Travolta y Uma Thurman-, sino a todo un género (o quizá varios) de literatura popular. Surgidas en Estados Unidos a principios de los años veinte, este tipo de novelas, de precio reducido y dirigidas a un público muy amplio, se caracterizaban por estar impresas en un papel muy malo -pulpa de madera de baja calidad, de ahí el término que le dio nombre-, pero como reclamo lucían unas cubiertas espectaculares en colores vivos, que a menudo representaban atractivas mujeres en diversos estadios de desnudez (hasta donde la censura de la época lo permitía) o momentos cruciales de alguna pavorosa aventura. Héroes invencibles, mujeres hermosas, lugares exóticos y misteriosos villanos solían poblar sus páginas, convirtiéndolas en la lectura preferida por un público mayoritariamente joven y de bajo poder adquisitivo. Para muchos adolescentes de la época, la pulp fiction cumplió un papel similar al que tendría después la televisión. Con la llegada de los nuevos medios, y de una creciente prosperidad, el género pasó de moda, aunque a él le debemos el surgimiento de muchos grandes nombres de la novela negra (Raymond Chandler, por ejemplo) o de la ciencia-ficción.




Hasta el punto de que no sólo la literatura llamada "popular" recibió este tratamiento, sino que se dieron casos en que obras más literarias recibieron un tratamiento gráfico similar, quizás con la esperanza de atraer una nueva masa de lectores. Véase sino:

  
Casi da pena que haya pasado de moda, porque hay que reconocer que sus cubiertas eran de lo más resultón. Un momento... que las modas siempre vuelven. Se anuncia la aparición de un nuevo sello editorial, Pulp! The Classics, que pretende reeditar las principales obras clásicas de la literatura anglosajona, dándoles una cubierta de estilo pulp, con un toque de humor, pues no sólo las ilustraciones  representan por ejemplo a la Tess de Thomas Hardy como una vampiresa que fuma en boquilla, sino que -en el más genuino estilo pulp- añaden siempre alguna frase pensada para excitar las pasiones del lector. En el caso de Orgullo y prejuicio, luce la advertencia "¡Encierren a sus hijas! Darcy está en la ciudad...".




Si querían sorprender al lector, sin duda lo han conseguido. Para el mes de mayo, anuncian un par de títulos más, entre ellos Cumbres borrascosas. Estoy ya deseosa de ver cuál va a ser el eslogan comercial que le adjudiquen.

lunes, 19 de noviembre de 2012

EL LIBRO Y SUS ARTÍFICES (I): EL DISEÑADOR

Si atendemos a ciertas opiniones que circulan por ahí, se diría que para que haya un libro basta con que exista un autor. Error. Con ser éste un elemento fundamental, para convertir un  manuscrito en un libro impreso es precisa la intervención de toda una cadena de profesionales cuya labor, a menudo oculta, no es sólo imprescindible para éste tome cuerpo, sino que influye de manera decisiva en su forma final y, a la postre, en su efecto sobre el lector. Ahora que tanto se reivindica la autoedición –parecería que gracias a ella el autor se basta y se sobra, pero a la vista están los resultados para desmentirlo─, he creído oportuno presentar desde este espacio a algunos de estos protagonistas silenciosos del libro. Hacerlos visibles, porque su profesionalidad, su criterio y su trabajo hacen de los libros esos objetos que tanto amamos.

Más de una y de dos veces hemos hablado aquí de las cubiertas, esa carta de presentación del libro y de su importancia.  Recientemente, comenté la arriesgada –y conseguida─ cubierta con que Alba Editorial presenta su nueva traducción de la inmortal obra de Flaubert, La señora Bovary. Pues bien, hoy traemos a Pepe Moll de Alba, pintor, diseñador y sobre todo gran  artista, artífice de ésta y del resto de cubiertas de dicha editorial. Llaman en ellas la atención esa combinación entre rigor y sensualidad que se ha convertido en una marca de la casa. Pepe se ha prestado amablemente a contestar algunas preguntas acerca de su trayectoria profesional  y de su trabajo como diseñador de cubiertas.
Pepe Moll de Alba
Para empezar, ¿puedes hablarnos brevemente de tu formación, tu vinculación con el diseño de libros, tus otras facetas artísticas?
Aunque casualmente nací en Barcelona soy de origen canario. Allí pasé mi infancia y juventud hasta que marché a estudiar a Alemania. Primero estudié pintura en Múnich en la Freie Kunstschule München y luego seguí mi formación artística en la Hochschule für Gestaltung, Kunst und Medien de Stuttgart para acabarla en Roma. Relato todo este periplo porque esta mezcla de influencias tan dispares es lo que más me ha marcado profesionalmente.
Actualmente vivo y trabajo como pintor y diseñador de libros entre Canarias, Barcelona y la Toscana.
Desde 1995 soy responsable del diseño de la editorial ALBA.
 
Cuando te encargan una cubierta, ¿cómo es tu proceso de trabajo? ¿dónde y cómo buscas las ilustraciones?

Después de tantos años diseñando libros –debo de haber hecho ya más de mil– he desarrollado la capacidad de visualizar las cubiertas, de verlas.
En primer lugar es muy importante que el editor o el autor tenga confianza en uno y deje hacer, pero también que transmita su enfoque correctamente. A veces esta primera orientación no está clara o no me gusta y es entonces cuando hay que convencer con otro punto de vista. La edición es un trabajo en grupo y ahí está la parte más estimulante y divertida, pero la coherencia visual tanto a nivel del libro en concreto como de la editorial en su conjunto es mi responsabilidad.
Cada libro se puede enfocar desde muchos puntos de vista. Me gusta pensar que trabajo para un lector inteligente que agradece los guiños que evitan la obviedad. Este juego es muy inspirador. En la editorial ALBA he tenido la suerte de trabajar desde sus inicios con un editor como Luis Magrinyà con el que tengo una gran afinidad, tanto estética como de concepto.
 
 
 
Ser pintor también ayuda. He trabajado mucho el color hasta hacerlo marca de la casa y muchas de las cubiertas están relacionadas con mi búsqueda personal y la información visual acumulada de años.
En cuanto a las ilustraciones no es tanto donde las encuentro como la manera de tratarlas, el encuadre, la elección de un detalle en concreto, la forma de combinarlo con la tipografía. Es esto lo que hace que una imagen obtenga un enfoque diferente y se personalice, ganando en tensión y misterio.
 

Desde fuera, comparando por ejemplo algunas de las primeras cubiertas de la colección AlbaClásica con las del Red Riding Quartet o las más recientes de Rara Avis, por citar sólo algunos ejemplos, podríamos decir que tu estilo ha ido cambiando. ¿Hacia dónde crees que te lleva esta evolución?
 
Un acierto en la editorial ALBA ha sido que el diseño estuviera centralizado, lo que ha permitido editar todo tipo de libros siendo siempre el producto final marca ALBA.
Continuamente hay que renovarse, lo que vale para un año lo deja de hacer al siguiente. Uno también va cambiando y eso se refleja en el trabajo. Hay diseños de colecciones que se han convertido de referencia y no se pueden tocar. Funcionan y tenemos un público fiel que nos sigue, como es el caso de Alba Clásica.

 
 Por otra parte tenemos que abrir nuevas vías e intentar llegar a otro tipo de lector y cada colección pide una nueva solución estética y un nuevo lenguaje. Rara Avis es el reto de poder hacer una colección atractiva con solo dos colores, dos tintas. Esto hace que el resultado visual cambie, que repercuta también en el precio de venta y lleguemos a más gente.

 
La cubierta es un elemento muy importante de la comunicación del libro. ¿Cómo crees que tus cubiertas, específicamente, complementan o interactúan con el texto de la obra en cuestión?

Veo las cubiertas como el icono visual del contenido, la cara de la literatura. Hay colores que atraen más que otros, que crean atmósferas y con ellos se puede reflejar lo que el lector encontrará dentro del libro. La tipografía también es una herramienta de expresión importante y la utilización de una u otra hace que el conjunto cambie. No es lo mismo un libro de novela negra, de arte, infantil o un clásico. Cada uno va dirigido a un tipo de lector. Hay que tener en cuenta todo: si es en color o en blanco y negro, si el plastificado del libro es mate o brillante, tapa dura o rústica. Cada elección tiene un efecto diferente y en ese juego de equilibrios radica el que se consiga el objetivo.

 
¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?

Cada libro es un reto, algo nuevo que me estimula y esto es un lujo.

 ¿Puedes citar a algunos diseñadores o artistas en general que sean unos referentes para ti?
 
Más que artistas en concreto diría que mis influencias son centroeuropeas en general (sobre todo alemanas aunque también inglesas) e italianas, que es donde me he movido. Como si de manera natural hubiera mezclado el Renacimiento toscano con la Bauhaus. Es en esa mezcla y en esa tensión donde me muevo, que por puentes invisibles y personales conecta a la vez con mis raíces canarias. Es quizás por eso que dicen que mis libros parecen hechos en el extranjero y gustan tanto fuera.

 
¿Qué cubierta te gustaría diseñar que aún no te han propuesto?
 
¡Hay tantas buenas cubiertas hechas que nunca verán la luz! Hay un libro que siempre quise diseñar pero nunca llegó, Viaje a Italia de Goethe, quizás porque fue también desde Alemania que descubrí ese país. Tenía la imagen elegida por si en algún momento se hiciera, ya que hemos publicado varios libros de este autor. El cuadro se titula Recuerdo de Roma del pintor alemán Carl Gustav Carus pero no sabía en qué museo se encontraba. Años mas tarde, estando en Frankfurt y por recomendación de la directora de la editorial, fui a visitar la casa natal de Goethe. Y allí estaba, colgado en su casa.
Cuando la vida rima es que vas bien.

 
Hablar con Pepe de diseño o de arte es un verdadero placer. Casi tan importante como su faceta de diseñador es la de pintor; podríamos decir que aplica en sus telas la misma exquisita sensibilidad que en sus cubiertas, aunque con un estilo bien distinto. Próximamente, según me dice, expondrá en Barcelona. No dejen de ira a verlo.

jueves, 18 de octubre de 2012

EMMA BOVARY, REVISITADA

Las ediciones de Madame Bovary que
tengo en casa. Y creo que falta alguna...
Dice Mario Vargas Llosa en su espléndido estudio La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary: "Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido. Aunque es verdad que cuando personajes de ficción y seres humanos son presente, contacto directo, la realidad de estos últimos prevalece sobre la de aquéllos -nada tiene tanta vida como el cuerpo que se puede ver, palpar-, la diferencia desaparece cuando ambos tornan a ser pasado, recuerdo, y con ventaja considerable para los primeros sobre los segundos, cuya delicuescencia en la memoria es sin remedio, en tanto que el personaje literario puede ser resucitado indefinidamente, con el mínimo esfuerzo de abrir las páginas del libro y detenerse en las líneas adecuadas". Y, continúa, "ninguno más persistente y con el cual haya tenido una relación más claramente pasional que Emma Bovary". Unas palabras con las que me identifico plenamente. Madame Bovary, en esa época en que se descubre la gran literatura y en que todo parece nuevo, me deslumbró, hasta el punto que, durante varios años (creo que no tantos como Vargas Llosa, que dice haberla releído más de seis veces) este libro era mi lectura recurrente cada verano, y cada vez encontraba en él nuevos asombros, nuevos detalles fascinantes, un goce por el lenguaje difícil de igualar. Lo he leído en diversos formatos, en francés, en castellano -en la hasta ahora canónica traducción de Consuelo Berges- e incluso le he echado un vistazo a una traducción inglesa (¿sabían ustedes que la primera versión inglesa de este libro la llevó a cabo Eleanor Marx Aveling, la hija del mismísimo Karl Marx?) y siempre me ha deparado gratísimos momentos. Por eso, nada puede algerarme más que el hecho de que desde hace poco contemos con una nueva traducción al castellano, obra de María Teresa Gallego y primorosamente editada por Alba. Su título ha despertado algún debate, pues se ha castellanizado todo él a La señora Bovary. Pero la explicación que de ello da la propia traductora creo que zanja cualquier discusión.
 
 
 
¡Si la primera versión castellana llevaba por título La adúltera! (pienso que sus editores, atentos sólo a los superficial, creyeron que era un folletín). Otro motivo de satisfacción con esta edición es su bella cubierta. La mayoría de ediciones que conozco llevan como ilustración de cubierta una mujer (menos en el caso de la edición de Wordsworth de 1993, donde se ve un hombre desesperado, suponemos que el pobre Charles, ya viudo, aunque eso suena más bien a spoiler), pero el del botín es un motivo mucho más adecuado. Pues Flaubert, como nos recuerda Vargas Llosa en su estudio, era un verdadero fetichista de los pies y los pies, o el calzado, como motivo erótico son un detalle recurrente en la novela. Vean como muestra los aspectos que selecciona el novelista para mostrar cómo Charles percibe el abismo que separa a la joven y bella Emma (aún soltera, a quien él visita en su granja) de su propia, vieja y gruñona esposa. Como es natural, cito por la traducción de María Teresa Gallego:
"... le gustaban los zuequitos de la señorita Emma en las baldosas fregadas de la cocina; con esas alzas parecía de estatura algo mayor y cuando lo precedía al andar, esas suelas de madera, al alzarse deprisa, restallaban con un ruido seco contra el cuero de la botina." Su mujer, en cambio "... era flaca, con los dientes hacia fuera y llevaba en todas las estaciones una toquillita negra con un pico que le caía entre los omóplatos y el talle tieso metido en vestidos como fundas, que le estaban cortos y dejaban asomar los tobillos, con las cintas de unos zapatos muy anchos cruzándose encima de las medias grises".
Después de leer a Flaubert, resulta difícil ver unos botines sin que se encienda la imaginación...
 

viernes, 28 de septiembre de 2012

LAS CUBIERTAS DE PENGUIN

 La venerable pero siempre joven editorial del pingüino, Penguin Books, deleitó hace unos meses a sus lectores con el lanzamiento de un nuevo diseño de cubiertas -elegantes, delicadas sugerentes- para su imprescindible serie de clásicos ingleses, la Penguin English Library. Una vez más, Penguin demuestra que sabe reinventarse constantemente y que el libro como objeto sigue siendo atractivo, sigue teniendo la capacidad de atraer a los lectores. Todos los títulos que componen esta serie son clásicos que se pueden encontrar en otras ediciones por muy poco dinero (o incluso gratis). Sin embargo, ¿a que apetece mucho más tener entre las manos una de estas cubiertas que descargarse un archivo de internet? No deja de ser curioso que una colección que nació como un producto económico, para hacer la competencia a los libros en tapa dura que entonces dominaban el mercado, se convierta ahora en la alternativa "cara" -pero ¡oh, cuánto más hermosa!- a esas otras ediciones. Aún cuando he leído muchos de estos libros y un número no despreciable de ellos figura en mi biblioteca (esa que en realidad no existe, ya saben), me cuesta mucho resistirme a la seducción de estos diseños. Y, cuanto más me fijo, más me gustan. Cranford, con sus delicados guisantes, me remite a la plácida -aunque nada aburrida- vida de ese grupo de solteronas.  

Pero, ¿qué me dicen de las agujas de hacer punto en A Tale of Two Cities? ¡Qué bonita idea la de evocar a través de un objeto tan inocuo y cotidiano los gritos de las comadres que tejían medias al pie de la guillotina! Y tantos más... Viéndolos, resulta diíficl sustraerse a la codicia bibliómana. Esta serie de clásicos en lengua inglesa, iniciada en 1963, lució en sus primeros años el distintivo diseño de franjas de color naranja (el verde era para las novelas policiacas y el azul para las obras traducidas de otras lenguas), obra del gran tipógrafo germano-suizo Jan Tchischold. Este nuevo diseño se debe a la joven, pero ya multipremiada, Coralie Bickford-Smith. Además de los libros de bolsillo, esta diseñadora ha producido una versión de algunos de estos (y otros) clásicos encuadernada en tela, con un concepto gráfico muy similar y una realización que remite deliciosamente a las ediciones de principios de siglo. Todas son preciosas, pero debo confesar que mi corazón late por la vistosa encuadernación de Madame Bovary. Estoy segura de que Emma Bovary también hubiera perdido la cabeza por ella.
 
 
Por si fueran pocas tantas tentaciones, Penguin no se ha limitado a darles un aire nuevo a sus clásicos de ficción, sino que, pensando sin duda en que no sólo de literatura vive el hombre, ha encargado a esta misma diseñadora que le diera un aire nuevo a una serie de clásicos de la gastronomía. El resultado ha sido de lo más sabroso.
 
 
 
 
 (Para quien quiera saber más acerca de la historia del diseño de las cubiertas de Penguin, es muy recomendable el libro Penguin by design: a cover story 1935-2005, de Phil Baines, ampliamente ilustrado.)
 
 

domingo, 18 de marzo de 2012

EMMA PARA TODAS LAS OCASIONES

Mi recomendación de hoy no es original ni novedosa. Es un clásico de la más clásica de las autoras británicas, un libro que la mayoría de mis lectores sin duda ya conoce. Otros, quizás, han oído hablar tanto de él que creen que ya saben suficiente; no es necesario leerlo. Error. Es probablemente la más madura de las novelas de Austen, quien la escribió a la edad de 39 años, y sería la última de sus obras en ver la luz antes de su muerte (Persuasión y La abadía de Northanger se publicarían póstumamente). En ella, por primera vez Austen retrata a una protagonista que no tiene problemas económicos, que no necesita conseguir un marido con fortuna para salvarse del triste destino de las solteronas sin medios. Además de rica y hermosa, Emma es un tanto mimada y caprichosa, y no siempre sus decisiones son gobernadas por el buen sentido. El lector, acostumbrado a sentir empatía por las anteriores heroínas austenianas, no puede evitar sentir cierta impaciencia para con Emma: ¿quién le mandará a esta chiquilla caprichosa meterse a casamentera? y, encima, hacerlo todo al revés. Por suerte, Emma es inteligente, y tiene buen corazón, de modo que aprenderá de sus errores y, al fin, encontrará incluso el amor. No podía ser de otro modo.
También hay un motivo sentimental para esta recomendación. Emma fue la primera novela de Jane Austen que leí, y la que me enganchó sin remedio al universo austeniano. Tampoco esto es original, sin duda, pero imprime carácter. Desde entonces, la he releído quizá un par de veces, con el mismo placer -o más: la buena literatura gana con las relecturas- que la primera. Me gusta en especial esta edición de Alba Editorial, por su vistosa y original cubierta (igual de impactante que la de su edición en tapa dura de David Copperfield con ese maravilloso cocodrilo, un motivo que lamentablemente no se ha repetido en la edición de bolsillo) y las ilustraciones de época. Una presentación de altura que hace justicia a su contenido.


Ahora que no me separo de mi Kindle, una de las primeras cosas que he hecho es descargarme Emma junto a algunas obras de P.G. Wodehouse. Así pertrechada, me siento preparada para desafiar cualquier sala de espera, desde la del dentista hasta el aeropuerto, con ánimos renovados.

lunes, 19 de septiembre de 2011

WILLIAM GOLDING Y SUS CUBIERTAS

Tal día como hoy, un 19 de septiembre hace cien años, nació William Golding. Aunque es autor de numerosas novelas relatos e incluso algún libro de poemas, ninguna de sus obras logró alcanzar la popularidad de El Señor de las moscas (1954), la primera que publicó. Sin duda, quien no la haya leído la conocerá ya sea por alguna de sus adaptaciones cinematográficas o por haber oído hablar de ella, puesto que las cuestiones morales que plantea, ciertamente provocativas, levantaron , y lo siguen haciendo, grandes controversias. Pero no voy a entrar aquí a hablar de este asunto, que ha hecho correr suficientes ríos de tinta. Me interesa en cambio -al hilo de lo que plantea un artículo en The Guardian y aprovechando que el centenario traerá nuevas ediciones de su obra- comentar la dificultad que entraña diseñar una cubierta para esta novela. Si la creación de una cubierta para cualquier libro requiere tener en cuenta una serie de factores que no siempre resultan fáciles de casar, cuando se trata de una novela como El Señor de las moscas, la dificultad de aunar el respeto hacia lo que el autor quiere transmitir con los inevitables aspectos comerciales, se hace más aguda aún. A lo largo de la ya dilatada historia editorial de este libro, se han sucedido los intentos, de cariz muy diverso. Puede resultar interesante pasar revista a algunos de ellos.
En un principio, los editores se inclinaron por tratarla como una novela de aventuras con un trasfondo exótico:

Edición original, Faber and Faber

Edición alemana
(aunque el título figure en inglés) 
 Las ediciones "escolares", asimismo, mantienen un tono bastante inofensivo, lo mismo que algunas de las ediciones españolas en Alianza:





Poco a poco, el tono se va oscureciendo, y las cubiertas van dando entrada a elementos más ominosos o incluso sangrientos:




El motivo de la cabeza del cerdo sangrante, impactante pero no muy atractivo, es retomado en España por la edición de Círculo de Lectores, con poca fortuna (a mi juicio):


Hubo también, cómo no, algunas ediciones que se limitaron a utilizar algún fotograma de la película dirigida por Peter Brook, pero eso, señores, es la salida fácil. El editor inglés, Faber and Faber, es probablemente el que más ha reeditado la obra, y por lo tanto quien más versiones de la cubierta ha realizado. La de 1993 toma como motivo la figura de uno de los protagonistas y consigue ser visualmente atractiva, a la vez que da indicios de que no estamos ante una obra tierna o banal: 

Diseño de David Hughes

En nuestras tierras, Alianza también ha ido variando sus diseños, hasta llegar al de 2010, en que la cabeza de cerdo ha perdido la sangre, pero conserva el aspecto amenazador:


Por fin, la edición inglesa que conmemora el centenario de su autor opta por una cubierta más tipográfica, simbólica y con un cierto tono "retro". A mí, al menos, me ha gustado:



(Me disculpo por la deficiente calidad de algunas de las imágenes, no siempre he podido conseguir buenas reproducciones.)

jueves, 2 de junio de 2011

LA MEJOR CUBIERTA





Ya hemos hablado otras veces de la importancia de una buena cubierta, y de lo satisfactorio que resulta que esa envoltura exterior del libro acompañe con elegancia y propiedad a su contenido. Una buena cubierta, que reúna una afortunada combinacíón de tipografía, ilustración (o fotografía), colorido y capacidad de síntesis puede ser el mejor embajador de un libro, y un elemento de venta nada desdeñable. Los editores son muy conscientes de ello -aunque a veces cueste creerlo al ver algunas cubiertas que corren por ahí: véase por ejemplo la cubierta de la que se quejaba lammermoor en su blog hace poco-  y por ello el proceso de creación y aprobación final de una cubierta puede llegar a ser largo y complejo. Si el tiempo no apremia (raro), el presupuesto es generoso (más raro aún) y el diseñador se deja (ahí sí que no suele quedarle más remedio), es habitual que se diseñen y descarten sucesivamente varias propuestas de cubierta antes de dar con la definitiva. Que la que resulta finalmente elegida sea en verdad la más adecuada es, sin embargo, discutible. La mejor, ¿a juicio de quién? A menudo, lo que priman son criterios exclusivamente comerciales, del tipo "mejor poner una chica ligera de ropa", o manías ("nada de amarillo"), pensados más para satisfacer los gustos de un "lector tipo" que en función del libro en concreto para el que está diseñada. Por regla general, los diseños descartados se tiran o, como mucho, el diseñador se guarda alguno en su archivo, por si le sirve de algo más adelante. Sin embargo, curioseando por ahí, he podido encontrar, en la web Flavorwire, una interesante comparación entre cubiertas desechadas y definitivas de algunas obras conocidas y recientes. Ahí dejo un par, para que cada cual opine qué hubiera hecho en su caso.

Netherland, diseño de Heads of State.
La de arriba es la descartada.


Eating Animals, diseño de Jon Gray.
La de arriba es la descartada.

(Personalmente, en este segundo caso yo me inclino más por la primera, pero casi puedo oír al director comercial diciendo: "Rojo no, que con el tema del libro, sólo falta recordarle a la gente lo de la sangre...")

jueves, 9 de diciembre de 2010

¿ACABARÁ EL E-BOOK CON EL DISEÑO TIPOGRÁFICO?

 

Diseño de Alex Steinweiss

He encontrado en la web de Bookpatrol un artículo sobre "50 años de tipografía en portadas de discos", que llama la atención sobre un elemento que está a punto de pasar a la historia -si no ha pasado ya- por culpa del mundo digital, las portadas de discos. Alex Steinweiss es considerado el inventor del concepto, en 1938 (antes, los discos llevaban simplemente una funda de papel), que él aplicaría con gran acierto y que se convertiría en un elemento vital del LP, dando lugar a auténticas obras maestras del género. En la actualidad,  sin embargo, la cubierta del disco ha perdido toda su relevancia, al reducirse a una imagen tamaño sello que acompaña al elemento que uno se descarga, sólo como referencia. Cada vez más, la cubierta se limita a una foto del artista, porque en tan reducido espacio no hay tipografía que pueda lucirse. Da que pensar si algo parecido podría ocurrirles a las cubiertas de los libros con la llegada y -se supone, aunque aún está por demostrar- la implantación masiva del e-book. Como en el caso de los discos, las que más sufrirían serían las portadas puramente tipográficas. En España, lamentablemente, no hay mucha tradición en este aspecto: las portadas con imagen copan casi todo el mercado y las pocas que mantienen únicamente tipografía suelen  ser bastante conservadoras. Todo lo contrario de lo que ocurre en Estados Unidos, donde una sólida tradición tipográfica ha dado lugar -y sigue dando- a verdaderas obras maestras del género. Hace un par de días, el blog Strange Library nos regalaba con una selección de cubiertas tipográficas, donde se pueden ver algunos ejemplos notables. Sería una lástima que este arte se perdiera. Pero, al igual que ha ocurrido con los discos, al pasar al formato electrónico la cubierta deja de ser necesaria. Sólo nos queda pues desearle larga vida al libro en papel.



Algunos ejemplos de las originales e imaginativas cubiertas americana