John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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sábado, 1 de junio de 2019

JARDINES DE NOVELA



Hay un momento de la primavera en que, incluso en la ciudad, la primavera parece ganarle la partida al asfalto. Hasta para los urbanitas que vivimos rodeados de cemento y tubos de escape, mayo es un mes con aroma a rosas y a tilos en flor. Un mes iluminado por el verde lujuriante de los árboles que estrenan follaje y del césped recién renovado. Este instante de gloria -¡ay!- dura muy poco. En cuanto se instala el calor, las flores se marchitan, la hierba queda agostada y las hojas de los plátanos amarillean, sedientas, y caen, en un polvoriento anticipo del otoño.
Está comprobado que el contacto con la naturaleza, los jardines y parques, es beneficioso, no sólo para el cuerpo, sino también para el alma. En palabras de Oliver Sacks: "No puedo precisar cómo ejerce la naturaleza sus efectos calmantes y organizativos sobre nuestro cerebro, pero he podido ver en mis pacientes los poderes restauradores y curativos de la naturaleza y de los jardines, incluso sobre lo que padecían trastornos neurológicos profundos. En muchos casos, los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicación".
Lamentablemente, salvo por algunas fugaces impresiones de verdor, los ciudadanos encerrados en nuestros bloques de piedra y ladrillo hemos de conformarnos con sucedáneos del jardín: documentales, láminas botánicas, libros... 


En cierto modo, tengo la impresión de que los jardines literarios son más frondosos, más fragantes y gratamente sombreados que los reales. Claro que, no siendo la feliz poseedora de un jardín de verdad, carezco de autoridad para determinarlo. Pero siglos de tradición literaria me respaldan: el locus amoenus de los clásicos forma parte de ese jardín ideal, lugar propicio para el descanso y el goce de los sentidos. Gonzalo de Berceo se regocija de que
La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árbores de temprados savores,
resfrescáronme todo
lo mismo que Garcilaso, que nos regala unos versos en los que el discurrir del agua y el trino de los pájaros casi traspasan la página
Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
 Aunque la tradición también dicta que estos excelsos placeres que nos brinda la naturaleza sean raros, y pronto se disipen. Todo edén tiene su serpiente y al sol y los cánticos de las aves les sucederá, inevitablemente, el gélido invierno. Igualmente seductor es el hechizo de los jardines en la novela. Me vienen a la mente dos jardines novelescos en especial: el de Vana respuesta, de Rosamond Lehmann y El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett. Supongo que el asociarlos deriva de que ambos son jardines ocultos, donde no parecen regir las leyes del mundo exterior, y de que para las protagonistas de estas dos novelas -dos jóvenes, tampoco es casualidad que se trate en cierto modo de novelas de formación- son un territorio casi mágico del que, cada cual a su manera, saldrán transformadas. 


Pero, mientras que la novela de Hodgson Burnett alcanzó una gran popularidad y hoy se considera un clásico para todos los públicos, la de Rosamond Lehmann, publicada en 1927, fue tachada de influencia corruptora para la juventud. Leída hoy, su contenido "escandaloso" suena francamente leve, tal vez incluso trasnochado, pero sigue rezumando la melancolía de los amores imposibles. Para los fans de Expiación -entre los que me cuento- resultará evidente la concomitancia entre la atmósfera de esta obra y la de McEwan, sin duda deliberada por parte del autor inglés, quien la menciona específicamente en la ficticia carta de rechazo que recibe Briony para su relato "Dos figuras en una fuente" (en la versión española, figura el título inglés de esta novela, Dusty Answer). 



En cuanto a El jardín secreto, si no la han leído, no dejen de hacerlo; como tantas otras obras, la etiqueta de "novela para jóvenes" no le hace justicia (una vez más, insisto en que los libros denominados "para niños" no son solo para niños: la buena literatura es para todas las edades). Es deliciosa. 
Gracias a estos y otros artificios librescos, incluso desde esa butaca que mira a un triste bloque de pisos es posible pasear por los jardines de novela, oler las flores y escuchar el canto de los pájaros.



sábado, 4 de marzo de 2017

POESÍA EN EL CINE



Como todos los internautas que tienen a bien pasarse por estas páginas saben bien, este blog habla ante todo de lectura y de libros. Es -esa fue siempre mi intención al menos- un espacio para frikis de la lectura. Aunque es evidente que ni mi vida ni (probablemente) la de mis lectores se compone exclusivamente de lectura. Hay otros muchos campos que me interesan, y a los que dedico parte de mis horas libres, como el arte, la música o el cine, intereses que no suelen tener cabida aquí. Sin embargo, de vez en cuando surge esa rara conjunción, una afortunada simbiosis entre dos de ellos. Y en casos así, tan singulares como infrecuentes, creo que está justificado que los lectores curiosos que conforman el público de este blog tengan noticia de ello.
El cine es por lo general un buen lugar para este tipo de confluencias. Pero ojo: hay infinidad de películas que tienen como protagonista a un artista o a un escritor, pero muy pocas que sepan retratar de forma realista cómo se desarrolla la actividad creadora, ni cuál es el lugar de la literatura en su vida. Así, topamos a menudo con el tópico del genio poseído por alguna musa, que sumido en el afán creador olvida todo lo demás (por supuesto, ni trabaja ni come, aunque a menudo bebe, si se trata de alcohol) o con el escritor famosísimo que, ¡milagro!, no parece dedicarse nunca a la escritura, ocupado como está en líos amorosos a ser posible complicados.  


En Before Sunset, Ethan Hawke es un escritor... que hace poco más
que firmar libros. Nos encanta asistir a sus largas conversaciones con
Julie Delpy, pero la verdad es que podría ganarse la vida de cualquier otra cosa.

Por eso mismo, hay que saludar con alborozo una película que, por una vez, muestra a un creador modesto, sencillo y desconocido, que es capaz de compaginar su escritura con una vida, en apariencia, trivial. Que es capaz de infundir en las monótonas actividades cotidianas de su protagonista un profundo sentido poético, y de trasladárselo al espectador. Estoy hablando, por si no lo han adivinado aún, de la espléndida Paterson, la obra más reciente de Jim Jarmusch. Lectores todos: si aún no la han visto, apresúrense a verla. Eso sí, sepan que no hay acción ni persecuciones, no hay dramas tremebundos ni amores imposibles, no hay paisajes impactantes ni mansiones que quiten el hipo. No vayan a verla, se lo ruego, con una bolsa de palomitas. Déjense seducir por el encanto de la película, por el sutil humor de sus situaciones, por los poemas que escribe ese tal Paterson, conductor de autobús de profesión. Un film para paladear y para disfrutar. Por una película así no tengo reparo en saltarme mis propias normas y, por una vez (bueno, alguna  otra también), hablar de cine. Por todo esto y porque en ella aparece uno de los poemas que más me gustan de William Carlos Williams. Como aperitivo, ahí va, en versión original y traducida:

This is just to say

I have eaten
the plums
that were in
the icebox

and which
you were probably
saving
for breakfast

Forgive me
they were delicious
so sweet
and so cold

Solo para decirte

que me he comido
las ciruelas
que había
en la nevera

y que
probablemente
guardabas
para el desayuno

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías

(Versión castellana de Matilde Horne y Carlos Manzano)


Jim Jarmusch (Foto Chrysoula Artemis)
A películas como esta no les dan el Oscar. Pero si por mi fuera, lo tendría.

lunes, 13 de abril de 2015

REMEDIOS LITERARIOS CONTRA EL INSOMNIO

Charles Simic
 
Contar ovejas, levantarse y beber un vaso de leche o, al contrario, no levantarse bajo ningún concepto y esperar que el sueño acuda, impresionado por tanta persistencia... los remedios contra el insomnio son innumerables. Casi ninguno funciona, claro. O sólo le funciona a la persona que lo pregona. Charles Simic, el gran poeta serbio-americano -hablé de él en una entrada anterior- es insomne desde hace décadas. Probablemente desde que, adolescente y exiliado en París tras una rocambolesca huida de Yugoslavia con su madre y su hermano pequeño, tuvo que dormir durante meses en el suelo del miserable hotel que ocupaban, a la espera de poder continuar su viaje hacia Estados Unidos. Según cuenta en sus estupendas memorias Una mosca en la sopa, fue entonces cuando descubrió que, sin colchón -y totalmente vestido, porque había mucha humedad- era imposible permitirse el lujo de dar vueltas en la cama y filosofar: "En el duro suelo, en cuanto me despierto me incorporo, me froto los músculos y los huesos y pienso en el colegio". Actualmente, sin duda ya duerme en una cama confortable, pero sigue padeciendo episodios de insomnio. Su cura particular: abrir libros al azar.  
"Una de las compensaciones de permanecer insomne en una casa rodeada de nieve y llena de libros es que siempre puedo encontrar algo que leer y así olvidar el estado de ánimo en que me encuentre. Cuando me da un ataque malo de verdad, deambulo por la casa oscura con una linterna como el espectro del padre de Hamlet, saco libros de los anaqueles, los abro al azar o bien hojeo las páginas hasta encontrar algo de interés y, después de leerlo, me vuelvo a la cama contento o busco a tientas otro libro. Sólo leo un pasaje o dos, como mucho una página, porque si leo más que eso, corro el peligro de quedarme despierto el resto de la noche. Todo lo que necesito, para emplear un término culinario, es un amuse-bouche que me deje un regusto agradable."
Una anécdota divertida, una reflexión filosófica intrigante, le proporcionan combustible suficiente para regresar a la cama y darle vueltas en la cabeza mientras espera la llegada del sueño esquivo.
 
 
 
 Quizás es que su mirada de poeta sabe captar mejor que otros lo curioso, lo que no encaja, lo que vale la pena guardar en la memoria. Sobre esto, él mismo explica en otro de sus artículos que, de los libros que ha leído, más que recordar el asunto, es capaz de recordar con precisión algunas ocurrencias que le llamaron la atención:
 "Por ejemplo, puedo recordar que Flaubert dijo que es espléndido ser escritor, poner a las personas en la sartén de tu imaginación y hacerlas explotar como castañas; que San Agustín confesó que ni siquiera él podía comprender cuál era el propósito de Dios al crear las moscas; que Beckett hace aparecer en su temprana novela Murphy a un personaje al que los policías detuvieron por mendigar sin cantar, y a quien el juez encarceló durante diez días; que Viktor Shlovsky contaba que cierta vez oyó decir al gran poeta ruso Mayakovsky que los gatos negros producen electricidad cuando les acarician; que Emily Dickinson dijo en una carta 'Está todo muy solitario hoy sin pájaros, pues llueve mucho y los pequeños poetas no tienen paraguas'; que Flannery O'Connor describía a una joven que tenía un rostro tan ancho e inocente como un repollo, rodeado por un pañuelo verde que ataba arriba con dos puntas, como las orejas de un conejo; y muchas otras pequeñas e ignoradas delicias."
 Quizás hacer un recuento mental de delicias literarias como estas sea un buen remedio contra el insomnio. Aunque me temo que para ello se necesita, como posee Simic en grado sumo, la capacidad para encontrarlas, espigándolas de los agujeros en que se hallan escondidas y sacarlas a la luz. A falta de eso, ante un brote de insomnio sugiero tomar uno de sus poemas, leerlo y quedarse luego saboreándolo. No sé si se conseguirá el efecto deseado, pero al menos habrá conocido a un poeta que vale mucho la pena.
"Los poemas son instantáneas de otras personas en las que nos reconocemos a nosotros mismos."





miércoles, 13 de agosto de 2014

¿PARA QUÉ LEER POESÍA?



Joan Margarit (Sanaüja, Lérida,1938) es uno de los grandes poetas contemporáneos en lengua catalana; y castellana, pues él mismo se define como poeta bilingüe. Además de poeta -o quizás a causa de, creo que ambas cosas van de la mano- es una persona con una extraordinaria lucidez, cuyas opiniones sobre el arte y la vida vale la pena conocer, porque son como rayos certeros que iluminan lo que tocan. Recientemente he leído una entrevista suya en la revista digital catorze.cat, donde, al hilo de las preguntas, desgrana una serie de cuestiones que me parece interesante reproducir aquí, pues las palabras de Margarit refutan (o confirman) ciertos lugares comunes en torno a la lectura y la poesía [en negrita mi titular, el lugar común, en cursiva lo que Margarit dice]:

-No hay tiempo para escribir
Decir que no tienes tiempo es una mentira flagrante. Si le preguntas a alguien cuántas citas de amor ha dejado de hacer en su vida por falta de tiempo, te contestará que ninguna. [...] La poesía siempre ha sido una prioridad en mi vida y siempre he encontrado tiempo para dedicarle. Durante los momentos difíciles, aún más. Cuando hacía de arquitecto también pensaba en ella todo el día, en la poesía. Entonces tenía que organizarme para tener tiempo de escribir, pero es fácil organizarte bien en torno a una cosa que deseas mucho.

-Siempre estamos a tiempo de aprender
Dicen que siempre estamos a tiempo de aprender, pero no es cierto. La época del aprendizaje puro y duro acaba muy pronto, hacia los veinte años. De joven eres una esponja, después cada vez absorbes menos cosas. [...] Se trata de sacar partido de las cosas que ya sabes.

-Las lecturas de infancia son las que nos marcan
Desde luego, porque de joven no sólo lees. Creas mitos, creas maneras de vivir, creas un concepto de pasado... Estás haciendo un montón de cosas, por eso puedes vivir de ellas más tarde. Las Veinte mil leguas de viaje submarino que leíste cuando tenías diez años no se acaban nunca. La inteligencia de la persona madura es saber ir rascando para ver qué hay detrás de aquellas lecturas.

-¿Se puede definir la poesía?
No, no se puede definir, no hay recetas. Una cosa es poesía si, cuando la lees, dices "este soy yo". Y lo que te dice te sorprende. [...] Una buena poesía necesita un buen lector. La poesía la puede leer todo el mundo, pero requiere más esfuerzo que la lectura de un diario. Aquí no se regala nada: si quieres sacarle más partido, has de hacer más esfuerzo. 

-De esto ya me ocuparé cuando lo necesite
¿Cuál es la característica de todo aquello que te protege un poco de la intemperie moral? [habla del arte, la música, la poesía...] Tiene una característica muy cabrona: has de llegar preparado al momento en que necesitas aferrarte a ello, que no sabes cuándo será. Tú no puedes decir "se ha muerto mi hija, que me traigan a Brahms, que empezaré a estudiármelo". No: ya has de conocerlo y has de haberlo escuchado. Lo has de tener a punto por si acaso, y así cuando te haga falta sabrás qué es lo que te puede servir. Habrás de estar a punto para saber si te conviene recurrir a Maragall o a Thomas Hardy. La poesía es una de las seis o siete herramientas (o cinco u ocho, pero no son setenta y tres) que nos protegen de la intemperie moral.

 -Qué angustia saber que nunca podré leerlo todo
No hace falta leerlo todo. Las cosas buenas que aprendes se van sedimentando, y te ayudan en la siguiente etapa vital. Puedes leer aquello que te permita sacarle más rendimiento. Así se te endulzará la angustia. Lo importante no es leer mucho sino leer bien.


¿Para qué leer poesía, pues? Porque nos protege de la intemperie moral, porque es una herramienta para la vida. Como dice Margarit en un poema de su libro Casa de Misericordia:

La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.


Aquí dejo también una entrevista con Joan Margarit en TVE. Siempre vale la pena escucharle. Y, sobre todo, leerle.



lunes, 30 de junio de 2014

LEÍDO EN LAS PAREDES

Realmente, no es necesario ir con la vista fija en un libro.

Hasta el lector más empedernido debe cerrar de vez en cuando sus libros y salir a la calle, aunque sea sólo para ir al supermercado. También los bibliómanos hemos de comer. Sin embargo, un paseo por la ciudad no es necesariamente una excursión lejos de la literatura. Si uno lleva los ojos bien abiertos -y los lectores somos por definición buenos observadores, acostumbrados como estamos a descubrir las sutilezas encerradas en un texto-, se da cuenta de que la ciudad está llena de palabras. Las paredes hablan. Las hay zafias, groseras o mal escritas (¡esas faltas de ortografía que claman desde los muros por un corrector!), pero también hay pintadas -grafiti, en lenguaje cool- llenas de ingenio. Incluso las hay extremadamente literarias. Por si sus lecturas les retienen más de la cuenta en casa, ahí van algunas muestras de la literatura que se puede encontrar allá fuera.

-Un clásico: los versos de los grandes poetas desbordan el papel para instalarse en los muros.



Pablo Neruda





-Hay frases de escritores que se han convertido en armas políticas.

(Flickr: inju)

(Flickr: risager)

-En ocasiones, es simplemente la belleza o la sabiduría que destilan esos fragmentos literarios lo que los hace indelebles.



eskimeyenkitaplar.com

-O bien se trata de autores desconocidos o anónimos, pero eso no anula el encanto de sus palabras.







-Las referencias literarias tampoco faltan.




 
-Aunque a veces, más allá de las palabras, encontramos la figura del propio escritor. ¿Lo reconocen?


(Foto Tatevik Vardanyan)

Salgan, salgan de casa. La literatura les espera por todas partes.

domingo, 9 de junio de 2013

LOMOPOESÍA

 
La creatividad está en encontrar la relación entre objetos que aparentemente no la tienen. Una conexión en la que tú quizás nunca habías pensado, aunque cuando alguien te la señala, ya no puedes evitar que te salte a la vista, mires donde mires. Cada cual tiene su propio orden para los libros que guarda en su biblioteca. A veces alfabético, otras temático, otras del todo ecléctico, pero el resultado es que desde las estanterías nos miran metros y metros de lomos que explican cada uno una historia. Y que, según cómo se miren, también pueden conformar por sí solos una historia. De esta constatación nace la bonita idea de Nina Katchadourian, "Sorted Books" o "Book Spine Poetry" (que yo, a mi aire, me permito traducir como "Lomopoesía"). Según explica, todo arranca de un proyecto de final de carrera que hizo cuando estudiaba Arte en la Universidad de San Diego, un proyecto que consistía en buscar el arte en lugares insólitos. En su caso, la inspiración le vino de la biblioteca de los padres de una amiga. Mientras estaba allí "recordé de repente un momento en la biblioteca de la universidad en que, mientras buscaba un libro y recorría los anaqueles, pensé qué increíble sería si todos los libros formasen accidentalmente una frase".  De modo que decidió convertir ese hecho imaginario en realidad. Durante los siguientes días, se dedicó a recolocar los libros de manera que sus lomos, leídos uno a continuación del otro, formasen frases con sentido. Según cuenta, fue un ejercicio íntimo, una especie de retrato. Un ejercicio que luego ha continuado y ampliado, creando  agrupaciones de libros que son a menudo ingeniosas y en ocasiones hasta poéticas. La "lomopoesía" es una actividad que cobra todo su sentido cuando se ejerce en entornos limitados: se trata de dedicar toda la atención a un número concreto de libros, coleccionados por una persona o institución y sacar de ellos otros significados. Hoy en día, el proyecto de Katchadourian se ha ampliado enormemente; en su web se pueden ver numerosas muestras de esta original modalidad artística, de las que ofrezco aquí sólo unos pocos ejemplos.
 
What is Art?/ Close Observation (¿Qué es el arte?/ Observación atenta)


Primitive Art/Just Imagine/Picasso/Raised by Wolves
(Arte primitivo/Sólo imagina/Picasso/Educado por lobos)
Esta composición me parece simplemente brillante.
 
 A Day at the Beach, una composición
que encierra toda una historia.
"Sorted Books" es un proyecto que abre la puerta a una manera diferente de considerar esas hileras de libros, que de repente parecen cobrar otros significados. No sé si les sucederá como a mí, pero yo ahora miro mis estanterías con otros ojos. Hasta el punto de que no he sabido resistirme a emular a la artista y -con bastante menos fortuna, todo hay que decirlo- emparejar con algo de sentido los lomos que rodean mi mesa de trabajo (restricción principal -ya saben que la restricción es la madre del arte, y de la poesía- no valía recurrir a otras habitaciones de la casa). El resultado: sin duda no poético, ni siquiera artístico, pero yo confieso que he pasado un rato divertido.
 
 

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿HAY QUE APRENDER IDIOMAS?


Hace unos meses, Lawrence Summers, quien fuera presidente de la Universidad de Harvard, escribió un polémico artículo en el New York Times en el que, entre otras cosas, apuntaba que quizá hoy en día no era necesario plantearse el estudio de idiomas a nivel universitario. Concretamente, decía lo siguiente:
 
La emergencia del inglés como lengua global, junto con el rápido progreso de la traducción automática y la fragmentación de las lenguas habladas alrededor del mundo, hacen dudar de que la sustancial inversión que se precisa para hablar una lengua extranjera sea universalmente rentable. Aunque los beneficios que el dominio de otra lengua reporta son indiscutibles, ese dominio se hará cada vez menos esencial para hacer negocios en Asia, tratar a pacientes en África o resolver conflictos en Oriente Medio.

Una periodista de la revista New Yoker tuvo la idea de preguntarles a tres grandes traductores americanos -David Bellos, Arthur Goldhammer y Lydia Davis- qué opinaban de ello. Como era de esperar, todos ellos estuvieron en desacuerdo con él y rebatieron de forma inteligente sus argumentos. Dejo aquí el enlace para quien quiera informarse debidamente. La visión del señor Summers parece, como mínimo, un tanto limitada: desde su punto de vista, la principal justificación del aprendizaje de una lengua estriba en su utilidad como herramienta para trabajar, hacer negocios o política. Pero una lengua es mucho más que eso. Cada lengua es una forma de ver el mundo, expresión de una cultura, de una historia, de una sensibilidad. Con el aprendizaje de cada nueva lengua, nuestra vida se enriquece de un modo incomparable, resulta más rica, más variada, más profunda. Esto es algo que saben todos los que han hecho el esfuerzo de dominar una lengua distinta de su lengua nativa -y aún más los que ya son bi- o trilingües desde pequeños- y que ignoran en cambio los que se aferran al monolingüismo. Por muy buenas que sean las traducciones (lamentablemente, no siempre lo son), siempre se pierde algo. Cuando nos expresamos en una lengua determinada, recurrimos no sólo a su vocabulario y su gramática, sino a todo un mundo de referencias externas, un entramado complejísimo de significados y significantes que sólo tienen sentido en y para esa lengua, y que es imposible trasladar a otra, por más que se busque la equivalencia más próxima.



Si para la lengua hablada esto puede resultar un cierto obstáculo, esta limitación resulta penosamente evidente en las obras literarias. El que haya leído a Flaubert, a Thomas Mann o a Faulkner en traducción y luego en su versión original entenderá a qué me refiero. Si uno ha pasado por una experiencia así, parece justificado todo el esfuerzo que se emplee en aprender un idioma: la recompensa es enorme. Sin duda no es cuantificable en términos puramente económicos (¿será por eso que nuestros políticos no hablan idiomas?), pues es una satisfacción que -como todas las cosas valiosas- no tiene precio.
Personalmente, me gustaría saber muchos más idiomas de los que ya sé, y dominar los que sé aún mejor. Si ya me gusta la poesía de Wislawa Szymborska en español, sólo puedo imaginar lo maravilloso que debe ser leerla en su lengua original. Para mí, al menos, eso es motivo suficiente para responder que sí, que estudiar idiomas vale la pena.

jueves, 7 de abril de 2011

EL LÍO ESE DE LA POESÍA

Se celebran en Córdoba unas jornadas poéticas, Cosmopoética, en conmemoración del 450 aniversario del nacimiento de Góngora, a las que, entre otros muchos  ilustres nombres del mundo de la poesía, asiste el gran poeta Charles Simic. Sin desmerecer para nada al resto de participantes, se trata de un autor que yo daría cualquier cosa por conocer. Simic nació en Belgrado en 1936 y se pasó los primeros años de su vida escapando de un ejército u otro gracias al lugar y al momento histórico que le tocó en suerte. "Mis agentes de viajes fueron Hitler y Stalin", dijo en una entrevista. Hasta los quince años no consiguieron él y su madre emigrar a Estados Unidos, de modo que Simic es también un escritor exófono, como los que mencionaba en una entrada anterior. Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina hizo un espléndido boceto de este personaje, que creo dice mucho más sobre su persona y su poesía de lo que que yo pueda aportar. Pero Simic no es sólo una de las figuras indiscutibles de la poesía norteamericana contemporánea -Premio Pulizter, Poeta Laureado, editor de poesía de la Paris Review, lo que quieran...- sino que es también traductor (gracias a él, muchas obras importantes de la literatura de los Balcanes han podido ser conocidas en EE.UU.), crítico y finísimo ensayista. El blog "Entre nómadas" ha tenido a bien reproducir un brillante y certero artículo suyo sobre lo que es poesía. Me temo que la traducción es mejorable, pero vale la pena leerlo.
Simic tiene además unas memorias muy recomendables, tituladas Una mosca en la sopa y publicadas aquí por Vaso roto. Por ellas desfilan los avatares familiares, la guerra vista por un niño, las colas para obtener permiso de residencia, la aventura americana, además de temas más íntimos, como el descubrimiento del amor, su afición por el jazz y su relación con la poesía. Unas memorias que comienzan diciendo “A estas alturas del siglo la historia de mi vida no parece tener nada de particular” -esto ya da idea de su tono- y de las que reproduzco (via el blog Crisis de papel, gracias) unas sugerentes líneas dedicadas a la lectura: “No sería demasiado exagerado afirmar que no soltaba los libros ni para mear. Leía hasta quedarme dormido y seguí leyendo cuando me despertaba. Leía en el trabajo, con el libro escondido entre los papeles de la mesa o en un cajón entreabierto. Leía de todo, desde Platón a Mickey Spillane. Creo que me enterrarán con un libro en la mano. Puede que el más apropiado sea El libro tibetano de los muertos, pero preferiría cualquier manual de sexualidad o los poemas de Emily Dickinson”. 

lunes, 21 de marzo de 2011

TÉ Y POESÍA

Aunque me temo que casi nadie lo celebra, hoy  -además de inicio de la primavera, que eso sí lo celebramos todos- es la fecha designada por la UNESCO como Día Mundial de la Poesía. Con escasas excepciones (García Lorca y unos pocos nombres más), la poesía es un género minoritario y los poetas, incluso algunos grandes, casi unos desconocidos. Resulta paradójico, porque los niños suelen ser más receptivos a la poesía que a la prosa, pero con la edad parece que la mayoría pierden la capacidad de apreciarla. A mí -que confieso no ser una consumidora habitual de poesía, pero que he sacado un enorme placer de mis lecturas poéticas- me gustaría animar a todo el mundo a dedicar hoy unos minutos a leer un poema. Un viejo conocido, o quizás uno nuevo, para ver qué sensación produce:

Oigo llover al mundo de ventanas afuera,
el frío del olvido secando mis mejillas.

Pienso en ti sin embargo, te pienso hasta quererte.

Cómo dar en la luz de tus palabras;
descifrar, uno a uno, contigo los inviernos.

                               Javier Vela*

*Estos versos pertenecen al poemario Tiempo adentro (Acantilado, 2006) de Javier Vela, un joven poeta que merece la pena seguir.

Y para demostrar que la poesía puede infiltrarse en todas las experiencias de la vida, que no hay tema, por banal que sea, que no pueda resultar transfigurado por la magia de la palabra, un curioso ejemplo:  Ten Poems About Tea, una divertida antología que recoge los versos que poetas antiguos y contemporáneos le dedicaron al brebaje "British" por excelencia.

sábado, 1 de enero de 2011

ROBERT BURNS PARA EL NUEVO AÑO

Robert Burns (1759-1796), uno de los iconos de la literatura escocesa, es considerado el poeta nacional de Escocia. Pionero del movimiento romántico, se interesó en especial por las canciones populares escocesas, que ayudó a recopilar y conservar. En muchos casos, adaptó melodías populares y compuso nuevas letras para ellas. Seguramente su obra más conocida, en Escocia y también en el mundo entero, es Auld Lang Syne, una canción con letra de Burns sobre una antigua melodía escocesa, que en muchos lugares se canta en Nochevieja para despedir el año. Pero, como supongo que todos conocen esta popularísima canción, he preferido celebrar la llegada de 2011 con otra de sus bellísimas canciones, My Love is Like a Red Red Rose, cantada por Eddi Reader. ¡Feliz Año!