John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 8 de octubre de 2014

ACTITUDES LECTORAS

 
"Mujer leyendo a la luz de las velas", Peter Ilsted (1908)
 
¿Hace falta adoptar una actitud -mental o incluso física- especial para leer determinados libros? ¿Es necesario aproximarse a la Divina Comedia con actitud reverente, respetuosa? ¿Leer Drácula sólo en noches sin luna y a la luz de las velas (si hay por ahí una puerta que chirría o un maderamen que cruje, aún mejor)? ¿Doctor Zhivago en medio de una tormenta de nieve? Evidentemente, la respuesta es "no". Es cierto, sin embargo, que los clásicos  -antiguos o modernos-, esos libros de los que sabemos tantas cosas aún antes de haber leído una sola línea, pueden predisponer al lector. Por desgracia, de ellos nos hemos formado una impresión anterior a la lectura, que nos hace esperar un tono determinado, que condiciona de algún modo lo que creemos que ese libro nos hará sentir. Digo por desgracia porque la lectura de los clásicos es siempre una sorpresa, y muy a menudo la idea que nos habíamos hecho a priori no puede estar más lejos del efecto que causa sobre nosotros.
Sin embargo, hay que reconocer que eso de leer cada libro en un entorno o con una actitud que corresponda a su contenido no deja de ser atractiva. Pues es verdad que algunas obras nos absorben de tal modo, crean tal sensación de autenticidad, que rápidamente creemos que la realidad es la de dentro del libro y no la de fuera.
Jugando un poco con este concepto (y con un divertido espíritu transgresor), el fotógrafo y artista Pierre Beteille ha realizado una serie de autorretratos leyendo libros que ilustran muy bien  esa dinámica lector/libro de la que hablamos. Vean algunas muestras. Seguro que les hacen sonreír.
 

 


 
 
(Pueden ver más aquí.)
 

jueves, 2 de octubre de 2014

HUMOR Y TRAGEDIA, DE LA MANO

Charles Chaplin, en "La quimera del oro". Una tragedia cómica
Resulta curioso que en un país con una literatura como la española, con tanta tradición en tomarse las tragedias con ironía -desde la novela picaresca hasta el esperpento- se aprecie tan poco esa misma postura cuando proviene de otras literaturas. Y si esas mezclas vienen sazonadas de algo que tenga que ver con el sexo y la muerte, más difícil todavía. Es verdad que una película como La quimera del oro o un libro como La conjura de los necios son popularísimos (prueba de ello es que la entrada que le dediqué a este último hace tiempo es de lejos la más visitada de este blog), pero sospecho que es porque en ellos la parte dura está sepultada bajo una sólida capa de humor. Cuando el humor y lo trágico corren parejos, es otra cosa. Por caminos que resultaría complicado detallar, me han venido a la mente dos autores que me da la impresión que casi nadie conoce  aquí (aunque su obra sí ha sido traducida), americanos ambos, que cultivan una literatura en la que se mezcla sin complejos la tragedia con el sexo, el humor ácido o la irreverencia. En esta categoría, me doy cuenta ahora, podrían entrar más; por ejemplo, Joseph Heller con su Trampa 22. Pero, bueno, yo quiero mencionar a esos dos que leí en su momento y que me sorprendieron por lo hábilmente que escondían su descarnado fondo tras un velo de humor en ocasiones grotesco, en ocasiones incluso escatológico.
Los autores en cuestión son J.P. Donleavy y James Kirkwood, Jr. Del primero, podría hablar de la que se considera su mejor obra, The Ginger Man (El hombre de mazapán), pero confieso que su héroe, el borracho, mujeriego y bastante rastrero Sebastian Dangerfield no es demasiado santo de mi devoción; para humor negro, prefiero el de Cuento de hadas en Nueva York. Basta con leer lo que dice la contraportada para darse cuenta de por dónde van los tiros:
"Cornelius Christian regresa a Nueva York después de una prolongada estancia en Europa. Durante el viaje por mar muere su joven mujer. Para sufragar los gastos del entierro, el perplejo héroe se ve obligado a trabajar en la funeraria de Clarance Vine, árbitro de la elegancia mortuoria. Allí conoce a la señorita Mus y a Fanny Sourpuss, la bella viuda de un viejo millonario... A partir de entonces se inicia una serie de acontecimientos hilarantes; un vértigo de frustraciones, miedos, crueldades y encuentros eróticos que coinciden con impulsos de muerte"
O sea, abstenerse espíritus débiles o timoratos. Eros y Tánatos en estado puro.

La otra novela tragicómica que recuerdo con vividez es aún menos conocida: P.D.: Tu gato está muerto, de James Kirkwood, Jr. A lo mejor a alguien le suena la obra de teatro o la película (Por cierto, tu gato ha muerto, en la versión castellana) que se hicieron basándose en esta novela, pero también lo dudo (sobre todo, porque son bastante antiguas ambas).




Su protagonista, también, empieza sumido en la desesperación:

"Es Nochevieja en Nueva York. Tu mejor amigo murió en septiembre, te han robado dos veces, tu novia está a punto de dejarte, te has quedado sin trabajo... y te encuentras un ladrón en tu casa."
A partir de ahí, se suceden las situaciones complicadas, cómicas y un desenlace inesperado. Por cierto, Kirkwood se hizo famoso no tanto por esta obra -a pesar de su gran éxito en Estados Unidos-, sino por ser coautor del famoso musical A Chorus Line.

Kirkwood murió en 1989 y no sé si alguien le recuerda. Donleavy, por su parte, se hizo irlandés de adopción y ahora vive en una hermosa mansión con varias hectáreas de terreno, convertido en una especie de gentleman farmer. Hay que decir que no sólo vive de sus ingresos como escritor, sino que en un golpe de astucia -y después de muchos años de batallas legales- consiguió hacerse con el fondo del que fuera su primer editor, Olympia Press, una curiosa empresa editorial que, junto a pornografía pura y dura, se atrevió a publicar en los años cuarenta y cincuenta las obras de autores hoy consagrados que nadie había querido. Según el New York Times Book Review (1958):
"Tres cuartas partes de los libros que publica esta editorial son simple pornografía, el cuarto restante son libros 'buenos' o incluso 'magistrales'."
Entre los libros que Maurice Girodias, el propietario, consideraba sus libros 'buenos'  estaban nada menos que Lolita, de Nabokov, The Ginger Man, de Donleavy, Molloy y Watt, de Samuel Beckett y varios títulos de Jean Genet.


J.P. Donleavy (Foto: Kenneth O'Halloran)

martes, 23 de septiembre de 2014

LEER MEJOR

 
(Esta bonita foto procede del blog Librérate.)
 
Si usted está leyendo estas líneas, es indudable que sabe leer. Es casi seguro, también, que aparte de juntar las letras, será capaz de comprender su contenido. Al fin y al cabo, es lo que enseñan en las escuelas. La mayoría de los niños, una vez acabada la enseñanza obligatoria, son capaces de hacer un resumen de lo leído. Aunque eso evidencia que han podido seguir el hilo de la historia, o de la argumentación, que desarrolla el texto, no que hayan captado la intención del autor ni otros muchos aspectos. Mas adelante, si siguen estudiando, algunos acceden a lo que se llama "comentario de textos", supuestamente una vía privilegiada para ahondar en el texto, determinando su estructura, analizando su forma y en general llevando a cabo una serie de operaciones que permiten "dar cuenta, a la vez, de lo que un autor dice y de cómo lo dice" (en palabras de un popular manual de Lázaro Carreter y E. Correa).  Suele ser, me temo, una asignatura en la que los estudiantes se aplican en desmembrar un poema o texto determinado, pero no aprenden a utilizar ninguna de esas herramientas en su vida lectora fuera de las aulas. Pues la evidencia demuestra que muchas personas que han recibido una educación no han aprendido, en cambio, a leer en el verdadero sentido de la palabra. O sea, saben leer, pero no leer "mejor".
Esto explica -creo yo- el éxito de determinadas obras de ventas millonarias, cuyo contenido sin embargo decepciona a más de un (mejor) lector.  "¿Cómo es posible que esta birria guste a tanta gente?" se preguntan entonces. La respuesta es que la gran masa lectora lee sin más. Es decir, no sabe leer mejor. Dice C.S. Lewis, en uno de los ensayos contenidos en el libro La experiencia de leer, que
 
"Así como el oyente que no sabe escuchar música sólo se interesa por la melodía, el lector sin sensibilidad literaria sólo se interesa por los hechos. El primero descarta casi todos los sonidos que la orquesta produce realmente: lo único que quiere es tararear la melodía. El segundo descarta casi todo lo que hacen las palabras que tiene ante sus ojos: lo único que quiere es saber qué sucedió después."



No es que a la gente le gusten los libros malos (como he oído decir a más de uno), sino que no saben leer de otra manera. Los lectores que no son capaces de concebir, imaginar y sentir lo que el autor sugiere se pierden una gran parte de lo que la buena literatura contiene. Siguiendo con Lewis, "La mayoría de cosas que proporciona la buena literatura -y que la mala no proporciona- son cosas que el lector no desea y con las que no sabe qué hacer". Lo que el lector que no sabe leer busca es ante todo el reconocimiento inmediato, enterarse cuanto antes de cuáles son los hechos o las emociones que el autor le desea transmitir.
 
"Que quede claro que el lector sin sensibilidad literaria no lee mal porque disfrute de esta manera con los relatos, sino porque sólo es capaz de hacerlo así. Lo que le impide alcanzar una experiencia literaria plena no es lo que tiene, sino lo que le falta."
 
El mejor lector es capaz de ir más allá, de recibir todo lo que el autor le ofrece -cada palabra pesa- y sólo entonces pasarlo por el tamiz de su propia sensibilidad y su experiencia. El lector común se deja entretener por la lectura; el lector mejor es transformado por ella.
"Cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo (...) Veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve." 

 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PÚRPURA IMPERIAL

 
La pasión por la lectura y una notable afición por la historia dan como resultado que me haya sentido atraída desde bastante pronto por las lecturas históricas, entre ellas por supuesto las del género conocido como "novela histórica" (por más que en ese saco caben últimamente obras que tienen poco tanto de los primero como de lo segundo). En su momento -hace mucho de eso- devoré con emoción varias entregas de las aventuras de La pimpinela escarlata, así como las correspondientes obras de Dumas o Miguel Strogoff. Más adelante, avatares de mi vida profesional me llevaron a tener que leer -no siempre, hay que confesarlo, con el mismo agrado que en mis incursiones juveniles en el género- mucha novela histórica. Por supuesto, con algunas disfruté enormemente. Robert Graves, Marguerite Yourcenar o Mary Renault (una verdadera lástima que su insuperable trilogía sobre Alejandro Magno esté tan mal traducida al español) me introdujeron con todos los honores en la recreación del mundo clásico. También pude darme cuenta de que demasiados autores se limitaban a parafrasear, con mayor o menor acierto, a los historiadores romanos. Si Suetonio o Plutarco levantasen la cabeza, se harían cruces de lo muy rapiñadas que han sido sus obras.
 
 
Al final, tantas lecturas sobre temas parecidos desembocan en una especie de empacho. Y ya se sabe que el mejor remedio para eso es el ayuno. En los últimos tiempos, pues, sólo muy de vez en cuando he tomado una de esas novelas para leer por placer, fuera del ámbito profesional. Creía sinceramente que ya conocía todos los trucos del oficio. Así que, cuando cayó en mis manos el Augustus (El hijo de César, en la versión española) de John Williams -el autor de la excelente Stoner- dude durante un tiempo antes de ponerme a ello. Me imaginaba otro calco de las Vidas de los Césares y, en cualquier caso, tengo un conocimiento suficientemente amplio de esa etapa de la historia romana como para necesitar que me la refrescasen. Pero el verano es largo y Augustus viajaba conmigo, de modo que acabó cayendo. Ha sido, de largo, la mejor lectura que he hecho estos meses. Williams maneja en esta obra un tema muy distinto del de Stoner -nada que ver la historia de un oscuro profesor de universidad americano con la trepidante vida de uno de los dueños del mundo antiguo-, pero demuestra ser tan hábil examinando el alma humana en uno como en otro caso. La historia de Octavio Augusto no nos la cuenta él -no estamos ante unas falsas memorias como las de Yo, Claudio-, ni tampoco un narrador omnisciente, sino que está hecha de retazos de cartas, de diarios, de edictos... todo tipo de documentos escritos (aparentemente) tanto por sus amigos como por sus enemigos, que dan como resultado un retrato lleno de matices que nos explica de modo totalmente plausible cómo un joven patricio de diecinueve años llega a convertirse en emperador de una potencia mundial. Lo más novedoso, lo que más se agradece, es que el centro de interés de la novela no está en los grandes hechos, en las batallas ganadas o en las rencillas políticas -aunque sea inevitable hablar de todo ello- sino en los tipos humanos que la habitan. Se sale de su lectura con la impresión de haberse codeado con todos esos personajes togados y de comprender qué era lo que motivaba sus acciones.
 
 
  
En resumen, diría que El hijo de César es esa cosa tan rara: una novela histórica para gente que no lee novela histórica. Que, por cierto, fue galardonada con el National Book Award el año de su publicación, un premio que han obtenido autores como Philip Roth, Saul Bellow o Thornton Wilder, entre otros. Calidad de la buena.

viernes, 5 de septiembre de 2014

CON LA HISTORIA EN LOS TALONES

Moltkebrücke en Berlín (Foto Erich Hermes, Deutsch Evern)

Aunque cualquier lugar que haya sido habitado por el hombre tiene sin duda una historia detrás, hay países, regiones, ciudades donde la huella de la historia se percibe con mayor claridad. En pocos lugares lo percibo mejor que en Alemania. La Alemania de hoy -próspera, ordenada, floreciente- puede engañar a simple vista, pero a nada que se levante un poco la alfombra emergen las sombras del pasado. Me refiero ante todo a la historia más inmediata, el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Aunque a veces la catástrofe más reciente haga olvidar a otras más antiguas: durante la Guerra de los Treinta Años, el territorio que hoy constituye Alemania quedó absolutamente devastado. No sólo se produjo una destrucción total de las poblaciones (el ejército sueco solito arrasó 1.500 pueblos y 18.000 villas), sino que el hambre, la guerra y las enfermedades acabaron con buena parte de la población, que se estima que en 1620 era de 16 millones y para el final de la guerra sólo de 10.
O sea, encontrar restos auténticamente medievales en Alemania es poco menos que milagroso: los pocos que no habían sucumbido antes, quedaron sin duda aplastados bajo las bombas aliadas. 
Sea como fuere, nada ayuda más a percibir ese pulso oculto de la Historia que acompañar las visitas turísticas de determinadas lecturas. Por ejemplo, recuerdo mi última estancia en Berlín -hace ya algunos años-, que compaginé con la lectura del excelente Berlín: la caída de Antony Beevor. Imposible evitar un escalofrío cuando, al cruzar alguno de los numerosos puentes de la ciudad, comprobaba una y otra vez que todos fueron destruidos durante la guerra (los alemanes, pueblo minucioso, amablemente ofrecen la fecha de la destrucción y la de su reconstrucción, a menudo años más tarde, en cada puente). ¿Cómo se vive en una ciudad machacada por las bombas, en la que poco a poco se interrumpe el suministro de agua, el de electricidad, en la que no hay comida ni modo de desplazarse para buscarla... ? Para amantes de las emociones fuertes sobre este tema, existe otro libro muy recomendable, Europa en ruinas, una recopilación de testimonios presenciales de los años 1945-48
Así que esos pueblecitos tan preciosos son sólo una cara de la historia. La más halagüeña. O, a veces, impostada. Hannover, por ejemplo, tiene un bonito centro "histórico", con un par de calles flanqueadas por casas aparentemente antiguas. Que sí, son antiguas, pero no son de Hannover.


 Lo cierto es que el núcleo de la ciudad sufrió una destrucción prácticamente total durante la guerra, de modo que para la reconstrucción tuvieron que recurrir a traer las fachadas de casas de poblaciones cercanas que habían sobrevivido mejor al desastre. Sobre esos bombardeos , su desarrollo, sus consecuencias y, en último extremo, su necesidad (¿de verdad hacía falta tanta destrucción de bienes y vidas?), conviene leer El incendio, Alemania bajo el bombardeo 1940-45, de Jörg Friedrich. Un libro que causó verdadera conmoción en Alemania en el momento de su publicación. Con motivo. 
O, menos documentado, pero más literario, Sobre la historia natural de la destrucción, de W. G. Sebald

A veces, estos oscuros rastros de la Historia pueden incluso arruinarte la experiencia. Citaré al respecto una anécdota personal. Hace un tiempo pasé unos días en un idílico hotelito campestre cercano a la costa báltica de Polonia.  Es ese territorio que anteriormente formó parte de Alemania, y de donde procede de hecho el núcleo duro de la aristocracia prusiana, los Junkers. El hotel en cuestión era la casa señorial de uno de estos señores, remodelada.


Como pueden ver, un lugar hermoso. Era un placer desayunar en la terraza que daba a la parte de atrás, con vistas al pequeño lago donde nadaban unos cuantos cisnes y pasear por los bosques que circundaban la finca. 


Hasta que en uno de esos paseos di con las tumbas. Eran tres lápidas. Todas de mujeres, todas muertas el mismo día de 1944. Una mayor -la madre o la suegra-, dos jóvenes. No resultaba difícil imaginar la secuencia de los hechos: el avance inexorable del Ejército Rojo, precedido por las historias (ciertas) de violaciones y crueldad; el terror de las tres mujeres que permanecían en la casa señorial, quién sabe si ya viudas de un oficial, o sin noticias de sus hombres en algún lejano frente. Según el personal que cuidaba del hotel -que por supuesto no tenían nada que ver con la aristocrática familia original-, las tres se suicidaron, espantadas ante lo que les esperaba. Quiero creer que fue así, porque en efecto parece una muerte más clemente que la alternativa. Pero a partir de entonces el recuerdo de esas muertes y de esos momentos de terror que habían tenido lugar entre las mismas paredes que habitábamos con tanta despreocupación me arruinaron las vacaciones.


miércoles, 13 de agosto de 2014

¿PARA QUÉ LEER POESÍA?



Joan Margarit (Sanaüja, Lérida,1938) es uno de los grandes poetas contemporáneos en lengua catalana; y castellana, pues él mismo se define como poeta bilingüe. Además de poeta -o quizás a causa de, creo que ambas cosas van de la mano- es una persona con una extraordinaria lucidez, cuyas opiniones sobre el arte y la vida vale la pena conocer, porque son como rayos certeros que iluminan lo que tocan. Recientemente he leído una entrevista suya en la revista digital catorze.cat, donde, al hilo de las preguntas, desgrana una serie de cuestiones que me parece interesante reproducir aquí, pues las palabras de Margarit refutan (o confirman) ciertos lugares comunes en torno a la lectura y la poesía [en negrita mi titular, el lugar común, en cursiva lo que Margarit dice]:

-No hay tiempo para escribir
Decir que no tienes tiempo es una mentira flagrante. Si le preguntas a alguien cuántas citas de amor ha dejado de hacer en su vida por falta de tiempo, te contestará que ninguna. [...] La poesía siempre ha sido una prioridad en mi vida y siempre he encontrado tiempo para dedicarle. Durante los momentos difíciles, aún más. Cuando hacía de arquitecto también pensaba en ella todo el día, en la poesía. Entonces tenía que organizarme para tener tiempo de escribir, pero es fácil organizarte bien en torno a una cosa que deseas mucho.

-Siempre estamos a tiempo de aprender
Dicen que siempre estamos a tiempo de aprender, pero no es cierto. La época del aprendizaje puro y duro acaba muy pronto, hacia los veinte años. De joven eres una esponja, después cada vez absorbes menos cosas. [...] Se trata de sacar partido de las cosas que ya sabes.

-Las lecturas de infancia son las que nos marcan
Desde luego, porque de joven no sólo lees. Creas mitos, creas maneras de vivir, creas un concepto de pasado... Estás haciendo un montón de cosas, por eso puedes vivir de ellas más tarde. Las Veinte mil leguas de viaje submarino que leíste cuando tenías diez años no se acaban nunca. La inteligencia de la persona madura es saber ir rascando para ver qué hay detrás de aquellas lecturas.

-¿Se puede definir la poesía?
No, no se puede definir, no hay recetas. Una cosa es poesía si, cuando la lees, dices "este soy yo". Y lo que te dice te sorprende. [...] Una buena poesía necesita un buen lector. La poesía la puede leer todo el mundo, pero requiere más esfuerzo que la lectura de un diario. Aquí no se regala nada: si quieres sacarle más partido, has de hacer más esfuerzo. 

-De esto ya me ocuparé cuando lo necesite
¿Cuál es la característica de todo aquello que te protege un poco de la intemperie moral? [habla del arte, la música, la poesía...] Tiene una característica muy cabrona: has de llegar preparado al momento en que necesitas aferrarte a ello, que no sabes cuándo será. Tú no puedes decir "se ha muerto mi hija, que me traigan a Brahms, que empezaré a estudiármelo". No: ya has de conocerlo y has de haberlo escuchado. Lo has de tener a punto por si acaso, y así cuando te haga falta sabrás qué es lo que te puede servir. Habrás de estar a punto para saber si te conviene recurrir a Maragall o a Thomas Hardy. La poesía es una de las seis o siete herramientas (o cinco u ocho, pero no son setenta y tres) que nos protegen de la intemperie moral.

 -Qué angustia saber que nunca podré leerlo todo
No hace falta leerlo todo. Las cosas buenas que aprendes se van sedimentando, y te ayudan en la siguiente etapa vital. Puedes leer aquello que te permita sacarle más rendimiento. Así se te endulzará la angustia. Lo importante no es leer mucho sino leer bien.


¿Para qué leer poesía, pues? Porque nos protege de la intemperie moral, porque es una herramienta para la vida. Como dice Margarit en un poema de su libro Casa de Misericordia:

La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.
No hay nada más. La poesía es hoy
la última casa de misericordia.


Aquí dejo también una entrevista con Joan Margarit en TVE. Siempre vale la pena escucharle. Y, sobre todo, leerle.



sábado, 2 de agosto de 2014

LA MALETA DEL BIBLIÓMANO

Empieza agosto y soy de los pocos barceloneses que aún no han emprendido el éxodo veraniego. La ciudad, más vacía y más tranquila que nunca, es uno de los mejores lugares para estar. Más aún en este verano, en que apenas molesta el calor y el bochorno ocasional queda pronto mitigado por ocasionales chaparrones. Una delicia. Pero al final de este paréntesis ciudadano-estival asoma el momento de partir hacia otros lugares. Y con ello la inquietante pregunta de siempre: ¿qué me llevo?
Lo que me desazona, por supuesto, no es pensar en la ropa -cualquier duda al respecto queda pronto solucionada por una consulta a la previsión del tiempo en internet-, sino algo más esencial, y mucho más difícil de acertar: ¿qué libros poner en la maleta? Esta es quizá la cuestión que más tiempo consume de mis preparativos de viaje.
 
 
 
El verano es el tiempo de la lectura por excelencia, cuando es posible pasar horas devorando un libro tras otro sin sensación de culpa, sin sentir esa vocecilla que te dice que más te valdría estar haciendo otras cosas más urgentes, más necesarias o más provechosas. (La tal vocecilla, obviamente, no es una lectora compulsiva como yo. Los adictos a la lectura saben bien que no hay nada más necesario y provechoso que sumergirse en un buen libro.) Me siento plenamente identificada con un reciente artículo de Zadie Smith, cuando dice que:
 
"Lo que describo es una condición que podría denominarse 'síndrome del lector patológico'. Mi adquisición y digestión de libros es, para ser sinceros, absurda. Cómprate un Kindle, me aconsejaba todo el mundo hace unos años. Sin embargo, heme aquí haciendo la maleta para un breve vuelo entre Londres y Belfast, con mi Kindle, ciertamente, pero también con cuatro o cinco libros embutidos en el equipaje de mano, por si acaso. Por si acaso resulta que volamos a través de una arruga en el tiempo en la que una hora se expande para convertirse en infinita."
 Suscribo cada una de sus palabras. Uno de los motivos por los que no me gusta viajar en coche es porque me parece una pérdida de tiempo; incluso en las raras ocasiones en que viajo detrás, como pasajero, y no como copiloto, no puedo leer sin marearme. ¿Qué gracia tiene malgastar varias horas que podrían haberse dedicado a la lectura en mirar por la ventanilla? Ahora bien, a la hora de hacer el equipaje, hay que distinguir entre los libros que se van a leer durante el trayecto y los libros para consumir durante la estancia vacacional. Sobre los primeros, si el viaje es en avión, resulta más crucial que nunca  -como sabiamente hace Zadie Smith- aprovisionarse en abundancia; todos sabemos de los caprichosos retrasos que sufren las aeronaves y pocas perspectivas hay peores que verse apretujada en un cilindro metálico con varias decenas de desconocidos y sin un mal libro que llevarse a la boca. Mi receta para estos casos es tener siempre a mano una novela de intriga o acción, una de esas que enganchan y no te sueltan. (Recientemente, uno de los últimos de John Grisham -Sycamore Row- me salvó literalmente de la claustrofobia cuando nos tuvieron más de una hora dentro del avión esperando para despegar.) Eso sí, hay que elegir muy bien -sólo autores de confianza- y no escatimar. En el peor de los casos, se puede sobrevivir a una escala imprevista sin ropa de repuesto, pero no sin libro de repuesto.



En cuanto a los segundos, los libros para leer en el lugar a donde nos dirigimos, eso plantea aún más problemas. ¿Cuántos llevar y de qué tipo? Respecto al equipaje, muchos viajeros avezados dan el siguiente consejo: "pon la mitad de ropa que habías previsto y el doble de dinero". Por lo que se refiere a los libros, mi experiencia me dice que conviene llevar más de los que calculamos leer (siempre cabe la posibilidad de que llueva algún día y, ¡oh felicidad! tengamos la perfecta excusa para no movernos del sillón junto a la pila de libros), pero dejando un margen para las lecturas sobrevenidas, "de circunstancias". ¿Que qué es eso? A no ser que vayamos cada verano al mismo sitio y ocupemos la misma casa, los lugares desconocidos plantean tentaciones librescas: la historia de la zona, un libro que hemos visto en cualquier escaparate y nos ha llamado la atención, un personaje local del que querríamos saber más... por no hablar de que es la situación idónea para practicar la lectura in situ. La otra fuente -a menudo maravillosa- de lecturas sobrevenidas se da cuando nos alojamos en casa de otros (ya sea alquilada, de amigos o de parientes). Casas que, en mayor o menor número, suelen albergar libros. Y pocas cosas hay más fascinantes para un bibliómano que hurgar en bibliotecas ajenas. Puede ocurrir -no sería la primera vez que me pasa- que los libros tan cuidosamente seleccionados en casa y que con tanto esfuerzo se han acarreado a través de cientos de kilómetros queden olvidados en la maleta, en favor de esos recién hallados. Que quizás no sean mejores, pero que cuentan con el irresistible atractivo de la novedad. Y de que tenemos un tiempo limitado para saborearlos. O sea, sigo sin tener claro qué libros debo llevarme, pero sospecho que regresaré con más lecturas de las previstas.