John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 6 de abril de 2016

LAS EDADES DE LA LECTURA



¿Son los libros que leímos hace años realmente como creemos que son? Como el libro está ahí, aparentemente inmutable, con sus letras, sus líneas, sus párrafos, sus páginas... los lectores tendemos a creer que siempre es el mismo libro, no importa cuándo lo hayamos leído o lo pensemos leer. Olvidamos, claro, que no hay libro si no hay lector: todas esas letras, líneas, párrafos, etc. no son nada sin la experiencia del lector que los capta, los comprende y los filtra de acuerdo a su entendimiento. No hay un libro, hay tantos libros como lectores. Por si fuera poco, los propios lectores no son siempre el mismo lector, de ahí las inmensas sorpresas que a menudo deparan las relecturas. Créanme, no es lo mismo leer Guerra y paz a los dieciséis que a los cuarenta y seis años.
Recientemente, tuve una experiencia que corroboró este extremo: leyendo la reseña hecha por un bloguero amigo de uno de los libros que marcaron mi juventud, El corazón es un cazador solitario, me di cuenta de que buena parte de lo que contaba no me sonaba en absoluto. Con asombro y cierto horror, descubrí que mi yo lector de entonces sólo había registrado una parte de la historia. Por supuesto, la que a mí en esos momentos de mi vida mi importaba; el resto, se había esfumado de mi recuerdo porque -sospecho- nunca le presté mucha atención.
Esto me ha llevado a reflexionar acerca de cómo en cada etapa de la vida se lee de una manera distinta. Generalizando, diría que puedo distinguir tres grandes etapas lectoras:


 
 1. La niñez. Magia y fascinación.
Como los primeros amores, las primeras lecturas son lo más maravilloso que a uno le puede suceder. En esta etapa de descubrimiento -¡hay otros mundos!- la frontera entre lo real y lo ficticio es tenue. Lo que uno busca es la fascinación de la novedad, la aventura, lo desconocido. Todo es creíble, todo parece posible. No hay barreras entre lector e historia: "somos" alternativamente el Gato con Botas, la Cenicienta o Robinson Crusoe. Seguramente la lectura de la infancia es la que más se ajusta a la idea de "perderse en las páginas de un libro". Lectura inmersiva.



En un orfanato, Lübeck (detalle), de Gotthard Kuehl
 2. Adolescencia y juventud. Modelos y respuestas.
Si en los primeros años leemos olvidándonos de todo, los muchos interrogantes que suscita la adolescencia, esa edad en que todo -empezando por el propio cuerpo- parece volverse extraño y hasta peligroso, incitan a buscar respuestas en la lectura. Los libros, así, se convierten en posibles modelos, claves para entender el mundo y para entenderse a uno mismo, pautas de conducta para tratar con los demás.  Durante esta etapa, leemos sobre todo buscando un reflejo, una imagen que poder aplicar a nuestra vida. No es raro pues que a los adolescentes les gusten los libros que tratan de adolescentes tan desorientados como ellos -véase El guardián entre el centeno-, o el absoluto éxito de la novela romántica entre las jovencitas, que parecen responder -cierto que de manera idealizada y poco realista, como uno comprueba más adelante- al gran interrogante de qué es el amor y cómo conseguirlo. Durante estos años de exploración intelectual y afectiva, la lectura funciona como una especie de mapa en el que vamos buscando pistas.
 

A Good Read, Sally Strand
 3. Madurez. Análisis y disfrute.
Una vez han pasado las turbulencias -cierto que algunas personas nunca las dejan atrás, y por eso quedan varadas en la lectura-búsqueda; tal vez eso explique el tirón de los libros de autoayuda-, una mayor estabilidad nos permite también leer de otro modo. Ya no nos buscamos a nosotros mismos, sino que somos capaces de buscar al otro. Es decir, comprendemos al fin que detrás de la historia que nos cuenta cada libro hay un autor y una intención. Que esa intención puede ser muy simple, pero también muy compleja. Que pueden haber distintos niveles de interpretación. Que uno se puede dejar arrastrar por el encanto de una historia, pero también mirarla desde cierta distancia y analizar cómo está hecha, compararla con otras. Estas operaciones, además, enriquecen nuestra capacidad analítica y nos enseñan a establecer categorías, a disfrutar de la obra bien hecha. Una mayor experiencia de la vida y de las personas hace que nos maravillemos cuando lo que el libro refleja parece ser la vida misma, y resultemos defraudados cuando los personajes parecen estar hechos de cartón piedra. Sabemos qué es lo que nos gusta pero también porqué nos gusta. Podemos ser testigos y cómplices a la vez.

Diría que estas etapas son ineludibles, pero también positivas. Parte del proceso de crecer, de aprender, de vivir. Un adolescente nunca podrá leer Crimen y castigo como un adulto y si a los cuarenta años se te caen de las manos los libros de Enid Blyton que devoraste de joven la culpa no es de ellos: es que tú ya no buscas en ellos un modelo de comportamiento. Por eso los buenos libros, entre ellos los clásicos, lo son porque tienen algo para cualquier edad.
 

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La tradición de los huevos de Pascua se remonta a tiempos muy antiguos
y tiene que ver con el huevo como símbolo de (re)nacimiento
 
En la lectura, como en la vida, se puede pecar por acción o por omisión. En el primer caso, está claro lo que ocurre: engañados por los cantos de sirena de la publicidad, o haciendo caso a la recomendación de alguien de cuyo criterio debimos desconfiar, caemos en manos de algún libro horrible, que nos hace maldecir el tiempo empleado en leerlo. El pecado por omisión es precisamente lo contrario, y tal vez resulte más lamentable aún que el anterior: nos abstenemos de leer determinado libro simplemente porque el tema no parece atractivo, privándonos así durante meses o años de un goce que debimos descubrir mucho antes. Como si el "tema", o lo que de este se dice en el texto de solapa y en las reseñas, tuviese alguna importancia; deberíamos ponernos en algún lugar bien visible un cartel muy grande que dijera "En literatura, lo importante es el cómo, no el qué". Yo no soy mucho de pecar por acción -con los años, he aprendido a hacer oídos sordos a según qué medios y personas-, pero me temo que tiendo a pecar por omisión. Últimamente, me ha pasado  (vamos a confesarlo abiertamente, aprovechando que estamos en días de penitencia) con dos autores de primera fila y he cometido con ambos omisiones injustificables. El primero de ellos es Javier Cercas: durante varios años, evité Anatomía de un asesinato por el prejuicio -tonto, como todos- de que "ya estoy un poco harta de oír hablar del 23 F"; por supuesto, cuando por fin lo leí descubrí que era un relato apasionante, que debía haber leído mucho antes. Encima,  he tropezado dos veces con la misma piedra, porque lo mismo me ha sucedido con Las leyes de la frontera: después de hacerle el vacío durante mucho tiempo, lo he devorado estas vacaciones. ¿Es una historia, como parece, de quinquis de los setenta? Pues sí y no. Como todas las buenas historias, es más que eso.  
 
 
Emmanuel Carrère (Foto: www,latercera.com)
 
 
Con el segundo autor, Emmanuel Carrère, la omisión ha sido más leve, porque ha durado menos, aunque también de Limónov pensé en un primer momento que no me iba a interesar la historia de un delincuente ruso (me interesó, y mucho) y me ha llevado bastantes semanas superar mi reticencia a tomar entre manos su última obra El Reino, por aquello de que el tema me parecía poco atractivo. Error, claro. Léanlo, no digo más.
Al principio de El Reino, Carrère cuenta que participó en la fase inicial de la escritura del guión de la serie Les Revenants porque encontró fascinante la premisa de la que partía: en un pueblo de los Alpes franceses, una serie de personas fallecidas regresa a sus hogares, no como zombis vengativos, ni como espíritus, sino como seres normales, que se ponen a prepararse un bocadillo en la cocina, o intentan entrar en la casa que habitaron años atrás (y se encuentran, con estupor, que la llave no encaja en la cerradura). Por supuesto, esto crea situaciones insólitas e interesantes, y de eso va la serie (al igual que me he sumergido en la lectura de Carrère, me he precipitado a ver la serie, que por ahora me tiene angustiada e intrigada a partes iguales; esperemos sólo que no lo estropeen con los trucos gastados de siempre).
 
 
 
 
Regresar de entre los muertos es imposible, todos lo sabemos, pero al mismo tiempo es lo que desearíamos, tal vez no tanto para nosotros mismos, sino para aquellos que amamos y nos han dejado. La idea germinal de Les Revenants me recuerda poderosamente a la de uno de mis relatos favoritos de Crónicas marcianas -del que ya hablé en un post anterior-, "La tercera expedición". Por muy inverosímil que parezca el concepto de la resurrección, ¿alguien se resistiría a acoger en su casa a la hija, el esposo, el hermano o el padre que perdió? Creo que yo, como les ocurre a los astronautas de Bradbury, tampoco sabría negarme. Fuesen cuales fuesen las consecuencias. En cualquier caso, ni El Reino ni Les Revenants tratan de resurrección, sino de todo lo que viene después.  Definitivamente, no es el qué, es el cómo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

UMBERTO ECO Y LA TIPOGRAFÍA

Fotograma de la película de Jean-Pierre Annaud basada en El nombre de la rosa.
Guillermo de Baskerville (sen Connery), investigando en la biblioteca.
 
Con ocasión del reciente y lamentado fallecimiento de Umberto Eco, numerosos artículos han evocado su obra más conocida, El nombre de la rosa -aunque él aseveraba que de toda su producción, lo único que perduraría sería el manual sobre Cómo se hace una tesis-, citando una y otra vez los referentes literarios de algunos de sus personajes, especialmente del monje Jorge de Burgos (trasunto de Jorge Luis Borges, una referencia de lo más transparente) y de Guillermo de Baskerville, compuesto según se dice de Sherlock Holmes (el nombre de Baskerville evocaría el famoso relato de Conan Doyle "El perro de los Baskerville") y Guillermo de Occam (el propio Eco admite en sus Apostillas a "El nombre de la rosa" que "al principio decidí que el detective fuese el propio Occam, pero después renuncié porque la persona del Venerabilis Inceptor me inspira antipatía").
 
John Baskerville
 
Curiosamente, nadie cita como inspiración para nombrar a este detective medieval a otro personaje que a mí -será por mi formación- siempre me viene a la cabeza cuando oigo este nombre: John Baskerville. Cualquiera que se haya movido entre imprentas conoce la tipografía Baskerville, clásica, elegante e intemporal. Garamond, Bodoni, Caslon, Baskerville... todos ellos tipógrafos eminentes que diseñaron tipos que en su mayoría -a veces con ligeras variantes- han perdurado varios siglos. Me resulta sorprendente que a nadie se le haya ocurrido mencionar esta posible conexión. Máxime cuando Eco era un gran conocedor del mundo del libro y la bibliofilia: entre sus obras se cuenta un tratado sobre estos temas, La memoria vegetale e altri scritti di bibliofilia, incomprensiblemente no traducido al español.
 
 


 
Por si fuera poco, resulta que no es esta la única vez en que Eco recurre a un insigne tipógrafo para dar nombre a alguno de sus personajes: lo hace también en El péndulo de Foucault, donde además elabora una prolongada broma metaliteraria (¿o se debería decir metatipográfica?). Los tres personajes principales de esta novela -Casaubon, Belbo y Diotallevi- trabajan para la Garamond, pretendidamente una editorial seria, que a su vez alberga otra editorial más oscura y mucho más lucrativa, la Manuzio, que comercia con autores autofinanciados (AAF), cuya vanidad y deseos de verse publicados explota sin rubor. El dueño de estas empresas, el señor Garamond, es un personaje diabólico, que resultará estar detrás de algunos de los hechos principales del libro. Aquí, hay, por supuesto, un guiño al lector avisado: tanto Claude Garamond (1499-1562) como Aldo Manuzio (1450-1515) son dos de las figuras más notables de la historia de la imprenta en Europa. Casaubon, por cierto, es igualmente un nombre de resonancias bibliófilas: Isaac Casaubon (1559-1614) fue un erudito clásico, filólogo y bibliotecario.
Tal vez me paso de lista o quiero ver lo que no hay -asemejándome así a los propios personajes de Eco, tan a menudo envueltos en construir teorías de la conspiración-, pero teniendo en cuenta los antecedentes de Eco y su trayectoria literaria, me cuesta no creer que Guillermo de Baskerville no sea -también- un homenaje al distinguido tipógrafo inglés, que era además un insigne ilustrado, una de esas figuras que seguro hacían las delicias del escritor italiano.
Por cierto, si quieren saber más de  tipógrafos y tipografía, recomiendo la web Unostiposduros y, con referencia a Baskerville, muy especialmente el trabajo de José Ramón Penela sobre él.
 

martes, 8 de marzo de 2016

EUROPA, ¿EUROPA?

¡Cuánto más fácil parece ser estremecerse ante los sufrimientos de gentes que vivieron muchos años atrás -aunque no tantos...- que ante los de aquellos que llaman a nuestras puertas hoy mismo! Uno se pregunta de qué sirve la Historia, si alguna vez aprendemos de ella. Se diría que no. Hace sesenta años, Europa vivía una grave crisis de refugiados, después de sobrevivir a una guerra atroz. Las instituciones europeas se crearon -o al menos eso creíamos- con la intención de evitar dramas humanos como aquel. Sin embargo, nada ha cambiado. Los mismo cuyos padres lo vivieron en carne propia, cierran la puerta a los hombres, mujeres y niños que huyen de la guerra y la destrucción. Europa, una vergüenza.
Lean, lean estos testimonios de testigos presenciales y verán si no les parece estar contemplando los telediarios de hoy mismo.
 
 
Refugiados alemanes, Saarbrücken, 1945
"¡Desechos humanos! Mujeres que habían perdido a sus maridos e hijos, hombres que habían perdido a sus mujeres; hombres y mujeres que habían perdido sus hogares y a sus hijos; familias que habían perdido enormes granjas y fincas, tiendas, destilerías, fábricas, molinos, mansiones. También había niños pequeños que vagaban solos, cargando con un hatillo, llevando una patética etiqueta pegada. Sus madres habían sido separadas de ellos por algún motivo, o bien habían muerto y habían sido enterradas por otras personas desplazadas en algún punto al borde del camino."
 (William Byford-Jones, un oficial del ejército británico destacado en Alemania en 1945, citado por Tony Judt en Postguerra)

"Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. [...] En otros momentos, les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania."

(Keith Lowe, Continente salvaje)


Refugiados, 2015

"En la estación de ferrocarril: Hay refugiados tendidos en todos los escalones y uno tiene la impresión de que no levantarían la vista ni aunque sucediera un milagro en medio de la plaza; tan seguros están de que no sucederá ninguno. Se les podría decir que más allá del Cáucaso hay un país que los acogerá y entonces ellos reunirían sus pertenencias sin fe ninguna. Su vida es sólo una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; sólo la vida sin esperanza continúa adherida a ellos, como un espectro, como un animal invisible y famélico que los arrastra por las estaciones de tren tiroteadas, noche y día, bajo el sol y la lluvia; respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros, con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno, como si quisieran retornar a él."

(Max Frisch, "Frankfurt, mayo de 1946", recogido en Europa en ruinas)





"Los médicos que han informado a los periodistas extranjeros sobre los hábitos alimenticios de estas familias explican que lo que cocinan en esas cacerolas es indescriptible. En realidad no es indescriptible, del mismo modo que toda su existencia no es indescriptible. Esa carne sin nombre que consiguen de una u otra manera o las verduras sucias que han sacado de Dios sabe dónde no son indescriptibles, son extraordinariamente repugnantes, pero lo repugnante no es indescriptible, tan solo es repugnante. Del mismo modo se puede refutar a aquellos que dicen que los sufrimientos que los niños deben soportar en esos sótanos son indescriptibles. Si uno quiere, se pueden describir maravillosamente: el que está de pie junto a la estufa con el agua hasta los tobillos simplemente lo deja estar, se dirige a la cama donde están los niños que tosen y les ordena que se larguen a la escuela inmediatamente. Hay humo, frío y hambres en ese sótano, y los niños, que han dormido completamente vestidos, ponen los pies en el agua, que casi les llega a la caña de sus botas agujereadas y atraviesan el pasillo oscuro del sótano en el que hay gente durmiendo, las oscura escaleras arriba, donde también hay gente durmiendo, y salen fuera al otoño alemán húmedo y frío."

(Stig Dagerman, "Alemania, otoño de 1946", recogido en Europa en ruinas)

viernes, 26 de febrero de 2016

LA PRIMERA VEZ QUE PISÉ UNA BIBLIOTECA

 
 
Leo por ahí que las bibliotecas públicas son uno de los servicios más valorados por los ciudadanos y que se calcula que el 47% de la población española es socia de alguna de ellas. Aunque no todos ellos las frecuenten -y muchos las usen para cosas distintas del préstamo de libros-, son unas cifras que inducen a un cierto optimismo. Podría decirse que -al menos en las ciudades grandes y medianas- entrar en una biblioteca se ha convertido en algo cotidiano. Padres con niños, señoras que vienen o van del mercado con su carrito a cuestas, estudiantes con mochilas, jubilados que pasan las mañanas allí y aprovechan para leer la prensa... difícil hacer un retrato-robot del usuario de bibliotecas, tan variada es su clientela. Ir a la biblioteca es algo tan normal como ir al parque. No siempre ha sido así. En mi infancia, las bibliotecas públicas apenas existían. Y las pocas que había, no eran precisamente lugares donde un niño (ni tampoco un adolescente) se sintiese bienvenido. Mi primera experiencia bibliotecaria se remonta a un verano. Un verano inusualmente lluvioso en que supongo que conseguimos acabar con todas las existencias de lectura y andábamos desesperados  saqueando la papelería local (cuyas existencias eran bastante poco estimulantes: una vez leídos todos los tebeos, no quedaba gran cosa más) cuando alguien nos habló de la biblioteca de La Caixa; como su nombre indica, ocupaba el mismo local de la oficina de esta entidad, un edificio solemne y lleno de rejas, aunque tenía otra entrada, y consistía en un sótano bastante lúgubre, equipado con un fondo más bien magro.
 
Biblioteca popular en l'Hospitalet, años sesenta.
La que recuerdo era muy parecida
 
Pero estas carencias las vi andando el tiempo: de entrada me maravilló el que uno pudiese elegir los libros que quisiese y permanecer allí durante horas devorándolos, mientras afuera diluviaba. Pero lo que me dejó muda de asombro es que por todo ello no había que pagar nada. ¡Inaudito! Creo recordar que no se podían coger libros en préstamo; o tal vez no nos los daban a nosotros, que éramos forasteros de paso; o tal vez sí los daban y nunca nos atrevimos a pedirlo... En cualquier caso, y a pesar de que el local no era precisamente acogedor, sé que ese verano pasamos muchas tardes allí. En aquellas épocas pre-internet, imagino que los escolares la frecuentarían durante el curso, para consultar enciclopedias y demás, pero puesto que estábamos en vacaciones raras veces entraba alguien, de modo que la sensación era de tenerla toda para nosotros.
 
 
 
 
Desde entonces acá, las cosas han mejorado lo indecible. He frecuentado muchas otras bibliotecas, mayores, más luminosas y más confortables, algunas incluso bellísimas, pero creo que no me he curado aún del asombro que me produjo la primera. Es más, cada vez que descubro algún nuevo servicio de estas utilísimas instituciones, desde el préstamo de libros electrónicos a la posibilidad de conectarse a repositorios de música como el de Naxos, mi reacción es muy parecida: ¿todo esto a mi alcance, a cambio de nada?
 
No creo demasiado -ya lo he dicho alguna vez- en las campañas de promoción de la lectura que se limitan a decirle a la gente que lea de forma más o menos ingeniosa. Pienso, en cambio, que tendría mucho mayor efecto una campaña que simplemente le dijera a la gente todo lo que puede hacer en una biblioteca, animándola así a pisarlas. Estoy segura de que, una vez se entra en una, es difícil resistirse a la llamada de alguno de sus muchos atractivos. Amor bibliotecario para siempre.
 
 

viernes, 19 de febrero de 2016

PARECEN LIBROS, PERO NO LO SON

 
 
Todos conocemos, hemos visto o hemos oído hablar de esas personas que llenan sus estanterías de "falsos libros", bonitos lomos que camuflan la más absoluta nada (y no lo digo en sentido metafórico, que también). Eso es porque el libro sigue teniendo un prestigio -los falsos libros parecen cosa de otra época, pero es muy revelador que siga habiendo negocios que viven de ellos- y le concede a su poseedor (o falso poseedor, en este caso) un sello de distinción. Si en una biblioteca el falso libro es una superchería hasta cierto punto comprensible, no resulta tan lógico que existan tal infinidad de objetos que simulan ser libro, pero no lo son. Lo que nos queda más cerca son las fundas que revisten al libro digital de apariencia libresca; el advenedizo se disfraza para pasar desapercibido, igual que las primeras televisiones solían ocultarse bajo la apariencia de muebles.
 
Esto que aquí ven no son libros, sino fundas de lectores de Kobo
convenientemente disfrazadas
 
Pero este afán "librotransformador" no viene de ahora, ni se limita al libro digital. Todo tipo de artilugios, incluso los más impensables, se han visto transformados en libros. ¿Para ennoblecerse? ¿Para satisfacer el capricho de algún bibliófilo que deseaba verse rodeado de libros en todas las ocasiones? Para mí es un enigma. Ya saben que hay coleccionistas para todo; también para estos falsos libros. Recientemente, hubo en el Grolier Club de Nueva York -una antigua y respetada sociedad para bibliófilos, con una de esas bibliotecas que le hacen babear a uno- una exposición de lo que dieron en denominar "blooks", combinación de las palabras "book" y "look": objetos con apariencia de libro. Se podían así admirar hasta 130 falsos libros, organizados en nada menos que 14 temas: religiosos (un molde para repostería en forma de Biblia, de la década de 1820) o un altar portátil, que se remonta también al siglo XIX;


Cerrado parece un libro...

...abierto es un altar portátil

domésticos (despertadores o lámparas-libros, encendedores);






anuncios (por qué alguien querría darle a un anuncio de macarrones forma de libro queda más allá de mi comprensión);





o accesorios como bolsos, joyas o útiles de maquillaje, todos debidamente camuflados bajo una apariencia libresca.





Al parecer, esto es sólo una muestra de la colección, mucho más amplia, que posee Mindell Dubansky, que llega a los 600 objetos en forma de libro. ¿Sorprendente? Sin duda. El fascinante mundo del libro no conoce fronteras. Salvo, tal vez, las del ridículo, y no siempre, como demuestran algunos de los artefactos que hemos podido observar.

viernes, 12 de febrero de 2016

FICCIÓN PARA TODAS LAS PROFESIONES

Franz Dvorak, Lectora pensativa
 
El descrédito de la ficción viene de lejos, de muy lejos. Que las aventuras narradas en los libros de caballerías podían ser dañinas para el cerebro lo sabía ya bien Alonso Quijano, mientras que innumerables e ilustres clérigos se encargaron durante siglos de pregonar que la ficción era del todo perjudicial para las mujeres, que mejor harían en limitar sus lecturas -suponiendo que el cuidado de los hijos y la casa les dejase algo de tiempo libre- a libros piadosos. Ciertamente, el esplendor de la novela del XIX contribuyó a rescatar este género de las catacumbas y a darle una pátina de respetabilidad. Sin embargo aún hoy leer novela, en especial en ciertos círculos y en determinadas profesiones, lleva consigo un aura de frivolidad. ¿Leer a Philip Roth en vez de las actas del más reciente congreso de histopatólogos, el último número de Economist & Jurist o la información de Bolsa? Hay a quienes les suena a pérdida de tiempo. Así, muchos profesionales de las ciencias, la medicina, la economía o el derecho, afirman sin ningún rubor que ellos leen, sí, pero sólo publicaciones relacionadas con su campo de actividad, o como mucho algún ensayo de temas también afines.
Sin embargo, harían bien en dedicar más atención a las novelas. No lo digo yo, lo dice lord Denning, Master of the Rolls, es decir, presidente del tribunal de apelaciones británico. Procede la referencia de un libro ameno e interesante por muchos otros motivos, Mi Londres, de Simonetta Agnello Hornby, de obligada lectura para londonófilos. (Para quien quiera saber más sobre él, dejo aquí una reseña.) Esta escritora y novelista, de origen siciliano, pero trasplantada a la capital británica desde 1963, ha ejercido allí la abogacía durante muchos años, profesión que ha sabido combinar con una enorme curiosidad por la historia, la literatura, la ciudad, las caminatas, y muchas cosas más. Cuenta ella que su único encuentro con este personaje fue con ocasión del solemne acto de entrega del diploma que le permitiría ejercer la abogacía.
 
 
 
 
Al dirigirse a los flamantes abogados, lord Denning no les exhortó a ser honrados, a estudiar las leyes o a hacer todo cuanto fuese posible por sus clientes. Esto, les dijo, ya lo sabían. En cambio, les dio otro importante consejo:
 
"Lo que sí os digo es que un buen solicitor nunca debe olvidar la realidad y debe observar el mundo. Y además tiene que leer. En particular, novelas. Un buen abogado siempre debe tener un libro en la mesilla de noche, porque el mundo de la ficción se parece más a la realidad de lo que creéis. Las novelas abren la mente y facilitan la comprensión de las historias rocambolescas que os contarán vuestros clientes. El abogado al que no le gusta la literatura se vuelve estéril y nunca será bueno. Yo soy viejo: la experiencia me ha enseñado que cuando en mi sala un abogado no está a la altura de su trabajo, probablemente es que no le gusta leer. [...] Así que leed, y no os sintáis culpables: la literatura os hará mejores abogados."
Una reflexión que no sólo se aplica al derecho. Cualquier otro ejercicio profesional se beneficia de leer ficción, pues las novelas aportan nuevas y distintas visiones del mundo, permiten explorar la condición humana -y todos trabajamos con otros seres humanos- y comprender, desde dentro (porque los novelistas logran que nos convirtamos en otros por unas horas), qué es lo que motiva a nuestros congéneres. Simonetta Agnello Hornby dice que le debe al consejo de lord Denning su carrera de novelista. Pero no hace falta querer ser novelista para apreciar su sabiduría. Matemáticos, físicos, médicos, informáticos, ingenieros, arquitectos, economistas... creánme, leer novelas les hará ser mejores en su profesión. Deberían probarlo.