John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 8 de noviembre de 2012

ELOGIO DE LA DIFICULTAD


Un paseíto por el barrio puede ser muy agradable, aunque estarán ustedes de acuerdo en que no procura la sensación de haberse superado a uno mismo. Subir una montaña de dos mil metros, en cambio, puede resultar una tortura por momentos, pero conseguirlo procura una satisfacción incomparable. Leer una novela romántica puede ser una buena manera de pasar una velada de invierno, acurrucada en el sofá. Sin embargo, no propociona, ni de lejos, la satisfacción intelectual que acompaña a la lectura de los Ensayos de Montaigne, por ejemplo. Todo tiene su momento, sin lugar a dudas. Pero al cerebro humano le gustan los obstáculos, se crece ante la dificultad; es más, según los últimos descubrimientos de la neurociencia, absorbemos mejor la información que nos ha costado conseguir, y la retenemos durante más tiempo. Que las limitaciones espolean la creatividad es algo que los poetas saben desde hace muchos siglos: por difícil que parezca, si uno se esfuerza lo suficiente casi todo se puede decir en catorce versos de once sílabas, que para colmo deben rimar entre sí siguiendo un patrón determinado. Que se lo pregunten a Lope de Vega y a Violante, si no. Revalidando algo que todos los lectores intuíamos, ahora resulta que leer es una actividad excelente también desde el punto de vista neurolingüístico. Y si se trata de lo que llaman "lectura profunda", es decir, lectura crítica y analítica, aún mejor. Según recientes investigaciones, ambas formas de enfrentarse a un texto -la superficial y la profunda- movilizan partes distintas del cerebro. La lectura profunda, en especial, hace trabajar al cerebro de una forma que sorprendió a los propios investigadores. Me alegro de que la ciencia corrobore los beneficios de la lectura -sobre todo porque eso nos da argumentos para dedicarnos a ella con aún más ahínco ("Es bueno para mi cerebro"), ahora que está tan de moda lo del entrenamiento cerebral-, pero los bibliómanos podríamos habérselo dicho sin necesidad de escáners ni de laboratorios. Leer una argumentación llena de inteligencia, por intrincada que resulte, descifrar las barrocas metáforas gongorinas o analizar las complejidades de los narradores faulknerianos produce una satisfacción que no sólo es estética, sino que a todas luces es "alimento para el cerebro" -"food for thought", como bien dice la expresión inglesa-, el equivalente intelectual de las proteínas sin las cuales nuestra materia gris decaería y moriría. La próxima vez que alguien armado de una maquinita de juegos me diga que está entrenando su cerebro, podré responderle con toda tranquilidad, sin levantar la vista del volumen que estoy leyendo, que "yo más".
 
Eso, LEE
 


 

4 comentarios:

  1. A propósito de Góngora, los barrocos fueron tal vez los primeros en descubrir el enorme placer que sentía el lector cuando "descubría" las relaciones que se ocultaban en sus intrincados juegos. Decía Gracián que no había mayor placer que descubrir los "saltos de ingenio" en una obra literaria.
    NaCl-U2

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    1. ¡Me doy por saludada, y gracias por ese ingenioso obstáculo, mis neuronas sin duda lo agradecen!!

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  2. Tienes toda la razón. Con tu permiso, lo comparto en Facebook.

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    1. Estaré encantada de que lo compartas, Miguel.

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