John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

lunes, 4 de enero de 2016

LAS NOTAS AL MARGEN ESTÁN DE MODA

El siempre sarcástico Mark Twain, visiblemente insatisfecho
con la traducción de Plutarco que acababa de leer,
añadió que había sido traducida del griego "a un inglés asqueroso"
Grosso modo, los lectores se dividen en dos grandes grupos: los que nunca, bajo ningún concepto, escribirían notas en un libro y los que alegremente, lápiz en mano, van dejando sus comentarios en los libros que leen (¡incluso, a menudo, si no son suyos!). Como todas las generalizaciones, esta clasificación es maximalista y pasa por alto las innumerables gradaciones posibles. Tampoco tiene en cuenta las posibles motivaciones de los pertenecientes a uno y otro bando. Yo, por ejemplo, en algún periodo de mi juventud, espoleada por ciertos ilustres ejemplos, me decidí a dejar mi rastro en unos cuantos libros; años después, el hallazgo casual de alguno de ellos me produjo, a partes iguales, rubor y perplejidad. Desde entonces, abandoné por completo esa costumbre.
El caso es que las notas al margen parecen estar experimentando un revival últimamente. Paralela, sin duda, a la apreciación de todo lo que rodea al libro en papel que la implantación de la lectura en pantalla ha traído consigo: de repente, el libro es un objeto fetiche, se valora más que nunca la calidad del papel o de la encuadernación y los libros viejos adquieren un estatus hasta ahora desconocido (hasta las librerías de lance, que solían ser oscuras y polvorientas, se han reencarnado en modernos espacios con estanterías blancas y dependientes cool).

Una de las librerías Re-Read,
 ejemplo de la reencarnación de las librerías de lance

Tan de moda están estas "marginalia" que constantemente aparecen iniciativas que las reivindican. Según nos informa Anthony Grafton en un artículo de la New York Review of Books, en la universidad de Oxford ha surgido un numeroso y muy activo Marginalia Group, especializado en encontrar entre los ejemplares de su enorme y venerable biblioteca las notas al margen más sabrosas. Cambridge no se ha quedado al margen (disculpen la broma, casi inevitable) y recientemente su biblioteca ha organizado una exposición dedicada a los libros anotados entre 1450 y 1550. Andrew Stauffer, con la colaboración de la Universidad de Virginia, ha puesto en marcha una iniciativa cooperativa, Book Traces, que pretende rescatar y documentar los ejemplares de obras de los siglos XIX y XX que presentan notas o marcas de sus propietarios. Tal y como  reza su manifiesto:
Estos libros constituyen un archivo de la historia de la lectura, oculto a plena vista en las colecciones que albergan las bibliotecas. Notas al margen, inscripciones, fotos, cartas y muchas otras piezas pueden encontrarse en estos ejemplares [...] Ningún catálogo electrónico puede localizar estos elementos únicos. Es necesario abrir cada uno de los libros y examinarlo.
Por eso, es curioso que la misma New York Society Library que organiza una exposición de los libros anotados que conserva en su fondo, prohíbe terminantemente a los actuales usuarios de su biblioteca escribir en ellos. (De hecho, creo que todas las bibliotecas públicas castigan esta actividad anotadora, lo que no parece ser obstáculo para que los lectores sigan haciendo de las suyas.)
De acuerdo con los defensores de la anotación (¿debería llamárseles "marginalistas" o "marginales"?), los márgenes de los libros son un lugar de encuentro entre el texto y el lector y, salvando la distancia, entre este y el autor. Las notas al margen hacen de los lectores, escritores, y sobre todo -sospecho que esta es una de la razones por las cuales tantos espíritus rebeldes han sido grandes anotadores-, les permiten discutir la autoridad del texto. En estas inscripciones, el lector se enfrenta de tú a tú con el autor y, si es necesario, le canta las cuarenta.
No puedo negar la verdad que hay en todo esto. Tampoco, que me produzca una cierta emoción ver lo que un monje escribió al margen de un manuscrito del siglo XIV. Pero, francamente, me interesa muy poco saber qué pensaba el anónimo lector que se dedicó a ensuciar el libro que estoy leyendo con sus anodinas notas. Quizás es que esto de anotar es una actividad íntima, que debería quedar restringida a la propia e intransferible biblioteca. Como los diarios, las notas al margen son para uno mismo o, en todo caso, para la posteridad.

4 comentarios:

  1. Bueno, Elena, la marginalia no sólo es de discusión con el autor, también puede serlo de ideas derivadas de lo que éste plantea o sugerencias –para uno mismo y para otros lectores– de posibles conexiones entre esas ideas y las de algún otro autor. O, por qué no, argumentos para alguna ficción que puedan haber surgido de la lectura de lo allí expuesto.
    Desafortunadamente, contra esta práctica que fervorosamente apruebo están las editoriales, que hacen los libros con margenes más y más chicas año tras año.

    Fuera del tema, aprovecho para saludarla, agradecerle el que siga manteniendo este blog y desearle un 2016 lleno de salud y muchos libros.

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  2. Soy de las que no anota ni le gusta ver anotaciones de otros en los libros que lee. Siento como una invasión a mi intimidad estar sacando mis propias ideas de lo que leo y, de pronto, una parrafada al margen me saca de la lectura. Como los anuncios en medio de una película.

    Yo también aprovecho para felicitarte el nuevo año... aunque ya estemos en la mitad de enero :)

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  3. Mmmmm...yo jamás hice una nota en el margen de un libro que no me pertenecía. Porque eso no se hace, ya está. Si marraneamos, que sea en casa. No por "respeto al libro", tampoco nos pasemos, sino simplemente por el hecho de que si es público, han de usarlo todos, no sólo tú. Sin embargo, en algunas ocasiones, sí que me gustó encontrar notas de anteriores lectores, algunas son inteligentes, otras entrañables. Quien sabe, igual depende de como me pille el día. Saludos.

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  4. Gracias a todos por vuestros comentarios y felicitaciones (aunque mi respuesta es también con retraso).
    Tiene todo la razón el comentarista anónimo que se queja de los estrechos márgenes de los libros actuales. Difícil lo tienen los anotadores...
    En cuanto a encontrarse un libro anotado: todos soñamos con descubrir por sorpresa un ejemplar anotado por alguna lumbrera, pero por desgracia lo habitual es que el anotador no haya dejado más que obviedades.

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