John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 21 de noviembre de 2017

POSTURAS PARA LEER

(Ilustración de David Hettinger)

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra. 
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)

Audrey también intentó adoptar la postura perfecta, 
pero vean lo que pasó... No diré nada de las gafas de sol.

Pero, es verdad, según sean las circunstancias, adoptamos posturas de lectura distintas. No lees igual en la biblioteca que en el metro o en el salón de tu casa. Una intrépida lector adepta de la metodología científica ha intentado comprobar empíricamente qué postura le permitía pasar más tiempo leyendo. Anoto a continuación algunos de los resultados que obtuvo:

-La mejor posición; sentada en un banco del parque. Tiempo de lectura: 48 min, 6 s. Observa además que le resulta agradable el ruido de fondo y el aire libre. Aunque tiene sus desventajas, que también anota: hay días en que hace frío, los bancos no son demasiado confortables, hay insectos y una paloma la miraba de forma rara (y digo yo, ¿seguro que estaba concentrada leyendo? ¿cómo se dio cuenta entonces de cómo la miraba la paloma? Esto me hace dudar de la validez científica del experimento).



-La que más le ha sorprendido, positivamente: de pie. 27 min, 24 s. Se veía un poco rara, pero la postura le permitía caminar y comer o beber mientras leía (esto último no lo veo, faltan manos).

-La peor: sentada con las piernas cruzadas: 11 min, 9 s. Y me parece mucho. A menos que seas un yogui, esta postura no permite alargar demasiado la lectura.

Aunque menciona también las diversas formas de leer tumbado en la cama (o en la hierba del parque, a pesar de las palomas aviesas esta chica muestra una afición notable por leer al aire libre), sospecho que su investigación en este terreno no ha ahondado demasiado. Pues para mí -todo esto es muy personal, es preciso reconocerlo- la postura perfecta es reclinada (pero no echada del todo) en la cama, en un sillón o en el sofá. Al contrario de lo que afirman los expertos, encuentro que esa relajación del cuerpo permite que mi mente vuele mucho más fácilmente a la historia que tengo entre manos y favorece mi inmersión en la lectura. Dejo de pensar en que tengo brazos o piernas, en mi riego sanguíneo y en si guardo la distancia ideal (por supuesto, eso requiere que no haya palomas merodeando por ahí y mirando de refilón) para perderme en el libro. Que es de lo que, en definitiva, se trata.
Porque, igual que la mejor postura para dormir es aquella que facilita la desconexión con el mundo de los despiertos, la mejor postura para leer es, para cada uno, la que le ayuda a olvidar su entorno por unos minutos o unas horas, para entregarse por completo a la lectura.




20 comentarios:

  1. Estimada Elena, a mí gusta leer en mi camita, acompañado de un café. Además, le cuento que me he dado de regalo El síndrome del lector en versión digital, en Ibooks. Ya le contaré. Un saludo desde Bogotá.

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    1. Alabo el gusto, Carlos, leer en la cama es uno de los grandes placeres de la vida. ¡Espero que disfrutes con el libro!

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    2. Ya que estamos puestos, no será que cada libro tiene una postura para su lectura. No se lee igual una novela histórica, una historia de amor, la novela negra... Cada libro debería venir con instrucciones propias.

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    3. Claro, claro. No se adopta la misma postura para leer un sesudo ensayo que una novela rosa. Hay libros que piden ser leídos de un tirón (por tanto, en una postura lo más cómoda posible) y otros que conviene leer en pequeñas dosis, por lo que no merece la pena arrellanarse en el sillón. Hay poemas que uno puede perfectamente leer de pie (incluso, es como mejor se leen), y novelones imposibles de leer en la cama, a riesgo de resultar aplastado por ellos. Tal vez, como bien dices, los libros habrían de llevar incluidas unas instrucciones de uso. Imagino unas bonitas siluetas con diferentes posturas de lectura que se podrían imprimir en la contratapa, junto al código de barras.

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    4. Totalmente de acuerdo con vosotras, María Antonia y Elena. Aunque mi postura preferida es en la cama o el sofá, con el tronco un poco elevado por cojines, reconozco que, no lo la temática, sino el peso del libro es fundamental a la hora sentir comodidad en una postura u otra. Ya otro asunto es que habitualmente pueda acomodarme como más me gusta. Normalmente me "toca" leer en el transporte público. Y en invierno, con los abrigos doblados sobre las rodillas, se leen mejor libros un poco más gordotes. Los ligeros mejor en verano sin apoyos.
      Un abrazo.

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    5. En efecto, Dorotea, el peso es un asunto a tener muy en cuenta a la hora de elegir postura. Ahí el libro electrónico tiene su ventaja: no importa si lees una obra de mil páginas, siempre pesa lo mismo.

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    6. Que siempre pese lo mismo (y que no se aprecie al tacto el avance en la lectura) puede ser una ventaja, aunque también un inconveniente. Es una idea que no se me había ocurrido y que plantea Roberto Casati en "Elogio del papel", un libro muy recomdable por otra parte.

      Gracias.

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    7. Bueno, a mí lo de que no aprecies físicamente cómo vas avanzando en la lectura me parece más bien un inconveniente. Reconociendo las ventajas del libro digital, mi preferencia sigue siendo, decididamente, por el papel.

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  2. Tumbado. En la cama, en el sofá o en una hamaca; donde sea, pero tumbado. Cuando leo en horizontal incluso venzo el terror a las palomas, para que veas hasta qué punto me gusta esa posición lectora.

    Pero también está el WC, sentadito en la taza del váter. Siendo muy joven leí un libro entero ("Fantasmas de guardarropía", de Fernández Flórez) en ese lugar y esa posición. Se me durmieron las piernas, es cierto, pero la sensación de intimidad era de lo más placentera.

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    1. Creo que las palomas renuncian a acosarte si te ven tumbado. Tal vez te dan por muerto.
      He de confesar que la lectura de retrete me parece también muy recomendable, sin duda porque es un lugar de lo más privado, donde nadie te va a interrumpir, aunque de ahí a leerse un libro entero...

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  3. Creo que se ha perdido un comentario que había dejado...

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    1. Pues no sé qué debe de haber pasado. No lo he visto en la carpeta de spam, parece que se ha volatilizado...

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    2. Como tengo la sensación de que quedó feo y arriesgándome porque sé que no tengo ahora la misma chispa que cuando lo deje originalmente, me lanzo y me arriesgo, porque tu escrito, Elena, me resultó muy satisfactorio.

      Las posturas dependen, por supuesto, del lugar en que estemos leyendo. Yo leo mucho en mi mesa de trabajo, donde escribo ahora mismo y, por lo común, mantengo esa postura recta que permite una mesa alta y una silla ergonómica; cruzo las piernas, ergo, algo no hago bien del todo. En todo caso, ¿quién desea la perfección?

      Leo en ocasiones semitumbado, en la cama, pero me puede muchas veces la modorra y termino perdiendo el hilo (y el sentido).

      Lo mismo me pasa en la mecedora moderna que me regalaron cuando cumplí mis primeros cincuenta; ahora aprovecho para mirar por la ventana y, según la hora, dormitar. En la intimidad del hogar trato de escapar del bullicio familiar y, escondiéndome detrás de una película en VO, consigo que mis hijos mejoren su inglés y evito que los diálogos me descentren (como sucede cuando ven películas dobladas).

      Por eso me fugo y refugio en la biblioteca. Allí sé que ningún dispositivo me perturbará, como tampoco la jarana propia. Eso sí, me deleito contemplando el juego del ratón y el gato al que juegan los bibliotecarios y los jóvenes que acuden a estudiar (pese a los numerosos carteles que indican que está prohibido aquello a lo que es evidente que se están dedicando). He podido comprobar que es un rudimentario escondite: ellos, los estudiantes, armados con pequeños artilugios multicolor realizan marcas en los papeles que vigilan con celo mientras echan miradas subrepticias a su alrededor, buscando localizar a los bibliotecarios que, astutos y taimados, se parapetan de tal forma que, durante horas, es imposible vislumbrar a ninguno. Es evidente quién gana a ese juego. Las toxinas que contienen esos tubitos que esparcen por la mesa deben ser letales; su luminiscencia apunta a una muerte instantánea.

      También leo, cuando el tiempo lo permite, en un par de bancos que hay en la calle en la que vivo y en la que está la panadería que regento. Sumo mi notoriedad en el barrio a la intolerancia que se concede a la lectura (que contrasta con la poca atención que reciben, y dispensan, todos los que se enfrascan en sus dispositivos portátiles) y compruebo que leer se ha convertido en un acto heroico, casi épico. Y es que no hay vecino que no pase y, viéndome leer, no se detenga a interrumpirme con una frasecita en la que empiezo a notar un retintín in crecendo: "¡qué bien vivimos, panadero!". La consecuencia natural, debida a mi galantería comercial aprendida, hace que levante la mira y deba sostener una breve conversación en la que, cuando ya sé que he perdido el hilo de mi lectura, quien me ha interpelado se despide apresuradamente, "porque tengo cosas que hacer", expresando a las bravas que leer en la calle es como no hacer nada y que mejor podía yo estar en otro sitio, con las manos en la masa quiero colegir.

      En fin: quizá donde tú vivas sean más respetuosos con los que leen, pero ni en casa, ni en la calle, ni en la biblioteca soy capaz de desembarazarme de todos los que me impiden sentirme cómodo que, en muchas ocasiones, es, ya lo sabrás, leyendo.

      Gracias.

      PD - No sé si tenía más chispa que la anterior, pero mientras lo escribía (a estas horas infames, con la casa en silencio) he tenido unos instantes de enorme satisfacción.

      Gracias.

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    3. Muchas gracias, Alberto, por compartir tus posturas lectoras y tus reflexiones sobre ellas. Es verdad que la gente respeta muy poco a los que leen. Como si lo hicieses a falta de algo mejor en que perder el tiempo. Naturalmente, se supone que entablar diálogo con quien te ha interrumpido ha de resultarte más satisfactorio que seguir leyendo, habrase visto actividad más sosa. Casi deberíamos darles las gracias.
      Sobre los iluminadores fluorescentes en los libros hay mucho que decir (en contra, por supuesto). Algún día he de tratar este tema más ampliamente.

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  4. Por cierto: busco ahora información sobre tu libro en la red de Bibliotecas que frecuento y compruebo que tú tradujiste "Luces de neón", de Jay McInerney.

    Lo que me gustó ese libro. Y lo que me gustó el uso de la segunda persona del singular. Una lástima que hicieran una adaptación perronera al cine, con Michael J. Fox como improbable protagonista.

    Gracias.

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  5. Felicitaciones, tienes un blog encantador. A mi los divanes me parecen ideales. Muy atentos saludos.

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    1. Muchas gracias, M. Yo también soy muy partidaria de los divanes. Lástima que es un mueble que se estila poco.

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  6. Me he reído a carcajadas con lo de Audrey.
    Personalmente no encuentro la postura tan relevante, sino más bien el entorno y cómo se encuentre uno. Mi favorito es en la montaña después de haber hecho una larga caminata. Los compañeros de senderismo ya se han acostumbrado a que me pare en medio de la nada para leer "aunque sea un hojita".
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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    1. ¡Seguro que el aire puro y el paisaje ayudan a saborear mejor la lectura, Alberto!

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