John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 16 de octubre de 2016

LA CRÍTICA Y EL ABRELATAS


Una de las cosas que decididamente resultan más irritantes para un lector es perder algunas horas de su tiempo leyendo libros que resultan ser un fiasco. Los malos libros -entendiendo por ello aquellos que no cumplen con nuestras expectativas, tanto da el género al que pertenezcan- son una verdadera maldición. Por eso los lectores andamos siempre tras esa elusiva fórmula que nos permitiría -idealmente- acercarnos sólo a los libros que valen la pena, esos que son afines a nuestros gustos o que, sin serlo a priori, se revelan como maravillosas sorpresas, abriendo nuevos caminos lectores para nosotros. Pero, ¿cómo descubrirlos entre los miles, millones, de volúmenes que se ofrecen a nuestro afán lector? La recomendación, por supuesto, es una de las vías más fiables y más utilizadas, ya sea de un lector que merece nuestra confianza, o de un profesional de la recomendación: un crítico. Mas, ¡ay!, no es oro todo lo que reluce, y creo que a todos nos ha sucedido terminar una crítica sin saber a qué atenernos acerca del libro que en teoría pretende diseccionar. Críticas que recuerdan a los malos abrelatas, esos que te obligan a forcejear durante un buen rato, para acabar con la lata medio abierta y el instrumento en cuestión roto o descartado. 
Entonces,¿cuáles son las características de una crítica bien hecha? He leído recientemente la entrevista que Jordi Nopca le hace a un finísimo crítico catalán, Ponç Puigdevall, y creo que sus palabras iluminan muy bien algunas de las reglas que los malos críticos suelen incumplir.


Ponç Puigdevall (Foto Joan Puig, El Periódico)

-No hablar de uno mismo. Al lector le interesa el libro, no la vida del crítico en cuestión. Como dice Puigdevall:
"No necesito decir que he conocido a no sé quién o que he leído una versión previa de la novela en cuestión. ¿A quién le importa eso?"

-Una crítica no consiste en explicar el argumento de una obra, ni la vida personal del autor.
"En las críticas tampoco soy partidario de trazar la trayectoria del autor, y me sería mas fácil hacerlo, porque tendría quince o treinta líneas ganadas y tal vez la bofetada no sería tan fuerte. Tampoco explico muchas cosas del argumento en mis críticas. Lo importante es saber cómo funciona el juguete que tengo en las manos. La crítica son instrucciones de uso para hacer funcionar el juguete que el lector ha ido a buscar a la librería."
Eso es: explicarle al lector cómo funciona el libro. Si funciona, analizar por qué.Y si no funciona, por qué no. Así de sencillo, pero de ninguna manera así de fácil (quizás por eso hay tantas críticas que, a su vez, tampoco funcionan).

Volviendo al símil del abrelatas: una crítica bien hecha nos permite acceder a la esencia del libro, lo abre limpiamente para nosotros. Una crítica mal hecha nos deja con la lata cerrada, algo magullada como mucho, y sin saber cómo es realmente la novela que pretende analizar.

Además, al leer las palabras de Puigdevall, me he dado cuenta de que el proceso que describe, su proceso de trabajo como crítico, tiene muchas similitudes con el que requiere escribir una entrada de blog:
"Ahora tengo más práctica y experiencia [lleva 25 años ejerciendo la crítica literaria], pero de todos modos cada reseña significa comenzar de nuevo. Pasa lo mismo que con las novelas: tanto da que hayas escrito veinte; la siguiente siempre es como si fuese la primera. Una reseña es como un microcuento: a veces lo empiezas bien y lo acabas mal, otras veces te enredas cuando vas por la mitad."

Es exactamente así, al menos en mi caso. No importa que lleve años redactando con regularidad estas  entradas, cada una de ellas cuesta como si fuese la primera, y muchas veces, lo que pensaba decir al comenzar se ha convertido en algo muy distinto cuando llego al final. Si es que llego, claro.




No cabe duda tampoco de que diseccionar las obras de otros es muy útil para aprender a escribir. Esto lo sabe bien Puigdevall, que aparte de crítico es también novelista:

"El hecho de tener la obligación de inspeccionar de qué manera están hechas las novelas de los demás es una ayuda importante, porque te permite entrar en la maquinaria de la novela de otro. Por eso, cualquier libro leído, por cafre que sea, es bueno. Al menos para un escritor. Por otra parte, la única manera de poder escribir tu obra es habiendo leído mucho. Es una obviedad, pero es así."

Y, en esta entrevista tan llena de consejos útiles, un último consejo para el que aspire a hacer carrera literaria:
"A toda esa gente que pasa por la calle le es completamente indiferente que publiques una novela buenísima o no. Has de plantearte porqué quieres escribirla, y la respuesta es: para ti mismo. Escribir te sirve a ti."

Lo mismo ocurre con el blog: te equivocas si lo haces por tener seguidores, ser famoso, ganar dinero o por cualquier otro motivo. Un blog no sirve de nada si no te sirve ante todo a ti mismo.




jueves, 6 de octubre de 2016

LOS LIBROS SALVAJES

Con el otoño, llega una de las citas bibliófilas del año, la "Fira del llibre d'ocasió antic i modern", al Paseo de Gracia de Barcelona. Por más que me haya prometido refrenarme y no añadir aún más libros a las pilas de los que esperan ser leídos, es ineludible que me pase por allí. No es que confíe en encontrar algo concreto -aunque una siempre tiene la esperanza de descubrir inopinadamente aquel libro inencontrable que lleva tanto tiempo persiguiendo-, es más bien un recorrido de orden estético, para deleitarme en volúmenes que seguro no compraría nunca, pero que provocan mi admiración, ya sea por su rareza, por su antigüedad, por su encuadernación; porque rebuscar entre los ejemplares que atestan las paradas me trae continuos recuerdos de libros que he leído, autores tal vez olvidados, temas que despiertan mi curiosidad. Siempre hay gente, jóvenes y viejos, desde estudiantes que buscan una edición barata de los libros que les han recomendado en el instituto, hasta ávidos coleccionistas que, tras alguna presa difícil, husmean y se meten por todas partes, observando con desconfianza a sus posibles rivales. Personajes en los que me parece ver un trasunto de los bibliófilos del XIX, como Charles Nodier, de quien dice Andrew Lang (en un artículo publicado por la revista Texturas):
Charles Nodier
 "...era pobre, pero nunca vacilaba ante un precio que estuviese por encima de sus posibilidades. Se arruinaba literalmente acumulando una biblioteca y luego reconstruía su fortuna vendiendo sus libros. Nodier pasó su vida sin un Virgilio, porque nunca consiguió encontrar el Virgilio ideal de sus sueños: un ejemplar limpio, intonso, de la edición 'buena' de Elzevir, con la errata y los dos pasajes en letras rojas. Tal vez este fracaso fuese un castigo divino por la triquiñuela con la que engatusó a cierto coleccionista de biblias. Se INVENTÓ una edición, y puso al coleccionista sobre su pista, que éste siguió en vano, hasta que murió, enfermo de esperanzas diferidas."  

 No encontrándome, por fortuna, aquejada por esa rara enfermedad que lleva a los hombres a dejarse la vida y la fortuna en la adquisición de libros, mi deambular por esta feria se parece más a la visita de una galería de arte, o de un parque natural. En momentos así, hago mía esta perspicaz reflexión de Virginia Woolf:
"Los libros usados son libros salvajes, sin hogar, han llegado juntos en vastas bandadas de variado plumaje y tienen un encanto del que carecen los libros domesticados en las bibliotecas".
Pues creo que, en gran parte, en eso reside el encanto de las librerías de segunda mano: son libros no domesticados, a los que podemos dar caza, si queremos, o quedarnos simplemente admirando su vuelo y su plumaje. Como los patos salvajes, nos preguntamos de dónde vendrán, que tierras habrán recorrido antes y dónde acabará su periplo. Abrimos uno al azar y vemos un nombre y una fecha: ¿dónde parará este desconocido dueño? Los libros salvajes, a diferencia de los de nuestra biblioteca, tienen cada uno su propio olor. No sólo el familiar olor a libro viejo: si acercamos la nariz, uno huele levemente a humedad (tal vez unas manchas amarillentas los corroboren), otro a tabaco (estuvo en la biblioteca de un gran fumador), otro... quién sabe. Si nos hacemos con ellos y se convierten en libros domesticados, no les quedará otro remedio que adoptar el olor de sus compañeros; es sabido que el ave nueva en un corral debe someterse a los dictados del grupo. Tal vez es mejor dejarlos en libertad, para que sigan yendo de aquí para allá, de tenderte en tenderete, de mano en mano, libros salvajes que nos hacen soñar y que, aunque sea por un momento, nos parecen más atractivos que los que, domesticados, nos esperan en nuestra biblioteca.
 
 
 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

CATA A CIEGAS LITERARIA

 
Si sólo pudieras ver esto, ¿con cuál te quedarías?
 
¿Por qué compramos un libro? ¿Por qué ese precisamente y no el de al lado, o el de la estantería de arriba? Tal vez nos mueve el autor, el título, una recomendación de un amigo, una crítica que hemos leído... Muchas veces, sin embargo -y esto lo saben muy bien los departamentos de marketing de las editoriales- lo que precipita nuestra decisión es una cubierta atractiva, un color llamativo o un texto promocional que nos haga imaginar las maravillas que encontraremos entre sus páginas. (Sobre esos textos promocionales hay también mucho que decir, pero ya hablamos de ello en alguna ocasión anterior.) La verdadera prueba de fuego es llegar a un libro sin ninguna referencia, a pelo. Imagínense que tienen delante un libro en el que no figura el autor (o su nombre les es del todo desconocido) y carece de textos de solapa. Esto último no es tan raro, la mayoría de libros en tapa dura que se publicaban hace cien años carecían de cualquier texto aclaratorio. La misma Jane Austen se dio a conocer ante sus lectores con un volumen -Sense and Sensibility, su primera novela publicada- en el que como autor se postulaba sólo un enigmático "By a Lady". Nada de resumen del argumento, ni biografía de la autora, ni faja del editor diciendo "una novela de amor que nunca podrá olvidar". ¡Y la obra fue un éxito! (al menos para los parámetros de la época: la tirada de esta novela fue de unos 750 ejemplares, aunque hay que tener en cuenta que por entonces tiradas de 500 eran lo más habitual).
 
 
 
 
Bueno, pues si los lectores ingleses de 1811 eran capaces de apreciar una obra a partir del propio texto, sin contar con el respaldo de una cubierta bellamente ilustrada, de una campaña de marketing o de una faja promocional, ¿deberíamos nosotros ser menos? ¿Qué pensaríamos de una novela de Jane Austen si llegásemos a ella a ciegas? Por mi parte, a menudo me pregunto, ante ciertos engendros que se venden por millares por ahí, si realmente los que lo compraron han llegado a leerlo. O bien si lo han leído con las anteojeras de "esto es lo que se lleva ahora, de modo que ha de ser bueno" puestas. En el otro extremo del espectro literario, divierte a veces imaginarse qué diría un lector común acerca de algunos de los considerados clásicos si se le presentasen desnudos de toda información, de toda aura cultural que los respaldase. Quiero creer que muchos superarían la prueba -por eso se han convertido en clásicos-, aunque me queda la duda de si no habría lectores que los descartasen por aburridos o incomprensibles. Po eso precisamente son de admirar los editores -y los lectores editoriales, a quienes con frecuencia les toca hacer una primera criba- que, delante del manuscrito de un autor desconocido del que no poseen ninguna referencia, son capaces de ver un talento, una promesa, y apostar por ella.
Sea como fuere, sujetarse de vez en cuando a estas "catas a ciegas" literarias me parece muy saludable. Sólo que cada vez es más difícil llegar a un texto virgen de toda referencia. Dándole vueltas a este asunto, me topo con el curioso juego que propone una librera de Pamplona (Deborahlibros, no dejen de visitar su blog): presenta una serie de libros envueltos, y le da al lector sólo una referencia genérica ("Viajes", "Novela histórica"), aunque no se ha atrevido a prescindir de toda explicación -su oficio, después de todo, es vender libros, y no sabemos si hay tantos lectores dispuestos a tirarse a la piscina- y lo condimenta con un breve texto escrito por ella. Una original iniciativa, que yo de ustedes no me perdería si están por allí.
 
 
 
 
 

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA LITERATURA INFANTIL NO ES SOLO PARA NIÑOS

El rincón de los niños en la Central del Raval
(Barcelona)
 
Aprovechando que celebramos este año el centenario de Roald Dahl, ese escritor original, transgresor y algo malvado que ha hecho la delicia de tantos niños y adultos, vamos a romper una lanza en favor de los libros para niños y jóvenes. Vamos, lo que se conoce como LIJ en círculos especializados, pero que, para el lector de a pie, son esos que en las librerías están en una sección con mesas y sillas bajitas y llena de colorines. Si usted no tiene niños, es muy probable que esa sección ni la pise y, por descontado, ni se le pasará por la cabeza leer alguna de las obras que pertenecen a esta categoría. Pues no sabe lo que se pierde. ¿Por qué -preguntará tal vez- si soy adulto, habría de leer obras pensadas para niños? Principalmente, porque una obra literaria de calidad no "es para" un lector de una edad, sexo, etnia o religión determinados: los buenos libros se dirigen a cualquier lector, a todos los lectores capaces de apreciarlos. Con esto no quiero decir que deba uno aparcar de inmediato a Proust o Dostoeivski para dedicarse a leer todo lo que encuentre en el rincón de los niños de su librería habitual. (Comprobará en ese caso que, tal como sucede con la sección de adultos, igual que se encuentran gemas, hay mucha morralla.) Si es un lector curioso, con ganas de ampliar sus horizontes, hará bien en dejarse aconsejar por su librero o pasarse por algún blog especializado, como el de anatarambana -que, merecidamente, ha recibido este año el Premio Nacional al Fomento de la Lectura-, para ir directo a lo que de verdad vale la pena.
 
 
 
 
Lo que suele suceder -aunque el fenómeno Harry Potter cambió un poco esto- es que, aunque  hayamos leído este tipo de literatura en nuestra infancia, al pasar a la edad adulta la dejamos de lado (reafirmados por ese orgullo estúpido de "ya soy mayor"). Hasta nos da cierta vergüenza incurrir en este tipo de lecturas, no sea que alguien nos vea con un libro para niños entre manos. (Los editores ingleses de Harry Potter llegaron a hacer una versión con cubiertas "de adultos", para estos lectores.) La mayoría de la gente no se vuelve a acordar de ellas hasta que se convierte en padre. Con la excusa de comprar libros para tus retoños, empieza entonces una etapa de exploración y de maravillosos descubrimientos. A mí, al menos, me ocurrió así: empecé a leer todo lo que compraba para ellos, y ya no pude parar. Como dice C.S. Lewis: “Me inclino por establecer como una norma el que un relato para niños que solo les gusta a los niños es un mal relato infantil. Los que son buenos perduran. Un vals que solo te gusta mientras estás bailando el vals es un mal vals”. Leer un buen libro infantil o juvenil produce el mismo placer en un adulto que en un niño. O más, porque el adulto es capaz de admirar en él aspectos técnicos que el niño simplemente disfruta sin ser consciente de ellos. Y porque los buenos libros infantiles -igual que los buenos libros para adultos- no sólo poseen un nivel de lectura, sino muchos. Cuando más perspicaz es el lector,  más partido le saca. Para un niño, el cuento de Maurice Sendak Donde viven los monstruos puede ser tan solo una divertida manera de exorcizar los temores que le asaltan en la noche; el lector adulto percibirá que es un estudio de cómo los niños logran dominar sus sentimientos de ira, miedo, frustración o celos, y una reflexión sobre la fuerza de la imaginación. Aunque ya no tengamos ocho años, como Max, también nos sentimos "salvajes" alguna vez y hacemos (o nos gustaría hacer) cosas que se escapan de lo tolerado.
 
 
Ilustración de Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak
 
De modo que, sin complejos, incluya en su dieta lectora una ración de literatura infantil. Ningún menú lector debería estar completo sin obras como El león, la bruja y el armario, de C.S. Lewis, El libro del cementerio, de Neil Gaiman, Momo, de Michael Ende, El superzorro, de Roald Dahl (y todas las demás obras de este autor),  o los deliciosos álbumes ilustrados de Quentin Blake. Y eso es sólo el aperitivo... Anímense a probarlo.
 
 

martes, 6 de septiembre de 2016

LA LITERATURA EN LA ESCUELA

 
Comienza septiembre -aunque más parece el fin del mundo, a juzgar por los calores que tenemos que soportar- y se avecina, un año más, el retorno a las aulas. Pienso que soy afortunada de no tener que vérmelas con un aula llena de adolescentes atentos únicamente a sus móviles (siento tremenda admiración por los esforzados profesores que aún así logran interesarlos en las materias que imparten) y, sobre todo, me alegro enormemente de no tener que enseñarles un programa impuesto desde arriba y pensado más para aprobar cursos que para transmitir el gusto por descubrir nuevos saberes. Porque en eso debe -o debería- consistir la enseñanza, en estimular la curiosidad de los jóvenes y hacer que quieran saber más: más ciencias, más matemáticas, más lengua(s), más historia, más literatura... Literatura, ¿y cómo se enseña eso? No me refiero a inculcar el gusto por la lectura -eso es una guerra aparte, de la que ya se han ocupado muy bien personas más autorizadas que yo, como Daniel Pennac-, sino a lo que es propiamente el cometido de la asignatura de literatura, es decir, ofrecer una panorámica de la evolución de la literatura española y universal (occidental, más bien, dado que otras culturas están escasamente representadas). Espero y deseo que la didáctica de esta materia haya evolucionado desde mis días de estudiante, porque en mi recuerdo era un perfecto disparate que no entiendo cómo no me desanimó de la literatura para el resto de mis días. Consistía la cosa en estudiarse un manual lleno de nombres y fechas, que no se relacionaban para nada con los textos a los que aludía. Como mucho, a esos literatos ilustres cuyos nombres y obras estábamos obligados a memorizar se les calificaba con algún adjetivo -que debía servir, imagino, para diferenciar su producción de la de otros colegas suyos-: "autor satírico", "moralista" o "realista", según los casos. Hilando más fino, al analizar la trayectoria de ciertos autores insignes, se llegaba a distinguir entre distintas etapas de su producción, lo que naturalmente no revestía el más mínimo interés para los sufridos estudiantes, pues ¿qué nos podía importar si Fulanito comenzó su carrera escribiendo poemas amorosos, pasó luego a componer dramas románticos para desembocar al fin en las novelas de capa y espada? Sin haber leído nada del tal autor, ni haber tenido ocasión de seguir su evolución a través de los propios textos, lo único que podíamos hacer era memorizarlo cual papagayos. De este revoltillo de nombres y títulos, una gran parte cayó directamente en el olvido, y otros permanecieron agazapados en algún recoveco de mis neuronas, en especial aquellos ligados  a ciertas peculiaridades que los hacían memorables. (Aún ahora, en los momentos más absurdos, soy capaz de rescatar el título de una de las comedias de Terencio, el autor romano, que lleva el nombre de Heautontimorumenos. Es de esos nombres que, una vez memorizados, es difícil olvidar.)  Creo recordar que esta dieta memorística se combinaba con algunas lecturas "obligatorias" -la sola palabra ya echa para atrás- que sin duda querrían abarcar hitos importantes de la historia de la literatura, pero que eran francamente poco adecuadas para mentes juveniles. Por lo que me cuentan mis amigos profesores, en los años transcurridos desde entonces, el sistema ha mejorado algo, pero no lo suficiente.  
 
 
Los autores que llenaban los manuales eran (aún lo son, imagino) para los estudiantes no sólo lejanos en el tiempo y el espacio, sino casi extraterrestres. Nos miraban desde su pedestal, convertidos en seres de cartón piedra, carentes de todo atractivo y desde luego sin nada que nos incitase a sentir curiosidad por ellos. Topo precisamente ahora con un texto de Carmen Martín Gaite -contenido en su libro El cuento de nunca acabar- que lo explica perfectamente:
...al tiempo de instarle a escribir o antes, al niño le leen y seleccionan textos de escritores a quienes se encomia encarecidamente, en oposición a otros que se desaconsejan por frívolos o mediocres (...) Nos los presentan como artífices de un producto cultural cuyo ejemplo encoge y desalienta, no como seres de carne y hueso que tuvieron una infancia y un duro aprendizaje como el nuestro, no se nos cuenta si se desesperaban o no, de qué hablaban con sus hermanos y amigos, cómo era su colegio ni cómo hicieron para aprender a escribir de esa manera, ni porqué esa manera es buena y no son buenas otras (...) El texto literario se nos ofrece como un bloque distante y homogéneo, poco acorde con la levadura de ebulliciones que su lectura promueve. La calidad de un texto, como la de un relato oral, se mide por su capacidad de sugerencia, es decir, por el texto paralelo capaz de engendrar en el lector u oyente.
 Ojalá que en las aulas, hoy, sea posible conseguir que algún alumno se emocione con las hazañas de Aquiles o las gestas del Cid, o comprenda lo que es la belleza a través de un soneto de Garcilaso. Accediendo a ellos directamente, movido por la curiosidad y por las ganas de dejarse arrastrar a un mundo desconocido. Unos descubrimientos que, si los hace por su cuenta, le acompañarán para siempre. Como dice Martín Gaite, "descubrir por su cuenta y riesgo los vericuetos que le llevan de verdad a ese castillo de la letra impresa y encontrar él solo la clave de acceso a sus estancias".
 
 
 
 
 

jueves, 25 de agosto de 2016

¿DAN LOS LIBROS LA FELICIDAD?

 
(Ilustración de Eva Vázquez)
 
Ya he criticado alguna vez la ola de buenismo lector que parece estar invadiéndonos, esa desaforada manía de exaltar la lectura, hablando de sus bondades y efectos terapéuticos en unos términos que unas veces calificaría de cursis y otras de simplemente implausibles. Como si leer un libro, cualquier libro, fuese realmente la cosa más sublime que uno puede hacer, remedio para todos los males -mentales y a veces incluso físicos (llegados aquí no puedo evitar que acudan a mí ecos de las medallitas de santos patronos o los viajes a Lourdes: remedios todos tan efectivos, o tan poco, como la lectura)-, fuente de sabiduría y mucho más... Siento llevar la contraria a esta corriente de opinión cada vez más extendida, pero no, leer no es sinónimo de felicidad. (Ahora viene cuando esto se llena de comentaristas que insisten en que ellos nunca son tan felices como cuando están leyendo: calma, señores, no hemos terminado con nuestra argumentación.) Ni todas las lecturas son placenteras, ni todos los libros son buenos. Creo que cualquier lector asiduo estará en disposición de citar al menos un par de libros -y posiblemente muchos más- que le han parecido horrorosos y le han aburrido hasta el tuétano. Si, encima, uno tiene la desgracia de leer por imperativo profesional -editores, periodistas, profesores y muchos otros oficios se encuentran en esta situación-, las posibilidades de sufrir leyendo se multiplican considerablemente. Agravadas, claro, por el hecho de que como su trabajo les obliga a ello, no tienen la escapatoria del lector común, al que le basta con abandonar el libro cuando este comienza a hacérsele cuesta arriba. Sí, sufrientes lectores, yo también he pasado por ahí. Y, por mucho que la lectura sea para mí tan indispensable como el comer, he de confesar que algunos libros han sido una verdadera tortura. Por eso, me pongo en guardia cada vez que topo con uno de esos desaforados elogios de la lectura. ¿Leer es bueno? Pues, oiga, depende de lo que lea uno. ¿Leer nos procura felicidad? También depende de qué, cómo y cuándo. Puedo imaginar bien que, si uno no es lector asiduo y se le ocurre dar fin a su sequía lectora con determinados libros, salga corriendo despavorido, o simplemente los cierre con un bostezo y la idea de que hay cosas más divertidas que hacer en la vida.
 
 
(Willie Gills in College, ilustración
de Norman Rockwell)
 
Incluso los grandes lectores, los que leemos llueva o haga sol, de día o de noche, en la salud o en la enfermedad, pasamos por momentos en que se diría que la lectura ha perdido el encanto. No es que dejes de leer, claro, pero cuando por algún azar encadenas varios libros seguidos que rivalizan en aridez -si el libro es malo malísimo, al menos uno se siente vibrar de indignación-, empiezas a preguntarte si es cosa de los autores o si no estarás perdiendo el gusto por la lectura. (Influencia de Oliver Sacks, sin duda: sospechas de alguna rara enfermedad neuronal que impide disfrutar de la lectura y que sólo afectaría -por supuesto- a los lectores acérrimos.)  Por fortuna, siempre acaba por aparecer algún libro salvador: ese que nos hace creer de nuevo que la lectura puede ser un auténtico placer, que nos arrebata y hace que olvidemos todo lo que nos rodea, que nos obliga a sumarnos, querámoslo o no, al grupo de los ensalzadores de la lectura y admitir que sí, los libros dan la felicidad. Aunque sea sólo por una horas. ¿Acaso la felicidad se puede degustar de otro modo?
 
 
Winslow Homer, Girl in a Hammock (1873)
 

sábado, 6 de agosto de 2016

LIBROS CON UN PASADO (QUE NADIE NOS CUENTA)



En literatura, como en todo lo demás, somos esclavos de las modas. Libros que ahora están en boca de todos y se venden por millares pasarán tal vez al olvido dentro de unos años, mientras que otros que apenas dejaron huella en un puñado de lectores, resurgirán triunfales dentro de veinte, cuarenta o quizá cien... El mecanismo que rige este vaivén de los gustos es inescrutable y -como dijimos en anteriores ocasiones- poco tiene que ver con la calidad literaria. El marketing editorial tiene aguna responsabilidad en ello, sin duda (aunque mucho menos de lo que los responsables de estos departamentos creen), como influyen también los acontecimientos de la vida social y política. Así, por ejemplo, el reciente interés suscitado por la Segunda Guerra Mundial ha propiciado que se tradujera  (y se leyera masivamente) una obra como Vida y destino, de Vassili Grossman, inédita aquí hasta 2007 mientras que las versiones francesa e inglesa datan de la década de 1980, entre otras. 
En cualquier caso, siempre es estimulante ver cómo autores que el olvido había engullido resurgen tiempo después, sea por las razones que fueren. ¿Acaso no aspira todo autor a eso, a que su obra perdure? Pero, si bien me alegro de que existan editores dispuestos a intentar estos "rescates literarios" -de ellos me he hecho eco en ocasiones anteriores-, como lectora curiosa que soy me gustaría que los editores (o, en su defecto, los críticos a quienes se supone bien documentados) informasen debidamente al lector acerca del pasado del libro que tiene entre manos. Igual que le dicen dónde nació el autor y qué otras obras ha publicado, sería muy de agradecer que, cuando la obra en cuestión tiene detrás una historia editorial interesante o simplemente agitada, nos proporcionasen estos datos. Me viene a la memoria, por ejemplo, uno de lo casos más flagrantes: El último encuentro de Sandor Marái, que se presentó en 1999 como el gran descubrimiento de un autor ignorado en España, cuando lo cierto es que esta misma novela fue publicada por Destino en 1966 bajo el título de A la luz de los candelabros.




Pero quizás donde más irritante resulta esta falta de rigor editorial es en los volúmenes que recopilan varios textos que no siempre se han presentado bajo esta forma y que han corrido destinos editoriales diversos. Sucede así con el recientemente publicado volumen de relatos de William Somerset Maugham, Lluvia y otros cuentos. Es muy de celebrar que Atalanta haya realizado esta selección de relatos de Maugham y los ponga a disposición de lector español en una nueva traducción de Concha Cardeñoso. Sin embargo, acerca de la selección, los editores se limitan a decir:  "Provenientes de épocas muy distintas y de muy variada extensión, los doce cuentos que integran este volumen son una perfecta muestra de su virtuosismo como narrador de historias". Ignoramos quién ha hecho esta selección y qué criterios la han guiado; la labor no ha debido de ser fácil, teniendo en cuenta que Maugham escribió literalmente decenas de cuentos, y que la edición inglesa de sus relatos completos abarca tres volúmenes. La edición de Atalanta viene precedida por un prólogo de Vicente Molina Foix quien, si bien habla de las características de cada uno de los cuentos, dice más bien poco acerca de la historia editorial de cada uno. Nada sobre la procedencia de estos relatos, ni de cuándo y cómo se editaron anteriormente en inglés (o en español). Me consta, por ejemplo, que uno de los más conocidos, "Lluvia", ha tenido varias ediciones en nuestro país  (la última por parte de Alba en 1999, como libro independiente); "El P & O" también figura en un libro de relatos de este autor publicado por Argos Vergara en 1982; otra de las historias, "El mexicano lampiño", está protagonizada por Ashenden, el agente secreto que Maugham haría famoso: sin duda habrá formado parte también de alguno de los libros dedicados a sus aventuras que se reeditaron varias veces en nuestro país en los años cincuenta y sesenta.


En 1991, la BBC hizo una serie
con este gentleman espía como protagonista

Pero de nada de esto se nos informa. En cuanto a los críticos que han reseñado este libro -alguno de ellos con edad suficiente  como para haber conocido de primera mano las anteriores reencarnaciones de estos cuentos-, lo más que hacen es saludar el acierto de recuperar a este autor, tan popular hace varias décadas. A esta lectora curiosa se le plantean innumerables preguntas -e imagino que lo mismo les sucederá a otros lectores-: con qué criterio se ha hecho esta selección, dónde se publicaron originalmente los relatos, si alguno de los cuentos no ha sido traducido aquí antes (cosa poco probable, pero ni mucho menos imposible) y por lo tanto es -él sí- nuevo para el lector español... Ojalá que esta recuperación de los relatos de Maugham sirva para dar a conocer a este autor entre los lectores que nunca lo hayan leído anteriormente. Pero preferiría que no fingiesen que se trata de una novedad. Cuando los libros tienen un pasado, sería bueno que alguien nos lo contase.



Maugham, con cara de pocos amigos. Cuentan que sus colegas
escritores le odiaban cordialmente.

(Para los lectores que quieran sumergirse en la atmósfera "maughamiana", antes o después de leerle: existe una buena adaptación de su novela El velo pintado, protagonizada por Edward Norton y Naomi Watts.)