John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 6 de julio de 2018

CURIOSIDADES ENCICLOPÉDICAS


Contrariamente a lo que afirmaba la canción, el vídeo no mató a la estrella de la radio (de hecho, es el vídeo -en VHS- el que está muerto ahora, mientras la radio sigue gozando de buena salud), ni tampoco lo digital acabó con los libros en papel... con una excepción: las enciclopedias. No hace tanto tiempo, no había hogar que se preciara cuyas estanterías no luciesen una ristra de volúmenes de uno de estos compendios del saber, de mayor o menor enjundia y envergadura según los posibles económicos y la ambición cultural de la familia en cuestión. Compradas a menudo a plazos -los treinta y dos tomos de la Enciclopedia Británica o los más modestos veinte de su variante hispana, la Sopena, suponían todo un desembolso- , lo cierto es que para cuando se terminaba de pagarla, la obra ya estaba desactualizada. A pesar de ello, las enciclopedias se reverenciaban e incluso, a veces, se heredaban de padres a hijos. Eran la prueba, en forma de muchos kilos de papel impreso, de que uno tenía cultura, o aspiraba a tenerla.
La Encyclopedia Britannica dejó de publicarse en papel en 2012, debido a la escasez de demanda (aunque este anuncio provocó de inmediato una avalancha de pedidos: de repente, todo el mundo quería hacerse con la última edición de la obra).
Ahora, por más que todos utilicemos la Wikipedia y otras herramientas digitales para aquellos cometidos que antes hubiésemos resuelto acudiendo a una enciclopedia, uno no puede evitar mirar con cierta nostalgia esos tomazos repletos de sabiduría. Que, además, poseían la misma ventaja que tiene una biblioteca física frente a una web de libros: propiciaban descubrimientos inesperados. ¿Cuántas veces, yendo a buscar un artículo determinado -digamos una información sobre un autor-, no nos habremos quedado absortos leyendo el de antes o el de después  -tal vez un artículo sobre botánica, o la descripción de una especie animal-, que ha resultado ser mucho más interesante? No es extraño que haya habido personas capaces de emprender la magna tarea de leerse la Britannica entera. Dos ilustres ejemplares de esta esforzada especie fueron George Bernard Shaw, quien afirmaba haberse leído entera la vigésimocuarta edición (de sólo 24 volúmenes, eso sí) durante sus visitas al British Museum, saltándose solo los artículos largos sobre ciencia, o C. S. Forester, quien -cuesta creerlo- decía haberla leído entera nada menos que tres veces. Según su hijo, era su libro de cabecera (su mesilla de noche debía de ser resistente para soportar el peso de esos volúmenes). Aldous Huxley, también asiduo lector de esa enciclopedia, tenía otra técnica: leía artículos al azar y luego, empleaba lo aprendido en lo que fuera que le había tocado en suerte ese día para largarles un discurso a sus interlocutores de turno. Aviso para quien piense que este pueda ser un buen sistema para brillar socialmente: solo una persona con una mente tan despierta como la de Huxley es capaz de salir airoso de un reto así. ¿Se imaginan entretener a su público con una charla sobre el funcionamiento de la dínamo?


Aldous Huxley

Aparte de fascinar a los lectores, la enciclopedia tiene una más curiosa y desconocida conexión con el mundo del crimen, tal como desvela un artículo en Lapham's Quarterly. Cuando Capone fue encarcelado (por evasión de impuestos, como todo el mundo sabe), recibió un trato principesco. Tanto, que su celda en la prisión de Atlanta contaba, además de alfombra, máquina de escribir y abundantes habanos, con un juego completo de la Britannica. Me pregunto si alguna vez la leía, o estaba simplemente como muestra de estatus (o, como tantas veces hemos visto en las películas, quizás los tomos estaban huecos y escondían petacas de alcohol). Los escritores de novelas detectivescas, por su parte, han reconocido a veces la utilidad de una enciclopedia, tanto para resolver como para cometer un crimen. En el primer caso, Conan Doyle, en relato de Sherlock Holmes "La Liga de los Pelirrojos", debe resolver un misterio en torno a las personas que pagaban - generosamente- a un pelirrojo por copiar la Britannica en una oficina solitaria. En el segundo, un relato de Ruth Rendell, un tomo de dicha enciclopedia sirve para cometer un asesinato, por el simple método de golpear con él a la víctima:
Se tambaleó y se desplomó de rodillas y la golpeó  con el volumen octavo de la Enciclopedia Britannica hasta que cayó al suelo. Era una anciana; no opuso resistencia; murió rápidamente. Le preocupaba no manchar el libro de sangre -ella le había enseñado que los libros eran sagrados- pero no la hubo. Si se derramó, fue en sus entrañas. 
Un uso peculiar de la enciclopedia. Sin duda los escoceses Colin Macfarquhar y Andrew Bell, impresor y grabador respectivamente, que en 1768 comenzaron a publicar esta obra con la idea de que reflejara el espíritu de la Ilustración, no lo habían contemplado.  

Ilustración de Sydney Paget para 
"La Liga de los Pelirrojos"





13 comentarios:

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  2. "Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopaedía (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902".
    Tlön, Uqbar, Orbis Tertius
    Jorge Luis Borges

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    1. Buena aportación, César: el homenaje a las enciclopedias de un asiduo lector de ellas, como era Borges.

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  3. hola Elena! que lindo es encontrarse con un blog como el tuyo, nos encantan los diccionarios y las enciclopedias, en nuestra casa tenemos varios rescatados de la calle!! fantastica tu entrada, ya te seguimos, saludosbuhos!!

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  4. Yo era de las que me perdía al ir a buscar otra cosa. Me encantaba. Cuando empecé a estudiar en la universidad, era el comienzo del fin de las enciclopedias. El primer año aún me tocó buscar alguna cosa en papel, pero en la segunda universidad donde estudié, solo tres años después, ni rastro de ella. No sé si ahora conservarán en la biblioteca los tomos que yo llegué a tocar o los habrán llevado al depósito, casi como un tesoro.
    Preciosa entrada, Elena.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Dorotea. Digo yo que en algún lugar de las bibliotecas conservarán esas enciclopedias en papel. Sería una verdadera lástima que se deshicieran de ellas. Es algo que habría que investigar, en cualquier caso.

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  5. Hola
    Me ha gustado el artículo. De hecho he empezado a comentarlo aquí , pero el asunto se me ha ido tanto de la manos que me ha servido como base para un artículo en mi blog. Aquí lo tienes. http://bernardomunozcarvajal.net/2018/07/el-vendedor-de-enciclopedias/
    Saludos

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    1. Siento la tardanza en responder, Bernardo. He estado de viaje y desconectada del blog. Me ha gustado tu artículo y me alegro de que el mío te haya servido de inspiración (¡Discolibro, qué recuerdos!).

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  6. Hola

    Es un buen artículo sobre las enciclopedias especialmente la Britannica.

    Curiosamente me gusta lo de Huxley: usar los datos cuando valga la pena hacerlo.

    Tengo algunas enciclopedias en casa. No confío por completo en Internet cuando busco datos y no quiero estar a cada rato yendo a Google.

    Qué recuerdos: Usé alguna vez la Britannica para redactar una monografía.

    Hubo gente que tenía enciclopedias sólo para adornar un anaquel porque el estado de conservación de los libros y el habla misma los delataba: no las consultaban.

    Saludos

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  7. Me gustaría añadir que las enciclopedias también han ejercido de educador sexual que "resolvían" nuestras dudas infantiles y mostraban cuerpos desnudos. Mucho antes, claro de que tuviéramos acceso ilimitado a estas cuestiones.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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    1. Ah, sí, antaño eran de lo poco que los adolescentes podían consultar sobre estos temas sin levantar sospechas. Aunque me temo que la información que se obtenía era bastante decepcionante. ¡Nunca explicaban lo que uno realmente deseaba saber!

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  8. Hola!
    recuerdo los viajes que me pegaba a casa mis tíos cada vez que tenía que hacer un trabajo pues ellos eran los que tenían la enciclopedia... y encima, en mi casa fuimos de los últimos en tener internet así que hazte una idea de las veces que transporté tomos arriba y abajo xD
    Un beso!

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    1. Otra utilidad insospechada de las enciclopedias, ¡hacer músculos! :) Gracias por comentar.

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