John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 19 de septiembre de 2019

LIBROS CONGELADOS


Cuando alguien habla de la destrucción de libros, suele implicar que los han quemado. Las quemas de libros han sido populares desde hace siglos entre censores y dictadores de pelajes diversos. Imagino que tendrá que ver con la idea del fuego purificador, o con la espectacularidad -desde luego, incomparable- de una buena hoguera. Sin embargo, el peor enemigo de los libros no es el fuego, ni mucho menos. A lo que más temen los editores -con sus almacenes saturados por miles de volúmenes- y los bibliotecarios no es al fuego, sino a la humedad. De hecho, quemar un libro no es tan fácil como parece. Sí, el papel arde bien, pero en forma de bloque compacto, menos; y si ese bloque está cubierto por en unas sólidas tapas de cartón, la cosa se pone aún más difícil. No les digo que lo prueben, porque destruir libros -o intentarlo- por cualquier medio esta muy feo, pero creo que pueden imaginárselo. En cambio, basta una simple gotera para arruinar cientos de libros. Porque después del agua viene el moho, y eso sí que no tiene remedio. Igual que sucede con las hojas en los bosques de donde procede, el libro mojado acaba por pudrirse. Así, para los libros, más temibles que los incendios pueden ser las mangueras de los bomberos que acuden a extinguirlos. ¿Qué ocurre, entonces, si una biblioteca se quema? Les contaré la fascinante historia del incendio, y posterior reconstrucción, de la Herzogin-Anna-Amalia-Bibliothek -así de largo es el nombre- en Weimar para ilustrarlo.


Aunque la biblioteca en  cuestión fue fundada en 1681 por el duque Guillermo Ernesto de Sajonia, su actual ubicación, y la maravillosa sala rococó por la que es famosa (aparte de por su fondo bibliográfico) se deben a la duquesa Ana Amalia quien, convertida en regente a la temprana muerte de su esposo en 1758, se erigió en mecenas de las letras y las artes y, junto a su hijo Carlos Augusto, que la sucedió, transformaron a su corte de Weimar en polo de atracción de la flor y nata intelectual de la época. Todo el que era alguien entre los siglos XVIII y principios del XIX pasó por allí: Goethe, Schiller, Herder, Bach, Hegel y muchos más. Ana Amalia -gran amante de la literatura y de la música- favoreció con fondos especiales a esta biblioteca, que en 1998 fue declarada Patrimonio de la Humanidad, igual que otros edificios del Weimar clásico. 


Sin embargo, en la noche del 2 de septiembre de 2004 se produjo una catástrofe: el tejado del edificio que aloja la biblioteca se incendió y las llamas devoraron a su paso no solo la hermosa sala rococó, sino también miles de volúmenes. A pesar de los esfuerzos tanto de los bomberos como de los simples ciudadanos de Weimar (que organizaron una cadena humana para ir rescatando libros, se dice que el propio director se internó entre las llamas y salió con una valiosísima Biblia de Lutero en las manos), se calcula que unos 50.000 ejemplares y partituras antiguas se perdieron para siempre. Otros 28.000 ejemplares consiguieron salvarse y el resto, unos 62.000, presentaban daños diversos, tanto por efecto de las llamas como por el agua usada para acabar con ellas. ¿Qué hacer con varias toneladas de libros chamuscados y empapados? ¿Habría alguna esperanza de recuperarlos? De inmediato, empezó la tarea de salvar estos tesoros amenazados. Los responsables de este rescate dieron con una idea novedosa y -tal como se demostró- muy eficaz: congelar los libros. Evidentemente, con eso no basta para recuperarlos, pero ese proceso impide que el moho haga presa en ellos y los mantiene a salvo mientras esperan que les llegue el turno de ser cuidadosamente restaurados. Restauración que se viene realizando empleando técnicas sofisticadas -y desarrolladas algunas por primera vez- y que aún dura, dada la enorme cantidad de volúmenes implicados y el coste de todo ello. Quien quiera saber más al respecto, puede recurrir a este vídeo:




Por su parte, la biblioteca en sí fue reconstruida con todo el mimo posible y se reabrió el 24 de octubre de 2007 -tan solo tres años después del incendio que la destruyó- coincidiendo con el aniversario de Ana Amalia. Hoy, su aspecto es tan esplendoroso como lo fue en vida de su mecenas. (Las fotos que ilustran este artículo, tomadas in situ hace pocos días, lo demuestran). Uno de los elementos que se pudo rescatar del fuego y que ahora vuelve a ocupar su lugar en ella es un enorme busto de Goethe, inaugurado para el ochenta cumpleaños del autor, que fue durante largos años director de la biblioteca, hasta su muerte en 1832.




¿Congelar los libros como si de un filete de merluza se tratase? Pues resulta una técnica útil y no sólo para evitar los daños de la humedad, sino también para librarse de los molestos parásitos come-libros que son otra de las plagas que amenazan a los volúmenes antiguos. La Biblioteca Beinecke de libros raros, que guarda numerosos tesoros bibliográficos, la probó hace un tiempo con tanto éxito que hoy en día congela durante tres días todas sus nuevas adquisiciones, asegurándose de este modo que están libres de insectos o larvas. 
Si un día se despistan y meten su libro en el congelador en lugar de en la estantería -cosas más extrañas se han visto-, estén tranquilos: congelar los libros los preserva a las mil maravillas. 



12 comentarios:

  1. Elena: la congelación es un buen método para que se tranquilicen los maniáticos de los hablamos por tu entrada anterior. :D

    Leyendo esta pensaba en Fahrenheit 451. Supongo que el fuego para destruir los libros sería bestial, pero habría sido más eficaz que fueran bomberos tradicionales porque si no recuerdo mal, en algún caso los apilaban, ¿verdad? Con el agua no se habría salvado ni uno. De las pilas de cenizas siempre se puede rescatar algo.

    Un abrazo.

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    1. Exacto, Dorotea, el agua es el arma de destrucción definitiva para los libros.

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  2. Oh, como diría una amiga colombiana "qué pesar!", cada vez q se recuerda uno de estos fuegos q terminan con cosas tan valiosas. Yo en mi casa, spr me asusto con la idea de un incendio, como no tengo nada de valor, sobre todos por los libros. No habría manera de reemplazarlos, pq están todos lo q hemos leído vividos: subrayados, anotados, con la entrada de esa exposición q vimos cuando los leíamos.. Muchos podríamos escribir nuestra autobiografía según los libros... "a los 23 anios, estaba yo leyendo la montania mágica y a los ~30 la regenta" (estos los recuerdo pq compartía edad con los Castorp y Ozores).

    Lo de congelarlos nunca lo había pensado... para quitarles el anisaki! Igual es algo a considerar con los de segunda mano, a saber dónde han estado...

    besoss

    di

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    1. Pues la congelación sería una buena idea también para los paranoicos de los libros contagiosos de los que hablaba en el post anterior. ¡Todos los gérmenes aniquilados!
      De los libros que se quemaron irremediablemente en esa biblioteca, muchos tenían valor simplemente por su antigüedad, pero muchos otros eran especiales por contener autógrafos o notas de gente como Goethe o la propia duquesa Ana Amalia (quien, además, componía música, y nada mala: alas! la mayoría de sus partituras autógrafas se perdieron en el incendio).

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  3. Interesante y didáctica entrada, un placer leerte. Resulta esperanzador que en solo dos generaciones se haya pasado de quemar libros a luchar con todos los medios disponibles para salvarlos. Luego dicen que el ser humano no tiene remedio...
    Saludos

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    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! Desde luego, esa operación de salvamento está costando millones.

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  4. ¡Qué interesante!
    La verdad es que nunca se me hubiera ocurrido que la salvación de un libro fuera su congelación. Gracias por el descubrimiento.

    Besos.

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    1. Pues a mí tampoco se me hubiese ocurrido nunca congelar un libro, hasta que lo vi en el documental que pasan cuando visitas esa biblioteca.

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  5. ¡Qué pasada de entrada!
    La verdad es que actuaron rápido con lo de la congelación, porque menuda pena de libros y de partituras.
    ¡Un saludo!

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    1. Pues sí, había que meterlos en el congelador nada más rescatarlos de las llamas. ¡Toda una operación rescate! ¡Gracias por comentar!

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  6. Qué curioso...
    Me ha recordado lo que pasa en los viñedos a finales del verano, cuando ya las uvas están en sazón, y de repente caen esas lluvias intensas, que tanto agradecen los que van a sembrar cereal de invierno... Alguna gente dice:qué bien, tanta agua, ¡con la falta que hacía! Sin embargo, esos chaparrones comprometen la vendimia mucho más que el calor abrasador. Porque, como en las bibliotecas empapadas, el problema es lo que viene detrás del agua: los hongos. Lo que de verdad vendría bien al campo en ese momento, supongo, es que bajara la temperatura. También los vendimiadores de uva blanca medio congelan sus uvas, en camiones refrigerados, antes de hacer el vino... Así conservan los aromas mejor. Con el frío -conclusión- todo son ventajas?
    Leyendo el post entran muchas ganas de ir a Weimar, y de hacerlo en pleno mes de enero. Gracias!

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    1. Buena comparación, Jardinera. Igual que los libros congelados se pueden recuperar, con las uvas congeladas se puede hacer vino. ¡Precisamente hace un par de días me tomé una copa de un "Vi de gel" delicioso"!
      Y Weimar es un destino turístico muy recomendable: histórico, cultural, verde y tranquilo. Hay que darse prisa, no sea que se den cuenta y lo conviertan en un parque temático.

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