John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 11 de octubre de 2019

HAMBRE DE LIBROS


Vivimos en una época de abundancia. Nunca antes, en el curso de la historia humana -y, más concretamente, en la de la literatura- ha resultado tan fácil y tan barato rodearse de libros. Bibliotecas públicas, librerías de segunda mano y el vasto universo de internet hacen que cualquiera  pueda estar siempre bien surtido de material de lectura. Claro que esto no ha sido siempre así. Antes de la imprenta, los libros manuscritos eran escasos y carísimos, y sus dueños los custodiaban como los tesoros que eran. Después, paulatinamente, se fueron abaratando, pero pasarían siglos hasta que los libros estuviesen al alcance de las clases medias y bajas. En ediciones no tan bonitas ni duraderas, quizás -de quiosco, de bolsillo-, pero a un coste asequible para todos los bolsillos. Y para los que no tienen ni esas pocas monedas, ahí está la red de bibliotecas públicas. Damos por sentada esta copiosidad, igual que los supermercados abarrotados de comestibles para todos los gustos nos parecen de lo más normal. Hoy, en los países desarrollados, los lectores solo hemos de preocuparnos por elegir el libro que leeremos a continuación, nunca por si pasaremos hambre de libros. (A veces, movidos por nuestra voracidad, corremos el peligro de darnos un atracón.)
Cuesta, pues, imaginarse lo que puede representar para un lector vivir sin libros, verse de repente -por unas u otras circunstancias- privado de ellos. La sola idea, a mí, me produce escalofríos. Por eso he encontrado tan emocionantes dos de los testimonios que recoge Patrick Kurp en su blog Anecdotal Evidence. Ambos, casualidad o no, proceden de autores polacos. El primero es Josef Czapski, conocido ante todo como pintor, pero también por sus textos autobiográficos -recogidos en el libro En tierra inhumana- de su cautiverio en campos y cárceles soviéticas. 


Recluido en el campo de Griazowietz, en condiciones sumamente precarias, junto con los escasos oficiales polacos que se salvaron -no se sabe bien por qué- de la matanza de Katyn, Czapski y sus compañeros organizaron una serie de conferencias culturales. Un bibliófilo de Lvov les hablaba de la historia del libro; un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia, sobre arquitectura; un reputado viajero y alpinista, sobre América del Sur; Czapski, por su parte, charlaba sobre la pintura y la literatura francesas (había vivido más de diez años en París) y, en especial, sobre Proust. Es conmovedor leer cómo relata las circunstancias en que se dictaban esas conferencias:

"Yo pensaba entonces emocionado en Proust, en su cuarto sobrecalentado de paredes de corcho, que se habría sorprendido mucho y quizás emocionado al saber que, veinticinco años después de su muerte, unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, que a menudo llegaba a los 40º bajo cero, escuchaban con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de ese mundo de preciosos descubrimientos psicológicos y de belleza literaria. [...] Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos de Proust y Delacroix me parecen las horas más felices."

Aquella gente trabajaba en condiciones durísimas, no tenía apenas comida, y mucho menos libros, pero el recuerdo de unos libros leídos con pasión les permitía seguir sintiéndose humanos. Si les interesa acceder a este documento, las charlas de Czapski están publicadas en el libro Proust contra la decadencia. 

Jerzy Stempowski

El otro polaco hambriento de libros es Jerzy Stempowski, aunque su ayuno no resultó tan prolongado como el de Czapski. Relata Stempowski en un ensayo titulado "La biblioteca del contrabandista" cómo, poco después de la invasión de Polonia por los nazis, pasó un tiempo en un sanatorio en algún remoto lugar de los Cárpatos, enfermo de neumonía. Cuando le dieron el alta, se hizo amigo de unos contrabandistas que le ofrecieron refugio en uno de sus escondrijos. Uno de ellos, sabedor de su condición de intelectual, le dijo "Acostumbrado a leer toda la vida, te pondrás muy triste si no tienes libros". Y poco después apareció con un saco de libros que había conseguido quién sabe dónde y que contenía tesoros como las Bucólicas de Virgilio, una buena edición de Horacio, otra de las Metamorfosis, varias obras en español (entre ellas, Gracián), unos cuantos volúmenes de Walter Scott, Orgullo y prejuicio y algunos de los poetas románticos ingleses. "La mejor lectura para un largo invierno". 
Puedo imaginar bien el alborozo del escritor polaco -que, por cierto, hablaba numerosas lenguas, de ahí que no le hiciese ascos a ninguno de los libros que le proporcionó su amigo contrabandista- ante este regalo, seguramente el mejor que podían hacerle.   
La próxima vez que me acometa la sensación de que tengo demasiados libros, intentaré pensar en estas dos historias y recordar que soy una privilegiada. Ojalá nunca tenga que pasar hambre de libros. 
  

8 comentarios:

  1. La semana pasada en clase de inglés, el tema de conversación era sobre cosas de las que podíamos prescindir. Yo comenté que en caso de cataclismo, podría reducir mi lista de imprescindibles a lo mínimo, podría incluso prescindir de los libros. Y la profesora, sabiendo que soy bibliotecaria y que me encanta leer me preguntó asombrada: ¿de verdad podrías vivir sin libros? Nos quedamos pensativas por un instante y llegamos a la conclusión de que eso sería simplemente sobrevivir porque no, definitivamente no podría vivir sin libros. Me alegro de vivir en esta época simplemente por tener fácil acceso a lo que quiero leer. Estos dos pobres hombres de tu entrada, no solo pasaron por un tormento en ese momento por las circunstancias, sino también por la falta de libros. estoy segura de que para Stempowski fue un pequeño alivio terminar aquello con joyas como las que le llevó el contrabandista.

    Un abrazo (y disculpa el rollo :) )

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    1. Coincido: vivir sin libros sería simplemente sobrevivir. Me parece importante no perder de vista la suerte que tenemos de vivir en una época en que el acceso a los libros es tan fácil y abundante.

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  2. Me parecen muy conmovedoras, las dos historias. Y hay niveles en la pesadilla. No tener libros... pero, ¿y no tener ni siquiera con quien hablar de ellos, con quien recordarlos? Pienso en Primo Lèvy tratando de memorizar en voz alta, con un compañero del campo -mientras cargan vigas en Auschwitz, muertos de frío y de hambre- unos versos de la Divina Comedia. Como dices en el post, “para poder seguir sintiéndose humanos”. Somos unos privilegiados, desde luego.
    (Para leer algo de J.Czaspski -mejor En tierra inhumana -lo encuentro en Acantilado- o el de Proust? )

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    1. Sí, ambas historias son emocionantes, nadie quisiera estar en el pellejo de estos dos pobres hombres. En cuanto a Czapski, del libro de Acantilado solo he leído un fragmento, aunque sé que en algún momento he de leerlo entero. Pero el de Proust es muy recomendable también.

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  3. No olvidemos a los hombres-libro de Bradbury. Me parece hermosa esa idea de que amas tanto los libros que te conviertes en uno.

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    1. ¡Los hombres-libro! Bien traída esta mención, eso sí es amor por los libros.

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  4. Interesante entrada e interesante blog, Elena. Te seguiré.
    Saludos cordiales,
    Sandra Sánchez.

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