John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

sábado, 25 de agosto de 2018

CÓMO NO ARRUINARSE COMPRANDO LIBROS

Soy consciente de que a muchos de los seguidores de este blog este artículo  les resultará superfluo. La mayoría son tan adictos a la lectura que, o bien no les importa en absoluto dedicar buena parte de su presupuesto a adquirir libros, o bien -como yo- hace tiempo que han desarrollado, por pura necesidad (¿hay algún verdadero lector que pueda vivir sin nutrirse constantemente de nuevas lecturas?), las estrategias que les expongo a continuación para que la incesante adquisición de libros no les suponga una sangría económica. Sin embargo, una y otra vez me encuentro con personas que dicen no comprar libros por lo caro que resulta, o que me piden consejo acerca de cómo hacerse con ellos a buen precio. (A modo de acotación diré que me sigue alucinando cómo algunos conocidos míos de amplios posibles, que no pestañean cuando han de rascarse el bolsillo para comprar cualquier chuchería, no se lo piensan ni un minuto cuando se trata pedirme en préstamo un ejemplar de El Lazarillo de Tormes u otro clásico que les haya caído en suerte a sus hijos comentar en el colegio. ¡Dios les libre de gastarse diez euros -o menos- en alguna de las numerosas ediciones escolares que abundan de estas obras!)  Aunque debo insistir en que los libros no son caros -piensen únicamente en lo que cuesta salir de copas una noche-, también es cierto que los bibliómanos, de no andar con cuidado, corremos el serio peligro de encontrarnos sin fondos cada vez que visitamos una librería. Si el precio de los libros les hace sufrir, no hay motivo para que cunda el pánico, existen muchas maneras de leer sin arruinarse. Aquí van algunas:

El método principal y el mejor, porque sale gratis: la biblioteca pública. Por suerte, hoy en día -al menos en España, en especial en las ciudades grandes o medianas- disfrutamos de una amplia red de bibliotecas. Aún hoy, cada vez que visito una me parece un milagro tener tantos miles de libros a mi absoluta disposición y sin necesidad de desembolsar ni un céntimo. Las bibliotecas son -y no es extraño- uno de los equipamientos públicos mejor valorados por sus usuarios. Por si esto fuera poco -aparte de la absoluta maravilla de poder tomar prestados libros, cómics y música, de disponer de un espacio cómodo y climatizado para sumergirse durante horas en la lectura, de las decenas de actividades culturales que organizan- es que su oferta no se limita a los libros que exhiben sus estanterías: sepan que es posible pedir casi cualquier libro de otras bibliotecas, lo que amplía enormemente el catálogo a nuestra disposición, y que te lo traen en pocos días (pagando, sólo a veces, un precio simbólico).  Hay gente -ves a saber por qué extraña inhibición- a la que aún le cuesta un esfuerzo entrar en una biblioteca. Adelante, no me sean tímidos, úsenlas y disfruten. Ya nunca más tendrán excusa para decir que no leen porque van mal de dinero. Las bibliotecas, como dice Borges, son lo más parecido a la idea del paraíso.


Biblioteca Jaume Fuster, Barcelona (Foto J. Casañas)

Ahora bien, si son ustedes de los que no se conforman con tomar el libro en préstamo y prefieren poseer el ejemplar que leen, la solución perfecta para bolsillos menguados son las librerías de segunda mano. Las hay de diversos tipos; por un lado, están las librerías de viejo clásicas, las que son como cuevas de Aladino, llenas hasta los topes de estanterías rebosantes. De estas ya van quedando menos, pero aún hay suficientes como para encontrar abundante material de lectura.  En Barcelona -el ejemplo que tengo más a mano- subsisten algunas de las históricas de la calle Aribau, como la Maldá o la Studio. También se pueden conseguir libros a precio de ganga los domingos por la mañana en el Mercat de Sant Antoni (vale la pena visitarlo ahora que acaban de remodelarlo). En Madrid, están las famosas -y casi centenarias- casetas de la Cuesta de Moyano, por las siempre es provechoso darse una vuelta. Y no me cabe la menor duda de que casi cualquier ciudad de cierto tamaño cuenta con alguno de estos útiles establecimientos. Sólo hace falta paciencia para buscar y rebuscar. 



Pero, además de estos lugares emblemáticos, hemos podido asistir en los últimos tiempos al surgimiento de librerías de segunda mano "de nueva generación": bien iluminadas, con estanterías bien rotuladas y ordenadas, y libros marcados a precios fijos (lo que ayuda a controlar el presupuesto). Me refiero, sobre todo, a la cadena Re-read, presente en varias ciudades de la península. Dentro del universo del libro de ocasión existen asimismo otras modalidades, como las de Llibre solidari o Aida Books, cuyos fondos proceden en su mayoría de donaciones desinteresadas y lo que recaudan se destina a iniciativas solidarias. (Casi en el último eslabón de esta cadena, aunque con una oferta muy aleatoria y menguada, es posible recurrir a los Puntos verdes, donde a menudo instalan pequeñas librerías con los libros que la gente ha llevado allí para tirar y uno puede llevarse gratis.)  Para los que deseen aunar lectura con intercambio y -por qué no- un cierto aroma aventurero, está la alternativa del Bookcrossing: se trata de hacerse con uno de los libros que los participantes "liberan" (en todo tipo de lugares, desde bibliotecas a charcuterías). Eso sí, la gracia está en liberarlo de nuevo una vez leído, para que otros puedan beneficiarse a su vez de su lectura.




Si en lugar de andar husmeando por estanterías -placer bastante irresistible, diría yo, pero esto va a gustos- son ustedes más de quedarse en casa esperando que les llueva del cielo la lectura adecuada, sepan que a estas alturas muchas de las librerías de segunda mano tienen su propia web, desde donde es posible consultar y adquirir libros sin moverse del sillón. Aunque si de comprar por internet se trata, la web que se lleva la palma en cuanto a libros es Iberlibro.  Su gigantesca base de datos -que conecta las de cientos de librerías tanto españolas como extranjeras- permite encontrar casi cualquier cosa que uno busque. Ideal, por lo tanto, para dar con aquel título descatalogado o ese otro que uno leyó muchos años atrás y aún recuerda con nostalgia. El servicio suele ser muy bueno pero, para evitar chascos, un par de consejos: antes de darle al "comprar" fíjense bien en los gastos de envío, que pueden subir bastante si el libro procede de allende los mares, por ejemplo; y conviene estar atentos también a la puntuación que la librería vendedora ha recibido de otros compradores (en forma de estrellitas, como es habitual).  Puedo dar fe de que llevo años comprando por este sistema a plena satisfacción.
Si alguien se atreve a decirles que leer es un vicio caro, aquí tienen argumentos para desmontárselo. Verán cómo, por el precio de un par de cañas, pueden hacerse con muchas horas de grata lectura. Sin arruinarse. 

viernes, 10 de agosto de 2018

PELÍCULAS QUE CONDUCEN A LIBROS


Lo inesperado, las coincidencias aparentemente inverosímiles son parte de la vida. Como dice Paul Auster, sin duda uno de los autores que más ha explorado la idea del azar, " La mecánica de la realidad hace que nos ocurran cosas bizarras, que nos parecen fuera de la norma... ¡Pero esa es la norma!". Aún así, cada vez que nos sucede algo de este tipo, nos sorprendemos, cuando deberíamos aceptarlo con naturalidad. Más raro es pensar -como hacemos- que hay lógica en el universo.  Así, yo no debería sentir como algo muy especial el hecho de haberme topado, casi al mismo tiempo, con dos películas -bueno, una película y una mini-serie- que, aparte de ser ambas buenísimas (ya resulta raro de por sí  tanta calidad junta), han hecho que me entren unas ganas enormes de conocer las novelas en que se basan. Ignoro si acabaré pensando que los libros son mejores que las películas, pero puedo asegurarles que, por lo que respecta a las producciones audiovisuales, el listón está muy alto. Excepcionalmente, pues -saben que no suelo recomendar películas, ni series- les aconsejo que no se pierdan ninguna de las dos. La primera es posible que muchos la hayan visto ya (yo he llegado a ella con un retraso imperdonable, teniendo en cuenta que ha sido multipremiada y se ha hablado tanto de ella): se trata de Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino.  Repasando críticas y comentarios, me ha sorprendido un poco el que muchos digan haber sentido una profunda tristeza después de verla. Yo, simplemente, me dejé llevar por el encanto de la historia, por esa familia culta y artística y por ese caserón tan de verdad, destartalado y a la vez maravilloso, donde una quisiera pasar todos los veranos.  Y salí feliz por haber sido testigo de tanta honestidad emocional y tanta belleza. Por muy meritoria que haya sido la labor del guionista -nada menos que James Ivory-, galardonado con un Oscar al mejor guion adaptado, cualquier bibliómano se da cuenta enseguida de que detrás debe haber, por fuerza, una historia muy literaria y muy bien contada. De modo que he apuntado el libro de su autor, André Aciman, en mi lista de ineludibles. 


Jardines de antaño

¿Quién no querría vivir aquí?

Si en la anterior voy con retraso, para mi otra recomendación creo que me he adelantado, porque al parecer no estará disponible para los espectadores españoles hasta septiembre: se trata de Patrick Melrose. (Yo la he visto en Inglaterra, donde he pasado veinte días en medio de una ola de calor como no se recordaba desde 1976. ¡Y yo que buscaba el frescor y la lluvia británicos!) En fin, recíbanla como merece y disfruten de la actuación de Benedict Cumberbatch, su protagonista absoluto. Debo decir que el primer capítulo me dejó un poco dudosa, y de no ser porque no quería perderme a ese actorazo igual me hubiese echado atrás esa enloquecida carrera por el mundo de la droga y la autodestrucción. Porque no es una historia fácil, ni complaciente, hay mucho dolor y bastantes cosas desagradables, pero también sentido del humor (impagables diálogos) y ternura. La serie se basa no en uno sino en cinco libros, nada menos, de corte semiautobiográfico, en los que el escritor  -Edward St Aubyn- de algún modo ajusta cuentas con su familia. Los tres primeros, dedicados al tiránico y abusivo padre, están recogidos en un volumen que aquí lleva por título El padre. Las novelas de Patrick Melrose, mientras que las dos últimas ocupan el volumen titulado La madre. Las novelas de Patrick Melrose 2.  Con ellos, tengo lectura garantizada para todo el otoño. 

Benedict Cumberbatch como Patrick Melrose

Mientras saboreo aún el placer que me han aportado estos filmes, anticipo el que sin duda me procurarán las novelas. Y me alegro, además, de que me hayan hecho descubrir dos autores que hasta ahora no había leído. ¿Casualidad? Más bien serendipia, a ambas llegué sin pretenderlo.  El azar, que a veces nos da regalos inesperados.

viernes, 6 de julio de 2018

CURIOSIDADES ENCICLOPÉDICAS


Contrariamente a lo que afirmaba la canción, el vídeo no mató a la estrella de la radio (de hecho, es el vídeo -en VHS- el que está muerto ahora, mientras la radio sigue gozando de buena salud), ni tampoco lo digital acabó con los libros en papel... con una excepción: las enciclopedias. No hace tanto tiempo, no había hogar que se preciara cuyas estanterías no luciesen una ristra de volúmenes de uno de estos compendios del saber, de mayor o menor enjundia y envergadura según los posibles económicos y la ambición cultural de la familia en cuestión. Compradas a menudo a plazos -los treinta y dos tomos de la Enciclopedia Británica o los más modestos veinte de su variante hispana, la Sopena, suponían todo un desembolso- , lo cierto es que para cuando se terminaba de pagarla, la obra ya estaba desactualizada. A pesar de ello, las enciclopedias se reverenciaban e incluso, a veces, se heredaban de padres a hijos. Eran la prueba, en forma de muchos kilos de papel impreso, de que uno tenía cultura, o aspiraba a tenerla.
La Encyclopedia Britannica dejó de publicarse en papel en 2012, debido a la escasez de demanda (aunque este anuncio provocó de inmediato una avalancha de pedidos: de repente, todo el mundo quería hacerse con la última edición de la obra).
Ahora, por más que todos utilicemos la Wikipedia y otras herramientas digitales para aquellos cometidos que antes hubiésemos resuelto acudiendo a una enciclopedia, uno no puede evitar mirar con cierta nostalgia esos tomazos repletos de sabiduría. Que, además, poseían la misma ventaja que tiene una biblioteca física frente a una web de libros: propiciaban descubrimientos inesperados. ¿Cuántas veces, yendo a buscar un artículo determinado -digamos una información sobre un autor-, no nos habremos quedado absortos leyendo el de antes o el de después  -tal vez un artículo sobre botánica, o la descripción de una especie animal-, que ha resultado ser mucho más interesante? No es extraño que haya habido personas capaces de emprender la magna tarea de leerse la Britannica entera. Dos ilustres ejemplares de esta esforzada especie fueron George Bernard Shaw, quien afirmaba haberse leído entera la vigésimocuarta edición (de sólo 24 volúmenes, eso sí) durante sus visitas al British Museum, saltándose solo los artículos largos sobre ciencia, o C. S. Forester, quien -cuesta creerlo- decía haberla leído entera nada menos que tres veces. Según su hijo, era su libro de cabecera (su mesilla de noche debía de ser resistente para soportar el peso de esos volúmenes). Aldous Huxley, también asiduo lector de esa enciclopedia, tenía otra técnica: leía artículos al azar y luego, empleaba lo aprendido en lo que fuera que le había tocado en suerte ese día para largarles un discurso a sus interlocutores de turno. Aviso para quien piense que este pueda ser un buen sistema para brillar socialmente: solo una persona con una mente tan despierta como la de Huxley es capaz de salir airoso de un reto así. ¿Se imaginan entretener a su público con una charla sobre el funcionamiento de la dínamo?


Aldous Huxley

Aparte de fascinar a los lectores, la enciclopedia tiene una más curiosa y desconocida conexión con el mundo del crimen, tal como desvela un artículo en Lapham's Quarterly. Cuando Capone fue encarcelado (por evasión de impuestos, como todo el mundo sabe), recibió un trato principesco. Tanto, que su celda en la prisión de Atlanta contaba, además de alfombra, máquina de escribir y abundantes habanos, con un juego completo de la Britannica. Me pregunto si alguna vez la leía, o estaba simplemente como muestra de estatus (o, como tantas veces hemos visto en las películas, quizás los tomos estaban huecos y escondían petacas de alcohol). Los escritores de novelas detectivescas, por su parte, han reconocido a veces la utilidad de una enciclopedia, tanto para resolver como para cometer un crimen. En el primer caso, Conan Doyle, en relato de Sherlock Holmes "La Liga de los Pelirrojos", debe resolver un misterio en torno a las personas que pagaban - generosamente- a un pelirrojo por copiar la Britannica en una oficina solitaria. En el segundo, un relato de Ruth Rendell, un tomo de dicha enciclopedia sirve para cometer un asesinato, por el simple método de golpear con él a la víctima:
Se tambaleó y se desplomó de rodillas y la golpeó  con el volumen octavo de la Enciclopedia Britannica hasta que cayó al suelo. Era una anciana; no opuso resistencia; murió rápidamente. Le preocupaba no manchar el libro de sangre -ella le había enseñado que los libros eran sagrados- pero no la hubo. Si se derramó, fue en sus entrañas. 
Un uso peculiar de la enciclopedia. Sin duda los escoceses Colin Macfarquhar y Andrew Bell, impresor y grabador respectivamente, que en 1768 comenzaron a publicar esta obra con la idea de que reflejara el espíritu de la Ilustración, no lo habían contemplado.  

Ilustración de Sydney Paget para 
"La Liga de los Pelirrojos"





jueves, 21 de junio de 2018

ELOGIO DE LAS BIBLIOGRAFÍAS


No hay nada como intentar profundizar en algún tema para darte cuenta de lo poco que sabes. A medida que vas avanzando en tu estudio, mientras todos piensan que ya dominas el asunto, tú tienes la sensación de saber cada vez menos, porque se van abriendo ante ti nuevos territorios cuya existencia ignorabas, vastas extensiones de sabiduría que te quedan aún por conquistar. Cada nuevo documento que manejas, cada nuevo artículo que lees, te señala nuevos caminos. La bibliografía que debes consultar crece y crece. Acabas por entender que es un proceso que no tiene fin. ¡Afortunadamente!, porque para cualquiera que ame estar entre libros no hay mayor placer que el de la investigación. La idea de que, por más que te dediques, nunca llegarás a agotar el tema, de que siempre quedarán facetas por descubrir, resulta reconfortante. Horas y horas de biblioteca se abren ante ti. La felicidad.
Como habrán imaginado por este preámbulo, me hallo a la sazón inmersa en uno de estos gozosos procesos de documentación, esos en que un libro te lleva a otro y este a su vez a un tercero, y a otro más... en una carrera inacabable, llena de hallazgos insospechados, autores hasta ahora desconocidos que resultan ser imprescindibles, publicaciones ignotas que se convierten en tu nueva lectura de cabecera. En suma, los placeres de la investigación. (Por ello, espero sabrán disculpar que en los últimos tiempos haya tenido un poco abandonado este blog; ya se sabe, los nuevos amores tiran mucho.)
Uno de los efectos secundarios de esta dedicación ha sido el (re)descubrir el atractivo de las bibliografías. Ya saben, esa lista de obras que figura al final de la mayoría de ensayos -desconfío por sistema de los ensayos que no incluyen, al menos, bibliografía e índice- y que relaciona los documentos consultadas, o tal vez sugiere obras que permiten ampliar los conocimientos del lector. Al principio, cuando se es neófito en el tema, esos largos y eruditos listados pueden parecer aburridos. Pero, para el iniciado, constituyen una lectura apasionante. Actualmente, lo primero que hago al encontrarme ante una de las obras que consulto es dirigirme a la bibliografía, pues es uno de los mejores indicadores del interés -o falta de él- que uno va a encontrar en el texto al que acompañan.
Tal como dice sobre las bibliografías Kevin Jackson, en un delicioso libro titulado Invisible Forms: a Guide to Literary Curiosities, 
La mayoría de las listas posee al menos un atisbo de interés literario; las listas de libros a menudo ofrecen bastante más que eso; las buenas listas de libros son mejores aún.

Lista de libros a leer de Darwin

Porque, por supuesto, una bibliografía no es más que una lista de libros, seleccionada según un propósito concreto. De hecho -tal como nos recuerda Jackson- incluso hay novelas que incluyen listas de libros. Véase, por ejemplo, la relación de libros de la biblioteca de Roderick Usher que aparece en el conocido relato de Poe:
Leíamos con atención el Vertvert et Chartreuse de Gresset; el Belfegor de Maquiavelo; el Cielo e infierno de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicholas Klimm de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean d'Indagine y de De La Chambre; el Viaje a la Azul Distancia de Tieck; y la Ciudad del Sol de Campanella, así como el Directorium Inquisitorium y las Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntiae
No me negarán que esta relación da bastantes pistas acerca de los gustos e incluso de la personalidad del poseedor de estas obras. Aunque, tratándose de ficción, siempre cabe la interesante posibilidad de que no todas las obras mencionadas sean reales. Hablando de bibliografías ficticias, circula un rumor, recogido por primera vez por Colette en su obra autobiográfica Mes apprentissages, de que su amigo Paul Masson (1849-1896), funcionario en la Biblioteca Nacional francesa, elaboró una bibliografía  de obras latinas e italianas del siglo XV, que presuntamente formarían parte del fondo de dicha biblioteca, pero en realidad producto de su imaginación. Reproduzco el pasaje donde da cuenta de ello, porque es jugoso. Interpelado por Colette, que se escandaliza ante esa mistificación, Paul le responde:
-He constatado que la Nacional es pobre en obras latinas e italianas del siglo XV. Lo mismo en cuanto a manuscritos alemanes. Igualmente por lo que respecta a cartas autógrafas íntimas de soberanos, y algunas otras pequeñas lagunas... A la espera de que la suerte y la erudición las llenen, inscribo los títulos de obras extremadamente interesantes... que hubieran debido ser escritas... O al menos los títulos salvan el prestigio del catálogo.
-Pero -le dije yo con inocencia-, ¡si los libros no existen!
-¡Ah! -me respondió con un ademán frívolo- yo no puedo hacerlo todo.
Una anécdota francamente divertida... sobre la que sin embargo planean ciertas dudas. ¿no será la propia Colette la que aplicó aquí su inventiva? En fin, los eruditos siguen debatiendo sobre este asunto, mientras nadie sabe a ciencia cierta si en el prestigioso catálogo de la Biblioteca francesa hay o no hay unos cuantos cientos de títulos "infiltrados" e inexistentes. 

Colette

Y es que a menudo, el atractivo de la bibliografía está en la propia lista, en imaginar las amplias perspectivas que potencialmente abrirán esos títulos, en dotar de personalidad a esos autores de los que sólo conocemos el nombre. Igual que, enfrentados al proverbial montón de regalos bajo el árbol,  la emoción de elucubrar qué contendrá cada uno de los paquetes es inigualable, pocas cosas hay mejores que internarse en una bibliografía. 

miércoles, 30 de mayo de 2018

FANTASMAS EN LOS LIBROS

Ulises intenta, vanamente, atrapar el espíritu de su madre
(Jan Styka, 1902; gracias a El infierno de Barbusse por la ilustración)

Las apariciones de seres fantasmagóricos en las obras de ficción son tan antiguas como la propia literatura, si no más. El propio Ulises hace una visita al reino de los muertos, donde le es dado contemplar el espíritu de su madre, quien le confirma que una vez destruido el cuerpo "sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela por un lado y por otro". Estos espíritus de la Odisea, sin embargo, se hallan confinados en el Hades. Pero la idea de que el alma, en su levedad, puede escapar de los condicionantes de tiempo y espacio a los que estamos atados los mortales es demasiado atractiva como para no ser utilizada. Las leyendas que se cuentan al amor de la lumbre atemorizan desde hace siglos a sus oyentes con historias de muertos que, convertidos en fantasmas, rondan a los vivos exigiendo tal vez venganza, tal vez simplemente volver a una vida que dejaron demasiado pronto. El teatro -basta recordar el fantasma del padre de Hamlet- hizo buen uso de estos seres, que podían aparecer y desvanecerse a voluntad. La novela gótica, tan amante de lo siniestro, de lo oculto, de causar escalofríos, no se quedó atrás. Difícil encontrar una que se precie que no recurriese a ellos. El viento que azota los páramos de Yorkshire envuelve a los fantasmas de Cumbres borrascosas, igual que el desván del internado belga que acoge a la inocente Lucy Snowe de Villette esconde -¿tal vez?- a una monja fantasmal.  

En Villette, la obra de Charlotte Brontë, la protagonista
 ve -o cree ver- el fantasma de una monja


Dickens, poco crédulo en su vida privada -aunque se sintiese atraído por esos fenómenos, curiosidad que le llevó a hacerse socio del London Ghost Club, una de las primeras sociedades para la investigación de lo paranormal, fundada en 1862- comprendía muy bien el interés del público por aquellos seres y escribió uno de los cuentos de fantasmas más famosos -y menos terroríficos, dicho sea de paso- de su época, el Cuento de Navidad en que el avaro Scrooge es atormentado por los fantasmas hasta que decide enmendarse. Dickens no podía evitar ponerle a todo su granito de humor y hasta sus fantasmas tienen un lado cómico.




La popularidad de estas historias, que los victorianos y eduardianos devoraban con fruición, podría parecer paradójica a la luz de los avances tecnológicos de la época. Pero a la vez estos avances -que  los más ignorantes debían de considerar casi mágicos- reforzaban la creencia en mundos paralelos: si era posible, a través de unos golpecitos (código Morse) comunicarse con lugares remotos, ¿por qué no iba a ser posible (como proponían las hermanas Fox, inventoras del espiritismo), comunicarse del mismo modo con los seres del más allá? Si uno puede llevar en el bolsillo el retrato de alguien que vive a miles de kilómetros de distancia, ¿por qué no debería ser factible fotografiar los espíritus de los difuntos? Hoy, tal vez, la creencia en fantasmas es menos común, como menos ubicuas son sus apariciones literarias, aunque eso no sea obstáculo para que muchos lectores sigamos devorando con entusiasmo las inquietantes historias de Sheridan Le Fanu o de M. R. James
Aparte de estos fantasmas, fruto de la imaginación de sus autores, los amantes de los libros viejos creemos en otros, que nos parece palpar entre las páginas amarilleadas de los volúmenes antiguos: como dice Jordi Llavina en un artículo, "poseer un viejo libro significa también mantener relación con el fantasma de sus antiguos propietarios". Son estos unos fantasmas benéficos, que sin duda agradecen que alguien vivo comparta esa lectura que ellos disfrutaron años atrás. Abrir un libro antiguo, tocar las hojas que palparon antes que nosotros los dedos de una señora con crinolina o un caballero de largos mostachos nos proporciona un vínculo con ellos. Se diría que estos lectores ya desaparecidos nos tienden la mano desde el más allá. Decididamente, los fantasmas existen, y están en los libros.  

jueves, 10 de mayo de 2018

¿QUÉ LEES?

(Foto: Rosario Leotta)
Un episodio habitual. Estás tan feliz, sumergida en tu novela, ajena a lo que te rodea, cuando llega alguien y te pregunta: "¿Qué lees?" Casi te parece oir un estrépito de cristales rotos. Tu burbuja ha estallado, te han sacado violentamente del mundo de la ficción para hacerte aterrizar en la áspera realidad. Ahora viene lo peor: responder a la pregunta. A regañadientes -"regañadientes", qué bonita palabra, te dan ganas de morderle en la yugular al preguntón- intentas primero una evasiva -"Nada, una cosa de trabajo"-, confiando en que se conformará con ella. Pero no has sido lo bastante rápida, no has podido ocultar el título y el autor. Preguntas en cascada -"¿Pero no habías leído esta novela?" "Y su obra anterior, ¿te gustó?", "¿No te recuerda mucho a tal otro libro?"-, que contestas lo más lacónicamente posible, tratando al mismo tiempo de no sonar (del todo) desagradable. Al final, tu interlocutor, sin duda cansado de jugar al frontón contra la pared con que te proteges, abandona. O tal vez eres tú la que se va, agarrando bien fuerte el libro contra tu pecho. No sabes bien si lo proteges a él o te proteges a ti. Sientes que la intimidad que habíais establecido el libro y tú ha sido vulnerada. 
El acto de la lectura, esas horas en que el libro te transporta a otras regiones, en que dialogas intensamente con él, es íntimo y privado. Mientras dura, nada hay más importante. Puedes escuchar música mientras cocinas o conduces, pero para la lectura necesitas toda tu atención. No sólo interviene en ella la vista, sino también todos los demás sentidos, atentos a recrear, imaginariamente, los cantos de los pájaros en un jardín, el tacto de la seda de un vestido, los olores de la calle en que transcurre la historia. (Por eso soy tan reticente a los audiolibros. A no ser que les dediques suficiente atención -y entonces, ¿cuál es la ventaja respecto al libro de papel, si no puedes compaginarlo con otras actividades?-, vas a perderte parte de los detalles. Y la clave de las buenas historias está en ellos.)

(Foto: Marc Coetse)
No tengo inconveniente en hablar largo y tendido acerca de los libros que ya leído. Mi relación con ellos ya ha pasado, ya ha quedado establecida y soporta que se la contemple con ecuanimidad, que se la compare con otras, que se la critique, si es necesario. Pero hablar de un libro mientras lo estoy leyendo -y más si es durante el acto de la lectura- me parece una grosería. Como espiar a una pareja de amantes, o -no nos pongamos en exceso líricos- interrumpir una conversación ajena. En esa fase, el libro y yo nos estamos conociendo: él va desgranando su historia,  revelando poco a poco sus recovecos; yo le tomo la temperatura, aprendo a apreciar su tono, me voy haciendo amiga (o no) de sus personajes. No sé aún si congeniaremos. Si será un arrebato pasajero, una amistad para siempre o un "si te he visto, no me acuerdo". Sin embargo, todas las relaciones merecen respeto y a todas hay que dejarles su parcela de privacidad para que se desarrollen.
Es cierto, sentimos curiosidad por saber lo que leen los demás. La visión de otro ser humano con un libro entre las manos despierta en casi todo el mundo el reflejo de averiguar de qué libro se trata. La curiosidad es lícita, pero quien osa interrumpir a un lector merecería ser castigado. La próxima vez, recuerden: miren (con discreción), pero nunca pregunten "¿Qué lees?".

Interrumpir a estos niños enfrascados en su lectura
debería ser delito


jueves, 26 de abril de 2018

EDUARDO MENDOZA, IMPRESCINDIBLE



Como los lectores que frecuentan este blog saben bien, aquí nuestro vicio es la palabra impresa. Hablamos (casi) siempre de libros y de lectura. No es que no apreciemos la música o las artes visuales, todo lo contrario. Pero he de confesar que suelo preferir un artículo que reseña una novela antes que esa misma reseña en formato vídeo, lo mismo que antes leería la propia novela que la escucharía en un audiolibro. Sin despreciar estos otros medios, mi primera inclinación es por lo escrito. Me temo que, entre las cerca de quinientas entradas con que cuenta a día de hoy este blog -que, por cierto, cumplió nada menos que ocho años el pasado 20 de abril- encontrarán muy pocas en las que se mencionen productos audiovisuales. No obstante, los hados, que seguramente conocen mi escasa afición a ver televisión, decidieron -no me cabe duda- llevarme la contraria. Y pusieron en mi camino, en una de esas noches en que una enciende el aparato con intención de apagarlo enseguida, o de buscar una serie o película concreta, un espléndido documental de Emili Manzano sobre Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Mendoza. Si el nombre de Mendoza -un escritor que cuenta con toda mi admiración- fue en el primer momento lo que detuvo mi gesto (ya casi iniciado) de cambiar de canal, el contenido del programa consiguió mantenerme clavada frente a la pantalla durante los 58 minutos de su duración.
Yo les dejo aquí el enlace, recomendándoles vivamente que vayan corriendo a la web de RTVE y vean el documental entero, porque sólo estará disponible (al menos eso advierten ellos mismos) hasta el próximo 8 de mayo. ¿Por qué deben verlo? Respuesta obvia: porque Mendoza es un gran escritor y Manzano un muy buen realizador. Pero, mas allá de esto, porque entre los dos logran contar muy bien cómo se forja un escritor, ya que el documental se centra en los inicios de Mendoza, y nos deja -lamentando que no haya más- tras la publicación de su primera y fulgurante novela, La verdad sobre el caso Savolta


Entre las muchas cosas interesantes que revela este documental se encuentra la historia de la censura previa por la que pasó la novela. Por si alguien no está al corriente, incluso en aquellos tardíos años del franquismo -se publicó en 1975- los libros se sometían a censura. Se suponía que este trámite era voluntario; pero es que, de no someterse a él y obtener así el placet de los censores, los editores se arriesgaban a que, una vez en la calle, la obra fuese prohibida y secuestrada, con el consiguiente quebranto económico. La novela de Mendoza, por avatares editoriales que se explican en el documental, pasó dos veces por manos de los censores. El primero -del que, con su habitual benevolencia, Mendoza dice que "debió de hacer una lectura apresurada"-  opina de ella que es "un novelón estúpido y confuso", sin pies ni cabeza, "escrita por un escritor que no sabe escribir" y lo que le importa es sobre todo que no hay escenas de sexo o referencias políticas que deban ser podadas. Recomendó, eso sí, que se cambiase el título original, que era Los soldados de Cataluña. Un verdadero ejemplo de lector con anteojeras. Sin embargo, unos meses más tarde, un segundo censor hace un diagnóstico absolutamente certero de ella: "El verdadero protagonista de la novela es la ciudad y su compleja humanidad (...) A la trama detectivesca, basada en una rica descripción de los personajes, se suma una buena dosis de humor e ironía, con lo que llega a rozar los límites de la tragicomedia clásica". Curiosamente, este censor dice de la novela casi lo mismo que dirán sus primeros críticos, que la encontrarán magistral (obtuvo el Premio de la Crítica en el año de su publicación). Los censores eran anónimos y sólo sabemos de estos dos que uno era el lector número seis y el otro el lector número cuatro. Pero resulta muy sorprendente ver cómo difieren la opinión de uno y de otro. Parece que, incluso en una tarea como la de censor -que yo siempre me imagino como llevada a cabo por unos señores adustos, tal vez con sotana- había cabida para todo tipo de lectores. Incluso buenos lectores.
Confío en que esta pequeña muestra les haya despertado el apetito. Hay mucho más. Corran, vayan y vean el documental. Incluso si, como yo, son más de libros.