John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 16 de diciembre de 2011

MUERTE DE GEORGE WHITMAN

Hace dos días, el 14 de diciembre de 2011, murió en París George Whitman a los 98 años, a consecuencia de un derrame cerebral sufrido hace un par de meses. Whitman era el bohemio, original y muy literario (en todos los sentidos) dueño de la librería Shakespeare & Co. de París, de la que ya hemos hablado en alguna otra entrada (y sobre la que podéis encontrar mucha más información en otros blogs).  Es una triste pérdida, no por esperada menos sentida. Su hija, confiamos, continuará su labor y París segurá contando con un oasis dedicado a la literatura anglosajona a las orillas del Sena.
Para recordar a tan singular personaje, os dejo el clip de un video producido por Sundance Channel en 2005, Portrait of a Bookshop as an Old Man,  donde podréis ver a Whitman en todo su esplendor.

jueves, 15 de diciembre de 2011

GRANDES HISTORIAS

En la vieja discusión entre si es mejor una novela o su adaptación cinematográfica, suele ganar la primera. No siempre, desde luego, y también depende de qué espera cada cual de la adaptación al cine, de hasta qué punto se comprende que el lenguaje literario y el cinematográfico son distintos. Resulta lógico que, puesto que nos llegan por vías diferentes, nuestra percepción de lo que nos cuentan también sea diversa. Sea como fuere -podríamos discutir largamente sobre esto- ahora mismo sólo recuerdo una  adaptación reciente que me pareciera igual o mejor que la novela en que se basaba: No es país para viejos, de los hermanos Coen. Quizás es que las obras de Cormac McCarthy se prestan especialmente bien para ser trasladas al lenguaje de la imagen, porque también La carretera y Todos los caballos bellos pasaron a la gran pantalla.  Ya en tiempos del cine mudo la literatura se convirtió en una fuente inagotable de temas y argumentos para el cine (hace poco mencionábamos el Hamlet protagonizado por Asta Nielsen en 1920, nada menos). En este primer decenio del siglo XXI, la literatura parece estar más viva que nunca en las pantallas, véase sin ir más lejos el reciente estreno de la Jane Eyre dirigida por Cary Fukunaga, que hace la adaptación número dieciséis de esta novela a la pantalla. Con este motivo, y cediendo a la inevitable atracción por las listas, Cinemanía ha elaborado una de las obras y autores que más adaptaciones cinematográficas han conocido. Si hemos de hacer caso a la base de datos de IMDb, el autor más adaptado sería -adivinen-: William Shakespeare, que figura como guionista en los créditos de nada menos que 862 películas (y sigue, porque de estas hay al menos diez que aún están en posproducción, a saber cuántas más serán de aquí a un par de años). También ocupa un lugar destacado el libro de los libros, la Biblia. Claro que en cierto modo juega con ventaja, porque consta de tantos libros y episodios (y su impronta en la civilización occidental es de tal magnitud, añadiría) que no sorprenderá que, sumando el Antiguo y el Nuevo Testamento, la cifra de películas basadas en ellos se eleve a 161.  Pocas, si las comparamos con la infinidad de secuelas y derivados que han generado las diversas aventuras de Sherlock Holmes, 226. Aunque en este caso más que adaptaciones de novelas concretas a menudo se trata simplemente de tomar  el personaje de Sherlock y hacerlo intervenir en alguna arriesgada aventura, como ocurría por ejemplo en El secreto de la pirámide. A pesar de no figurar en esta lista, Jane Austen tampoco les va a la zaga: su nombre figura en los créditos de 51 títulos, pero si contamos con que muchos de ellos son series de varios capítulos, en realidad las horas  de Jane Austen en pantalla pueden equipararse con cualquiera de los autores antes mencionados. La conclusión casi inevitable de todo esto es que una buena historia y unos buenos personajes son inmortales. Pasen los años que pasen, sea cual sea el medio a través del que se transmitan, son capaces de viajar a través de las generaciones, fascinando de nuevo a su público cada vez que reaparecen. Esa es su verdadera grandeza.
Charlton Heston como Moisés en Los diez mandamientos,
¡qué tiempos aquellos!

domingo, 11 de diciembre de 2011

SHAKESPEARE ES ALEMÁN

Escenario del teatro The Globe
Aunque pueda parecer lo contrario, el título de esta entrada no es un nuevo intento -uno más de los muchos que han habido- de atribuir las obras de Shakespeare a otro autor. Ni, desde luego, pretende demostrar que Shakespeare escribiera en alemán, vaya herejía. Sin embargo, lo cierto es que Alemania es probablemente el país donde más a menudo se representan las obras de Shakespeare y este autor es considerado como "uno de los nuestros". Así lo afirma Ken Larson, citando como ejemplo las frases finales de la conferencia que pronunció el respetado dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann ante la Sociedad  Shakespeare alemana en Weimar: "No hay ningún pueblo, ni siquiera el inglés, que se haya ganado tanto como el pueblo alemán el derecho a Shakespeare. Los personajes de Shakespeare se han convertido en parte nuestro mundo, su alma se ha hecho una con la nuestra: y si bien nació y está enterrado en Inglaterra, es en Alemania donde en verdad vive." Hay que precisar que esto sucedía en abril de 1915, y formaba parte de la ola de sentimientos patrióticos y antibritánicos propiciados por la guerra. Para los alemanes, era impensable meter al gran Shakespeare en el mismo saco que a sus enemigos.  Pero incluso dejando de lado las dos guerras mundiales -durante las que la reivindicación de la germanidad de Shakespeare alcanzó extremos- está fuera de toda duda que la adopción de Shakespeare por la cultura alemana supera a la de otros países.
Tal como demuestran los anuarios de la Deutsche Shakespeare-Gesellschaft (una de las más antiguas que existen), la cantidad de obras de este dramaturgo que se representan anualmente en los escenarios alemanes sólo es superada por las obras de Schiller, y con frecuencia son más que las que se llevan a cabo en el propio Reino Unido. Asimismo, desde finales del siglo XVIII pueden contarse más de veinte traducciones al alemán del corpus shakespeariano en su totalidad. Si vamos a obras sueltas, Ken Larson ha rastreado hasta treinta y siete traducciones del Rey Lear en poco más de doscientos años. Ninguna otra lengua puede alardear de lo mismo. En reconocimiento a esta "relación especial" de Alemania con el dramaturgo inglés, el Globe Theatre celebró el otoño pasado unas jornadas que llevaban  el mismo título que esta entrada: "Shakespeare is German", organizadas por Patrick Spottiswoode. Uno de los escritores que más hizo por la afición shakespeariana de sus compatriotas fue Goethe, quien en un apasionado discurso pronunciado cuando sólo contaba 22 años, en 1771, describió su encuentro con la obra de Shakespeare como su verdadero despertar a la literatura; durante estas jornadas se presentó un volumen (en inglés) con todos los ensayos de Goethe sobre Shakespeare. El programa incluyó también varias conferencias y el pase de un Hamlet mudo de 1920, con la gran actriz Asta Nielsen como protagonista.

Asta Nielsen en el papel de Hamlet.
Pero también es un tanto especial la relación del propio Globe Theatre con Alemania. Antes de que este teatro fuese reconstruido en Londres en 1997 -siguiendo el modelo del desaparecido teatro de Shakespeare- los alemanes ya habían hecho lo mismo, en la ciudad renana de Neuss, donde desde 1991 el Globe Theater alemán acoge un festival dedicado a este dramaturgo. Y no es el único en ese país: tanto la ciudad de Schwäbisch Hall como el Europa-Park, en la localidad de Rust, cuentan con reproducciones del Globe. Ante tanto fervor shakespeariano, se les puede perdonar que consideren a Shakespeare alemán.

jueves, 8 de diciembre de 2011

DICKENS Y LO SOBRENATURAL

Probablemente dentro de cien años los estudiosos de la literatura se sorprenderán de la repentina  afición por los libros de vampiros y de zombis que, al menos durante algunos años -imagino que la moda remitirá, pero a día de hoy veo indicios de ello-, llenaron nuestras estanterías y nuestras pantallas de sangre y casquería. A buen seguro les parecerá casi tan rara como la afición por los espíritus y el más allá que se hizo tan popular durante el XIX, y que movilizó  a favor y en contra a la mayoría de personalidades literarias del momento. Conan Doyle fue uno de ellos, y muy activo por cierto. Pero también Dickens -siempre tan interesado por todas las novedades- se vio envuelto en la "ola de mesmerismo" que hacía furor en la sociedad británica del momento y se interesó tanto por el magnetismo animal como por la psicología, una ciencia entonces en su infancia. Estrictamente, Dickens no creía en lo sobrenatural y prefería atribuir las apariciones y otros fenómenos paranormales a causas físicas o psicológicas. En 1858 escribió un artículo satírico en su revista Household Words, titulado "Well Authenticated Rappings" en el que la voz que el narrador oye en su cabeza se debe a un espíritu, pero alcohólico en su caso: una vulgar resaca. Sin embargo, también supo reconocer que la ciencia no estaba en condiciones de dar una explicación a todos los fenómenos de este tipo. Y, con su infalible olfato para lo que interesaba y conmovía a los lectores, supo estimular en sus novelas y cuentos la afición por lo sobrenatural. Lugar destacado ocupan en este capítulo sus Cuentos de Navidad, en los que nunca faltan los fantasmas, que gozaron de una inmensa popularidad en su época y de los que se han hecho incontables ediciones, versiones y adaptaciones al teatro y a la pantalla. De hecho, el gran mérito de Dickens es haber trasladado la historia de fantasmas clásica desde los tétricos castillos de la novela gótica a la sala de estar del hogar victoriano.
En vísperas del Año Dickens (2012), la British Library ha inaugurado hace unos días una exposición que gira en torno a Charles Dickens y lo sobrenatural, donde, además de artículos, cartas y obras de este autor que tienen que ver con el tema se pueden ver ejemplares de The Terrific Register: or, records of crimes, judgements, providences and calamities, una revistilla sensacionalista que Dickens leía con delectación en su juventud y que se ocupaba de temas como asesinatos, fantasmas  o canibalismo. Sin duda, un estupendo acicate para la imaginación del futuro escritor.


 

domingo, 4 de diciembre de 2011

UNA VIDA CON MONTAIGNE


Por el título, se diría un libro de autoyuda: Cómo vivir. O una vida con Montaigne en una pregunta y veinte intentos de respuesta. Aunque estrictamente se trate de una biografía, esta inteligente mirada a Montaigne, a su vida y su obra, escrita por Sarah Bakewell, es mucho más. Ante todo, una lectura apasionante y una deliciosa introducción a la figura de Montaigne y a su obra. Pero no sólo eso. Es también una historia de los lectores de Montaigne, de la huella que ha dejado en diferentes personas, de cómo cada época se ha apropiado de su obra y la ha hecho suya, de por qué esos Ensayos (no olvidemos el significado de la palabra ensayo: "intento", "tentativa". Montaigne no pretende sentar cátedra ni convencer de nada, más bien al contrario) hablan a cada lector como si hubiesen sido escritos sólo para él. De por qué las reflexiones de un noble francés del siglo XVI que habla ante todo de sí mismo pueden tener valor universal. Como dice la autora, los Ensayos "crean un autorretrato sincero que es también un espejo, pues Montaigne creía que 'cada hombre lleva en sí la forma de la entera condición humana' y pensaba que abriendo su propia mente podía revelar a los demás la suya". Una biografía insólita que no sólo informa y entretiene, sino que hace pensar, que nos invita a cuestionar -como hace el propio Montaigne- nuestra postura ante la vida y sus contrariedades. Luego, sólo queda sumergirse gozosamente en los propios Ensayos y averiguar si, como dijo de ellos Ralph Waldo Emerson: "Me parecía como si hubiese escrito yo mismo el libro, en una vida anterior".
A pesar de que no es un libro de autoayuda, al terminar de leerlo habremos aprendido algo acerca de cómo vivir. No es poco.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

PERDIDOS Y ENCONTRADOS: LIBROS QUE REAPARECEN

La experiencia demuestra que rebuscar entre viejos legajos y manuscritos amarillentos no es una pérdida de tiempo, sino que incluso puede llevar a hallazgos insospechados. Casi coincidiendo con mi entrada anterior que también tocaba este tema, la web Flavorwire se ha descolgado con una serie de anécdotas sobre obras perdidas y encontradas. Para mi gusto, su criterio de selección es un tanto laxo, porque no es lo mismo la paciente búsqueda del investigador que sigue una pista que el heredero que va dosificando la publicación de originales inéditos o inacabados -véase el caso del hijo de Tolkien, que parece tener un fondo inagotable de este material-, o bien recupera alguna obra de juventud que el autor (a menudo con buen criterio) decidió en su momento no dar a la imprenta. En cualquier caso, muchas de estas historias de libros perdidos y encontrados tienen su enjundia. Vale la pena hacerse eco de algunas:
Irene Némirovsky, con su marido e hijas

Número uno en el ránking, simplemente porque se trata de una gran novela con una terrible historia detrás: Suite francesa de Irene Némirovsky. Durante los primeros tiempos de la Ocupación nazi, refugiada con sus hijas en un pueblecito francés, Irene Némirovsky se dedicó a escribir lo que esperaba sería una novela en cinco partes. Sólo llegó a completar dos de ellas antes de ser detenida y llevada a un campo de concentración, donde moriría. A sus hijas les dejó una maleta llena de papeles, una maleta que después de la guerra acabó en un desván. Sus hijas, creyendo que lo que había en ella eran los diarios de su madre, consideraron que leerlos les resultaría demasiado doloroso. Por fin, en 1998, su hija Denise decidió ordenar su contenido y descubrió que todas esas páginas escritas con una caligrafía diminuta y casi ilegible eran una novela. Durante muchos meses, se dedicó a transcribirlas y la obra por fin vio la luz en 2004. Por uno de esos juegos malvados de la vida, su otra hija, Elisabeth Gille, que era editora, murió en 1996 (tras escribir una biografía de su madre), de modo que nunca llegó a saber lo que contenía la maleta ni a leer esa novela póstuma de su madre.

Conan Doyle, en 1890
Otra historia, esta vez más graciosa: se trata de la primera novela de Arthur Conan Doyle, que escribió cuando tenía 23 años y que hace escasamente un mes vio por primera vez la luz, después de 130 años. Al parecer, Conan Doyle le envió al manuscrito a un editor, con tan mala suerte que éste se perdió en el correo. Entonces el autor decidió reescribirlo de memoria, aunque da la impresión de que esta le falló, porque el manuscrito recuperado ahora por la British Library, que lleva por título The Narrative of John Smith, termina en el capítulo sexto. En aquella época en que los novelistas escribían a mano, extraviar un original podía ser una verdadera tragedia.
A veces, el tiempo transcurrido entre la escritura y la publicación pone de relieve aspectos que en su tiempo hubieran pasado inadvertidos. Eso es lo que sucedió con la novela "perdida" de Julio Verne, París en el siglo XX. Rechazada por su editor -a la que le pareció descabellada- en 1863, Verne la encerró en una caja fuerte, donde la encontraría su nieto muchos años después. La versión francesa no se publicó hasta 1994. En esta novela, que transcurre en el París de 1960, Verne nos habla de un mundo puesto al servicio del dinero, donde la gente viviría preocupada por las cotizaciones de Bolsa, en donde la educación y la tecnología no estarían al servicio del conocimiento, sino de la acumulación financiera. No iba del todo desencaminado, ¿verdad? Verne también habla de un invento llamado «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».  Su protagonista, Michel Jerôme, un joven que ama la lectura y las lenguas clásicas, es tachado de inútil, porque sus habilidades no valen nada en esa sociedad mecanizada. Realmente, no era tan descabellado...

domingo, 27 de noviembre de 2011

EL PALIMPSESTO DE ARQUÍMEDES


Los caminos por los que la sabiduría de los griegos, ese germen de la civilización tal como hoy la concebimos, ha llegado hasta nosotros son a menudo tortuosos. Mucho se ha perdido, seguramente para siempre -de no mediar algún milagro-, y otro tanto lo conocemos sólo de forma fragmentaria o a través de terceras personas. Esta es la historia de cómo unos escritos de Arquímedes han visto la luz, gracias al trabajo paciente de los investigadores, a las más modernas tecnologías, y a una serie de casualidades dignas de una novela. Allá por el siglo III a. C., Arquímedes de Siracusa escribió sus tratados sobre rollos de papiro, unos originales irremediablemente perdidos en la noche de los tiempos. Por fortuna, sus obras fueron copiadas por generación tras generación de escribas. Hacia finales del siglo V, probablemente, estos escritos dieron el salto al pergamino y fueron encuadernados. El que nos ocupa, el protagonista de esta historia, es un pergamino que se ha podido datar hacia el año 900, sin duda procedente de Constantinopla. Cuando en 1204 las grandes bibliotecas de esta ciudad fueron saqueadas por los cruzados, nuestro pergamino consiguió de algún modo sobrevivir y llegar hasta un monasterio cristiano. En 1229, un monje griego que necesitaba pergamino para un libro de oraciones desmontó el manuscrito de Arquímedes, rascó lo escrito y sobre esa misma piel copió el texto litúrgico. Un proceso muy común en una época en que el pergamino era un bien escaso y caro, y en que la salvación de las almas tenía un rango mucho más elevado que la ilustración de las mentes. El resultado de esta operación se conoce como palimpsesto (palabra hermosa donde las haya). A continuación, silencio, oscuridad y rezos durante varios siglos, hasta que en 1906 un clasicista danés, Johan Ludwig Heiberg, descubrió el manuscrito en la biblioteca de un monasterio ortodoxo griego en Constantinopla. No sé bien cómo (mi fuente no lo dice), supo reconocer que bajo las plegarias había un texto griego, una obra de Arquímedes. Consiguió que le permitieran fotografiar muchas de las páginas e incluso publicó algunos artículos desvelando aquellos fragmentos que había podido descifrar. Así, el mundo occidental tuvo noticia de la existencia de una obra de Arquímedes hasta entonces desconocida, el Método de los teoremas mecánicos. Gran cosa para la cultura, mala para la codicia: poco después de la Segunda Guerra Mundial, el palimpsesto desapareció de la biblioteca -sin duda fue robado- y se cree que permaneció en manos de una familia francesa durante la mayor parte del siglo XX. En 1998 salió inesperadamente a subasta en Christie's y fue adquirido por dos millones de dólares por un comprador anónimo. Recordemos que durante todo este tiempo ningún especialista había podido estudiar el manuscrito: la mayor parte de los textos de Arquímedes en él contenidos seguían siendo inaccesibles.
Pero ya no. Desde el pasado 16 de octubre en el Walters Arts Museum de Baltimore (EE.UU.) se puede visitar la exposición "Lost and Found: the Secrets of Archimedes", donde se desvela no sólo qué era lo que escondía el palimpsesto, sino cómo, en una paciente y escrupulosa labor que ha durado años, se llegó a descifrarlo. Gracias a William Noel, conservador del museo, y su equipo y gracias también a la generosidad del comprador -sigue siendo anónimo- que accedió a prestarlo para su estudio, el palimpsesto de Arquímedes ha desvelado sus secretos y ha regalado al siglo XXI varios tratados de Arquímedes, además de algunos otros textos de la época. Sobrecoge un poco pensar el largo camino que ha sido preciso recorrer para llegar a leerlos, pero también emociona ver cómo las voces de la Antigüedad pueden ser recuperadas.