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| Young lady reading, de Mary Cassatt |
Casi antes de que existieran las novelas, y desde luego a partir de que las historias que se contaban al amor de la lumbre o en la plaza del mercado -historias de crímenes, de amores trágicos, de hazañas gloriosas- pasaran al papel, se impuso entre las clases dominantes la opinión generalizada de que la ficción era moralmente nociva. Historias inventadas, llenas de emociones, que arrebatan por unos momentos al lector del mundo real o, lo que es peor, le hacen creer en la realidad de los mundos de ficción... No, eso no podía ser bueno. Durante muchos años (siglos, más bien) los confesores desaconsejaban a las mujeres la lectura de novelas, recomendando en su lugar libros piadosos. La ficción, según la Iglesia, conducía inevitablemente al deterioro de la moralidad.
Pero ¿y si todos ellos estuviesen equivocados? ¿Y si la ficción, lejos de ser moralmente debilitante, reforzase por el contrario nuestro sentido moral? ¿Si fuese necesaria para un mejor funcionamiento de la sociedad? Todas estas suposiciones -que los devoradores de ficción hemos sabido siempre que eran ciertas- están siendo corroboradas por los más recientes estudios científicos. O eso dice al menos un artículo publicado en The Boston Globe. Según afirma, diferentes investigaciones han demostrado que la ficción es capaz de cambiarnos. Y, cuanto más absortos estamos en el universo ficticio, mayor es la influencia de éste. De hecho, parece que la ficción es más efectiva a la hora de hacernos cambiar nuestras creencias e ideas que los argumentos y evidencias esgrimidos por la no-ficción. Por ejemplo, consiguió más adeptos en favor de la abolición de la esclavitud una novela como La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe que todos los ensayos y panfletos antiesclavistas. Cuando leemos ensayo, mantenemos los parapetos intelectuales levantados: leemos analizando el texto, dispuestos a confrontarlo con nuestras propias ideas y a rebatirlo si es necesario. En cambio, al leer ficción, nuestras defensas morales quedan anuladas. Voluntariamente -puesto que leer ficción requiere esa "suspensión de la incredulidad" de que hablaba Coleridge- anulamos nuestro sentido crítico y nos dejamos llevar por la historia. Pero la ficción no habla sólo de ideas, sino que principalmente trata de seres humanos, de sus relaciones, de lo que les preocupa, les duele o les hace felices. En este sentido, los estudios llevados a cabo con niños demuestran que aquellos que han leído (o les han leído) muchas historias son más capaces de captar el estado emocional de sus semejantes. Es decir, uno de los beneficios indudables de la ficción es que aumenta nuestra capacidad de empatía. A través de la ficción aprendemos a conocer a los demás, podemos ponernos en su lugar y experimentar sentimientos que quizá en la vida real ignoramos.
Es cierto que la ficción también presenta personajes y hechos reprobables. Que a veces incluso el malo, el antihéroe, resulta más atractivo que el héroe. Pero la gran mayoría de la ficción tiene un desenlace en el que, de un modo u otro, se hace justicia. Y cuando no se hace, cuando Romeo y Julieta mueren en lugar de poder realizar su amor, cuando algo impide que el héroe o la heroína consigan sus ambiciones, al lector le queda claro que es una injusticia. Según los psicólogos que cita el artículo al que me refiero, la ficción tiene beneficios para los humanos como grupo social. Su función es dotar al grupo de una estructura moral, reforzar los valores culturales. En la vida real, como todos sabemos (sólo tienen que poner hoy el telediario), los estafadores no van a la cárcel y los asesinos se pasean impunes por la calle. Por eso, en tiempos oscuros la ficción es más necesaria que nunca. Porque necesitamos, como sociedad, creer que las relaciones humanas sirven para algo más que para que cada cual busque medrar, que procurar el bien ajeno es un rasgo positivo, que el mal existe, pero se le puede combatir. Aunque sea en una galaxia muy, muy lejana...
Es cierto que la ficción también presenta personajes y hechos reprobables. Que a veces incluso el malo, el antihéroe, resulta más atractivo que el héroe. Pero la gran mayoría de la ficción tiene un desenlace en el que, de un modo u otro, se hace justicia. Y cuando no se hace, cuando Romeo y Julieta mueren en lugar de poder realizar su amor, cuando algo impide que el héroe o la heroína consigan sus ambiciones, al lector le queda claro que es una injusticia. Según los psicólogos que cita el artículo al que me refiero, la ficción tiene beneficios para los humanos como grupo social. Su función es dotar al grupo de una estructura moral, reforzar los valores culturales. En la vida real, como todos sabemos (sólo tienen que poner hoy el telediario), los estafadores no van a la cárcel y los asesinos se pasean impunes por la calle. Por eso, en tiempos oscuros la ficción es más necesaria que nunca. Porque necesitamos, como sociedad, creer que las relaciones humanas sirven para algo más que para que cada cual busque medrar, que procurar el bien ajeno es un rasgo positivo, que el mal existe, pero se le puede combatir. Aunque sea en una galaxia muy, muy lejana...















