John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 10 de noviembre de 2011

RUTAS LITERARIAS

Escribir es crear mundos. A veces, literalmente: el autor se inventa lugares que nunca han existido, poblados por seres extraños o simplemente un poco distintos de los seres humanos. Como Tolkien con la Tierra Media y sus hobbits, por ejemplo. Más a menudo, en cambio, el escenario existe, pero la historia que el escritor ha situado en él sólo ha tenido lugar en la ficción. Sin embargo, al lector le parece más real que la realidad -esa es precisamente la magia de la literatura-, y a partir de entonces es incapaz de desligar uno y otra. De ahí la fascinación que los lectores sentimos por los escenarios de ficción, algunos de los cuales acaban convertidos en verdaderos lugares de peregrinaje, del mismo modo que las rutas literarias son ya un atractivo turístico más de muchas ciudades. En Barcelona, sin ir más lejos, causa furor la establecida en torno a los escenarios por los que discurre La catedral del mar -que se ofrece en varios horarios e idiomas- y en Londres se puede escoger entre la ruta dickensiana, la de Sherlock Holmes, la de Jack el Destripador (bien, esta última no es propiamente literaria, pero al ser éste un personaje que ha llenado tantas páginas de ficción, creo que se la puede considerar así) o la de Harry Potter. El código Da Vinci, por su parte, ha hecho que la obligada visita al Lovre tenga a veces un objetivo distinto del de admirar las obras de arte allí expuestas: hay guías especializados que conducen a los curiosos a las galerías donde se sitúa la novela. Hasta lugares en principio más anodinos, como el vestíbulo de un hotel, pueden parecernos llenos de atractivo si nos evocan las páginas de una de nuestras novelas favoritas. *
El Hotel Seton aparece en El guardián entre el centeno,
aunque no es exactamente el hotel que hoy lleva este nombre
A veces la ficción puede más que la realidad y lo que el lector curioso acaba visitando es, también, ficción. Como el famoso balcón de Romeo y Julieta en Verona, ante el cual hay que hacer un esfuerzo para recordar que ninguno de los dos existió en realidad. O, próximamente, Hobbiton, la más fidedigna recreación de la morada de los hobbits, que se hará realidad en Nueva Zelanda aprovechando los decorados construidos para el rodaje de la película basada en esa popularísima obra de Tolkien. ¿A que parece de verdad?



*Recomiendo ir a este link. Es un mapa interactivo de Nueva York con la ruta de Holden Caulfield, que incluye breves párrafos de la novela. A mí me parece delicioso, pero no he conseguido encontrar el modo de incluirlo en mi entrada.

domingo, 6 de noviembre de 2011

EL PERFECCIONISTA EN LA COCINA

Ilustración de Joe Berger para El perfeccionista en la cocina
Tal como relata Julian Barnes en su introducción El perfeccionista en la cocina -un librito, que más de uno considerará menor también por su temática,ya que los avatares culinarios no suelen merecer un luagr destacado en el olimpo literario-, en la infancia de cualquier típico muchacho inglés de clase media había cuatro áreas envueltas en secretismo y prohibiciones: el sexo, la política, la religión... y la cocina. Los artículos que Barnes reúne en este volumen tratan, con mucho humor y el ingenio al que este escritor nos tiene acostumbrados, de su tardío descubrimiento del arte culinario y de su enconada lucha con los libros de recetas y sus inseguridades cuando se trata de ponerse al frente de los fogones. Sé que los fans literarios de Barnes dirán que no le llega a la suela del zapato a otros libros suyos como, por ejemplo, el maravilloso La mesa limón (que yo también recomiendo calurosamente, pero, lo siento, en esta entrada no voy a hablar de él). Sin embargo creo que seducirá a aquellos lectores que, como yo, sean aficionados a la gastronomía y valoren la inteligencia aplicada al arte culinario. Algo de lo que Barnes hace derroche en estas páginas. Por si les queda alguna duda, si no saben si éste es un libro que merece o no la pena adquirir, ahí va un sencillo test, tomado de sus páginas.

¿Cuántos libros de cocina tiene usted?
a) No los suficientes
b) Justo los necesarios
c) Demasiados

Si su respuesta es b), queda descalificado por mentir, o por ser demasiado autocomplaciente, o por no estar interesado en absoluto en la cocina. Si ha elegido a) o b) obtiene algunos puntos, pero para obtener la máxima puntuación habría de haber elegido las respuestas a) y b) a partes iguales. La primera, porque siempre hay algo nuevo que aprender, algo que lo haga todo más claro, más fácil, más simple; y b), por los numerosos errores que uno comete siempre que aplica a).

Es decir, si mantiene una relación distante con la cocina y sus misterios, déjelo, este libro no es para usted. Si, por el contrario, le apasionaría desentrañar el secreto de un buen soufflé, pero al mismo tiempo desespera de conseguir algún día el soufflé perfecto, adelante. Esta lectura seguramente no hará de usted un cocinero mejor, pero le proporcionará un rato de diversión muy de agradecer.

martes, 1 de noviembre de 2011

LIBROS POR SUSCRIPCIÓN

Hace unos cuantos años, era habitual encontrarse en calles y plazas céntricas un autobús de Círculo de Lectores rodeado por diligentes comerciales que intentaban captar la atención de los transeúntes abordándoles con la pregunta "¿Te gusta leer?" (partiendo de la premisa, supongo yo, de que a la mayoría de la gente le gusta quedar como persona culta y responderían que sí aunque su afición por la lectura sea nula). Socio a socio, este poderoso club del libro -y el único en España; hubo otros, pero fueron absorbidos o tuvieron que abandonar- llegó a contar con más de un millón de afiliados en sus mejores tiempos. La fórmula era sencilla y funcionaba porque satisfacía a todas las partes. Los socios se comprometían a adquirir un número determinado de libros cada dos meses, que les resultaban más baratos que si los hubiesen adquirido en librerías. Los editores -para quienes estos clubs suponían en cierto modo una competencia- tampoco estaban descontentos ya que, por un lado, la edición club sólo se ponía a la venta meses después de lanzado el libro como novedad y, por otro, se suponía que muchos de los socios del club eran personas que no solían frecuentar las librerías (ya fuese porque con los libros que les suministraba el club ya tenían bastante o porque vivían en lugares donde escaseaban estos establecimientos: una parte nada despreciable de la España rural se abastecía a través de este canal); además, como es lógico, obtenían royalties de estas ventas, que a veces eran superiores al número de ejemplares vendidos en librería. Por lo que respecta a los dueños del club del libro, los más beneficiados, el secreto era que jugaban a caballo ganador: adquirían los derechos de obras que ya habían demostrado su potencial de ventas y, por si fuera poco, a través de sus revistas bimensuales podían determinar con exactitud casi milimétrica cuántos socios deseaban recibir cada título. Es decir, a diferencia de lo que ocurre con los editores, que cada vez deben arriesgarse lanzando al mercado un cierto número de ejemplares sin saber si los venderán o si languidecerán en sus almacenes por los siglos de los siglos, el club del libro conseguía vender todo lo editado y no tener stocks. Como decía, un negocio redondo... hasta hace poco. Llega internet, las nuevas tecnologías y los libros digitales. Los lectores que vivían en lugares aislados pueden recurrir a la venta online; o pueden descargarse un libro en su ebook o en su iPad por un precio mucho más económico que el del club. O simplemente se han pasado a las pantallitas y lo de "hacer biblioteca" ya no les dice nada. Total, que la multinacional Bertelsmann, viéndole las orejas al lobo, decide deshacerse de los clubs del libro que tiene en Europa. Círculo de Lectores pasa a manos de Planeta y, aunque la fórmula sigue funcionando, por ahora -no se puede decir que en este país la oferta de libros digitales seas como para tirar cohetes-, ya se ve que está cercana a agotarse. Hace unos días, Planeta anunció que próximamente va a crear un "círculo de lectores electrónico". Pendientes aún de ver qué características tendrá y cómo se desarrollará, lo que está claro es que los viejos tiempos de los clubs del libro no volverán.
Entretanto, está en auge otra forma distinta de "libros por suscripción", el "crowdfunding", ese sistema por el cual un escritor solicita en la red aportaciones para publicar su libro. Si consigue financiar así el papel y la impresiónde su libro, aquellos que han contribuido reciben un ejemplar. Una fórmula antigua, que se venía empleando desde hace muchos años, pero que gracias a internet ha cobrado nueva vida. Una puerta se cierra, otra se abre.

viernes, 28 de octubre de 2011

SOBRE LA AUTORÍA


Henri Matisse, Femme aux fleurs
(Falsificación realizada por
Elmyr de Hory en 1963)
Leo hoy en la prensa la noticia del juicio a un astuto falsificador de pintura, Wolfgang Beltracchi. Parece que sus imitaciones de pintores como Max Ernst o André Derain eran tan perfectas que fueron autentificadas por expertos, y casas tan serias como Sotheby's o Christie's las vendieron por varios millones de euros. Aunque le han condenado a seis años de cárcel, el propio magistrado ha considerado oportuno felicitarle por su pericia pictórica. El caso me ha hecho pensar en otro maestro de la falsificación, Elmyr de Hory, un húngaro -que, por cierto, pasó muchos años en Ibiza- de quien se dice que fue el mayor falsificador de la historia del arte (que se sepa, añadiría yo). Era capaz de imitar a la perfección el estilo de pintores como Matisse, Modigliani o Renoir y se dice que logró vender más de mil de sus obras como auténticas. Aunque eventualmente algunas de estas falsificaciones se descubrieron, nunca llegó a ingresar en prisión (sólo fue condenado a dos meses de arresto por conducta homosexual y complicidad con banda de malhechores). Su caso se hizo muy famoso y generó un libro, escrito por Clifford Irving, y una película dirigida por Orson Welles, Fake, muy recomendable. Hory argumentaba, con cierta razón, que si los expertos coincidían en que sus cuadros eran tan buenos como los de los maestros a los que imitaba, no había razón para que no se cotizasen al mismo precio que estos. Por uno de esos saltos asociativos de la memoria, este escurridizo e interesante personaje me ha hecho pensar en otro, esta vez un escritor, cuya autoría fue difusa. He de reconocer que hasta que leí su necrológica, en 2005, ignoraba -y como yo, sospecho, la inmensa mayoría de sus lectores- que el verdadero nombre del autor conocido como Trevanian era Rodney William Whitaker, un profesor universitario de cinematografía. Bajo el nombre de Trevanian publicó en los años 70 y principios de los 80 varios thrillers de gran éxito (La sanción del Eiger -de la cual se hizo una película, no muy buena, con Clint Eastwood como protagonista-, La sanción del Loo, El Main y Shibumi, principalmente), que se caracterizan por su inteligencia, su ritmo narrativo y la originalidad e ingenio de los delitos que relata. De hecho, uno de los métodos para robar obras de arte que describe en La sanción del Loo fue copiado (con éxito) por unos ladrones en Turín. Luego, Trevanian se eclipsó durante casi veinte años, para publicar poco antes de su muerte un par de novelas más, muy distintas de las anteriores. Sus fans no pudieron por menos que dudar de que ese Trevanian "resucitado" fuera el verdadero autor. Durante toda su carrera Trevanian se negó a revelar su identidad o a participar en la promoción de sus novelas, que aún así alcanzaron ventas millonarias. Esto, unido al profundo conocimiento que sus obras demostraban de disciplinas tan distintas como las artes marciales, la pintura, o el montañismo, además de la diversidad de estilos que era capaz de emplear, fue creando un auténtico mito en torno a su persona. Una de las teorías que circularon era que "Trevanian" era el nombre colectivo de un grupo de escritores. Para complicarlo más, publicó también un par de relatos firmados por un tal Beñat Le Cagot y presuntamente traducidos del francés por Trevanian, además de un par de novelas muy distintas -una histórica y otra basada en mitos artúricos- bajo el nombre de Nicholas Seare. En la única entrevista que concedió, hacia el final de su carrera literaria, afirmó que lo primero que decidía antes de ponerse a escribir era qué autor iba a contar esa novela, para lo cual utilizaba técnicas actorales a fin de ponerse en la piel del autor adecuado. Como muchas otras cosas en este misterioso personaje, suena a "boutade", pero también podría ser verdad. Lo cierto es que disfrutaba jugando a despistar al público y riéndose de los críticos literarios. Y, como lectora que he sido de todas sus novelas, puedo asegurar que su capacidad camaleónica, para cambiar de género y de estilo, resulta asombrosa. Al parecer, Trevanian dejó una novela épico-histórica inacabada, que su hija se está encargando de completar. ¿Desde 2005? ¿Otra jugarreta de este autor que nunca se cansó de jugar al escondite con su público? Creo que nunca lo sabremos.

lunes, 24 de octubre de 2011

PARÍS BAJO LA OCUPACIÓN

(Foto André Zucca)
De los grandes acontecimientos históricos, más allá de saber cómo se desarrollaron las batallas, qué impulsó los movimentos de masas o cómo se comportaron determinadas figuras centrales, siempre me queda la curiosidad de averiguar qué significaron estos hechos para la gente de la calle, cómo las vidas individuales y la cotidianeidad se vieron afectados por los sucesos que lucen tan solemnes y fríos en los anales de la Historia. Gracias al documentado libro de Alan Riding Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis he pasado unos días muy entretenidos conociendo con detalle cómo transcurrió la vida en los círculos del arte, la música o la literatura en la capital francesa durante aquellos años, y sabiendo -a menudo de primera mano, a través de sus diarios o entrevistas- de las dudas que asaltaron a unos, los compromisos a que debieron llegar otros o la complejidad de la situación social y personal de la mayoría de artistas (y no artistas) que vivieron esos años. Como ocurre en todas las guerras, por otra parte, aunque luego la propaganda -siempre dirigida por el bando vencedor- quiera convencernos de que todo era o blanco o negro. Se agradecen por eso estudios como el de Alan Riding, capaces de pintar un retrato que muestra que el comportamiento de cada cual no sólo viene motivado por la adsripción política o la nacionalidad, sino también por su personalidad, por sus relaciones familiares, o por simplemente su suerte y sus circunstancias. En esta reveladora obra se entera uno de que en las listas de obras prohibidas por los alemanes no sólo figuraban escritores judíos, sino autores franceses como Gide, Mauriac, Aragon e incluso Flaubert, cuyo Madame Bovary recuperó de repente la reputación de inmoral que tuviera cuando se publicó. Gerhard Heller, un culto y francófilo oficial nazi a cargo de la sección de literatura en el Departamento de Propaganda alemán dice en sus memorias que los nazis quemaron en total 2.242 toneladas de libros en París. Al parecer, Heller no pudo resistirse a llevarse algunos de esos ejemplares prohibidos y esconderlos en su oficina que, según decía en broma "se convirtió en un anexo de la Biblioteca Nacional francesa". Para detectar los libros prohibidos, los alemanes realizaban frecuentes redadas en las librerías. La famosa librería americana de Sylvia Beach, Shakespeare & Company, se libró al principio por la nacionalidad de su propietaria, pero una vez Estados Unidos entró en guerra, su propietaria recibió un día la visita de un oficial alemán que la amenazó con que confiscaría sus existencias. Durante toda aquella noche, Beach y sus amigos trasladaron los fondos de la librería al cuarto piso del mismo inmueble -que a la sazón estaba vacío-, de modo que al día siguiente, cuando llegaron los alemanes, no había nada que confiscar. En cuanto a las editoriales, algunas fueron requisadas (sobre todo aquellas cuyos dueños eran de ascendencia judía), pero la mayoría aprendió a sobrevivir en medio de las restricciones de papel y la censura impuesta por las autoridades germanas. Gaston Gallimard, por ejemplo, se avino a dejar la dirección de su emblemática revista NRF en manos de Drieu La Rochelle, notorio fascista y colaboracionista, a cambio de poder editar a otros autores no tan bien vistos por los alemanes en su catálogo. Caso aparte es el de otro ilustre editor, Bernard Grasset, quien no contento con airear sus opiniones racistas y favorables a la ocupación alemana, movió toda suerte de influencias para lograr la traducción de los Diarios de Goebbels, con el  argumento de que "debemos asegurarnos de que la magistral obra de Goebbels disponga de la distribución que merece".  Como estos, mil y un detalles e historias personales jalonan estas páginas, por las que vemos pasar a los más granado de la cultura francesa, con sus grandezas y sus miserias. Después de leerlo -los buenos ensayos invitan a ahondar en el tema que abordan- me han entrado ganas de hacerme con las memorias de Heller y con otra obra frecuentemente citada por Riding, Mon journal pendant l'occupation, una brillante recopilación de observaciones y anécdotas del periodista Jean Galtier-Boissière. Me hago eco de una de ellas, que me parece una buena manera de terminar esta entrada: "Colaboracionismo quiere decir: dame tu reloj y yo te daré la hora".
Oficiales de la Wehrmacht en un cabaré de París
(foto Robert Schall)

viernes, 21 de octubre de 2011

LO QUE LEEN LOS SIMPSON

Empecé a aficionarme a Los Simpson hace años, cuando mis hijos aún eran pequeños y veían esta serie entre muchas otras dedicadas al público infantil. Sin embargo, pronto me di cuenta de que, aunque cualquier niño de diez años podía comprenderla y disfrutarla, Los Simpson era en realidad una serie para adultos. O bien esa cosa tan rara que por regla general es sinónimo de un bodrio lleno de sacarina sentimental, pero que en este caso adquiere su verdadero sentido: una serie para todos los públicos. Prueba de ello es que, al menos en mi casa, mis hijos han seguido viéndola religiosamente hasta el día de hoy, bien pasados los años adolescentes, y yo me he sumado a ellos con entusiasmo. A día de hoy Los Simpson es el único programa de televisión que consigue reunir a todos los miembros de nuestra familia en torno a la pequeña pantalla. Se trata de una serie tan llena de inteligencia, diálogos brillantes, personajes bien dibujados y referencias a la cultura popular (y no tan popular), a la historia y a la política, que si uno quiere sacarle todo el jugo ha de estar muy atento. De hecho, a nadie le importa que las televisiones repitan continuamente capítulos, porque por más que ya los hayas visto, su riqueza es tal que no se agota con sólo un visionado. No es raro que se haya convertido en todo un clásico de la cultura americana (y universal, por añadidura) y que haya generado numerosos estudios y guías. A lo largo de sus veintitrés temporadas -ya ¡cómo pasa el tiempo!- esta serie ha hecho incontables referencias y homenajes a películas y musicales. Pero no sólo. También los libros (y algunos escritores) han hecho su aparición.


Prueba de que este aspecto no ha pasado desapercibido (estoy segura de que, al igual que existen los "tintinólogos", hay legión de "simpsonólogos"), es el "Club del libro de Lisa Simpson", una web dedicada a recoger todas las referencias literarias de esta serie.

Dos de mis personajes favoritos, juntos: Lisa Simpson y Tintín
Y no se crean que es Lisa la única lectora en la serie, aunque ella sea sin duda el personaje más culto y preocupado por las artes. Hasta el cazurro (y entrañable) policía Wiggum ha incurrido alguna vez en ese vicio. Aunque ni siquiera Agatha Christie podría lograr que nuestro policía resolviese un caso.


Yo, como todos sus admiradores, espero que la factoría de Matt Groenig siga deleitándonos durante muchos años con las peripecias de esa inimitable familia amarilla.

martes, 18 de octubre de 2011

OFICIOS DE ESCRITOR

Joyce, en un momento musical
Dos preceptos deberían estar esculpidos en piedra ante la mesa de trabajo de todo aspirante a escritor. El primero, atribuido a Hemingway, dice "La papelera es el mejor amigo del escritor"; el segundo, no atribuido a nadie, que yo sepa al menos, pero de sentido común, es "No esperes vivir de esto". Del primero hablaremos otro día, por ahora me conformaré con apuntar que no sólo es aplicable a jóvenes escritores afectados de verborrea, sino también a escritores con cierta fama que, repentinamente, creen que cualquier cuentecillo o cuartilla que emborronaron en algún momento de su vida merece ser publicado. Un error. En cuanto al segundo, es una cuestión estadística: ¿cuántos escritores hay que realmente puedan vivir de lo que ingresan por sus libros? Muy, pero que muy pocos. Y, desde luego, casi ninguno al principio de su carrera. O sea, que el oficio de escritor no existe. Si a un niño se le ocurre decirle a su madre "De mayor quiero ser escritor", ésta sin duda le recomendará que se busque un oficio alternativo. Uno, a ser posible, que deje algo de tiempo libre. Así, los escritores-no-profesionales, que son casi todos, suelen optar por trabajos que tengan algo que ver con el mundo de las letras, como profesores, traductores o funcionarios de algún organismo cultural. Pero un vistazo detenido a las ocupaciones laborales de algunos escritores que luego fueron famosos (de los otros poco se sabe) da como resultado una lista muy variada y bastante curiosa. De nuevo, hemos de agradecer a la web Flavorwire su colaboración para poner a nuestro alcance este tipo de datos. Ahí van algunos:

-Antes de publicar Dublineses, James Joyce, que tenía una hermosa voz de tenor, se ganaba algunos dinerillos cantando en fiestas.
-Kafka, como todos sabemos, trabajó toda su vida para una compañía de seguros de accidentes laborales, una ocupación que parece que desempeñó con aplicación, porque fue ascendiendo en el escalafón hasta su temprano retiro en 1922.
-En una de sus escasísimas entrevistas, en 1953, J.D. Salinger mencionó que había trabajado como director de animación en un crucero de lujo sueco. De esa experiencia salió su relato "Teddy".  Me cuesta imaginar al misántropo Salinger velando por el entretenimiento de una banda de cruceristas. O quizás fueron experiencias como esa las que le llevaron a la misantropía.
-Durante un tiempo, William S. Burroughs trabajó en Chicago como exterminador de plagas. A este sí que le pega más el tipo de trabajo, la verdad.
-A nadie puede extrañarle que un bala perdida como Jack Kerouac ejerciese diversos oficios, ninguno de manera muy estable: empleado de gasolinera, vigilante nocturno, recogedor de algodón, albañil, lavaplatos... Y estos son sólo agunos.
-En sus entrevistas, el propio Kurt Vonnegut ha bromeado con el hecho de que durante un tiempo fue encargado de un concesionario de coches de la marca Saab: "Creo que ese es el motivo por el que nunca me darán el Nobel".
-A veces incluso, esos trabajos alimenticios son una fuente de inspiración para la escritura. Ken Kesey trabajó como conejillo de indias para una investigación con medicamentos psicotrópicos para la Universidad de Stanford, una experiencia que le fue de gran utilidad para su novela Alguien voló sobre el nido del cuco.

Fotograma de la película basada en la novela de Ken Kesey,
con Jack Nicholson como protagonista
Y como estas existen un sinfín de anécdotas. En Estados Unidos, dónde si no, incluso existe una web dedicada a indagar en ello.
Será espíritu de los tiempos o pura coincidencia, pero cuando estaba a medio redactar esta entrada he visto que el estupendo blog de José Antonio Millán Libros y Bitios le dedica hoy una entrada a este mismo tema. Aprovecho pues los enlaces que facilita para incluir aquí también algunas pinceladas de cómo afrontan la siempre espinosa (y ahora aún más) cuestión de la subsistencia los escritores. Aunque como dice Agustín Fernández Mallo "¡Los novelistas afectados por la crisis! Es paródico. Los novelistas simpre están en crisis".
Por su parte, Antonio Orejudo opina con ironía que "De hecho, para ganar dinero conviene no escribir demasiados libros. Los libros quitan mucho tiempo a los bolos, que es la actividad verdaderamente lucrativa”.  Y es que no conviene esforzarse demasiado, porque  el escritor que gana mucho dinero está mal visto. "A la gente le gusta que los países pobres sean exóticos, igual que le gusta que los autores que no vendemos tanto seamos exóticos, bohemios y esas cosas. Si nos ven de corbata, como si fuéramos Carlos Fuentes, ya no les mola, les parece sospechoso: como si van a un viaje de aventura y resulta que hay hoteles de cinco estrellas y solomillo, en lugar de comer hormigas”, dice Rafael Reig. Duro oficio éste, que por un lado no es tal, porque de él no se vive, y por otro, cuando se convierte en saneada fuente de ingresos está mal visto.