John F. Peto

John F. Peto
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domingo, 17 de marzo de 2024

DICKENS, PERIODISTA

 

Sospecho que buena parte de los lectores españoles de Dickens se ha formado una idea totalmente errónea acerca de este gran escritor inglés. Es verdad que, durante bastante tiempo, las obras de Dickens tuvieron una presencia escasa en las librerías de nuestro país, limitada en su mayoría a ediciones abreviadas dirigidas al público infantil y juvenil. Tal vez por obra y gracia de algunas adaptaciones cinematográficas, que tienen tendencia a subrayar los aspectos más sentimentales de sus novelas, existía la convicción de que Dickens se especializaba en narraciones lacrimógenas donde básicamente había niños desgraciados que sufrían muchísimo. Me temo que hay gente que aún lo cree. Por supuesto, es muy probable que estas personas no hayan leído ninguna de sus obras, pues todas -incluso las más dramáticas- están impregnadas de un fino sentido del humor. Como otros grandes autores -Cervantes, sin ir más lejos: El Quijote es una de las obras más divertidas que se han escrito-, Dickens posee la habilidad de insertar rasgos de comicidad incluso en los pasajes en apariencia más serios.


El dibujante Phiz, que colaboró estrechamente con Dickens,
supo reflejar muy bien la faceta cómica de sus personajes


En fin, no es de extrañar tanto desconocimiento, ya que solo desde hace más o menos un par de décadas se ha comenzado a tratar su obra con el respeto que merece. 

Ciertamente, la producción de Dickens fue prodigiosa. Sabemos que era un maníaco del trabajo y un insomne crónico, pero aun así cuesta comprender cómo encontró tiempo para hacer todo lo que hizo. Consiguió ser a la vez novelista, dramaturgo, periodista y conferenciante, facetas todas que cultivó además con gran éxito. En los ratos en que no escribía, fue asimismo filántropo, reformista político, infatigable andarín, mago aficionado, director de escena y un montón de cosas más que me dejo. (Solo la magnitud de su correspondencia es mareante: se conservan más de 14.000 cartas suyas, y sin duda no son todas.) Con tantos frentes abiertos, no siempre es fácil seguirle la pista. 

A pesar de que la situación ha mejorado por lo que respecta a sus novelas,  (no puedo por menos que mencionar aquí las excelentes versiones que ha publicado Alba Editorial de algunas de ellas, como David Copperfield) hay facetas fundamentales de este escritor que siguen siendo muy desconocidas. 

Como su ingente labor periodística: Dickens empezó su carrera escribiendo artículos para el Morning Chronicle (que firmaba con el seudónimo de Boz) y siguió practicando el periodismo durante toda su vida, llegando a ser editor, sucesivamente, de dos semanarios, en los que siempre se incluía algún texto suyo. Miles de artículos, en conjunto -ya hemos dicho que Dickens lo hacía todo a lo grande-, dispersos en publicaciones diversas, que los lectores que dominen la lengua de Shakespeare pueden consultar en la plataforma digital Dickens Journals Online (DOJ). (Hablé de ella hace un tiempo en este blog.) Lamentablemente, esta vertiente del escritor inglés que no estaba, hasta ahora, al alcance del lector español. 

Por ello, saludamos con alborozo la publicación del libro Pasiones públicas, emociones privadas, que reúne una acertadísima selección de sus escritos periodísticos. La edición y traducción corre a cargo Dolores Payás, quien no solo ha impuesto un orden temático a los textos, sino que proporciona una  introducción a cada uno de los apartados. Y lo hace además, con la misma pasión y la misma vitalidad que el propio Dickens muestra en sus artículos, en perfecta sintonía con ellos. Ha conseguido, asimismo, verter estos textos al castellano -todo un reto- con una prosa tan fresca y fluida que nos parece como si se hubiesen escrito ayer. Algo muy pertinente, dado que muchas de las lacras sociales que Dickens denuncia son sospechosamente parecidas a las que aún hoy padecemos. 

Leyendo esta espléndida edición, sentimos que Dolores Payás ha sido en cierto modo abducida por Dickens (difícil resistirse a su encanto). Como ella misma confiesa en su epílogo: 

"Mis largas sesiones con Dickens han estado presididas por una pasión y una intensidad fuera de lo común. Cualquier intento de mantener una distancia de seguridad ha resultado vano. Dickens es uno de esos autores que se te mete bajo la piel, y luego no hay modo de hacerlo salir de ahí. Un claro fenómeno de posesión (demoníaca, angelical)."



Si todo lo dicho anteriormente no bastase para recomendar vivamente este libro, sepan que Dolores Payás ha sido también traductora de otro autor muy querido en este blog, Patrick Leigh Fermor. Por si fuera poco, lo conoció personalmente e incluso vivió una temporada en su casa de Mani; a partir de esta experiencia, ha escrito un librito donde traza un delicioso retrato de este autor, Drink Time! Una celebración de la vida, de la amistad, de la literatura. 


lunes, 8 de enero de 2024

POR QUÉ HAY QUE LEER A WILKIE COLLINS


Durante buena parte de mi vida lectora ignoré que existía un autor llamado Wilkie Collins. En mi infancia y juventud había oído hablar de Dickens, primero (circulaban por ahí adaptaciones para niños de algunas de sus novela, y por supuesto la película musical de Oliver Twist me impresionó debidamente); más adelante, asomaron las Brontë en mi panorama lector (aunque solo las dos mayores; de Anne, ni rastro por entonces). 

Pero pasaron muchos años hasta que llegué a saber que había otro autor victoriano llamado Wilkie Collins. Seguramente, en mi fase de aficionada a la novela policiaca, me toparía con alguna mención a La piedra lunar como una de las primeras novelas detectivescas. Ni aún así me decidí a leerlo. Tenía la impresión  -sin duda causada por la etiqueta de "sensacionalista" con que aparecía en algunas críticas- de que sería un autor menor. Cuando por fin lo hice, mucho tiempo después, me di cuenta de que, una vez más, me había dejado llevar por los prejuicios. 

Créanme, igual que uno no debe juzgar un libro por su cubierta -es verdad que a todos nos gustan las cubiertas bonitas, pero no todas dan lo que prometen-, no deberíamos juzgar a un autor por lo que dicen de él. Ni siquiera los críticos. O, tal vez, sobre todo no los críticos. (Hago un breve excurso para recordar que, durante mucho tiempo, estos mismos críticos consideraron las novelas de Jane Austen "literatura para señoritas"; y es bien sabido que la crítica acogió la publicación de Cumbres borrascosas con horror, tachándola de impía, escandalosa y muchas cosas más. Solo son un par de ejemplos entre los más notorios. Si quisiera reflejar aquí todas las veces en que las críticas, ya sean positivas o negativas, de un libro me han llevado a engaño, no acabaría nunca.) 

Pero volvamos a Wilkie Collins. Lo que (casi) nadie dice de él es que es enormemente divertido. Bueno, tampoco lo dicen de Dickens y todas sus novelas están llenas de pasajes de una extraordinaria comicidad. Por algún motivo, se diría que ser capaz de hacer sonreír -o, directamente, soltar la carcajada- al lector es algo malo, cuando es un arte extremadamente difícil, que pocos consiguen dominar con soltura. Tomemos por ejemplo La piedra lunar, una obra con una intriga ingeniosa y una estructura narrativa admirable (cómo maneja Collins la sucesión de diferentes narradores es toda una lección del arte novelístico). No contento con eso, logra crear uno de los personajes más divertidos de la literatura moderna, en la figura del mayordomo, el señor Betteredge, absolutamente memorable. 

La longitud de la mayoría de sus obras fue otro de los factores que me hizo aplazar la lectura de este autor. Otro error. Es cierto, son largos, pero son tan amenos y pasan siempre tantas cosas que uno no lo nota. Tampoco resulta, como se podría pensar, trasnochado, ni "antiguo". De hecho, Collins era en muchos aspectos un avanzado a su época, y sus personajes femeninos tienen una personalidad, un vigor y una iniciativa que ya quisieran para sí muchas de las mujeres de Dickens. 

Por si aún no se han convencido de que deben leerlo, un par de cosas más: hoy, 8 de enero, se cumple el 200 aniversario de su nacimiento. ¿Qué mejor homenaje que empezar una de sus novelas? Si no saben por dónde empezar, este artículo del Guardian, escrito por Elly Griffiths (léanla a ella también), proporciona algunas pistas. Y, finalmente, Alba Editorial anuncia la publicación de La mujer de blanco en una nueva traducción, de Miguel Temprano. No lo duden: léanlo, me lo agradecerán. 

miércoles, 30 de mayo de 2018

FANTASMAS EN LOS LIBROS

Ulises intenta, vanamente, atrapar el espíritu de su madre
(Jan Styka, 1902; gracias a El infierno de Barbusse por la ilustración)

Las apariciones de seres fantasmagóricos en las obras de ficción son tan antiguas como la propia literatura, si no más. El propio Ulises hace una visita al reino de los muertos, donde le es dado contemplar el espíritu de su madre, quien le confirma que una vez destruido el cuerpo "sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela por un lado y por otro". Estos espíritus de la Odisea, sin embargo, se hallan confinados en el Hades. Pero la idea de que el alma, en su levedad, puede escapar de los condicionantes de tiempo y espacio a los que estamos atados los mortales es demasiado atractiva como para no ser utilizada. Las leyendas que se cuentan al amor de la lumbre atemorizan desde hace siglos a sus oyentes con historias de muertos que, convertidos en fantasmas, rondan a los vivos exigiendo tal vez venganza, tal vez simplemente volver a una vida que dejaron demasiado pronto. El teatro -basta recordar el fantasma del padre de Hamlet- hizo buen uso de estos seres, que podían aparecer y desvanecerse a voluntad. La novela gótica, tan amante de lo siniestro, de lo oculto, de causar escalofríos, no se quedó atrás. Difícil encontrar una que se precie que no recurriese a ellos. El viento que azota los páramos de Yorkshire envuelve a los fantasmas de Cumbres borrascosas, igual que el desván del internado belga que acoge a la inocente Lucy Snowe de Villette esconde -¿tal vez?- a una monja fantasmal.  

En Villette, la obra de Charlotte Brontë, la protagonista
 ve -o cree ver- el fantasma de una monja


Dickens, poco crédulo en su vida privada -aunque se sintiese atraído por esos fenómenos, curiosidad que le llevó a hacerse socio del London Ghost Club, una de las primeras sociedades para la investigación de lo paranormal, fundada en 1862- comprendía muy bien el interés del público por aquellos seres y escribió uno de los cuentos de fantasmas más famosos -y menos terroríficos, dicho sea de paso- de su época, el Cuento de Navidad en que el avaro Scrooge es atormentado por los fantasmas hasta que decide enmendarse. Dickens no podía evitar ponerle a todo su granito de humor y hasta sus fantasmas tienen un lado cómico.




La popularidad de estas historias, que los victorianos y eduardianos devoraban con fruición, podría parecer paradójica a la luz de los avances tecnológicos de la época. Pero a la vez estos avances -que  los más ignorantes debían de considerar casi mágicos- reforzaban la creencia en mundos paralelos: si era posible, a través de unos golpecitos (código Morse) comunicarse con lugares remotos, ¿por qué no iba a ser posible (como proponían las hermanas Fox, inventoras del espiritismo), comunicarse del mismo modo con los seres del más allá? Si uno puede llevar en el bolsillo el retrato de alguien que vive a miles de kilómetros de distancia, ¿por qué no debería ser factible fotografiar los espíritus de los difuntos? Hoy, tal vez, la creencia en fantasmas es menos común, como menos ubicuas son sus apariciones literarias, aunque eso no sea obstáculo para que muchos lectores sigamos devorando con entusiasmo las inquietantes historias de Sheridan Le Fanu o de M. R. James
Aparte de estos fantasmas, fruto de la imaginación de sus autores, los amantes de los libros viejos creemos en otros, que nos parece palpar entre las páginas amarilleadas de los volúmenes antiguos: como dice Jordi Llavina en un artículo, "poseer un viejo libro significa también mantener relación con el fantasma de sus antiguos propietarios". Son estos unos fantasmas benéficos, que sin duda agradecen que alguien vivo comparta esa lectura que ellos disfrutaron años atrás. Abrir un libro antiguo, tocar las hojas que palparon antes que nosotros los dedos de una señora con crinolina o un caballero de largos mostachos nos proporciona un vínculo con ellos. Se diría que estos lectores ya desaparecidos nos tienden la mano desde el más allá. Decididamente, los fantasmas existen, y están en los libros.  

martes, 21 de octubre de 2014

OÍR VOCES


En un conocido cuento de John Cheever, "El enorme receptor de radio" -¿no lo han leído? ¿a qué esperan?, todo Cheever es una pura delicia- una pareja que vive en un edificio de apartamentos en Nueva York se compra un receptor de radio que, misteriosamente, les permite sintonizar lo que hablan en los demás pisos. Su vida, así, se puebla de voces, de fragmentos de conversaciones ajenas.
Es un poco como cuando uno está en una cafetería, en un restaurante, y pilla al vuelo retazos de lo que hablan en las mesas contiguas:

-Se lo he dicho mil veces, pero no le da la gana...
-Lo que tienes que hacer es mandarme ese documento, basta con que lo firmes...
-Sí, es muy fácil; picas la cebolla bien fina, la sofríes un poco y luego...



Cada hilo, una posible historia. Hay escritores que dicen "oír" en su interior las voces de los personajes que ellos luego se limitan a trasladar al papel. Es difícil saber hasta qué punto es cierto -¿quizás un trastorno psicológico?- o es simplemente producto de su poderosa imaginación. Dickens, por ejemplo, solía decir que él no inventaba, que los personajes se le aparecían y le dictaban sus diálogos. En los cientos de lecturas dramatizadas que dio a lo largo de su vida -en las que él representaba con asombroso realismo a todos los personajes de sus novelas- pudo demostrar un increíble talento dramático. ¿O deberíamos llamarlo "posesión"?
 
Decía F. Scott Fitzgerald que los escritores "son un montón de gente que hace todo lo posible por parecer una sola persona".  Sus personajes los habitan. Mientras que Sam Shepard afirmaba que
"Hay escritores que hablan de la dificultad de 'descubrir una voz propia'. Para mí, eso no fue nunca un problema. Había tantas voces que no sabía por dónde empezar."

O sea que los personajes, esas criaturas producto de la mente enfebrecida de un escritor, cobran vida. Nada más nacer, luchan por liberarse, se mueven, hablan. Si caen en unas manos competentes, nos encontramos con seres como Emma Bovary, Anna Karénina o Sherlock Holmes. ¿Alguien les negaría el derecho a la vida? Como lectores, si el escritor ha logrado plasmar adecuadamente al personaje, no sólo captamos lo que dice, sino que también podemos oír el tono de su voz: roncas e insinuantes unas, agudas y chillonas otras, las de más allá tal vez graves o cantarinas...

Incluso hay veces en que estas supuestas alucinaciones auditivas son reales. Cuentan que en cierta ocasión el escritor británico Evelyn Waugh padeció un episodio especialmente desagradable de estas alucinaciones durante un viaje por mar, a cusa de la mezcla de medicamentos y cantidades ingentes de alcohol. Como los buenos escritores nunca desaprovechan nada, se apresuró a trasladar la experiencia a una novela, La prueba de Gilbert Pinfold (1957), en la que un escritor católico de mediana edad intenta superar su depresión a base de un cóctel de bromuro, cloral y crème de menthe (no se me ocurre un licor más asqueroso para emborracharse). Acaba mal, claro.

 
 Aunque quién sabe si ese episodio fue un caso aislado. En cierta ocasión, al ser preguntada por el genio literario de su marido, la esposa de Waugh respondió: "No inventa, sólo edita".

jueves, 18 de julio de 2013

SUPERCHERÍAS LITERARIAS (II): A. D. HARVEY

A. D. Harvey (o eso creemos)
Así pues, tal como contaba en mi entrada anterior, resulta que la entrevista entre Dostoievski y Dickens no era más que la ingeniosa fabricación de un personaje oscuro, un tal A. D. Harvey, tal como descubrió Eric Naiman tras una compleja investigación. Para saber quién es en realidad ese personaje hay que recurrir a una entrevista de Stephen Moss publicada en The Guardian. Aunque con alguien que tiene tras de sí tal historial de fabulaciones, es inevitable preguntarse si no está mintiendo una vez más. El propio Moss nos advierte  que quizás hay algo de paranoia en su relato de los hechos. De acuerdo con lo que le contó a este periodista, su larga historia de apócrifos procede de un desengaño: de familia humilde -su madre, húngara, llegó a Inglaterra huyendo de los nazis- estudió a base de becas en Oxford y Cambridge, donde se doctoró a una edad temprana y al poco publicó una monografía sobre la Gran Bretaña de principios del XIX. Sin embargo, este historial no le consiguió la plaza de docente universitario a la que aspiraba; le rechazaron más de 700 solicitudes, según manifiesta. (Llegados aquí, uno empieza a sentir ganas de lanzarse a comprobar todos estos datos.)Tampoco logró que la revista de la Historical Association le publicase sus artículos, de modo que decidió probar a enviarles alguno con otro nombre. Y funcionó. El siguiente paso fue mandarles, de nuevo bajo seudónimo, uno de los capítulos de su libro. De nuevo, fue publicado sin pestañear. Posiblemente se aficionó a este tipo de triquiñuelas -es lo que ocurre- y a lo largo de los años fue alternando la publicación de sus propios libros sobre temas de historia y literatura (English Literature in the Great War with France, Collision of Empires, Sex in Georgian England, Arnhem...) con la escritura bajo otros nombres. Su alter ego Leo Bellingham, por ejemplo, es autor de una novela (Oxford, The Novel), mientras que el fingido poeta lituano Janis Blodnieks publicaba poemas aparentemente traducidos desde su idioma al inglés; Stephen Harvey es autor de artículos sobre historia, mientras que su tocaya Stephanie Harvey fue la firmante del artículo causante de todo este revuelo. Y también están Trevor McGGovern y Michael Lindsey y Ludovico Parra... y quizás alguno más que no nos ha sido revelado. Por supuesto, todos estos escritores fantasmales llevaban a cabo una intensa actividad paralela reseñándose unos a otros en diversas (y por regla general minoritarias) publicaciones. La historia que Harvey le contó al periodista está llena de detalles poco precisos, como corresponde. Está claro que tiene una fértil imaginación y que se siente muy gratificado de haber podido engañar al mundo académico por el que tan poco respeto siente.
Creo que a todo el mundo le hubiese gustado creer en la realidad de ese encuentro de gigantes Dostoievski-Dickens. Tal vez por eso resultó tan sencillo colar la superchería. Ahora sólo queda preguntarse si no habrá en circulación muchas otras, menos evidentes o más ingeniosas. ¿Habrá que buscar a un Sherlock de los fraudes literarios para que las ponga en evidencia?


Pues parece que sí: con sólo dar una patada, aparecen posibles supercherías literarias como champiñones en primavera. Échenle sino un vistazo a los comentarios a la entrevista de Moss a la que me refiero. En un plis, tenemos ya una posible ocasión en que Tolstoi oyó leer a Dickens en público y, aún más sensacional, la noticia de que en un monasterio de Brnö existe una traducción alemana del Origen de las especies de Darwin con anotaciones al margen de Gregor Mendel. ¿Será verdad? ¿Qué debemos creer y qué no? Pues, como se pregunta uno de los comentaristas ¿quién nos dice que Stephen Moss no es otro alter ego del prolífico Harvey?
 

domingo, 14 de julio de 2013

SUPERCHERÍAS LITERARIAS (I): DICKENS Y DOSTOIEVSKI

La historia que les voy a contar tiene todos los ingredientes para hacer feliz a cualquier fanático de la literatura: dos gigantes literarios, el mundo académico puesto en ridículo, una leyenda imparable que circula por la red, un autor con múltiples identidades e ingeniosas tretas para evitar la detección, que sin embargo no logran desalentar a un investigador pertinaz. En el centro de todo ello, un personaje desconocido (al menos hasta ahora), el escritor A.D. Harvey, que quizás haya logrado por fin saltar a la fama que siempre creyó que le correspondía. Y todo gracias a una sublime superchería literaria. Pero vayamos por orden.
 
 
En 2002, la revista The Dickensian, el órgano de la Sociedad Dickens, publicó un artículo de una tal Stephanie Harvey que, citando a su vez una publicación académica rusa -la Vedmosti Akademii Nauk Kazakskoi (Noticias de la Academia de Ciencias de la República Socialista Soviética de Kazajstán)- revelaba que, con ocasión de una breve visita que Dostoievski hizo a Londres en 1862, se acercó a ver a Dickens en sus oficinas. Según le contó el escritor ruso a un amigo en una carta escrita varios años después de este encuentro, ambos mantuvieron una reveladora conversación. Al parecer, Dickens le confesaría que toda la buena gente que describía en sus novelas, como la pequeña Nell, son lo que él desearía ser, mientras que sus villanos representaban lo que él era (o, más bien, aquello que encontraba en sí mismo), su crueldad, sus ataques de enemistad hacia los que buscaban consuelo en él, su tendencia a mantenerse alejado de los seres que debería amar... Dickens dijo: "Hay dos personas en mí: una que siente como debería y otra que siente lo contrario. De aquella que siente lo contrario saco a mis personajes malvados, mientras que intento vivir mi vida de acuerdo con la que siente como debería hacerlo un hombre." Dostoievski le preguntó: "¿Sólo dos personas?" Naturalmente, que dos autores como Dickens y Dostoievski se conocieran e intercambiasen confidencias es una noticia sensacional, una verdadera perita en dulce para cualquier estudioso. No es extraño pues que tanto la biografía de Dickens que Michael Slater publicó en 2009 como la más reciente de Claire Tomalin se hicieran eco de ello. Pero, en cuanto empezó a circular en círculos amplios, la anécdota empezó a levantar sospechas. Es cierto que Dostoievski estuvo una semana en Londres en 1862, pero ninguna biografía de este escritor menciona la visita a Dickens, ni se encuentra rastro alguno de esa carta en sus obras completas. Por otro lado, dado que ni Dickens hablaba ruso ni Dostoievski inglés, ¿hay que suponer que conversarían en francés? Y es bien sabido que Dostoievski no era precisamente condescendiente con sus colegas escritores: odiaba a Turgéniev y nunca se le ocurrió ir a visitar a la gran figura indiscutible de la época, Tólsoi. ¿Por qué habría debido empeñarse en visitar a Dickens cuando sólo pasó unos pocos días en la capital británica?
 
 
Los académicos reconocieron que podía tratarse de una superchería, pero la red ya estaba llena de artículos que reproducían el encuentro como si hubiese tenido lugar. Los expertos, por su parte, comenzaron a investigar. Y empezaron a salir a la luz algunas revelaciones inquietantes. De entrada, no sólo no existía la famosa revista kazaja, sino que ni siquiera había una Academia de Ciencias con ese nombre. Por supuesto, nadie había oído hablar del autor del artículo, un tal K.K. Shaiakhmetov. Las pesquisas se dirigieron entonces hacia la señora Harvey. El editor de The Dickensian apenas disponía de información sobre ella, que se definía como "escritora freelance". Subsiguientes peticiones de aclaración acerca del controvertido artículo dieron como resultado una carta escrita por la hermana de Stephanie Harvey en la que afirmaba que la escritora había sufrido un accidente que le había producido graves daños cerebrales. No era posible, pues, contar con su memoria ni con su colaboración. Sin embargo, hubo un investigador que no se dio por vencido. Tal como explica Eric Naiman en un largo artículo publicado en el TLS, inició un paciente rastreo no sólo de los (pocos) artículos de la señora Harvey, sino de todos aquellos autores que ella mencionaba como fuentes en ellos. El resultado fueron algunos otros nombres de existencia indemostrable: Ludovico Parra, Leo Bellingham, John Schellenberger, una revista llamada New Beginnings... Pero finalmente, su tenacidad se vio recompensada con un hallazgo que, esta vez sí, se correspondía con alguien real: A. D. Harvey.
Por imposible que parezca, durante treinta años, Harvey ha creado una verdadera comunidad de autores (apócrifos todos ellos) que se han comentado mutuamente sus obras en diversas revistas especializadas. Un auténtico fraude académico que sólo ha saltado a la luz pública a partir de la invención -tan ingeniosa, por otra parte- del encuentro al nos hubiera gustado asistir a todos. Pero ¿quién es realmente este personaje?
Les voy a dejar con la intriga. Continuará, lo prometo.
 

lunes, 1 de julio de 2013

MUDANZAS LITERARIAS, VISTAS POR ANNE FADIMAN

Anne Fadiman
Los habituales de este blog saben sin duda de mi admiración por los textos de Anne Fadiman, que cultiva como nadie ese curioso género que ella misma denomina "ensayo familiar". Un género que conoció sus días de gloria a principios del siglo XIX, con autores como Charles Lamb y William Hazlitt como algunos de sus más insignes cultivadores. Mezcla de ensayo crítico y de ensayo personal, el ensayo familiar parte de un punto de vista subjetivo para hablar de temas concretos, permitiéndose frecuentes digresiones que, en manos de un autor hábil e ingenioso no hacen sino acrecentar el deleite del lector.
Quien haya leído la anterior recopilación de textos de esta autora, Ex libris, sabrá bien a qué me refiero. Por desgracia, me temo que la versión española de esta obra no resulta fácil de encontrar y, lo que es peor aún, que sus editores no tienen intención de traducir para los lectores hispanos su siguiente obra, titulada en inglés At Large and at Small, visto que el libro se publicó en 2007 y aún no hemos tenido noticia de él por estos lares. Algo incomprensible, puesto que es, se lo aseguro, tan interesante, ameno y lleno de humor como el anterior. No hay en esta ocasión una orientación libresca tan clara, pues los temas que toca son tan variados como los helados o la entomología, pero la presencia constante del mundo literario en todos ellos está garantizada.
 
El subtítulo, Confesiones de un hedonista literario,
 le viene que ni pintado.
En espera de que algún editor con buen gusto venga a remediar esta negligencia, no puedo resistirme a tomar prestado un fragmento del ensayo dedicado a las mudanzas, en que la autora combina el relato de una agitada mudanza familiar con un maravilloso repaso de mudanzas literarias. En estos meses de verano, cuando quien más quien menos casi todo el mundo cambia -ni que sea provisionalmente- de residencia, viene bien recordar sus efectos:
 
"No es posible escapar de uno mismo": éste es tanto el temor como la esperanza de la gente que se muda. Si tu intención es cortar las amarras para rehacer tu vida y tu persona, ¿qué ocurre si después de tomarte tantas molestias acabas tan poco alterado como sir Walter? [Se refiere al personaje de Persuasión, sir Walter Elliot a quien sus problemas financieros obligan a dejar su mansión ancestral] Por otro lado, ¿y si tu identidad está tan firmemente adherida a tu antiguo hogar que dejas atrás pequeños fragmentos de ti mismo, y tu nuevo yo queda desgarrado y disminuido?
Según el sociólogo James M. Jasper, no es de extrañar que los estadounidenses les pongan a sus coches nombres como Quest [Búsqueda], Explorer, Venturer o Caravan. Nos mudamos más que cualquier otro pueblo. En un año promedio, uno de cada cinco estadounidenses cambia de residencia, mientras que en Japón lo hace sólo uno de cada diez, en Gran Bretaña uno de cada doce y en Alemania uno de cada veinticinco. Cada uno de estos uno entre cinco americanos desdeña la norma que proponen casi todos los libros cuya trama gira en torno a una mudanza: ¡Quédate donde estás! ¿Se les ocurre algún libro alegre sobre una mudanza? A mí no. Está muy bien flotar en la imaginación hacia Troya o hacia Oz, hacia Narnia o Nuncajamás, siempre y cuando vuelvas a donde estabas; de hecho, uno de los temas más frecuentes en las historias de viajes, ya sean reales o imaginarios, son los denodados esfuerzos del protagonista por volver a casa.(Viajar se considera siempre más placentero que mudarse: envidiamos a los corresponsales extranjeros pero compadecemos a los hijos de militares.) Una mudanza típica de los libros infantiles es la que efectúan las heroínas huérfanas de El jardín secreto o La princesita desde la cálida y fecunda India a la fría y sombría Inglaterra. Incluso la serie de La casa de la pradera, en que la familia Ingalls permanece intacta y razonablemente satisfecha a lo largo de sucesivas mudanzas desde los bosques a las praderas y desde las cañadas al lago, va siendo progresivamente menos idílica en cada entrega. Lo más descorazonador de todo son esos libros educativos, ilustrados con fotos de risueños encargados de mudanzas, que ensalzan las alegrías de dejar a tus amigos y comenzar en una nueva escuela. Es posible adivinar que el autor miente porque por regla general el siguiente volumen de la serie tiene un título como ¡Qué divertido es que te saquen las amígdalas!
Y cuando nos hacemos mayores, ¿qué es lo que leemos? Martin Chuzzlewitt, en la que el joven Martin se muda a América, cae enfermo y pierde todo su dinero a manos de un estafador; Main Street [la novela de Sinclair Lewis], en la que Carol Kennicott se traslada a Gopher Prarie y se ve sofocada por el provincialismo de la pequeña ciudad; Las uvas de la ira, en la que los Joad se mudan a California y... ya conocen el resto. Desde el nacimiento a la edad adulta, nuestras vidas son un viaje que nos aleja del Edén. Y, puesto que concuerda con nuestra trayectoria vital, esa es la única dirección en que puede viajar el camión de mudanzas de la literatura."
 
 
  
(Aprovecho para confesar que las dos novelas de Frances Hodgson Burnett fueron unas de mis lecturas de infancia preferidas. Después de leer el ensayo de Fadiman, entiendo mejor aún el atractivo que ejercían sobre mí: crecer es un largo viaje desde el paraíso original hacia tierras más inhóspitas, sin duda.)
 

martes, 4 de junio de 2013

DESFASES TEMPORALES

Cuando leí La Femme de trente ans -decididamente, no una de las mejores novelas de Balzac, es justo advertirlo- uno de los aspectos que más me chocó fue que el autor consideraba que su protagonista, a esa edad, ya era una mujer con un amplio bagaje de experiencias vitales, desengañada del amor y casi de todo lo demás. Generalizando sin rubor, el escritor francés emite su opinión sobre las mujeres en la treintena: Les femmes connaissent alors tout le prix de l’amour et en jouissent avec la crainte de le perdre : alors leur âme est encore belle de la jeunesse qui les abandonne, et leur passion va se renforçant toujours d’un avenir qui les effraie. (La mujeres conocen a esa edad todo el precio del amor, y gozan de él con el temor de perderlo: en esos momentos su alma aún está embellecida por la juventud que las abandona, y su pasión se ve fortalecida por un futuro que las espanta.) Visto desde la perspectiva actual, es inevitable tener la impresión de que está exagerando. Pero es que hoy en día a los treinta años muchos jóvenes no han arrancado siquiera a volar por sí mismos, cómodamente instalados en casa de sus padres. ¿Acaso sufren porque la juventud que les abandona? Nada de eso: parece que hoy ser joven es un estado que se prolonga casi más allá de las primeras canas, para dar paso luego a una edad adulta que debe llegar hasta el andador antes de que se le pueda llamar vejez.
No hace tanto, los mejores años, los más llenos de novedades y empresas vitales, eran los de la adolescencia. Y la niñez acababa pronto, muy pronto: a los  doce o trece años, uno ya estaba listo para lidiar con el mundo. La literatura, por supuesto, refleja este estado de cosas.  Sólo que a menudo leemos las novelas de antaño con ojos de hoy, y apenas podemos creer que sus protagonistas sean tan jóvenes. Uno de los casos más flagrantes, por supuesto, es LA historia de amor por excelencia: la Julieta de Shakespeare tiene sólo trece años, mientras que Romeo es algo mayor, aunque no mucho. (El drama no llega a especificarlo, pero se supone que rondará los 18 o 19.) ¡En un contexto actual, los problemas de Romeo vendrían por el lado de la perversión de menores, más que por el de la rivalidad familiar! Pero esa especie de desfase temporal no lo advertimos sólo en protagonistas muy jóvenes. También los adultos parecen envejecer a velocidad vertiginosa. Como Sherlock Holmes. Cuando la BBC presentó su modernización de las historias escritas por Conan Doyle, la estupenda serie Sherlock, protagonizada en la pequeña pantalla por Benedict Cumberbatch (¡qué gran actor!), hay quien argumentó que era demasiado joven para el papel: señores, el Holmes original tenía 27 años en "Estudio en escarlata". Ciertamente, va envejeciendo a lo largo de sus aventuras -que no son pocas- y para cuando se acaban, en 1914, el autor nos dice que cuenta ya con 60 años. Pero Cumberbatch tenía 34 años durante la primera temporada de la serie. Si nos ponemos puristas, era demasiado mayor para el papel.
 
 
De este desfase temporal no se escapan tampoco los héroes del cómic. ¿Cuántos años le ponen a nuestro admirado Tintin? (y eso que el personaje fue creado en 1929, no hace tanto, pues). Según Hergé "unos 14 o 15, quizás 17". ¡Y el intrépido reportero viaja por todo el mundo e incluso pilota aviones, sin ningún problema!
Por último un ejemplo dickensiano, que no podía faltar; en Grandes esperanzas, Pip describe a Miss Havisham como "un esqueleto", y todas las representaciones gráficas que hay de ella la pintan como una anciana provecta. Pero si hacemos un rápido cálculo, la acción de la novela transcurre sólo 25 años después de que haya sido abandonada en el altar por el que debía ser su esposo. Teniendo en cuenta que en aquella época se casaban jóvenes, esto la sitúa más bien entre los cuarenta y pocos y los cincuenta años. O sea, no tan, tan vieja...
 
Margaret Leighton como Miss Havisham, en la versión de la BBC
de 1974
 

jueves, 21 de febrero de 2013

DESCENDIENTES DE ESCRITORES

Charles Darwin
"De casta le viene al galgo", "De tal palo, tal astilla"... mucho antes de la invención de la genética, la sabiduría popular ya reconocía la influencia de la herencia en la configuración del físico y del carácter o incluso del talento. Pero, ¿hasta qué punto? Ah, ahí nos meteríamos en un debate largo, complicado y posiblemente sin respuesta. Dejamos pues de lado -con toda la reverencia que merecen- a Darwin, Stephen Jay Gould y otros adalides de la influencia de los genes. La pregunta que hoy nos ocupa es, ¿se hereda el talento literario? Es decir, ¿los descendientes de un escritor tienen más posibilidades de ser escritores que los de un herrero, por poner un ejemplo? (Me pregunto si aún hay herreros, pero esa es otra cuestión...). Conocemos algunas insignes familias de músicos, sin ir más lejos la de los Bach; aunque el miembro más conocido de esta saga musical es Johann Sebastian, constituyeron una verdadera genealogía de músicos durante doscientos años, y entre ella se cuentan más de cincuenta de algún renombre. Pero si uno nace y se educa rodeado de música y músicos, y si casi antes de saber andar le ponen entre las manos un instrumento, se incrementan notablemente las posibilidades de que devenga, como mínimo, en un buen intérprete. La famosa teoría de las 10.000 horas de práctica de Malcolm Gladwell, ya saben. Una teoría que también tiene sus detractores, por otra parte. Si lo de las familias de músicos puede tener cierto respaldo, también lo tiene la teoría contraria. Que hay talentos innatos parece demostrado por historias como la del tenor Julián Gayarre, que se crió como un humilde pastor del Roncal  y no tuvo su primer contacto con la música hasta los quince años, en que se fugó tras una banda de música que pasaba por el pueblo, tal fue la fascinación que sintió ante esos sonidos. Sin embargo, seguro que contar con un apoyo familiar, si no con los genes, es de gran ayuda para sobresalir en cualquier disciplina. En el caso de la literatura, una biblioteca bien nutrida y un ambiente familiar literario no pueden ser perjudiciales. No obstante, si hacemos un repaso, no encontramos demasiados ejemplos de "familias de escritores":
Charles Dickens. Cuesta creer que los genes de ese coloso de las letras no produjesen alguna cosecha literaria. En realidad sí lo hicieron, aunque no muy florida. De sus hijos, dos escribieron alguna cosa, sin demasiado relieve; sólo un par de generaciones más allá tenemos a su biznieta, Monica Dickens (1915-1993), autora de numerosas novelas.


Harriet Beecher Stowe. La autora de la popularísima La cabaña del tío Tom cuenta entre su descendencia con otra escritora famosa, aunque en un género muy distinto: Patricia Cornwell, autora de exitosas novelas del género policiaco-forense.
Lev Tolstoi. La de los Tolstoi siempre fue una familia bastante aficionada a las letras. De los trece hijos del conde, sin embargo, ninguno salió novelista, aunque la vena literaria perduró en otras ramas de la familia, concretamente en la de Alexei Nikolaievich Tolstoi (1883-1945), que fue un popular autor de relatos de ciencia-ficción y otras novelas. Y, ya en nuestros días, está su biznieta Tatiana Tolstaya, una notable cuentista y escritora.
John Cheever: en este caso hay línea directa, pues sus dos hijos Benjamin y Susan Cheever, son escritores. El primero, periodista de renombre, ha publicado varias novelas. Susan es autora, además de novelas y memorias, de una biografía de su padre.

Susan Cheever
Alexandre Dumas. No podía faltar aquí este hermoso ejemplo de talento familiar. Me temo que el hecho de que padre e hijo llevasen el mismo nombre hace quie mucha gente confuanda al autor de El conde de Montecristo (el padre) con el de La dama de las camelias (el hijo).
Pero, sin necesidad de desplazarnos a otras latitudes, en nuestro país también tenemos alguna familia con pedigrí literario:
De entre los once hijos, de dos matrimonios, de Gonzalo Torrente Ballester hay un novelista, Gonzalo Torrente Malvido, y un historiador, Juan Pablo Torrente Sánchez-Guisande. Y, una generación más allá, el autor de Los gozos y las sombras puede jactarse de tener otro novelista en la familia, Marcos Giralt Torrente.
Carmen Laforet, una novelista que lamentablemente escribió muy poco, tiene una hija también novelista, Cristina Cerezales. Y, last but not least, Enric González -el periodista y autor de las imprescindibles Historias de Roma, de Londres y de Nueva York- es hijo de Francisco González Ledesma, el gran autor de novela negra.


No mucho, como ven. Parecería más bien que el talento literario  -que de todos modos es un bien escaso- no tiene una raíz genética. Aunque, dado que la vida del escritor no siempre es fácil -a veces tampoco lo es la convivencia con él- es posible que tener un escritor en casa no invite precisamente a sus vástagos a seguir sus pasos.

martes, 12 de febrero de 2013

DICKENS Y LOS SUCESOS VICTORIANOS


Gracias a la digitalización -y a la dedicación de un grupo de personas y entidades-, publicaciones de hace un siglo y medio, que sólo se encontraban en ciertas bibliotecas y aún así tenían el préstamo restringido, dada la fragilidad de su estado, están ahora al alcance de todos. Me refiero concretamente al proyecto de Dickens Journals Online, un hercúleo esfuerzo emprendido por la Universidad de Buckingham para digitalizar, transcribir e indexar toda la obra periodística de Dickens. Que es realmente voluminosa. Como ustedes saben, el hiperactivo Dickens no se conformó con escribir novelas, cuentos y alguna obra de teatro, amén de hacer exitosas giras de conferencias, sino que, a partir de 1850, se convirtió en el editor y uno de los principales articulistas de una serie de revistas periódicas que comenzaría con Household Words y terminaría con All the Year Round. Dickens, único responsable de la línea editorial de estas publicaciones, que supervisaba personalmente (da vértigo preguntarse cómo lograba hacer tantas cosas) se sirvió de este medio no sólo para serializar algunas de sus novelas -y las de otros autores, como Wilkie Collins o Elizabeth Gaskell- sino también para hacer campaña en favor de las mejoras en vivienda, educación y condiciones de trabajo que tan necesarias consideraba. Dickens se dirigía aquí no a los trabajadores, sino a la clase media, que era el público objetivo de estas revistas  (su precio no era precisamente barato). Para los estudiosos de Dickens, constituyen una especie de registro de las ideas políticas del autor, pues plasman sus opiniones en torno a una serie de aspectos como las clases sociales, el racismo, el género o el imperialismo.


Con tantas facilidades, y tantos materiales a nuestra disposición, es difícil resistirse a echarles un vistazo. Una primera zambullida en estos archivos ha dado sus frutos: la innegable huella dickensiana en la sección de sucesos de Household Words. No hay que olvidar que estas publicaciones no eran estrictamente literarias, sino que pretendían reflejar también la actualidad sobre temas muy diversos. Y, cómo no, contaban con una detallada sección de sucesos. Algunas de estas reseñas se leen como verdaderas novelas dickensianas en miniatura. Vean por ejemplo el relato de las circunstancias que precedieron al homicidio de una mujer por su esposo:

"El prisionero [se trata del acusado] y su mujer vivían en una habitación situada en el piso más alto de una casa de Russell Square; pero pasaban grandes privaciones debido a que él estaba sin empleo y a su afición por la bebida. Discutían a menudo y el 6 de diciembre, ellos dos y Mary Ann Coney, hermana de su mujer, estaban tomando un desayuno procurado gracias a seis peniques que les habían prestado, cuando el prisionero le lanzó un epíteto malsonante a su esposa. Ella respondió que, si merecía tal nombre, él estaba comiendo el producto de la conducta que la hacía merecedora de él, a lo que él le arrojó una cucharada de té caliente a la cara y ella a cambio le tiró por encima una taza entera."

Una escena digna de una obra de teatro. El artículo continúa, explicando con todo detalle las circunstancias que condujeron a la posterior paliza que el acusado infligió a su mujer, a consecuencia de la cual ésta cayó y se golpeó la cabeza, una herida que le causaría la muerte. Violencia de género, le llamaríamos ahora. A pesar de que la defensa adujo que el hombre había sufrido una "grave provocación" debido a los hábitos de suciedad y pereza de la esposa, salió condenado. Claro que la pena fueron sólo dos meses de reclusión.
Ese mismo número nos relata el asalto de una criada por parte de su señor. La grave herida que le produjo tuvo como consecuencia una multa de cinco libras. Y está asimismo la estremecedora historia de la criada, madre de un hijo bastardo, que tras hacer durante varios años ímprobos esfuerzos por pagar su manutención a la pareja que lo cuida -hay ahí un eco clarísimo de la Fantine de Los Miserables, Victor Hugo no inventaba nada-, cuando se lo devuelven (se le había acabado el dinero) opta por matarlo y enviarle el cadáver por correo a su hermana, para que ésta le dé cristiana sepultura.


Salta a la vista que con sus crónicas de sucesos -que ponen el acento en las terribles condiciones en que viven los más pobres y débiles, más que en los delitos que estos puedan haber cometido- Dickens hace no sólo una radiografía de de su época, sino también una claro alegato por una sociedad mejor. Inevitable pensar que nos haría mucha falta un Dickens capaz de despertar conciencias y denunciar abusos con tanta efectividad.