John F. Peto

John F. Peto
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domingo, 28 de abril de 2024

LIBROS QUE PERMANECEN

Ilustración de Jonathan Wolstenholme

A menudo me han preguntado si no me gustaría montar mi propia editorial, una pregunta que probablemente nos han hecho a la mayoría de las personas que hemos pasado nuestra vida profesional entre libros. La respuesta siempre ha sido un no rotundo; conozco demasiado bien lo que implica tener una editorial, que va mucho más allá de esa visión idílica de "así podrías publicar lo que quieras": bregar constantemente con distribuidores, imprentas, calendarios, devoluciones, preparar ferias, ocuparse de la promoción, contentar a autores y colaboradores... Si encima eres la propietaria,  tienes que ocuparte de la cuenta de resultados, de negociar con los bancos y de pagar las facturas. Una pesadilla. Se acaba haciendo casi de todo menos disfrutar de la lectura, que es a lo que en realidad aspira una. 
De hecho, pensándolo bien, casi lo único que me ilusionaría es montar una revista como la británica Slightly Foxed, una publicación trimestral (una periodicidad muy civilizada) que se ocupa casi exclusivamente de hablar de libros más o menos olvidados, o simplemente pasados de moda, que -a juicio de sus editores, y de sus colaboradores- merecen ser (más) leídos. La revista me gusta por muchos motivos: por su agradable papel de color ahuesado, su tipo de letra clásico y sus folios elzevirianos; por su formato manejable, similar al de un libro; por las ilustraciones de cubierta, encargadas a diferentes artistas, que suelen contener un guiño al título (más sobre esto a continuación); por sus colaboradores, que no son articulistas conocidos, sino lectores entusiastas (que, además, por supuesto, son capaces de escribir bien y transmitir su entusiasmo); y, sobre todo, por el eclecticismo de su selección, que abarca todos los siglos y todos los géneros. Tanto pueden recomendar El Paraíso perdido de John Milton como una novela detectivesca olvidada de los años cincuenta; un libro de viajes por Oriente de los años treinta como la correspondencia de un poeta inglés del romanticismo; un manual de economía doméstica de los años cincuenta como los diarios de un secretario de Churchill. 
Los propios editores definen su publicación como "poco pretenciosa y un tanto excéntrica". Lo mejor es que entre sus páginas lo mismo se pueden encontrar artículos sobre obras clásicas archiconocidas (pero, ay, no siempre todo lo leídas que deberían), como Jane Eyre o el gran ciclo novelístico de Proust, que un artículo sobre los placeres de leer un atlas, o sobre una obra para niños de esas que son igualmente placenteras para el lector adulto (y, créanme, la mayoría de los buenos libros infantiles lo son). En suma, una revista para lectores sin manías, para lectores todoterreno, capaces de interesarse por cualquier tema, siempre que esté bien plasmado. 
El título en sí ya es un especie de broma para iniciados: slightly foxed es el término que quienes tratan con libros de segunda mano emplean para indicar que el ejemplar presenta un papel un poco decolorado, con esas manchitas rojizas que proporcionan la humedad y el tiempo. O sea, que entender el título presupone que uno está acostumbrado a trastear entre libros viejos. Pero, como fox es zorro en inglés, los editores llevan la broma más allá y suelen incluir alguno de estos animalillos, más o menos disimulado, en la cubierta. Vean algunos ejemplos:




Otra cosa que me encanta de esta revista dedicada a recuperar viejos libros para nuevos lectores es que sus números atrasados pueden seguir adquiriéndose durante muchos tiempo; años, de hecho. Los libros no tienen fecha de caducidad; la revista, tampoco. Predican con el ejemplo. De vez en cuando, buceo en su web y me hago con unos cuantos ejemplares, de años y estaciones diversos. A veces, porque alguna de las obras que reseñan me llama la atención; otras, simplemente porque me gusta la cubierta. En cualquier caso, estoy segura de que el contenido será interesante. Ignoro si la revista es un buen negocio. Sin duda no debe de haber sido tarea fácil mantenerla a flote durante tanto tiempo (lleva más de veinte años en la brecha), por lo que complementan sus actividades con la edición, bellamente encuadernada en tela, de algunas de las obras que recuperan en sus páginas, sobre todo memorias. Y, conscientes de que muchos de los libros que ensalzan no están en el mercado, se brindan a conseguir ejemplares de segunda mano al lector que lo desee. Últimamente -porque, aunque hablan de libros viejos, están al día- han inaugurado un podcast, tan simpático e inteligente como la revista.

Así de bonitos lucen los libros de Slightly Foxed

¿Sería posible una publicación así en nuestro país? Si hay que juzgar por la celeridad con que los libros recién publicados desaparecen de las librerías -para ser sustituidos por otras novedades igualmente efímeras, en una rueda infernal e imparable- y por la escasísima atención que los editores suelen prestar a su fondo, diría que no. Hacerse con un ejemplar de cualquier libro de ventas discretas que tenga más de dos o tres años de antigüedad es a menudo misión imposible. 
¿Qué libros me gustaría resucitar, en el hipotético e improbable caso de que existiese algo así en nuestras latitudes? Ah, como diría Kipling, eso es otra historia. 


miércoles, 19 de septiembre de 2018

LEER EN LIBRERÍAS


Creo que sólo en Inglaterra podría prosperar la idea -original, aunque a priori se diría descabellada- de publicar una revista (¡en papel, ¡en estos días!) dedicada a escribir acerca de libros olvidados que valen la pena, muchos de ellos agotados tiempo ha. Pero ahí está, el invento se llama Slightly Foxed (título precioso e intraducible, que alude a la condición algo rozada de los libros antiguos), se publica trimestralmente, y está a punto de llegar a su número 60 con buena salud. Catorce años, nada menos.
Para celebrarlo, me he hecho con varios números de su archivo histórico, que seleccioné en principio guiándome por aquellos cuyo índice prometía artículos sobre algún autor que me interesaba, pero que una vez leídos en su integridad han revelado muchos otros descubrimientos interesantes (era de esperar, no en vano es ese el objetivo de la revista). 
Entre ellos, he encontrado en el número 35 (otoño de 2012) un divertido artículo de Oliver Pritchett dedicado al arte de husmear, es decir, a qué se debe hacer y qué no en cuanto a reglas de etiqueta cuando uno anda hurgando por librerías. Comoquiera que sé que mis amables lectores suelen formar parte del gremio de husmeadores librescos, me he permitido compartirlo con ustedes. 
Ante todo, en esa situación lo primero es recordar siempre que, como husmeador, uno forma parte del ambiente general de la librería (de hecho, añado yo, las librerías deberían tener siempre en nómina a unos cuantos de estos husmeadores, que prestan vida a su establecimiento y evitan la inquietante sensación de vacío: nadie quiere comprar en una librería en la que no hay nadie escudriñando lomos u hojeando libros). Pritchett distingue dos posibles posturas para dedicarse a esta amena actividad: la Despreocupada y la Devocional. En la primera, uno apoya su peso sobre una de las piernas y se apoya decorativamente en, por ejemplo, la sección alfabética de Ficción extranjera, con el codo derecho descansando sobre un estante mientras sostiene el libro que está hojeando con la mano izquierda. En la postura Devocional, en cambio, uno permanece de pie, sin apoyarse, sosteniendo el volumen con ambas manos, como si de un libro de oraciones se tratase. (No es propio de husmeadores con experiencia murmurar mientras se lee, eso denota poca pericia lectora o, tal vez, algún preocupante trastorno.)

Aquí, el husmeador retratado por Daniel Macklin

Una de las reglas a cumplir estrictamente es no sentarse nunca en el suelo, y menos rodeado de objetos como mochilas, bolsas del Corte Inglés o bolsas de patatas a medio comer. Recuerden que no estamos en un aeropuerto; en una librería que se precie, solo a los niños les está permitido sentarse en el suelo (a ser posible, en la sección infantil). 
El husmeador debe también mostrar cierta consideración hacia el propietario de la librería. Es decir, hay algunos límites en cuanto al tiempo que uno puede permanecer ahí hojeando (más bien, leyendo, seamos sinceros) un libro. Al fin y al cabo, se supone que su intención es catar la obra, no devorarla entera. Según Pritchett, el tiempo máximo tolerado para ficción sería de una hora y diez minutos, mientras que para no-ficción es de 44 minutos (desconozco cómo ha llegado a conclusión tan exacta, pero la daremos por buena; ignoro qué opinarán de ello los libreros). Si, como ocurre a veces, a pesar de haber husmeado largamente, uno decide no comprar nada, se sugiere que como acto de cortesía se adquiera al menos una postal o una libretita para tomar apuntes. En casos así, el colmo de la mala educación es llevarse alguno de los puntos de libro gratuitos que a veces se encuentran en el mostrador. 
Apunta nuestro autor que existen personajes que, igual que otros van de tapeo de bar en bar -él lo llama pub crawl, claro, pero así se entiende mejor- consiguen leerse novelas enteras a base de consumirlas por capítulos en diferentes librerías. Cae por su peso que, si uno se topa luego en el bar con uno de estos tipos humanos, sin duda muy leídos, no son de los que te invitan a una caña. 
Otra cosa que, definitivamente, no es de recibo, es utilizar la librería como uno haría con una biblioteca pública, es decir, emplear los diccionarios para consultar una duda puntual, o los libros de cocina para apuntarse subrepticiamente una receta (aquel pollo con especias exóticas con el que sin duda deslumbrará a los amigos que ha invitado el sábado). Aunque según cuenta Pritchett, algún filosófico librero le ha confesado que hay gente que le pregunta si le puede prestar un bolígrafo precisamente para eso. 
Pero desde el advenimiento de las librerías-café, las preguntas de etiqueta para husmeadores se multiplican: ¿es aceptable comerse una madalena mientras uno está enfrascado leyendo a Proust? ¿seguro que la tensión causada por el último Ian Rankin no va provocar que derrames el café sobre la página 49? A pesar de que los libreros suelen hacer gala de bastante tolerancia con los clientes que se llevan libros a la cafetería, aconsejaríamos a los husmeadores que pasen por caja antes de sentarse a degustar su capuccino acompañado de lectura. Piensa que al siguiente husmeador no le haría ninguna gracia encontrarse con los rastos grasientos de tu bocata de jamón en el ejemplar de Anna Karenina. 

(Ilustración: Robert Evans)
(Por cierto, sería mi sueño poder hacer una revista como Slightly Foxed, hablando de todos esos libros maravillosos que, inexplicablemente, han ido desapareciendo del mercado, para dejar paso a una marabunta de novedades en su mayoría insulsas. ¿Algún socio capitalista dispuesto a perder hasta las pestañas?) 

domingo, 5 de abril de 2015

LA CRÍTICA ÚTIL Y LA INÚTIL

 
Bernat Ruiz Domènech reflexionaba hace poco en su blog verba volant, scripta manent -de lectura obligada para los que se interesen por la evolución del mundo editorial- sobre el papel de los prescriptores literarios y, por extensión, de la crítica tradicional en estos tiempos. Es preciso coincidir con él en que la crítica "analógica", por emplear su misma terminología, esa que aparece en las páginas de los suplementos culturales de los periódicos o en las (pocas supervivientes) revistas literarias, ha perdido su influencia. Él apunta como uno de los motivos el compadreo y la servidumbre a los poderes que elegían a los críticos que copaban los medios de masas: "El mecanismo tenía tanto de político –pórtate bien con el escalafón y el escalafón se portará bien contigo– como de académico." Por mi parte, por más molesto que eso me pareciera, peor aún llevo el hecho de que esas críticas que se suponían tan profundas y bien informadas no me aportasen apenas nada. No sé cuánto tiempo hace que no me compro un libro obedeciendo a una crítica que haya leído en algún medio impreso. Al igual que me ocurre con muchas críticas de cine -de las que sospecho que padecen un mal similar-, cada vez que confrontaba lo leído en ellas con el producto real, me sentía estafada; y viceversa, a menudo cuando he ido a ver una película despachada de cualquier manera -o declaradamente ignorada- por la crítica al uso, me he encontrado con una pequeña joya que me hubiese perdido de no haber ignorado sus advertencias.
 
W. H. Auden
 
 
W. H. Auden, que había ejercido también la crítica literaria, define muy bien lo que uno debe esperar de ella:
"¿Cuál es la función de un crítico? En lo que a mí respecta, puede prestarme uno o más de los siguientes servicios:
1) Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.
2) Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado. 
3) Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
4) Ofrecerme una "lectura" de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.
5) Arrojar luz sobre el proceso del "hacer" artístico.
6) Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etc." (1)
 
De la lectura de una crítica que cumpla algunos de estos puntos se sale sin duda más informado y más sabio. Puede que luego uno discrepe con alguna de las opiniones vertidas por el crítico, pero será una discrepancia fundada en los argumentos que este haya aportado. Sin embargo, demasiado a menudo los críticos literarios ejercen como mucho de reseñistas: se limitan a hacer un resumen de la obra y a elogiar dos o tres rasgos muy generales -sin aportar prueba ninguna-, que igual podrían servir para cualquier otro libro; como mucho, comparan esta nueva obra con alguna anterior del mismo autor para lamentar que no esté a la altura de su predecesora o para ensalzar el avance que supone en la trayectoria del escritor. Total, que cuando uno ha terminado de leer ese artículo, apenas sabe más que si hubiese repasado el texto de contra que proporciona el editor.
No es tanto un problema de medios impresos o medios digitales, sino de la calidad del contenido. La buena crítica literaria puede ser infinitamente aguda y enriquecedora; yo leo con deleite muchos de los artículos de The New York Review of Books, de los que siempre aprendo algo. La mala, simplemente no es crítica.   
 
(1) Fragmento tomado del libro El arte de leer, publicado por Lumen.

  

jueves, 19 de diciembre de 2013

HUMOR NAVIDEÑO Y NEOYORQUINO

Antes de desaparecer unos días del universo bloguero para entregarme a inevitables actividades navideñas como enviar felicitaciones, empaquetar regalos y preparar copiosas comidas para un número mayor de comensales del que desearía, quiero intentar alegrarles las fiestas con un poco de humor navideño. La revista The New Yorker es justamente famosa por la cantidad y calidad de sus viñetas humorísticas. De hecho, cuando apareció, en 1925, era una revista humorística: "Los jóvenes neoyorquinos estaban hambrientos de cultura, pero no de la cultura seria y solemne del siglo XIX. El humor representaba una rebelión, y una liberación. Si eras un genio, lo demostrabas siendo divertido". Dan testimonio de que a lo largo de los años han sido capaces de no perder el sentido del humor estas viñetas con las que les deseo a todos unas muy felices (y, a ser posible, divertidas) Navidades.  (Comprenderán que no he podido evitar que alguna de ellas tenga elementos literarios además de los propios de la estación.)

Edgar Allan Poe devuelve un regalo de Navidad:
"Sólo sabe una palabra"

Isla de Pascua

"Permítame que le refresque la memoria. Era la noche antes de Navidad y
en toda la casa no se movía ni un alma hasta que usted hizo aterrizar
un trineo, tirado por renos, sobe el hogar del demandante,
causando numeroso daños en el tejado y la chimenea."

"¡Cámara! ¡Acción! ¡Navidad!"

[Si han quedado con ganas de ver más humor neoyorquino y de paso quieren hacer o hacerse un regalo que arrancará sonrisas, Libros del Asteroide ha publicado dos recopilaciones temáticas de viñetas de esta revista: El dinero en The New Yorker y La oficina en The New Yorker.]

martes, 12 de febrero de 2013

DICKENS Y LOS SUCESOS VICTORIANOS


Gracias a la digitalización -y a la dedicación de un grupo de personas y entidades-, publicaciones de hace un siglo y medio, que sólo se encontraban en ciertas bibliotecas y aún así tenían el préstamo restringido, dada la fragilidad de su estado, están ahora al alcance de todos. Me refiero concretamente al proyecto de Dickens Journals Online, un hercúleo esfuerzo emprendido por la Universidad de Buckingham para digitalizar, transcribir e indexar toda la obra periodística de Dickens. Que es realmente voluminosa. Como ustedes saben, el hiperactivo Dickens no se conformó con escribir novelas, cuentos y alguna obra de teatro, amén de hacer exitosas giras de conferencias, sino que, a partir de 1850, se convirtió en el editor y uno de los principales articulistas de una serie de revistas periódicas que comenzaría con Household Words y terminaría con All the Year Round. Dickens, único responsable de la línea editorial de estas publicaciones, que supervisaba personalmente (da vértigo preguntarse cómo lograba hacer tantas cosas) se sirvió de este medio no sólo para serializar algunas de sus novelas -y las de otros autores, como Wilkie Collins o Elizabeth Gaskell- sino también para hacer campaña en favor de las mejoras en vivienda, educación y condiciones de trabajo que tan necesarias consideraba. Dickens se dirigía aquí no a los trabajadores, sino a la clase media, que era el público objetivo de estas revistas  (su precio no era precisamente barato). Para los estudiosos de Dickens, constituyen una especie de registro de las ideas políticas del autor, pues plasman sus opiniones en torno a una serie de aspectos como las clases sociales, el racismo, el género o el imperialismo.


Con tantas facilidades, y tantos materiales a nuestra disposición, es difícil resistirse a echarles un vistazo. Una primera zambullida en estos archivos ha dado sus frutos: la innegable huella dickensiana en la sección de sucesos de Household Words. No hay que olvidar que estas publicaciones no eran estrictamente literarias, sino que pretendían reflejar también la actualidad sobre temas muy diversos. Y, cómo no, contaban con una detallada sección de sucesos. Algunas de estas reseñas se leen como verdaderas novelas dickensianas en miniatura. Vean por ejemplo el relato de las circunstancias que precedieron al homicidio de una mujer por su esposo:

"El prisionero [se trata del acusado] y su mujer vivían en una habitación situada en el piso más alto de una casa de Russell Square; pero pasaban grandes privaciones debido a que él estaba sin empleo y a su afición por la bebida. Discutían a menudo y el 6 de diciembre, ellos dos y Mary Ann Coney, hermana de su mujer, estaban tomando un desayuno procurado gracias a seis peniques que les habían prestado, cuando el prisionero le lanzó un epíteto malsonante a su esposa. Ella respondió que, si merecía tal nombre, él estaba comiendo el producto de la conducta que la hacía merecedora de él, a lo que él le arrojó una cucharada de té caliente a la cara y ella a cambio le tiró por encima una taza entera."

Una escena digna de una obra de teatro. El artículo continúa, explicando con todo detalle las circunstancias que condujeron a la posterior paliza que el acusado infligió a su mujer, a consecuencia de la cual ésta cayó y se golpeó la cabeza, una herida que le causaría la muerte. Violencia de género, le llamaríamos ahora. A pesar de que la defensa adujo que el hombre había sufrido una "grave provocación" debido a los hábitos de suciedad y pereza de la esposa, salió condenado. Claro que la pena fueron sólo dos meses de reclusión.
Ese mismo número nos relata el asalto de una criada por parte de su señor. La grave herida que le produjo tuvo como consecuencia una multa de cinco libras. Y está asimismo la estremecedora historia de la criada, madre de un hijo bastardo, que tras hacer durante varios años ímprobos esfuerzos por pagar su manutención a la pareja que lo cuida -hay ahí un eco clarísimo de la Fantine de Los Miserables, Victor Hugo no inventaba nada-, cuando se lo devuelven (se le había acabado el dinero) opta por matarlo y enviarle el cadáver por correo a su hermana, para que ésta le dé cristiana sepultura.


Salta a la vista que con sus crónicas de sucesos -que ponen el acento en las terribles condiciones en que viven los más pobres y débiles, más que en los delitos que estos puedan haber cometido- Dickens hace no sólo una radiografía de de su época, sino también una claro alegato por una sociedad mejor. Inevitable pensar que nos haría mucha falta un Dickens capaz de despertar conciencias y denunciar abusos con tanta efectividad.

jueves, 8 de diciembre de 2011

DICKENS Y LO SOBRENATURAL

Probablemente dentro de cien años los estudiosos de la literatura se sorprenderán de la repentina  afición por los libros de vampiros y de zombis que, al menos durante algunos años -imagino que la moda remitirá, pero a día de hoy veo indicios de ello-, llenaron nuestras estanterías y nuestras pantallas de sangre y casquería. A buen seguro les parecerá casi tan rara como la afición por los espíritus y el más allá que se hizo tan popular durante el XIX, y que movilizó  a favor y en contra a la mayoría de personalidades literarias del momento. Conan Doyle fue uno de ellos, y muy activo por cierto. Pero también Dickens -siempre tan interesado por todas las novedades- se vio envuelto en la "ola de mesmerismo" que hacía furor en la sociedad británica del momento y se interesó tanto por el magnetismo animal como por la psicología, una ciencia entonces en su infancia. Estrictamente, Dickens no creía en lo sobrenatural y prefería atribuir las apariciones y otros fenómenos paranormales a causas físicas o psicológicas. En 1858 escribió un artículo satírico en su revista Household Words, titulado "Well Authenticated Rappings" en el que la voz que el narrador oye en su cabeza se debe a un espíritu, pero alcohólico en su caso: una vulgar resaca. Sin embargo, también supo reconocer que la ciencia no estaba en condiciones de dar una explicación a todos los fenómenos de este tipo. Y, con su infalible olfato para lo que interesaba y conmovía a los lectores, supo estimular en sus novelas y cuentos la afición por lo sobrenatural. Lugar destacado ocupan en este capítulo sus Cuentos de Navidad, en los que nunca faltan los fantasmas, que gozaron de una inmensa popularidad en su época y de los que se han hecho incontables ediciones, versiones y adaptaciones al teatro y a la pantalla. De hecho, el gran mérito de Dickens es haber trasladado la historia de fantasmas clásica desde los tétricos castillos de la novela gótica a la sala de estar del hogar victoriano.
En vísperas del Año Dickens (2012), la British Library ha inaugurado hace unos días una exposición que gira en torno a Charles Dickens y lo sobrenatural, donde, además de artículos, cartas y obras de este autor que tienen que ver con el tema se pueden ver ejemplares de The Terrific Register: or, records of crimes, judgements, providences and calamities, una revistilla sensacionalista que Dickens leía con delectación en su juventud y que se ocupaba de temas como asesinatos, fantasmas  o canibalismo. Sin duda, un estupendo acicate para la imaginación del futuro escritor.


 

jueves, 17 de noviembre de 2011

OMISIONES LITERARIAS

Un aspecto así debe tener mi particular
 "muro de la vergüenza" literario
Tantos libros y tan poco tiempo... Por más horas que le dediquemos, es humanamente imposible leer todo lo que se publica, qué digo, ni una centésima parte de lo que se publica, ni siquiera las novedades que reseñan los suplementos litearios, ni mucho menos los cientos de libros que recomiendan los blogs que uno sigue (a nada que sea mínimamente bloguero y activo, se entiende). Por este lado, podemos tener la conciencia tranquila: es una empresa imposible, ergo, no hace falta perder el sueño si nuestro ritmo de lectura no abarca tamaña vastedad de libros. Sin embargo, están esas obras selectas, esos clásicos indiscutibles, desde la Odisea al Ulises de Joyce, desde el Quijote hasta La montaña mágica, que se supone que toda persona culta debiera conocer. ¿O no? Pues no. Evidentemente, cada uno oculta las lagunas de su cultura literaria, avergonzado y convencido de que es el único que las tiene. Y todos los demás hacen lo mismo. En una de sus novelas más divertidas, Intercambios, David Lodge se sirve de ello para crear una hilarante escena en la que los profesores de un campus idean un juego de sociedad llamado "Humillación" que consiste en que cada uno revela el título de un clásico que no ha leído: al final, gana uno que afirma solemnemente que nunca ha leído Hamlet. A esta lista de "libros-que-hay-que-haber-leído" no leídos que cada cual guardamos en lo más profundo de nuestros desvanes se le ha dado en llamar últimamente "el muro de la vergüenza" o "el estante de la vergüenza". Para demostrar que todos, hasta los más cultos, tenemos uno, la revista Slate hizo una encuesta entre una serie de reputados críticos literarios. La verdad, me reconfortó enterarme de qué era lo que no habían leído: mi admirada Anne Fadiman intentó por tres veces leer Guerra y Paz, sin éxito; otros confiesan sus problemas con El hombre sin atributos, de Musil (que comparto, ¡un alivio, ya no hará falta que lo intente más, estoy en buena compañía!), con Moby Dick (ahí voy por delante, pero lo mío es trampa: la leí en una versión juvenil abreviada) o con el Ulises (conozco a tanta gente que no ha logrado terminarlo, que sospecho que lo que es una rareza es haberlo acabado; yo tampoco lo conseguí nunca). No voy a preguntar si alguno de ustedes no ha leído el Quijote, pero sí voy a revelar mi propio "estante de la vergüenza": nunca he leído En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Curiosamente, eso no me ha impedido entender lo que es el estilo proustiano. Pero que no salga de aquí. Lo que sí he leído es el libro de Pierre Bayard Cómo hablar de los libros que no se han leído. Por si las moscas.

miércoles, 30 de marzo de 2011

EL ARTE DEL RECHAZO

Excepcionalmente, esta entrada no la escribiré yo, sino que me limitaré a copiar parte de la información de lanzamiento del libro de Íñigo García Ureta Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial, publicado por Trama editorial  -los mismos que editan la imprescindible revista Trama & Texturas-. No he podido leer aún el libro, pero por las citas seleccionadas en su web y el extracto que copio a continuación, estoy segura de que proporcionará un panorama muy interesante de los entresijos del mundo editorial. Y es que, aunque resulte doloroso para el autor que lo sufre, el rechazo tiene mucho morbo, y hasta resulta divertido:

Diez curiosidades sobre el rechazo en el mundo anglosajón
1) ¿Todos somos rechazados? Sí, también los personajes de ficción. En 1982 una columna de Charles Schultz recogía una carta de rechazo dirigida a su personaje Snoopy en la que se leía lo siguiente: “Querido colaborador, gracias por enviarnos su trabajo. Por desgracia, lamentamos decirle que no se ajusta a nuestras necesidades actuales. Si alguna vez es así, tendremos problemas.”

2) ¿Es el rechazo un nuevo género literario? En efecto: la estadounidense Cathy Wald, autora de varios libros de no ficción, acumuló tantas negativas a la hora de intentar publicar su primera novela que decidió crear una página web [rejectioncollection.com] donde colgarlas. Tuvo éxito, tanto que logró involucrar a veintitrés autores (Bret Easton Ellis, Amy Tan o Arthur Golden, entre ellos) en un nuevo libro sobre el rechazo. Este libro también fue rechazado en un principio.

3) ¿Hay premios para el rechazo? Algo por el estilo: un blog dedicado exclusivamente al fenómeno del rechazo editorial ofrece anualmente los premios GAK [Golden Apple of Kindness, o a la manzana dorada de la cortesía] a editores y autores que tratan el tema del rechazo. (Habida cuenta de que una manzana dorada desencadenó la guerra de Troya, no les falta el humor.) Asimismo, la revista The Rejected Quarterly —de la que hablaremos un poquito más adelante— posee una sección llamada “The Art of Rejection” en la que sus editores diseccionan las virtudes de algunas cartas de rechazo que consideran clásicos del género. En sus propias palabras:

Todos conocemos editores que se han propuesto y logrado grandes cosas en el ámbito de la ficción (…) pero hay también escritores que merecen nuestro reconocimiento por la dedicación y entrega que ponen al escribir sus cartas de rechazo, aunque lo que escriban no sea, en sentido estricto, ficción.

4) ¿Existe la justicia poética? De existir, tiene este aspecto: Louis Zukofsky, padre del Objetivismo, incluyó en A, su largo poema de más de ochocientas páginas, una carta de rechazo de una publicación económica china, que dice:

Estimado señor,
Hemos examinado su manuscrito con un deleite ilimitado. Y nos atrevemos a jurar por nuestros antepasados que jamás hemos leído otra pieza que iguale su maestría. De aceptar su obra, nos sería literalmente imposible publicar ninguna otra que no esté a su altura y, dado que podemos imaginar que exista en los próximos diez mil años otra que alcance tan altas metas, debemos, para nuestra desgracia, rechazar su divino trabajo y disculparnos mil veces por nuestro apocamiento.

5) ¿Es el rechazo una actividad solitaria? No, para nada. Por ejemplo, para el envío del manuscrito de Tiempo de matar, John Grisham precisó la ayuda de su secretaria. Entre ambos hicieron dos listas con treinta nombres y direcciones en cada una: la primera para editores; la segunda para agentes literarios. Entonces pasó a la secretaria un paquete con una carta de presentación, un resumen del libro y los tres primeros capítulos, que ella copió diez veces y despachó a los cinco primeros nombres de cada lista. Cada rechazo posterior implicó un nombre tachado, una carta que Grisham leía durante el fin de semana camino de la oficina y un nuevo envío al siguiente nombre de la lista. Los primeros doce editores y doce agentes lo rechazaron. Y luego tres agentes llamaron a su puerta.

6) ¿Ayuda la autoayuda con el rechazo? Bueno, la autoayuda a veces no es suficiente. O al menos eso debieron pensar Jack Canfield y Mark Victor Hansen, autores de Sopa de pollo para el alma, que antes de entrar en las listas de Los Más Vendidos de The New York Times, crear una serie con 32 libros y superar los ochenta millones de copias vendidas en 39 lenguas, fue rechazado por 123 editoriales. Al final lo editó Health Communications, una pequeña editorial de Florida que entonces estaba de capa caída, especializada en libros para la recuperación del alcoholismo, la drogadicción y la codependencia. Cuenta Jack Canfield,

No hubo anticipo. Cuando les comentamos que queríamos vender 150.000 ejemplares para navidades se rieron de nosotros. Y nosotros dijimos, “Vale, veamos qué sucede.” Y resulta que vendimos 135.000 ejemplares (…). Y creo que de ese título llevan ya ocho millones de ejemplares impresos.

7) ¿Quién tiene el record? Aquí existe una pequeña controversia. La edición de 1988 del Libro Guiness de los Records recogía que el inglés William E. E. Owens había documentado el mayor número (137) de rechazos por parte de editoriales para su manuscrito One Man Versus the Establishment. Sin embargo, ¿qué pensar entonces de la montaña de notas de rechazo que acumuló William Saroyan y que al parecer medía más de setenta centímetros? (Por cierto, Saroyan también rechazó: cuando en 1940 le quisieron dar el Pulitzer por su obra de teatro El momento de tu vida, les dijo que no estaba interesado porque al negocio no le compete juzgar el arte.)

8) ¿Hay quien ha dedicado su libro a quienes le rechazaron? Así es. El poeta y pintor ee cummins tenía una colección de poemas titulada 70 Poems, que fue rechazada por varias editoriales. Cummins, harto de ser rechazado, pidió prestados trescientos dólares a su madre y en julio de 1935 publicó el libro con el título de No Thanks. En su dedicatoria se lee:

No gracias a: Farrar & Rinehart, Simon & Schuster, Coward–McCann, Limited Editions, Harcourt, Brace, Random-House, Equinox Press, Smith & Haas, Viking Press, Knopf, Dutton, Harper's, Scribner's, Covici-Friede.

9) ¿Cuál es la historia de rechazo más famosa en un título? De creer la leyenda, la de El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, en la que por cierto no sale ningún cartero. Al parecer, en una ocasión Cain escuchó al guionista y dramaturgo Vincent Lawrence hablar sobre la ansiedad que le provocaba esperar la llegada del cartero cuando temía una respuesta negativa sobre un texto enviado, y cómo siempre sabía que se trataba del cartero porque éste invariablemente llamaba dos veces seguidas. A Cain le pareció que se trataba de un título fantástico.

10) ¿Qué provecho práctico le sacan los escritores anglosajones a sus rechazos editoriales? Citemos cuatro ejemplos: a) El escritor Lee Pennington empapeló las cuatro paredes de su habitación con negativas de revistas, algunas de las cuales le acusaban de haber escrito el peor poema de la lengua inglesa; b) la poeta Muriel Rukeyser forró por dentro y por fuera su papelera con cartas de rechazo; c) en EEUU existen empresas dedicadas a convertir las cartas de rechazo en rollos de papel higiénico, tanto en blanco y negro como en color, y sus precios varían entre los 12 y los 2,86 dólares, dependiendo del pedido (el precio de 2,86 dólares es para un pedido de al menos 4.800 rollos). Y d) según Saul Bellow los rechazos “no son malos. Enseñan al escritor a fiarse de su propio juicio y a decir, con el corazón en un puño, ‘¡Iros al infierno!’”

lunes, 28 de junio de 2010

MÁS SOBRE TÍTULOS: EXTRAVAGANCIAS

Cualquier bibliotecario o editor acostumbrado a repasar bibliografías y catálogos puede dar fe de la abundancia de títulos raros que existen. Los ingleses, con su conocida debilidad por lo excéntrico y su infalible sentido del humor, han llegado a crear un premio anual al título más raro [Oddest Book Title of the Year], que cuenta con el patrocinio de la revista The Bookseller y se otorga desde 1978. Los títulos son propuestos por libreros, editores y bibliotecarios de todo el mundo y, desde hace unos años, los ganadores se pueden votar por Internet a partir de una lista seleccionada por los organizadores. Entre ellos no suelen haber novelas -los novelistas en general prefieren títulos que no despisten al lector, aunque hay algunas excepciones notorias, me viene a la memoria el caso de Amélie Nothomb, quien con un título como Metafísica de los tubos podría perfectamente haber optado al premio-, pero lo cierto es que la mayoría de estos extraños títulos corresponden a obras académicas o especializadas, y su extrañeza se debe a que se refieren a disciplinas poco familiares para el lector común. Aún así, hay que reconocer la comicidad de algunos de los propuestos. Citaré sólo unos cuantos de los pertenecientes a la lista de este año (la traducción es mía, que yo sepa ninguno de ellos se ha publicado en español... todavía):
-The Stray Shopping Carts of Eastern North America: A Guide to Field Identification [Carritos de compra perdidos de Norteamérica Oriental: Una guía de campo para su identificación].
-Afterthoughts of a Worm Hunter [Meditaciones de un cazador de gusanos].
-Collectible Spoons of the Third Reich [Cucharas de colección del Tercer Reich]-Este último es, efectivamente, un catálogo de cucharas de colección de esa época; aquí, me temo que lo raro no es el título, sino la actividad que describe.
-Governing Lethal Behaviour in Autonomous Robots [Gobernar el comportamiento letal en robots autónomos]-Lamentablemente, se trata de una obra técnica; hubiera sido un título estupendo para una obra de ciencia-ficción.
Aunque, para mí, el mejor es sin duda el ganador del año pasado: People Who Don't Know They Are Dead: How They Attach Themselves to Unsuspecting Bystanders and What to Do About It [Gente que no sabe que está muerta: Cómo se aferran a espectadores inocentes y qué hacer al respecto]. Apenas puedo contener las ganas de comprarme un ejemplar.

jueves, 10 de junio de 2010

DICKENS Y EL FOLLETÍN

Decididamente, en la red hay verdaderos tesoros. Que muchas veces se encuentran por pura casualidad, porque una cosa lleva a la otra, y ésta a una tercera y, así, encadenados como las cerezas, van saliendo a la luz. Una de estas concatenaciones me ha llevado recientemente a descubrir una interesante faceta de las obras de Dickens. Como todos saben, la mayoría de sus obras aparecieron por entregas -como las de tantos de sus ilustres contemporáneos, y también las de otros muchos menos ilustres de los que ya nadie se acuerda-, en revistas por lo general de periodicidad semanal. Descontento con el trato que recibía de sus editores, el éxito de Dickens le permitió dirigir, entre 1850 y 1859, su propia revista, Household Words. Dickens se implicó a fondo en todos los aspectos de esta revista, donde además de sus novelas se publicaban artículos sobre temas diversos de interés general, y es sabido que a menudo cortaba o editaba los textos de sus colaboradores. Cada número, además del "plato fuerte", que era la nueva entrega de la novela dickensiana de turno, contenía una serie de artículos, cuyo contenido como es natural decidía el propio Dickens. Lo que no es tan sabido es que parte de ellos completaban o ampliaban algunos aspectos de la novela que tuviera entre manos que él no podía o no quería tratar en su narración. Puesto que en la actualidad sólo podemos acceder a las novelas de Dickens en forma de libro, esta es una faceta que resulta desconocida excepto para los expertos y aquellos con acceso a bibliotecas especializadas. Sin embargo, he dado con un interesante proyecto, puesto en marcha por una universidad americana, que consiste en digitalizar todos los números de Household Words en que se publicó la novela Tiempos difíciles y ponerlos en la red. El objetivo inicial era dar pie a que los alumnos comentasen la relación entre ambos textos, pero gracias a internet todos podemos gozar de esta revista tal como les llegaba a los primeros lectores de Dickens. Es inevitable preguntarse qué se habrá hecho de las revistas donde Galdós, por ejemplo, publicaba sus novelas, y en qué medida los artículos que acompañaban a cada entrega arrojarían luz sobre las circunstancias de su creación.

lunes, 10 de mayo de 2010

EL HOMBRE QUE CONFUNDIÓ A SU GATA CON SU MUJER

Aunque no trata propiamente sobre libros, no quiero dejar de comentar aquí el divertido y también excéntrico artículo de Jenny Diski en el último número de la London Review of Books. Jenny Diski es una excelente escritora y articulista -lamentablemente poco conocida en España- cuya última novela gira en torno a la relación entre Montaigne y la joven Marie de Gournay, quien se convertiría en la editora de los ensayos del escritor a su muerte. Un tema fascinante para todos los que amamos a Montaigne, pero no va de esto el artículo que nos ocupa, sino sobre la noticia de un ciudadano alemán que ha contraído matrimonio con su gata, de nombre Cecilia. A partir de esta anécdota, Diski hilvana una serie de reflexiones punzantes sobre esta institución -"no es obvio que el acto del matrimonio asegure o garantice el amor en una o en ambas direcciones", "en algunos casos, el matrimonio es un último y desesperado intento de negarse a reconocer que una relación está acabada"-, para concluir que probablemente la gata hubiera apreciado más otra forma de reconocimiento (un ratón, por ejemplo). De ahí pasa a las reflexiones derivadas de la afirmación de Stephen Hawking de que sin duda hay civilizaciones extraterrestres, pero es preferible no intentar entrar en contacto en ellos, ya que sin duda saldríamos perdiendo. Una lógica, dice, basada seguramente más en lo que Hawking conoce de los humanos que en lo que sabe de los extraterrestres. ¿Qué atractivo podríamos tener nosotros para una civilización más avanzada? Quizás, como la pobre Cecilia, convertirnos en sus mascotas.
Y mi agradecimiento a ese gran escritor, Oliver Sacks, autor entre otros muchos textos memorables de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, por facilitarme el título de esta entrada.