John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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viernes, 9 de febrero de 2024

DINOSAURIOS Y OTRAS CURIOSIDADES

Como le ha ocurrido a tanta gente, hubo una época en que viví fascinada por los dinosaurios. No sé bien si oí hablar de ellos por vez primera en la serie Los Picapiedra, con sus simpáticos dinosaurios domesticados -recuerdo bien uno que hacía las veces de aspirador- o si ya antes estos seres de fábula habían hecho irrupción en mi vida, quizás a través de enciclopedias o de algunas de aquellas series de cromos que aspiraban a convertirnos a todos los niños en coleccionistas. 


En cualquier caso, eran unos seres míticos: tan extraños, tan grandes y, sobre todo, tan extintos. Unas características que les conferían, al menos en mi imaginario, un aura casi mágica. Hasta llegué a aprenderme muchos de sus complicados nombres científicos, que eran ya de por sí evocadores: Triceratops, Iguanodonte, Diplodocus, Arqueopteryx, Tiranosaurios. Sigo acordándome de estos y muchos más.  

Aunque mi interés infantil por estos animales se fue desvaneciendo, de vez en cuando estas criaturas  iban reapareciendo en mi radar. Ray Bradbury me regaló un cuento maravilloso, El ruido de un trueno, en el que un safari en el tiempo acaba francamente mal por culpa de un tiranosaurio (el cuento se publicó originalmente en 1952, aunque yo lo leí bastante más tarde en castellano). Después de eso, Jurassic Park me pareció bastante decepcionante. 

Luego, gracias a la novela de Tracy Chevalier Las huellas de la vida  supe de  la existencia de dos mujeres apasionadas por los fósiles que a principios del siglo XIX y descubrieron uno de los primeros ejemplares de ictiosaurio (esto era antes de Darwin, por lo que el mundo científico se inclinó a dudar de que un animal así hubiese existido). Por cierto que los victorianos -precursores en tantas cosas- sintieron una singular atracción por estos "grandes lagartos fósiles" y con motivo de la primera Exposición Universal, celebrada en Londres en 1851, construyeron unas enormes réplicas de dinosaurios, tan grandes que incluso se podía entrar en ellas y tomar el té dentro. Insuperable. 

      El Crystal Palace, sede de la Exposición, al fondo,
 y los gigantescos dinosaurios en primer plano. Toma parque temático.

Pero, aparte de estos atisbos de esas "criaturas extraordinarias" (así se titula en inglés la novela de Tracy Chevalier, Remarkable Creatures) yo seguía anclada en mis recuerdos de infancia sobre ellas e ignorante de los últimos avances de la paleontología. Por eso puedo decir que una de las cosas más extraordinarias que me han ocurrido últimamente es enterarme de que los pájaros son dinosaurios. Al principio, pensé que se referían a que las aves descienden de los dinosaurios. Al fin y al cabo, en esta larga cadena de la evolución, todos descendemos de casi todos. Error. Como he podido saber gracias a un interesante y para mí esclarecedor ciclo de conferencias de la Fundación Juan March, las aves son dinosaurios, los únicos de su especie que no se extinguieron y siguen presentes desde aquellas lejanas eras geológicas. Recomiendo encarecidamente que las vean si sienten algún interés por el tema.

Me gustan los pájaros, disfruto de sus trinos, de su vuelo, de su colorido. Pero reconozco que hay a veces algo inquietante en ellos (Daphne du Maurier y Hitchcock supieron traducirlo muy bien). A partir de ahora, creo que miraré a las palomas con otros ojos. ¡Dinosaurios!




miércoles, 3 de mayo de 2023

LA SEQUÍA, EL CLIMA Y LA FICCIÓN

 


"A unos cuatrocientos metros a la izquierda se abría la boca del río seco, el curso que había seguido diez años antes, para llegar a la playa. Miles de toneladas de arena y piedras sueltas que bajaban al lecho vacío desde las lomas adyacentes habían sepultado las orillas, ocultas también en parte por los trabajos de la cantera. (...) Del otro lado de la cantera se abría una concavidad entre las dunas, donde sobresalía el descolorido techo dorado de una casilla de una vieja feria de diversiones. El cobertizo de madera pintada a rayas colgaba sobre los caballos silenciosos del tiovivo, inmovilizados como unicornios en la espiral de los ejes." (J. G. Ballard, La sequía, 1965)

Este fin de semana llovió en mi ciudad. Al fin, después de más de dos meses sin que cayera ni una gota. Y de un invierno excepcionalmente seco. Estábamos cansados de mirar el cielo azul, implorando la aparición de alguna nube preñada de agua. Lamentablemente, la alegría fue efímera. Un par de chaparrones, y ha regresado la sequía. Contemplar los parques y sus plantas sedientas -no las riegan, dicen, para ahorrar agua; estoy segura de que las piscinas privadas de Pedralbes lucen perfectas-, las fuentes vacías, da dolor. Casi tanto como las fotos de los embalses medio secos, de los que han tenido que evacuar a los peces, que iban a morir por falta de oxígeno en el agua. Miedo me da pensar en el verano, que auguran será aún más tórrido que el anterior (y llevamos ya varios años batiendo récords de calor). La sensación inevitable es de hallarnos próximos a un mundo apocalíptico, donde la vida pronto va a volverse imposible. 

Pero todo esto ya lo preveía la literatura. Visionarios como Ballard, que hace sesenta años ya fue capaz de imaginar escenarios tremebundos en que el mundo se enfrentaba a catástrofes climáticas, causadas por el hombre, desde El mundo sumergido a La sequía o algunos de los relatos incluidos en la antología Playa terminal (En el titulado "Ocaso" la atmósfera terrestre ha quedado afectada por la minería extensiva de oxígeno para abastecer la atmosfera de otros planetas). Después, mucho después (parece que en 2007) se acuñó el término clima-ficción (o cli-fi, del inglés climate-fiction). Hoy, empezamos a sospechar que no se trataba de ficciones, sino de anticipaciones. Leídas en su momento, estas novelas podían sonar a distopia; leídas hoy, producen un escalofrío mucho más cercano. 

Lamentablemente, muchas de las obras de Ballard son hoy inencontrables (o se venden de segunda mano a un precio abultado: La sequía ronda los 92 euros). Aunque he oído rumores de que está previsto reeditarlas. Esperemos que lo consigan antes de que sus premoniciones se hayan hecho realidad. Si no, siempre queda el recurso de acudir a una biblioteca. (Me consta que las bibliotecas de Barcelona están bien surtidas de sus novelas.)

                                                    
                                La película que hizo Spielberg basándose en la novela es también
                                estupenda. Spielberg narra como nadie las historias de niños que 
                                descubren el mundo adulto. (Aprovecho para recomendar Los Fabelman)

En cualquier caso, mi Ballard favorito sigue siendo El imperio del sol, la novela inspirada en los dos años que pasó de niño internado en un campo de prisioneros japonés en Shanghai. Sin duda, cuando uno ha visto tantas cosas terribles a temprana edad, cualquier catástrofe parece posible. Pero hay que saber plasmarla. Y el mundo imaginario de Ballard es a menudo escalofriantemente real. 

Por el momento, no podemos hacer más que seguir mirando al cielo, angustiados. 

(Por si algunos de mis amables lectores es ballardiano de pro, les informo de que acaba de publicarse una curiosísima -y por eso mismo muy ballardiana- obra inspirada él y su mundo, Ballard Reloaded, de Beatriz García Guirado y Andreu Navarra.)



domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La tradición de los huevos de Pascua se remonta a tiempos muy antiguos
y tiene que ver con el huevo como símbolo de (re)nacimiento
 
En la lectura, como en la vida, se puede pecar por acción o por omisión. En el primer caso, está claro lo que ocurre: engañados por los cantos de sirena de la publicidad, o haciendo caso a la recomendación de alguien de cuyo criterio debimos desconfiar, caemos en manos de algún libro horrible, que nos hace maldecir el tiempo empleado en leerlo. El pecado por omisión es precisamente lo contrario, y tal vez resulte más lamentable aún que el anterior: nos abstenemos de leer determinado libro simplemente porque el tema no parece atractivo, privándonos así durante meses o años de un goce que debimos descubrir mucho antes. Como si el "tema", o lo que de este se dice en el texto de solapa y en las reseñas, tuviese alguna importancia; deberíamos ponernos en algún lugar bien visible un cartel muy grande que dijera "En literatura, lo importante es el cómo, no el qué". Yo no soy mucho de pecar por acción -con los años, he aprendido a hacer oídos sordos a según qué medios y personas-, pero me temo que tiendo a pecar por omisión. Últimamente, me ha pasado  (vamos a confesarlo abiertamente, aprovechando que estamos en días de penitencia) con dos autores de primera fila y he cometido con ambos omisiones injustificables. El primero de ellos es Javier Cercas: durante varios años, evité Anatomía de un asesinato por el prejuicio -tonto, como todos- de que "ya estoy un poco harta de oír hablar del 23 F"; por supuesto, cuando por fin lo leí descubrí que era un relato apasionante, que debía haber leído mucho antes. Encima,  he tropezado dos veces con la misma piedra, porque lo mismo me ha sucedido con Las leyes de la frontera: después de hacerle el vacío durante mucho tiempo, lo he devorado estas vacaciones. ¿Es una historia, como parece, de quinquis de los setenta? Pues sí y no. Como todas las buenas historias, es más que eso.  
 
 
Emmanuel Carrère (Foto: www,latercera.com)
 
 
Con el segundo autor, Emmanuel Carrère, la omisión ha sido más leve, porque ha durado menos, aunque también de Limónov pensé en un primer momento que no me iba a interesar la historia de un delincuente ruso (me interesó, y mucho) y me ha llevado bastantes semanas superar mi reticencia a tomar entre manos su última obra El Reino, por aquello de que el tema me parecía poco atractivo. Error, claro. Léanlo, no digo más.
Al principio de El Reino, Carrère cuenta que participó en la fase inicial de la escritura del guión de la serie Les Revenants porque encontró fascinante la premisa de la que partía: en un pueblo de los Alpes franceses, una serie de personas fallecidas regresa a sus hogares, no como zombis vengativos, ni como espíritus, sino como seres normales, que se ponen a prepararse un bocadillo en la cocina, o intentan entrar en la casa que habitaron años atrás (y se encuentran, con estupor, que la llave no encaja en la cerradura). Por supuesto, esto crea situaciones insólitas e interesantes, y de eso va la serie (al igual que me he sumergido en la lectura de Carrère, me he precipitado a ver la serie, que por ahora me tiene angustiada e intrigada a partes iguales; esperemos sólo que no lo estropeen con los trucos gastados de siempre).
 
 
 
 
Regresar de entre los muertos es imposible, todos lo sabemos, pero al mismo tiempo es lo que desearíamos, tal vez no tanto para nosotros mismos, sino para aquellos que amamos y nos han dejado. La idea germinal de Les Revenants me recuerda poderosamente a la de uno de mis relatos favoritos de Crónicas marcianas -del que ya hablé en un post anterior-, "La tercera expedición". Por muy inverosímil que parezca el concepto de la resurrección, ¿alguien se resistiría a acoger en su casa a la hija, el esposo, el hermano o el padre que perdió? Creo que yo, como les ocurre a los astronautas de Bradbury, tampoco sabría negarme. Fuesen cuales fuesen las consecuencias. En cualquier caso, ni El Reino ni Les Revenants tratan de resurrección, sino de todo lo que viene después.  Definitivamente, no es el qué, es el cómo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

LITERATURA MARCIANA


Nosotros, los humanos, hemos sentido desde hace miles de años una gran fascinación por Marte, el planeta rojo. Los romanos lo bautizaron con el nombre del dios de la guerra, los astrónomos se dedicaron a observarlo e incluso a cartografiarlo cada vez que su órbita le acercaba a la Tierra (el primer mapamundi de Marte data de 1837) y la idea -sostenida por algunos astrónomos y por muchos aficionados al esoterismo- de que podría contener vida de algún tipo ha dado pábulo a infinidad de especulaciones. Fantasías que han encontrado frecuentemente reflejo en la literatura. La Guerra de los mundos de H.G. Wells describía a los marcianos como una especie de pulpos muy poco amistosos, mientras que Edgar Rice Burroughs hizo que su héroe John Carter se beneficiase de la sutilidad de la atmósfera marciana, lo que le convertía en un poderoso guerrero, capaz de acabar con cualquier humanoide que se le pusiese a tiro.


Pero bueno, ya hemos llegado a Marte. No como a la Luna, donde desembarcamos a un puñado de astronautas para retirarnos rápidamente, a la vista -sin duda- del poco interés de nuestro satélite. De momento sólo estamos en fase de acercamiento al planeta marciano y se supone que esas sondas que la NASA envía periódicamente nos dirán, algún día, si contiene o no formas de vida y si debemos temer algo de ellas. En lo que me parece una suprema muestra de ingenuidad, leo que el cohete que será lanzado mañana, 18 de noviembre, desde la base John F. Kennedy -pocos días antes de que se cumpla el 50 aniversario del asesinato del presidente que le dio nombre y que comenzó la carrera espacial que nos llevaría hasta aquí-, cuya misión consiste en recopilar una serie de datos sobre la atmósfera marciana, llevará un DVD que contiene, además de una serie de muestras artísticas, la friolera de 1.500 poemas (haikus, para ser exactos), elegidos por votación pública. Se me escapa la utilidad que un DVD como éste (no dicen si el aparato está provisto también de un reproductor de DVD, aunque ¿sabría un marciano cómo utilizarlo?) pueda tener para los hipotéticos habitantes de Marte. Quizás sólo pretenden que se quede ahí, vagando por el cosmos infinito, en la esperanza de que algún día una civilización superior -o nosotros mismos, en un estadio más avanzado de la Humanidad- sea capaz de descifrarlo.
En cualquier caso, yo ya hace mucho que me he formado mi idea de qué y cómo son los marcianos. Concretamente, desde que leí las Crónicas marcianas de Ray Bradbury y caí bajo su poderoso influjo. Hace poco, releí uno de los cuentos que contiene, "La tercera expedición". En él, la misión terrestre se encuentra en Marte con un pueblo calcado a los del Medio Oeste americano de veinte o treinta años atrás, y en sus casas -para gran asombro suyo- viven sus propios padres, madres, hermanos... todos aquellos seres queridos que murieron y que, milagrosamente, han revivido a tantos kilómetros de la Madre Tierra (advertencia: no siga leyendo si no conoce aún el relato, porque viene un spoiler). Por supuesto, hay trampa. Pero la idea es tan atractiva, tan humana, corresponde tanto a lo que sería nuestro deseo más vehemente, que el lector, como los propios astronautas, quiere creérselo con todas sus fuerzas.

"Fue una hermosa y larga tarde de primavera. Después de una prolongada sobremesa se sentaron en la sala y el capitán les habló del cohete, y su hermano y los viejos asintieron, y mamá no había cambiado nada, y papá cortó con los dientes la punta del cigarro y lo encendió pensativamente, como en otros tiempos."

Si existiese una remota posibilidad, aunque fuese por unos breves instantes, de que algo así ocurriese, creo que a mí tampoco me importaría embarcarme en uno de esos cohetes, y tomar tierra en Marte. Aunque, como les ocurre al capitán Williams y a sus compañeros, tuviese que morir después.

sábado, 19 de enero de 2013

LIBROS Y PELÍCULAS 2013

Luna nueva (His Girl Friday), con Cary Grant y Rosalind Russell
Canela fina.
Es época de premios y estatuillas. Hace poco, los Globos de Oro; dentro de unas semanas más, los Oscar. Se anuncian magnos estrenos en las pantallas, directores famosos y estrellas llenas de glamour. Si siguen ustedes las noticias y la cartelera, habrán notado -es tan evidente que ni siquiera es preciso ser muy cinéfilo para ello- que menudean las adaptaciones literarias. ¿Dónde -nos preguntábamos ya aquí hace un tiempo- están aquellos guiones originales llenos de ingenio de la época dorada de Hollywood? ¿Dónde una Luna nueva (His Girl Friday, 1940 ¡no confundir con la de vampiros, por Dios!), un Ciudadano Kane o incluso , sin remontarse tan lejos, un Pulp Fiction? Según los entendidos -me limito a hacerme eco de esta opinión, no soy ninguna experta en la materia-, hacer películas hoy resulta muy caro y los productores prefieren arriesgar su dinero en un guión que ya ha demostrado su potencial a través de la obra literaria. Vaya, que como ya existe una masa de público a priori interesada en la historia, al menos esos espectadores están asegurados.
Parece pues que los sufridos lectores estamos condenados a ver cómo los guionistas, directores y actores adaptan con mejor o peor fortuna esas creaciones de la imaginación que ya habíamos hecho nuestras. Como dijo Conrad, "El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector". Y se ocupa, vaya si se ocupa. Hasta el punto de que cada film que tiene la pretensión de traducir en imágenes reales lo que previamente los lectores habíamos recreado en nuestra cabeza  constituye un verdadero peligro. Es pues con el ay en el cuerpo que les advierto de algunos estrenos "literarios" que nos aguardan en 2013. Por riguroso orden de aparición (según anuncian las distribuidoras, aunque ya sabemos que estas fechas pueden experimentar variación; no me hagan responsable de ello):

 El atlas de las nubes (febrero 2013). Éste al menos es un estreno al que podré asistir sin miedo. No he leído la obra de David Mitchell en que se basa la película, y casi que prefiero no hacerlo. Una vez vista la película, ya decidiremos. Que el director sea Andy Wachowski (sí, el de Matrix) no estoy segura de si es bueno o malo.


Grandes esperanzas (marzo 2013). Dirigida por Mike Newell y protagonizada por Helena Bonham Carter y Ralph Fiennes, promete al menos ser una versión realmente británica del más inglés de los escritores, Dickens. No obstante, no es garantía de nada.


Ana Karénina (marzo 2013). Otra producción con acento británico. Para adaptar la novela de Tólstoi, han recurrido nada menos que a Tom Stoppard. Y parece que la actuación será de nivel, puesto que tenemos a Keira Knightley como Anna y a Jude Law como Karenin, el marido engañado. Aunque, para mi gusto, las adaptaciones de Tólstoi nunca resultan suficientemente "rusas". Puede ser una apreciación personal, pero vean el trailer y juzguen:


El gran Gatsby (mayo 2013). Glamour asegurado, eso sí, porque la productora ha echado la casa por la ventana en decorados, ambientación y vestuario. También contamos con el cada vez mejor Leonardo di Caprio como Jay Gatsby, secundado por Carey Mulligan. Sin embargo, me da cierta mala espina que la hayan rodado en 3D, lo que parece presagiar que los productores estaban pensando más en deslumbrar al público adolescente palomitero que en mostrar respeto hacia la obra de Scott Fitzgerald. ¿Habrá más fuegos de artificio que historia?



El juego de Ender (noviembre 2013). Una de mis novelas favoritas de ciencia ficción y la reaparición de Harrison Ford en la gran pantalla, de la que estaba ausente desde hacía al menos un par de años. Es prematuro decir nada al respecto, pero la idea me gusta. Cruzo los dedos para que la película esté mínimamente a la altura...

Por fin, hacia Navidad, la inevitable segunda entrega de El hobbit. Poco hay que decir al respecto. Sin ánimo de discutirle méritos a Peter Jackson, se necesita echarle muchos redaños para convertir una novela de pocas páginas en tres películas de larga duración. ¡Aunque en esta segunda parte aparece Smaug!



Sea como sea, seguramente haré de tripas corazón y terminaré por acercarme al cine a verlas todas. Aunque sólo sea por solidaridad con las salas de cine, tan zarandeadas por las desmedidas medidas de nuestro Gobierno.

sábado, 9 de junio de 2012

RAY BRADBURY Y LOS GLOBOS DE FUEGO



Entre los innumerables artículos, obituarios y homenajes a que ha dado lugar el fallecimiento de Ray Bradbury -el hombre que nos enseñó que los marcianos existen, y son como nosotros-, me ha conmovido especialmente un artículo del propio Bradbury, reproducido en la revista New Yorker, en el que el escritor -supuestamente ante la pregunta de qué es lo que le llevó a interesarse por la ciencia-ficción- rememora su admiración por algunos héroes del cómic como Buck Rogers y otras lecturas tempranas, para acabar recordando cómo una escena de su infancia, compartida con su abuelo, fue la génesis de uno de los relatos de Crónicas marcianas.* Se trata de un texto que refleja tan bien como era el hombre y el escritor, tan lleno del peculiar tono poético y melancólico que impregna su obra, una recreación tan perfecta de una época y un ambiente... que he pensado que traducir ese pasaje y reproducirlo en mi blog podía ser mi mejor homenaje a este gran escritor, que tanto me hizo soñar. Aquí lo tienen.

Aunque continuaba atado a la Tierra, viajaba en el tiempo escuchando a los adultos que, en las calurosas noches de verano, se reunían fuera, en el césped o en el porche, para hablar y recordar. Al final del Cuatro de Julio, una vez que mis tíos se habían fumado sus puros y habían terminado sus charlas filosóficas, y las tías, sobrinos y primos habían dado buena cuenta de sus cucuruchos de helado o sus bebidas gaseosas, cuando se habían agotado todos los fuegos artificiales, llegaba el momento especial, el momento triste, el momento de la belleza. Era el momento de los globos de fuego.
Incluso a aquella edad, yo comenzaba a percibir que las cosas tenían un final, como esa preciosa luz de papel. Para entonces ya había perdido a mi abuelo, que se fue definitivamente cuando yo tenía cinco años. Lo recuerdo muy bien: ambos en el césped frente al porche, con veinte parientes como público, sosteniendo el globo de papel entre los dos por un instante final, lleno de exhalaciones de aire caliente, listo para partir.
Había ayudado a mi abuelo a llevar la caja en la que yacía, como un espíritu sutil. El fantasma de papel de seda de un globo de fuego, que esperaba que lo hinchasen, lo llenasen y lo soltasen sin rumbo hacia el cielo de medianoche. Mi abuelo era el sumo sacerdote y yo el monaguillo. Ayudaba a sacar el papel de seda rojo, blanco y azul de la caja y contemplaba cómo el abuelo prendía una pequeña cazoleta de paja seca que colgaba bajo él. Una vez el fuego estaba encendido, el globo se hinchaba hasta la gordura con el aire caliente que se creaba en su interior.
Pero yo no conseguía dejarlo ir. Era tan hermoso, con esa luz y esas sombras que danzaban en su interior… Sólo cuando el abuelo me miró e hizo una leve señal con la cabeza, dejé por fin que el globo flotase libre, más arriba del porche, iluminando las caras de mi familia. Flotó por encima de los manzanos, por encima de la ciudad ya medio somnolienta, y a través de la noche hacia las estrellas.
Permanecimos mirándolo durante diez minutos como mínimo, hasta que lo perdimos de vista. Para entonces, las lágrimas me corrían por la cara y el abuelo, sin mirarme, se aclaraba la garganta y arrastraba los pies. Los parientes empezaron a entrar en la casa o a atravesar el césped para ir a sus respectivas casas, mientras yo me secaba las lágrimas con unos dedos sulfurosos por los petardos. Esa noche soñé que el globo de fuego volvía y flotaba frente a mi ventana.
Veinticinco años más tarde, escribí “Los globos de fuego”, un cuento en el que un grupo de sacerdotes parten hacia Marte en busca de criaturas de buena voluntad. Es mi tributo a esos veranos en que mi abuelo aún vivía. Uno de los sacerdotes era como mi abuelo, a quien llevé a Marte para que viese los hermosos globos de nuevo, aunque esta vez fueran marcianos, encendidos y brillantes, flotando sobre un mar muerto.



Me gusta pensar que Ray Bradbury está flotando para siempre, como un hermoso globo de fuego, por el espacio infinito.

*Aunque este relato sí figura en la edición americana de Crónicas marcianas, por razones que ignoro no está incluido en la española. Lo pueden encontrar en la versión española de El hombre ilustrado.