John F. Peto

John F. Peto
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jueves, 5 de junio de 2014

LEER MÁS ALLÁ DEL TEXTO



Dejarse llevar por la historia es uno de los grandes placeres de la lectura. Pero, una vez saciado el hambre por saber qué ocurre en ella, sólo diseccionando el texto, rebuscando en él, se saca el máximo partido de una obra. Sin este análisis, no es posible comprender a fondo un texto. Aún así, es frecuente que los escritores se sorprendan al ser conocer las interpretaciones que hacen los críticos sobre el significado de tal o cual suceso o personaje en su obra. Los textos parecen encerrar más carga significativa que la que el autor conscientemente ha puesto en ellos. Hasta cierto punto.
Hace poco tuve oportunidad de hojear un artículo académico titulado "Una lectura poscolonialista de Mansfield Park". Les recuerdo que, en esta novela de Austen, el padre de la familia que acoge a la protagonista tiene propiedades en Antigua, a las que debe viajar durante un tiempo para ocuparse de algunos problemas que han surgido allí. Esto -y no en muchas más palabras de las que yo he empleado aquí- es todo lo que la autora dice al respecto. Pues bien, de esas pocas frases hay quien es capaz de sacarse de la manga todo un tratado sobre la esclavitud en las colonias británicas a finales del XVIII, su situación social y laboral, las opiniones de Jane Austen sobre la trata de esclavos... para acabar prácticamente concluyendo que la obra toda ella gira en torno a la opresión colonial que ejerce el Imperio sobre los países oprimidos. Ahí es ná. Como lectora de Mansfield Park, resulta inevitable preguntarse si estamos hablando del mismo libro.
 
Cuanto más reputado el autor, más peligro corre de sufrir este tipo de análisis descabellados. Shakespeare, por ejemplo. Un interesante artículo en la revista del Smithsonian gira en torno a su relación con los descubrimientos científicos de su época. Se trata de saber si el bardo era consciente de estar viviendo en una era de gran efervescencia científica y de si en sus obras puede encontrarse algún rastro de ello. Según Dan Falk, autor de The Science of Shakespeare, sí. En su libro, imagino, dará argumentos para corroborarlo y no soy quién para discutírselo. Pero lo que me ha llamado la atención es que menciona a un tal Peter Usher, astrónomo, quien ha desarrollado una compleja teoría sobre Hamlet. Para él, la obra es una alegoría sobre tres diferentes cosmovisiones: la antigua cosmovisión ptolemaica, con la Tierra como centro del universo, la nueva visión de Copérnico y la de Tycho Brahe. Para Usher, los  personajes que aparecen en Hamlet personifican a diversos  astrónomos y matemáticos. Así, Claudio -el malvado tío que ha matado al padre del príncipe para casarse con su madre-, que lleva el mismo nombre que Ptolomeo, representa a este astrónomo griego y a su teoría sobre el cosmos. Hamlet, por su parte, sería Thomas Digges, un copernicano de pro. Las teorías de Tycho Brahe, por su parte, estarían encarnadas por Rosencrantz y Guildenstern. Y ya tenemos un Hamlet astronómico. Prueba de que, buscando bien y retorciendo convenientemente el texto, se puede encontrar casi cualquier cosa. Lamentablemente, nunca podremos saber con total exactitud qué pretendía decir Shakespeare, pues ya no está para aclararlo.
 
A saber si no estaba pensando en la rotación de los astros

 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

MI NOMBRE ES BOND, Y OTROS NOMBRES LITERARIOS


Como todo escritor sabe, no hay nada inocente en el nombre de un personaje. Uno puede inventar una figura de ficción llena de atractivo, aventurera, fascinante, pero si no es capaz de dar con el nombre adecuado para su criatura, corre el peligro de que no tenga el aura necesaria para convencer al lector. ¿Se imaginan qué hubiese pasado si el personaje de Ian Fleming se hubiese llamado Matthew Pumpernickel, por ejemplo? Por suerte, Fleming, gran aficionado a la ornitología (también los escritores tienen sus pasatiempos, no todo ha de ser escribir y escribir), no tuvo que ir muy lejos para dar con ese nombre. Le bastó con mirar la cubierta del extenso y utilísimo Birds of the West Indies, escrito por el ornitólogo James Bond. Seguramente, cuando bautizó a su personaje, Fleming no tenía ni idea de que el James Bond de ficción llegaría a ser mucho más famoso que el auténtico. (Uno se pregunta qué tal lo llevaría el ornitólogo en cuestión, claro.)
 
Un libro que se ha hecho famoso
por motivos no relacionados con su contenido
Y es que lo de poner nombres a los personajes tiene su complicación. ¿Hay reglas para nombrar? ¿Hay nombres más adecuados para unos géneros que para otros? A este misterioso arte ha dedicado todo un volumen Alastair Fowler. No lo he leído -mi interés por los nombres en la literatura inglesa tiene un límite-, pero sí me he divertido bastante con la amplia reseña que le dedica la London Review of Books. He aprendido así que hay autores que prefieren que los nombres de sus personajes suenen lo más neutros posible (Henry James, por ejemplo), pero que incluso estos caen a veces en la tentación de darles algún significado. Así, mientras Jane Austen suele inclinarse por nombres anodinos como Elizabeth Bennett o Fanny Price, no pudo evitar darle a uno de sus personajes el nombre de Knightley. Puesto que "knight" es "caballero" en inglés, está claro que iba a hacer honor a él. Curiosamente, Emma no se percata de ello hasta bien entrada la novela.
Sepan que todo está estudiado y que, como en tantas otras cosas, también los griegos fueron los pioneras en ocuparse de los nombres. Los nombres que dan pistas sobre el carácter del personaje se denominan "cratílicos" porque ya Platón en el Crátilo dijo que existe una relación intrínseca entre el nombre y la naturaleza de lo nombrado. También se llama "determinismo nominativo" a la tendencia a anticipar a través del nombre lo que va a hacer el personaje. Por ejemplo, cuando la Lisístrata de Aristófanes salía a escena, los griegos que se encontraban en el teatro ya se olían que esta señora tenía intenciones pacifistas, porque Lisístrata en griego quiere decir "la que disuelve el ejército".  Sin remontarnos tan lejos, cuando Galdós le da a un personaje el nombre de Máximo Manso, no resulta extraño que éste resulte un ejemplo de rectitud y tolerancia. Y no hay que ser adivino para anticipar que Sancho Panza será alguien más preocupado por llenar el estómago que por deshacer entuertos.  
Hay que reconocer que, una vez que somos conscientes de la importancia de los nombres, uno empieza a ver significados y conexiones por todas partes. Los nombres importan, y participan de las cualidades literarias del texto: significado, sugerencia, referencias extraliterarias...
Por más que Shakespeare le haga decir a Julieta:
What's in a name? that which we call a rose
By any other name would smell as sweet
,
en los nombres hay mucho más de lo que parece.
 

jueves, 15 de diciembre de 2011

GRANDES HISTORIAS

En la vieja discusión entre si es mejor una novela o su adaptación cinematográfica, suele ganar la primera. No siempre, desde luego, y también depende de qué espera cada cual de la adaptación al cine, de hasta qué punto se comprende que el lenguaje literario y el cinematográfico son distintos. Resulta lógico que, puesto que nos llegan por vías diferentes, nuestra percepción de lo que nos cuentan también sea diversa. Sea como fuere -podríamos discutir largamente sobre esto- ahora mismo sólo recuerdo una  adaptación reciente que me pareciera igual o mejor que la novela en que se basaba: No es país para viejos, de los hermanos Coen. Quizás es que las obras de Cormac McCarthy se prestan especialmente bien para ser trasladas al lenguaje de la imagen, porque también La carretera y Todos los caballos bellos pasaron a la gran pantalla.  Ya en tiempos del cine mudo la literatura se convirtió en una fuente inagotable de temas y argumentos para el cine (hace poco mencionábamos el Hamlet protagonizado por Asta Nielsen en 1920, nada menos). En este primer decenio del siglo XXI, la literatura parece estar más viva que nunca en las pantallas, véase sin ir más lejos el reciente estreno de la Jane Eyre dirigida por Cary Fukunaga, que hace la adaptación número dieciséis de esta novela a la pantalla. Con este motivo, y cediendo a la inevitable atracción por las listas, Cinemanía ha elaborado una de las obras y autores que más adaptaciones cinematográficas han conocido. Si hemos de hacer caso a la base de datos de IMDb, el autor más adaptado sería -adivinen-: William Shakespeare, que figura como guionista en los créditos de nada menos que 862 películas (y sigue, porque de estas hay al menos diez que aún están en posproducción, a saber cuántas más serán de aquí a un par de años). También ocupa un lugar destacado el libro de los libros, la Biblia. Claro que en cierto modo juega con ventaja, porque consta de tantos libros y episodios (y su impronta en la civilización occidental es de tal magnitud, añadiría) que no sorprenderá que, sumando el Antiguo y el Nuevo Testamento, la cifra de películas basadas en ellos se eleve a 161.  Pocas, si las comparamos con la infinidad de secuelas y derivados que han generado las diversas aventuras de Sherlock Holmes, 226. Aunque en este caso más que adaptaciones de novelas concretas a menudo se trata simplemente de tomar  el personaje de Sherlock y hacerlo intervenir en alguna arriesgada aventura, como ocurría por ejemplo en El secreto de la pirámide. A pesar de no figurar en esta lista, Jane Austen tampoco les va a la zaga: su nombre figura en los créditos de 51 títulos, pero si contamos con que muchos de ellos son series de varios capítulos, en realidad las horas  de Jane Austen en pantalla pueden equipararse con cualquiera de los autores antes mencionados. La conclusión casi inevitable de todo esto es que una buena historia y unos buenos personajes son inmortales. Pasen los años que pasen, sea cual sea el medio a través del que se transmitan, son capaces de viajar a través de las generaciones, fascinando de nuevo a su público cada vez que reaparecen. Esa es su verdadera grandeza.
Charlton Heston como Moisés en Los diez mandamientos,
¡qué tiempos aquellos!

domingo, 11 de diciembre de 2011

SHAKESPEARE ES ALEMÁN

Escenario del teatro The Globe
Aunque pueda parecer lo contrario, el título de esta entrada no es un nuevo intento -uno más de los muchos que han habido- de atribuir las obras de Shakespeare a otro autor. Ni, desde luego, pretende demostrar que Shakespeare escribiera en alemán, vaya herejía. Sin embargo, lo cierto es que Alemania es probablemente el país donde más a menudo se representan las obras de Shakespeare y este autor es considerado como "uno de los nuestros". Así lo afirma Ken Larson, citando como ejemplo las frases finales de la conferencia que pronunció el respetado dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann ante la Sociedad  Shakespeare alemana en Weimar: "No hay ningún pueblo, ni siquiera el inglés, que se haya ganado tanto como el pueblo alemán el derecho a Shakespeare. Los personajes de Shakespeare se han convertido en parte nuestro mundo, su alma se ha hecho una con la nuestra: y si bien nació y está enterrado en Inglaterra, es en Alemania donde en verdad vive." Hay que precisar que esto sucedía en abril de 1915, y formaba parte de la ola de sentimientos patrióticos y antibritánicos propiciados por la guerra. Para los alemanes, era impensable meter al gran Shakespeare en el mismo saco que a sus enemigos.  Pero incluso dejando de lado las dos guerras mundiales -durante las que la reivindicación de la germanidad de Shakespeare alcanzó extremos- está fuera de toda duda que la adopción de Shakespeare por la cultura alemana supera a la de otros países.
Tal como demuestran los anuarios de la Deutsche Shakespeare-Gesellschaft (una de las más antiguas que existen), la cantidad de obras de este dramaturgo que se representan anualmente en los escenarios alemanes sólo es superada por las obras de Schiller, y con frecuencia son más que las que se llevan a cabo en el propio Reino Unido. Asimismo, desde finales del siglo XVIII pueden contarse más de veinte traducciones al alemán del corpus shakespeariano en su totalidad. Si vamos a obras sueltas, Ken Larson ha rastreado hasta treinta y siete traducciones del Rey Lear en poco más de doscientos años. Ninguna otra lengua puede alardear de lo mismo. En reconocimiento a esta "relación especial" de Alemania con el dramaturgo inglés, el Globe Theatre celebró el otoño pasado unas jornadas que llevaban  el mismo título que esta entrada: "Shakespeare is German", organizadas por Patrick Spottiswoode. Uno de los escritores que más hizo por la afición shakespeariana de sus compatriotas fue Goethe, quien en un apasionado discurso pronunciado cuando sólo contaba 22 años, en 1771, describió su encuentro con la obra de Shakespeare como su verdadero despertar a la literatura; durante estas jornadas se presentó un volumen (en inglés) con todos los ensayos de Goethe sobre Shakespeare. El programa incluyó también varias conferencias y el pase de un Hamlet mudo de 1920, con la gran actriz Asta Nielsen como protagonista.

Asta Nielsen en el papel de Hamlet.
Pero también es un tanto especial la relación del propio Globe Theatre con Alemania. Antes de que este teatro fuese reconstruido en Londres en 1997 -siguiendo el modelo del desaparecido teatro de Shakespeare- los alemanes ya habían hecho lo mismo, en la ciudad renana de Neuss, donde desde 1991 el Globe Theater alemán acoge un festival dedicado a este dramaturgo. Y no es el único en ese país: tanto la ciudad de Schwäbisch Hall como el Europa-Park, en la localidad de Rust, cuentan con reproducciones del Globe. Ante tanto fervor shakespeariano, se les puede perdonar que consideren a Shakespeare alemán.

martes, 1 de marzo de 2011

UN AUTOR CONTESTADO


Sir Francis Bacon
Con ser uno de los autores más famosos del mundo, Shakespeare es también uno de los más contestados.  Lo curioso es que, a lo largo de su carrera, nadie puso en duda que las obras de Shakespeare hubiesen sido escritas por él. Sin embargo, desde entonces -y en especial en el siglo XIX, que tuvo especial debilidad por este tipo de debates- han ido surgiendo un número ingente de candidatos,  más de 60, a los que se les han atribuido alguna o todas las obras del autor inglés. Entre ellos hay dos que sobresalen por la firmeza y la cantidad de apoyos que ha suscitado su autoría: Edward de Vere, conde de Oxford (1550-1604) y el filósofo y político sir Francis Bacon (1561-1626).  El principal motivo que aducen los que apoyan una y otra candidatura reside en la aparente discrepancia entre lo que se sabe de la vida, educación y estatus social de Shakespeare y la complejidad y bagaje cultural que muestran sus obras. La primera persona que lanzó la idea de que quizás Bacon fuese el autor de las obras de Shakespeare fue una tal Delia Bacon (1811-1859) -no, no era pariente- una escritora y conferenciante americana cuya pasión por Shakespeare se convirtió pronto en obsesión. Según su tesis, las obras de Shakespeare no eran producto de un solo individuo, sino de un grupo de rebeldes políticos aglutinados en torno a Francis Bacon. Su tesis tuvo muchos adeptos, entre ellos algunas figuras importantes del mundo literario como Mark Twain o Henry James. La pobre Delia murió en un manicomio convencida de que era el Espíritu Santo, pero eso no parece haber desanimado a los "baconianos", que incluyen a algún otro personaje curioso, como un tal Orville Owen. Este dijo haber descubierto un manual de instrucciones en verso que era la guía para revelar el misterio oculto tras las obras de Shakespeare. Para ello, construyó una máquina descifradora, que dio como  resultado que Bacon no sólo era autor de las obras de Shakespeare, sino también de las de Marlowe, Spenser y Burton, además de ser hijo bastardo del conde de Leicester e Isabel I. Casi nada. Pero, por extrañas que resulten estas hipótesis, la Francis Bacon Society (creada en 1886) aun está activa y publica regularmente una revista consagrada al estudio tanto de la filosofía de Bacon como de la literatura de su tiempo.
Edward de Vere, 17º conde de Oxford
El otro candidato, Edward de Vere, cuenta con el respaldo nada menos que de Sigmund Freud. A este le parecía cuestionable que Shakespeare hubiese escrito sus obras en solitario; opinaba más bien que se trataba de colaboraciones. Es cierto que algunos aspectos de la vida de Oxford parecen reflejarse en las obras de Shakespeare: era buen poeta, escribió algunas comedias (hoy perdidas) con su nombre y fue patrono de una compañía teatral. Un perfil idóneo, desde luego. Pero murió en 1604, diez años antes de que Shakespeare dejase de escribir. Este detalle tampoco sirve para arredrar a los "oxfordianos" de pro. Percy Allen, un crítico teatral aficionado al espiritismo -autor de un libro sobre sus experiencias, Talks with the Elizabethans (1949)- al parecer habló directamente con Oxford y otros de sus contemporáneos a través de la médium Hester Dowden, que tenía una credenciales impecables pues era hija de un reputado biógrafo de Shakespeare, y Oxford no sólo confirmó su autoría, sino que le dictó cuatro nuevos sonetos. Naturalmente, existe también una Shakespeare Oxford Society, muy activa y militante, en cuya web se puede leer la siguiente afirmación de uno de sus miembros: “Los que creen que De Vere era Shakespeare han de aceptar un fraude improbable, una conspiración de silencio que involucró, entre otros, a la propia reina Isabel. Los que están a favor del hombre de Stratford han de creer en milagros." 
Y así es. Leyendo o asistiendo a la representación de alguna de las obras de Shakespeare, se siente uno a menudo tentado de creer en milagros.  

(Debo gran parte de esta información al libro de James Shapiro, Contested Will, Simon & Schuster, 2010)

martes, 22 de febrero de 2011

CUENTOS POLÍTICAMENTE (IN)CORRECTOS

A veces da la impresión de que la plaga de la corrección política (y bien que la sufrimos) es cosa de nuestros días. Sin embargo, a nada que se rebusque un poco, resulta evidente que viene de lejos. Sé que es un magro consuelo, pero otros tiempos también fueron peores. Hace poco,  en uno de los blogs que sigo una madre lamentaba no poder explicarles a sus hijas "versiones para adultos" de los cuentos tradicionales, como el de Caperucita. De hecho, los cuentos infantiles, con su carga moralizante, son uno de los depositarios preferidos de la corrección política. Ya los propios hermanos Grimm fueron censurando y dulcificando progresivamente en sucesivas ediciones sus Cuentos para la infancia y el hogar, ante las críticas recibidas. Las primeras versiones, recogidas del acervo popular alemán, estaban llenas de madres desalmadas y castigos crueles, pero pronto las madres fueron sustituidas por madrastras y se eliminaron los detalles considerados excesivamente truculentos. Más recientemente, la factoría Disney se ha encargado de acabar de limar cualquier aspereza, para que los niños de nuestros días sólo puedan imaginar esos cuentos en bonitos colores pastel. La era victoriana también fue muy proclive a este tipo de censura, que se llegó a aplicar incluso a las obras de Shakespeare. Thomas Bowdler fue autor de un "Shakespeare para la familia" cuyo título no deja lugar a dudas:  The Family Shakespeare, in Ten Volumes; in which nothing is added to the original text; but those words and expressions are omitted which cannot with propriety be read aloud in a family. Por cierto, parece que la mayor parte de estas versiones expurgadas las llevó a cabo su hermana Henrietta, pero tampoco se consideraba apropiado que una mujer se ocupase de una labor como esta, por lo que la autoría se le atribuyó sólo a él.
Volviendo a los cuentos retocados, hay un divertido artículo de Dickens que se mofa de esta costumbre. Como apunta con toda la razón, este tipo de recortes o añadidos a una obra, siguiendo los dictados de nuestra moral u opiniones, son "como la famosa definición de una mala hierba: una cosa que crece en el lugar equivocado." ¿Qué ocurriría si todo el mundo se pusiese a retocar las obras de la literatura universal?: "Imaginen una edición de Robinson Crusoe hecha por abstemios, eliminando el ron; o una edición vegetariana, donde se omitiría la carne de cabra. O una pacifista, en la que no existiría la pólvora; o una edición de la Sociedad Protectora de Aborígenes, en la que se negaría el canibalismo y Robinson abrazaría a los buenos salvajes que desembarcan en su isla... " Así, en cien años, como bien dice Dickens, Robinson y su isla habrían desaparecido, engullidos por el oceáno editorial. No tiene desperdicio su propia versión "editada" de La Cenicienta, en la que el príncipe se presenta cubierto de medallas de Abstinencia Total y el banquete de palacio consiste en alcachofas y gachas. Pero ni el sarcasmo de Dickens ni las protestas actuales, me temo, surten efecto, porque la censura (ahora se llama correccion política) sigue campando por sus respetos. Ocurrió recientemente con la obra de Mark Twain y me temo que va a seguir ocurriendo.

viernes, 14 de enero de 2011

EL HOMBRE QUE QUISO SER SHAKESPEARE

Abundan los falsificadores que han intentado hacer pasar por buenos pretendidos manuscritos de Shakespeare. Sin embargo, sólo William Henry Ireland logró hacer pasar por auténtica una obra de teatro entera y que además esa obra (Vortigern, se titulaba) se estrenara en un teatro londinense, nada menos que el Drury Lane. Cuando esto ocurrió Ireland no tenía más que diecinueve años y su caso no es el de un falsificador cualquiera, pues la suya fue una falsificación llevada a cabo no por afán de dinero, sino por el deseo de llamar la atención de su severo e indiferente padre. Samuel Ireland era un próspero grabador y coleccionista, obsesionado con Shakespeare. Prueba de ello es que en el gabinete de curiosidades que albergaba en su casa figuraba un cuenco hecho con la madera de un árbol que se decía fue plantado por el  bardo inmortal en su jardín de Stratford-upon-Avon (!). William Henry era una decepción para sus progenitores; con inclinaciones artísticas, pero díscolo y mal estudiante, su familia lo consideraba más bien tonto, y su padre había desesperado de lograr nada de provecho de él. Según cuenta un interesante artículo dedicado a él en la revista The Smithsonian, tuvo la idea de las falsificaciones a raíz de un comentario de su padre: "Daría lo que fuese por poseer un manuscrito de Shakespeare". William Henry localizó un libro que reproducía su firma y se aplicó a copiarla, hasta lograr  lo que fingió que era un documento legal firmado por el autor, alegando que lo había encontrado en un arcón de viejos papeles pertenecientes a un amigo que deseaba permanecer en el anonimato. El engaño funcionó, y  no sólo el padre, sino también un experto en documentos antiguos que éste consultó quedaron convencidos de su autenticidad. Ante este éxito, William Henry se fue volviendo más y más audaz y constantemente presentaba ante su padre nuevos hallazgos: cartas, contratos con actores, un poema a su esposa, fragmentos de Hamlet e incluso una versión completa de El rey Lear. Diversos entendidos los revisaron y nadie dio muestras de dudar de su autenticidad. Para entonces, la casa de Samuel Ireland se había convertido en lugar de peregrinación para amantes de Shakespeare, hasta el punto de que Mr. Ireland tuvo que establecer un horario de visitas. No es raro, pues, que cuando el padre expresó su deseo de encontrar una obra inédita de Shakespeare, el hijo se volcase a cumplirlo. Insipirándose en las Crónicas de Holinshed (de donde el propio dramaturgo había tomado más de un argumento), escribió un drama que era poco más que un pastiche de situaciones y personajes del repertorio shakespeariano, Vortigern. Richard Sheridan, propietario del recién ampliado teatro de Drury Lane, solicitó verlo y, a pesar de que albergaba ciertas dudas, decidió estrenarlo en su local. Desgraciadamente, la obra demostró no estar a la altura de las grandes expectativas creadas, y el estreno se saldó con un sonoro fracaso. Para colmo de males, justo dos días antes, Edmond Malone, editor de las obras completas de Shakespeare, publicó un libro en el que analizaba los pretendidos manuscritos de Ireland y los denunciaba como burdas falsificaciones. La controversia estaba servida y el debate continuó durante unos meses hasta que por fin William Henry confesó ser el autor de los manuscritos. Para su sorpresa, su padre se negó a aceptar la confesión y siguió manteniendo hasta su muerte, acaecida cuatro años más tarde, que estaba en poder de los verdaderos originales de Shakespeare. Sin duda le resultaba imposible creer  que el inútil de su hijo hubiera sido el autor de tan grande y completo engaño. Freud, diría yo, hubiera encontrado interesante material de estudio en esta historia.