John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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jueves, 28 de julio de 2016

UN PASEO POR LAS LIBRERÍAS DE PARÍS

La librería La Hune (ahora dedicada a fotografía) a veces desparrama sus fotos por
la plaza de Saint-Germain-des-Près

Esta afortunada lectora ha tenido el placer de pasearse unos días por París. Una ciudad que seguía afectada por la masacre de Niza (y por otros tantos crueles sucesos de no hace tanto: la gente aún te habla de qué hizo el día del tiroteo en Bataclan), pero la vida no se detiene. En las terrazas de los cafés sigue apiñándose la gente, los turistas invaden en manada el Louvre, móviles en ristre (se diría que ninguno es capaz de mirar lo que tiene delante, si no es a través de una pantalla), los parisinos alivian el calor en las playas que surgen cada verano en las orillas del Sena, la torre Eiffel hace guiños con sus luces por la noche... el alma de la ciudad vibra y zumba como un inmenso panal rodeado de belleza. Y no olvidemos las librerías... ¡ah, las librerías! De eso les quería hablar.
Una visita de pocos días no basta para hacer ese recorrido exclusivamente libresco que uno desearía, pero, lo quiera o no, en París cualquier bibliómano se ve asaltado a cada paso por tentaciones. Les contaré unas cuantas:
 
Los autógrafos de Saint-Germain
Callejeando por este barrio chic y encantador, me topé con una sorpresa: las librerías (hay varias) especializadas en venta de autógrafos de autores y personajes famosos. Huelga decir que quedé enganchada a sus tentadores escaparates cual niño en tienda de dulces. Stefan Zweig se sentía muy orgulloso de su colección de manuscritos (cuenta en El mundo de ayer lo mucho que le dolió tener que separarse de ella cuando hubo de emigrar); leyéndolo, me dije que tal vez no era para tanto. Pero cuando uno contempla, al alcance de la mano, la posibilidad (si tuviese el dinero, claro) de hacerse con una carta de Dumas, de Flaubert o de García Lorca, ¿a qué lector no se le hace la boca agua? Pues sí, de estos tres autores (y de varios más, igualmente apetecibles) había cartas a la venta. Para que luego digan que el dinero no da la felicidad...
 
 
 

 
 
 
Los bouquinistes del Sena
Ningún paseo a orillas del Sena está completo si no se echa al menos un vistazo a los puestos de estos libreros. Muchos parecían estar de vacaciones (o simplemente habían dejado de funcionar, el óxido de las cajas que encerraban su paradita así parecía indicarlo); otros, se han pasado a la "facción souvenir" y venden cualquier cosa susceptible de atraer al turista: chapas, posavasos, reproducciones de la torre Eiffel, carteles tópicos y típicos... Aún así, siguen quedando libreros tradicionales, que exhiben fondos de lo más interesantes. Tal vez no es el lugar para encontrar una ganga, ni para buscar libros raros y valiosos, pero yo me quedé con las ganas de tener más tiempo para husmear y más espacio en la maleta. Y sí, lector, I married him. O, lo que es lo mismo: me hice con un ejemplar de la edición de la NRF del primer tomo de A la recherche du temps perdu. (La amable librera me ofrecía la obra completa, en una edición de 1922, por el módico precio de 1.800 euros; una oferta que sintiéndolo mucho tuve que declinar).


Mi edición no es de 1922, sino de 1992,
pero ¿qué más da eso?
 
 
 
Las librerías de la Rive gauche
A pesar de que ha habido algunas bajas lamentables, las librerías tradicionales siguen gozando de una salud envidiable, a juzgar por su oferta y por el abundante público que las visita. Son además las de este barrio de estudiantes e intelectuales unas librerías con personalidad, cosa que se nota en sus escaparates y en sus mesas de novedades: se diría que se esfuerzan por tentar al lector con discernimiento y descubrirle tesoros que ignoraba. Frente al imperio de la novedad en las librerías comerciales, estas juegan a sacar todo el partido de su riqueza bibliográfica. De las que he podido visitar (siempre, ¡ay!, demasiado pocas), recomiendo L'écume des pages (por cierto, noctámbulos: abierta hasta medianoche) y la Compagnie. Esta última me dejó arrebatada con la inventiva de sus prodigiosos escaparates temáticos. Recomiendo encarecidamente a mis lectores francófonos que les echen un vistazo (muchos se pueden consultar en su web).
 
 
¿Harto de ruido? Aquí tienes un montón de libros para rodearte de silencio



Uno de mis favoritos: el escaparate dedicado a los robots.
De la ciencia a la ciencia-ficción, pasando por la filosofía



Y para entretener las tardes veraniegas, policiacos ambientados en Alemania 


Shakespeare and Company
Esta diminuta librería inglesa ubicada junto a Nôtre Dame y con una historia fascinante a sus espaldas, se ha convertido casi en una atracción turística por derecho propio (el día que yo estuve, había que hacer cola para entrar: cabe poquita gente y era necesario regular la afluencia de público). A pesar de la masificación, sigue conservando su encanto y sus estantes exhiben un excelente surtido de obras en lengua inglesa. Fuera, en la acera, los libros de segunda mano para revolver sin agobios.  Todo está pensado para que recuerdes tu visita allí: sus bolsas llevan frases literarias, te estampillan cada libro comprado con su sello, y han aprovechado para poner un café al lado mismo (que sospecho les debe dar más rendimientos que la venta de libros). Da cierto miedo que todo acabe sucumbiendo ante el turismo depredador, así que mi consejo es que la visiten cuanto antes. Mañana puede ser tarde.

 

 
Además del sello, puedes optar por que incluyan un poema
mecanografiado en tu libro (por 1 euro más)

 Una rica cosecha, que me supo a poco. París, ya saben, no se acaba nunca. Y sus librerías tampoco. 


 

lunes, 4 de enero de 2016

LAS NOTAS AL MARGEN ESTÁN DE MODA

El siempre sarcástico Mark Twain, visiblemente insatisfecho
con la traducción de Plutarco que acababa de leer,
añadió que había sido traducida del griego "a un inglés asqueroso"
Grosso modo, los lectores se dividen en dos grandes grupos: los que nunca, bajo ningún concepto, escribirían notas en un libro y los que alegremente, lápiz en mano, van dejando sus comentarios en los libros que leen (¡incluso, a menudo, si no son suyos!). Como todas las generalizaciones, esta clasificación es maximalista y pasa por alto las innumerables gradaciones posibles. Tampoco tiene en cuenta las posibles motivaciones de los pertenecientes a uno y otro bando. Yo, por ejemplo, en algún periodo de mi juventud, espoleada por ciertos ilustres ejemplos, me decidí a dejar mi rastro en unos cuantos libros; años después, el hallazgo casual de alguno de ellos me produjo, a partes iguales, rubor y perplejidad. Desde entonces, abandoné por completo esa costumbre.
El caso es que las notas al margen parecen estar experimentando un revival últimamente. Paralela, sin duda, a la apreciación de todo lo que rodea al libro en papel que la implantación de la lectura en pantalla ha traído consigo: de repente, el libro es un objeto fetiche, se valora más que nunca la calidad del papel o de la encuadernación y los libros viejos adquieren un estatus hasta ahora desconocido (hasta las librerías de lance, que solían ser oscuras y polvorientas, se han reencarnado en modernos espacios con estanterías blancas y dependientes cool).

Una de las librerías Re-Read,
 ejemplo de la reencarnación de las librerías de lance

Tan de moda están estas "marginalia" que constantemente aparecen iniciativas que las reivindican. Según nos informa Anthony Grafton en un artículo de la New York Review of Books, en la universidad de Oxford ha surgido un numeroso y muy activo Marginalia Group, especializado en encontrar entre los ejemplares de su enorme y venerable biblioteca las notas al margen más sabrosas. Cambridge no se ha quedado al margen (disculpen la broma, casi inevitable) y recientemente su biblioteca ha organizado una exposición dedicada a los libros anotados entre 1450 y 1550. Andrew Stauffer, con la colaboración de la Universidad de Virginia, ha puesto en marcha una iniciativa cooperativa, Book Traces, que pretende rescatar y documentar los ejemplares de obras de los siglos XIX y XX que presentan notas o marcas de sus propietarios. Tal y como  reza su manifiesto:
Estos libros constituyen un archivo de la historia de la lectura, oculto a plena vista en las colecciones que albergan las bibliotecas. Notas al margen, inscripciones, fotos, cartas y muchas otras piezas pueden encontrarse en estos ejemplares [...] Ningún catálogo electrónico puede localizar estos elementos únicos. Es necesario abrir cada uno de los libros y examinarlo.
Por eso, es curioso que la misma New York Society Library que organiza una exposición de los libros anotados que conserva en su fondo, prohíbe terminantemente a los actuales usuarios de su biblioteca escribir en ellos. (De hecho, creo que todas las bibliotecas públicas castigan esta actividad anotadora, lo que no parece ser obstáculo para que los lectores sigan haciendo de las suyas.)
De acuerdo con los defensores de la anotación (¿debería llamárseles "marginalistas" o "marginales"?), los márgenes de los libros son un lugar de encuentro entre el texto y el lector y, salvando la distancia, entre este y el autor. Las notas al margen hacen de los lectores, escritores, y sobre todo -sospecho que esta es una de la razones por las cuales tantos espíritus rebeldes han sido grandes anotadores-, les permiten discutir la autoridad del texto. En estas inscripciones, el lector se enfrenta de tú a tú con el autor y, si es necesario, le canta las cuarenta.
No puedo negar la verdad que hay en todo esto. Tampoco, que me produzca una cierta emoción ver lo que un monje escribió al margen de un manuscrito del siglo XIV. Pero, francamente, me interesa muy poco saber qué pensaba el anónimo lector que se dedicó a ensuciar el libro que estoy leyendo con sus anodinas notas. Quizás es que esto de anotar es una actividad íntima, que debería quedar restringida a la propia e intransferible biblioteca. Como los diarios, las notas al margen son para uno mismo o, en todo caso, para la posteridad.

viernes, 18 de octubre de 2013

BRUSELAS (II): FOGONAZOS LIBRESCOS Y ALGUNA CURIOSIDAD

 
Como ya anticipé en mi post anterior, mi visita a Bruselas fue breve, de modo que las impresiones han sido necesariamente fragmentarias. Por supuesto hubo que ver las atracciones turísticas de rigor (del muñequito ese del chorrito sólo diré que aquel día iba vestido de portugués; en mi ignorancia, tuve la impresión de que iba de tuno, que viene a ser bastante similar: por suerte Bruselas es además sede del Parlamento europeo y siempre hay alguien versado en asuntos comunitarios que te saca del error), entre ellas las famosas galerías cubiertas, las Galeries Royales, que presumen de ser (casi) las más antiguas de Europa y están llenas de comercios de postín -mucho chocolate-, restaurantes y cafés con solera y muchos, muchos turistas. No hubo tiempo de hacer un recorrido bibliómano de la ciudad como me hubiera gustado, pero en estas galerías pude admirar dos establecimientos notables. El primero, la añeja Librairie Saint-Hubert, un lujo de estanterías de roble y lámparas de época.
 

Según dicen, su surtido libresco también vale mucho la pena. Pero se me quitaron las ganas de husmear cuando un dependiente francamente brusco me reprendió por intentar hacer una foto. (La que ilustra esta líneas no es mía, como comprenderán.) El otro, casi enfrente, una tienda especializada en manuscritos. ¡Qué maravilla! Imposible no pensar en Stefan Zweig, que dedicó la mayor parte de su vida a coleccionar manuscritos de los autores y músicos que admiraba, para perderlos todos cuando tuvo que exiliarse.
 
¿Que quiere una carta de Einstein? No hay problema...
El paseo vespertino por un barrio encantador, el de Sainte-Catherine,  permitió descubrir una bonita (aunque lamentablemente cerrada) librería de segunda mano. Al indiscutible atractivo de su escaparate se le unió, por obra y gracia de la luz de atardecer, el reflejo de la iglesia barroca que está delante.
 

 
Poco más a reseñar en el apartado libresco. Pero no quiero cerrar esta breve crónica bruselense sin destacar dos figuras que me llamaron la atención, por motivos diversos. La primera, una estatua dedicada al héroe de guerra probablemente más ignorado: la paloma mensajera.
 

La segunda, una estatua doble, situada en un bello jardín romántico: la del conde de Egmont y su amigo Horn, héroes de la independencia de Flandes, quienes, según reza la inscripción del pedestal, fueron decapitados a causa de una "sentencia inicua del duque de Alba". Cogidos del hombro, ambos parecen enfrentarse con serenidad a su destino.


Casi tengo la impresión de estar oyendo las notas iniciales de la pieza que Beethoven le dedicó:
 
 
Dirigida por Claudio Abbado. ¡Que la disfruten!
 
 

martes, 24 de septiembre de 2013

¿CÓMO GUARDAS TUS LIBROS?


Que el saber no ocupa lugar es una frase que cualquiera con sentido común sabe que es tan falsa como aquella otra de "quien bien te quiere te hará llorar". Ni hacer sufrir a otro es señal de amor, ni podemos ser dueños de una sabiduría pasable sin cargar con una biblioteca más o menos bien surtida. Y los libros, señores, tienen peso y volumen. Ocupan lugar. Pequeños avances en la acumulación de información, como internet o la sustitución de las antaño ubicuas enciclopedias por la etérea Wikipedia no significan que vayamos a poder prescindir en breve de acumular libros en nuestras viviendas. Quiere la tradición (aunque no sea tan antigua como podría parecer) que los libros se almacenen en vertical, uno al lado de otro, con el lomo -esa práctica parte del artefacto libro que sirve para proteger los pliegos y, de paso para informarnos de lo que contiene- mirando hacia fuera y el corte delantero hacia la pared.

Un didáctico esquema de las partes de un libro.
No todo el mundo sabe cuáles son y como se llaman.

O, al menos, para eso están concebidas las estanterías, unos muebles destinados esencialmente a guardar los libros (que, en su lugar, en muchos hogares las llenen con figuritas de porcelana o bibelots varios no es más que una perversión del invento). Respecto a las estanterías, sus diversas formas o materiales y su mayor o menor adecuación a la función para la que fueron destinadas habría mucho que decir. Cualquier bibliómano que se precie ha intercambiado con sus colegas tremebundas historias de estantes que se comban bajo el peso del papel impreso, construcciones enteras que se vienen abajo o baldas que destiñen, dejando indeleblemente marcados los volúmenes en ellas alineados.
Las formas de guardar los libros tienen una historia tan diversa como los propios volúmenes, que Francesca Mari recorre en un entretenido artículo sobre el tema. Por supuesto, antes del libro en formato códice (ya sea manuscrito o impreso) existían los rollos de papiro. Estos se guardaban apilados en estantes, que podríamos decir que son los antepasados de nuestras actuales librerías. En la Edad Media, cuando los libros los copiaban a mano esforzados monjes, eran valiosos tanto por el material de que estaban hechos (los animales con cuyas pieles se hacía el pergamino eran caros, y el proceso para conseguirlo, largo y arduo) como por el trabajo invertido en copiarlos. Se consideró que esos libros tan caros -y pesados, en su mayoría- no debían estar en estanterías abiertas, al alcance de cualquiera, de modo que en muchas bibliotecas monásticas se guardaban en armarios. En otros casos, permanecían en un atril, pero asegurados con cadenas, no fuese que alguien sintiese la tentación... Además, estos códices primitivos se guardaban horizontales o bien en vertical, pero con el lomo hacia adentro. Un lomo que, en aquellos tiempos, no llevaba ninguna indicación acerca de título o autor. ¿Para qué, puesto que no estaba pensado para ser visto? La llegada de la imprenta comenzó a cambiar todo esto, en parte porque los libros se hicieron más livianos, más pequeños y más manejables. Aún así, se seguían colocando con el lomo hacia adentro, de modo que algunos adquirieron la costumbre de poner en el corte delantero alguna indicación sobre su contenido. Así, ciertos libros especialmente cuidados llegaron a ostentar verdaderas obras de arte en el borde exterior, destinadas a realzar su aspecto estético:

Así lucía la biblioteca de Odorico Pillone hacia 1580
 Parece que los primeros lomos impresos datan de la década de 1530. Está claro que para entonces ya se había iniciado el proceso que conduciría a darles la vuelta a los libros en la estantería. Aún así, los libros siguieron siendo durante mucho tiempo prerrogativa de la gente adinerada, y permanecieron confinados en sus bibliotecas, es decir, en una habitación destinada en exclusiva a leer o a estudiar. De allí sólo comenzarían a salir a finales del XIX, tímidamente. Poco a poco, las estanterías con libros fueron ganando terreno e invadiendo el salón y otros recintos de la casa. Hasta llegar al punto en que las estanterías se han convertido en un elemento decorativo más, por encima del posible interés que sientan sus propietarios por su contenido. Sólo hay que echar un vistazo a cualquier revista de decoración. Las hay con diseños espectaculares, aunque no todas pasarían la prueba del bibliómano. Que, en su mayor parte, sólo les piden que sea sólidas y muy, muy capaces. Y es que los libros tienen la costumbre de multiplicarse por encima de todas las previsiones...

[Quienes sientan curiosidad por saber cómo guardan sus libros algunos bibliómanos, pueden consultar la serie de artículos aparecidos en este blog bajo el título de Mi biblioteca.]
 

sábado, 3 de noviembre de 2012

EL ARTE DE ESCRIBIR A MANO


¿Cuánto hace que no recibo una carta escrita a mano? No puedo ni recordarlo. Lo más parecido, quizás, alguna felicitación navideña (otra especie en franca extinción), aunque esas dos líneas de buenos deseos navideños casi no tienen valor en el recuento. El teclado omnipresente y, más recientemente, la comodidad de hablarle al móvil y que éste traduzca nuestras palabras en texto -saltándonos así incluso ese mínimo contacto manual- han reducido el arte de escribir a mano a algo testimonial. Pero que sigue siendo importante. Philip Hensher, escritor y crítico británico, lo cree así, y le ha dedicado todo un libro, Missing Ink: The Lost Art of Handwriting, que si bien seguramente no logrará que todos regresemos a la pluma y el bolígrafo, constituye al menos un toque de atención hacia ese arte que va quedando arrinconado por la tecnología. Tal como dice Hensher, la escritura autógrafa “registra nuestra individualidad, y la marca que la cultura ha dejado en nosotros. Algunos han visto en ella la clave inconsciente de nuestras almas y nuestra naturaleza más íntima. Se ha considerado una señal de nuestra salud como sociedad, de nuestra inteligencia, así como un objeto lleno de simplicidad, gracia, fantasía y belleza en sí mismo".  En el pasado, la letra manuscrita de un persona se veía como un indicador irrefutable de sus rasgos personales. Una caligrafía bella y legible reflejaba el orden mental de su autor, su educación, su esmero. Y lo que se escribe en momentos de intensa emoción transmite no sólo en las palabras, sino también en la letra, esa turbación del ánimo. Esos rasgos de personalidad se pierden irremediablemente en el texto mecánico. Por muy sentido que sea lo que queremos transmitir, los signos que trasladan el mensaje son tan fríos como los de una circular del banco. Está claro que, en aras de la rapidez y la comodidad, hemos dejado algo atrás.
Hasta tal punto echamos de menos la letra manuscrita que unos tipos listos incluso han inventado una aplicación, Fontifier, que permite escanear la propia letra y aplicarla a un texto de ordenador, para conseguir así una nota aparentemente manuscrita pero totalmente automatizada. El colmo.

 
Escribir a mano involucra no sólo la mano y la muñeca, sino también el brazo, el hombro, a veces incluso todo el cuerpo.  En las personas zurdas se aprecia especialmente el esfuerzo de la escritura; su brazo, su espalda, se curvan al escribir. Los escolares que aprenden este arte también dan muestras de su esfuerzo, mientras aferran el lápiz con fuerza y dejan que asome la lengua, concentrados al máximo para lograr trazar esa curva de la "a" o el palo ascendente de la "b". Pues si los sumerios trazaban sus signos en tabletas de arcilla y los romanos sobre cera, la pluma o el lápiz también dejan surcos sobre el papel cuando escribimos, rastro físico de la fuerza efectuada. Podríamos decir que al escribir a mano nos volcamos sobre el papel, con el que tenemos una conexión directa, mientras que el teclado y la pantalla ponen una distancia entre lo que queremos decir y su manifestación fisica final.
Aunque no hable como una voz por teléfono (o como una comunicación por Skype), una carta manuscrita "habla" a través de la letra de su autor. Las letras sobre la página viven y respiran como quien las escribió, y seguirán haciéndolo incluso cuando éste haya desaparecido. Mucho más que una página mecanografiada, la carta de alguien querido sigue interpelándonos y dialogando con nosotros a través del tiempo.
Decía que hace tiempo que no recibo una carta. No es cierto. Mi madre, fallecida hace unos días, dejó entre sus papeles una carta dirigida a sus hijos. Esas hojas manuscritas, que nos hablan con una voz que ya no oiremos más, constituyen el legado más precioso que haya podido dejarnos.
 

viernes, 30 de marzo de 2012

A VECES LLEGAN CARTAS


Cuando yo empecé a trabajar -hace ya muchos años- casi todo se hacía por carta. La hora del correo traía sobres y más sobres y el coleccionismo de sellos hacía furor. Como alternativa, sólo había un invento bastante surrealista, que entonces parecía como del futuro, que era el télex, con una cinta perforada que iba trazando letras en un rollo de papel a medida que avanzaba. Del futuro, ya digo. Luego llegó el fax, que aún era más milagroso, pero sobre todo se generalizó el uso del teléfono. Lo de las cartas fue quedando relegado a asuntos personales o a temas muy importantes, que merecían ser documentados. Hasta el punto de que el arte epistolar parecía listo para el desván. Pero he aquí que con el advenimiento de internet, todos volvimos a comunicarnos por escrito. Y no sólo para asuntos de trabajo. Quien más quien menos, casi todos empezamos correspondencias varias -unas más interesantes y otras no tanto- con amigos y parientes con los que en los últimos diez años quizás no habíamos intercambiado ni una miserable postal. Descubrimos que personas con una verborrea imparable por teléfono se convertían al laconismo por escrito, mientras que otras desplegaban por sorpresa un estilo epistolar ágil y divertido hasta entonces oculto. Muchos confiesan que gracias a la red le han vuelto a coger el gustillo a la correspondencia, eso de contar tus cosas y esperar que el otro te responda. Pero ¡ay!, es una correspondencia virtual, desprovista de soporte físico. En el aviso de correo nos sigue saliendo un sobrecito, amarillo y muy mono, que nos alerta  de que tenemos una misiva, pero el tal sobre es una ficción. Se han acabado, o están a punto de de hacerlo, las cartas personales escritas en papel.
Conscientes de que estamos ante el fin de una era, la Biblioteca Nacional de España anuncia una exposción, con el bonito título de Me alegraré que al recibo de esta. Cinco siglos escribiendo cartas, que pasa revista al género epistolar. En sus manifestaciones tradicionales, claro. Según anuncian, la muestra reúne cartas de personajes famosos como Quevedo o García Lorca junto a cartas de desconocidos que se guardan por su especial significación, desde misivas a los Reyes Magos hasta cartas de pésame o las últimas líneas de un condenado a muerte. Porque aunque la correspondencia no haya muerto, ignoro cómo se guardarán, si es que se guardan de algún modo, nuestras misivas virtuales. Llevamos aún muy pocos años de internet, y yo, entre cambios de ordenador, virus y otras vicisitudes teconológicas, ya he perdido gran parte de mis cartas virtuales. Para nuestros nietos se habrá acabado, ciertamente, la posibilidad  -tan llena de emoción- de descubrir en un arcón un fajo amarillento de cartas escritas por algún abuelo.  


Con o sin soporte físico, el género epistolar sigue muy vivo. Un género que ha sabido transitar con el pabellón bien alto por la ficción -véanse Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos, o Las penas del joven Werther, de Goethe-, que ha demostrado su vinculación con los libros -84, Charing Cross Road, de Helene Hanff- y que incluso se ha adaptado a los nuevos soportes, como demuestran obras como La vida en las ventanas de Andrés Neuman.

miércoles, 21 de marzo de 2012

MARGINALIA


Los marginalia o notas al margen vienen a ser, en el ámbito privado de la página de un libro, lo que los grafiti en el ámbito público de las paredes. Esencialmente, y para los responsables de la conservación tanto de libros como de muros y lugares públicos, un atentado y una prueba de mal gusto. Eso, suponiendo que las anotaciones se hagan en libros ajenos. Porque en los propios, aunque se trate de una actividad que la mayoría de bibliófilos miran con desagrado -los mismos que venderían a su madre por unos marginalia de Cervantes o de Quevedo-, hay cierta permisividad. Incluso es bien sabido que algunos escritores famosos han sido furiosos anotadores de libros. Una de mis fuentes para estos asuntos, el entretenido ensayo de Kevin Jackson sobre curiosidades literarias me informa de que uno de los más pertinaces fue Samuel Taylor Coleridge. Y su afán anotador no se reducía a su propia biblioteca, sino que incluía también los libros de sus amistades. Así, Charles Lamb, en su ensayo sobre el préstamo -Two Races of Men-, reconoce que aquellos ejemplares que le ha prestado a Coleridge  han vuelto siempre "enriquecidos con anotaciones que triplican su valor". Muy fácil, pues, la clave está en sólo prestar los libros a anotadores famosos, en la esperanza de hacer un buen negocio.
Incluso si han sido trazados por manos anónimas, el paso del tiempo contribuye enormemente a darle valor a este género de escritos. Igual que una burda inscripción en una pared ("Fulanito estuvo aquí", "Loli, te quiero") gana enormemente si en lugar de haber sido hecha hace tres días lo fue hace quinientos años -en ese caso, la estudian y la protegen como resto arqueológico-, los marginalia también son más apreciados cuanto más antiguos son. Por ejemplo, los marginalia que los copistas medievales hacían en sus manuscritos. Lo de copiar manuscritos todo el día no debía ser un trabajo muy distraído -además, siempre me imagino que en esos scriptorium debía hacer un frío tremendo- y en su mayoría estos marginalia son quejas: "Pergamino nuevo; tinta mala; no diré más."; "San Patricio de Armagh, libérame de esta escritura."; "Mientras escribía me helaba, y lo que no pude escribir bajo los rayos del sol lo terminé a la luz de la vela."; "Gracias a Dios, pronto será oscuro." (parece que en este monasterio no les llegaba para velas). Con la distancia de los siglos, es imposible no sentir una gran ternura por aquellos monjes encadenados de por vida a la pluma y el pergamino. Por suerte, no todos los marginalia medievales eran de este cariz: no olvidemos que las primeras palabras escritas en castellano -las famosas glosas emilianenses- no son otra cosa que unas notas al margen. Unas notas realmente valiosas.*

Página del Códice Emilianense que se
conserva en San Millán de la Cogolla

*Por cierto, vale la pena la visita al monasterio de San Millán. Situado en un lugar maravilloso (estando allí es fácil considerar, ni que sea por unos instantes, la posibilidad de hacerse monje), conserva una biblioteca muy notable. Y no hay que perderse tampoco el monasterio de arriba, Suso: ¡esos sarcófagos tan pequeños que albergaron los restos de los siete infantes dce Lara! Me pareció emocionante.

domingo, 4 de marzo de 2012

UN MANUSCRITO DE CHARLOTTE BRONTË


En el mundo brontëniano ha causado cierta conmoción el descubrimiento -o redescubrimiento, como veremos más adelante- de un manuscrito de Charlotte Brontë. ¡Y en francés! Se trata nada menos que del que se cree fue el primer ejercicio que la futura autora escribió para Constantin Heger cuando este era su profesor de francés en Bruselas y cuenta la historia de una rata ingrata, siguiendo el modelo de las fábulas de La Fontaine. Si alguien quiere conocerla íntegra, la London Review of Books la brinda en versión francesa e inglesa, además de en un podcast. Como saben bien todos los brontënianos de pro, este mismo M. Heger fue el amor no correspondido de Charlotte, una decepción amorosa que luego ella utilizó para su novela Villette, convirtiendo a Heger en el joven (y soltero: Heger tenía una omnipresente mujer y cinco hijos) profesor Paul Emanuel. En esta versión de la historia, Emanuel sí que se enamora de Lucy, la heroína, aunque no hay propiamente un final feliz (inoportunamente, Paul es requerido para hacerse cargo de unas propiedades en las Indias Occidentales y parece que muere en el viaje de regreso). Lo que me ha llamado la atención no es el descubrimiento en sí, sino más bien los caminos que estas páginas han debido recorrer para llegar hasta nosotros. Como he comentado otras veces, estremece pensar la cantidad de obras maestras que deben de haberse perdido, a juzgar por lo fácil que resulta que los manuscritos se desvanezcan. La cuestión es que, en 1913, Paul Heger donó las unicas cuatro cartas de Charlotte que su padre conservaba -las que ella le escribiera debieron ser bastantes más- al British Museum, al mismo tiempo que se publicaban en el Times, provocando gran sensación. Raoul Warocqué, por aquel entonces uno de los hombres más ricos de Bélgica y ávido coleccionista de casi cualquier cosa, quiso comprarle a Paul algún manuscrito de Charlotte y, a falta de cartas, este le ofreció el de esta fábula, junto con copias de las cartas donadas al British. A su muerte, acaecida en 1917, Warocqué legó su palacio de Mariemont y sus fabulosas colecciones de arte y manuscritos al estado belga, ya que no tenía herederos directos. Pero, de algún modo, este manuscrito se extravió y no volvió a saberse de él. Recientemente, el archivista Brian Bracken, que trabaja en una biografía del hermano de Heger (nota mental: averiguar si es que este Vital Heger tiene algún interés per se o si sólo se ha fijado en él por ser hermano de Constantin; esto último me parecería excesivo), decidió buscar en los archivos del Museo Real de Mariemont  alguna mención a este personaje e inesperadamente dio con este manuscrito.  Claro que anteriormente la rata ingrata ya había sobrevivido a otro peligro: el palacio de Mariemont, donde se conservaban todas las colecciones de Warocqué, resultó destruido por un incendio en 1960. Así pues, es cierto que su redescubrimiento tiene algo de milagroso.

Acuarela de la Rue d'Isabelle, donde estaba el pensionado de Heger,
 en 1894. La calle fue demolida a principios del siglo XX.

sábado, 4 de febrero de 2012

ESCRITO A MANO


Páginas del manuscrito de "Love, etc.", de Julian Barnes,
uno de los pocos autores que aún escriben a mano
La red, que funciona gracias a una tecnología digital, es sin embargo un medio incomparable para preservar y acercar a un público amplísimo manuscritos de todas las épocas y autores. Gracias a las siempre originales ideas de la web Flavorwire, que esta vez ha tenido la ocurrencia de analizar grafológicamente la personalidad de algunos autores (análisis que recomiendo por lo divertido, aunque lo más probable es que no tenga mucho fundamento científico), descubro que existe un lugar donde se recogen muestras manuscritas de escritores y artistas. Se aceptan aportaciones, por cierto. La recopilación abarca desde las notas más de compromiso (incluso algunas escritas a máquina, aunque firmadas a mano) hasta páginas de novelas, poemas o libretas de apuntes. Grafólogos o no, es obvio que la manera de escribir de cada uno -y no sólo la caligrafía, sino también el modo de organizar el texto en la página- transparenta algo de la personalidad del que escribe. De ahí la fascinación que ejerce sobre nosotros la página manuscrita. A veces me pregunto si los nativos digitales aún escriben a mano, si quedará algún manuscrito de los autores del siglo XXI. Probablemente, no. Aunque en las editoriales se siga llamando "manuscritos" a los originales de los autores, ya ninguno de ellos se presenta bajo esa forma. Pero estos manuscritos originados por ordenador no conservan rastro de las tachaduras y correcciones de su autor. Se pierde así toda huella del proceso de creación, a menudo tan fascinante como la obra acabada. (Yo confieso que suelen gustarme casi más los ensayos de obras musicales o de teatro que las representaciones finales de las mismas; hay algo mágico en ver el trabajo que hay detrás de lo que el día del estreno parece fluir sin esfuerzo.) Sé que ciertas bibliotecas universitarias se plantean -o lo están haciendo ya, en el caso de algunas americanas- conservar los archivos digitales de las sucesivas versiones de las obras de determinados autores. Claro que se trata de autores ya consagrados, a los que pueden pedir de antemano que guarden archivos separados de las modificaciones que vayan incorporando a sus obras. Pero eso es algo que dudo que hagan ningún aspirante a escritor. Y ¿quién puede decir cuál de ellos será el Premio Nobel de mañana? Por no hablar de que los bits son mucho más inestables que el papel y la tinta.
Mientras se aclara, o no, el futuro de los archivos digitales, podemos seguir contemplando, gracias a la misma tecnología que está acabando con ellos, manuscritos como este de Pessoa, en el que ha tachado su nombre, quizás porque escribía bajo uno de sus muchos heterónimos. Algo que ningún ordenador nos hubiera dado.



domingo, 1 de enero de 2012

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Como cada año, el 1 de enero es el día de la esperanza. Esperanza de que los 365 días que tenemos por delante serán mejores que los pasados, y que -contra toda evidencia- nosotros también conseguiremos ser algo más buenos, más sabios, más amables, más trabajadores, más... Los aficionados a las listas no podemos dejar pasar esta oportunidad de hacer, un año más, nuestra lista de buenos propósitos para el año que comienza. Seguramente será la misma, o muy parecida, que la del año anterior, y al igual que ella quedará pronto olvidada e incumplida. Pero qué importa; al menos durante unos días podremos albergar la impresión de ser mejores.


Gracias a Brainpickings he dado con esta tierna -y bastante exhaustiva- lista compilada por Woody Guthrie en 1942. Los buenos propósitos del simpático músico americano abarcan casi todos los ámbitos de la vida (aquí la lista completa, que no se aprecia demasiado bien en la foto), desde cambiarse de calcetines hasta ganar la guerra contra el fascismo. No está mal como inspiración. Y no está mal que alguien nos recuerde cosas tan importantes como que "hay que amar a todo el mundo" (puesto que no soy tan buena como Guthrie, creo que me permitiré algunas excepciones a este punto) o que conviene "tener compañía, pero no perder el tiempo". Y, sobre todo, en este año que se presenta tan lleno de nubarrones, que es preciso "mantener la máquina de la esperanza en marcha". Eso haremos. ¡Feliz 2012!

miércoles, 30 de noviembre de 2011

PERDIDOS Y ENCONTRADOS: LIBROS QUE REAPARECEN

La experiencia demuestra que rebuscar entre viejos legajos y manuscritos amarillentos no es una pérdida de tiempo, sino que incluso puede llevar a hallazgos insospechados. Casi coincidiendo con mi entrada anterior que también tocaba este tema, la web Flavorwire se ha descolgado con una serie de anécdotas sobre obras perdidas y encontradas. Para mi gusto, su criterio de selección es un tanto laxo, porque no es lo mismo la paciente búsqueda del investigador que sigue una pista que el heredero que va dosificando la publicación de originales inéditos o inacabados -véase el caso del hijo de Tolkien, que parece tener un fondo inagotable de este material-, o bien recupera alguna obra de juventud que el autor (a menudo con buen criterio) decidió en su momento no dar a la imprenta. En cualquier caso, muchas de estas historias de libros perdidos y encontrados tienen su enjundia. Vale la pena hacerse eco de algunas:
Irene Némirovsky, con su marido e hijas

Número uno en el ránking, simplemente porque se trata de una gran novela con una terrible historia detrás: Suite francesa de Irene Némirovsky. Durante los primeros tiempos de la Ocupación nazi, refugiada con sus hijas en un pueblecito francés, Irene Némirovsky se dedicó a escribir lo que esperaba sería una novela en cinco partes. Sólo llegó a completar dos de ellas antes de ser detenida y llevada a un campo de concentración, donde moriría. A sus hijas les dejó una maleta llena de papeles, una maleta que después de la guerra acabó en un desván. Sus hijas, creyendo que lo que había en ella eran los diarios de su madre, consideraron que leerlos les resultaría demasiado doloroso. Por fin, en 1998, su hija Denise decidió ordenar su contenido y descubrió que todas esas páginas escritas con una caligrafía diminuta y casi ilegible eran una novela. Durante muchos meses, se dedicó a transcribirlas y la obra por fin vio la luz en 2004. Por uno de esos juegos malvados de la vida, su otra hija, Elisabeth Gille, que era editora, murió en 1996 (tras escribir una biografía de su madre), de modo que nunca llegó a saber lo que contenía la maleta ni a leer esa novela póstuma de su madre.

Conan Doyle, en 1890
Otra historia, esta vez más graciosa: se trata de la primera novela de Arthur Conan Doyle, que escribió cuando tenía 23 años y que hace escasamente un mes vio por primera vez la luz, después de 130 años. Al parecer, Conan Doyle le envió al manuscrito a un editor, con tan mala suerte que éste se perdió en el correo. Entonces el autor decidió reescribirlo de memoria, aunque da la impresión de que esta le falló, porque el manuscrito recuperado ahora por la British Library, que lleva por título The Narrative of John Smith, termina en el capítulo sexto. En aquella época en que los novelistas escribían a mano, extraviar un original podía ser una verdadera tragedia.
A veces, el tiempo transcurrido entre la escritura y la publicación pone de relieve aspectos que en su tiempo hubieran pasado inadvertidos. Eso es lo que sucedió con la novela "perdida" de Julio Verne, París en el siglo XX. Rechazada por su editor -a la que le pareció descabellada- en 1863, Verne la encerró en una caja fuerte, donde la encontraría su nieto muchos años después. La versión francesa no se publicó hasta 1994. En esta novela, que transcurre en el París de 1960, Verne nos habla de un mundo puesto al servicio del dinero, donde la gente viviría preocupada por las cotizaciones de Bolsa, en donde la educación y la tecnología no estarían al servicio del conocimiento, sino de la acumulación financiera. No iba del todo desencaminado, ¿verdad? Verne también habla de un invento llamado «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».  Su protagonista, Michel Jerôme, un joven que ama la lectura y las lenguas clásicas, es tachado de inútil, porque sus habilidades no valen nada en esa sociedad mecanizada. Realmente, no era tan descabellado...

domingo, 27 de noviembre de 2011

EL PALIMPSESTO DE ARQUÍMEDES


Los caminos por los que la sabiduría de los griegos, ese germen de la civilización tal como hoy la concebimos, ha llegado hasta nosotros son a menudo tortuosos. Mucho se ha perdido, seguramente para siempre -de no mediar algún milagro-, y otro tanto lo conocemos sólo de forma fragmentaria o a través de terceras personas. Esta es la historia de cómo unos escritos de Arquímedes han visto la luz, gracias al trabajo paciente de los investigadores, a las más modernas tecnologías, y a una serie de casualidades dignas de una novela. Allá por el siglo III a. C., Arquímedes de Siracusa escribió sus tratados sobre rollos de papiro, unos originales irremediablemente perdidos en la noche de los tiempos. Por fortuna, sus obras fueron copiadas por generación tras generación de escribas. Hacia finales del siglo V, probablemente, estos escritos dieron el salto al pergamino y fueron encuadernados. El que nos ocupa, el protagonista de esta historia, es un pergamino que se ha podido datar hacia el año 900, sin duda procedente de Constantinopla. Cuando en 1204 las grandes bibliotecas de esta ciudad fueron saqueadas por los cruzados, nuestro pergamino consiguió de algún modo sobrevivir y llegar hasta un monasterio cristiano. En 1229, un monje griego que necesitaba pergamino para un libro de oraciones desmontó el manuscrito de Arquímedes, rascó lo escrito y sobre esa misma piel copió el texto litúrgico. Un proceso muy común en una época en que el pergamino era un bien escaso y caro, y en que la salvación de las almas tenía un rango mucho más elevado que la ilustración de las mentes. El resultado de esta operación se conoce como palimpsesto (palabra hermosa donde las haya). A continuación, silencio, oscuridad y rezos durante varios siglos, hasta que en 1906 un clasicista danés, Johan Ludwig Heiberg, descubrió el manuscrito en la biblioteca de un monasterio ortodoxo griego en Constantinopla. No sé bien cómo (mi fuente no lo dice), supo reconocer que bajo las plegarias había un texto griego, una obra de Arquímedes. Consiguió que le permitieran fotografiar muchas de las páginas e incluso publicó algunos artículos desvelando aquellos fragmentos que había podido descifrar. Así, el mundo occidental tuvo noticia de la existencia de una obra de Arquímedes hasta entonces desconocida, el Método de los teoremas mecánicos. Gran cosa para la cultura, mala para la codicia: poco después de la Segunda Guerra Mundial, el palimpsesto desapareció de la biblioteca -sin duda fue robado- y se cree que permaneció en manos de una familia francesa durante la mayor parte del siglo XX. En 1998 salió inesperadamente a subasta en Christie's y fue adquirido por dos millones de dólares por un comprador anónimo. Recordemos que durante todo este tiempo ningún especialista había podido estudiar el manuscrito: la mayor parte de los textos de Arquímedes en él contenidos seguían siendo inaccesibles.
Pero ya no. Desde el pasado 16 de octubre en el Walters Arts Museum de Baltimore (EE.UU.) se puede visitar la exposición "Lost and Found: the Secrets of Archimedes", donde se desvela no sólo qué era lo que escondía el palimpsesto, sino cómo, en una paciente y escrupulosa labor que ha durado años, se llegó a descifrarlo. Gracias a William Noel, conservador del museo, y su equipo y gracias también a la generosidad del comprador -sigue siendo anónimo- que accedió a prestarlo para su estudio, el palimpsesto de Arquímedes ha desvelado sus secretos y ha regalado al siglo XXI varios tratados de Arquímedes, además de algunos otros textos de la época. Sobrecoge un poco pensar el largo camino que ha sido preciso recorrer para llegar a leerlos, pero también emociona ver cómo las voces de la Antigüedad pueden ser recuperadas.



miércoles, 25 de mayo de 2011

LA CIENCIA-FICCIÓN SE PONE DE LARGO

Se acaba de inaugurar en la British Library una exposición que estoy segura llamará mucho la atención. Se titula "Out of this World. Science-Fiction But Not As You Know It" y pretende explorar todos los aspectos del género que hoy llamamos ciencia-ficción a través de la historia. Según sus organizadores, su intención es "desafiar la percepción que los visitantes tienen del género presentándoles algunas joyas de la colección de la Biblioteca, desde los primeros manuscritos de ciencia-ficción hasta los bestsellers más recientes". Hasta no hace mucho, la ciencia-ficción era un género marginal y desde luego considerado poco "serio", aunque la creación de mundos alternativos tiene una larga tradición literaria, así como la idea de que existen seres y civilizaciones distintas a la nuestra. Y muchos ilustres nombres la han cultivado. Para darse cuenta de la amplitud de miras de la selección que han hecho los de de la British Library -que incluye además de manuscritos y libros, fotografías, películas y videos-, ahí van algunas muestras de lo que en ella se puede ver:
-Una edición de 1678 de la Historia verdadera de Luciano de Samosata, una obra que data del siglo II d. C., que narra las peripecias de un grupo de viajeros que visitan países fantásticos y acaban siendo transportados a la Luna. Probablemente sea esta la primera obra conocida que se puede denominar de ciencia-ficción.
-El manuscrito de la obra de Edward Bulwer-Lytton The Coming Race (1871), de la cual deriva el nombre del popularísimo caldo concentrado Bovril. En esta novela, el narrador llega por accidente a un mundo subterráneo habitado por seres avanzados, que usan como fuente de energía una sustancia llamada Vril  que les hace poderosos y potencialmente un peligro para la Tierra.  
-Una edición de 1983 del Codex Seraphinius, de Luigi Serafini, un artista y diseñador italiano que produjo una enciclopedia de un mundo imaginario, en un lenguaje también inventado, una lengua que no ha podido ser descifrada. 
-Y, last but not least, los manuscritos originales de los escritos de juventud de la familia Brontë. Dotados de una prodigiosa imaginación, los jóvenes Brontë escribieron -en letra minúscula y formando libritos pequeñísmos, del tamaño de cajas de cerillas y cosidos a mano-, una serie de relatos en los que creaban mundos imaginarios: Branwell y Charlotte inventaron el reino de Angria, mientras que Emily y Anne crearon el país de Gondal. Los cuentos incluían pequeños mapas. En palabras de Andy Sawyer, director de Estudios de Ciencia-Ficción en la Universidad de Liverpool (sí, eso existe) dice al respecto: "Las Brontë son muy conocidas, y habitualmente no se las asocia con la ciencia-ficción, pero esos diminutos libros manuscritos, que se conservan en la British Library, son uno de los primeros ejemplos de "fan fiction"; utilizan sus entornos y personajes favoritos de la misma manera que hoy en día los fans de la ciencia-ficción y la fantasy se internan en los "universos" imaginarios de Star Trek o Harry Potter."
Quién lo hubiera dicho: las Brontë convertidas en autoras de ciencia-ficción...
 
[Pido perdón a mis comentaristas: Blogger está temperamental y desde hace un par de días no me permite comentar en mi propio blog, ni tampoco en algunos otros (aunque hay blogs en que sí me deja, vaya usted a saber por qué). Les aseguro que he intentado responder a todos los amables comentarios, pero por ahora no me ha sido posible. Confío en que Blogger se ponga de mejor humor pronto y me deje.]

martes, 11 de enero de 2011

LUGARES COMUNES

Robert Darnton afirma en un artículo titulado "Lugares comunes fuera de lo común", -que se puede leer en versión castellana en la recopilación titulada El coloquio de los lectores-, que hubo un tiempo en que los lectores (un cierto tipo de lectores, matizaría yo) llevaban libros de lugares comunes: cada vez que se topaban con un pasaje jugoso, lo copiaban en un cuaderno y añadían sus comentarios. Esta costumbre tiene una larga tradición, pues según algunos se remonta a Aristóteles, quien en su Retórica incluye consejos para hacerse con un conjunto de lugares comunes (o topoi), que sirvieran a los estudiantes para tomar de ahí los temas de sus discursos. Más adelante, Erasmo en su De Copia habló de esta técnica y muchos otros humanistas la practicaron. Estos "libros de lugares comunes" servían , en un tiempo en que el acceso a los libros era a menudo difícil, para conservar las perlas de sabiduría que estudiantes o simples lectores deseaban conservar para futura referencia. Francis Bacon y John Milton, por ejemplo, llevaron libros de lugares comunes, como también Thomas Jefferson (que tenía varios, divididos por temas) o Walt Whitman (véase la foto que ilustra esta entrada). Esos, de entre los que han llegado a nosotros, porque dado que formaban parte en general de papeles privados, raramente llegaron a publicarse y la mayoría se han perdido. Es una lástima, porque en el caso de los escritores tener un registro de los fragmentos y citas que les llamaron la atención, así como -a menudo- sus comentarios a ellos, resultaría de un valor incalculable. En tiempos más modernos, con frecuencia se recurría, más que a copiar, simplemente a pegar en ese cuaderno fragmentos de artículos, imágenes y otros recortes de interés, a los que se añadían comentarios personales. ¿Y a qué nos recuerda esto? Pues nada menos que a los actuales blogs. Aunque en la blogosfera hay de todo, cada vez más y más variado, según Technorati en 2010 el 65% de los blogueros han sido "hobbyists", es decir, personas que mantienen un blog sin intenciones crematísticas, simplemente porque les gusta. Y de estos, el 74% afirma que mide el éxito de su blog de acuerdo con la satisfacción personal que le produce. Creo pues que se puede decir, sin temor a equivocarse mucho, que una parte de los blogs actuales son los descendientes de esos antiguos cuadernos de lugares comunes. Lugares donde se recoge lo que interesa, lo que estimula la curiosidad y el intelecto, los comentarios sobre lo que leemos y lo que pensamos, mediante una tecnología que permite almacenarlo fácilmente y recuperarlo desde cualquier lugar. Y compartirlo, faltaría más.

viernes, 3 de diciembre de 2010

EL FANTASMA DE SHELLEY

Una página del manuscrito
de Frankenstein
Se acaba de inaugurar en la Bodleian Library de Oxford una exposición perfecta para mitómanos y para esos coleccionistas de autógrafos de los que hablaba hace poco. Lleva por título "Shelley's Ghost" y en ella se hace un recorrido por los manuscritos y objetos que se guardan en esta biblioteca -y en la New York Public Library, que colabora en esta exposición- tanto de Mary Shelley y su esposo Percy como de los padres de Mary, William Godwin y Mary Wollstonecraft, dos grandes figuras por derecho propio. Una familia llena de talento, pero perseguida por el escándalo y la tragedia. Mary Wollstonecraft, escritora y autora del revolucionario (para la época) tratado en pro de las mujeres "A Vindication of the Rights of Women" tuvo una hija fuera del matrimonio con Gilbert Imlay y se casó luego con el filósofo William Godwin, famoso por sus ideas contrarias a la Iglesia y el Estado. Mary murió al poco de dar a luz a su hija (la futura Mary Shelley), a quien Godwin educó en un estricto racionalismo. Percy Bysse Shelley fue uno de los discípulos de Godwin, pero la amistad entre ambo se acabó cuando, en 1814, Percy -que era un hombre casado- raptó a Mary Godwin, que por entonces contaba diecisiete años (luego se casarían y ella adoptaría el nombre de Mary Wollstonecraft Shelley), huyendo a Francia con ella y con su hermanastra Claire. En 1816, la esposa de Percy se suicidó y los dos amantes contrajeron matrimonio. Como en Inglaterra sus relaciones causaron el consiguiente revuelo, se trasladaron primero a Suiza, donde se harían amigos de Lord Byron (otro proscrito de la sociedad británica) y pasarían con este y con su médico, Polidori, un frío y lluvioso verano a orillas del lago Leman, el llamado "año sin verano", para trasladarse luego a Italia. Durante esos meses se gestó el relato que haría inmortal a Mary, Frankenstein. La exposición que ahora se abre incluye entre otros tesoros el manuscrito de esta obra, así como el cuaderno de notas de Shelley, una carta de Keats a Shelley, el diario de William Godwin y el catalejo que se supone llevaba consigo Shelley cuando en 1822 se ahogó en el golfo de La Spezia. Aquí se pueden ver algunas fotos de la exposición. La vida de Mary estuvo llena de pérdidas: además de una hija que nació muerta antes de contraer matrimonio con Shelley, tuvo otros tres hijos, dos de los cuales murieron muy pequeños, antes del accidente que le costó la vida a su marido. Entonces regresó a Inglaterra con el último de ellos, donde se ganaría la vida escribiendo y se esforzaría por publicar la obra de su difunto marido. Paralelamente a esta exposición se ha publicado un libro que lleva el mismo título y que disecciona los destinos de esta curiosa, brillante y tan desgraciada familia.

viernes, 26 de noviembre de 2010

PROPIEDADES MÁGICAS DE LA PALABRA ESCRITA

J.K. Rowling firmando libros.
Quizá a algunos de sus fans se les contagie la magia de Harry Potter.
 Primitivamente, se creía que el contacto con algún gran héroe o guerrero otorgaba una participación de sus cualidades. Es esta una creencia muy arraigada en el género humano, se diría casi parte de nuestra herencia genética, porque en menor o mayor grado ha llegado hasta nuestros días. Las cualidades que se consideran dignas de admiración han ido variando según los momentos históricos y las sociedades, pero el fenómeno es observable en multitud de manifestaciones, desde el culto a las reliquias de los santos hasta el implacable asedio en busca de autógrafos que deben soportar estrellas de cine o futbolistas. La caza de firmas de escritores en ferias del libro o presentaciones es también de algún modo una manifestación de este deseo por poseer algo del personaje admirado. Nos llena de orgullo tener un libro en el que el autor cuya obra nos deslumbra ha escrito unas palabras dirigidas a nosotros, por más manidas que estas sean. Alternativamente, poder contemplar o tocar las páginas que escribió en el pasado algún gran hombre (o mujer) produce una emoción inexplicable, como si, por arte de magia, sus cualidades pudieran transferirse a nosotros a través del tiempo y el espacio. Es este un mecanismo que se puede observar bien en el caso de Stefan Zweig, un proceso que él documentó en sus cartas y en sus memorias. Tal como confiesa en El mundo de ayer, "la vez que, siendo niño, fui presentado a Johannes Brahms y él me dio un golpecito amistoso en el hombro pasé varios días trastornado por el formidable suceso. A mis doce años no tenía una idea exacta de lo que había hecho Brahms, pero su mera fama, su aura de creador, producía un efecto embriagador". Pronto el joven Stefan pasó de perseguir a celebridades por la calle a escribirles solicitando autógrafos y así fue cultivando esa afición que se convertiría en uno de los ejes de su vida. Con el tiempo, se haría con una notabilísima colección de autógrafos, entre los que se contaban verdaderos tesoros, como un dibujo de Goethe, una cantata de Bach, dos páginas de Montesquieu o un discurso de Robespierre y a los que destinaría grandes cantidades de dinero (lamentablemente, gran parte de este colección se dispersaría cuando Zweig tuvo que exiliarse). De hecho, no se trata de una afición moderna, ya en 1890 era algo tan extendido que Henry James la satirizó en su relato The Death of the Lion (1894). Y George Bernard Shaw, en el momento cumbre de su popularidad, se jactaba de que la mayoría de los cheques que extendía no llegaban a cobrarse nunca, porque para el poseedor valía más el pedacito de papel con su firma que el dinero que representaban. ¿Quién dijo que la palabra escrita no es mágica?

viernes, 5 de noviembre de 2010

CURIOSIDADES DE LA LITERATURA

Hablé en otra entrada de Thomas Dibdin, autor de un exitoso tratado sobre Bibliomania. Pero la época debía ser fecunda en bibliómanos, porque otro contemporáneo suyo, Isaac D'Israeli (1766-1848), alcanzó también notoriedad con varios volúmenes dedicados a las Curiosidades de la Literatura, una auténtica mina de anécdotas en torno a los libros. Quizás eso se deba a que era un momento especialmente oportuno para dar con manuscritos y libros antiguos: la supresión de los jesuitas en 1760 y la Revolución francesa habían provocado la dispersión de muchas bibliotecas notables y los británicos y americanos en especial se lanzaron a comprar. Isaac D'Israeli es hoy conocido más que nada por haber sido el padre de Benjamin D'Israeli, el político y Primer Ministro inglés. Sin embargo, fue un personaje muy interesante en sí mismo. Aunque nació en Inglaterra, descendía de una familia judía que, expulsada de España por la Inquisición, se había afincado en Italia. Isaac manifestó desde muy joven su afición por las letras, para gran disgusto de su padre, rico comerciante, que deseaba que siguiera sus pasos. Para ello, le envió durante cuatro años a Amsterdam, tiempo que Isaac aprovechó para estudiar a Voltaire y a Rousseau y para escribir un largo y ardiente poema contra el comercio. Poeta, ensayista, biógrafo y reputado bibliófilo, su obra más conocida fue la colección de ensayos titulada Curiosities of Literature, que versaban en torno a libros raros, personajes y costumbres de los bibliómanos. Fue inmensamente popular durante el siglo XIX y siguió imprimiéndose hasta bien entrado el siglo XX, aunque dudo de que existiese versión española. Por suerte, hoy es posible consultarla en el archivo de Project Gutenberg y doy fe de que es una lectura deliciosa, que combina erudición e ingenio. Posiblemente me referiré más de una vez a ella, pero por hoy citaré sólo el capítulo dedicado a la recuperación de manuscritos antiguos. Nos cuenta D'Israeli que sólo el más ciego azar ha hecho que algunos, pocos, de los autores de la Antigüedad llegasen hasta nosotros. Tras la conquista de Egipto por los sarracenos, que significó el fin del acceso a un soporte de escritura barato como el papiro, el único recurso que quedó en Europa era el pergamino. Su escasez llevó a que se reutilizasen los antiguos manuscritos, y de este modo Tito Livio o Tácito fueron sustituidos por breviarios o vidas de santos: "verdades inmortales se vieron convertidas en torpes ficciones", en palabras de D'Israeli. Que los monjes no sentían gran aprecio por estos autores "profanos" parece demostrarlo el que, cuando en un scriptorium uno de ellos requería una obra de un autor pagano, a los signos habituales (las reglas les impedían hablar) añadía uno particular: se rascaba detrás de la oreja, a modo de perro con pulgas. No es raro, pues, que tan pocos de los autores clásicos nos hayan llegado íntegros. Sólo en el Renacimiento se empezaron a valorar estas obras, y entonces se desató un verdadero frenesí por recuperarlas. Algunos de estos hallazgos se hicieron en los lugares más insólitos, como la obra de Quintiliano, encontrada en el monasterio de St. Gallen, pero no en la biblioteca, sino en un cofre olvidado en un rincón, bajo un montón de basura. Otros habían sido utilizados para los menesteres más diversos; nos cuenta D'Israeli que un hombre de letras encontró una hoja de Tito Livio en el relleno de su "battledore" (especie de raqueta para el juego del volante). Salió corriendo para preguntarle al artesano que lo había fabricado si tenía más, pero ¡demasiado tarde!, éste había agotado su existencia de hojas de Livio una semana antes. Con estas y muchas otras anécdotas, D'Israeli logra convertir la búsqueda de manuscritos en una aventura digna de Indiana Jones. Un festín para bibliómanos.