John F. Peto

John F. Peto
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domingo, 28 de abril de 2024

LIBROS QUE PERMANECEN

Ilustración de Jonathan Wolstenholme

A menudo me han preguntado si no me gustaría montar mi propia editorial, una pregunta que probablemente nos han hecho a la mayoría de las personas que hemos pasado nuestra vida profesional entre libros. La respuesta siempre ha sido un no rotundo; conozco demasiado bien lo que implica tener una editorial, que va mucho más allá de esa visión idílica de "así podrías publicar lo que quieras": bregar constantemente con distribuidores, imprentas, calendarios, devoluciones, preparar ferias, ocuparse de la promoción, contentar a autores y colaboradores... Si encima eres la propietaria,  tienes que ocuparte de la cuenta de resultados, de negociar con los bancos y de pagar las facturas. Una pesadilla. Se acaba haciendo casi de todo menos disfrutar de la lectura, que es a lo que en realidad aspira una. 
De hecho, pensándolo bien, casi lo único que me ilusionaría es montar una revista como la británica Slightly Foxed, una publicación trimestral (una periodicidad muy civilizada) que se ocupa casi exclusivamente de hablar de libros más o menos olvidados, o simplemente pasados de moda, que -a juicio de sus editores, y de sus colaboradores- merecen ser (más) leídos. La revista me gusta por muchos motivos: por su agradable papel de color ahuesado, su tipo de letra clásico y sus folios elzevirianos; por su formato manejable, similar al de un libro; por las ilustraciones de cubierta, encargadas a diferentes artistas, que suelen contener un guiño al título (más sobre esto a continuación); por sus colaboradores, que no son articulistas conocidos, sino lectores entusiastas (que, además, por supuesto, son capaces de escribir bien y transmitir su entusiasmo); y, sobre todo, por el eclecticismo de su selección, que abarca todos los siglos y todos los géneros. Tanto pueden recomendar El Paraíso perdido de John Milton como una novela detectivesca olvidada de los años cincuenta; un libro de viajes por Oriente de los años treinta como la correspondencia de un poeta inglés del romanticismo; un manual de economía doméstica de los años cincuenta como los diarios de un secretario de Churchill. 
Los propios editores definen su publicación como "poco pretenciosa y un tanto excéntrica". Lo mejor es que entre sus páginas lo mismo se pueden encontrar artículos sobre obras clásicas archiconocidas (pero, ay, no siempre todo lo leídas que deberían), como Jane Eyre o el gran ciclo novelístico de Proust, que un artículo sobre los placeres de leer un atlas, o sobre una obra para niños de esas que son igualmente placenteras para el lector adulto (y, créanme, la mayoría de los buenos libros infantiles lo son). En suma, una revista para lectores sin manías, para lectores todoterreno, capaces de interesarse por cualquier tema, siempre que esté bien plasmado. 
El título en sí ya es un especie de broma para iniciados: slightly foxed es el término que quienes tratan con libros de segunda mano emplean para indicar que el ejemplar presenta un papel un poco decolorado, con esas manchitas rojizas que proporcionan la humedad y el tiempo. O sea, que entender el título presupone que uno está acostumbrado a trastear entre libros viejos. Pero, como fox es zorro en inglés, los editores llevan la broma más allá y suelen incluir alguno de estos animalillos, más o menos disimulado, en la cubierta. Vean algunos ejemplos:




Otra cosa que me encanta de esta revista dedicada a recuperar viejos libros para nuevos lectores es que sus números atrasados pueden seguir adquiriéndose durante muchos tiempo; años, de hecho. Los libros no tienen fecha de caducidad; la revista, tampoco. Predican con el ejemplo. De vez en cuando, buceo en su web y me hago con unos cuantos ejemplares, de años y estaciones diversos. A veces, porque alguna de las obras que reseñan me llama la atención; otras, simplemente porque me gusta la cubierta. En cualquier caso, estoy segura de que el contenido será interesante. Ignoro si la revista es un buen negocio. Sin duda no debe de haber sido tarea fácil mantenerla a flote durante tanto tiempo (lleva más de veinte años en la brecha), por lo que complementan sus actividades con la edición, bellamente encuadernada en tela, de algunas de las obras que recuperan en sus páginas, sobre todo memorias. Y, conscientes de que muchos de los libros que ensalzan no están en el mercado, se brindan a conseguir ejemplares de segunda mano al lector que lo desee. Últimamente -porque, aunque hablan de libros viejos, están al día- han inaugurado un podcast, tan simpático e inteligente como la revista.

Así de bonitos lucen los libros de Slightly Foxed

¿Sería posible una publicación así en nuestro país? Si hay que juzgar por la celeridad con que los libros recién publicados desaparecen de las librerías -para ser sustituidos por otras novedades igualmente efímeras, en una rueda infernal e imparable- y por la escasísima atención que los editores suelen prestar a su fondo, diría que no. Hacerse con un ejemplar de cualquier libro de ventas discretas que tenga más de dos o tres años de antigüedad es a menudo misión imposible. 
¿Qué libros me gustaría resucitar, en el hipotético e improbable caso de que existiese algo así en nuestras latitudes? Ah, como diría Kipling, eso es otra historia. 


martes, 31 de mayo de 2022

EL SÍNDROME DEL LECTOR LLEGA A SUS PANTALLAS


Mis fieles lectores recordarán seguramente mi insistencia en que no hay que dejarse llevar por la novedad, que los libros, si valen la pena, tienen una vida larga y en ocasiones incluso reaparecen cuando unos menos se lo espera. Sabrán asimismo que, hace unos años (cinco nada menos), recogí en un libro los artículos que estimé más interesantes de este blog, una recopilación que Trama Editorial tuvo a bien publicar -en una edición preciosa, por cierto- con el título de El síndrome del lector. El libro ha tenido, como era de esperar -los enfermos de la lectura no somos tantos-, una difusión modesta, pero ha ido haciendo su pequeño camino en el que, quiero imaginar, ha ido encontrando lectores. Prueba de que los libros cobran una vida propia es que hoy, en el telediario de las tres, el de Ana Blanco, en medio de un reportaje sobre la Feria del Libro de Madrid, ha aparecido de repente, en primer plano, mi discreto Síndrome. No sé si el libro se habrá ruborizado, pero su autora sí. Ha sido una maravillosa sorpresa que quería compartir con todos aquellos que pasan por aquí. ¡Larga vida a los libros, y a sus lectores, que son quienes los mantienen con vida!

 


viernes, 6 de julio de 2018

CURIOSIDADES ENCICLOPÉDICAS


Contrariamente a lo que afirmaba la canción, el vídeo no mató a la estrella de la radio (de hecho, es el vídeo -en VHS- el que está muerto ahora, mientras la radio sigue gozando de buena salud), ni tampoco lo digital acabó con los libros en papel... con una excepción: las enciclopedias. No hace tanto tiempo, no había hogar que se preciara cuyas estanterías no luciesen una ristra de volúmenes de uno de estos compendios del saber, de mayor o menor enjundia y envergadura según los posibles económicos y la ambición cultural de la familia en cuestión. Compradas a menudo a plazos -los treinta y dos tomos de la Enciclopedia Británica o los más modestos veinte de su variante hispana, la Sopena, suponían todo un desembolso- , lo cierto es que para cuando se terminaba de pagarla, la obra ya estaba desactualizada. A pesar de ello, las enciclopedias se reverenciaban e incluso, a veces, se heredaban de padres a hijos. Eran la prueba, en forma de muchos kilos de papel impreso, de que uno tenía cultura, o aspiraba a tenerla.
La Encyclopedia Britannica dejó de publicarse en papel en 2012, debido a la escasez de demanda (aunque este anuncio provocó de inmediato una avalancha de pedidos: de repente, todo el mundo quería hacerse con la última edición de la obra).
Ahora, por más que todos utilicemos la Wikipedia y otras herramientas digitales para aquellos cometidos que antes hubiésemos resuelto acudiendo a una enciclopedia, uno no puede evitar mirar con cierta nostalgia esos tomazos repletos de sabiduría. Que, además, poseían la misma ventaja que tiene una biblioteca física frente a una web de libros: propiciaban descubrimientos inesperados. ¿Cuántas veces, yendo a buscar un artículo determinado -digamos una información sobre un autor-, no nos habremos quedado absortos leyendo el de antes o el de después  -tal vez un artículo sobre botánica, o la descripción de una especie animal-, que ha resultado ser mucho más interesante? No es extraño que haya habido personas capaces de emprender la magna tarea de leerse la Britannica entera. Dos ilustres ejemplares de esta esforzada especie fueron George Bernard Shaw, quien afirmaba haberse leído entera la vigésimocuarta edición (de sólo 24 volúmenes, eso sí) durante sus visitas al British Museum, saltándose solo los artículos largos sobre ciencia, o C. S. Forester, quien -cuesta creerlo- decía haberla leído entera nada menos que tres veces. Según su hijo, era su libro de cabecera (su mesilla de noche debía de ser resistente para soportar el peso de esos volúmenes). Aldous Huxley, también asiduo lector de esa enciclopedia, tenía otra técnica: leía artículos al azar y luego, empleaba lo aprendido en lo que fuera que le había tocado en suerte ese día para largarles un discurso a sus interlocutores de turno. Aviso para quien piense que este pueda ser un buen sistema para brillar socialmente: solo una persona con una mente tan despierta como la de Huxley es capaz de salir airoso de un reto así. ¿Se imaginan entretener a su público con una charla sobre el funcionamiento de la dínamo?


Aldous Huxley

Aparte de fascinar a los lectores, la enciclopedia tiene una más curiosa y desconocida conexión con el mundo del crimen, tal como desvela un artículo en Lapham's Quarterly. Cuando Capone fue encarcelado (por evasión de impuestos, como todo el mundo sabe), recibió un trato principesco. Tanto, que su celda en la prisión de Atlanta contaba, además de alfombra, máquina de escribir y abundantes habanos, con un juego completo de la Britannica. Me pregunto si alguna vez la leía, o estaba simplemente como muestra de estatus (o, como tantas veces hemos visto en las películas, quizás los tomos estaban huecos y escondían petacas de alcohol). Los escritores de novelas detectivescas, por su parte, han reconocido a veces la utilidad de una enciclopedia, tanto para resolver como para cometer un crimen. En el primer caso, Conan Doyle, en relato de Sherlock Holmes "La Liga de los Pelirrojos", debe resolver un misterio en torno a las personas que pagaban - generosamente- a un pelirrojo por copiar la Britannica en una oficina solitaria. En el segundo, un relato de Ruth Rendell, un tomo de dicha enciclopedia sirve para cometer un asesinato, por el simple método de golpear con él a la víctima:
Se tambaleó y se desplomó de rodillas y la golpeó  con el volumen octavo de la Enciclopedia Britannica hasta que cayó al suelo. Era una anciana; no opuso resistencia; murió rápidamente. Le preocupaba no manchar el libro de sangre -ella le había enseñado que los libros eran sagrados- pero no la hubo. Si se derramó, fue en sus entrañas. 
Un uso peculiar de la enciclopedia. Sin duda los escoceses Colin Macfarquhar y Andrew Bell, impresor y grabador respectivamente, que en 1768 comenzaron a publicar esta obra con la idea de que reflejara el espíritu de la Ilustración, no lo habían contemplado.  

Ilustración de Sydney Paget para 
"La Liga de los Pelirrojos"





viernes, 6 de abril de 2018

BIBLIOMANCIA


Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida como sortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben). Cuenta su biógrafo, Aelio Espartano, que la profecía que obtuvo rezaba:

¿Quién es aquél que a lo lejos, ornado con ramos de olivo,
lleva objetos sacros?
Conozco el cabello y las barbas canosas del rey Romano
que con sus leyes la primera ciudad fundará,
desde la pequeña Cures y un pobre terruño
enviado a un imperio enorme.
                                            (Eneida, 6, 808-812)

Adriano interpretó -esta vez con acierto- que le estaba reservado un cargo de poder, y poco después era adoptado por Trajano. Esta vez, al menos, Virgilio obró su magia.

El emperador Adriano

Pero tanto Homero como Virgilio eran paganos, y con el establecimiento del cristianismo como religión oficial, la Iglesia no veía con buenos ojos considerar que poseían poderes adivinatorios: eso, en todo caso, sería potestad de las Sagradas escrituras. Y así surgieron las sortes sanctorum, que tenían como fundamento la Biblia. Aunque, dado que antes de  la invención de la imprenta eran raras las Biblias en un solo volumen, para estas sortes solía emplearse alguno de sus libros, generalmente Salmos, Profetas o los Evangelios. Así, en el siglo VII, el emperador Heraclio convocó tres días de ayuno público antes de consultar mediante estas sortes si debía avanzar o retroceder ante los persas. Al parecer, la respuesta fue tan poco comprometida que entendió que debía invernar con su ejército en Albania. (Desde la distancia que nos separa, es inevitable preguntarse qué necesidad había de obligar a todo el mundo a ayunar durante tres días, si el que pedía el consejo era él. Meterse con la dieta de la gente ha sido una manía recurrente a lo largo de la historia.) Ya en la Edad Media, un joven Francisco de Asís que había decidido prescindir de todos los bienes materiales, se resistía sin embargo a abandonar del todo los libros (algo que le honra, decimos); en esa tesitura, recurrió a los Evangelios para que le iluminasen. La respuesta que le dio el evangelio de Marcos (4:11) fue:
A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas
Francisco, Dios sabe porqué, interpretó que no debía tampoco tener libros.

Empeñados en pintarlo con libros. ¿Será que no hizo caso a Marcos?

En fin, que como ven la creencia en que ciertos libros tienen el poder de guiarnos en cualesquiera circunstancias ha tenido una larga vida. Y, como era de esperar, ha sido también utilizado literariamente. Los que hayan leído La piedra lunar, de Wilkie Collins, sin duda recordarán a un simpático personaje, el mayordomo Mr. Betteredge, cuyo libro de cabecera es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, una obra de la que está convencido que posee poderes adivinatorios. Esto da lugar a varias anécdotas realmente graciosas a lo largo de un libro que -a pesar del descabellado argumento que lo sustenta- sigue siendo de deliciosa lectura.

Sustos y misterios en La piedra lunar

Así pues, hay margen para creer que los libros son algo más que páginas y tinta (o bits digitales). Enseñan, divierten, y también son capaces de guiar en momentos de tribulación. Aprovechando que estoy releyendo estos días a Homero, de la mano de la loable iniciativa de El infierno de Barbusse, me dispongo a intentarlo a mi vez. ¿Qué me indicará mi Odisea? Esperemos que el divino Homero no me sugiera que renuncie a los libros. En eso, seguro, no le voy a obedecer.  


domingo, 17 de diciembre de 2017

ORDENANDO LA BIBLIOTECA


Es cosa sabida que cualquier biblioteca, por bien ordenada que esté en un principio, con el tiempo tiende al desorden. Los libros se sacan para leer o consultar y luego van a parar al estante o a la sección que no les corresponde; las nuevas adquisiciones -que, ¡ay!, siempre son demasiadas- se colocan de cualquier manera, pendientes de encontrar su ubicación correcta algún día (que nunca llega); hay autores o temas que parecen crecer desmesuradamente y desplazan sin piedad a los libros que les rodean, que se encaraman como pueden sobre otros ejemplares, o configuran unas dobles filas que, a su vez, impiden apercibirse de qué libros se esconden tras ellas, lo que dificulta el mantenimiento del orden inicial (el cual, a estas alturas, empieza a ser bastante precario). En suma, un buen día, cuando te has hartado de buscar sin éxito títulos que estás segura de que tenías, de contemplar pilas amontonadas de cualquier manera o de luchar por intentar que entre un libro más en el estante de la C (para darte cuenta, demasiado tarde, de que en ese estante cohabitan muchas otras letras del alfabeto), decides que ha llegado el momento de poner orden en tu biblioteca.
Aprovechas que te hallas en esos días medio festivos que preceden a los saraos navideños y decides levantarte bien pronto, llena de resolución y de buenas intenciones. Nada de montar el belén ni de llenar la casa de ramas de acebo, te espera una misión mucho más importante. Te provees de la inevitable escalera -después de decidir que el taburete sobre el que sueles hacer precarios equilibrios para alcanzar los volúmenes de los estantes más altos tal vez no sea tan buena idea- y de un trapo del polvo (será una ocasión única para pasarlo porque ¿de verdad alguien tiene tiempo y ganas de andar limpiando las estanterías más altas?) y emprendes la tarea. Al principio, la cosa resulta fácil. A y B se dejan hacer sin oponer mucha resistencia. Aprovecharás, te dices, para hacer una criba (a simple vista, se hace evidente que todos esos libros ahora amontonados no van a caber en las mismas estanterías que ahora tienes; y no hay pared para más.). Aquí comienzas a sufrir los primeros reveses: por más que no tenga sentido conservar dos ejemplares del mismo título, ¿cómo prescindir de ese volumen sucio y manoseado que te acompañó durante tus años de universidad?; y ese otro, que es candidato a la eliminación porque, francamente, no te interesó nada, quién sabe si algún día necesitarás consultarlo (aunque no se te ocurra exactamente para qué, si es un autor desconocido y bastante malo). Al llegar a la D, tus manos han empezado a adquirir un tono grisáceo y compruebas que ya han pasado dos horas, ¿cómo es posible? Desanima un poco pensar en los metros de librería que aún te quedan por cubrir. Y desanima aún más ver que, sí, esos pocos estantes que has ordenado tienen un aspecto magnífico, pero solo has logrado que adquieran esa apariencia de librería de revista por el sencillo expediente de desalojar los volúmenes que sobraban, que a su vez han ido desalojando a los libros que les seguían. El resultado: ahora las pilas de libros "pendientes de ubicación" se amontonan en el sofá y en algún que otro mueble auxiliar. Pero hay esperanza, estás ya en la J. Miras con desconfianza hacia las estanterías de la M, que a pesar del tiempo y el esfuerzo invertido, dan la impresión de encontrarse cada vez más lejos. Suspiras. No conviene desfallecer.




Un rato más tarde, sin embargo, la sed y el hambre aprietan. Será cuestión de hacer un alto, tomar algo, relajarse. Mientras te recompensas de tanto esfuerzo con una buena comida y una copa (o más) de vino, haces balance de lo conseguido: un montoncito (modesto, pero qué quieres) de libros para dar; unos cuantos estantes con libros perfectamente alineados (que contemplas con orgullo); y una lista de títulos que, gracias a este orden, has descubierto que no tienes, y sin duda deberías tener. Pensando en lo que has conseguido, te sientes virtuosa y te dices que tal vez sería buen momento para llegarte a la librería y subsanar alguna de esas lagunas. Además, mejor comprar esos libros ahora, porque así ya los puedes colocar en el lugar que les corresponde. No se hable más. Te pones el abrigo, coges el bolso y sales a la calle llena de energías. No hay nada más estimulante que ordenar la biblioteca, decides. Como de repente pareces haber sufrido un acceso de ceguera parcial -una de esas enfermedades neurológicas tan curiosas que explica Oliver Sacks, pero no es posible saberlo a ciencia cierta, porque en tu orden no has llegado aún a la S-, tu retina no ha podido captar el desolador panorama que ofrece la "otra" parte de tu biblioteca, ahora más revuelta que nunca, con libros huérfanos apilados por todas partes. 
Quizás otro día puedas seguir ordenando. Quién sabe.




miércoles, 8 de noviembre de 2017

DESHOJANDO LIBROS


Amo los libros. Vivo rodeada de ellos. Ver un libro estropeado, con las tapas arrancadas, o las páginas alabeadas por la humedad, me produce desazón, como si el libro estuviese lisiado, enfermo, necesitado de cuidados y cariño. Y ya no digamos la idea de que alguien arranque las hojas de un libro. Me parece una falta de respeto lindante con la tortura. Sin embargo... resulta que he leído un cuento sobre alguien que destripa libros y me ha gustado. Incluso diría que he encontrado algo inspirador en ello. Que no cunda el pánico. No me voy a poner a arrancar hojas como una posesa, sin duda seguiré cuidando de mis libros lo mejor que sé, pero la literatura tiene eso: planta una semilla en tu cabeza, y nunca se sabe a dónde puede llevarte. Déjenme que les cuente. Todo es culpa de una escritora llamada Ali Smith. Escocesa, por más señas. Que escribe unos cuentos y unas novelas que te dejan, ¿cómo decirlo?.. lo cierto es que nunca son lo que esperas. En una antología recientemente publicada, Amor libre, hay un relato, que lleva por título "Lectura del día" que no puede dejar indiferente a ningún bibliómano. Su protagonista, Melissa, es una joven que tiene el piso lleno de libros. (Empieza bien, ¿verdad?) La autora nos dice que en su piso hay:
"Libros y libros, libros de libros desplazándose imperceptiblemente de noche mientras los cimientos del bloque de pisos reformado hacían estremecerse al edificio. Libros los unos contra los otros, tan juntos que las cubiertas de varios de ellos se habían pegado; de haber querido sacar Villette de Charlotte Brontë (Penguin) para releerlo, por ejemplo, Melissa lo habría encontrado pegado de un lado a Shirley (Penguin) y del otro a un ejemplar de 1933 de Testament of Youth de Vera Brittain (Gollancz), firmado por la autora, que había encontrado por cincuenta peniques en el mercadillo de una biblioteca pública."
(Hasta aquí, nada raro; el bibliómano se siente plenamente identificado. Piensa, incluso, qué libros de su propia estantería se quedarían enganchados unos a otros.) Pero un buen día Melissa parece hartarse de todo: deja a su novio, no va a trabajar, deja de pagar las facturas y, por último, empieza a desparramar los libros por todo el piso. (Mal síntoma, piensa el bibliómano.) Y luego, desaparece. Su amiga Austen (un nombre perfecto para la amiga de una amante de los libros), va a su piso y lo encuentra así:
"los libros, los libros, la niña de sus ojos, se veían rarísimos en esas dos estancias, tan desordenados, tirados por el suelo o apilados al azar, inmensos huecos en las estanterías, pared arriba, libros tumbados, inclinados, hasta libros desperdigados por el baño y todo."
(En efecto, algo va muy mal, corrobora nuestro avezado lector.)   
Mientras, en algún otro lugar, Melissa ha emprendido una peculiar campaña de lectura. Una lectura que consiste en ir arrancando las hojas de los libros que va leyendo, dejando que vuelen por ahí, Sistemáticamente, relee sus libros favoritos y los deshoja. La lista es larga y dolorosa. Pero ella solo siente alivio. Como cuando, sentada sobre la lápida de un cementerio, deshoja nada menos que a Joyce:
"Dublineses lo había releído, disfrutándolo inmensamente, arrancando las páginas según las iba terminando y dejándolas caer mientras caminaba o estaba sentada. Nunca había disfrutado tanto la lectura de «Los muertos», descubrió Melissa mientras, al borde de las lágrimas, arrancaba la última página, la página sobre la nieve, y la dejó caer."
(¡Ah! aquí el bibliómano siente nacer una llamita en su interior: recuerda ese último párrafo magistral de "Los muertos" en el que cae la nieve  sobre Dublín, y sobre la tumba de Michael Furey, muerto hace tantos años. La nieve "reposaba espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas". Cae sobre el universo, "sobre todos los vivos y sobre los muertos". Derramar las hojas de "Los muertos" sobre la lápida de un cementerio nevado le parece súbitamente una buena idea.) A veces, esas hojas las encuentra gente corriente, que va por la calle, o en el autobús. Y, también a veces, esas briznas de literatura tienen efectos inesperados. Como le ocurre a la mujer que encuentra el fragmento de un poema enganchado a su zapato de tacón: 
"Las palabras que había pinchado con el tacón le parecieron preciosas, y dobló el papel y lo metió en un escondrijo secreto, debajo del forro del cajón del maquillaje. No le contó a nadie que las había encontrado."
 (Sembrar literatura, piensa el bibliómano. Tal vez, tal vez, deshojar libros no esté tan mal.) No voy a revelarles lo que ocurre al final, ya bastante les he adelantado. Léanlo, se lo recomiendo. Solo les diré que, paradójicamente, esta joven que deshoja libros transmite un inmenso amor por ellos. (El bibliómano, sonriente, manifiesta su aprobación.)

Ali Smith. Por supuesto, rodeada de libros.
(Foto New Statesman)


sábado, 15 de julio de 2017

LIBROS POR TODAS PARTES

El desaparecido bar Crystal City, en la calle Balmes de Barcelona
Hace años había en Barcelona un bar que se hizo célebre por poseer una rara peculiaridad: era un bar-librería. El sitio en cuestión se llamaba Crystal City y era frecuentado, como es natural, por intelectuales, editores, estudiantes y gentes de ese pelaje. Por aquel entonces -según mis fuentes, el bar inició su andadura a finales de los cincuenta, pero al parecer su tuvo su apogeo entre finales de los sesenta y los setenta- los bares eran bares y las librerías, librerías. A nadie se le pasaba por la cabeza ir a comprar un libro a los primeros ni pedir un cortado en las segundas. De ahí la rareza, que hacía de Crystal City algo único en su especie. Hoy, en cambio, muchas librerías se han reconvertido en híbridos de cafetería-restaurante-vinería o qué sé yo qué otra exótica combinación más. Es una transformación que sin duda ha venido propiciada por el descenso de ventas de libros; los libreros se han visto empujados a buscar actividades complementarias que, al tiempo que generan ingresos, atraen a los clientes a su local. No tengo nada que objetar, más bien al contrario, resulta ciertamente agradable quedar con un amigo para tomar un café o una copa en una librería y, de paso, echarles un ojo a las últimas novedades editoriales. Lo que me inquieta, sin embargo, es la creciente presencia de libros en todo tipo de establecimientos. Y lo más preocupante es que, en su mayor parte, no se trata de libros para su venta, ni siquiera para ser leídos. Proliferan los libros como telón de fondo o elemento decorativo: los hoteles con pretensiones incorporan salones-biblioteca, los restaurantes se decoran como salones particulares, incluyendo estanterías con libros, incluso se pueden encontrar remedos de biblioteca en lugares donde, a priori, estos no vienen a cuento.

Un lujoso hotel en Zúrich donde libros y vino se mezclan
sin complejos

El muy chic hotel Montalembert, en París, junto a la editorial
Gallimard, presume de libros de la NRF en sus estanterías

Mi último hallazgo ha sido una panadería revestida de libros. ¿Acaso los clientes se pondrán a hojear alguno mientras esperan a que les corten el pan de molde?

Forn La llibreria, en Barcelona
De repente, los libros, históricamente relegados a las bibliotecas o las librerías privadas, salen a la luz. Todo lo que tiene forma o apariencia de libro adquiere una pátina de prestigio. Los lugares públicos presumen de esculturas no ya de próceres, como antaño, sino de lectores, o de libros.

Read reader, escultura de Terry Allen en el campus
de la Texas Tech
Hasta hay a quien se le ha ocurrido hacer bancos para sentarse en forma de libro (con pinta de no ser muy cómodos, todo hay que decirlo).


Cuanto más se extiende esta moda, más me inquieto. Es sabido que, cuando a un personaje del mundo de la cultura empiezan a lloverle los premios y los homenajes, es que suele estar en las últimas. Vean si no cuántos de ellos fallecieron al poco de lograr esos galardones que en sus tiempos de madurez creativa les resultaron esquivos. No puedo evitar sentir algo parecido con respecto al libro. Esta ubicuidad libresca, este reivindicar a troche y moche el libro -me disculparán, pero los lectores de raza siempre hemos sido más bien discretos, nos gusta escondernos en lugares recónditos para darnos a la lectura- me suena peligrosamente al fin de una era. No creo en absoluto que el libro en papel vaya a desaparecer de la noche a la mañana, como auguraban hace pocos años algunos cenizos, pero percibo en la sensibilidad pública señales de cambio. Hacia dónde, lo ignoro.
Sólo sé que se acerca peligrosamente el momento en que hasta la pollería de la esquina estará decorada con libros. Cuando lleguemos a este punto, sabré que estamos perdidos.





jueves, 1 de diciembre de 2016

REGALAR UN LIBRO



Vaya por delante que la avalancha de anuncios que, anticipándose en muchas semanas a las fiestas navideñas, nos invitan machaconamente a comprar, regalar y ante todo consumir, cuanto más mejor, consiguen producirme tal hastío que si por mí fuera, no pisaría un establecimiento comercial en lo que resta de año. El regalo, la dádiva, el gesto desinteresado que es muestra de aprecio, de amor, de amistad no parecen tener nada en común con la fiebre consumista que nos rodea por estas fechas. Para tener valor (recuerden que valor y precio son conceptos distintos), el regalo no ha de buscar contrapartida, ni constituir una obligación. Se regala pensando en darle placer a la persona obsequiada, en proporcionarle, al menos, un rato de felicidad. En este sentido, un libro es el regalo perfecto. Parafraseando lo que decía Julio Cortázar en su  "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj", cuando regalas un libro no regalas un objeto de cartón y papel impreso, sino las horas dichosas que esa lectura brindará a su receptor. No regalas el prestigio de la marca (renombre del autor, premios que le han otorgado), ni el mayor o menor lujo de la encuadernación, regalas algo mucho más valioso: una máquina de generar sentimientos y reflexiones. Por eso, es un error regalar libros que uno no ha leído, porque es degradar al libro a mercancía: has elegido un libro como podrías haber elegido una baratija cualquiera. (Tal como van las cosas, los libros no son especialmente caros; si alguien quiere parecer rumboso, mejor hará comprando un perfume.)


(Vanessa Bell, Amaryllis and Henrietta, 1952)

Regalar un libro es invitar al otro a compartir las emociones que su lectura ha provocado en ti. Es crear un vínculo, una complicidad que con suerte perdurará a través de los años. Nunca olvidas a la persona que te ha regalado un libro que ha sido importante en tu vida. Suelo regalar sólo libros que me han gustado especialmente, que pienso que otros deben también disfrutar y, a menudo, me produce envidia pensar que quien los recibe tiene aun por delante la revelación de la primera lectura. Sobre la importancia de regalar libros habla Robert Macfarlane -viejo conocido de estas páginas, y él mismo un autor que es muy recomendable regalar- en un bello ensayo publicado en la web Lithub y titulado "The Gifts of Reading are Many" (Los regalos de la lectura son numerosos). En él habla de la conmoción que supuso para él recibir el regalo de un libro cuyo título -como en un bucle- es El tiempo de los regalos, el primer volumen de la trilogía de Patrick Leigh Fermor en la que cuenta su portentoso viaje a pie a través de Europa. Si no lo conocen aun, recomiendo vivamente que pidan a alguien que se lo regale, o regálenselo ustedes mismos.* Se harán un inmenso favor. Como dice Macfarlane:

Las consecuencias de un regalo son inciertas en el momento de hacerlo, pero el solo hecho de que haya sido dado libremente lo reviste de un gran potencial, que actuará positivamente sobre el receptor. A causa de la gratitud que experimentamos, y dado que por definición el regalo es una dádiva que se entrega sin obligación alguna, nos inclinamos a aceptarlo con espíritu abierto y con entusiasmo. [...]
 No todos los libros recibidos como regalo son transformadores, desde luego. A veces lo único que el libro le causa al lector es un corte en el dedo. Pero como consecuencia de haber recibido tantos libros extraordinarios a lo largo de los años, ahora yo por mi parte suelo regalar tantos como puedo. Cumpleaños, Navidades... doy libros y casi sólo libros como regalo. Una o dos veces al año, invito a mis alumnos en Cambridge a mi estudio y les dejo escoger dos o tres libros a cada uno de entre los 50 o 60 que he diseminado por el suelo. El placer que les produce escogerlos y su incredulidad ante la idea de que sean gratis me recuerda cuán valiosos eran para mí los libros cuando era estudiante.
No existe, creo, satisfacción mayor que oír de boca de un amigo que le ha encantado el libro que le regalaste. Entonces es cuando el hecho de regalar un libro cobra toda su significación: tú, el dador, sientes como si el regalo te lo hubiesen hecho a ti. Porque, por fortuna, un libro es mucho más que un simple regalo. 

*Inexplicablemente, en estos momentos la edición española de este libro esta fuera de circulación (salvo en formato electrónico), y su precio de segunda mano ha alcanzado cotas notables. ¿Habrá algún valiente editor que se decida a recuperarlo? Venga, sean tan amables y hágannos este regalo.



jueves, 6 de octubre de 2016

LOS LIBROS SALVAJES

Con el otoño, llega una de las citas bibliófilas del año, la "Fira del llibre d'ocasió antic i modern", al Paseo de Gracia de Barcelona. Por más que me haya prometido refrenarme y no añadir aún más libros a las pilas de los que esperan ser leídos, es ineludible que me pase por allí. No es que confíe en encontrar algo concreto -aunque una siempre tiene la esperanza de descubrir inopinadamente aquel libro inencontrable que lleva tanto tiempo persiguiendo-, es más bien un recorrido de orden estético, para deleitarme en volúmenes que seguro no compraría nunca, pero que provocan mi admiración, ya sea por su rareza, por su antigüedad, por su encuadernación; porque rebuscar entre los ejemplares que atestan las paradas me trae continuos recuerdos de libros que he leído, autores tal vez olvidados, temas que despiertan mi curiosidad. Siempre hay gente, jóvenes y viejos, desde estudiantes que buscan una edición barata de los libros que les han recomendado en el instituto, hasta ávidos coleccionistas que, tras alguna presa difícil, husmean y se meten por todas partes, observando con desconfianza a sus posibles rivales. Personajes en los que me parece ver un trasunto de los bibliófilos del XIX, como Charles Nodier, de quien dice Andrew Lang (en un artículo publicado por la revista Texturas):
Charles Nodier
 "...era pobre, pero nunca vacilaba ante un precio que estuviese por encima de sus posibilidades. Se arruinaba literalmente acumulando una biblioteca y luego reconstruía su fortuna vendiendo sus libros. Nodier pasó su vida sin un Virgilio, porque nunca consiguió encontrar el Virgilio ideal de sus sueños: un ejemplar limpio, intonso, de la edición 'buena' de Elzevir, con la errata y los dos pasajes en letras rojas. Tal vez este fracaso fuese un castigo divino por la triquiñuela con la que engatusó a cierto coleccionista de biblias. Se INVENTÓ una edición, y puso al coleccionista sobre su pista, que éste siguió en vano, hasta que murió, enfermo de esperanzas diferidas."  

 No encontrándome, por fortuna, aquejada por esa rara enfermedad que lleva a los hombres a dejarse la vida y la fortuna en la adquisición de libros, mi deambular por esta feria se parece más a la visita de una galería de arte, o de un parque natural. En momentos así, hago mía esta perspicaz reflexión de Virginia Woolf:
"Los libros usados son libros salvajes, sin hogar, han llegado juntos en vastas bandadas de variado plumaje y tienen un encanto del que carecen los libros domesticados en las bibliotecas".
Pues creo que, en gran parte, en eso reside el encanto de las librerías de segunda mano: son libros no domesticados, a los que podemos dar caza, si queremos, o quedarnos simplemente admirando su vuelo y su plumaje. Como los patos salvajes, nos preguntamos de dónde vendrán, que tierras habrán recorrido antes y dónde acabará su periplo. Abrimos uno al azar y vemos un nombre y una fecha: ¿dónde parará este desconocido dueño? Los libros salvajes, a diferencia de los de nuestra biblioteca, tienen cada uno su propio olor. No sólo el familiar olor a libro viejo: si acercamos la nariz, uno huele levemente a humedad (tal vez unas manchas amarillentas los corroboren), otro a tabaco (estuvo en la biblioteca de un gran fumador), otro... quién sabe. Si nos hacemos con ellos y se convierten en libros domesticados, no les quedará otro remedio que adoptar el olor de sus compañeros; es sabido que el ave nueva en un corral debe someterse a los dictados del grupo. Tal vez es mejor dejarlos en libertad, para que sigan yendo de aquí para allá, de tenderte en tenderete, de mano en mano, libros salvajes que nos hacen soñar y que, aunque sea por un momento, nos parecen más atractivos que los que, domesticados, nos esperan en nuestra biblioteca.
 
 
 

sábado, 6 de agosto de 2016

LIBROS CON UN PASADO (QUE NADIE NOS CUENTA)



En literatura, como en todo lo demás, somos esclavos de las modas. Libros que ahora están en boca de todos y se venden por millares pasarán tal vez al olvido dentro de unos años, mientras que otros que apenas dejaron huella en un puñado de lectores, resurgirán triunfales dentro de veinte, cuarenta o quizá cien... El mecanismo que rige este vaivén de los gustos es inescrutable y -como dijimos en anteriores ocasiones- poco tiene que ver con la calidad literaria. El marketing editorial tiene aguna responsabilidad en ello, sin duda (aunque mucho menos de lo que los responsables de estos departamentos creen), como influyen también los acontecimientos de la vida social y política. Así, por ejemplo, el reciente interés suscitado por la Segunda Guerra Mundial ha propiciado que se tradujera  (y se leyera masivamente) una obra como Vida y destino, de Vassili Grossman, inédita aquí hasta 2007 mientras que las versiones francesa e inglesa datan de la década de 1980, entre otras. 
En cualquier caso, siempre es estimulante ver cómo autores que el olvido había engullido resurgen tiempo después, sea por las razones que fueren. ¿Acaso no aspira todo autor a eso, a que su obra perdure? Pero, si bien me alegro de que existan editores dispuestos a intentar estos "rescates literarios" -de ellos me he hecho eco en ocasiones anteriores-, como lectora curiosa que soy me gustaría que los editores (o, en su defecto, los críticos a quienes se supone bien documentados) informasen debidamente al lector acerca del pasado del libro que tiene entre manos. Igual que le dicen dónde nació el autor y qué otras obras ha publicado, sería muy de agradecer que, cuando la obra en cuestión tiene detrás una historia editorial interesante o simplemente agitada, nos proporcionasen estos datos. Me viene a la memoria, por ejemplo, uno de lo casos más flagrantes: El último encuentro de Sandor Marái, que se presentó en 1999 como el gran descubrimiento de un autor ignorado en España, cuando lo cierto es que esta misma novela fue publicada por Destino en 1966 bajo el título de A la luz de los candelabros.




Pero quizás donde más irritante resulta esta falta de rigor editorial es en los volúmenes que recopilan varios textos que no siempre se han presentado bajo esta forma y que han corrido destinos editoriales diversos. Sucede así con el recientemente publicado volumen de relatos de William Somerset Maugham, Lluvia y otros cuentos. Es muy de celebrar que Atalanta haya realizado esta selección de relatos de Maugham y los ponga a disposición de lector español en una nueva traducción de Concha Cardeñoso. Sin embargo, acerca de la selección, los editores se limitan a decir:  "Provenientes de épocas muy distintas y de muy variada extensión, los doce cuentos que integran este volumen son una perfecta muestra de su virtuosismo como narrador de historias". Ignoramos quién ha hecho esta selección y qué criterios la han guiado; la labor no ha debido de ser fácil, teniendo en cuenta que Maugham escribió literalmente decenas de cuentos, y que la edición inglesa de sus relatos completos abarca tres volúmenes. La edición de Atalanta viene precedida por un prólogo de Vicente Molina Foix quien, si bien habla de las características de cada uno de los cuentos, dice más bien poco acerca de la historia editorial de cada uno. Nada sobre la procedencia de estos relatos, ni de cuándo y cómo se editaron anteriormente en inglés (o en español). Me consta, por ejemplo, que uno de los más conocidos, "Lluvia", ha tenido varias ediciones en nuestro país  (la última por parte de Alba en 1999, como libro independiente); "El P & O" también figura en un libro de relatos de este autor publicado por Argos Vergara en 1982; otra de las historias, "El mexicano lampiño", está protagonizada por Ashenden, el agente secreto que Maugham haría famoso: sin duda habrá formado parte también de alguno de los libros dedicados a sus aventuras que se reeditaron varias veces en nuestro país en los años cincuenta y sesenta.


En 1991, la BBC hizo una serie
con este gentleman espía como protagonista

Pero de nada de esto se nos informa. En cuanto a los críticos que han reseñado este libro -alguno de ellos con edad suficiente  como para haber conocido de primera mano las anteriores reencarnaciones de estos cuentos-, lo más que hacen es saludar el acierto de recuperar a este autor, tan popular hace varias décadas. A esta lectora curiosa se le plantean innumerables preguntas -e imagino que lo mismo les sucederá a otros lectores-: con qué criterio se ha hecho esta selección, dónde se publicaron originalmente los relatos, si alguno de los cuentos no ha sido traducido aquí antes (cosa poco probable, pero ni mucho menos imposible) y por lo tanto es -él sí- nuevo para el lector español... Ojalá que esta recuperación de los relatos de Maugham sirva para dar a conocer a este autor entre los lectores que nunca lo hayan leído anteriormente. Pero preferiría que no fingiesen que se trata de una novedad. Cuando los libros tienen un pasado, sería bueno que alguien nos lo contase.



Maugham, con cara de pocos amigos. Cuentan que sus colegas
escritores le odiaban cordialmente.

(Para los lectores que quieran sumergirse en la atmósfera "maughamiana", antes o después de leerle: existe una buena adaptación de su novela El velo pintado, protagonizada por Edward Norton y Naomi Watts.)

 

viernes, 19 de febrero de 2016

PARECEN LIBROS, PERO NO LO SON

 
 
Todos conocemos, hemos visto o hemos oído hablar de esas personas que llenan sus estanterías de "falsos libros", bonitos lomos que camuflan la más absoluta nada (y no lo digo en sentido metafórico, que también). Eso es porque el libro sigue teniendo un prestigio -los falsos libros parecen cosa de otra época, pero es muy revelador que siga habiendo negocios que viven de ellos- y le concede a su poseedor (o falso poseedor, en este caso) un sello de distinción. Si en una biblioteca el falso libro es una superchería hasta cierto punto comprensible, no resulta tan lógico que existan tal infinidad de objetos que simulan ser libro, pero no lo son. Lo que nos queda más cerca son las fundas que revisten al libro digital de apariencia libresca; el advenedizo se disfraza para pasar desapercibido, igual que las primeras televisiones solían ocultarse bajo la apariencia de muebles.
 
Esto que aquí ven no son libros, sino fundas de lectores de Kobo
convenientemente disfrazadas
 
Pero este afán "librotransformador" no viene de ahora, ni se limita al libro digital. Todo tipo de artilugios, incluso los más impensables, se han visto transformados en libros. ¿Para ennoblecerse? ¿Para satisfacer el capricho de algún bibliófilo que deseaba verse rodeado de libros en todas las ocasiones? Para mí es un enigma. Ya saben que hay coleccionistas para todo; también para estos falsos libros. Recientemente, hubo en el Grolier Club de Nueva York -una antigua y respetada sociedad para bibliófilos, con una de esas bibliotecas que le hacen babear a uno- una exposición de lo que dieron en denominar "blooks", combinación de las palabras "book" y "look": objetos con apariencia de libro. Se podían así admirar hasta 130 falsos libros, organizados en nada menos que 14 temas: religiosos (un molde para repostería en forma de Biblia, de la década de 1820) o un altar portátil, que se remonta también al siglo XIX;


Cerrado parece un libro...

...abierto es un altar portátil

domésticos (despertadores o lámparas-libros, encendedores);






anuncios (por qué alguien querría darle a un anuncio de macarrones forma de libro queda más allá de mi comprensión);





o accesorios como bolsos, joyas o útiles de maquillaje, todos debidamente camuflados bajo una apariencia libresca.





Al parecer, esto es sólo una muestra de la colección, mucho más amplia, que posee Mindell Dubansky, que llega a los 600 objetos en forma de libro. ¿Sorprendente? Sin duda. El fascinante mundo del libro no conoce fronteras. Salvo, tal vez, las del ridículo, y no siempre, como demuestran algunos de los artefactos que hemos podido observar.

miércoles, 20 de enero de 2016

MALTRATADORES DE LIBROS

 
 
En el vastísimo mundo lector caben todo tipo de lectores: el lector fetichista, que reverencia por encima de todas las cosas el libro como objeto; el lector animista, que cuida sus libros no tanto por su valor como objeto como por su valor sentimental (no tengo muy claro en qué categoría englobar a los que forran sus libros antes de leerlos); el lector indiferente, que se preocupa más por el contenido que por el continente (le da igual leerlo en una edición bellamente encuadernada que en un edición barata de bolsillo); el lector todoterreno, que acarrea sus lecturas allá donde vaya, sin importarle el resultado (sus libros salen maltrechos de sus estancias en playas, mochilas, o picnics campestres); está también (y me dejo muchas categorías posibles) el lector maltratador. A juzgar por lo que dicen los libreros de segunda mano, que se quejan de que algunos ejemplares les llegan hechos unos zorros, debo creer que este tipo de lector existe. Me refiero a alguien que arranca cubiertas, anota salvajemente las páginas (a menudo notas no pertinentes, es decir, que a falta de un trozo de papel apunta ahí el teléfono de su carnicero), derrama líquidos o grasas sobre sus libros (por desidia, no por accidente) y en general atenta contra su integridad. Sin embargo, no estoy segura de haber conocido nunca a un verdadero maltratador de este género. Sí me ha ocurrido -creo que todos hemos pasado por esa experiencia- prestar un libro y que vuelva con la sobrecubierta medio rota, el lomo arrugado y las páginas dobladas. En casos así, uno preferiría haberle comprado al amigo otro ejemplar del mismo libro, para que hiciese con él lo que quisiera. Pero verdaderos maltratadores... eso es más raro. Para mí que los maltratadores de libros no deben de ser verdaderos lectores. Pues, por más que uno sea consciente de que la inmensa mayoría de los libros que lee y que posee no llegará a releerlos nunca, el mero hecho de que los conserve en sus estanterías y los acarree aquí y allá de mudanza en mudanza implica que cree que tal vez, en alguna ocasión, sí llegará hacerlo. El maltratador, por el contrario, no cree en el futuro del libro, no piensa ni en su valor como objeto ni en el interés de su contenido -que quizás quiera releer o consultar algún día. Practica la política de tierra quemada.
 
Un libro maltratado, en especial si era una buena edición, produce en el bibliómano una honda pena. Si el estado del libro lo sitúa más allá de una posible recuperación, se debate entre la evidencia -hay que deshacerse de él- y el dolor que produce destruir algo que originalmente fue bello en su forma y que tenía un contenido valioso. Hay quien opta por darles otros usos a estos libros desgraciados: convertirlos en lámpara, escultura o mural. Darles una utilidad a estos pobres libros mutilados, sobre todo si se emplean para crear cualquier tipo de arte, es sin duda un noble final para ellos.



Obra de Ekaterina Panikanova

Por último, aunque dudo de que ningún maltratador de libros aterrice en estas páginas (están demasiado ocupados destruyendo libros), una reflexión que tal vez les haga reconsiderar su comportamiento: esos libros que hoy tratan con tan poca consideración podrían revelarse, dentro de unos años, como sustanciosas fuentes de ingresos. Vean por ejemplo la web de Captain Ahab's Rare Books, donde una primera edición de Down and Out in Paris and London de George Orwell alcanza la sabrosa cifra de 6.500 dólares. Suficiente para quitarle a uno las ganas de destrozar libros.

 
 [Atención bibliómanos: la exploración de webs como la antes citada puede ser peligrosa para su imaginación y su bolsillo.]

lunes, 5 de octubre de 2015

RECORTANDO HISTORIAS

20.000 leguas de viaje submarino
 Las buenas ilustraciones, ya sean de álbumes infantiles o de novelas, deben ir más allá del texto: representar lo que el texto dice y al mismo tiempo aportar algo más que no está ahí, que es lo que añade la mirada del artista. Igual que un novelista selecciona una serie de aspectos de la realidad para confeccionar la historia que nos ofrecerá, el artista -dibujante, pintor, escultor, fotógrafo...- tiene una forma peculiar de mirar el mundo y es esa mirada la que luego nos devuelve una obra en la que reconocemos algo familiar, pero también algo nuevo, algo que nos sorprende, nos intriga o nos emociona. Su Blackwell es uno de esos artistas. Su obra consta mayoritariamente de lo que podríamos llamar "arte en papel", unas delicadísimas, casi inverosímiles, esculturas hechas a partir de libros. No es la única practicante de esta modalidad artística -en entradas anteriores he mencionado a otros-, pero para mi gusto es la que muestra mayor sensibilidad, o al menos la que a mí me resulta más evocativa y sugerente. En especial, porque Su no se limita a utilizar los libros como soporte o materia prima, sino que cada escultura guarda una relación directa con el libro a partir del cual está hecha, lo reinterpreta y lo traduce a un lenguaje lleno de magia y poesía.
 
El barón rampante
 
Tal como ella misma define su método de trabajo:
"Empiezo por leer el libro, luego selecciono una palabra o una frase y una escena que me inspira. Para representar el pasaje que he elegido, esbozo mi idea sobre papel, recorto las formas en las páginas del libro y luego pego las palabras de la escena sobre estas. Construyo físicamente imágenes a partir de las palabras que hay en la página."

Actualmente, esta artista está exponiendo en la galería Long & Ryle de Londres sus obras más recientes, agrupadas bajo el denominador común de "Viviendas", unas esculturas que incluyen viviendas como faros, casitas de madera, cabañas en un árbol y edificios, que parecen estar habitados porque a menudo están iluminados, pero que a menudo resultan solitarias y, sobre todo, enigmáticas. Invitan, desde luego, a leer la historia sobre la que se han construido.
 
El cuervo
Los buscadores de conchas
 
Cumbres borrascosas



La mujer cigüeña

Matar a un ruiseñor