John F. Peto

John F. Peto
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viernes, 10 de agosto de 2018

PELÍCULAS QUE CONDUCEN A LIBROS


Lo inesperado, las coincidencias aparentemente inverosímiles son parte de la vida. Como dice Paul Auster, sin duda uno de los autores que más ha explorado la idea del azar, " La mecánica de la realidad hace que nos ocurran cosas bizarras, que nos parecen fuera de la norma... ¡Pero esa es la norma!". Aún así, cada vez que nos sucede algo de este tipo, nos sorprendemos, cuando deberíamos aceptarlo con naturalidad. Más raro es pensar -como hacemos- que hay lógica en el universo.  Así, yo no debería sentir como algo muy especial el hecho de haberme topado, casi al mismo tiempo, con dos películas -bueno, una película y una mini-serie- que, aparte de ser ambas buenísimas (ya resulta raro de por sí  tanta calidad junta), han hecho que me entren unas ganas enormes de conocer las novelas en que se basan. Ignoro si acabaré pensando que los libros son mejores que las películas, pero puedo asegurarles que, por lo que respecta a las producciones audiovisuales, el listón está muy alto. Excepcionalmente, pues -saben que no suelo recomendar películas, ni series- les aconsejo que no se pierdan ninguna de las dos. La primera es posible que muchos la hayan visto ya (yo he llegado a ella con un retraso imperdonable, teniendo en cuenta que ha sido multipremiada y se ha hablado tanto de ella): se trata de Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino.  Repasando críticas y comentarios, me ha sorprendido un poco el que muchos digan haber sentido una profunda tristeza después de verla. Yo, simplemente, me dejé llevar por el encanto de la historia, por esa familia culta y artística y por ese caserón tan de verdad, destartalado y a la vez maravilloso, donde una quisiera pasar todos los veranos.  Y salí feliz por haber sido testigo de tanta honestidad emocional y tanta belleza. Por muy meritoria que haya sido la labor del guionista -nada menos que James Ivory-, galardonado con un Oscar al mejor guion adaptado, cualquier bibliómano se da cuenta enseguida de que detrás debe haber, por fuerza, una historia muy literaria y muy bien contada. De modo que he apuntado el libro de su autor, André Aciman, en mi lista de ineludibles. 


Jardines de antaño

¿Quién no querría vivir aquí?

Si en la anterior voy con retraso, para mi otra recomendación creo que me he adelantado, porque al parecer no estará disponible para los espectadores españoles hasta septiembre: se trata de Patrick Melrose. (Yo la he visto en Inglaterra, donde he pasado veinte días en medio de una ola de calor como no se recordaba desde 1976. ¡Y yo que buscaba el frescor y la lluvia británicos!) En fin, recíbanla como merece y disfruten de la actuación de Benedict Cumberbatch, su protagonista absoluto. Debo decir que el primer capítulo me dejó un poco dudosa, y de no ser porque no quería perderme a ese actorazo igual me hubiese echado atrás esa enloquecida carrera por el mundo de la droga y la autodestrucción. Porque no es una historia fácil, ni complaciente, hay mucho dolor y bastantes cosas desagradables, pero también sentido del humor (impagables diálogos) y ternura. La serie se basa no en uno sino en cinco libros, nada menos, de corte semiautobiográfico, en los que el escritor  -Edward St Aubyn- de algún modo ajusta cuentas con su familia. Los tres primeros, dedicados al tiránico y abusivo padre, están recogidos en un volumen que aquí lleva por título El padre. Las novelas de Patrick Melrose, mientras que las dos últimas ocupan el volumen titulado La madre. Las novelas de Patrick Melrose 2.  Con ellos, tengo lectura garantizada para todo el otoño. 

Benedict Cumberbatch como Patrick Melrose

Mientras saboreo aún el placer que me han aportado estos filmes, anticipo el que sin duda me procurarán las novelas. Y me alegro, además, de que me hayan hecho descubrir dos autores que hasta ahora no había leído. ¿Casualidad? Más bien serendipia, a ambas llegué sin pretenderlo.  El azar, que a veces nos da regalos inesperados.

jueves, 13 de marzo de 2014

¿QUÉ LEEN LOS PERSONAJES DE FICCIÓN?

Los escritores son -deben serlo por necesidad- grandes lectores. Y en sus historias, a veces, aparecen personajes que leen. Libros dentro de libros. A su vez, el hecho de que un personaje lea un libro determinado, estimula a los lectores de libro-marco -es decir, la obra dentro de la cual aparece ese personaje, sé que esto empieza a ser lioso- a leer también el libro en cuestión.  Pero no siempre sabemos con exactitud lo que leen los personajes de ficción. A veces, el autor se limita a presentarnos a sus criaturas con la nariz siempre entre libros, sin especificar mucho. Flaubert, sin ir más lejos, nos informa de la afición de Emma Bovary por las novelas; menciona alguna de pasada, como Paul et Virginie y nos dice también que leyó a Sue, a Balzac y a George Sand, pero no se demora en sus lecturas tal como se demora en otros aspectos de su vida. Otras veces, sin embargo, el libro-dentro-del-libro se erige en motivo central. Es lo que ocurre, por ejemplo, con La señora Dalloway en Las horas de Michael Cunningham. O con Los tres mosqueteros en El Club Dumas. Por cierto, que Joyce se adelantó a Pérez-Reverte en esto (¡como en tantas otras cosas!): en su Retrato del artista adolescente, Stephen Dedalus también lee a Dumas con fruición, concretamente El conde de Montecristo.  

Nicole Kidman caracterizada como Virginia en
Las horas
 
¿Qué sucede cuando un libro pasa a la pantalla? A priori, el efecto de una lectura determinada es menos vistoso en imágenes que sobre el papel. Ya no hay libro-dentro-del-libro, sino libro-en pantalla, que tiene mucho menos encanto. Aún así, tal como nos informaba un artículo aparecido en The Guardian, en el cine (y la TV) persisten algunos personajes influenciados por sus lecturas.  He aquí algunos de los ejemplos que proponen:

-La vie d'Adèle.
En esta preciosa película, basada en una novela gráfica, Adèle ama la lectura. Cuando la conocemos, está fascinada con La vie de Marianne (es evidente el nexo entre el título de este libro y el de la propia película). Todo empieza en clase, donde se habla de esta novela de Marivaux que están leyendo. Al hilo de sus páginas, el profesor hace que los alumnos reflexionen sobre el enamoramiento y sobre la impresión de predestinación que a veces se siente al conocer a alguien. De la literatura, al encuentro del amor. Eso es precisamente, lo que le ocurrirá a ella.



-Matilda
La heroína de la novela homónima de Roald Dahl es una auténtica devoradora de libros. Al principio, una de sus lecturas preferidas es El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett.. Pero pronto se atreve con libros "de mayores" como Grandes esperanzas. Y de ahí a otros grandes clásicos, como las obras de Kipling, Faulkner o Hemingway. No todos aparecen en pantalla, claro, pero Matilda deja bien claro que le gusta leer.



-The Wire
¿Quién diría que en esta serie ambientada en los barrios marginales de Baltimore y el mundo de la droga y la delincuencia se lee? Ciertamente, la lectura no es lo primero que salta a la vista. Pero D'Angelo Barksdale es capaz de hacer un lúcido análisis del libro que ha leído en prisión, El gran Gatsby: "Lo que quiere decir es que el pasado siempre va con nosotros. De dónde venimos, lo que nos sucede, cómo nos sucede... toda esta mierda es importante", les explica a sus compañeros, menos perspicaces que él. No cabe duda de que también D'Angelo ha aprendido algo de su contacto con la lectura. Aunque demasiado tarde. Irónicamente, D'Angelo será asesinado en una de las dependencias de la biblioteca.





 

miércoles, 8 de enero de 2014

LIBROS Y PELÍCULAS 2014

 
 
A principios de año hay que echarle un vistazo a las películas que vienen. No es que estas previsiones sean demasiado reveladoras, porque más de una vez lo que prometía sobre el papel decepciona en la pantalla, mientras que en otras ocasiones la cada vez más anémica distribución cinematográfica en nuestro país hace que muchos de esos filmes nunca lleguemos a verlos aquí. Al menos, en la gran pantalla. Como los buenos guionistas son una especie cada vez más rara (creo que están todos trabajando para las series de TV), las adaptaciones de obras literarias de todo tipo proliferan. Sin embargo, por lo que llevo visto, los gustos de los productores se decantan hacia el cómic y las novelas juveniles llenas de fantasía (tipo Juegos del hambre o Divergente, cuyas adaptaciones volverán a invadir nuestras pantalla en 2014). Cada vez menos cine adulto de calidad. Sospecho que, al igual que los guionistas, el público adulto esta en su casa chutándose uno tras otro los capítulos de series tan sensacionales como Sherlock (pedazo adaptación) o Boardwalk Empire.
 
En fin, espigando entre lo que se anuncia para los próximos meses, encontramos de todos modos algunas adaptaciones literarias dignas de mención. Elegidas, desde luego, de acuerdo con mi criterio por completo subjetivo.
 
 
-The Monuments Men. Adaptación dirigida por George Clooney de un ensayo sobre un apasionante episodio de la Segunda Guerra Mundial (no lo he leído aún, pero lo que sé de él confirma su interés). Clooney, Cate Blanchett, Matt Damon, John Goodman... Parece irresistible. Además, la fórmula Arte + nazis + buenos actores promete taquillazo.  ¡A por ella!
 
 
 
-Noah/Noé. Bueno, llamarle adaptación a esto quizá es hilar muy fino. Se trata al parecer de una versión libérrima de la historia de Noé. Por lo que llevo visto, tiene pinta de cine de acción y catástrofes. Pero... si Russell Crowe y Emma Watson como protagonistas no resultan señuelo suficiente para ir a verla, que venga el Dios de la Biblia mismamente y sumerja en las aguas a los incrédulos.
 
 
 
-In Secret. Como adaptación, esta sí es de las buenas, pues se basa en el Thérèse Raquin de Zola, una novela verdaderamente devastadora sobre los estragos de la represión. Si no fuera por eso, he de decir que no me llama demasiado la atención, a no ser por la aparición de Jessica Lange como la siniestra Madame Raquin. Por si acaso, lean el libro antes, ese sí que produce escalofríos.
 
 
 
-A Most Wanted Man/El hombre más buscado. Una novela no muy conocida de John Le Carré, con el terrorismo como trasfondo (desde que terminó la Guerra Fría, Le Carré ha migrado a otros territorios, en ocasiones fascinantes -El jardinero fiel-, a veces manidos) ha servido de base para esta película de un director holandés, Anton Corbijn, conocido sobre todo por sus filmes sobre grupos musicales. En principio, tengo mis reservas, pero la participación del inmenso Philip Seymour Hoffman en el reparto me hace concebir esperanzas.
 
 
 
-Gone Girl/Perdida. La novela de Gillian Flynn en que se basa esta película ha arrasado en ventas y también en críticas. Seguramente me ganaré muchos reproches, pero a mí me decepcionó: un planteamiento original y bien manejado, pero finalmente tramposo. De modo que mis expectativas para la adaptación al cine no son muy altas. Aparte de que la gracia de la trama reside en gran medida en la alternancia de puntos de vista, algo que me parece casi imposible de reproducir en la pantalla. Sin embargo, un director como David Fincher quizá pueda conseguirlo.
 
 
 
-Una vida en tres días. Desconozco por completo la novela de Joyce Maynard, Labor Day, en la que se basa esta película, sólo diré que su edición americana tiene un corazón en la cubierta. El argumento (madre soltera que acoge a preso prófugo y se enamoran) suena como a telefilm de sobremesa y siesta. No obstante, el director es Jason Reitman (el de Up in the Air y Juno) con Kate Winslet como protagonista. Así que, a pesar del título y la trama, cabe la posibilidad de que se deje ver. Si no, a esperar a que pase por TV para amenizar la tarde dominical.  
 
Y con esto, les deseo un buen y cinéfilo-literario 2014.

martes, 4 de junio de 2013

DESFASES TEMPORALES

Cuando leí La Femme de trente ans -decididamente, no una de las mejores novelas de Balzac, es justo advertirlo- uno de los aspectos que más me chocó fue que el autor consideraba que su protagonista, a esa edad, ya era una mujer con un amplio bagaje de experiencias vitales, desengañada del amor y casi de todo lo demás. Generalizando sin rubor, el escritor francés emite su opinión sobre las mujeres en la treintena: Les femmes connaissent alors tout le prix de l’amour et en jouissent avec la crainte de le perdre : alors leur âme est encore belle de la jeunesse qui les abandonne, et leur passion va se renforçant toujours d’un avenir qui les effraie. (La mujeres conocen a esa edad todo el precio del amor, y gozan de él con el temor de perderlo: en esos momentos su alma aún está embellecida por la juventud que las abandona, y su pasión se ve fortalecida por un futuro que las espanta.) Visto desde la perspectiva actual, es inevitable tener la impresión de que está exagerando. Pero es que hoy en día a los treinta años muchos jóvenes no han arrancado siquiera a volar por sí mismos, cómodamente instalados en casa de sus padres. ¿Acaso sufren porque la juventud que les abandona? Nada de eso: parece que hoy ser joven es un estado que se prolonga casi más allá de las primeras canas, para dar paso luego a una edad adulta que debe llegar hasta el andador antes de que se le pueda llamar vejez.
No hace tanto, los mejores años, los más llenos de novedades y empresas vitales, eran los de la adolescencia. Y la niñez acababa pronto, muy pronto: a los  doce o trece años, uno ya estaba listo para lidiar con el mundo. La literatura, por supuesto, refleja este estado de cosas.  Sólo que a menudo leemos las novelas de antaño con ojos de hoy, y apenas podemos creer que sus protagonistas sean tan jóvenes. Uno de los casos más flagrantes, por supuesto, es LA historia de amor por excelencia: la Julieta de Shakespeare tiene sólo trece años, mientras que Romeo es algo mayor, aunque no mucho. (El drama no llega a especificarlo, pero se supone que rondará los 18 o 19.) ¡En un contexto actual, los problemas de Romeo vendrían por el lado de la perversión de menores, más que por el de la rivalidad familiar! Pero esa especie de desfase temporal no lo advertimos sólo en protagonistas muy jóvenes. También los adultos parecen envejecer a velocidad vertiginosa. Como Sherlock Holmes. Cuando la BBC presentó su modernización de las historias escritas por Conan Doyle, la estupenda serie Sherlock, protagonizada en la pequeña pantalla por Benedict Cumberbatch (¡qué gran actor!), hay quien argumentó que era demasiado joven para el papel: señores, el Holmes original tenía 27 años en "Estudio en escarlata". Ciertamente, va envejeciendo a lo largo de sus aventuras -que no son pocas- y para cuando se acaban, en 1914, el autor nos dice que cuenta ya con 60 años. Pero Cumberbatch tenía 34 años durante la primera temporada de la serie. Si nos ponemos puristas, era demasiado mayor para el papel.
 
 
De este desfase temporal no se escapan tampoco los héroes del cómic. ¿Cuántos años le ponen a nuestro admirado Tintin? (y eso que el personaje fue creado en 1929, no hace tanto, pues). Según Hergé "unos 14 o 15, quizás 17". ¡Y el intrépido reportero viaja por todo el mundo e incluso pilota aviones, sin ningún problema!
Por último un ejemplo dickensiano, que no podía faltar; en Grandes esperanzas, Pip describe a Miss Havisham como "un esqueleto", y todas las representaciones gráficas que hay de ella la pintan como una anciana provecta. Pero si hacemos un rápido cálculo, la acción de la novela transcurre sólo 25 años después de que haya sido abandonada en el altar por el que debía ser su esposo. Teniendo en cuenta que en aquella época se casaban jóvenes, esto la sitúa más bien entre los cuarenta y pocos y los cincuenta años. O sea, no tan, tan vieja...
 
Margaret Leighton como Miss Havisham, en la versión de la BBC
de 1974
 

miércoles, 23 de enero de 2013

ENRIC GONZÁLEZ Y EL ALA OESTE


Devoro en dos días (de trabajo: si llega a ser en vacaciones, no me dura ni una tarde) el libro recién publicado de Enric González, Memorias líquidas y lo cierro con una sensación de satisfacción que me resulta familiar. ¿A qué me recuerda? La última vez que sentí algo parecido fue cuando terminé de ver la última temporada de esa soberbia serie sobre política americana que es El Ala Oeste de la Casa Blanca. ¿Que qué tienen en común? Bueno, en el primer caso se trata de las memorias de un periodista cincuentón que ha trabajado en algunos de los diarios más respetados de España durante los últimos treinta años y que ha tenido la inmensa fortuna -merecida- de ser corresponsal en todas las ciudades donde a mí me gustaría vivir: Roma, Londres, Nueva York. (Omito de esta relación su última corresponsalía, Jerusalén; no me cabe duda de que la Ciudad Santa debe de ser fascinante, pero sospecho que para vivir allí hay que estar hecho de una materia más coriácea que yo.) Un libro breve e intenso, que se lee como quien trasiega un buen whisky. En el segundo, de una serie de televisión americana, de la que se rodaron nada menos que siete temporadas, lo que a 22 episodios por temporada da muchas horas de buena televisión. O sea, que una cosa es brevísima y va de periodismo y la otra larguísima, es en imágenes y va de política. Pero las dos tienen en común que saben pasar al otro lado del escenario y desvelar lo que hay entre bastidores. Si gran parte del atractivo de El Ala Oeste viene de que, por primera vez, comprendemos cómo se cocina la política americana, qué tejemanejes e intereses -confesados los menos, inconfesables pero evidentes la mayoría- hay detrás de la retórica, las declaraciones a la prensa y las palmaditas en la espalda, lo que hace de Memorias líquidas algo más que las memorias de un periodista es que no se limita a contarnos que estuvo aquí o allí, conoció a Fulano o Mengano, sino que se para a analizar los mecanismos que hacen funcionar a la prensa, ese cuarto poder tan penetrado por los hilos invisibles del otro, el de verdad. Enric González ha escrito ese texto en el breve espacio que ha mediado entre su despido de El País y su fichaje por El Mundo -dos modelos de periódico que a priori se dirían muy distintos pero que, tras leer este libro, se comprende que no están tan distantes-, un momento en que no le debe fidelidad a nadie, lo que hace de estas memorias una rareza aún mayor.


Con respeto por todos sus colegas, admiración y cariño por los que lo merecen y discreción para con los que no estuvieron a la altura, destripa no obstante los entramados de las redacciones, y nos muestra de qué materia está hecho el periodismo. El peor, el que se alía con el poder y se aviene a corruptelas, y el mejor, que González define con el eslógan "cada mesa, un Vietnam". Citando sus palabras: "Con el tiempo descubrí, sin embargo, que los buenos sueldos le hacen a uno menos propenso a patearse la calle, más complaciente con el director y más comprensivo con el poder. Lamento decirlo y socavar mis propios intereses (a mí tampoco me gusta ser pobre), pero creo que una cuenta raquítica en el banco y un poco de rabia en el estómago favorecen el mejor periodismo. Que para mí, como ya he dicho, es el incómodo, el periodismo vietnamita".
El periodismo está cambiando mucho en sus formas, pero no tanto en el fondo. Como la política. Los amiguismos de los años setenta que revela González son seguramente muy parecidos a los actuales: hay personajes y temas intocables. Y la política de la maniobra y el chanchullo se aplica en la Casa Blanca del ficticio presidente Jed Bartlett igual que sin duda se aplica en la del presidente Obama. Eso sí, con todos mis respetos por alguien que habla tan bien y pronuncia discursos tan inspiradores. Nosotros no tenemos ni eso.
En fin, que si quieren saber qué es de verdad eso del periodismo y la política, aquí tienen dónde buscarlo.
Termino con una pincelada de nostalgia. Me ha llegado al alma un párrafo en que Enric González habla de la Barcelona de la Transición, esa ciudad que también es la mía y que yo recuerdo tal como él la describe:
"Hablamos de una ciudad sucia y desordenada, relativamene pobre, con árboles enfermos, un mar aceitoso y pocos turistas. No se parecía en nada, ni de día ni de noche, al parque temático de palmeras y diseño de la actual Barcelona."
A veces, incluso, la echo de menos.

Las Ramblas (las de antes)  bajo la lluvia.
Foto de Catalá Roca

martes, 10 de abril de 2012

JUEGO DE IDENTIDADES (III)

Patrick O'Brian
Estos días de descanso parecen haberme dejado sin inspiración, ¿de qué hablar hoy? Lo mejor será recurrir uno de mis comodines favoritos, los falsos nombres, ese juego de identidades al que tan aficionados son los escritores y que tantas sabrosas anéctodas proporciona. Tras los capítulos anteriores dedicados a este tema, les toca hoy el turno a un par de falsarios que comparten alguna característica. Ante todo, son dos escritores como la copa de un pino, para mi gusto no suficientemente apreciados porque se dedicaron a la literatura de género, que ya sabemos que suele ser ninguneada por la crítica. Me refiero a los señores Salvatore Lombino y Richard Patrick Russ. ¿Cómo? ¿Que no les suenan de nada? Naturalmente, porque ambos escribieron bajo otro nombre: se trata de Evan Hunter y Patrick O'Brian, respectivamente. Pero su vínculo principal reside en que esos nombres no eran simples seudónimos. Tanto Hunter como O'Brian se cambiaron el nombre legalmente; el primero, por razones que en apariencia no tuvieron mucho que ver con su actividad literaria; el segundo, porque sus editores le dijeron que venderían más ejemplares con un nombre de resonancias anglosajonas que con el suyo propio, de raíz italiana (eran los años cincuenta, señores).  Según uno de sus biógrafos, Dean H. King, O'Brian se cambió el nombre en 1945 tras haber colaborado con el servicio de inteligencia británico -en plata, haber hecho de espía- durante la Segunda Guerra Mundial. Ese cambio de nombre le sirvió también para dejar atrás un matrimonio fallido (para entonces ya mantenía relaciones con la que sería su segunda esposa, Mary), pero al mismo tiempo le obligó a abandonar una prometedora y precoz carrera como novelista; de hecho, su primera novela, The Snow-Leopard, la publicó cuando contaba sólo diecisiséis años. Mientras que O'Brian sería ya fiel a su nuevo nombre para el resto de su (nueva) carrera literaria y alcanzaría la fama como el autor de las novelas de aventuras navales de Aubrey-Maturin, el caso de Evan Hunter es algo más complicado. Como Evan Hunter, saltó a la fama con la novela The Blackboard Jungle, publicada en 1945, llevada al cine en 1955 bajo el título (en España) de Semilla de maldad. Pero Hunter era un escritor extraordinariamente prolífico y pronto descubrió que sus editores no daban abasto para publicar todo lo que salía de su pluma. Así, durante la década de los cincuenta utilizó varios seudónimos -Curt Cannon, Hunt Collins, Richard Marsten, D.A. Addams, Ted Taine- bajo los que escribió sobre todo relatos y novelas policacos y de ciencia ficción. Pero su seudónimo más famoso -que finalmente eclipsaría incluso a su verdadero/nuevo nombre- surgió en 1956, con la primera de las novelas de lo que se convertiría en la serie de la comisaría del distrito 87: Ed McBain. Como Ed McBain, Hunter escribiría una de las series más originales, auténticas y entretenidas sobre la vida en una comisaría de Nueva York.

Estupendas estas cubiertas originales
Es recomendable leerla por orden, porque sus personajes van creciendo y desarrollándose, aunque en español nunca tuvo mucha suerte y se ha publicado tarde, mal y en absoluto desorden. Una lástima. A partir de ahí, publicaría como McBain las novelas de corte policiaco (a la serie del distrito 87 le siguieron muchas otras, ya he dicho que era un autor prolífico) y como Hunter las de otro tipo, en su mayoría de corte psicológico. McBain llegó a convertirse en un nombre imprescindible del género policiaco. La muy premiada serie televisiva de los ochenta, Hill Street Blues (Canción triste de Hill Street) estaba claramente inspirada en los personajes del distrito 87, de la que copió también el sistema de varias historias paralelas en un mismo episodio. En 2000, supongo que cansado de estar siempre a la sombra de McBain, Evan Hunter publicó una novela, Candyland, escrita "a cuatro manos", es decir, que apareció firmada por Hunter y McBain. La primera parte estaba escrita en el estilo propio de Hunter, mientras que la segunda mostraba la prosa más concisa y eficaz de McBain. El escritor perseguido por su seudónimo, ya ven.

"Tengan cuidado ahí afuera", 
los que conozcan la serie se acordarán

domingo, 26 de febrero de 2012

¿DÓNDE ESTÁN LOS GUIONISTAS?

Gary Oldman y Benedict Cumberbatch en El topo
(me encantó ver esta encarnación de Cumberbatch, tan diferente aquí de su personaje de Sherlock)
"Si, como algunos predicen, la industria editorial está en trance de desaparición, quien verdaderamente sufrirá las consecuencias no serán las grandes editoriales ni las librerías, sino la industria del cine." Cuando faltan pocas horas para la entrega de los premios Oscar 2012, y a la vista de los nominados, esta frase que recogía The Millions parece de lo más acertado. Un número considerable de los candidatos a la famosa estatuilla lo son por películas basadas en una obra literaria. O, como en el caso de Midnight in Paris, por películas que no hubieran sido posibles sin la literatura. Donde se hace más evidente esta dependencia, como es lógico, es en la categoría de "Mejor guión adaptado", que se disputan cuatro películas adaptadas a partir de novelas -Los descendientes, La invención de Hugo, El topo y Moneyball: Rompiendo las reglas- y una que procede de una obra de teatro, Los idus de marzo (no confundir esta última con la novela que llevaba el mismo título escrita por Thornton Wilder, ya que la obra teatral de la que procede lleva otro título, Farragut North; aunque aprovecho para recomendarla, Wilder es un escritor que siempre vale la pena). Por si fuera poco, varias películas nominadas en otras categorías tienen su génesios en un libro, como War Horse, de Steven Spielberg, o Criadas y señoras. Mañana por la mañana sabremos quienes son los galardonados, pero eso es lo de menos aquí. Tampoco voy a entrar en la eterna y nunca dilucidada discusión sobre si las películas logran estar a la altura de las novelas en las que se basan. (Personalmente, mi opinión es que pocas veces es así, aunque hasta donde puedo juzgar, en la cosecha de este año El topo deja el pabellón bastante alto.)  La conclusión que se puede sacar de todo esto es que hay una verdadera sequía de guionistas. ¿Dónde están aquellos guiones originales de la época dorada de Hollywood? ¿Recuerdan el ingenio derrochado en películas como La fiera de mi niña o Con faldas y a lo loco? Quizás todos los buenos guionistas se han pasado a las series, que últimamente parecen un género mucho más serio y creativo que su hermano de la pantalla grande. En Mad Men se pueden encontrar personajes mejor dibujados que en la mayoría de las grandes producciones de Hollywood, por no citar esos otros hitos de la pequeña pantalla que son The Wire y El ala oeste de la Casa Blanca, cuyos guiones son verdaderas joyas. Los ejecutivos de los grandes estudios parece que necesitan asegurar mucho el tiro antes de apostar por un proyecto. Si no es un libro que ya ha probado su potencial,  prefieren recurrir al remake de un éxito de otra cinematografía (ignoro por qué la francesa les tira tanto). Todo antes que confiar en un guión original. Pero lo peor está por llegar. Pronto ni siquiera los libros les valdrán como base: lo que viene son las películas basadas en videojuegos, donde la acción -a ser posible en 3D- sustituye al guión, que apenas hace falta ya. ¿Dónde quedará entonces el cine inteligente?
El elenco de actores de El ala oeste de la Casa Blanca