John F. Peto

John F. Peto
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lunes, 20 de abril de 2020

LAS METÁFORAS DE LA ENFERMEDAD


Ignoro si hay algún ser superior que dirija esto, pero ocasiones como la actual invitan a pensar que sí debe de haberlo. O, al menos, que existe algún tipo de fuerza que de vez en cuando pone a la Humanidad en su sitio. Cuando -arrogantes y estúpidos como somos- nos creemos que estamos por encima de las leyes naturales, que con nuestra brillante inteligencia y nuestros avances técnicos lo tenemos todo dominado, zas, viene algo que nos da una lección de humildad. Como este virus, del cual nadie sabe gran cosa, pero que ha logrado desbaratar nuestra vida cotidiana y nuestra economía. Si seremos ignorantes que médicos y científicos andan medio locos investigando el coronavirus, pero varios meses después de su detección ni siquiera sabemos si haber pasado por la enfermedad otorga o no inmunidad efectiva contra ella. 
Nada nuevo. Cargamos a nuestras espaldas una larga historia de ignorancia respecto a epidemias y enfermedades. Empezando por las diversas oleadas de peste que asolaron Europa en siglos pasados (especial mención a la del siglo XIV, que se calcula que acabó con un tercio de la población), y cuya responsabilidad se atribuyó a causas de lo más variado: aire emponzoñado, brujería, castigo divino...  Cuando lo cierto es que el culpable de la peste bubónica fue una bacteria, la Yersinia pestis. Otro agente diminuto, otra bacteria, resultó ser causante del cólera -una enfermedad presente aún hoy en zonas subdesarrolladas-, pero pasaron siglos antes de que a alguien se le ocurriese asociar las aguas contaminadas con los brotes de esta enfermedad. Y ¿qué decir del azote del siglo XIX, la tuberculosis, esa "muerte blanca" que se cebaba en los jóvenes? Dado que hasta 1882 no se descubriría la microbacteria que la causaba -el bacilo de Koch, bautizado en nombre del científico que logró aislarlo-, ni se era consciente de su alto poder de contagio, familias enteras fueron víctima de la enfermedad (como las Brontë). 


Siempre que los humanos ignoramos la verdadera causa de algo, nos empecinamos en encontrar un culpable. Así, la tuberculosis se achacaba a la propia naturaleza de los enfermos, ya sea porque eran personas de naturaleza débil, que no deseaban vivir, o -por el contrario- que albergaban violentas pasiones que los consumían por dentro. ¿Contradictorio? Qué más da. Está la literatura llena de personajes cuya "naturaleza consuntiva" -y no el haberse contagiado de un bacilo- las hacía padecer la enfermedad. Para muestra, la Margarita Gautier que protagoniza La dama de las camelias -o su versión operística, la Violetta de La Traviata-, cuya muerte, más que a la tuberculosis, parece deberse a una vida llena de pasiones y excesos. Tal como apunta Susan Sontag en su interesante ensayo La enfermedad y sus metáforas: "se creía que la tuberculosis era una patología de la energía. Contraer la tuberculosis era un signo de vitalidad deficiente o malgastada".

Sarah Bernhardt como Marguerite Gautier
Y es que las enfermedades que escapan a nuestra comprensión se han prestado siempre a adquirir otros significados, convirtiéndose en un rico territorio metafórico. Voy a citar un ejemplo que me gusta especialmente, por sus ecos literarias. Se trata de la malaria. El nombre de esta enfermedad lo dice todo: procede del italiano mal aria, o sea, aire malo, porque se creía que era debida al aire contaminado que producían las zonas pantanosas. No iban tan desencaminados, sólo que el culpable no es el aire de los pantanos, sino el mosquito Anopheles, que con su picadura transmite el parásito que la causa. Pero como los mosquitos se reproducen con alegría en los terrenos pantanosos y suelen picar con preferencia al atardecer o por la noche, en ciertas zonas italianas, hasta bien entrado el siglo XIX, se aconsejaba no salir a esas horas, porque -se decía- era cuando se emanaban los vapores perniciosos. La malaria, entonces, se convertía en el azote de los amantes clandestinos, aficionados a los encuentros furtivos, cuya lujuria recibía así justo castigo. Hay un delicioso y terrible relato de Henry James, Daisy Miller, que lo ilustra a la perfección. La Daisy Miller del título es una hermosa joven americana de viaje por Europa, una muchacha alegre y casquivana, que a pesar de las advertencias se empeña en visitar el Coliseo por la noche -tan romántico- acompañada de un apuesto italiano. Por supuesto, contrae la malaria y muere. James deja que los lectores saquen la moraleja correspondiente. Pero, más de cuarenta años después (cuando ya se había identificado al verdadero agente de la malaria), Edith Wharton retomó este asunto en su relato Fiebre romana, en el que dos turistas anglosajonas rememoran sus años de juventud en Roma. También por aquel entonces una de ellas visitó el Coliseo al atardecer -"¿No recuerdas haber ido a visitar algunas ruinas una tarde, justo al ponerse el sol, y haber cogido frío? Se supone que habías ido a contemplar la salida de la luna", le dice una a la otra-, solo que en este caso la enfermedad que contrajo resulta no haber sido malaria precisamente. Y no quiero desvelar más, pero es un giro muy satisfactorio, y tal vez un homenaje de Wharton a su admirado Henry James.


Está aun por ver qué metáforas desarrollaremos para explicarnos la pandemia actual y cómo se reflejarán estos tiempos inciertos en la literatura. Tal vez, igual que nos ocurre ahora a nosotros cuando evocamos la superstición que rodeaba a la peste en la Edad Media, a nuestros descendientes les parecerá estúpido nuestro comportamiento frente a esta moderna plaga. 
Solo nos queda aprender del pasado, ser humildes y creer en la ciencia. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

DESEOS LIBRESCOS 2019




Gracias a la prodigiosa producción editorial de nuestro país, los libros que una no ha leído (aún), en lugar de reducirse en número, aumentan y aumentan de forma imparable. Vértigo daría, de no ser porque una buena parte de esas novedades que tan encarnizadamente compiten entre sí por la benevolencia del lector son de poco interés para mí. (Por el bien de sus autores y de sus editores, confío en que habrá algún público para ellos, entre el que yo no me encuentro; al fin y al cabo, mis gustos son bastante raros.) Por eso, a la hora de seleccionar lecturas, confieso que mi mirada tiende a dirigirse al pasado en vez de al presente. Como dijo G. K. Chesterton, para ensalzar la lectura de los clásicos:

"Ser simplemente moderno es condenarse a la absoluta estrechez de miras; igual que gastarse el último penique que uno posee en el modelo de sombrero más reciente es condenarse a estar pasado de moda. El camino que conduce a los siglos pasados está sembrado de modernos muertos."
A menudo, hojear los suplementos literarios me produce desazón, voy pasando páginas sin encontrar nada que me atraiga (o quizás lo que no me atrae es la forma en que hablan de los libros: la crítica literaria, incluso las simples reseñas, deberían aspirar a algo más que resumir un argumento).  A pesar de ello, mantengo un ojo bien abierto ante lo que se va publicando, porque entre tanta morralla siempre hay libros que merecen atención. Y, ¡oh, alegría! hay también editores que -sin descuidar lo que de notable pueda aportar la producción actual- son capaces de rebuscar en los desvanes del pasado y rescatar joyitas literarias que habían quedado sepultadas por el alud de "lo moderno" (por emplear la terminología de Chesterton). En este sentido, 2018 me ha procurado algunas satisfacciones:  
-Tras la publicación de sus Cuentos escogidos  en 2015, Shirley Jackson ha encontrado  por fin favor entre nuestro público y estos últimos años se han ido editando sus principales obras, entre las que están La lotería, Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House (de la que ahora hay también una serie) y Déjame que te cuente (un compendio de cuentos y ensayos. No me cabe duda de que estas obras le procurarán un buen número de admiradores. Mi felicidad sería perfecta si se animaran a traducir también su obra autobiográfica Life Among the Savages (contrariamente a lo que podría parecer, no es un tratado de antropología, es que el apellido de su marido era Savage). 



-Editorial Minúscula ha rescatado la que para mi gusto es una de las mejores novelas cortas americanas  del siglo XX: La señora Caliban, de Rachel Ingalls.  Los amantes de las historias realistas, no se dejen amilanar por quienes hablan de ella como un cruce entre King Kong y La bella y la bestia, es una historia de amor maravillosa.



Hace cuatro años -¡nada menos!-, en fechas como estas, me hacía eco de mis deseos de que se recuperasen algunos libros notables desaparecidos del mercado tiempo ha. Entre ellos estaba El siglo de los cirujanos, de Jürgen Thorwald, que entretanto ha renacido de la mano de Ariel. 






Sin embargo, otros de mis deseos librescos aún no han visto la luz. Aprovechando que estas son épocas de buenos deseos para el año entrante, repito algunos de ellos, a ver si esta vez los hados editoriales me hacen caso:

-Los libros en mi vida, de Henry Miller. Tan inencontrable que ni siquiera en las bibliotecas de la provincia de Barcelona tienen un ejemplar. Un libro, como se pueden imaginar, para amantes de los libros, esos bichos raros. Muy personal, muy Miller, y una delicia. 




-Otro clasicazo de ausencia inexplicable, porque lo tiene todo para gustar: guerra, amor, historia... Testament of Youth, de Vera Brittain. ¡Si hasta hay una película! Pues ni por esas... 




-Por último, y ya sé que esto es sólo para fans acérrimos, pero también es uno de los libros que más me han gustado este último año (¿el que más?): The Brontës. A Life in Letters, una impecable edición de Juliet Barker. La familia Brontë en sus propias palabras, en una selección de cartas magnífica, que se lee como una novela. 





Pues eso, a esperar que los Reyes Magos, los hados del Nuevo Año o quien sea cumpla estos deseos librescos. En cualquier caso, les deseo un feliz y muy literario 2019.


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miércoles, 30 de mayo de 2018

FANTASMAS EN LOS LIBROS

Ulises intenta, vanamente, atrapar el espíritu de su madre
(Jan Styka, 1902; gracias a El infierno de Barbusse por la ilustración)

Las apariciones de seres fantasmagóricos en las obras de ficción son tan antiguas como la propia literatura, si no más. El propio Ulises hace una visita al reino de los muertos, donde le es dado contemplar el espíritu de su madre, quien le confirma que una vez destruido el cuerpo "sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela por un lado y por otro". Estos espíritus de la Odisea, sin embargo, se hallan confinados en el Hades. Pero la idea de que el alma, en su levedad, puede escapar de los condicionantes de tiempo y espacio a los que estamos atados los mortales es demasiado atractiva como para no ser utilizada. Las leyendas que se cuentan al amor de la lumbre atemorizan desde hace siglos a sus oyentes con historias de muertos que, convertidos en fantasmas, rondan a los vivos exigiendo tal vez venganza, tal vez simplemente volver a una vida que dejaron demasiado pronto. El teatro -basta recordar el fantasma del padre de Hamlet- hizo buen uso de estos seres, que podían aparecer y desvanecerse a voluntad. La novela gótica, tan amante de lo siniestro, de lo oculto, de causar escalofríos, no se quedó atrás. Difícil encontrar una que se precie que no recurriese a ellos. El viento que azota los páramos de Yorkshire envuelve a los fantasmas de Cumbres borrascosas, igual que el desván del internado belga que acoge a la inocente Lucy Snowe de Villette esconde -¿tal vez?- a una monja fantasmal.  

En Villette, la obra de Charlotte Brontë, la protagonista
 ve -o cree ver- el fantasma de una monja


Dickens, poco crédulo en su vida privada -aunque se sintiese atraído por esos fenómenos, curiosidad que le llevó a hacerse socio del London Ghost Club, una de las primeras sociedades para la investigación de lo paranormal, fundada en 1862- comprendía muy bien el interés del público por aquellos seres y escribió uno de los cuentos de fantasmas más famosos -y menos terroríficos, dicho sea de paso- de su época, el Cuento de Navidad en que el avaro Scrooge es atormentado por los fantasmas hasta que decide enmendarse. Dickens no podía evitar ponerle a todo su granito de humor y hasta sus fantasmas tienen un lado cómico.




La popularidad de estas historias, que los victorianos y eduardianos devoraban con fruición, podría parecer paradójica a la luz de los avances tecnológicos de la época. Pero a la vez estos avances -que  los más ignorantes debían de considerar casi mágicos- reforzaban la creencia en mundos paralelos: si era posible, a través de unos golpecitos (código Morse) comunicarse con lugares remotos, ¿por qué no iba a ser posible (como proponían las hermanas Fox, inventoras del espiritismo), comunicarse del mismo modo con los seres del más allá? Si uno puede llevar en el bolsillo el retrato de alguien que vive a miles de kilómetros de distancia, ¿por qué no debería ser factible fotografiar los espíritus de los difuntos? Hoy, tal vez, la creencia en fantasmas es menos común, como menos ubicuas son sus apariciones literarias, aunque eso no sea obstáculo para que muchos lectores sigamos devorando con entusiasmo las inquietantes historias de Sheridan Le Fanu o de M. R. James
Aparte de estos fantasmas, fruto de la imaginación de sus autores, los amantes de los libros viejos creemos en otros, que nos parece palpar entre las páginas amarilleadas de los volúmenes antiguos: como dice Jordi Llavina en un artículo, "poseer un viejo libro significa también mantener relación con el fantasma de sus antiguos propietarios". Son estos unos fantasmas benéficos, que sin duda agradecen que alguien vivo comparta esa lectura que ellos disfrutaron años atrás. Abrir un libro antiguo, tocar las hojas que palparon antes que nosotros los dedos de una señora con crinolina o un caballero de largos mostachos nos proporciona un vínculo con ellos. Se diría que estos lectores ya desaparecidos nos tienden la mano desde el más allá. Decididamente, los fantasmas existen, y están en los libros.