John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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viernes, 9 de febrero de 2024

DINOSAURIOS Y OTRAS CURIOSIDADES

Como le ha ocurrido a tanta gente, hubo una época en que viví fascinada por los dinosaurios. No sé bien si oí hablar de ellos por vez primera en la serie Los Picapiedra, con sus simpáticos dinosaurios domesticados -recuerdo bien uno que hacía las veces de aspirador- o si ya antes estos seres de fábula habían hecho irrupción en mi vida, quizás a través de enciclopedias o de algunas de aquellas series de cromos que aspiraban a convertirnos a todos los niños en coleccionistas. 


En cualquier caso, eran unos seres míticos: tan extraños, tan grandes y, sobre todo, tan extintos. Unas características que les conferían, al menos en mi imaginario, un aura casi mágica. Hasta llegué a aprenderme muchos de sus complicados nombres científicos, que eran ya de por sí evocadores: Triceratops, Iguanodonte, Diplodocus, Arqueopteryx, Tiranosaurios. Sigo acordándome de estos y muchos más.  

Aunque mi interés infantil por estos animales se fue desvaneciendo, de vez en cuando estas criaturas  iban reapareciendo en mi radar. Ray Bradbury me regaló un cuento maravilloso, El ruido de un trueno, en el que un safari en el tiempo acaba francamente mal por culpa de un tiranosaurio (el cuento se publicó originalmente en 1952, aunque yo lo leí bastante más tarde en castellano). Después de eso, Jurassic Park me pareció bastante decepcionante. 

Luego, gracias a la novela de Tracy Chevalier Las huellas de la vida  supe de  la existencia de dos mujeres apasionadas por los fósiles que a principios del siglo XIX y descubrieron uno de los primeros ejemplares de ictiosaurio (esto era antes de Darwin, por lo que el mundo científico se inclinó a dudar de que un animal así hubiese existido). Por cierto que los victorianos -precursores en tantas cosas- sintieron una singular atracción por estos "grandes lagartos fósiles" y con motivo de la primera Exposición Universal, celebrada en Londres en 1851, construyeron unas enormes réplicas de dinosaurios, tan grandes que incluso se podía entrar en ellas y tomar el té dentro. Insuperable. 

      El Crystal Palace, sede de la Exposición, al fondo,
 y los gigantescos dinosaurios en primer plano. Toma parque temático.

Pero, aparte de estos atisbos de esas "criaturas extraordinarias" (así se titula en inglés la novela de Tracy Chevalier, Remarkable Creatures) yo seguía anclada en mis recuerdos de infancia sobre ellas e ignorante de los últimos avances de la paleontología. Por eso puedo decir que una de las cosas más extraordinarias que me han ocurrido últimamente es enterarme de que los pájaros son dinosaurios. Al principio, pensé que se referían a que las aves descienden de los dinosaurios. Al fin y al cabo, en esta larga cadena de la evolución, todos descendemos de casi todos. Error. Como he podido saber gracias a un interesante y para mí esclarecedor ciclo de conferencias de la Fundación Juan March, las aves son dinosaurios, los únicos de su especie que no se extinguieron y siguen presentes desde aquellas lejanas eras geológicas. Recomiendo encarecidamente que las vean si sienten algún interés por el tema.

Me gustan los pájaros, disfruto de sus trinos, de su vuelo, de su colorido. Pero reconozco que hay a veces algo inquietante en ellos (Daphne du Maurier y Hitchcock supieron traducirlo muy bien). A partir de ahora, creo que miraré a las palomas con otros ojos. ¡Dinosaurios!




miércoles, 30 de agosto de 2023

EL ANTILADRÓN DE LIBROS


(Ilustración de Chris Madden)

Lamentablemente, el robo de libros es una lacra antigua y extendida. En diversas ocasiones nos hemos ocupado en este blog de esta variedad de los amigos de lo ajeno, desde los que actúan por simple afán de lucro -como los ladrones que sustraen ejemplares raros y valiosos (robos que muy a menudo, nos tememos, no llegan a ser descubiertos)- hasta quienes lo hacen por una obsesión que les lleva a codiciar determinadas obras con afán enfermizo y delictivo. También están los que practican el robo de libros casi como deporte, actividad que algunos camuflan como postura política (véase el caso de Abbie Hoffman, autor de una obra titulada Roba este libro... que a su vez se convirtió en uno de los títulos más robados en las librerías estadounidenses.) El robo de libros, en cualquiera de sus variantes, es además una lacra inmemorial, pues ya en las bibliotecas de la Antigüedad, así como en las de la Edad Media, eran frecuentes las inscripciones que amenazaban al ladrón con las más terribles maldiciones. 


Maldición en un manuscrito del siglo XII

Quien se interese por el tema encontrará innumerables casos y anécdotas asociadas a este tipo de ladrones. Sin embargo, hasta ahora yo no me había topado con su reverso: el antiladrón de libros. No piensen que hablamos de alguien que trata de evitar los robos de libros, sino de alguien que, en lugar de sustraer libros, los aporta.... eso sí, subrepticiamente. Allí donde un ladrón acecha el momento oportuno para hacerse, a escondidas, con un ejemplar, nuestro antiladrón se vale de idénticas tretas para dejar libros sin que nadie lo advierta. Se preguntarán a qué se debe esta conducta, en apariencia chocante. Cualquiera de mis lectores que -como nos ocurre a  la mayoría de bibliópatas- tenga su casa atiborrada de libros lo comprenderá fácilmente. Llegados a ese punto en que no cabe una estantería más, en que las dobles y triples filas no admiten más ejemplares, en que las pilas de libros amenazan con derrumbarse, todos nos hemos preguntado cómo hacer para aliviar, aunque sea mínimamente, tamaña carga libresca. No es tan fácil. Hay quien opta por abandonar unos cuantos volúmenes a su suerte en cualquier lugar público, confiando en que aparecerá algún alma caritativa (y lectora) que se los lleve a su casa. No hay garantía, por supuesto, de que eso ocurra. La opción en apariencia más sencilla y expeditiva, la de tirarlos a la basura (o al container del reciclaje) va contra nuestros principios más arraigados: a cualquier amante de los libros, tratarlos como si fuesen mondas de naranja o envases de tetrabrik le produce un dolor indecible. ¿Qué desearíamos para ellos? Naturalmente, que encuentren un buen hogar. Que sean acogidos por alguien que los aprecie y los cuide y, a ser posible, que lleguen a nuevos lectores. Está claro: ¡una biblioteca! Pero, ay, resulta que las bibliotecas públicas no admiten donaciones de particulares. Si se les ha pasado por la cabeza aligerar el peso que soportan sus librerías -o deshacerse de los libros de su difunta tía Engracia, que de ningún modo caben en su casa-, desechen esa idea de inmediato. 

Gladstone's Library

Pero allí donde los simples mortales fracasamos y damos media vuelta ante la firme negativa de la biblioteca a quedarse con nuestros libros descartados, nuestro intrépido antiladrón se crece. Adoptando su expresión más inocente, se encamina decidido a la biblioteca elegida (a ser posible, una donde no le tengan ya visto) provisto de una mochila, como un estudiante cualquiera de los que aprovechan sus acogedoras salas para repasar sus apuntes. Una vez allí, deambula por los pasillos, buscando siempre los más solitarios, para ir repartiendo, con disimulo, la carga de su mochila: ora coloca una novela del XIX entre los tratados de química inorgánica, ora camufla una recopilación de cuentos fantásticos entre manuales de contabilidad. O deja un volumen de poesía entre las actas de los Congresos Eucarísticos (signatura 265, por si alguien está interesado en consultarlas). Lo encuentro una actividad fascinante. Desde que supe de esta modalidad, no dejo de elucubrar, ante mis libros candidatos a ser expurgados, cuál sería el lugar más adecuado para depositar cada uno de ellos.

Entiéndanme, no estoy animándoles a que imiten el ejemplo de nuestro ingenioso antiladrón. Soy consciente del trastorno que sus incursiones deben de causar a los bibliotecarios, obligados de repente a catalogar una serie de ejemplares con los que no contaban, y a ejercer de vigilantes para evitar sucesivas aportaciones no deseadas. Aunque, por el momento, solo sé de una persona (cuya identidad debo mantener en el más riguroso secreto) que practique este -diríamos- deporte, de modo que confío en que el daño causado no sea grave. 

viernes, 30 de junio de 2023

¿CUÁNTAS PÁGINAS DEBE TENER UN LIBRO?

Decididamente, las redes son una mina. Por más que una sea cuidadosa con los perfiles que sigue, los señores que las gestionan (tal vez se encarga ya la IA, a estas alturas) se encargan de llenar tu pantalla de informaciones que ni has pedido, ni te interesan. Lo que por regla general resulta muy irritante, pero de vez en cuando estas apariciones no solicitadas dan pie a echar unas risas, o a reflexionar un poco, como en este caso. Todo viene a cuento de que me he topado con un tuit -una de esas preguntas a los lectores de las que hablé hace poco- que decía: "¿A partir de cuántas páginas consideras que un libro es un tocho?" Por supuesto, no he respondido, básicamente por dos razones: 

1) Porque estoy segura de que su autor/a no tiene mayor interés en saberlo, solo busca acumular respuestas, retuits y nuevos seguidores.

2) Porque, de querer darle una respuesta, me vería obligada a sobrepasar de largo la extensión máxima de 280 caracteres. ¿Que podría hacer un hilo? Sin duda, pero no creo que Twitter sea el lugar más adecuado para elucubrar sobre estos temas. Así que me he venido hasta aquí para hacerlo.

Como suele ocurrir con este tipo de preguntas hechas sin ton ni son, ya su enunciado es discutible. ¿Qué entendemos por "tocho"? ¿Simplemente, un libro con muchas páginas? Obsérvese que el término "tocho" posee un matiz despectivo; en su primera acepción del diccionario de la RAE, como adjetivo, "tocho" significa "tosco, inculto, necio"; solo en su cuarta acepción, y como coloquialismo,  encontramos el sustantivo "tocho" como equivalente a "libro con muchas páginas" (que suponemos es el significado que quiere dar a entender el tuit en cuestión). Ahora bien, ¿es el número de páginas un criterio válido para juzgar un libro? La pregunta no lo especifica, pero es común que a algunos lectores la perspectiva de leer más de un determinado número de páginas les resulte disuasoria. ("Huy, no, este libro no, que es un tocho.")

También es discutible el concepto de "páginas", que no es ni mucho menos inmutable. Según sean el formato, el cuerpo de letra, la interlínea o los márgenes de cada edición, una misma obra puede ocupar más o menos páginas. En épocas de carestía de papel, es corriente que el cuerpo y la interlínea se reduzcan, y los márgenes se aprovechen al máximo. Veamos el ejemplo de una de las novelas de Galdós, Misericordia, que en su edición original de 1897 ocupaba 398 págs.; en 1932 podemos encontrar una edición, de la editorial Hernando, con solo 361 págs., pero en épocas de vacas flacas el adelgazamiento se incrementa: en 1945, la edición que publica Losada tiene solo 240 págs.; a partir de ahí, el libro irá engordando: la última edición registrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional (Navona, 2020) alcanza ya las 353. ¿La debemos, pues, considerar un "tocho", de casi 400 páginas, o  una novela breve de solo 240?  


Por cierto, lo que mucha gente no sabe es que esas larguísimas novelas del XIX por lo general no se comercializaban en un solo volumen. Muchas vieron la luz por entregas -y ahí sí que interesaba demorar todo lo posible su conclusión, porque de este modo el escritor seguía cobrando- o divididas en tres volúmenes, que era el formato usual (que las novelas de Jane Austen, por ejemplo, estén divididas en tres partes se debe, ni más ni menos, a que se publicaron de este modo, y cada parte corresponde a un volumen).  


Aunque, a fin de cuentas, lo que debería importar no es la extensión en páginas de un libro, sino su contenido. Es decir, si esas páginas, no importa  qué pocas o qué muchas sean, están bien aprovechadas. Personalmente, estoy muy a favor de los libros largos, de esos que una querría que durasen eternamente: eso sí, su longitud ha de estar justificada, nada de andar rellenando páginas con diálogos insulsos, o descripciones que no aportan nada. Hay, por desgracia, muchas novelas que habrían mejorado notablemente si su autor o sus editores se hubiesen dignado recortar varias decenas de páginas. Este de la extensión desmesurada es un mal que aqueja en especial a los por lo general horrendos productos comerciales llamados bestsellers, que parecen competir entre ellos por ver quién llena más páginas. (De paso, no me resisto a comentar que el mismo mal padecen las últimas producciones de Hollywood. Ya nadie parece ser capaz de contar una historia en menos de tres horas, y me quedo corta. ¡Pero si está lleno de obras maestras del cine que lo resuelven en hora y media, tan ricamente!) 

En fin, como ven, en cuanto al asunto de los "tochos" no es tan fácil pronunciarse. Por mi parte, ando aún llorando por las esquinas, lamentando haber acabado mi lectura de Guerra y paz, un "tocho" que no me habría importado en absoluto que tuviese unos cuantos cientos de páginas más. 

jueves, 31 de marzo de 2022

TRADUCCIONES DE ANTAÑO (EL CASO MADAME BOVARY)

                                 
Arxiu Històric de Barcelona

La intrincada maraña de internet, con sus millones de hilos que se entrecruzan, es propicia a los hallazgos inesperados.  A veces son chorradas, de esas que sólo sirven para perder tiempo (y demorar lo que en realidad deberías estar haciendo), pero también, a fuerza de escarbar en la morralla, es posible encontrar alguna pepita de oro. Hace un par de días, uno de mis últimos itinerarios por la red me condujo a la web del Arxiu Històric de Barcelona -entidad que, como su nombre indica, atesora el patrimonio documental de la ciudad- y, en concreto a su Biblioteca Digital, recientemente remozada. Este archivo tiene un fondo documental riquísimo de varios siglos de antigüedad, capaz de hacer salivar a cualquier amante de la historia y de la letra impresa en general y, aunque el proceso de digitalización no ha hecho más que empezar, lo que de momento está disponible es suficiente para perder muchas horas de la forma más agradable. En fin, que estaba yo saltando de aquí para allá entre publicaciones añejas de lo más entretenidas cuando, no sé bien cómo, aterricé en un volumen que me dejó, literalmente, alucinada. ¡Nada menos que la primera traducción al castellano de Madame Bovary! ¡Y menuda edición! 


Como podrán ver (me disculpo por la escasa calidad de la imagen, pero la captura de pantalla no da para más), el discreto título francés ha sido sustituido por el mucho más llamativo de ¡¡Adúltera!! (lo que viene a ser un spoiler total de la trama, pero qué más da), con la única concesión de dejar el original entre paréntesis. Para iluminar al potencial lector, tal vez mareado por tan agresivo título, se apresuran a añadir la aclaración "Novela filosófica-fisiológica", una definición un tanto enigmática, cuyo sentido les aclararé más adelante. Luego le llega el turno al autor, con el nombre de pila castellanizado, como era habitual en la época. Hasta aquí, normal. Sin embargo, se ve que la uve de Gustavo pesaba mucho y, ya sea el traductor, el editor o el propio cajista, alguien se dejó llevar por ella y convirtieron a Flaubert en Flauvert. Ya nos íbamos temiendo que no estábamos ante la más fiel de las versiones, cosa que enseguida se ve refrendada por la advertencia de que está "Traducida libremente al castellano". No he podido constatar aún hasta qué punto es libre esta versión, pero puesto que el archivo pone a nuestra disposición todo el contenido, espero poder hacerlo algún día. De momento, habiendo hojeado sólo las páginas iniciales, me inclino a pensar que las "libertades" deben de estar más bien en los pasajes "fisiológicos", por emplear la misma terminología de esta edición. Y llegamos al traductor. Ah, el traductor. Debidamente investigado (gracias de nuevo a internet y a la erudición del Diccionario Histórico de la Traducción en España, una herramienta utilísima) podemos saber de este Amancio Peratoner que era gran admirador de Quevedo y que escribió alguna obra de teatro y, sobre todo, cultivó la literatura podríamos decir "pìcante". Cito aquí lo que el diccionario dice al respecto:

    Pero donde puso mayor empeño fue en la divulgación del género «literario–fisiológico» con tratados  en los que no oculta su verdadero nombre. A este tipo pertenecen Los peligros del amor, de la lujuria y del libertinaje (1874), inspirado en una larga lista de autores que indagan sobre la sodomía, la pederastia y la prostitución; Extravíos secretos. Onanismo solitario (masturbación) en el hombre, en la mujer (s. a.), estudio extraído especialmente de Deslandes; o el más popular de todos, El culto al falo (1875), título al que sigue la habitual referencia a las fuentes extractadas para su redacción y las consideraciones morales que vienen al caso para esquivar la censura. Cabría añadir que algunas de estas obras podrían considerarse adaptaciones sintéticas de los autores mencionados en las respectivas portadas, aunque don Amancio no considera ese detalle.

Como traductor mostró idéntica afición a lo subido de tono, traduciendo incluso una Historia de la prostitución de todos los pueblos del mundo, que se editó con ilustraciones. El Diccionario nos informa de que tradujo también obras de mayor altura literaria, como algunas de Zola, de Dumas (hijo) o de Victor Hugo. Curiosamente, no se le menciona como traductor de Flaubert. Me pregunto si la omisión no se debe a la errata del nombre: me temo que en los catálogos el autor de esta ¡¡Adúltera!! figura como Flauvert, lo que sin duda dificulta su localización.
A pesar de su dudosa fidelidad al original, a don Amancio le pertenece el mérito de haber sido quien por primera vez tradujo la inmortal obra de Flaubert/Flauvert a nuestro idioma. Es muy posible que él no fuese consciente de la importancia de este hecho. Es posible, igualmente, que quienes comprasen ese volumen, editada de forma bastante sencilla por la imprenta de José Miret en 1875, lo hiciesen movidos más por el morbo del título que por otra cosa. Pero si esperaban encontrar entre sus páginas revelaciones escabrosas dignas del autor de El culto al falo (publicado ese mismo año, no puedo evitar preguntarme si saldrían simultáneamente), acabarían decepcionados. Eso sí, habiendo leído una gran novela. 

lunes, 28 de febrero de 2022

PERSONAJES RECURRENTES

Balzac fue uno de los primeros autores -me gustaría decir que fue el primero, pero no tengo la certeza- en servirse de los personajes recurrentes, algo que harían después otros escritores ilustres, como Galdós o Trollope, por citar sólo un par. Un recurso francamente útil cuando se crea no una única historia, sino muchas, vinculadas por el hecho de transcurrir en una misma zona geográfica, o dentro de un mismo grupo familiar, y hay que lidiar con decenas de personajes. Como su nombre indica, consiste en hacer que determinados personajes de una novela reaparezcan en otras, no como protagonistas (en ese caso estaríamos más bien ante una serie protagonizada por un mismo personaje), sino en calidad de secundarios. Cómo de secundarios es algo que suele variar, de modo que a menudo quien se ha situado en primer plano en una novela pasa a ser un mero figurante en la siguiente. Pero está ahí, y los lectores agradecen toparse con un nombre y unas características que les resultan familiares. Es, en cierto modo, como volver a una casa que ya conoces. Terreno amigo.

A nada que se hayan leído unos cuantos volúmenes de la Comedia humana -o de las simpáticas Crónicas de Barsetshire, de Angela Thirkell, si uno se decanta por lecturas más ligeras- se acaba por estar muy atento a esta recurrencia de personajes, y tratar de adivinar cuál de ellos hará esta vez su reaparición  casi se convierte en un aliciente adicional. Mucho más raro, y desde luego más sorprendente, es toparse con un personaje conocido en dos libros de autores diferentes y que tratan de temas no relacionados entre sí. Pero esto precisamente es lo que me ha sucedido al leer las deliciosas memorias de Mary Chubb sobre su campaña arqueológica en Egipto en 1930, que llevan el título de Aquí vivió Nefertiti

El libro va precedido por un par de fotografías de la época, una de ellas la realmente impactante imagen del director de la expedición, John Pendlebury, luciendo un collar egipcio (evidentemente, uno de sus hallazgos) sobre el torso desnudo. 


La lectura de las páginas que siguen demuestra que no sólo podía ser un tanto excéntrico, sino que era también una persona dotada de enorme talento y un excelente arqueólogo. Lo que Mary Chubb cuenta acerca de él -unido a muchas otras interesantes anécdotas, capaces de trasladarnos a la polvorienta excavación de Tell El-Amarna- hacen que una acabe tomándole cariño. El caso es que, aparte de la fascinación por este personaje, su nombre me resultaba lejanamente familiar. Pero sólo al llegar a las páginas finales, cuando la autora reseña brevemente qué fue de cada uno de los integrantes de aquella lejana expedición y menciona que Pendlebury, destacado en Creta en 1941 (como responsable de las excavaciones de Cnossos, conocía bien la isla) durante la invasión alemana, tras participar en numerosas acciones con guerrilleros, fue fusilado por los alemanes, todo encajó y supe de qué le conocía. En efecto, sus andanzas con los guerrilleros cretenses, así como su muerte a manos de los alemanes, aparecen mencionadas en la biografía de Patrick Leigh Fermor -otro héroe de la guerra en Creta- escrita por Artemis Cooper. Así, resulta que Pendlebury no sólo fue un sabio, sino también un héroe. Por cierto que las peripecias de nuestro amigo Paddy durante esa misma campaña tampoco fueron desdeñables: entre otras acciones, formó parte del comando inglés responsable de secuestrar a un general alemán. La historia completa de esta hazaña, tan emocionante como cualquier relato de ficción, la cuenta uno de sus compañeros, W. Stanley Moss, en Mal encuentro a la luz de la luna.

En este caso, la recurrencia de personajes vino de la mano de la casualidad histórica y no de la voluntad de un novelista, aunque a mí me causó idéntico efecto de familiaridad. De repente, me vi transportada desde una excavación en el Egipto de 1930 a la Creta en guerra de los años cuarenta y Pendlebury, un personaje del todo secundario en la larga biografía de Patrick Leigh Fermor, se convirtió ante mis ojos en un protagonista por derecho propio. Los libros se llaman unos a otros, estoy convencida.

Y llaman (o deberían) a los lectores: si quieren disfrutar de buenas historias, cualquiera de los libros aquí citados o los del propio Paddy son una excelente lectura. 

lunes, 20 de diciembre de 2021

¿HAY QUE ORDENAR LOS LIBROS?

Disculpen que utilice una pregunta manifiestamente retórica como título de este artículo, una pregunta a la que sin duda la mayoría de mis lectores responderían con una rotunda afirmación. Como mucho, querrían saber si propongo un orden particular como más efectivo que otros. Por mi parte, aconsejo a todo aquel que posea un número considerable de libros que les de algún tipo de orden, si no desea que la tarea de localizar un volumen determinado resulte larga y complicada. Y sin embargo...

Los libros demandan cierto grado de serendipia para ser descubiertos. Los auténticos hallazgos son los que no estabas buscando, esos libros que no sabías ni que existieran y que saltan ante tus ojos desde el rincón, estante o pila más insospechados. Dice Martin Latham, que ha sido librero durante treinta y cinco años, que, igual que un poco de caos en un jardín vela por un ecosistema saludable, cierto "desorden organizado" en las librerías es saludable para el lector, porque refleja la forma en que los humanos pensamos mejor que el orden sistematizado de la biblioteca. En su librería, sigue diciendo,  "veo diariamente el anhelo humano de ocasiones para la serendipia, cuando los clientes repasan con la vista los carritos con los libros pendientes de colocar o las pilas de los que esperan ser devueltos, e incluso lanzan miradas furtivas a los pedidos de otros clientes, buscando una unión chamánica de tiempo y suerte". Me he sentido absolutamente representada. Yo también me siento inevitablemente atraída por cualquier montón de libros apilados sin ningún orden concreto y debo confesar que, en las bibliotecas, una de las primeras cosas que hago es ir al carrito donde la gente deja los libros consultados: suele depararme descubrimientos interesantes (y sí, también hay mucha morralla, pero así es el ecosistema libresco). 


En su libro -lleno de historietas y curiosidades librescas- Latham menciona el caso de una librería californiana, llamada precisamente Serendipity Books, que durante cuarenta años funcionó regida por el azar. En varios pisos, más de un millón de libros estaban dispuestos sin orden un orden determinado. Parece que su dueño, Peter Howard, famoso por su brusquedad, le dijo un día a un cliente (seguramente exasperado al no encontrar el libro que quería): "Si sabe lo que busca, vaya a una biblioteca". Creo que ahí está la clave. Una cosa son los libros que ya estaban en tu lista, de los que ya posees referencias y que quedan dentro de tu radio de interés. Para ellos se han inventado los sistemas de ordenación, la alfabetización por autores o por temática, pues este lector con un objetivo desea alcanzarlo sin dilación. Pero frente a estas lecturas previsibles están los libros que no sabes que querías leer, de autores para ti desconocidos y que versan sobre temas en los que tal vez nunca habías pensado. Estas son las lecturas realmente valiosas, las que te abren nuevos horizontes, las que hacen que las horas que has invertido en ellas valgan realmente la pena. Y estas son las que sólo el azar puede poner en tu camino. Únicamente dejándose llevar por la curiosidad, explorando áreas a priori poco prometedoras, es posible descubrirlas. Pocas cosas hay más estimulantes que husmear en bibliotecas ajenas, no importa si están o no ordenadas, porque no existen dos criterios lectores iguales. Y buena parte del atractivo de rebuscar en librerías de viejo reside en descubrir obras que no encontrarías en ninguna mesa de novedades, libros que tal vez hace cincuenta años que quedaron en el olvido (por no mencionar el encanto de las encuadernaciones antiguas, del papel amarilleado por el tiempo... pero eso sería motivo de otro artículo).  

Incluso en el entorno perfectamente ordenado de una biblioteca, ¿qué mejor aventura que darse una vuelta por esos pasillos que nunca pisas, dedicados a temas que -en teoría- no te interesan? No se me ocurriría criticar -y en esto seguramente coincidimos todos- la necesidad de que las bibliotecas públicas, cuya finalidad es en buena parte utilitaria, tengan un orden. Aunque, por más afinado que esté el sistema de ordenación, siempre habrá libros inclasificables, obras que en apariencia tratan de una cosa, pero que en realidad hablan de otras. Más de una vez me ha sorprendido toparme con obras que yo hubiese clasificado en una sección determinada, en otra muy distinta. Por poner un ejemplo -bastante burdo, me temo-, el delicioso libro de Oliver Sacks, Músicofilia, está colocado en mi biblioteca local entre un manual sobre experiencias de cuidadores de enfermos con demencia y un tratado sobre la depresión. Seguramente los bibliotecarios llevan  bastante razón y Sacks, neurólogo de profesión, habla ante todo de asuntos neurológicos. Pero, francamente, a mí me hizo reflexionar ante todo sobre la música en general, sobre qué hace que determinados sonidos nos resulten agradables y otros no. En mis estanterías, lo colocaría junto a otros tratados musicales, como La música. Una historia subversiva, de Ted Gioia, otro libro que explora territorios musicales poco conocidos. 


Por eso (y porque qué es la vida -sí, también la intelectual- sin riesgo, sin aventura), abogo por no ordenar los libros. O, más bien, por mantener como sea ciertas parcelas de caos y arbitrariedad. El orden es necesario, sí, pero del desorden a veces surgen las grandes ideas. 

lunes, 28 de septiembre de 2020

CUANDO RECIBÍAMOS CARTAS

Añorar aquellos remotos tiempos en que recibíamos cartas de personas físicas -por lo general lejanas- y no únicamente impresos y propaganda se ha convertido casi en un tópico. Cierto, hace un montón de años que nadie me escribe para explicarme algo, por el simple placer de comunicarse conmigo, en vez de pretender que compre un producto o pague una factura. Pero, francamente, yo no soy mucho de recrearme en este tipo de nostalgias, por lo general prefiero pensar en las cosas buenas del tiempo presente. Sin embargo, hace poco alguien me pidió -por correo electrónico, por supuesto- que contestase una serie de preguntas acerca de la "perdida costumbre de escribir cartas a mano". (Comprendo que es mucho pedir, pero hubiese sido un punto que una encuesta así se realizase a través, precisamente, de una carta manuscrita.) Que ya de entrada mi encuestadora quisiese saber si había escrito "alguna vez" una carta a mano me hizo comprender de inmediato que quien había redactado las preguntas pertenecía a una generación como mínimo millennial. Dios mío, tuve ganas de decir, ¡pero si me he pasado mi infancia y adolescencia escribiendo y recibiendo cartas! A mis padres, cuando estaba fuera de casa; a mis abuelas, las temporadas que alguna de ellas pasaba en otro lugar; a mis amigas y amigos, en circunstancias diversas y con diverso grado de intimidad; incluso escribí a desconocidos, por motivos varios, desde pedir un certificado a solicitar una beca (esos trámites que ahora liquidamos en un clic se resolvían entonces mucho más lentamente, por correspondencia). Y sin duda mi caso fue leve, pues  puede decirse que viví los últimos coletazos de la época de esplendor de las relaciones epistolares: muy pronto las cartas personales quedaron sustituidas por el teléfono y este a su vez, unos años después, por el correo electrónico (últimamente, parece que nos comunicamos básicamente por whatsapp, ¿qué vendrá después?). Buena muestra de ello es que en las novelas del XIX y principios del XX los personajes consagran una cantidad asombrosa de tiempo a poner al día su correspondencia. "Dedicó el resto de la mañana a escribir cartas", es una frase habitual en las publicaciones  de la época. Claro que si midiésemos el tiempo que ahora consumimos diariamente en atender a mensajes de móvil, e-mails y otras servidumbre de las pantallas que nos rodean, el resultado sería seguramente, más que asombroso, aterrador.  

Yes or no, de Charles West Cope (1872)

No pertenezco tampoco al bando de los que dicen que "la gente ya no escribe". No es cierto, se escribe muchísimo -¿no están ustedes todo el día contestando o generando correos electrónicos y mensajes?-, solo que el medio condiciona el discurso. La extrema facilidad con que el formato digital permite borrar, cortar y pegar hace que volquemos sobre la pantalla lo primero que se nos ocurre. No hay -no parece haber- necesidad de meditar antes lo que vamos a decir, si podemos corregirlo sobre la marcha. Puesto que los humanos tendemos por naturaleza al mínimo esfuerzo, el resultado suelen ser unos textos pobres tanto en cuanto a léxico como en cuanto a fluidez. Cosa que se ve agravada por la sensación -que desde luego no teníamos con las cartas escritas a mano- de que esos mensajes, compuestos de meros bits, son efímeros. Igual que los libros digitales se convierten, una vez leídos, en "libros fantasma", abrigamos la fantasía de que cualquier texto que no se fija sobre papel queda para siempre perdido en el éter. (Es una falacia, por supuesto, todo deja rastro.) Pero no es mi intención extenderme sobre esto, o no hoy al menos.

Podríamos decir que la comunicación interpersonal, el contenido (más o menos) lo conservamos. Lo que indudablemente hemos perdido con la desaparición de las cartas manuscritas es esa parte de la personalidad de los corresponsales que quedaba plasmada en lo que no es propiamente el texto, en su materialidad: la elección del papel, del instrumento de escritura (pluma, bolígrafo, color de la tinta...), del sobre e incluso de los sellos; y, sobre todo, la letra peculiar de cada cual, su tamaño, su inclinación, las líneas más o menos rectas y los márgenes más o menos generosos. Cuando uno recibía una carta, todo en ella rezumaba individualidad. Con solo ver cómo estaba escrita la dirección en el sobre, sabíamos al instante quién nos había escrito. Y, si por casualidad el remitente nos era desconocido, todo esos elementos nos ayudaban a hacernos una idea cabal de cómo sería. Había letras nerviosas y atropelladas, o bien ampulosas y seguras de sí mismas, mientras que en la poca habilidad para trazar otras se traslucía bien a las claras el nivel cultural de su autor. Cuando solo se escribía a mano, la educación recibida se transparentaba en la letra: recuerdo que mis dos abuelas -que casualmente habían ido al mismo colegio de monjas, aunque con algunos años de diferencia- tenían una letra muy parecida. Siempre imaginé, al leer sus cartas, a unas niñas con delantal y una abundante cabellera rematada por un lazo, inclinadas horas y horas sobre sus pupitres, trabajando esa caligrafía uniforme que demostraría que eran señoritas bien educadas.  

Ahora podemos acceder en unos segundos a la foto de perfil e incluso a las fotos de las vacaciones de casi cualquier remitente, incluso a las de su gato (y, Dios no lo quiera, a otras imágenes más comprometidas). Paradójicamente, esto nos dice menos de su personalidad de lo que, unas décadas atrás, una carta manuscrita nos hubiese revelado. Sí, no hay duda, eso se ha perdido para siempre. Tal vez nos comunicamos más, pero sin duda peor. 

jueves, 12 de diciembre de 2019

SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN, EN LIBROS

La capacidad que tiene la gente para inventarse continuamente nuevos retos y memes lectores me deja maravillada. Creo que apenas pasa un día en que, navegando por la red, no me tope con alguno. Todos mis respetos para quienes se apasionan por estos entretenimientos, pero yo nunca les hago caso, me temo que soy poco competitiva y muy poco gregaria. Tampoco veo cómo participar en uno de esos retos -libros escritos el año que naciste, libros que empiecen cada uno por una letra del alfabeto, o cuyos autores provengan cada uno de un país distinto o ves a saber qué otra rebuscada condición- podría resultarme provechoso. Es verdad que tal vez por este intricado vericueto descubriría autores u obras interesantes; sin embargo, prefiero con mucho mi brújula interior para orientarme en el laberinto de los libros. 
A pesar de esta declaración de intenciones, debo confesar que hoy por primera vez uno de estos retos me ha llamado la atención. Ante todo, porque su funcionamiento es tan personal y aleatorio como mi propio método para saltar de libro en libro; además, no implica leer nuevos libros, sino hablar de los que ya se han leído (dado que mi ritmo de lecturas sigue tan activo como siempre, es difícilmente factible añadirle títulos impuestos por otros). Y, por si fuera poco, demanda cierto ingenio, lo que nunca va mal. Les explico. El jueguecito -meme, se dice ahora- se llama "Seis grados de separación". Supongo que conocen esa famosa teoría, recordarán que postula que cualquiera de nosotros está conectado a cualquier otra persona en el mundo por una cadena que no tiene más que cinco intermediarios. No me voy a extender aquí en discutir si eso tiene alguna credibilidad, el asunto es que las conexiones que se establecen pueden llegar a ser tan extravagantes y fantasiosas (del tipo: una vez frecuenté el mismo restaurante que Fulanito quien a su vez había trabajado en la misma empresa de Menganito, etc.) que todo está permitido.


Trasladado a las lecturas, el sistema funciona de un modo algo distinto. El iniciador de la cadena propone un libro -suficientemente conocido- y, a partir de ahí, todos los participantes van estableciendo conexiones -distintas para cada uno- que les permiten saltar a otros libros, y así hasta los seis grados de separación. Por citar el ejemplo en que me baso, del blog Stuck in a Book, el juego comienza con Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen. Puesto que la localidad que le da título está en la costa, eso da pie para saltar a novelas ambientadas junto al mar; en su caso, The Fortnigt in September, de R. C. Sherriff. Y de septiembre, a otras novelas en cuyo título figuran meses, como Silence in October, de Jens Christian Grondahl; esta, a su vez, es narrada por un personaje sin nombre, lo que nos lleva a The Pumpkin Eater, de Penelope Mortimer; y de una autora llamada Penelope, a una tocaya: At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. En fin, ya ven el mecanismo (sigan el enlace si quieren ver a dónde va a parar esta serie).


La propuesta me ha parecido lo bastante atractiva como para sugerirme otras vías de conexión. Por atenerme al título inicial, como Sanditon suele publicarse acompañada de otra breve novela de Austen, Los Watson, salto inevitablemente al Watson más conocido de la literatura inglesa, el de Conan Doyle. Y, concretamente, por elegir una de sus aventuras, a El sabueso de los Baskerville. De ahí, está claro, paso a otro Baskerville literario, el Guillermo de El nombre de la rosa de Umberto Eco (una novela, por otra parte, muy holmesiana). Recordarán que el narrador de esta historia que mezcla teología e investigación detectivesca es Adso de Melk, por la famosa abadía situada junto al Danubio. Lo que nos lleva a la obra danubiana por excelencia, El Danubio, de Claudio Magris. Magris estaba casado con otra magnífica escritora, Marisa Madieri. Así pues, su preciosa novela, Verde agua, es la siguiente parada de este itinerario (y, burla burlando, ya llevamos cuatro).  Desde aquí, me siento tentada de seguir la via triestina -donde se sitúa la novela de Madieri-, dado lo muy llena de escritores que ha estado siempre esa ciudad adriática (Stendhal, Casanova, Joyce, Italo Svevo, y me dejo un montón). Pero no, creo que tomaremos otra derivación y dejaremos que la imaginación flote sobre el Mediterráneo hasta llegar a La forma del agua, de Andrea Camilleri, la novela donde aparece por primera vez su Montalbano. Un título que no debe confundirse con la película del mismo nombre de Guillermo del Toro, cuyo argumento a su vez tiene mucho en común con La señora Caliban, de Rachel Ingalls. Y con esta verdadera joyita literaria hemos completado nuestros seis grados de separación y hemos transitado de una autora inglesa de principios del XIX a una escritora americana que falleció este mismo año. Sin duda, un bonito viaje literario y una forma divertida de repasar lecturas. 

viernes, 11 de octubre de 2019

HAMBRE DE LIBROS


Vivimos en una época de abundancia. Nunca antes, en el curso de la historia humana -y, más concretamente, en la de la literatura- ha resultado tan fácil y tan barato rodearse de libros. Bibliotecas públicas, librerías de segunda mano y el vasto universo de internet hacen que cualquiera  pueda estar siempre bien surtido de material de lectura. Claro que esto no ha sido siempre así. Antes de la imprenta, los libros manuscritos eran escasos y carísimos, y sus dueños los custodiaban como los tesoros que eran. Después, paulatinamente, se fueron abaratando, pero pasarían siglos hasta que los libros estuviesen al alcance de las clases medias y bajas. En ediciones no tan bonitas ni duraderas, quizás -de quiosco, de bolsillo-, pero a un coste asequible para todos los bolsillos. Y para los que no tienen ni esas pocas monedas, ahí está la red de bibliotecas públicas. Damos por sentada esta copiosidad, igual que los supermercados abarrotados de comestibles para todos los gustos nos parecen de lo más normal. Hoy, en los países desarrollados, los lectores solo hemos de preocuparnos por elegir el libro que leeremos a continuación, nunca por si pasaremos hambre de libros. (A veces, movidos por nuestra voracidad, corremos el peligro de darnos un atracón.)
Cuesta, pues, imaginarse lo que puede representar para un lector vivir sin libros, verse de repente -por unas u otras circunstancias- privado de ellos. La sola idea, a mí, me produce escalofríos. Por eso he encontrado tan emocionantes dos de los testimonios que recoge Patrick Kurp en su blog Anecdotal Evidence. Ambos, casualidad o no, proceden de autores polacos. El primero es Josef Czapski, conocido ante todo como pintor, pero también por sus textos autobiográficos -recogidos en el libro En tierra inhumana- de su cautiverio en campos y cárceles soviéticas. 


Recluido en el campo de Griazowietz, en condiciones sumamente precarias, junto con los escasos oficiales polacos que se salvaron -no se sabe bien por qué- de la matanza de Katyn, Czapski y sus compañeros organizaron una serie de conferencias culturales. Un bibliófilo de Lvov les hablaba de la historia del libro; un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia, sobre arquitectura; un reputado viajero y alpinista, sobre América del Sur; Czapski, por su parte, charlaba sobre la pintura y la literatura francesas (había vivido más de diez años en París) y, en especial, sobre Proust. Es conmovedor leer cómo relata las circunstancias en que se dictaban esas conferencias:

"Yo pensaba entonces emocionado en Proust, en su cuarto sobrecalentado de paredes de corcho, que se habría sorprendido mucho y quizás emocionado al saber que, veinticinco años después de su muerte, unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, que a menudo llegaba a los 40º bajo cero, escuchaban con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de ese mundo de preciosos descubrimientos psicológicos y de belleza literaria. [...] Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos de Proust y Delacroix me parecen las horas más felices."

Aquella gente trabajaba en condiciones durísimas, no tenía apenas comida, y mucho menos libros, pero el recuerdo de unos libros leídos con pasión les permitía seguir sintiéndose humanos. Si les interesa acceder a este documento, las charlas de Czapski están publicadas en el libro Proust contra la decadencia. 

Jerzy Stempowski

El otro polaco hambriento de libros es Jerzy Stempowski, aunque su ayuno no resultó tan prolongado como el de Czapski. Relata Stempowski en un ensayo titulado "La biblioteca del contrabandista" cómo, poco después de la invasión de Polonia por los nazis, pasó un tiempo en un sanatorio en algún remoto lugar de los Cárpatos, enfermo de neumonía. Cuando le dieron el alta, se hizo amigo de unos contrabandistas que le ofrecieron refugio en uno de sus escondrijos. Uno de ellos, sabedor de su condición de intelectual, le dijo "Acostumbrado a leer toda la vida, te pondrás muy triste si no tienes libros". Y poco después apareció con un saco de libros que había conseguido quién sabe dónde y que contenía tesoros como las Bucólicas de Virgilio, una buena edición de Horacio, otra de las Metamorfosis, varias obras en español (entre ellas, Gracián), unos cuantos volúmenes de Walter Scott, Orgullo y prejuicio y algunos de los poetas románticos ingleses. "La mejor lectura para un largo invierno". 
Puedo imaginar bien el alborozo del escritor polaco -que, por cierto, hablaba numerosas lenguas, de ahí que no le hiciese ascos a ninguno de los libros que le proporcionó su amigo contrabandista- ante este regalo, seguramente el mejor que podían hacerle.   
La próxima vez que me acometa la sensación de que tengo demasiados libros, intentaré pensar en estas dos historias y recordar que soy una privilegiada. Ojalá nunca tenga que pasar hambre de libros. 
  

jueves, 19 de septiembre de 2019

LIBROS CONGELADOS


Cuando alguien habla de la destrucción de libros, suele implicar que los han quemado. Las quemas de libros han sido populares desde hace siglos entre censores y dictadores de pelajes diversos. Imagino que tendrá que ver con la idea del fuego purificador, o con la espectacularidad -desde luego, incomparable- de una buena hoguera. Sin embargo, el peor enemigo de los libros no es el fuego, ni mucho menos. A lo que más temen los editores -con sus almacenes saturados por miles de volúmenes- y los bibliotecarios no es al fuego, sino a la humedad. De hecho, quemar un libro no es tan fácil como parece. Sí, el papel arde bien, pero en forma de bloque compacto, menos; y si ese bloque está cubierto por en unas sólidas tapas de cartón, la cosa se pone aún más difícil. No les digo que lo prueben, porque destruir libros -o intentarlo- por cualquier medio está muy feo, pero creo que pueden imaginárselo. En cambio, basta una simple gotera para arruinar cientos de libros. Porque después del agua viene el moho, y eso sí que no tiene remedio. Igual que sucede con las hojas en los bosques de donde procede, el libro mojado acaba por pudrirse. Así, para los libros, más temibles que los incendios pueden ser las mangueras de los bomberos que acuden a extinguirlos. ¿Qué ocurre, entonces, si una biblioteca se quema? Les contaré la fascinante historia del incendio, y posterior reconstrucción, de la Herzogin-Anna-Amalia-Bibliothek -así de largo es el nombre- en Weimar para ilustrarlo.


Aunque la biblioteca en  cuestión fue fundada en 1681 por el duque Guillermo Ernesto de Sajonia, su actual ubicación, y la maravillosa sala rococó por la que es famosa (aparte de por su fondo bibliográfico) se deben a la duquesa Ana Amalia quien, convertida en regente a la temprana muerte de su esposo en 1758, se erigió en mecenas de las letras y las artes y, junto a su hijo Carlos Augusto, que la sucedió, transformaron a su corte de Weimar en polo de atracción de la flor y nata intelectual de la época. Todo el que era alguien entre los siglos XVIII y principios del XIX pasó por allí: Goethe, Schiller, Herder, Bach, Hegel y muchos más. Ana Amalia -gran amante de la literatura y de la música- favoreció con fondos especiales a esta biblioteca, que en 1998 fue declarada Patrimonio de la Humanidad, igual que otros edificios del Weimar clásico. 


Sin embargo, en la noche del 2 de septiembre de 2004 se produjo una catástrofe: el tejado del edificio que aloja la biblioteca se incendió y las llamas devoraron a su paso no solo la hermosa sala rococó, sino también miles de volúmenes. A pesar de los esfuerzos tanto de los bomberos como de los simples ciudadanos de Weimar (que organizaron una cadena humana para ir rescatando libros, se dice que el propio director se internó entre las llamas y salió con una valiosísima Biblia de Lutero en las manos), se calcula que unos 50.000 ejemplares y partituras antiguas se perdieron para siempre. Otros 28.000 ejemplares consiguieron salvarse y el resto, unos 62.000, presentaban daños diversos, tanto por efecto de las llamas como por el agua usada para acabar con ellas. ¿Qué hacer con varias toneladas de libros chamuscados y empapados? ¿Habría alguna esperanza de recuperarlos? De inmediato, empezó la tarea de salvar estos tesoros amenazados. Los responsables de este rescate dieron con una idea novedosa y -tal como se demostró- muy eficaz: congelar los libros. Evidentemente, con eso no basta para recuperarlos, pero ese proceso impide que el moho haga presa en ellos y los mantiene a salvo mientras esperan que les llegue el turno de ser cuidadosamente restaurados. Restauración que se viene realizando empleando técnicas sofisticadas -y desarrolladas algunas por primera vez- y que aún dura, dada la enorme cantidad de volúmenes implicados y el coste de todo ello. Quien quiera saber más al respecto, puede recurrir a este vídeo:




Por su parte, la biblioteca en sí fue reconstruida con todo el mimo posible y se reabrió el 24 de octubre de 2007 -tan solo tres años después del incendio que la destruyó- coincidiendo con el aniversario de Ana Amalia. Hoy, su aspecto es tan esplendoroso como lo fue en vida de su mecenas. (Las fotos que ilustran este artículo, tomadas in situ hace pocos días, lo demuestran). Uno de los elementos que se pudo rescatar del fuego y que ahora vuelve a ocupar su lugar en ella es un enorme busto de Goethe, inaugurado para el ochenta cumpleaños del autor, que fue durante largos años director de la biblioteca, hasta su muerte en 1832.




¿Congelar los libros como si de un filete de merluza se tratase? Pues resulta una técnica útil y no sólo para evitar los daños de la humedad, sino también para librarse de los molestos parásitos come-libros que son otra de las plagas que amenazan a los volúmenes antiguos. La Biblioteca Beinecke de libros raros, que guarda numerosos tesoros bibliográficos, la probó hace un tiempo con tanto éxito que hoy en día congela durante tres días todas sus nuevas adquisiciones, asegurándose de este modo que están libres de insectos o larvas. 
Si un día se despistan y meten su libro en el congelador en lugar de en la estantería -cosas más extrañas se han visto-, estén tranquilos: congelar los libros los preserva a las mil maravillas. 



sábado, 31 de agosto de 2019

LIBROS CONTAGIOSOS

(Ilustración de István Orosz)

Que la capacidad de los libros para difundir ideas los convierte en factores de contagio de formas de pensamiento consideradas peligrosas es cosa sabida -y temida- desde hace siglos. Diferentes formas de atajar este contagio, desde los rigores de la Inquisición a la censura previa, llegando a la quema de aquellos libros considerados más nocivos, han intentado ponerle remedio a lo largo de la historia, por lo general sin mucho éxito (parece inevitable que lo prohibido se convierta automáticamente en algo codiciado). Pero existe igualmente el miedo a que el libro, en tanto que objeto físico, sea causante de enfermedades, por creerlo portador de gérmenes. O sea, que a saber por qué manos ha pasado ese libro antes y qué miasmas malignas se hayan podido impregnar en él. (Dejamos de lado el caso del libro envenenado a propósito, del que tanto partido sacó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Y no digo más para no hacer un spoiler a los pocos que aún no hayan leído la novela ni -más raro aún- visto la película.)
Los primeros atisbos de este temor al contagio a través de los libros proceden de épocas teñidas por la ignorancia y el miedo: ante las plagas y pestes que asolaban Europa -cuyo verdadero origen era por entonces desconocido- se sospechaba de todo. Habla Daniel Defoe, en su Diario del año de la peste, de que los aterrorizados habitantes de Londres recurrían, en su zozobra, a la lectura de almanaques y predicciones astrológicas, unos opúsculos que -según el ficticio narrador de la historia- resultaban peligrosos porque "agitan y desordenan los cuerpos de sus lectores, haciendo así más probable que adquieran la enfermedad". Los más precavidos trataban sus páginas con pólvora, vinagre y perfumes, además de leerlas con guantes, persuadidos de que así mantenían a raya el peligro.



Tal como nos informa el libro de Annika Mann, Reading Contagion: The Hazards of Reading in the Age of Print, durante el siglo XVIII es cuando aparece por primera vez el concepto del peligro de contagio a través de los libros. Richard Mead -médico del rey Jorge II- afirma en uno de sus escritos que durante una plaga el peligro mayor de contagio proviene de aquellos mercancías "que retienen la infección, como algodón, cáñamo, papel y libros" entre otras. Objetos todos ellos que están en contacto con el cuerpo humano y son suficientemente porosos para absorber sustancias infecciosas. Esta ansiedad se vería reflejada en diversos autores de la época y -tras apaciguarse un poco con los progresos en higiene pública y medicina del XIX-, rebrotaría hacia finales de siglo con la proliferación de las bibliotecas públicas. A pesar de que no fue posible obtener ninguna evidencia médica concluyente de que se produjesen contagios a través de libros infectados, la cuestión flotaba en el ambiente. De hecho, en la década de 1880, se produce lo que en Estados Unidos llegó a llamarse el "gran pánico de los libros". Coincidiendo con una epidemia de viruela -este tipo de pandemias cusan reacciones de pánico que a menudo no atienden a razones- se empezó a exigir que las bibliotecas desinfectasen de algún modo los libros tras su préstamo (muchas de ellas recurrieron al vapor), mientras que en Gran Bretaña se producía un acalorado debate entre varias publicaciones acerca de este asunto, debate que quedó zanjado por la revista Library al abogar esta por la destrucción de todos aquellos libros que hubiesen estado en manos de personas infectadas. Como parte de este "pánico al libro contagioso", en Londres la Public Health Act de 1891 establecía multas de hasta cinco libras para todo aquel portador de una enfermedad infecciosa que prestase a propósito un libro a otra persona (lo que deja en el aire la espinosa cuestión de hasta qué punto el infectado prestaba a libro a mala fe o no). También se dio gran publicidad, en 1895, al fallecimiento de una bibliotecaria americana, Jessie Allen, en 1895, que se achacó a una tuberculosis que se suponía había contraído a través de la manipulación de libros. Resulta cuanto menos extraño que este sea el único caso documentado de muerte entre bibliotecarios. Si realmente los libros fuesen tan contagiosos, ¿no debería presentar este sufrido gremio un altísimo índice de mortalidad?



En fin, que esta ola de pánico a los libros contagiosos alcanzó su auge hacia final de siglo, para declinar hacia 1910, dado que -a pesar del incremento de las bibliotecas públicas- la evidencia no demostraba un aumento de contagios ni muertes entre sus usuarios, ni aún menos entre sus empleados. La gente empezó a preguntarse por qué manejar libros debería ser más arriesgado sanitariamente que manipular papel moneda, por ejemplo. Es evidente que bacterias y microbios están presentes en todos ellos, igual que en numerosos objetos que manejamos a diario. La conclusión que podemos sacar de este episodio es que el miedo al contagio a través de los libros nació de una combinación de las nuevas teorías acerca de la transmisión de las enfermedades y el desagrado de ciertas élites por la proliferación del préstamo público, que ponía todo tipo de libros -y, por tanto, de ideas- al alcance de cualquiera.
Sin embargo, hay ideas que calan hondo. Hace poco, al recomendarle a una persona que se quejaba de no encontrar determinado libro que lo sacase de una biblioteca pública me dijo, textualmente, que le daba asco llevarse a casa libros que "no sabía quién habría tocado antes". De ahí a acusarlos de contagiar enfermedades no hay más que un paso.


viernes, 10 de mayo de 2019

NOMBRAR LAS EMOCIONES



Comunicar las emociones, hacer que el otro entienda lo que bulle en tu interior, lo que te mueve o  el motivo de tu abatimiento, no es empresa fácil. El lenguaje, a pesar de su enorme riqueza -a menudo no somos capaces de dar uso a todos sus matices- resulta muchas veces insuficiente para expresar lo que sentimos. Por otro lado, no todos los estados emocionales cuentan con un correlato léxico que los defina. Así, nos convertimos en prisioneros del lenguaje, lo que no tiene nombre no se puede transmitir. De ahí que la lengua -todas las lenguas- se encuentre constantemente en evolución. Nuevos términos para designar nuevas realidades, nuevos significados para palabras antiguas. Normalmente, la evolución del lenguaje es una empresa colectiva: por ejemplo, alguien, por lo general anónimo, empieza a utilizar una palabra ya conocida de forma novedosa, ese uso hace fortuna y poco a poco se va incorporando al léxico habitual. Al final, todo es cuestión de que el suficiente número de personas encuentren ese término -o esa nueva acepción del término- práctico y útil y lo acaben adoptando.
Pero les voy a hablar hoy de un caso peculiar, un inventor de palabras, John Koenig, cuya labor he conocido gracias a la web Open Culture (una web siempre llena de cosas interesantes). Koenig lleva años compilando y difundiendo -a través de su blog y a través de vídeos que cuelga en YouTube- un diccionario para aquellas emociones que aún no tienen nombre. Según su propia definición de esta actividad, se dedica a "encontrar huecos en el lenguaje de las emociones y a tratar de llenarlos". Para ello, suele echar mano de raíces lingüísticas provenientes de diversas lenguas: tanto del griego antiguo como del alemán, del polaco o del francés e incluso del japonés. El proyecto -que pronto se convertirá en un libro- se titula Dictionary of Obscure Sorrows. 



Revisando las palabras que forman esta compilación, algunas en efecto me han parecido corresponder a sensaciones o emociones que hasta ahora era imposible plasmar con un solo término. Por ejemplo:

-Dès vu: la conciencia de que lo que estás viviendo se convertirá en un recuerdo. Juega aquí con el concepto de déjà vu, pero su sentido no es el mismo. Es cierto que en determinados momentos de la vida, mientras se desarrolla un acontecimiento, o al contemplar una imagen, somos conscientes de que esto se grabará en nuestra memoria.   

-Anemoia: nostalgia de un tiempo que nunca has conocido. Creo que todos guardamos en nuestro interior la nostalgia de alguna época histórica que nos hubiese gustado conocer. 



-Zenosyne: la sensación de que las cosas van cada vez más rápido. Nos sucede a todos a medida que transcurren los años: el tiempo se acelera. Para conocer mejor este fenómeno, que tiene raíces fisiológicas, recomiendo el libro de Douwe Draaisma Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores. Coincido en que era muy necesaria una palabra que lo definiese, así igual nos hubiésemos ahorrado títulos tan largos.

-Zielschmerz: Una palabra que me encanta y que define el temor de llegar a conseguir lo que quieres. ¿Saben esa sensación de, por un lado, desear que suceda algo difícilmente alcanzable, pero al mismo tiempo pensar con cierto temor en lo que realmente ocurriría si ese suceso improbable se materializase? Pues eso, Zielschmerz

Buceando en su archivo,  he podido encontrar palabras que parecían dar realmente en el clavo, mientras que otras designan emociones tan tenues o tan desconocidas para mí, que no les veo el sentido. Pero compruebo con satisfacción que entre las definiciones acuñadas por el señor Koenig hay al menos una que nos toca de cerca a los bibliómanos. Es Vellichor, un bonito término, que designa ese anhelo que nos invade cuando visitamos una librería de segunda mano, que suele teñirse de nostalgia al pensar en todas las manos por las que han pasado esos volúmenes. La palabra en cuestión, aunque bastante nueva, ya ha comenzado a popularizarse y, como  es propio de la lengua, su significado está en evolución. 



Quizá, ya que Koenig está embarcado en la noble tarea de denominar emociones, deberíamos sugerirle algunas relacionadas con los libros y la lectura que -hasta donde yo sé- aún no han encontrado expresión. ¿Qué me dicen de esa irritación que se siente cuando, sumergida en la lectura, alguien o algo te saca de tu abstracción? ¿O de la sensación de afinidad instantánea que nos invade cuando encontramos a una persona que comparte nuestros gustos literarios? ¿Y el sentimiento de ser un alien venido de otro planeta que sufrimos en una reunión llena de gente que, si se nos ocurre mencionar a nuestro autor favorito, no saben de qué les hablamos? Como ven, queda aún mucho territorio emocional y libresco por nombrar. Señor Koenig, esperamos sus aportaciones.