John F. Peto

John F. Peto
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domingo, 29 de octubre de 2017

LA SEGUNDA NOVELA


Escribir una novela es un trabajo largo y complejo. Conseguir, además, publicarla, más difícil todavía. Basta con preguntar a los miles de escritores que con sus manuscritos -metafóricamente- bajo el brazo, llaman en vano a las puertas de los editores. Cuando, al fin, uno de estos escritores noveles ve por primera vez su novela en forma de libro siente que ha alcanzado su meta. ¡Ha comenzado su carrera literaria! Sin embargo, la ruta hacia la gloria y la fama está plagada de obstáculos. Las primeras novelas, a menudo, pasan desapercibidas. ¿Quién se fija en un nombre desconocido cuando hay tanto escritor famoso compitiendo por la atención del público? Ese, no cabe duda, es el primer tropiezo. (Para saber más sobre las dificultades a las que se enfrentan los escritores que empiezan, recomiendo un delicioso libro sobre el fracaso editorial, que lleva el paradójico título de Éxito). Pero supongamos que -por uno de esos golpes de fortuna que ocurren a veces, o porque realmente se trata de una obra excepcional- esa primera novela que asoma tímidamente al mercado se convierte en un éxito. ¿Podemos decir entonces que el camino de su autor se ha allanado? Ni mucho menos. Triunfar con una primera novela es -o puede serlo, hay numerosos casos documentados- un regalo envenenado. Con un listón tan alto, ¿cómo cumplir con las expectativas creadas? Los hay que nunca lo consiguen y, tras un fulgurante comienzo, decepcionan a su público con las sucesivas novelas. O que se quedan tan paralizados por el temor al fracaso, que nunca más escriben o sólo lo hacen tras muchos años de silencio. Véase lo ocurrido con Arundhati Roy, cuya segunda novela ha tardado nada menos que veinte años en ver la luz. El pánico, a veces, demuestra ser infundado: Marylinne Robinson obtuvo en 1994 el Premio Pulitzer por su novela Vida hogareña; hasta 24 años más tarde no publicaría la segunda, Gilead, que, lejos de decepcionar... ¡recibió de nuevo este mismo galardón! La segunda novela, pues, es traicionera. Puede ser tu consagración, pero también la tumba de tus ambiciones. 
Conscientes de la inmensa dificultad de revalidar con una segunda novela el talento que apuntaba en la primera, en Gran Bretaña crearon hace ya algunos años un premio, el Encore Award -patrocinado por la Royal Society of Literature-, específico para segundas novelas. Según rezan sus bases, está pensado para premiar a "aquellos escritores que hayan igualado o superado el nivel de un debut excelente o que hayan sido capaces de recuperarse de un inicio poco prometedor". Como es de esperar, los contendientes cada año no son demasiados. Se publican infinidad de novelas, pero sólo un puñado de ellas son precisamente segundas novelas que cumplan con los requisitos de este galardón. Entre los premiados, hay nombres que no sólo han demostrado su valía con una segunda novela, sino que han continuado creciendo como escritores con sus sucesivas obras: Ali Smith (2002), Anne Enright (2001) o Colm Tóibin (1993) son algunos ejemplos de ello. 

Siete años después de recibir el premio Encore
por su segunda novela, Anne Enright obtuvo el
prestigioso Booker Prize

Stephen Fry, en su discurso de presentación del premio, supo poner el dedo en la llaga al decir que:
"El problema de la segunda novela es que, comparada con la primera, no cuesta nada escribirla. Si escribí mi primera novela en un mes y tardé dos años en completar la segunda, ¿cuál escribí más deprisa? La segunda, por supuesto. Escribir la primera me llevó 23 años y en ella está contenida la experiencia, el dolor, la ira, el amor, la esperanza, la invención cómica y el desespero de toda una vida. La segunda novela es un acto de escritura profesional. Por eso es tanto más difícil" 
Seguro que están ustedes dándole vueltas al asunto, intentando recordar qué segundas novelas dignas de las primeras conocen. Voy a ayudarles un poco, porque hay segundas novelas realmente deslumbrantes. Por ejemplo, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen (que siguió a Sentido y sensibilidad); Oliver Twist, de Charles Dickens (precedida por Los papeles del club Pickwick) o el Ulises, de James Joyce (la primera novela de Joyce fue Retrato del artista adolescente). No está mal para ser unas segundonas. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PÚRPURA IMPERIAL

 
La pasión por la lectura y una notable afición por la historia dan como resultado que me haya sentido atraída desde bastante pronto por las lecturas históricas, entre ellas por supuesto las del género conocido como "novela histórica" (por más que en ese saco caben últimamente obras que tienen poco tanto de los primero como de lo segundo). En su momento -hace mucho de eso- devoré con emoción varias entregas de las aventuras de La pimpinela escarlata, así como las correspondientes obras de Dumas o Miguel Strogoff. Más adelante, avatares de mi vida profesional me llevaron a tener que leer -no siempre, hay que confesarlo, con el mismo agrado que en mis incursiones juveniles en el género- mucha novela histórica. Por supuesto, con algunas disfruté enormemente. Robert Graves, Marguerite Yourcenar o Mary Renault (una verdadera lástima que su insuperable trilogía sobre Alejandro Magno esté tan mal traducida al español) me introdujeron con todos los honores en la recreación del mundo clásico. También pude darme cuenta de que demasiados autores se limitaban a parafrasear, con mayor o menor acierto, a los historiadores romanos. Si Suetonio o Plutarco levantasen la cabeza, se harían cruces de lo muy rapiñadas que han sido sus obras.
 
 
Al final, tantas lecturas sobre temas parecidos desembocan en una especie de empacho. Y ya se sabe que el mejor remedio para eso es el ayuno. En los últimos tiempos, pues, sólo muy de vez en cuando he tomado una de esas novelas para leer por placer, fuera del ámbito profesional. Creía sinceramente que ya conocía todos los trucos del oficio. Así que, cuando cayó en mis manos el Augustus (El hijo de César, en la versión española) de John Williams -el autor de la excelente Stoner- dude durante un tiempo antes de ponerme a ello. Me imaginaba otro calco de las Vidas de los Césares y, en cualquier caso, tengo un conocimiento suficientemente amplio de esa etapa de la historia romana como para necesitar que me la refrescasen. Pero el verano es largo y Augustus viajaba conmigo, de modo que acabó cayendo. Ha sido, de largo, la mejor lectura que he hecho estos meses. Williams maneja en esta obra un tema muy distinto del de Stoner -nada que ver la historia de un oscuro profesor de universidad americano con la trepidante vida de uno de los dueños del mundo antiguo-, pero demuestra ser tan hábil examinando el alma humana en uno como en otro caso. La historia de Octavio Augusto no nos la cuenta él -no estamos ante unas falsas memorias como las de Yo, Claudio-, ni tampoco un narrador omnisciente, sino que está hecha de retazos de cartas, de diarios, de edictos... todo tipo de documentos escritos (aparentemente) tanto por sus amigos como por sus enemigos, que dan como resultado un retrato lleno de matices que nos explica de modo totalmente plausible cómo un joven patricio de diecinueve años llega a convertirse en emperador de una potencia mundial. Lo más novedoso, lo que más se agradece, es que el centro de interés de la novela no está en los grandes hechos, en las batallas ganadas o en las rencillas políticas -aunque sea inevitable hablar de todo ello- sino en los tipos humanos que la habitan. Se sale de su lectura con la impresión de haberse codeado con todos esos personajes togados y de comprender qué era lo que motivaba sus acciones.
 
 
  
En resumen, diría que El hijo de César es esa cosa tan rara: una novela histórica para gente que no lee novela histórica. Que, por cierto, fue galardonada con el National Book Award el año de su publicación, un premio que han obtenido autores como Philip Roth, Saul Bellow o Thornton Wilder, entre otros. Calidad de la buena.

jueves, 5 de diciembre de 2013

STONER, EL TRIUNFO DEL HOMBRE TRANQUILO



Stoner, de John Williams, un libro que se publicó en 1965, que se vendió muy regularmente y que poco después desapareció de las librerías, ha ganado el premio al Libro del Año de la cadena de librerías Waterstones en Gran Bretaña. Se trata de un galardón que otorgan los propios libreros, entre las obras que durante ese año han destacado más: no las más vendidas, sino las que mayor entusiasmo han despertado entre los lectores. Un caso verdaderamente raro, pues se trata de una novela “tranquila”: no hay acción, ni tesoros ocultos, ni escenas de sexo subidas de tono, ni ningún otro elemento de esos que arrastran al público. Ni siquiera el título es demasiado prometedor. Stoner –apellido del protagonista- relata la vida de un oscuro profesor de universidad, al que no le ocurre nada relevante. Nada más relevante que la propia vida, que no es poco si se cuenta con un narrador tan potente como John Williams. Ian Mc Ewan la ha elogiado en público, Brett Easton Ellis dijo de ella (en twitter, nada menos) que era el mejor libro que había leído este año y Colum McCann la llamó “una de las grandes novelas olvidadas del siglo pasado”.
Este renacer –sobradamente merecido- de una obra sepultada en la oscuridad de los anaqueles tiene algo que sin duda le habría agradado mucho al propio Stoner, él también un hombre discreto, poco dado a llamar la atención, pero firme en sus convicciones. La novela fue reeditada en 2006 en Estados Unidos por la New York Review of Books, dentro de su serie “Clásicos” (aprovechemos para elogiar una vez más el fino olfato de estos editores para detectar verdaderas joyas literarias). Según se cuenta, Colum McCann, entusiasmado por la novela, compró cincuenta ejemplares y se dedicó a regalárselas a todos sus amigos, creando de este modo una oleada de popularidad para el libro. Esta nueva visibilidad, a su vez, propició que se tradujera a otros idiomas. En Francia, lo tradujo la novelista Anna Gavalda, que a su vez había oído hablar de él a sus conocidos americanos. En los Países Bajos encabezó la lista de bestsellers durante varios meses. En España lo ha publicado una pequeña editorial tinerfeña, Baile del Sol, y creo que acumula ya varias reediciones.

John E. Williams

Lamentablemente, su autor, John Williams, fallecido en 1994, no ha podido ver cómo los inescrutables vericuetos del destino y del gusto literario son capaces de convertir en éxito mundial un libro que no alcanzó a vender más de 2.000 ejemplares de su primera edición. Es posible que tampoco le hubiese importado mucho.
El propio Stoner, que tiene algo de trasunto del autor, también profesor de literatura, escribe un libro que pasa inadvertido. Al final de la novela hay una frase muy hermosa, que podría seguramente aplicarse a su autor: “Poco le importaba que el libro fuese olvidado y que no tuviera utilidad, y la cuestión de su valor en cualquier época parecía casi trivial. No tenía la ilusión de encontrarse a sí mismo allí, en las letras desvaídas, aunque, lo sabía, una pequeña parte de él que no podía negar estaba allí, y estaría allí”.
En cualquier caso, les recomiendo que se aprovechen de este milagroso renacer para leer una novela que seguro no olvidarán.
 

domingo, 1 de abril de 2012

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Detalle de la estatua de Ignatius Reilly en
Nueva Orleans (sí, le han dedicado una estatua).
Yo pensaba que todo el mundo conocía a Ignatius J. Reilly. No sé si es cosa generacional o simplemente de frikis, pero durante mucho tiempo en mi círculo de amigos las bromas sobre el patrullero Mancuso se convirtieron  casi un tópico. Reilly y su mundo se habían convertido en más reales que la realidad. La prueba de fuego de un clásico, por otra parte. Me he dado cuenta, para mi sorpresa, de que hay todavía gente -sobre todo los más jóvenes-, que no han oído hablar de ninguno de estos personajes. Es decir, que no han pasado por esa experiencia extraña, maravillosa y muy muy divertida que es leer La conjura de los necios de John  Kennedy Toole. Empezaré por decir lo primero que citan todas las reseñas: que es un libro rechazado por innumerables editoriales y publicado póstumamente gracias a la tenacidad de la madre de Toole. El libro se convirtió en un enorme éxito y le dieron el premio Pulitzer, pero el autor no pudo verlo, porque se había suicidado, sin duda convencido de que sus escritos no le interesaban a nadie. Bueno, pues a pesar de que esa historia tan triste y ejemplar -observen, malignos editores, a lo que conducen sus injustificados rechazos-, la novela rebosa humor e ironía. También tipos muy raros y llenos de obsesiones, empezando por su protagonista, el ínclito Ingnatius J. Reilly, que según manifiesta Walker Percy en su prólogo es "un Oliver Hardy loco, un Don Quijote obeso y un Tomás de Aquino perverso combinados en uno". Una mezcla explosiva. No desvelaré el argumento -que por otra parte es difícilmente resumible-, pero adelantaré (por si la definición anterior no es suficiente) que Ignatius es un apasionado de la escolástica medieval y su autor favorito es Boecio, que cree que al mundo moderno le falta "teología y geometría" y que le encanta la comida basura. También hay otros personajes igualmente excéntricos, como el ya mencionado patrullero Mancuso, una verdadera desgracia para el cuerpo de policía de Nueva Orleans, que se dedica disfrazarse para acechar a los delincuentes, o la sufrida madre de Ignatius, la señora Reilly, que tiene una clara debilidad por el moscatel, amén de un vendedor de perritos calientes frustrado, una psicóloga aficionada (suspendió un curso de psicología por correspondencia) adepta al chantaje y un trío de lesbianas agresivas, por citar sólo algunos. Todos inclasificables, como el propio libro, pero igualmente inolvidables.

martes, 21 de junio de 2011

RECOMENDACIONES Y FUNÁMBULOS

Philippe Petit, entre las dos torres del World Trade Center
Hace poco más de un año, comencé este blog con una idea bastante clara de lo que quería comentar en él y una noción francamente vaga de cómo funcionaba esto de los blogs. En este tiempo, creo que he aprendido algo, tanto por propia experiencia como a través de mis visitas a otros blogs, sobre cómo manejarme en este mundillo. Y así, poco a poco, he ido incorporando a mi bitácora algunas innovaciones, tanto de aspecto como conceptuales. Una de ellas es "La cita de la semana"; otra, las recomendaciones de libros, que también cambio semanalmente (esta última es un añadido reciente). La verdad es que en un principio me resistía a recomendar libros, por aquello de que ya hay muchos otros blogs que lo hacen, y algunos con mucho criterio y estilo. Sin embargo, igual que la idea que subyace en todas mis entradas es compartir una serie de temas que a mí me interesan, siempre relacionados con los libros, pensé finalmente que era una tontería no compartir también la recomendación de aquellos libros que me han gustado más o que me parecen por algún motivo imprescindibles. Últimamente, puesto que suelo actualizar tanto el apartado de recomendaciones como el de citas el mismo día, me pareció que caía por su propio peso que ambos debían ir de la mano. Es decir, que la cita debía tener algo que ver con la recomendación. Pero, para que la relación entre ellas se entienda un poco mejor -sin duda habrá visitantes que no le vean la conexión, porque no siempre la cita es del autor del libro, ahí está la gracia-, se hace necesario aportar alguna explicación. En fin, todo este preámbulo, amables lectores, para justificar que a partir de ahora a mis entradas habituales se le añadirá semanalmente un breve explicación acerca del libro recomendado.
Esta semana, aprovechando que le acaban de conceder el Premio IMPAC -un premio internacional abierto a obras escritas en todos los idiomas y patrocinado por la ciudad de Dublín y la compañía IMPAC- la elegida ha sido la novela de Colum McCann Que el vasto mundo siga girando. El hilo conductor de la obra, que sigue la vida de una serie de personajes que proceden de ambientes muy distintos y en apariencia no tienen nada en común, es ese día de 1974 en que el funámbulo Philippe Petit realizó la hazaña de pasearse sobre un cable tendido entre las dos Torres Gemelas de Nueva York.  Algunos de ellos la contemplan, otros sólo oyen hablar de ella, otros más podrían haberla visto pero estaban pensando en otra cosa y no se les ocurrió levantar la vista... Lo que hace que la novela brille por encima de otras es su extraordinario retrato de personajes, todos con una fuerza y una vitalidad poco comunes, de esos que cobran forma en la mente del lector hasta llegar a parecer personas de sangre y hueso, y la gran habilidad de su autor para estructurar la narración de manera que todos acaben ligados sin que resulte forzado. Y, cómo no, Philippe Petit y su visionaria  y arriesgadísima empresa, a la que sin embargo él no da mayor importancia. Si alguien quiere saber más sobre esta hazaña -irrepetible porque ni Petit está ya en plena forma ni, sobre todo, existen ya unas Torres Gemelas que atravesar- le recomiendo vivamente el documental Man on Wire, de James Marsh, que ganó el Oscar de esta categoría en 2008.

martes, 30 de noviembre de 2010

VARGAS LLOSA Y FLAUBERT

Boda campestre, un lienzo que se expone en el Museo de Bellas Artes de Rouen.


La concesión del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa ha hecho correr ríos de tinta, y es del todo innecesario que abunde ahora en sus sobrados méritos. Sin embargo, entre tantos artículos sobre el escritor y su obra, he echado de menos que se hablase con cierta profundidad de su faceta de crítico literario. Porque Vargas Llosa es un buenísimo lector y, en tanto que practicante del oficio, sabe también diseccionar con gran finura e inteligencia los mimbres que componen la obra literaria. Como apasionada de Madame Bovary -es de las pocas obras que he releído varias veces, aunque no tantas como él, y cada una de ellas con el mismo placer que la primera-, uno de mis ensayos preferidos del autor de La ciudad y los perros es el que le dedica a esta novela, La orgía perpetua. Contiene no sólo un lúcido análisis de la novela flaubertiana, sino también muchos aspectos del escritor y de la persona de Vargas Llosa. Es como el encuentro de dos grandes de la literatura, frente a frente. Lo publicó en 1975, cuando ya había escrito algunas de sus obras mayores, como Conversación en la Catedral, pero cuando aún tenía por delante algunas de sus novelas y ensayos más importantes. Para celebrar de algún modo el Nobel y recordar de paso mi visita a Normandía, lo he retomado ahora y me he sentido de nuevo deslumbrada por algunas de sus observaciones. Da la impresión de que, mientras disecciona la obra del francés, va aclarando consigo mismo qué quiere hacer él mismo y cómo ha de hacerlo. Por eso, me gusta en especial su primera parte, la más personal, aquella en que deja un poco de lado la metodología crítica para mostrarse como un lector más -un lector con muchas horas de vuelo-, enamorado de Emma y de su destino:

"Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona. Me gustaría averiguar cuáles son en mi caso algunas de estas razones, por qué Madame Bovary removió estratos tan hondos de mi ser, qué me dio que otras historias no pudieron darme."

Y, más adelante:

"Pero no es sólo el hecho de que Emma sea capaz de enfrentarse a su medio -familia, clase, sociedad-, sino las causas de su enfrentamiento lo que fuerza mi admiración por su inapresable figurilla. Esas causas son muy simples y tienen que ver con algo que ella y yo compartimos estrechamente: nuestro incurable materialismo, nuestra predilección por los placeres del cuerpo sobre los del alma, nuestro respeto por los sentidos y el instinto, nuestra preferencia por esta vida terrenal a cualquier otra."

Todo un credo vital y artístico.


martes, 19 de octubre de 2010

ALGUNOS RECHAZOS NOTABLES

La mayoría, si no todos, los aspirantes a escritores -cuando digo escritores me refiero a escritores publicados, se entiende, porque escribir lo hacemos todos- han pasado antes o después por la experiencia del rechazo. Circulan muchas anécdotas al respecto, de las que quizá las más conocida -y posiblemente la más trágica- sea la de John Kennedy Toole, cuyo manuscrito de La conjura de los necios cosechó un rechazo tras otro hasta que el autor se suicidó. Sólo después de su muerte, la persistencia de su madre consiguió que una pequeña editorial universitaria, Louisiana State University Press, la publicase. La novela, como todos sabemos, se convirtió en un gran éxito y Toole obtuvo el Premio Pulitzer a título póstumo (11 años después de su muerte, casi nada) en 1981. El curioso título deriva de una frase de Jonathan Swift:   "Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo conocerás por esta señal: los necios se conjuran todos contra él." ¿Estaría hablando de los editores, quizás?
Pero, para consuelo de aspirantes a escritores y crujir de dientes de editores, hay que decir que otras muchas novelas han sido rechazadas por prestigiosas editoriales para luego ser rotundos éxitos.  Nada menos que André Gide rechazó el manuscrito de Proust, En busca del tiempo perdido, cuando trabajaba para la prestigiosa editorial Gallimard. Proust, que no tenía precisamente problemas de dinero, consiguió que Grasset publicase el primer volumen de su ciclo novelístico corriendo él con los gastos de edición. Luego ya no hizo falta que pusiese dinero, naturalmente, e incluso Gallimard se disculpó e intentó recuperar al escritor.
Y una anecdota más: algunos autores de la editorial americana Farrar, Straus solían hacer de lectores. Hacia 1980, Roger Straus le pidió a Susan Sontag que leyese dos novelas: El día del juicio de Salvatore Satta y El nombre de la rosa de Umberto Eco. Sontag le recomendó que comprase las dos, pero Straus no quería publicar dos traducciones del italiano. “¿Cuál elijo?”, le preguntó. Sontag dijo que la que más le gustaba era la de Satta y esa es la que compró Straus. El día del juicio vendió 2.000 ejemplares, mientras que El nombre de la rosa se convirtió en un best-seller mundial. Todos tenemos nuestros momentos malos.

viernes, 15 de octubre de 2010

TONY BLAIR Y EL SEXO

No puedo resistirme a añadir a lo ya explicado en una entrada anterior sobre el "Bad Sex Award" la noticia que hoy recoge el Telegraph (con bastante mala idea, todo hay que decirlo, sólo hay que ver la foto que incluyen): aunque la lista oficial para los candidatos al premio de este año no se hará pública hasta la semana próxima, fuentes bien informadas confirman que Tony Blair figura en ella con sus memorias A Journey. La noticia reproduce parte de las líneas que han motivado que sea incluido en esa lista -generalmente reservada a obras de ficción, pero en este caso los organizadores parece que harán una excepción- y, francamente, no conozco las del resto de candidatos, pero mi impresión es de que tiene bastantes puntos para ganarlo.

"On that night of 12 May 1994, I needed that love Cherie gave me, selfishly. I devoured it to give me strength. I was an animal following my instinct..." [traducción tentativa: "En esa noche del 12 de mayo de 1994, necesitaba el amor que Cherie me daba, egoístamente. Lo devoré para que me diese fuerzas. Era un animal siguiendo mi instinto..."]

martes, 3 de agosto de 2010

SEXO EXPLÍCITO

Desde la década de los años treinta del pasado siglo -época en que Joyce escribió su Ulysses, D.H. Lawrence El amante de Lady Chatterley y Miller Sexus o Trópico de Cáncer, obras todas ellas que fueron prohibidas en diversos países y hubieron distribuirse más o menos clandestinamente-, la presencia y la riqueza de detalles con que se aborda el sexo en las obras literarias no ha hecho más que aumentar. Las fronteras entre lo que era admisible revelar y lo que debía permanecer en el terreno de lo privado no han hecho más que expandirse, al mismo tiempo que lo hacía la tolerancia de la sociedad en este terreno. Naturalmente, literatura pornográfica ha existido siempre, con sus circuitos y sus clientes bien asentados; sin embargo, no estamos hablando de este mercado especializado, sino de la presencia creciente del sexo explícito en obras literarias consideradas -por el público y por sus autores- "serias", es decir, cuyo fin primordial no es excitar la líbido del lector, sino relatar una historia. Inevitablemente, esta tendencia ha dado descripciones y escenas memorables, pero también otras muchas francamente sonrojantes. Al fin, hartos de tanta bazofia, en 1993 los editores de la Literary Review decidieron establecer un "Bad Sex Award", premio a la escena sexual más "poco convincente, mecánica, embarazosa o redundante en una novela de cariz literario". Desde entonces, estos premios anuales se han consolidado en el mercado anglosajón -sólo siento que no lo hayan hecho en el nuestro, vive Dios que se me ocurren varias novelas que lo merecerían- y no sólo obtienen gran publicidad cada año, sino que parece que han tenido el efecto secundario de disuadir a muchos escritores de incluir sexo explícito en sus novelas: uno de los jurados del premio Booker de este año ha comentado que, con un par de excepciones, parece que los autores anglosajones se decantan antes por hablar de drogas que de sexo. ¿Quizás por  temor a resultar galardonados con este premio? Baste decir que el premiado en 2009 fue Jonathan Littell por Las Benévolas, y que en anteriores ediciones lo obtuvieron escritores tan conocidos como Tom Wolfe o Sebastian Faulks. Ni Wolfe ni Littell se dignaron asistir a la entrega de premios.
La editorial Prestel publica unas preciosas carpetas de dibujos eróticos de diversos artistas,  entre ellos Klimt y Egon Schiele
 Por otro lado, resulta curioso que uno de los fundadores del Bad Sex Award fuese Auberon Waugh, hijo del escritor Evelyn Waugh, quien hizo campaña para que le dejasen declarar en el juicio instigado contra D.H. Lawrence en 1960 (por uso de palabras malsonantes en su novela); no pretendía atacarlo por ello, sino que su intención era dejar bien claro que Lawrence "couldn't write for toffee", es decir, no tenía ni idea de escribir.

Para el que quiera reírse un rato con algunos de los pasajes premiados, ver aquí.