John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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lunes, 2 de octubre de 2017

PROUST, ESE PRECURSOR



Hace un tiempo, la revelación de que existía un tráfico de reseñas favorables en Amazon -es decir, que había quien vendía, y quien compraba, esas opiniones positivas, que se suponen auténticas y no influenciables- causó un pequeño escandalo. Aparte de la obvia inmoralidad del engaño, destinado a engrosar las ventas del autor que se las agenciaba, mucha gente pensó que se trataba de una artimaña destinada a salvar del desastre a novelas que, de otro modo, no hubiesen tenido aceptación por parte del público. Cosa de escritores mediocres, vaya. Porque -según reza una opinión muy extendida- los grandes escritores no necesitan recurrir a estos expedientes. Dejemos por ahora de lado que el calificativo de "grande" solo se conquista después de una trayectoria creativa por lo general larga; nadie puede predecir cuál de los miles de escritores que hoy comienzan su carrera llegará a despuntar y cuál caerá rápidamente en el olvido. Hay quien piensa, en todo caso, que el escritor debe mantenerse alejado de los intereses comerciales. Que una cosa es el arte y otra el comercio. Algo que no tiene ningún sentido, porque los escritores -salvo algún bicho raro- lo que quieren es que les lea cuanta más gente, mejor. Y si ellos están convencidos de que su obra es buena, es justo que hagan lo posible por ampliar su público. ¿Llegando hasta el extremo de comprar criticas favorables? Sin duda, eso es ir demasiado lejos. Mas he aquí que resulta que eso es precisamente lo que hizo el gran -aquí sí no dudamos en aplicarle este adjetivo- Marcel Proust. Era cosa sabida que Proust tuvo que costear de su bolsillo la primera edición de Por el camino de Swann, al ser esta novela rechazada por los responsables de Gallimard  (quienes luego entonarían el mea culpa y se convertirían en los editores de toda su obra).

El ejemplar de Proust que sale ahora a subasta
(Foto Thomas Samson/APF)

Pero el escritor poseía muchos contactos y logró que otro reputado editor, Bernard Grasset, se la publicase, corriendo él con todos los gastos. Dado que tenía fortuna personal, eso no debió de constituir un grave problema. Es más, su presupuesto, sea cual fuese, le dio para hacer también una tirada muy reducida de lujo de la obra, impresa en papel japón, de la cual existen hoy solo cuatro ejemplares (un quinto, informa Le Monde, desapareció durante la ocupación nazi). Uno de ellos, precisamente, saldrá el mes próximo a subasta, y Sotheby's estima que puede alcanzar un precio de entre 400.000 y 6000.000 €. Una nadería. Al mismo tiempo, según informa igualmente The Guardian, lo que ha salido a la luz son unas cartas de Proust al editor de Grasset, Louis Brun, que revelan que el primero no tuvo reparo en pagar por conseguir que algunos periódicos publicasen reseñas elogiosas de su obra, redactadas por algún amigo -por ejemplo, el pintor Jacques Émile Blanche- o por él mismo (estas últimas se las mandaba a Brun, intermediario en dichas operaciones, escritas a máquina, para que no quedase rastro de su caligrafía). Unas reseñas que no eran lo que se dice modestas en su apreciación del libro: se trataría, dice, de "una pequeña obra maestra", capaz de "barrer como un soplo de viento los soporíferos vapores" del resto de novelas. Proust, ya lo ven, no pecaba de modestia. Movido por su fe en las bondades de su obra -o en la eficacia de la propaganda- pagó 300 francos (calcula el periódico británico que equivaldrían a unas 900 libras actuales) para conseguir que la novela saliese mencionada en la primera página de Le Figaro y una suma aún mayor (660 francos) por una larga reseña que apareció en Le Journal des Débats. A su manera, era un precursor. Hoy, las editoriales les asignan a sus novedades un presupuesto de marketing, sabedoras de que, no importa cuál sea su calidad literaria, cualquier libro se beneficia de una buena visibilidad.
Malo es engañar a los lectores intentando darles gato por liebre. Pero igualmente malo es menospreciar a los escritores que se esfuerzan por llegar a su público.

Retrato de Marcel Proust por Jacques-Émile Blanche


domingo, 16 de octubre de 2016

LA CRÍTICA Y EL ABRELATAS


Una de las cosas que decididamente resultan más irritantes para un lector es perder algunas horas de su tiempo leyendo libros que resultan ser un fiasco. Los malos libros -entendiendo por ello aquellos que no cumplen con nuestras expectativas, tanto da el género al que pertenezcan- son una verdadera maldición. Por eso los lectores andamos siempre tras esa elusiva fórmula que nos permitiría -idealmente- acercarnos sólo a los libros que valen la pena, esos que son afines a nuestros gustos o que, sin serlo a priori, se revelan como maravillosas sorpresas, abriendo nuevos caminos lectores para nosotros. Pero, ¿cómo descubrirlos entre los miles, millones, de volúmenes que se ofrecen a nuestro afán lector? La recomendación, por supuesto, es una de las vías más fiables y más utilizadas, ya sea de un lector que merece nuestra confianza, o de un profesional de la recomendación: un crítico. Mas, ¡ay!, no es oro todo lo que reluce, y creo que a todos nos ha sucedido terminar una crítica sin saber a qué atenernos acerca del libro que en teoría pretende diseccionar. Críticas que recuerdan a los malos abrelatas, esos que te obligan a forcejear durante un buen rato, para acabar con la lata medio abierta y el instrumento en cuestión roto o descartado. 
Entonces,¿cuáles son las características de una crítica bien hecha? He leído recientemente la entrevista que Jordi Nopca le hace a un finísimo crítico catalán, Ponç Puigdevall, y creo que sus palabras iluminan muy bien algunas de las reglas que los malos críticos suelen incumplir.


Ponç Puigdevall (Foto Joan Puig, El Periódico)

-No hablar de uno mismo. Al lector le interesa el libro, no la vida del crítico en cuestión. Como dice Puigdevall:
"No necesito decir que he conocido a no sé quién o que he leído una versión previa de la novela en cuestión. ¿A quién le importa eso?"

-Una crítica no consiste en explicar el argumento de una obra, ni la vida personal del autor.
"En las críticas tampoco soy partidario de trazar la trayectoria del autor, y me sería mas fácil hacerlo, porque tendría quince o treinta líneas ganadas y tal vez la bofetada no sería tan fuerte. Tampoco explico muchas cosas del argumento en mis críticas. Lo importante es saber cómo funciona el juguete que tengo en las manos. La crítica son instrucciones de uso para hacer funcionar el juguete que el lector ha ido a buscar a la librería."
Eso es: explicarle al lector cómo funciona el libro. Si funciona, analizar por qué.Y si no funciona, por qué no. Así de sencillo, pero de ninguna manera así de fácil (quizás por eso hay tantas críticas que, a su vez, tampoco funcionan).

Volviendo al símil del abrelatas: una crítica bien hecha nos permite acceder a la esencia del libro, lo abre limpiamente para nosotros. Una crítica mal hecha nos deja con la lata cerrada, algo magullada como mucho, y sin saber cómo es realmente la novela que pretende analizar.

Además, al leer las palabras de Puigdevall, me he dado cuenta de que el proceso que describe, su proceso de trabajo como crítico, tiene muchas similitudes con el que requiere escribir una entrada de blog:
"Ahora tengo más práctica y experiencia [lleva 25 años ejerciendo la crítica literaria], pero de todos modos cada reseña significa comenzar de nuevo. Pasa lo mismo que con las novelas: tanto da que hayas escrito veinte; la siguiente siempre es como si fuese la primera. Una reseña es como un microcuento: a veces lo empiezas bien y lo acabas mal, otras veces te enredas cuando vas por la mitad."

Es exactamente así, al menos en mi caso. No importa que lleve años redactando con regularidad estas  entradas, cada una de ellas cuesta como si fuese la primera, y muchas veces, lo que pensaba decir al comenzar se ha convertido en algo muy distinto cuando llego al final. Si es que llego, claro.




No cabe duda tampoco de que diseccionar las obras de otros es muy útil para aprender a escribir. Esto lo sabe bien Puigdevall, que aparte de crítico es también novelista:

"El hecho de tener la obligación de inspeccionar de qué manera están hechas las novelas de los demás es una ayuda importante, porque te permite entrar en la maquinaria de la novela de otro. Por eso, cualquier libro leído, por cafre que sea, es bueno. Al menos para un escritor. Por otra parte, la única manera de poder escribir tu obra es habiendo leído mucho. Es una obviedad, pero es así."

Y, en esta entrevista tan llena de consejos útiles, un último consejo para el que aspire a hacer carrera literaria:
"A toda esa gente que pasa por la calle le es completamente indiferente que publiques una novela buenísima o no. Has de plantearte porqué quieres escribirla, y la respuesta es: para ti mismo. Escribir te sirve a ti."

Lo mismo ocurre con el blog: te equivocas si lo haces por tener seguidores, ser famoso, ganar dinero o por cualquier otro motivo. Un blog no sirve de nada si no te sirve ante todo a ti mismo.




domingo, 5 de abril de 2015

LA CRÍTICA ÚTIL Y LA INÚTIL

 
Bernat Ruiz Domènech reflexionaba hace poco en su blog verba volant, scripta manent -de lectura obligada para los que se interesen por la evolución del mundo editorial- sobre el papel de los prescriptores literarios y, por extensión, de la crítica tradicional en estos tiempos. Es preciso coincidir con él en que la crítica "analógica", por emplear su misma terminología, esa que aparece en las páginas de los suplementos culturales de los periódicos o en las (pocas supervivientes) revistas literarias, ha perdido su influencia. Él apunta como uno de los motivos el compadreo y la servidumbre a los poderes que elegían a los críticos que copaban los medios de masas: "El mecanismo tenía tanto de político –pórtate bien con el escalafón y el escalafón se portará bien contigo– como de académico." Por mi parte, por más molesto que eso me pareciera, peor aún llevo el hecho de que esas críticas que se suponían tan profundas y bien informadas no me aportasen apenas nada. No sé cuánto tiempo hace que no me compro un libro obedeciendo a una crítica que haya leído en algún medio impreso. Al igual que me ocurre con muchas críticas de cine -de las que sospecho que padecen un mal similar-, cada vez que confrontaba lo leído en ellas con el producto real, me sentía estafada; y viceversa, a menudo cuando he ido a ver una película despachada de cualquier manera -o declaradamente ignorada- por la crítica al uso, me he encontrado con una pequeña joya que me hubiese perdido de no haber ignorado sus advertencias.
 
W. H. Auden
 
 
W. H. Auden, que había ejercido también la crítica literaria, define muy bien lo que uno debe esperar de ella:
"¿Cuál es la función de un crítico? En lo que a mí respecta, puede prestarme uno o más de los siguientes servicios:
1) Darme a conocer autores que hasta ese momento ignoraba.
2) Convencerme de que he menospreciado a cierto autor o determinada obra por no haberla leído con suficiente cuidado. 
3) Mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que jamás habría descubierto por mí mismo porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré.
4) Ofrecerme una "lectura" de determinada obra que mejore mi comprensión de la misma.
5) Arrojar luz sobre el proceso del "hacer" artístico.
6) Arrojar luz sobre el arte de vivir, sobre la ciencia, la economía, la ética, la religión, etc." (1)
 
De la lectura de una crítica que cumpla algunos de estos puntos se sale sin duda más informado y más sabio. Puede que luego uno discrepe con alguna de las opiniones vertidas por el crítico, pero será una discrepancia fundada en los argumentos que este haya aportado. Sin embargo, demasiado a menudo los críticos literarios ejercen como mucho de reseñistas: se limitan a hacer un resumen de la obra y a elogiar dos o tres rasgos muy generales -sin aportar prueba ninguna-, que igual podrían servir para cualquier otro libro; como mucho, comparan esta nueva obra con alguna anterior del mismo autor para lamentar que no esté a la altura de su predecesora o para ensalzar el avance que supone en la trayectoria del escritor. Total, que cuando uno ha terminado de leer ese artículo, apenas sabe más que si hubiese repasado el texto de contra que proporciona el editor.
No es tanto un problema de medios impresos o medios digitales, sino de la calidad del contenido. La buena crítica literaria puede ser infinitamente aguda y enriquecedora; yo leo con deleite muchos de los artículos de The New York Review of Books, de los que siempre aprendo algo. La mala, simplemente no es crítica.   
 
(1) Fragmento tomado del libro El arte de leer, publicado por Lumen.