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| Así de bonitos lucen los libros de Slightly Foxed |
Comentarios, anécdotas y rarezas varias para todo tipo de bibliófagos y bibliómanos
John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
domingo, 28 de abril de 2024
LIBROS QUE PERMANECEN
domingo, 17 de marzo de 2024
DICKENS, PERIODISTA
Sospecho que buena parte de los lectores españoles de Dickens se ha formado una idea totalmente errónea acerca de este gran escritor inglés. Es verdad que, durante bastante tiempo, las obras de Dickens tuvieron una presencia escasa en las librerías de nuestro país, limitada en su mayoría a ediciones abreviadas dirigidas al público infantil y juvenil. Tal vez por obra y gracia de algunas adaptaciones cinematográficas, que tienen tendencia a subrayar los aspectos más sentimentales de sus novelas, existía la convicción de que Dickens se especializaba en narraciones lacrimógenas donde básicamente había niños desgraciados que sufrían muchísimo. Me temo que hay gente que aún lo cree. Por supuesto, es muy probable que estas personas no hayan leído ninguna de sus obras, pues todas -incluso las más dramáticas- están impregnadas de un fino sentido del humor. Como otros grandes autores -Cervantes, sin ir más lejos: El Quijote es una de las obras más divertidas que se han escrito-, Dickens posee la habilidad de insertar rasgos de comicidad incluso en los pasajes en apariencia más serios.
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| El dibujante Phiz, que colaboró estrechamente con Dickens, supo reflejar muy bien la faceta cómica de sus personajes |
Ciertamente, la producción de Dickens fue prodigiosa. Sabemos que era un maníaco del trabajo y un insomne crónico, pero aun así cuesta comprender cómo encontró tiempo para hacer todo lo que hizo. Consiguió ser a la vez novelista, dramaturgo, periodista y conferenciante, facetas todas que cultivó además con gran éxito. En los ratos en que no escribía, fue asimismo filántropo, reformista político, infatigable andarín, mago aficionado, director de escena y un montón de cosas más que me dejo. (Solo la magnitud de su correspondencia es mareante: se conservan más de 14.000 cartas suyas, y sin duda no son todas.) Con tantos frentes abiertos, no siempre es fácil seguirle la pista.
A pesar de que la situación ha mejorado por lo que respecta a sus novelas, (no puedo por menos que mencionar aquí las excelentes versiones que ha publicado Alba Editorial de algunas de ellas, como David Copperfield) hay facetas fundamentales de este escritor que siguen siendo muy desconocidas.
Como su ingente labor periodística: Dickens empezó su carrera escribiendo artículos para el Morning Chronicle (que firmaba con el seudónimo de Boz) y siguió practicando el periodismo durante toda su vida, llegando a ser editor, sucesivamente, de dos semanarios, en los que siempre se incluía algún texto suyo. Miles de artículos, en conjunto -ya hemos dicho que Dickens lo hacía todo a lo grande-, dispersos en publicaciones diversas, que los lectores que dominen la lengua de Shakespeare pueden consultar en la plataforma digital Dickens Journals Online (DOJ). (Hablé de ella hace un tiempo en este blog.) Lamentablemente, esta vertiente del escritor inglés que no estaba, hasta ahora, al alcance del lector español.
Por ello, saludamos con alborozo la publicación del libro Pasiones públicas, emociones privadas, que reúne una acertadísima selección de sus escritos periodísticos. La edición y traducción corre a cargo Dolores Payás, quien no solo ha impuesto un orden temático a los textos, sino que proporciona una introducción a cada uno de los apartados. Y lo hace además, con la misma pasión y la misma vitalidad que el propio Dickens muestra en sus artículos, en perfecta sintonía con ellos. Ha conseguido, asimismo, verter estos textos al castellano -todo un reto- con una prosa tan fresca y fluida que nos parece como si se hubiesen escrito ayer. Algo muy pertinente, dado que muchas de las lacras sociales que Dickens denuncia son sospechosamente parecidas a las que aún hoy padecemos.
Leyendo esta espléndida edición, sentimos que Dolores Payás ha sido en cierto modo abducida por Dickens (difícil resistirse a su encanto). Como ella misma confiesa en su epílogo:
"Mis largas sesiones con Dickens han estado presididas por una pasión y una intensidad fuera de lo común. Cualquier intento de mantener una distancia de seguridad ha resultado vano. Dickens es uno de esos autores que se te mete bajo la piel, y luego no hay modo de hacerlo salir de ahí. Un claro fenómeno de posesión (demoníaca, angelical)."
Si todo lo dicho anteriormente no bastase para recomendar vivamente este libro, sepan que Dolores Payás ha sido también traductora de otro autor muy querido en este blog, Patrick Leigh Fermor. Por si fuera poco, lo conoció personalmente e incluso vivió una temporada en su casa de Mani; a partir de esta experiencia, ha escrito un librito donde traza un delicioso retrato de este autor, Drink Time! Una celebración de la vida, de la amistad, de la literatura.
martes, 19 de diciembre de 2023
MIS LIBROS DE 2023
¡Ho, ho, ho! Ya llegó otra vez esa época del año en que todo el mundo insiste en que nuestras Navidades serán más felices si compramos sus productos. ¿Vas a regatearles un poco de felicidad a tu familia y amigos? Compren, compren... y nos bombardean con sugerencias para todos los gustos y todas las ocasiones. Y, cómo no, llegan también las listas de "los mejores libros del año". Listas por todas partes y para todos los gustos. Listas que, por supuesto, esconden un reclamo publicitario. Compren, compren...
Ya ven, es difícil resistirse a tanta presión ambiental, así que aquí estoy, tratando de confeccionar mi lista. Eso sí, les prometo que será modesta, porque cuando veo eso de "los 100 mejores libros" me empiezo a marear. Aparte de que, ¿esos señores que decretan cuáles son los "mejores libros" del año, los habrán leído todos? Sospecho que no. A diferencia de ellos, puedo asegurarles que yo SÍ habré leído las obras que incluya en mi lista, aunque, para variar, casi ninguna sea estricta novedad. Hasta hay alguna -y muy destacada- que tiene más de un siglo de antigüedad. Sin embargo, por los buenos libros no pasan los años.
Y es que, para encabezar mi lista no he de hacer ningún esfuerzo: de lejos, mi mejor lectura de 2023 ha sido Guerra y paz, de Lev Tolstói, en la maravillosa versión de Joaquín Fernández-Valdés (que, con todo merecimiento, recibió el Premio Esther Benítez por esta traducción).
No sé cómo se las ingenia el célebre conde, pero este es uno de esos libros que uno no lee, sino que los vive. Desde la primera página, estás ahí, en los salones y en las batallas, acompañando a todos sus personajes, sufriendo y amando con ellos. ¿Que es largo, dicen? No lo suficiente, se lo aseguro, porque al acabarlo una desearía que tuviese mil páginas más.
La verdad es que, tras recomendar calurosamente este monumento de la literatura, casi podría dejarlo aquí. Si me hacen caso, con esto ya tienen lectura para unos meses. Pero, como no todo en nuestra vida lectora han de ser magnas obras, ahí va mi segunda recomendación, en un registro muy distinto.
Se trata de La autopista Lincoln, la tercera novela del norteamericano Amor Towles; sí, yo también desconfié de un autor con este nombre, que más parece el seudónimo de una escritora romántica, pero es un escritor serio, graduado en Yale y aficionado al jazz; por encima de toda sospecha, pues. Este autor, que ya nos había proporcionado muy buenos ratos con su obra anterior, Un caballero en Moscú, abandona aquí la Rusia revolucionaria para llevarnos a un recorrido por su Estados Unidos natal. Se trata de una novela llena de personajes curiosos, entretenida, simpática, ideal para levantar el ánimo. Una lectura perfecta, diría yo, para esos meses mustios de enero y febrero en que una no tiene ganas de nada.
Y, para contrarrestar las luces y el espumillón que nos rodean, nada mejor que una lectura un tanto inquietante: El ocupante, de Sarah Waters (en este blog somos muy partidarias de las lecturas tenebrosas en general, algún día tengo que hacer una lista de mis favoritas). Como sé que hay muchos escépticos de este género, dejaré que sea la autoridad de Hilary Mantel (¿alguien puede competir con una señora que ha ganado dos veces el Booker Prize?) quien hable sobre ella: "El ocupante opera en las turbias fronteras entre lo sobrenatural y lo psicopatológico, y es un territorio en el que Waters se mueve con suprema facilidad. Uno de los placeres de este libro es cómo sabe combinar lo espeluznante con una penetrante observación social. Se encuentra cómoda en una ambientación de posguerra convincente; por más que nos dé pena la familia de Hundreds Hall a medida que su mansión ancestral y su cordura se van desmoronando, Waters nunca permite que olvidemos sus repulsivas actitudes sociales. En algunos momentos, se diría que el espíritu que los ronda es el de su esnobismo."
Para finalizar -ya les dije que sería breve-, y puesto que es inevitable que en algún momento llegue el verano, nos vamos al Egeo, en compañía de Charmian Clift y su familia, quienes, hartos de la vida en el Londres gris de los cincuenta, huyen a una isla griega poblada por pescadores de esponjas. Cantos de sirena es la chispeante crónica de su adaptación, no siempre fácil, a la isla y sus habitantes, un libro que con la distancia temporal resulta ser casi un estudio antropológico de una forma de vida ya desaparecida.
Si quieren pasar un buen rato, aquí tienen estas sugerencias, de verdad infalibles. Y ni siquiera hace falta que se desdineren, posiblemente puedan conseguir ejemplares en su biblioteca local. Contrariamente a lo que dicen por ahí, comprar no da la felicidad. Leer, sí. ¡Lean y disfruten del 2024!
miércoles, 3 de mayo de 2023
LA SEQUÍA, EL CLIMA Y LA FICCIÓN
"A unos cuatrocientos metros a la izquierda se abría la boca del río seco, el curso que había seguido diez años antes, para llegar a la playa. Miles de toneladas de arena y piedras sueltas que bajaban al lecho vacío desde las lomas adyacentes habían sepultado las orillas, ocultas también en parte por los trabajos de la cantera. (...) Del otro lado de la cantera se abría una concavidad entre las dunas, donde sobresalía el descolorido techo dorado de una casilla de una vieja feria de diversiones. El cobertizo de madera pintada a rayas colgaba sobre los caballos silenciosos del tiovivo, inmovilizados como unicornios en la espiral de los ejes." (J. G. Ballard, La sequía, 1965)
Este fin de semana llovió en mi ciudad. Al fin, después de más de dos meses sin que cayera ni una gota. Y de un invierno excepcionalmente seco. Estábamos cansados de mirar el cielo azul, implorando la aparición de alguna nube preñada de agua. Lamentablemente, la alegría fue efímera. Un par de chaparrones, y ha regresado la sequía. Contemplar los parques y sus plantas sedientas -no las riegan, dicen, para ahorrar agua; estoy segura de que las piscinas privadas de Pedralbes lucen perfectas-, las fuentes vacías, da dolor. Casi tanto como las fotos de los embalses medio secos, de los que han tenido que evacuar a los peces, que iban a morir por falta de oxígeno en el agua. Miedo me da pensar en el verano, que auguran será aún más tórrido que el anterior (y llevamos ya varios años batiendo récords de calor). La sensación inevitable es de hallarnos próximos a un mundo apocalíptico, donde la vida pronto va a volverse imposible.
Pero todo esto ya lo preveía la literatura. Visionarios como Ballard, que hace sesenta años ya fue capaz de imaginar escenarios tremebundos en que el mundo se enfrentaba a catástrofes climáticas, causadas por el hombre, desde El mundo sumergido a La sequía o algunos de los relatos incluidos en la antología Playa terminal (En el titulado "Ocaso" la atmósfera terrestre ha quedado afectada por la minería extensiva de oxígeno para abastecer la atmosfera de otros planetas). Después, mucho después (parece que en 2007) se acuñó el término clima-ficción (o cli-fi, del inglés climate-fiction). Hoy, empezamos a sospechar que no se trataba de ficciones, sino de anticipaciones. Leídas en su momento, estas novelas podían sonar a distopia; leídas hoy, producen un escalofrío mucho más cercano.
Lamentablemente, muchas de las obras de Ballard son hoy inencontrables (o se venden de segunda mano a un precio abultado: La sequía ronda los 92 euros). Aunque he oído rumores de que está previsto reeditarlas. Esperemos que lo consigan antes de que sus premoniciones se hayan hecho realidad. Si no, siempre queda el recurso de acudir a una biblioteca. (Me consta que las bibliotecas de Barcelona están bien surtidas de sus novelas.)
En cualquier caso, mi Ballard favorito sigue siendo El imperio del sol, la novela inspirada en los dos años que pasó de niño internado en un campo de prisioneros japonés en Shanghai. Sin duda, cuando uno ha visto tantas cosas terribles a temprana edad, cualquier catástrofe parece posible. Pero hay que saber plasmarla. Y el mundo imaginario de Ballard es a menudo escalofriantemente real.
Por el momento, no podemos hacer más que seguir mirando al cielo, angustiados.
(Por si algunos de mis amables lectores es ballardiano de pro, les informo de que acaba de publicarse una curiosísima -y por eso mismo muy ballardiana- obra inspirada él y su mundo, Ballard Reloaded, de Beatriz García Guirado y Andreu Navarra.)
martes, 28 de marzo de 2023
RECOMIÉNDAME UN LIBRO
En verdad, no hay nada más difícil que recomendar un libro (acertando, se entiende), ni nada que garantice más el fracaso que seguir la recomendación de alguien que no te conoce. Si alguien me pide que le recomiende un libro, siempre me dan ganas de decirle: "¿Tienes cuatro horas para explicarme con detalle tus gustos y tu historial lector?" Porque, sin eso, lo máximo que conseguirá es saber qué libro me ha gustado a mí, no qué libro le va a gustar a él o ella. Otro de los errores habituales de la gente que pide que le recomienden libros es pensar que "un libro es un libro es un libro" (que me perdone Gertrude Stein). O sea, que tanto da cuál sea su trama, cómo esté escrito, a qué género pertenezca, si se publicó hace dos semanas o hace dos siglos... no parece ocurrírseles que los libros son tan diversos como las personas. Y que, en las lecturas, como en las amistades, las afinidades son la clave. Delante de una recomendación, como cuando te presentan a alguien, lo primero que habría que preguntarse es, ¿seremos compatibles?
Probablemente ninguna de estas personas tan ansiosas de recibir recomendaciones leerá este artículo. Pero, por si lo hacen, ahí va un último -y crucial- consejo: cuando alguien te recomienda un libro, averigua antes si es una recomendación desinteresada. Porque es muy posible que esté tratando de colarte el libro que ha publicado su editorial o el que le pagan por promocionar. En este capítulo, inmensa ternura la que me ha producido un alma cándida que decía: "Quiero empezar a leer libros autopublicados, ¿me recomiendan uno?" No sé si reír o llorar, porque estoy segura de que todos los autores autopublicados que la lean se apresurarán a bombardearla con sus libros. Recuerda, alma bendita, los libros son como los hijos: cada cual piensa que el suyo es el más guapo del mundo. Lo que no quiere decir que lo sea.
De todas maneras, pensar en la gente que anda pidiendo recomendaciones a ciegas por las redes no es algo que vaya a quitarme el sueño. Sospecho -y no creo andar muy errada- que no van a comprarse, ni por supuesto a leer, ninguna de las obras que les recomienden. Como tantas otras cosas en las redes, esta también es pura fachada.
sábado, 4 de marzo de 2023
LA DAMA DESAPARECE
Observen el cuadro que acompaña esta entrada. Lo pintó una mujer, Elizabeth Thompson, en 1874, y se convirtió en una de las pinturas más famosas de Gran Bretaña en su momento. La Royal Academy, un selecto club artístico formado por 40 pintores (todos hombres), los que cortaban el bacalao en la escena artística británica, tomó la insólita decisión de otorgarle un lugar de honor en su exposición anual. Las multitudes que atrajo fueron tales, que la pintura inició una gira por todo el país. Finalmente, la adquirió la reina Victoria por una abultada suma, y hasta el día de hoy cuelga en la galería real de St. James' Palace. Sin embargo, el nombre de Thompson no se menciona entre los pintores destacados del siglo XIX. Aunque la artista en cuestión siguió pintando (su especialidad eran los temas militares), parece que ya nadie la recuerda. Estuvo a punto de ser elegida la primera mujer miembro de la Royal Academy, pero le faltaron dos votos. Nunca más se propuso su candidatura. Ella se casó con un militar, tuvo seis hijos y se hundió en el olvido.* Yo tampoco hubiese sabido nada de ella de no haberme topado, mientras buscaba información sobre la situación de las mujeres en la Inglaterra victoriana, con el podcast titulado The lady vanishes (La dama desaparece), primer episodio del podcast Revisionist History, conducido por Malcolm Gladwell.
Les recomiendo que lo escuchen, porque no solo habla de esta artista, sino de las sutiles formas que tiene el poder establecido (léase patriarcado, aunque él no lo llame así) para abrir un poquito la puerta, dejar entrar a una mujer, y cerrarla luego enseguida. A veces, durante décadas. Ya han demostrado lo abiertos de mente que son, ahora pueden volver a sus prejuicios habituales.
Si el podcast de Gladwell ilumina una de las técnicas empleadas para relegar a las mujeres, Joanna Russ, en el revelador libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres, destapa unas cuantas más. Lo que Russ señala se puede aplicar a la literatura, pero también a cualquier otra disciplina artística, o simplemente, cualquier otra actividad socialmente prestigiosa en la que alguien "inadecuado" (léase mujer) destaque. Como ella señala: "En una sociedad que se define como igualitaria, la situación ideal (socialmente hablando) es aquella en la que los miembros de los grupos «inadecuados» tengan la libertad de dedicarse a la literatura (o a actividades igualmente significativas) y aún así no lo hagan, probando por tanto que son incapaces de ello. Pero ay, dales un poquito de libertad real y lo harán. Por consiguiente, el truco reside en hacer que la libertad sea tan solo nominal y después —puesto que habrá quien aún así lo haga— desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes." Después de enumerar todas estas estrategias, Russ dedica el libro a analizar todas ellas -recomiendo su lectura, seguro que les abre los ojos ante sutiles discriminaciones que casi no parecen tales-, pero termina concluyendo que tal vez la más difícil de combatir sea la que consiste simplemente en ignorarlas, a las autoras, a sus obras y a toda su tradición. Como si no existieran.
Así que sí, sigue siendo necesario -y me temo que por mucho tiempo- revindicar el trabajo de las mujeres, luchar por que se les reconozca y se les dé el lugar que les corresponde. No solo el 8 de marzo, sino todos los días del año. Aunque pueda parecer que hemos conquistado ciertos territorios, nunca debemos olvidar la facilidad con que se ha venido llevando cabo el truco, y se sigue haciendo: la dama desaparece.
*Uno de los detalles más escalofriantes (para mí, al menos) de todo este asunto es que, cuando el marido de Elizabeth, un militar de prestigio, escribió sus memorias, a ella ni la mencionaba. Nada. Ni siquiera figura en el índice onomástico. No me extraña que ella se rindiera y abandonase su carrera.
jueves, 16 de febrero de 2023
¿TIENEN VIDA PROPIA LAS HISTORIAS DE FICCIÓN?
Es frecuente que los escritores cuenten que, al llegar a cierto punto de la creación de su novela, alguno de sus personajes adquirió vida propia. Entiéndase, no es que saltara de la página y se fuese a correr aventuras por ahí, sino que el autor sintió que a ese personaje su papel le venía estrecho, que estaba pidiendo a gritos -hasta donde un personaje ficticio puede hacerlo- tener mayor protagonismo, o hacer algo que no estaba previsto en el plan inicial. Debo decir que durante bastante tiempo creí que eso era una boutade propia de los artistas. Como aquello de la inspiración y la visita de las musas. Sin embargo, los años que he pasado siguiendo de cerca el proceso de creación de otros me han demostrado que se trata de un fenómeno real. Aunque, por supuesto, no comporta nada mágico ni sobrenatural. Ocurre, simplemente, que esa mezcla de rasgos de carácter, acciones y parlamentos con que se configuran los personajes de ficción es más certera unas veces que otras. Cuando el cóctel funciona, el lector -y el propio escritor es su primer lector- reconoce al personaje como alguien real, alguien que podría haber existido. Es entonces cuando el personaje cobra alas y el escritor, más que guiarle, se deja llevar por la lógica de su deriva.
De lo que no cabe duda es de que hay personajes que, una vez terminado el relato, parecen quedarse aletargados entre las páginas. Con el fin de la historia se acaba también su vida ficticia. No se moverán de ahí hasta que aparezca un nuevo lector. De otros, en cambio, estamos seguros de que siguen con su vida mucho más allá de la última página. Nosotros cerraremos el libro, pero ellos continúan viviendo, corriendo quién sabe qué aventuras que sólo podemos imaginar. No es magia, pero lo parece. Seguro que se les ocurren muchos ejemplos, es una experiencia bastante común. El caso más reciente que recuerdo es el de Olive Kitteridge, la brusca y temperamental protagonista creada por Elizabeth Strout. Al lector le resulta imposible creer que esa mujer no sea real, y sospecho que lo mismo le sucedió a la autora, que después de la novela que lleva como título el nombre de este personaje, se vio impulsada a seguir narrando sus peripecias en una segunda, titulada en inglés Olive, again y aquí, Luz de febrero.
Pero existe algo más asombroso aún que esos personajes que adquieren vuelo: las novelas cuyo mundo ficticio se convierte, todo él, en una extensión del mundo real. Son aquellas (pocas, admitámoslo) en que la vida vibra de tal modo que nos convence de que ese universo ficticio existe en realidad; de que cuando abrimos las páginas del libro no hacemos otra cosa que asomarnos a una ventana por la que vemos transitar a sus personajes. Como sucede con las ventanas de la vida real, nos es dado únicamente contemplar una parte de lo que sucede. Pero no hay duda de que, cuando desaparecen de nuestra vista, los personajes se van a otros lugares, y les pasan otras cosas, que por desgracia no podemos conocer. Es lo que estoy experimentando estos días, enfrascada en la (re)lectura de Guerra y paz (aprovecho para recomendar la soberbia nueva traducción de Joaquín Fernández-Valdés, que ha recibido el premio de traducción Esther Benítez). Hablo de relectura con cierta mala conciencia, porque leí esta monumental -en todos los sentidos- obra en mi adolescencia, y sé positivamente que por aquel entonces tenía tendencia a saltarme los pasajes de la "guerra", más interesada por los amoríos que tenían lugar en los elegantes salones moscovitas que por el fragor de la batalla. Esta vez, sin embargo, no me pierdo detalle. ¡Y cómo lo estoy disfrutando! Como es habitual en Tolstói, desde la primera página te agarra por el cuello y te sumerge en la historia. Unos pocos párrafos y estás dentro. Sus escenas están invariablemente llenas de movimiento, el autor nos lleva de aquí para allá, nos va mostrando a este y aquel personaje, sin demorarse en explicaciones, que en realidad son innecesarias, porque todo resulta tan real que el lector va proyectando su propia película en su imaginación. Así, cada vez que abro el libro, me encuentro preguntándome qué habrá pasado en mi ausencia, convencida de que los gallardos oficiales a los que dejé sucios y maltrechos después de la batalla habrán estado bebiendo con sus camaradas, mientras que la dulce princesa Maria habrá aprovechado su salida de escena para retirarse a rezar, o tal vez a dar instrucciones a los criados. Sé lo que va a suceder -no es que mi memoria de la primera y parcial lectura sea muy fresca, es que durante el confinamiento vi la serie de la BBC-, pero eso no merma para nada mi interés. Los personajes -desde los más aristocráticos al más humilde cochero- poseen tal rotundidad que sé positivamente que están vivos en algún lugar, quién sabe si en un universo paralelo al nuestro. Cada vez estoy más convencida de su existencia.
jueves, 1 de diciembre de 2022
LIBROS DELICIOSOS DE 2022
¿Todo se acelera o soy yo que voy más lenta? (si hemos de fiarnos de mi escasa producción de entradas en el blog, quizás sea lo segundo). En todo caso, hace un mes que en los supermercados venden turrones y las tiendas ya hace al menos quince días que lucen su decoración navideña. ¡Y sólo es 1 de diciembre! Siguiendo con esa tendencia a adelantarlo todo, hoy mismo he empezado a ver en redes listas de "los libros de 2022" (¿y diciembre? ¿es que la gente no lee en diciembre?). Aparte de resultarme chocante, me ha recordado que tengo que poner al día mi lista de lecturas del año -sí, desde hace dos o tres años he conseguido llevar, a trancas y barrancas, una relación de libros leídos, todo un logro para mí- y, por qué no, seleccionar algunos para ponerlos aquí. (Soy poco amante de estas listas, pero algún año he hecho algo que se le parecía.)
Constato algunas cosas curiosas: definitivamente este ha sido un año Daphne du Maurier. Desde que preparé, hace un par de años, creo, un club de lectura en torno a Rebecca y leí la espléndida biografía de esta autora escrita por Margaret Forster (es un lujo poder leer la biografía de una autora escrita por otra escritora: véase la de Charlotte Brontë por Elizabeth Gaskell) tuve la impresión de que se trataba de una escritora injustamente minusvalorada. Seguramente tenga bastante que ver que solía cultivar un tipo de literatura a menudo a caballo entre el suspense y lo gótico, y que ya desde un principio de su carrera vendió muchos miles de ejemplares; la crítica tiende a despreciar los bestsellers, no importa lo buenos que sean. A raíz de ello, me embarqué en una cruzada de lecturas du Maurier que, aparte de confirmar mis suposiciones, me han procurado unos ratos buenísimos. A estas alturas, sólo me quedan por leer tres o cuatro libros suyos. Seguro que caen en el 2023.
Pero dar aquí un listado de mis lecturas del 2022 -¡y falta diciembre, en un mes se puede leer mucho!- sería tedioso y pesado, tanto para mí como para mis lectores. En aras de la ligereza, y porque sé que me lo agradecerán, les voy a recomendar unos cuantos libros deliciosos que han pasado por mis manos durante este año. (Ojo, que no quiere decir que sean novedades de este año, alguno ya tiene trienios; ya saben que el concepto de la novedad me tiene sin cuidado.)
Jonathan Coe, El señor Wilder y yo
¿Qué hay mejor que ser una joven estudiante sin planes para el verano y que te propongan trabajar para Billy Wilder, que va a rodar una película en una isla griega? Seguramente el segundo plan mejor después de éste -un muy buen plan, ciertamente- es leer la historia que ha escrito Jonathan Coe sobre ello. Cinefilia, nostalgia y literatura de la buena, y todo en pocas páginas.
No sé si entra en la categoría de libros deliciosos, porque el tema no es alegre -un chico que acompaña a su padre, que padece un cáncer avanzado, en un último viaje a su isla natal-, pero sí lo es por el placer que procura su prosa elegante y depurada, así como la franqueza con que encara un asunto trascendental como la muerte.
Richard Osman, El jueves siguiente
Esta sí, ligera, ligera. Puro entretenimiento, pero ingenioso y simpático a rabiar. Unos cuantos jubilados resuelven crímenes. Así de tonto, pero ¡qué bien narrado! Continuación de la igualmente deliciosa El club del crimen de los jueves, que si no han leído, recomiendo lean en primer lugar. (Sé que ha salido una tercera entrega. Igual cae antes de que acabe el año.)
Stefano Mancuso, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal
Me van a decir que esto no pega ni con cola con todo lo demás. Como habrán adivinado por el título, se trata de un libro de divulgación científica, que habla sobre las plantas y su inteligencia. Todo viene de una exposición que vi hace unos meses titulada "Ciencia-fricción", que venía a demostrar que el ser humano no es el centro del universo, que en realidad estamos rodeados de seres con inteligencias distintas de las nuestras, pero igualmente asombrosas. En ella se mencionaba a este autor, uno de los estudiosos de las plantas más influyentes en los últimos años y quise saber más. Lo que este científico explica constituye una verdadera cura de humildad y una fuente inagotable de fascinación. Así que sí, no sólo es un libro delicioso, sino que te abre nuevos caminos.
Y con esto, hasta el año próximo, probablemente. ¡Mis mejores deseos para un 2023 repleto de buenas lecturas!
domingo, 16 de octubre de 2022
VIAJAR AL PASADO (o tal vez no)
Una de las cosas más irritantes que existen es que la tomen a una por tonta. Todavía más irritante resulta ver cómo esa tomadura de pelo se hace extensiva a toda la sociedad y nadie parece darse cuenta. De ahí que sienta la imperiosa necesidad de alzar mi voz contra los anuncios de esa entidad llamada Meta, que no queda muy claro en qué consiste, pero que nos promete un futuro lleno de cosas maravillosas (siempre que previamente compremos sus productos, no especialmente baratos). Entre esas maravillas que el "metaverso" -es decir, la realidad virtual- nos traerá se encuentra -dicen ellos- la posibilidad de viajar en el tiempo. Argumentan que de este modo los estudiantes podrán asistir a escenas de la historia como si hubiesen estado allí.
Bueno, pues tengo malas noticias para ustedes: tal vez no lo saben, pero el pasado no existe. Los humanos vivimos estrictamente en el presente. Podemos recordar nuestro pasado, imaginar nuestro futuro, pero estamos anclados en el momento actual. Es más, el pasado que creemos recordar es simplemente una fabricación de nuestra memoria, que selecciona y a menudo tergiversa lo que realmente sucedió. Y si esto ocurre con aquellos episodios que hemos vivido en primera persona, para qué hablar de aquellos que no hemos vivido, ni presenciado. Como dice David Lowenthal en su ensayo El pasado es un país extraño, "Ningún informe histórico se corresponde nunca de modo preciso con ningún pasado real. No se puede recuperar la totalidad de ningún acontecimiento porque su contenido es prácticamente infinito... La mayor parte de la información en torno al pasado no se registró jamás y la mayoría del resto fue efímera." No es posible, por tanto, reconstruir el pasado; como mucho, podemos intentar hacer una burda aproximación a través de los fragmentos e informaciones que nos han llegado. Pero esta recreación nunca se corresponderá con lo que dicho pasado fue realmente. No me resisto a citar las palabras de Hilary Mantel -la gran novelista recientemente fallecida-, quien, en unas interesantes conferencias que dio sobre la relación entre historia y novela, decía lo siguiente respecto a la historia:
"Es lo que ha quedado en el cedazo cuando los siglos han pasado por él: unas cuantas piedras, retazos de escritura, retazos de tela. No es más “el pasado” de lo que un certificado de nacimiento es respecto a un nacimiento, o un guion respecto a una representación teatral, o un mapa respecto a un viaje. Es una multiplicidad de testimonios de testigos falibles e interesados, combinado con informaciones incompletas sobre acciones que las personas que las ejecutaban no entendían del todo."
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| Hilary Mantel |
Así pues, suponer que gracias a Meta los estudiantes podrán viajar al pasado es una entelequia. Lo que verán, en el mejor de los casos, es lo que los programadores de Meta (o sus asesores históricos o quienquiera que se ocupe de eso) creen que es el pasado. La imagen que ilustra este engañoso anuncio es la de una escena que sin duda pretende evocar la antigüedad clásica (las personas vestidas con túnicas y mantos así lo hacen suponer), sobre las escalinatas de un posible templo griego, con sus columnas de mármol blanco. Así es como, al menos desde el Renacimiento, nos imaginamos que eran los templos de aquella época. Y así, imagino, será cómo los veremos en este prodigioso metaverso que nos espera. Sólo que los estudios más recientes indican que las columnas de los templos griegos, igual que sus frisos y estatuas, no eran blancas, sino que estaban pintadas de vivos colores. (De hecho, no es una absoluta novedad, ya el pintor del XIX Lawrence Alma-Tadema lo mostraba así en alguno de sus cuadros.) Vaya, que de viaje en el tiempo, nada de nada. Como mucho, nos ofrecen una especie de Disneyland del pasado.
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| Alma-Tadema, Fidias mostrando los frisos del Partenón |
Además, lo de viajar en el tiempo ya está inventado y se puede hacer por una módica cantidad de dinero (o incluso gratis, visitando una biblioteca): leyendo un libro. ¿Que quieres transportarte a la Antigüedad clásica? Déjate de realidad virtual. Nada como una dosis de las Vidas paralelas de Plutarco. Y oigan, él tampoco estuvo allí (escribe durante el siglo I d.C., y las Vidas que recrea son de personajes que vivieron décadas, o incluso siglos, antes), pero sin duda reconstruye determinados momentos históricos mejor que toda la realidad virtual. Como dijo Carles Riba:
sábado, 10 de septiembre de 2022
ISABEL II, PERSONAJE LITERARIO
La muerte de Isabel II, monarca del Reino Unido (y de la Commonwealth) durante setenta años, marca el fin de una era: la segunda era isabelina. Dado que su desaparición coincide con un momento ciertamente turbulento para su país, mi primera reacción ante la noticia fue pensar "sólo les faltaba esto". Veremos cómo lo hace su sucesor, Carlos III, para mantener el prestigio de la casa real, que ella encabezó tan dignamente durante siete décadas. Mejor no fijarse demasiado en los precedentes de los reyes que llevaron su nombre: Carlos I acabó juzgado por traición y decapitado; Carlos II, por su parte, tuvo numerosos conflictos con el Parlamento, que acabó por disolver, aparte de ser notoriamente disoluto en su vida privada (llegó a reconocer a catorce de sus bastardos, pero se dice que hubo bastantes más). En fin, que los augurios no son muy favorables. El tiempo dirá.
Pero volvamos a la reina. Si algo supo Isabel II fue crear un personaje público, un tanto hierático y encorsetado tal vez, pero cuya coherencia y adecuación a su papel -como en toda monarquía parlamentaria, el papel de la reina es puramente ornamental- eran indiscutibles. Igual que le ocurrió a su ilustre antepasada, la reina Victoria, que tuvo también un reinado muy largo, poco a poco su figura se fue convirtiendo en un icono. Para cuando se celebró su jubileo, raro era el hogar británico que no lucía alguna efigie u objeto relacionado con la reina. (Este "merchandising" real no es cosa de ahora, sucedía lo mismo con Victoria, aún circulan por ahí cientos de tazas y platos con su retrato: incluso llegaron a hacer papel pintado con su imagen.... ) A medida que envejecía, la figura de Isabel iba adquiriendo un aura cada vez más familiar, como una simpática abuela -muy rica y con muchos castillos, eso sí- que desde las alturas miraba benévolamente a sus súbditos, buena parte de los cuales podrían ser sus nietos.
La presencia constante de su figura, unida al relativo desconocimiento de su intimidad (es difícil saber lo que pensaba tras esa fachada siempre impecable) la convirtieron en un personaje muy goloso para los creadores de ficciones. Ficciones que, en algunos casos -como la estupenda The Crown, ansiando ver la nueva temporada- se han plasmado en la pantalla (¿cómo resistirse al atractivo visual de tanta grandeza arquitectónica, tantos vestidos preciosos y joyas, tantas estancias palaciegas?), pero que también han conocido algunas incursiones literarias. Ya en 1988 Alan Bennett, un prestigioso dramaturgo provisto de un humor afiladamente inteligente, demostró que la reina no era un tema tabú. En su obra teatral A Question of Attribution -que sería luego llevada a la pantalla por la BBC- jugueteaba con el affaire Anthony Blunt, el asesor artístico de la reina que resultó ser un espía al servició de los soviéticos. En esta obra, de sólo un acto, la reina tiene una conversación con su asesor poco antes de que éste sea descubierto y parece advertir que esconde algo, como si interpretase un papel. Pero, claro, ella también lo interpreta, ¿o no? Años más tarde, en 2007, Bennett volvería a la carga con el personaje regio, esta vez en una divertida y breve novela titulada aquí Una lectora nada común, que cuenta cómo la reina Isabel, después de un encuentro casual con una biblioteca ambulante, se aficiona a la lectura, y cómo eso influye sobre su visión del mundo.
El ingenio de Bennett, visible de forma especial en sus diálogos, hace que con dos pinceladas sea capaz de retratar a un personaje. Véase la reacción del príncipe Felipe ante el nuevo protegido de la reina, su bibliotecario personal:
-He visto esta tarde a esa extraordinaria criatura -informó más tarde-. El paje pelirrojo.
-Sería Norman -dijo la reina-. Le conocí en la biblioteca ambulante. Trabajaba en la cocina.
-Ya entiendo por qué -dijo el duque.
-Es muy inteligente -dijo la reina.
-Tendrá que serlo -dijo el duque-. Con esa pinta...
Pero, en la ficción, Isabel II no sólo lee, también es capaz de resolver asesinatos. S. J. Bennett (hasta donde yo sé, nada que ver con el otro Bennett) la convierte en protagonista de dos entretenidas novelas que podríamos encuadrar en el género "cosy crime", donde la reina -una reina sorprendentemente perceptiva y astuta bajo su apariencia de imperturbable anciana- se transforma en una especie de Miss Marple que está rodeada de lacayos y asistentes personales en lugar de por benévolos vicarios. Al parecer, estos dos títulos -traducidos como El nudo Windsor y Un caso de tres perros- debían ser los primeros de una serie. Ignoro si el hecho de que su protagonista se haya quedado sin su correlato en la vida real le pondrá fin o si la autora decidirá continuarla.
En cualquier caso, estos dos ejemplos (creo que corre por ahí alguno más, pero no lo he leído, así que no puedo opinar) son buena muestra del mucho juego que da un personaje como la reina de Inglaterra, conocida universalmente y con una vida pública evidente, pero con una vida interior opaca, que el escritor puede llenar a su antojo. La vamos a echar de menos.
lunes, 28 de febrero de 2022
PERSONAJES RECURRENTES
Balzac fue uno de los primeros autores -me gustaría decir que fue el primero, pero no tengo la certeza- en servirse de los personajes recurrentes, algo que harían después otros escritores ilustres, como Galdós o Trollope, por citar sólo un par. Un recurso francamente útil cuando se crea no una única historia, sino muchas, vinculadas por el hecho de transcurrir en una misma zona geográfica, o dentro de un mismo grupo familiar, y hay que lidiar con decenas de personajes. Como su nombre indica, consiste en hacer que determinados personajes de una novela reaparezcan en otras, no como protagonistas (en ese caso estaríamos más bien ante una serie protagonizada por un mismo personaje), sino en calidad de secundarios. Cómo de secundarios es algo que suele variar, de modo que a menudo quien se ha situado en primer plano en una novela pasa a ser un mero figurante en la siguiente. Pero está ahí, y los lectores agradecen toparse con un nombre y unas características que les resultan familiares. Es, en cierto modo, como volver a una casa que ya conoces. Terreno amigo.
A nada que se hayan leído unos cuantos volúmenes de la Comedia humana -o de las simpáticas Crónicas de Barsetshire, de Angela Thirkell, si uno se decanta por lecturas más ligeras- se acaba por estar muy atento a esta recurrencia de personajes, y tratar de adivinar cuál de ellos hará esta vez su reaparición casi se convierte en un aliciente adicional. Mucho más raro, y desde luego más sorprendente, es toparse con un personaje conocido en dos libros de autores diferentes y que tratan de temas no relacionados entre sí. Pero esto precisamente es lo que me ha sucedido al leer las deliciosas memorias de Mary Chubb sobre su campaña arqueológica en Egipto en 1930, que llevan el título de Aquí vivió Nefertiti.
El libro va precedido por un par de fotografías de la época, una de ellas la realmente impactante imagen del director de la expedición, John Pendlebury, luciendo un collar egipcio (evidentemente, uno de sus hallazgos) sobre el torso desnudo.
En este caso, la recurrencia de personajes vino de la mano de la casualidad histórica y no de la voluntad de un novelista, aunque a mí me causó idéntico efecto de familiaridad. De repente, me vi transportada desde una excavación en el Egipto de 1930 a la Creta en guerra de los años cuarenta y Pendlebury, un personaje del todo secundario en la larga biografía de Patrick Leigh Fermor, se convirtió ante mis ojos en un protagonista por derecho propio. Los libros se llaman unos a otros, estoy convencida.
Y llaman (o deberían) a los lectores: si quieren disfrutar de buenas historias, cualquiera de los libros aquí citados o los del propio Paddy son una excelente lectura.









































