John F. Peto

John F. Peto
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lunes, 24 de octubre de 2011

PARÍS BAJO LA OCUPACIÓN

(Foto André Zucca)
De los grandes acontecimientos históricos, más allá de saber cómo se desarrollaron las batallas, qué impulsó los movimentos de masas o cómo se comportaron determinadas figuras centrales, siempre me queda la curiosidad de averiguar qué significaron estos hechos para la gente de la calle, cómo las vidas individuales y la cotidianeidad se vieron afectados por los sucesos que lucen tan solemnes y fríos en los anales de la Historia. Gracias al documentado libro de Alan Riding Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis he pasado unos días muy entretenidos conociendo con detalle cómo transcurrió la vida en los círculos del arte, la música o la literatura en la capital francesa durante aquellos años, y sabiendo -a menudo de primera mano, a través de sus diarios o entrevistas- de las dudas que asaltaron a unos, los compromisos a que debieron llegar otros o la complejidad de la situación social y personal de la mayoría de artistas (y no artistas) que vivieron esos años. Como ocurre en todas las guerras, por otra parte, aunque luego la propaganda -siempre dirigida por el bando vencedor- quiera convencernos de que todo era o blanco o negro. Se agradecen por eso estudios como el de Alan Riding, capaces de pintar un retrato que muestra que el comportamiento de cada cual no sólo viene motivado por la adsripción política o la nacionalidad, sino también por su personalidad, por sus relaciones familiares, o por simplemente su suerte y sus circunstancias. En esta reveladora obra se entera uno de que en las listas de obras prohibidas por los alemanes no sólo figuraban escritores judíos, sino autores franceses como Gide, Mauriac, Aragon e incluso Flaubert, cuyo Madame Bovary recuperó de repente la reputación de inmoral que tuviera cuando se publicó. Gerhard Heller, un culto y francófilo oficial nazi a cargo de la sección de literatura en el Departamento de Propaganda alemán dice en sus memorias que los nazis quemaron en total 2.242 toneladas de libros en París. Al parecer, Heller no pudo resistirse a llevarse algunos de esos ejemplares prohibidos y esconderlos en su oficina que, según decía en broma "se convirtió en un anexo de la Biblioteca Nacional francesa". Para detectar los libros prohibidos, los alemanes realizaban frecuentes redadas en las librerías. La famosa librería americana de Sylvia Beach, Shakespeare & Company, se libró al principio por la nacionalidad de su propietaria, pero una vez Estados Unidos entró en guerra, su propietaria recibió un día la visita de un oficial alemán que la amenazó con que confiscaría sus existencias. Durante toda aquella noche, Beach y sus amigos trasladaron los fondos de la librería al cuarto piso del mismo inmueble -que a la sazón estaba vacío-, de modo que al día siguiente, cuando llegaron los alemanes, no había nada que confiscar. En cuanto a las editoriales, algunas fueron requisadas (sobre todo aquellas cuyos dueños eran de ascendencia judía), pero la mayoría aprendió a sobrevivir en medio de las restricciones de papel y la censura impuesta por las autoridades germanas. Gaston Gallimard, por ejemplo, se avino a dejar la dirección de su emblemática revista NRF en manos de Drieu La Rochelle, notorio fascista y colaboracionista, a cambio de poder editar a otros autores no tan bien vistos por los alemanes en su catálogo. Caso aparte es el de otro ilustre editor, Bernard Grasset, quien no contento con airear sus opiniones racistas y favorables a la ocupación alemana, movió toda suerte de influencias para lograr la traducción de los Diarios de Goebbels, con el  argumento de que "debemos asegurarnos de que la magistral obra de Goebbels disponga de la distribución que merece".  Como estos, mil y un detalles e historias personales jalonan estas páginas, por las que vemos pasar a los más granado de la cultura francesa, con sus grandezas y sus miserias. Después de leerlo -los buenos ensayos invitan a ahondar en el tema que abordan- me han entrado ganas de hacerme con las memorias de Heller y con otra obra frecuentemente citada por Riding, Mon journal pendant l'occupation, una brillante recopilación de observaciones y anécdotas del periodista Jean Galtier-Boissière. Me hago eco de una de ellas, que me parece una buena manera de terminar esta entrada: "Colaboracionismo quiere decir: dame tu reloj y yo te daré la hora".
Oficiales de la Wehrmacht en un cabaré de París
(foto Robert Schall)

miércoles, 11 de mayo de 2011

¿ARDEN LOS LIBROS?



En un día como ayer, pero del año 1933, miles de libros ardieron en Alemania. Desde la publicación de la famosa novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, todos sabemos que esa es la temperatura a la que arde el papel. No lo he comprobado y no lo pongo en duda, pero como dato curioso apuntaré que es mucho más fácil que los libros resulten destruidos por el agua que por el fuego. O eso al menos me aseguró hace tiempo alguien que tenía un almacén con miles de libros. Ante la pregunta de si no le daba miedo que tal cantidad de papel se inflamara, afirmaba que le preocupaba poco la posibilidad de incendio, porque mientras que no cuesta nada quemar un par de papeles sueltos, conseguir que arda el taco de papel que es un libro, con sus cubiertas y todo, resulta mucho más difícil. Y aún más si se trata de miles de libros apilados en bloques casi como columnas. En cambio, le aterraba la idea de una gotera, o un pequeña inundación. No sólo por los libros que ese agua podía estropear directamente, sino porque la humedad reinante haría que muchos cientos más a su alrededor se hinchasen y doblasen y el papel se llenase de manchas, dejándolos efectivamente inservibles.
Teniendo esto en cuenta, imagino que los nazis debieron tener bastante trabajo atizando sus hogueras, porque ese infausto 10 de mayo se organizaron más de 30 en todo el territorio alemán. La invitación a la quema de libros que reproduzco aquí, un acto organizado por la Universidad de Múnich y la Asociación de Estudiantes prometía un espectáculo completo:


Discursos, fuego, música y canciones patrióticas. Qué siniestro suena todo esto...
Por si alguien siente curiosidad, aquí se puede encontrar la relación de los 58 autores cuyas obras sufrieron ese castigo. Y sólo era el principio.
Un mal día, que conviene no olvidar.

martes, 22 de febrero de 2011

CUENTOS POLÍTICAMENTE (IN)CORRECTOS

A veces da la impresión de que la plaga de la corrección política (y bien que la sufrimos) es cosa de nuestros días. Sin embargo, a nada que se rebusque un poco, resulta evidente que viene de lejos. Sé que es un magro consuelo, pero otros tiempos también fueron peores. Hace poco,  en uno de los blogs que sigo una madre lamentaba no poder explicarles a sus hijas "versiones para adultos" de los cuentos tradicionales, como el de Caperucita. De hecho, los cuentos infantiles, con su carga moralizante, son uno de los depositarios preferidos de la corrección política. Ya los propios hermanos Grimm fueron censurando y dulcificando progresivamente en sucesivas ediciones sus Cuentos para la infancia y el hogar, ante las críticas recibidas. Las primeras versiones, recogidas del acervo popular alemán, estaban llenas de madres desalmadas y castigos crueles, pero pronto las madres fueron sustituidas por madrastras y se eliminaron los detalles considerados excesivamente truculentos. Más recientemente, la factoría Disney se ha encargado de acabar de limar cualquier aspereza, para que los niños de nuestros días sólo puedan imaginar esos cuentos en bonitos colores pastel. La era victoriana también fue muy proclive a este tipo de censura, que se llegó a aplicar incluso a las obras de Shakespeare. Thomas Bowdler fue autor de un "Shakespeare para la familia" cuyo título no deja lugar a dudas:  The Family Shakespeare, in Ten Volumes; in which nothing is added to the original text; but those words and expressions are omitted which cannot with propriety be read aloud in a family. Por cierto, parece que la mayor parte de estas versiones expurgadas las llevó a cabo su hermana Henrietta, pero tampoco se consideraba apropiado que una mujer se ocupase de una labor como esta, por lo que la autoría se le atribuyó sólo a él.
Volviendo a los cuentos retocados, hay un divertido artículo de Dickens que se mofa de esta costumbre. Como apunta con toda la razón, este tipo de recortes o añadidos a una obra, siguiendo los dictados de nuestra moral u opiniones, son "como la famosa definición de una mala hierba: una cosa que crece en el lugar equivocado." ¿Qué ocurriría si todo el mundo se pusiese a retocar las obras de la literatura universal?: "Imaginen una edición de Robinson Crusoe hecha por abstemios, eliminando el ron; o una edición vegetariana, donde se omitiría la carne de cabra. O una pacifista, en la que no existiría la pólvora; o una edición de la Sociedad Protectora de Aborígenes, en la que se negaría el canibalismo y Robinson abrazaría a los buenos salvajes que desembarcan en su isla... " Así, en cien años, como bien dice Dickens, Robinson y su isla habrían desaparecido, engullidos por el oceáno editorial. No tiene desperdicio su propia versión "editada" de La Cenicienta, en la que el príncipe se presenta cubierto de medallas de Abstinencia Total y el banquete de palacio consiste en alcachofas y gachas. Pero ni el sarcasmo de Dickens ni las protestas actuales, me temo, surten efecto, porque la censura (ahora se llama correccion política) sigue campando por sus respetos. Ocurrió recientemente con la obra de Mark Twain y me temo que va a seguir ocurriendo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

SEMANA DE LOS LIBROS PROHIBIDOS

La costumbre de prohibir libros no se limita a épocas remotas y regímenes totalitarios. Aunque cueste creerlo, en un país democrático como Estados Unidos sigue siendo posible poner libros en la "lista negra" e impedir que se encuentren en bibliotecas públicas o escolares. Cualquier ciudadano o grupo puede denunciar un libro si juzga que su contenido es ofensivo, o si considera que resulta inadecuado para su lectura en las escuelas, por ejemplo. Estas denuncias deben ser valoradas por un tribunal formado en general por bibliotecarios, quienes deben decidir si procede o no eliminar el libro en cuestión del préstamo público, aunque en caso de desacuerdo el asunto puede llegar a los tribunales. Hay cientos de denuncias cada año en bibliotecas y escuelas de todo Estados Unidos. Según la ALA (American Library Association), en 2009 se registraron 460 (y estima que muchas otras no llegan a hacerse públicas). Hay que decir que, aunque a menudo las denuncias son desestimadas, existen muchos otros casos en que prosperan. Para luchar contra este tipo de denuncias, que son un ataque directo a la libertad de expresión, se celebra cada año a finales de septiembre (este año, del 25 de septiembre al 2 de octubre) la Semana de los Libros Prohibidos, a fin de concienciar a los ciudadanos de la necesidad de oponerse a esta censura.
Resulta muy curiosa la lectura de algunos de los documentos generados con motivo de esta Semana de los Libros Prohibidos. De ellos pueden extraerse datos tan chocantes como que los libros de Harry Potter fueron denunciados en un condado de Georgia por "inducir a la prática de la brujería" y se propuso que se retirasen de las escuelas. Afortunadamente, un juez dictaminó que no era procedente. A lo largo de los años, los libros más frecuentemente denunciados -y prohibidos en determinados lugares- han incluido clásicos como El guardián entre el centeno, de Salinger, Las uvas de la ira, de John Steinbeck o Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. En el mapa que ilustra estas líneas pueden verse los lugares en que se han denunciado libros en el período 2007-2009.
Un buen propósito para esta semana: pon un libro prohibido en tu vida.