John F. Peto

John F. Peto
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viernes, 9 de febrero de 2024

DINOSAURIOS Y OTRAS CURIOSIDADES

Como le ha ocurrido a tanta gente, hubo una época en que viví fascinada por los dinosaurios. No sé bien si oí hablar de ellos por vez primera en la serie Los Picapiedra, con sus simpáticos dinosaurios domesticados -recuerdo bien uno que hacía las veces de aspirador- o si ya antes estos seres de fábula habían hecho irrupción en mi vida, quizás a través de enciclopedias o de algunas de aquellas series de cromos que aspiraban a convertirnos a todos los niños en coleccionistas. 


En cualquier caso, eran unos seres míticos: tan extraños, tan grandes y, sobre todo, tan extintos. Unas características que les conferían, al menos en mi imaginario, un aura casi mágica. Hasta llegué a aprenderme muchos de sus complicados nombres científicos, que eran ya de por sí evocadores: Triceratops, Iguanodonte, Diplodocus, Arqueopteryx, Tiranosaurios. Sigo acordándome de estos y muchos más.  

Aunque mi interés infantil por estos animales se fue desvaneciendo, de vez en cuando estas criaturas  iban reapareciendo en mi radar. Ray Bradbury me regaló un cuento maravilloso, El ruido de un trueno, en el que un safari en el tiempo acaba francamente mal por culpa de un tiranosaurio (el cuento se publicó originalmente en 1952, aunque yo lo leí bastante más tarde en castellano). Después de eso, Jurassic Park me pareció bastante decepcionante. 

Luego, gracias a la novela de Tracy Chevalier Las huellas de la vida  supe de  la existencia de dos mujeres apasionadas por los fósiles que a principios del siglo XIX y descubrieron uno de los primeros ejemplares de ictiosaurio (esto era antes de Darwin, por lo que el mundo científico se inclinó a dudar de que un animal así hubiese existido). Por cierto que los victorianos -precursores en tantas cosas- sintieron una singular atracción por estos "grandes lagartos fósiles" y con motivo de la primera Exposición Universal, celebrada en Londres en 1851, construyeron unas enormes réplicas de dinosaurios, tan grandes que incluso se podía entrar en ellas y tomar el té dentro. Insuperable. 

      El Crystal Palace, sede de la Exposición, al fondo,
 y los gigantescos dinosaurios en primer plano. Toma parque temático.

Pero, aparte de estos atisbos de esas "criaturas extraordinarias" (así se titula en inglés la novela de Tracy Chevalier, Remarkable Creatures) yo seguía anclada en mis recuerdos de infancia sobre ellas e ignorante de los últimos avances de la paleontología. Por eso puedo decir que una de las cosas más extraordinarias que me han ocurrido últimamente es enterarme de que los pájaros son dinosaurios. Al principio, pensé que se referían a que las aves descienden de los dinosaurios. Al fin y al cabo, en esta larga cadena de la evolución, todos descendemos de casi todos. Error. Como he podido saber gracias a un interesante y para mí esclarecedor ciclo de conferencias de la Fundación Juan March, las aves son dinosaurios, los únicos de su especie que no se extinguieron y siguen presentes desde aquellas lejanas eras geológicas. Recomiendo encarecidamente que las vean si sienten algún interés por el tema.

Me gustan los pájaros, disfruto de sus trinos, de su vuelo, de su colorido. Pero reconozco que hay a veces algo inquietante en ellos (Daphne du Maurier y Hitchcock supieron traducirlo muy bien). A partir de ahora, creo que miraré a las palomas con otros ojos. ¡Dinosaurios!




miércoles, 30 de mayo de 2018

FANTASMAS EN LOS LIBROS

Ulises intenta, vanamente, atrapar el espíritu de su madre
(Jan Styka, 1902; gracias a El infierno de Barbusse por la ilustración)

Las apariciones de seres fantasmagóricos en las obras de ficción son tan antiguas como la propia literatura, si no más. El propio Ulises hace una visita al reino de los muertos, donde le es dado contemplar el espíritu de su madre, quien le confirma que una vez destruido el cuerpo "sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela por un lado y por otro". Estos espíritus de la Odisea, sin embargo, se hallan confinados en el Hades. Pero la idea de que el alma, en su levedad, puede escapar de los condicionantes de tiempo y espacio a los que estamos atados los mortales es demasiado atractiva como para no ser utilizada. Las leyendas que se cuentan al amor de la lumbre atemorizan desde hace siglos a sus oyentes con historias de muertos que, convertidos en fantasmas, rondan a los vivos exigiendo tal vez venganza, tal vez simplemente volver a una vida que dejaron demasiado pronto. El teatro -basta recordar el fantasma del padre de Hamlet- hizo buen uso de estos seres, que podían aparecer y desvanecerse a voluntad. La novela gótica, tan amante de lo siniestro, de lo oculto, de causar escalofríos, no se quedó atrás. Difícil encontrar una que se precie que no recurriese a ellos. El viento que azota los páramos de Yorkshire envuelve a los fantasmas de Cumbres borrascosas, igual que el desván del internado belga que acoge a la inocente Lucy Snowe de Villette esconde -¿tal vez?- a una monja fantasmal.  

En Villette, la obra de Charlotte Brontë, la protagonista
 ve -o cree ver- el fantasma de una monja


Dickens, poco crédulo en su vida privada -aunque se sintiese atraído por esos fenómenos, curiosidad que le llevó a hacerse socio del London Ghost Club, una de las primeras sociedades para la investigación de lo paranormal, fundada en 1862- comprendía muy bien el interés del público por aquellos seres y escribió uno de los cuentos de fantasmas más famosos -y menos terroríficos, dicho sea de paso- de su época, el Cuento de Navidad en que el avaro Scrooge es atormentado por los fantasmas hasta que decide enmendarse. Dickens no podía evitar ponerle a todo su granito de humor y hasta sus fantasmas tienen un lado cómico.




La popularidad de estas historias, que los victorianos y eduardianos devoraban con fruición, podría parecer paradójica a la luz de los avances tecnológicos de la época. Pero a la vez estos avances -que  los más ignorantes debían de considerar casi mágicos- reforzaban la creencia en mundos paralelos: si era posible, a través de unos golpecitos (código Morse) comunicarse con lugares remotos, ¿por qué no iba a ser posible (como proponían las hermanas Fox, inventoras del espiritismo), comunicarse del mismo modo con los seres del más allá? Si uno puede llevar en el bolsillo el retrato de alguien que vive a miles de kilómetros de distancia, ¿por qué no debería ser factible fotografiar los espíritus de los difuntos? Hoy, tal vez, la creencia en fantasmas es menos común, como menos ubicuas son sus apariciones literarias, aunque eso no sea obstáculo para que muchos lectores sigamos devorando con entusiasmo las inquietantes historias de Sheridan Le Fanu o de M. R. James. 
Aparte de estos fantasmas, fruto de la imaginación de sus autores, los amantes de los libros viejos creemos en otros, que nos parece palpar entre las páginas amarilleadas de los volúmenes antiguos: como dice Jordi Llavina en un artículo, "poseer un viejo libro significa también mantener relación con el fantasma de sus antiguos propietarios". Son estos unos fantasmas benéficos, que sin duda agradecen que alguien vivo comparta esa lectura que ellos disfrutaron años atrás. Abrir un libro antiguo, tocar las hojas que palparon antes que nosotros los dedos de una señora con crinolina o un caballero de largos mostachos nos proporciona un vínculo con ellos. Se diría que estos lectores ya desaparecidos nos tienden la mano desde el más allá. Decididamente, los fantasmas existen, y están en los libros.  

lunes, 5 de febrero de 2018

LOS TRENES Y LA LECTURA



Una de las mayores ventajas de viajar en tren es que nos brinda un rato propicio a la relajación y a olvidarnos del resto del mundo (o así era, al menos, antes del advenimiento de los móviles). Mientras nos hallamos en tránsito, ni aquí ni allí, cómodamente arrellanados en nuestra butaca, podemos decidir en qué vamos a emplear ese espacio de tiempo vacío: dormitar, admirar el paisaje, hacer crucigramas o sumirnos en la lectura. Diríase que la alternativa de darle palique a los otros viajeros, ese recurso tan utilizado en las novelas, ha caído en desuso, junto con la tradicional fiambrera y chorizo del pueblo que ya nadie lleva consigo. Es más, ahora que tantas de nuestras ciudades están unidas por cómodos y raudos AVE, corremos el riesgo de llegar a nuestro destino sin haber podido terminar el crucigrama. 
Antes de la era del ferrocarril -un par de fechas para que se sitúen: en Gran Bretaña, la primera línea regular de pasajeros, entre Liverpool y Manchester, se inauguró en 1830; en España, el primer trayecto en tren (Barcelona-Mataró) se realizó en 1848- tanto confort era impensable. Los coches de caballos, las diligencias o las tartanas, el transporte terrestre más habitual, transitaban por caminos irregulares y, a menudo, en muy mal estado, de modo que los sufridos viajeros, zarandeados durante todo el trayecto, se conformaban con no llegar del todo molidos. Por supuesto, nada de leer durante el viaje, el bamboleo lo hacía inviable. El ferrocarril, pues, abrió nuevos horizontes. No sólo trajo una inusitada libertad de movimientos -el duque de Wellington manifestó su preocupación de que los trenes "animarían a las clases bajas a deambular sin objetivo fijo por todo el país"; ¡si nos viera ahora!-, sino que inauguró una nueva tendencia: leer en el tren. George Routledge, un editor con mucha vista, decidió explotar este filón creando una "Railway Library", libros baratos, de tapa blanda, que se podían adquirir a precios módicos en las propias estaciones (los quioscos donde se vendían eran propiedad de otro emprendedor comerciante, W. H. Smith, que con ellos puso los cimientos de un imperio en la venta de libros que ha perdurado hasta nuestros días).

El dibujo de la portada no deja lugar a dudas.
Ahí está todo: las vías, el tren, e incluso el quiosco



Con el tiempo, la presentación de estos volúmenes se fue 
sofisticando. Este último es de 1893.

Una idea brillante, que conquistó de inmediato al público. Al principio se limitaba a ofrecer novelas ya populares -sólo que a precios asequibles-, como las de Bulwer-Lytton (¿recuerdan Los últimos días de Pompeya?), pero el éxito pronto le llevó a ampliar su selección. En las estaciones se podía encontrar de todo, desde los poemas de Lord Byron hasta ediciones baratas de Shakespeare, junto a novelitas románticas o góticas. Durante un periodo de cincuenta años, se publicaron más de mil doscientos títulos en este formato. A las novelas tradicionales se les añadieron las selecciones de textos creadas específicamente para leer en el tren, como The Railway Anecdote Book (aparecido en 1850) o las Selections in Prose and Verse and Readings for Railways, de Leigh Hunt (1854). Además, la popularización del ferrocarril trajo consigo otro tipo de publicaciones, menos previsibles. Para disfrutar de la libertad que proporcionaba este nuevo medio de transporte, los viajeros debían aceptar una limitación: había que atenerse a unos horarios. Los de las diligencias eran, por necesidad, aproximados. Era imposible saber exactamente cuánto iba a durar el trayecto y, así, los folletos que los anunciaban estaban llenos de vaguedades como "el viaje dura unos dos días" o "la llegada será, Dios mediante, antes de la puesta del sol"... Con los trenes, en cambio, los horarios fijos se volvieron esenciales. Como esencial era que todas las localidades emplearan los mismos parámetros temporales, cosa que antes no sucedía: cada localidad se regía por la hora solar, que variaba según ésta se encontrase más al este o al oeste. Finalmente, hubo que llegar al acuerdo de que todos los trenes adoptarían el horario de Londres (aunque hasta 1884 no se pactó en una conferencia internacional en Washington que el de Greenwich se convertiría en el meridiano cero). En consecuencia, para que los viajeros estuviesen avisados y supiesen a qué atenerse, comenzaron a aparecer horarios de trenes impresos. En 1840 se publicaron los primeros y, pocos años después, casi todos los hogares de clase media disponían de un ejemplar del famoso Bradshaw's.




La importancia de estas relaciones de horarios queda patente en la frecuencia con que las novelas de la época hacen referencia a ellos. Si leen con atención el Drácula de Bram Stoker (publicado en 1897), verán como Mina Harker -paradigma de la mujer moderna- es admirada por sus compañeros por su conocimiento de dichos horarios, cuyo estudio le permite además resolver algunos de los problemas de la trama. El doctor Watson, el ayudante de Sherlock Holmes, también es un buen conocedor de estos horarios y ambos investigadores utilizan con frecuencia el tren para realizar sus pesquisas.
Desde entonces, la relación de los trenes con la literatura ha sido siempre abundante. Sin rompernos la cabeza, podemos citar al menos una docena de obras que transcurren en un tren o en las que los trenes juegan un papel relevante, desde Extraños en un tren de Patricia Highsmith a Humo de Turgénev; de Asesinato en el Orient Express, de Agatha Christie, a El viejo expreso de la Patagonia, de Paul Theroux, sin olvidar, claro, a Anna Karénina. El tren nos transporta, así, en más de un sentido. ¿Habrá algo más libresco que leer una novela sobre trenes en un tren?



martes, 23 de enero de 2018

LEER POR SUSCRIPCIÓN


Tenemos tendencia a imaginar que la forma actual de organización de la mayoría de actividades humanas es la misma que ha prevalecido durante siglos. Damos por supuesto que ciertos adelantos han modificado algunas costumbres -ahora podemos comprar por internet, sin necesidad de desplazarnos a una tienda física, o volar al otro extremo del globo en pocas horas, realizando travesías impensables dos siglos atrás-, pero muchos otros cambios en los usos cotidianos han caído en el olvido. Hablando de la lectura -y olvidándonos por un rato de la ya cansina discusión entre las bondades respectivas del libro físico y el digital-, un poco de investigación en la historia de la comercialización de los libros revela que nuestros antepasados conocían una forma de acceder los libros que ya no existe, la lectura por suscripción. Hoy, si nos apetece estar al día de las últimas novedades editoriales, tenemos básicamente dos opciones: acudir a una librería y hacernos con ellas (previa adquisición de los libros en cuestión) o ir a la biblioteca y tomarlas prestadas sin cargo alguno (suponiendo que se trate de una biblioteca bien abastecida y que renueve regularmente su fondo). Sin embargo, antes de que se generalizasen las bibliotecas públicas abiertas a todo el mundo (un avance en realidad bastante reciente), los lectores victorianos disponían de otra salida: suscribirse a una biblioteca circulante, que por una cantidad anual permitía a sus socios hacerse con todos los libros que deseasen. Se calcula que a principios de la década de 1830 existían más de mil bibliotecas circulantes en Gran Bretaña, que se ocupaban de satisfacer los gustos lectores de todos los estratos sociales, desde los trabajadores que recurrían a ellas para completar su educación hasta las clases acomodadas que en los libros buscaban simple entretenimiento. De hecho, aunque la creciente mecanización de los procesos editoriales -composición, impresión, fabricación del papel- había abaratado los libros y los había hecho más accesibles, seguían representando un dispendio considerable para la mayoría de los asalariados. En 1828, la revista Atheneum, en su primer editorial, afirmaba que "ningún inglés de clase media compra libros". Y quien se ocupó de abastecer a estos lectores de clase media, sobre todo, fue un hombre avispado y lleno de iniciativa empresarial: Charles Edward Mudie.


Charles E. Mudie (1818-1890)

Propietario de una papelería, hacia 1842 Mudie se apuntó a la moda ya entonces en boga de prestar libros a sus clientes. Por una guinea al año, sus parroquianos podían tomar prestado un libro tras otro. (Pero sólo uno a la vez; el precio se incrementaba si uno quería hacerse con más. Vaya, como hoy con las suscripciones "Premium".) Mudie supo sacar ventaja de una característica que tal vez los lectores actuales de novelas del XIX hayan advertido: la mayoría se publicaban en tres volúmenes (de ahí que suelan estar divididas en tres partes, baste recordar las de Jane Austen), y la suscripción daba derecho a tomar prestado "un volumen" cada vez; de modo que tres suscriptores podían estar leyendo simultáneamente la misma novela. Pero además, Mudie insistía en la calidad de sus productos; los libros con los que comerciaba eran ediciones bien impresas, y su biblioteca poseía un fondo amplio y variado: poesía, historia, biografía, viajes, tratados morales y religiosos y, por supuesto, las más recientes obras de ficción. Este énfasis en tener sólo "lo mejor" se extendía al contenido de las obras que prestaba; Mudie garantizaba que en su "selecta" biblioteca vetaba cualquier libro inmoral. Si algo llevaba el sello de Mudie's, lo podía leer toda la familia. El imperio de Mudie creció y creció, cada vez compraba más libros para sus ávidos lectores, hasta el punto de que él sólo llegó a poder garantizar el éxito (o fracaso) de una novedad. Así, por ejemplo, los 2.500 ejemplares que adquirió de la primera novela de George Eliot, Adam Bede, ayudaron a lanzar a esta escritora. En 1858, la biblioteca de Mudie compraba 100.000 ejemplares al año; tres años después ya eran 180.000. En 1860, necesitando un local mayor, erigió un nuevo e imponente edificio en Londres, y disponía de sucursales en Birmingham y Manchester. También servía a sus clientes por correo. 


La sede de Mudie's en New Oxford Street

La influencia de Mudie's se puede rastrear aun en las novelas de la época, que la mencionan. Por ejemplo, en El hombre invisible, de H.G. Wells, su protagonista  se topa con una mujer que sale de Mudie's "llevando cinco o seis libros" y Virginia Woolf también hace referencia a la biblioteca de Mudie en su obra El cuarto de Jacob. El floreciente negocio de Mudie -que, por cierto, contaba con muchos competidores- fue declinando con la llegada de las ediciones económicas y las novelas por entregas, así como por el progresivo establecimiento de bibliotecas públicas y gratuitas, hasta desaparecer en la década de 1930. No obstante, durante cerca de un siglo, una gran parte del público lector británico se acostumbró a leer por suscripción. Algo así como lo que hacemos ahora con los productos audiovisuales, o con la música, suscribiéndonos a Netflix o a Spotify. Bien pensado, sospecho que hasta Amazon, con su servicio de kindleunlimited, ha decidido emular al señor Mudie. Si es que todo vuelve. 



viernes, 3 de enero de 2014

CUATRO CLÁSICOS DE REGALO

Tal como están los tiempos -intentan convencernos de que en 2014 nadaremos en la abundancia, pero si los sueldos han bajado y los costes de los servicios básicos han subido, cuesta  ver cómo vamos a lograrlo-, nos podemos permitir pocos caprichos. ¿Regalos? Los imprescindibles (una se encuentra comprando artículos tan poco glamurosos como útiles). ¿Autorregalos? Impensable, la austeridad manda. Pero, vamos, ¿a quién no le hace ilusión regalarse un nuevo libro para Reyes? Existe sin embargo una solución satisfactoria y, sobre todo, gratuita: acudir a Project Gutenberg, ese inmenso repositorio de libros en dominio público, conseguido gracias a la generosidad y el esfuerzo colectivos (parece que ya nada funciona si falla eso). Si se toman la molestia de darse un paseo por su web, verán que hay cientos de obras en español, tanto de autores hispánicos como traducciones (antiguas, por supuesto) de autores extranjeros. Inevitablemente, sin ningún criterio de orden más que el alfabético, lo que dificulta bastante la búsqueda. Pero no teman, en plena euforia de espíritu navideño, me he tomado la molestia de realizar yo esa fatigosa tarea. Como resultado, les propongo cuatro clásicos de grandes autores. Unas obras que se pueden descargar gratuitamente sin mala conciencia.
 
-Empecemos por el más desconocido de los cuatro, pero no por ello menor, o menos clásico: Los espectros, de Leonid Andréyev. Se trata de una recopilación de novelas breves de este autor que en su momento se medía con los grandes, entre ellas la que da título al volumen ( y que pueden encontrar en una edición más moderna, publicada por Acantilado, si sus finanzas se lo permiten). La versión gratuita, sin embargo, tiene el encanto de ser contemporánea al autor (muerto poco después de finalizar la Primera Guerra Mundial), de quien una breve introducción habla en estos términos:
 
Leónidas Andreiev, uno de los más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa.
 
 
 
-Seguimos con otro clásico, esta vez italiano, Federico De Roberto. Quizás algunos hayan oído hablar de su gran novela, Los virreyes, que se considera en cierto modo precursora de El gatopardo. Sin embargo, la que les ofrezco como regalo no es ese novelón, sino un libro más breve y más curioso: Espasmo. Publicada en 1897, la edición en lengua castellana que se nos ofrece es de 1909. Se trata de una intriga que tiene algo de político, algo de novela de costumbres pero, sobre todo, mucho de novela de investigación y de drama judicial.



-A continuación, un francés: Alexandre Dumas. No les voy a proponer ninguna de sus novelas de aventuras -aunque bien merecerían la pena-, sino algo menos visto: Amaury, una historia típicamente romántica. Emociones, temblores, desmayos; jovencitas que bordan en un salón vigiladas por su institutriz; jóvenes lechuguinos que se distraen con sus queridas mientras esperan caer en brazos del "verdadero" amor... Pero Dumas no sería Dumas si detrás de esta novela aparentemente sentimental no hubiese una tesis: "¿es posible morir de amor?" (pregunta romántica donde las haya). Bien, sin ánimo de desvelar demasiado, diremos que el amor que mata no es precisamente el que se esperaría.
Si son ustedes irreductibles del papel, existe también en esta versión, aunque advierto que la traducción es la misma.



-Por último, una novela atípica de un insigne autor británico. Pensar en Sir Arthur Conan Doyle equivale las más de las veces a evocar a Sherlock Holmes. Pero Mr. Doyle escribió también otro tipo de obras, como la que nos ocupa, La Guardia Blanca, novela histórica de la que se dice que Doyle la tenía en más alta consideración que sus aventuras de Holmes. Seguramente, ha resistido peor el paso del tiempo que estas últimas, pero para nosotros tiene el interés añadido de que transcurre en España, pues se desarrolla entre 1366 y 1367, en el marco de la campaña de Eduardo, el Príncipe Negro, para restaurar a Pedro el Cruel en el trono del reino de Castilla.

Claro que existe también una
versión en papel.
Si los Reyes vienen boyantes.

Así pues, ahora que se acercan los Reyes Magos, no hay excusa para quedarse sin regalo. ¡Que los disfruten!

martes, 12 de febrero de 2013

DICKENS Y LOS SUCESOS VICTORIANOS


Gracias a la digitalización -y a la dedicación de un grupo de personas y entidades-, publicaciones de hace un siglo y medio, que sólo se encontraban en ciertas bibliotecas y aún así tenían el préstamo restringido, dada la fragilidad de su estado, están ahora al alcance de todos. Me refiero concretamente al proyecto de Dickens Journals Online, un hercúleo esfuerzo emprendido por la Universidad de Buckingham para digitalizar, transcribir e indexar toda la obra periodística de Dickens. Que es realmente voluminosa. Como ustedes saben, el hiperactivo Dickens no se conformó con escribir novelas, cuentos y alguna obra de teatro, amén de hacer exitosas giras de conferencias, sino que, a partir de 1850, se convirtió en el editor y uno de los principales articulistas de una serie de revistas periódicas que comenzaría con Household Words y terminaría con All the Year Round. Dickens, único responsable de la línea editorial de estas publicaciones, que supervisaba personalmente (da vértigo preguntarse cómo lograba hacer tantas cosas) se sirvió de este medio no sólo para serializar algunas de sus novelas -y las de otros autores, como Wilkie Collins o Elizabeth Gaskell- sino también para hacer campaña en favor de las mejoras en vivienda, educación y condiciones de trabajo que tan necesarias consideraba. Dickens se dirigía aquí no a los trabajadores, sino a la clase media, que era el público objetivo de estas revistas  (su precio no era precisamente barato). Para los estudiosos de Dickens, constituyen una especie de registro de las ideas políticas del autor, pues plasman sus opiniones en torno a una serie de aspectos como las clases sociales, el racismo, el género o el imperialismo.


Con tantas facilidades, y tantos materiales a nuestra disposición, es difícil resistirse a echarles un vistazo. Una primera zambullida en estos archivos ha dado sus frutos: la innegable huella dickensiana en la sección de sucesos de Household Words. No hay que olvidar que estas publicaciones no eran estrictamente literarias, sino que pretendían reflejar también la actualidad sobre temas muy diversos. Y, cómo no, contaban con una detallada sección de sucesos. Algunas de estas reseñas se leen como verdaderas novelas dickensianas en miniatura. Vean por ejemplo el relato de las circunstancias que precedieron al homicidio de una mujer por su esposo:

"El prisionero [se trata del acusado] y su mujer vivían en una habitación situada en el piso más alto de una casa de Russell Square; pero pasaban grandes privaciones debido a que él estaba sin empleo y a su afición por la bebida. Discutían a menudo y el 6 de diciembre, ellos dos y Mary Ann Coney, hermana de su mujer, estaban tomando un desayuno procurado gracias a seis peniques que les habían prestado, cuando el prisionero le lanzó un epíteto malsonante a su esposa. Ella respondió que, si merecía tal nombre, él estaba comiendo el producto de la conducta que la hacía merecedora de él, a lo que él le arrojó una cucharada de té caliente a la cara y ella a cambio le tiró por encima una taza entera."

Una escena digna de una obra de teatro. El artículo continúa, explicando con todo detalle las circunstancias que condujeron a la posterior paliza que el acusado infligió a su mujer, a consecuencia de la cual ésta cayó y se golpeó la cabeza, una herida que le causaría la muerte. Violencia de género, le llamaríamos ahora. A pesar de que la defensa adujo que el hombre había sufrido una "grave provocación" debido a los hábitos de suciedad y pereza de la esposa, salió condenado. Claro que la pena fueron sólo dos meses de reclusión.
Ese mismo número nos relata el asalto de una criada por parte de su señor. La grave herida que le produjo tuvo como consecuencia una multa de cinco libras. Y está asimismo la estremecedora historia de la criada, madre de un hijo bastardo, que tras hacer durante varios años ímprobos esfuerzos por pagar su manutención a la pareja que lo cuida -hay ahí un eco clarísimo de la Fantine de Los Miserables, Victor Hugo no inventaba nada-, cuando se lo devuelven (se le había acabado el dinero) opta por matarlo y enviarle el cadáver por correo a su hermana, para que ésta le dé cristiana sepultura.


Salta a la vista que con sus crónicas de sucesos -que ponen el acento en las terribles condiciones en que viven los más pobres y débiles, más que en los delitos que estos puedan haber cometido- Dickens hace no sólo una radiografía de de su época, sino también una claro alegato por una sociedad mejor. Inevitable pensar que nos haría mucha falta un Dickens capaz de despertar conciencias y denunciar abusos con tanta efectividad.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

ENCUENTRO BLOGUERO: ARNOLD BENNETT

¿Arnold Bennett? ¿Quién es ese señor? ¿Y por qué un "encuentro bloguero"? ¿Qué quiere decir eso y para qué sirve? Sí, soy consciente de que deben estar haciéndose estas preguntas y probablemente muchas más. Intentaré responder al menos a algunas de ellas..  
No somos demasiados, creo yo, los que conocemos algo de la obra de Arnold Bennett -poco traducida en nuestro país, hasta ahora- y de ellos quizá sólo una minoría compartimos el entusiasmo por sus escritos. Pero los organizadores de este encuentro pensamos que a poco que otros se animen a leerlo, se sumarán a  él. Y de eso va el encuentro: se trata de comentar, debatir, hablar, compartir, criticar, reseñar o cualquier otra cosa que se les ocurra en torno a la figura y la obra de este escritor tan desconocido pero tan estimulante. Baste decir que, además de numerosas novelas, es autor de artículos y ensayos de corte práctico -como el titulado Cómo vivir con veinticuatro horas al día-, así como ingeniosos opúsculos, entre ellos Journalism for Women: A Practical Guide, del que traigo como muestra un fragmento, para que se hagan una idea:

"La vida (dice el público) es aburrida. Pero los buenos periódicos son reportajes de la vida, y los buenos periódicos no son aburridos. Por eso mismo, el periodismo es un arte: es el arte de prestar a personas y acontecimientos intrínsecamente aburridos un interés que en realidad no les pertenece. Ésta es una profunda verdad. Si alguien lo pone en duda, que asista a un debate en la Cámara de los Comunes y compare sus impresiones de la velada con las impresiones que proporciona la crónica parlamentaria en su diario a al mañana siguiente. La diferencia le parecerá casi milagrosa."

Les dejo algunos enlaces a su biografía, a la Arnold Bennett Society y a las obras originales (que se pueden bajar gratis de Project Gutenberg) de este autor, así como una curiosa reseña del papel que tuvo Bennett en la Primera Guerra Mundial. Verán, verán como es interesante...

Lo que nos proponemos es sencillo: el día 27 del próximo mes de marzo (cuando se conmemora el fallecimiento del autor) un numerosísimo grupo de blogs y bitácoras colgará en la red un post o una entrada comentando algún aspecto relacionado con la literatura, la época o la figura de Arnold Bennett. Nuestro escritor es tan polifacético que incluso podrían participar bloggers gastronómicos: en el lujoso hotel Savoy de Londres siguen ofreciendo a sus clientes la omelette Arnold Bennett, porque fue él quien la inventó... Es preciso señalar que este proyecto no responde a intereses editoriales o pecuniarios de ningún tipo y, si algo pretende, además de promover la figura de Arnold Bennett, es tender una red de blogs literarios que entablen una relación de comunicación y análisis que vaya más allá de la triste redacción solitaria e ignorada. Para ello,  se habilitará una página específica independiente y anónima en la que se irán colgando todos los links referidos a este proyecto.
De momento, participamos en él los siguientes blogs: La amena biblioteca de Redfield Hall, Leo en el océano, Calidoscopio, Meliora Latent y Las luciérnagas no usan pilas, además de estas Notas para lectores curiosos. Pero no nos cabe duda de que engrosaremos la nómina notablemente, y confiamos en poder contar con una amplísima red de blogs literarios para cuando llegue el día señalado.
En este proyecto no hay derecho de admisión y todos serán bien recibidos. ¿Quién se anima?

La Arnold Bennett Omelette, por si a alguno
le entra hambre...
Prometemos facilitar la receta.

 

martes, 21 de agosto de 2012

LAS PEORES FRASES DE INICIO

No hay manual del escritor que no subraye la importancia de una buena frase inicial. Creo que todos nos sabemos de memoria alguna frase inicial, como la de "La heroica ciudad dormía la siesta..." o "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un mosntruoso insecto" (excluyo deliberadamente aquello de "En un lugar de la Mancha...", que les suena hasta a los que nunca han leído un libro). Incluso hay juegos basados en ello. Claro que si el resto de la obra no está a la altura, la frase inicial no sirve de gran cosa, no importa cuanto se haya esforzado el escritor en ella. Pero muy a menudo va todo de la mano e, igual que una buena novela tiene un buen comienzo, una mala delata ya su calidad desde las primeras líneas.
Los americanos, tan dados a inventarse competiciones de todo tipo, tienen también una competición de primeras líneas. No se trata, sin embargo, de elegir las mejores frases iniciales, sino las peores. Patrocinado por el departamento de Inglés de la californiana San Jose State University, el concurso lleva el nombre de Bulwer-Lytton  el otrora popularísimo autor victoriano que entre otras muchas obras escribió novelas históricas como Los últimos días de Pompeya (un auténtico temazo, el de la erupción del Vesubio, eso hay que reconocérselo). Salvo por las adaptaciones al cine de esta obra -ha habido varias-, casi nadie recuerda la obra de este ilustre victoriano.


Si alguien no lo remedia, parece que por lo que realmente va a pasar a la posteridad, al menos en el ámbito anglosajón, es por las primeras líneas de su novela de 1839, Paul Clifford, que comienza así:

“It was a dark and stormy night; the rain fell in torrents — except at occasional intervals, when it was checked by a violent gust of wind which swept up the streets (for it is in London that our scene lies), rattling along the housetops, and fiercely agitating the scanty flame of the lamps that struggled against the darkness.”

[Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), repiqueteando en los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.]

Un inicio exagerado y lleno de redundancias, pero en verdad no peor que tantos otros. Sólo que esas primeras palabras son las que adoptó el creador de los Peanuts, Charles M. Schulz, como inicio de la novela que Snoopy escribe sin cesar en su máquina (y nunca llega más allá...). Eso, más que otra cosa, fue lo que inmortalizó esta frase.


Por si a alguien le interesa y quiere echar unas risas, acaban de anunciarse los ganadores de la edición de 2012 de este concurso. Sin embargo, a mi modo de ver el concurso presenta un fallo esencial: se trata de frases creadas expresamente para participar en él, de modo que el autor sólo tiene que exprimirse el cerebro durante unas pocas líneas. El mérito de verdad -si es que se puede llamar así- consiste en mantener ese nivel de prosa ridícula a lo largo de toda una novela... Duro, pero no imposible. No me gusta señalar, pero a la vista están tantos ejemplos que corren por ahí.

domingo, 18 de marzo de 2012

EMMA PARA TODAS LAS OCASIONES

Mi recomendación de hoy no es original ni novedosa. Es un clásico de la más clásica de las autoras británicas, un libro que la mayoría de mis lectores sin duda ya conoce. Otros, quizás, han oído hablar tanto de él que creen que ya saben suficiente; no es necesario leerlo. Error. Es probablemente la más madura de las novelas de Austen, quien la escribió a la edad de 39 años, y sería la última de sus obras en ver la luz antes de su muerte (Persuasión y La abadía de Northanger se publicarían póstumamente). En ella, por primera vez Austen retrata a una protagonista que no tiene problemas económicos, que no necesita conseguir un marido con fortuna para salvarse del triste destino de las solteronas sin medios. Además de rica y hermosa, Emma es un tanto mimada y caprichosa, y no siempre sus decisiones son gobernadas por el buen sentido. El lector, acostumbrado a sentir empatía por las anteriores heroínas austenianas, no puede evitar sentir cierta impaciencia para con Emma: ¿quién le mandará a esta chiquilla caprichosa meterse a casamentera? y, encima, hacerlo todo al revés. Por suerte, Emma es inteligente, y tiene buen corazón, de modo que aprenderá de sus errores y, al fin, encontrará incluso el amor. No podía ser de otro modo.
También hay un motivo sentimental para esta recomendación. Emma fue la primera novela de Jane Austen que leí, y la que me enganchó sin remedio al universo austeniano. Tampoco esto es original, sin duda, pero imprime carácter. Desde entonces, la he releído quizá un par de veces, con el mismo placer -o más: la buena literatura gana con las relecturas- que la primera. Me gusta en especial esta edición de Alba Editorial, por su vistosa y original cubierta (igual de impactante que la de su edición en tapa dura de David Copperfield con ese maravilloso cocodrilo, un motivo que lamentablemente no se ha repetido en la edición de bolsillo) y las ilustraciones de época. Una presentación de altura que hace justicia a su contenido.


Ahora que no me separo de mi Kindle, una de las primeras cosas que he hecho es descargarme Emma junto a algunas obras de P.G. Wodehouse. Así pertrechada, me siento preparada para desafiar cualquier sala de espera, desde la del dentista hasta el aeropuerto, con ánimos renovados.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL HOLMES DE BARCELONA: UNA HISTORIA DETECTIVESCA

Sherlock Holmes, nuestro detective favorito, continúa generando adaptaciones, secuelas, copias, pastiches y homenajes diversos 125 años después de su creación. Es también uno de los personajes de ficción que más veces han sido llevados a la pantalla, la más reciente (o quizás la penúltima, resulta difícil mantenerse al día cuando la producción es tan abundante) la original pero no obstante muy fiel al espíritu holmesiano serie de la BBC. Sin embargo, el mundo holmesiano no deja de darnos sorpresas. Recientemente, el blog El testigo ocular se hacía preguntas en torno a un presunto Sherlock Holmes barcelonés. No se trataba de que Baker Street se hubiese mudado al Paseo de Gracia, sino que había tenido noticia de unas novelas sobre este detective, bastante infames por cierto, publicadas en Barcelona. Reproduzco aquí lo que Ellery Queen, en su The Misadventures of Sherlock Holmes, dice acerca de ellas:

Hemos omitido también (esta vez sin pesar) la traducción de alguno de los numerosos pastiches de “Sherlok Ol-mes” malparidos, por así decir, en las fábricas de literatura barata de Barcelona. Fueron escritos por periodistas anónimos y difundidos a través de los países de habla hispana del mundo.

Los datos sobre tan peculiar especimen eran muy pocos, y el autor del blog, Luis Manuel Ruiz recababa informaciones al respecto. Los holmesianos no podemos -lógicamente- resistir la tentación de desvelar un misterio, y por fortuna mis pesquisas dieron algún fruto: la base de datos de la Biblioteca de Catalunya desveló la existencia de una serie de setenta y cuatro volúmenes, publicados hacia 1910 por F. Granada y C. A partir de ahí, las pesquisas de El testigo ocular le llevaron a averiguar que el origen de este Holmes editado junto al Mediterráneo era nada menos que berlinés. Un poco escrupuloso editor germano publicó, aún en vida de Conan Doyle, una larguísima serie de aventuras apócrifas de Holmes, en las que Watson se retira y el detective adquiere un nuevo ayudante, entre otras muchas barbaridades. Que la serie se mantuviese durante tan largo tiempo, a pesar de su escaso parecido con las auténticas aventuras de Sherlock, y que fuese además traducida a otros idiomas demuestra que los atentados a la propiedad intelectual vienen de lejos. Y que, ni antes ni ahora, resulta nada fácil atajarlos. También, que la popularidad de Holmes era arrasadora ya hace un siglo. Por último, last but not least, esta historia demuestra que la curiosidad es la madre del conocimiento. Pero esto ya lo sabíamos todos los curiosos.

Ya que hablamos de un Sherlock barcelonés, aprovecho para informar que, según he podido saber, para el próximo Salón del Cómic se prepara el lanzamiento de unas aventuras gráficas de este detective tituladas  Sherlock Homes, la conspiración de Barcelona, de Sergio Colomino y Jordi Palomé. Vean ustedes mismos un resumen de su argumento, que no sé si será muy holmesiano, pero sí que parece muy barcelonés.

Ilustración del cómic Sherlock Holmes, la conspiración de Barcelona



domingo, 4 de marzo de 2012

UN MANUSCRITO DE CHARLOTTE BRONTË


En el mundo brontëniano ha causado cierta conmoción el descubrimiento -o redescubrimiento, como veremos más adelante- de un manuscrito de Charlotte Brontë. ¡Y en francés! Se trata nada menos que del que se cree fue el primer ejercicio que la futura autora escribió para Constantin Heger cuando este era su profesor de francés en Bruselas y cuenta la historia de una rata ingrata, siguiendo el modelo de las fábulas de La Fontaine. Si alguien quiere conocerla íntegra, la London Review of Books la brinda en versión francesa e inglesa, además de en un podcast. Como saben bien todos los brontënianos de pro, este mismo M. Heger fue el amor no correspondido de Charlotte, una decepción amorosa que luego ella utilizó para su novela Villette, convirtiendo a Heger en el joven (y soltero: Heger tenía una omnipresente mujer y cinco hijos) profesor Paul Emanuel. En esta versión de la historia, Emanuel sí que se enamora de Lucy, la heroína, aunque no hay propiamente un final feliz (inoportunamente, Paul es requerido para hacerse cargo de unas propiedades en las Indias Occidentales y parece que muere en el viaje de regreso). Lo que me ha llamado la atención no es el descubrimiento en sí, sino más bien los caminos que estas páginas han debido recorrer para llegar hasta nosotros. Como he comentado otras veces, estremece pensar la cantidad de obras maestras que deben de haberse perdido, a juzgar por lo fácil que resulta que los manuscritos se desvanezcan. La cuestión es que, en 1913, Paul Heger donó las unicas cuatro cartas de Charlotte que su padre conservaba -las que ella le escribiera debieron ser bastantes más- al British Museum, al mismo tiempo que se publicaban en el Times, provocando gran sensación. Raoul Warocqué, por aquel entonces uno de los hombres más ricos de Bélgica y ávido coleccionista de casi cualquier cosa, quiso comprarle a Paul algún manuscrito de Charlotte y, a falta de cartas, este le ofreció el de esta fábula, junto con copias de las cartas donadas al British. A su muerte, acaecida en 1917, Warocqué legó su palacio de Mariemont y sus fabulosas colecciones de arte y manuscritos al estado belga, ya que no tenía herederos directos. Pero, de algún modo, este manuscrito se extravió y no volvió a saberse de él. Recientemente, el archivista Brian Bracken, que trabaja en una biografía del hermano de Heger (nota mental: averiguar si es que este Vital Heger tiene algún interés per se o si sólo se ha fijado en él por ser hermano de Constantin; esto último me parecería excesivo), decidió buscar en los archivos del Museo Real de Mariemont  alguna mención a este personaje e inesperadamente dio con este manuscrito.  Claro que anteriormente la rata ingrata ya había sobrevivido a otro peligro: el palacio de Mariemont, donde se conservaban todas las colecciones de Warocqué, resultó destruido por un incendio en 1960. Así pues, es cierto que su redescubrimiento tiene algo de milagroso.

Acuarela de la Rue d'Isabelle, donde estaba el pensionado de Heger,
 en 1894. La calle fue demolida a principios del siglo XX.

domingo, 19 de febrero de 2012

DICKENS, ÍDOLO DE MASAS

Dickens durante una lectura pública en 1867
Dickens no sólo era excepcional en su habilidad para crear personajes y mundos de ficción, sino que también demostró una gran visión como promotor de su obra (un genio del marketing dirían hoy día), que le llevó a convertirse en un verdadero ídolo de masas. No exagero. Si las sucesivas entregas de las novelas de Dickens eran capaces de mantener en vilo a cientos de miles de personas -se calcula que la entrega 44 de La tienda de antigüedades, en la que Dickens narraba la muerte de la pequeña Nell, fue leído por medio millón de personas-, sus lecturas públicas llegaron a causar auténtico furor, con entradas agotadas y especulación en la reventa incluida. Su éxito se debía, en parte, a la gran popularidad que habían alcanzado sus novelas, pero más que nada a la propia personalidad de Dickens y a su talento como actor. Aunque siempre se interesó por el arte dramático, e incluso había pensado de joven en dedicarse a él, lo de las lecturas públicas comenzó casi por casualidad. En una visita a Birmingham en 1853 le hablaron del proyecto de crear un Instituto de Mecánica y Literatura para la educación de las clases obreras y Dickens se ofreció a dar  una serie de lecturas públicas de Canción de Navidad para ayudar a recaudar fondos. Su éxito fue tal que constituyeron el inicio de una especie de segunda carrera para el escritor. Según cuentan los que tuvieron la suerte de oírle interpretar sus propias obras, era una experiencia inolvidable. Cual mago victoriano, Dickens actuaba con una cuidada escenografía, que incluía un pupitre especial diseñado por él mismo y una iluminación de lámparas de gas, potenciada por un reflector metálico. Los fragmentos de las obras que leía estaban incluidos en volúmenes especialmente compilados para ello, con márgenes extra anchos que le permitían hacer anotaciones. El programa solía incluir alguna larga pieza dramática seguida por una cómica más corta. Dicen los testigos que resultaba fascinante ver cómo la fisonomía del autor se transformaba, como poseído por sus personajes. 

Caricatura que representa las diversas encarnaciones de Dickens
La demanda de estas lecturas públicas era enorme, incluso desde el otro lado del Atlántico. Cuando, en 1867, Dickens viajó a Estados Unidos para llevar a cabo una gira, frente al Steinway Hall de Nueva York, donde debía tener lugar una de sus apariciones en público, a las 8 de una gélida mañana de invierno ya había más de 5.000 personas haciendo cola para conseguir una entrada. Pero, aunque supusieron una importante inyección de dinero y un aún mayor incremento de su popularidad, estas representaciones, en las que Dickens derrochaba energías (como en todo lo que hacía), representaron un serio quebranto para su salud, hasta el pñunto de que su médico tuvo que prohibirle que continuara con ellas. Tres meses después de su última lectura pública, Dickens moría en su casa de Gadshill, tras sufrir una apoplejía.
Pero su ejemplo fructificó. Las lecturas públicas se convirtieron en una forma de entretenimiento muy popular en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XIX. El módico precio de las entradas -un penique- las hacía accesibles a todas las clases sociales y se celebraban en todo tipo de locales, desde teatros hasta escuelas o ayuntamientos. Incluso se editaron libros con textos adecuados para recitar en ellas -los autores más buscados eran Scott, Tennyson, Lord Byron y, claro, Dickens- y consejos para manejar estos eventos. En sus deliciosas memorias sobre la vida en un pueblo rural a finales del siglo XIX,  Lark Rise to Candleford, Flora Thompson recuerda una de estas veladas, en la que la estrella fue el viejo Sr. Greenwood, quien había oído recitar al propio Dickens. Aunque los habitantes del pueblo escuchaban con arrobo los textos de este autor, no eran por lo general lectores de sus novelas. Como dice Thompson, "era un público a la espera de la llegada de la radio y del cine". No es extraño que Dickens sea uno de los autores cuyas adaptaciones al cine y a la televisión cuentan con más adeptos.

sábado, 11 de febrero de 2012

DICKENS Y GALDÓS


Es casi inevitable que, en el mes en que se conmemora el bicentenario Dickens, le dediquemos algunas entradas a este admirable autor británico. Suponíamos -y así parece que ha sido- que tan magna celebración traería consigo una proliferación de obras dickensianas. Entre tantas como han aparecido, quiero hoy destacar una muy oportuna recuperación: la traducción que Benito Pérez Galdós hizo del Pickwick de Dickens. Cualquiera que conozca a fondo la obra de Galdós habrá podido observar en ella la influencia dickensiana, que él mismo reconoce en sus Memorias, en las que describe la visita que hace a la tumba de Dickens en la abadía de Westminster:

La última vez que visité la Abadía, vi en el suelo del "Rincón de los poetas" una sepultura reciente; en ella, trazado al parecer con carácter provisional, leí esta inscripción: Dickens. En efecto, el gran novelador inglés había muerto poco antes. Como fue siempre un santo de mi devoción más viva, contemplé aquel nombre con arrobamiento místico. Consideraba yo a Carlos Dickens como mi maestro más amado."

Hacia finales de 1867, cuando cuenta sólo con 24 años -por cierto, la misma edad que tenía Dickens cuando comenzó a escibir esta obra-, Galdós emprende la traducción de Posthumous Papers of the Pickwick Club, que titulará en español como Aventuras de Pickwick. Sorprende que una obra que gozó de tanta popularidad en Inglaterra tardase treinta años en llegar a los lectores españoles. Prueba de cual era el nivel de la vida cultural de nuestro país, del que Galdós tantas veces se dolería. Su versión aparecería por entregas -igual que ya lo hiciera el Pickwick original- en el diario La Nación entre marzo y julio de 1868. Traducir el Pickwick, con sus numerosas bromas, jergas peculiares e incluso incorrecciones lingüisticas que imitan la forma de hablar o de escribir de diferentes personajes, es todo un reto. Hay que decir que Galdós sale bastante airoso de él, aunque se le puedan reprochar algunas simplificaciones. Pero el verdadero interés de esta versión reside, hoy en día, no en la mayor o menor fidelidad de su traducción, sino en el hecho de que nos permite comprobar cómo Galdós comprende y "hace suyo" a Dickens. Hace unos días, Manuel Rodríguez Rivero se quejaba en uno de sus artículos de esta recuperación, achacándola al afán de ahorro de los editores y aduciendo que cada generación se merece leer a los clásicos desde su propio tiempo. En esto último coincido por completo. Sin embargo, ya existen en el mercado otras versiones de esta novela de Dickens más ajustadas a los gustos actuales, no creo que nadie pretenda sustituirlas. A mí -y sin duda a la mayoría de admiradores de Dickens y Galdós- me parece una excelente idea poner al alcance del lector una obra como ésta, que nos permite ver cómo un contemporáneo de Dickens interpreta su obra y, también, vislumbrar cómo el joven Galdós aprendería a adaptar algunas de las técnicas dickensianas a sus propias novelas. Arqueología literaria, tal vez, pero de la buena.


martes, 7 de febrero de 2012

EL BICENTENARIO DE CHARLES DICKENS

Seguro que hoy todos mis lectores están la mar de entretenidos con el aluvión de libros, artículos y noticias sobre Dickens que celebran su bicentenario. Hasta Google se ha sumado a él. A pesar de todo, no puedo dejar de conmemorar de algún modo tan importante efemérides. Aquí va pues el enlace a un video en que Simon Callow nos pasea por el Londres de Dickens. Una buena manera de recordar al escritor y de revisitar las calles londinenses, algo que siempre apetece.


Y, para los afortunados que tengan prevista una escapada londinense, una ruta dickensiana, el "David Copperfield Walking Tour". Aquí se puede descargar el podcast de acompañamiento.

viernes, 23 de diciembre de 2011

CANCIÓN DE NAVIDAD


El baile de Mr. Fezziwig

A punto de entrar en el 2012, el Año Dickens por excelencia, qué menos que felicitar las fiestas a mis lectores con alguna de las ilustraciones que el propio Dickens encargó para su primera Canción de Navidad, que se publicó el 19 de diciembre de 1843, con un éxito tal que para el día de Navidad se habían agotado los 6.000 ejemplares de la primera edición. El autor de las ilustraciones fue John Leech, un personaje también muy dickensiano, a quien la bancarrota de su familia obligó a dejar los estudios de medicina, donde había destacado en dibujo anatómico. Quizá fue una pérdida para la medicina, pero el mundo del arte ganó un notable ilustrador. Leech fue el dibujante principal de la revista Punch desde 1841 a 1861, y durante este período publicó más de tres mil ilustraciones en ella. Aunque se hizo famoso como dibujante satírico, aportó también sus ilustraciones a numerosas novelas, cuentos y libros para niños.
Para Canción de Navidad Dickens le encargó cuatro  dibujos coloreados a mano y cuatro grabados en madera. Todos ellos se han hecho enormemente populares, y han llegado a representar en el imaginario colectivo el "espíritu de la Navidad", tal como lo veía Dickens. Al igual que sus personajes, pues, bailemos bajo el muérdago, festejemos y olvidemos a los fantasmas que nos rondan, pasados o futuros. ¡Feliz Navidad!

El fantasma de Marley

jueves, 15 de diciembre de 2011

GRANDES HISTORIAS

En la vieja discusión entre si es mejor una novela o su adaptación cinematográfica, suele ganar la primera. No siempre, desde luego, y también depende de qué espera cada cual de la adaptación al cine, de hasta qué punto se comprende que el lenguaje literario y el cinematográfico son distintos. Resulta lógico que, puesto que nos llegan por vías diferentes, nuestra percepción de lo que nos cuentan también sea diversa. Sea como fuere -podríamos discutir largamente sobre esto- ahora mismo sólo recuerdo una  adaptación reciente que me pareciera igual o mejor que la novela en que se basaba: No es país para viejos, de los hermanos Coen. Quizás es que las obras de Cormac McCarthy se prestan especialmente bien para ser trasladas al lenguaje de la imagen, porque también La carretera y Todos los caballos bellos pasaron a la gran pantalla.  Ya en tiempos del cine mudo la literatura se convirtió en una fuente inagotable de temas y argumentos para el cine (hace poco mencionábamos el Hamlet protagonizado por Asta Nielsen en 1920, nada menos). En este primer decenio del siglo XXI, la literatura parece estar más viva que nunca en las pantallas, véase sin ir más lejos el reciente estreno de la Jane Eyre dirigida por Cary Fukunaga, que hace la adaptación número dieciséis de esta novela a la pantalla. Con este motivo, y cediendo a la inevitable atracción por las listas, Cinemanía ha elaborado una de las obras y autores que más adaptaciones cinematográficas han conocido. Si hemos de hacer caso a la base de datos de IMDb, el autor más adaptado sería -adivinen-: William Shakespeare, que figura como guionista en los créditos de nada menos que 862 películas (y sigue, porque de estas hay al menos diez que aún están en posproducción, a saber cuántas más serán de aquí a un par de años). También ocupa un lugar destacado el libro de los libros, la Biblia. Claro que en cierto modo juega con ventaja, porque consta de tantos libros y episodios (y su impronta en la civilización occidental es de tal magnitud, añadiría) que no sorprenderá que, sumando el Antiguo y el Nuevo Testamento, la cifra de películas basadas en ellos se eleve a 161.  Pocas, si las comparamos con la infinidad de secuelas y derivados que han generado las diversas aventuras de Sherlock Holmes, 226. Aunque en este caso más que adaptaciones de novelas concretas a menudo se trata simplemente de tomar  el personaje de Sherlock y hacerlo intervenir en alguna arriesgada aventura, como ocurría por ejemplo en El secreto de la pirámide. A pesar de no figurar en esta lista, Jane Austen tampoco les va a la zaga: su nombre figura en los créditos de 51 títulos, pero si contamos con que muchos de ellos son series de varios capítulos, en realidad las horas  de Jane Austen en pantalla pueden equipararse con cualquiera de los autores antes mencionados. La conclusión casi inevitable de todo esto es que una buena historia y unos buenos personajes son inmortales. Pasen los años que pasen, sea cual sea el medio a través del que se transmitan, son capaces de viajar a través de las generaciones, fascinando de nuevo a su público cada vez que reaparecen. Esa es su verdadera grandeza.
Charlton Heston como Moisés en Los diez mandamientos,
¡qué tiempos aquellos!