John F. Peto

John F. Peto
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domingo, 29 de mayo de 2016

¿QUÉ LEO AHORA? ITINERARIOS DE LECTURAS


Acabas de terminar un libro, o ni siquiera eso, te faltan todavía unas páginas, pero ya oteas el horizonte lector, en busca del siguiente. ¿Cuál será? Y no es por falta de libros que leer, más bien eres penosamente consciente de que jamás lograrás leer ni una pequeña parte de todo lo que se ha escrito, aunque es casi seguro que un porcentaje nada despreciable de los volúmenes que circulan por el mundo no merece tu atención: por malos, por aburridos, porque tratan de temas que no te importan. Pero, ¿y qué hay de los miles y miles que sí podrían interesarte? Cuando te enfrentas a la enormidad que se te ofrece, el problema está en elegir, y en elegir bien. Así, todos recurrimos a estrategias varias: la estantería de "pendientes", la lista (que crece y crece), pedir consejo a algún amigo de gustos afines, pasear por bibliotecas o librerías esperando que algún libro nos llame la atención... Recursos todos ellos válidos, aunque no siempre efectivos. A veces, no se trata tanto de leer cierto título del que tenemos buenas referencias, o de catar a determinado autor que aún no conocemos, sino que nos tienta algo más vago y más amplio al mismo tiempo: un tema, un personaje, una época. En ocasiones así, es cuando se echan de menos verdaderas selecciones de lecturas. Se me dirá que uno puede buscar en el catálogo de cualquier biblioteca o base de datos de las miles que alberga internet. Basta con poner la palabra clave que se desea y, voilà, tenemos ante nuestros ojos una larga lista de libros relacionados con ella. Lamentablemente, lo que estas listas poseen en cuanto a dimensión les falta en cuanto a criterio. Si los metadatos del libro no contienen la palabra que hemos empleado para hacer la búsqueda, no aparecerá citado ahí. Además, ¿cómo decirle a una máquina que uno está buscando "buenos" libros, no cualquier opúsculo que haga referencia al tema? Las listas compiladas por humanos -por ejemplo, las de Goodreads- no son mucho más dignas de confianza. Para empezar, en ellas suelen repetirse con enojosa frecuencia los mismos títulos, que vienen a ser los bestsellers del momento complementados por los clásicos que todo el mundo conoce (por algún motivo que desconozco, se busque lo que se busque, en todas las listas acaba apareciendo algún título de la saga "Los juegos del hambre"). Cuando lo que uno busca, precisamente, es que le descubran cosas nuevas, adentrarse por terrenos inexplorados, pero de la mano de alguien que sabe lo que se hace.




¿Tal vez una buena librería? Bueno, la librería puede servir de mucho, pero el orden alfabético de autores, que sin duda facilita encontrar un libro determinado, o la clasificación que ayuda a orientarse al amante de los géneros, no funcionan cuando lo que se lleva en la cabeza es, por ejemplo "me gustaría leer algo de/sobre la belle époque".  En un caso así -y conste que este es un tema de los fáciles, a veces me encuentro queriendo saber más sobre asuntos mucho más etéreos-, los buscadores te conducen a cualquier libro que lleve "belle époque" en el título (que van desde una historia de los judíos vieneses durante esa época a algo titulado Picardías de la belle époque ¡sólo para adultos!, por no mencionar una historia de los hoteles de San Sebastián, que no dudo tendrá su encanto, pero que es muy probable que no sea lo que quieres leer), mientras que una incursión en la librería te aboca a la sección de historia. Pero resulta que a mí no me interesa sólo la historia, sino también los personajes que descollaron y la literatura que se escribió durante esa época, así como la que aspira a recrearla. No hay buscador que solucione eso.  
En ciertas librerías tienen la buena costumbre de preparar, de vez en cuando, selecciones temáticas de libros. Ignoro si les dan resultado desde el punto de vista comercial, pero a mí me parecen irresistibles, porque no hay nada mejor que tener marcado un itinerario de lecturas, un camino trazado con la ayuda de un criterio certero y ecléctico. Para volver al ejemplo de antes, mi itinerario para la belle époque incluiría -por supuesto- algún libro de historia como Los años de vértigo de Philip Blom, pero también novelas con el sabor de esa era, como alguna de las deliciosas comedias de Oscar Wilde, Una habitación con vistas, de E. M. Forster, o tal vez el Chéri de Colette, sin olvidar por supuesto las obras de Proust -aunque sea esta una lectura de largo recorrido-, complementado tal vez por una biografía de Misia Sert; para rematarlo, algún libro de ahora que sabe transportarnos allí con chispeante ingenio: Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec, esa estupenda serie de cómics de Jacques Tardi.




¿Lo ven? No puede ser tan difícil. Estoy esperando que alguien invente la máquina perfecta para hacer itinerarios de lectura. Mientras, seguiremos agotando la paciencia de libreros, amigos y blogueros.
 

sábado, 24 de enero de 2015

SOMOS MEMORIA

 
 
¿Qué somos sin memoria? Nada, un cuerpo animado, capaz de llevar a cabo las funciones primarias y poco más. La memoria nos constituye, nos hace humanos, capaces de relacionarnos con nuestro entorno, capaces de aprender (sin recuerdo no hay aprendizaje), capaces de reconocer objetos y personas, capaces de amar y de odiar. Pero nuestra memoria no es infalible, no es ni siquiera muy fiable, en la mayoría de las ocasiones. A veces recordamos demasiado poco, a veces lo que creemos recordar no es lo que sucedió en realidad. Como dice Oliver Sacks:
Parece que no hay en la mente o el cerebro ningún mecanismo que asegure la verdad o, al menos, el carácter verídico, de nuestros recuerdos. No tenemos acceso directo a la verdad histórica, y lo que sentimos o afirmamos que es la verdad depende tanto de nuestro imaginación como de nuestros sentidos (como Helen Keller observó con fundamento). No forma de que los sucesos del mundo puedan ser transmitidos directamente o grabados en nuestro cerebro; los experimentamos y los construimos de una manera altamente subjetiva, que de entrada es diferente para cada individuo, y cada vez que son recordados se reinterpretan o se vuelven a experimentar de un modo distinto.
 Porque el funcionamiento de la memoria es (aún) misterioso. El propio Sacks cuenta en algunos de sus siempre amenos libros -como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero- algunas peculiaridades de esta facultad tan necesaria como desconocida.
Si dejamos de recordar, si -como les ocurre a los enfermos de Alzheimer- nuestra memoria se desvanece, es como si nuestro "yo" se hubiese apagado. La literatura -que tanto debe apoyarse en la memoria para existir- ha plasmado a menudo de los efectos devastadores de este fenómeno. Como hace Paco Roca en su Arrugas, un cómic tierno y desgarrador a la vez. O Alice Munro, en el famoso cuento "Lejos de ella", que llevó al cine Sarah Polley (magistral Julie Christie).
 
 

 
Aún así, aún sabiendo la escasa fiabilidad de los recuerdos, sigo leyendo con gusto libros de memorias. Muy consciente de que es muy posible que en ellas haya más de recreación que de verdad. ¿Cómo podría ser de otro modo?  El banal ejercicio de rememorar un acontecimiento determinado junto a otra persona que también lo vivió demuestra, casi indefectiblemente, que cada uno recuerda algo distinto. Cada cual reconstruye su propia historia como una narración, ordena los elementos, elimina aquellos que estorban, magnifica los que concuerdan con su versión. Es decir, todos somos memorialistas de nosotros mismos. Pero algunos poseen el don de hacer esa narración tan fascinante y vívida que estamos dispuestos a jurar que se trata de la pura verdad. Y si no lo es, desearíamos que lo hubiese sido. ¿Alguien puede creer que Nabokov -por muy niño prodigio que fuese, que sin duda lo era- era capaz de recordar con todo detalle cosas sucedidas cuando tenía tres años? Sin embargo, pocas lecturas hay más deliciosas que su Habla, memoria, esas memorias atípicas y nostálgicas que son al mismo tiempo todo un monumento literario. He encontrado alguna vez personas que decían "no tener ganas" de leer a Nabokov (quizás escandalizadas, sin razón,  por su Lolita). A todas ellas -y, de paso, a todos aquellos que aún no conozcan este libro- les digo que Habla, memoria es un deleite, goce literario en estado puro. Reivindicación de la memoria que somos. Sólo que Nabokov lo dice mejor:  
 
“Soy feliz testigo del supremo logro de la memoria, que es el de la magistral utilización que hace de las armonías innatas cuando recoge en sus repliegues las tonalidades suspendidas y errantes del pasado”.

Nabokov, ejerciendo de entomólogo.
También de eso habla en su libro.
  

jueves, 12 de junio de 2014

HAZAÑAS BÉLICAS



Como no tengo hermanos mayores, de pequeña mis juegos -y mis primeras lecturas- giraron siempre en torno a universos domésticos o fantásticos: casas de muñecas, cocinitas, hadas, cuentos tradicionales (Grimm, Perrault y demás)... Salvo el ocasional lobo de Caperucita o el ogro que amenazaba a Pulgarcito y sus hermanos, la violencia y la guerra no existían ahí. Este mundo "masculino" hizo su aparición más tarde, cuando mis hermanos pequeños entraron en escena.
Creo que mi contacto inicial con las guerras del siglo XX proviene de las historias de Hazañas bélicas, que desde el primer momento me parecieron fascinantes. Como todos los niños de mi época, yo leía tebeos como el Tiovivo, el DDT o el propio TBO (aunque éste ya me daba la sensación de algo antiguo). Las aventuras retratadas en Hazañas bélicas hacían que las inocentes peripecias de las Hermanas Gilda, Rompetechos o Carpanta palidecieran a su lado.
Aunque me zampaba sin hacer ascos todos los cómics que mis hermanos -grandes consumidores de este género- iban adquiriendo (no en vano es una lectora compulsiva), tuve siempre muy claro que los superhéroes de Marvel eran ficciones más o menos descabelladas, mientras que esas historias de guerra, imaginaba yo, podían perfectamente haber sido tomadas de la vida real. Además, estas publicaciones fueron en cierto modo mi primera lección de historia del siglo XX: en los planes de estudio de entonces -vivía Franco, claro- rara vez llegábamos a dar las décadas más cercanas a nosotros. Terreno resbaladizo, sin duda. De hecho, mientras recuerdo bien haber aprendido sobre la Reconquista, sobre Colón e incluso bastante de griegos y romanos, no puedo evocar ni un solo pasaje de la guerra civil o de alguna de las guerras mundiales procedente de los manuales de historia que manejábamos por entonces.
Tal como las recuerdo, en las aventuras creadas por Boixcar y sus seguidores abundaba el heroísmo y siempre había una cierta moral. Por supuesto, los "buenos" acababan ganando y los "malos", ya fuesen crueles nazis o retorcidos asiáticos, se llevaban su merecido. Por cierto que hoy sin duda se considerarían de lo más incorrecto: los valientes americanos que luchaban en las junglas del Pacífico solían proferir exclamaciones del tipo "¡Muere, mono amarillo!" antes de rematar a sus oponentes.
 
 
Aunque desde entonces he leído infinidad de obras en torno a esos conflictos bélicos, y como es lógico mi visión de cómo transcurrieron las cosas se ha modificado notablemente, de algún modo la huella de esos primeros cómics permanece, porque mis escasas incursiones en lo que hoy se llama novela gráfica -el cómic ha subido mucho de categoría, en todos los sentidos- se orientan siempre a historias de guerra. Pero su tono es muy distinto.
Tomemos como ejemplo las dos últimas que he leído:  Los surcos del azar, de Paco Roca y Yo, René Tardi. Prisionero en Stalag IIB, de Jacques Tardi. Ambas me han parecido excelentes.  Y las dos están llenas de realismo, porque se basan en historias reales de personas concretas, que o bien contaron de viva voz o bien escribieron sus recuerdos.
 
Páginas de Paco Roca
 
Ambas, a diferencia de las hazañas bélicas a antaño, tienen un sesgo antimilitarista. Miguel Ruiz, el protagonista de la obra de Roca, fue sin duda un héroe -aunque a pesar suyo-, obligado por las circunstancias tras la derrota del ejército republicano español a luchar en diversos frentes de la guerra europea. René Tardi, el padre del dibujante, relata por su parte los años de cautiverio en Pomerania, tras la caída de Francia en 1940.
 
 
 
En ambas historias está lo que raras veces cuentan los libros de historia, los pequeños detalles que marcan a los individuos, muy poco heroicos a veces: los trapicheos para conseguir un poco de comida; el hacinamiento -ya sea en un barco de refugiados o en un vagón de ganado-; los piojos; los que se aprovechan de los demás. Pero también pequeños actos de bondad que son un rayo de esperanza: el miliciano que presta su capote para proteger de la lluvia incesante a una mujer enferma; la chica que compra una caja de melocotones para  mitigar de sed de los judíos encerrados en unos vagones aparcados bajo el inclemente sol de verano...
A diferencia de las que leía de niña, no hay en estas obras demasiadas batallas. Pero sí un buen retrato del género humano. Para lo bueno y para lo malo.
 

domingo, 13 de octubre de 2013

BRUSELAS Y EL CÓMIC

Aunque a veces no lo parezca, hay vida más allá de la Grand' Place
 
No es Bruselas una de esas ciudades que enamoran a primera vista. Aunque hablo a partir de una corta visita y quizás esté cometiendo una injusticia, ni siquiera da la impresión de ser una ciudad que merezca detenerse en ella muchos días. Si en París, Londres o Nueva York el visitante foráneo descubre de inmediato que, por más que se deslome visitando museos y pateándose las calles o los mercadillos, le queda aún todo un mundo por descubrir (y tal vez le quedará siempre, por más que redoble sus esfuerzos), los atractivos de Bruselas parecen ser claramente más restringidos.
Sin embargo, hay algo que es preciso reconocerles a los belgas: han sabido sacar un gran partido de  las peculiaridades locales.  A partir del auge que conoció la "bande dessinée" (lo que nosotros conocemos como "tebeo" o como "cómic", en plan más cultureta) durante las décadas centrales del siglo pasado, con Hergé en primera fila, han sabido convertir lo que hubiese podido ser una simple anécdota en un interesante atractivo turístico. Para los que hemos crecido con Tintín como lectura de cabecera y nos hemos reído o emocionado con otros personajes, como los hermanos Dalton, el marsupilami o los arriesgados Blake y Mortimer, hay en Bruselas un par de visitas inexcusables. Por un lado, la ruta de los murales de cómic y por otro el Centre Belge de la Bande Dessinée, que además está ubicado en un notable edificio modernista -art nouveau, en la versión belga- diseñado por Victor Horta (y esa es otra ruta apetecible, pero habrá que dejarla para otra ocasión).
 
A la vista de esta muestra de 1900,
la querencia belga por el cómic les venía de lejos
 
El circuito de los murales le lleva a uno además a recorrerse media ciudad, pisando barrios en los que de otro modo no se hubiese aventurado. Y resulta encantador toparse en cualquier esquina con paredes enteras decoradas con los más entrañables héroes del cómic.
 

 
 


 
Hay que prestar verdadera atención para no ser arrollado al cruzar una calle por una alegre banda de galos o por los cuatro hermanos forajidos. Y casi dan ganas de ponerse bajo la ventana para recoger al muchacho que cuelga de un canalón y que ¡ay! puede estrellarse en cualquier momento.
Además de esos grafiti "oficiales", hay muros que lucen otros, improvisados, también muy atractivos:
 
 

 
Después de ver a los héroes del cómic en acción, se impone una visita al CBBD para saber más acerca de sus autores y de su manera de trabajar. Pues eso es lo que se muestra allí, en un recorrido muy ameno y bien documentado, aunque centrado sobre todo en los autores belgas (de vez en cuando, hay exposiciones temporales dedicadas a otras nacionalidades; en nuestro caso, una del americano Will Eisner).
 
El vestíbulo nos recibe con una réplica del cohete en el que Tintín
conquistó la Luna

Por los pasillos, uno se encuentra con ciertos
personajes



 
 
 Por supuesto, además de estas cuidadas recreaciones de ambiente, no podía faltar todo un apartado dedicado al protagonista incontestable del cómic belga, Tintín. Aunque el Museo Hergé propiamente dicho se encuentra en las afueras, en Louvain-la-Neuve. Pero, también, habrá que dejarlo para otra ocasión (al final, habrá que volver a Bruselas, ¿no les parece?).
 


 
Al salir, tras haberse dado un baño entre curioso y nostálgico de tiras cómicas, es inevitable preguntarse porqué en Barcelona, donde durante muchos años se produjo el mejor cómic español, con revistas emblemáticas como TBO o Pulgarcito y dibujantes geniales (Escobar, Ibáñez y tantos otros), nadie ha sido capaz de montar algo similar. Edificios públicos vacíos no faltan en estos momentos, precisamente. Pero me temo que los organismos que podrían hacerse cargo de ello no están por la labor. Todo un patrimonio que se está dejando perder, una lástima. ¿Seremos capaces de aprender un poco de los belgas?
 
[No quiero dejar la impresión de que en Bruselas sólo hay cómic, también encontré otros rincones librescos muy estimulantes. Quedarán para otra entrada. Continuará...]
 
 

martes, 4 de junio de 2013

DESFASES TEMPORALES

Cuando leí La Femme de trente ans -decididamente, no una de las mejores novelas de Balzac, es justo advertirlo- uno de los aspectos que más me chocó fue que el autor consideraba que su protagonista, a esa edad, ya era una mujer con un amplio bagaje de experiencias vitales, desengañada del amor y casi de todo lo demás. Generalizando sin rubor, el escritor francés emite su opinión sobre las mujeres en la treintena: Les femmes connaissent alors tout le prix de l’amour et en jouissent avec la crainte de le perdre : alors leur âme est encore belle de la jeunesse qui les abandonne, et leur passion va se renforçant toujours d’un avenir qui les effraie. (La mujeres conocen a esa edad todo el precio del amor, y gozan de él con el temor de perderlo: en esos momentos su alma aún está embellecida por la juventud que las abandona, y su pasión se ve fortalecida por un futuro que las espanta.) Visto desde la perspectiva actual, es inevitable tener la impresión de que está exagerando. Pero es que hoy en día a los treinta años muchos jóvenes no han arrancado siquiera a volar por sí mismos, cómodamente instalados en casa de sus padres. ¿Acaso sufren porque la juventud que les abandona? Nada de eso: parece que hoy ser joven es un estado que se prolonga casi más allá de las primeras canas, para dar paso luego a una edad adulta que debe llegar hasta el andador antes de que se le pueda llamar vejez.
No hace tanto, los mejores años, los más llenos de novedades y empresas vitales, eran los de la adolescencia. Y la niñez acababa pronto, muy pronto: a los  doce o trece años, uno ya estaba listo para lidiar con el mundo. La literatura, por supuesto, refleja este estado de cosas.  Sólo que a menudo leemos las novelas de antaño con ojos de hoy, y apenas podemos creer que sus protagonistas sean tan jóvenes. Uno de los casos más flagrantes, por supuesto, es LA historia de amor por excelencia: la Julieta de Shakespeare tiene sólo trece años, mientras que Romeo es algo mayor, aunque no mucho. (El drama no llega a especificarlo, pero se supone que rondará los 18 o 19.) ¡En un contexto actual, los problemas de Romeo vendrían por el lado de la perversión de menores, más que por el de la rivalidad familiar! Pero esa especie de desfase temporal no lo advertimos sólo en protagonistas muy jóvenes. También los adultos parecen envejecer a velocidad vertiginosa. Como Sherlock Holmes. Cuando la BBC presentó su modernización de las historias escritas por Conan Doyle, la estupenda serie Sherlock, protagonizada en la pequeña pantalla por Benedict Cumberbatch (¡qué gran actor!), hay quien argumentó que era demasiado joven para el papel: señores, el Holmes original tenía 27 años en "Estudio en escarlata". Ciertamente, va envejeciendo a lo largo de sus aventuras -que no son pocas- y para cuando se acaban, en 1914, el autor nos dice que cuenta ya con 60 años. Pero Cumberbatch tenía 34 años durante la primera temporada de la serie. Si nos ponemos puristas, era demasiado mayor para el papel.
 
 
De este desfase temporal no se escapan tampoco los héroes del cómic. ¿Cuántos años le ponen a nuestro admirado Tintin? (y eso que el personaje fue creado en 1929, no hace tanto, pues). Según Hergé "unos 14 o 15, quizás 17". ¡Y el intrépido reportero viaja por todo el mundo e incluso pilota aviones, sin ningún problema!
Por último un ejemplo dickensiano, que no podía faltar; en Grandes esperanzas, Pip describe a Miss Havisham como "un esqueleto", y todas las representaciones gráficas que hay de ella la pintan como una anciana provecta. Pero si hacemos un rápido cálculo, la acción de la novela transcurre sólo 25 años después de que haya sido abandonada en el altar por el que debía ser su esposo. Teniendo en cuenta que en aquella época se casaban jóvenes, esto la sitúa más bien entre los cuarenta y pocos y los cincuenta años. O sea, no tan, tan vieja...
 
Margaret Leighton como Miss Havisham, en la versión de la BBC
de 1974
 

miércoles, 27 de febrero de 2013

SYLDAVIA Y OTROS PAÍSES IMAGINARIOS

Una viñeta de El cetro de Ottokar, de Hergé
Todo lector de las aventuras de Tintín conoce Syldavia, igual que su país vecino y enemigo acérrimo, Borduria. Fanático de la precisión, Hergé dotó a este imaginario país balcánico de historia, costumbres, escudo, trajes regionales e incluso lengua propia. El país imaginario en cuestión está tan bien documentado que hasta tiene su propia entrada en Wikipedia. Al crearlo, Hergé jugaba con el nebuloso concepto que en su país (Bélgica) , igual que en la mayoría de países de la Europa occidental, se tenía sobre las monarquías y repúblicas balcánicas o asiáticas. Los vaivenes de la historia no han contribuido mucho a despejar esta confusión y la desintegración del bloque soviético, aún menos. Era sencillo recordar las fronteras y la capital de la antigua Yugoslavia, pero no sé cuántos de los que me leen tiene claro cuáles son las de las repúblicas que han tomado su lugar. Otro tanto ocurre con el territorio que conforma la actual Federación Rusa: en total, son 83 "sujetos federales" contando repúblicas, territorios autónomos, oblasts (renuncio a explicarles en qué consisten, creo que sólo un politólogo podría hacerlo) y ciudades federales.


Nada raro, pues, la sorpresa generalizada que ha causado el que el actor francés Gérard Dépardieu -quien por cierto ha personificado a otro ídolo del cómic, Obélix-, huyendo del fisco de su país de origen, se haya empadronado en la república de Mordovia, cuya existencia sospecho que todos ignorábamos hasta ahora. No es que haya disponible mucha información al respecto, pero la que hay tiene un aire ciertamente tintinesco. Tanto su escudo como sus trajes regionales hubieran podido figurar muy dignamente en las páginas de El cetro de Ottokar o El asunto Tornasol.


Porque ¿quién nos asegura que Syldavia es un país imaginario? La historia de "los reinos perdidos" de Europa, esos que existieron una vez, perdieron luego su entidad autónoma y en algún momento se olvidó hasta su nombre, es larga y muy jugosa. El historiador británico Norman Davies ha escrito un libro sobre ello, Vanished Kingdoms, lleno de datos interesantes, y de dinastías con nombres evocadores hoy reducidas a la nada. O, como mucho, a salir de refilón en las páginas del Hola.



Tan olvidados están muchos de ellos, que parecen inventados. Una confesión: cuando comencé El pensionado de Neuwelke, cuya acción transcurre en la báltica Livonia, mi primera impresión fue de que se trataba de un reino ficticio. Sólo al darme cuenta de que todos los demás detalles geográficos e históricos eran correctos, se me ocurrió pensar que quizá no era invención del autor, sino falta de información por mi parte. Y sí (mis disculpas desde aquí a su autor, José C. Vales, por haber dudado de él). La existencia de Livonia está documentada desde el siglo XIII y, aunque pasó por muchas manos, su rastro sólo se pierde tras la Primera Guerra Mundial, con la creación de las modernas Letonia y Estonia. Sic transit gloria mundi.

martes, 14 de febrero de 2012

NIÑOS TRAVIESOS

Max y Moritz
Ya dejé bien claro en alguna otra ocasión lo que pienso de la plaga de corrección política aplicada a la literatura infantil (y a todo lo demás, por supuesto). Por eso saludo con alborozo la noticia de la recuperación por Editorial Impedimenta de uno de los clásicos más gamberros y divertidos de la literatura sin límite de edad: Las aventuras de Max y Moritz, de Wilhelm Busch. Para quien no haya oído hablar de él, Busch (1832-1908) fue un dibujante y humorista alemán que gozó de inmensa popularidad en su época, considerado -con razón- como uno de los pioneros del cómic. Sus obras, en el territorio germanohablante, siguen siendo clásicos indiscutibles y han divertido a generaciones de niños y adultos, hasta el punto de que algunos de sus versos han llegado a ser de uso común en el idioma (como el que dice -con gran sabiduría- "Vater werden ist nicht schwer, Vater sein dagegen sehr": "Convertirse en padre no es difícil; ser padre, en cambio, lo es mucho"). Max y Moritz son dos mozalbetes desvergonzados que se entretienen haciendo rabiar a los adultos. Es cierto que muchas veces salen escaldados, pero no por eso desisten de su empeño. Como los niños de verdad, pues.

Uno de los estupendos dibujos de Busch
La edición original, de 1865, fue impresa a partir de grabados en madera y era en blanco y negro, dado que las técnicas de la época no permitían otra cosa (aunque los dibujos originales de Busch, que se pueden contemplar en el Museo Wilhelm Busch de Hannover, están coloreados con acuarela). Sin embargo, ya hacia principios del siglo XX las sucesivas reediciones se empezaron a colorear y es así como las conocemos ahora. Y como se presentan en esta edición, que además cuenta con una excelente versión española en verso de Victor Canicio. El mismo traductor, por cierto, que trasladó al castellano otro de los clásicos de la literatura infantil germana, el Struwwelpeter, Pedro Melenas en versión castiza.


Es éste un libro que a mí de pequeña me fascinaba e inspiraba temor a partes iguales. Creo que esa era la intención de su autor, pues se trata de historias morales que pretenden lograr que los niños se porten bien. Al estilo de la época, claro. Es decir, sin miramientos. Así, el niño que no quiere comer la sopa se va quedando en los huesos, hasta morir; la niña que juega con cerillas acaba ardiendo como una pira y -el que más horror me causaba- al niño que se chupa el dedo viene un sastre con unas enormes tijeras y ¡le corta los pulgares!


 Para que luego nos andemos quejando del "gore" que consumen los niños por televisión. Por cierto, una obra que el propio Mark Twain tradujo al inglés. Ejemplar, desde luego. Aunque a los infantes de hoy, que crecen entre algodones, igual les causa alguna pesadilla.

viernes, 20 de enero de 2012

EL LENGUAJE DEL BIBLIÓFILO


Ronald Searle, el dibujante inglés recientemente fallecido, era también un apasionado coleccionista de libros. Como cualquiera que se haya pasado horas y más horas recorriendo los catálogos de los libreros, tuvo que aprender a descifrar el curioso lenguaje de la bibliofilia que, en inglés como en castellano, no es siempre lo que parece a primera vista. Con su fino sentido del humor y su personal estilo, le dedicó un libro, Slightly Foxed- but still desirable, (literalmente, algo así como "algo usado, pero aún deseable") un glosario visual -y muy divertido- de estos términos a menudo confusos. Como han conseguido hacerme reír en unos días bastante complicados, no me resisto a compartir su ingenio con mis lectores, empezando por el texto de contra:

Como todo bibliófilo sabe, incluso los menos recalcitrantes, la mayoría de los catálogos de librería están escritos en un lenguaje paralelo destinado a confundir a todos menos a los más enterados, que hace que los misterios de la piedra Rosetta o del Linear B parezcan algo salido de Enid Blyton. Huérfano de la información que atesoran los profesionales, el perplejo pero determinado comprador de libros no tiene otra alternativa que adentrarse desarmado y sin preparación en un campo de minas cuyas peligrosas complejidades por regla general sólo son desveladas cuando llega el paquete de libros ansiosamente esperados y su dañado contenido revela su engañoso esplendor... Pero no todo está perdido. ¡La ayuda está cerca! Después de toda una vida recorriendo las páginas, a menudo impresas con tinta venenosa, de innumerables catálogos, Ronald Searle se ha convertido en un experto en descodificar esas esotéricas, poéticas y generalmente vagas descripciones.  Ahora, mientras se lame las heridas, publica las averiguaciones ganadas con tanto esfuerzo en esta novedosa guía ilustrada, pensada para hacer fracasar de una vez por todas las maquinaciones de los taimados libreros.

Me temo que las viñetas que reproduzco a continuación no tienen mucho sentido si no se conoce la terminología bibliófila en cuestión, pero de todos modos son unos dibujos graciosísimos. Valen la pena.

A little dog-eared, but otherwise acceptable copy
Tail-edge shaved
Cracked but holding
Name on fly

sábado, 30 de julio de 2011

ESPERANDO A TINTÍN


Próximo ya el estreno de la tan publicitada  película de Steven Spielberg sobre Tintín, empiezan a aparecer todo tipo de libros que diseccionan la vida y obra de su creador, Hergé (seudónimo de Georges Rémi) y que, por lo que he podido ver en el blog de Pierre Assouline amenazan con socavar, a fuerza de escarbar y escarbar en todas las facetas posibles de este autor, con la tintinofilia que compartimos tantos cientos de miles de personas. Como ya he comentado anteriormente, Tintín es uno de los mitos de mi infancia, el intrépido reportero que con sus aventuras -arriesgadas y no exentas de peligros, pero nunca cruentas- supo transportarnos a países exóticos y culturas lejanas, con una precisión de detalle y un realismo notables, algo muy meritorio en aquella época en que se viajaba menos y los documentales de National Geographic todavía no habían metido al mundo entero en nuestra sala de estar. Respecto al detallismo de Hergé, una anécdota personal: hacia mediados de los años setenta viajé con mis padres a Ginebra, y nos alojamos en el hotel Cornavin (que, como cualquier tintinófilo sabe, aparece en El asunto Tornasol); aunque habían transcurrido al menos veinte años desde la publicación del álbum ilustrado, el vestíbulo del hotel era calcado al que dibujó Hergé. Por un momento, tuve la impresión de estar dentro de una de sus viñetas.
Han habido varios intentos de llevar a Tintín a la pantalla; entre otras, vi una película  -creo que era "El misterio de las naranjas azules"- en que los personajes eran encarnados por actores de carne y hueso y que recuerdo como bastante mala y decepcionante, así como una versión en dibujos animados de toda la serie que se limitaba a reproducir prácticamente viñeta por viñeta los libros de Tintín y que resultaba francamente sosa. Desde luego, para mí nunca pudo compararse al original. Esta nueva versión de Spielberg promete, a juzagar por el tráiler, ser algo diferente, gracias al uso de las últimas tecnologías en animación. Está claro que no me la perderé, aunque muy bien hecha tiene que estar para superar a la versión impresa.


Pero volviendo a la avanlancha de estudios "tintinescos": desde luego, aparecerán varias biografías -entre ellas, en España se anuncia una reedición de la que escribió el propio Assouline hace unos años-, no todas favorables al personaje. Las novedades que se anuncian en Francia van desde Dans la peau de Tintin, de Jean-Marie Apostolidès, quien sostiene que Tintín es un disfraz, una armadura de la que Hergé se valió para conquistar primero a su mujer y luego el reconocimiento social, a la delirante La vie secrète d’Hergé, de Olivier Reibel, que diescciona las relaciones de Hergé con la masonería, las ciencias ocultas y la teosofía y, para demostrarlo, disecciona todas y cada una de sus viñetas a la luz de su "mensaje" oculto, para concluir que Hergé  habría pertenecido a la fraternidad de los Polares primero y luego a la de los marinistas, no sin antes pasar por el Priorato de Sión, aunque reconoce en él algunas influencias taoístas. Ahí es nada. Más interesante -para el que no esté obsesionado por las sociedades secretas ni tenga interés en conocer todos los trapos sucios de la vida de Hergé- promete ser el libro Hergé archéologue que el antropólogo Eric Crubézy y el fotógrafo Nicolas Sénégas han dedicado a la presencia de la arqueología en los álbumes de Tintín. Que es notable, y muy exacta. De hecho, Crubézy afirma que la idea le vino cuando, estudiando la momia de un chamán se dio cuenta del increíble parecido que guardaba con la del Rascar Capac de El templo del sol. Vamos, que tenemos Tintín para rato.

miércoles, 9 de marzo de 2011

TINTIN VIVE

Experimenté mi primera inmersión en el mundo de Tintín a los 8 años cuando, estando enferma, me regalaron El tesoro de Rackham el Rojo para que me distrajera. Inmersión, nunca mejor dicho, porque aún recuerdo vívidamente su portada, con el pequeño submarino en forma de tiburón. A partir de entonces, me convertí en ferviente seguidora de las aventuras del joven reportero y su inseparable Milú. Estoy segura de que debo haber leído varias veces todos sus álbumes y con mis hermanos habíamos llegado a jugar a hacernos mutuamente preguntas sobre ellos, a ver quién recordaba más detalles. A pesar de su aire un poco repipi, Tintín -con la inestimable ayuda del inefable capitán Haddock y de Tornasol- ha fascinado a millones de lectores de todas las edades en todo el mundo. Como es lógico, ha generado también infinidad de imitaciones, parodias, pastiches... Algunas de ellas burdas copias que desean beneficiarse de la popularidad del personaje, muchas otras homenaje al ingenio de Hergé. También están los que quieren mostrar las facetas ocultas de Tintín, su vida sexual, sus defectos; o los que se apropian del personaje para defender las causas más diversas, a menudo opuestas. Así, a pesar del férreo control que ejercen los propietarios de los derechos de Hergé, el mundo de Tintín se ha hecho omnipresente. Y ahora, en la red, estos derivados de Tintín son aún más fáciles de localizar. De hecho, uno de los principales blancos de críticas y parodias son los propios herederos de Tintín, con su mujer Fanny Rodwell a la cabeza, a los que se acusa de voracidad y de manipular el legado a su antojo. (Por cierto, la sociedad creada para velar por sus intereses se llama, muy adecuadamente, Moulinsart.) Este malestar entre los tintinófilos ha generado algunos panfletos ingeniosos, como el álbum Tintin et les héritiers de Hughes Dayez, y muchos otros francamente insultantes.
Pero es innegable que Tintín se ha convertido en una especie de icono, que a su vez ha tenido eco también en el mundo del arte. Poco después de la muerte de Hergé, en 1984, recaló en la Fundación Miró de Barcelona la exposición "El museo imaginario de Tintín", que daba cuenta de la génesis y el proceso creativo de la serie, a la que se añadió una muestra de obras de diversos artistas inspiradas por este personaje. Algunos, como el artista francés Guiome David, ha llegado a convertir a Tintín en sujeto único de una de sus exposiciones, con un número increíble de variantes sobre él. Por encima de las críticas al mensaje supuestamente racista o derechista de algunos álbumes -que reflejan no sólo la evolución ideológica de Hergé, sino la de la sociedad europea de su época- las aventuras de Tintín han encontrado un profundo eco en el imaginario colectivo. Por mi parte, tengo pendiente desde hace tiempo un viaje a Bruselas, que se ha convertido en inexcusable desde que inauguraron el Museo Hergé. Será la nostalgia, pero el mundo de Tintín me sigue pareciendo un refugio cálido y amable, lleno de personajes tan imposibles como entrañables.
Por cierto, que ahora el mismísimo Steven Spielberg la ha tomado con este reportero y se anuncia para algún momento de 2011 el estreno de la película basada en sus aventuras. Como debe de ser -y esto lo considero un punto a su favor-, ha comenzado por llevar a la pantalla precisamente El secreto del Unicornio. Veremos que tal. Los tintinófilos temblamos pensando lo que pueda haber hecho Hollywood con este personaje tan genuinamente belga. Confiemos en que el resultado esté a la altura de la expectactivas.