John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
Mostrando entradas con la etiqueta Tolstoi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tolstoi. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de diciembre de 2023

MIS LIBROS DE 2023

Muy a favor de estos Father Christmas 
victorianos, vagamente inquietantes. 

¡Ho, ho, ho! Ya llegó otra vez esa época del año en que todo el mundo insiste en que nuestras Navidades serán más felices si compramos sus productos. ¿Vas a regatearles un poco de felicidad a tu familia y amigos? Compren, compren... y nos bombardean con sugerencias para todos los gustos y todas las ocasiones. Y, cómo no, llegan también las listas de "los mejores libros del año". Listas por todas partes y para todos los gustos. Listas que, por supuesto, esconden un reclamo publicitario. Compren, compren... 

Ya ven, es difícil resistirse a tanta presión ambiental, así que aquí estoy, tratando de confeccionar mi lista. Eso sí, les prometo que será modesta, porque cuando veo eso de "los 100 mejores libros" me empiezo a marear. Aparte de que, ¿esos señores que decretan cuáles son los "mejores libros" del año, los habrán leído todos? Sospecho que no. A diferencia de ellos, puedo asegurarles que yo SÍ habré leído las obras que incluya en mi lista, aunque, para variar, casi ninguna sea estricta novedad. Hasta hay alguna -y muy destacada- que tiene más de un siglo de antigüedad. Sin embargo, por los buenos libros no pasan los años. 

Y es que, para encabezar mi lista no he de hacer ningún esfuerzo: de lejos, mi mejor lectura de 2023 ha sido Guerra y paz, de Lev Tolstói, en la maravillosa versión de Joaquín Fernández-Valdés (que, con todo merecimiento, recibió el Premio Esther Benítez por esta traducción). 


No sé cómo se las ingenia el célebre conde, pero este es uno de esos libros que uno no lee, sino que los vive. Desde la primera página, estás ahí, en los salones y en las batallas, acompañando a todos sus personajes, sufriendo y amando con ellos. ¿Que es largo, dicen? No lo suficiente, se lo aseguro, porque al acabarlo una desearía que tuviese mil páginas más. 

La verdad es que, tras recomendar calurosamente este monumento de la literatura, casi podría dejarlo aquí. Si me hacen caso, con esto ya tienen lectura para unos meses. Pero, como no todo en nuestra vida lectora han de ser magnas obras, ahí va mi segunda recomendación, en un registro muy distinto. 

Se trata de La autopista Lincoln, la tercera novela del norteamericano Amor Towles; sí, yo también desconfié de un autor con este nombre, que más parece el seudónimo de una escritora romántica, pero es un escritor serio, graduado en Yale y aficionado al jazz; por encima de toda sospecha, pues. Este autor, que ya nos había proporcionado muy buenos ratos con su obra anterior, Un caballero en Moscú, abandona aquí la Rusia revolucionaria para llevarnos a un recorrido por su Estados Unidos natal. Se trata de una novela llena de personajes curiosos, entretenida, simpática, ideal para levantar el ánimo. Una lectura perfecta, diría yo, para esos meses mustios de enero y febrero en que una no tiene ganas de nada. 


Y, para contrarrestar las luces y el espumillón que nos rodean, nada mejor que una lectura un tanto inquietante: El ocupante, de Sarah Waters (en este blog somos muy partidarias de las lecturas tenebrosas en general, algún día tengo que hacer una lista de mis favoritas). Como sé que hay muchos escépticos de este género, dejaré que sea la autoridad de Hilary Mantel (¿alguien puede competir con una señora que ha ganado dos veces el Booker Prize?) quien hable sobre ella: "El ocupante opera en las turbias fronteras entre lo sobrenatural y lo psicopatológico, y es un territorio en el que Waters se mueve con suprema facilidad. Uno de los placeres de este libro es cómo sabe combinar lo espeluznante con una penetrante observación social. Se encuentra cómoda en una ambientación de posguerra convincente; por más que nos dé pena la familia de Hundreds Hall a medida que su mansión ancestral y su cordura se van desmoronando, Waters nunca permite que olvidemos sus repulsivas actitudes sociales. En algunos momentos, se diría que el espíritu que los ronda es el de su esnobismo."


Para finalizar -ya les dije que sería breve-, y puesto que es inevitable que en algún momento llegue el verano, nos vamos al Egeo, en compañía de Charmian Clift y su familia, quienes, hartos de la vida en el Londres gris de los cincuenta, huyen a una isla griega poblada por pescadores de esponjas. Cantos de sirena es la chispeante crónica de su adaptación, no siempre fácil, a la isla y sus habitantes, un libro que con la distancia temporal resulta ser casi un estudio antropológico de una forma de vida ya desaparecida. 


Si quieren pasar un buen rato, aquí tienen estas sugerencias, de verdad infalibles. Y ni siquiera hace falta que se desdineren, posiblemente puedan conseguir ejemplares en su biblioteca local. Contrariamente a lo que dicen por ahí, comprar no da la felicidad. Leer, sí. ¡Lean y disfruten del 2024! 


viernes, 30 de junio de 2023

¿CUÁNTAS PÁGINAS DEBE TENER UN LIBRO?

Decididamente, las redes son una mina. Por más que una sea cuidadosa con los perfiles que sigue, los señores que las gestionan (tal vez se encarga ya la IA, a estas alturas) se encargan de llenar tu pantalla de informaciones que ni has pedido, ni te interesan. Lo que por regla general resulta muy irritante, pero de vez en cuando estas apariciones no solicitadas dan pie a echar unas risas, o a reflexionar un poco, como en este caso. Todo viene a cuento de que me he topado con un tuit -una de esas preguntas a los lectores de las que hablé hace poco- que decía: "¿A partir de cuántas páginas consideras que un libro es un tocho?" Por supuesto, no he respondido, básicamente por dos razones: 

1) Porque estoy segura de que su autor/a no tiene mayor interés en saberlo, solo busca acumular respuestas, retuits y nuevos seguidores.

2) Porque, de querer darle una respuesta, me vería obligada a sobrepasar de largo la extensión máxima de 280 caracteres. ¿Que podría hacer un hilo? Sin duda, pero no creo que Twitter sea el lugar más adecuado para elucubrar sobre estos temas. Así que me he venido hasta aquí para hacerlo.

Como suele ocurrir con este tipo de preguntas hechas sin ton ni son, ya su enunciado es discutible. ¿Qué entendemos por "tocho"? ¿Simplemente, un libro con muchas páginas? Obsérvese que el término "tocho" posee un matiz despectivo; en su primera acepción del diccionario de la RAE, como adjetivo, "tocho" significa "tosco, inculto, necio"; solo en su cuarta acepción, y como coloquialismo,  encontramos el sustantivo "tocho" como equivalente a "libro con muchas páginas" (que suponemos es el significado que quiere dar a entender el tuit en cuestión). Ahora bien, ¿es el número de páginas un criterio válido para juzgar un libro? La pregunta no lo especifica, pero es común que a algunos lectores la perspectiva de leer más de un determinado número de páginas les resulte disuasoria. ("Huy, no, este libro no, que es un tocho.")

También es discutible el concepto de "páginas", que no es ni mucho menos inmutable. Según sean el formato, el cuerpo de letra, la interlínea o los márgenes de cada edición, una misma obra puede ocupar más o menos páginas. En épocas de carestía de papel, es corriente que el cuerpo y la interlínea se reduzcan, y los márgenes se aprovechen al máximo. Veamos el ejemplo de una de las novelas de Galdós, Misericordia, que en su edición original de 1897 ocupaba 398 págs.; en 1932 podemos encontrar una edición, de la editorial Hernando, con solo 361 págs., pero en épocas de vacas flacas el adelgazamiento se incrementa: en 1945, la edición que publica Losada tiene solo 240 págs.; a partir de ahí, el libro irá engordando: la última edición registrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional (Navona, 2020) alcanza ya las 353. ¿La debemos, pues, considerar un "tocho", de casi 400 páginas, o  una novela breve de solo 240?  


Por cierto, lo que mucha gente no sabe es que esas larguísimas novelas del XIX por lo general no se comercializaban en un solo volumen. Muchas vieron la luz por entregas -y ahí sí que interesaba demorar todo lo posible su conclusión, porque de este modo el escritor seguía cobrando- o divididas en tres volúmenes, que era el formato usual (que las novelas de Jane Austen, por ejemplo, estén divididas en tres partes se debe, ni más ni menos, a que se publicaron de este modo, y cada parte corresponde a un volumen).  


Aunque, a fin de cuentas, lo que debería importar no es la extensión en páginas de un libro, sino su contenido. Es decir, si esas páginas, no importa  qué pocas o qué muchas sean, están bien aprovechadas. Personalmente, estoy muy a favor de los libros largos, de esos que una querría que durasen eternamente: eso sí, su longitud ha de estar justificada, nada de andar rellenando páginas con diálogos insulsos, o descripciones que no aportan nada. Hay, por desgracia, muchas novelas que habrían mejorado notablemente si su autor o sus editores se hubiesen dignado recortar varias decenas de páginas. Este de la extensión desmesurada es un mal que aqueja en especial a los por lo general horrendos productos comerciales llamados bestsellers, que parecen competir entre ellos por ver quién llena más páginas. (De paso, no me resisto a comentar que el mismo mal padecen las últimas producciones de Hollywood. Ya nadie parece ser capaz de contar una historia en menos de tres horas, y me quedo corta. ¡Pero si está lleno de obras maestras del cine que lo resuelven en hora y media, tan ricamente!) 

En fin, como ven, en cuanto al asunto de los "tochos" no es tan fácil pronunciarse. Por mi parte, ando aún llorando por las esquinas, lamentando haber acabado mi lectura de Guerra y paz, un "tocho" que no me habría importado en absoluto que tuviese unos cuantos cientos de páginas más. 

jueves, 16 de febrero de 2023

¿TIENEN VIDA PROPIA LAS HISTORIAS DE FICCIÓN?

                                                    George Bernard Shaw, trabajando

Es frecuente que los escritores cuenten que, al llegar a cierto punto de la creación de su novela, alguno de sus personajes adquirió vida propia. Entiéndase, no es que saltara de  la página y se fuese a correr aventuras por ahí, sino que el autor sintió que a ese personaje su papel le venía estrecho, que estaba pidiendo a gritos -hasta donde un personaje ficticio puede hacerlo- tener mayor protagonismo, o hacer algo que no estaba previsto en el plan inicial. Debo decir que durante bastante tiempo creí que eso era una boutade propia de los artistas. Como aquello de la inspiración y la visita de las musas. Sin embargo, los años que he pasado siguiendo de cerca el proceso de creación de otros me han demostrado que se trata de un fenómeno real. Aunque, por supuesto, no comporta nada mágico ni sobrenatural. Ocurre, simplemente, que esa mezcla de rasgos de carácter, acciones y parlamentos con que se configuran los personajes de ficción es más certera unas veces que otras. Cuando el cóctel funciona, el lector -y el propio escritor es su primer lector- reconoce al personaje como alguien real, alguien que podría haber existido. Es entonces cuando el personaje cobra alas y el escritor, más que guiarle, se deja llevar por la lógica de su deriva. 

De lo que no cabe duda es de que hay personajes que, una vez terminado el relato, parecen  quedarse aletargados entre las páginas. Con el fin de la historia se acaba también su vida ficticia. No se moverán de ahí hasta que aparezca un nuevo lector. De otros, en cambio, estamos seguros de que siguen con su vida mucho más allá de la última página. Nosotros cerraremos el libro, pero ellos continúan viviendo, corriendo quién sabe qué aventuras que sólo podemos imaginar. No es magia, pero lo parece. Seguro que se les ocurren muchos ejemplos, es una experiencia bastante común. El caso más reciente que recuerdo es el de Olive Kitteridge, la brusca y temperamental protagonista creada por Elizabeth Strout. Al lector le resulta imposible creer que esa mujer no sea real, y sospecho que lo mismo le sucedió a la autora, que después de la novela que lleva como título el nombre de este personaje, se vio impulsada a seguir narrando sus peripecias en una segunda, titulada en inglés Olive, again y aquí, Luz de febrero

Hay una excelente miniserie sobre este personaje, 
con la gran Frances McDormand como Olive

Pero existe algo más asombroso aún que esos personajes que adquieren vuelo: las novelas cuyo mundo ficticio se convierte, todo él, en una extensión del mundo real. Son aquellas (pocas, admitámoslo) en que la vida vibra de tal modo que nos convence de que ese universo ficticio existe en realidad; de que cuando abrimos las páginas del libro no hacemos otra cosa que asomarnos a una ventana por la que vemos transitar a sus personajes. Como sucede con las ventanas de la vida real, nos es dado únicamente contemplar una parte de lo que sucede. Pero no hay duda de que, cuando desaparecen de nuestra vista, los personajes se van a otros lugares, y les pasan otras cosas, que por desgracia no podemos conocer. Es lo que estoy experimentando estos días, enfrascada en la (re)lectura de Guerra y paz (aprovecho para recomendar la soberbia nueva traducción de Joaquín Fernández-Valdés, que ha recibido el premio de traducción Esther Benítez). Hablo de relectura con cierta mala conciencia, porque leí esta monumental -en todos los sentidos- obra en mi adolescencia, y sé positivamente que por aquel entonces tenía tendencia a saltarme los pasajes de la "guerra", más interesada por los amoríos que tenían lugar en los elegantes salones moscovitas que por el fragor de la batalla. Esta vez, sin embargo, no me pierdo detalle. ¡Y cómo lo estoy disfrutando! Como es habitual en Tolstói, desde la primera página te agarra por el cuello y te sumerge en la historia. Unos pocos párrafos y estás dentro. Sus escenas están invariablemente llenas de movimiento, el autor nos lleva de aquí para allá, nos va mostrando a este y aquel personaje, sin demorarse en explicaciones, que en realidad son innecesarias, porque todo resulta tan real que el lector va proyectando su propia película en su imaginación. Así, cada vez que abro el libro, me encuentro preguntándome qué habrá pasado en mi ausencia, convencida de que los gallardos oficiales a los que dejé sucios y maltrechos después de la batalla habrán estado bebiendo con sus camaradas, mientras que la dulce princesa Maria habrá aprovechado su salida de escena para retirarse a rezar, o tal vez a dar instrucciones a los criados. Sé lo que va a suceder -no es que mi memoria de la primera y parcial lectura sea muy fresca, es que durante el confinamiento vi la serie de la BBC-, pero eso no merma para nada mi interés. Los personajes -desde los más aristocráticos al más humilde cochero- poseen tal rotundidad que sé positivamente que están vivos en algún lugar, quién sabe si en un universo paralelo al nuestro. Cada vez estoy más convencida de su existencia.


domingo, 16 de agosto de 2020

ESCRITORES: LA VERDAD DE LA FICCIÓN

     


Así cree Hollywood que trabajan los escritores

Imagino que lo mismo pasa con los pintores, escultores, músicos y cultivadores de otras disciplinas artísticas en general, pero como el caso que me queda más cercano es el de los escritores, me ceñiré a ellos en esta ocasión. Concretamente, a la abismal diferencia que existe entre lo que es de verdad el trabajo del escritor y lo que el público imagina. Una errónea concepción que se ve reforzada por haber sido repetidamente plasmada en películas y novelas, precisamente. Sí, aunque parezca paradójico, los propios escritores (bueno, algunos entre ellos), y desde luego una gran mayoría de los guionistas, gustan de representar a los autores de ficción como seres tocados por una inspiración cuasi divina, dados a arrebatos y adicciones varias, que ya sea malviven en una pintoresca buhardilla o, habiendo por fin alcanzado el reconocimiento que su genio merece, disfrutan de hermosas villas campestres donde un bucólico paisaje les sirve de inspiración. Estos seres de ficción pasan la mayor parte de su tiempo alternando con otros escritores, peleándose con una amante a la que descuidan (también existe la versión con esposa despechada, que sospecha la existencia de la susodicha amante) o -en la variante “autor exitoso”- asistiendo a elegantes cócteles y homenajes diversos a su genio. Muy bonito, desde luego. Sin embargo, nada de esto se ajusta a la realidad. Entra dentro de lo posible que unos pocos escritores hayan hecho alguna vez una o varias de estas cosas, pero puedo asegurarles que la vida de la inmensa mayoría de ellos transcurre de forma muy distinta y es -duro es decirlo- mucho menos novelesca.

Johnny Depp, haciendo de genio torturado
en La ventana secreta

De entrada, escribir es un trabajo arduo y lento, que requiere horas y horas de dedicación, a veces para conseguir un resultado más bien decepcionante. Los autores que hacen de la escritura su profesión están necesariamente obligados a encararlo de forma regular, metódica, dedicándole buena parte del día, un día tras otro. Es lo más parecido a un trabajo de oficina y queda muy lejos de esos escritores ideados por Hollywood a los que nunca vemos escribiendo. Otro de los mitos que cuesta desterrar (me temo que muchos aprendices de escritor se dejan seducir por ello) es el de que escribiendo uno se hace rico. Pues no, salvo contadísimas excepciones, escribir una novela o dos -suponiendo que se publiquen, y suponiendo que gocen de ventas aceptables- te dará apenas para cubrir los gastos mínimos de los muchos meses que te has pasado trabajando en ellas. A menudo, ni eso. Los escritores profesionales escriben un libro tras otro porque les gusta su oficio, sin duda, pero también -¿sobre todo?- porque solo así logran subsistir. ¿Inspiración? ¿Ideas geniales? Les llegan escribiendo, si es que han de llegar. Lo cierto es que la inmensa mayoría de escritores -sí, incluso esos que salen en las listas de más vendidos- se ven obligados a completar sus ingresos con otras actividades, a veces relacionadas con la escritura (clases, conferencias) y otras veces, ajenas a ella, para subsistir. Lo de hacerse rico, ya eso.

Y no quiero hablarles, porque sería casi cruel (tampoco es cuestión de disuadir a todos los futuros escritores), de todo el papeleo y la burocracia anejos al oficio de escribir: contratos de edición plagados de cláusulas traicioneras, líos fiscales, certificados de doble imposición y otros apasionantes episodios de la vida del hombre o la mujer de letras. En el pasado, los “hombres de letras” solían dejarle a la sufrida esposa -siempre en la sombra, transcribiendo o copiando manuscritos, como la pobre Sofía Tólstaya- los enredos administrativos. En esta nuestra época, más igualitaria (o eso esperamos), cada palo aguanta su vela y, en consecuencia, el autor/a debe enfrentarse a ello por sí mismo.

La esposa de Tólstoi,
quien al parecer copió a mano
las siete versiones de Guerra y paz

Así pues, no se crean todo lo que ven por ahí. Tampoco presten demasiado crédito a esos escritores famosos que dicen haber escrito su novela "de un tirón" o "en dos semanas". En ese tiempo, como mucho, habrán hecho un primer borrador, y omiten tranquilamente los meses de revisión y reescritura que toda obra que se precie suele comportar. Como otros mitos creados por la ficción -el del príncipe azul, el del amor indestructible-, el del escritor no resiste una comparación con la realidad. Sean realistas. Pero no dejen de escribir. Tiene su propia recompensa. 

martes, 20 de octubre de 2015

¿ES LA LECTURA UN ACTO CREATIVO?

 
Leer una novela puede parecer lo mismo que ver una película. De hecho, hay gente que lo cree: "No he leído la novela, pero vi la película". Para nada. El visionado de la película es pasivo, las imágenes nos muestran lo que sucede, cómo son los personajes, cómo es el escenario en que actúan... Como mucho el trabajo del espectador es interpretar los posibles significados ocultos de lo que se dice, o rellenar con la imaginación alguna acción que ha sucedido fuera de pantalla. En la novela, la imaginación trabajo constantemente.
Peter Mendelsund, reputado diseñador (echen un vistazo a sus cubiertas) y director de arte de la editorial Alfred A. Knopf, trata sobre esto en su libro Qué vemos cuando leemos. Por ejemplo, le pide al lector que imagine la geografía de la casa que aparece en Al faro, de Virginia Woolf. Casi toda la novela transcurre en la casa que los Ramsay tienen en las islas Hébridas y a lo largo de la narración la autora nos describe numerosos detalles de ella. Y, sin embargo, si alguien nos pide que la describamos -o que la dibujemos con precisión-, todo lo que podemos sacar del texto es "un postigo aquí, la ventana de una buhardilla allá". Es decir, una especie de aproximación funcional, puramente operativa, a la casa, que sirve fundamentalmente para que podamos situar en ella los movimientos de los personajes. La casa, como tal, no está en la novela, sino en nuestra imaginación. Los lectores no sólo construimos mentalmente a partir de los datos que nos proporciona el autor, sino que nuestros mapas mentales están en continua evolución, de acuerdo con lo que el texto va añadiendo o quitando. Quizás en un primer momento hemos imaginado una puerta de tamaño normal, y hemos de acortarla de inmediato en el momento en que nos indican que un personaje muy alto tiene que agachar la cabeza para pasar por ella. O hemos pensado que el protagonista entraba en un almacén vacío, para tener que corregir esa impresión cuando resulta que en un rincón hay una extraña máquina.
Mendelsund hace también el ejercicio de preguntarle al lector cómo es Anna Karénina. Todos creemos saberlo. Bella, sin duda, pero Tolstoi sólo nos da una serie de detalles, como sus espesas pestañas o su abundante pelo. Lo demás, lo tiene que completar cada lector. Por eso leer ficción es una actividad tan estimulante: nuestro cerebro está trabajando todo el rato a pleno rendimiento, no sólo interpretando el texto, sino recreando luego lo que sucede a partir de los elementos que el autor nos proporciona. Por eso, quizás -esta teoría es mía, no del señor Mendelsund- los lectores poco avezados prefieren las descripciones muy detalladas (el mecanismo de creación a partir del texto no les funciona aún a pleno rendimiento), mientras que los lectores habituales se las apañan muy bien con cuatro pinceladas. Lo que es ciertísimo, y todos hemos podido comprobar, es que el personaje que yo me imagino será diferente del mismo personaje imaginado por otro lector. Cada cual construye el mundo ficticio a su manera.
Hablando de Anna Karénina: Mendelsund incluye una foto de Keira Knightley en su papel de Anna, con la siguiente advertencia: "Esta fotografía es una forma de robo". Se refiere a robo mental, por supuesto, en el sentido de que las adaptaciones cinematográficas de obras literarias tienden a sustituir nuestra propia y personalísima imagen mental de los personajes por los rostros intercambiables de actores y actrices que hoy son una aristócrata rusa y mañana la compañera de un pirata o una duquesa británica del XVIII. Así pues, uno debería pensárselo muy bien antes de ver la adaptación al cine o a la TV de su novela favorita, no sea que su Mr. Darcy acabe convertido en Colin Firth. Ah, ¿pero esa no era la cara de Jorge VI?
 
 
 
 
 

martes, 21 de octubre de 2014

OÍR VOCES


En un conocido cuento de John Cheever, "El enorme receptor de radio" -¿no lo han leído? ¿a qué esperan?, todo Cheever es una pura delicia- una pareja que vive en un edificio de apartamentos en Nueva York se compra un receptor de radio que, misteriosamente, les permite sintonizar lo que hablan en los demás pisos. Su vida, así, se puebla de voces, de fragmentos de conversaciones ajenas.
Es un poco como cuando uno está en una cafetería, en un restaurante, y pilla al vuelo retazos de lo que hablan en las mesas contiguas:

-Se lo he dicho mil veces, pero no le da la gana...
-Lo que tienes que hacer es mandarme ese documento, basta con que lo firmes...
-Sí, es muy fácil; picas la cebolla bien fina, la sofríes un poco y luego...



Cada hilo, una posible historia. Hay escritores que dicen "oír" en su interior las voces de los personajes que ellos luego se limitan a trasladar al papel. Es difícil saber hasta qué punto es cierto -¿quizás un trastorno psicológico?- o es simplemente producto de su poderosa imaginación. Dickens, por ejemplo, solía decir que él no inventaba, que los personajes se le aparecían y le dictaban sus diálogos. En los cientos de lecturas dramatizadas que dio a lo largo de su vida -en las que él representaba con asombroso realismo a todos los personajes de sus novelas- pudo demostrar un increíble talento dramático. ¿O deberíamos llamarlo "posesión"?
 
Decía F. Scott Fitzgerald que los escritores "son un montón de gente que hace todo lo posible por parecer una sola persona".  Sus personajes los habitan. Mientras que Sam Shepard afirmaba que
"Hay escritores que hablan de la dificultad de 'descubrir una voz propia'. Para mí, eso no fue nunca un problema. Había tantas voces que no sabía por dónde empezar."

O sea que los personajes, esas criaturas producto de la mente enfebrecida de un escritor, cobran vida. Nada más nacer, luchan por liberarse, se mueven, hablan. Si caen en unas manos competentes, nos encontramos con seres como Emma Bovary, Anna Karénina o Sherlock Holmes. ¿Alguien les negaría el derecho a la vida? Como lectores, si el escritor ha logrado plasmar adecuadamente al personaje, no sólo captamos lo que dice, sino que también podemos oír el tono de su voz: roncas e insinuantes unas, agudas y chillonas otras, las de más allá tal vez graves o cantarinas...

Incluso hay veces en que estas supuestas alucinaciones auditivas son reales. Cuentan que en cierta ocasión el escritor británico Evelyn Waugh padeció un episodio especialmente desagradable de estas alucinaciones durante un viaje por mar, a cusa de la mezcla de medicamentos y cantidades ingentes de alcohol. Como los buenos escritores nunca desaprovechan nada, se apresuró a trasladar la experiencia a una novela, La prueba de Gilbert Pinfold (1957), en la que un escritor católico de mediana edad intenta superar su depresión a base de un cóctel de bromuro, cloral y crème de menthe (no se me ocurre un licor más asqueroso para emborracharse). Acaba mal, claro.

 
 Aunque quién sabe si ese episodio fue un caso aislado. En cierta ocasión, al ser preguntada por el genio literario de su marido, la esposa de Waugh respondió: "No inventa, sólo edita".