John F. Peto

John F. Peto
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jueves, 12 de diciembre de 2019

SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN, EN LIBROS

La capacidad que tiene la gente para inventarse continuamente nuevos retos y memes lectores me deja maravillada. Creo que apenas pasa un día en que, navegando por la red, no me tope con alguno. Todos mis respetos para quienes se apasionan por estos entretenimientos, pero yo nunca les hago caso, me temo que soy poco competitiva y muy poco gregaria. Tampoco veo cómo participar en uno de esos retos -libros escritos el año que naciste, libros que empiecen cada uno por una letra del alfabeto, o cuyos autores provengan cada uno de un país distinto o ves a saber qué otra rebuscada condición- podría resultarme provechoso. Es verdad que tal vez por este intricado vericueto descubriría autores u obras interesantes; sin embargo, prefiero con mucho mi brújula interior para orientarme en el laberinto de los libros. 
A pesar de esta declaración de intenciones, debo confesar que hoy por primera vez uno de estos retos me ha llamado la atención. Ante todo, porque su funcionamiento es tan personal y aleatorio como mi propio método para saltar de libro en libro; además, no implica leer nuevos libros, sino hablar de los que ya se han leído (dado que mi ritmo de lecturas sigue tan activo como siempre, es difícilmente factible añadirle títulos impuestos por otros). Y, por si fuera poco, demanda cierto ingenio, lo que nunca va mal. Les explico. El jueguecito -meme, se dice ahora- se llama "Seis grados de separación". Supongo que conocen esa famosa teoría, recordarán que postula que cualquiera de nosotros está conectado a cualquier otra persona en el mundo por una cadena que no tiene más que cinco intermediarios. No me voy a extender aquí en discutir si eso tiene alguna credibilidad, el asunto es que las conexiones que se establecen pueden llegar a ser tan extravagantes y fantasiosas (del tipo: una vez frecuenté el mismo restaurante que Fulanito quien a su vez había trabajado en la misma empresa de Menganito, etc.) que todo está permitido.


Trasladado a las lecturas, el sistema funciona de un modo algo distinto. El iniciador de la cadena propone un libro -suficientemente conocido- y, a partir de ahí, todos los participantes van estableciendo conexiones -distintas para cada uno- que les permiten saltar a otros libros, y así hasta los seis grados de separación. Por citar el ejemplo en que me baso, del blog Stuck in a Book, el juego comienza con Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen. Puesto que la localidad que le da título está en la costa, eso da pie para saltar a novelas ambientadas junto al mar; en su caso, The Fortnigt in September, de R. C. Sherriff. Y de septiembre, a otras novelas en cuyo título figuran meses, como Silence in October, de Jens Christian Grondahl; esta, a su vez, es narrada por un personaje sin nombre, lo que nos lleva a The Pumpkin Eater, de Penelope Mortimer; y de una autora llamada Penelope, a una tocaya: At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. En fin, ya ven el mecanismo (sigan el enlace si quieren ver a dónde va a parar esta serie).


La propuesta me ha parecido lo bastante atractiva como para sugerirme otras vías de conexión. Por atenerme al título inicial, como Sanditon suele publicarse acompañada de otra breve novela de Austen, Los Watson, salto inevitablemente al Watson más conocido de la literatura inglesa, el de Conan Doyle. Y, concretamente, por elegir una de sus aventuras, a El sabueso de los Baskerville. De ahí, está claro, paso a otro Baskerville literario, el Guillermo de El nombre de la rosa de Umberto Eco (una novela, por otra parte, muy holmesiana). Recordarán que el narrador de esta historia que mezcla teología e investigación detectivesca es Adso de Melk, por la famosa abadía situada junto al Danubio. Lo que nos lleva a la obra danubiana por excelencia, El Danubio, de Claudio Magris. Magris estaba casado con otra magnífica escritora, Marisa Madieri. Así pues, su preciosa novela, Verde agua, es la siguiente parada de este itinerario (y, burla burlando, ya llevamos cuatro).  Desde aquí, me siento tentada de seguir la via triestina -donde se sitúa la novela de Madieri-, dado lo muy llena de escritores que ha estado siempre esa ciudad adriática (Stendhal, Casanova, Joyce, Italo Svevo, y me dejo un montón). Pero no, creo que tomaremos otra derivación y dejaremos que la imaginación flote sobre el Mediterráneo hasta llegar a La forma del agua, de Andrea Camilleri, la novela donde aparece por primera vez su Montalbano. Un título que no debe confundirse con la película del mismo nombre de Guillermo del Toro, cuyo argumento a su vez tiene mucho en común con La señora Caliban, de Rachel Ingalls. Y con esta verdadera joyita literaria hemos completado nuestros seis grados de separación y hemos transitado de una autora inglesa de principios del XIX a una escritora americana que falleció este mismo año. Sin duda, un bonito viaje literario y una forma divertida de repasar lecturas. 

lunes, 18 de septiembre de 2017

LO QUE VALE JANE AUSTEN


Entretenidos como hemos estado estas últimas semanas con las vacaciones, los viajes y la política doméstica (esta última, ¡ay!, más entretenida que nunca), casi se nos ha pasado por alto una relevante  novedad económico-literaria: el Banco de Inglaterra presentó el pasado 18 de julio un nuevo billete de 10 libras con la efigie de Jane Austen, que ha entrado efectivamente en circulación hace pocos días. Como saben bien todos los que pasan por aquí, este blog es muy austeniano (vean algunos ejemplos aquí, aquí y aquí), y de buena gana haríamos una escapada a Gran Bretaña para poder pagar alguna de las inevitables compras librescas con un billete adornado por esta escritora, También, por supuesto, nos alegra que por fin los billetes de banco conmemoren a alguna mujer, y dado que esta es además escritora, aún nos parece mejor. Hay quien piensa que el papel moneda está en vías de desaparición, y que será sustituido pronto por el plástico de las tarjetas o, un paso más allá, por los pagos a través del móvil. Hasta los propios billetes, por más que se sigan llamando papel-moneda, se fabrican cada vez más con sustancias que nada tienen que ver con el papel. Concretamente, el de Jane Austen está hecho a base de un polímero (o sea, lo que la gente de la calle llama plástico), y es la primera vez que el Banco de Inglaterra prescinde del algodón para fabricar uno de sus billetes. Una siempre hubiese dicho que la escritora era más de algodón que de plástico, pero desde que andan liados con el Brexit, los ingleses parecen haber perdido un poco el norte. 
Pero la controversia del plástico es de índole muy menor, comparada con algunas otras objeciones que ha levantado este nuevo billete. En él, como habrán podido observar, aparece un primer plano de la escritora, acompañado, en segundo término, por su figura de cuerpo entero en el acto de escribir y una vista de Godmersham Park, la mansión que poseían los parientes ricos de Jane. Hay además una cita procedente de una de sus obras más populares, Orgullo y prejuicio, que dice "I declare after all there is no enjoyment like reading!" (algo así como "¡Después de todo, he de reconocer que no hay mayor placer que el de la lectura!"). Bien, pues todos estos elementos han provocado controversia -según informa amablemente The New York Review of Books-, empezando por la dichosa frase, que pronuncia uno de los personajes más esnobs de esta novela, Caroline Bingley, mientras bosteza y deja de lado el libro, que solo ha tomado para intentar provocar el interés de Mr. Darcy. Es decir, una muestra de la sutil y justamente famosa ironía de Jane Austen. Ciertamente, es una frase que exalta la lectura -si se lee fuera de contexto-, pero si se conoce su procedencia, resulta que es todo lo contrario. Raro. La imagen de la escritora también ha sufrido una manipulación parecida: basada en el que se supone único retrato auténtico de la novelista, un dibujo de su hermana Cassandra, es una versión "embellecida" de la escritora que la rejuvenece y hermosea sus rasgos. Basta comparar el dibujo original con el del billete para darse cuenta de lo poco que tiene que ver uno con otro.  


Jane Austen, dibujada por su hermana Cassandra

Por último, por más que se intente asociar a la novelista con la mansión de Godmersham Park, ese nunca fue su hogar, sino el de su hermano Edward (que, como recordarán los que conozcan la biografía de Austen, fue adoptado por unos parientes ricos). Jane pasó alguna temporada allí, pero siempre de visita. Igual que la propia Jane, las moradas de sus heroínas suelen ser mucho más modestas y, cuando habitan una mansión -como la Fanny de Mansfield Park (se dice que para esa mansión Austen se basó en la casa de su hermano)-, lo hacen como parientes pobres, como intrusas o visitantes ocasionales. Signo de los tiempos, Godmersham Park es hoy propiedad de una asociación de ópticos. Muy poco inspirador, me temo.

Godmersham Park (foto Paul Anthony Moore)

Pero tal vez no debiéramos quejarnos tanto por las supuestas manipulaciones de nuestra Jane. Al otro lado del mismo billete está la reina de Inglaterra, cuyo retrato parece haber quedado congelado en el tiempo. Si a la propia Isabel II la pintan tan rozagante como si acabase de subir al trono, cuando lleva más de 65 años en él (superando a la longeva reina Victoria), ¿por qué debería ser menos una simple novelista?



miércoles, 28 de septiembre de 2016

CATA A CIEGAS LITERARIA

 
Si sólo pudieras ver esto, ¿con cuál te quedarías?
 
¿Por qué compramos un libro? ¿Por qué ese precisamente y no el de al lado, o el de la estantería de arriba? Tal vez nos mueve el autor, el título, una recomendación de un amigo, una crítica que hemos leído... Muchas veces, sin embargo -y esto lo saben muy bien los departamentos de marketing de las editoriales- lo que precipita nuestra decisión es una cubierta atractiva, un color llamativo o un texto promocional que nos haga imaginar las maravillas que encontraremos entre sus páginas. (Sobre esos textos promocionales hay también mucho que decir, pero ya hablamos de ello en alguna ocasión anterior.) La verdadera prueba de fuego es llegar a un libro sin ninguna referencia, a pelo. Imagínense que tienen delante un libro en el que no figura el autor (o su nombre les es del todo desconocido) y carece de textos de solapa. Esto último no es tan raro, la mayoría de libros en tapa dura que se publicaban hace cien años carecían de cualquier texto aclaratorio. La misma Jane Austen se dio a conocer ante sus lectores con un volumen -Sense and Sensibility, su primera novela publicada- en el que como autor se postulaba sólo un enigmático "By a Lady". Nada de resumen del argumento, ni biografía de la autora, ni faja del editor diciendo "una novela de amor que nunca podrá olvidar". ¡Y la obra fue un éxito! (al menos para los parámetros de la época: la tirada de esta novela fue de unos 750 ejemplares, aunque hay que tener en cuenta que por entonces tiradas de 500 eran lo más habitual).
 
 
 
 
Bueno, pues si los lectores ingleses de 1811 eran capaces de apreciar una obra a partir del propio texto, sin contar con el respaldo de una cubierta bellamente ilustrada, de una campaña de marketing o de una faja promocional, ¿deberíamos nosotros ser menos? ¿Qué pensaríamos de una novela de Jane Austen si llegásemos a ella a ciegas? Por mi parte, a menudo me pregunto, ante ciertos engendros que se venden por millares por ahí, si realmente los que lo compraron han llegado a leerlo. O bien si lo han leído con las anteojeras de "esto es lo que se lleva ahora, de modo que ha de ser bueno" puestas. En el otro extremo del espectro literario, divierte a veces imaginarse qué diría un lector común acerca de algunos de los considerados clásicos si se le presentasen desnudos de toda información, de toda aura cultural que los respaldase. Quiero creer que muchos superarían la prueba -por eso se han convertido en clásicos-, aunque me queda la duda de si no habría lectores que los descartasen por aburridos o incomprensibles. Po eso precisamente son de admirar los editores -y los lectores editoriales, a quienes con frecuencia les toca hacer una primera criba- que, delante del manuscrito de un autor desconocido del que no poseen ninguna referencia, son capaces de ver un talento, una promesa, y apostar por ella.
Sea como fuere, sujetarse de vez en cuando a estas "catas a ciegas" literarias me parece muy saludable. Sólo que cada vez es más difícil llegar a un texto virgen de toda referencia. Dándole vueltas a este asunto, me topo con el curioso juego que propone una librera de Pamplona (Deborahlibros, no dejen de visitar su blog): presenta una serie de libros envueltos, y le da al lector sólo una referencia genérica ("Viajes", "Novela histórica"), aunque no se ha atrevido a prescindir de toda explicación -su oficio, después de todo, es vender libros, y no sabemos si hay tantos lectores dispuestos a tirarse a la piscina- y lo condimenta con un breve texto escrito por ella. Una original iniciativa, que yo de ustedes no me perdería si están por allí.
 
 
 
 
 

martes, 1 de diciembre de 2015

MI BIBLIOTECA (3.5): DEL SALÓN A LA LEONERA

En esta ocasión, nos trasladamos a la biblioteca de Miss W, del bibliómano y anglófilo blog At Winnifred's, que además de libros de vez en cuando también nos ofrece sabrosos comentarios de películas. Una biblioteca que muestra especial querencia por los cuentos, los clásicos y los autores anglosajones, sin renunciar a la variedad.
 
 
¡Hola! Dejadme que en primer lugar agradezca a Elena Rius el hecho de haber sido invitada a colaborar en su blog, espacio que sigo desde hace tiempo y que por supuesto tengo enlazado en el mío.

Mi biblioteca es extensa, ocupa prácticamente todo el salón de casa, al que más que salón deberíamos llamar “biblioteca con sofás” y buena parte de la habitación-leonera donde además de los ordenadores tenemos el rincón de la plancha. En el salón tengo todo ordenado en primer lugar por géneros: Narrativa, poesía, teatro y ensayo (también hay baldas para la literatura de viajes, la mitología, el cine, gran formato y parte de nuestros vinilos) y en segundo lugar de la A a la Z por autor. Lo que más abunda es la narrativa, tanto que los cuentos ya se han “independizado” de la biblioteca compacta y han exigido su propio mueble, ese mueble oscuro que aparece en la foto y en el que yo  suelo colocar las nuevas adquisiciones para fotografiarlas y enseñarlas en mi blog.
 
Cuentos y más cuentos
 
Los libros me gustan todos: los de bolsillo, los de tapa dura, los ilustrados, y los que no lo están. Todos son hijos, los quiero por igual y conviven en el mismo espacio. Compro la mayoría en rastros, mercadillos, librerías anticuarias y de ocasión y una minoría en librerías convencionales (de libros nuevos, para entendernos). Lo que sí miro es que sea, si puede ser, una buena edición y a ello me refiero a que si tiene un buen prólogo y está anotada, mejor que mejor y, por último, ya genial si tiene buena letra porque últimamente estoy perdiendo vista por esas cosas de la edad...

Un defecto: la mayoría de los libros están en doble fila, se nos han ido de la mano porque aunque de vez en cuando practicamos un expurgo, luego resulta que no nos cortamos a la hora de comprar más: incorregibles, tanto mi X como yo.
 
 
¡Socorro, nos desbordan!


En las fotos no se aprecia pero los Dickens  y Dumas esconden  a los Delibes, Defoe, Duras , etc. que no podréis ver...
 

Y no podía faltar Queen Elizabeth presidiéndolo todo...
 
En la habitación de usos múltiples o leonera tengo toda la literatura en inglés y ahí no tengo ningún orden aunque sí que tengo un archivo de ellos y ya suman 470 volúmenes entre todos los géneros. Solamente tengo separados todos los clásicos ( Hardy, Austen, Trollope, etc) de los modernos pero  ya va llegando la hora de que al menos separe la novela del resto de géneros. Aquí sí que el 99 por ciento son  de segunda mano. Siempre  que salgo fuera vengo cargada de libros de mercadillos, charities y demás y también los compro por internet, claro. Os dejo en foto una pequeña muestra en representación de mi literatura inglesa. Entre mis autores favoritos están Janet Frame, Julian Barnes y  Margaret Atwood, por citar solo algunos.
 
 
 
 
 
 

También tenemos libros relacionados con nuestras profesiones, algo de literatura en francés, libros de cocina , los tebeos y la novela gráfica.

Nada más. Espero que  este breve recorrido os haya gustado y gracias por leerme.

Un saludo desde  tierras del Norte. Miss W.

sábado, 19 de julio de 2014

PERSONAJES LITERARIOS, REUTILIZADOS

 
 
Uno de los aspectos más curiosos de la bibliopatía es constatar cómo la fiebre por uno u otro género va y viene de acuerdo a leyes insondables. Como todos los afectados por esta incurable enfermedad, soy bastante omnívora en cuanto a lecturas; pero mientras hay temporadas en que alterno géneros en rápida sucesión -o en plan lectura simultánea, que también-, hay períodos de sequía por lo que respecta a algún género. O todo lo contrario, meses en que mi dieta lectora se centra casi en exclusiva en uno determinado. Ahora, por ejemplo, después de casi todo un invierno sin abrir ni una novela policiaca, llevo un par de semanas encadenando novelas del género negro. Y la fruición con que las estoy devorando augura, creo, un verano lleno de crímenes...
Quizás a consecuencia esta renovada fiebre policiaca, parece que estoy más atenta a cualquier noticia que se refiera al género, más abierta que de costumbre a recibir sugerencias de otras posibles lecturas en la misma línea. He detectado, por ejemplo -fíjense hasta qué punto me estoy mimetizando con lo que leo, que hasta al escribir me convierto en investigadora-, entre las próximas novedades del mercado anglosajón unas cuantas obras que tienen como denominador común un detective que es un personaje literario. Como Esther Greenwood, la protagonista de La campana de cristal (The Bell Jar), de Sylvia Plath. El título -The Hell Jar-, un juego de palabras facilón, no es muy prometedor. Pero vaya, todos los lectores de Plath sabemos que Esther es una chica lista y no hay nada extraño en que se ponga a hacer cábalas en torno a la muerte de uno de los internos del hospital psiquiátrico a donde la lleva su depresión. Seguro que la adrenalina producida por la persecución de un asesino contribuye a hacer que se sienta mejor.


 

Otro remix policiaco-literario concierne nada menos que a Meursault, el protagonista de El extranjero de Albert Camus. Habrá que ver si el autor de este pastiche copia también el estilo del autor francés. Por lo que cuentan, Meursault es tan agudo en sus observaciones detectivescas que acaba convertido en consultor de la policía colonial argelina.
 
 
La gran Maggie Smith en la versión cinematográfica
de la novela de Forster
 
Y de Argelia, a Roma, de la mano de uno de los personajes  de E. M. Forster, la Charlotte Bartlett de Una habitación con vistas. El título anunciado tiene su gracia, porque emplea un lenguaje que podría muy bien ser el de la propia Charlotte: Charlotte Bartlett and the Mystery of the Slightly but Unacceptably Delayed Train (Charlotte Bartlett y el misterio del tren ligera pero inaceptablemente retrasado). Todo muy victoriano, como ven.
Por motivos bien distintos, estas tres novelas despiertan mi curiosidad lectora. Sin embargo, debo confesar que no estoy muy segura de que no sean un espejismo de la autora de la web donde las he visto mencionadas, puesto que no incluye ni sus autores ni enlace alguno a más información respecto a ellas.
 Pero la idea de reciclar personajes ajenos y convertirlos en investigadores no es de ahora. Sin esforzarme mucho, puedo recordar una serie que retomaba a Jane Eyre -The Jane Eyre Chronicles, de Joanna Campbell- y a Rochester, su ya marido, como (improbables) detectives. Y, en ese pozo sin fondo que son los derivados holmesianos, otra en la que la resuelta Mrs Hudson era la verdadera detective, manipulando astutamente a sus inquilinos Sherlock y Watson. (Por supuesto, el propio Watson se ha convertido más de una vez en protagonista .)
Quien dice personajes, dice autores reciclados en pesquisidores: desde Jane Austen al españolísimo Francisco de Rojas (en las excelentes novelas de Luis García Jambrina), está claro que el territorio policiaco es amplio y permite todo tipo de licencias (no me cabe duda de que mis lectores encontrarán más ejemplos de ello).


 
  
No puedo finalizar este recorrido literario-criminal sin mencionar una de mis novelas detectivescas favoritas: Hamlet, venganza, de Michael Innes. No sólo estamos ante un clásico del género, sino ante un misterio que rebosa literatura por los cuatro costados. Por un lado, los crímenes están basados en obas de shakespeare. Además, con deliciosa ironía, Innes -seudónimo de un ilustre profesor y crítico literario, J.I.M. Stewart- hace que su detective, Appleby, comente sus descubrimientos con Giles Gott, un académico con interesantes ideas sobre Shakespeare, que a su vez escribe novelas policiacas con seudónimo. Si buscan todos los ingredientes de una novela detectivesca muy british, aderezados con referencias literarias a raudales, ésta es sin duda su novela.




 

viernes, 4 de julio de 2014

EL CONSUELO DE LAS RELECTURAS

 
Foto http://www.dazeofmylife.com/
 
Con tantísimos libros que hay por leer ahí fuera, podría parecer una pérdida de tiempo dedicarse a la relectura. Si se mira desde una óptica puramente mercantilista -el libro como un objeto del que extraigo algo, que me aporta un valor- una sola lectura debería bastar. Sin embargo, nuestra relación con los libros es mucho más compleja, más emocional, más personal. Y si los libros no cambian, nosotros sí. Por eso, el mismo libro leído a los quince años o a los treinta genera una experiencia de lectura completamente distinta. Naturalmente, conocemos ya la historia, no nos sorprendemos si tal personaje muere, o sabemos desde el principio cómo se resolverá determinado misterio. Pero no se emprende la relectura de una obra para devorar la historia que nos narra, sino para contemplarla con otros ojos, los de nuestro yo actual. O bien para intentar recuperar, a través de la repetición de la experiencia, algo de la persona que fuimos.
Por muchos libros que se amontonen en mi pila de "pendientes", hay momentos -por regla general momentos de aflicción, de hastío, esos días en que nada parece tener sabor ni olor- en que lo único que me satisface es volver a algún viejo libro ya leído. Inexplicablemente -pero en circunstancias así no hay explicación racional que valga-, en casos así mi radar libresco no suele llevarme a los grandes clásicos, sino a novelas de género -románticas, policiacas-, o a viejos favoritos, lo que sea, pero han de ser, ante todo, lecturas que en su momento resultaron satisfactorias. En todos los sentidos, el equivalente literario de una tarrina de helado de chocolate.
 
 
Anne Fadiman -los que me siguen conocen bien mi compenetración con esta señora- es la editora de una selección de artículos -Rereadings- dedicada precisamente a estas relecturas, una recopilación en la que diecisiete autores revisitan libros que en su momento les causaron impresión. En su prólogo, ella explica muy bien esta necesidad de volver a los libros que nos gustaron.
"Si un libro que leíste de joven es un amante, ese mismo libro, releído más tarde, es un amigo: 'el mejor amigo', como escribió el artista victoriano William James Linton, 'al que no alejarás de ti ni se sentirá ofendido/no importa cuánto lo hayas olvidado, pero que regresará cuando le llames/con la antigua amistad'. Esto puede parecer una degradación, pero después de todo cuando necesitas consuelo sueles volverte hacia los viejos amigos, no hacia los viejos amantes. El cansancio, la pena y la enfermedad piden familiaridad, no innovación. Cuando estás en cama con gripe, no te dices "Vaya, nunca antes he probado la comida afgana. ¡Voy a pedir comida para llevar, y que sea bien especiada!" Lo que deseas es un buen caldo de pollo. Del mismo modo, lo más probable es que se te antoje un libro que conoces bien, quizás uno algo infantil que te permita una reconfortante regresión."
Una sensación que también describe perfectamente una de las contribuyentes a esta antología, Allegra Goodman, cuando relata la siguiente anécdota sobre una de sus relecturas de Orgullo y prejuicio:
"Acababa de volver del funeral de mi madre. Tenía veintinueve años y nunca me había sentido tan vieja. Mi madre había muerto de cáncer cerebral con cincuenta y un años recién cumplidos. [...] La lluvia cayó torrencial esa primera noche y siguió cayendo al día siguiente. Hacía demasiado malo para sacar al bebé de paseo, de modo que jugaba en el suelo mientas yo escuchaba la lluvia. Repiqueteaba en la claraboya de la escalera y tamborileaba sobre el tejado, y comencé a releer Orgullo y prejuicio. Lo leí lentamente y de manera acrítica, echada en nuestro nuevo sofá azul en nuestra nueva y escasamente amueblada casa de la ciudad. Lo leí porque a mi madre le había encantado Jane Austen y porque releerlo como consuelo era algo que ella hubiera hecho. Lo leí porque mi madre era como Jane Austen en su ingenio, su amor por la ironía y su concisión. Mi madre era lista como Austen, y ocurrente; florecía en las situaciones profesionales complicadas. Y, como Austen, mi madre murió joven sin terminar su trabajo."
Me ha hecho pensar en mi madre, y en su pasión por los libros. Nada nos consuela de ciertas pérdidas. Pero si algo puede mitigarlas, sin duda es un buen libro.



jueves, 5 de junio de 2014

LEER MÁS ALLÁ DEL TEXTO



Dejarse llevar por la historia es uno de los grandes placeres de la lectura. Pero, una vez saciado el hambre por saber qué ocurre en ella, sólo diseccionando el texto, rebuscando en él, se saca el máximo partido de una obra. Sin este análisis, no es posible comprender a fondo un texto. Aún así, es frecuente que los escritores se sorprendan al ser conocer las interpretaciones que hacen los críticos sobre el significado de tal o cual suceso o personaje en su obra. Los textos parecen encerrar más carga significativa que la que el autor conscientemente ha puesto en ellos. Hasta cierto punto.
Hace poco tuve oportunidad de hojear un artículo académico titulado "Una lectura poscolonialista de Mansfield Park". Les recuerdo que, en esta novela de Austen, el padre de la familia que acoge a la protagonista tiene propiedades en Antigua, a las que debe viajar durante un tiempo para ocuparse de algunos problemas que han surgido allí. Esto -y no en muchas más palabras de las que yo he empleado aquí- es todo lo que la autora dice al respecto. Pues bien, de esas pocas frases hay quien es capaz de sacarse de la manga todo un tratado sobre la esclavitud en las colonias británicas a finales del XVIII, su situación social y laboral, las opiniones de Jane Austen sobre la trata de esclavos... para acabar prácticamente concluyendo que la obra toda ella gira en torno a la opresión colonial que ejerce el Imperio sobre los países oprimidos. Ahí es ná. Como lectora de Mansfield Park, resulta inevitable preguntarse si estamos hablando del mismo libro.
 
Cuanto más reputado el autor, más peligro corre de sufrir este tipo de análisis descabellados. Shakespeare, por ejemplo. Un interesante artículo en la revista del Smithsonian gira en torno a su relación con los descubrimientos científicos de su época. Se trata de saber si el bardo era consciente de estar viviendo en una era de gran efervescencia científica y de si en sus obras puede encontrarse algún rastro de ello. Según Dan Falk, autor de The Science of Shakespeare, sí. En su libro, imagino, dará argumentos para corroborarlo y no soy quién para discutírselo. Pero lo que me ha llamado la atención es que menciona a un tal Peter Usher, astrónomo, quien ha desarrollado una compleja teoría sobre Hamlet. Para él, la obra es una alegoría sobre tres diferentes cosmovisiones: la antigua cosmovisión ptolemaica, con la Tierra como centro del universo, la nueva visión de Copérnico y la de Tycho Brahe. Para Usher, los  personajes que aparecen en Hamlet personifican a diversos  astrónomos y matemáticos. Así, Claudio -el malvado tío que ha matado al padre del príncipe para casarse con su madre-, que lleva el mismo nombre que Ptolomeo, representa a este astrónomo griego y a su teoría sobre el cosmos. Hamlet, por su parte, sería Thomas Digges, un copernicano de pro. Las teorías de Tycho Brahe, por su parte, estarían encarnadas por Rosencrantz y Guildenstern. Y ya tenemos un Hamlet astronómico. Prueba de que, buscando bien y retorciendo convenientemente el texto, se puede encontrar casi cualquier cosa. Lamentablemente, nunca podremos saber con total exactitud qué pretendía decir Shakespeare, pues ya no está para aclararlo.
 
A saber si no estaba pensando en la rotación de los astros

 

lunes, 30 de septiembre de 2013

PACKS LITERARIOS

 
Seguro que ustedes, como yo, reciben constantemente ofertas de packs que prometen experiencias diversas, desde relajarse en un spa recibiendo masajes con nombres exóticos hasta pasar un par de días visitando bodegas y haciendo catas de vinos. (Hay alguna otra que me pone los pelos de punta, como conducir un Ferrari o iniciarse en los secretos del trial, que no quiero ni mencionar. Pagaría por no  hacer ninguna de estas dos cosas.) El lema de estas nuevas modalidades de ocio parece ser: "importa más la experiencia que el lugar" y "a cada cual según sus gustos". Bien pues, veamos: ¿no les parece que estos señores de la industria del ocio dejan de lado a un segmento de la población? ¿dónde están los packs para bibliómanos? Es indudable que ahí hay un nicho de mercado -como ellos dicen- sin cubrir. Y no crean que no hay posibilidades. Un par de autodefinidas "bibliohólicas" británicas han dado con una fórmula sumamente atractiva, que permitiría ofrecer a estas gentes letraheridas unas experiencias adaptadas a sus gustos (¡ay!, tan peculiares). Así, han ideado una serie de packs temáticos, adaptados a diferentes tipos de lectores que deseen desconectar durante unos días del mundo "real" (eso es según se mire, por supuesto) y dedicarse a su pasatiempo preferido. Vean algunas de sus ingeniosas sugerencias:
 
 
 Pack Jane Austen: 2 noches. Incluye un ejemplar de una Novela Clásica que Siempre Has Deseado Leer, dos comidas y dos refrigerios ligeros por día. Té ilimitado. Incluye un suave albornoz lleno de migas de galletas. Habitación equipada con proyector con video de Colin Firth.
 
 
Pack Tolstoi: 7 días. Incluye ejemplar de un Clásico Larguísimo y un par de lecturas ligeras para cuando no puedas más de descifrar letra pequeña y notas a pie de página. 3 comidas y un tentempié a medianoche por día. Café, té y cigarrillos ilimitados (si no fumas, seguramente lo harás para cuando acabes). Incluye una visita diaria de un viejo profesor no demasiado pesado con el que comentar tu lectura. Habitación equipada de máquina de aplausos que se activa cada vez que completas cien páginas. Opcional: masaje a cargo de atractiva señorita victoriana.
 
 
Pack Agatha Christie: 7 noches. A elegir entre compartimento de tren o cabina de barco. Incluye 20 novela de Christie elegidas al azar, un monóculo, un anciano vecino de habitación metomentodo, un grito en la noche y un masajista/criado/conserje interpretado por la misma persona.  La habitación contiene una serpiente venenosa oculta, un frasco de veneno, una pistola humeante, manchas de sangre y la sensación de ser vigilado. (Existe una versión más económica en la que se han arrancado las últimas páginas de las novelas.)
 
 
Pack Harry Potter: 7 noches. Incluye colección completa de las novelas de Harry Potter, una capa (invisibilidad no garantizada) y un mayordomo personal disfrazado de elfo. No le dé sus calcetines bajo ningún concepto. Incluye comidas en el refectorio comunal (con otros participantes del mismo pack), así como café té y cerveza de mantequilla ilimitados. Opcional: terrorífica aparición nocturna del Innombrable. Este pack existe también en versión Tolkien.
 
Todos los huéspedes deben atenerse a las siguientes reglas:
 
1) A la llegada, hay que entregar en recepción todos los aparatos electrónicos.
2) Los huéspedes pueden disfrutar de paseos por el jardín, sentarse en las cómodas butacas de la terraza o sumergirse en el jacuzzi exterior. Sin embargo, está prohibido utilizar ninguna de estas facilidades sin ir provisto de un libro.
3) Observamos una estricta regla de "no spoilers". En caso de que algún huésped revele a los otros detalles que estropeen su experiencia de lectura, será confinado en un desván polvoriento, donde deberá jugar a Angry Birds durante un tiempo equivalente a la gravedad de su delito.
4) Es obligatorio respetar la privacidad de los demás huéspedes, Quienes incumplan esta norma, serán encerrados en la suite "Naranja mecánica", cuyas características preferimos no divulgar.
 
Le aseguramos que en nuestro establecimiento no oirá jamás la frase "Me gustaría tener tiempo para leer".
 
No me digan que no se apuntarían a alguno de estos packs. ¡Ah, unas vacaciones dedicadas sólo a leer, leer y leer! Señores de la industria turística, ¿a qué esperan? Por aquí hay más de un futuro cliente de este tipo de productos.

lunes, 1 de julio de 2013

MUDANZAS LITERARIAS, VISTAS POR ANNE FADIMAN

Anne Fadiman
Los habituales de este blog saben sin duda de mi admiración por los textos de Anne Fadiman, que cultiva como nadie ese curioso género que ella misma denomina "ensayo familiar". Un género que conoció sus días de gloria a principios del siglo XIX, con autores como Charles Lamb y William Hazlitt como algunos de sus más insignes cultivadores. Mezcla de ensayo crítico y de ensayo personal, el ensayo familiar parte de un punto de vista subjetivo para hablar de temas concretos, permitiéndose frecuentes digresiones que, en manos de un autor hábil e ingenioso no hacen sino acrecentar el deleite del lector.
Quien haya leído la anterior recopilación de textos de esta autora, Ex libris, sabrá bien a qué me refiero. Por desgracia, me temo que la versión española de esta obra no resulta fácil de encontrar y, lo que es peor aún, que sus editores no tienen intención de traducir para los lectores hispanos su siguiente obra, titulada en inglés At Large and at Small, visto que el libro se publicó en 2007 y aún no hemos tenido noticia de él por estos lares. Algo incomprensible, puesto que es, se lo aseguro, tan interesante, ameno y lleno de humor como el anterior. No hay en esta ocasión una orientación libresca tan clara, pues los temas que toca son tan variados como los helados o la entomología, pero la presencia constante del mundo literario en todos ellos está garantizada.
 
El subtítulo, Confesiones de un hedonista literario,
 le viene que ni pintado.
En espera de que algún editor con buen gusto venga a remediar esta negligencia, no puedo resistirme a tomar prestado un fragmento del ensayo dedicado a las mudanzas, en que la autora combina el relato de una agitada mudanza familiar con un maravilloso repaso de mudanzas literarias. En estos meses de verano, cuando quien más quien menos casi todo el mundo cambia -ni que sea provisionalmente- de residencia, viene bien recordar sus efectos:
 
"No es posible escapar de uno mismo": éste es tanto el temor como la esperanza de la gente que se muda. Si tu intención es cortar las amarras para rehacer tu vida y tu persona, ¿qué ocurre si después de tomarte tantas molestias acabas tan poco alterado como sir Walter? [Se refiere al personaje de Persuasión, sir Walter Elliot a quien sus problemas financieros obligan a dejar su mansión ancestral] Por otro lado, ¿y si tu identidad está tan firmemente adherida a tu antiguo hogar que dejas atrás pequeños fragmentos de ti mismo, y tu nuevo yo queda desgarrado y disminuido?
Según el sociólogo James M. Jasper, no es de extrañar que los estadounidenses les pongan a sus coches nombres como Quest [Búsqueda], Explorer, Venturer o Caravan. Nos mudamos más que cualquier otro pueblo. En un año promedio, uno de cada cinco estadounidenses cambia de residencia, mientras que en Japón lo hace sólo uno de cada diez, en Gran Bretaña uno de cada doce y en Alemania uno de cada veinticinco. Cada uno de estos uno entre cinco americanos desdeña la norma que proponen casi todos los libros cuya trama gira en torno a una mudanza: ¡Quédate donde estás! ¿Se les ocurre algún libro alegre sobre una mudanza? A mí no. Está muy bien flotar en la imaginación hacia Troya o hacia Oz, hacia Narnia o Nuncajamás, siempre y cuando vuelvas a donde estabas; de hecho, uno de los temas más frecuentes en las historias de viajes, ya sean reales o imaginarios, son los denodados esfuerzos del protagonista por volver a casa.(Viajar se considera siempre más placentero que mudarse: envidiamos a los corresponsales extranjeros pero compadecemos a los hijos de militares.) Una mudanza típica de los libros infantiles es la que efectúan las heroínas huérfanas de El jardín secreto o La princesita desde la cálida y fecunda India a la fría y sombría Inglaterra. Incluso la serie de La casa de la pradera, en que la familia Ingalls permanece intacta y razonablemente satisfecha a lo largo de sucesivas mudanzas desde los bosques a las praderas y desde las cañadas al lago, va siendo progresivamente menos idílica en cada entrega. Lo más descorazonador de todo son esos libros educativos, ilustrados con fotos de risueños encargados de mudanzas, que ensalzan las alegrías de dejar a tus amigos y comenzar en una nueva escuela. Es posible adivinar que el autor miente porque por regla general el siguiente volumen de la serie tiene un título como ¡Qué divertido es que te saquen las amígdalas!
Y cuando nos hacemos mayores, ¿qué es lo que leemos? Martin Chuzzlewitt, en la que el joven Martin se muda a América, cae enfermo y pierde todo su dinero a manos de un estafador; Main Street [la novela de Sinclair Lewis], en la que Carol Kennicott se traslada a Gopher Prarie y se ve sofocada por el provincialismo de la pequeña ciudad; Las uvas de la ira, en la que los Joad se mudan a California y... ya conocen el resto. Desde el nacimiento a la edad adulta, nuestras vidas son un viaje que nos aleja del Edén. Y, puesto que concuerda con nuestra trayectoria vital, esa es la única dirección en que puede viajar el camión de mudanzas de la literatura."
 
 
  
(Aprovecho para confesar que las dos novelas de Frances Hodgson Burnett fueron unas de mis lecturas de infancia preferidas. Después de leer el ensayo de Fadiman, entiendo mejor aún el atractivo que ejercían sobre mí: crecer es un largo viaje desde el paraíso original hacia tierras más inhóspitas, sin duda.)
 

viernes, 15 de febrero de 2013

PULP FICTION


Como es sabido, el término pulp fiction da nombre no sólo una estupenda película de Quentin Tarantino -no me canso de ver la escena del twist entre John Travolta y Uma Thurman-, sino a todo un género (o quizá varios) de literatura popular. Surgidas en Estados Unidos a principios de los años veinte, este tipo de novelas, de precio reducido y dirigidas a un público muy amplio, se caracterizaban por estar impresas en un papel muy malo -pulpa de madera de baja calidad, de ahí el término que le dio nombre-, pero como reclamo lucían unas cubiertas espectaculares en colores vivos, que a menudo representaban atractivas mujeres en diversos estadios de desnudez (hasta donde la censura de la época lo permitía) o momentos cruciales de alguna pavorosa aventura. Héroes invencibles, mujeres hermosas, lugares exóticos y misteriosos villanos solían poblar sus páginas, convirtiéndolas en la lectura preferida por un público mayoritariamente joven y de bajo poder adquisitivo. Para muchos adolescentes de la época, la pulp fiction cumplió un papel similar al que tendría después la televisión. Con la llegada de los nuevos medios, y de una creciente prosperidad, el género pasó de moda, aunque a él le debemos el surgimiento de muchos grandes nombres de la novela negra (Raymond Chandler, por ejemplo) o de la ciencia-ficción.




Hasta el punto de que no sólo la literatura llamada "popular" recibió este tratamiento, sino que se dieron casos en que obras más literarias recibieron un tratamiento gráfico similar, quizás con la esperanza de atraer una nueva masa de lectores. Véase sino:

  
Casi da pena que haya pasado de moda, porque hay que reconocer que sus cubiertas eran de lo más resultón. Un momento... que las modas siempre vuelven. Se anuncia la aparición de un nuevo sello editorial, Pulp! The Classics, que pretende reeditar las principales obras clásicas de la literatura anglosajona, dándoles una cubierta de estilo pulp, con un toque de humor, pues no sólo las ilustraciones  representan por ejemplo a la Tess de Thomas Hardy como una vampiresa que fuma en boquilla, sino que -en el más genuino estilo pulp- añaden siempre alguna frase pensada para excitar las pasiones del lector. En el caso de Orgullo y prejuicio, luce la advertencia "¡Encierren a sus hijas! Darcy está en la ciudad...".




Si querían sorprender al lector, sin duda lo han conseguido. Para el mes de mayo, anuncian un par de títulos más, entre ellos Cumbres borrascosas. Estoy ya deseosa de ver cuál va a ser el eslogan comercial que le adjudiquen.

domingo, 13 de enero de 2013

ORGULLO Y PREJUICIO CUMPLE 200 AÑOS


Darcy en una ilustración de 1945.
¡Esos pantalones ajustados!
La deliciosa Orgullo y prejuicio está a punto de convertirse en bicentenaria, pues aunque Jane Austen la comenzó a escribir cuando tenía 20 años -la misma edad que Elizabeth Bennett, su heroína-, no la terminó hasta los 37. Originalmente titulada First Impressions, en noviembre de 1797 el padre de Jane Austen escribió al editor Thomas Cadell para preguntarle si le interesaba leer el manuscrito, pero éste declinó la oferta. Sólo en 1811 se animaría la escritora a retomar el asunto y hacer una serie de revisiones a la novela, que culminarían por fin en su publicación el 28 de enero de 1813. Para conmemorar tan magno aniversario, la sección de cultura de The Economist ha encargado una serie de artículos en torno al inmortal Mr. Darcy. Puede que haya cumplido doscientos años, pero el atractivo de de Mr. Darcy no decae, y a todo el mundo le apetece hablar de él. Ahí van algunos fragmentos jugosos, sólo para austenianos irredentos:

  • Colin Firth saltó a la fama como el Darcy de la adaptación de la novela que la BBC llevó a la pantalla en 1995. Una fama bastante inesperada para el entonces no tan conocido actor. Cuenta que cuando le propusieron interpretar este papel y se lo comunicó lleno de ilusión a su anciana tía, devota de Jane Austen, ésta le contestó fríamente (imagínenlo con acento British, por favor): "No seas tonto, Colin. Mr. Darcy es irresistiblemente guapo y atractivo".
  • ¿Quién no recuerda el hiriente (y engreído) comentario que Darcy hace en el baile acerca de Elizabeth, y que ésta no puede por menos que oír: "Es tolerable, pero no lo suficientemente guapa para tentarme"? Hay cosas que no se olvidan. Muchos años después de haberlo leído, la escritora Helen Simpson decidió vengarse por su cuenta, haciéndole decir lo mismo a su protagonista, pero referido al compañero de mesa que le ha tocado en una cena de negocios.

  • Los lectores de Austen saben que tras la altanería y la cierta brusquedad de Mr. Darcy se oculta un hombre que tiene sus principios (y una fortuna nada despreciable, para qué nos vamos a engañar). Ahora bien, la misma Helen Simpson se dice que sería interesante saber cuántas mujeres, como resultas de haber leído esta novela a una edad impresionable, han acabado cargando con un tipo malhumorado y controlador, debajo del cual creían -erróneamente- que se ocultaba otro Darcy en potencia. La lectura, ya ven, tiene sus peligros.
  • P. D. James es ambivalente en su consideración de nuestro héroe, a pesar de que precisamente ella se ha atrevido a escribir una secuela de Orgullo y prejucio en clave policiaca, La muerte llega a Pemberley: "Desde mi primera lectura, encontré a Darcy irritantemente arrogante, quisquilloso y en ocasiones terriblemente maleducado; cuesta creer que un caballero, de cualquier siglo, sea capaz de declararse a una mujer a la que ama en  los términos que Darcy emplea con Elizabeth. Aunque al final de la novela se redime..."
  • Para Adam Foulds no hay duda, Darcy es pura y simplemente un macho alfa. Guapo, pero sin pasarse (los hombres "demasiado" guapos no tienen ese atractivo infalible), con una capa de rudeza y con poder.  
  • Por fin, un interesante punto de vista: según el crítico John Carey, "nunca he conocido a un hombre a quien le cayese bien Mr. Darcy, aunque la mayoría de las mujeres lo adoran".  ¿Será verdad?
Si su magia ha durado doscientos años, será que algo tiene...

jueves, 27 de diciembre de 2012

LO QUE LA ARQUEOLOGÍA DESCUBRE: JANE AUSTEN

Fragmento de un mapa de John Carey de 1797
donde se puede ver el pequeño pueblo de Steventon
Todo buen austenita sabe que Jane Austen, séptima entre ocho hermanos, nació en 1775 en la rectoría del pequeño pueblo de Steventon, en el condado de  Hampshire. Sin embargo, para decepción de sus millones de fans, la casa donde la autora vio la luz, donde viviría hasta los veinticinco años y comenzaría la redacción de sus primeras obras, no se ha conservado. De ella sabemos que estaba hecha de ladrillo con un revoque blanco y tenía un tejado de tejas rojas a dos aguas. En la parte de atrás había un jardín cercado, con árboles frutales y lechos de flores y hortalizas, así como un reloj de sol. Los vecinos más cercanos de la rectoría era la familia Digwood, que ocupaba la gran casa señorial de Steventon, cuyas chimeneas se podían apenas divisar desde la rectoría. El padre de Jane se hizo cargo de la parroquia de Steventon en 1764, pero no pudo ocupar la rectoría -que estaba en muy mal estado y hubo de ser reparada- hasta 1768. En esta casa, no lujosa pero probablemente confortable, viviría la familia hasta 1801 y podemos razonablemente sospechar que Jane se inspiró en sus recuerdos de ella para algunas de las descripciones de las casas que habitan sus heroínas que, por regla general, pertenecen a una clase social pareja a la suya. Por eso, es lamentable que William Knight, sobrino de Jane, que se haría cargo de la parroquia, hiciera construir hacia 1820 una nueva y flamante rectoría al otro lado del camino y, para tener una vista despejada, decidiera derribar la antigua, junto con algunos "cottages" que ocupaban los campos adyacentes. Nos privó así de toda posibilidad de imaginar el paisaje y el entorno que rodearía a la autora durante sus años de formación.
La rectoría de Steventon, según un dibujo de la época
Esto no podía quedar así, queridos austenitas. Ni cortos ni perezosos, hace unos meses un grupo de voluntarios encabezados por Deborah Charlton del proyecto Archaeo Brito y financiados por una fundación, comenzaron a excavar en el que se suponía era el lugar donde antaño se erigía la rectoría. Al principio, ni de eso estaban muy seguros, pero pronto comenzaron a aparecer ladrillos y, según nos informa ahora la BBC, han podido establecer ya las medidas exactas de la casa y han desenterrado los fundamentos, junto con más de 1.000 clavos y 500 fragmentos de cerámica, que se encuentran actualmente en proceso de estudio. Se espera que todos estos restos arrojarán una cierta luz sobre las características de la casa, así como sobre el tipo de vida que llevaban sus habitantes. Prometen un informe detallado para finales de 2013, y los elementos más relevantes de lo hallado se expondrán luego en el cercano museo de Basingstoke. Seguiremos con atención las noticias, al respecto. Mientras las esperamos, no se pierdan las periódicas actualizaciones de este blog, en directo desde la "otra" casa de Jane Austen, la que sí se puede visitar hoy, situada en Chawton.
O, aún más fácil, relean cualquiera de sus novelas. Satisfacción asegurada.
Algunos de los restos de cerámica descubiertos en Steventon
Foto BBC

domingo, 2 de diciembre de 2012

JANE AUSTEN, CHESTERTON Y P.D. JAMES

G.K. Chesterton
Dice el gran G. K. Chesterton, en un artículo titulado "Sobre la reescritura de novelas como relatos detectivescos o de misterio" que "cualquier novela famosa, sobre todo si es tranquila y doméstica, podría reescribirse en forma de relato detectivesco". Imagina entonces que podrían existir obras como Crimen en Cranford -¡lo mucho que hubiesen disfrutado las señoritas de ese tranquilo pueblo inglés con un verdadero crimen!-, y que Persuasión sería un buen título para una novela de asesinatos, aunque a su parecer la novela de Jane Austen que ofrece más posibilidades para este cambio de género es Orgullo y prejuicio: "...está clarísimo. Lady Catherine de Bourgh muere asesinada. Nadie podría precederla socialmente en esta ocasión social (...) Las primeras sospechas recaen necesariamente en el señor Darcy, una figura sombría, siniestra, solitaria e impopular por sus hábitos poco sociables y por su inhumana arrogancia". Otros personajes de esta novela dan también mucho juego para el relato detectivesco: "Podrían idearse escenas muy eficaces con el interrogatorio policial del señor Bennet, cuyas sardónicas respuestas dejan al detective lleno de dudas sobre si el señor Bennet quiere decir que cometió el asesinato o que está sinceramente arrepentido de su negligencia por no haberlo cometido". Resulta muy probable que P.D. James, que es una persona culta y leída, conociera este ensayo de Chesterton e incluso, ¿por qué no? que decidiera tomarle la palabra y explorar las posibilidades que él apunta. Aunque me ha extrañado que ninguno de los críticos que se han ocupado de La muerte llega a Pemberley, la nueva novela de P.D. James que retoma los personajes de Orgullo y prejuicio, haya mencionado esta más que notable coincidencia (¡ni siquiera el New York Times!; decididamente, los críticos cada vez hacen peor sus deberes).  
La escritora inglesa, creadora del detective -y gran aficionado a la poesía- Adam Dalgliesh, no sigue sin embargo el camino apuntado por Chesterton. En su novela, es cierto, retoma a los personajes de Austen, pero varios años después de lo narrado en Orgullo y prejuicio. Elizabeth y Darcy están felizmente casados y han sido padres de dos hijos, cuando en sus vidas irrumpe de nuevo la alocada Lydia y su poco recomendable esposo, Wickham. ¡Problemas en el horizonte! A pesar de lo prometedor del inicio para cualquier lector de Austen que se hubiera quedado con las ganas de saber algo más acerca de esta singular pareja  -es bien sabido que los personajes que se saltan las normas siempre resultan más atractivos que los que las obedecen-, esta incursión detectivesca en la materia austeniana no está a la altura de las expectativas. Que, me temo, eran bastante altas. El misterio es ciertamente intrigante, pero la investigación se arrastra a paso de tortuga y el final ... bueno, de eso no voy a decir nada. Y, aunque James ha logrado recrear con bastante exactitud el lenguaje del siglo XIX, el humor y la chispa que caracterizan a Jane Austen están más bien ausentes. La maternidad, por su parte, parece haber convertido a la anteriormente chispeante elizabeth en una matrona sólo interesada por el bienestar de su esposo e hijos y por respetar las formas sociales. En conjunto, una cierta decepción. No dejo de preguntarme por qué la señora James no haría caso a Chesterton. O por qué Chesterton no seguiría su propia sugerencia y se encargaría él mismo de transformar esta "novela tranquila y doméstica" en una trepidante y divertida novela de asesinatos. Creo que a él, al menos, no le hubiese fallado la ironía.
Quien esté interesado en leer entero el artículo de Chesterton, lo encontrará incluido en el volumen Cómo escribir relatos policíacos, una miscelánea de reseñas, prólogos y ensayos varios publicados en diversos lugares por el escritor británico. No es, desengáñense, un manual para iniciarse en el género detectivesco, pero como todos los textos de Chesterton, rebosa ingenio y humor.