John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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domingo, 16 de octubre de 2022

VIAJAR AL PASADO (o tal vez no)


Una de las cosas más irritantes que existen es que la tomen a una por tonta. Todavía más irritante resulta ver cómo esa tomadura de pelo se hace extensiva a toda la sociedad y nadie parece darse cuenta. De ahí que sienta la imperiosa necesidad de alzar mi voz contra los anuncios de esa entidad llamada Meta, que no queda muy claro en qué consiste, pero que nos promete un futuro lleno de cosas maravillosas (siempre que previamente compremos sus productos, no especialmente baratos). Entre esas maravillas que el "metaverso" -es decir, la realidad virtual- nos traerá se encuentra -dicen ellos- la posibilidad de viajar en el tiempo. Argumentan que de este modo los estudiantes podrán asistir a escenas de la historia como si hubiesen estado allí. 

Bueno, pues tengo malas noticias para ustedes: tal vez no lo saben, pero el pasado no existe. Los humanos vivimos estrictamente en el presente. Podemos recordar nuestro pasado, imaginar nuestro futuro, pero estamos anclados en el momento actual. Es más, el pasado que creemos recordar es simplemente una fabricación de nuestra memoria, que selecciona y a menudo tergiversa lo que realmente sucedió. Y si esto ocurre con aquellos episodios que hemos vivido en primera persona, para qué hablar de aquellos que no hemos vivido, ni presenciado. Como dice David Lowenthal en su ensayo El pasado es un país extraño, "Ningún informe histórico se corresponde nunca de modo preciso con ningún pasado real. No se puede recuperar la totalidad de ningún acontecimiento porque su contenido es prácticamente infinito... La mayor parte de la información en torno al pasado no se registró jamás y la mayoría del resto fue efímera." No es posible, por tanto, reconstruir el pasado; como mucho, podemos intentar hacer una burda aproximación a través de los fragmentos e informaciones que nos han llegado. Pero esta recreación nunca se corresponderá con lo que dicho pasado fue realmente. No me resisto a citar las palabras de Hilary Mantel -la gran novelista recientemente fallecida-, quien, en unas interesantes conferencias que dio sobre la relación entre historia y novela, decía lo siguiente respecto a la historia:

"Es lo que ha quedado en el cedazo cuando los siglos han pasado por él: unas cuantas piedras, retazos de escritura, retazos de tela. No es más “el pasado” de lo que un certificado de nacimiento es respecto a un nacimiento, o un guion respecto a una representación teatral, o un mapa respecto a un viaje. Es una multiplicidad de testimonios de testigos falibles e interesados, combinado con informaciones incompletas sobre acciones que las personas que las ejecutaban no entendían del todo." 

Hilary Mantel

Así pues, suponer que gracias a Meta los estudiantes podrán viajar al pasado es una entelequia. Lo que verán, en el mejor de los casos, es lo que los programadores de Meta (o sus asesores históricos o quienquiera que se ocupe de eso) creen que es el pasado. La imagen que ilustra este engañoso anuncio es la de una escena que sin duda pretende evocar la antigüedad clásica (las personas vestidas con túnicas y mantos así lo hacen suponer), sobre las escalinatas de un posible templo griego, con sus columnas de mármol blanco. Así es como, al menos desde el Renacimiento, nos imaginamos que eran los templos de aquella época. Y así, imagino, será cómo los veremos en este prodigioso metaverso que nos espera. Sólo que los estudios más recientes indican que las columnas de los templos griegos, igual que sus frisos y estatuas, no eran blancas, sino que estaban pintadas de vivos colores. (De hecho, no es una absoluta novedad, ya el pintor del XIX Lawrence Alma-Tadema lo mostraba así en alguno de sus cuadros.) Vaya, que de viaje en el tiempo, nada de nada. Como mucho, nos ofrecen una especie de Disneyland del pasado. 

Alma-Tadema, Fidias mostrando los frisos del Partenón

Además, lo de viajar en el tiempo ya está inventado y se puede hacer por una módica cantidad de dinero (o incluso gratis, visitando una biblioteca): leyendo un libro. ¿Que quieres transportarte a la Antigüedad clásica? Déjate de realidad virtual. Nada como una dosis de las Vidas paralelas de Plutarco. Y oigan, él tampoco estuvo allí (escribe durante el siglo I d.C., y las Vidas que recrea son de personajes que vivieron décadas, o incluso siglos, antes), pero sin duda reconstruye determinados momentos históricos mejor que toda la realidad virtual. Como dijo Carles Riba:

 "Ningún lector de las Vidas paralelas olvidará jamás la fuga y asesinato de Pompeyo, los pasos de César desde la última noche hasta su muerte a los pies de la estatua del magno rival, la despedida de Casio y Bruto, la vela de este antes de Filipos, el espectáculo de Antonio, vencido y herido, izado a la torre inaccesible de Cleopatra, que le aguarda para morir, el encuentro de Coriolano y su madre, la captura y muerte de Filopemen, el suicidio de Catón en un amanecer lleno de pájaros, la angustiosa huida de Cicerón, el suplicio de Agis, su abuela y su madre, y la escena, que se empareja con esta, del suicidio colectivo de Cleómenes y sus compañeros, seguido de los horrores de la venganza egipcia en sus deudos inocentes, pero también espartanamente heroicos..."

miércoles, 1 de abril de 2020

EL TIEMPO INMÓVIL


Barcelona, desierta
Estos días no tiene una ganas de escribir sobre nada. Cuando todo esto empezó, pensé en hacer un diario del coronavirus, al fin y al cabo nos encontramos ante un acontecimiento insólito que está alterando millones de vidas y podría ser interesante documentar cómo lo vivo, pero confieso que la situación me ha superado. Primero, la preocupación tanto por asuntos básicos, como el abastecimiento o la protección (imposible hacerse con mascarillas, guantes o termómetros, así que habrá que enfrentarse al virus a cuerpo gentil y que Dios nos ayude), como por personas cercanas, que hacía imposible concentrarse en nada más. Luego, a medida que han ido pasando los días y todo se iba haciendo más y más sombrío, cada vez resultaba menos atractivo pensar en escribir sobre ello. ¡Si lo que una realmente necesita es olvidarse por unos momentos de esta realidad teñida de distopia! Por fortuna, he podido retomar una parte de mi trabajo (online, desde luego), lo que al menos me proporciona un objetivo en estas semanas sin horizonte. La otra parte, me temo, no va a volver hasta dentro de muchos meses, si es que alguna vez lo hace.  Como tantas otras cosas que solo ahora empezamos a añorar. 
Evidentemente, intento no pensar en el viaje que he tenido que anular, ni en las vacaciones que están también en la cuerda floja. Quién sabe cuándo y cómo podremos salir de aquí. Por ahora, los planes se reducen a no hacer planes. 
Durante estos días, me vienen a menudo a la cabeza pasajes de determinadas memorias, en su mayoría leídas hace tiempo, que describían situaciones que en su momento me pareció  imposible llegar a vivir, y con las que ahora, de repente, me identifico bastante (salvando las distancias). Como la preocupación constante por cómo y dónde conseguir determinados alimentos, o las pequeñas pero irritantes incomodidades cotidianas -desde no poder ir a la peluquería hasta cómo reponer unos zapatos rotos- que pueblan las páginas de tantas obras inglesas ambientadas en tiempo de guerra. A menor escala, porque aquello duró años y nosotros llevamos poco más de dos semanas de cerrojazo, empezamos a advertir la mordedura de  inquietudes similares. Y, sobre todo, la persistente impresión de que esto es el preludio de otros muchos cambios, de que casi nada va a ser igual. 
Buceando en mi biblioteca, recupero un par de fragmentos que de algún modo se podrían aplicar a la experiencia actual. El primero, tomado del segundo volumen de las memorias de Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, corresponde al 30 de junio de 1940.



Durante estas tres semanas, yo no estaba en ninguna parte; había grandes acontecimientos colectivos con una angustia fisiológica particular, quisiera volver a ser una persona con un pasado y un porvenir. Quizá en París lo logre. [...] París está extraordinariamente vacío, mucho más que en septiembre; es un poco el mismo cielo, la misma dulzura en el aire, la misma tranquilidad; hay colas ante las pocas tiendas de alimentación que aún quedan abiertas y se ven algunos alemanes; pero la verdadera diferencia es otra. En septiembre, algo comenzaba, era temible, pero apasionadamente interesante. Ahora, se acabó, el tiempo está absolutamente estancado ante mí, inmóvil durante años, me pudriré.  


El segundo, más o menos de la misma época, narra las vivencias de la señora Miniver, en la novela homónima de Jan Struther. (Otro libro de esos que no entiendo por qué no se recupera en España, la última edición data del año 1946).



No me he olvidado de todas las demás tragedias que pasan inadvertidas, aquellas que la marea se ha llevado por delante en las grandes ciudades: el pequeño librero, el tapicero del barrio, el dueño del garaje, el hombre que vende grabados antiguos, la mujer que vende pasteles caseros. No es posible olvidar a estas personas: hasta el momento, constituyen la mayor lista de bajas de esta guerra, y ni siquiera tienen el consuelo de la gloria.  
El tiempo inmóvil, las pequeñas tragedias que quedan ocultadas por la enormidad de los números... Como de costumbre, los libros sirven para iluminar la realidad. La de entonces y la de ahora.

martes, 12 de noviembre de 2019

TESTAMENTO DE JUVENTUD



Confío en que disculparán el pequeño retraso con que publico esta entrada, pues mi intención era hacerla coincidir con el 11 de noviembre, Día del Armisticio de esa Gran Guerra de 1914-1918 que aún perdura en la memoria europea (y mira que ha habido derramamiento de sangre y atrocidades después). 
Como los habituales de este blog saben, no hago reseñas de libros, sino que hablo sobre libros (y lectura), que es algo distinto. En esta ocasión, sin embargo, voy a desviarme de esta norma para recomendarles un libro publicado originalmente en 1933, pero que hasta hace muy poco, inexplicablemente, no había sido traducido al castellano. Se trata de Testamento de juventud, de Vera Brittain, una de las más conmovedoras memorias de lo que supuso esa guerra para toda una generación de jóvenes -y no sólo de combatientes- que en aquellos años se encontraban en la flor de la vida. Desde estas páginas, había clamado en más de una ocasión para que alguien se decidiera a publicarlas en lengua española, algo que por fin dos pequeñas editoriales -Errata Naturae y Periférica- han emprendido. Bravo por ellas, pues. 


Sobre el libro, estoy segura -a menos que el público de aquí sea totalmente insensible, algo que a veces casi tiendo a creer-, van a llover reseñas elogiosas, de modo que me abstendré de abundar en lo mismo. No se lo pierdan, no puedo decir más. En cambio, les hablaré sobre otros asuntos relacionados con su escritura y con la autora, en la esperanza de que eso anime a algunos a seguir leyéndola. Mark Bostridge, autor de una biografía de Brittain, se hace eco de la gran expectación que levantaron estas memorias en su momento, tanto que la primera edición de 3.000 ejemplares se agotó en un día. El libro se convirtió muy pronto en un best seller, para ser arrinconado después de la Segunda Guerra Mundial (lógico, había otros horrores más recientes). Bostridge cuenta cómo fue su primer contacto con esta obra: mientras trabajaba como ayudante de la hija de Vera, Shirley Williams -reputada política, miembro del parlamento británico y cofundadora del SPD (Social Democratic Party)-, se topó con un ejemplar de la primitiva edición de Gollancz, en cuya primera página había una foto de Uppingham School, donde tres de los amigos de Vera se habían educado, que databa de 1914. El libro perteneció a uno de los profesores de dicha institución y la foto llevaba la inscripción al dorso: "Conocí a estos chicos". Igual que los amigos de Vera, es de suponer que muchos otros exalumnos de este docente no regresaron nunca de los campos de batalla.

Uppingham School
Vera Brittain haría diversos intentos de escribir acerca de la guerra. Ya en 1917 comenzó una novela sobre este tema, que acabaría por desechar. Varios borradores más demuestran que durante la década siguiente intentó aproximarse a él desde la ficción, sin quedar satisfecha del resultado. Solo a través del testimonio autobiográfico, basado en sus diarios de la época y en las cartas que intercambió con su hermano, su novio y otros amigos, lograría por fin transmitir el horror y el sufrimiento de la guerra, así como su inutilidad. 
"Nada de lo que he leído en los diarios, ni siquiera las descripciones más vívidas y desgarradoras, me han hecho comprender la guerra como lo han hecho tus cartas." Esto le decía Vera a su futuro prometido, Roland Leighton, en abril de 1915, poco después de que este partiera para el frente. Las cartas de este, junto con otras muchas, formarían el núcleo de sus memorias. Sin embargo, por problemas con los derechos, Vera se vería obligada a omitir pasajes o a parafrasearlos. Tras la recuperación de Testamento de juventud a finales de los años setenta por Virago Press -se cuenta que su editora, Carmen Calil, decidió publicarla tras leer el libro durante un viaje en avión y acabar llorando-, y una vez convertido en un clásico indiscutible de las obras acerca de la Gran Guerra, se publicarían tanto los diarios que llevó Vera entre 1913 y 1917 como una recopilación de las cartas originales que cita en ella, titulada Letters from a Lost Generation. 
En 1968, cincuentenario del Armisticio, Vera regresó por primera vez a Uppingham, el alma mater de su hermano y sus amigos muertos. Hasta entonces no lo había hecho, argumentando que "hay allí demasiados fantasmas para mí". En esa ocasión, pronunció un conmovedor discurso, cuyas palabras me permito citar, como las más adecuadas para cerrar este artículo:
¿Que es lo más inmediato que me trae a la memoria esta fecha, 4 de agosto de 1914? [..] Las enormes cifras de los caídos en la guerra y del gasto bélico se diluyen en una fantasmagoría de escenas y sonidos humanos. En su lugar, pienso en nombres, lugares y personas y oigo, por encima de todo, el eco de la voz risueña de un chico en un campo de deportes durante aquel verano dorado.
Y gradualmente la voz se convierte en una entre muchas: el sonido del coro de Uppingham School mientras se aproxima a la capilla el Día de los Discursos en julio de 1914, cantando el himno conmemorativo […] En las voces de aquellos chicos había una cualidad conmovedora, como si estuvieran cantando su propio réquiem: y para muchos de ellos fue así.


sábado, 31 de agosto de 2019

LIBROS CONTAGIOSOS

(Ilustración de István Orosz)

Que la capacidad de los libros para difundir ideas los convierte en factores de contagio de formas de pensamiento consideradas peligrosas es cosa sabida -y temida- desde hace siglos. Diferentes formas de atajar este contagio, desde los rigores de la Inquisición a la censura previa, llegando a la quema de aquellos libros considerados más nocivos, han intentado ponerle remedio a lo largo de la historia, por lo general sin mucho éxito (parece inevitable que lo prohibido se convierta automáticamente en algo codiciado). Pero existe igualmente el miedo a que el libro, en tanto que objeto físico, sea causante de enfermedades, por creerlo portador de gérmenes. O sea, que a saber por qué manos ha pasado ese libro antes y qué miasmas malignas se hayan podido impregnar en él. (Dejamos de lado el caso del libro envenenado a propósito, del que tanto partido sacó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Y no digo más para no hacer un spoiler a los pocos que aún no hayan leído la novela ni -más raro aún- visto la película.)
Los primeros atisbos de este temor al contagio a través de los libros proceden de épocas teñidas por la ignorancia y el miedo: ante las plagas y pestes que asolaban Europa -cuyo verdadero origen era por entonces desconocido- se sospechaba de todo. Habla Daniel Defoe, en su Diario del año de la peste, de que los aterrorizados habitantes de Londres recurrían, en su zozobra, a la lectura de almanaques y predicciones astrológicas, unos opúsculos que -según el ficticio narrador de la historia- resultaban peligrosos porque "agitan y desordenan los cuerpos de sus lectores, haciendo así más probable que adquieran la enfermedad". Los más precavidos trataban sus páginas con pólvora, vinagre y perfumes, además de leerlas con guantes, persuadidos de que así mantenían a raya el peligro.



Tal como nos informa el libro de Annika Mann, Reading Contagion: The Hazards of Reading in the Age of Print, durante el siglo XVIII es cuando aparece por primera vez el concepto del peligro de contagio a través de los libros. Richard Mead -médico del rey Jorge II- afirma en uno de sus escritos que durante una plaga el peligro mayor de contagio proviene de aquellos mercancías "que retienen la infección, como algodón, cáñamo, papel y libros" entre otras. Objetos todos ellos que están en contacto con el cuerpo humano y son suficientemente porosos para absorber sustancias infecciosas. Esta ansiedad se vería reflejada en diversos autores de la época y -tras apaciguarse un poco con los progresos en higiene pública y medicina del XIX-, rebrotaría hacia finales de siglo con la proliferación de las bibliotecas públicas. A pesar de que no fue posible obtener ninguna evidencia médica concluyente de que se produjesen contagios a través de libros infectados, la cuestión flotaba en el ambiente. De hecho, en la década de 1880, se produce lo que en Estados Unidos llegó a llamarse el "gran pánico de los libros". Coincidiendo con una epidemia de viruela -este tipo de pandemias cusan reacciones de pánico que a menudo no atienden a razones- se empezó a exigir que las bibliotecas desinfectasen de algún modo los libros tras su préstamo (muchas de ellas recurrieron al vapor), mientras que en Gran Bretaña se producía un acalorado debate entre varias publicaciones acerca de este asunto, debate que quedó zanjado por la revista Library al abogar esta por la destrucción de todos aquellos libros que hubiesen estado en manos de personas infectadas. Como parte de este "pánico al libro contagioso", en Londres la Public Health Act de 1891 establecía multas de hasta cinco libras para todo aquel portador de una enfermedad infecciosa que prestase a propósito un libro a otra persona (lo que deja en el aire la espinosa cuestión de hasta qué punto el infectado prestaba a libro a mala fe o no). También se dio gran publicidad, en 1895, al fallecimiento de una bibliotecaria americana, Jessie Allen, en 1895, que se achacó a una tuberculosis que se suponía había contraído a través de la manipulación de libros. Resulta cuanto menos extraño que este sea el único caso documentado de muerte entre bibliotecarios. Si realmente los libros fuesen tan contagiosos, ¿no debería presentar este sufrido gremio un altísimo índice de mortalidad?



En fin, que esta ola de pánico a los libros contagiosos alcanzó su auge hacia final de siglo, para declinar hacia 1910, dado que -a pesar del incremento de las bibliotecas públicas- la evidencia no demostraba un aumento de contagios ni muertes entre sus usuarios, ni aún menos entre sus empleados. La gente empezó a preguntarse por qué manejar libros debería ser más arriesgado sanitariamente que manipular papel moneda, por ejemplo. Es evidente que bacterias y microbios están presentes en todos ellos, igual que en numerosos objetos que manejamos a diario. La conclusión que podemos sacar de este episodio es que el miedo al contagio a través de los libros nació de una combinación de las nuevas teorías acerca de la transmisión de las enfermedades y el desagrado de ciertas élites por la proliferación del préstamo público, que ponía todo tipo de libros -y, por tanto, de ideas- al alcance de cualquiera.
Sin embargo, hay ideas que calan hondo. Hace poco, al recomendarle a una persona que se quejaba de no encontrar determinado libro que lo sacase de una biblioteca pública me dijo, textualmente, que le daba asco llevarse a casa libros que "no sabía quién habría tocado antes". De ahí a acusarlos de contagiar enfermedades no hay más que un paso.


domingo, 11 de noviembre de 2018

LA GRAN GUERRA: CIEN AÑOS


Hoy es de esos días en que la importancia de la fecha se impone sobre todo lo demás. No importa que haga un día radiante y casi primaveral, en vez de la bruma lluviosa que sería más adecuada; ni que los caminos estén secos en lugar de embarrados, muy distintos del lodazal de Verdún: hoy hace cien años desde que terminó la Gran Guerra -la llamada a acabar con todas la guerras, que luego se reveló como simple primer capítulo de un horror que no estamos seguros de que no vaya a repetirse- y resulta imposible hablar de otra cosa. 
Sus muertos hace tiempo que son polvo; sus lisiados y sus huérfanos han desaparecido ya todos, o casi. Aún así, la memoria de tanta sangre persiste en las sociedades que vieron cómo toda una generación de jóvenes era conducida al matadero. En cada pueblecito francés, por pequeño que sea, hay un monumento a los caídos de la Gran Guerra, sus "enfants", como los llaman con devoción las placas que recuerdan sus nombres. Siempre que viajo por Francia, me detengo a leerlos, dedicando unos segundos a esos jóvenes que dejaron bruscamente de tener un futuro. 






¿Qué otro rastro queda, cuando incluso para sus familias no son más que una foto en sepia en algún álbum olvidado? Seguramente ha llegado el momento de salir al encuentro de ese ejército de espectros, que nos hablan desde las trincheras del Somme, desde los campos de Flandes, desde los Dardanelos o desde las Dolomitas. La literatura es la que rescata a todos estos muertos, los hace vivir de nuevo y muestra a las generaciones que no lo vivieron el absurdo de tanta matanza. Lo que sigue no pretende ser un recuento completo, simplemente unas cuantas sugerencias de lectura,  según me vienen a la memoria, para rendirles homenaje:

-Los que estuvieron allí:  No hay, ya lo sabemos, nada mejor que la experiencia de primera mano.  Quienes lucharon en los frentes, cuidaron a los heridos o guardaron la retaguardia, nos han dejado testimonio de cómo lo vivieron. Robert Graves, en Adiós a todo eso, sin lugar a dudas una de las mejores memorias de la guerra de trincheras; Ernst Jünger, con Tempestades de acero (aunque a mí me hiele la sangre a veces su aparente impasibilidad) o Erich Maria Remarque, que en Sin novedad en el frente se sirve de la ficción para meterse en la piel de un soldado. La guerra no sólo truncó las vidas de los caídos, sino también la de las novias o esposas que les esperaban en casa. Como la de Vera Brittain, que en su Testament of Youth (incomprensiblemente, no hay versión española) deja una de las memorias más conmovedoras de una generación devastada por la guerra. Quizás menos literarios, pero no menos verídicos, son los testimonios -diarios, cartas- recogidos por el sueco Peter Englund en La belleza y el dolor de la batalla.




-Los que dicen los historiadores: Hay numerosos estudios de la Gran Guerra, que detallan sus causas -para un análisis implacable de la torpeza política que llevó a ella, véase el Sonámbulos de Christopher Clark o el intenso y ameno Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (que, por cierto, recibió el Premio Pulitzer)- y no pretendo de ningún modo conocerlos todos. Me limito a recomendar una de los últimas, y tal vez una de los más extensas, monografías sobre este tema: 1914-1918, de David Stevenson, o 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, un historiador que sabe mucho de conflictos bélicos. 

-La verdad de la ficción: Si la ficción, como dice Vargas Llosa en su ensayo sobre Victor Hugo, es "la verdad de las mentiras", no cabe duda de que una de las vías mejores para recuperar el pasado es la ficción. De entre las innumerables novelas que se ocupan de la guerra o sus consecuencias, rescato algunas. Sin duda hay muchas más que merecerían ser mencionadas -y seguro que se me ocurre otra media docena en cuanto publique este post-, pero me limito a hablarles de tres: Regeneración, de Pat Barker -una espléndida escritora que debería ser más conocida-, que nos lleva a un hospital psiquiátrico en 1917, porque a veces las peores heridas no son las que se ven; Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaître, que a través de un humor muy negro nos recuerda que siempre hay quien saca tajada del sufrimiento ajeno; y El regreso del soldado, de Rebecca West, centrada en las secuelas de la guerra, tanto para los que regresan como para quienes les reciben a su vuelta al hogar. 

De esta también hubo película, 
con Glenda Jackson y Julie Christie

Si Quevedo, gracias a los libros "vivía en conversación con los difuntos," y "escuchaba con sus ojos a los muertos",  a nosotros ellos también nos permiten mantener vivo el recuerdo de la Gran Guerra, cien años después. 

domingo, 15 de octubre de 2017

NAPOLEÓN Y LA LECTURA

El emperador en su estudio, por Jacques Louis David

Lamentablemente, parece que vivimos una época de gobernantes poco amantes de las letras, cuando no casi alérgicos a ellas. El actual presidente de los Estados Unidos -cuyo nombre prefiero no pronunciar- dice no haber leído ningún libro en los últimos años. Falta de tiempo, argumenta. Por supuesto que todos los lectores sabemos que esa no es una excusa válida. Además, muchos otros ocupantes del cargo han cultivado la lectura. Sin ánimo de comparar a ese personaje con gentes cuya estatura intelectual y política le convierten en un pigmeo, quizás le daría qué pensar  -aunque puede que tampoco tenga tiempo para reflexionar- el que figuras de tal relevancia histórica como Alejandro Magno o Napoleón fuesen grandes lectores. Del primero, es verdad, lo que se sabe está envuelto en brumas -dado que no se conserva ningún testimonio directo de contemporáneos suyos-, pero resulta plausible que Aristóteles, su maestro, le inculcase el amor por la lectura. La leyenda dice, al menos, que su autor de cabecera era Homero y que tenía siempre un ejemplar de La Ilíada cerca. De Napoleón poseemos mucha más documentación y no cabe duda de que era un ávido lector. No solo eso, también valoraba el aspecto físico del libro: el papel, la buena encuadernación, las bibliotecas... Como le sucede a la mayoría de los infectados por el virus de la lectura, la afición le venía de lejos. Según cuenta la amena obrita de Antoine Guillois, Les Bibliothèques particulières de l'empereur Napoleón (París, 1900), ya en su juventud devoró todas las obras contenidas en la biblioteca familiar de Ajaccio, y entre ellas sentía predilección por las Vidas de Plutarco y -cómo no- por Homero. Más adelante, se aficionó a Rousseau -cuyas obras pedía a un librero de Ginebra- y leyó, entre muchos otros autores, a Mme. de Staël y a Francis Bacon. Cuando, ya encumbrado al cargo de cónsul, se instaló con Josefina en la Malmaison, se hizo construir allí una hermosa biblioteca, donde reunió más de cinco mil ejemplares, sobre todo obras de historia y de filosofía, y que era su lugar de trabajo preferido. 

Biblioteca del Château de la Malmaison

Como era costumbre, hizo encuadernar todos los volúmenes en cuero, con las iniciales B y P entrelazadas en el lomo (de Bonaparte-La Pagerie, que era el nombre de la familia de Josefina) y "Malmaison " en letras doradas en la tapa. Algunos de ellos participaron, en el equipaje del general, de la campaña de Egipto. Por desgracia, esta biblioteca se dispersó, vendida en subasta en 1827, a la muerte de Eugène Beauharnais. (¡Qué no daría una por tocar alguno de estos libros, ya no digamos por poseerlo!) 
No contento con llevar consigo libros durante sus desplazamientos, le interesaba estar informado sobre las nuevas publicaciones. Así, durante la campaña de Jena, le ordenó a su secretario que redactase la siguiente misiva:
"El emperador se queja de que no recibe novedades de París. Sin embargo, le sería usted fácil enviarnos cada día dos o tres volúmenes, con el correo que sale a las ocho de la mañana."
Y es que acostumbraba a entretener los viajes y las campañas leyendo; su berlina estaba dispuesta de modo que facilitase la lectura. Cuando un libro no le gustaba, Napoleón tenía la costumbre de tirarlo por la ventanilla, de modo que podríamos decir que fue dejando un rastro de libros por Europa. Tal era su avidez lectora que hasta llegó a idear una "biblioteca de viaje" que contuviese los libros que consideraba imprescindibles y a establecer las medidas y el tipo de encuadernación que debían tener. Estos libros iban protegidos en una caja de madera, para facilitar su transporte:




Como se puede observar, la propia caja tiene forma de libro, conformando así un falso libro con muchos libros dentro. No satisfecho con este arreglo, en 1808 le dio las siguientes instrucciones a su bibliotecario:
"El Emperador desea formar una biblioteca de viaje de mil volúmenes en formato de doceavo, impresos en tipografía Didot. Es intención de Su Majestad que dichas obras se impriman para su uso personal y, para economizar espacio, no deben llevar márgenes. Deben tener entre quinientas y seiscientas páginas, y estar encuadernadas con cubiertas lo más flexibles posible. Deberá haber cuarenta obras sobre religión, cuarenta obras dramáticas, cuarenta volúmenes de épica y sesenta de otras poesías, cien novelas y sesenta volúmenes de historia, siendo el resto memorias históricas de todas las épocas."
Finalmente, este proyecto no llegó a materializarse, pero ser el bibliotecario de Napoleón no era ninguna sinecura. El emperador no sólo leía enormemente, sino que era exigente con lo que leía. Así, en una ocasión le escribe a Barbier, su bibliotecario, quejándose de que las novelas que le manda son detestables:
 "Van directas de la valija del correo a la chimenea. No nos envíe más porquerías de estas... Mande los menos versos que pueda, a menos que sean de nuestros grandes poetas."
Las peticiones Napoleón son constantes, uno se imagina al pobre Barbier corriendo de aquí para allá intentando satisfacerlas. Pero no todo son lecturas para distraerse, el emperador las emplea también para preparar concienzudamente sus campañas. Cuando está preparando la invasión de Rusia, solicita:
" Las obras más adecuadas para conocer la topografía de Rusia y sobre todo de Lituania [...] Debería asimismo disponer de todo lo que tengamos en francés sobre las campañas de Carlos XII en Polonia y Rusia."
Y, en mayo de 1812, reclama "un Montaigne en pequeño formato, que sería bueno incluir en la pequeña biblioteca de viaje". Esta biblioteca de campaña -hélàs!- ardió en su mayor parte durante la retirada de Rusia y el resto cayó en poder de los rusos. 
En momentos de zozobra como los presentes, una desearía que sus gobernantes fuesen capaces de ampliar sus horizontes y leyesen un poco más a Montaigne. Si no lo hacen, no será por falta de espacio, pues hoy todos los libros que acarreaba Napoleón caben en un Kindle. ¿O aducirán falta de tiempo, como ese otro?  Tal para cual.  

lunes, 21 de agosto de 2017

EVOCANDO DUNQUERQUE


Los calores veraniegos animan a encerrarse por un par de horas en las salas de cine, esos lugares mágicos donde uno se sumerge de verdad en las películas -si tiene la prudencia de evitar los cines "palomiteros"-, sin distracciones, mensajes de WhatsApp ni ruidos del vecindario y con una pantalla y un sonido a la altura de la obra que se va a contemplar. Ciertamente, la última película de Christopher Nolan, Dunquerque, merece ser vista en estas condiciones, porque sus recreaciones de los combates aéreos y las tragedias en el mar son de lo más espectacular. Aunque pasé un rato de lo más distraído, personalmente, sin dejar de reconocer la habilidad técnica de su director y apreciar que recurra a diferentes lapsos temporales para narrar la historia, hubiera agradecido un guión un poco más sólido detrás. ¿Dónde están los guionistas de la edad dorada de Hollywood? Esta película me ha llevado a evocar otra descripción -literaria, en este caso- de esa famosa retirada, la que hace Ian McEwan en su novela Expiación. Si uno quiere sentir en toda su crudeza lo que debió significar estar acorralado en esas playas, con los alemanes pisándole los talones, la lectura de las páginas que McEwan le dedica es inexcusable. Ya puestos, recomiendo leer la novela entera, sin lugar a dudas una de las mejoras obras de este escritor británico.
El estreno de la película de Nolan ha propiciado otras recuperaciones interesantes en torno a este episodio bélico, como la de las memorias de Anthony Rhodes, Sword of Bone.

Rhodes (1916-2004) fue un gentleman ilustrado, apasionado por el arte y la literatura, que escribió novelas, libros de viajes, biografías y las mencionadas memorias de guerra -aparecidas en 1942, muy poco después de vivida la experiencia- que, según reza su obituario en The Independent, son "un clásico de la literatura de la Segunda Guerra Mundial". Los críticos comparan su tono con el de Evelyn Waugh, pues Rhodes hace buen uso de la ironía inglesa. No he tenido aún oportunidad de leer estas memorias, pero sí me ha llamado la atención el fragmento que ofrecen sus editores, Sightly Foxed -por cierto, bibliómanos anglófilos, no deberían perderse las cuidadas publicaciones de este sello editorial-, en el que Rhodes relata primero la conferencia de oficiales en que se les comunicó que el ejército inglés iba a ser evacuado de Francia. La escena, tal como él la reproduce, está a la altura del mejor guionista:
Nos concedió unos momentos para que se acallase el sorprendente efecto de sus noticias.
-Vamos a hacer algo esencialmente británico; me atrevo a decir que sólo los británicos se atreverían a llevar a cabo un plan tan descabellado. Esperemos que resulte tan exitoso como la última vez que alguien intentó algo parecido: sir John Moore en La Coruña.
[Nota aclaratoria para mis lectores: recordarán sin duda que Moore fue herido mortalmente durante la batalla que precedió a la evacuación, en 1809, y está enterrado en tierra española. Es cierto que en aquella ocasión el ejército inglés fue evacuado, contra todo pronóstico, pero no sé si citar a Moore como precedente elevaría mucho los ánimos de los presentes.]
-No les puedo decir mucho al respecto -continuó- porque no se han hecho planes. Ni siquiera estamos seguros de que haya barcos en la costa para evacuarnos. Simplemente, hemos de correr el riesgo. Lo único que puedo decirles con certeza es que lucharemos duramente en la retaguardia durante todo el tiempo. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta en qué orden se están aproximando a la costa las divisiones británicas. Avanzadillas de cada división se adelantarán para preparar nuestro recibimiento en Inglaterra - al llegar a este punto se rió- si es que llegamos.

Las instrucciones eran que debían dejarlo todo atrás, destruyendo previamente cualquier armamento o equipo. En el caso de Rhodes, sus pertenencias incluían un número considerable de libros:

Entre todo el trajín y la conmoción que siguió, encontré el modo de guardar mis libros en un armario ropero. Eran el resultado de ocho meses de exploraciones en las librerías de viejo de París y de Lille. Me producía cierta desazón pensar que algún soldado alemán o francés los utilizaría tal vez para encender el fuego. [..] Encima de ellos, puse una educada notita en francés y en alemán en la que le rogaba al nuevo dueño que los tratase con cuidado, diciéndole que confiaba en que disfrutaría mucho de su lectura; finalmente, le pedía que viniese a visitarme a mi dirección de Londres después de la guerra (trayendo consigo los libros, por supuesto). 

Me encantaría saber qué ocurrió con esos libros abandonados y si la educada nota de Rhodes -tan británica- dio algún fruto. Posiblemente, no, y como tantas otras cosas desaparecieron en el torbellino de la guerra. De todos modos, esta preocupación por sus libros en momentos en que se está jugando la  vida retrata bien el tipo de personaje que era Rhodes.
A veces, hay historias de guerra que son más apasionantes que las batallas. 
    

domingo, 5 de febrero de 2017

REFUGIADOS



La literatura no es un lugar donde perderse, es un lugar donde encontrar. A los que pasamos buena parte del tiempo con la nariz metida en un libro se nos acusa a veces de evadirnos, de no estar en contacto con la realidad. Pero sucede lo contrario: gracias a las historias que leemos -historias reales o ficticias, qué mas da- somos capaces de vivir en la piel de otros y de compartir experiencias muy distintas a las nuestras, ya tengan lugar a varios siglos de distancia u hoy mismo, a sólo unos kilómetros de los confortables sofás donde pasamos la tarde leyendo. Así, podemos empatizar con los sentimientos de personas cuya trayectoria vital es tal vez muy distinta a la nuestra. Sabemos que esos "otros" que pueblan los libros podríamos fácilmente ser nosotros.
En momentos como el actual, en que la extrema injusticia se alía perversamente con la ceguera -o la locura- colectiva, quiero creer (déjenme al menos ese magro consuelo) que la literatura es capaz de enseñarnos algo.
Los libros de historia hablan mucho de batallas, de tratados políticos, de estrategias y de alianzas. No tanto (a veces muy poco) de lo que les sucede a las personas corrientes, ni del paisaje después de la matanza. Mientras que la guerra, aunque cruel, tiene su aspecto épico, heroico, las secuelas de la guerra son un tema poco grato. Para los que las sufren, porque preferirían pasar página cuanto antes. Ya que han sobrevivido, buscan mejorar su situación, no permanecer anclados en ella. Para los testigos, porque las pobres gentes que malviven en sótanos o agujeros, los niños harapientos bajo la nieve o las madres de familia que se prostituyen por un pedazo de pan que llevar a casa no son un espectáculo edificante. Y cuando se acaba de pasar una guerra, lo que el público pide son historias que les levanten la moral. No es extraño, por ejemplo, que sobre la inmensa zona devastada que era la Europa de 1944 se haya escrito bastante poco; casi nada, si lo comparamos con los centenares de volúmenes dedicados a la guerra que le dio origen. Una de las obras más esclarecedores en este sentido es Europa en ruinas, una recopilación de testimonios presenciales de los años 1945-1948. Hans Magnus Enzensberger, su seleccionador, justifica en su prólogo la escasez de artículos y estudios contemporáneos sobre el tema: “No solo había quedado devastado el entorno físico, sino también la capacidad de percepción” de los europeos. Hoy, esa incapacidad para tender la mano al que lo necesita, de conmovernos de verdad -que quiere decir hacer algo al respecto- parece haberse apoderado de todo el mundo occidental. Así, que, modestamente, quiero recordar algunos de esos fragmentos escritos en el pasado que nos hablan también del más inmediato presente:




Dice Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:
“El drama de los sin derechos no es que se vean privados de su vida, de su libertad y de la búsqueda de la felicidad, o que carezcan de igualdad ante la ley y de libertad de opinión -fórmulas que se acuñaron para resolver problemas dentro de comunidades determinadas- sino que ya no pertenecen a ninguna comunidad […] Su problema no es que no sean iguales ante la ley, sino que para ellos no hay ley.”

(A Arendt, de orígenes judíos, le fue retirada la nacionalidad alemana por los nazis en 1937 y fue apátrida hasta 1951, en que consiguió la nacionalidad estadounidense.)

Keith Lowe, en Continente salvaje, resume así la situación de los desplazados en Europa en 1945:

"Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. [...] Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos."





Marisa Madieri, por su parte,  recuerda en Verde agua su primera impresión al entrar en el Silos, un antiguo depósito de cereales en el que alojaron a las familias italianas expulsadas de Fiume.


"Entrar en el Silos era como entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio. De los box se elevaban vapores de cocción y olores disparatados, que se unían hasta formar uno intenso, característico, indescriptible, una mezcla dulzona y rancia de olor a sopa, a coles, a fritos, a sudor y a hospital. De día, viendo de la intensa luz exterior, no resultaba fácil acostumbrarse a la débil luz artificial del interior. Sólo al cabo de un rato se distinguían los perfiles de cada box y se daba uno cuenta de la disposición compleja y articulada del tenebroso poblado estratificado y de incesante ir y venir de personas que se movían por sus calles y por sus encrucijadas."



En Nápoles 1944, Norman Lewis cuenta sus experiencias cuando, como miembro del Servicio de Inteligencia británico estuvo destacado en la ciudad devastada:

"Es asombroso presenciar las luchas de esta ciudad tan destrozada, con tanta hambre, tan despojada de todo cuanto justifica la existencia de una ciudad, para adaptarse al hundimiento en unas condicions que parecen de la edad de las tinieblas. La gente acampa como beduinos en desiertos de ladrillo. Escasean los alimentos y el agua y no hay sal ni jabón.  Muchos napolitanos han perdido en los bombardeos cuanto tenían, incluida casi toda la ropa, y he visto por las calles extraños atuendos, como por ejemplo a un hombre con un viejo esmoquin, pantalones bombachos y botas militares y a algunas mujeres con prendas de encaje que podrían haber confeccionado con cortinas."



Nápoles, 1944. Con unos pocos cambios, podría ser Aleppo, 2017

Françoise Frenkel, una judía polaca que fue detenida al intentar cruzar ilegalmente la frontera franco-suiza en 1941, reproduce en su libro de memorias Rien où poser sa tête su conversación con uno de los gendarmes que la custodiaban:

"   --Yo no había visto judíos nunca antes. Son gente como los demás. Pero los que pasan por aquí pretenden cruzar la frontera sin pedir ni siquiera visado. Así que les devolvemos al lugar de donde venían. Y vuelven a intentarlo. Son tozudos como mulas. Entonces los detenemos y los encarcelamos. Desde hace unos meses, todo esto nos da mucho trabajo. Nunca antes habíamos tenido tanto... compréndalo, los judíos tanto nos dan, pero que se queden donde estaban. Con su manía de venir a la frontera, nos obligan a estar movilizados día y noche. Lo digo sin rencor, señora.  
     Tamaña ignorancia rayaba en la inconsciencia. Ni siquiera intenté explicarle los hechos. No hubiese servido de nada."


Basta con sustituir unas situaciones por otras y resulta fácil acercarse al drama que vive ahora mucha gente que, como los europeos hace pocas décadas, se encuentran de pronto despojados de todo y  obligados a dejar su hogar. Que los hijos y nietos de los refugiados de entonces no sean capaces de una mínima empatía con estas personas debería ser un bochorno para todos nosotros. Tan ricos, tan cultos, tan miserables.

domingo, 29 de mayo de 2016

¿QUÉ LEO AHORA? ITINERARIOS DE LECTURAS


Acabas de terminar un libro, o ni siquiera eso, te faltan todavía unas páginas, pero ya oteas el horizonte lector, en busca del siguiente. ¿Cuál será? Y no es por falta de libros que leer, más bien eres penosamente consciente de que jamás lograrás leer ni una pequeña parte de todo lo que se ha escrito, aunque es casi seguro que un porcentaje nada despreciable de los volúmenes que circulan por el mundo no merece tu atención: por malos, por aburridos, porque tratan de temas que no te importan. Pero, ¿y qué hay de los miles y miles que sí podrían interesarte? Cuando te enfrentas a la enormidad que se te ofrece, el problema está en elegir, y en elegir bien. Así, todos recurrimos a estrategias varias: la estantería de "pendientes", la lista (que crece y crece), pedir consejo a algún amigo de gustos afines, pasear por bibliotecas o librerías esperando que algún libro nos llame la atención... Recursos todos ellos válidos, aunque no siempre efectivos. A veces, no se trata tanto de leer cierto título del que tenemos buenas referencias, o de catar a determinado autor que aún no conocemos, sino que nos tienta algo más vago y más amplio al mismo tiempo: un tema, un personaje, una época. En ocasiones así, es cuando se echan de menos verdaderas selecciones de lecturas. Se me dirá que uno puede buscar en el catálogo de cualquier biblioteca o base de datos de las miles que alberga internet. Basta con poner la palabra clave que se desea y, voilà, tenemos ante nuestros ojos una larga lista de libros relacionados con ella. Lamentablemente, lo que estas listas poseen en cuanto a dimensión les falta en cuanto a criterio. Si los metadatos del libro no contienen la palabra que hemos empleado para hacer la búsqueda, no aparecerá citado ahí. Además, ¿cómo decirle a una máquina que uno está buscando "buenos" libros, no cualquier opúsculo que haga referencia al tema? Las listas compiladas por humanos -por ejemplo, las de Goodreads- no son mucho más dignas de confianza. Para empezar, en ellas suelen repetirse con enojosa frecuencia los mismos títulos, que vienen a ser los bestsellers del momento complementados por los clásicos que todo el mundo conoce (por algún motivo que desconozco, se busque lo que se busque, en todas las listas acaba apareciendo algún título de la saga "Los juegos del hambre"). Cuando lo que uno busca, precisamente, es que le descubran cosas nuevas, adentrarse por terrenos inexplorados, pero de la mano de alguien que sabe lo que se hace.




¿Tal vez una buena librería? Bueno, la librería puede servir de mucho, pero el orden alfabético de autores, que sin duda facilita encontrar un libro determinado, o la clasificación que ayuda a orientarse al amante de los géneros, no funcionan cuando lo que se lleva en la cabeza es, por ejemplo "me gustaría leer algo de/sobre la belle époque".  En un caso así -y conste que este es un tema de los fáciles, a veces me encuentro queriendo saber más sobre asuntos mucho más etéreos-, los buscadores te conducen a cualquier libro que lleve "belle époque" en el título (que van desde una historia de los judíos vieneses durante esa época a algo titulado Picardías de la belle époque ¡sólo para adultos!, por no mencionar una historia de los hoteles de San Sebastián, que no dudo tendrá su encanto, pero que es muy probable que no sea lo que quieres leer), mientras que una incursión en la librería te aboca a la sección de historia. Pero resulta que a mí no me interesa sólo la historia, sino también los personajes que descollaron y la literatura que se escribió durante esa época, así como la que aspira a recrearla. No hay buscador que solucione eso.  
En ciertas librerías tienen la buena costumbre de preparar, de vez en cuando, selecciones temáticas de libros. Ignoro si les dan resultado desde el punto de vista comercial, pero a mí me parecen irresistibles, porque no hay nada mejor que tener marcado un itinerario de lecturas, un camino trazado con la ayuda de un criterio certero y ecléctico. Para volver al ejemplo de antes, mi itinerario para la belle époque incluiría -por supuesto- algún libro de historia como Los años de vértigo de Philip Blom, pero también novelas con el sabor de esa era, como alguna de las deliciosas comedias de Oscar Wilde, Una habitación con vistas, de E. M. Forster, o tal vez el Chéri de Colette, sin olvidar por supuesto las obras de Proust -aunque sea esta una lectura de largo recorrido-, complementado tal vez por una biografía de Misia Sert; para rematarlo, algún libro de ahora que sabe transportarnos allí con chispeante ingenio: Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec, esa estupenda serie de cómics de Jacques Tardi.




¿Lo ven? No puede ser tan difícil. Estoy esperando que alguien invente la máquina perfecta para hacer itinerarios de lectura. Mientras, seguiremos agotando la paciencia de libreros, amigos y blogueros.
 

jueves, 21 de abril de 2016

EL ARTE DE LA DEDICATORIA


Dice el DRAE sobre el verbo "dedicar", en su segunda acepción, que es: "Dirigir a alguien, como obsequio, un objeto cualquiera, y principalmente una obra literaria o artística." Se acercan días de libros en la calle y de escritores firmando. "¿Puede dedicarme su libro?" Junto a la satisfacción de contar con un lector, el apuro de cómo dedicárselo. Pues si conviene que los lectores respeten ciertas normas antes de lanzarse a la búsqueda de firmas, también los autores han de cuidar de estar a la altura de las expectativas de su público. Los más, salen del paso empleando una fórmula que no comprometa a nada: "A Fulanito, con afecto" -aunque es la primera vez que ve a Fulanito, y no ha tenido tiempo material de crear ningún vínculo afectivo con él-, o algo así. Más peliaguda se pone la cosa si el autor ha tenido cierto roce social previo con el solicitante de dedicatoria. Tal vez este conocido se sienta agraviado si recibe la misma dedicatoria que el lector totalmente desconocido, pero ¿cómo calibrar con exactitud el grado de amistad que les une? ¿Es lícito dedicarlo "A mi amigo Fulanito" si el tal amigo es simplemente el novio fugaz de una amiga, con el que no hemos cruzado más de tres o cuatro frases en nuestra vida? Otras veces es el propio lector el que le dicta prácticamente la dedicatoria al autor: "Dedíqueselo a mi hija Mariví, en el día de su cumpleaños. Porque cumpla muchos más." ¿No sería más lógico que fuese el comprador del libro -y quien lo ofrecerá como regalo- el que inscriba una dedicatoria así? Algunos afortunados escritores poseen habilidad no sólo con las palabras, sino también con el lápiz, y salen del paso trazando algún ingenioso dibujo junto a su firma. Suele llevar algo más de tiempo, pero seguro que les pone en menos compromisos.
La versión más cutre de todo esto se da en ciertos casos de autores megabestsellers, a quienes  para intentar contentar la demanda de sus fans, los editores hacen firmar un buen número de ejemplares a ciegas, que luego se ponen a la venta con ese "plus".

Claro que, aparte de estas dedicatorias de ocasión están las otras, las que ya vienen impresas. También aquí hay diversas escuelas a la hora de resolverlas. Como sabemos, en tiempos antiguos la dedicatoria no era más que una forma de adulación al mecenas que había costeado la impresión de la obra o había ayudado económicamente al creador. Así, Cervantes dedica su Quijote al Duque de Béjar, en unos términos que -con cuatro siglos de por medio- se nos antojan chocantes. ¿Quién se acuerda hoy de ese duque, a quien humildemente Cervantes "con el acatamiento que debo a tanta grandeza" le suplica protección para su inmortal obra? En nuestra época, las dedicatorias suelen ser mucho más cortas y de índole privada. El escritor dedica su obra a sus padres, a su mujer, a algún amor que quiere mantener más o menos anónimo y que solo cita por sus iniciales... Dedicatorias sin duda muy sentidas, pero bastante aburridas, por más que a veces proporcionen interesantes atisbos en la intimidad del escritor. Y luego están las dedicatorias reivindicativas, como la de Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz:



"A C. Wright Mills,

verdadera voz de Norteamérica, amigo

y compañero en la lucha de Latinoamérica."


Dedicatorias que son declaraciones de principios, como la de Juan Ramón Jiménez, "A la minoría, siempre". Y, algunas veces, dedicatorias más ingeniosas, que nos dicen algo tanto del autor como de la intención de su obra.


"Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande puede comprender todo: hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío. Tiene verdadera necesidad de consuelo. Si todas estas excusas no fuesen suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona grande fue en otro tiempo. Todas las personas grandes han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.) Corrijo, pues mi dedicatoria:

A LEON WERTH,

cuando era niño
  

Es, como ya habrán adivinado, la sentida dedicatoria con que Saint-Exupéry comienza El principito (1943). Creo que es importante recordar la fecha en que fue escrita, porque la mención al hambre y el frío que pasaba Léon Werth no es gratuita. De hecho, en Francia esta obra solo se llegó a publicar a partir de 1946, una vez acabada la guerra.


miércoles, 13 de abril de 2016

LA FICCIÓN, ESA MÁQUINA DEL TIEMPO

Barracas en e barrio de La Perona hacia 1960
 
La ficción es una poderosa herramienta para conocer la realidad. Nunca falta quien traza una firme línea divisoria entre "lo auténtico" y lo inventado", pero sospecho que se trata de personas cuya experiencia en cuanto a lecturas de ficción es muy escasa. Los grandes lectores saben bien que para conocer el mundo, presente y pasado, para conocer a las personas y saber lo que pasa dentro de esas cabezas cuyo contenido nos está vedado, no hay nada mejor que la ficción. Sí, eso que en apariencia no existe -porque es fruto de la imaginación de alguien- es paradójicamente lo más cercano a una experiencia real que podemos tener.
Dos hechos que se me han presentado unidos por la casualidad me sirven para reafirmarme en este convencimiento.  Se trata de lo siguiente: en el Palau de la Virreina de Barcelona se ha inaugurado hace poco una exposición -compuesta básicamente por fotografías y documentos audiovisuales- que sigue la construcción de la ciudad moderna. Lleva por título Barcelona. La metrópolis en la era de la fotografía (1860-2004). Entre los diversos vídeos de diferentes épocas que se ofrecen al visitante, uno de los más impactantes es el que muestra las miserables condiciones de vida de los miles de inmigrantes que, expulsados de sus tierras por la miseria, acudieron a la gran ciudad durante las décadas de 1950 y 1960 en busca de trabajo y pan. Seguro que nos suena esa música -hacinamiento, barracas, crecimiento descontrolado de barriadas sin ningún servicio...-, pero otra cosa es ponerle caras. Poco antes de verlo, había releído para un club de lectura la novela de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa -que, por cierto, ahora se reedita en una nueva versión que incluye algunos pasajes tachados por la censura-, una novela que habla precisamente de ese mundo de la periferia, de los barrios humildes y los jóvenes que sueñan con salir de ellos algún día. Uno y otro -el documental y la novela- son visiones gemelas de una misma realidad; sólo que el de Marsé parece más auténtico.
 
 
 
 
En la novela de Marsé nadie sonríe a la cámara y gracias a la ficción tenemos el privilegio de asistir a todo aquello que los personajes hacen precisamente cuando nadie les ve. Tal vez lo que más me ha sorprendido de esta nueva lectura es darme cuenta de la inmensa fuerza poética que anima el lenguaje de Marsé, con imágenes absolutamente certeras e inolvidables, como esta descripción de una de las chicas del barrio (tan distinta de la rubia y etérea Teresa):
 
"La Rosa siempre le había inquietado, sobre todo por algo ingrato que había en su boca, como un amago de codicia; boca amarga y sin color, gruesa, dura como un músculo. Tenía turbios ojos de humo y hombros lechosos, llenos de pecas. En traje de baño mostraba un cuerpo bonito, de cintura insospechadamente grácil, pero demasiado fofo, blando, con esa blancura viscosa de las patatas peladas."
 
Uno siente muy cercana la Barcelona de los cincuenta gracias a esa máquina del tiempo que es la ficción. Y, si se quiere comprender aún mejor esos años oscuros, recomiendo vivamente otra novela, que incomprensiblemente ha desaparecido del radar de la atención del público, igual que su autor, Luis Romero: La noria. La obra fue Premio Nadal en 1952 y relata un día de la vida de la ciudad, a través de una serie de personajes cuyas vidas se cruzan en algún momento. Me temo que no existe una edición en el mercado, pero harían bien en reeditarla, porque es todo un mosaico humano y un impagable retrato de una época, que se diría brotado de alguna de las fotos de Català-Roca.
 
 
Frances Català-Roca, La Vía Layetana, entre
las calles Junqueras y Condal