John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 1 de abril de 2020

EL TIEMPO INMÓVIL


Barcelona, desierta
Estos días no tiene una ganas de escribir sobre nada. Cuando todo esto empezó, pensé en hacer un diario del coronavirus, al fin y al cabo nos encontramos ante un acontecimiento insólito que está alterando millones de vidas y podría ser interesante documentar cómo lo vivo, pero confieso que la situación me ha superado. Primero, la preocupación tanto por asuntos básicos, como el abastecimiento o la protección (imposible hacerse con mascarillas, guantes o termómetros, así que habrá que enfrentarse al virus a cuerpo gentil y que Dios nos ayude), como por personas cercanas, que hacía imposible concentrarse en nada más. Luego, a medida que han ido pasando los días y todo se iba haciendo más y más sombrío, cada vez resultaba menos atractivo pensar en escribir sobre ello. ¡Si lo que una realmente necesita es olvidarse por unos momentos de esta realidad teñida de distopia! Por fortuna, he podido retomar una parte de mi trabajo (online, desde luego), lo que al menos me proporciona un objetivo en estas semanas sin horizonte. La otra parte, me temo, no va a volver hasta dentro de muchos meses, si es que alguna vez lo hace.  Como tantas otras cosas que solo ahora empezamos a añorar. 
Evidentemente, intento no pensar en el viaje que he tenido que anular, ni en las vacaciones que están también en la cuerda floja. Quién sabe cuándo y cómo podremos salir de aquí. Por ahora, los planes se reducen a no hacer planes. 
Durante estos días, me vienen a menudo a la cabeza pasajes de determinadas memorias, en su mayoría leídas hace tiempo, que describían situaciones que en su momento me pareció  imposible llegar a vivir, y con las que ahora, de repente, me identifico bastante (salvando las distancias). Como la preocupación constante por cómo y dónde conseguir determinados alimentos, o las pequeñas pero irritantes incomodidades cotidianas -desde no poder ir a la peluquería hasta cómo reponer unos zapatos rotos- que pueblan las páginas de tantas obras inglesas ambientadas en tiempo de guerra. A menor escala, porque aquello duró años y nosotros llevamos poco más de dos semanas de cerrojazo, empezamos a advertir la mordedura de  inquietudes similares. Y, sobre todo, la persistente impresión de que esto es el preludio de otros muchos cambios, de que casi nada va a ser igual. 
Buceando en mi biblioteca, recupero un par de fragmentos que de algún modo se podrían aplicar a la experiencia actual. El primero, tomado del segundo volumen de las memorias de Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, corresponde al 30 de junio de 1940.



Durante estas tres semanas, yo no estaba en ninguna parte; había grandes acontecimientos colectivos con una angustia fisiológica particular, quisiera volver a ser una persona con un pasado y un porvenir. Quizá en París lo logre. [...] París está extraordinariamente vacío, mucho más que en septiembre; es un poco el mismo cielo, la misma dulzura en el aire, la misma tranquilidad; hay colas ante las pocas tiendas de alimentación que aún quedan abiertas y se ven algunos alemanes; pero la verdadera diferencia es otra. En septiembre, algo comenzaba, era temible, pero apasionadamente interesante. Ahora, se acabó, el tiempo está absolutamente estancado ante mí, inmóvil durante años, me pudriré.  


El segundo, más o menos de la misma época, narra las vivencias de la señora Miniver, en la novela homónima de Jan Struther. (Otro libro de esos que no entiendo por qué no se recupera en España, la última edición data del año 1946).



No me he olvidado de todas las demás tragedias que pasan inadvertidas, aquellas que la marea se ha llevado por delante en las grandes ciudades: el pequeño librero, el tapicero del barrio, el dueño del garaje, el hombre que vende grabados antiguos, la mujer que vende pasteles caseros. No es posible olvidar a estas personas: hasta el momento, constituyen la mayor lista de bajas de esta guerra, y ni siquiera tienen el consuelo de la gloria.  
El tiempo inmóvil, las pequeñas tragedias que quedan ocultadas por la enormidad de los números... Como de costumbre, los libros sirven para iluminar la realidad. La de entonces y la de ahora.

miércoles, 11 de marzo de 2020

LECTURAS PARA TIEMPOS DE VIRUS


Vivimos momentos de incertidumbre y zozobra. Un microorganismo ha obligado a algunos gobiernos a tomar decisiones inéditas, como confinar en sus casas a millones de personas, prohibir los viajes o cerrar escuelas. Por más que se hagan sensatos llamamientos a la calma, la gente, como colectivo, entra en pánico. Acuden en masa a los supermercados y llenan sus carros de kilos de pasta, legumbres, latas, galletas, agua  y papel higiénico (que probablemente les durará para el resto del año), como si se enfrentasen al Apocalipsis. Aunque, caso de ser realmente así, resultarían aniquilados antes de haber podido dar cuenta de todas esas provisiones. Pero no importa: ya se sabe que el miedo es irracional.
El virus, sin duda, es malo y es innegable que ha causado y causará aún muchas muertes. Hay que procurar protegerse frente a él y evitar en la medida de lo posible el contagio. Sin embargo, la situación tiene también su lado bueno. ¿Que nos vemos obligados a permanecer encerrados en casa? Quizás suponga algunos inconvenientes, pero en principio parece el sueño de todo lector. ¡Estar de baja y con todo el tiempo del mundo para leer, leer y leer! Lo que me extraña es no ver colas en todas las librerías. Porque lo que realmente debería darnos miedo es la perspectiva de estar confinados sin nada que leer. 
Seguro que podemos aprovechar para devorar aquel tocho de mil páginas que siempre dejábamos "para las vacaciones". O releer alguno de esos clásicos de largo aliento que no se agotan con la primera lectura. Hay donde elegir, de El Quijote a Proust, pasando por Moby Dick.


A la hora de seleccionar lecturas para el confinamiento, se diría que hay tendencia a buscar obras en que los personajes pasen por situaciones similares a la actual. Parece que en Francia se han disparado las ventas de La peste, de Albert Camus. Y en Italia hay gente que se reúne -¿pero no era que había que mantener las distancias?- para leer en voz alta el Decamerón, como si fuesen florentinos huyendo de la peste. Supongo que, ante la incertidumbre, resulta reconfortante saber de otros que se enfrentaron (y sobrevivieron) a pandemias mucho más graves y mortíferas que la actual. Bien, pues si quieren leer sobre plagas, epidemias y otros azotes de la humanidad, ahí van algunas recomendaciones:

-Connie Willis, El libro del día del juicio final. Un viaje a los tiempos de la peste negra. (Eso sí fue una pandemia) Entretenidísimo, pero también escalofriante. En comparación, les hará sentirse bien, seguro.

-Barbara Tuchman, Un espejo lejano. El calamitoso siglo XIV, viene a ser la versión ensayística, aunque igualmente entretenida- del anterior. Y nos muestra cómo, de aquel desastre, emergió el mundo moderno.

-Richard Matheson, Soy leyenda. Si tanto realismo te da un poco de repelús, nada mejor que recurrir a la ficción especulativa. ¿Y si fueses el último superviviente de una guerra bacteriológica?

-Daniel Defoe, Diario del año de la peste. A pesar de su título, este no es un auténtico diario, pues en 1655, cuando una epidemia de peste asoló Londres, Defoe era un niño. Pero recrea con acierto las memorias de un superviviente de la catástrofe.

-Richard Preston, Zona caliente. En forma de thriller, Preston nos lleva a una epidemia que nos rozó mucho más de cerca: el ébola. ¡Y esa sí que daba miedo de verdad!

-José Saramago, Ensayo sobre la ceguera. Para los más literarios, aquí no hay virus, pero sí una misteriosa enfermedad, con ingredientes metafóricos.

-Laura Spinney, El jinete pálido. Dejo para el final el libro que seguramente nos toca más de cerca, pues trata de la epidemia de gripe de 1918, un virus pariente cercano del que nos afecta ahora, y sigue su rastro mortífero a través de todo el mundo.

Ninguno de estos libros es para pusilánimes. Aunque seguro que, cuando hayan terminado esta inmersión en el mundo de las epidemias, contemplan la actual con mayor ecuanimidad.
¡Cuídense mucho y lean!

martes, 25 de febrero de 2020

LECTURA REPARADORA

Carl Vilhelm Hosloe, Sleeping Woman

Los grandes lectores solemos tener algo de misántropos o, como mínimo, de reclusos: necesariamente, pasamos muchas horas leyendo, lo que nos hace aislarnos y evitar el bullicio de la gente, tan poco adecuado para concentrarse en un libro. Tal vez generalizo en exceso, tal vez esto nos sucede solo a unos cuantos y hay por ahí una cantidad ingente de ávidos lectores que al mismo tiempo son seres tremendamente sociables y se pasan la vida de fiesta en fiesta. Así que me limitaré a hablar de lo que me pasa a mí (y a unos cuantos más). La imagen más certera que me viene a la cabeza para definir lo que me ocurre cuando debo enfrentarme a una situación en que me encuentro rodeada de gente es  -cómo no- una referencia literaria: ¿recuerdan a los dementores de la saga de Harry Potter? ¿cómo son capaces de absorber la energía positiva, los sentimientos y los recuerdos felices de cualquiera al que se acerquen? Pues algo muy parecido siento yo al regresar de cualquier reunión multitudinaria (debo aclarar que, para mí, lo multitudinario empieza cuando me las he de ver con más de tres personas a la vez). 


Horas y horas de lectura no me fatigan, al contrario, parecen recargar mi motor interno. En cambio, una hora de intercambio social -y, si es con desconocidos, aún peor- hace que regrese a mi casa sintiéndome como si me hubiese atropellado un camión, o -por seguir con la imagen- como si me hubiesen arrojado en medio de una cuadrilla de dementores. Ignoro si un temperamento retraído es lo que me abocó a la lectura, o si el haber pasado buena parte de mi infancia y adolescencia sumergida en los libros arruinó para siempre mis habilidades sociales. En cualquier caso, a estas alturas ya no hay mucho que pueda hacer para remediarlo. Tampoco, dicha sea la verdad, siento demasiada necesidad de hacerlo.
Comprenderán mi alegría y mi plena identificación al encontrarme en una de mis más recientes -y más gozosas- lecturas, los Diarios de Iñaki Uriarte, con el siguiente pensamiento:

Tras cinco horas de parloteo en una reunión de unas diez personas, vuelvo a casa. Me tumbo en el sofá y abro un libro. Qué descanso, qué orden, qué puntos, qué comas, qué comillas.
Imposible expresar mejor el inmenso alivio que representa, tras una ordalía semejante -¡cinco horas, agotador!-, regresar a una actividad tan reparadora como la lectura. La sensación de bienestar que le invade a uno al abrir las páginas de un libro, donde únicamente hay que relacionarse con lo que nos cuenta un escritor que está lejos, que tal vez ya no forme parte del mundo de los vivos, pero que sigue hablando solo para nosotros, en íntima confidencia. Ahora sé además que estos diarios son el tipo de lectura a la que volver de tanto en tanto, cada vez que sea preciso recuperarme de alguno de los estragos producidos en mi espíritu por una prolongada exposición al mundo exterior. Sin lugar a dudas, lectura reparadora. 









jueves, 30 de enero de 2020

ADIÓS AL REINO UNIDO


Los que hemos crecido con las travesuras de Guillermo Brown -por no hablar de las aventuras de los Cinco o los internados de Enid Byton-, y hemos alimentado nuestra juventud de autores tan diversos como Dickens, Jane Austen y Thackeray, o Virginia Woolf, Wodehouse -¡los buenos ratos que he llegado a pasar con Jeeves!- y Edward Gibbon, estamos hoy de duelo. Ya sé que lo del Brexit no es más que política (pero tampoco menos: la política importa), y que hay muchos millones de británicos que quisieran seguir siendo europeos, pero el hecho es que va ganando la facción que aspira a que Gran Bretaña vuelva a su "espléndido aislamiento". El tiempo dirá si esta iniciativa les trae algo positivo o si solo sirve para que comprueben que ya no son -como en tiempos de la reina Victoria- cabeza de un Imperio, reyes de los mares y superiores en riqueza al resto de Europa, y tal vez del mundo. 


Por supuesto, el Brexit no va a suponer que dejemos de leer a autores británicos, pero quién sabe si los libros producidos allí se volverán más caros (a estas alturas nadie puede decir a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias del divorcio). Lo que probablemente ocurrirá es que viajar al Reino Unido resultará, si no más difícil (que también), sin duda más antipático: los europeos ya no tendremos trato de iguales, sino que seremos considerados personas ajenas, mirados con suspicacia. Cruzar la frontera volverá a ser un trance poco agradable y desde luego una barrera comparado con la facilidad con que pasamos de Francia a Italia o a Alemania. Es inevitable ver en muchos de los discursos y actitudes de los brexiteros reminiscencias de esa arrogancia imperialista que llevó a Cecil Rhodes (siniestro personaje) a decir que: "Somo el pueblo mejor del mundo, con los ideales más altos de honradez y justicia y libertad y paz, y cuantas más partes del mundo habitemos, mejor será para la humanidad". Con lo de "habitar" se refería a "dominar", sin duda. 

Los acantilados de Dover se van alejando

No, Boris Johnson y sus secuaces no van a lograr que deje de amar la lengua inglesa y su literatura, pero sí han conseguido que sienta que el Canal de la Mancha  -¡que ahora se puede cruzar cómodamente sin bajar del coche!- se ha vuelto más ancho. Por eso hoy es un día triste. Igual que hicieron los parlamentarios europeos en la despedida, dan ganas de cantar el "Auld Lang Syne". Volved, británicos, os esperamos.  


jueves, 12 de diciembre de 2019

SEIS GRADOS DE SEPARACIÓN, EN LIBROS

La capacidad que tiene la gente para inventarse continuamente nuevos retos y memes lectores me deja maravillada. Creo que apenas pasa un día en que, navegando por la red, no me tope con alguno. Todos mis respetos para quienes se apasionan por estos entretenimientos, pero yo nunca les hago caso, me temo que soy poco competitiva y muy poco gregaria. Tampoco veo cómo participar en uno de esos retos -libros escritos el año que naciste, libros que empiecen cada uno por una letra del alfabeto, o cuyos autores provengan cada uno de un país distinto o ves a saber qué otra rebuscada condición- podría resultarme provechoso. Es verdad que tal vez por este intricado vericueto descubriría autores u obras interesantes; sin embargo, prefiero con mucho mi brújula interior para orientarme en el laberinto de los libros. 
A pesar de esta declaración de intenciones, debo confesar que hoy por primera vez uno de estos retos me ha llamado la atención. Ante todo, porque su funcionamiento es tan personal y aleatorio como mi propio método para saltar de libro en libro; además, no implica leer nuevos libros, sino hablar de los que ya se han leído (dado que mi ritmo de lecturas sigue tan activo como siempre, es difícilmente factible añadirle títulos impuestos por otros). Y, por si fuera poco, demanda cierto ingenio, lo que nunca va mal. Les explico. El jueguecito -meme, se dice ahora- se llama "Seis grados de separación". Supongo que conocen esa famosa teoría, recordarán que postula que cualquiera de nosotros está conectado a cualquier otra persona en el mundo por una cadena que no tiene más que cinco intermediarios. No me voy a extender aquí en discutir si eso tiene alguna credibilidad, el asunto es que las conexiones que se establecen pueden llegar a ser tan extravagantes y fantasiosas (del tipo: una vez frecuenté el mismo restaurante que Fulanito quien a su vez había trabajado en la misma empresa de Menganito, etc.) que todo está permitido.


Trasladado a las lecturas, el sistema funciona de un modo algo distinto. El iniciador de la cadena propone un libro -suficientemente conocido- y, a partir de ahí, todos los participantes van estableciendo conexiones -distintas para cada uno- que les permiten saltar a otros libros, y así hasta los seis grados de separación. Por citar el ejemplo en que me baso, del blog Stuck in a Book, el juego comienza con Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen. Puesto que la localidad que le da título está en la costa, eso da pie para saltar a novelas ambientadas junto al mar; en su caso, The Fortnigt in September, de R. C. Sherriff. Y de septiembre, a otras novelas en cuyo título figuran meses, como Silence in October, de Jens Christian Grondahl; esta, a su vez, es narrada por un personaje sin nombre, lo que nos lleva a The Pumpkin Eater, de Penelope Mortimer; y de una autora llamada Penelope, a una tocaya: At Freddie's, de Penelope Fitzgerald. En fin, ya ven el mecanismo (sigan el enlace si quieren ver a dónde va a parar esta serie).


La propuesta me ha parecido lo bastante atractiva como para sugerirme otras vías de conexión. Por atenerme al título inicial, como Sanditon suele publicarse acompañada de otra breve novela de Austen, Los Watson, salto inevitablemente al Watson más conocido de la literatura inglesa, el de Conan Doyle. Y, concretamente, por elegir una de sus aventuras, a El sabueso de los Baskerville. De ahí, está claro, paso a otro Baskerville literario, el Guillermo de El nombre de la rosa de Umberto Eco (una novela, por otra parte, muy holmesiana). Recordarán que el narrador de esta historia que mezcla teología e investigación detectivesca es Adso de Melk, por la famosa abadía situada junto al Danubio. Lo que nos lleva a la obra danubiana por excelencia, El Danubio, de Claudio Magris. Magris estaba casado con otra magnífica escritora, Marisa Madieri. Así pues, su preciosa novela, Verde agua, es la siguiente parada de este itinerario (y, burla burlando, ya llevamos cuatro).  Desde aquí, me siento tentada de seguir la via triestina -donde se sitúa la novela de Madieri-, dado lo muy llena de escritores que ha estado siempre esa ciudad adriática (Stendhal, Casanova, Joyce, Italo Svevo, y me dejo un montón). Pero no, creo que tomaremos otra derivación y dejaremos que la imaginación flote sobre el Mediterráneo hasta llegar a La forma del agua, de Andrea Camilleri, la novela donde aparece por primera vez su Montalbano. Un título que no debe confundirse con la película del mismo nombre de Guillermo del Toro, cuyo argumento a su vez tiene mucho en común con La señora Caliban, de Rachel Ingalls. Y con esta verdadera joyita literaria hemos completado nuestros seis grados de separación y hemos transitado de una autora inglesa de principios del XIX a una escritora americana que falleció este mismo año. Sin duda, un bonito viaje literario y una forma divertida de repasar lecturas. 

martes, 12 de noviembre de 2019

TESTAMENTO DE JUVENTUD



Confío en que disculparán el pequeño retraso con que publico esta entrada, pues mi intención era hacerla coincidir con el 11 de noviembre, Día del Armisticio de esa Gran Guerra de 1914-1918 que aún perdura en la memoria europea (y mira que ha habido derramamiento de sangre y atrocidades después). 
Como los habituales de este blog saben, no hago reseñas de libros, sino que hablo sobre libros (y lectura), que es algo distinto. En esta ocasión, sin embargo, voy a desviarme de esta norma para recomendarles un libro publicado originalmente en 1933, pero que hasta hace muy poco, inexplicablemente, no había sido traducido al castellano. Se trata de Testamento de juventud, de Vera Brittain, una de las más conmovedoras memorias de lo que supuso esa guerra para toda una generación de jóvenes -y no sólo de combatientes- que en aquellos años se encontraban en la flor de la vida. Desde estas páginas, había clamado en más de una ocasión para que alguien se decidiera a publicarlas en lengua española, algo que por fin dos pequeñas editoriales -Errata Naturae y Periférica- han emprendido. Bravo por ellas, pues. 


Sobre el libro, estoy segura -a menos que el público de aquí sea totalmente insensible, algo que a veces casi tiendo a creer-, van a llover reseñas elogiosas, de modo que me abstendré de abundar en lo mismo. No se lo pierdan, no puedo decir más. En cambio, les hablaré sobre otros asuntos relacionados con su escritura y con la autora, en la esperanza de que eso anime a algunos a seguir leyéndola. Mark Bostridge, autor de una biografía de Brittain, se hace eco de la gran expectación que levantaron estas memorias en su momento, tanto que la primera edición de 3.000 ejemplares se agotó en un día. El libro se convirtió muy pronto en un best seller, para ser arrinconado después de la Segunda Guerra Mundial (lógico, había otros horrores más recientes). Bostridge cuenta cómo fue su primer contacto con esta obra: mientras trabajaba como ayudante de la hija de Vera, Shirley Williams -reputada política, miembro del parlamento británico y cofundadora del SPD (Social Democratic Party)-, se topó con un ejemplar de la primitiva edición de Gollancz, en cuya primera página había una foto de Uppingham School, donde tres de los amigos de Vera se habían educado, que databa de 1914. El libro perteneció a uno de los profesores de dicha institución y la foto llevaba la inscripción al dorso: "Conocí a estos chicos". Igual que los amigos de Vera, es de suponer que muchos otros exalumnos de este docente no regresaron nunca de los campos de batalla.

Uppingham School
Vera Brittain haría diversos intentos de escribir acerca de la guerra. Ya en 1917 comenzó una novela sobre este tema, que acabaría por desechar. Varios borradores más demuestran que durante la década siguiente intentó aproximarse a él desde la ficción, sin quedar satisfecha del resultado. Solo a través del testimonio autobiográfico, basado en sus diarios de la época y en las cartas que intercambió con su hermano, su novio y otros amigos, lograría por fin transmitir el horror y el sufrimiento de la guerra, así como su inutilidad. 
"Nada de lo que he leído en los diarios, ni siquiera las descripciones más vívidas y desgarradoras, me han hecho comprender la guerra como lo han hecho tus cartas." Esto le decía Vera a su futuro prometido, Roland Leighton, en abril de 1915, poco después de que este partiera para el frente. Las cartas de este, junto con otras muchas, formarían el núcleo de sus memorias. Sin embargo, por problemas con los derechos, Vera se vería obligada a omitir pasajes o a parafrasearlos. Tras la recuperación de Testamento de juventud a finales de los años setenta por Virago Press -se cuenta que su editora, Carmen Calil, decidió publicarla tras leer el libro durante un viaje en avión y acabar llorando-, y una vez convertido en un clásico indiscutible de las obras acerca de la Gran Guerra, se publicarían tanto los diarios que llevó Vera entre 1913 y 1917 como una recopilación de las cartas originales que cita en ella, titulada Letters from a Lost Generation
En 1968, cincuentenario del Armisticio, Vera regresó por primera vez a Uppingham, el alma mater de su hermano y sus amigos muertos. Hasta entonces no lo había hecho, argumentando que "hay allí demasiados fantasmas para mí". En esa ocasión, pronunció un conmovedor discurso, cuyas palabras me permito citar, como las más adecuadas para cerrar este artículo:
¿Que es lo más inmediato que me trae a la memoria esta fecha, 4 de agosto de 1914? [..] Las enormes cifras de los caídos en la guerra y del gasto bélico se diluyen en una fantasmagoría de escenas y sonidos humanos. En su lugar, pienso en nombres, lugares y personas y oigo, por encima de todo, el eco de la voz risueña de un chico en un campo de deportes durante aquel verano dorado.
Y gradualmente la voz se convierte en una entre muchas: el sonido del coro de Uppingham School mientras se aproxima a la capilla el Día de los Discursos en julio de 1914, cantando el himno conmemorativo […] En las voces de aquellos chicos había una cualidad conmovedora, como si estuvieran cantando su propio réquiem: y para muchos de ellos fue así.


viernes, 11 de octubre de 2019

HAMBRE DE LIBROS


Vivimos en una época de abundancia. Nunca antes, en el curso de la historia humana -y, más concretamente, en la de la literatura- ha resultado tan fácil y tan barato rodearse de libros. Bibliotecas públicas, librerías de segunda mano y el vasto universo de internet hacen que cualquiera  pueda estar siempre bien surtido de material de lectura. Claro que esto no ha sido siempre así. Antes de la imprenta, los libros manuscritos eran escasos y carísimos, y sus dueños los custodiaban como los tesoros que eran. Después, paulatinamente, se fueron abaratando, pero pasarían siglos hasta que los libros estuviesen al alcance de las clases medias y bajas. En ediciones no tan bonitas ni duraderas, quizás -de quiosco, de bolsillo-, pero a un coste asequible para todos los bolsillos. Y para los que no tienen ni esas pocas monedas, ahí está la red de bibliotecas públicas. Damos por sentada esta copiosidad, igual que los supermercados abarrotados de comestibles para todos los gustos nos parecen de lo más normal. Hoy, en los países desarrollados, los lectores solo hemos de preocuparnos por elegir el libro que leeremos a continuación, nunca por si pasaremos hambre de libros. (A veces, movidos por nuestra voracidad, corremos el peligro de darnos un atracón.)
Cuesta, pues, imaginarse lo que puede representar para un lector vivir sin libros, verse de repente -por unas u otras circunstancias- privado de ellos. La sola idea, a mí, me produce escalofríos. Por eso he encontrado tan emocionantes dos de los testimonios que recoge Patrick Kurp en su blog Anecdotal Evidence. Ambos, casualidad o no, proceden de autores polacos. El primero es Josef Czapski, conocido ante todo como pintor, pero también por sus textos autobiográficos -recogidos en el libro En tierra inhumana- de su cautiverio en campos y cárceles soviéticas. 


Recluido en el campo de Griazowietz, en condiciones sumamente precarias, junto con los escasos oficiales polacos que se salvaron -no se sabe bien por qué- de la matanza de Katyn, Czapski y sus compañeros organizaron una serie de conferencias culturales. Un bibliófilo de Lvov les hablaba de la historia del libro; un profesor de la Escuela Politécnica de Varsovia, sobre arquitectura; un reputado viajero y alpinista, sobre América del Sur; Czapski, por su parte, charlaba sobre la pintura y la literatura francesas (había vivido más de diez años en París) y, en especial, sobre Proust. Es conmovedor leer cómo relata las circunstancias en que se dictaban esas conferencias:

"Yo pensaba entonces emocionado en Proust, en su cuarto sobrecalentado de paredes de corcho, que se habría sorprendido mucho y quizás emocionado al saber que, veinticinco años después de su muerte, unos prisioneros polacos, tras toda una jornada pasada en la nieve y el frío, que a menudo llegaba a los 40º bajo cero, escuchaban con intenso interés la historia de la duquesa de Guermantes, la muerte de Bergotte y todo aquello de lo que yo podía acordarme de ese mundo de preciosos descubrimientos psicológicos y de belleza literaria. [...] Sobre este fondo lúgubre, aquellas horas pasadas con recuerdos de Proust y Delacroix me parecen las horas más felices."

Aquella gente trabajaba en condiciones durísimas, no tenía apenas comida, y mucho menos libros, pero el recuerdo de unos libros leídos con pasión les permitía seguir sintiéndose humanos. Si les interesa acceder a este documento, las charlas de Czapski están publicadas en el libro Proust contra la decadencia. 

Jerzy Stempowski

El otro polaco hambriento de libros es Jerzy Stempowski, aunque su ayuno no resultó tan prolongado como el de Czapski. Relata Stempowski en un ensayo titulado "La biblioteca del contrabandista" cómo, poco después de la invasión de Polonia por los nazis, pasó un tiempo en un sanatorio en algún remoto lugar de los Cárpatos, enfermo de neumonía. Cuando le dieron el alta, se hizo amigo de unos contrabandistas que le ofrecieron refugio en uno de sus escondrijos. Uno de ellos, sabedor de su condición de intelectual, le dijo "Acostumbrado a leer toda la vida, te pondrás muy triste si no tienes libros". Y poco después apareció con un saco de libros que había conseguido quién sabe dónde y que contenía tesoros como las Bucólicas de Virgilio, una buena edición de Horacio, otra de las Metamorfosis, varias obras en español (entre ellas, Gracián), unos cuantos volúmenes de Walter Scott, Orgullo y prejuicio y algunos de los poetas románticos ingleses. "La mejor lectura para un largo invierno". 
Puedo imaginar bien el alborozo del escritor polaco -que, por cierto, hablaba numerosas lenguas, de ahí que no le hiciese ascos a ninguno de los libros que le proporcionó su amigo contrabandista- ante este regalo, seguramente el mejor que podían hacerle.   
La próxima vez que me acometa la sensación de que tengo demasiados libros, intentaré pensar en estas dos historias y recordar que soy una privilegiada. Ojalá nunca tenga que pasar hambre de libros.