John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

domingo, 11 de noviembre de 2018

LA GRAN GUERRA: CIEN AÑOS


Hoy es de esos días en que la importancia de la fecha se impone sobre todo lo demás. No importa que haga un día radiante y casi primaveral, en vez de la bruma lluviosa que sería más adecuada; ni que los caminos estén secos en lugar de embarrados, muy distintos del lodazal de Verdún: hoy hace cien años desde que terminó la Gran Guerra -la llamada a acabar con todas la guerras, que luego se reveló como simple primer capítulo de un horror que no estamos seguros de que no vaya a repetirse- y resulta imposible hablar de otra cosa. 
Sus muertos hace tiempo que son polvo; sus lisiados y sus huérfanos han desaparecido ya todos, o casi. Aún así, la memoria de tanta sangre persiste en las sociedades que vieron cómo toda una generación de jóvenes era conducida al matadero. En cada pueblecito francés, por pequeño que sea, hay un monumento a los caídos de la Gran Guerra, sus "enfants", como los llaman con devoción las placas que recuerdan sus nombres. Siempre que viajo por Francia, me detengo a leerlos, dedicando unos segundos a esos jóvenes que dejaron bruscamente de tener un futuro. 






¿Qué otro rastro queda, cuando incluso para sus familias no son más que una foto en sepia en algún álbum olvidado? Seguramente ha llegado el momento de salir al encuentro de ese ejército de espectros, que nos hablan desde las trincheras del Somme, desde los campos de Flandes, desde los Dardanelos o desde las Dolomitas. La literatura es la que rescata a todos estos muertos, los hace vivir de nuevo y muestra a las generaciones que no lo vivieron el absurdo de tanta matanza. Lo que sigue no pretende ser un recuento completo, simplemente unas cuantas sugerencias de lectura,  según me vienen a la memoria, para rendirles homenaje:

-Los que estuvieron allí:  No hay, ya lo sabemos, nada mejor que la experiencia de primera mano.  Quienes lucharon en los frentes, cuidaron a los heridos o guardaron la retaguardia, nos han dejado testimonio de cómo lo vivieron. Robert Graves, en Adiós a todo eso, sin lugar a dudas una de las mejores memorias de la guerra de trincheras; Ernst Jünger, con Tempestades de acero (aunque a mí me hiele la sangre a veces su aparente impasibilidad) o Erich Maria Remarque, que en Sin novedad en el frente se sirve de la ficción para meterse en la piel de un soldado. La guerra no sólo truncó las vidas de los caídos, sino también la de las novias o esposas que les esperaban en casa. Como la de Vera Brittain, que en su Testament of Youth (incomprensiblemente, no hay versión española) deja una de las memorias más conmovedoras de una generación devastada por la guerra. Quizás menos literarios, pero no menos verídicos, son los testimonios -diarios, cartas- recogidos por el sueco Peter Englund en La belleza y el dolor de la batalla.




-Los que dicen los historiadores: Hay numerosos estudios de la Gran Guerra, que detallan sus causas -para un análisis implacable de la torpeza política que llevó a ella, véase el Sonámbulos de Christopher Clark o el intenso y ameno Los cañones de agosto, de Barbara Tuchman (que, por cierto, recibió el Premio Pulitzer)- y no pretendo de ningún modo conocerlos todos. Me limito a recomendar una de los últimas, y tal vez una de los más extensas, monografías sobre este tema: 1914-1918, de David Stevenson, o 1914, el año de la catástrofe, de Max Hastings, un historiador que sabe mucho de conflictos bélicos. 

-La verdad de la ficción: Si la ficción, como dice Vargas Llosa en su ensayo sobre Victor Hugo, es "la verdad de las mentiras", no cabe duda de que una de las vías mejores para recuperar el pasado es la ficción. De entre las innumerables novelas que se ocupan de la guerra o sus consecuencias, rescato algunas. Sin duda hay muchas más que merecerían ser mencionadas -y seguro que se me ocurre otra media docena en cuanto publique este post-, pero me limito a hablarles de tres: Regeneración, de Pat Barker -una espléndida escritora que debería ser más conocida-, que nos lleva a un hospital psiquiátrico en 1917, porque a veces las peores heridas no son las que se ven; Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaître, que a través de un humor muy negro nos recuerda que siempre hay quien saca tajada del sufrimiento ajeno; y El regreso del soldado, de Rebecca West, centrada en las secuelas de la guerra, tanto para los que regresan como para quienes les reciben a su vuelta al hogar. 

De esta también hubo película, 
con Glenda Jackson y Julie Christie

Si Quevedo, gracias a los libros "vivía en conversación con los difuntos," y "escuchaba con sus ojos a los muertos",  a nosotros ellos también nos permiten mantener vivo el recuerdo de la Gran Guerra, cien años después. 

domingo, 28 de octubre de 2018

TENER LOS LIBROS A MANO


El único inconveniente de los libros -y no estoy del todo segura de que lo sea- es que ocupan lugar. Tienen volumen y peso, "cuerpo", lo que hace que en cuanto te descuidas llenen estanterías y más estanterías. Si no los tienes sólo de adorno, es decir, si tienes por costumbre leerlos, habrás comprobado que poseen además la irritante costumbre de desparramarse por ahí y aparecer en los lugares menos previsibles, por más que te esfuerces en mantener un orden (sobre el orden de las bibliotecas se ha escrito mucho, también aquí, aunque sin llegar a ninguna conclusión definitiva). Algunos lectores -entre los que me cuento- solemos alternar además diversas lecturas al mismo tiempo, lo que hace que el desbarajuste de libros que andan de acá para allá aumente: tienes una pila de libros junto al sillón, pero el que quieres en ese momento está en el despacho; o has olvidado que el que creías haber puesto en la estantería de "libros pendientes de leer" te lo llevaste ayer para leer en la cama; cuando estás segura de tener determinada obra de un autor -recuerdas incluso en qué balda y junto a qué otros libros estaba-, resulta que en la última reordenación ese libro fue a parar a otra parte de la casa (porque, claro, tienes estanterías en todas las habitaciones, y no siempre es fácil seguirles el rastro). Así, reanudar una lectura a menudo implica diversos viajes y no poco ejercicio de memoria. Para colmo de males, el libro electrónico no ha hecho más que agravar esta confusión: al menos, los libros en papel tienen una apariencia física, dejan huella, mientras que los electrónicos son fantasmas inasibles, que moran en un difuso éter. Confieso que más de una vez me he devanado los sesos tratando de localizar un libro que estaba segura de tener, para comprobar tras mucho buscar y rebuscar que sí, en efecto era mío, pero estaba oculto en mi dispositivo electrónico. A fuer de sincera diré que, a veces, estos aparatos se me antojan más sepulturas de libros que contenedores de ellos: una vez están allí dentro, desaparecen de la faz del mundo y sólo pueden ser invocados, como espectros, mediante un acto de voluntad.

Como fantasmas entre los libros con peso y volumen, 
los libro electrónicos son etéreos

Comoquiera que sea, organizar este gran número de libros en lectura, recién leídos o a punto de serlo es todo un reto. La estantería de "libros pendientes de lectura" -que son simplemente las últimas adquisiciones que una tiene la intención de leer- es una necesidad, aunque son precisas podas periódicas para evitar que crezca con desmesura (los libros que una adquiere tienden a ser siempre muchos más que los que alcanza a leer en un plazo razonable). Lo es también la pila de la mesita de noche, así como otras pilas diversas que se van formando en lugares estratégicos de la casa (fundamentalmente, en todos aquellos sitios donde una se sienta a leer).


¿Habrá forma de racionalizar tanto trajín? Ciertas almas lectoras, sin duda afligidas por el mismo problema, parecen haber dado con una solución que me parece brillante: el carro portalibros. Sí, esos carros que están en todas las bibliotecas públicas, que permiten guardar un número importante de libros y transportarlos sin dificultad. ¿Por qué no adaptar esa idea para uso doméstico? La web Bookriot tiene algunas sugerencias al respecto, cuyo único inconveniente es que las mas bonitas, para mi gusto, son también las más onerosas. Pero ya me veo a mí misma empujando alegremente un carrito de esos por la casa, con todos los libros que están más o menos en danza por fin a mano. 



Tal vez -seguro, más bien- nunca llegue a poseer una de esas bibliotecas de ensueño, con doble piso y escaleras móviles, pero ¿por qué no aspirar a un carrito portalibros? Si no garantiza que logre tener los libros a mano, ¡siempre puedo usarlo como un lugar más donde almacenarlos!

lunes, 8 de octubre de 2018

LOS ESCRITORES Y LA MUERTE


Tal vez sea que -por fin- ha llegado el otoño y con él se barrunta cercano el día de Difuntos, de tantas resonancias literarias. O tal vez simplemente se deba a que hace pocos días leí un artículo en el que se mencionaba la trágica muerte de J. G. Farrell, un autor británico hoy injustamente olvidado (como verán, sigo con mis incursiones en la revista Slightly Foxed, una mina de hallazgos para estas cosas), lo que me ha hecho pensar en otros escritores que encontraron un final inusual. Todos morimos, eso es inevitable, pero se diría que la muerte impresiona más si se produce de determinada manera, como si lo esencial no fuese que, sea como sea, uno deja de existir. Sin duda cada día se producen en el mundo muertes por causas inauditas, absurdas incluso. No obstante, hay que reconocer que hay algo de justicia poética en que un escritor, que pertenece a un gremio dedicado -en parte, al menos- a idear muertes ajenas, tenga una muerte digna de una novela. Recapitulando, me viene a la memoria unos cuantos.

Empecemos por el propio Farrell, que salió de su casa en el oeste de la costa de Irlanda un día de agosto de 1979, en un momento de su vida en que había declarado ser feliz tras varios años de sufrir adversidades, dispuesto a pescar desde su roca favorita. Allí fue arrastrado por una enorme ola, preludio de una tormenta que en los días siguientes hundiría varios barcos. Su cuerpo no se encontró hasta un mes después. Un trágico episodio que recuerda a otro ahogado ilustre anterior en varias décadas, el poeta Percy Bysshe Shelley, que pereció cuando una inesperada tormenta hundió su barco mientras atravesaba el golfo de La Spezia. En el más puro estilo romántico, la tragedia parece haber rodeado a Shelley y su entorno, pues su hijo mayor (fruto de su matrimonio con Harriet, quien a su vez había suicidado), murió fulminado por un rayo en 1826.

El funeral de Shelley, por Louis Édouard Fournier

Los fenómenos atmosféricos fueron también los responsables de la muerte del escritor austrohúngaro  Ödön von Hórvath, cuyo fallecimiento es posiblemente uno de los peores casos de mala suerte que conozco: exiliado en París, una noche de junio una terrible tormenta le pilló en la calle; von Hórvath se refugió bajo un árbol en los Campos Elíseos, con tan mala fortuna que éste, alcanzado por un rayo, se partió y le cayó encima, causándole la muerte. 

Aunque, ¿por qué conformarse con una simple tormenta, si uno puede sucumbir ante la violencia de un volcán? Es lo que le sucedió a Plinio el Viejo, que murió a causa de la erupción del Vesubio, se cree que asfixiado por los gases. Según cuentan -poseemos el testimonio de su sobrino Plinio el Joven-,  a pesar de que se hallaba a bordo de un barco y podía haber escapado, se empeñó en acercarse a la costa para contemplar más de cerca ese fenómeno -no en vano era autor de una monumental Historia Natural - y para intentar socorrer a sus amigos. 

Y luego, cómo no, están las muertes misteriosas, esas que no se sabe si sucedieron o no. En torno a la de Christopher Marlowe, el brillante pero pendenciero dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, que se dice falleció en 1593 de una puñalada en el ojo durante una pelea, se ha fabricado toda una leyenda, que dice que su muerte fue fingida, un simple subterfugio para eludir la persecución de la justicia. La teoría más ingeniosa que recuerdo al respecto es la que sostiene Jim Jarmusch en su película Sólo los amantes sobreviven. Prefiero no desvelar en qué consiste, sólo les diré que es una película que todo amante de la literatura debería ver, así que si aún no lo han hecho, ¿a qué esperan?
De Pushkin, que murió a consecuencia de las heridas recibidas en un duelo, solo podemos decir que en cierto modo se lo buscó. Aunque se dice -posiblemente para incrementar el aura heroica del personaje- que le había manipulado el arma para que no pudiera defenderse.

Todas estas muertes, al fin, tienen un sesgo trágico que les da cierta dignidad. Pero, ¿y lo triste que resulta pasar al otro mundo por un accidente banal? Son esas cosas que pueden arruinar fácilmente la reputación de un escritor. Así, sus adeptos prefieren decir que Tennessee Williams falleció por una sobredosis de barbitúricos -es cierto que hacía generoso uso de ellos- antes que admitir lo que decía el
informe forense: que se atragantó con el tapón de un medicamente que sin duda abrió con los dientes. O la muerte, notablemente poco poética, del poeta sueco Dan Andersson, que murió intoxicado en un hotel de Estocolmo, envenenado por el producto contra las chinches que la empresa había utilizado sin tomar las debidas medidas de precaución. Seguro que cualquiera de ellos habría sido capaz de imaginar una muerte mucho más honrosa en cualquiera de sus obras.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LEER EN LIBRERÍAS


Creo que sólo en Inglaterra podría prosperar la idea -original, aunque a priori se diría descabellada- de publicar una revista (¡en papel, ¡en estos días!) dedicada a escribir acerca de libros olvidados que valen la pena, muchos de ellos agotados tiempo ha. Pero ahí está, el invento se llama Slightly Foxed (título precioso e intraducible, que alude a la condición algo rozada de los libros antiguos), se publica trimestralmente, y está a punto de llegar a su número 60 con buena salud. Catorce años, nada menos.
Para celebrarlo, me he hecho con varios números de su archivo histórico, que seleccioné en principio guiándome por aquellos cuyo índice prometía artículos sobre algún autor que me interesaba, pero que una vez leídos en su integridad han revelado muchos otros descubrimientos interesantes (era de esperar, no en vano es ese el objetivo de la revista). 
Entre ellos, he encontrado en el número 35 (otoño de 2012) un divertido artículo de Oliver Pritchett dedicado al arte de husmear, es decir, a qué se debe hacer y qué no en cuanto a reglas de etiqueta cuando uno anda hurgando por librerías. Comoquiera que sé que mis amables lectores suelen formar parte del gremio de husmeadores librescos, me he permitido compartirlo con ustedes. 
Ante todo, en esa situación lo primero es recordar siempre que, como husmeador, uno forma parte del ambiente general de la librería (de hecho, añado yo, las librerías deberían tener siempre en nómina a unos cuantos de estos husmeadores, que prestan vida a su establecimiento y evitan la inquietante sensación de vacío: nadie quiere comprar en una librería en la que no hay nadie escudriñando lomos u hojeando libros). Pritchett distingue dos posibles posturas para dedicarse a esta amena actividad: la Despreocupada y la Devocional. En la primera, uno apoya su peso sobre una de las piernas y se apoya decorativamente en, por ejemplo, la sección alfabética de Ficción extranjera, con el codo derecho descansando sobre un estante mientras sostiene el libro que está hojeando con la mano izquierda. En la postura Devocional, en cambio, uno permanece de pie, sin apoyarse, sosteniendo el volumen con ambas manos, como si de un libro de oraciones se tratase. (No es propio de husmeadores con experiencia murmurar mientras se lee, eso denota poca pericia lectora o, tal vez, algún preocupante trastorno.)

Aquí, el husmeador retratado por Daniel Macklin

Una de las reglas a cumplir estrictamente es no sentarse nunca en el suelo, y menos rodeado de objetos como mochilas, bolsas del Corte Inglés o bolsas de patatas a medio comer. Recuerden que no estamos en un aeropuerto; en una librería que se precie, solo a los niños les está permitido sentarse en el suelo (a ser posible, en la sección infantil). 
El husmeador debe también mostrar cierta consideración hacia el propietario de la librería. Es decir, hay algunos límites en cuanto al tiempo que uno puede permanecer ahí hojeando (más bien, leyendo, seamos sinceros) un libro. Al fin y al cabo, se supone que su intención es catar la obra, no devorarla entera. Según Pritchett, el tiempo máximo tolerado para ficción sería de una hora y diez minutos, mientras que para no-ficción es de 44 minutos (desconozco cómo ha llegado a conclusión tan exacta, pero la daremos por buena; ignoro qué opinarán de ello los libreros). Si, como ocurre a veces, a pesar de haber husmeado largamente, uno decide no comprar nada, se sugiere que como acto de cortesía se adquiera al menos una postal o una libretita para tomar apuntes. En casos así, el colmo de la mala educación es llevarse alguno de los puntos de libro gratuitos que a veces se encuentran en el mostrador. 
Apunta nuestro autor que existen personajes que, igual que otros van de tapeo de bar en bar -él lo llama pub crawl, claro, pero así se entiende mejor- consiguen leerse novelas enteras a base de consumirlas por capítulos en diferentes librerías. Cae por su peso que, si uno se topa luego en el bar con uno de estos tipos humanos, sin duda muy leídos, no son de los que te invitan a una caña. 
Otra cosa que, definitivamente, no es de recibo, es utilizar la librería como uno haría con una biblioteca pública, es decir, emplear los diccionarios para consultar una duda puntual, o los libros de cocina para apuntarse subrepticiamente una receta (aquel pollo con especias exóticas con el que sin duda deslumbrará a los amigos que ha invitado el sábado). Aunque según cuenta Pritchett, algún filosófico librero le ha confesado que hay gente que le pregunta si le puede prestar un bolígrafo precisamente para eso. 
Pero desde el advenimiento de las librerías-café, las preguntas de etiqueta para husmeadores se multiplican: ¿es aceptable comerse una madalena mientras uno está enfrascado leyendo a Proust? ¿seguro que la tensión causada por el último Ian Rankin no va provocar que derrames el café sobre la página 49? A pesar de que los libreros suelen hacer gala de bastante tolerancia con los clientes que se llevan libros a la cafetería, aconsejaríamos a los husmeadores que pasen por caja antes de sentarse a degustar su capuccino acompañado de lectura. Piensa que al siguiente husmeador no le haría ninguna gracia encontrarse con los rastos grasientos de tu bocata de jamón en el ejemplar de Anna Karenina

(Ilustración: Robert Evans)
(Por cierto, sería mi sueño poder hacer una revista como Slightly Foxed, hablando de todos esos libros maravillosos que, inexplicablemente, han ido desapareciendo del mercado, para dejar paso a una marabunta de novedades en su mayoría insulsas. ¿Algún socio capitalista dispuesto a perder hasta las pestañas?) 

sábado, 25 de agosto de 2018

CÓMO NO ARRUINARSE COMPRANDO LIBROS

Soy consciente de que a muchos de los seguidores de este blog este artículo  les resultará superfluo. La mayoría son tan adictos a la lectura que, o bien no les importa en absoluto dedicar buena parte de su presupuesto a adquirir libros, o bien -como yo- hace tiempo que han desarrollado, por pura necesidad (¿hay algún verdadero lector que pueda vivir sin nutrirse constantemente de nuevas lecturas?), las estrategias que les expongo a continuación para que la incesante adquisición de libros no les suponga una sangría económica. Sin embargo, una y otra vez me encuentro con personas que dicen no comprar libros por lo caro que resulta, o que me piden consejo acerca de cómo hacerse con ellos a buen precio. (A modo de acotación diré que me sigue alucinando cómo algunos conocidos míos de amplios posibles, que no pestañean cuando han de rascarse el bolsillo para comprar cualquier chuchería, no se lo piensan ni un minuto cuando se trata pedirme en préstamo un ejemplar de El Lazarillo de Tormes u otro clásico que les haya caído en suerte a sus hijos comentar en el colegio. ¡Dios les libre de gastarse diez euros -o menos- en alguna de las numerosas ediciones escolares que abundan de estas obras!)  Aunque debo insistir en que los libros no son caros -piensen únicamente en lo que cuesta salir de copas una noche-, también es cierto que los bibliómanos, de no andar con cuidado, corremos el serio peligro de encontrarnos sin fondos cada vez que visitamos una librería. Si el precio de los libros les hace sufrir, no hay motivo para que cunda el pánico, existen muchas maneras de leer sin arruinarse. Aquí van algunas:

El método principal y el mejor, porque sale gratis: la biblioteca pública. Por suerte, hoy en día -al menos en España, en especial en las ciudades grandes o medianas- disfrutamos de una amplia red de bibliotecas. Aún hoy, cada vez que visito una me parece un milagro tener tantos miles de libros a mi absoluta disposición y sin necesidad de desembolsar ni un céntimo. Las bibliotecas son -y no es extraño- uno de los equipamientos públicos mejor valorados por sus usuarios. Por si esto fuera poco -aparte de la absoluta maravilla de poder tomar prestados libros, cómics y música, de disponer de un espacio cómodo y climatizado para sumergirse durante horas en la lectura, de las decenas de actividades culturales que organizan- es que su oferta no se limita a los libros que exhiben sus estanterías: sepan que es posible pedir casi cualquier libro de otras bibliotecas, lo que amplía enormemente el catálogo a nuestra disposición, y que te lo traen en pocos días (pagando, sólo a veces, un precio simbólico).  Hay gente -ves a saber por qué extraña inhibición- a la que aún le cuesta un esfuerzo entrar en una biblioteca. Adelante, no me sean tímidos, úsenlas y disfruten. Ya nunca más tendrán excusa para decir que no leen porque van mal de dinero. Las bibliotecas, como dice Borges, son lo más parecido a la idea del paraíso.


Biblioteca Jaume Fuster, Barcelona (Foto J. Casañas)

Ahora bien, si son ustedes de los que no se conforman con tomar el libro en préstamo y prefieren poseer el ejemplar que leen, la solución perfecta para bolsillos menguados son las librerías de segunda mano. Las hay de diversos tipos; por un lado, están las librerías de viejo clásicas, las que son como cuevas de Aladino, llenas hasta los topes de estanterías rebosantes. De estas ya van quedando menos, pero aún hay suficientes como para encontrar abundante material de lectura.  En Barcelona -el ejemplo que tengo más a mano- subsisten algunas de las históricas de la calle Aribau, como la Maldá o la Studio. También se pueden conseguir libros a precio de ganga los domingos por la mañana en el Mercat de Sant Antoni (vale la pena visitarlo ahora que acaban de remodelarlo). En Madrid, están las famosas -y casi centenarias- casetas de la Cuesta de Moyano, por las siempre es provechoso darse una vuelta. Y no me cabe la menor duda de que casi cualquier ciudad de cierto tamaño cuenta con alguno de estos útiles establecimientos. Sólo hace falta paciencia para buscar y rebuscar. 



Pero, además de estos lugares emblemáticos, hemos podido asistir en los últimos tiempos al surgimiento de librerías de segunda mano "de nueva generación": bien iluminadas, con estanterías bien rotuladas y ordenadas, y libros marcados a precios fijos (lo que ayuda a controlar el presupuesto). Me refiero, sobre todo, a la cadena Re-read, presente en varias ciudades de la península. Dentro del universo del libro de ocasión existen asimismo otras modalidades, como las de Llibre solidari o Aida Books, cuyos fondos proceden en su mayoría de donaciones desinteresadas y lo que recaudan se destina a iniciativas solidarias. (Casi en el último eslabón de esta cadena, aunque con una oferta muy aleatoria y menguada, es posible recurrir a los Puntos verdes, donde a menudo instalan pequeñas librerías con los libros que la gente ha llevado allí para tirar y uno puede llevarse gratis.)  Para los que deseen aunar lectura con intercambio y -por qué no- un cierto aroma aventurero, está la alternativa del Bookcrossing: se trata de hacerse con uno de los libros que los participantes "liberan" (en todo tipo de lugares, desde bibliotecas a charcuterías). Eso sí, la gracia está en liberarlo de nuevo una vez leído, para que otros puedan beneficiarse a su vez de su lectura.




Si en lugar de andar husmeando por estanterías -placer bastante irresistible, diría yo, pero esto va a gustos- son ustedes más de quedarse en casa esperando que les llueva del cielo la lectura adecuada, sepan que a estas alturas muchas de las librerías de segunda mano tienen su propia web, desde donde es posible consultar y adquirir libros sin moverse del sillón. Aunque si de comprar por internet se trata, la web que se lleva la palma en cuanto a libros es Iberlibro.  Su gigantesca base de datos -que conecta las de cientos de librerías tanto españolas como extranjeras- permite encontrar casi cualquier cosa que uno busque. Ideal, por lo tanto, para dar con aquel título descatalogado o ese otro que uno leyó muchos años atrás y aún recuerda con nostalgia. El servicio suele ser muy bueno pero, para evitar chascos, un par de consejos: antes de darle al "comprar" fíjense bien en los gastos de envío, que pueden subir bastante si el libro procede de allende los mares, por ejemplo; y conviene estar atentos también a la puntuación que la librería vendedora ha recibido de otros compradores (en forma de estrellitas, como es habitual).  Puedo dar fe de que llevo años comprando por este sistema a plena satisfacción.
Si alguien se atreve a decirles que leer es un vicio caro, aquí tienen argumentos para desmontárselo. Verán cómo, por el precio de un par de cañas, pueden hacerse con muchas horas de grata lectura. Sin arruinarse. 

viernes, 10 de agosto de 2018

PELÍCULAS QUE CONDUCEN A LIBROS


Lo inesperado, las coincidencias aparentemente inverosímiles son parte de la vida. Como dice Paul Auster, sin duda uno de los autores que más ha explorado la idea del azar, " La mecánica de la realidad hace que nos ocurran cosas bizarras, que nos parecen fuera de la norma... ¡Pero esa es la norma!". Aún así, cada vez que nos sucede algo de este tipo, nos sorprendemos, cuando deberíamos aceptarlo con naturalidad. Más raro es pensar -como hacemos- que hay lógica en el universo.  Así, yo no debería sentir como algo muy especial el hecho de haberme topado, casi al mismo tiempo, con dos películas -bueno, una película y una mini-serie- que, aparte de ser ambas buenísimas (ya resulta raro de por sí  tanta calidad junta), han hecho que me entren unas ganas enormes de conocer las novelas en que se basan. Ignoro si acabaré pensando que los libros son mejores que las películas, pero puedo asegurarles que, por lo que respecta a las producciones audiovisuales, el listón está muy alto. Excepcionalmente, pues -saben que no suelo recomendar películas, ni series- les aconsejo que no se pierdan ninguna de las dos. La primera es posible que muchos la hayan visto ya (yo he llegado a ella con un retraso imperdonable, teniendo en cuenta que ha sido multipremiada y se ha hablado tanto de ella): se trata de Call me by your name, dirigida por Luca Guadagnino.  Repasando críticas y comentarios, me ha sorprendido un poco el que muchos digan haber sentido una profunda tristeza después de verla. Yo, simplemente, me dejé llevar por el encanto de la historia, por esa familia culta y artística y por ese caserón tan de verdad, destartalado y a la vez maravilloso, donde una quisiera pasar todos los veranos.  Y salí feliz por haber sido testigo de tanta honestidad emocional y tanta belleza. Por muy meritoria que haya sido la labor del guionista -nada menos que James Ivory-, galardonado con un Oscar al mejor guion adaptado, cualquier bibliómano se da cuenta enseguida de que detrás debe haber, por fuerza, una historia muy literaria y muy bien contada. De modo que he apuntado el libro de su autor, André Aciman, en mi lista de ineludibles. 


Jardines de antaño

¿Quién no querría vivir aquí?

Si en la anterior voy con retraso, para mi otra recomendación creo que me he adelantado, porque al parecer no estará disponible para los espectadores españoles hasta septiembre: se trata de Patrick Melrose. (Yo la he visto en Inglaterra, donde he pasado veinte días en medio de una ola de calor como no se recordaba desde 1976. ¡Y yo que buscaba el frescor y la lluvia británicos!) En fin, recíbanla como merece y disfruten de la actuación de Benedict Cumberbatch, su protagonista absoluto. Debo decir que el primer capítulo me dejó un poco dudosa, y de no ser porque no quería perderme a ese actorazo igual me hubiese echado atrás esa enloquecida carrera por el mundo de la droga y la autodestrucción. Porque no es una historia fácil, ni complaciente, hay mucho dolor y bastantes cosas desagradables, pero también sentido del humor (impagables diálogos) y ternura. La serie se basa no en uno sino en cinco libros, nada menos, de corte semiautobiográfico, en los que el escritor  -Edward St Aubyn- de algún modo ajusta cuentas con su familia. Los tres primeros, dedicados al tiránico y abusivo padre, están recogidos en un volumen que aquí lleva por título El padre. Las novelas de Patrick Melrose, mientras que las dos últimas ocupan el volumen titulado La madre. Las novelas de Patrick Melrose 2.  Con ellos, tengo lectura garantizada para todo el otoño. 

Benedict Cumberbatch como Patrick Melrose

Mientras saboreo aún el placer que me han aportado estos filmes, anticipo el que sin duda me procurarán las novelas. Y me alegro, además, de que me hayan hecho descubrir dos autores que hasta ahora no había leído. ¿Casualidad? Más bien serendipia, a ambas llegué sin pretenderlo.  El azar, que a veces nos da regalos inesperados.

viernes, 6 de julio de 2018

CURIOSIDADES ENCICLOPÉDICAS


Contrariamente a lo que afirmaba la canción, el vídeo no mató a la estrella de la radio (de hecho, es el vídeo -en VHS- el que está muerto ahora, mientras la radio sigue gozando de buena salud), ni tampoco lo digital acabó con los libros en papel... con una excepción: las enciclopedias. No hace tanto tiempo, no había hogar que se preciara cuyas estanterías no luciesen una ristra de volúmenes de uno de estos compendios del saber, de mayor o menor enjundia y envergadura según los posibles económicos y la ambición cultural de la familia en cuestión. Compradas a menudo a plazos -los treinta y dos tomos de la Enciclopedia Británica o los más modestos veinte de su variante hispana, la Sopena, suponían todo un desembolso- , lo cierto es que para cuando se terminaba de pagarla, la obra ya estaba desactualizada. A pesar de ello, las enciclopedias se reverenciaban e incluso, a veces, se heredaban de padres a hijos. Eran la prueba, en forma de muchos kilos de papel impreso, de que uno tenía cultura, o aspiraba a tenerla.
La Encyclopedia Britannica dejó de publicarse en papel en 2012, debido a la escasez de demanda (aunque este anuncio provocó de inmediato una avalancha de pedidos: de repente, todo el mundo quería hacerse con la última edición de la obra).
Ahora, por más que todos utilicemos la Wikipedia y otras herramientas digitales para aquellos cometidos que antes hubiésemos resuelto acudiendo a una enciclopedia, uno no puede evitar mirar con cierta nostalgia esos tomazos repletos de sabiduría. Que, además, poseían la misma ventaja que tiene una biblioteca física frente a una web de libros: propiciaban descubrimientos inesperados. ¿Cuántas veces, yendo a buscar un artículo determinado -digamos una información sobre un autor-, no nos habremos quedado absortos leyendo el de antes o el de después  -tal vez un artículo sobre botánica, o la descripción de una especie animal-, que ha resultado ser mucho más interesante? No es extraño que haya habido personas capaces de emprender la magna tarea de leerse la Britannica entera. Dos ilustres ejemplares de esta esforzada especie fueron George Bernard Shaw, quien afirmaba haberse leído entera la vigésimocuarta edición (de sólo 24 volúmenes, eso sí) durante sus visitas al British Museum, saltándose solo los artículos largos sobre ciencia, o C. S. Forester, quien -cuesta creerlo- decía haberla leído entera nada menos que tres veces. Según su hijo, era su libro de cabecera (su mesilla de noche debía de ser resistente para soportar el peso de esos volúmenes). Aldous Huxley, también asiduo lector de esa enciclopedia, tenía otra técnica: leía artículos al azar y luego, empleaba lo aprendido en lo que fuera que le había tocado en suerte ese día para largarles un discurso a sus interlocutores de turno. Aviso para quien piense que este pueda ser un buen sistema para brillar socialmente: solo una persona con una mente tan despierta como la de Huxley es capaz de salir airoso de un reto así. ¿Se imaginan entretener a su público con una charla sobre el funcionamiento de la dínamo?


Aldous Huxley

Aparte de fascinar a los lectores, la enciclopedia tiene una más curiosa y desconocida conexión con el mundo del crimen, tal como desvela un artículo en Lapham's Quarterly. Cuando Capone fue encarcelado (por evasión de impuestos, como todo el mundo sabe), recibió un trato principesco. Tanto, que su celda en la prisión de Atlanta contaba, además de alfombra, máquina de escribir y abundantes habanos, con un juego completo de la Britannica. Me pregunto si alguna vez la leía, o estaba simplemente como muestra de estatus (o, como tantas veces hemos visto en las películas, quizás los tomos estaban huecos y escondían petacas de alcohol). Los escritores de novelas detectivescas, por su parte, han reconocido a veces la utilidad de una enciclopedia, tanto para resolver como para cometer un crimen. En el primer caso, Conan Doyle, en relato de Sherlock Holmes "La Liga de los Pelirrojos", debe resolver un misterio en torno a las personas que pagaban - generosamente- a un pelirrojo por copiar la Britannica en una oficina solitaria. En el segundo, un relato de Ruth Rendell, un tomo de dicha enciclopedia sirve para cometer un asesinato, por el simple método de golpear con él a la víctima:
Se tambaleó y se desplomó de rodillas y la golpeó  con el volumen octavo de la Enciclopedia Britannica hasta que cayó al suelo. Era una anciana; no opuso resistencia; murió rápidamente. Le preocupaba no manchar el libro de sangre -ella le había enseñado que los libros eran sagrados- pero no la hubo. Si se derramó, fue en sus entrañas. 
Un uso peculiar de la enciclopedia. Sin duda los escoceses Colin Macfarquhar y Andrew Bell, impresor y grabador respectivamente, que en 1768 comenzaron a publicar esta obra con la idea de que reflejara el espíritu de la Ilustración, no lo habían contemplado.  

Ilustración de Sydney Paget para 
"La Liga de los Pelirrojos"