John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 10 de julio de 2019

ELOGIO DE LA LENTITUD


Sí, todos quisiéramos ir con menos prisas, que nuestras jornadas fuese más pausadas, con tiempo para hacer las cosas a conciencia... Pero por lo general la vida cotidiana nos arrastra -cuando no nos arrolla-, y allá vamos, dejándonos llevar por la corriente, consumiendo horas y días a toda velocidad, como si estos fuesen inagotables y nosotros, eternos. Hasta que sucede lo inesperado. Una enfermedad, un accidente, nuestro o de algún ser querido, que nos frena en seco. A partir de ahí, todo adquiere otra dimensión, el tiempo cobra un nuevo significado, se vuelve más lento y también más valioso. Lo banal, lo cotidiano que hasta ahora resolvíamos automáticamente, sin pensar, cobra nuevos perfiles. Cada día que pasa -esos días que antes engullíamos ávidamente, como sorbos de agua que se tragan sin pensar-,  se convierte en un hito: un día más, o un día menos. Sea como sea, una muesca en el nuevo calendario que hemos tenido que establecer. 


En mi caso, un absurdo accidente -¿acaso no lo son todos ?- me ha privado durante unas semanas del uso del brazo derecho. Nada muy grave, por fortuna, pero sí un percance doloroso y muy incómodo que ha trastocado todos mis planes, por no hablar de mi día a día. De repente, he tenido que reajustar  mi rutina y mis movimientos. Mi mano izquierda, absolutamente inútil en la vida normal, ha pasado a ser la protagonista de todas mis acciones. La torpeza con que ahora ejecuto el gesto más banal, desde peinarme hasta empuñar un tenedor, ha ralentizado cada uno de ellos. Ahora, como los niños pequeños, debo aprender a manejarme en mi entorno y adquirir de nuevo -o al menos intentarlo- todas aquellas destrezas que dominaba desde hacía décadas. Aparte de la inicial exasperación que  provoca, este comenzar casi desde cero resulta un buen ejercicio. La lentitud, la deliberación con que debes enfrentarte a cada nuevo reto hacen que aprecies cada pequeño logro. Igual que cuando aprendes a tocar un instrumento musical, o te inicias en un nuevo deporte, hacerlo todo con la izquierda pone a prueba la coordinación entre tu cerebro y tus miembros: sabes qué es lo que deberías hacer, la dificultad está en lograr que tus músculos y tus dedos te obedezcan. No me cabe duda de que, gracias a este brazo roto, estoy creando infinidad de nuevas rutas en mi cerebro, y las sinapsis deben de estar funcionando a todo tren. Parece -a la vista está- que casi domino ya el arte de escribir en el ordenador con una sola mano. Decidida a exprimir al máximo mis capacidades, me he embarcado asimismo en la tarea de aprender a escribir con la izquierda. Por ahora, el resultado no es muy brillante, pero no está tan mal si uno recuerda las innumerables horas de su infancia que pasó trazando una a una las letras del alfabeto. Está claro que solo la práctica da la maestría.  


Si la caligrafía, hasta cierto punto, es representativa de la personalidad, cuando contemplo mis torpes letras -tan diferentes de mi escritura diestra- me pregunto si no anidará en mi interior un ser distinto. ¿Tal vez este ejercicio hará aflorar en mi un nuevo personaje? Permanezcan atentos a estas páginas, quién sabe si no habrá alguna sorpresa.
Mientras tanto, a falta de las fallidas vacaciones británicas que  ha habido que cancelar, procuro saborear la lentitud de los días. Un tiempo alargado que invita a leer a Proust, y que me trae a la memoria una novela del alemán Sten Nadolny, El descubrimiento de la lentitud, cuyo héroe -el explorador ártico John Franklin-, percibe el tiempo de un modo distinto al resto de sus compañeros. Tiempo lento de lecturas pausadas.

     

sábado, 1 de junio de 2019

JARDINES DE NOVELA



Hay un momento de la primavera en que, incluso en la ciudad, la primavera parece ganarle la partida al asfalto. Hasta para los urbanitas que vivimos rodeados de cemento y tubos de escape, mayo es un mes con aroma a rosas y a tilos en flor. Un mes iluminado por el verde lujuriante de los árboles que estrenan follaje y del césped recién renovado. Este instante de gloria -¡ay!- dura muy poco. En cuanto se instala el calor, las flores se marchitan, la hierba queda agostada y las hojas de los plátanos amarillean, sedientas, y caen, en un polvoriento anticipo del otoño.
Está comprobado que el contacto con la naturaleza, los jardines y parques, es beneficioso, no sólo para el cuerpo, sino también para el alma. En palabras de Oliver Sacks: "No puedo precisar cómo ejerce la naturaleza sus efectos calmantes y organizativos sobre nuestro cerebro, pero he podido ver en mis pacientes los poderes restauradores y curativos de la naturaleza y de los jardines, incluso sobre lo que padecían trastornos neurológicos profundos. En muchos casos, los jardines y la naturaleza son más poderosos que cualquier medicación".
Lamentablemente, salvo por algunas fugaces impresiones de verdor, los ciudadanos encerrados en nuestros bloques de piedra y ladrillo hemos de conformarnos con sucedáneos del jardín: documentales, láminas botánicas, libros... 


En cierto modo, tengo la impresión de que los jardines literarios son más frondosos, más fragantes y gratamente sombreados que los reales. Claro que, no siendo la feliz poseedora de un jardín de verdad, carezco de autoridad para determinarlo. Pero siglos de tradición literaria me respaldan: el locus amoenus de los clásicos forma parte de ese jardín ideal, lugar propicio para el descanso y el goce de los sentidos. Gonzalo de Berceo se regocija de que
La verdura del prado, la olor de las flores,
las sombras de los árbores de temprados savores,
resfrescáronme todo
lo mismo que Garcilaso, que nos regala unos versos en los que el discurrir del agua y el trino de los pájaros casi traspasan la página
Corrientes aguas puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,
verde prado de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
 Aunque la tradición también dicta que estos excelsos placeres que nos brinda la naturaleza sean raros, y pronto se disipen. Todo edén tiene su serpiente y al sol y los cánticos de las aves les sucederá, inevitablemente, el gélido invierno. Igualmente seductor es el hechizo de los jardines en la novela. Me vienen a la mente dos jardines novelescos en especial: el de Vana respuesta, de Rosamond Lehmann y El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett. Supongo que el asociarlos deriva de que ambos son jardines ocultos, donde no parecen regir las leyes del mundo exterior, y de que para las protagonistas de estas dos novelas -dos jóvenes, tampoco es casualidad que se trate en cierto modo de novelas de formación- son un territorio casi mágico del que, cada cual a su manera, saldrán transformadas. 


Pero, mientras que la novela de Hodgson Burnett alcanzó una gran popularidad y hoy se considera un clásico para todos los públicos, la de Rosamond Lehmann, publicada en 1927, fue tachada de influencia corruptora para la juventud. Leída hoy, su contenido "escandaloso" suena francamente leve, tal vez incluso trasnochado, pero sigue rezumando la melancolía de los amores imposibles. Para los fans de Expiación -entre los que me cuento- resultará evidente la concomitancia entre la atmósfera de esta obra y la de McEwan, sin duda deliberada por parte del autor inglés, quien la menciona específicamente en la ficticia carta de rechazo que recibe Briony para su relato "Dos figuras en una fuente" (en la versión española, figura el título inglés de esta novela, Dusty Answer). 



En cuanto a El jardín secreto, si no la han leído, no dejen de hacerlo; como tantas otras obras, la etiqueta de "novela para jóvenes" no le hace justicia (una vez más, insisto en que los libros denominados "para niños" no son solo para niños: la buena literatura es para todas las edades). Es deliciosa. 
Gracias a estos y otros artificios librescos, incluso desde esa butaca que mira a un triste bloque de pisos es posible pasear por los jardines de novela, oler las flores y escuchar el canto de los pájaros.



viernes, 10 de mayo de 2019

NOMBRAR LAS EMOCIONES



Comunicar las emociones, hacer que el otro entienda lo que bulle en tu interior, lo que te mueve o  el motivo de tu abatimiento, no es empresa fácil. El lenguaje, a pesar de su enorme riqueza -a menudo no somos capaces de dar uso a todos sus matices- resulta muchas veces insuficiente para expresar lo que sentimos. Por otro lado, no todos los estados emocionales cuentan con un correlato léxico que los defina. Así, nos convertimos en prisioneros del lenguaje, lo que no tiene nombre no se puede transmitir. De ahí que la lengua -todas las lenguas- se encuentre constantemente en evolución. Nuevos términos para designar nuevas realidades, nuevos significados para palabras antiguas. Normalmente, la evolución del lenguaje es una empresa colectiva: por ejemplo, alguien, por lo general anónimo, empieza a utilizar una palabra ya conocida de forma novedosa, ese uso hace fortuna y poco a poco se va incorporando al léxico habitual. Al final, todo es cuestión de que el suficiente número de personas encuentren ese término -o esa nueva acepción del término- práctico y útil y lo acaben adoptando.
Pero les voy a hablar hoy de un caso peculiar, un inventor de palabras, John Koenig, cuya labor he conocido gracias a la web Open Culture (una web siempre llena de cosas interesantes). Koenig lleva años compilando y difundiendo -a través de su blog y a través de vídeos que cuelga en YouTube- un diccionario para aquellas emociones que aún no tienen nombre. Según su propia definición de esta actividad, se dedica a "encontrar huecos en el lenguaje de las emociones y a tratar de llenarlos". Para ello, suele echar mano de raíces lingüísticas provenientes de diversas lenguas: tanto del griego antiguo como del alemán, del polaco o del francés e incluso del japonés. El proyecto -que pronto se convertirá en un libro- se titula Dictionary of Obscure Sorrows. 



Revisando las palabras que forman esta compilación, algunas en efecto me han parecido corresponder a sensaciones o emociones que hasta ahora era imposible plasmar con un solo término. Por ejemplo:

-Dès vu: la conciencia de que lo que estás viviendo se convertirá en un recuerdo. Juega aquí con el concepto de déjà vu, pero su sentido no es el mismo. Es cierto que en determinados momentos de la vida, mientras se desarrolla un acontecimiento, o al contemplar una imagen, somos conscientes de que esto se grabará en nuestra memoria.   

-Anemoia: nostalgia de un tiempo que nunca has conocido. Creo que todos guardamos en nuestro interior la nostalgia de alguna época histórica que nos hubiese gustado conocer. 



-Zenosyne: la sensación de que las cosas van cada vez más rápido. Nos sucede a todos a medida que transcurren los años: el tiempo se acelera. Para conocer mejor este fenómeno, que tiene raíces fisiológicas, recomiendo el libro de Douwe Draaisma Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores. Coincido en que era muy necesaria una palabra que lo definiese, así igual nos hubiésemos ahorrado títulos tan largos.

-Zielschmerz: Una palabra que me encanta y que define el temor de llegar a conseguir lo que quieres. ¿Saben esa sensación de, por un lado, desear que suceda algo difícilmente alcanzable, pero al mismo tiempo pensar con cierto temor en lo que realmente ocurriría si ese suceso improbable se materializase? Pues eso, Zielschmerz

Buceando en su archivo,  he podido encontrar palabras que parecían dar realmente en el clavo, mientras que otras designan emociones tan tenues o tan desconocidas para mí, que no les veo el sentido. Pero compruebo con satisfacción que entre las definiciones acuñadas por el señor Koenig hay al menos una que nos toca de cerca a los bibliómanos. Es Vellichor, un bonito término, que designa ese anhelo que nos invade cuando visitamos una librería de segunda mano, que suele teñirse de nostalgia al pensar en todas las manos por las que han pasado esos volúmenes. La palabra en cuestión, aunque bastante nueva, ya ha comenzado a popularizarse y, como  es propio de la lengua, su significado está en evolución. 



Quizá, ya que Koenig está embarcado en la noble tarea de denominar emociones, deberíamos sugerirle algunas relacionadas con los libros y la lectura que -hasta donde yo sé- aún no han encontrado expresión. ¿Qué me dicen de esa irritación que se siente cuando, sumergida en la lectura, alguien o algo te saca de tu abstracción? ¿O de la sensación de afinidad instantánea que nos invade cuando encontramos a una persona que comparte nuestros gustos literarios? ¿Y el sentimiento de ser un alien venido de otro planeta que sufrimos en una reunión llena de gente que, si se nos ocurre mencionar a nuestro autor favorito, no saben de qué les hablamos? Como ven, queda aún mucho territorio emocional y libresco por nombrar. Señor Koenig, esperamos sus aportaciones.  

sábado, 6 de abril de 2019

CONFESIONES DE UNA LECTORA


¡Albricias! Este blog está de celebración por partida doble. Por un lado, porque este mes cumplimos nada menos que NUEVE años. Increíble, ¿no? En estos años, gracias al blog, he escrito mucho y por placer, he hecho numerosos amigos, me han invitado a charlas, parte de lo publicado aquí se ha convertido en un libro... Cuando en 2010 empecé, tentativa y dubitativamente, a subir unos brevísimos textos -sin imágenes, además, porque por aquel entonces no había aprendido cómo- nunca hubiese creído que llegaría hasta aquí. Gracias, ante todo, a tantos lectores que han tenido la bondad de pasarse por aquí y de dejar sus comentarios. El corazón del blog, eso lo tengo claro, no es su administrador, sino sus lectores. El segundo motivo de celebración tiene, en cierto modo, algo que ver con el primero. Aquí nos gustan, lo saben bien los que acostumbran a leernos, los libros sobre libros. No podría ser de otro modo, pues los asiduos de este blog somos adictos a la lectura y todo lo que hable del mundo de los libros nos interesa. He hablado repetidamente en estas páginas -lo pueden ver aquí, aquí y aquí, por ejemplo- del que sin duda es uno de mis ensayos favoritos sobre este tema, el ameno y agudísimo Ex Libris. Confesiones de una lectora de Anne Fadiman. Lamentablemente, este libro estaba agotado desde hace años y nadie se decidía a reeditarlo. Algo incomprensible, porque ni siquiera de segunda mano era posible hacerse ya con un ejemplar. Ahora, al fin, ha vuelto a ver la luz de nuevo, de la mano de una nueva, pequeña y  valiente editorial madrileña, Alfabeto. Tienen toda mi gratitud. Espero y deseo que esta obra, de lectura imprescindible para enfermos de los libros -no se curarán, ni falta que les hace, pero lo pasarán muy bien- tenga una muy exitosa segunda vida en librerías. Por mi parte, haré cuanto pueda para que sea así.


Anne Fadiman pertenece a una familia de biblioadictos -su padre era el reputado editor y escritor Clifton Fadiman, quien entre otras cosas fue director de la sección de crítica literaria del New Yorker- y ella lleva la afición a los libros en los genes. También es una persona ingeniosa, lo que demuestra en los breves ensayos que forman esta obra, donde disecciona con certeza y fina ironía todas las manías que comparten los afligidos por esta enfermedad libresca. No me cabe dudad de que todos ustedes, bibliómanos, se verán reflejados en ellas. Cómprenlo, léanlo, no se arrepentirán.
Y ya que estamos, aprovecho para reivindicar -no por primera vez- que alguien (tal vez los propios editores de Alfabeto) se decida a traducir el otro libro de "ensayos familiares" de esta autora -ella los llama así- At Large and At Small, un compendio delicioso donde tanto es capaz de disertar sobre la caza de mariposas como sobre su gusto -desmedido- por los helados o las curas (a menudo literarias) para el insomnio. Tal como dicen sus editores, "combina humor y erudición". ¿Se puede pedir algo mejor? Sólo puedo decir que es de los libros que nunca presto, porque guardo mi ejemplar como oro en paño.



miércoles, 6 de marzo de 2019

EL TIEMPO Y LA LECTURA


Es frecuente encontrarse, tanto en los medios como en la vida real, con personas que dicen no leer por carecer de tiempo para ello. O que lamentan que el tiempo que pueden dedicar a la lectura sea tan reducido: "Me gustaría leer más, pero ¿de dónde sacar el tiempo?". Sin embargo, quienes esto manifiestan no suelen ser esclavos en una mina de sal, sujetos con cadenas y vigilados por feroces capataces (un supuesto que justificaría la imposibilidad de dedicar ni un minuto a la lectura; además, dudo que en las minas abunde el material literario), sino urbanitas muy ocupados -o eso dicen- que no tienen reparo en dedicar varias horas al día a consultar sus móviles, a menudo innecesariamente y para cosas sin relevancia, y a mandar mensajes y fotos igualmente irrelevantes. "Conchi, estoy a punto de llegar" o una ristra de emoticonos para indicar lo mucho que te ha gustado esa irresistible foto de un gatito que te ha mandado tu prima no pueden considerarse como mensajes de alta prioridad. Y, no obstante, con estos y otros parecidos se consumen sin remordimiento minutos muy valiosos.

Quienes afirman no tener tiempo para leer, lo que están diciendo en realidad es que leer no es una de sus prioridades. Que, en su escala de valores, la lectura se encuentra por debajo de muchas otras actividades con las que llenan sus días. Que prefieren -consciente o inconscientemente- dedicarse a otras cosas y sólo recurren a la lectura cuando las han agotado. He de deciros, atareados amigos que argumentáis que os falta tiempo para leer, que uno siempre encuentra tiempo para lo que estima vital. Salvo en situaciones extremas, uno siempre tiene tiempo para comer, para lavarse, para hablar con su pareja... (aunque tal vez es una mala comparación, está lleno de gente que se queja de no tener tiempo para conversar en familia, cuando lo que quieren decir probablemente es que no hay nada de qué hablar). Si uno considera que la lectura, como nos ocurre a los verdaderos apasionados del asunto, forma parte de esas necesidades vitales, el tiempo nunca falta. Como decía Arnold Bennett -en su divertido a la par que útil ensayo Cómo vivir con veinticuatro horas al día-, el tiempo es la más preciada de las posesiones, una que nadie puede quitarte y con la que puedes hacer lo que te dé la gana. Tanto el noble como el mendigo disponen cada día de las mismas veinticuatro horas, para gastar según su criterio. Es obvio que esos lectores fallidos carecen precisamente de eso, de criterio, de la voluntad de buscar tiempo debajo de las piedras para algo que se supone consideran importante.





Además, el concepto de lectura de ciertas personas -sí, esas que dicen amar la lectura pero no ven nunca el momento de dedicarse a ella- consiste en una especie de imagen ideal: muchas horas por delante, una casa silenciosa, un sofá cómodo... En fin, condiciones que, seamos sinceros, se dan raras veces. Si esperas a que se reúnan todos estos factores para abrir un libro, entonces es comprensible que no leas apenas. Los auténticos lectores aprovechan cualquier resquicio para abrir un libro, y no tienen empacho en hacerlo en las situaciones más diversas. El otro día, en la radio, alguien contaba que, en su familia, cuando llegaba la hora de comer cada cual sacaba su libro y de este modo las comidas transcurrían en armoniosa compañía, todos enfrascados en sus lecturas. Lo pillé al vuelo y lamento no saber quién era el que lo contaba, pero tiene todas mis simpatías. (Personalmente, considero leer mientras como, o desayuno, uno de los placeres fundamentales de la vida.) Otra lectora decía por ahí que ella había llegado a leer hasta en una boda (aunque no durante el servicio religioso, subrayaba). No se me había ocurrido, lo confieso, pero al próximo enlace al que me inviten pienso ir provista (discretamente) de un libro. Seguro que puedo aprovechar algun momento tonto para leer unas páginas.

Hasta con el pretexto de sacarle el polvo a
los libros se pueden leer unas páginas


  

viernes, 8 de febrero de 2019

Y TÚ ¿QUÉ SUBRAYAS?


No entra en mi ánimo dar nuevas alas a la vieja controversia de si es lícito o no subrayar los libros. Sabemos ya de sobra que siempre existirá la facción "Subrayar, no", que considera casi un sacrilegio estropear las páginas impresas con antiestéticos trazos de lápiz o -dios no lo permita- bolígrafo, facción enfrentada a la de "Subrayar, sí", que cree firmemente que los libros están para ser llenados de subrayados, notas y comentarios, y que esas señales de haber sido leídos, y leídos a fondo, son las marcas que distinguen la biblioteca de un buen lector. Lo otro, afirman -conste que no estoy más que haciéndome eco de las razones de los partidarios de esta opción- son bibliotecas de coleccionista, con libros de mírame-y-no-me-toques que, al contrario que sus garrapateados ejemplares, son libros carentes de vida. Los lectores habituales suelen ubicarse en uno u otro campo, y los hay también que se quedan a medio camino -aunque, ya lo saben, los tibios y equidistantes acaban recibiendo por todos lados-, optando por subrayar ciertos libros y otros no. En mi caso, por ejemplo, rara vez subrayo una novela (a no ser que la esté empleando con alguna finalidad didáctica), pero me tomo la libertad de subrayar los ensayos siempre que me parece necesario. Claro que ocurre en ocasiones que no subrayo porque estoy leyendo en algún lugar donde no tengo a mano un lápiz o donde es incómodo hacerlo (ejercer el arte del subrayado en determinados trenes es garantía casi segura de que las líneas van moverse como borrachas por la página). La alternativa entonces es doblar esquinas, una actividad que de nuevo cuenta con detractores y valedores. 
Pero todo esto era antes de la llegada del libro electrónico. Una sus grandes ventajas, a decir de sus promotores, es que se puede subrayar sin necesidad de lápiz -ni de desfigurar el libro porque, evidentemente, el libro físico no existe- y que además es posible acceder a los fragmentos resaltados con suma facilidad, pues se presentan todos juntos. Sin duda hay que saludar estas características como un avance, una más de las comodidades que ofrece el libro virtual. (Sobre sus desventajas, como la condición fantasmal de estos ingenios, he hablado en otras ocasiones.) 



No obstante, hay -al menos en los Kindle- una característica en los libros electrónicos que me parece entre curiosa e inquietante. Se trata de lo que llaman el "subrayado social". Consiste en que es posible ver qué pasajes han subrayado otros lectores y cuántos de ellos lo han hecho. Así, una está tan tranquila leyendo una novela y de repente, zas, en la pantalla aparecen varias líneas marcadas, con una pequeña referencia que indica "subrayado x veces". No sé a ustedes, pero a mí esta función tiende a dejarme entre atónita y desconcertada. Atónita, porque en demasiadas ocasiones el subrayado busca destacar unas frases del todo anodinas, trilladas, sin ningún interés. Desconcertada porque, si resulta que hay varias decenas de lectores que han coincidido en fijarse precisamente en esas frases, ¿no querrá decir que soy yo la que falla? ¿La que es incapaz de ver la inmensa sabiduría que sin duda encierran? Sé que es posible desactivar esta opción y darse a la lectura solitaria. He estado a punto de hacerlo en más de una ocasión, pero confieso que siempre me he retenido porque -por mucho que algunas tonterías me irriten- me divierte ver que la gente subraya frases como "Una vida dedicada a los perros le hace a una indiferente ante el estado de su hogar", "Aunque hacía tiempo que se había acostumbrado a ser pobre, no podía olvidar lo agradable que resultaba ser rica", "La verdad se encuentra en los libros de contabilidad" o, incluso, "--¡No, el maldito cobarde está en el frente! --dijo ella indignada" (tres usuarios han subrayado esta última frase, lo que me resulta del todo inescrutable). Sólo espero que, en compensación por los sobresaltos y cábalas que me suscitan estos subrayados, "ellos" -aludo por supuesto a esos otros lectores anónimos que a su vez verán los míos- quedarán aún más estupefactos con los míos. 
Por lo que a subrayar libros se refiere, tengo la impresión de que hemos entrado en un mundo nuevo, que va más allá de la polémica acerca de si subrayar o no. Antes, al menos, tus subrayados quedaban en la intimidad. Como mucho, los veía algún amigo al que le prestabas el libro. (O tu biógrafo, si lograbas alcanzar la categoría de eminencia biografiable.) Ahora estamos en la era del "yo subrayo mejor que tú" o "subrayar por vanidad". La verdad, no sé si reírme o preocuparme. 

jueves, 27 de diciembre de 2018

DESEOS LIBRESCOS 2019




Gracias a la prodigiosa producción editorial de nuestro país, los libros que una no ha leído (aún), en lugar de reducirse en número, aumentan y aumentan de forma imparable. Vértigo daría, de no ser porque una buena parte de esas novedades que tan encarnizadamente compiten entre sí por la benevolencia del lector son de poco interés para mí. (Por el bien de sus autores y de sus editores, confío en que habrá algún público para ellos, entre el que yo no me encuentro; al fin y al cabo, mis gustos son bastante raros.) Por eso, a la hora de seleccionar lecturas, confieso que mi mirada tiende a dirigirse al pasado en vez de al presente. Como dijo G. K. Chesterton, para ensalzar la lectura de los clásicos:

"Ser simplemente moderno es condenarse a la absoluta estrechez de miras; igual que gastarse el último penique que uno posee en el modelo de sombrero más reciente es condenarse a estar pasado de moda. El camino que conduce a los siglos pasados está sembrado de modernos muertos."
A menudo, hojear los suplementos literarios me produce desazón, voy pasando páginas sin encontrar nada que me atraiga (o quizás lo que no me atrae es la forma en que hablan de los libros: la crítica literaria, incluso las simples reseñas, deberían aspirar a algo más que resumir un argumento).  A pesar de ello, mantengo un ojo bien abierto ante lo que se va publicando, porque entre tanta morralla siempre hay libros que merecen atención. Y, ¡oh, alegría! hay también editores que -sin descuidar lo que de notable pueda aportar la producción actual- son capaces de rebuscar en los desvanes del pasado y rescatar joyitas literarias que habían quedado sepultadas por el alud de "lo moderno" (por emplear la terminología de Chesterton). En este sentido, 2018 me ha procurado algunas satisfacciones:  
-Tras la publicación de sus Cuentos escogidos  en 2015, Shirley Jackson ha encontrado  por fin favor entre nuestro público y estos últimos años se han ido editando sus principales obras, entre las que están La lotería, Siempre hemos vivido en el castillo, La maldición de Hill House (de la que ahora hay también una serie) y Déjame que te cuente (un compendio de cuentos y ensayos. No me cabe duda de que estas obras le procurarán un buen número de admiradores. Mi felicidad sería perfecta si se animaran a traducir también su obra autobiográfica Life Among the Savages (contrariamente a lo que podría parecer, no es un tratado de antropología, es que el apellido de su marido era Savage). 



-Editorial Minúscula ha rescatado la que para mi gusto es una de las mejores novelas cortas americanas  del siglo XX: La señora Caliban, de Rachel Ingalls.  Los amantes de las historias realistas, no se dejen amilanar por quienes hablan de ella como un cruce entre King Kong y La bella y la bestia, es una historia de amor maravillosa.



Hace cuatro años -¡nada menos!-, en fechas como estas, me hacía eco de mis deseos de que se recuperasen algunos libros notables desaparecidos del mercado tiempo ha. Entre ellos estaba El siglo de los cirujanos, de Jürgen Thorwald, que entretanto ha renacido de la mano de Ariel. 






Sin embargo, otros de mis deseos librescos aún no han visto la luz. Aprovechando que estas son épocas de buenos deseos para el año entrante, repito algunos de ellos, a ver si esta vez los hados editoriales me hacen caso:

-Los libros en mi vida, de Henry Miller. Tan inencontrable que ni siquiera en las bibliotecas de la provincia de Barcelona tienen un ejemplar. Un libro, como se pueden imaginar, para amantes de los libros, esos bichos raros. Muy personal, muy Miller, y una delicia. 




-Otro clasicazo de ausencia inexplicable, porque lo tiene todo para gustar: guerra, amor, historia... Testament of Youth, de Vera Brittain. ¡Si hasta hay una película! Pues ni por esas... 




-Por último, y ya sé que esto es sólo para fans acérrimos, pero también es uno de los libros que más me han gustado este último año (¿el que más?): The Brontës. A Life in Letters, una impecable edición de Juliet Barker. La familia Brontë en sus propias palabras, en una selección de cartas magnífica, que se lee como una novela. 





Pues eso, a esperar que los Reyes Magos, los hados del Nuevo Año o quien sea cumpla estos deseos librescos. En cualquier caso, les deseo un feliz y muy literario 2019.


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