John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 2 de julio de 2021

LA TIRANÍA DE LA NOVEDAD

 


No sé si aún quedan por ahí algunas de aquellas tiendecillas de barrio que se anunciaban con el rótulo de "Novedades". Son una especie en vías de extinción, como todo ese comercio añejo que se ha visto arrasado por el tsunami de la modernidad y de lo digital. Aunque resulta paradójico que los nuevos tiempos hayan acabado con unos establecimientos que, por definición propia, se suponía que estaban siempre a la última. Claro que ninguna de estas tiendas, de existir aún, debe de tener menos de sesenta años, nacieron en una época en que este era un país encerrado en sí mismo y mal comunicado. En aquel contexto, todo lo nuevo era extraordinario, un soplo de aire fresco. Para las mujeres de la generación de mis abuelas, las medias, el jersey o cualquier otro objeto de uso corriente que quisiesen adquirir pasaba gracias a la etiqueta de "novedad" a ser algo codiciable. 
Ahora, aunque las tiendas que se definían a sí mismas como expendedoras de novedades hayan desaparecido, seguimos en manos de otra tiranía de la novedad: el último modelo de cualquier cosa -a ser posible tecnológica- desbanca de inmediato al modelo anterior (que igual tiene solo unos pocos meses pero, ¡ay!, ya no es nuevo).  Personalmente, me ha costado siempre entender por qué el hecho de ser novedad debe suponer una ventaja respecto a lo que ya existe. Cuando me he acostumbrado a mi ordenador o a mi móvil, cuando mis manos se han hecho a ellos y ellos a su vez responden con diligencia a ellas, resulta que toca cambiarlos: algún programa fundamental ha quedado obsoleto, empieza a fallar la pantalla o surge cualquier otro contratiempo fatal. Porque por supuesto no se puede reparar, o te dicen que te sale más a cuenta comprar uno nuevo. Y a mí lo que me gustaría es conservar muchos años ese aparato que se me ha convertido en familiar (confieso que tengo alguno que es ya puro vintage, guardado celosamente). 



Si nos trasladamos al terreno literario, sucede algo parecido. No es cosa de ahora que los libros participen en esa carrera por la novedad. Hace décadas que las editoriales anuncian a bombo y platillo sus novedades de otoño, o las que salen para el día del Libro o para Navidad. Y en todos los casos parece que el solo hecho de ser libros nuevos les otorga galones. "La nueva novela del autor Tal o Cual" debe ser, por necesidad, mejor que las anteriores. Igual que "el nuevo fenómeno que arrasa en librerías" lo hace, sin duda, por el mero hecho de ser reciente, que le hace destacar por encima de todos aquellos otros volúmenes que llevan años en el mercado. Nunca nadie me ha sabido explicar a qué se debe tan curioso fenómeno. Así pues, tiendo a desconfiar de tanta fanfarria sin motivo aparente -insisto, que algo sea nuevo no garantiza que sea bueno-, y suelo dejar que las novedades librescas (aunque no solo estas) se asienten un poco y demuestren lo que valen en realidad. Una vez se ha apagado la polvareda del marketing -cosa de unos pocos meses, por lo general-, el libro empieza a sostenerse por sí mismo y es la recomendación de quienes ya lo han leído la que da el baremo de cuánto vale en realidad. 
Me dirán ustedes que, si todo el mundo hiciese como yo, ignorando las novedades hasta que dejan de serlo y se convierten simplemente en libros como los demás, si no existiesen esos lectores ávidos que, en cuanto una novela aterriza en librería -y antes, a veces- saltan sobre ella, anhelantes, ¿cómo podríamos los escépticos saber si vale la pena?  Y tienen razón: sin el arrojo de unos cuantos -a menudo suicida, pues en nombre de la novedad se tragan pestiños considerables-, tendríamos poco en que basarnos. Mi más sincero homenaje, pues, a estos arrojados perseguidores de novedades. Sigan leyendo y compartiendo sus decepciones y entusiasmos. Nosotros, los cautos, los que no nos tiramos a la piscina hasta no estar seguros de que hay agua y, a ser posible, de que no está demasiado fría, se lo agradecemos. 




lunes, 24 de mayo de 2021

VIAJANDO CON LIBROS

                                                Goethe, en "el país donde florece el limonero"

Hace poco, salió a relucir en una conversación con amigos (virtual, claro) cierta localidad y, sin pensar, comenté que yo había estado allí hacía poco. Por supuesto, enseguida tuve que desdecirme: debió de ser hace más de un año, al menos. De algún modo, los meses de confinamiento y restricciones en diversos grados que hemos pasado últimamente se han convertido -al menos en mi percepción- en no-tiempo. Se han fusionado todos en una amalgama informe y borrosa, han dejado de contar como días, semanas y meses por derecho propio para transformarse simplemente en "la pandemia", ese desagradable episodio que -¿ahora sí?- confiamos en haber dejado atrás y cuya huella queremos borrar cuanto antes de nuestra memoria. 

Mal que bien, durante este largo paréntesis he seguido con mi vida, sobrellevando las limitaciones lo mejor posible, procurando tener presente en todo momento que las cosas podrían estar mucho peor (podría haber caído enferma yo, o alguno de los míos, podría haberme quedado sin trabajo, como le ha ocurrido a tanta gente, podría...). Pero resulta inevitable vivir los enormes cambios en lo cotidiano, la desaparición súbita de una forma de vida -viajar, salir, abrazar- como una pérdida. Me da la impresión de haber pasado algo parecido a un duelo, tal vez sin ser consciente de ello. Como es de esperar, ha habido momentos de desánimo, de ser incapaz de anticipar el futuro más cercano; total, tampoco se podían hacer planes. Por suerte, a falta de viajes para abrir el espíritu a la esperanza, estaban los libros. Así que hoy retomo este blog -después de una larga ausencia- para recomendar una obra que consiguió llenar de luz cada una de las horas en que estuve sumida en sus páginas, un verdadero periplo espacial y temporal, por la Italia y la Grecia que han inmortalizado literatos y artistas.  


A la bellísima prosa de Peregrinos de la bellezade María Belmonte, no solo he de agradecerle que me haya transportado a otros lugares; también me ha hecho evocar algunos de los autores que admiro (Patrick Leigh Fermor, Lawrence Durrell) y otros cuyo recuerdo estaba casi borrado, como Axel Munthe y su isla de Capri. Me ha procurado el placer de reencontrarme con autores y paisajes que conozco bien -aunque algunos solo los haya frecuentado en letra impresa-, junto a otros que siento que debo conocer. Afortunadamente, para viajar de la mano de los libros no hay que esperar a que abran fronteras, ni andar consultando las confusas restricciones que rigen aquí y allí: basta con abrirlos para iniciar el trayecto.

                                           La Villa San Michele, a la que Munthe dedicó gran parte de su vida

Libros como estos tienen un efecto sanador. Nos recuerdan, además, que aunque nuestro cuerpo esté encerrado, la imaginación es libre. Y nos puede llevar a los lugares más hermosos. Ni que decir tiene que corro a hacerme con los otros dos libros de esta autora -Los senderos del mar y En tierra de Dioniso-, ansiosa por seguir recorriendo caminos de su mano. 

domingo, 21 de febrero de 2021

HARTA DE PSICÓPATAS


Triste época esta en que todos empezamos a estar hartos de muchas cosas. Entendemos la necesidad de reducir nuestras interacciones sociales, de no viajar, de no tener siquiera un día de campo desde hace muchas semanas (el sino de los que vivimos en la ciudad y estamos confinados perimetralmente). Pero casi un año de vida-no-normal produce cansancio. Mucho cansancio: De la exasperante lentitud en la vacunación, nuestra única luz al final del túnel; de que haya tanta gente a la que le importen un comino todas las restricciones, que en apariencia no van con ellos; de que la política sea un guirigay donde solo se busca aplastar al contrario; de que los asuntos realmente esenciales (sanidad, educación) sigan siendo los últimos de la fila, cuando todos los esfuerzos deberían estar centrados en ellos; de andar siempre enmascarillados (gracias al cielo, sin embargo, por los líquidos anti-vaho, que nos permiten a los usuarios de gafas ver por dónde pisamos y no rompernos la crisma); de... Y, cuando frente a estas ingratas realidades busco refugio en la lectura, me encuentro con que las novelas se han llenado de psicópatas. De esos que son muy, muy retorcidos, frente a los cuales el asesino de Psicosis es casi un corderito. 


Por lo general, la novela negra es uno de mis recursos preferidos cuando el ánimo flojea. Nada como una buena novela repleta de tensión y misterio para hacerte olvidar la ingrata realidad y despejar la mente. Pero este año... Tal vez he sido yo la equivocada en mis elecciones y he hecho mal en dejarme arrastrar por lo que sale en los medios. Evidentemente, el género abarca muchos registros, desde las plácidas novelas detectivescas británicas que transcurren en mansiones regidas por imperturbables mayordomos hasta las más nerviosas y trepidantes historias de detectives californianos que deben enfrentarse a la corrupción y al crimen organizado (pienso, por supuesto, en mi admirado Michael Connelly, que nunca defrauda), pasando por la novela negra escandinava, donde todo -policías y asesinos- parece envuelto en un bloque de hielo. Desde hace un tiempo, sin embargo, vengo advirtiendo en las novelas negras una deriva hacia lo morboso y lo psicológicamente enfermizo. Los crímenes son cada vez más retorcidos y desagradables (no se le ahorran detalles al lector) y los investigadores están cada vez más traumatizados emocionalmente. Si antes nos conformábamos con un detective de vida sentimental calamitosa, ahora parece inevitable que haya sufrido algún terrible trauma o que esté marcado por algún suceso luctuoso. Si antes los asesinos mataban a veces con saña -pudiendo incluso mostrarse inquietantemente creativos-, ahora  su crueldad  alcanza unos grados casi inimaginables de refinamiento. Jack el Destripador no les llega a la suela del zapato. 

Descubrimiento de una de las víctimas de Jack el Destripador

Así sucede por ejemplo con Antonia Scott, la investigadora que protagoniza la trilogía de Gómez-Jurado (Reina roja, Loba negra y Rey blanco) o con el perjudicadísimo inspector francés Sharko, de Franck Thilliez, ambos verdaderos desastres emocionales. Cuesta creer que gente con esos historiales pueda seguir trabajando. Los asesinos también parecen rivalizar en retorcimiento, dispuestos a no ahorrarles ningún tipo de sufrimiento a sus víctimas. Véase por ejemplo el que protagoniza La novia gitana, de Carmen Mola, que de tan rebuscado frisa el absurdo (¿matar con gusanos que se comen a las víctimas por dentro?). Por si no fuera bastante, hay que incluir algún niño secuestrado o torturado, para que la angustia del lector alcance niveles aún más altos, como ocurre en No está solo, de Sandro Dazieri. Cito aquí solo algunos de los últimos que han pasado por mis manos, pero hay muchos más. Y yo me pregunto, ¿es todo esto necesario? Sin duda soy yo la equivocada, porque todos estos autores son superventas. ¿Acaso el visionado de incontables episodios de series tipo CSI o Mentes criminales ha encallecido tanto a los lectores que -cual drogadictos- piden cada vez una dosis mayor para satisfacer su ansia de emociones fuertes? (Y los autores, solícitos, les sirven raciones abundantes.) Seré rara, pero estoy harta de psicópatas. Para angustias y emociones fuertes, las que hemos vivido durante estos meses, o las que los barceloneses estamos sufriendo estos días de barricadas, contenedores ardiendo y violencia callejera. No necesito más. A partir de ahora, buscaré mi solaz en novelas donde lo que cuente sea el ingenio del investigador, no la crueldad del asesino ni la inestabilidad emocional del investigador. Pienso recurrir a lecturas plácidas como el Club del crimen de los jueves, con sus sagaces ancianos, o a novelas donde el misterio a resolver se encuentra confortablemente instalado en el pasado, como sucede en La hija del tiempo de Josephine Tey, una verdadera delicia donde además se aprende historia de Inglaterra en lugar de las diferentes maneras de destripar, despellejar o torturar. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

LECTURAS 2020


Quién nos iba a decir cuando despedíamos el 2019 que ese 2020, tan bonito y redondo, iba a salir así. Hay una maldición, probablemente apócrifa, aunque algunos la atribuyen a la sabiduría tradicional china,  que dice "Ojalá vivas tiempos interesantes". Cuando estábamos inmersos en la placidez de la normalidad, tan aburrida a veces, costaba entender que se trataba de una maldición. Ahora nos hemos dado cuenta de que sí lo es. Y cómo. 

En fin, qué les voy yo a explicar de este infausto año que no hayan vivido ya en carne propia... Pero he venido aquí a hablar de libros, no de calamidades. Repasando las lecturas del año (esta vez he logrado llevar -más o menos- una lista, aunque seguro que se me han escapado algunos), veo que, a pesar de los confinamientos, no he leído mucho más que en años anteriores. ¿Quizá las series y otras pantallas han robado parte de mi atención? Lo que sí observo, volviendo la vista atrás, es que los libros leídos A.P. (antes de la pandemia) parecen remotos, como si fuesen lecturas de muchos años atrás. Otra realidad, otro mundo. Entre ellos está el que puedo calificar como:


El libro del año

Los Diarios de Iñaki Uriarte (que leí en una preciosa edición completa de Pepitas de calabaza) es uno de esos libros para leer y releer. En literatura, como en cualquier otro arte, la mirada del artista es lo importante, porque los buenos artistas nos hacen ver la realidad de otro modo, nos revelan aspectos que hasta entonces permanecían ocultos a nuestros ojos o a nuestro entendimiento. Y es la mirada de Uriarte sobre la vida, sobre lo que observa y lo que lee, la que hace de este un libro memorable. Es posible que el género memorialístico no sea para todo el mundo; absténganse si lo que buscan es acción y misterio.  Por mi parte, solo puedo decir que he recomendado mucho este libro y que todas las personas que lo han leído han quedado fascinadas por él. 



El libro del que todos hablan que resulta ser tan bueno como dicen

En pleno confinamiento (el primero, que yo he pasado ya por dos este año), empecé a oír hablar insistentemente de El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Un libro sobre la historia de los libros parece perfecto para mí. Pero una se ha acostumbrado a desconfiar un poco de los elogios desmedidos, ya me he llevado más de un chasco, de modo que resolví esperar. Además, puesto que la historia de los libros y de la lectura es desde hace tiempo uno de mis principales intereses, no sabía si ya todo me iba a sonar conocido. Sin embargo, cuando tuve que afrontar mi segundo confinamiento, decidí que era el momento de leerlo. Me encantó. No tanto por lo que cuenta -ciertamente, bastante familiar para mí- sino por cómo lo cuenta, por cómo su autora es capaz de hilvanar la historia, contarla con amenidad y enlazar asuntos remotos con preocupaciones contemporáneas. Enseñar deleitando.



Desde Rusia, sin amor

Bueno, no exactamente desde Rusia, porque Sergéi Dovlátov emigró a Estados Unidos, desde donde escribió una ácida y nostálgica novela titulada La maleta, que siendo muy contemporánea en su estilo, bebe también de la tradición literaria rusa (Gogol, más que Tólstoi). Original, corrosivo y melancólico a un tiempo. Un pequeño libro y una gran lectura. Para redondear esta inmersión rusa, las memorias de Elena Gorokhova, Un montón de migajas, donde su gris juventud en el Leningrado de los sesenta se mezcla con la historia de su madre, médico durante la Segunda Guerra Mundial.  



El encanto de lo British (antes de que asomase el Brexit)

¡Ah, aquellas tardes de té y emparedados de pepino, aquellos encantadores pueblecitos de primorosos jardines donde la mayor emoción era la llegada de un nuevo vicario! Una visión idílica que probablemente nunca existió, pero que resulta enormemente reconfortante para los lectores. En este apartado, el descubrimiento del año ha sido Angela Thirkell, de la cual de momento solo hay una novela traducida, Fresas silvestres, pero cuyas obras he devorado en inglés durante esos meses. Aparte de lo ingeniosas y divertidas que son sus novelas,  tienen a su favor que realmente fueron escritas en los años treinta y cuarenta. Sí, algunas de ellas en plena guerra, retratando así la vida cotidiana en el frente doméstico (el racionamiento, los refugiados, la tristeza por las pérdidas de familiares y amigos) sin perder nunca el buen humor. Thirkell -por cierto, de una familia muy vinculada a las artes, nieta del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones- ha sido la lectura perfecta para estos meses difíciles. (Hablé más de esta autora en una entrada anterior.)



Detectives de barrio (de Barcelona)

Desde que descubrí hace unos años la estupenda Don de lenguas, me he convertido en lectora asidua de Rosa Ribas. Hasa ahora, había realizado incursiones en la realidad barcelonesa de los años cincuenta (además de la Trilogía de los años oscuros que abre Don de lenguas, con Pensión Leonardo, un retrato memorable del Poble Sec de la época). Con su última novela, Un asunto demasiado familiar, se ha atrevido a aproximarse más en el tiempo, pues transcurre en nuestros días en un barrio poco frecuentado por la literatura, Sant Andreu. La trama detectivesca queda oscurecida por la historia de una familia de detectives llena de secretos. ¡Y de vida de barrio! Otro autor barcelonés, Eduard Palomares, nos lleva también por las calles de mi ciudad para desentrañar un caso en No cerramos en agosto, de la mano de un detective novato y con contrato en precario. Ambas novelas son una buena muestra de que el género detectivesco se presta a todo tipo de piruetas.

Ha habido muchos libros más, claro que sí, en este año tan raro, pero he preferido destacar únicamente los que han resultado distintos o inesperados por algún motivo. No puedo terminar esta entrada sin señalar que por fin, gracias al confinamiento, he logrado algo que tenía pendiente desde que, hace ya cuatro o cinco años, me compré en los bouquinistes de París una bonita edición de Du côté de chez Swann, de Marcel Proust. Leer a Proust en francés es un poco como escalar una montaña: duro a veces, te deja sin aliento a menudo, pero disfrutas de cada momento del trayecto y te sientes como nadie cuando alcanzas la cima. 

Mis mejores deseos para el 2021. ¡Salud y buenas lecturas!


domingo, 22 de noviembre de 2020

LECTURAS RECONFORTANTES

Lewis Carroll

Igual que la comida alimenta el cuerpo, la lectura alimenta el espíritu. ¿Se puede vivir sin leer? Claro, delante de nuestras narices tenemos cada día numerosos ejemplos (bastante tristes, la mayoría). Pero, ¿es eso recomendable? Lo pongo en duda. Lewis Carroll, en un divertido artículo titulado "Alimentar el intelecto" -reunido, junto con otros de autores como Edith Wharton, William Gladstone o Virginia Woolf en el libro Del vicio de los libros- aboga decididamente por la necesidad de alimentar la mente lo mismo que se alimenta el cuerpo. 

Desayuno, cena, té; en casos extremos, desayuno, almuerzo, té, cena y luego, a la hora de irse a la cama, un vaso de algo caliente. ¡Cómo nos cuidamos de alimentar nuestro afortunado cuerpo! Aunque, ¿quién de nosotros hace lo mismo por su mente? Y ¿por qué esa diferencia? Entre cuerpo y mente, ¿es el primero el más importante? De ninguna manera, pero la vida depende de que el cuerpo se alimente, mientras que incluso cuando la mente está completamente famélica y descuidada nos es dado seguir existiendo como animales (aunque a duras penas como hombres). 

Como afirma el insigne matemático y literato inglés, valdría la pena buscar en las reglas que empleamos para alimentar nuestro cuerpo las equivalencias para aprender a cuidar de nuestro intelecto. Saber, en suma, que el buen o mal estado de nuestro espíritu depende en buena medida de qué alimento intelectual le proporcionemos. Qué, cuánto y cómo leer en cada momento es un aprendizaje sumamente necesario. La lectura tiene el poder de entretener, informar, educar, y también el de levantar los ánimos y de reconfortar en momentos de tribulación.


Creo que pocas veces como ahora se habrá manifestado con tanta claridad la necesidad de la literatura como elemento sanador. Después de un largo y duro encierro, seguido de un verano a medio gas, cortado abruptamente por el alarmante aumento de casos de COVID19 y las subsiguientes medidas de protección, se nos presenta un invierno muy poco prometedor. En el mejor de los casos, tenemos para varios meses de escaladas y desescaladas, siempre con el ay en el cuerpo de que las cosas no vayan aún a peor. Es en circunstancias así cuando precisamos echar mano de todos nuestros recursos para mantener la moral, el humor y la esperanza. Necesitamos recurrir al equivalente moral del reparador caldo de la abuela, ese con el que sueñas cuando tienes mal cuerpo y  te duele todo. Unas cucharadas de esa sopita y ya parece que te encuentras mejor. Los ingleses tiene un término muy adecuado para este tipo de comidas, que  reconstituyen no solo el cuerpo, sino también el espíritu: comfort food. Deberíamos importar el concepto a nuestro idioma. 


Igual, pues, que hay platos reconfortantes, existen lecturas reconfortantes. Se trata, esencialmente, de esas novelas amables, simpáticas, que acaban bien. Pueden tener tal vez un toque de humor, pero no del que hace reír a carcajadas: cuando uno necesita ser reconfortado, hay que evitar los sabores fuertes, lo picante y lo demasiado especiado. Tampoco debería haber demasiada tensión, suspense extremo ni, por supuesto, terror. Novelas que te trasladen a un mundo menos desgarrado, menos duro y cruel que el que asoma cada vez que miras las noticias. No se trata de ignorar la realidad, sino de poner un poco de bálsamo, ni que sea durante unas horas, sobre la herida. 

Instintivamente, igual que cuando tienes unas décimas de fiebre buscas el caldo, el zumito o el yogur con galletas y no el bocadillo de chorizo picante ni el chuletón a la brasa, estos días me invade una inmensa desgana por buena parte de los libros que llenan mi estantería de lecturas pendientes. Todos ellos, no me cabe duda, excelentes, pero poco adecuados para el momento presente. Probablemente, cada cual tendrá su propia receta: en mi caso -y puesto que ya leí lo que sin duda es una lectura reconfortante de primer orden, las Crónicas de los Cazalet (una saga familiar que recomiendo sin reservas)- me he adentrado en otro mundo de ficción igualmente amable, inteligente y divertido, el de Angela Thirkell. Esta escritora, perteneciente a una familia con numerosas conexiones culturales (su abuelo era el pintor Edward Burne-Jones, y Rudyard Kipling, que solía contarle historias cuando era pequeña, primo de su madre), publicó la mayor parte de sus novelas -que a menudo sitúa en el ficticio condado de Barsetshire imaginado por Trollope-  durante los años treinta y cuarenta. En ellas, asistimos a las interacciones sociales y amorosas de un vasto grupo de personajes de clase acomodada, con el consabido porcentaje de vicarios, lores excéntricos y muchachas enamoradizas. Thirkell escribía por necesidad económica y consideraba que sus obras eran meros divertimentos, indignas de ser leídas por su culto círculo de amistades. Sin embargo, su amplia cultura literaria se transparenta constantemente a través de las numerosas citas de autores como Shakespeare, Dickens o Tennyson y su humor inteligente permea un retrato de costumbres que, leído con varias décadas de distancia, se aprecia aún más. Dieta blanda, tal vez, pero para nada insípida. No duden en recurrir a ella si precisan confort espiritual.

Angela Thirkell

[Por ahora, que yo sepa, sólo existe versión castellana de una de sus novela, Fresas silvestres. En la página de la Angela Thirkell Society (es de esas autoras que crea adicción) se puede encontrar una relación completa de su producción literaria.] 

lunes, 28 de septiembre de 2020

CUANDO RECIBÍAMOS CARTAS

Añorar aquellos remotos tiempos en que recibíamos cartas de personas físicas -por lo general lejanas- y no únicamente impresos y propaganda se ha convertido casi en un tópico. Cierto, hace un montón de años que nadie me escribe para explicarme algo, por el simple placer de comunicarse conmigo, en vez de pretender que compre un producto o pague una factura. Pero, francamente, yo no soy mucho de recrearme en este tipo de nostalgias, por lo general prefiero pensar en las cosas buenas del tiempo presente. Sin embargo, hace poco alguien me pidió -por correo electrónico, por supuesto- que contestase una serie de preguntas acerca de la "perdida costumbre de escribir cartas a mano". (Comprendo que es mucho pedir, pero hubiese sido un punto que una encuesta así se realizase a través, precisamente, de una carta manuscrita.) Que ya de entrada mi encuestadora quisiese saber si había escrito "alguna vez" una carta a mano me hizo comprender de inmediato que quien había redactado las preguntas pertenecía a una generación como mínimo millennial. Dios mío, tuve ganas de decir, ¡pero si me he pasado mi infancia y adolescencia escribiendo y recibiendo cartas! A mis padres, cuando estaba fuera de casa; a mis abuelas, las temporadas que alguna de ellas pasaba en otro lugar; a mis amigas y amigos, en circunstancias diversas y con diverso grado de intimidad; incluso escribí a desconocidos, por motivos varios, desde pedir un certificado a solicitar una beca (esos trámites que ahora liquidamos en un clic se resolvían entonces mucho más lentamente, por correspondencia). Y sin duda mi caso fue leve, pues  puede decirse que viví los últimos coletazos de la época de esplendor de las relaciones epistolares: muy pronto las cartas personales quedaron sustituidas por el teléfono y este a su vez, unos años después, por el correo electrónico (últimamente, parece que nos comunicamos básicamente por whatsapp, ¿qué vendrá después?). Buena muestra de ello es que en las novelas del XIX y principios del XX los personajes consagran una cantidad asombrosa de tiempo a poner al día su correspondencia. "Dedicó el resto de la mañana a escribir cartas", es una frase habitual en las publicaciones  de la época. Claro que si midiésemos el tiempo que ahora consumimos diariamente en atender a mensajes de móvil, e-mails y otras servidumbre de las pantallas que nos rodean, el resultado sería seguramente, más que asombroso, aterrador.  

Yes or no, de Charles West Cope (1872)

No pertenezco tampoco al bando de los que dicen que "la gente ya no escribe". No es cierto, se escribe muchísimo -¿no están ustedes todo el día contestando o generando correos electrónicos y mensajes?-, solo que el medio condiciona el discurso. La extrema facilidad con que el formato digital permite borrar, cortar y pegar hace que volquemos sobre la pantalla lo primero que se nos ocurre. No hay -no parece haber- necesidad de meditar antes lo que vamos a decir, si podemos corregirlo sobre la marcha. Puesto que los humanos tendemos por naturaleza al mínimo esfuerzo, el resultado suelen ser unos textos pobres tanto en cuanto a léxico como en cuanto a fluidez. Cosa que se ve agravada por la sensación -que desde luego no teníamos con las cartas escritas a mano- de que esos mensajes, compuestos de meros bits, son efímeros. Igual que los libros digitales se convierten, una vez leídos, en "libros fantasma", abrigamos la fantasía de que cualquier texto que no se fija sobre papel queda para siempre perdido en el éter. (Es una falacia, por supuesto, todo deja rastro.) Pero no es mi intención extenderme sobre esto, o no hoy al menos.

Podríamos decir que la comunicación interpersonal, el contenido (más o menos) lo conservamos. Lo que indudablemente hemos perdido con la desaparición de las cartas manuscritas es esa parte de la personalidad de los corresponsales que quedaba plasmada en lo que no es propiamente el texto, en su materialidad: la elección del papel, del instrumento de escritura (pluma, bolígrafo, color de la tinta...), del sobre e incluso de los sellos; y, sobre todo, la letra peculiar de cada cual, su tamaño, su inclinación, las líneas más o menos rectas y los márgenes más o menos generosos. Cuando uno recibía una carta, todo en ella rezumaba individualidad. Con solo ver cómo estaba escrita la dirección en el sobre, sabíamos al instante quién nos había escrito. Y, si por casualidad el remitente nos era desconocido, todo esos elementos nos ayudaban a hacernos una idea cabal de cómo sería. Había letras nerviosas y atropelladas, o bien ampulosas y seguras de sí mismas, mientras que en la poca habilidad para trazar otras se traslucía bien a las claras el nivel cultural de su autor. Cuando solo se escribía a mano, la educación recibida se transparentaba en la letra: recuerdo que mis dos abuelas -que casualmente habían ido al mismo colegio de monjas, aunque con algunos años de diferencia- tenían una letra muy parecida. Siempre imaginé, al leer sus cartas, a unas niñas con delantal y una abundante cabellera rematada por un lazo, inclinadas horas y horas sobre sus pupitres, trabajando esa caligrafía uniforme que demostraría que eran señoritas bien educadas.  

Ahora podemos acceder en unos segundos a la foto de perfil e incluso a las fotos de las vacaciones de casi cualquier remitente, incluso a las de su gato (y, Dios no lo quiera, a otras imágenes más comprometidas). Paradójicamente, esto nos dice menos de su personalidad de lo que, unas décadas atrás, una carta manuscrita nos hubiese revelado. Sí, no hay duda, eso se ha perdido para siempre. Tal vez nos comunicamos más, pero sin duda peor. 

domingo, 16 de agosto de 2020

ESCRITORES: LA VERDAD DE LA FICCIÓN

     


Así cree Hollywood que trabajan los escritores

Imagino que lo mismo pasa con los pintores, escultores, músicos y cultivadores de otras disciplinas artísticas en general, pero como el caso que me queda más cercano es el de los escritores, me ceñiré a ellos en esta ocasión. Concretamente, a la abismal diferencia que existe entre lo que es de verdad el trabajo del escritor y lo que el público imagina. Una errónea concepción que se ve reforzada por haber sido repetidamente plasmada en películas y novelas, precisamente. Sí, aunque parezca paradójico, los propios escritores (bueno, algunos entre ellos), y desde luego una gran mayoría de los guionistas, gustan de representar a los autores de ficción como seres tocados por una inspiración cuasi divina, dados a arrebatos y adicciones varias, que ya sea malviven en una pintoresca buhardilla o, habiendo por fin alcanzado el reconocimiento que su genio merece, disfrutan de hermosas villas campestres donde un bucólico paisaje les sirve de inspiración. Estos seres de ficción pasan la mayor parte de su tiempo alternando con otros escritores, peleándose con una amante a la que descuidan (también existe la versión con esposa despechada, que sospecha la existencia de la susodicha amante) o -en la variante “autor exitoso”- asistiendo a elegantes cócteles y homenajes diversos a su genio. Muy bonito, desde luego. Sin embargo, nada de esto se ajusta a la realidad. Entra dentro de lo posible que unos pocos escritores hayan hecho alguna vez una o varias de estas cosas, pero puedo asegurarles que la vida de la inmensa mayoría de ellos transcurre de forma muy distinta y es -duro es decirlo- mucho menos novelesca.

Johnny Depp, haciendo de genio torturado
en La ventana secreta

De entrada, escribir es un trabajo arduo y lento, que requiere horas y horas de dedicación, a veces para conseguir un resultado más bien decepcionante. Los autores que hacen de la escritura su profesión están necesariamente obligados a encararlo de forma regular, metódica, dedicándole buena parte del día, un día tras otro. Es lo más parecido a un trabajo de oficina y queda muy lejos de esos escritores ideados por Hollywood a los que nunca vemos escribiendo. Otro de los mitos que cuesta desterrar (me temo que muchos aprendices de escritor se dejan seducir por ello) es el de que escribiendo uno se hace rico. Pues no, salvo contadísimas excepciones, escribir una novela o dos -suponiendo que se publiquen, y suponiendo que gocen de ventas aceptables- te dará apenas para cubrir los gastos mínimos de los muchos meses que te has pasado trabajando en ellas. A menudo, ni eso. Los escritores profesionales escriben un libro tras otro porque les gusta su oficio, sin duda, pero también -¿sobre todo?- porque solo así logran subsistir. ¿Inspiración? ¿Ideas geniales? Les llegan escribiendo, si es que han de llegar. Lo cierto es que la inmensa mayoría de escritores -sí, incluso esos que salen en las listas de más vendidos- se ven obligados a completar sus ingresos con otras actividades, a veces relacionadas con la escritura (clases, conferencias) y otras veces, ajenas a ella, para subsistir. Lo de hacerse rico, ya eso.

Y no quiero hablarles, porque sería casi cruel (tampoco es cuestión de disuadir a todos los futuros escritores), de todo el papeleo y la burocracia anejos al oficio de escribir: contratos de edición plagados de cláusulas traicioneras, líos fiscales, certificados de doble imposición y otros apasionantes episodios de la vida del hombre o la mujer de letras. En el pasado, los “hombres de letras” solían dejarle a la sufrida esposa -siempre en la sombra, transcribiendo o copiando manuscritos, como la pobre Sofía Tólstaya- los enredos administrativos. En esta nuestra época, más igualitaria (o eso esperamos), cada palo aguanta su vela y, en consecuencia, el autor/a debe enfrentarse a ello por sí mismo.

La esposa de Tólstoi,
quien al parecer copió a mano
las siete versiones de Guerra y paz

Así pues, no se crean todo lo que ven por ahí. Tampoco presten demasiado crédito a esos escritores famosos que dicen haber escrito su novela "de un tirón" o "en dos semanas". En ese tiempo, como mucho, habrán hecho un primer borrador, y omiten tranquilamente los meses de revisión y reescritura que toda obra que se precie suele comportar. Como otros mitos creados por la ficción -el del príncipe azul, el del amor indestructible-, el del escritor no resiste una comparación con la realidad. Sean realistas. Pero no dejen de escribir. Tiene su propia recompensa.