John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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domingo, 16 de octubre de 2022

VIAJAR AL PASADO (o tal vez no)


Una de las cosas más irritantes que existen es que la tomen a una por tonta. Todavía más irritante resulta ver cómo esa tomadura de pelo se hace extensiva a toda la sociedad y nadie parece darse cuenta. De ahí que sienta la imperiosa necesidad de alzar mi voz contra los anuncios de esa entidad llamada Meta, que no queda muy claro en qué consiste, pero que nos promete un futuro lleno de cosas maravillosas (siempre que previamente compremos sus productos, no especialmente baratos). Entre esas maravillas que el "metaverso" -es decir, la realidad virtual- nos traerá se encuentra -dicen ellos- la posibilidad de viajar en el tiempo. Argumentan que de este modo los estudiantes podrán asistir a escenas de la historia como si hubiesen estado allí. 

Bueno, pues tengo malas noticias para ustedes: tal vez no lo saben, pero el pasado no existe. Los humanos vivimos estrictamente en el presente. Podemos recordar nuestro pasado, imaginar nuestro futuro, pero estamos anclados en el momento actual. Es más, el pasado que creemos recordar es simplemente una fabricación de nuestra memoria, que selecciona y a menudo tergiversa lo que realmente sucedió. Y si esto ocurre con aquellos episodios que hemos vivido en primera persona, para qué hablar de aquellos que no hemos vivido, ni presenciado. Como dice David Lowenthal en su ensayo El pasado es un país extraño, "Ningún informe histórico se corresponde nunca de modo preciso con ningún pasado real. No se puede recuperar la totalidad de ningún acontecimiento porque su contenido es prácticamente infinito... La mayor parte de la información en torno al pasado no se registró jamás y la mayoría del resto fue efímera." No es posible, por tanto, reconstruir el pasado; como mucho, podemos intentar hacer una burda aproximación a través de los fragmentos e informaciones que nos han llegado. Pero esta recreación nunca se corresponderá con lo que dicho pasado fue realmente. No me resisto a citar las palabras de Hilary Mantel -la gran novelista recientemente fallecida-, quien, en unas interesantes conferencias que dio sobre la relación entre historia y novela, decía lo siguiente respecto a la historia:

"Es lo que ha quedado en el cedazo cuando los siglos han pasado por él: unas cuantas piedras, retazos de escritura, retazos de tela. No es más “el pasado” de lo que un certificado de nacimiento es respecto a un nacimiento, o un guion respecto a una representación teatral, o un mapa respecto a un viaje. Es una multiplicidad de testimonios de testigos falibles e interesados, combinado con informaciones incompletas sobre acciones que las personas que las ejecutaban no entendían del todo." 

Hilary Mantel

Así pues, suponer que gracias a Meta los estudiantes podrán viajar al pasado es una entelequia. Lo que verán, en el mejor de los casos, es lo que los programadores de Meta (o sus asesores históricos o quienquiera que se ocupe de eso) creen que es el pasado. La imagen que ilustra este engañoso anuncio es la de una escena que sin duda pretende evocar la antigüedad clásica (las personas vestidas con túnicas y mantos así lo hacen suponer), sobre las escalinatas de un posible templo griego, con sus columnas de mármol blanco. Así es como, al menos desde el Renacimiento, nos imaginamos que eran los templos de aquella época. Y así, imagino, será cómo los veremos en este prodigioso metaverso que nos espera. Sólo que los estudios más recientes indican que las columnas de los templos griegos, igual que sus frisos y estatuas, no eran blancas, sino que estaban pintadas de vivos colores. (De hecho, no es una absoluta novedad, ya el pintor del XIX Lawrence Alma-Tadema lo mostraba así en alguno de sus cuadros.) Vaya, que de viaje en el tiempo, nada de nada. Como mucho, nos ofrecen una especie de Disneyland del pasado. 

Alma-Tadema, Fidias mostrando los frisos del Partenón

Además, lo de viajar en el tiempo ya está inventado y se puede hacer por una módica cantidad de dinero (o incluso gratis, visitando una biblioteca): leyendo un libro. ¿Que quieres transportarte a la Antigüedad clásica? Déjate de realidad virtual. Nada como una dosis de las Vidas paralelas de Plutarco. Y oigan, él tampoco estuvo allí (escribe durante el siglo I d.C., y las Vidas que recrea son de personajes que vivieron décadas, o incluso siglos, antes), pero sin duda reconstruye determinados momentos históricos mejor que toda la realidad virtual. Como dijo Carles Riba:

 "Ningún lector de las Vidas paralelas olvidará jamás la fuga y asesinato de Pompeyo, los pasos de César desde la última noche hasta su muerte a los pies de la estatua del magno rival, la despedida de Casio y Bruto, la vela de este antes de Filipos, el espectáculo de Antonio, vencido y herido, izado a la torre inaccesible de Cleopatra, que le aguarda para morir, el encuentro de Coriolano y su madre, la captura y muerte de Filopemen, el suicidio de Catón en un amanecer lleno de pájaros, la angustiosa huida de Cicerón, el suplicio de Agis, su abuela y su madre, y la escena, que se empareja con esta, del suicidio colectivo de Cleómenes y sus compañeros, seguido de los horrores de la venganza egipcia en sus deudos inocentes, pero también espartanamente heroicos..."

lunes, 24 de mayo de 2021

VIAJANDO CON LIBROS

                                                Goethe, en "el país donde florece el limonero"

Hace poco, salió a relucir en una conversación con amigos (virtual, claro) cierta localidad y, sin pensar, comenté que yo había estado allí hacía poco. Por supuesto, enseguida tuve que desdecirme: debió de ser hace más de un año, al menos. De algún modo, los meses de confinamiento y restricciones en diversos grados que hemos pasado últimamente se han convertido -al menos en mi percepción- en no-tiempo. Se han fusionado todos en una amalgama informe y borrosa, han dejado de contar como días, semanas y meses por derecho propio para transformarse simplemente en "la pandemia", ese desagradable episodio que -¿ahora sí?- confiamos en haber dejado atrás y cuya huella queremos borrar cuanto antes de nuestra memoria. 

Mal que bien, durante este largo paréntesis he seguido con mi vida, sobrellevando las limitaciones lo mejor posible, procurando tener presente en todo momento que las cosas podrían estar mucho peor (podría haber caído enferma yo, o alguno de los míos, podría haberme quedado sin trabajo, como le ha ocurrido a tanta gente, podría...). Pero resulta inevitable vivir los enormes cambios en lo cotidiano, la desaparición súbita de una forma de vida -viajar, salir, abrazar- como una pérdida. Me da la impresión de haber pasado algo parecido a un duelo, tal vez sin ser consciente de ello. Como es de esperar, ha habido momentos de desánimo, de ser incapaz de anticipar el futuro más cercano; total, tampoco se podían hacer planes. Por suerte, a falta de viajes para abrir el espíritu a la esperanza, estaban los libros. Así que hoy retomo este blog -después de una larga ausencia- para recomendar una obra que consiguió llenar de luz cada una de las horas en que estuve sumida en sus páginas, un verdadero periplo espacial y temporal, por la Italia y la Grecia que han inmortalizado literatos y artistas.  


A la bellísima prosa de Peregrinos de la belleza, de María Belmonte, no solo he de agradecerle que me haya transportado a otros lugares; también me ha hecho evocar algunos de los autores que admiro (Patrick Leigh Fermor, Lawrence Durrell) y otros cuyo recuerdo estaba casi borrado, como Axel Munthe y su isla de Capri. Me ha procurado el placer de reencontrarme con autores y paisajes que conozco bien -aunque algunos solo los haya frecuentado en letra impresa-, junto a otros que siento que debo conocer. Afortunadamente, para viajar de la mano de los libros no hay que esperar a que abran fronteras, ni andar consultando las confusas restricciones que rigen aquí y allí: basta con abrirlos para iniciar el trayecto.

                                           La Villa San Michele, a la que Munthe dedicó gran parte de su vida

Libros como estos tienen un efecto sanador. Nos recuerdan, además, que aunque nuestro cuerpo esté encerrado, la imaginación es libre. Y nos puede llevar a los lugares más hermosos. Ni que decir tiene que corro a hacerme con los otros dos libros de esta autora -Los senderos del mar y En tierra de Dioniso-, ansiosa por seguir recorriendo caminos de su mano. 

viernes, 6 de abril de 2018

BIBLIOMANCIA


Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida como sortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben). Cuenta su biógrafo, Aelio Espartano, que la profecía que obtuvo rezaba:

¿Quién es aquél que a lo lejos, ornado con ramos de olivo,
lleva objetos sacros?
Conozco el cabello y las barbas canosas del rey Romano
que con sus leyes la primera ciudad fundará,
desde la pequeña Cures y un pobre terruño
enviado a un imperio enorme.
                                            (Eneida, 6, 808-812)

Adriano interpretó -esta vez con acierto- que le estaba reservado un cargo de poder, y poco después era adoptado por Trajano. Esta vez, al menos, Virgilio obró su magia.

El emperador Adriano

Pero tanto Homero como Virgilio eran paganos, y con el establecimiento del cristianismo como religión oficial, la Iglesia no veía con buenos ojos considerar que poseían poderes adivinatorios: eso, en todo caso, sería potestad de las Sagradas escrituras. Y así surgieron las sortes sanctorum, que tenían como fundamento la Biblia. Aunque, dado que antes de  la invención de la imprenta eran raras las Biblias en un solo volumen, para estas sortes solía emplearse alguno de sus libros, generalmente Salmos, Profetas o los Evangelios. Así, en el siglo VII, el emperador Heraclio convocó tres días de ayuno público antes de consultar mediante estas sortes si debía avanzar o retroceder ante los persas. Al parecer, la respuesta fue tan poco comprometida que entendió que debía invernar con su ejército en Albania. (Desde la distancia que nos separa, es inevitable preguntarse qué necesidad había de obligar a todo el mundo a ayunar durante tres días, si el que pedía el consejo era él. Meterse con la dieta de la gente ha sido una manía recurrente a lo largo de la historia.) Ya en la Edad Media, un joven Francisco de Asís que había decidido prescindir de todos los bienes materiales, se resistía sin embargo a abandonar del todo los libros (algo que le honra, decimos); en esa tesitura, recurrió a los Evangelios para que le iluminasen. La respuesta que le dio el evangelio de Marcos (4:11) fue:
A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas
Francisco, Dios sabe porqué, interpretó que no debía tampoco tener libros.

Empeñados en pintarlo con libros. ¿Será que no hizo caso a Marcos?

En fin, que como ven la creencia en que ciertos libros tienen el poder de guiarnos en cualesquiera circunstancias ha tenido una larga vida. Y, como era de esperar, ha sido también utilizado literariamente. Los que hayan leído La piedra lunar, de Wilkie Collins, sin duda recordarán a un simpático personaje, el mayordomo Mr. Betteredge, cuyo libro de cabecera es el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, una obra de la que está convencido que posee poderes adivinatorios. Esto da lugar a varias anécdotas realmente graciosas a lo largo de un libro que -a pesar del descabellado argumento que lo sustenta- sigue siendo de deliciosa lectura.

Sustos y misterios en La piedra lunar

Así pues, hay margen para creer que los libros son algo más que páginas y tinta (o bits digitales). Enseñan, divierten, y también son capaces de guiar en momentos de tribulación. Aprovechando que estoy releyendo estos días a Homero, de la mano de la loable iniciativa de El infierno de Barbusse, me dispongo a intentarlo a mi vez. ¿Qué me indicará mi Odisea? Esperemos que el divino Homero no me sugiera que renuncie a los libros. En eso, seguro, no le voy a obedecer.  


jueves, 28 de diciembre de 2017

LECTURAS 2017

(Escultura de Malena Valcárcel)

Parece que fue ayer que preparaba una entrada parecida para 2016 y ya ha pasado un año. ¡Y vaya año! Puesto que no entra dentro del ánimo de este blog discursear sobre actualidad ni sobre política, me conformaré con decir que hemos ido de sobresalto en sobresalto. Algo de literario ha tenido todo ello, la verdad, porque los sucesos del mundo real han dejado pequeña a la ficción. Si hace un año nos cuentan la mitad de lo que hemos podido ver y experimentar en estos doce meses, lo hubiésemos creído producto de la febril imaginación de un escritor. También es preciso reconocer que el estado revuelto del mundo real, tan hosco y antipático él, impulsa a buscar refugio en el lugar más acogedor que puede haber: las páginas de un libro. He de mencionar igualmente una de las mejores cosas de este ya casi fenecido 2017, la aparición de mi libro El síndrome del lector, que tantas satisfacciones me ha dado. 
Así las cosas, como imaginarán, la cosecha lectora de estos meses ha sido abundante. Y aún me he quedado con las ganas de leer muchos libros más, que esperan pacientemente que les llegue el turno en la estantería, o a los que tengo echado el ojo en la biblioteca. (Desde aquí os lo digo, ¡no os escaparéis!) Hacer una lista medianamente completa de mis lecturas sería abrumador, aparte de que mi resistencia a llevar una relación exacta de lo que leo lo hace decididamente irrealizable (admiro sin reservas a aquellos blogueros que dan cumplida cuenta de ello). Como es natural, en este año lector ha habido de todo: lecturas peñazo, libros que ni fu ni fa (muchos serán de esos que al cabo de un tiempo no logro recordar haber leído), libros distraídos sin más, libros que han despertado mi interés (por motivos diversos) y también, claro, alguna de esas perlas raras, libros que dejan huella. 
Para esta selección de final de año me he limitado a estos últimos, todos ellos libros que recomiendo vivamente. Como saben bien mis amables seguidores, en este blog leemos de todo, y la selección que sigue refleja el eclecticismo de mis gustos lectores. Dejo al albedrío de cada cual encontrar el tipo de lectura que más encaje con sus gustos.




El cuento de la criada, de Margaret Atwood (Salamandra)
Ya me lo dijo mi madre, hace un montón de años (debió de ser cuando esta novela se publicó por primera vez en España allá por 1987... una eternidad): es un libro que hay que leer. Una, joven y atolondrada, no le hizo caso. Y yo me lo perdí. Ahora, con el revival de esta novela propiciado por la serie, decidí que lo sensato era leer ante todo el libro. Como siempre, mi madre tenía razón. (Ahora, es demasiado tarde para decírselo y lo lamento infinitamente.) Es un libro terrible, que sospecho que da incluso más miedo ahora -con la perspectiva del tiempo y todo lo sucedido y lo que hemos sabido entretanto- que cuando salió. Pero es una novela que no puede faltar en el bagaje de cualquier lector que se precie. Porque está muy bien narrada; porque huye tanto del tremendismo como de la complacencia; porque sabe crear un mundo distópico y a la vez terroríficamente plausible; porque sirve para lo que han servido muchas buenas novelas a lo largo de la historia, para alertar sobre un problema social y remover las conciencias.



El país donde florece el limonero, de Helena Attlee (Acantilado)
Subtitulado "La historia de Italia y sus cítricos", a priori este podría parecer un libro sobre horticultura, algo muy especializado y sólo para fanáticos de la agricultura. Nada más lejos. He de decir que lo compré solo por el título que, como sin duda sabrán, es un obvio guiño a las frases de Goethe sobre Italia, "el país donde florece el limonero"; una mezcla de nostalgia y romanticismo irresistible. Hay libros que te llaman, aunque no tengas ni idea de lo que vas a encontrar en su interior, y este superó mis expectativas. Es una obra llena de datos fascinantes para amantes de la literatura, del arte y de la historia, pues sobre todo ello nos cuenta Helena Attlee en un viaje por el espacio y el tiempo en pos de esos hermosos frutos dorados. 



SPQR, de Mary Beard (Crítica)
A estas alturas, creo que Mary Beard no necesita presentación ni recomendación alguna. Aparte de sus muchos premios y distinciones académicas, es una de las clasicistas más conocidas por el gran público, gracias sobre todo a sus documentales sobre Pompeya y el mundo romano (si no los conocen, no se los pierdan, están en YouTube), aparte de mantener un blog, "A Don's Life", que es una pura delicia. Posee una enorme facilidad -esa que según dicen es propia de los sabios- para explicar de forma accesible asuntos complejos, una habilidad que se evidencia en esta historia de la antigua Roma, desde su mítica fundación hasta el año 212 d. C. (en que Caracalla extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio). Es una maravilla ver cómo toda la erudición está ahí, pero no pesa. "Prodesse et delectare" (enseñar deleitando) podría ser su lema.



La edad de los prodigios, de Richard Holmes (Turner)
La biografía también puede ser literatura, como han demostrado algunos de los grandes biógrafos (véase Stefan Zweig o Emil Ludwig). Richard Holmes, sin duda, se cuenta entre ellos. Ya hablé anteriormente en este blog de otra de sus obras (por cierto, recientemente publicada en castellano, no se la pierdan tampoco), Footsteps (Huellas). Este es un libro deslumbrante, formidable como los personajes cuyas vidas relata y la época de maravillas y descubrimientos que desvela ante nuestros ojos. Entre los retratos biográficos que discurren por sus páginas hay astrónomos, exploradores, aeronautas y científicos. Hombres, pero también mujeres (que por regla general han de combinar sus veleidades científicas con el manejo del hogar, como Caroline Herschel). Ciencia y literatura van armoniosamente de la mano en esta obra llena de hálito romántico.



Los años ligeros, de Elizabeth Jane Howard (Siruela)
He comentado más arriba que ciertos libros son el mejor refugio cuando la realidad se vuelve inclemente. Y, de entre todos ellos, pocos resultan más satisfactorios que una buena saga familiar, de esas en que el lector se sumerge en las vidas de una constelación de personajes -familiares, amigos, amantes, criados-, siguiendo sus avatares y llegando a conocerles como si él también formase parte de su mundo. Esto es lo que ocurre con las "Crónicas de los Cazalet", de las que Los años ligeros es el primer volumen. Confieso que, una vez comenzada la saga, no pude parar, y me hice con el resto de volúmenes (que, imagino, aparecerán próximamente en castellano, si sus editores saben lo que hace). Un ciclo novelístico que resulta absorbente, lleno de personajes memorables y de detalles de época muy bien observados. El libro perfecto para un fin de semana lluvioso o para las largas noches de invierno. Si no la han leído aún, probablemente una de las mejores maneras de terminar este año. Dense prisa. 

lunes, 24 de agosto de 2015

LEER EN PÚBLICO


 
 
Igual que, a salvo  en la intimidad del hogar, uno se permite actos que la educación y el decoro le impiden llevar a cabo en público, también hay libros con los que uno preferiría no ser visto. O no al menos por desconocidos. Y es que leer en público, incluso el mero hecho de llevar bajo el brazo un libro determinado, nos define a ojos de los demás. Lo explica muy bien Alberto Manguel:
"Una prima lejana tenía muy en cuenta que los libros pueden funcionar como emblemas, como signos de alianza, y siempre elegía el libro que llevaba de viaje con el mismo cuidado con que escogía su bolso de mano. No viajaba con Romain Rolland porque pensaba que le hacía parecer demasiado pretenciosa, ni con Agatha Christie porque le hacía parecer demasiado vulgar. Camus era adecuado para un viaje breve, Cronin para los largos; una novela policiaca de Vera Caspary o Ellery Queen estaba bien para un fin de semana en el campo; y una novela de Graham Greene para viajes en barco o en avión."
 
Por supuesto, no es concebible emprender un viaje -sea este largo o corto- sin haberse provisto de alguna lectura. Pero, tal como muestra el delicioso ejemplo de la prima de Manguel, hay que ser prudente al elegirla. Un paso en falso y puede que hayamos de sufrir durante todo el trayecto la mirada de desprecio del hipster que se sienta a nuestro lado, que seguramente considera que leer a Galdós es  de lo más anticuado. (Aunque, por otro lado, entra dentro de lo probable que no sepa quién es este señor.) El mismo impulso que nos lleva a juzgar a los demás por la ropa que llevan, o por su peinado, hace que les encuadremos en determinada categoría de acuerdo con el libro que van leyendo.
Así que a veces los lectores debemos, como la previsora prima, ejercer cierta censura sobre nuestros gustos para no ser tachados de cursis, o de esnobs o de cualquier otro adjetivo del cual no creemos ser merecedores. Recuerdo perfectamente un viaje en avión en compañía de un colega de trabajo que se me hizo eterno porque el libro que llevaba en mi bolso -mi lectura de esos días, que ardía en deseos de reanudar- era la Anábasis de Jenofonte. Durante la hora y media que duró el vuelo, estuve debatiéndome entre las ganas de sacarlo y enfrascarme en su lectura -que, además, me hubiese permitido ahorrarme la anodina conversación de mi compañero- y las pocas ganas de responder las preguntas que anticipaba si lo hacía -¿qué es eso que lees? ¿de qué va? ¿griegos antiguos?-, que además me temía que desembocarían en una mirada de incomprensión. (Sí, ya sé, hubiese debido aclararle que no es más que una apasionante novela de aventuras, el relato de un grupo de mercenarios que, fracasados en su misión y aislados en territorio enemigo, intentan por todos los medios regresar a su casa. Una trama digna de Hollywood.)


 
 
Por otro lado, no hay cosa más entretenida que intentar adivinar algo de las personas que leen en público a través del libro que sostienen entre las manos. A menudo, el personaje y su libro entran dentro de lo previsible. Parafraseando a Manguel, podríamos decir que el emblema responde a lo que son. Pero, de vez en cuando, uno descubre una pieza que no encaja: un señor canoso y trajeado que va leyendo una novela gráfica, una chica rapada y llena de tatuajes que lee a Jane Austen... Rarezas que resultan refrescantes entre el mar de bestsellers de ayer y de hoy que devoran la mayoría. Aunque... tal vez los estemos juzgando mal. ¿Quién dice que esa chica que parece tan interesada en La catedral del mar no es en realidad, en privado, fiel lectora de Jonathan Franzen?

 

jueves, 11 de diciembre de 2014

LIBROS TRANSPORTABLES

 
 
Los humanos tendemos a creer que lo hemos inventado todo. Parecería que ninguna generación anterior a la nuestra sabía cómo organizarse, cómo hacerse la vida más fácil, cómo comportarse. Y cuanto más lejos miramos en el tiempo, más se acentúa esta sensación de superioridad. ¿El siglo XIX? Unos pacatos. ¿El Renacimiento? Mucho arte, pero seguro que no se bañaban cada día. ¿La Edad Media? Eso ya es de risa, tiempos de oscurantismo e ignorancia... Sólo que si bajamos por un instante de nuestra atalaya, en cuanto nos aproximamos con la mente un poco abierta al pasado, todas estas presunciones empiezan a desmoronarse.
Los libros, por ejemplo. Pobrecillos los antiguos, que no conocían el libro de bolsillo, esa invención democratizadora del siglo XX que le permite a una echarse un volumen tranquilamente en el bolso para leer durante un viaje. Pero acerquémonos un poco más. Tal como revela el Daily Mail, la Universidad de Leeds ha descubierto entre sus volúmenes preciosos un "libro de libros". Encargado en 1617 por un acaudalado miembro del Parlamento, William Hakewill, como regalo para un amigo, el artefacto consiste en un libro tamaño folio, encuadernado en cuero, que al ser abierto revela ser una caja de madera dividida en estantes que contienen cincuenta libritos encuadernados en vitela con letras y cantos dorados. En la cubierta, exhiben un ángel leyendo un pergamino que reza "Gloria Deo". Vean qué belleza.




Una auténtica biblioteca ambulante. Que debió triunfar, porque el mismo personaje se hizo hacer tres más iguales a ésta en los años siguientes. Los pequeños libritos, impresos tan primorosamente como encuadernados contienen todo lo que una persona amante de la cultura clásica podía necesitar, e incluía un práctico y bello índice, para facilitar aún más las cosas: teología y filosofía, historia y poesía. Cicerón, Séneca, César, Suetonio, Virgilio, Horacio...




Muchas horas de lectura, suficiente para cualquier viaje, incluso los de la época, que se prologaban bastante más que los actuales.
Cierto que ahora podemos cargar todo esto en nuestro Kindle e ir más ligeros. Pero no me negarán que en cuanto a belleza los jacobitas nos llevan la delantera.
En el mismo artículo citado, los responsables de la biblioteca donde se aloja hacen notar que el "libro de libros" en cuestión no es mucho mayor que un iPad (me temo que, oportunamente, omiten mencionar que es algo más pesado). Lo que sí llama la atención es lo mucho que recuerda esta mini-estantería a la estantería virtual de Apple.





No somos tan originales como creemos, no.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PÚRPURA IMPERIAL

 
La pasión por la lectura y una notable afición por la historia dan como resultado que me haya sentido atraída desde bastante pronto por las lecturas históricas, entre ellas por supuesto las del género conocido como "novela histórica" (por más que en ese saco caben últimamente obras que tienen poco tanto de los primero como de lo segundo). En su momento -hace mucho de eso- devoré con emoción varias entregas de las aventuras de La pimpinela escarlata, así como las correspondientes obras de Dumas o Miguel Strogoff. Más adelante, avatares de mi vida profesional me llevaron a tener que leer -no siempre, hay que confesarlo, con el mismo agrado que en mis incursiones juveniles en el género- mucha novela histórica. Por supuesto, con algunas disfruté enormemente. Robert Graves, Marguerite Yourcenar o Mary Renault (una verdadera lástima que su insuperable trilogía sobre Alejandro Magno esté tan mal traducida al español) me introdujeron con todos los honores en la recreación del mundo clásico. También pude darme cuenta de que demasiados autores se limitaban a parafrasear, con mayor o menor acierto, a los historiadores romanos. Si Suetonio o Plutarco levantasen la cabeza, se harían cruces de lo muy rapiñadas que han sido sus obras.
 
 
Al final, tantas lecturas sobre temas parecidos desembocan en una especie de empacho. Y ya se sabe que el mejor remedio para eso es el ayuno. En los últimos tiempos, pues, sólo muy de vez en cuando he tomado una de esas novelas para leer por placer, fuera del ámbito profesional. Creía sinceramente que ya conocía todos los trucos del oficio. Así que, cuando cayó en mis manos el Augustus (El hijo de César, en la versión española) de John Williams -el autor de la excelente Stoner- dude durante un tiempo antes de ponerme a ello. Me imaginaba otro calco de las Vidas de los Césares y, en cualquier caso, tengo un conocimiento suficientemente amplio de esa etapa de la historia romana como para necesitar que me la refrescasen. Pero el verano es largo y Augustus viajaba conmigo, de modo que acabó cayendo. Ha sido, de largo, la mejor lectura que he hecho estos meses. Williams maneja en esta obra un tema muy distinto del de Stoner -nada que ver la historia de un oscuro profesor de universidad americano con la trepidante vida de uno de los dueños del mundo antiguo-, pero demuestra ser tan hábil examinando el alma humana en uno como en otro caso. La historia de Octavio Augusto no nos la cuenta él -no estamos ante unas falsas memorias como las de Yo, Claudio-, ni tampoco un narrador omnisciente, sino que está hecha de retazos de cartas, de diarios, de edictos... todo tipo de documentos escritos (aparentemente) tanto por sus amigos como por sus enemigos, que dan como resultado un retrato lleno de matices que nos explica de modo totalmente plausible cómo un joven patricio de diecinueve años llega a convertirse en emperador de una potencia mundial. Lo más novedoso, lo que más se agradece, es que el centro de interés de la novela no está en los grandes hechos, en las batallas ganadas o en las rencillas políticas -aunque sea inevitable hablar de todo ello- sino en los tipos humanos que la habitan. Se sale de su lectura con la impresión de haberse codeado con todos esos personajes togados y de comprender qué era lo que motivaba sus acciones.
 
 
  
En resumen, diría que El hijo de César es esa cosa tan rara: una novela histórica para gente que no lee novela histórica. Que, por cierto, fue galardonada con el National Book Award el año de su publicación, un premio que han obtenido autores como Philip Roth, Saul Bellow o Thornton Wilder, entre otros. Calidad de la buena.

domingo, 15 de septiembre de 2013

LECTURAS IN SITU

 
Uno de los (muchos) grandes placeres de la lectura es que nos transporta a otros lugares. ¿Qué necesidad hay de desplazarse al África profunda si podemos leer En las minas del rey Salomón? O, en un registro más amable, nada mejor para sumergirse en el verdor y la voluptuosidad de la campiña francesa que los textos memorialísticos de Colette. Aunque también se puede considerar desde otro punto de vista: el disfrute lector se incrementa notablemente si conseguimos leer un texto en el mismo lugar que éste describe. Lo explica muy bien Anne Fadiman -una vez más, me refiero a sus artículos bibliómanos recogidos en Ex libris, ese delicioso libro que no me canso de pedir que alguien se decida a reeditar-, quien cita el caso de Thomas Macaulay; empeñado en leer la descripción que hace Tito Livio de la batalla del lago Trasimeno (en latín, por supuesto) in situ, no sólo se plantó en el lugar exacto a la misma hora que Livio dice que se inició la batalla, sino con tanta suerte que acertó con idéntico tiempo brumoso que el que soportaron los romanos: "Me hallaba exactamente en la misma situación que el cónsul Flaminio: totalmente oculto tras la niebla matinal... Así que puedo decir con justicia que he visto exactamente lo mismo que vio el ejército romano ese día".  Si grande es el poder de la imaginación para trasladarnos a otras tierras, ¿hay algo más emocionante que el que lo que leemos coincida con lo que nos rodea? ¿Ver, oler y experimentar lo mismo que los personajes de la historia que estamos devorando?
Los bibliómanos coleccionamos este tipo de experiencias: como ya conté una vez, recuerdo con placer la lectura del Cuaderno gris de Josep Pla rodeada de los mismos paisajes que describe; o Berlín, la caída de Beevor en esa misma ciudad (aunque aquí, por fortuna para mí, el paisaje había cambiado mucho). Por supuesto, este tipo de coincidencias son raras, incluso si uno las busca. Que lo hace, créanme. Como el proverbial sabio (sí, ya saben, el que iba arrojando hierbas, etc.), reconforta ver que siempre hay alguien más obseso que uno mismo, pues circulan por ahí mapas que ubican libros famosos, para fanáticos de la lectura in situ.
 
 
 
Litmapproject,  por ejemplo, es colaborativo, y salta a la vista que tiene aún muchas lagunas. ¿Se animan a cooperar? Así, para elegir la lectura del próximo viaje, bastará con consultarlo y sabremos qué libros llevarnos. Por mi parte, estoy segura de que si alguna vez voy a la isla de Skye, llevaré bajo el brazo un ejemplar de Al faro, lo mismo que no pisaré Yalta sin sentarme en su malecón a leer La dama del perrito de Chéjov. Quién sabe si no veré por allí a una bella joven acompañada por un lulú. ¡Ah, el encanto de la lectura in situ!
 
Ojos negros, de Nikita Mijalkov, una delicia de película
basada en los relatos de Chéjov
 

miércoles, 26 de junio de 2013

ZAPPING LIBRESCO

 
Séneca, en sus Cartas a Lucilio, desaconsejaba leer muchos libros. A los que disfrutaban yendo de uno a otro les decía: "Es propio de un estómago inapetente probar muchas cosas, las cuales, siendo opuestas y diversas, lejos de alimentar, corrompen".  Recomendaba la lectura concentrada de unas pocas buenas obras, frente a la disipación de los que, empujados por la abundancia de lectura a su alcance, parecen no tener nunca freno en su furia lectora. ¡Ya entonces, tantos siglos antes de la imprenta, había quien consideraba que la oferta libresca era excesiva! Vaya por delante que, por más que sienta un profundo respeto por el filósofo cordobés, yo formo parte del nutrido batallón de esos lectores disipados a quienes él reconvenía. Los libros nunca me parecen demasiados. Por eso mismo, me sentí irremediablemente atraída -¡ah!, eso es lo que tiene de malo husmear en bibliotecas, que uno encuentra tesoros casi sin querer- por un libro de ensayos que se titula así, Los demasiados libros, del mexicano Gabriel Zaid, "un ingeniero echado a perder por los libros" (¿se puede pedir mejor carta de presentación?). Un texto muy ameno e inteligente,  del que se podrían extraer numerosas frases llenas de enjundia y por supuesto muy librescas, como "La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan" o "Publicar un libro es ponerlo en medio de una conversación. El aburrimiento es la negación de la cultura. La cultura es conversación, animación, inspiración". En resumen, una serie de textos que invitan a la reflexión, de modo que quizá a Séneca no le pareciese tan mal que les dedicásemos nuestro tiempo.
 
Grabado de Séneca, según Rubens
 
Entre todos ellos, quiero traer a colación el titulado "Superación tecnológica del libro", un ensayo que -como ustedes podrán suponer- no hace más que apuntar las razones por las que el libro tal como lo conocemos tiene difícil sustitución. De ellas, la más evidente, y una que yo experimento casi a diario en mis lecturas digitales, es la gran facilidad para hojear un libro, frente a lo incómodo que es el ejercicio equivalente en un libro digital. Es cierto que permite búsquedas concretas, ir a la página tal o encontrar el término cual. Pero es no es hojear. Lo que hacemos al hojear un libro es echar un vistazo rápido y aleatorio a sus páginas. Y es muy posible que, al compás de ese recorrido, nos quedemos enganchados aquí o allí. Que esos párrafos espigados de uno y otro lugar nos seduzcan lo suficiente para convencernos de que debemos leerlo entero. Las librerías virtuales intentan capturar nuestra atención con algo que se quiere parecido, esos pedazos de texto que nos invitan a "hojear". A menudo, sin embargo, resultan ser páginas sin ningún interés, que nos coartan más que estimularnos a la compra (uno siempre quisiera ver precisamente la página siguiente a la que se nos muestra, algo perfectamente posible cuando se hojea un libro físico). Esa facilidad para "navegar" adelante y atrás por el libro físico no la tiene el digital. Yo nunca recuerdo si esa escena que me interesó ocurría en la página 23 (que es lo que debería decirle al libro electrónico si quiero que me lleve a ella). No obstante, con el libro físico en la mano, resulta sencillo encontrarla. Como señala Zaid, hacer zapping libresco es mucho más fácil y más provechoso que en la televisión. Yo iría más lejos: por muchos miles de libros que tengamos a un clic de distancia en una biblioteca virtual, nada supera a la experiencia de situarse físicamente frente a un anaquel lleno de libros, de los que se puede ir cogiendo y hojeando los que nos llamen la atención. El mismo proceso que me llevó a descubrir el libro de Zaid, y que seguro que me sigue deparando otras muchas alegrías.

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA FAMA EFÍMERA

Estatua de la Fama, en la antigua Real Fábrica de Tabacos,
hoy parte de la Universidad de Sevilla
Ya lo dijo Oscar Wilde, esa máquina de hacer frases brillantes: "Que hablen de ti es horroroso. Pero mucho peor es que no hablen". La fama de los escritores -debería decir de los artistas en general- viene y va, como las mareas. Para un escritor, no hay ejercicio de humildad más útil que echar un vistazo a las listas de libros más vendidos de hace veinticinco o treinta años. ¿Cuántos de esos autores siguen hoy vigentes? ¿Cuántos hay cuyo nombre ha desaparecido en el olvido?  A título de curiosidad, una ojeada a las listas de bestsellers americanas de la década de 1980 nos muestra los primeros puestos ocupados por algunos autores que aún hoy siguen gozando de éxito considerable (Stephen King, por ejemplo), otros que aún recordamos, pero cuyas cifras de ventas deben ser ya bastante menores (Howard Fast, James Michener, Harold Robbins) y otros que directamente han caído en el olvido, como Louis l'Amour o Cynthia Freeman. Las listas españolas son menos accesibles, pero un rápido buceo en hemerotecas de la misma época da como resultado, junto a nombres hoy perfectamente vigentes (García Márquez, Tolkien, Marguerite Yourcenar), otros bastante olvidados, como Vizcaíno Casas, aquel señor que vendía cientos de miles de ejemplares. ¿Alguien se acuerda? Y esto haciendo sólo un pequeño salto en el tiempo. Si nos remontamos más atrás, el fenómeno es aún más patente. El que haya rebuscado en la biblioteca de cualquier abuelo o tío se habrá dado cuenta de que muchos autores le resultaban por completo desconocidos. Cerrando los ojos, puedo recordar aún algunos de los libros que ocupaban las estanterías en casa de mis abuelos: Jaime Balmes y el padre Coloma en el apartado de obras edificantes, Vicki Baum o Sven Hassel en el de lecturas de entretenimiento, los cuentos de la condesa de Segur en el de libros infantiles... Así es la fama, pocas veces dura. Aunque a veces se recupera, o incluso es otorgada póstumamente a aquellos que no la alcanzaron en vida. Un ejemplo reciente de fama que retorna es el "caso Zweig". Stefan Zweig fue un escritor  muy apreciado en los años treinta, e incluso en la España de los cuarenta y cincuenta eran muy populares sus biografías (que no faltaban tampoco en la biblioteca de mis abuelos). Luego, su estrella se eclipsó durante varias décadas, hasta regresar cuarenta años después con todo esplendor. Lo más curioso es que las obras que eran más apreciadas hace cincuenta años -como ya he dicho, las biografías y algunas novelas como la Novela de ajedrez o la popularísima Veinticuatro horas en la vida de una mujer- ocupan hoy un segundo plano frente a otras de sus obras, como El mundo de ayer. Seguramente, porque con la distancia podemos apreciar mejor lo que hay en ellas de evocación de un mundo entonces aun cercano, hoy ya definitivamente desaparecido.
 
Stefan Zweig, con su perro
Tiempos felices.
Puesto que no todo lo nuevo es bueno, ni todo lo antiguo, desechable, conviene de vez en cuando echar la vista atrás, rebuscar en viejos anaqueles y cerciorarse de que no hay tesoros escondidos en ellos. Muchos editores lo hacen y han conseguido desenterrar algunas joyas. En 1956, la revista The American Scholar dedicó uno de sus números a "Neglected Books", e hizo elegir a una serie de personajes de la cultura un libro publicado en el último cuarto de siglo que estimasen que no había recibido la atención que merecía y que por ello valía la pena rescatar. De esa lista, muchos títulos siguen en la oscuridad, pero sirvió para reeditar la obra de Henry Roth, Llámalo sueño (que luego se ha impuesto como el clásico que es). Y llama la atención que en ella aparezcan nombres hoy tan establecidos como el de Czeslaw Milosz (que en 1980 recibiría el premio Nobel de literatura), Hermann Hesse e incluso William Faulkner. Igual que los generales romanos cuando celebraban un triunfo llevaban junto a ellos a un esclavo que les susurraba al oído "Recuerda que has de morir", los bestsellers de hoy en día harían bien en recordar que la fama es efímera. ¿Quién sabe a qué autores recordaremos mañana?
Y ustedes, ¿a qué autor rescatarían del olvido?
 
 

jueves, 6 de septiembre de 2012

TRANSFORMACIONES LITERARIAS

¿Tan atractivo resultaba el cisne, Leda?
Ser otro, convertirse en otro, una ambición profundamente humana. También divina, si hemos de hacer caso de lo que nos cuenta la mitología griega. Admito que las transformaciones de Zeus obedecían más bien a sus instintos sexuales, no al hecho de que quisiera ser diferente de como era, pero dejando lado casos como éste, no hay tantos mortales que estén tan satisfechos de sí mismos que no hayan deseado alguna vez transformarse en otros. Más guapos, más altos tal vez o -ya que este tipo de rasgos biológicos no son fáciles de cambiar- más buenos, con más éxito, más sabiduría o más dinero. Por eso, porque se trata de un anhelo tan común entre los humanos, la transformación ha sido desde siempre un gran tema literario. Empezando por Las metamorfosis de Ovidio, desde luego, para llegar a la obra homónima de Kafka, la literatura está llena de personajes que se transforman en otros.
Llevada al extremo, podríamos decir que la transformación es "el" tema literario por excelencia. Todo relato versa sobre un protagonista al que le ocurren una serie de cosas y, al final del mismo, lo que le ha sucedido le ha cambiado, de un modo u otro. Así, el Lázaro niño que sale de casa de su madre para acompañar a su nuevo amo ciego no es el mismo que consigue el cargo de pregonero y un matrimonio ventajoso (por más que digan las malas lenguas). Tampoco el Ulises que fue a la guerra de Troya es el mismo hombre que regresará a Itaca diez años después. Pero hay algunas transformaciones más obvias, o más premeditadas, que otras. La siempre ocurrente web Flavowire las recuerda en un reciente artículo, en el que figuran algunas de mis historias de transformaciones preferidas (sin desmerecer a ninguna de las antes citadas). Por ejemplo, una de las transformaciones más espectaculares de la historia literaria -porque rompe las barreras del tiempo y del género- es la que realata Virgina Woolf en Orlando. Una novela llena de magia y sorpresas, tal vez menos "woolfiana" que Las olas o Al faro, pero que está entre mis favoritas.
 
Tilda Swinton, como Orlando
Otro gran maestro de las transformaciones, éstas más trabajosas que las ideadas por Virginia Woolf, pero tanto o más apasionantes que ellas, fue Dumas. El conde de Montecristo muestra cómo los hombres pueden vivir varias vidas, cambiar y transformarse. Nada raro en un autor que, él también, fue capaz de vivir lo bastante intensamente como para llenar varias vidas. Lo mismo que ocurre en Los miserables, de Victor Hugo, también él gran narrador de transformaciones. Y, siguiendo las huellas de Ovidio, la historia de Pigmalión, tantas veces reinterpretada, actualizada por George Bernard Shaw. O la de la pobre sirenita de Andersen. O la de Pinocho, o la Cenicienta... Bien mirado, los cuentos son los que mejor toman el relevo de las transformaciones mitológicas. Basta con desearlo muy intensamente, o con gozar del favor de los dioses/hadas u otros seres mágicos para convertirse en otro. Aunque, como los propios cuentos enseñan, no siempre el cambio da la felicidad. En resumen, quizá nos conviene conformarnos con ir más al gimnasio, o aprender un idioma. Cambios al alcance de todos y que no implican riesgo alguno.

viernes, 4 de mayo de 2012

LOS BESTSELLERS EN LA ANTIGÜEDAD

Una librería romana
"Plus ça change, plus c'est la même chose" (Cuanto más cambia algo, más se parece a lo mismo), dice un proverbio francés. Se podría aplicar de maravilla a los usos y costumbres del mercado literario, que a pesar de los siglos transcurridos, sigue en muchos aspectos igualito que en tiempos de los romanos. Lo demuestra un interesante artículo de Mary Beard -ilustre clasicista cuyo blog, una verdadera delicia además de un pozo de ciencia, recomiendo vivamente- que expone cuál era la situación de escritores y lectores en aquellos tiempos remotos. Al menos los ejemplos que cita suenan muy actuales.
Así, Marcial, el poeta del siglo I, se quejaba amargamente de que "Mi libro lo hojean los soldados en sus destinos de ultramar, e incluso en Gran Bretaña la gente cita mis palabras. ¿De qué me sirve? Con ello no gano ni un centavo." La piratería, esa lacra, también se daba en tiempos de los romanos. Claro que era más trabajosa, ya que todo había de copiarse a mano, pero para eso estaban los batallones de copistas. Añádase que el concepto de propiedad intelectual no existía y que el autor que no disponía de fortuna propia o de un mecenas que subvencionase sus gastos debía conformarse con la suma que el librero le ofrecía por el copiado de su obra. Pero, como ocurre hoy con Internet, una vez esas obras salían de casa del librero, resultaba imposible controlar cuántas copias se hacían de esas copias. Cierto que el "libro" de aquella época era muy distinto del actual: se leía en "rollos", largas tiras de papiro enrolladas alrededor de dos varillas de madera, una en cada extremo. Para leer la obra en cuestión, se desenrollaba el papiro de la varilla izquierda hacia la derecha, dejando una "página" extendida entre las dos. Se consideraba el colmo de la mala educación dejar el texto enrollado en la varilla derecha una vez leído, ya que el siguiente lector debía rebobinarlo hasta el comienzo para encontrar la página que llevaba el título. A mí esto me recuerda a lo que pasaba con las casetes, o con los videos VHS, y lo enojoso que era cuando el usuario anterior no se había tomado la molestia de rebobinar la cinta. En estos rollos, desde luego, era mucho más difícil buscar la página donde se encontraba determinada referencia, al contrario de los libros, donde hojear hacia adelante o hacia atrás es rápido y sencillo. Claro que lo mismo ocurre con el Kindle, por ejemplo (una de las cosas que más me irritan es que tengo que darle no sé cuantas veces al dichoso botoncito para repasar algo que me llamó la atención unas páginas antes).  


Pero, salvando estas diferencias, la vida literaria se parecía mucho a la actual. En Roma, las librerías se agrupaban en determinadas calles y solían tener sus puertas (no dice si existía algo parecido a un escaparate) empapeladas con avisos, elogios y citas de las obras que vendían. Es obvio que ya habían inventado el marketing. Los precios variaban según la calidad de la copia, y el peligro que se corría con las gangas era que podían estar plagadas de errores e, incluso, parecerse bastante poco al original.
También existían las presentaciones de libros, una actividad al parecer casi tan común como en nuestros días, ya que Plinio se quejaba de que en Roma "casi no había un día de abril en que alguien no ofreciera una lectura" y de que los pobres autores tenían que soportar que su público fuera exiguo y en su mayor parte se escapara antes del final. Sospecho pues que las presentaciones ya entonces sólo servían, como ahora, para contentar al autor, que podía invitar a parientes y amigos y pavonearse ante ellos de sus dotes literarias.
Pero, como bien argumenta Mary Beard en la conclusión de su artículo, aunque esos autores de la Antigüedad no se hiciesen ricos con sus obras, tienen la virtud de haber escrito algunos de los bestsellers más duraderos de la historia. Platón, dice, es el filósofo que más ha vendido en el mundo, mientras que Horacio y Virgilio pueden rivalizar tranquilamente con cualquiera de los autores mejor situados en el ranking de Amazon, por ejemplo.Tienen en fama y gloria todo lo que no consiguieron en derechos de autor. ¿Qué podrán decir Stieg Larson o J.F. Rowling dentro de dos mil años?

martes, 24 de abril de 2012

EN LATÍN, POR FAVOR

Fotograma de la serie Roma
No hay duda. La Antigüedad está de moda. Ya sé que el latín -y no hablemos del griego- ha desaparecido prácticamente de los planes de estudio, y que a los niños que hoy ocupan las aulas en este país pronto les sonará más chino el latín que el propio chino, que en cambio parece que es el idioma del futuro. Paradójicamente, mientras por un lado la sociedad moderna pretende que las lenguas y la cultura clásica son un lastre inútil, por otro se hace patente que esos conocimientos tan alegremente desechados por anticuados e inservibles son en cambio esenciales para el hombre moderno. Y muy atractivos. Miles de jóvenes y no tan jóvenes que no sabrían declinar rosa,rosae (ni menos qué cosa sea eso de una declinación: pobres, cuando quieran ir a trabajar a Alemania se las van a encontrar hasta en la sopa) pasan horas jugando a God of War y siguen con fervor series como Roma. Quizá porque cada vez es patrimonio de un grupo social más reducido, el latín se ha convertido en una lengua de prestigio. En la ciencia, donde las parejas recurren a la fecundación in vitro, pero también en las competiciones deportivas, donde muchos partidos se ganan in extremis, o en la gastronomía, donde los vinos saben mejor si proceden de un magnum que de una botella normal. Estos ejemplos, y muchos otros, presentados de manera ágil y siempre con un punto de humor, ha recogido la Editorial Ariel en un libro de reciente publicación titulado Peccata minuta, Expresiones y frases latinas para el siglo XXI. Origen, uso y curiosidades. Una iniciativa que más de uno agradecerá, porque, a nada que nos fijemos, el lenguaje cotidiano está trufado de expresiones en latín, y si uno tiene un lapsus linguae, no es cuestión de que se quede in albis. No son los únicos que han sabido ver esta necesidad. La estupenda editorial francesa Les Belles Lettres -conocida por sus cuidadas ediciones de clásicos griegos y latinos- lanzó hace poco una colección que está haciendo furor entre los jóvenes. Son selecciones de textos que nos acercan a aspectos quizá menos conocidos, pero muy atractivos, del mundo clásico: como Exit!, que se ocupa de los excluidos y marginales, Odeurs antiques, que se recupera los olores de la Antigüedad (¡buenos y malos!), o Hocus Pocus (no, eso no lo inventó Harry Potter), que nos introduce en el mundo de la brujería, los sortilegios y el mal de ojo. Vade retro!

jueves, 15 de marzo de 2012

PLINIO EL VIEJO Y LAS ENCICLOPEDIAS

Ha habido reacciones diversas ante el anuncio de que la Enciclopedia Británica dejará de editarse en papel. Casi resulta la crónica de una muerte anunciada, porque hace ya tiempo que nadie consulta sus dudas en los gruesos tomos de una enciclopedia, para todo recurrimos a Internet, donde Wikipedia nos lo pone bien fácil. Y donde muchos artículos -evidentemente, los que no precisaban actualización- proceden de ediciones de la propia Británica ahora libres de derechos. O sea, que de algún modo la enciclopedia sigue viva. La ambición de reunir todo el conocimiento disponible tiene una larga tradición, dos mil años, como mínimo (posiblemente más, pero la transmisión del saber de la Antigüedad ha sido como mínimo azarosa y mucho se ha perdido). El primer enciclopedista conocido es Plinio el Viejo, personaje incomparable, que en su amplísima obra que lleva el título de Historia natural reunió todo el saber de su época en campos tan diversos como astronomía, botánica, medicina, geografía, magia, metalurgia y zoología. Durante más de mil años, la obra de Plinio se consideró la suma del saber humano. Se dice que para componerla consultó más de dos mil libros, y buena prueba de la alta estima en que se tuvo durante muchos siglos es que de ella nos han llegado más de doscientos manuscritos. Un número tan notable de copias sugiere que no faltaba en la biblioteca de ningún erudito medieval. Se sabe, por ejemplo, que Carlomagno tuvo un ejemplar, así como Petrarca, y que Chaucer se inspiró en él para alguno de sus Cuentos de Canterbury. Gracias a Plinio parte del saber del mundo antiguo quedó preservado. A través de él podemos enterarnos de cómo los romanos cultivaban la tierra, o cómo extraían metales, así como qué creencias astrológicas eran comunes y detalles de la vida cotidiana como que las mujeres utilizaban la leche de burra para prevenir las arrugas. También podemos constatar que los romanos sabían que la Tierra es redonda y da una vuelta completa cada 24 horas. Los descubrimientos científicos del Renacimiento y posteriores relegaron esta a esta obra como fuente de datos científicos, pero sigue siendo una mina de información histórica. Plinio, considerado por algunos el hombre más sabio de su generación, tuvo una vida muy completa. No sólo fue escritor, naturalista y filósofo, sino también militar -llegó a ser comandante de caballería en Germania- y amigo del emperador Vespasiano, a quien sirvió en diversos cargos públicos. Ignoramos la fecha de su nacimiento, pero sabemos con exactitud la de su muerte: el 25 de agosto del año 79, a consecuencia de la misma erupción del Vesubio que acabaría con las ciudades de Pompeya y Herculano. Su sobrino y heredero, Plinio el Joven, cuenta maravillosamente este episodio en una de sus cartas. Recientemente, la editorial Gredos ha publicado una biografía de este personaje por Guy Serbat. La Historia natural de Plinio el Viejo se puede encontrar completa en inglés, en una bonita edición de bibliófilo de la Folio Society, aunque resulta un poco cara, y en diversas versiones, la mayoría abreviadas o incompletas, en español.   
No tengo duda de que, por más que desaparezca la Enciclopedia Británica en papel, el hechizo de las enciclopedias, ese compendio del saber, seguirá intacto.

Erupción del Vesubio, Johan Christian Dahl, 1822



domingo, 27 de noviembre de 2011

EL PALIMPSESTO DE ARQUÍMEDES


Los caminos por los que la sabiduría de los griegos, ese germen de la civilización tal como hoy la concebimos, ha llegado hasta nosotros son a menudo tortuosos. Mucho se ha perdido, seguramente para siempre -de no mediar algún milagro-, y otro tanto lo conocemos sólo de forma fragmentaria o a través de terceras personas. Esta es la historia de cómo unos escritos de Arquímedes han visto la luz, gracias al trabajo paciente de los investigadores, a las más modernas tecnologías, y a una serie de casualidades dignas de una novela. Allá por el siglo III a. C., Arquímedes de Siracusa escribió sus tratados sobre rollos de papiro, unos originales irremediablemente perdidos en la noche de los tiempos. Por fortuna, sus obras fueron copiadas por generación tras generación de escribas. Hacia finales del siglo V, probablemente, estos escritos dieron el salto al pergamino y fueron encuadernados. El que nos ocupa, el protagonista de esta historia, es un pergamino que se ha podido datar hacia el año 900, sin duda procedente de Constantinopla. Cuando en 1204 las grandes bibliotecas de esta ciudad fueron saqueadas por los cruzados, nuestro pergamino consiguió de algún modo sobrevivir y llegar hasta un monasterio cristiano. En 1229, un monje griego que necesitaba pergamino para un libro de oraciones desmontó el manuscrito de Arquímedes, rascó lo escrito y sobre esa misma piel copió el texto litúrgico. Un proceso muy común en una época en que el pergamino era un bien escaso y caro, y en que la salvación de las almas tenía un rango mucho más elevado que la ilustración de las mentes. El resultado de esta operación se conoce como palimpsesto (palabra hermosa donde las haya). A continuación, silencio, oscuridad y rezos durante varios siglos, hasta que en 1906 un clasicista danés, Johan Ludwig Heiberg, descubrió el manuscrito en la biblioteca de un monasterio ortodoxo griego en Constantinopla. No sé bien cómo (mi fuente no lo dice), supo reconocer que bajo las plegarias había un texto griego, una obra de Arquímedes. Consiguió que le permitieran fotografiar muchas de las páginas e incluso publicó algunos artículos desvelando aquellos fragmentos que había podido descifrar. Así, el mundo occidental tuvo noticia de la existencia de una obra de Arquímedes hasta entonces desconocida, el Método de los teoremas mecánicos. Gran cosa para la cultura, mala para la codicia: poco después de la Segunda Guerra Mundial, el palimpsesto desapareció de la biblioteca -sin duda fue robado- y se cree que permaneció en manos de una familia francesa durante la mayor parte del siglo XX. En 1998 salió inesperadamente a subasta en Christie's y fue adquirido por dos millones de dólares por un comprador anónimo. Recordemos que durante todo este tiempo ningún especialista había podido estudiar el manuscrito: la mayor parte de los textos de Arquímedes en él contenidos seguían siendo inaccesibles.
Pero ya no. Desde el pasado 16 de octubre en el Walters Arts Museum de Baltimore (EE.UU.) se puede visitar la exposición "Lost and Found: the Secrets of Archimedes", donde se desvela no sólo qué era lo que escondía el palimpsesto, sino cómo, en una paciente y escrupulosa labor que ha durado años, se llegó a descifrarlo. Gracias a William Noel, conservador del museo, y su equipo y gracias también a la generosidad del comprador -sigue siendo anónimo- que accedió a prestarlo para su estudio, el palimpsesto de Arquímedes ha desvelado sus secretos y ha regalado al siglo XXI varios tratados de Arquímedes, además de algunos otros textos de la época. Sobrecoge un poco pensar el largo camino que ha sido preciso recorrer para llegar a leerlos, pero también emociona ver cómo las voces de la Antigüedad pueden ser recuperadas.