John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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miércoles, 17 de junio de 2020

ESOS LIBROS QUE NO SE VEN


Hace un par de semanas dejé de lado un libro al poco de comenzarlo, acuciada por otras urgencias. Como saben, cada libro tiene su momento, y tuve claro que este requería un reposo del que por aquel entonces no disponía. Ahora, cuando por fin estoy en situación de retomarlo, no aparece por ningún lado. Durante un buen rato, voy de aquí para allá rebuscando entre montones de libros, mirando con desconfianza las estanterías -¿será que lo guardé para más adelante?-, levantando fajos de papeles, apartando revistas. Nada. Hasta que de repente, se hace la luz: ¡era un libro electrónico! Vuelve a mi memoria que me hice con él aprovechando una oferta de Amazon, casi irresistible, porque ese título estaba en una de mis listas de "libros recomendados por alguien que quiero leer". Localizo mi Kindle -un aparato casi vetusto (cualquier cacharro tecnológico que tenga más de ocho años, como el mío, lo es), pero que me resisto a cambiar, puesto que funciona a la perfección- dispuesta a sumergirme en la lectura cuando, ¡ay!, me sale un aviso de que la batería está bajo mínimos y debería cargarlo.


Esto, real como la vida misma, me ha sucedido hoy, pero podría citar decenas de situaciones similares. Los libros electrónicos -seguramente lo he dicho ya alguna vez- son como fantasmas. No tienen grosor, ni peso, ni páginas, ni -casi- cubierta (esa imagen que aparece cuando se inicia la lectura y luego ya no se vuelve a ver, porque el libro se abre en la última página leída, es tan pasajera que se diría fantasmagórica también). Con estos libros fantasmales es imposible emplear la estrategia habitual de todo bibliómano: por muy bien ordenada que se tenga la librería -y no siempre es el caso- lo que queda fijado en nuestro motor de búsqueda interno es el color, el volumen, el tamaño de cada libro y por ellos nos regimos cuando andamos a la caza de un libro determinado ("Sé que tenía un lomo azul con letras grandes" o "Era un volumen finito, de color amarillo"). Con el libro electrónico, desaparecen todos los puntos de referencia. Lo que no se ve, deja poca huella en la memoria. O, como mínimo, otro tipo de huella, más etérea, menos corporal. Las veces en que he leído un libro memorable en formato electrónico, luego, al recordarlo -esos momentos en que a uno le vienen a la cabeza determinados pasajes-, me ha resultado imposible rescatar la página con la imaginación. Carezco de referencias espaciales, del recuerdo del tacto o del color del papel. Así, se convierte en una evocación descafeinada. Fantasmal.


No me malinterpreten. Valoro mucho ciertos aspectos de la edición electrónica. La comodidad, por supuesto. La inmediatez, claro (entre otras cosas, durante este confinamiento llevo varios libros descargados de la biblioteca pública online, a los que de otro modo hubiese sido imposible acceder). Pero, por mucho que me esfuerce, esos textos sobre la pantalla son solo pálidos trasuntos del libro verdadero, el que pesa y huele y cruje. el que nunca hay que recargar, porque su tecnología es simple y, posiblemente, insuperable.
Además, contemplar los libros y estar rodeada por ellos en su formato físico me produce una sensación de bienestar inigualable. ¿Qué hay mejor que una habitación forrada de libros? Una se encuentra en conversación muda y constante con ellos. Podría sin duda tener esa misma cantidad de obras metidas en un dispositivo electrónico, pero estarían mudas, enjauladas. Y mis paredes lucirían tristes y desnudas.
Voy a ver si por fin tengo el Kindle recargado y puedo comenzar de una vez esa lectura aplazada. Nada de esto me hubiese sucedido con un libro de papel. O tal vez el problema es que no soy lo bastante metódica a la hora de enchufar el aparato...

viernes, 26 de febrero de 2016

LA PRIMERA VEZ QUE PISÉ UNA BIBLIOTECA

 
 
Leo por ahí que las bibliotecas públicas son uno de los servicios más valorados por los ciudadanos y que se calcula que el 47% de la población española es socia de alguna de ellas. Aunque no todos ellos las frecuenten -y muchos las usen para cosas distintas del préstamo de libros-, son unas cifras que inducen a un cierto optimismo. Podría decirse que -al menos en las ciudades grandes y medianas- entrar en una biblioteca se ha convertido en algo cotidiano. Padres con niños, señoras que vienen o van del mercado con su carrito a cuestas, estudiantes con mochilas, jubilados que pasan las mañanas allí y aprovechan para leer la prensa... difícil hacer un retrato-robot del usuario de bibliotecas, tan variada es su clientela. Ir a la biblioteca es algo tan normal como ir al parque. No siempre ha sido así. En mi infancia, las bibliotecas públicas apenas existían. Y las pocas que había, no eran precisamente lugares donde un niño (ni tampoco un adolescente) se sintiese bienvenido. Mi primera experiencia bibliotecaria se remonta a un verano. Un verano inusualmente lluvioso en que supongo que conseguimos acabar con todas las existencias de lectura y andábamos desesperados  saqueando la papelería local (cuyas existencias eran bastante poco estimulantes: una vez leídos todos los tebeos, no quedaba gran cosa más) cuando alguien nos habló de la biblioteca de La Caixa; como su nombre indica, ocupaba el mismo local de la oficina de esta entidad, un edificio solemne y lleno de rejas, aunque tenía otra entrada, y consistía en un sótano bastante lúgubre, equipado con un fondo más bien magro.
 
Biblioteca popular en l'Hospitalet, años sesenta.
La que recuerdo era muy parecida
 
Pero estas carencias las vi andando el tiempo: de entrada me maravilló el que uno pudiese elegir los libros que quisiese y permanecer allí durante horas devorándolos, mientras afuera diluviaba. Pero lo que me dejó muda de asombro es que por todo ello no había que pagar nada. ¡Inaudito! Creo recordar que no se podían coger libros en préstamo; o tal vez no nos los daban a nosotros, que éramos forasteros de paso; o tal vez sí los daban y nunca nos atrevimos a pedirlo... En cualquier caso, y a pesar de que el local no era precisamente acogedor, sé que ese verano pasamos muchas tardes allí. En aquellas épocas pre-internet, imagino que los escolares la frecuentarían durante el curso, para consultar enciclopedias y demás, pero puesto que estábamos en vacaciones raras veces entraba alguien, de modo que la sensación era de tenerla toda para nosotros.
 
 
 
 
Desde entonces acá, las cosas han mejorado lo indecible. He frecuentado muchas otras bibliotecas, mayores, más luminosas y más confortables, algunas incluso bellísimas, pero creo que no me he curado aún del asombro que me produjo la primera. Es más, cada vez que descubro algún nuevo servicio de estas utilísimas instituciones, desde el préstamo de libros electrónicos a la posibilidad de conectarse a repositorios de música como el de Naxos, mi reacción es muy parecida: ¿todo esto a mi alcance, a cambio de nada?
 
No creo demasiado -ya lo he dicho alguna vez- en las campañas de promoción de la lectura que se limitan a decirle a la gente que lea de forma más o menos ingeniosa. Pienso, en cambio, que tendría mucho mayor efecto una campaña que simplemente le dijera a la gente todo lo que puede hacer en una biblioteca, animándola así a pisarlas. Estoy segura de que, una vez se entra en una, es difícil resistirse a la llamada de alguno de sus muchos atractivos. Amor bibliotecario para siempre.
 
 

miércoles, 30 de abril de 2014

LOS LIBROS SON TENDENCIA

Ilustración de Tom Gauld, tomada del New York Times Magazine

Interrumpo brevemente esta serie de exploraciones en bibliotecas ajenas para hablar de otro tipo de bibliotecas. Hace poco, un artículo leído en el New York Times me informaba de una moda que, al parecer, se está extendiendo: en su lecho de muerte, dice, los libros se han convertido en algo sexy. La tesis del artículo es que, ahora que están a punto de quedar obsoletos por el avance de la lectura en pantallas, los libros físicos se han convertido en objeto de deseo, en moda, en tendencia. Vaya, que tener una biblioteca en casa es lo más de lo más. Claro que estamos hablando de los libros como decoración y no para leerlos, ¡sólo faltaría! Al parecer, famosos como Scarlett Johansson se fotografían ahora ante sus paredes repletas de libros, como antaño hacían los más sesudos intelectuales, y James Franco suele enviar tuits con fotos de sus estanterías.
La biblioteca como símbolo de estatus. Tal como recuerda el mismo artículo, no es nada nuevo: algo parecido sucedió en la década de 1930 de la mano del astuto Edward Bernays (yo también hablé de él en estas Notas). Y la compra de libros a metros siempre fue algo típico de los nuevos ricos. Sea o no consecuencia de la próxima desaparición del libro en papel -algo sobre lo que podríamos discutir largamente- hay en esta nueva moda libresca (por llamarla de alguna manera) una frivolidad y una ligereza nuevas. Busquen, por ejemplo, en la gran tienda virtual Etsy el concepto "instant library" (muy típico de esta era de inmediatez). Verán que los libros no se ofrecen tanto por géneros, o por autores -al modo en que en los setenta triunfaban en nuestros quioscos las colecciones de "Grandes maestros de la literatura universal" y similares-, sino por colores. Personalmente, me he hecho una panzada de reír analizando la composición de estos decorativos packs:
 

 Vean por ejemplo esta conjuntada colección de "libros azules", que uno puede conseguir por el módico precio de 40 dólares. Combina sabiamente obras de Jackie Collins, Raymond Carver, las memorias políticas de un asistente de Nixon, el desgarrador testimonio de Betty Ford sobre su adicción al alcohol y un diccionario francés-inglés, entre otras. Una combinación que dejará perplejos, estoy segura, a cualquiera de los bibliómanos que me leen.
 
¿Que queremos un look más vintage? ¿Más nostálgico y tipo "encontré estos libros en un viejo desván"? Sin problema:
 
 
¿A que lucen? En este caso, los títulos resultan algo más difíciles de distinguir -pero ¿a quién le importan?-, aunque juraría que veo una novela de James Fenimore Cooper, The Pathfinder, otra de Giovanni Papini, además de un tratado de Zoología general (ningún bibliómano debería vivir sin él) y el fascinante anuario del Departamento de Agricultura de USA del año 1921. ¡Ah! y la Vida de George Washington escrita por Washington Irving, pero sólo la Parte II.
 
Continuando con estas tendencias librescas, resulta que ahora todo el mundo presume de leer (lo que no quiere decir que lo hagan, por supuesto). Una web llamada Bid4Papers ha hecho una infografía de lo que leen algunos famosos. "Eres lo que lees", dicen. O lo que dices que lees, digo yo. Porque ¿no resulta un poco sospechoso que Bono sólo lea obras clave de la literatura universal?
 
 
¿Y qué me dicen de las lecturas de Madonna?
 
 
En fin, que no cabe duda de que estamos ante una moda. Como todas las modas, seguramente pasará y los famosos se dedicarán a presumir de otras cosas. Sólo quedaremos, como siempre, los esforzados lectores que juzgamos las bibliotecas por su contenido y no por su color, y a los que nos importa poco deslumbrar o no a los visitantes con nuestras librerías. Porque tenemos la manía de leer los libros, además de contemplarlos.
(El proximo día, volveremos con más bibliotecas, de las de verdad.)
 

viernes, 3 de enero de 2014

CUATRO CLÁSICOS DE REGALO

Tal como están los tiempos -intentan convencernos de que en 2014 nadaremos en la abundancia, pero si los sueldos han bajado y los costes de los servicios básicos han subido, cuesta  ver cómo vamos a lograrlo-, nos podemos permitir pocos caprichos. ¿Regalos? Los imprescindibles (una se encuentra comprando artículos tan poco glamurosos como útiles). ¿Autorregalos? Impensable, la austeridad manda. Pero, vamos, ¿a quién no le hace ilusión regalarse un nuevo libro para Reyes? Existe sin embargo una solución satisfactoria y, sobre todo, gratuita: acudir a Project Gutenberg, ese inmenso repositorio de libros en dominio público, conseguido gracias a la generosidad y el esfuerzo colectivos (parece que ya nada funciona si falla eso). Si se toman la molestia de darse un paseo por su web, verán que hay cientos de obras en español, tanto de autores hispánicos como traducciones (antiguas, por supuesto) de autores extranjeros. Inevitablemente, sin ningún criterio de orden más que el alfabético, lo que dificulta bastante la búsqueda. Pero no teman, en plena euforia de espíritu navideño, me he tomado la molestia de realizar yo esa fatigosa tarea. Como resultado, les propongo cuatro clásicos de grandes autores. Unas obras que se pueden descargar gratuitamente sin mala conciencia.
 
-Empecemos por el más desconocido de los cuatro, pero no por ello menor, o menos clásico: Los espectros, de Leonid Andréyev. Se trata de una recopilación de novelas breves de este autor que en su momento se medía con los grandes, entre ellas la que da título al volumen ( y que pueden encontrar en una edición más moderna, publicada por Acantilado, si sus finanzas se lo permiten). La versión gratuita, sin embargo, tiene el encanto de ser contemporánea al autor (muerto poco después de finalizar la Primera Guerra Mundial), de quien una breve introducción habla en estos términos:
 
Leónidas Andreiev, uno de los más grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a la edad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, de una familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y de privaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitido subir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa.
 
 
 
-Seguimos con otro clásico, esta vez italiano, Federico De Roberto. Quizás algunos hayan oído hablar de su gran novela, Los virreyes, que se considera en cierto modo precursora de El gatopardo. Sin embargo, la que les ofrezco como regalo no es ese novelón, sino un libro más breve y más curioso: Espasmo. Publicada en 1897, la edición en lengua castellana que se nos ofrece es de 1909. Se trata de una intriga que tiene algo de político, algo de novela de costumbres pero, sobre todo, mucho de novela de investigación y de drama judicial.



-A continuación, un francés: Alexandre Dumas. No les voy a proponer ninguna de sus novelas de aventuras -aunque bien merecerían la pena-, sino algo menos visto: Amaury, una historia típicamente romántica. Emociones, temblores, desmayos; jovencitas que bordan en un salón vigiladas por su institutriz; jóvenes lechuguinos que se distraen con sus queridas mientras esperan caer en brazos del "verdadero" amor... Pero Dumas no sería Dumas si detrás de esta novela aparentemente sentimental no hubiese una tesis: "¿es posible morir de amor?" (pregunta romántica donde las haya). Bien, sin ánimo de desvelar demasiado, diremos que el amor que mata no es precisamente el que se esperaría.
Si son ustedes irreductibles del papel, existe también en esta versión, aunque advierto que la traducción es la misma.



-Por último, una novela atípica de un insigne autor británico. Pensar en Sir Arthur Conan Doyle equivale las más de las veces a evocar a Sherlock Holmes. Pero Mr. Doyle escribió también otro tipo de obras, como la que nos ocupa, La Guardia Blanca, novela histórica de la que se dice que Doyle la tenía en más alta consideración que sus aventuras de Holmes. Seguramente, ha resistido peor el paso del tiempo que estas últimas, pero para nosotros tiene el interés añadido de que transcurre en España, pues se desarrolla entre 1366 y 1367, en el marco de la campaña de Eduardo, el Príncipe Negro, para restaurar a Pedro el Cruel en el trono del reino de Castilla.

Claro que existe también una
versión en papel.
Si los Reyes vienen boyantes.

Así pues, ahora que se acercan los Reyes Magos, no hay excusa para quedarse sin regalo. ¡Que los disfruten!

miércoles, 10 de octubre de 2012

EUROPEANA, UN TESORO A TIRO DE CLIC



¡Con lo mucho que una le gustan las bibliotecas, ya sean físicas o digitales, y sólo hace un par de días, gracias al anuncio del VI Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas/Europeana Conference que se celebra en Burgos (y a mi curiosidad natural, que me ha impulsado a investigar qué era eso), que he conocido Europeana, ese baúl de los tesoros! Me resulta incomprensible -y una lamentable pérdida de tiempo- que no lo haya descubierto antes. Para los que anden tan despistados como yo hasta ahora: Europeana es una biblioteca digital europea de acceso libre en la que sen encuentran fondos de diversas instituciones culturales de 27 países. La idea se gestó en 2005, pero Europeana como tal no entró en funcionamiento hasta diciembre de 2008; está accesible en varios idiomas, aunque los contenidos de cada país, lógicamente, están en el idioma que corresponda, y a día de hoy agrupa millones (literalmente) de libros, pinturas, documentos de archivo y objetos museísticos en general. Apabullante, ¿verdad? Ante tales cifras, uno se pregunta, ¿por dónde empezar? Ah, pero es que lo mejor de Europeana es que la propia biblioteca agrupa contenidos por temas, bajo un concepto que ellos llaman "exposiciones" y los presenta de manera atractiva y didáctica (quizás un poco simple, para mi gusto, me hubiera gustado mayor profundización). Veamos, por citar sólo uno de los ejemplos que he tenido ocasión de explorar mínimamente, la exposición dedicada a la Gran Guerra europea, la de 1914-1918, que lleva el atractivo título de "Historias no contadas de la Primera Guerra Mundial" (me temo que  en este caso sólo es accesible en inglés, francés, alemán y esloveno).


 Una vez dentro de la página, se abre una verdadera mina para los buscadores de historias: bajo unos epígrafes como "Lo inesperado", "Noticias del frente" o "Historias de familia" encontraremos miles de documentos de identidad, fotos, cartas, etc. que explican historias de otros tantos seres anónimos que vivieron y sufrieron esa guerra. Si yo fuese novelista, creo que me pondría ya mismo a bucear en esos archivos. La Primera Guerra Mundial también tiene una presencia destacada en "Europeana Remix", una plataforma que agrupa historias en torno a esa época. A veces, esas exposiciones conducen a "asociados" de Europeana, alguna de las muchas instituciones que colaboran en el proyecto, y entonces uno puede, por ejemplo, saberlo todo sobre la diosa Atenea


O hacer un recorrido por una serie de edificios europeos representativos del "art nouveau" (sí, incluye el modernismo)


O tantas otras opciones... Aunque no resulte muy evidente en las exposiciones, Europeana tiene también mucho contenido español, como demuestra la larga lista de bibliotecas y entidades que han contribuido con sus fondos. Un campo muy amplio por explorar, que sin duda guarda aún muchas sorpresas... Sin duda, un feliz descubrimiento.
(Por cierto, que este proyecto, tan ambicioso, lo hemos pagado todos con nuestros impuestos, de modo que úsenlo, vale la pena.)

sábado, 1 de septiembre de 2012

HÁGALO USTED MISMO

Lutero se las compuso solo
Desde la irrupción de la edición digital, asistimos a un continuo debate respecto a si los escritores deben seguir la ruta tradicional, es decir, intentar publicar su obra a través de una editorial, o lo que se ve como el camino novedoso, la autopublicación. Sin ánimo de entrar ahora en este debate -sobre el que habría mucho que decir- quiero sólo señalar que los defensores de la autoedición parecen olvidar que esta última (aunque con otros nombres) hace siglos que existe. Innumerables escritores desconocidos, así como algunos muy conocidos, han recurrido a ella a lo largo de los siglos. A veces por necesidad, a veces por elección. Para subrayarlo, viene muy a cuento una exposición que tuvo lugar recientemente en la Whitechapel Gallery de Londres, en el marco de su programa "Writers in Residence" que cada año invita a algún escritor a poner en marcha una serie de actividades en torno a la escritura como arte y a la escritura como lente a través de la cual observar el arte. Con el título de Do or DIY, se trata una aproximación al oculto arte de la edición "hágalo-usted-mismo", según lo han practicado diversos autores notables de la cultura occidental. Empezando ni más ni menos que por Martín Lutero, pues, ¿qué mejor acto de autopublicación hay que el hecho de colgar tu obra (en su caso, las famosas 95 tesis) en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg?
 
Empezó autoeditándose, pero pronto encontró editor...
Los poetas siempre han sido notorios autoeditores, ya se sabe que la poesía suele ser cosa de minorías... En el catálogo de la exposición se menciona el caso de Walt Whitman, que pagó de su bolsillo la impresión de los cerca de 800 ejemplares de que constó la primera edición de su Hojas de hierba (parece que también echó una mano en los trabajos de imprenta), entre otros.  Pero sin necesidad de ir tan lejos,  la edición del primer libro de poemas de Federico García Lorca, Impresiones y paisajes, fue costeada por su padre.
También recurrió a la autopublicación Marcel Proust, que era persona de posibles. Es conocida la anécdota del rechazo que sufrió el primer volumen de su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido por parte de Gallimard, que acabó publicándose bajo el sello de Grasset, pero lo que muchos no saben es que el propio Proust corrió con los gastos de esa edición. Al fin y al cabo, ya había sufragado la publicación de una obra anterior, Les Plaisirs et les Jours. Un caso modélico de autopublicación lo constituye Virginia Woolf, que publicó sus primeros libros en la imprenta casera que su esposo Leonard y ella instalaron en 1917 en el comedor de su casa. Eso sí es autoedición. Y de excelente calidad además, sólo hay que ver algunas de las primorosas ediciones que produjeron durante ese primer estadio artesanal.
De modo que nada de lo que ahora preconizan los defensores de la autoedición es un fenómeno nuevo. Publicar o no publicar, esa es la cuestión. Desde siempre, el que quiere publicar ha encontrado maneras de hacerlo. La fama, el dinero, el aplauso... todo eso es otra historia.

 
 

jueves, 5 de julio de 2012

LA VIDA BIBLIÓFILA DE JULIAN BARNES

Hace unos días, el diario inglés The Guardian publicó un estupendo texto de Julian Barnes en torno a su amor por los libros, Julian Barnes: my life as a bibliophile, escrito para celebrar la Independent Booksellers Week, texto que se puede adquirir también en forma de panfleto titulado A Life with Books. Lo que dice Barnes sobre el papel de los libros en su vida, sobre su afán coleccionista, y sobre el libro como objeto, me ha gustado tanto que, aunque soy consciente de que muchos lectores ya lo habrán leído en su versión original, he pensado traer aquí un resumen traducido. Para quienes no dominen el inglés, o no tengan la paciencia de leerse entero el texto íntegro. Ahí va. (Verán que distingo tipográficamente entre los fragmentos que he tomado íntegros de su texto y mis resúmenes del mismo.)

He vivido en los libros, para los libros, por los libros y con los libros. En los últimos años, he tenido la suerte de poder vivir de los libros. A través de los libros me di cuenta por primera vez de que existían otros mundos además del mío propio; imaginé por primera vez lo que supondría ser otra persona; experimenté por primera vez ese vínculo íntimo y profundo que se crea cuando la voz de un escritor se mete dentro de la cabeza de un lector.

Barnes tuvo además la suerte de ser hijo de dos maestros de escuela, que reverenciaban los libros: "No íbamos a la iglesia, sino a la biblioteca", dice. Así, la biblioteca familiar estaba bien nutrida, pero al Barnes niño no le atraían la mayoría de las obras que podía encontrar en sus estanterías. Excepto cuando, en el momento de su despertar sexual, descubrió el enormemente excitante Satiricón de Petronio, que durante algún tiempo le hizo creer que el mundo romano era una orgía continua. Para cuando superóa la adolescencia, Barnes había entrado del todo en la magia de los libros. No sólo de leerlos, sino de poseerlos.

Poseer determinado libro -un libro que habías elegido tú- era definirte a ti mismo.  Y esta autodefinición debía ser protegida, físicamente. De modo que forraba mis libros preferidos (inevitablemente, libros de bolsillo, por restricciones monetarias) con plástico transparente. Antes, sin embargo, escribía mi nombre -en una recién adquirida letra itálica, con tinta azul, subrayado en rojo- en la esquina interior de la cubierta.

Más adelante, descubrió otra magia, la de los libros de segunda mano, los que habían tenido otros dueños, algunos de ellos incluso escritores.

Nunca había visto de cerca a un escritor, ni conocía a nadie que hubiese conocido a alguno. Quizás había oído a uno o dos por la radio, o visto a un par de ellos por televisión (...). Pero la conexión más cercana que mi familia tenía con la literatura era el hecho de que mi padre estudiase lenguas modernas en la universidad de Nottigham, donde daba clases Ernest Weekley, cuya esposa se había fugado con D.H. Lawrence. Ah, y mi madre vio una vez a RD Smith, el marido de Olivia Manning, en un andén de la estación de Birmingham.

Durante las siguientes décadas, Barnes se convierte en un ávido coleccionista de libros, en especial de libros usados, y recorre cientos de kilómetros en busca de gangas que valgan la pena. En aquellos tiempos, todas las ciudades medianas poseían alguna tienda de libros de segunda mano, que él recorría infatigable. Contaba también con la ventaja, hoy desaparecida, de que por aquel entonces los libros solían permanecer en las estanterías durante meses, tal vez años, hasta que surgía un comprador. Barnes reconoce que en esa época compraba como un poseso, movido por esa especie de locura que es la bibliomanía.

La compra de libros sin duda consumía más de la mitad de mis ingresos (...) La línea divisoria entre libros que me gustaban, libros que pensaba que podían gustarme, libros que tenía la esperanza de que me gustasen y libros que no me gustaban en ese momento, pero que pensaba que podrían gustarme más adelante nunca estuvo muy bien definida.

Su frecuente contacto con el mundo de la bibliofilia le hace también perder la inocencia: no es oro todo lo que reluce y más de un bibliófilo ha sido engañado por personas sin escrúpulos. Barnes cuenta la anécdota del bibliófilo cuya valiosa primera edición de una obra sustituyó algún visitante desconocido por una reimpresión posterior sin ningún valor. Pero la bibliofilia también tiene sus recompensas, como son las horas pasadas en esas vastas cavernas llenas de potenciales tesoros. La mayoría de ellas, por no decir todas, han desaparecido hoy. Algunas, ademas de libros, contenían otros tesoros: cita una, Lilies, llena de objetos fetichistas, como la máscara mortuoria de John Cowper Powys y "un reloj que perteneció a las personas que pusieron el motor en el barco en que se ahogó Shelley" (reconozcan que hay que ser un verdadero fetichista para valorar algo así).


Cuadro que representa la cremación del cadáver de Shelley
Me convertí en un poco menos coleccionista de libros (o, quizás, fetichista de libros) después de publicar mi primera novela. Tal vez, en algún nivel subconsciente, decidí que como ahora producía mis propias primeras ediciones, ya no necesitaba tanto las de otros. Incluso comencé a vender mis libros, algo que en otro momento me hubiese parecido inconcebible. Aunque eso no aminoró mi ritmo de adquisiciones: sigo comprando libros más deprisa de lo que puedo leerlos. Pero me parece algo totalmente normal: qué raro sería rodearse sólo del número de libros que te dará tiempo a leer en lo que te queda de vida. Y sigo profundamente vinculado a los libros físicos y a las librerías físicas.

Porque, como dice con mucha razón Barnes -o al menos yo pienso lo mismo que él- la tecnología tiene muchas ventajas, pero cada libro físico tiene una apariencia, un tacto y un olor diferentes, mientras que todos los libros electrónicos son iguales. Y termina el artículo con un hermoso alegato en favor de la lectura:

La vida y la lectura no son actividades separadas. Esa distinción es falsa (es como cuando Yeats imagina que se puede elegir entre "la perfección de la vida o de la obra"). Cuando lees un gran libro, no escapas de la vida, sino que te sumerges más profundamente en ella. Puede haber un escapismo superficial -a países, costumbres, maneras de hablar diferentes- pero lo que haces es en esencia ampliar tu comprensión de las sutilezas, paradojas, alegrías, dolores y verdades de la vida. La lectura y la vida no están separadas, son simbióticas. Y para llevar a cabo esta importante tarea de descubrimiento y autodescubrimiento hay, y sigue habiendo, un símbolo perfecto: el libro impreso.
  
Barnes dixit. 


martes, 1 de noviembre de 2011

LIBROS POR SUSCRIPCIÓN

Hace unos cuantos años, era habitual encontrarse en calles y plazas céntricas un autobús de Círculo de Lectores rodeado por diligentes comerciales que intentaban captar la atención de los transeúntes abordándoles con la pregunta "¿Te gusta leer?" (partiendo de la premisa, supongo yo, de que a la mayoría de la gente le gusta quedar como persona culta y responderían que sí aunque su afición por la lectura sea nula). Socio a socio, este poderoso club del libro -y el único en España; hubo otros, pero fueron absorbidos o tuvieron que abandonar- llegó a contar con más de un millón de afiliados en sus mejores tiempos. La fórmula era sencilla y funcionaba porque satisfacía a todas las partes. Los socios se comprometían a adquirir un número determinado de libros cada dos meses, que les resultaban más baratos que si los hubiesen adquirido en librerías. Los editores -para quienes estos clubs suponían en cierto modo una competencia- tampoco estaban descontentos ya que, por un lado, la edición club sólo se ponía a la venta meses después de lanzado el libro como novedad y, por otro, se suponía que muchos de los socios del club eran personas que no solían frecuentar las librerías (ya fuese porque con los libros que les suministraba el club ya tenían bastante o porque vivían en lugares donde escaseaban estos establecimientos: una parte nada despreciable de la España rural se abastecía a través de este canal); además, como es lógico, obtenían royalties de estas ventas, que a veces eran superiores al número de ejemplares vendidos en librería. Por lo que respecta a los dueños del club del libro, los más beneficiados, el secreto era que jugaban a caballo ganador: adquirían los derechos de obras que ya habían demostrado su potencial de ventas y, por si fuera poco, a través de sus revistas bimensuales podían determinar con exactitud casi milimétrica cuántos socios deseaban recibir cada título. Es decir, a diferencia de lo que ocurre con los editores, que cada vez deben arriesgarse lanzando al mercado un cierto número de ejemplares sin saber si los venderán o si languidecerán en sus almacenes por los siglos de los siglos, el club del libro conseguía vender todo lo editado y no tener stocks. Como decía, un negocio redondo... hasta hace poco. Llega internet, las nuevas tecnologías y los libros digitales. Los lectores que vivían en lugares aislados pueden recurrir a la venta online; o pueden descargarse un libro en su ebook o en su iPad por un precio mucho más económico que el del club. O simplemente se han pasado a las pantallitas y lo de "hacer biblioteca" ya no les dice nada. Total, que la multinacional Bertelsmann, viéndole las orejas al lobo, decide deshacerse de los clubs del libro que tiene en Europa. Círculo de Lectores pasa a manos de Planeta y, aunque la fórmula sigue funcionando, por ahora -no se puede decir que en este país la oferta de libros digitales seas como para tirar cohetes-, ya se ve que está cercana a agotarse. Hace unos días, Planeta anunció que próximamente va a crear un "círculo de lectores electrónico". Pendientes aún de ver qué características tendrá y cómo se desarrollará, lo que está claro es que los viejos tiempos de los clubs del libro no volverán.
Entretanto, está en auge otra forma distinta de "libros por suscripción", el "crowdfunding", ese sistema por el cual un escritor solicita en la red aportaciones para publicar su libro. Si consigue financiar así el papel y la impresiónde su libro, aquellos que han contribuido reciben un ejemplar. Una fórmula antigua, que se venía empleando desde hace muchos años, pero que gracias a internet ha cobrado nueva vida. Una puerta se cierra, otra se abre.

lunes, 28 de marzo de 2011

¿PARA QUÉ SIRVE UN EDITOR?

Maxwell Perkins
Como consecuencia del auge del libro electrónico y de la autoedición, cada vez se alzan más voces que ponen en cuestión la utilidad de los editores. Por regla general, quienes lo hacen son autores que en algún momento han visto sus obras rechazadas por una editorial "tradicional" (es decir, de las que hacen libros con papel y tinta físicos) y que ven en la edición digital y la distribución por Internet una vía para llegar de manera directa a los lectores, sin necesidad de obtener la aprobación previa de nadie. De hecho, el autor dispuesto a costearse la edición de su bolsillo con tal de verse en letras de molde siempre ha existido, pero antes del advenimiento del ebook eso suponía una inversión notable; además, el verdadero problema era cómo distribuir esos libros, que al final solían quedarse almacenados en algún desván. Quiero achacar las voces que anuncian el fin del editor a pura y simple ignorancia de cuáles son realmente sus funciones, pues posiblemente en el mundo digital -si es que llegamos alguna vez a prescindir del papel, cosa que pongo en duda- sean tanto o más necesarias que antes. Y es que un verdadero editor no es un señor que se limita a seleccionar los textos que le ofrecen, sino ante todo un lector profesional que estimula, orienta y sugiere, teniendo siempre como finalidad sacar de cada autor lo mejor que este es capaz de dar. Uno de los mejores ejemplos de hasta qué punto puede ser decisivo su papel lo encontramos en Maxwell Perkins, el legendario editor norteamericano. Perkins (1884-1947) estudió economía en Harvard y, tras trabajar como reportero para el New York Times, entró en 1910 en la prestigiosa editorial Scribner's, que por aquel entonces tenía ya en su catálogo muchos grandes nombres, como Henry James o Edith Wharton. Perkins era partidario de darles una oportunidad a jóvenes autores que escribiesen de un modo distinto y, así, en 1919 contrató con la oposición de la mayoría de sus colegas la novela de un escritor novel llamado Francis Scott Fitzgerald. La obra en cuestión llevaba el poco prometedor título de The Romantic Egotist pero, bajo la atenta supervisión de Perkins y siguiendo sus consejos, Fitzgerald la reescribió y la tituló This Side of Paradise, su primer éxito literario. Perkins fue también editor y amigo de Ernest Hemingway, con quien trabajó intensamente en Adiós a las armas, y de Thomas Wolfe -nota para lectores despistados: nos referimos aquí al Wolfe de Look Homeward, Angel, no confundir con el Tom Wolfe de La hoguera de las vanidades, un escritor mucho más reciente-, así como de Erskine Caldwell, Ring Lardner (a quien convenció de que servía para algo más que para hacer de cronista deportivo) o S.S. Van Dine y a su muerte estaba tutelando a James Jones en la composición de lo que llegaría a ser De aquí a la eternidad. Muestra inequívoca de lo mucho que los escritores apreciaban sus consejos es que es el editor al que más libros le han dedicado (68 en total). También es posible observar paso a paso su relación con algunos de sus autores en su nutrida correspondencia, editada bajo el título de Editor to Author: The Letters of Maxwell Perkins. Como dijo de él el editor Patrick O'Connor: "Transformó la literatura americana más que ningún otro editor. Supo encontrar a autores importantes y también encontrar a los lectores para sus libros." Encontrar autores que valgan la pena, ayudarles a cultivar su talento y hacerlos llegar a sus lectores naturales, he aquí los tres aspectos que resumen la función del editor y que Maxwell Perkins supo encarnar como nadie.
El de editor es -o debería ser- un oficio en la sombra (a la sombra del autor, se entiende, que es quien debe llevarse la gloria). Pero personajes como Perkins merecen un reconocimiento por su labor. Además de la notable biografía que escribió A. Scott Berg -Max Perkins: Editor of Genius- y que obtuvo el National Book Award en 1978,se rumorea que  hay en preparación una película sobre él, que probablemente contará con Sean Penn como protagonista. Con Hollywood nunca se sabe, pero esperemos que el proyecto salga adelante.


sábado, 29 de enero de 2011

LIBRO 2.0

Estamos inmersos en un tiempo de grandes cambios para el libro. Tal como apuntaba recientemente en un artículo el editor Alejandro Katz, en los últimos treinta años las tecnologías del libro y las rutinas profesionales de todos los vinculados al mundo de la edición han sufrido una profunda transformación. Con el paso de lo que él denomina "tecnologías calientes" (la linotipia, la prensas, la encuadernación) a las "tecnologías frías" (el ordenador, los archivos digitales, el libro electrónico), por primera vez en muchos siglos se ha roto el vínculo entre contenido y continente. Hasta ahora, un libro era su contenido -la obra literaria-, pero al mismo tiempo era su soporte físico -el conjunto de hojas impresas y encuadernadas que reproducen la obra-. Estamos ahora efectuando la transición entre un proceso que entregaba al usuario final, el lector, un objeto cerrado e inmodificable y  otro que tiene como resultado una serie de posibilidades abiertas. No quiere decir esto que el libro en papel vaya a desaparecer, como opinan algunos. Igual que el cine no acabó con el teatro y la televisión no significó la muerte de la radio, yo creo -espero no equivocarme- que el libro electrónico coexistirá perfectamente con el libro en papel. Sin embargo, lo que resulta indudable es que su advenimiento y, sobre todo, su uso generalizado (que aún no ha llegado a nuestro país, pero llegará, llegará), va a transformar no sólo la manera de comercializar las obras literarias, sino también el propio concepto de obra, las prácticas de los autores, de los lectores y, sobre todo, de los editores. Sin embargo, hasta el momento el discurso que predomina es el que gira en torno al precio de los ebooks, el porcentaje que deben llevarse unos y otros, la piratería... Aspectos todos ellos importantes pero que, a mi modo de ver, pasan por alto lo realmente fundamental: que el cambio en la manera de leer y en el soporte de lectura va a cambiar la relación del lector con la obra literaria. Por dónde irá este cambio es la gran incógnita, pero quizá uno de los primeros indicios podría ser una inicitiva como la que acaba de lanzar Amazon con sus Kindle Singles, que ofrecen la posibilidad de publicar (y descargarse) ensayos, pensamientos o relatos de una extensión breve (entre 10.000 y 30.000 palabras; para entendernos, el equivalente a entre 20 y 60 páginas estándar de libro en papel). La tecnología de la edición tradicional casi obligaba a que el libro tuviese una extensión mínima determinada, por lo que obras más breves o bien se recopilaban junto con otras para llegar a la extensión deseada, o quedaban fuera de circulación. Esta es  una de las barreras que el libro digital va a permitir saltarse, y bienvenido sea. Los autores y los editores harán bien en empezar a pensar en serio en el libro 2.0 y adoptar una mentalidad realmente digital, si quieren que los nuevos tiempos no les dejen de lado.

jueves, 9 de diciembre de 2010

¿ACABARÁ EL E-BOOK CON EL DISEÑO TIPOGRÁFICO?

 

Diseño de Alex Steinweiss

He encontrado en la web de Bookpatrol un artículo sobre "50 años de tipografía en portadas de discos", que llama la atención sobre un elemento que está a punto de pasar a la historia -si no ha pasado ya- por culpa del mundo digital, las portadas de discos. Alex Steinweiss es considerado el inventor del concepto, en 1938 (antes, los discos llevaban simplemente una funda de papel), que él aplicaría con gran acierto y que se convertiría en un elemento vital del LP, dando lugar a auténticas obras maestras del género. En la actualidad,  sin embargo, la cubierta del disco ha perdido toda su relevancia, al reducirse a una imagen tamaño sello que acompaña al elemento que uno se descarga, sólo como referencia. Cada vez más, la cubierta se limita a una foto del artista, porque en tan reducido espacio no hay tipografía que pueda lucirse. Da que pensar si algo parecido podría ocurrirles a las cubiertas de los libros con la llegada y -se supone, aunque aún está por demostrar- la implantación masiva del e-book. Como en el caso de los discos, las que más sufrirían serían las portadas puramente tipográficas. En España, lamentablemente, no hay mucha tradición en este aspecto: las portadas con imagen copan casi todo el mercado y las pocas que mantienen únicamente tipografía suelen  ser bastante conservadoras. Todo lo contrario de lo que ocurre en Estados Unidos, donde una sólida tradición tipográfica ha dado lugar -y sigue dando- a verdaderas obras maestras del género. Hace un par de días, el blog Strange Library nos regalaba con una selección de cubiertas tipográficas, donde se pueden ver algunos ejemplos notables. Sería una lástima que este arte se perdiera. Pero, al igual que ha ocurrido con los discos, al pasar al formato electrónico la cubierta deja de ser necesaria. Sólo nos queda pues desearle larga vida al libro en papel.



Algunos ejemplos de las originales e imaginativas cubiertas americana


lunes, 5 de julio de 2010

CUADERNOS DE VACACIONES

Los escolares están de vacaciones -dichosos ellos que pueden-, armados sin duda de sus cuadernos de vacaciones de toda la vida, que siguen existiendo, aunque supongo que pronto se harán digitales, como el resto de libros de texto. Por cierto que menudo lío se llevan en las escuelas con esto del ordenador para cada niño. Ante de que sea demasiado tarde, quiero tener un recuerdo para los cuadernos de vacaciones de mi infancia, que me hacía tanta ilusión comprar y hojear. Llenos de dibujitos y colores, siempre parecían muchos más divertidos que los deberes del cole.Confieso que, aunque los empezaba llena de decisión, nunca llegué a terminar ninguno, porque mi interés decrecía a medida que los baños, las excursiones y los paseos en bici ocupaban más y más mi tiempo y el colegio se convertía en un pálido recuerdo. Pero no debo ser la única que los añora, porque en Francia han puesto de moda los cuadernos de vacaciones para adultos, incluso con el mismo aspecto que los escolares (véase la foto adjunta). Son uno de los grandes éxitos editoriales del momento -atención editores, a ver quién se anima a copiarlo-, e incluso ha salido una versión para Nintendo. Si es que son como niños...