John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)
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miércoles, 30 de agosto de 2023

EL ANTILADRÓN DE LIBROS


(Ilustración de Chris Madden)

Lamentablemente, el robo de libros es una lacra antigua y extendida. En diversas ocasiones nos hemos ocupado en este blog de esta variedad de los amigos de lo ajeno, desde los que actúan por simple afán de lucro -como los ladrones que sustraen ejemplares raros y valiosos (robos que muy a menudo, nos tememos, no llegan a ser descubiertos)- hasta quienes lo hacen por una obsesión que les lleva a codiciar determinadas obras con afán enfermizo y delictivo. También están los que practican el robo de libros casi como deporte, actividad que algunos camuflan como postura política (véase el caso de Abbie Hoffman, autor de una obra titulada Roba este libro... que a su vez se convirtió en uno de los títulos más robados en las librerías estadounidenses.) El robo de libros, en cualquiera de sus variantes, es además una lacra inmemorial, pues ya en las bibliotecas de la Antigüedad, así como en las de la Edad Media, eran frecuentes las inscripciones que amenazaban al ladrón con las más terribles maldiciones. 


Maldición en un manuscrito del siglo XII

Quien se interese por el tema encontrará innumerables casos y anécdotas asociadas a este tipo de ladrones. Sin embargo, hasta ahora yo no me había topado con su reverso: el antiladrón de libros. No piensen que hablamos de alguien que trata de evitar los robos de libros, sino de alguien que, en lugar de sustraer libros, los aporta.... eso sí, subrepticiamente. Allí donde un ladrón acecha el momento oportuno para hacerse, a escondidas, con un ejemplar, nuestro antiladrón se vale de idénticas tretas para dejar libros sin que nadie lo advierta. Se preguntarán a qué se debe esta conducta, en apariencia chocante. Cualquiera de mis lectores que -como nos ocurre a  la mayoría de bibliópatas- tenga su casa atiborrada de libros lo comprenderá fácilmente. Llegados a ese punto en que no cabe una estantería más, en que las dobles y triples filas no admiten más ejemplares, en que las pilas de libros amenazan con derrumbarse, todos nos hemos preguntado cómo hacer para aliviar, aunque sea mínimamente, tamaña carga libresca. No es tan fácil. Hay quien opta por abandonar unos cuantos volúmenes a su suerte en cualquier lugar público, confiando en que aparecerá algún alma caritativa (y lectora) que se los lleve a su casa. No hay garantía, por supuesto, de que eso ocurra. La opción en apariencia más sencilla y expeditiva, la de tirarlos a la basura (o al container del reciclaje) va contra nuestros principios más arraigados: a cualquier amante de los libros, tratarlos como si fuesen mondas de naranja o envases de tetrabrik le produce un dolor indecible. ¿Qué desearíamos para ellos? Naturalmente, que encuentren un buen hogar. Que sean acogidos por alguien que los aprecie y los cuide y, a ser posible, que lleguen a nuevos lectores. Está claro: ¡una biblioteca! Pero, ay, resulta que las bibliotecas públicas no admiten donaciones de particulares. Si se les ha pasado por la cabeza aligerar el peso que soportan sus librerías -o deshacerse de los libros de su difunta tía Engracia, que de ningún modo caben en su casa-, desechen esa idea de inmediato. 

Gladstone's Library

Pero allí donde los simples mortales fracasamos y damos media vuelta ante la firme negativa de la biblioteca a quedarse con nuestros libros descartados, nuestro intrépido antiladrón se crece. Adoptando su expresión más inocente, se encamina decidido a la biblioteca elegida (a ser posible, una donde no le tengan ya visto) provisto de una mochila, como un estudiante cualquiera de los que aprovechan sus acogedoras salas para repasar sus apuntes. Una vez allí, deambula por los pasillos, buscando siempre los más solitarios, para ir repartiendo, con disimulo, la carga de su mochila: ora coloca una novela del XIX entre los tratados de química inorgánica, ora camufla una recopilación de cuentos fantásticos entre manuales de contabilidad. O deja un volumen de poesía entre las actas de los Congresos Eucarísticos (signatura 265, por si alguien está interesado en consultarlas). Lo encuentro una actividad fascinante. Desde que supe de esta modalidad, no dejo de elucubrar, ante mis libros candidatos a ser expurgados, cuál sería el lugar más adecuado para depositar cada uno de ellos.

Entiéndanme, no estoy animándoles a que imiten el ejemplo de nuestro ingenioso antiladrón. Soy consciente del trastorno que sus incursiones deben de causar a los bibliotecarios, obligados de repente a catalogar una serie de ejemplares con los que no contaban, y a ejercer de vigilantes para evitar sucesivas aportaciones no deseadas. Aunque, por el momento, solo sé de una persona (cuya identidad debo mantener en el más riguroso secreto) que practique este -diríamos- deporte, de modo que confío en que el daño causado no sea grave. 

jueves, 31 de marzo de 2022

TRADUCCIONES DE ANTAÑO (EL CASO MADAME BOVARY)

                                 
Arxiu Històric de Barcelona

La intrincada maraña de internet, con sus millones de hilos que se entrecruzan, es propicia a los hallazgos inesperados.  A veces son chorradas, de esas que sólo sirven para perder tiempo (y demorar lo que en realidad deberías estar haciendo), pero también, a fuerza de escarbar en la morralla, es posible encontrar alguna pepita de oro. Hace un par de días, uno de mis últimos itinerarios por la red me condujo a la web del Arxiu Històric de Barcelona -entidad que, como su nombre indica, atesora el patrimonio documental de la ciudad- y, en concreto a su Biblioteca Digital, recientemente remozada. Este archivo tiene un fondo documental riquísimo de varios siglos de antigüedad, capaz de hacer salivar a cualquier amante de la historia y de la letra impresa en general y, aunque el proceso de digitalización no ha hecho más que empezar, lo que de momento está disponible es suficiente para perder muchas horas de la forma más agradable. En fin, que estaba yo saltando de aquí para allá entre publicaciones añejas de lo más entretenidas cuando, no sé bien cómo, aterricé en un volumen que me dejó, literalmente, alucinada. ¡Nada menos que la primera traducción al castellano de Madame Bovary! ¡Y menuda edición! 


Como podrán ver (me disculpo por la escasa calidad de la imagen, pero la captura de pantalla no da para más), el discreto título francés ha sido sustituido por el mucho más llamativo de ¡¡Adúltera!! (lo que viene a ser un spoiler total de la trama, pero qué más da), con la única concesión de dejar el original entre paréntesis. Para iluminar al potencial lector, tal vez mareado por tan agresivo título, se apresuran a añadir la aclaración "Novela filosófica-fisiológica", una definición un tanto enigmática, cuyo sentido les aclararé más adelante. Luego le llega el turno al autor, con el nombre de pila castellanizado, como era habitual en la época. Hasta aquí, normal. Sin embargo, se ve que la uve de Gustavo pesaba mucho y, ya sea el traductor, el editor o el propio cajista, alguien se dejó llevar por ella y convirtieron a Flaubert en Flauvert. Ya nos íbamos temiendo que no estábamos ante la más fiel de las versiones, cosa que enseguida se ve refrendada por la advertencia de que está "Traducida libremente al castellano". No he podido constatar aún hasta qué punto es libre esta versión, pero puesto que el archivo pone a nuestra disposición todo el contenido, espero poder hacerlo algún día. De momento, habiendo hojeado sólo las páginas iniciales, me inclino a pensar que las "libertades" deben de estar más bien en los pasajes "fisiológicos", por emplear la misma terminología de esta edición. Y llegamos al traductor. Ah, el traductor. Debidamente investigado (gracias de nuevo a internet y a la erudición del Diccionario Histórico de la Traducción en España, una herramienta utilísima) podemos saber de este Amancio Peratoner que era gran admirador de Quevedo y que escribió alguna obra de teatro y, sobre todo, cultivó la literatura podríamos decir "pìcante". Cito aquí lo que el diccionario dice al respecto:

    Pero donde puso mayor empeño fue en la divulgación del género «literario–fisiológico» con tratados  en los que no oculta su verdadero nombre. A este tipo pertenecen Los peligros del amor, de la lujuria y del libertinaje (1874), inspirado en una larga lista de autores que indagan sobre la sodomía, la pederastia y la prostitución; Extravíos secretos. Onanismo solitario (masturbación) en el hombre, en la mujer (s. a.), estudio extraído especialmente de Deslandes; o el más popular de todos, El culto al falo (1875), título al que sigue la habitual referencia a las fuentes extractadas para su redacción y las consideraciones morales que vienen al caso para esquivar la censura. Cabría añadir que algunas de estas obras podrían considerarse adaptaciones sintéticas de los autores mencionados en las respectivas portadas, aunque don Amancio no considera ese detalle.

Como traductor mostró idéntica afición a lo subido de tono, traduciendo incluso una Historia de la prostitución de todos los pueblos del mundo, que se editó con ilustraciones. El Diccionario nos informa de que tradujo también obras de mayor altura literaria, como algunas de Zola, de Dumas (hijo) o de Victor Hugo. Curiosamente, no se le menciona como traductor de Flaubert. Me pregunto si la omisión no se debe a la errata del nombre: me temo que en los catálogos el autor de esta ¡¡Adúltera!! figura como Flauvert, lo que sin duda dificulta su localización.
A pesar de su dudosa fidelidad al original, a don Amancio le pertenece el mérito de haber sido quien por primera vez tradujo la inmortal obra de Flaubert/Flauvert a nuestro idioma. Es muy posible que él no fuese consciente de la importancia de este hecho. Es posible, igualmente, que quienes comprasen ese volumen, editada de forma bastante sencilla por la imprenta de José Miret en 1875, lo hiciesen movidos más por el morbo del título que por otra cosa. Pero si esperaban encontrar entre sus páginas revelaciones escabrosas dignas del autor de El culto al falo (publicado ese mismo año, no puedo evitar preguntarme si saldrían simultáneamente), acabarían decepcionados. Eso sí, habiendo leído una gran novela. 

lunes, 20 de diciembre de 2021

¿HAY QUE ORDENAR LOS LIBROS?

Disculpen que utilice una pregunta manifiestamente retórica como título de este artículo, una pregunta a la que sin duda la mayoría de mis lectores responderían con una rotunda afirmación. Como mucho, querrían saber si propongo un orden particular como más efectivo que otros. Por mi parte, aconsejo a todo aquel que posea un número considerable de libros que les de algún tipo de orden, si no desea que la tarea de localizar un volumen determinado resulte larga y complicada. Y sin embargo...

Los libros demandan cierto grado de serendipia para ser descubiertos. Los auténticos hallazgos son los que no estabas buscando, esos libros que no sabías ni que existieran y que saltan ante tus ojos desde el rincón, estante o pila más insospechados. Dice Martin Latham, que ha sido librero durante treinta y cinco años, que, igual que un poco de caos en un jardín vela por un ecosistema saludable, cierto "desorden organizado" en las librerías es saludable para el lector, porque refleja la forma en que los humanos pensamos mejor que el orden sistematizado de la biblioteca. En su librería, sigue diciendo,  "veo diariamente el anhelo humano de ocasiones para la serendipia, cuando los clientes repasan con la vista los carritos con los libros pendientes de colocar o las pilas de los que esperan ser devueltos, e incluso lanzan miradas furtivas a los pedidos de otros clientes, buscando una unión chamánica de tiempo y suerte". Me he sentido absolutamente representada. Yo también me siento inevitablemente atraída por cualquier montón de libros apilados sin ningún orden concreto y debo confesar que, en las bibliotecas, una de las primeras cosas que hago es ir al carrito donde la gente deja los libros consultados: suele depararme descubrimientos interesantes (y sí, también hay mucha morralla, pero así es el ecosistema libresco). 


En su libro -lleno de historietas y curiosidades librescas- Latham menciona el caso de una librería californiana, llamada precisamente Serendipity Books, que durante cuarenta años funcionó regida por el azar. En varios pisos, más de un millón de libros estaban dispuestos sin orden un orden determinado. Parece que su dueño, Peter Howard, famoso por su brusquedad, le dijo un día a un cliente (seguramente exasperado al no encontrar el libro que quería): "Si sabe lo que busca, vaya a una biblioteca". Creo que ahí está la clave. Una cosa son los libros que ya estaban en tu lista, de los que ya posees referencias y que quedan dentro de tu radio de interés. Para ellos se han inventado los sistemas de ordenación, la alfabetización por autores o por temática, pues este lector con un objetivo desea alcanzarlo sin dilación. Pero frente a estas lecturas previsibles están los libros que no sabes que querías leer, de autores para ti desconocidos y que versan sobre temas en los que tal vez nunca habías pensado. Estas son las lecturas realmente valiosas, las que te abren nuevos horizontes, las que hacen que las horas que has invertido en ellas valgan realmente la pena. Y estas son las que sólo el azar puede poner en tu camino. Únicamente dejándose llevar por la curiosidad, explorando áreas a priori poco prometedoras, es posible descubrirlas. Pocas cosas hay más estimulantes que husmear en bibliotecas ajenas, no importa si están o no ordenadas, porque no existen dos criterios lectores iguales. Y buena parte del atractivo de rebuscar en librerías de viejo reside en descubrir obras que no encontrarías en ninguna mesa de novedades, libros que tal vez hace cincuenta años que quedaron en el olvido (por no mencionar el encanto de las encuadernaciones antiguas, del papel amarilleado por el tiempo... pero eso sería motivo de otro artículo).  

Incluso en el entorno perfectamente ordenado de una biblioteca, ¿qué mejor aventura que darse una vuelta por esos pasillos que nunca pisas, dedicados a temas que -en teoría- no te interesan? No se me ocurriría criticar -y en esto seguramente coincidimos todos- la necesidad de que las bibliotecas públicas, cuya finalidad es en buena parte utilitaria, tengan un orden. Aunque, por más afinado que esté el sistema de ordenación, siempre habrá libros inclasificables, obras que en apariencia tratan de una cosa, pero que en realidad hablan de otras. Más de una vez me ha sorprendido toparme con obras que yo hubiese clasificado en una sección determinada, en otra muy distinta. Por poner un ejemplo -bastante burdo, me temo-, el delicioso libro de Oliver Sacks, Músicofilia, está colocado en mi biblioteca local entre un manual sobre experiencias de cuidadores de enfermos con demencia y un tratado sobre la depresión. Seguramente los bibliotecarios llevan  bastante razón y Sacks, neurólogo de profesión, habla ante todo de asuntos neurológicos. Pero, francamente, a mí me hizo reflexionar ante todo sobre la música en general, sobre qué hace que determinados sonidos nos resulten agradables y otros no. En mis estanterías, lo colocaría junto a otros tratados musicales, como La música. Una historia subversiva, de Ted Gioia, otro libro que explora territorios musicales poco conocidos. 


Por eso (y porque qué es la vida -sí, también la intelectual- sin riesgo, sin aventura), abogo por no ordenar los libros. O, más bien, por mantener como sea ciertas parcelas de caos y arbitrariedad. El orden es necesario, sí, pero del desorden a veces surgen las grandes ideas. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

LIBROS CONGELADOS


Cuando alguien habla de la destrucción de libros, suele implicar que los han quemado. Las quemas de libros han sido populares desde hace siglos entre censores y dictadores de pelajes diversos. Imagino que tendrá que ver con la idea del fuego purificador, o con la espectacularidad -desde luego, incomparable- de una buena hoguera. Sin embargo, el peor enemigo de los libros no es el fuego, ni mucho menos. A lo que más temen los editores -con sus almacenes saturados por miles de volúmenes- y los bibliotecarios no es al fuego, sino a la humedad. De hecho, quemar un libro no es tan fácil como parece. Sí, el papel arde bien, pero en forma de bloque compacto, menos; y si ese bloque está cubierto por en unas sólidas tapas de cartón, la cosa se pone aún más difícil. No les digo que lo prueben, porque destruir libros -o intentarlo- por cualquier medio está muy feo, pero creo que pueden imaginárselo. En cambio, basta una simple gotera para arruinar cientos de libros. Porque después del agua viene el moho, y eso sí que no tiene remedio. Igual que sucede con las hojas en los bosques de donde procede, el libro mojado acaba por pudrirse. Así, para los libros, más temibles que los incendios pueden ser las mangueras de los bomberos que acuden a extinguirlos. ¿Qué ocurre, entonces, si una biblioteca se quema? Les contaré la fascinante historia del incendio, y posterior reconstrucción, de la Herzogin-Anna-Amalia-Bibliothek -así de largo es el nombre- en Weimar para ilustrarlo.


Aunque la biblioteca en  cuestión fue fundada en 1681 por el duque Guillermo Ernesto de Sajonia, su actual ubicación, y la maravillosa sala rococó por la que es famosa (aparte de por su fondo bibliográfico) se deben a la duquesa Ana Amalia quien, convertida en regente a la temprana muerte de su esposo en 1758, se erigió en mecenas de las letras y las artes y, junto a su hijo Carlos Augusto, que la sucedió, transformaron a su corte de Weimar en polo de atracción de la flor y nata intelectual de la época. Todo el que era alguien entre los siglos XVIII y principios del XIX pasó por allí: Goethe, Schiller, Herder, Bach, Hegel y muchos más. Ana Amalia -gran amante de la literatura y de la música- favoreció con fondos especiales a esta biblioteca, que en 1998 fue declarada Patrimonio de la Humanidad, igual que otros edificios del Weimar clásico. 


Sin embargo, en la noche del 2 de septiembre de 2004 se produjo una catástrofe: el tejado del edificio que aloja la biblioteca se incendió y las llamas devoraron a su paso no solo la hermosa sala rococó, sino también miles de volúmenes. A pesar de los esfuerzos tanto de los bomberos como de los simples ciudadanos de Weimar (que organizaron una cadena humana para ir rescatando libros, se dice que el propio director se internó entre las llamas y salió con una valiosísima Biblia de Lutero en las manos), se calcula que unos 50.000 ejemplares y partituras antiguas se perdieron para siempre. Otros 28.000 ejemplares consiguieron salvarse y el resto, unos 62.000, presentaban daños diversos, tanto por efecto de las llamas como por el agua usada para acabar con ellas. ¿Qué hacer con varias toneladas de libros chamuscados y empapados? ¿Habría alguna esperanza de recuperarlos? De inmediato, empezó la tarea de salvar estos tesoros amenazados. Los responsables de este rescate dieron con una idea novedosa y -tal como se demostró- muy eficaz: congelar los libros. Evidentemente, con eso no basta para recuperarlos, pero ese proceso impide que el moho haga presa en ellos y los mantiene a salvo mientras esperan que les llegue el turno de ser cuidadosamente restaurados. Restauración que se viene realizando empleando técnicas sofisticadas -y desarrolladas algunas por primera vez- y que aún dura, dada la enorme cantidad de volúmenes implicados y el coste de todo ello. Quien quiera saber más al respecto, puede recurrir a este vídeo:




Por su parte, la biblioteca en sí fue reconstruida con todo el mimo posible y se reabrió el 24 de octubre de 2007 -tan solo tres años después del incendio que la destruyó- coincidiendo con el aniversario de Ana Amalia. Hoy, su aspecto es tan esplendoroso como lo fue en vida de su mecenas. (Las fotos que ilustran este artículo, tomadas in situ hace pocos días, lo demuestran). Uno de los elementos que se pudo rescatar del fuego y que ahora vuelve a ocupar su lugar en ella es un enorme busto de Goethe, inaugurado para el ochenta cumpleaños del autor, que fue durante largos años director de la biblioteca, hasta su muerte en 1832.




¿Congelar los libros como si de un filete de merluza se tratase? Pues resulta una técnica útil y no sólo para evitar los daños de la humedad, sino también para librarse de los molestos parásitos come-libros que son otra de las plagas que amenazan a los volúmenes antiguos. La Biblioteca Beinecke de libros raros, que guarda numerosos tesoros bibliográficos, la probó hace un tiempo con tanto éxito que hoy en día congela durante tres días todas sus nuevas adquisiciones, asegurándose de este modo que están libres de insectos o larvas. 
Si un día se despistan y meten su libro en el congelador en lugar de en la estantería -cosas más extrañas se han visto-, estén tranquilos: congelar los libros los preserva a las mil maravillas. 



domingo, 28 de octubre de 2018

TENER LOS LIBROS A MANO


El único inconveniente de los libros -y no estoy del todo segura de que lo sea- es que ocupan lugar. Tienen volumen y peso, "cuerpo", lo que hace que en cuanto te descuidas llenen estanterías y más estanterías. Si no los tienes sólo de adorno, es decir, si tienes por costumbre leerlos, habrás comprobado que poseen además la irritante costumbre de desparramarse por ahí y aparecer en los lugares menos previsibles, por más que te esfuerces en mantener un orden (sobre el orden de las bibliotecas se ha escrito mucho, también aquí, aunque sin llegar a ninguna conclusión definitiva). Algunos lectores -entre los que me cuento- solemos alternar además diversas lecturas al mismo tiempo, lo que hace que el desbarajuste de libros que andan de acá para allá aumente: tienes una pila de libros junto al sillón, pero el que quieres en ese momento está en el despacho; o has olvidado que el que creías haber puesto en la estantería de "libros pendientes de leer" te lo llevaste ayer para leer en la cama; cuando estás segura de tener determinada obra de un autor -recuerdas incluso en qué balda y junto a qué otros libros estaba-, resulta que en la última reordenación ese libro fue a parar a otra parte de la casa (porque, claro, tienes estanterías en todas las habitaciones, y no siempre es fácil seguirles el rastro). Así, reanudar una lectura a menudo implica diversos viajes y no poco ejercicio de memoria. Para colmo de males, el libro electrónico no ha hecho más que agravar esta confusión: al menos, los libros en papel tienen una apariencia física, dejan huella, mientras que los electrónicos son fantasmas inasibles, que moran en un difuso éter. Confieso que más de una vez me he devanado los sesos tratando de localizar un libro que estaba segura de tener, para comprobar tras mucho buscar y rebuscar que sí, en efecto era mío, pero estaba oculto en mi dispositivo electrónico. A fuer de sincera diré que, a veces, estos aparatos se me antojan más sepulturas de libros que contenedores de ellos: una vez están allí dentro, desaparecen de la faz del mundo y sólo pueden ser invocados, como espectros, mediante un acto de voluntad.

Como fantasmas entre los libros con peso y volumen, 
los libro electrónicos son etéreos

Comoquiera que sea, organizar este gran número de libros en lectura, recién leídos o a punto de serlo es todo un reto. La estantería de "libros pendientes de lectura" -que son simplemente las últimas adquisiciones que una tiene la intención de leer- es una necesidad, aunque son precisas podas periódicas para evitar que crezca con desmesura (los libros que una adquiere tienden a ser siempre muchos más que los que alcanza a leer en un plazo razonable). Lo es también la pila de la mesita de noche, así como otras pilas diversas que se van formando en lugares estratégicos de la casa (fundamentalmente, en todos aquellos sitios donde una se sienta a leer).


¿Habrá forma de racionalizar tanto trajín? Ciertas almas lectoras, sin duda afligidas por el mismo problema, parecen haber dado con una solución que me parece brillante: el carro portalibros. Sí, esos carros que están en todas las bibliotecas públicas, que permiten guardar un número importante de libros y transportarlos sin dificultad. ¿Por qué no adaptar esa idea para uso doméstico? La web Bookriot tiene algunas sugerencias al respecto, cuyo único inconveniente es que las mas bonitas, para mi gusto, son también las más onerosas. Pero ya me veo a mí misma empujando alegremente un carrito de esos por la casa, con todos los libros que están más o menos en danza por fin a mano. 



Tal vez -seguro, más bien- nunca llegue a poseer una de esas bibliotecas de ensueño, con doble piso y escaleras móviles, pero ¿por qué no aspirar a un carrito portalibros? Si no garantiza que logre tener los libros a mano, ¡siempre puedo usarlo como un lugar más donde almacenarlos!

sábado, 25 de agosto de 2018

CÓMO NO ARRUINARSE COMPRANDO LIBROS

Soy consciente de que a muchos de los seguidores de este blog este artículo  les resultará superfluo. La mayoría son tan adictos a la lectura que, o bien no les importa en absoluto dedicar buena parte de su presupuesto a adquirir libros, o bien -como yo- hace tiempo que han desarrollado, por pura necesidad (¿hay algún verdadero lector que pueda vivir sin nutrirse constantemente de nuevas lecturas?), las estrategias que les expongo a continuación para que la incesante adquisición de libros no les suponga una sangría económica. Sin embargo, una y otra vez me encuentro con personas que dicen no comprar libros por lo caro que resulta, o que me piden consejo acerca de cómo hacerse con ellos a buen precio. (A modo de acotación diré que me sigue alucinando cómo algunos conocidos míos de amplios posibles, que no pestañean cuando han de rascarse el bolsillo para comprar cualquier chuchería, no se lo piensan ni un minuto cuando se trata pedirme en préstamo un ejemplar de El Lazarillo de Tormes u otro clásico que les haya caído en suerte a sus hijos comentar en el colegio. ¡Dios les libre de gastarse diez euros -o menos- en alguna de las numerosas ediciones escolares que abundan de estas obras!)  Aunque debo insistir en que los libros no son caros -piensen únicamente en lo que cuesta salir de copas una noche-, también es cierto que los bibliómanos, de no andar con cuidado, corremos el serio peligro de encontrarnos sin fondos cada vez que visitamos una librería. Si el precio de los libros les hace sufrir, no hay motivo para que cunda el pánico, existen muchas maneras de leer sin arruinarse. Aquí van algunas:

El método principal y el mejor, porque sale gratis: la biblioteca pública. Por suerte, hoy en día -al menos en España, en especial en las ciudades grandes o medianas- disfrutamos de una amplia red de bibliotecas. Aún hoy, cada vez que visito una me parece un milagro tener tantos miles de libros a mi absoluta disposición y sin necesidad de desembolsar ni un céntimo. Las bibliotecas son -y no es extraño- uno de los equipamientos públicos mejor valorados por sus usuarios. Por si esto fuera poco -aparte de la absoluta maravilla de poder tomar prestados libros, cómics y música, de disponer de un espacio cómodo y climatizado para sumergirse durante horas en la lectura, de las decenas de actividades culturales que organizan- es que su oferta no se limita a los libros que exhiben sus estanterías: sepan que es posible pedir casi cualquier libro de otras bibliotecas, lo que amplía enormemente el catálogo a nuestra disposición, y que te lo traen en pocos días (pagando, sólo a veces, un precio simbólico).  Hay gente -ves a saber por qué extraña inhibición- a la que aún le cuesta un esfuerzo entrar en una biblioteca. Adelante, no me sean tímidos, úsenlas y disfruten. Ya nunca más tendrán excusa para decir que no leen porque van mal de dinero. Las bibliotecas, como dice Borges, son lo más parecido a la idea del paraíso.


Biblioteca Jaume Fuster, Barcelona (Foto J. Casañas)

Ahora bien, si son ustedes de los que no se conforman con tomar el libro en préstamo y prefieren poseer el ejemplar que leen, la solución perfecta para bolsillos menguados son las librerías de segunda mano. Las hay de diversos tipos; por un lado, están las librerías de viejo clásicas, las que son como cuevas de Aladino, llenas hasta los topes de estanterías rebosantes. De estas ya van quedando menos, pero aún hay suficientes como para encontrar abundante material de lectura.  En Barcelona -el ejemplo que tengo más a mano- subsisten algunas de las históricas de la calle Aribau, como la Maldá o la Studio. También se pueden conseguir libros a precio de ganga los domingos por la mañana en el Mercat de Sant Antoni (vale la pena visitarlo ahora que acaban de remodelarlo). En Madrid, están las famosas -y casi centenarias- casetas de la Cuesta de Moyano, por las siempre es provechoso darse una vuelta. Y no me cabe la menor duda de que casi cualquier ciudad de cierto tamaño cuenta con alguno de estos útiles establecimientos. Sólo hace falta paciencia para buscar y rebuscar. 



Pero, además de estos lugares emblemáticos, hemos podido asistir en los últimos tiempos al surgimiento de librerías de segunda mano "de nueva generación": bien iluminadas, con estanterías bien rotuladas y ordenadas, y libros marcados a precios fijos (lo que ayuda a controlar el presupuesto). Me refiero, sobre todo, a la cadena Re-read, presente en varias ciudades de la península. Dentro del universo del libro de ocasión existen asimismo otras modalidades, como las de Llibre solidari o Aida Books, cuyos fondos proceden en su mayoría de donaciones desinteresadas y lo que recaudan se destina a iniciativas solidarias. (Casi en el último eslabón de esta cadena, aunque con una oferta muy aleatoria y menguada, es posible recurrir a los Puntos verdes, donde a menudo instalan pequeñas librerías con los libros que la gente ha llevado allí para tirar y uno puede llevarse gratis.)  Para los que deseen aunar lectura con intercambio y -por qué no- un cierto aroma aventurero, está la alternativa del Bookcrossing: se trata de hacerse con uno de los libros que los participantes "liberan" (en todo tipo de lugares, desde bibliotecas a charcuterías). Eso sí, la gracia está en liberarlo de nuevo una vez leído, para que otros puedan beneficiarse a su vez de su lectura.




Si en lugar de andar husmeando por estanterías -placer bastante irresistible, diría yo, pero esto va a gustos- son ustedes más de quedarse en casa esperando que les llueva del cielo la lectura adecuada, sepan que a estas alturas muchas de las librerías de segunda mano tienen su propia web, desde donde es posible consultar y adquirir libros sin moverse del sillón. Aunque si de comprar por internet se trata, la web que se lleva la palma en cuanto a libros es Iberlibro.  Su gigantesca base de datos -que conecta las de cientos de librerías tanto españolas como extranjeras- permite encontrar casi cualquier cosa que uno busque. Ideal, por lo tanto, para dar con aquel título descatalogado o ese otro que uno leyó muchos años atrás y aún recuerda con nostalgia. El servicio suele ser muy bueno pero, para evitar chascos, un par de consejos: antes de darle al "comprar" fíjense bien en los gastos de envío, que pueden subir bastante si el libro procede de allende los mares, por ejemplo; y conviene estar atentos también a la puntuación que la librería vendedora ha recibido de otros compradores (en forma de estrellitas, como es habitual).  Puedo dar fe de que llevo años comprando por este sistema a plena satisfacción.
Si alguien se atreve a decirles que leer es un vicio caro, aquí tienen argumentos para desmontárselo. Verán cómo, por el precio de un par de cañas, pueden hacerse con muchas horas de grata lectura. Sin arruinarse. 

lunes, 26 de febrero de 2018

BIBLIOMEMORIAS


Se diría que en esta era de selfies y de airear las intimidades en las redes sociales, el escritor cada vez tiene menos inconveniente en revelarse ante sus lectores. Desde hace ya unos cuantos años el yo del autor va colonizando todos los géneros. Está claro: la autoficción ha llegado para quedarse. Novelas y relatos de grandes ventas como los de Rachel Cusk, Karl Ove Knausgard o Lucia Berlin se mueven en este territorio. Más cerca de nosotros, las obras de Javier Cercas tienen a menudo un innegable contenido autobiográfico. Los libros de viajes, por supuesto, ya llevaban incluida la experiencia del autor desde el principio, pero es que ahora hasta las biografías tienden a mezclar alegremente la vida del biografiado con los avatares del biógrafo mientras anda empeñado en investigar a su sujeto. Y no es que tenga nada en contra: el resultado es a veces espléndido, como demuestra Richard Holmes en su maravilloso Huellas. Tras los pasos de los románticos, o el Limónov de  Emmanuel Carrère.  Era inevitable, pues, que esta tendencia llegase también a los libros sobre libros. En tiempos pasados, el que quería dejar huella de sus lecturas hacía una reseña; si se trataba de un crítico o un novelista de cierto peso, estos artículos se reunían a veces en un volumen. La distancia con la que el reseñista trata los libros es desde luego variable: desde los que intentan emitir una opinión lo más objetiva y fundamentada posible hasta los que incluyen reflexiones personales. Pero un volumen de reseñas es una cosa y las bibliomemorias, otra distinta. Permítanme que tome prestada la definición de este género que hizo Joan Didion (otra insigne cultivadora de la autoficción) en un artículo publicado en 2014. Según ella, la bibliomemoria vendría a ser “una subespecie de literatura que combina la crítica y la biografía con el tono íntimo y confesional de la autobiografía". En los útlimos tiempos, los anglosajones, que nunca han tenido demasiado empacho en desnudar su vida privada en público (tradicionalmente, los autores meridionales han sido menos proclives a dejar memorias, diarios o autobiografías) se han lanzado a esta nueva modalidad literaria que, para deleite de los aficionados a los libros, explora la relación simbiótica entre vida y lectura.


Así pues, en las librerías empiezan a abundar obras que hablan de lecturas, de cómo los autores han las han percibido y de cómo esos libros se han entremezclado con su vida. Tal como dice Alberto Manguel en Mientras embalo mi biblioteca, "Mi biblioteca constituye una especie de autobiografía con múltiples niveles, en la que cada libro conserva el momento en que lo leí por primera vez".  A veces estas bibliomemorias surgen de un incidente particular en la vida  de uno, como pueda ser el tener que trasladar la biblioteca, o una enfermedad (propia o ajena; Will Schwalbe, en The End of Your Life Bookclub, detalla cómo leer libros juntos le acercó a su madre durante su enfermedad terminal). En otras ocasiones, surge de algún tipo de reto personal: The Year of Reading Proust, de Phyllis Rose (que también es una insigne biógrafa) da cuenta del año que pasó leyendo el ciclo proustiano, y de lo que esta lectura le aportó; por su parte, Rebecca Mead, con My Life in Middlemarch, toma la obra de George Eliot (y su obsesión con ella) como centro de su libro. O, curiosamente, de una catástrofe libresca: tras un divorcio, Rick Gekoski se encontró con que su biblioteca se quedaba en casa de su exmujer (que, por supuesto, no tenía intención de dejarle recuperar ninguno de los volúmenes). Pero, como reflexiona en Outside of a Dog: A Bibliomemoir, e dio cuenta de que los libros físicos no eran imprescindibles, pues "soy inconcebible sin mis libros. No me los pueden quitar, están dentro de mí, son lo que soy". Así que dedica esta bibliomemoria a contarnos qué libros han hecho de él la persona que hoy es y cómo lo han hecho.




Me viene a veces a la cabeza este género cuando observo los retos de lectura que proponen algunos blogs. Francamente, no siento demasiado interés por saber quién ha alcanzado la meta fijada en el reto, me gustaría mucho más conocer cómo esas lecturas han condicionado su vida. Pues es innegable que leer nos cambia.  
Sospecho que la fascinación que me producen las bibliomemorias es análoga a la curiosidad que siento cuando veo a alguien leyendo en el metro, o al impulso que me lleva, cuando entro en una casa desconocida, a husmear en su biblioteca. Si las lecturas nos forman -de eso no tenemos la más mínima duda-, saber qué libros ha leído una persona es un gran paso para empezar a conocerla. Y las bibliomemorias subrayan otra verdad incontestable: cada lector hace suyo el libro a su modo. Esas páginas impresas, siempre iguales mientras están cerradas, adquieren una nueva identidad con cada nuevo lector. Larga vida, pues, a las bibliomemorias. Ahora solo falta que lleguen al mercado en español, ya sea porque los editores se decidan a traducir alguna de las muchas que abundan en otros territorios, o porque los autores locales se lancen a escribirlas. ¿A qué esperan, bibliomemorialistas?

viernes, 12 de enero de 2018

LA BELLEZA HECHA LIBRO: FRANCESCO GRIFFO


El patio de la antigua Universidad, el Archiginnasio de Bolonia

Los libros no son solo lo que el autor nos cuenta, el significado que extraemos de sus palabras, sino que poseen también una parte visual, formal, estética, igualmente importante. Cualquier amante de la lectura sabe que un libro compuesto en una tipografía clara, legible, con espacios que permiten que el texto "respire", sobre un papel agradable a la vista y al tacto es un verdadero regalo, mientras que ese mismo texto, presentado en una letra abigarrada, apelotonado y sobre un papel rasposo da ganas de estrellar el libro contra la pared más próxima. Llevados por la corriente de la lectura, solemos prestar poca atención a aspectos como la tipografía o la distribución en la página. Sin embargo, hay libros que son verdaderas obras de arte, cuya mera contemplación -no importa de qué hablen sus paginas, ni si somos siquiera capaces de entenderlas- produce en el espectador una emoción comparable a la de un fresco de Botticelli.  
Viene todo esto a cuento de que esta lectora estuvo hace unos días en la muy ilustre ciudad de Bolonia, en Italia, que como sabrán es cuna de una antigua y prestigiosa Universidad, en la que han estudiado infinidad de personajes ilustres. Una de las visitas obligadas era, por supuesto, a la primitiva sede de dicha universidad, el llamado Archiginnasio, hoy convertido en biblioteca y sede de actos culturales.





Me hubiese conformado sobradamente con contemplar el bello edificio y las huellas de sus antiguos ocupantes, así como las hermosas salas de la biblioteca y del teatro anatómico. No obstante, me esperaba una sorpresa que se convirtió en lo mejor del viaje: una exposición sobre Francesco Griffo. No se crean, yo tampoco tenía idea de quién era este personaje. Los paneles informativos que la acompañaban me ilustraron oportunamente al respecto pero, sobre todo, quedé maravillada por los libros que se ofrecían a la vista de los indignos visitantes.  ¿Imaginan la emoción que se siente al tener al alcance a la mano eso sí, separados por el cristal de una vitrina, una Poética de Aristóteles o un Cancionero de Petrarca impresos hace quinientos años por uno de los primeros -y uno de los mejores, si no el mejor- editores europeos? No exagero si les digo que por un momento me sentí al borde de las lágrimas. Pocas veces nos es dado a los simples mortales acercarnos a libros de esta importancia histórica. Pero lo que de verdad me dejó sin palabras fue la belleza de las (desgraciadamente pocas) páginas que se mostraban. Obras de arte. Lamentablemente las fotos que pude hacer son malas y no les hacen justicia (aquí se pueden hojear online unas cuantas, vale la pena).


La Hypnerotomachia Poliphili, considerado el más bello libro ilustrado del Renacimiento.

Francesco Griffo (1450-1518), nacido en Bolonia, donde obtuvo merecida fama como orfebre y como tallador de punzones para imprenta, fue requerido por Aldo Manuzio (c. 1450-1515), el más famoso editor italiano de todos los tiempos, para trasladarse a Venecia a trabajar con él. A partir de 1494, Manuzio, que entonces contaba más de cuarenta años, decidió abandonar su carrera de maestro y preceptor para iniciar la carrera de estampador y editor, dedicándose al principio casi exclusivamente a publicar textos griegos que hasta entonces nunca se habían editado en su lengua original. Griffo investigó manuscritos precarolingios para conseguir un tipo romano más auténtico y más refinado, que se ha bautizado como Bembo. Se convirtió así en el primer tipógrafo moderno, en el sentido que diseñó los tipos para ser utilizados en una moderna imprenta mecánica y no para ser usadas en la escritura manual.


La Bembo, un tipo de letra de una elegancia sin par


Griffo, grabando los punzones para centenares de caracteres tipográficos diversos, consiguió reproducir todas las variantes de la escritura cursiva griega empleada por los copistas de aquella época, prestándole de este modo al libro impreso el aspecto de un manuscrito, como en la monumental edición en cinco volúmenes en folio de la Opera omnia de Aristoteles, impresos entre 1494 y 1498.




Entre finales de 1500 y principios de 1501, Francesco Griffo participó como protagonista en la empresa que señalaría una doble innovación en la actividad tipográfica de Manuzio: libros de pequeño formato (en octavo), impresos en letra “cursiva”. Se proyectó una línea editorial del todo novedosa por sus caracteres en cursiva, nunca utilizados hasta entonces, diseñados por Griffo a imitación de la escritura cancilleresca. Esta cursiva se empleó para libros de pequeño formato, muy manejables, llamados enchiridia (que se pueden sostener con una mano), destinados a textos poéticos y en prosa de autores clásicos y latinos y en lengua vulgar.


El Cancionero de Petrarca, uno de los hermosos enchiridia de Manuzio/Griffo
Por si fuera poco, este ejemplar está dedicado a Cesare Borgia. ¡Pura emoción!


Estas ediciones se dirigían a un sector del público hasta entonces descuidado, los que leían por entretenimiento: hombre y mujeres cultos, nobles y burgueses, cortesanos, viajeros, que así podían disfrutar en cualquier momento de la jornada de la lectura de libros fácilmente manejables y transportables, bellos por su grafía y por la calidad del papel, desprovistos de comentarios, pero muy cuidados desde el punto de vista filológico. Estos enchiridia se convirtieron enseguida en un producto muy buscado. El éxito de esta operación editorial se evidencia tanto en las numerosas ediciones piratas que surgieron, como en que en numerosos retratos contemporáneos los personaje se hacen retratar con uno de estos pequeños libros en la mano.
Sin embargo, Manuzio y Griffo comenzaron a tener diferencias y se dice que incluso llegaron al enfrentamiento físico (Griffo, al parecer, consideraba que Manuzio no hacía suficiente aprecio de su trabajo). A la muerte de Manuzio, en 1516, Griffo regresó a su Bolonia natal, donde se estableció como impresor. Sin embargo, en 1518 tuvo un altercado violento con su yerno, a quien se dice que golpeó con una barra de hierro, causándole la muerte. A partir de ahí, se pierde el rastro de Griffo. Algunos dicen que fue apresado y ejecutado por este crimen. Otros, que huyó de Bolonia sin dejar rastro. En cualquier caso, lo que sí dejó fue un legado inmortal.
Viajar para aprender.




sábado, 14 de enero de 2017

CURIOSOS HALLAZGOS EN LA BIBLIOTECA


Sucede a veces que uno se deja cosas dentro de los libros. Yo, hasta ahora, por "cosas" entendía lo que más o menos se están figurando, normalmente aquellos elementos que hemos usado como puntos de libro a falta de algo mejor -billetes de metro, tarjetas de visita, postales, fotos...), o bien  (posibilidad mucho más sugerente) algún documento que uno ha querido esconder a ojos ajenos, como una carta de amor comprometedora, ese poema tonto que escribió una vez y que, releído, le sumió en la más absoluta vergüenza (pero no tuvo el valor de romper), una nota con la combinación de la caja fuerte... Hay gente incluso que guarda fajos de billetes en algún grueso volumen. (Esto último sólo lo recomiendo si se dispone de una biblioteca decididamente vasta, porque no hay ladrón con paciencia para abrir más de 5.000 volúmenes; claro que si se opta por esta solución como alternativa al congelador -me dicen que últimamente a la gente le ha dado por ahí, personalmente a mí no me va mucho lo de recuperar los billetes de banco con olor a palitos de merluza- también conviene tener buena memoria y recordar dónde se ha guardado, o la broma puede salirle cara.) Todo esto está muy bien cuando los libros son los de la propia biblioteca, pero resulta que muchas personas tienen la costumbre de dejarse cosas también en los libros que alquilan en la biblioteca. ¿A quién no le ha ocurrido encontrar en ellos algún legado del lector que le ha precedido? En mi caso al menos, estos hallazgos siempre han sido triviales: una entrada de cine, una lista de la compra, un abono de metro (caducado, por supuesto). Fruslerías. Sin embargo, parece que los profesionales, es decir, los bibliotecarios, encuentran objetos mucho más diversos. Esto lo sé gracias a una encuesta llevada a cabo por la revista Tin House con motivo de la próxima publicación de una novela cuya trama precisamente va de una esposa que le escribe cartas a su marido y luego las esconde en los libros de su biblioteca (no he tenido el gusto de leerla, pero me da cierta mala espina, ¿es que a esta señora no se le había ocurrido la posibilidad de hablar con su marido? ¿o acaso esperaba que el marido tuviese poderes paranormales y acertase en qué libro escondía las cartas?). En fin, decía que estos señores les han preguntado a una serie de bibliotecarios qué era lo más raro que se habían encontrado dentro de un libro y las respuestas son sorprendentes y, según como se mire, preocupantes. Lo que más me ha llamado la atención, porque nunca se me hubiese ocurrido, es la frecuencia con que mencionan cosas de comer: rodajas de mortadela, lonchas de bacon, patatas fritas, galletas, ¡una gamba cocida! o, incluso:

Un taco mejicano, perfectamente conservado y prensado, como si fuese una flor, en el centro de un libro. Era tan delgado que era imposible saber que estaba ahí sin abrir el libro.  (respuesta de una bibliotecaria de Bartow County, Georgia)
Digo yo que el taco estaría tan estupendamente conservado, pero el libro debía de haber sufrido lo suyo en el proceso.



La verdad, ni cuando era una niña se me pasó por la cabeza la posibilidad de emplear el relleno de mi bocadillo como punto de libro. ¿Y no sería preferible comerse la patata frita que usarla para recordar el capítulo en que dejaste la lectura? (Respuesta: si era una de esas patatas de comida rápida, blanduchas y con sabor a grasa mala, tal vez no.) En cuanto a la gamba, eso sí escapa totalmente de mi comprensión.

Del resto de respuestas, hay que destacar también una divertida anécdota del hallazgo de un billete de cien dólares dentro de un libro. Cuando la bibliotecaria llamó a casa de la última persona que lo había tomado prestado, una mujer, limitándose a preguntar si "tal vez se había dejado algo en un libro", el marido (que es quien respondió al teléfono) contestó enseguida: "¿Otra vez ha estado usando billetes como puntos de libro?". Si para esta señora se había convertido en costumbre, las lecturas debían de salirle bastante caras.

Aunque también hay lectores concienzudos, como el de una biblioteca canadiense que devolvió un libro con treinta años de retraso, pero con una amable nota de disculpa en su interior y varios billetes para pagar la multa correspondiente al tiempo transcurrido.


Sea como fuere, a partir de ahora, prometo que seré muy cauta al abrir cualquier libro que proceda de la biblioteca. Quién sabe lo que puede acechar en su interior.

(Animo a los bibliotecarios que se pasen por aquí a dejar constancia de sus experiencias en esto de los hallazgos dentro de libros. Estoy segura de que tendrán más de una anécdota que contar.)


viernes, 18 de noviembre de 2016

DORMIR ENTRE LIBROS

 
Dudo que haya algún bibliómano al que no le guste dormir rodeado de libros. Están, por supuesto, los amontonados en la mesita de noche -unas pilas que pueden llegar a convertirse en verdaderos Everest. (Aprovecho para mencionar que siempre pongo mala nota a los hoteles en cuya mesita de noche a duras penas cabe un libro. Señores hoteleros, deberían pensar en la gente que lee en la cama.) Ciertamente, hay dormitorios enanos, en los que no cabe una estantería, y también hay quien prefiere el look minimalista y las habitaciones que parecen un monasterio zen, pero si uno tiene -como me pasa a mí- la casa llena de libros, es inevitable que también el dormitorio tenga su librería en cualquier cacho de pared que quede libre.
Una de las razones por las que, Brexit o no Brexit, el Reino Unido va a seguir siendo uno de mis destinos favoritos es porque  -más que ningún otro país que yo conozca- entienden bien esta necesidad bibliómana de rodearse de libros en todas las situaciones posibles. Recientemente, he descubierto unos cuantos lugares que me temo requerirán una nueva visita a ese bendito país. (Y gracias ante todo a Slightly Foxed, que me puso sobre la pista.) Lugares que combinan alojamiento y biblioteca para mayor deleite de sus huéspedes. El primero es la Gladstone Library. Recordarán ustedes a William Gladstone, eminente político inglés del siglo XIX, que fue en cuatro ocasiones Primer Ministro. La reina Victoria -con quien siempre tuvo malas relaciones- le creía loco, aunque tal vez se debía a que era un gran lector. En sus 88 años de vida llegó a leer unos 20.000 libros (lo sabemos porque los anotaba en su diario) y solía pasar horas reordenando su enorme biblioteca, que llegó a albergar 30.000 ejemplares. Consciente de la importancia de acercar la lectura a todo el mundo, hacia el final de su vida Gladstone constituyó una fundación que se haría cargo de su biblioteca y la abriría al público, en especial a las personas que no disponían de medios para acceder a la cultura. Desde el principio, pues, fue una "biblioteca residencial", que acogía a estudiantes y académicos que deseaban consultar sus fondos. Hoy, modernizada y con sus instalaciones puestas al día, es también un confortable hotelito, que tiene el no desdeñable añadido de ofrecer a sus huéspedes una impresionante biblioteca con más de 250.000 ejemplares a su disposición, aunque ellos se definen en su web como "a funny little library in North Wales". La afición británica por el "understatement", sin duda.  Nos informan también de que ofrecen descuentos "para el clero y los estudiantes". Es lo que faltaba para sentirme transportada a una novela de Anthony Trollope


El edificio que alberga la biblioteca

Por muy apetecible que resulte explorar el norte de Gales, lo cierto es que el destino más frecuente, y obvio, cuando se viaja al Reino Unido es su capital. Si uno desea evitar la impersonalidad de los hoteles y al mismo tiempo aprecia los servicios que tal vez no encuentre en una habitación de Airb&b, Londres ofrece la opción de los clubs privados. El que probablemente sea el más nuevo entre ellos se llama Library y está situado en Covent Garden, en el meollo del territorio teatral londinense. Haciendo honor a su nombre, combina las comodidades de un club tradicional con eventos culturales y librescos. Pero, a juzgar por su web, me temo que requiere que sus miembros no sólo sean librescos, sino que deben tener el bolsillo (muy) bien provisto.  Todo muy chic y cool, para mi gusto. Si se prefiere una opción con más solera, recomiendo hacerse socio del University Women's Club, una joya situada en pleno Mayfair. Su biblioteca, además de bien nutrida, es preciosa, igual que sus salones.



No es exactamente dormir rodeado de libros, pero sí con una biblioteca a dos pasos de tu habitación, lo que resulta muy reconfortante. ¡Y un avance notable respecto a cualquier hotel, donde como mucho encuentras una Biblia en la mesita de noche y una máquina expendedora de refrescos en el hall!
La última de las recomendaciones de Slightly Foxed no implica alojamiento, pero es muy, muy libresca. Se trata de la London Library. Tal vez no sea tan famosa como la British Library, pero no le va a la zaga. Fundada en 1841, ofrece 15 millas de estanterías abiertas al público, aparte de un fondo con más de un millón de referencias. Además de cómodas salas para leer y escribir sin ser molestado (¿quizás incluso dar una cabezadita?).


London Library (foto Philip Vile)


Esta biblioteca cuenta entre sus fondos con algunas joyas que le ponen a una los dientes largos. Sin ir más lejos, una primera edición (1850) de David Copperfield, así de bonita:



Su única desventaja: el acceso no es gratuito, se requiere ser socio para disfrutar de estas maravillas.
Consolémonos: dormir, y soñar, no cuesta nada.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LIBROS QUE PIENSO LEER ALGÚN DÍA (TAL VEZ MUY LEJANO)

 
Los japoneses tienen un término específico, tsundoku, para designar la compra de libros que no vas a leer (la lengua japonesa, al parecer, es capaz de acuñar palabras para designar estados o condiciones que nosotros los occidentales ni imaginamos, como hikikomori, esos chicos que se encierran en su habitación, prescindiendo de todo contacto con el exterior). Sin embargo -tal vez por mi desconocimiento del japonés- a mí me parece más sugerente en este caso una expresión propuesta por Juan Tallón en uno de sus brillantes artículos: "el pasillo de la muerte": 
"Algunos los compraste tal vez con los ojos, siguiendo un impulso precipitado y caprichoso, o quizá realmente ansioso por leerlos, pero entremedias sucedió algo imprevisto, o no pasó nada, y ese fue el problema, y el libro quedó flotando en una especie de espacio exterior, lejísimos, libre de gravedad, buscando un cuerpo con el que chocar.
Juntos, muy distintos unos de otros, todos esos ejemplares conviven en el pasillo de la muerte, por llamarlo así. Los volúmenes no dialogan entre sí. Tampoco se relacionan apenas con su dueño, que hace mucho tiempo que dejó de reparar en ellos. Solo de vez en cuando, casi por accidente, se queda mirando algún título, y se dice "esto tendría que leerlo un día", o peor, "debería deshacerme de esta porquería". Pero va posponiendo sus promesas, como todo en la vida."
Todos los bibliómanos tenemos algún "pasillo de la muerte" en nuestra biblioteca, aunque quizás no adopte  esa forma tan poética, a lo mejor es sólo una estantería, una pila o un rincón (bien pensado, "rincón de la muerte" suena también bastante atractivo). Yo distingo entre aquellos libros que compro con el propósito de leerlos, pero que por cualquier motivo permanecen criando polvo en la pila de pendientes durante meses y meses, hasta que algún día acabo por reconocer que no, no los voy a leer en el futuro próximo (ni siendo muy generosa con la distancia que me separa de ese futuro), y aquellos que compro porque siento que he de tenerlos: una nueva edición o traducción de un clásico imprescindible que ya conozco, una obra de esas que "deberías haber leído ya" y que conviene no tener muy lejos por si de repente te ves fulminada por una enfermedad que te impide trabajar o moverte, pero no leer y leer sin descanso (a estas alturas de mi vida, empiezo a sospechar que esas enfermedades no existen; siempre que algo me ha postrado en la cama, el dolor o la fiebre han hecho inviable tan idílico plan).
 
 
 
 
Al final, los libros de ambas categorías acaban un día u otro archivados en la biblioteca general, donde comparten estantería con otros congéneres más afortunados que sí han sido leídos. Así pues, no dispongo de ningún "pasillo de la muerte", aunque la idea está empezando a gustarme. Me evitaría la leve sensación de incomodidad que experimento cuando paso la mirada por las paredes tapizadas de libros de mi biblioteca, esos reproches que parecen salir, como dardos, de unos lomos que -al contrario que sus compañeros- no me evocan ningún recuerdo. Señales de vida, recordatorios de todos los mundos de ficción que aguardan allí agazapados a que me decida a abrirlos. A medida que voy recorriendo con la vista los autores y títulos, cada uno de aquellos volúmenes adquiere un tinte emocional propio: libros que me emocionaron, libros que me dejaron indiferente, libros que detesté (me pregunto por qué no me he deshecho aún de ellos), libros que he releído una y otra vez, libros que apenas son un vago recuerdo, libros que no puedo recordar cómo acaban, libros que contienen personajes inolvidables (casi los veo salir de las páginas)... y, cada tanto, un lomo que no me dice nada, enigmático, frío, cerrado. 
 
 
¿Sería mejor eliminar estos convidados de piedra y desterrarlos a alguna región oscura desde la que no pudiesen lanzarme sus maleficios? ¿O estoy siendo injusta y sólo me piden, pobrecillos, una oportunidad? Tranquilos, les digo, ya os llegará vuestra hora. Sólo tenéis que esforzaros un poco, abombar vuestro lomo para que sobresalga entre el resto, hacer que vuestro título brille tentadoramente, lanzar irresistibles cantos de sirena que atraigan mi atención la próxima ocasión que ande por ahí a la caza de lecturas.
No sé, en verdad, si alguna vez llegaré a leer todos esos volúmenes que ahora me miran, con muda desaprobación, desde mi biblioteca. Pero, como dice Alberto Manguel, "no tengo sentimientos de culpabilidad respecto de los libros que no he leído aún y que quizás no lea nunca; sé que mis libros tienen una paciencia ilimitada y me esperarán hasta el fin de mis días".