John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

lunes, 8 de octubre de 2018

LOS ESCRITORES Y LA MUERTE


Tal vez sea que -por fin- ha llegado el otoño y con él se barrunta cercano el día de Difuntos, de tantas resonancias literarias. O tal vez simplemente se deba a que hace pocos días leí un artículo en el que se mencionaba la trágica muerte de J. G. Farrell, un autor británico hoy injustamente olvidado (como verán, sigo con mis incursiones en la revista Slightly Foxed, una mina de hallazgos para estas cosas), lo que me ha hecho pensar en otros escritores que encontraron un final inusual. Todos morimos, eso es inevitable, pero se diría que la muerte impresiona más si se produce de determinada manera, como si lo esencial no fuese que, sea como sea, uno deja de existir. Sin duda cada día se producen en el mundo muertes por causas inauditas, absurdas incluso. No obstante, hay que reconocer que hay algo de justicia poética en que un escritor, que pertenece a un gremio dedicado -en parte, al menos- a idear muertes ajenas, tenga una muerte digna de una novela. Recapitulando, me viene a la memoria unos cuantos.

Empecemos por el propio Farrell, que salió de su casa en el oeste de la costa de Irlanda un día de agosto de 1979, en un momento de su vida en que había declarado ser feliz tras varios años de sufrir adversidades, dispuesto a pescar desde su roca favorita. Allí fue arrastrado por una enorme ola, preludio de una tormenta que en los días siguientes hundiría varios barcos. Su cuerpo no se encontró hasta un mes después. Un trágico episodio que recuerda a otro ahogado ilustre anterior en varias décadas, el poeta Percy Bysshe Shelley, que pereció cuando una inesperada tormenta hundió su barco mientras atravesaba el golfo de La Spezia. En el más puro estilo romántico, la tragedia parece haber rodeado a Shelley y su entorno, pues su hijo mayor (fruto de su matrimonio con Harriet, quien a su vez había suicidado), murió fulminado por un rayo en 1826.

El funeral de Shelley, por Louis Édouard Fournier

Los fenómenos atmosféricos fueron también los responsables de la muerte del escritor austrohúngaro  Ödön von Hórvath, cuyo fallecimiento es posiblemente uno de los peores casos de mala suerte que conozco: exiliado en París, una noche de junio una terrible tormenta le pilló en la calle; von Hórvath se refugió bajo un árbol en los Campos Elíseos, con tan mala fortuna que éste, alcanzado por un rayo, se partió y le cayó encima, causándole la muerte. 

Aunque, ¿por qué conformarse con una simple tormenta, si uno puede sucumbir ante la violencia de un volcán? Es lo que le sucedió a Plinio el Viejo, que murió a causa de la erupción del Vesubio, se cree que asfixiado por los gases. Según cuentan -poseemos el testimonio de su sobrino Plinio el Joven-,  a pesar de que se hallaba a bordo de un barco y podía haber escapado, se empeñó en acercarse a la costa para contemplar más de cerca ese fenómeno -no en vano era autor de una monumental Historia Natural - y para intentar socorrer a sus amigos. 

Y luego, cómo no, están las muertes misteriosas, esas que no se sabe si sucedieron o no. En torno a la de Christopher Marlowe, el brillante pero pendenciero dramaturgo contemporáneo de Shakespeare, que se dice falleció en 1593 de una puñalada en el ojo durante una pelea, se ha fabricado toda una leyenda, que dice que su muerte fue fingida, un simple subterfugio para eludir la persecución de la justicia. La teoría más ingeniosa que recuerdo al respecto es la que sostiene Jim Jarmusch en su película Sólo los amantes sobreviven. Prefiero no desvelar en qué consiste, sólo les diré que es una película que todo amante de la literatura debería ver, así que si aún no lo han hecho, ¿a qué esperan?
De Pushkin, que murió a consecuencia de las heridas recibidas en un duelo, solo podemos decir que en cierto modo se lo buscó. Aunque se dice -posiblemente para incrementar el aura heroica del personaje- que le había manipulado el arma para que no pudiera defenderse.

Todas estas muertes, al fin, tienen un sesgo trágico que les da cierta dignidad. Pero, ¿y lo triste que resulta pasar al otro mundo por un accidente banal? Son esas cosas que pueden arruinar fácilmente la reputación de un escritor. Así, sus adeptos prefieren decir que Tennessee Williams falleció por una sobredosis de barbitúricos -es cierto que hacía generoso uso de ellos- antes que admitir lo que decía el
informe forense: que se atragantó con el tapón de un medicamente que sin duda abrió con los dientes. O la muerte, notablemente poco poética, del poeta sueco Dan Andersson, que murió intoxicado en un hotel de Estocolmo, envenenado por el producto contra las chinches que la empresa había utilizado sin tomar las debidas medidas de precaución. Seguro que cualquiera de ellos habría sido capaz de imaginar una muerte mucho más honrosa en cualquiera de sus obras.

1 comentario:

  1. Qué mala suerte tiene alguna gente (pienso en Percy Bysshe Shelley) aunque muchos fueron a por ella, supongo que en ese momento no lo pensaron y, sin proponérselo, nos dejan anécdotas mortuorias tan curiosas.
    Un abrazo.

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