John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

jueves, 9 de septiembre de 2010

UN CASO DE MALA SUERTE

Entre los escritores cenizos, uno de los que se lleva la palma es Ödön von Horváth. Von Horváth nació en 1901 en el imperio austrohúngaro, en Fiume (una ciudad que hoy se llama Rijeka y pertenece a Croacia, cosas de la Historia), hijo de un diplomático y se educó en Budapest y Viena, pasando luego a vivir entre Berlin y Murnau (un pueblo bávaro donde su padres poseían una casa). Desde muy joven se dedicó a escribir y destacó por sus ideas más bien izquierdistas. En alguna de sus primeras obras, en 1929, ya avisaba del peligro que suponía el Partido Nacionalsocialista y llegó a declarar en un juicio contra un miembro de este partido. Cuando Hitler llegó al poder en 1933, las SA "registraron" (destrozaron, más bien) la villa de sus padres, lo que le llevó a trasladarse a Austria, cerca de Salzburgo. Pero sus obras no se representaban en Alemania -se ganaba la vida sobre todo como dramaturgo- y su situación económica fue deteriorándose, hasta que por fin en 1937 logró publicar (en Amsterdam) la novela Jugend ohne Gott (Juventud sin Dios), que alcanzó un gran éxito. Dado que la novela era muy crítica con el fascismo, fue de inmediato incluida en la lista de "Obras perniciosas" y secuestrada en todo el territorio alemán. Cuando en marzo de 1938 se produjo el Anschluss y también Austria entró a formar parte del Reich, von Hórvath empezó un peregrinaje forzoso que le llevaría a diversas ciudades europeas y a finales de mayo recaló en París. El 1 de junio se encontró con el director de cine Robert Siodmark para hablar de una posible filmación de su novela. Sin embargo, esa misma noche se desató una terrible tormenta que le pilló en la calle; von Horvath se refugió bajo un árbol en los Campos Elíseos, con tan mala fortuna que éste, alcanzado por un rayo (otras versiones apuntan a la violencia de la tormenta), se partió y le cayó encima, causándole la muerte. Un caso de muy mala suerte, realmente.
Claro que cosa de un año después se iniciaba la guerra y los alemanes invadían Francia. Como autor maldito por el regímen nazi, tampoco lo hubiera tenido muy fácil.
Placa conmemorativa en el lugar en que cayó muerto Von Hórvath

lunes, 6 de septiembre de 2010

COSAS DE BIBLIÓMANOS

John Spencer, pintado por Thomas Gainsborough
Aunque Thomas Frognall Dibdin (1776-1847) no fue el primero en acuñar el término "bibliomanía", sí que es autor de uno de los más extensos tratados sobre el tema. Educado en Oxford, uno de los primeros escritos de Dibdin sobre los clásicos griegos y latinos llamó la atención del Duque de Spencer, un ávido coleccionista de libros, quien le puso al frente de su fabulosa biblioteca en Althorp. En 1809 Dibdin escribió la primera versión de su Bibliomania, en forma de carta a su amigo Richard Heber, con detalles sobre "la Historia, Síntomas y Cura de esta Fatal Enfermedad". El tema le gustó, no cabe duda, porque la obra -que tuvo un gran éxito- se fue ampliando en sucesivas versiones y pasó de las 92 páginas iniciales a 796 páginas en 1811. En ella introduce a una serie de coleccionistas de libros, a cual más pintoresco, como el pobre John Leland, un librero de la época Tudor cuya pasión por el coleccionismo de libros le llevó a la locura. A otros esta pasión les acarreó la ruina, como a Edward Harley, duque de Oxford, que llegó a amasar la friolera de 8.000 manuscritos, 50.000 libros impresos y más de 350.000 panfletos. Su avidez coleccionista le llevó a la bancarrota y a una muerte prematura (confirmando así la aseveración de que la bibliomanía puede ser una enfermedad fatal). Su viuda vendió los volúmenes a un librero por una suma irrisoria, pero los manuscritos fueron adquiridos por el Estado y formaron el embrión de lo que hoy es la British Library. El propio Dibdin no estaba exento de este virus, pero en ocasiones una buena adquisición puede tener efectos benéficos, no letales. Según afirma, cuando logró adquirir para su patrono el primer libro editado en Oxford a precio de ganga, esta compra le curó de un ataque de gota. A la muerte de Spencer, su biblioteca albergaba más de 40.000 volúmenes, alojados en cinco grandes salas. Dada su extensión, Dibdin sugirió que deberían disponer de un pony "para llevar a los visitantes más delicados de un extemo al otro".
Por cierto, este duque de Spencer fue antepasado de lady Diana Spencer, la futura princesa Diana. Hoy en día, la mansión puede visitarse en determinadas fechas y en el mes de junio alberga un festival literario. De la biblioteca, sin embargo, sólo quedan los restos, pues el grueso fue vendido en subasta en 1892 y adquirido por la John Rylands Library.

jueves, 2 de septiembre de 2010

SI MI BIBLIOTECA ARDIERA...

Una consulta me ha llevado estos días a revisitar los ensayos de Aldous Huxley, llenos de cultura e inteligencia. Hace unos meses, Edhasa publicó una útil selección de estos artículos -Huxley escribió un vasto número de ellos, y se agradece que alguien haya tenido la idea no sólo de seleccionarlos, sino de ordenarlos por temas-, que lleva el provocador título de Si mi biblioteca ardiera esta noche. Cualquier bibliómano -por no decir bibliófilo- se estremece al pensarlo. El título en cuestión es el de uno de los ensayos recogidos en este volumen, en el que Huxley lleva a cabo el sano ejercicio de imaginar qué haría al día siguiente de ese hipotético incendio, es decir, con qué libros volvería a llenar su biblioteca, lo que de paso le permite ofrecer un amplio panorama de sus preferencias literarias. Hay que decir que el escritor inglés no se muestra demasiado preocupado por esta posibilidad, pues manifiesta carecer de espíritu coleccionista: "Sólo me preocupa el contenuido del libro, no su forma, ni su fecha, ni el número en sus solapas". El artículo en cuestión fue escrito en 1947 y, por una curiosa jugarreta del destino, casi quince años más tarde, el 12 de mayo de 1961,  la ingente biblioteca que el autor tenía en su residencia de Los Angeles fue pasto de las llamas, y en el fuego se perdieron no sólo miles de libros, sino también gran parte de sus manuscritos y su epistolario.

lunes, 30 de agosto de 2010

FALSOS LIBROS

Uno de los bloques de falsos libros
que se pueden conseguir en The Manor Bindery
Hace un tiempo traté en una entrada de los falsos libros, esos que son sólo lomo, o están huecos por dentro, que no son sólo una artimaña de decoradores cursis o de nuevos ricos con ganas de parecer cultos, sino que muchos poseedores de grandes bibliotecas los han utilizado ocasionalmente. El caso más conocido sin duda es el de Dickens, que fiel a su sentido del humor intercaló entre sus numerosísimos libros algunos volúmenes falsos con títulos bastante graciosos: por ejemplo, Wisdom of Our Ancestors (Sabiduría de nuestros antepasados) era una obra en varios tomos, entre los que se encontraban Superstición, Ignorancia, Enfermedad e Instrumentos de Tortura, mientras que su compañero, The Virtues of Our Ancestors (Las virtudes de nuestros antepasados) era un volumen tan delgado que el título estaba impreso en vertical. Siempre me había preguntado cómo se hace para conseguir estos libros de atrezzo, pero como tantas otras cosas, la respuesta está en internet, donde proliferan páginas como la de The Manor Bindery, que ofrece  todo tipo de modelos -bloques de libros en diferentes acabados, paredes enteras- que se pueden adquirir online. Para el que encuentre que tanto lomo de cuero hace antiguo, existen también empresas que ofrecen falsos libros encuadernados en rústica, de autores modernos. Aunque estos falsos libros presentan un claro inconveniente, y es que se nota a la legua que nadie los ha leído nunca. Flann O'Brien, ese escritor de culto irlandés reverenciado por otros escritores e ignorado por el gran público, proponía hace años en una de sus columnas en el Irish Times un servicio que consistiría en "estropear" esos falsos libros. Contemplaba varios grados de deterioro -naturalmente, las tarifas aumentarían de acuerdo con lo concienzudo del estropicio-, de los cuales el llamado "DeLuxe Handling" incluía el trato "salvaje" de los lomos y de los cantos, de manera que los libros de menor tamaño pareciera que habían sido acarreados en un bolsillo durante un tiempo, mientras que no menos de 30 volúmenes presentarían manchas de té, café o whisky -seguro que esto último no le resultaba difícil, Flann O'Brien era un alcohólico notorio. Otros tantos llevarían anotaciones y falsas firmas de sus autores. Una de las que proponía era: "De su devoto amigo y seguidor, K. Marx". Seguro que si O'Brien hubiese podido ofrecer ese servicio por internet, no le faltarían clientes.
Por cierto, Nórdica Libros ha recuperado hace poco las novelas de O'Brian. Valen la pena.


jueves, 26 de agosto de 2010

FLAUBERT Y BARCELONA

Retomo mis anotaciones después del paréntesis vacacional, que ha incluido una gratísima visita a Normandía, donde además de disfrutar del hermoso paisaje he podido dar rienda suelta a algunas de mis aficiones. Uno de los lugares que era obligado visitar era Rouen, tras las huellas de Flaubert y Madame Bovary (aunque hay que decir que el fetichismo local gira más bien en torno a Juana de Arco, que pereció quemada en la hoguera en su plaza del mercado). Pero el caso es que Flaubert nació y pasó sus primeros 25 años allí, en el hospital central, donde su padre era cirujano jefe. Como tal, él y su familia vivían en una casa adosada al hospital, separados sólo por un tabique de la sala de infecciosos. La casa, ahora convertida en Museo Flaubert, sufrió después varias transformaciones, y lo que hoy se puede visitar es poco más que una reproducción de la habitación del escritor y copias de algunas cartas, algún libro, algunos documentos y fotos... Vaya, que es bastante pobre en cuanto a contenido -hay que decir que el museo tiene una doble función, pues se expone también una colección de instrumentos médicos antiguos-, aunque hay algún detalle simpático (en cada una de las contrahuellas de las escaleras hay escrita una definición del Dictionnaire des idées reçues de Flaubert, algunas francamente geniales). En cualquier caso, era una visita obligada para una admiradora de Flaubert como yo. Y me sirvió para aprender un detalle curioso que desconocía. Se trata de lo siguiente: el primer texto que Flaubert publicó, a los quince años, en una revista llamada Colibri se titulaba "Bibliomanie", y su protagonista era nada menos que un librero de Barcelona. El argumento se inspira, al parecer (no pude leerlo entero, ya que en el museo sólo se reproducía la primera página, pero he conseguido averiguarlo gracias a un interesante artículo de Lluis M. Todó que se puede ver aquí) en la leyenda del padre Vincenç, el clérigo exclaustrado cuya obsesión por los libros le llevó al asesinato,  al cual me referí en una entrada anterior. Se trata de una obra primeriza, escrita con un estilo bastante lamentable, y el joven Flaubert desdeña cualquier preocupación por el rigor histórico, inventando calles y plazas que no existen en Barcelona y dándoles a sus personajes nombres tan poco catalanes como Giacomo (el protagonista) o Baptisto (una de sus víctimas). En cualquier caso, una anécdota divertida que me compensó ampliamente de la decepción que supuso el tal museo, y que demuestra que incluso grandes escritores como Flaubert tuvieron unos inicios poco prometedores.
Reproducción de la habitación de Gustave Flaubert

viernes, 6 de agosto de 2010

JUEGO DE IDENTIDADES (II)


Retomando el tema de los seudónimos y heterónimos, que da mucho juego, no puedo dejar de citar el caso de Romain Gary y su seudónimo Émile Ajar. Como se verá a continuación, la vida de Romain Gary es digna de una novela por sí misma. De entrada, Romain Gary no es su verdadero nombre, sino que se llamaba en realidad Roman Kacew. Nació en Vilnius (Lituania), de padres judíos; cuando sus padres se divorciaron, pasó a vivir con la familia de su madre en Varsovia y, a los 14 años, se trasladó con ella a Niza. Bajo su verdadero nombre, publicaría varios relatos en la revista Gringoire. Durante la guerra -había obtenido la nacionalidad francesa en 1935-, se incorporó al ejército y, en 1940, se unió a las fuerzas de la Francia Libre como piloto de bombarderos. En esa época tomó el nombre de guerra de Gary (que significa "quemado" en ruso). Este fue el seudónimo que emplearía a partir de 1945 para buena parte de su obra literaria, que tendría un notable éxito: en 1956 obtuvo el Premio Goncourt por Les racines du ciel. Gary era un personaje complejo y sus relaciones con la crítica francesa no eran buenas. Quizá esto, junto con su afición por los dobles sentidos, los engaños y la ambigüedad, le llevara a crearse un verdadero doble, Émile Ajar. Con un estilo muy diferente al de Gary, Ajar llegó a publicar cuatro novelas. Una de ellas, La vie devant soi -llevada luego innumerables veces al cine y al teatro- obtuvo en 1975 el Premio Goncourt, contraviniendo así sus bases, que impiden que el premio se le otorgue dos veces a la misma persona. Pero Gary convenció a su sobrino Paul Pavlowitch para que se hiciera pasar por Émile Ajar -la trama se va complicando- y así Paul fue objeto de entrevistas y artículos como si el seudónimo fuese suyo. O sea, tenemos un seudónimo de un seudónimo que es revindicado como seudónimo por una persona distinta de su autor.
Gary se suicidó en 1980, dejando en su testamento, para que fuese dado a la luz pública póstumamente, un texto -Vie et mort d'Émile Ajar- donde desvelaba por fin el misterio y manifestaba su satisfacción por haber engañado a la crítica parisina a la que tanto despreciaba, y que finaliza con un "Me he divertido mucho, adiós y gracias". Con un poco de perspicacia -y conocimiento de idiomas, claro- a lo mejor esa crítica hubiese podido descubrir la mistificación: Ajar es "brasa" en ruso, algo muy cercano al "quemado" de Gary.

martes, 3 de agosto de 2010

SEXO EXPLÍCITO

Desde la década de los años treinta del pasado siglo -época en que Joyce escribió su Ulysses, D.H. Lawrence El amante de Lady Chatterley y Miller Sexus o Trópico de Cáncer, obras todas ellas que fueron prohibidas en diversos países y hubieron distribuirse más o menos clandestinamente-, la presencia y la riqueza de detalles con que se aborda el sexo en las obras literarias no ha hecho más que aumentar. Las fronteras entre lo que era admisible revelar y lo que debía permanecer en el terreno de lo privado no han hecho más que expandirse, al mismo tiempo que lo hacía la tolerancia de la sociedad en este terreno. Naturalmente, literatura pornográfica ha existido siempre, con sus circuitos y sus clientes bien asentados; sin embargo, no estamos hablando de este mercado especializado, sino de la presencia creciente del sexo explícito en obras literarias consideradas -por el público y por sus autores- "serias", es decir, cuyo fin primordial no es excitar la líbido del lector, sino relatar una historia. Inevitablemente, esta tendencia ha dado descripciones y escenas memorables, pero también otras muchas francamente sonrojantes. Al fin, hartos de tanta bazofia, en 1993 los editores de la Literary Review decidieron establecer un "Bad Sex Award", premio a la escena sexual más "poco convincente, mecánica, embarazosa o redundante en una novela de cariz literario". Desde entonces, estos premios anuales se han consolidado en el mercado anglosajón -sólo siento que no lo hayan hecho en el nuestro, vive Dios que se me ocurren varias novelas que lo merecerían- y no sólo obtienen gran publicidad cada año, sino que parece que han tenido el efecto secundario de disuadir a muchos escritores de incluir sexo explícito en sus novelas: uno de los jurados del premio Booker de este año ha comentado que, con un par de excepciones, parece que los autores anglosajones se decantan antes por hablar de drogas que de sexo. ¿Quizás por  temor a resultar galardonados con este premio? Baste decir que el premiado en 2009 fue Jonathan Littell por Las Benévolas, y que en anteriores ediciones lo obtuvieron escritores tan conocidos como Tom Wolfe o Sebastian Faulks. Ni Wolfe ni Littell se dignaron asistir a la entrega de premios.
La editorial Prestel publica unas preciosas carpetas de dibujos eróticos de diversos artistas,  entre ellos Klimt y Egon Schiele
 Por otro lado, resulta curioso que uno de los fundadores del Bad Sex Award fuese Auberon Waugh, hijo del escritor Evelyn Waugh, quien hizo campaña para que le dejasen declarar en el juicio instigado contra D.H. Lawrence en 1960 (por uso de palabras malsonantes en su novela); no pretendía atacarlo por ello, sino que su intención era dejar bien claro que Lawrence "couldn't write for toffee", es decir, no tenía ni idea de escribir.

Para el que quiera reírse un rato con algunos de los pasajes premiados, ver aquí.