John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

viernes, 5 de octubre de 2012

ARTE BIBLIÓMANO



No hay como los libros para decorar una habitación. A menos, eso es lo que pensamos la mayoría de los bibliómanos. (Si fuera por nosotros, los decoradores de interiores estarían todos sin trabajo.) Sin embargo, a veces queda algún pedazo de pared libre (por lo general, porque allí no cabe una estantería). ¿Lo dejamos vacío? ¿Aprovechamos para colgar aquel grabado que nos regaló nuestra tía? Pero no, era un poco triste. ¿Alguna foto familiar? ¿Otra más...? ¿Por qué no algo de arte bibliómano? Por ejemplo, alguno de los sugerentes cuadros de Jonathan Wolstenholme. En este artista británico, la combinación del amor por los libros con el gusto por el surrealismo y una pizca de sentido del humor ha dado como resultado una serie de cuadros donde los libros, antropoformizados, conversan, beben, escriben, juegan a ajedrez o se leen unos a otros. Ha conseguido de este modo ilustrar esa sospecha que tenemos todos de que, cuando no miramos, nuestros libros adquieren vida propia y se dedican a sus quehaceres, cansados de aburrirse en las estanterías. Vean, vean, de lo que son capaces...



¿Que no te va lo del surrealismo y eres más de arte clásico? Sin problema, no por eso hay que renunciar a decorar las paredes con motivos librescos. El gran bodegonista holandés Jan Davidsz de Heem (1606-1684) pintó una serie de de ellos dedicados a los libros que son una preciosidad:
 
 


Por cierto, esta última naturaleza muerta con libros se encuentra en uno de los museos menos conocidos de París. Se trata de la Fundación Frits Lugt -un reputado coleccionista de arte de origen neerlandés-, ubicada en el Hôtel Turgot. No es un  museo que se pueda visitar, salvo con cita previa, pero de vez en cuando hacen alguna exposición. A juzgar por lo que se pudo ver en la más reciente, es uno de esos lugares que merece la pena anotarse en la agenda.  

martes, 2 de octubre de 2012

HOBSBAWM Y LA REPÚBLICA DE WEIMAR

Imagino que todos los que me leen sabrán ya que ha muerto Eric Hobsbawm (1917-2012), uno de los grandes historiadores del siglo XX. No voy a detenerme aquí a enumerar sus obras ni comentar la profunda influencia que ejerció en toda una generación de intelectuales, pues todos los medios le han dedicado artículos donde se reseñan estos aspectos. La mayoría de ellos se demora en hablar sobre su adhesión a la visión marxista de la historia, pero muy pocos se paran a destacar otro aspecto fundamental de su obra, que es su puesta en valor y su recuperación de la cultura popular.  Aficionado al cine y entusiasta del jazz, fue de los primeros historiadores académicos en prestar atención a figuras como Billy the Kid o los bandidos sicilianos. Además, escribía muy bien, con una prosa elegante e inteligible para cualquier lector. Nacido en Egipto y educado en la Alemania de la República de Weimar, Hobsbawm -de familia judía- tuvo la suerte de trasladarse a Inglaterra en 1933, donde se convertiría en uno de los escritores exófonos de que puede presumir la lengua inglesa.
Con motivo de su fallecimiento, la London Review of Books recupera de su archivo un hermoso artículo que Hobsbawm escribiera en 2008, en el que evoca la vida en la República de Weimar. Creo que vale la pena pasarle revista, por lo que tiene de análisis histórico y a la vez profundamente personal.
 
"Pasé la época más formativa de mi vida, los años de 1931 a 1933, como alumno de Gymnasium [el equivalente a un instituto de secundaria] y aspirante a militante comunista, en la moribunda República de Weimar", comienza. En otoño de 2007, durante una cena de antiguos alumnos de la escuela de Marylebone que frecuentó en  Inglaterra, al describir cuál fue su reacción como recién llegado al país, puso la siguiente comparación: "Imaginaos que sois el corresponsal de un periódico ubicado en Manthattan y que vuestro editor os traslada a Omaha, Nebraska. Así me sentí yo cuando llegué a Inglaterra después de casi dos años en el increíblemente emocionante, sofisticado, intelectual y políticamente explosivo Berlín de la República de Weimar. Este lugar fue una terrible decepción." Unos años berlineses que eran aún más emocionantes por el hecho de que todos los que los vivieron tenían la impresión de que eso no podía durar. De los escasos catorce años que duró esa República, sólo seis fueron de relativa normalidad. En palabras de Hobsbawm, la República "pasó brevemente a través de las ruinas de un pasado muerto pero no enterrado hacia un final súbito pero esperado y un futuro desconocido." Y cita lo que decía  Max Reinhardt, el gran hombre de teatro: "Lo que me gusta es este sabor de fugacidad en la lengua: cada año puede ser el último".
 
Berlín, Potsdamer Platz,
en los años veinte
Pero, como señala Hobsbawm en su artículo, durante esa etapa Berlín se convirtió en un gran crisol cultural, gracias sobre todo a la extraodinaria concentración de talentos de toda Europa que se reunió allí tras la caída del imperio ruso y del austrohúngaro. "Con sus más de siete mil publicaciones periódicas, 38.000 libros (en 1917) y la industria del cine más potente después de Hollywood, Alemania era un mercado vastísimo. A la caída del imperio de los Habsburgo absorbió de forma natural el gran superávit de talento de lo que quedaba de Austria. ¿Dónde estarían las películas de Weimar sin Viena, sin Fritz Lang, G. W. Pabst, Wilder, Preminger o, para el caso, Peter Lorre?" (Añadamos que también el cine de Hollywood se nutriría de ellos, unos años después.) 
Ese fermento cultural produciría movimientos como la Bauhaus (donde se codeaban alemanes, austríacos, rusos, suizos y holandeses) o como el expresionismo: cuenta Hobsbawm que los caballos azules de Franz Marc decoraban los pasillos de su instituto hasta que el nuevo régimen los arrinconó junto a su director republicano. O figuras como Brecht, Kurt Weill, Heidegger o Walter Benjamin.
 
Franz Marc, Die blauen Pferde (1911)
También supondría un gran avance en el terreno científico. Max Planck, Fermi, Heisenberg u Oppenheimer trabajaron allí. Y en esos años Alemania consiguió 15 Premios Nobel de Ciencias, un récord que tardaría luego cincuenta años en igualar.
Según Hobsbawm, "Esta fue la última vez en que Alemania se encontraría en el centro de la modernidad y del pensamiento occidental". Sin duda, la conciencia de estar sobre un volcán a punto de explotar resultó una espoleta para la creatividad.
"Los momentos en que uno sabe que la historia ha cambiado son escasos, pero éste fue uno de ellos. Por eso aún puedo verme a mí mismo en la fría tarde del 30 de enero de 1933, caminando a casa desde la escuela junto con mi hermana mientras reflexionaba acerca de qué podría suponer la noticia de que Hitler había sido nombrado canciller. Unos días después alguien me trajo la máquina copiadora de la SSB, la organización comunista de mi colegio, para que la guardase bajo mi cama. Pensaron que estaría más segura en casa de un extranjero. Pero de ahora en adelante ningún lugar sería seguro."
No hay tantos testigos de la Historia que sepan al mismo tiempo analizarla tan bien. 

viernes, 28 de septiembre de 2012

LAS CUBIERTAS DE PENGUIN

 La venerable pero siempre joven editorial del pingüino, Penguin Books, deleitó hace unos meses a sus lectores con el lanzamiento de un nuevo diseño de cubiertas -elegantes, delicadas sugerentes- para su imprescindible serie de clásicos ingleses, la Penguin English Library. Una vez más, Penguin demuestra que sabe reinventarse constantemente y que el libro como objeto sigue siendo atractivo, sigue teniendo la capacidad de atraer a los lectores. Todos los títulos que componen esta serie son clásicos que se pueden encontrar en otras ediciones por muy poco dinero (o incluso gratis). Sin embargo, ¿a que apetece mucho más tener entre las manos una de estas cubiertas que descargarse un archivo de internet? No deja de ser curioso que una colección que nació como un producto económico, para hacer la competencia a los libros en tapa dura que entonces dominaban el mercado, se convierta ahora en la alternativa "cara" -pero ¡oh, cuánto más hermosa!- a esas otras ediciones. Aún cuando he leído muchos de estos libros y un número no despreciable de ellos figura en mi biblioteca (esa que en realidad no existe, ya saben), me cuesta mucho resistirme a la seducción de estos diseños. Y, cuanto más me fijo, más me gustan. Cranford, con sus delicados guisantes, me remite a la plácida -aunque nada aburrida- vida de ese grupo de solteronas.  

Pero, ¿qué me dicen de las agujas de hacer punto en A Tale of Two Cities? ¡Qué bonita idea la de evocar a través de un objeto tan inocuo y cotidiano los gritos de las comadres que tejían medias al pie de la guillotina! Y tantos más... Viéndolos, resulta diíficl sustraerse a la codicia bibliómana. Esta serie de clásicos en lengua inglesa, iniciada en 1963, lució en sus primeros años el distintivo diseño de franjas de color naranja (el verde era para las novelas policiacas y el azul para las obras traducidas de otras lenguas), obra del gran tipógrafo germano-suizo Jan Tchischold. Este nuevo diseño se debe a la joven, pero ya multipremiada, Coralie Bickford-Smith. Además de los libros de bolsillo, esta diseñadora ha producido una versión de algunos de estos (y otros) clásicos encuadernada en tela, con un concepto gráfico muy similar y una realización que remite deliciosamente a las ediciones de principios de siglo. Todas son preciosas, pero debo confesar que mi corazón late por la vistosa encuadernación de Madame Bovary. Estoy segura de que Emma Bovary también hubiera perdido la cabeza por ella.
 
 
Por si fueran pocas tantas tentaciones, Penguin no se ha limitado a darles un aire nuevo a sus clásicos de ficción, sino que, pensando sin duda en que no sólo de literatura vive el hombre, ha encargado a esta misma diseñadora que le diera un aire nuevo a una serie de clásicos de la gastronomía. El resultado ha sido de lo más sabroso.
 
 
 
 
 (Para quien quiera saber más acerca de la historia del diseño de las cubiertas de Penguin, es muy recomendable el libro Penguin by design: a cover story 1935-2005, de Phil Baines, ampliamente ilustrado.)
 
 

martes, 25 de septiembre de 2012

BIBLIOTECAS, CINE Y FOTOGRAFÍA

Nueva sede de la Filmoteca de Catalunya-Edificio de Josep Lluís Mateo
La Filmoteca de Catalunya, que después de un largo período de provisionalidad disfruta desde hace unos meses de una flamante sede, anuncia a partir de esta semana y hasta el 15 de noviembre, un ciclo dedicado al tema "Bibliotecas y cine", con el bonito título de "Toda la memoria del mundo".  Un título que es el mismo que el de una de las obras que se proyectarán, el documental (1956) del cineasta francés Alain Resnais dedicado a la Biblioteca Nacional de París y sobre todo a su personal, que cataloga, clasifica y conserva esas obras donde está contenida "toda la memoria del mundo" (o casi). Y, junto a un film que se centra en una biblioteca, en sesión doble, otro que trata de la ausencia de bibliotecas o, más bien, de su prohibición, Fahrenheit 451, de François Truffaut (1966). Bien hallada esta contraposición. Entre otras cosas, esta versión del clásico de Bradbury destaca por la banda sonora de Bernard Herrmann:
 


Pero el ciclo promete otras miradas del cine hacia las bibliotecas, que han sido bastante frecuentes, a pesar de que la imagen de las bibliotecas y, sobre todo, de los bibliotecarios, que se da en las películas sea a veces rídícula. Tradicionalmente -también en el cine- las bibliotecarias son descritas como unas solteronas feas y amargadas, que miran severamente por encima de sus gafas a todo aquel que osa perturbar la paz de su reino de libros. No es el caso seguramente de la Bette Davis que protagoniza otra de las películas de este ciclo, Storm Center (también de 1956, qué curioso, debió ser un buen año bibliotecario). Aquí la Davis es la bibliotecaria de un pueblo sumamente conservador de Nueva Inglaterra que es despedida por negarse a retirar de sus estanterías un libro tachado de comunista. El film nunca ha sido editado en DVD, de modo que si quieren verlo, aprovechen esta oportunidad.
Y hablando de bibliotecas, por razones que no vienen al caso últimamente he debido visitar diversas bibliotecas de mi ciudad, y así he tenido la suerte de conocer algunas de las nuevas incorporaciones. Me ha impresionado especialmente, por su luminosidad y por el excelente aprovechamiento del espacio, la biblioteca Agustí Centelles, que haciendo honor a su nombre alberga un fondo sobre fotografía. Un excelente lugar para arrellanarse en alguno de sus sillones y pasar revista a los maestros de este arte.
 
La Biblioteca Agustí Centelles de Barcelona
Siguiendo con las coincidencias, precisamente se anuncia la inauguración en la Fundación Vila Casas de Barcelona de una exposición de fotografías de Agustí Centelles, uno de los fotógrafos que mejor supieron retratar esa barbarie que fue la Guerra Civil y el exilio. El archivo de Centelles fue adquirido recientemente por el Ministerio de Cultura y está en Salamanca, pero esta Fundación ha comprado una serie de copias realizadas por el propio fotógrafo, para engrosar su ya notable fondo de arte catalán, que son las que ahora se pueden ver en su sede de Can Framis, en el Poblenou. Otro lugar al que vale la pena acercarse, aunque sea sólo por ver la interesante transformación de fábrica abandonada en sala de exposiciones.
Así se puede ir del cine a la fotografía, pasando por las bibliotecas. ¡No es un mal recorrido!
 

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA FAMA EFÍMERA

Estatua de la Fama, en la antigua Real Fábrica de Tabacos,
hoy parte de la Universidad de Sevilla
Ya lo dijo Oscar Wilde, esa máquina de hacer frases brillantes: "Que hablen de ti es horroroso. Pero mucho peor es que no hablen". La fama de los escritores -debería decir de los artistas en general- viene y va, como las mareas. Para un escritor, no hay ejercicio de humildad más útil que echar un vistazo a las listas de libros más vendidos de hace veinticinco o treinta años. ¿Cuántos de esos autores siguen hoy vigentes? ¿Cuántos hay cuyo nombre ha desaparecido en el olvido?  A título de curiosidad, una ojeada a las listas de bestsellers americanas de la década de 1980 nos muestra los primeros puestos ocupados por algunos autores que aún hoy siguen gozando de éxito considerable (Stephen King, por ejemplo), otros que aún recordamos, pero cuyas cifras de ventas deben ser ya bastante menores (Howard Fast, James Michener, Harold Robbins) y otros que directamente han caído en el olvido, como Louis l'Amour o Cynthia Freeman. Las listas españolas son menos accesibles, pero un rápido buceo en hemerotecas de la misma época da como resultado, junto a nombres hoy perfectamente vigentes (García Márquez, Tolkien, Marguerite Yourcenar), otros bastante olvidados, como Vizcaíno Casas, aquel señor que vendía cientos de miles de ejemplares. ¿Alguien se acuerda? Y esto haciendo sólo un pequeño salto en el tiempo. Si nos remontamos más atrás, el fenómeno es aún más patente. El que haya rebuscado en la biblioteca de cualquier abuelo o tío se habrá dado cuenta de que muchos autores le resultaban por completo desconocidos. Cerrando los ojos, puedo recordar aún algunos de los libros que ocupaban las estanterías en casa de mis abuelos: Jaime Balmes y el padre Coloma en el apartado de obras edificantes, Vicki Baum o Sven Hassel en el de lecturas de entretenimiento, los cuentos de la condesa de Segur en el de libros infantiles... Así es la fama, pocas veces dura. Aunque a veces se recupera, o incluso es otorgada póstumamente a aquellos que no la alcanzaron en vida. Un ejemplo reciente de fama que retorna es el "caso Zweig". Stefan Zweig fue un escritor  muy apreciado en los años treinta, e incluso en la España de los cuarenta y cincuenta eran muy populares sus biografías (que no faltaban tampoco en la biblioteca de mis abuelos). Luego, su estrella se eclipsó durante varias décadas, hasta regresar cuarenta años después con todo esplendor. Lo más curioso es que las obras que eran más apreciadas hace cincuenta años -como ya he dicho, las biografías y algunas novelas como la Novela de ajedrez o la popularísima Veinticuatro horas en la vida de una mujer- ocupan hoy un segundo plano frente a otras de sus obras, como El mundo de ayer. Seguramente, porque con la distancia podemos apreciar mejor lo que hay en ellas de evocación de un mundo entonces aun cercano, hoy ya definitivamente desaparecido.
 
Stefan Zweig, con su perro
Tiempos felices.
Puesto que no todo lo nuevo es bueno, ni todo lo antiguo, desechable, conviene de vez en cuando echar la vista atrás, rebuscar en viejos anaqueles y cerciorarse de que no hay tesoros escondidos en ellos. Muchos editores lo hacen y han conseguido desenterrar algunas joyas. En 1956, la revista The American Scholar dedicó uno de sus números a "Neglected Books", e hizo elegir a una serie de personajes de la cultura un libro publicado en el último cuarto de siglo que estimasen que no había recibido la atención que merecía y que por ello valía la pena rescatar. De esa lista, muchos títulos siguen en la oscuridad, pero sirvió para reeditar la obra de Henry Roth, Llámalo sueño (que luego se ha impuesto como el clásico que es). Y llama la atención que en ella aparezcan nombres hoy tan establecidos como el de Czeslaw Milosz (que en 1980 recibiría el premio Nobel de literatura), Hermann Hesse e incluso William Faulkner. Igual que los generales romanos cuando celebraban un triunfo llevaban junto a ellos a un esclavo que les susurraba al oído "Recuerda que has de morir", los bestsellers de hoy en día harían bien en recordar que la fama es efímera. ¿Quién sabe a qué autores recordaremos mañana?
Y ustedes, ¿a qué autor rescatarían del olvido?
 
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

SABER MIRAR, SABER ESCRIBIR

 
Bodegón con cuatro racimos de uvas, de Juan Fernández
Aunque siga haciendo un calor digno de pleno verano, es cierto que los días se acortan y que higos y uvas confirman que ya estamos a mediados de septiembre. La atmósfera de vuelta al cole hace evocar la emoción de los lápices afilados y el plumier impoluto, el olor especial de los libros de texto nuevos... ceremonias que se repiten año tras año sin llegar a perder nunca su atractivo.  Otro clásico de estas fechas son los anuncios de las colecciones de fascículos. Casas de muñecas, abanicos, figuritas de porcelana, dinosaurios, maquetas de barcos y aviones, soldaditos de plomo de todos los ejércitos de la historia, métodos para aprender idiomas, bordar o hacer pasteles... hasta los temas más peregrinos encuentran el modo de colarse en los quioscos. Este año le ha tocado el turno a unos fascículos para aprender a escribir, El placer de escribir, de PlanetaAgostini. De nuevo, porque ya hace algunos años hubo otro curso de escritura, Taller de escritura, patrocinado por Salvat. Y de nuevo salta a la palestra el debate sobre si es o no posible aprender a escribir. Un debate que suele plantearse sobre bases falsas, como si el simple hecho de asistir a uno de esos talleres pudiese hacer de cualquier alumno un buen escritor. Por muchos cursos que haga y por buenos que sean sus profesores, eso es imposible garantizárselo a nadie. Para lo que sí sirven estos cursos es para proporcionar al aspirante a escritor una serie de herramientas y consejos. Luego, lo que sea capaz de hacer con ellos depende de cada cual.
Una de las cosas más importantes, yo diría que esencial, que se aprenden en los cursos de escritura -y también en los de pintura, la coincidenciano es casual- es a mirar.  Porque muchas veces vemos, pero no miramos. Y, como no hemos mirado bien, tampoco sabemos luego cómo trasladar a otros eso que hemos visto. 
¿Cuántas veces hemos visto un racimo de uvas? Pero las uvas que pinta Juan Fernández no son unas uvas cualquiera, son unas frutas que producen una sensación que no transmiten las que vemos en el supermercado. Y eso no es sólo producto de la depurada técnica de su autor (que también, es innegable que hay maestría en su pincel), sino sobre todo de cómo las ha mirado, de cómo ha captado ciertas cualidades de ellas y luego ha encontrado la manera de retratarlas. Esto, tan sencillo pero tan difícil, es lo que algunos saben sin más, y lo que otros muchos tienen que aprender, ya sea a través de su esfuerzo solitario o aprendiéndolo de algún maestro.
 
"No me digas que la luna brilla, muéstrame el destello
 de luz en un cristal roto", es el consejo de Chéjov.
 A todos los escritores consagrados, en un momento u otro, les han pedido que aportasen algún consejo para escribir. Pensando en tantos aspirantes a escritores, Buzzfeed ha creado una serie de hermosos carteles con consejos literarios. Échenles un vistazo, valen la pena. Este de Chéjov es uno de mis favoritos. Pues aunque Chéjov no escribió propiamente ningún manual de teoría literaria, sí que habló mucho y bien de cómo escribir. Si alguien se anima, esas reflexiones están recogidas en un librito publicado hace algunos años por Alba Editorial, titulado Sin trama y sin final. Una frase que podría bien resumir la poética de sus relatos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

PARA LORD BYRON, DE MARY SHELLEY

George Gordon Byron
Un verano inusualmente lluvioso junto al lago Leman, cerca de Ginebra. Un grupo de jóvenes ingleses que han alquilado una casa allí se reúnen -en mi imaginación los veo alrededor de una chimenea, para ahuyentar la humedad, pero siendo británicos quizás no lo consideraron necesario- y la conversación deriva, cómo no, hacia las historias de fantasmas y monstruos. Hasta aquí, nada destacable. Podría ser el inicio del guión cualquier película boba en la que sabemos que pronto habrá sustos y muchos gritos. Pero el año es 1816 y el grupo está compuesto por el poeta Percy Shelley y la que más adelante sería su esposa, Mary Shelley (entonces aún Mary Godwin; ambos vivían "en pecado" y Mary ya había tenido dos hijos de esta unión, aunque el primero murió pronto), lord Byron y John William Polidori, médico y amigo de este último. A pesar de las apariencias, no fue una velada más, sino un momento relevante para la historia de la literatura, la famosa "noche de los monstruos". Los presentes acordaron escribir cada uno una historia relacionada con seres fantásticos. De todos ellos, la que mejor cumplió el encargo fue Mary Shelley y el resultado fue una obra que es un clásico indiscutible, Frankenstein. Un resultado que es más sorprendente aún si consideramos que Mary sólo tenía diecinueve años cuando la escribió (y diecisiete cuando comenzó sus relaciones adúlteras con Percy Bysshe Shelley, quien a su vez tenía sólo veintidós años y estaba casado). Definitivamente, la trágica historia de esta pareja supera con mucho cualquier folletín romántico, baste decir que comenzaron su romance viéndose en secreto junto a la tumba de la madre de ella, Mary Wollstonecraft. Pero por hoy nos centraremos en lo que nos ocupa, es decir, la soprendente aparición de un ejemplar de la primera edición de Frankenstein dedicado por la propia autora a Byron. Un verdadero hallazgo bibliófilo que, según dicen, será subastado próximamente (si a alguien le sobran 350.000 libras de nada, puede comenzar a pujar).
 
 
Al parecer, el ejemplar estuvo durante más de cincuenta años en la biblioteca de Lord Jay, y fue descubierto casualmente cuando su nieto seleccionaba sus papeles. La primera edición del libro, publicado en 1818 -a la que pertenece esta edición- fue sólo de 500 ejemplares y de estos el editor le dio a Mary seis para su uso personal. Se cree que uno de ellos es el que nos ocupa, que la autora dedicó a Byron de su propia mano y que fue enviado al autor por Percy junto con una nota que decía: "Una vieja amiga vuestra me encarga que os envíe 'Frankenstein'... Ha tenido un considerable éxito en Inglaterra; pero ella me ruega que os diga que 'consideraría vuestra aprobación el testimonio más halagador de su mérito'".  La pobre Mary pasó toda su vida enamorada de Shelley, quien parece que no siempre le correspondió del  mismo modo. A la muerte de éste, trágicamente ahogado a los treinta años, dedicaría todos sus esfuerzos a recopilar y publicar su obra. Y a escribir para ganarse, modestamente, la vida. Acosada por la penuria económica, en 1830 vendió el copyright de Frankenstein por 60 libras a los editores que publicarían una nueva edición (que contiene algunos cambios respecto a la primera). Nada que ver con las sumas que probablemente alcanzará ese ejemplar que hoy sale a la palestra. La vida es así de injusta y la fama así de esquiva.

[Mi agradecimiento a Urzay por la información para redactar esta entrada.]