John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 16 de junio de 2015

MEMORIAS DE INFANCIA

 
¿No lo he dicho nunca? (O sí, y no lo recuerdo: más de cuatrocientas entradas son las suficientes como para olvidarlo.) Tengo debilidad por las memorias de infancia. Convencida como estoy de que el niño es el padre del hombre (léase "niña", "madre" y "mujer" donde proceda, no me sean picajosos), lo que más me llama la atención de cualquier autobiografía son los capítulos dedicados a la infancia del autor. Parecería que bucear en la infancia tiene algo de búsqueda del tesoro y de catarsis, y ahí se suele notar que el escritor no ha tenido inconveniente en sacar a la luz todo lo que ha podido encontrar; por lo general, a medida que quien narra se adentra en su edad adulta, empiezan las ocultaciones, los disimulos -"no, mejor no hablo de esa relación tan dolorosa"; "pasemos de largo de aquella temporada"; "más vale que no diga lo mucho que odiaba a Fulanito o me ganaré su enemistad"-, las ganas, en suma, de quedar bien ante el lector. Me viene a la cabeza un ejemplo muy claro: el de Simone de Beauvoir. El primer volumen de su autobiografía, Memorias de una joven formal, tiene todo el acento de la veracidad y todo el encanto de un retrato de época. Los siguientes, van decreciendo en credibilidad y en interés; el último, Final de cuentas, es poco más que un resumen de sus idas y venidas y un catálogo de nombres más o menos famosos; vemos sobre todo el oropel exterior de su autora, la imagen de intelectual editada para el consumo del público. 
 
 
 
Suelo quedarme, pues, con la parte dedicada a la infancia, no importa si es en forma de memoria o levemente ficcionalizada: en este tipo de relatos se trasluce siempre el auténtico niño que hay detrás. Por eso me he llevado una alegría al saber que la editorial Nordica ha reeditado un clásico inglés de las memorias de infancia, Sidra con Rosie, de Laurie Lee. Lee retrata en ellas, a través de una serie de viñetas sensuales y evocadoras, su años infantiles en un pueblecito de los Cotswolds, en un mundo rural gobernado por los ritmos de la naturaleza y los placeres sencillos.
"Me bajaron de la carreta de mudanzas a la edad de tres año; y en aquel punto, con una sensación de desconcierto y terror, se inició mi vida en la aldea. Estaba de pie en medio de la hierba de junio, que era más alta que yo, y lloraba. Nunca había estado tan cerca de la hierba. Se alzaba sobre mí y me rodeaba por todas partes, las hojas tatuadas con atigradas rayas de luz de sol. Era hierba afilada como un cuchillo, oscura y de un verde malévolo, espesa como una selva y llena de saltamontes que cantaban y cotorreaban y saltaban por el aire como monos" 
Esto ocurrió "el verano del último año de la Primera Guerra Mundial", cuando la madre de Lee y sus hijos fueron a recalar en una casita situada en medio de un prado y cerca de un lago (el padre los había abandonado y ya no regresaría, aunque ella nunca perdió la esperanza). A partir de ahí, asistiremos al sucederse de las estaciones, a los juegos infantiles y a un desfile de personajes locales, vagabundos, o ancianas llenas de manías que componen un delicioso mosaico de tipos humanos. Durante años, la vida de Laurie se circunscribió a ese pequeño mundo, donde sólo importaban las cosechas y los animales y donde cualquier pequeño suceso de la comunidad se sabía de inmediato. Hasta que sus hermanas empezaron a traer pretendientes a casa, y luego a marcharse:
"Las chicas iban a casarse; el hacendado Jones había muerto. Los autobuses iban y venían y las ciudades quedaban cada vez más cerca. Empezamos a ignorar el valle y a volvernos hacia el mundo, cuyos placeres eran más anónimos y más apetitosos."
Ese mundo que él conoció cambiaría irremediablemente. Más tarde, un día de verano, el propio Laurie haría el petate, para ir a luchar muy lejos, a España, con las Brigadas Internacionales. Pero eso ya es otra historia.
 

 

lunes, 8 de junio de 2015

¿HAY QUE TERMINAR LOS LIBROS?


Tim Parks
Los artículos de Tim Parks en la New York Review of Books, siempre inteligentes, animan a pensar acerca de temas relacionados con los libros y la lectura, algo que como ustedes saben es la especialidad de este blog. (Por si no les suena: aunque apenas publicado en España, el británico Parks es autor de varias novelas y unos cuantos libros de no-ficción, la mayoría en torno a temas italianos, pues reside en ese país desde hace treinta años.) El que ha inspirado esta entrada lleva el sugerente título de "Why finish books?" (¿Por qué terminar los libros?), una pregunta que automáticamente induce a quien la lee a elaborar su propia respuesta. 
Pero, antes de ponernos a elucubrar sobre ello, veamos lo que dice Parks al respecto:

"¿Necesitamos terminarlos? ¿Un buen libro es por definición aquel que conseguimos terminar? ¿O hay ocasiones en que decidimos abandonar el libro antes del final, incluso sólo hacia la mitad, y a pesar de ello encontramos que es bueno, excelente quizás, nos alegramos de haber leído lo que leímos, pero no hemos sentido la necesidad de terminarlo? Hago esta pregunta porque es algo que me sucede cada vez con mayor frecuencia. ¿Es la edad, sabiduría, senilidad? Empiezo un libro. Lo estoy disfrutando mucho, y entonces llega un punto en que siento que ya tengo suficiente. No es que haya dejado de gustarme. No me aburre, ni siquiera creo que sea largo en exceso. Sólo que ya no siento el deseo de seguir disfrutándolo. En ese caso, ¿puedo decir que lo he leído? ¿Puedo recomendárselo a otros y hablar de él como un libro notable?"

Por supuesto, Parks excluye de esta categoría los libros malos. O, mejor dicho, los libros que nos han parecido malos (porque este es un concepto tremendamente subjetivo). Seguir leyendo un libro que nos aburre o nos repele resulta absurdo. Como ya proponía Daniel Pennac en su famoso decálogo, todo lector debería sentirse con derecho a no terminar un libro. Pero Parks va un paso más allá y elabora el porqué de este abandono del libro.
 
Como dice Parks, el final no es siempre lo importante. Algunas novelas que son claramente "de trama", en las que uno saborea el diseño de este tejido literario, resultan estropeadas por un mal final o tal vez es que preferimos construir nosotros el final, temerosos de que el verdadero defraude nuestras expectativas. Por mi parte, son innumerables los casos en que, a llegar a la última página de un libro, me siento defraudada no por el estilo, ni por la historia, sino porque el escritor no ha sido capaz de concluir de una manera satisfactoria todos esos hilos narrativos que tan bien había ido entrelazando. Otras veces, era tan obvio que se nos preparaba una sorpresa final, que he optado por dejarla en el aire. Eso me ocurrió, por ejemplo con  El último encuentro de Sándor Marai. Simplemente, decidí dar por concluida la lectura dos páginas antes del final.
Me veo reflejada en estas palabras de Parks:
 
"Una vez ha quedado establecida la estructura y la pelota de la narración está en juego, la necesidad de un final es sólo una desafortunada carga, un estorbo, el deplorable cierre de tantas  posibilidades."



Nos recuerda asimismo que hay autores, como Beckett o Thomas Bernhard, donde la meta final de la narración no tiene demasiada importancia. De algún modo, ciertas obras casi están invitando al lector a apearse del tren cuando les apetezca.
 
"Me parece que estos escritores, al sugerir que más allá de cierto punto el libro puede terminar en cualquier lugar, dan legitimidad a la idea de que el lector puede elegir él mismo dónde retirarse, sin desmerecer en nada la experiencia."

Michel de Montaigne

 
Luego están, añado yo, esos libros que por su densidad requieren una lectura pausada, de esas que se emprenden y se dejan en repetidas ocasiones. Sería el caso de El Danubio de Claudio Magris o de los Ensayos de Montaigne. Libros que uno puede estar retomando durante años antes de terminarlos. Y, si no los llega a terminar, tampoco es grave: habrá salido tan enriquecido de la experiencia que no lo echará de menos.
 
En conclusión: no es necesario terminar un libro, sino haber disfrutado con la lectura.
 

martes, 2 de junio de 2015

NOCIONES DE ETIQUETA PARA LECTORES


En estos días se suceden las Ferias del Libro en diversos lugares de nuestra geografía, con lo que ello implica de sesiones de firmas y fiestas literarias. Es muy posible, pues, encontrarse en la comprometida situación de tener que tratar con algún escritor. Parece sencillo, ¿verdad? Error. Si no quieres meter la pata, si no quieres granjearte el odio eterno de tu autor favorito, será mejor que tengas en cuenta ciertas normas de etiqueta.

Para las firmas de libros
  • El libro en cuestión debería ser un ejemplar nuevo y recién comprado, a ser posible en la misma caseta o librería donde se produce el evento. Traer consigo de casa el ejemplar ya ajado de la primera novela del escritor, con la excusa de que "es uno de mis libros favoritos" puede  resultar enternecedor para el autor (aunque, créanme, lo que él quiere de verdad es que le compren su nueva novela), pero el librero te echará miradas de odio, o incluso alguna maldición. Uno de los casos más extremos de esta falta de modales lectores que he podido presenciar fue el de una señora que, un día de Sant Jordi, se presentó en la caseta donde firmaba Eduardo Mendoza con un carrito en el que llevaba la práctica totalidad de sus novelas, que según dijo llevaba años coleccionando. Él es un santo y creo que las firmó, pero deberían haber visto las miradas del librero y los improperios de las personas que estaban detrás en la cola.
  • Lo que nos lleva al punto siguiente: se trata de que el autor estampe su firma y una dedicatoria, no de que escriba páginas y páginas. Resulta de mala educación quejarse de que la dedicatoria que le hizo a Fulanito era más larga.
  • Tampoco es de recibo quejarse de la letra del autor. Preguntas como "¿Aquí qué pone?" al recibir el libro dedicado están de más. Es verdad que quizás este escritor tiene una letra infame, pero afortunadamente sus libros no los escribe a mano.
  • Los autores están muy agradecidos de que les pidas autógrafos y, sobre todo, de que alguien compre su libro (viven o pretenden vivir de ello, no hay que olvidarlo). Eso no quiere decir que tengan intención de convertirse en tu mejor amigo. No aproveches para explicarles tu vida, ni les enseñes fotos de tu gato. Para eso tienes Facebook.



Conversación con autores

Vamos a partir de la base de que, si se da el caso de que entablas conversación con un escritor, sabes con certeza de quién se trata. Porque el ego de los artistas es muy frágil y lo peor que puedes hacer es confundirlos con otro. Que te pases el rato ensalzando las novelas del autor X, para descubrir luego que él no es X, sino Y, puede resultar devastador para ambos. No digamos si el escritor en cuestión detesta la obra de X. Bien, pues suponiendo que has conseguido ponerle el nombre correcto a esa cara, hay algunas cosas que debes evitar:
  • Hablar de la competencia (o sea, cualquier otro escritor que no sea él mismo). Aunque sea mal.
  • Hablarle de una novela que escribiste hace años y tienes en un cajón. Al escritor eso no le interesa nada. Además, si sospecha que sólo te has acercado a él para intentar que él te recomiende a su editor, puedes estar seguro de que te pondrá en su lista negra particular.
  • Decirle acerca de su libro (que no has leído) que es "interesante". Lo siguiente que te preguntará es qué exactamente te pareció interesante y estarás perdido. Marcel Proust solía quejarse de que la gente que le hablaba de sus libros solían cometer continuamente errores que probaban que, o bien los habían olvidado, o nunca los habían leído. Una técnica bastante buena para salir del atolladero es decir que acabas de comprar su novela y la tienes como próxima lectura.
  • Preguntarle qué tal van las ventas. Tanto si van bien como si ha vendido cuatro ejemplares, habrás metido la pata. En este último caso, es evidente por qué. ¿Y si el libro es un éxito? Probablemente no le parezca éxito suficiente. Puedes estar seguro de que guarda algún resentimiento para con el distribuidor o con el encargado de marketing, que procederá a contarte con todo detalle.
Si sigues estas normas con atención, saldrás airoso de casi todas las situaciones. Ahora ya puedes encaminarte a la Feria del Libro más próxima y ¡a triunfar!

lunes, 25 de mayo de 2015

BIBLIOMANÍA EXTREMA



Aunque muchos de los visitantes de este blog seguramente son lectores contumaces y ávidos compradores de libros -ambas facetas suelen ir unidas-, y aunque más de uno y de dos se han lamentado, al hablar de sus bibliotecas, de que su excesivo afán acumulador de libros les crea ciertos problemas domésticos, es bastante probable (o eso espero, al menos) que no hayan alcanzado el grado de bibliomanía extrema, aquel que convierte al simple amante de los libros en un ser que sólo vive para coleccionarlos.
Esta "bibliomanía extrema" fue estudiada y definida por uno de los afectados por esta manía, Thomas Frognall Dibdin, como "fatal enfermedad". Precisamente, el tratado que este autor dedica al asunto, Bibliomania, está planteado como  un diálogo con uno de los bibliómanos más extremos de la época, Richard Heber. Según nos cuenta Jack El-Hai en un artículo aparecido en Wonders & Marvels, Heber  -nacido hacia 1773 e hijo de un clérigo acaudalado- manifestó tempranamente su inclinación bibliómana. Durante su periodo de estudiante en Oxford, sus habitaciones estaban llenas de volúmenes antiguos y raros, y su afición por las subastas de rarezas bibliográficas le llevó a contraer elevadas deudas. Mas no fue hasta la muerte de su padre, del cual Heber heredó una cuantiosa fortuna, que nuestro bibliómano pudo dedicarse de lleno al coleccionismo. Hay que destacar que, contrariamente a otros bibliófilos, Heber sí solía leer al menos algunos de los volúmenes que adquiría. De hecho, solía decir que de cada obra era recomendable adquirir tres ejemplares: "uno para la biblioteca de tu casa en el campo,  otro para leerlo y un tercero para prestárselo a las amistades". (Una medida muy sensata, dicho sea de paso, que evita el enojoso trance de tener que perseguir a tus conocidos, o lamentarse por la pérdida de tus obras más queridas.)
 
Retrato de Richard Heber por John Harris,
National Portrair Gallery
 
Tal era la pasión adquisitiva de nuestro coleccionista que sus allegados la comparaban con la adicción al opio o a la bebida. Por lo que de él se cuenta, valoraba la calidad, pero también la cantidad, porque se dice que más de una vez adquirió lotes de miles de libros. Aparte de viajar incansablemente en busca de más libros que añadir a su vasta colección -recorrió media Europa, dejando aquí y allí notables depósitos con sus adquisiciones-  a Heber le dio tiempo de ser miembro del Parlamento y uno de los fundadores del Atheneaeum Club (al que pertenecerían personalidades del mundo político y cultural como Dickens, Conrad, Conan Doyle o Winston Churchill). De su vida amorosa sólo se sabe que una vez cortejó a una dama, también ella bibliófila, con el propósito de unir ambas bibliotecas -¿qué otro si no?-, pero la cosa no cuajó y Heber murió soltero en 1833.
Acerca de la mansión londinense que albergaba la biblioteca de Heber, Thomas Dibdin dijo: "Nunca había visto habitaciones, armarios, pasajes y pasillos tan repletos, tan atestados de libros... Las pilas de volúmenes llegaban hasta el techo, mientras que el suelo estaba sembrado de ellos." El propio Dibdin estimó que allí podía haber unos 105.000 ejemplares, sin contar los que Heber guardaba en otras varias casas que poseía, diseminadas por Inglaterra, Francia y Holanda. Tras su fallecimiento, como suele pasar, su biblioteca se vendió, en una subasta épica que duró 216 días. En cualquier caso, muchos menos de los que le llevó a Heber hacerse con los libros.
Nota: la próxima vez que pienses "en esta casa ya no caben más libros", consolarse pensando que el caso de Heber era mucho más grave. No, aún no hemos llegado a la bibliomanía extrema.
 
 

martes, 19 de mayo de 2015

DESPLAZAMIENTOS LITERARIOS

 
 
Los que amamos la literatura y los viajes (sobre todo, los desplazamientos a pie), estamos últimamente de enhorabuena. Por todas partes, se multiplican las publicaciones sobre ilustres caminantes, escritores nómadas, rutas literarias... Otras tantas invitaciones a viajar desde el sillón. Y también, por qué no, a emular algunas de las propuestas viajeras.
Alguien me ha dicho que se van a republicar en España los ensayos "gemelos" de Robert Louis Stevenson y William Hazlitt sobre el caminar, que hasta ahora sólo existían en una edición hermosa, pero  difícil de encontrar de la Universidad Autónoma de México. Hablé de ellos en un post anterior, son una delicia para cualquier caminante que se precie.
Otro libro que me parece intrigante -no he tenido oportunidad de hojearlo- es Walkscapes, de Francesco Careri, del que me atrae su subtítulo "El andar como práctica estética". Entre otras cosas, su autor imparte un curso en la Universidad Roma Tre que es peripatético, o sea, que se lleva a los alumnos de paseo como parte del currículo académico. Casi dan ganas de inscribirse. Los situacionistas y los oulipistas eran maestros en convertir el deambular urbano en una actividad artística (algo que dejó huella en más de una obra literaria, véase las de Patrick Modiano por ejemplo). Hay que citar también el Andar, una filosofía de Frédéric Gros, en el que explora las estilos de caminar de diferentes filósofos.
 
"Hay maneras de andar que, efectivamente, son estilos filosóficos. Por ejemplo: Kant era muy serio y disciplinado, y es un filósofo que establece unas demostraciones muy rigurosas con definiciones muy estrictas. Tenía un estilo de andar que consistía en hacer todos los días el mismo paseo, a la misma hora. La escritura de Nietzsche, mucho más dispersa, con menos cohesión, tiene que ver con el hecho de que él buscaba en el andar sensaciones de energía y luz."
[De la entrevista de Leticia Blanco a Frédéric Gros en El Mundo.]
 
Y, por supuesto, está el gran clásico de los caminantes, el libro de Henry David Thoreau, Un paseo invernal, publicado asimismo hace poco por Errata Naturae. 
 
 
 
De esta misma editorial, descubro otra  tentadora y peripatética obra, El peatón de París de León-Paul Fargue. En fin, una cascada de libros pensados para atraer la atención de los paseantes sin rumbo, que me temo que pronto no tendremos ni tiempo para practicar nuestro pasatiempo.
 
Y es que nadie debería emprender un viaje-ya sea un paseo por su barrio o una vuelta al mundo- sin un propósito. Precisemos que me refiero siempre a viajes o desplazamientos con fines recreativos: el trayecto que te lleva de casa al trabajo y viceversa no entra en esta categoría. Pero ese paseo cotidiano que damos para tomar el aire puede enriquecerse notablemente si, pongamos por caso, uno decide trazar una de las letras del alfabeto con su itinerario. Creo recordar que un personaje de una novela de Paul Auster hace precisamente eso (siento no poder dar más detalles, ha volado de mi memoria, pero sin duda alguno de mis amables lectores podrá llenar esa laguna). Otras propuestas se basan en los nombres de las calles o de los lugares que uno piensa recorrer. La web www.latourex.org ofrece muchas sugerencias de este tipo, entre ellas un curioso viaje "donquijotesco" que no consiste, como pudiera parecer, en seguir la ruta de Don Quijote, sino en enfrentarse a molinos: sólo localidades con la palabra "molino" en su nombre (y en la geografía española no faltan, desde Molina de Segura hasta Torremolinos).  Pero objetivos así pueden enriquecerse casi ad infinitum: visitar poblaciones cuyo nombre empiece o termine por la misma sílaba -Madrid, Málaga, Mallorca o Soria, Vitoria, Coria- o que sean el anagrama una de otra (Rupit-Pruit). Una verdadera invitación al viaje, a la experimentación y a la aventura.
 

lunes, 11 de mayo de 2015

LO QUE LEÍAN DE PEQUEÑOS LOS ESCRITORES

 
 Es indudable que las primeras lecturas nos marcan. Esos cuentos que descifrábamos con dificultad, esas primeras historias que devoramos llenos de emoción, esas novelas que nos hicieron soñar...  No creo que exista ningún lector que no recuerde con cariño alguno de estos episodios de su infancia lectora. En 1992, la cadena de librerías británica WHSmith le encargó a Antonia Fraser la compilación de un volumen, titulado The Pleasure of Reading, en el que cuarenta escritores daban cuenta de sus primeras lecturas, de los libros que les influyeron o los que recordaban con más cariño. Ahora, con motivo de la reedición de este libro, The Guardian publica un artículo en el que condensa algunos de estos testimonios. Como lectora enfermiza, este tipo de revelaciones me apasiona, y no me cabe duda de que a mis lectores les sucede lo mismo. Por eso reproduzco algunas de las que me han llamado la atención.
 
 
Margaret Atwood: el tenebroso encanto de los hermanos Grimm
 
 
 
"Aprendí a leer antes de empezar a ir al colegio. Mi madre decía que aprendí yo solita porque ella se negaba a leerme tebeos." Sin embargo, las primeras lecturas que recuerda fueron los cuentos de Mother Goose y los de Beatrix Potter. A continuación "vino la edición completa, no expurgada, de los Cuentos de los hermanos Grimm, que mis padres encargaron por correo, ignorando que contendría tantos zapatos de hierro al rojo, barriles llenos de clavos y cuerpos mutilados". Parece que a sus padres les preocupaba que todas esta atrocidades dejasen huella en la tierna mentalidad de su hija. Sin duda la dejaron -se puede rastrear en sus novelas, como en El cuento de la criada-, aunque no parece que fuese en absoluto contraproducente.



Doris Lessing: los niños son muy listos y se vuelven estúpidos con la edad



"Empecé a leer a los siete años, descifrando un paquete de cigarrillos, y casi enseguida me abrí paso entre los libros que contenía la biblioteca de mis padres, que eran los que entonces se podían encontrar en cualquier hogar de clase media [...] Colecciones de obras de Dickens, Walter Scott, Stevenson, Kipling. Algo de Hardy y Meredith. Las Brontë. George Eliot... clásicos ingleses pero, curiosamente, ninguno del siglo XVIII. Había antologías poéticas, una recopilación de cuadros impresionistas, muchos libros de memorias e historias de la Primera Guerra Mundial. Leí, o intenté leer, la mayoría antes de cumplir los diez años más o menos."
 No es extraño que, con ese bagaje, la autora piense que "los niños son muy listos cuando son pequeños, pero se vuelven más estúpidos a medida que sus hormonas entran en ebullición." Hacia los once años, según ella, son incapaces de entender nada más complicado que una telenovela.



 Edna O'Brien: abducida por Rebecca



Al contrario que otros escritores, la gran cuentista irlandesa creció en un hogar poco amante de los libros.
"Nuestro hogar no era literario, había libros de oraciones, un libro de cocina (el de Mrs Beeton) y manuales sobre caballos. En nuestro pueblo no había biblioteca pública, y sin embargo yo me enamoré de la escritura antes de entrar en contacto con ella; un amor previo, se podría decir. A mi madre, una artista por derecho propio, le disgustaban los libros, en especial la ficción, porque creía que era vehículo del pecado."

Aunque no es capaz de recordar cuál fue su primer libro, sí que recuerda que cuando tenía unos once años, en el pueblo había una mujer que tenía un ejemplar de Rebecca, de Daphne du Maurier, que prestaba página por página, porque todo el mundo quería leerlo. "En mis sueños de jovencita, el amor desgraciado se convirtió en el pulso de la vida, una noción de la que nunca he abdicado del todo."



Tom Stoppard: leer a bordo

(Foto Francesco Guidini/Rex Features)
 
La historia de los primeros años del dramaturgo británico es bastante novelesca: su apellido era Straussler y vino al mundo en el seno de una familia judía checa, que se exilió en Singapur y luego en la India huyendo de Hitler. Allí, su padre luchó como voluntario del ejército británico y cayó en combate. Luego, su madre contrajo nuevas nupcias con el mayor Kenneth Stoppard, que adoptó al pequeño Tom. En 1946, toda la familia tomó el barco para instalarse definitivamente en Inglaterra. Tom tenía ocho años y sus primer recuerdo lector es de la biblioteca que había a bordo.
"Por la manera en que trataba de adivinar el contenido de los libros puramente a través de su aspecto físico, sin tener ni idea de autores o títulos, sospecho que hasta entonces había leído muy poco o nada. El primer verdadero libro que leí fue Peter Duck de Arthur Ransome."

Este primera experiencia le impresionó tanto que se empeñó en leer todos los demás libros de este autor. A partir de entonces, dice, adoptó el método de inspeccionar cualquier libro que veía, en la esperanza de que fuese uno de Ransome.



Jeanette Winterson: ¿cuántos libros caben debajo de una cama?




Criada por una estricta familia perteneciente a la Iglesia Pentecostalista -que prohibía todo lo que no fuesen libros sagrados, una infancia que relata en su libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?-, Jeanette Winterson fue una niña precoz que escribía sermones a los seis años. Cuando se puso a leer novelas, se vio obligada a esconderlas del escrutinio de su rigurosa madre: según manifiesta, setenta y siete libros de bolsillo es el número máximo que se pueden esconder bajo el colchón de una cama individual sin que este se eleve de manera peligrosa.


domingo, 3 de mayo de 2015

MANERAS DE LEER

"A la luz de la lámpara", Harrier Backer
 
Parecería que leer un libro -para ser exactos: descifrar, comprender e interpretar los símbolos impresos en sus páginas- es algo que todos los lectores hacen igual. Sin embargo, como cualquier observador atento sabe, existen infinidad de maneras de leer. Está la del lector ávido, que recorre las líneas casi sin darse tiempo a captarlas, que pasa las páginas como abocado a una carrera contra sí mismo, donde todo lo que cuenta es llegar a la meta; está su antítesis, la del lector concienzudo, que alarga cada página hasta extremos insospechados, releyendo aquí y allá una frase, o volviendo atrás de vez en cuando para comprobar un dato, no sea que se le haya pasado algo por alto. El primero puede devorar una novela en una tarde. El segundo, tarda semanas en completar su lectura. Entre estos dos extremos, caben muchos grados de velocidad y de atención. Es posible también que estos dos tipos de lectura coexistan en un mismo lector, según el momento o la obra de que se trate.
 
Asimismo, hay grandes diferencias en el lugar y la postura elegidos: desde el lector que lee casi exclusivamente en la cama -o tumbado cómodamente en un sofá- hasta el que no sabe hacerlo si no es sentado, a ser posible en una silla de respaldo recto, con el libro apoyado en una mesa frente a él. Pero probablemente la gran línea divisoria en cuanto a maneras de leer es la que podríamos trazar entre los "con lápiz" y los "sin lápiz". Los primeros sostienen que, para llevar a cabo una lectura productiva, es preciso realizarla subrayando o anotando abundantemente el texto; para los segundos, emborronar el libro es lo más parecido a una herejía.
 
 
 
 
El escritor Tim Parks, en un artículo publicado hace un tiempo en el New York Review of Books, se mostraba como un acérrimo defensor del subrayado intensivo: 
"Sentimos demasiado respeto hacia la palabra impresa, somos demasiado poco conscientes del poder que las palabras tienen sobre nosotros. Permitimos que las palabras aparezcan ante nosotros sin detenernos a pensar en sus consecuencias [...] Nos entusiasmamos con historias, ya sean ficticias o "verídicas", cuyas conclusiones son manipuladoras o interesadas, o ambas cosas. Si un texto muestra los estigmas de la literatura -símbolos, metáforas, narradores poco fiables, puntos de vista múltiples, ambigüedades estructurales- le concedemos un crédito ilimitado."

Para Parks, la única manera de realizar una auténtica lectura atenta y crítica es armado de un lápiz. Y recomienda hacer tres o cuatro marcas por página, ya sea subrayando, con un signo de interrogación o dejando la propia opinión en un comentario: "Espléndido", "No lo creo" o "¡Vaya tontería!".
 
 Armados de este artilugio, nos cuenta, sus alumnos, consiguieron cambiar su manera de leer.
 
"El mero hecho de tener la mano dispuesta para la acción cambia nuestra actitud hacia el texto. Ya no somos consumidores pasivos de un monólogo, sino participantes activos de un diálogo. Mis alumnos comentaron que su lectura se hizo más lenta al tener un lápiz en la mano, pero al mismo tiempo el texto les pareció más denso, más interesante, aunque fuese sólo porque ahora podían sentir cierto placer en su respuesta frente a él."

No me cabe duda de que, de este modo, la atención de sus alumnos mejoró, de que su participación en el texto resultó positiva. No obstante, el artículo en cuestión lleva el título de "A Weapon for Readers"[Un arma para los lectores]. Y, de algún modo, uno tiene la impresión de que Parks aboga por un tipo de lectura un tanto agresiva, siempre alerta frente al texto, como si fuese necesario defenderse de él. Personalmente no creo que exista únicamente una "buena" manera de leer. Cada lector acaba por encontrar la que más le conviene, la que más se ajusta a sus hábitos y a sus gustos literarios. Por mi parte, mientras que me resulta útil subrayar los libros de estudio -pero casi nunca dejo comentarios en ellos-, pocas veces emprendo una novela armada de un lápiz. Si lo hiciese así, no podría dejarme llevar por el embrujo del texto. Que es justo lo que Parks desaconseja.  
 
Como dice en este cartel Alfred Döblin: "Leo como la llama lee la madera". Aunque el resultado, espero, sea algo más que cenizas.