John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 1 de abril de 2020

EL TIEMPO INMÓVIL


Barcelona, desierta
Estos días no tiene una ganas de escribir sobre nada. Cuando todo esto empezó, pensé en hacer un diario del coronavirus, al fin y al cabo nos encontramos ante un acontecimiento insólito que está alterando millones de vidas y podría ser interesante documentar cómo lo vivo, pero confieso que la situación me ha superado. Primero, la preocupación tanto por asuntos básicos, como el abastecimiento o la protección (imposible hacerse con mascarillas, guantes o termómetros, así que habrá que enfrentarse al virus a cuerpo gentil y que Dios nos ayude), como por personas cercanas, que hacía imposible concentrarse en nada más. Luego, a medida que han ido pasando los días y todo se iba haciendo más y más sombrío, cada vez resultaba menos atractivo pensar en escribir sobre ello. ¡Si lo que una realmente necesita es olvidarse por unos momentos de esta realidad teñida de distopia! Por fortuna, he podido retomar una parte de mi trabajo (online, desde luego), lo que al menos me proporciona un objetivo en estas semanas sin horizonte. La otra parte, me temo, no va a volver hasta dentro de muchos meses, si es que alguna vez lo hace.  Como tantas otras cosas que solo ahora empezamos a añorar. 
Evidentemente, intento no pensar en el viaje que he tenido que anular, ni en las vacaciones que están también en la cuerda floja. Quién sabe cuándo y cómo podremos salir de aquí. Por ahora, los planes se reducen a no hacer planes. 
Durante estos días, me vienen a menudo a la cabeza pasajes de determinadas memorias, en su mayoría leídas hace tiempo, que describían situaciones que en su momento me pareció  imposible llegar a vivir, y con las que ahora, de repente, me identifico bastante (salvando las distancias). Como la preocupación constante por cómo y dónde conseguir determinados alimentos, o las pequeñas pero irritantes incomodidades cotidianas -desde no poder ir a la peluquería hasta cómo reponer unos zapatos rotos- que pueblan las páginas de tantas obras inglesas ambientadas en tiempo de guerra. A menor escala, porque aquello duró años y nosotros llevamos poco más de dos semanas de cerrojazo, empezamos a advertir la mordedura de  inquietudes similares. Y, sobre todo, la persistente impresión de que esto es el preludio de otros muchos cambios, de que casi nada va a ser igual. 
Buceando en mi biblioteca, recupero un par de fragmentos que de algún modo se podrían aplicar a la experiencia actual. El primero, tomado del segundo volumen de las memorias de Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida, corresponde al 30 de junio de 1940.



Durante estas tres semanas, yo no estaba en ninguna parte; había grandes acontecimientos colectivos con una angustia fisiológica particular, quisiera volver a ser una persona con un pasado y un porvenir. Quizá en París lo logre. [...] París está extraordinariamente vacío, mucho más que en septiembre; es un poco el mismo cielo, la misma dulzura en el aire, la misma tranquilidad; hay colas ante las pocas tiendas de alimentación que aún quedan abiertas y se ven algunos alemanes; pero la verdadera diferencia es otra. En septiembre, algo comenzaba, era temible, pero apasionadamente interesante. Ahora, se acabó, el tiempo está absolutamente estancado ante mí, inmóvil durante años, me pudriré.  


El segundo, más o menos de la misma época, narra las vivencias de la señora Miniver, en la novela homónima de Jan Struther. (Otro libro de esos que no entiendo por qué no se recupera en España, la última edición data del año 1946).



No me he olvidado de todas las demás tragedias que pasan inadvertidas, aquellas que la marea se ha llevado por delante en las grandes ciudades: el pequeño librero, el tapicero del barrio, el dueño del garaje, el hombre que vende grabados antiguos, la mujer que vende pasteles caseros. No es posible olvidar a estas personas: hasta el momento, constituyen la mayor lista de bajas de esta guerra, y ni siquiera tienen el consuelo de la gloria.  
El tiempo inmóvil, las pequeñas tragedias que quedan ocultadas por la enormidad de los números... Como de costumbre, los libros sirven para iluminar la realidad. La de entonces y la de ahora.

10 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho tu post.
    A mí tampoco me apetece escribir sobre lo que está pasando, aunque creo que es inevitable que el estado de ánimo se refleje en cualquier cosa que exprese, pero no quiero centrarme en esto.
    Entre las tareas que han mandado a mis hijos estos días está que escriban un diario explicando qué piensan y sienten en esta situación... y no quieren hacerlo, y les entiendo.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, creo que todos nos movemos entre lo que nos dice la razón (el indudable interés de documentar unos momentos únicos como estos) y el sentimiento (la profunda desazón que nos produce todo lo que ocurre a nuestro alrededor).

      Eliminar
  2. Me ha encantado. Yo escribo cosas pero no un diario, solo lo que me apetece y lo que sale. Y paso días de creer que todo cambiara a pensar que a lo mejor no cambia tanto..lo curioso es el cambio de mentalidad, de no pensar más que en el día que es. No hay mañana, ni la semana que viene, ni el mes que viene. Solo hoy.

    Un abrazo enorme

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso mismo: día a día. Al levantarme pienso que he conseguido estar un día más con salud y con todos los míos a salvo (aunque mi hermana pasó por el virus y estuvo incluso hospitalizada, pero ya le dieron el alta). No quiero pensar en el futuro, porque en estos momentos no existe.

      Eliminar
  3. No estoy de acuerdo. La diferencia no es de "menor escala", porque aquello llevara años y nosotros dos semanas de cerrozajo. No es comparable, por dios. Bombardeos, cientos de miles de personas muriendo a balazo limpio, en campos de concentracion, fusilamientos, ajustes de cuentas, sin noticias (cartas) durantes meses, durante años. Esto nuestro es terrible -mientras escribo, me sale en la pantalla la nueva cifra de muertos- pero de ningún modo comparable a lo que vivieron las generaciones de la guerra. Nuestros abuelos. Mi padre, con tres o cuatro años, comiéndose las mondas de las mandarinas.. No. Me niego a caer por esa pendiente. Vamos a dejar esto atrás más pronto que tarde. Y que habrá cambios, ya lo sé. Muchos serán para mal, pero nada comparable a una posguerra; y algunos de esos cambios, aunque sea a más largo plazo...serán para bien. ANIMO, E. Rius!. (Ayer de noche terminé Retrato de grupo con señora. quizá por eso, comparativamente, me cuesta menos ver la suerte que tenemos)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Claro, tienes razón, no solo hay una gran diferencia en cuanto a escala temporal, sino también en cuanto a atrocidades, penurias, víctimas y tantas cosas más. Pero, el hecho es que, inesperadamente, podemos sentirnos conectadas a algunas de las sensaciones que hasta ahora solo habíamos leído en memorias o novelas. Y no son sensaciones agradables, desde luego.
      Ahora bien, el otro día leía sobre una señora superviviente del Holocausto que se mataba de risa con las quejas de los confinados: ella se pasó dos años escondida en un agujero, sin lavarse y sin apenas comida, ¿y nosotros nos quejamos? De modo que, sí, tenemos suerte (comparativamente).

      Eliminar
    2. Guau, está si me parece una buena comparación, eso fue estar encerrada!!!. Acá en mi país, Chile, aún hay gente que no se queda en su casa e incluso salen niños a jugar y padre preocupados porque sus hijos no pueden estar tanto tiempo encerrados. En mi familia esperamos reencontrarnos todos y sanos cuando realmente se pueda. Yo soy artesana y sólo preparo mi trabajo para cuando podamos salir. Mis hijos estudian en casa, mi madre de 79 años espera celebrar sus 80 con toda la familia y mi esposo sale a trabajar todos los días en el transporte público esperando en Dios no contagiarse. Cariños para todos y mucha esperanza.

      Eliminar
    3. Muchas gracias por tu comentario, amiga chilena. Espero que pase pronto este confinamiento y que salgamos todos con bien de él. ¡Felicidades a tu madre, confío en que podrá celebrar sus 80 con toda la familia!

      Eliminar
  4. Sí, la sensación de incertidumbre, sobre todo. Es verdad. Pero de momento (al menos de momento, muy subrayada la locución temporal!!) tenemos motivos para resistir con esperanza--- (a los científicos, por ejemplo, trabajando a contrarreloj)
    P.D. He conseguido por fin Un espejo lejano, recomendación de este blog. Pero me costó encontrarlo. No sé si estará todo el mundo leyendo sobre el tema?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No hay que perder la esperanza, aunque esto se nos está haciendo cada vez más laaaargo.
      No sé si las dificultades para encontrar el libro de Tuchman son debidas a lo solicitado del tema o simplemente a que se publicó hace ya un tiempo y las editoriales son bastante malas manteniendo vivo su fondo.

      Eliminar